lunes, 11 de mayo de 2026

ALEMANIA HACE MUCHOS AÑOS


Estar en Alemania, es reconocer lo que significa el trabajo, la persistencia a vivir y el respeto por las reglas. Cuando estudiaba tuve la suerte de tener profesores que nos mostraron cómo quedó Alemania después de la segunda guerra mundial. ¡Destruida! También fotos y películas que mi padre nos hizo ver para que valoráramos la paz.

Llegamos, con mi madre a Francfort, y de allí nos llevaron a un hotel pequeño. Era invierno y había mucha nieve. ¡Era hermoso! Yo tenía treinta y cinco años y mucha vitalidad.

Mi madre había comprado un paquete con un sistema que nos venían a buscar al hotel y nos hacían conocer lo que quisiéramos. Por un lado es bueno por otro lado no tanto. No había conocido todavía el sistema del autobús turístico que sí te hace conocer los puntos más interesantes. Pero fuimos a diferentes ciudades donde habían restos de obras de los antiguos romanos, de las tribus bárbaras anteriores y ciudades pintorescas como Mannheim, donde compré un hermoso reloj Cucú, y recorriendo a orillas del río Rin hasta llegar a Dusseldorf todas las ciudades reconstruidas por los laboriosos alemanes.

Una mañana llevé a mamá a almorzar en un típico restaurante “tirolés” o yo lo creía así; como no se hablar nada de alemán tomé el menú y señalé un plato al azar para mí y otro para mi madre. Ese, era uno que comía un señor cerca de nosotros, y que resultó ser chuleta de cerdo con papas y una salsa agridulce. Cuando me presenta el misterioso plato que solicité…era una parvita de lomito de ciervo ahumado. Me reí mucho, por ignorante y el mozo se moría de risa. ¡Pero lo comí, era exquisito! En medio del postre, vi detrás de mamá un ratoncito que atravesaba el piso hacia la calle. No hice ningún llamado de atención porque mi madre, les tenía terror a las lauchas. Pensé, se sube a la mesa, grita y como no nos entienden nos llevan presas. Ya me veía en la comisaría tratando de explicarle a un policía que mi madre odiaba los ratones. Mamá los olía, era como algo sensorial ya que me dijo: ¡Una rata! No, dije con mi mejor cara de póker. ¡Sí, hay una rata!

Mamá si haces algo raro nos encierran en la cárcel. Llamé al mozo y con una hoja de papel y un bolígrafo dibujé un ratón y señalé por dónde había pasado. El hombre trajo al dueño, no sé que me dijo, pero no nos dejó pagar y nos saludó hasta la puerta llamando un taxi que pagó él. Tengo que agregar acá, que mi madre tenía tal terror por las lauchas que un día que encontró una en el pasillo de mi casa, del grito que dio, la pobre rata se murió de un infarto. Imagino el que daría allí, y yo, sin saber hablar en alemán.

Recorrimos una ruta junto al río Rin y lo que me asombró en ese momento, fue ver semáforos en los recodos del río para evitar colisiones de barcos y botes. Nunca los vi en ningún lugar desde entonces.

Conocimos ruinas romanas que parecían recién restauradas. Impecables. Pienso que hoy después de casi cuarenta años, Alemania con el éxito de sus políticas y la unión con la parte oriental, debe ser maravillosa. Dios quiera que pueda regresar algún día. Lo curioso que estoy casada con un suizo-alemán y el apellido de mi esposo es bien difícil de escribir y pronunciar.

ALEJANDRA PIZARNIK

                                                       Lo que decimos no siempre se parece a nosotros.

 

            En esa noche

            Calmó la sed el arenal de su fuego

            que ardía al gélido latido de la espera.

            Con sus silentes bramidos y susurros

            Ella dijo en pocas palabras…muero

            recogió como estandarte mudo un papel,

            una calle solitaria entre piedras. Y gritó

            atropellando los murales con roja tinta.

            Sangre de aquella heroína dolorida y quieta.

