viernes, 13 de febrero de 2026

CRECENCIA


 

Desde pequeña estuvo como ausente. Era delgada, y frágil de salud, pero con una alegría indescriptible. ¡Era la alegría del hogar!.se dormía cantando y luego de leer un libro que conocía de memoria, ya que era el único que tenían en su hogar; se dormía como un pájaro al anochecer.

Sus siete hermanos la molestaban con su simple sonrisa permanente. ¡Es muy tonta, madre! ¡Es una niña medio perdida en la luna! Y mil chismes sobre su pequeña figura. Crecencia era la mano hábil que ayudaba a su madre en todo. Se afanaba en la batea lavando las camisas de su padre y hermanos. Aplastaba sobre la mesa de madera de laurel con fuerza la masa para las tartas y panes.

De pequeña aprendió a tejer y coser. Sus zurcidos eran invisibles. Sus bordados parecían pinturas. Pero llegó un día que comenzó una gripe traída de no se sabe dónde que apretó las gargantas y pulmones de niños y grandes. Uno a uno, fueron llevados de la casa en carros hasta el único hospital que había a varios kilómetros de la granja.

Primero se fue Abigail, luego Pastora, siguió su madre, después el padre. Quedaban Felipe y Bernardo, que la fueron dejando sola en la casa solitaria. Ya no cantaba ni reía. Sacó fuerzas de su debilidad. Empapó pañuelos y delantales, dejó de leer el libro... total, lo conocía de memoria.

Recordaba las tareas como se las enseñó su madre: en mayo encluecan las gallinas, ponlas bajo el fogón al tibio calor de las cenizas, en julio comienza a recortar los pequeños retoños de frutos para que no se caigan por poco espacio, merma el agua de los castaños... y ella como un soldado, cumplía con las tareas. Llegaba agotada a la cama, allí lloraba hasta quedar dormida.

Se hizo una mujer vigorosa, grande y solitaria. No sabía de bailes ni de paseos. Un día, Crecencia, recibió la visita de un forastero que le ofreció comprar la chacra con animales y plantas. Le ofreció un buen precio y ella ya cansada aceptó. Y se fue a una ciudad lejos de su zona. Compró un departamento en un segundo piso frente a una plaza del pueblo. Desde allí, veía pasar la gente que iba a su trabajo o las salas de cine. Un día se animó, compró un boleto y entró a ver un filme. Se quedó extasiada: ¡Lo que el viento se llevó!. Lloró toda la película y prometió nunca más volver... ya que había sufrido mucho para seguir viendo sufrir a otros. ¡Extrañaba su granja!

Mi nombre es Rosalba, soy vecina de una señora mayor que veo poco. Ella cunado sale me mira y sonríe como si fuera un niño. Está tan sola y tan gastada como las losas del parque viejo. Camina con un bastón de ébano que tiene un pequeño pomo de plata gastada como ella. Pero, siempre se detiene en los restaurantes y lee los menús que invitan al convite .sus gafas relumbran con el sol o se opacan con la lluvia. Sigue siempre de largo hasta próximo restaurante y lee. Sigue. Le y sigue de largo. A veces regresa con un pequeño atado de acelgas o zanahorias y un trozo de queso. Otras, trae un pastelillo barato de carne porcina o pollo. Cada día más delgada y débil. Pero es tan amable. Pregunta por Porfirio mi gato callejero. Le cuento alguna anécdota de los desastres que hace y sonríe con su boca desdentada.

Hace varios días que no la veo. No ha salido de su departamento. Me acerco y golpeo. Nadie contesta. Bueno habrá salido a ver a su familia, me digo para reconfortarme. Pero pasa un día y otro y llamo a un sereno que cuida la manzana. ¿No ha visto a Crecencia la dama del segundo piso 8? ¡Y el hombre sube el hombro como diciendo y yo qué sé! Llamemos a la policía. Acepto. Viene un patrullero. Golpean fuerte, y con un gran puñetazo rompen la puerta.

¡Crecencia duerme en su lecho desde hace muchos días! ¡Su sonrisa desdentada y sutil, nos dice que ya está un paraíso entre nubes de ensueño rodeada de su enorme familia que hace mucho la espera!

