jueves, 22 de enero de 2026

BRASILIA, LA CIUDAD MÁS MODERNA


Cuando me invitaron a conocer Brasilia, alguien se rio. ¡Es una ciudad en medio de la nada, que no tiene nada más que el Congreso y los poderes políticos! Es mentira. Brasilia es hermosa, pensada no para este siglo, pensada para el futuro en un país, maravilloso que conozco bastante y que es enorme.

La Ciudad novísima de Brasil es una muestra de la creatividad de arquitectos muy adelantados en su estructura mental. ¡Es bellísima! Cuando Brasil tenía por capital a Río de Janeiro, estaba colmada y un presidente que, pienso era un gran estadista, Juscelino Kubitschek, tuvo la gran idea transformadora de llevar la capital a mitad del territorio en medio de la selva. Contrató a los mejores ingenieros, arquitectos, economistas y urbanistas de su país. ¡Así nació Brasilia!

Los arquitectos Oscar Niemeyer y Lucio Costa fueron los que la soñaron y la crearon con visión de futuro a dos mil años.

Cuando la pensaron le dieron forma de un avión gigante. En lo que es el fuselaje están los edificios nacionales más hermosos que receptan al congreso, a los ministerios y a la Catedral y Bautisterio que son una verdadera obra de arte. En las alas se han creado los edificios urbanos de viviendas para los habitantes.  

Acá paso a relatarles mi gran experiencia y anécdota. Junto a dos escritoras colombianas y una peruana, que es una magnífica poeta y médica, estábamos conociendo esa belleza que es la Catedral obra de Niemeyer (comunista y ateo) que deja la boca abierta por el fervor puesto en su creación, al salir a pleno sol y con muchísimo calor, encontramos unas vendedoras de manualidades en hilo que me recuerdan a los “bolillos españoles” y que son obras de arte manual. Nuestra querida Georgina resbala en un charco de agua y cae, con la mala suerte de quebrarse una muñeca  y la mano. ¡OH, qué hacer! Como en mi país solemos hablar un “portuñol”, es decir no es ni portugués ni español, me pidieron ayuda y partimos raudas a un hospital en un taxi. La chofer, mujer afectuosa, nos aconseja hacer cambio, porque no nos aceptarían dólares y nosotros “amamos el dólar” ya que cuando viajamos es la moneda que todos nos reciben. En Brasil son respetuosos de su dinero y economía y no lo aceptan, por lo que primero nos llevó a una casa de cambio y luego nos dejó en un hospital de urgencia. Hermilda me pedía que yo hablara…y pobres brasileños, apenas me entendían. Nos recibió una enfermera con cariño, le expliqué como pude que éramos cuatro escritoras de un encuentro que se desarrollaba en la universidad y que teníamos una enfermita. Hinchada la mano y antebrazo, dolorida pero estoica, Georgina (colombiana como Hermilda) esperó a un doctor. Llegó un simpático joven que nos llevó, por pasillos interminables, hasta un consultorio impecable y confortable. Allí nos dejó con un radiólogo que le hizo placas. Nos preguntaba el número de seguro social, y no entendía que no teníamos en Brasil, sólo en nuestros países. Le expresamos que podíamos pagar. ¡No, es un hospital público! Hubo que esperar que se pudiese ver la placa…Una Quebradura. Malita la caída. Bien, me mandaron a buscar al doctor que nos atendió primero. Yo recordé que usaba una casaca rosada; muy común en Brasil, que se utilicen colores vivos en cualquier ropa. En mi país, argentina, siempre se usa blanco, gris, negro o verde claro en los lugares de salud.

Me dediqué a recorrer todo el enorme hospital preguntando por: “El doctor de camisiña rosada”. Se reían y me señalaban una puerta u otro pasillo. ¡Al fin lo encuentro y le explico que ya teníamos el resultado y podía ponerle el yeso! Me acompañó y lo hizo con mucho cariño. Cuando quisimos pagar antes de salir del nosocomio, no nos aceptaron ni un real.