            Una noche, apagó el cigarrillo.

            Cerró el cuaderno de lágrimas y poemas.

            Encendió una estrella y apagó una lámpara

            Se derrumbó en la silla y quedó muy quieta.

            Se había ido por el camino de la nada

            Donde su duende aun juega con tristes poesías.

            Alejandra durmió sobre su pena. Su luz

            quedó titilando entre los libros. Viva está ella.

            Dolorosa y mística, su desaliento duele apenas

            por una fracción de cielo sin estrellas.

 

CAMINANDO EN ITALIA

 

Soy nieta de italianos, inmigrantes que llegaron a Mendoza, Argentina esperando hacer la “América”. De algún modo lo hicieron, salir de la pobreza que dejan las guerras, ya es un premio en la vida. El sueño de todos nosotros, los descendientes de italianos, y creo de los hijos de todos los inmigrantes, es conocer el país de sus mayores.

Por suerte hablo bastante bien el idioma italiano y me ha servido siempre en los viajes. Llegar a Roma es como cumplir un rito fantástico. Recorrer los famosos monumentos antiguos, ir al Vaticano y entrar a sus inmensas salas, Capilla Sixtina, biblioteca y la Nave Central donde en hornacinas hay reliquias de santos y personajes históricos, es imprescindible.

El hotel estaba cerca de la terminal y por allí pasaba gente de todo el mundo. Comer “pasta” es volver a la casa de los abuelos. El perfume de las “Trattorías” es una invitación al deleite. El olor del aceite de oliva, es ingresar en la niñez. Ver las botellas de vino “Chianti” o el “lemoncello” después del postre…los profiteroles con azúcar o chocolate… un placer. ¡OH, bella Italia! La sangre que corre por mis venas es desde siempre con olores primitivos a pan con ajo y aceite, con canzonetas a viva voz, con óperas en discos de pasta con la voz de Caruso o de La Callas.

Después de pasar varios días caminando y subiendo y bajando escalones en los restos del  imperio romano, nos sorprendió una huelga general. ¡Si hay algo inesperado y terrible para un turista es una huelga! No había taxis, ni autobuses, ni trenes, ni metro. Nada. Calles solitarias, con negocios cerrados, museos y catedrales acerrojadas. ¿Qué podíamos hacer? Pasear por donde se pudiera cerca del hotel. Y caminamos. Mi madre y yo como entusiastas exploradoras. Y como turistas nos perdimos. En una esquina detengo a un joven apuesto y simpático y le pregunto por dónde llegar a la Terminal de autobuses, que estaba cerca de nuestro hotel. Me señala la tarjeta que llevaba en la mano con el nombre del hotel. ¡Me comienza a explicar con señas de sordo! Yo no he estudiado el idioma de señas… y soy docente, pero de chicos oyentes. No sabía si reírme o llorar. Justo le vengo a preguntar a un sordo mudo. Le dí las gracias como pude y seguimos andando. Hasta que encontré un policía, que me quería acompañar. ¡No gracias! Ya entendí.

En el hotel, había llegado un grupo de viajeros de Pakistán. Ruidosos y alegres, pero que no entendí muy bien los pocos mozos de servicio, no los querían atender. ¡He visto tantas cosas extrañas en mis viajes! El pianista llegó agotado con su motoneta. Se sentó al piano y me pidió si lo acompañaba con alguna canción. El ruido era fantástico. Nosotros tratábamos de hacer música y los pakistaníes hablaban muy fuerte tratando de tapar lo que nosotros hacíamos. Vino el gerente y puso silencio a todos.

Al día siguiente nos vinieron a buscar para trasladarnos al norte de Italia. A Florencia. Nos hicieron viajar en un tren que se dirigía a Alemania. Nunca se detuvo. En la terminal de Florencia, disminuyó su velocidad y nos tuvimos que bajar en movimiento tirándonos las valijas los otros turistas que seguían para el norte. Yo capturaba los preciosos equipajes como si me dedicara a hacer un deporte de riesgo. Desde adentro me aplaudían y mi madre, muerta de risa, acomodaba lo que iba cayendo.

