viernes, 16 de enero de 2026

LAS NOCHES DE MUHAMMAD

 

 

La caravana atravesaba el desierto lentamente. Si la sal les traería fortuna, más les darían en la feria del oasis por las tres esclavas que compraran en  Rasheah, donde las vendía un viejo mercader yemenita. Cubiertas completamente por negras burkas era imposible descubrir si eran bellas, jóvenes o viejas. Una larga fila de mefíticos camellos dejaba una huella de excrementos que pequeños niños, esclavos negros del sur, juntaban en corambres de cuero para prender fuego cuando ya secos sirvieran en las tiendas para calentar el té. Al llegar la noche, cada hombre  luego de higienizarse para orar, se sentaba frente una fogata a beber leche de camella recién ordeñada. Los pequeños se apiñaban para recibir tortillas de salvado mezclado con requesón de cabra. Única comida del día. Las tres mujeres, atadas con una pesada cadena de cobre, recibían en sus manos azules llenas de míticos tatuajes, algo de beber y tortillas de afrecho. No hablaban entre ellas porque no se entendían. Cada mujer era de una tribu distinta. Sólo se escuchaba sus quejas y lamentos que cesaron después que el viejo Hassam les diera un latigazo a cada una. Así pasaron los días, con calor insoportable desde la mañana hasta la tarde y con terrible frío en la noche, bajo las estrellas que se quejaban de tanto lagrimear rocío helado sobre los lomos agrios de los camélidos.

Las tiendas desplegadas en la arena, eran una litografía cincelada en piedra negra en la oscuridad. Un resplandor de fuego escudaba con la humareda que impedía a la miríada de insectos y alimañas acercarse. Las tres desgraciadas gemían por el frío que atravesaba el mugriento harapo que las cubría. Ya no tenían lágrimas para derrochar y se pegaban una a otra buscando un poco de calor humano. Uno de los pequeños se acercaba con agua o té, para demostrarles su compasión de niño grande por su compartido destino de esclavo.

Al amanecer, el ruido descargó su ira sobre los rumiantes que a fuerza de látigo se puso en camino. Hacia el este se avizoraban las montañas del norte de África por donde debían pasar esquivando la zona donde el hombre blanco, colonos malvados, con los legionarios, masacraban a los beduinos. Ellos eran bandidos de otra especie, de otras costumbres más claras. Comerciaban con la muerte.

El canto del Sagrado Corán servía para darles un respiro en el fatigoso camino. El calor comenzaba a golpear en la cabeza de las desgraciadas. Una pertenecía a una tribu cuyo jefe siempre en pie de guerra había tratado de seguir la caravana, pero el difícil camino entre las rocas y el desierto impuso su rápido consuelo. Una mujer menos no era cosa de importancia para él. La joven sangraba por dentro y por fuera. Su cuerpo de piel oscura, tenía llagas que comían las moscas que por miles ponían huevos en su carne abierta donde el cobre había hecho su tarea. El hedor les daba nauseas pero no tenían alternativa. Un perro que acompañaba el grupo solía venir a lamer las larvas y eso le daba un respiro. Les ardía el sudor en las heridas, la sal que emanaba del sudor acre envenenaba cada una de las úlceras abiertas.