UN BOSQUE LLENO SUEÑOS


 

                        Me duelen las manos. También la espalda. Hace una larga semana que trabajo sin descanso para cumplirle. Quiero pero no puedo. Sí, quiero completar todo el pedido que recibió Joaquín de esa gente. Es una nueva casa de comida, hotel, casino y albergue. Es nueva y única. La construyeron en la ladera Este. Es muy linda. Está construida en una zona hermosa de la región. La más bella. Tiene un sabor salvaje. Esa tierra húmeda, la fina llovizna de unas nubes que como velo de novia se deposita o se apoya en las largas columnas de pinos, arrayanes y piceas. Es un regalo fortuito que regala el amanecer de los días de otoño. El sol está cansado de moverse por el bosque como novio enamorado de los duendes del pinar. ¡El olor a resina y polen! Las cabañas son hermosas, las comenzaron a construir en primavera, el mismo día de nuestro encuentro. Yo iba con mi bicicleta por el sendero buscando setas frescas. ¡Nos encantan “revueltas con cebolla finamente picada en juliana, huevos y queso parmesano, con una pizca de sal y pimienta, una cucharada de salsa inglesa y vino jerez”! Bien, como decía, me movía por esos rincones que conozco desde pequeña, esos que recorría con el abuelo Marco, y él, me iba regalando cuentos, recetas y recuerdos. Bueno, iba por allí y nos encontramos. Parecía un astronauta recién aterrizado de un planeta lejano. Era como de otra galaxia. Fresco, alegre y vivo. Sí, como mi bosque de cuento. Me gustó, así rápidamente, con su sencilla forma de pedirme la receta de los hongos. Aparte, desconfiado, creyó que eran venenosos. Yo le gusté, seguro, porque me comenzó a contar su vida.  Parecía como si me conociera de toda la vida. Me senté en un tronco caído, junto a un árbol lleno de pájaros. La madera podrida en parte, albergaba un sin fin de pequeños seres vivos como su vital risa contagiosa. Su mirada clara se movía, deslizándose por mi rostro, que sudoroso y sucio, aparentaba no haberlo lavado en meses. Los pinos, piceas, abetos y abedules, eran el marco perfecto a ese encuentro informal y romántico.

                        Casi me olvidé para qué había venido al bosque. Si él, no mira el reloj y da un salto, seguimos hablando en el crepúsculo que le había puesto una mortaja violeta a los rayos rojizos del sol. Joaquín se despidió, me ayudó a trepar a mi bicicleta y partí. Cuando llegué a casa me encontré en la penumbra más cerrada, corrí con la mitad de hongos acostumbrado. Llegué a la cabaña y caí sólida en el banco rústico de mi pequeña cocina. Pensé cómo haría una cena sin la cantidad de setas frecuentes y decidí hacerlas en la receta del abuelo:”con miga de pan mojada en leche, salsa blanca o bechamel, perejil y ajíes rojos y verdes. Así armé un budín que mezclado con dos huevos y nuez moscada”, alcanzó para los cuatro. Papá quedó feliz, cuando le conté que había conocido a Joaquín, el muchacho del bosque, pues lo trató en el pueblo y conversó mucho. Le pareció muy simpático y además era alfarero. Papá dice siempre que hay oficios santos: carpintero, alfarero, boticario y labrador. No quiere a los carteros, tal vez porque un cartero siempre le trajo las noticias tristes. Mamá en cambio es más desconfiada. Casi no habló. Mi casa es la típica casa de campo con olor a fogón caliente, levadura, ajo y vino. El abuelo nos enseñó a hacer el pan. Él guardaba un trocito de masa para levar y se levantaba a la madrugada para hornear. Cuando estaba todo listo se acostaba y al comenzar el día con un enorme tazón de leche tibia recién ordeñada de Chichí, la vaca, comíamos una rebanada de pan caliente con manteca que mamá batía a mano en un bol y dulce de grosellas que hago todos los años. ¡Qué rico era desayunar así, con el amor del abuelo! Hoy lo recuerdo y se me hace un nudo acá, justo aquí en la garganta. Bien sucedió que a los dos días sentí el ruido de un motor por el camino de casa. Era Joaquín que me invitaba a trabajar con él. La camioneta destartalada y muy ruidosa se escuchaba de lejos. Atrás traía un horno para cocer cerámica y un sin fin de moldes de yeso y herramientas. Me entusiasmó su seguridad. Sus ganas. El dueño del complejo hotelero le había encargado toda la vajilla especial con sabor, color y forma de nuestro rincón lejano. Me intrigó su exaltación y sus sueños. Era muy creativo. El perfume ácido de la arcilla me entraba a los pulmones como una saeta inesperada. Acepté. Yo nunca había hecho alfarería. Pero como amo cocinar imaginé que era como hacer un pastel de berenjenas. Ese que me enseñó el abuelo. “Se pelan cinco berenjenas medianas y se hierven con sal. En una sartén se re fritan en aceite de oliva con dos dientes de ajo; los dos tomates picados en daditos, dos cebollas en juliana, dos pimientos y un puñado de hongos recién cosechados que se filetean. Se pisan con un tenedor las berenjenas ya blandas y se agrega el  menjunje, con pan rallado, una tasa de queso rayado, dos huevos y mucho perejil. Se hornea veinte minutos y ¡paf!: un pastel para re-chuparse los dedos. Si las berenjenas son algo amargas se le agrega a la pasta una cucharadita de azúcar”. Así era hacer todos esos recipientes de arcilla. Con un gran amor y buen gusto. Yo le agrego además los gnomos del bosque pintados y hasta los muérdagos y ardillas. Cada pequeño plato, escudilla, taza, fuente, tiene un pedacito de mi bosque. Es su espíritu ingenuo y personal, el que creó la chispa de este mundo mágico que hemos hecho juntos. Creo que me he enamorado de Joaquín y él de mí. Estoy cansada pero tengo que hornear todas las piezas en bizcocho de arcilla. Las pintaremos juntos y cuando amanezca y cuando inauguren la casa de la colina, cada persona se asomará un instante a nuestro mundo.