Llegamos al más bello de los lugares de Italia. Allí, conseguimos un taxi que ahora pienso no era oficial, el hombre que manejaba apenas hablaba italiano y debe haber aprovechado la huelga para sacar un poco de dinero extra. ¡Gracias a Dios, no nos estafó!

En Florencia nos acomodamos en un pequeño albergue, casa antigua reciclada. Estaba muy bien ubicada. Descansamos hasta el día siguiente y comenzamos a caminar las calles por donde caminó el Duque Sforza, los Medici y esos héroes de películas históricas que hemos visto hasta el cansancio.

Se había levantado la huelga y conseguimos conocer bien la “Señoría” los palacios, que me parecían pequeños en relación con otros que vi en otros países. Guardo un precioso recuerdo del paso por Florencia, como todos los viajeros, toqué el cerdito de la plaza, que dice que hace regresar a ese hermoso e indescriptible lugar.

¡Nunca pierdo la esperanza de volver a ver el David trabajado en mármol por el único: Miguel Ángel Buonarroti! 

 

 

UN EXTRAÑO ESPECTÁCULO EN PARÍS

 

Mi primer viaje a Francia fue hace muchos años. Era pleno invierno y nevaba. Eso nos dificultaba movernos pero no nos impidió, a mi madre y a mí, conocer las joyas históricas de París y sus alrededores: Versalles entre otras. En esa época se usaba el franco francés y era bastante accesible a nuestro poder adquisitivo. Pasear por Paris es una sorpresa permanente. En cada esquina o rincón se encuentra algún referente histórico. Cada reja pintada en negro y con adornos dorados, nos hacía pensar en la riqueza de los reyes de los siglos antes de la Revolución Francesa, donde se destruyó mucho, hoy reconstruido; y en el espíritu de superación de un pueblo orgulloso que no responde si no se habla su idioma.

Al museo del Louvre, nos dimos el lujo de ir cuatro días seguidos. Lo vimos todo, nos cansamos todo. Era por momentos sentirse transportada al mundo de la belleza universal. Nunca voy a olvidarme la impresión que me causó ver la “Victoria de Samotracia” en lo alto al ingresar. Pero cada cuadro, cada escultura, cada obra de arte, habla de la gran creación del hombre y de lo poco que apreciamos los dones que Dios le ha dado al ser humano.

Hay cuadros famosísimos. La “Gioconda” en donde se agolpa la gente sin mirar las otras bellísimas obras que la rodean. Hay cuadros tan grandes que nos sentábamos en frente para ver detalles. Tintoretto, El Greco, Giotto, Miguel Ángel Buonarroti, Españolletto, Donatello y pintores ingleses, holandeses, rusos y obras de países de Asia y Oriente. ¡Un lujo poder apreciar tanta belleza!

Versalles es una obra propia de un tiempo perdido. Enorme, lleno de espejos y muebles restaurados. La habitación de la reina María Antonieta, la Mártir, restaurada con la ayuda de muchos generosos potentados. Incluso recuperaron la colcha en un bazar en África, según nos dijo un guía; un japonés hizo copiar las arañas de cristal de un cuadro hecho en tinta encontrado en un subsuelo del castillo y las donó al gobierno de Francia.

Todos los jardines cubiertos de nieve y las bellas fuentes congeladas con sus aguas quietas. ¡Una pena!

Recorrimos los puentes del Sena, Nuestra Señora de París cuyo interior estaba tan oscuro y frío que yo, que era muy joven, entonces, aproveché y subí hasta los techos y pude ver desde ese paño de plomo y piedras, todo el París desde arriba. Son como trescientos escalones, que se van angostando a medida que uno trepa. ¡Valió la pena!