Ya en la calle descubrimos que era de noche. No teníamos ni idea en dónde estábamos. Caminé unos metros y con mi mejor “portuñol”, me dirigí a un señor que estaba detenido con un camión de bomberos. Le expliqué como pude y me llamó con su celular un taxi. Le dio los datos y partimos. Yo agotada y las otras amigas nerviosas.

Cuando llegamos al hotel, nos esperaban angustiados. Éramos las “perdidas” y sin noticias. Cuando les conté y dije ¡El doctor de camisiña rosa! Sentí una carcajada de mis colegas brasileñas… ¿Sabes a qué se le dice en Brasil “camisiña? ¡No! A los “condones”. Me quise morir… soy súper cuidadosa con mi lenguaje y mi educación. Entendí las risas socarronas con que me daban los datos en el hospital. Espero no lo molestaran con chanzas al médico que nos atendió.

Bueno, después de todo, cuando uno no habla bien un idioma, deberíamos cuidarnos o preguntar primero, pero fue un accidente.

Al día siguiente nos hicieron conocer la Iglesia de “Don Bosco” patrono de la ciudad. ¡Una maravilla y belleza estética! Yo pedí perdón por mi yerro del día anterior a un enorme Jesucristo que cuelga en medio de esa grandiosidad. Seguro que estoy perdonada.

 

VOLAR EN GLOBO POR CAPADOCIA


Turquía era un viaje que me había inspirado mi amiga antes de fallecer. ¡No dejes de conocer Turquía, me dijo, es un país de ensueño! Vendí mi auto y allá fui. No me arrepiento.

Estambul, tiene el sabor de la gran ciudad de miles de años e historia. La Mezquita Azul, que estaba en plena restauración, donde encontraban antiquísimas pinturas cristianas anteriores al apogeo Otomano, Santa Sofía que es ahora otra mezquita, y que tiene menos minaretes que la anterior nombrada. ¡Gloriosas!

La zona donde están los hoteles es muy cosmopolita; según nos explicaron, el país se estaba preparando de mil maneras para entrar en el Mercado Común Europeo, para lo cual había abierto su mente todo lo posible a la vida de Europa.

Conocimos el famoso “Mercado de las Especias”, donde se mezclaban tiendas de comestibles: arroz, pistachos, dátiles y mil sazones con joyerías donde el oro abarrotaba las vidrieras. Ropa, Carne de corderos que yacían colgados en ganchos, verduras de mil tipos y pescados de mar, todo en secciones interminables. Yo, que soy amiga de regalar quería comprar todo. No era caro y les encanta regatear. Hablaban muchos idiomas, pero me manejaba bien con el italiano. El único inconveniente eran los chóferes de taxis. A pesar de ser musulmanes, y que su ley sagrada les impide robar, nos hicieron trampa con los billetes de liras turcas. Hasta que me atreví con uno y amagué llamar a la policía. ¡Nunca más nos pasó! Deben haberse pasado la voz: ¡Hay tres argentinas que se avivaron!

Finalmente pasamos a la zona asiática de Turquía. ¡Una maravilla! Contratamos un guía que era erudito en historia, hablaba perfecto español y era muy simpático. Así, en autobús comenzamos a conocer ciudades y pueblos que están en los libros de historia y hasta en la literatura universal. Conocimos Izmir (Esmirna), Troya con un enorme Caballo de Madera que nos remonta a la Guerra de Troya (queda a varios kilómetros del mar), Éfeso (eso relato aparte) y llegamos a la capital, Ankara.

Éfeso es un lugar mágico. Tiene hasta los antiguos baños públicos donde mientras hacían sus menesteres, hacían negocios, tenían charlas políticas y sociales, armaban casamientos y debatían problemas familiares, todos sentaditos entre hombres y mujeres. El agua corría debajo de los asientos de mármol y ellos campantes como en el living de su hogar.