                        Realmente me falta esa chispa para encenderle a cada jarra una señal con el fuego de la creación aderezándole un pequeño trozo de monte perfumado de bellotas y musgo. Debo recuperarme. Joaquín duerme junto al horno un rato esperando el pequeño milagro de amor cotidiano. Mis manos lloran arcilla y falta una buena parte de los platos y adornos para terminar la tarea. Anoche, antes de quedarse dormido, Joaquín me dijo que estaremos juntos para toda la vida y me dio el anillo de boda de su madre. El amor ha llegado a mi vida en forma inesperada. Estoy conciente que es extraña la forma de nuestra relación pero espero. Mañana será un festival de sueños cumplidos. Toda la vajilla terminada, la inauguración de la posada de la montaña y el anuncio de mi boda.

 

                                                             

LA PAREJA.

 


                        Gregorio salió del departamento 3 de planta baja y fue a buscar un cable para arreglar el timbre. Encontró a Kiki en una posición extraña. No lo veía desde hacía algún tiempo. Pensó que había pasado más de un mes. Con los brazos afrentándose las piernas encogidas, sobre la alfombra algo gastada del palier. Miró el ascensor y se preguntó por qué no había subido al 7º A. Recordó que ayer su mujer le comentó que el casillero de correspondencia de Tai, el del séptimo, estaba repleto. Nunca lo veían pero era tan metódico que le llamaba la atención ese detalle. En ese momento apareció la doctora del 8º A, para pedir que le avisara al del 7º A que cerrara los ventanales. El golpeteo de noche no la dejaba dormir. Salió sin mirar siquiera al muchacho en el piso. Gregorio sorprendido no quiso interrogar mucho a Kiki sobre Tai. Eran pareja desde hacía varios meses y el joven entraba y salía a su antojo del edificio. Tenía llaves. Cuando quiso subir al ascensor, el pequeño travestido lo miró desolado. Tenía aun el rimel corrido, se había acomodado la larga cabellera con un elástico y su cara desfigurada por un tremendo golpe. Sintió piedad por ese ser casi fantasmal. Volvió sobre sus pies, se agachó y encaró al joven. ¿ Qué pasaba que no ingresaba en el departamento de su amigo? Si tenía temor, él, lo podía acompañar. Sabía la bondad del viejo bribón, eso se lo guardó para sí. El desventurado con sollozos le explicó que había intentado todo pero que no podía entrar; la llave estaba puesta por dentro y nadie respondía.  No tenía fuerza y además tenía un terrible miedo de encontrar a su amigo muerto o ¿quién sabe? Gregorio suspiró: ¡Por Dios, problemas en puerta! Llamó a la policía y esperó.