Una figura se acercaba, era un beduino, que envuelto en su turbante azul noche, sólo mostraba la mirada de ojos profundos y amenazantes. Levantó el tapiz que cubría parte de la jaula en que eran transportadas. El camello, ante una señal del hombre se fue sentando. Cada bamboleo del cubil, se despellejaban más los tobillos y el dolor era más agudo. Las arrancó de un manotazo. Sobre la arena caliente sintieron nauseas otra vez. No tenían nada en el estómago y la sed, les había deformado los labios y las gargantas. Sintieron que una mano varonil palpaba sus huesos apenas cubiertos por algo de carne. Un rugido partió de esa garganta. Ese, seguro era un jefe y estaba muy airado. Vino un muchacho y con suaves movimientos las tomó, les despojó de cadenas  manos y piernas y las acercó a un lugar donde había rumor de agua. El pozo. El guía protestó y sintieron el chasquido de un látigo. El grito de rencor y dolor, llenó un segundo el espacio. Una voz aflautada habló en yemenita y Layla entendió. Debes bañarte pequeña y te daremos ropa limpia y una burka  nueva. Luego habló en lengua berebere... y Um le entendió. Finalmente fue Dahira quien comprendió qué hablaban. Cada una a su tiempo fue transformándose en persona. Sus largas cabelleras limpias enroscadas y su piel cepillada sin larvas de moscas. Ni piojos que les aguijoneara las llagas.

       Muhammad  las hizo traer a su tienda, mostraron sus cuerpos y su ira vibró en  la piel.- Así piensan vender a estas desgraciadas. Son ustedes tan inútiles que no entienden nada. Las quiero conmigo, alimentadas y sanas.- Acurrucadas en a alfombra  se agazapaban  tratando de entender al hombre. Hassam, trajo una fuente con cordero y verduras. Él, les explicó que no comieran demasiado porque enfermarían. Así fue, se abalanzaron sobre las fuentes y con sus manos comieron sin pudor. Al tiempo corrieron fuera de la tienda a vomitar. Muhammad reía como loco. Llegó un puñado de músicos. Dos üd, tres rababah, dos ney  tocaban qásidah con bellísimos pasajes del Sagrado Corán. El sopor las fue adormeciendo y cayeron sobre los tapices profundamente dormidas.

Los cuerpos  ayer tumescentes, hoy brillaban con los aceites con que los niños habían  acariciado a las mujeres. Un nuevo día les trajo una luz de serenidad. Dahira trató de mostrar a las otras desdichadas que pronto llegarían a un sitio donde serían vendidas. Así fue que tras varias jornadas se oyeron los gritos de otras caravanas que apacentaban cerca de un oasis en el desierto. Era un zoco túrbido. Allí se mezclaban las joyas de oro del Sudáfrica, diamantes de Mozambique,  marfil de Zambia, turquesas de Irak e Irán y piezas de arte de todo el norte y centro de África y medio oriente. Cosas robadas. Cosas legítimas. Cristales de Italia, porcelanas de Alemania, seda de China y Francia, perfumes de varios orígenes. Piezas de plata de países lejanísimos que habían viajado por tierra y mar durante largos días. Lo más valioso... mujeres y jóvenes mancebos que se vendían como esclavos. Algunos viejos pederastas, llegaban escondidos en sus chilabas y turbantes negros,  para no mostrarse  a los mercaderes con quienes mercaban. Bolsitas de oro o diamantes, o jade y rubíes de Burma, pasaban subrepticiamente de mano en mano.  Todo se compraba y todo se vendía. Nada era sorpresa para ellos.

Um, fue tironeada hacia un pequeño escabel, donde subió y fue desnudada frente a un grupo de hombres. Sus dientes blanquísimos y su piel cetrina con tatuajes tribales, atrajo algunas miradas. La palparon, le abrieron la boca, le tocaron los senos y el vientre. Ella escupió una mano que tocó su sexo. La golpearon con un azote de cuero. Quedó inmóvil. La habían comprado. Supo que su destino ahora era un hombre somalí. Fue cubierta pronto con un aba y un chador y recluida en una tienda.

Layla quedó en espera. Un blanco que había llegado en un caballo árabe de un negro espectral, caracoleó junto a su cuerpo desnudo. Tiró unas libras esterlinas de oro sobre la arena y un petimetre de pelo anaranjado, le echó una capa blanca y la arrastró hasta un potro color canela que esperaba cerca del pozo. Allí se quedó esperando su futuro.