Fue en Éfeso donde conocí la “Casa de la Virgen María y san Juan el Evangelista” que fue encontrada por una Beata Alemana. Es una pequeñita construcción de piedra, con una entrada y una salida, sin mucho espacio. Han pintado una imagen de tipo Cristiano Ortodoxo en las piedras y hay un mínimo altar para orar. Hincada rezando, sentí un empujón y caí de lado al suelo de pedregullo. ¡No tengo explicación, nadie me empujó, lo juro! Afuera hay una enorme piscina de piedras y una pared desde donde mana agua para lavarse y beber, imagino que es súper bendita. Se pueden prender velas blancas en un sector y la gente prende telas de color o blancas en un muro junto a una súplica o un agradecimiento. Me faltaban manos para sacra fotos que atesoro con amor.

Yo no quería salir de ahí, pero había que seguir, en los viajes el tiempo es oro y como decía mi madre: “Hija son dólares”.

Llegamos a Capadocia. ¡Dios, que locura! Es una ciudad milenaria excavada en las piedras donde habitaban seres humanos desde no se sabe cuánto. Luego se llenó de cristianos. Estaban reducidos a esconderse para no ser muertos por los “gentiles”. Con hornos, bodegas, lagares, iglesias, dormitorios, pasadizos que se cerraban con enormes piedras redondas como ruedas de roca para que no ingresaran los extraños. Pero estaban comunicados en cientos de pasajes internos con salidas de aire y entrada de agua a cisternas. El viento ha tallado algunas columnas que rematan en conos que semejan sombreros de enanitos de cuentos. Y el cielo…poblado de globos aerostáticos de mil colores que muestran desde el cielo ese mundo de enigmas y secretos. Místicos espacios destinados a hacernos meditar en la vida actual.

Me quedé con enorme deseo de viajar en esos globos. No pude hacerlo y me sentí mucho tiempo enojada conmigo misma por no atreverme. Verdaderamente una pena.

El regreso a Estambul, nos trajo a la ciudad pujante, llena de excelentes artesanos en cuero, las famosas alfombras y exquisitos platos de comida.

El palacio de los Emires Otomanos, son inmensos. Cientos de aposentos y cocinas y cuadras para animales. Lo más llamativo es el museo con las joyas de los emires. El trono de oro con incrustaciones de piedras preciosas, adornos para la cabeza recamados en oro y plata con esmeraldas de tamaños descomunales, sí, enormes. La daga del Sultan Suleiman El Magnífico, tiene tres esmeraldas y como cien diamantes, que debe pesar diez kilos. Sus anillos, prendedores y gargantillas son espectaculares. No me permitieron sacar fotografías. ¡Era lógico! Justo en uno de sus patios se desarrollaba una ceremonia oficial de militares turcos, todos vestidos de terciopelo rojo. La banda tocaba una música muy bella.

Luego fuimos a un monumento al Padre de la Patria del siglo pasado que hizo de Turquía un país  moderno. Mustafá Kemal Atartürk

Regresaría si pudiera.


LLEGANDO A TAIWÁN


 

Fue un viaje mágico. Al pisar tierra y enfrentar ese mundo de gente arremolinada con sus bártulos, ver cada rostro con sus ojos llenos de luz, me sentí que entraba en un el territorio irreal de otro planeta. No veía en ningún rincón un occidental y pensé que estaba irremediablemente en otro mundo. Entendí lo que es ser analfabeto. Cada cartel, cada señal, me era ajena. No entendía qué decían esos signos que ordenaban la vida de los humanos. ¡Gracias a Dios iba rodeada de mis amigos que sí, eran taiwaneses y me ayudaban!

Estaba invitada a la boda de uno de mis alumnos que había alfabetizado en castellano en Argentina. Viajé con toda esa hermosa y generosa familia de 35 personas. Apenas pasamos aduana subimos a una trafic para ir a Taichung, nuestro destino. Cansada y sorprendida, miraba un verdadero enjambre de autopistas que se enrulaban en distintas direcciones y en distintas alturas una sobre otra como los edificios de departamentos de las grandes ciudades.