Imposible subir a la Torre Eiffel, las colas interminables con el frío, nos acobardó. Comimos los famosos quesos de regiones de toda Francia, visitamos los cafés de Campos Eliseo y visitamos la Isla de la Ciudad. Allí vivimos un momento exquisito. Ingresamos en un pequeño restaurante en el cual, una bella anciana nos preparó un plato especial: codornices a la salsa negra…, rociadas por un vino de campiña y pan recién horneado por sus manos. ¡Gracias mi Dios por ese almuerzo, no lo olvidaré jamás!

Cuando veinte años después regresé a París, mi corazón se rompió un poco. Ya estaba ingresado al Mercado Común Europeo y lleno de inmigrantes de todo el mundo.

Los teléfonos públicos rotos, los cristales de las vidrieras escritas con “graffiti” con ácido, en el metro, los asientos otrora de terciopelo rojo, rajados con navajas o sucios, gente tirada en la calle drogada, niños descalzos tocando el acordeón que mendigaban y orinaban o defecaban en cualquier lugar. ¡Ese era otro París, no el que yo había visto!

A mi acompañante, en una esquina donde esperábamos el autobús turístico la asaltaron y le robaron la billetera, yo me salvé por suerte, pero la tuve que ayudar, había perdido su documento y tarjetas.

Era verano y las bellas flores de los canteros, ya no servían sólo para hermosear sino como baños públicos y eso que París tiene unos preciosos y muy típicos. El problema, pienso, es que esos inmigrantes no los saben usar. Y hay que pagar una pequeña cantidad de monedas de Euros.

Lo que no puedo borrar de mi alma fue un espectáculo que sufrí en plena calle cerca de una Catedral: en una entrada del metro, una mujer de unos cuarenta años, caída, parecía muerta; estaba bien vestida y no parecía menesterosa, pero junto a ella una enorme jeringa con droga, que había hecho estrago en su cuerpo. Yo sorprendida y acongojada dije: “Llamemos a un policía, puede estar muerta” y a mi alrededor se rieron, ella movió la mano para decir…”Estoy viva”. ¿Estar en esa forma es estar viva? ¡Pobre ser humano, que bajo cayó!

Ese no es el mundo que yo quiero, ese no es el París que viví en los ochenta. Hay otro Mundo y otro París.

UN TERREMOTO EN CHILE


Mi cumpleaños es en el mes de febrero. Para festejarme, me invitaron a ir al norte de Chile una semana. Adoro la comida chilena y sus playas del norte, donde se puede ingresar un poco al mar, ya que no hay agua tan fría. El hotel muy bonito, con amables personas que nos atendían de maravilla.

Siempre solemos ir a Santiago y a Viña del Mar, que queda en la Quinta Región, pero allí las playas son pequeñas y el agua muy fría. De todos modos, me gusta subir  a Valparaíso y andar por las calles del puerto y llegarme a la casa del poeta Pablo Neruda, La Chascona. Allí hay objetos que usaba en vida y como buen escritor, coleccionista de objetos varios.

El olor de las Caletas con los pescadores que venden los frutos de mar recién recogidos, el perfume de los mariscos que fríen en simpáticas pailas de cobre, los rumores del mar y gritos de la gente, me fascina.

Siempre usando las famosas “liebres” pequeños autobuses que atraviesan toda la costa, te permite recorrer ese paisaje típico de los puertos. ¡Pero nosotros estábamos en el norte, en una ciudad llamada “La Serena”. Allí caminábamos con mi hermana, por la orilla del mar, observando los diversos pájaros: pelícanos, albatros y ciertas palomas. En las playas no hay tumbonas, ni parasoles como en otras playas que conozco, la arena, es gris o marrón oscura a raíz de los frecuentes sismos que ha sufrido el territorio chileno.