Dahira esperó impávida que la buscaran. Nadie vino. El sol escapó por entre las dunas y las caravanas se fueron dispersando. Evitó llorar. La noche alfombraba el frío desierto. La tomaron con trémulas manos los pequeños eunucos de voz aflautada. Sin evitarlo llegó ala tienda de Muhammad quien esperaba ansioso a la nueva esclava. Ella alegraría sus noches. Calentaría su tienda y le haría temblar de placer en cada minuto de pasión. Muhammad, no sabía que tras la caravana, a dos jornadas de camello se acercaba Abdullah ib- Talah, el prometido de la niña, con su gente.

En la tienda los músicos hacían resonar los tambores, üd, neys y rababah; mientras pequeños mancebos acicalaban  a la muchacha. El fuerte olor del cordero asado con menta y especies impedía olisquear el tufo de los jinetes que se acercaban.  La luna esgrimía preñez de  oro sobre la arena. Un telar de hojas de palmera, disimulaban los tapices de los toldos. Las patas de las bestias, almohadillaban los médanos. Dahira sin temor esperaba. Esperaba.

 

UN AMOR SIN RESPUESTA

 

Ojos que miran hacia adentro y ojos que miran hacia fuera.

                                              

            Un fuerte portazo hizo vibrar los cristales de la oficina  de  María Julia. Otra vez había discutido con Jorge. Siempre cabía entre ellos ese arma mortal llamada “competencia”.¡ Jorge medalla de honor en medicina pierde la beca a Frankfurt por no saber alemán y María Julia pierde el cargo de jefa del hospital por ser mujer...! – Luego, los logros de Jorge en diagnósticos que se diluyen tras el interminable trabajo de papeles en la dirección del nosocomio.

            Todo el personal observa calladamente esa pelea constante. María Julia siempre está impecable, - piensa él. Para ella no hay cansancio ni fatiga. Una sonrisa que corona su belleza europea, su ropa elegante incluso cuando tiene puesta la bata para operar. Sus manos hábiles y seguras con el bisturí. Nunca una duda, nunca un signo de dolor frente a lo irremediable. María Julia solitaria, siempre lista para remplazar a su colega enfermo o con problemas de familia. En las guardias nocturnas los días en que todo el personal quería irse a casa para festejar, allí la sonrisa amable de ella. La alegría festejando algún chiste o comentario de un compañero de tareas. Su color dorado en la piel que manifiesta el suficiente tiempo al aire libre. Cosa, que él, detesta más que su euforia cuando todos gritan un gol frente al viejo T.V. de la sala de terapia. María Julia nunca olvida un cumpleaños, un aniversario del hospital o el día del secretario o del enfermero o... Ella es la mar de detallista.  Sale con un portazo porque él no le quiere  aceptar que la sala de cirugía tiene un virus inter-hospitalario y que hay que clausurarla. A él ponerlo frente a los medios y ¿su reputación? - ¡Nunca jamás haría eso!-

            Doctor...el teléfono celular de María Julia, digo de la doctora, no responde. Es la primera vez que falta y sin aviso. ¿Qué hacemos?

-          Bueno ya mando a una persona a su departamento.

-    Gracias, sí, luego le aviso. Y el comentario en voz imperceptible en los labios de todo el personal.

 

            El joven chofer parado frente a la puerta del departamento. Golpes persistentes. Silencio. La vecina abre y sostiene que no debe estar...- Siento la ducha desde anoche- y el portero tratando de abrir. Una llave en la cerradura. Rompen la puerta. En el piso del baño una María Julia aterida, con sus ojos vidriosos y casi exánime apenas abre los labios. La ambulancia desparrama miedo con su sonido agudo en las calles inhóspitas. Cae una lluvia fuerte sobre el cristal del chofer y las lágrimas, hacen competencia con

 

las gotas enérgicas que golpean. Todo el hospital está alerta. Jorge espera con un enorme nudo en el pecho. Percute su corazón en las sienes. Sacan la camilla. El pulso ha llegado a cuatro. Un tomógrafo está listo. El laboratorio parece una colmena.