            Cuando llegó el inspector Fernández, sólo se fijó en Kiki a quien pidió su nombre, dirección, trabajo y un sin fin de datos. El infeliz sopillaba como un imbécil. Llegó Cárdenas y se sumó al grupo. Con rapidez  lograron ingresar en el vetusto departamento 7º, mas... ¡Oh sorpresa! El silencio, el orden y la sobria belleza de los ambientes dejaron a los dos hombres callados. Revisaron cada rincón sin encontrar nada. Ni un cuerpo, ni una nota, ni tan siquiera una pista que indicara lo sucedido con el dueño de casa. Cárdenas abrió los placares y comprobó, con la ayuda de Kiki, que toda la ropa y los enseres de higiene que usaba el “hombre” estaban en su lugar. El televisor encendido en blanco, el video detenido y sólo abierta la puerta ventana del salón. Los cortinados se movían suavemente con el aire que necesariamente entraba a esa altura del edificio.  Ese ruido era el que molestaba a la vecina. Pero allí no había nadie. Ni siquiera un vaso abandonado o un objeto fuera de lugar.

            Esa noche se quedaron merodeando por los cafetines gay de la zona. No sacaron ningún dato excepto invitaciones para tomar una copa de dos o tres personas. Al día siguiente casi se desmayan cuando vieron aparecer a Kiki, vestido como hombre. Era bien parecido y su infinita tristeza marcada en el rostro aniñado. Él, quería mucho a su padrino. Los hombres se miraron y comenzaron a desentrañar algunas historias.  La correspondencia acumulada les dio alguna pauta de los negocios del desaparecido.

Dueño de varios departamentos, casas y campos, tenía un ingreso superior a lo imaginado. Rastrearon sus datos y descubrieron que era descendiente de una familia muy importante de la ganadería y política de cierta provincia. El silencio rodeaba su vida. Siempre separado de aquellos, a los que podría importunar su condición y apetitos sexuales. Nadie sabía de él desde hacía tiempo y la mayoría de sus familiares trataron de desaparecer muy rápido de las oficinas policiales, antes de ser señalados como parientes. Nada se aclaraba y Kiki, ya instalado era observado en forma permanente por alguien de la oficina. El caso era desafortunado.

Una mañana, Gregorio necesitó limpiar el hueco del ascensor y descubrió un enorme cuchillo ensangrentado. La sangre estaba seca pero aun sus marcas mostraban la ferocidad del uso. Llamó a Fernández y éste tomó el objeto con los cuidados propios de su experiencia. Comenzó el trayecto a la deducción. ¿Quién pudo matar al desaparecido? ¿Había desaparecido y estaba fuera del país? La oficina se pobló de intrincados peritajes y fotos del padrino de Kiki. Los medios no hacían otra cosa que hablar del caso.

Apareció un abogado con papeles muy importantes. Había una fortuna en juego y la dudosa necesidad de abrir el testamento. ¿A quién había dejado semejante legado?

De repente comenzaron a aparecer parientes que hasta poco tiempo antes ni lo aceptaban como tal. El único que seguía llorando su desaparición era Kiki o mejor dicho Daniel Hernández. ¿Sería él, quién lo heredaría o tal vez fue quien lo mató?  

Nadie encontraba el cuerpo y sin cuerpo, no había un caso.

DESCONOCIDOS

 

Al fin, todos la habían visto menos ella. Era la casa más antigua de Lago Hermoso. Tenía un parque de más de mil metros, que según decían fue hecho por un famoso paisajista inglés a principios del siglo veinte. Los mármoles eran italianos y la herrería española. Un estanque formado el arroyo que atravesaba un sector del jardín, estaba lleno de aves acuáticas y plantas con flores. Leticia caminó sorprendida por el alto pasadizo de árboles gigantes. Cada rincón de la casa le atraía por su color a tiempo desgastado. El musgo había marcado cada piedra, cada estatua, cada columna con una pátina inusual. Luego, entre el alto matorral, se sorprendió y gritó. Nadie le había hablado de ese extraño personaje que encontró frente a sí. El hombre, era un ser verdaderamente feo, desagradable. Por su rostro una enorme cicatriz atravesaba su mejilla izquierda y su párpado casi oculto tras una larga melena rojiza mostraba la falta de un ojo. Su paso casi imperceptible la había dejado paralizada. De los labios desdentados apenas salió un agudo chistido y con sus manos agudas mostró un mastín que ferozmente le hacía frente. Leticia, cerró los ojos y dio media vuelta para regresar a la casa. Un dedo afilado y mugriento se lo impidió. Su camisa entre esas manos horrorosas, parecía un mantillón de fiesta. Se detuvo y observó la figura. Apenas gesticulaba. ¿Era eso una sonrisa? Soltó el hombre a Leticia y le dio un ramillete de violetas y juncos en señal de amistad. Ella sonrió levemente. Ya sin tanto temor le preguntó quién era. El infeliz, comprobó, no podía hablar.