Desde la ventanilla miraba sorprendida en las casa luces rojas. En mi ignorancia pensé: “¿Cuántos Hoteles Alojamiento o Burdeles?” Cosa que no congeniaba con el estilo de vida de los “budistas” y siendo tan estrictos con la educación de las tradiciones. ¡Me equivocaba! Supe al llegar a la casa de los mayores, que eran los “altares familiares” que se entronizan en cada vivienda a los Antepasados.

Esa noche caí redonda al lecho. Habían alquilado una cama occidental, para mí, ya que ellos duermen en edredones en el piso de la vivienda. A la mañana siguiente sentía la sangre como si hirviera. Era el haber dado vuelta alrededor del mundo hacia oriente. Me esperaban en la casa de al lado. Las viviendas tienen cuarenta metros cuadrados. Y son muy pequeñas. Poseen un baño mínimo, pero con una profunda bañera con agua caliente que disfruté. No tienen cocina al estilo occidental, ya que el ama de casa se sienta en un pequeño escabel, corta las verduras en un recipiente y por orden del gobierno no pueden acumular desperdicios por cuestiones ecológicas. Ya no hay espacio para la contaminación. Es una isla de alrededor de seiscientos kilómetros cuadrados con una montaña en el medio y agua alrededor con más de cuarenta y cinco millones de habitantes. ¡Hasta los perros están en jaulas apiladas una sobre otra en las (ínfimas callejuelas) como en propiedad horizontal!

El desayuno excelente. El cariño indescriptible. ¡Pero me tenía que adaptar a su tradiciones! Por lo que la primera tarea fue asistir a saludar a los ancianos de la familia. En la casa de la “Abuela” caí como un extraplanetario. Me acercaron a la dama que ocupaba un sitio importante. Allí, yo, ignorante recibí un “rosario de cuentas budista” y que tomé afectuosa y le “plantifiqué un beso en la mejilla a la abuela”. ¡OH, el ¡Ay! ruidoso de toda la familia me paralizó! ¿Qué hice? Ella sonrió y dijo algo en taiwanés. (No se preocupe… he visto en televisión que los occidentales se dan besos). ¡Era la primera vez que alguien en su vida le había dado un Beso!!! Ni siquiera el esposo, ni los hijos, ni los nietos. ¡Ni sus padres! Y yo, mendocina ignorante le dí el primer beso de su vida. No sabía dónde esconderme. Pasado ese momento, me subieron a un auto y por tortuosas callejuelas me llevaron a un sitio donde según me explicaron tenía que honrar a el “Abuelo” que había fallecido hacía poco tiempo. Llegamos a un parque de no más de una manzana. Allí había una especie de tumba redonda frente a un atrio donde a los costados había dos estatuas de cerámica de colores vivos, que representaban a un hombre y a una mujer. Vestían trajes tradicionales. Me entregaron tres varillas de incienso color rojo con letras doradas, me indicaron que pidiera autorización a las figuras de cerámica para acercarme a la tumba. Así lo hice. Explicando quién era yo, y luego comenzó mi ceremonia de bendición y honra al “Abuelo”. Lástima que no tenían una filmadora, sería genial para una película ver una mujer occidental, haciendo reverencias con el fuego sagrado de las varillas. Luego el resto de la familia hizo sus bendiciones. Yo como católica me sentí muy emocionada, Dios, pensé está aquí junto a mí.

Cuando regresamos a la casa, me sentí muy feliz. Pero…debía ir a la casa de otro familiar a cenar por mi condición de docente de los futuros esposos. Allá fui, con un regalo: Un disco de Tangos, porque la dueña de casa amaba el tango Argentino. Conocía todas las letras de memoria: Gardel, Tita Merello, Discépolo, Del Carril…en fin yo ni se la mitad y tampoco lo aprendí a bailar, cosa que siempre lamento. Esa noche me recibieron como una reina. Catorce platos diferentes era el menú. ¡La esposa del hijo mayor, cocinaba sin participar de la cena! Yo no lo podía creer.