            Tumor encefálico muy avanzado con dolores que han hecho crisis. – Hace por lo menos un año que ella trajo una ecografía y una tomografías, diciéndome que eran de un paciente. El nivel de glóbulos era bajo en rojos y tenía alrededor de 15.000 glóbulos blancos - , murmura un médico sorprendido por su ingenuidad.

Está muriendo...- Y él, abrazando el cuerpo que no había advertido es ahora casi la mitad del que fue, besando desesperadamente los labios apenas tibios. Y rogándole que  siga viva porque no podrá amar nunca a nadie...ella, sólo ella,  puede salvarlo de su egoísmo y la  soledad.

            Nadie se atreve a sospechar la desesperación de amor que quema el pecho del frío director del nosocomio más moderno. Su vida no tiene sentido sin ella. Llama a sus colegas de Europa y  de Estados Unidos. Llegan, algunos en persona, y, otros mandan todo tipo de sugerencias.

            La mirada afiebrada de María Julia sostiene un mudo diálogo con los ojos de él. Nadie más sorprendida que ella. En ese mundo algodonoso que la alejan de él, piensa... ¿Por qué nunca dio una señal? Apenas tuvo el primer síntoma hubiera buscado su ayuda. Nunca sus ojos le transmitieron el amor que hoy delirante le proporcionaba de mil maneras distintas. Siempre hay una mirada hacia adentro y otra hacia fuera. La mayoría de los humanos no queremos mirar por miedo. La verdad  y el antifaz que nos esconde nuestro espíritu.

            María Julia cerró los ojos y expiró sabiendo que había sido amada por el hombre que más había amado después de su padre.

ROMELIO

 

- Romelio viene en camino... ya él nos ayudará a encontrar los caminos. ¡ Tiene la sabiduría de un padre! - la dulce mujer conocedora del dolor de ser humano, traía a ese su refugio un haz de luz y un paño que alivio a los corazones destrozados. - Si descansan un rato, tendrán más fuerza para el tiempo que llegará, creo que será más difícil que los actuales- al retirarse dejó a la pareja anudando silencios, pensamientos y recuerdos, donde buscaban huellas indelebles de sus errores.

Al amanecer la llegada del recién ordenado sacerdote, fue casi un chubasco de frescura. Buscó en sus libros palabras reconfortantes. Habló de espera, reflexión y amor y fue calmando los espíritus encendidos por deseos de castigos excesivos. Lentamente fue tornándose a la habitualidad y llegaron a una paz imprevisible. La vida continuó casi como antes, pero cada uno cargó el pesado grillete de la insatisfacción y de la duda.

Mauricio no quiso conocer la verdad de lo sucedido con su mujer en ese momento infernal, no soportaría una nueva pesadumbre. Sólo tomó como costumbre acompañar permanentemente a la  mujer.

 

UN CASTIGO EJEMPLAR

            

            Nadie que no viviera ese delirio podía comprenderlo. Nació marcado. Una sombra maldijo su hora y su planeta que se crispaba en el horóscopo. Marte en pleno movimiento del cuadrante y un curioso encuentro de planetas incrustaban su signo. Lo abandonaron apenas dio el primer grito. Lo encontró un alcohólico que no entendió qué era eso que se movía en la bolsa brutal de la basura. Lo amamantó una perra.¿O era una mujer? ¡Quien sabe! Pronto fue abandonado en un puente cualquiera.

            La furia acompañó su infancia insatisfecha. Su odio se instaló como un parásito en el pecho. Creció. Fue conformando una extraña personalidad biliosa. Ácido. Amargo y ruin, decían los que lo cuidaban. Es un demonio. Es malo.