                        Él partió sin antes hacerle una inusitada reverencia. El dogo salió tras el hombre sin siquiera gruñir. Se perdió tras una alta pared de piedra cubierta de enredaderas y zarzamora. Un griterío de pájaros y aves silvestres cubrieron el paso sobre los adoquines que tapizaban parte del camino. Al divisar la fachada de la casa suspiró. En la balaustrada vio la figura varonil de Ezequiel que esperaba que los ayudantes terminaran de acomodar los muebles. El camión que los había traído ya estaba casi vacío. La tarde se imponía con sus cálidos colores morados y sus ruidos. Verlo le tradujo el miedo en alegría. Se acercó casi corriendo en el último tramo. Las risas claras de Romina y Tatiana le ampararon la nostalgia de ese cambio de hogar. La pobreza había terminado y por fin la vida recobraba el orden natural. Recuperar la casa era el principio.

                        Todos, esa noche se sentaron a comer sabiendo que nunca volverían a ser los mismos después de tanto sufrimiento. Que ya no regresarían ni el primo Jeremías ni Mario. Ellos serían una presencia en el recuerdo. La charla igual se hizo amena. Había mucho por hacer y decir sobre esa casa y Leticia contó el inesperado encuentro en el bosquecito de castaños.

                        Ezequiel quedó perplejo. No conocía ni tenía noticias que por los alrededores vivieran hombre alguno; lo que lo llevó a tomar medidas de precaución con respecto a puertas y ventanales exteriores. No obstante nunca supieron que en forma permanente fueron observados por aquel desconocido.

                        Transcurrido algunas semanas nadie volvió a hablar de ese episodio. Romina continuó su rutina con el piano. Su Chopin y Schubert mejoraban día a día. Tatiana iba y venía de la ciudad con sus telas adamascadas y terciopelos con los que fabricaba capas y ropa para damas que comenzaban a hacer vida social. Leticia consiguió que un posadero de la ciudad le comprara todos sus pasteles y dulces. Así la casa era una permanente fábrica casera. Había que recuperar lo perdido en la “quiebra” del abuelo. Ezequiel tenía el deber de trabajar los campos y hacer rendir los establos.

                        De vez en cuando aparecían hombres pidiendo trabajo o acilo y ellos le proveían de algún apoyo pensando en sus parientes en “paro”. Una tarde de invierno cuando ya estaban junto a la chimenea, Ezequiel sintió ruidos en la leñera. Tomó su rifle y salió. Allí se enfrentó con un personaje atroz. Éste, al verlo, se quedó sorprendido. Lo encontró con unos leños entre sus brazos. El hombre parecía un mendigo. Tal vez era un forastero hambriento, pensó, y recordó que Leticia le había hablado de un encuentro semejante. Interrogó, pues, al hombre y éste tratando de zafarse, dejó caer la madera e intentó salir. No se lo permitió. Cuando quiso prenderlo del brazo para introducirlo en los cobertizos, el viejo mastín atacó. Salvó la mano gracias a la gruesa capa de fieltro. El menesteroso, tomó al animal con fuerza y evitó un accidente. Agradecido, Ezequiel lo invitó a pasar y el hombre entró por su voluntad a la cocina. La sorpresa de Tatiana y Romina no se hizo esperar. Cada una soltó una palabra de desagrado. El pobre infeliz se acurrucó junto al hogar, se despojó de un viejo abrigo sucio y calentó sus manos contrahechas en el calor. Al entrar allí la cocinera se persignó. Miró al muchacho y les comenzó a relatar su historia. Ese mozo, no tenía aun treinta años, había sido hijo del patrón con una muchacha de servicio. Lo había abandonado de pequeño. El muchacho, siempre se dedicó a cuidar animales y un funesto día cayó un rayo en su cabaña. Se produjo un incendio,  lo atrapó una viga, lo encontraron medio muerto. Se había quemado la cara y roto la mandíbula, perdió parte de la lengua..., en fin un desgraciado accidente. La mujer le proporcionó un cubo con agua caliente, se bañó  y Ezequiel le dio ropa de Jeremías que habían quedado en el desván. Así descubrieron un muchacho joven, fuerte y con un enorme potencial para las innumerables tareas de la casa. A la mañana siguiente el muchacho había desaparecido.