Antes de la boda, me llevaron a conocer el Instituto donde habían estudiado mis alumnos. Era un colegio Jesuita. El director, un norteamericano, sacerdote, hacía diez años que vivía en Taiwán y a través de mi italiano, ya que no hablo inglés y mínimo mandarín, le pedí la comunión. ¡Nunca lloré tanto como en ese momento! Tan lejos de mi patria, rodeada de budistas y tomado la Santa Hostia, era un regalo que me deparó la vida.

Luego de la ceremonia donde se prometieron Kuo Wei y Pey Ti, me invitaron a conocer el sur; tomamos el tren a Caushung, y atravesamos los campos de arroz de esa hermosa isla. Isla que fue nombrada en la antigüedad como “Formosa” por jesuitas portugueses…y realmente es hermosa. Pasé veintinueve días increíbles.

Siempre me sorprendo reconocer que no conozco zonas de mi país y recorrí de norte a sur y de este a oeste aquella maravillosa y pujante isla: Taiwán.

 

UNA VOLANTA EN EL CAMINO

 

 

                        "Reír es la música del alma"

 

Apenas puedo imaginarme lo que era atravesar ese largo espacio en un país tan lejano al que los vio nacer. Eran dos hermosos gemelos. Ni quisiera pensar lo difícil que sería aprender el idioma de esa gente tan distinta a los que habían llegado con ellos. Su tierra de nieves eternas, vientos gélidos y bravos animales salvajes les sucedieron un sin fin de transformaciones. Ese lugar tenía temperaturas desérticas, vientos calientes y nada de humedad.  

Maximiliano y Godofredo eran idénticos. Altos, muy altos, llegaban a los dos metros y eran de una piel glauca. Ojos de color celeste; y faltos de alimentos por bastante tiempo, les bailoteaban los pantalones de loneta rústica y sus gabardinas. Unos gorros de piel de oso color negro cubrían sus orejas y usaban unas botas de cuero engrasadas a mano con unto de animales, el olor era duro y desagradable en ese calor insoportable.

Les habían entregado un trozo importante de esa agreste tierra primitiva, unas herramientas que bajaron en un cajón del vagón del tren que los transportó tantos kilómetros de la costa. Ahí, no había mar. Un hilo barroso de agua viboreaba por la tierra amarillenta... ¡Ese es el río! Y algunos arbustos espinudos colaboraban para ser el hogar de serpientes y roedores que escondidos salían en la noche de cacería.

Se despojaron de la ropa y a cuerpo desnudo comenzaron a buscar leña. Ariscas alimañas escapaban de los pocos árboles retorcidos y secos. El polvo bravío se pegaba al sudoroso cuerpo de los muchachos. Un sucio pañuelo les cubría los rostros. Las manos comenzaron a llenarse de ampollas y a sangrar. Rompieron camisolas y se atravesaron las palmas con fuerza. Lograron levantar un habitáculo pequeño que los pudieran cobijar. La noche, con sus ruidos destemplados les llenaba el sueño de temores. Eran los animales salvajes que habitaban la región. Alrededor encendieron un fuego para distraer la angustia. ¡No se atreverán! El frío de la noche los encogía sobre sus mismos cuerpos.

Alguien les había advertido: - ¡Acá de día hace mucho calor y en la noche hiela! Al amanecer se veía la escarcha en los arbustos. Y cesaban los ruidos. ¡Eran monos y jabalíes salvajes! Merodeaban pero no tan cerca como para dejarse ver.

Una tarde, cuando ya el sol se aplastaba debajo de la tierra lejana, apareció un hombre de a caballo. Su figura era la de un fantasma gris oscuro, sombrero aludo y poncho de lanilla negra. Lo seguía un perro que por el porte se notaba viejo y cansado, pero alerta.