            Al cumplir quince años escapó de la “casa”, albergue indescriptible. No conocía a nadie. Aprendió a robar, ya sabía mentir. Lo agredieron otros, que como él, pertenecían al mundo esquizofrénico de los olvidados de Dios o de los hombres.

            Un día vio una mujer sentada en una plaza. La observó inquieto. Apenas, el hambre, le permitía detener sus sentidos en algo o en alguien. También el pegamento hacía de las suyas en su mente perdida. Vio la cartera al lado de las piernas quietas. Jugaba con las palomas de la plaza, ella, con migajas de pan. Tenía un raro sombrero con flores marchitas y guantes de gamuza verde. Le robo, pensó él. Candidata perfecta.

            La mujer lo miró cuando se acercaba. Unos enormes ojos tristes le desplazaron el ánimo. ¡Vieja de mierda! No me mire y déme todo lo que tiene. Le arrancó la cartera. Nada tenía ella. La cartera, sólo tenía papeles de colores, un peine de plástico sin dientes y un espejo roto. Ella sonreía con sus pequeños labios pintados de carmín. Le alcanzó migajas y lo invitó a sentarse. Loca. Re loca. Si me siento pierdo. Se sentó a su lado y la mano enguantada, trémula acarició el rostro del muchacho. Un látigo fue el rostro al evitar la caricia que nunca había recibido. El largo cabello sucio chicoteó en la madera desnuda del asiento de la plaza. Una sonrisa dulce envolvió el rostro de la “dama”. ¿Sabes cómo me llamo? No importa. Te regalo mi sombra, que es todo lo que tengo. Nunca me abandona, me sigue a todas partes. Y… los recuerdos. Yo tuve un hijo como tú, se murió hace mucho. Tuve una casa, coche, marido y … tantas cosas. ¡Ahora soy tan libre!

            Se detuvo en el rostro del chico de la calle. Lo volvió a acariciar y alzando su avejentado cuerpo le tomó la mano. Ven camina junto a mí, verás que el mundo es bello y ante el estupor del muchacho se perdió en la niebla. Sobre el banco de la plaza, había un precioso paquete con una cinta roja. Al abrirlo encontró un papel con una frase que decía… “Te espero, mi nombre es sólo… Muerte”.  

 

CARTAGENA, CIUDAD DE LEYENDA


            Caminaba por las tranquilas calles de Cartagena. Había soñado toda la infancia y la juventud con este viaje que por fin pude concretar. Algo aquí atraía mi espíritu aventurero y  afiebrada imaginación. Sentía una fuerza  singular que me provocaba asombrosas sensaciones cuando soñaba con una ciudad extraña y se reiteraba constantemente ese sueño. Alguna de las cien pitonisas que visité en busca de respuestas, quiso ver una vida pasada en otro mundo. Yo me reía de esas extravagancias propias de mi generación. Nací en la década del 60 y entre hippies y rock, aparecieron los orientalistas con sus ideas nuevas. Pero: ¿Cartagena sería en realidad ese otro mundo? No, yo creo que todos mentían. Estas piedras del fuerte, de las viejas y restauradas viviendas de antaño, son tan sólo una maravilla antigua, digna, que debía disfrutar  en las vacaciones.

            Caminé y caminé durante todo mi primer día, compré un vestido de algodón blanco para exorcizar el calor húmedo que se me colaba por los poros. Entré en la calle  de Los Siete Infantes alrededor de la media tarde. El olor del musgo de las viejas piedras, de los paredones de las defensas erigidas contra los olvidados piratas, llenó mis sentidos de una embriaguez insólita. ¡Yo en Cartagena!

            Me sentía libre y nostálgica. Caía la tarde y todo se tornaba de ese tono anaranjado y dorado viejo como un cuadro antiguo, mezcla de los olores violentos del mar y de las flores que crecían en todos los balcones señoriales impregnaban aún más el ambiente haciéndolo más atractivo para mí.