                        ¿Cómo harían para recuperar su confianza? Tal vez con el tiempo aceptara a todos en la casa y regresara.

 

miércoles, 11 de febrero de 2026

EL TANGO

 

“El tango, ese reptil de lupanar” Leopoldo Lugones.

 

                                   Violento el puño del “Tuerto” cayó en el muslo moreno. Un grito de animal convulso se apagó en el cubículo que retenía el olor a tintura de yodo y el perfume de polvo “Coty”, que usaban las pupilas. Mayela, miró con acostumbrado odio. Flechas envenenadas los ojos negros traspasaron el rostro odiado. Era un mastín celoso. Agresivo, y ella, lo odió desde el principio, sin tregua. El tuerto, cuyo nombre verdadero, nadie conocía la volvió a golpear. Un rugido silencioso se atragantó en la garganta de la muchacha. Agazapada, animal atrapado desde niña, sólo sabe que debe estar en un clavarse en esa espiral pastosa. La ponzoña le sube de las tripas. Se estrangula en el pecho, donde sus tetas se detienen gozosas entre su pelo negro y rizado que se desliza como anguila en su cuerpo. El hombre antes de golpearla, le arrancó el vestido. Quedó en cuero... brillante piel morena, mientras iban soltándose lentos moretones como arácnidos. El sudor aclaraba la sangre que el enorme anillo de oro le incrustó en la espalda como sello de esclava moderna. Entró Yamira, se quedó quieta con las manos apretadas sobre su pobreza de desprotegida recién empujada al prostíbulo. Miró aterrada al Tuerto y trató de salir, pero el puño mineral atrapó el género floreado y se quedó allí aun más desnuda que su cuerpo. Era un dóndolo que temblaba mudo. Aterrada. Su cabellera perfumada iluminó en dorado sus pequeños senos núbiles. Adolescente aun, la había traído del norte su abuela. Era mestiza. La odiaba. Su padre, decían, era un señorito inglés, que llegó a los aserraderos. Rubia, de ojos increíblemente celestes, conmovían los suaves rasgos de su cara infantil. Su abuela la odiaba tanto que la entregó por pocos pesos al rufián sin prejuicio ni pena. Se largó del puerto apenas se gastó la plata que le dieran en chucherías. Quedó ella, mercancía fresca a merced de los codiciosos que frecuentaban el lupanar.

¡Pagaron mucho por su primera vez y fue Mayela la encargada de asistirla luego! Desgarrada, sangrando, deliró tres días en un catre a la sombra. La fiebre no le baja, murmuran las rameras, y, la señora llama al boticario, cliente antiguo, para encontrar ayuda.  Cuando llega en su buaturé se hace el silencio. La presencia del hombre, acompañado por otro, que viste traje de lino blanco, es algo desusado, por lo serio. La Señora, lo acompañó asustada hasta una habitación de atrás. Olía a alcanfor y a lavandina. Allí, yacía  Yamira, desmayada de dolor. Murmuran los facultativos. -¡ La chica tiene...años? – diga- No voy a denunciarla, diga la verdad.- y saca la mujer un paquetito donde envuelto en un pañuelo hay unos papeles. Se los pasa. Todas hacen un silencio mortal. –¡ Doce años, se lo decía, amigo, es una locura!- y un sofocado grito escapa de la garganta de algunas pupilas. Nadie se anima a hablar. El “Tuerto” se esconde entre los trebejos de su guarida infecta. Hay que llevarla al hospital, urgente. No puedo hacer nada aquí. Yo no puedo dársela por la “cana” si me agarran con una menor...- murmullos desde todos los rincones. Mayela  atrapa a la matrona con su fuerza y coraje de mestiza. La increpa y alza a la pequeña. Atraviesa el largo corredor hasta la calle y camina hacia donde el automóvil espera. Los galenos le dan instrucciones y parten con la niña. El “Tuerto” se acerca y las invita por primera vez con una ginebra de la buena. Tiene un miedo atroz. Comienzan a llegar los primeros clientes y las chicas dan vuelta a la manija de la vitrola para darse ánimo. Ahora habrá que esperar unos días. Suspiran y suben la escalera, cada una a su cubículo de suerte. Mañana ... tal vez mañana.