Sin embargo, el mar es muy amable, poco salino y el aire fresco mengua el calor del sol del medio día. El desayuno era excelente con las variadas frutas que hay de primerísima calidad en Chile; que exportan por todo el mundo, cosa que he comprobado en otros viajes. Cenábamos en el hotel, generalmente las ricas paltas rellenas con camarones frescos y perfumados a mar… ¡Una delicia para el paladar!  Luego chupe de “jaiva” o albacora a la plancha, con abundantes verduras asadas. Y frutas varias de postre. Así, entre ricas comidas, paseos y playa pasaron siete días. ¡Mañana nos volvemos a Argentina, déme  la cuenta, por favor, le dije al conserje! Don Rosmando sonrió y se lamentó. ¡Lástima que ya las damas nos dejan! Muy amable su comentario, como siempre.

Esa noche nos hicieron una cena especial: entrada ”Jardín de mariscos”, segundo plato unas empanadas de salmón, seguimos con “machas a la parmesana” y finamente un flan de “chirimoya” que nos dejó fascinadas, rociado todo con un buen vino chileno blanco bien helado. Nos regalaron una pequeña paila de cobre con la banderita azul, roja y blanca del país y nos retiramos a terminar de armar nuestro breve equipaje.

Luego de revisar cajones y estantes, miramos un rato televisión y nos dispusimos a dormir. Nuestro avión salía hacia Mendoza, a las trece, por lo que debíamos estar en el aeropuerto a las diez.

Ya dormíamos profundamente cuando un sismo muy fuerte me despertó. Todo crujía y se movía con mucha fuerza. Acostumbrada a los sismos en mi tierra, ese me hizo asustar, ya que era muy, muy fuerte. Me asomé a la ventana y el agua en la piscina se elevaba hasta casi medio metro de la orilla y regresaba a su lugar con chasquidos insólitos. Mi hermana dormía bajo la medicina que toma por su salud, pero despertó y a mi pedido comenzamos rezar. Invocamos a cuanto santo y Vírgen conocemos. Fue mermando. Nosotros sabemos que suele haber “réplicas”; es decir se suceden temblores más suaves en cortos tiempos, como un acomodamiento de las capas tectónicas. ¡Era muy fuerte!

Al rato escuché voces en los pasillos del hotel. Me asomé. No había luz eléctrica, como es lógico. En casos así es aconsejable cortar electricidad y gas, para evitar incendios. Pero medio dormida, les pedí un poco de “silencio” porque nos teníamos que levantar temprano para ir al aeropuerto. Me pidieron disculpas. Yo me acosté y me dormí como si no hubiera pasado nada. ¡Deben haber pensado que estaba loca o drogada!

A la mañana siguiente nos levantamos y llegamos al desayunador, donde una trémula asistente nos miró con extrañeza. ¿Anoche no sintieron el Terremoto? ¡Sí, claro tembló, dijimos a coro! ¡No, señora, ha sido un terremoto grado 9,8 destruyó la Quinta Región!

Nos sirvió un desayuno magro, disculpándose porque no tenía ni gas, ni electricidad.

Cuando salimos con nuestras valijas, y quisimos llamar un taxi, don Rosmando nos dijo que creía que estaba cerrado el aeropuerto. Igual, con la esmerada atención llamó por su celular un taxi. Éste llegó al hotel y nos miraba como a dos extraterrestres. ¿Las damas no tienen miedo?

Ingenuas… yo le contesté, estamos acostumbradas a los sismos. ¡Pero esto ha sido grado 10 en ciertas zonas! Era el 27 de febrero. Por favor, llévenos al aeródromo. Y el buen hombre nos subió a su vehículo y nos llevó. Las calles rotas, casas con trozos caídos y grandes grietas, postes de luz en tierra… allí advertimos que había sido devastador. El aeropuerto Cerrado. La pista rota. No se podía salir por ahí.