            La calle por gastada y por la forma del terreno caracoleaba entre palmeras y jardines. En un recodo de la callejuela “Del Boticario”  y ya casi bajo una semidestruida casa de piedra sentí  la presencia. Era como encontrarme con la transferencia  efímera pero tangible de un ser del pasado. Me acerqué al portal de reja y "La vi” allí con sus ropas anacrónicas y sutiles. Era una joven de porte altivo. Mulata de rostro anguloso y ojos grandes, ágil, que balanceaba una farola con una luz imperceptible, a los ojos menos avisados.

Un cortejo brumoso la acompañaba. Temblé. Los adoquines húmedos, grises y penetrados de helechos salvajes formaban un cuadro que me atrapaban. No me podía mover. El sol había desaparecido y el dorado se había convertido en violeta y un mundo de rumorosas sombras me envolvía. Algo me invitaba a tratar de desentrañar ese raro suceso que me acontecía. Llegué a sentir por momentos el silbido de las balas de arcabuz y el olor de la pólvora que me llegaba desde el puerto mezclada a los viejos olores del miedo. Desde el “fuerte” sentí apagados gritos de dolor e ira. Me acerqué. Cuando toqué los vetustos hierros del portal una ráfaga helada desdibujó la escena. La esencia del pasado había desaparecido con sus bonanzas y desgracias. Me quedé un instante inmóvil y pensativa. Continué mi camino hacia el hotel. Allí me sorprendió el silencio  y la paz que reinaba. Estaba agitada y febril.

Apareció un joven encargado del hotel, me preguntó si el sismo que se había producido, hacía más o menos una hora, me había provocado algún problema. Yo impaciente respondí negando y casi corrí a mi habitación con profundo miedo, dado que continuaba el movimiento sísmico. Caían trozos de mampostería y crujían en derredor, muebles y enseres, como si estuviera por derrumbarse en escombros.

            En el ventanal  que daba al jardín poblado de palmeras y buganvillas coronadas de orquídeas perfumadas,  vi la imagen reflejada en el vitral y mi confusión fue verme, morena y vestida igual, igual a la joven del jardín que me sonreía señalando la playa.

            ¿Ahora me pregunto si así nacen o mueren las leyendas?

                                                          

UN VIAJE POR EL VALLE DEL ÁGUILA


                                   SAN RAFAEL, MENDOZA.

 

Un silencioso desierto verde se acicala en la distancia

despeña su espectro un cielo sombreado de nubes blancas

 

cada parva se desliza sosteniendo un nido hueco

una penumbra desgarra la luz de la simiente.

 

La arena es color bermeja

el oasis cristalino y un fantasma se esconde

entre los tiestos de barro.

 

Un águila se agiganta aleteando a la distancia

plumas caen sobre un hombre que dormita

en la canícula.

Se acerca un árbol de acero, esqueleto de otro, vivo.

El silencio sobrecoge.

El desierto verde canta o llora.

Y LOS CARDONES FUERON…

 

            El grito agónico de Inti dejó la ladera adormilada. Todas las pircas sedientas, las algarrobas y los espinillos gritaron al unísono. Retumbó en los cerros el llanto del crespín y de las aves heridas por el llanto. Pyutik bajó apretando flancos amoratados por el miedo, la cuesta bravía del cerro. Saltó pircas y piedras sueltas. Sangró la piel su desnudez de ursuta y las espinas masajearon sus uñas deshilachadas. La manta de lana de llama, al viento, flagelaba aleteando en su desquite de arriar esperanza.