- ¡Buenas, soy Casimiro Reales, su vecino más cercano! Vivo a varios trotes de acá, sino una legua y media. Vengo a conocerlos y a ofrecerles una mano. - y se apeó con una mirada profunda y oscura, hociqueando el lugar como husmeando lo que veía.

- Somos Maximiliano y Godofredo Polansky, de Zelininlsky. - y llegamos hace muchos días. Nos cuesta hablar su idioma. - se miraron con preocupación.

-¿Son hermanos iguales, como espejos de agua? Y raros. Nadies les dará pal corte de la tala o el arreo de animales. - y salió un escupetazo de su boca ennegrecida por  masticar tabaco. -¿Tienen mujer?- no se anden por el boliche en busca de hembras porque están todas podridas.

 Maximiliano le alcanzó un vaso con vodka. - Este es el licor de nuestra tierra. ¡Beba de un trago, amigo!- y se miraron con astucia.

- ¡La pucha que es juerte este trago! - y escupió de nuevo. - Bueno ya les aviso, en cuanto vean una sombra sobre aquellos palmares, es que viene tormenta. Y de las buenas, arrancan todo hasta las ráices.- Sin mediar palabras, se fue alejando al trote en su manchado   y el perro salió tras el hombre con un paso extraño. Se volvió el jinete y gritó... ¡Tiene ruman en la patas de viejo, no má!- y se vino la noche.

 

Pasado un tiempo comenzó a hacer más calor y comenzaron unas fieras tormentas. Se acababa la harina, el té y el azúcar que habían traído en sacos grandes de arpillera. Y decidieron ir al boliche. Caminaron tres horas con el sol que agobiaba sobre sus pieles blancas. Sudor y tierra, insectos que se metían en las fosas nasales, en los ojos, en la comisura de la boca... ¡Un verdadero martirio! Avistaron un rancho, luego otro y así se dieron de frente con un corralón que era el único negocio de venta. Un pintoresco cartel, anunciaba: ¡Acá está La Flor de lo que Buscas! Ingresaron y veinte o treinta pares de ojos se posaron en los hermanos.

-¿Qué buscan los "rusos"?- y se restregaba las manos el obeso vendedor. Olía a ajo y menta. Un rudo delantal cubría el abdomen inmenso del hombre que los miraba debajo de unas bolsas morenas en sus pequeños ojillos negros.    

 Maximiliano, habló en su difícil castellano. Su hermano aun no se atrevía. Era muy duro de lengua. Pero antes viraron sus ojos celestes por todo el lugar para identificar sus necesidades. - Necesitamos todo esto y le entregó un papel. - el viejo Kaled, lo tomó y alejó de su vista, se acercó a la lámpara que iluminaba el lugar y leyó...

- Una bolsa de harina de trigo, una de azúcar morena y té. Vodka, tres litros. - se rió a carcajadas.- ¿Qué es el vodka? Acá no lo conocemos. - desde atrás se oyó una voz que ya habían escuchado los hermanos. Se volvieron y encontraron la figura de Casimiro, que reía también. -Es un kerosene que beben estos rubiecitos. - tráigalo la próxima y verá, don Kaled, es puro fuego.

- ¿Y cómo van a pagar y en qué lo llevan? - los muchachos se miraron. No tenían caballo ni carro. Un curioso que quería hacer migas ofreció... -¡Yo los llevo en la volanta!- seguro han matado alguna yarará y descueraron, me pagan con el cuero.

Los muchachos se miraron sorprendidos. ¡Sí, matamos varias y enterramos los bichos! En nuestra tierra no hay esas semejantes víboras. Y bueno, le dejamos dinero. Y cargando los costales salieron al trote por el camino en la volanta. Poco hablaron con el hombre, pero les pareció que era bueno.

En un recodo del río, se detuvo y les pidió los billetes. -¡Hasta acá los llevo!- más allá no dentro, está malo el tiempo y floja la tierra. Les queda poco trecho. Y los bajó así como así. Con los bolsones pesados sobre los hombros siguieron hasta la habitación de barro y piedras.