ALGUIEN EN SETIEMBRE IZARÁ PALOMAS EN TU PUERTA


 

¡Qué látigo  septiembre

con su tumulto de tiernos sauces

su estallido de panteras verdes!

 

Te caerá a la piel su junco roto

con la luna partida por las trenzas

nadie, entonces, cantará la aurora

 

la ventana venderá un arcángel

su sonrisa     su voz señera    cascabeles

abanicará noviembres tras las viñas

 

una hamaca de algas asombrará el cenit entre los prados

alambique de tornasol florido. Septiembre

ojos de cielo      sin frontera

un niño   juguetes desparramados  chocolates con forma

tamborcillo de lata    otro  otros

casi nada 

 

una mujer sobre la breve veta de la tierra. Desnuda

sin palabras. Y las palomas en un portal izando sus pálidas

plegarias. Setiembre sin argumento de pradera. Esperanza

nido con azaleas y malvones.

 

LA VIEJA CASA DE TOMÁS BARNE

 

Retumbó un gran estrépito en el silencio de la biblioteca oscura, entonces, observé el gato blanco de porcelana de la dinastía Chí, estrellado en el mármol azul. Una sombra lechosa penetró en la “boisserie” en la pared sur. ¿Escondía algún secreto ese trozo de roble taraceado con nácar y bronce? Me sentía atrapada con terrible miedo. Nadie acudió a observar qué había sucedido. Creo que quedó detenido en el tiempo, por lo fugaz del espacio transcurrido, desde que llegué a la vieja estancia de la familia paterna. Mis padres, se habían divorciado ocho años antes. Recuerdo que ellos, me enviaban cuando tenían algún tipo de litigio, a convivir con los abuelos. Todos los primos eran realmente odiosos con sus risitas irónicas y extraño lenguaje que habían inventado para que no comprendiera. La abuela era dulce y gentil, no podía ayudarme mucho ya que permanecía en una vetusta silla de ruedas y no siempre podían bajarla al piso inferior. El abuelo Tomás no me quería. Le recordaba el fracaso de su hijo. Tal vez, él, lo vivía como propio.

            Corrí escaleras arriba y casi caigo desmayada cuando tropecé con la prima Samanta. Tenía una pierna paralizada que arrastraba penosamente por la gruesa alfombra turca. ¿Cómo llegó sin hacer ruido hasta allí?; no lo entendí en ese momento, pero mi corazón estalló al sentir su tibio cuerpo apoyado en la baranda de la escalera. Una mirada dura y penetrante sostuvo la mía agónica. No pronunciamos ni una disculpa. Continué caminando hacia mi alcoba y me escabullí vestida en el lecho, me tapé con el edredón hasta que me dormí. Temblaba. Desperté transpirada, afiebrada, mas, el abuelo exigía que nos concentráramos en la biblioteca, y por lógica obediencia fui. Luego de repasar los sucesos de la víspera, esperé cautelosa.

            El rostro adusto del anciano presagiaba una tormenta de esas que dejan a los niños acosados por penas inolvidables

Mi vida estaba signada por la dura realidad que me perseguía. Allí encontraba sólo sentimientos hostiles. El viejo se plantó y con cara recia, indicó apenas con un movimiento que me parara delante de todos. Su rostro era de roca y sus enormes bigotes disfrazaban el rictus de desprecio que sentía por la nieta de su hijo fracasado.

            Trémula como siempre, esperé su castigo. ¿Cómo decirle que había visto esa figura fantasmagórica? ¿Quién arrojó al suelo el gato y desapareció entre las maderas que cubren las paredes de la habitación? Fisgona, me dijo, con labios apretados uno de mis primos. Seguí allí tiritando.

            -¿Quién anduvo hoy por la biblioteca y quién osó tocar el Gato de porcelana china?- Todos me miraron. Caí rotunda al piso. Desperté en cama. Estaban  observándome como a un raro monstruo. Todos. La abuela me acarició la frente y  enérgica opinó que tenía fiebre altísima, que llamaran rápido al médico y a mi padre. El abuelo rugió. Jamás ese hombre pisará esta casa. Mis primos comenzaron a reírse  sin dar muestras de solidaridad.  Nadie vendría en ayuda. Eso lo sabía. Tal vez la abuela, si podía contradecir al esposo. Pero era casi imposible. Me quedé dormida o no, mas, sentí la presencia de una mujer que bajaba por las escaleras y se acercaba descalza hasta mi lecho. Trató de ahorcarme con  manos lívidas de enorme venas rojizas. Los ojos  brillaban glaucos en las cuencas profundas.