            Con el aliento de cardo borriqueño llegó hasta la pared de piedra ajustada como tiempo, donde yacía el Curaca. - Vienen los hombres de color de ampo y ojos de cielo.- y señalando el oeste se desplomó en atravieso de sombras en la tierra apisonada de la casa. Silencio. Espera de la sabiduría de los mayores. La mujer, Paintek Tarot, llegada en cambio desde el sur, por una carga de hussúes que acorralaron entre los cerros, observó asustada. Ella conocía dichos de sus mayores que atravesaban las montañas altas para parlamentar con los araucanos, de cerca del gran río de agua salada. Callada, con su lezna  ajustaba una piel sobada por la anciana ciega. Hacía días que fabricaba una prenda para el tiempo frío que se avecinaba. Los pájaros hacían piruetas en el cerro señalando el cambio de tiempo. Ella había mirado las cenizas y había descifrado los mensajes de la Pacha Mama. Algo extraordinario se desentrañaba en la región. Y… con las palabras inquietas del mirador, supo que eso…era. Habían llegado. Los ancestros hablaban de hombres brillantes que traerían lágrimas y risas. Ellos esperaban pacientes un encuentro con sus vecinos los Calchaquíes o los Diaguitas. Pero eran otros esos hombres. Se escuchaba en las reuniones de curacas que estaban sedientos de sangre y de oro. El miedo acorraló al pequeño clan. Eran pocos y tranquilos. Cultivaban  algarroba y maíz. Papa y quinoa. Criaban llamas y algunos guanacos que les habían canjeado a otros clanes del norte.

            Wanamina, se alzó y trajo chicha para los hombres que hablaban en voz apretada.  Pelme Orok la miró desolada. Ya llegaron. El mayor, hizo un ruego con chicha y cortando una rama de ata mizque, exorcizó a los espíritus de los muertos. Oró con su lengua porfiando esperanza. Los otros hombres salmodiaron cánticos antiguos.  

            La luna se acicaló entre las jarillas, los caldenes y molles. Desenvuelta entre estrellas infinitas, brilló un rato, pero nubes blanquecinas arrebataron su dulzura y cubrieron su dorado corazón. Los pumas se manifestaron con gritos agudos que hicieron achicarse el corazón de las mujeres y de los niños. No eran llamados a aparearse. Eran lamentos.

            Nadie durmió esperando la orden de su Curaca. – Debemos irnos. Subiremos la montaña para escapar de los despojadores. Cada familia tomará sus hijos y sus ancianos, cargarán sólo lo que sus espaldas puedan sostener sin perder el ritmo de marcha y escaparemos hacia el norte. –No, así seremos diezmados. Dijo Pyutik. Ellos son muchos y llevan palos con fuego, que destrozan el cuerpo del hombre. El mayor lo amonestó con su mirada pero aceptó su comentario. Cada familia irá para una ladera diferente. Saldremos al amanecer.- y salió caminando soberbio en su temor.

            Los telares quedaron abandonados. Los fogones muertos. Los cestos y cananas renunciados por las manos hábiles de las mujeres. Desaliento y humillación para los posibles guerreros que resistirían si tuvieran alguna seguridad de contrincante.

            Un ruborizado pañolón de cielo nubloso se cernió sobre la serranía. En cada espalda como grilletes de piel morena un niños o un anciano, floreció desconsuelo. A cada paso se oía el retumbar de los truenos malignos del hombre hoguera, hombre de cabello de fantasma falaz. Eran barbados y engañosos. Así les hablaron los pulares. También los capayanes.

            El camino fatigaba piernas. Las espaldas jactanciosas de sangre, cargaban las estólicas y flechas. Los arcos y las jarras con agua y chicha. ¡Inti se atrevía por el este cuando comprendió que no quedarían vivos. Pacha Mama, se avecinó al dios y confabuló con él…!.

            Cuando los soldados de Diego de Rojas,  llegaron por el paso de los cerros      atravesado por valles, sólo se enfrentaron con unos enormes cactus en silueta de árboles. Cada espina era una lágrima derramada por los dioses. Cada brazo se elevaba hacia el cielo en busca del auxilio divino. Cada clan era un fantasma en forma de cardón que florece aun hoy, para recordarle al hombre que a pesar del dolor, la Paz es más bella que la muerte. Que la guerra es una infamia sin destino.