El caballero, no puedo decir otra cosa, nos llevó a la terminal de ómnibus y consiguió dos pasajes en un bus de tipo doméstico, no como para atravesar la cordillera. Era el último par de tiketes que había. Subimos rezando para poder regresar a Mendoza, Argentina. Mi celular…muerto. No conseguíamos comunicarnos con la familia. En todos los lugares los teléfonos y medios de comunicación desactivados por razones de seguridad. Antes de subir preguntamos si podíamos hablar con un carabinero (policía de Chile, muy profesional) No, dama están todos desplegados por el terremoto en las zonas de mayor desastre. Me hice la Señal de la Cruz, ¿Cómo pude ser tan idiota? No tenía forma de avisar que estábamos bien, vivas y en viaje.

El autobús, era de cuarta. Pero nos llevó trepando por encima de los escombros, en algunos lugares se detenía y un tractor lo hacía pasar por enormes puentes de metal, que el ejército había desplegado. Las cuentas de mi rosario, brillaban y sacaban chispas. ¡Por fin supe lo que había pasado y sentí, no miedo, horror!

Cuando llegamos a la madrugada a “Libertadores” la frontera con nuestra patria, los comentarios eran de los muertos y de la catástrofe que dejábamos atrás. Ya en territorio argentino, sonó mi celular. Cuando lo atendí era mi nuera que lloraba. ¿Están vivas? Sí, y ya en tierra de nuestra patria. Tranquilos. Llegaremos a la terminal de buses alrededor del medio día. Hicimos aduana y nos miraban coma extraterrestres. Creo que no abrieron las valijas y bolsos por la sorpresa de ese cachivache que nos traía de Chile. Yo ahora lo veo como el mejor de los autobuses que usé en mi vida.

Cuando estacionó el coche en la terminal, toda la familia parecía ver a unos fantasmas. ¡Qué ignorante puede ser uno! Y tan soberbia que no se da cuenta que la naturaleza puede jugarnos una apuesta con la muerte. Cuando mostraban los noticiosos los lugares de Chile, yo comencé a llorar. Puentes carreteros derrumbados, casas que habían caído al mar desde las costas, autos arrojados en grietas enormes… ¡Dios, Gracias por ese taxista y ese valiente chofer que nos trajo!

Pero, ahora medito siempre, que somos una pequeña gota de agua en un océano que puede ser calmo o borrascoso. Que debemos estar preparados para sobreponernos a cosas similares, pero que yo, especialmente, debo ser más serena en mis actos y respetar con prudencia a mis congéneres. ¡Jamás debí creer que lo superaba todo! Gracias a esa buena gente chilena que nos ayudó sin pedir nada cuando tal vez ellos habían sufrido pérdidas importantes. Chile es muy bello, y seguí yendo cuando pude, sin dejar de estar alerta a los sismos.

 

LAS MARISCADORAS DE COREA

 

Fue por casualidad que llegué a Corea del Sur. Yo era un inquieto reportero de un diario poco importante de un remoto lugar de Sudamérica y tan curioso que le había propuesto a mi jefe:- Yo viajo como puedo... y voy enviando por Internet, los temas que me parezcan buenos. Luego, si lo publica, me deposita en una cuenta en mi tarjeta de crédito la paga, el resto me la rebusco yo. Así comencé a caminar por países que me eran extraños. Es verdad que caminé por lugares poco agradables desérticos o con alimañas. Pero conocí paisajes y gente maravillosa. Todo me resultaba interesante porque usaba cualquier tipo de transporte: camión, autobús, tren, botes, avionetas, caballos, mulas y caminé. Caminé hasta romper mi calzado y mis pies sangraban.

Me quedé a dormir en plazas, hostales, casas precarias y chozas. Una aventura maravillosa. Mi único problema era a veces comunicarme, los idiomas no siempre eran el inglés o el castellano. Pero aprendí a comunicarme con señas y dibujos. En las noches, cuando podía dormir en una posada o un parador, que tuviera electricidad, mandaba mis experiencias al diario y compartía a mis seguidores en las aplicaciones. Logré tener muchos seguidores y recibía apoyo económico de muchos admiradores de mis locas experiencias.