Comenzó a llover y el viento entraba por todos los agujeros. Pasaron una noche infernal. Algo les ingresó en el espíritu. Una duda infernal sobre el futuro. ¿Por qué tenían que salir de un lugar tan miserable y entrar a uno infernal? Fue creciendo en ellos una serpiente venenosa de odio, deseos de venganza, de ira irrefrenable. Su tierra los había expulsado por árida y yerma y los había depositado en otro tan desventurado como ese. Se acoplaron en una visión del mundo nefasta.

Pasado unos meses, en la zona, comenzaron a aparecer incendios descontrolados donde perecían animales y gente. Luego ya eran cadáveres desmembrados por lugares donde solo las aves de rapiña sobrevolaban en busca de alimento denunciando muertes.

Finalmente, una noche, de entre la niebla, Casimiro Reales, se despenó de la cabalgadura, espiando las sombras y los vio. ¡Eran ellos! Los alcanzó a mirar y con su trabuco viejo desgarró el corazón de los hermanos. La sangre de los "gringos" bañó el yuyal entre los gritos desgarradores del viejo que ya había matado antes, pero de frente y sin ira. ¡No pueden venir a destruir la vida de un hombre como a perros con sarna!

FEMICIDIO

 

Entró en forma clandestina en la casa. Un arrebato de silencio lo envolvía. Franco caminó tratando de no pisar las maderas rotas del piso. El viejo seguro que dormía. A esa hora, Nemesia sin duda le servía una sopa fuerte de huesos y verduras y sentado en el sillón se dormía hasta la madrugada, en que entraba un rayo de luz por la ventana. Todo revuelto y sucio. El olor a moho penetraba la nariz del más sencillo. Abrió el ropero donde el anciano guardaba la pistola. Envuelta en un paño apolillado estaba como un pájaro muerto. Salió tal como entrara. Parecía un fantasma.

Esa mañana, encontraron al viejo dormido, muerto y con una sonrisa dibujada en el rostro desdentado. Nunca se enteró que Franco había ido a marcar con una anémona roja, la frente de su amante en el motel.

MENTIRA, PURA MENTIRA

 

La Dulce Pamela, era la chica más linda de la Villa y todos los “moscardones” la seguían. Ella no les dirigía ni una mirada. Sólo, sonreía a Délfor, el hijo del contador del banco, que era según las tías y su madre: “El candidato”. Un día, cuando el padre de Pamela abrió el periódico matutino y leyó el aviso, casi se infarta. Aviso e invitación: “El próximo sábado, con misa de tarde, se realizará la boda de la señorita Dulce Pamela Paiva con el joven Lindor Robledo” luego se servirá un lunch en el club social de Villa la Virtud.

El grito se escuchó desde la cocina. Dulce al leer semejante barbaridad, se largó a llorar y se desmayó. ¡Era una mentira! Como un rayo los padres fueron a la escuela, a la Catedral y al diario a indagar por ese mensaje. Era un chiste de sus compañeros que se burlaban de Dulce y del pobre Lindor, joven de muy cortas luces e inteligencia, pobre como las ratas y tímido como el chajá. La historia, todavía se relata. Dulce se fue del pueblo y no regresó jamás.

 

Juventud...

 

En Villa la Virtud, contaba el tío Pepo, los estudiantes se sentían agobiados por las horas de encierro entre cuatro paredes del aula. Se escapaban por una puerta lateral. Tomaban el Bondi y se iban a lo del “Cañito Azul”, un bodegón de mala muerte. El viejo Eleuterio, que ya no veía bien, les servía una ginebra doble y comenzaban a jugar “truco”, cuando escuchaban el reloj de la Catedral dar las seis, salían corriendo. Entraban a la escuela por la misma puerta que habían escapado, y salían por la fachada principal, porque muchos padres los iban a buscar. De más está decir que nunca ninguno terminó quinto año.