Caminando y haciendo mil búsquedas llegué a Corea del sur. Encontré gente tan gentil y ceremoniosa que aportaron historias y me aconsejaron algunos lugares para conocer. Así conocí a las mariscadoras del mar.

Recuerdo haber esperado el amanecer para verlas. Eran unas bellas ancianas que sin más atuendo que sus ropas de algodón, se lanzaban al agua de mar y a zonas profundas con un cesto y un cuchillo. Reaparecían con la carga de mariscos sacados con sus manos artríticas y hábiles y una joven o una niña les recibían la cosecha y le daba otra cesta para volver al agua.

Al terminar la tarea pude hablar a través de un joven de la aldea con una de ellas. Tenía pocos años cuando su abuela la hizo hacer la primera zambullida. Ahora con sus 92 años, su piel llena de heridas y arrugas, seguía la tradición de los antepasados. ¡No tenía miedo a la muerte! Pero sí a no poder hacer otro día su faena de recoger a mano sus mariscos. Sonreía y sus pocos dientes brillaban con la luz del poniente. Salió caminando con un cayado, un palo de madera gastado por el uso. Pero su cuerpo parecía una obra de arte. ¡Estaba llena de vida y de amor!

El grupo de mujeres que la seguía hablando y riendo, regresarían mañana a recoger ese alimento preciosos que nos dona el mar, los mariscos de va

jueves, 7 de mayo de 2026

EL HERMANO

 


 

“Sobre el vidrio de la ventana cada mañana aparecían las huellas grasientas  de unos dedos. La hermana del muerto, mirándolo allí, en la cuneta dijo: - No tuviste, hermano, ni tan siquiera una limpia muerte- y se secó el sudor con el delantal de la cocina, que hacía tiempo usaba.

Eloisa caminó unos pasos en el callejón ahora poblado de curiosos. Esa noche, el “Pardo Ortega” lo vino a buscar para ir al boliche. Fue. Lástima de destino, porque el Lucho era un tipo simple, callado y trabajador. Muy sombrío, si, por ser analfabeto. Pero un hombre bueno. Todos por ahí lo querían.

La muchacha, que lo crió desde chico, sabía que era incapaz de pelear a cuchillo, como decían los mirones.

Esa mañana ella miró la ventana y no había huellas de dedos grasientos en el vidrio. ¿Quién era ese fantasma infernal que se había evaporado entre los olivos?

Vino el Oliverio y le puso en la mano un fajo de billetes. No los necesitaba. Ella y su hermano eran cosechadores y concientes de que no tenían que tirar la vida en chucherías. Pero el hombre insistió tanto que guardó en el bolsillo del delantal el fajo. Cuando pudiera se lo regresaría.

La gente de bien y de palabra no se queda con dinero ajeno. Para eso vendía unos cerdos o una vaca.

Lloró. Sola en el mundo ahora, buscaría la forma de irse a la ciudad y emplearse de mucama en cualquier casa que encontrara. Luego vendería la finca del abuelo gringo. Y entonces, conoció al inspector que vino a cargarle la culpa de lo de su hermano. Le fue creciendo una rabia enorme. El Lucho no se merecía que pensaran que ellos eran malos.

El tipo la miró con lascivia, pero astuta como buena campesina, le dio la espalda. Llamó al Oliverio y le pidió que presenciara el interrogatorio. El hombre preguntaba si tenían deudas de juegos o de trampas con las ventas de los olivares. Muda, miró de frente a los ojos oscuros y morunos del inspector. Afrenta a mi hermano difunto y a mí, le dijo. Somos gente de bien.

Pasaron los días y otra vez aparecieron los dedos grasientos en la ventana de la cocina. ¿Un fantasma o un ánima?

La madrina del Lucho vino con una noticia: ¡Sabés Eloisa, que el Lucho tiene un hijo? Ayer lo conocí en la parada del micro que va para Paredita. Es de la Mireya, la gorda pintada que se metió en el catre a tu difunto hermano. Para mí que fue ella.

No, yo lo sabría. El Lucho no me escondía nada.