            Desperté tras varios días y escuché la voz de mi madre. Había viajado desde la capital por el llamado de abuela. Me abrazaba y yo sentí, por primera vez, que estaba a salvo. Tras dos días partimos. Regresar a casa  me curó. ¡No regresaría jamás!

            El otoño siguiente estaba en el estudio de mamá, sonó el teléfono, contesté el llamado. El abuelo Tomás exigía que viajáramos al campo. Me estremecí. Yo no quería volver pero el pedido era estrictamente urgente. Mamá preparó el coche y viajamos esa misma tarde. Llegamos a la madrugada. La abuela estaba muy enferma y quería vernos, a nosotros en especial.

            Me acerqué sin miedo ya que ella era la única persona que me quería y yo la amaba. Estaba muy delgada y frágil. Tomó mis manos y las besó muchas veces. El abuelo, que antes, no hablaba con mamá, la tomó del hombro y le pidió que lo acompañáramos. La biblioteca estaba oscura, un aire frío insistía en penetrar por cada resquicio. Se sentó. El sillón de cuero negro era su refugio. Luego cerró los ojos y meditó lo que iba a decir. Comenzó murmurando, luego su voz se fue haciendo fuerte y segura: “Señora...usted sabe que la vida ha resultado contraria a mis deseos de caballero”- carraspeó, se notaba cuanto le costaba decir lo que tenía en su mente- “Mi hijo, a quien le debo la vida de María Amor, su hija, me ha dejado un doloroso legado. Relatar la verdadera historia es para mí una terrible vergüenza”.

            Mamá estaba muy nerviosa y bizqueaba mientras buscaba una palabra para escapar de la situación. Me mantuve atenta para huir si me trataba de tocar. El comprendió el terror que nos producía. Se detuvo y por primera vez en mis doce años, lo vi sonreír.

María Amor, señora Cecilia, no tenga miedo de mí. Voy a relatarles una parte de la historia de nuestra familia que no conocen. Por las circunstancias que se avecinan deben conocer. Acá, en esta sala hace exactamente veintitrés años, mi hijo cometió un asesinato. Tu padre, pequeña, es un mal hijo y peor persona. Mintió a una joven muchacha a quien enamoró y luego que trajo ella al mundo a una niña tan desdichada como su madre, buscó la manera de deshacerse de la pobre mujer. Así una noche de tormenta en que el ensordecedor ruido de truenos y de viento huracanado, no permitió que alguien oyera o viera su acto,  la trajo a la biblioteca y la encerró en esa parte de la “boisserie” que entonces tenía una puerta escondida, que daba a un pequeño gabinete en el que se guardaban útiles y herramientas de todo tipo. Nosotros, mi esposa y yo, habíamos partido para un largo viaje que soñábamos hacer alrededor del mundo. Tardamos más de ocho meses en regresar. El olor nauseabundo había penetrado la casa y sólo era percibido por los perros de caza que cuidaba el viejo jardinero. Él, desoyó los ladridos. Nosotros habíamos licenciado a todo el personal.

Como había quedado en venir poco o nada, el hombre, nunca advirtió el problema. Regresamos inocentes. Apenas entrar y el horror nos aprisionó el alma. En principio pensamos en él, caído y destrozado en el piso. Pero no vimos a nadie. Buscamos con urgencia a la policía que tras rebuscar por toda la casa encontró el cadáver de esa desdichada. Llegó tu padre como si no supiera lo sucedido y con gran arte evitó las sospechas de los criminalistas. Supo esconder su maldad. Cerraron el caso como un hecho casual. Creyeron que la joven había entrado a la casa sola buscando valores para robar, había quedado encerrada allí, muriendo sola y sin ayuda. Pero yo dudé de la explicación que nos daban. Desde entonces y luego de tapar herméticamente el cubículo, ella suele en noches de tormenta, atravesar la pared, romper algo y desaparecer por el mismo sitio. Un día, él, nuestro monstruo,  la trajo a usted Cecilia y con usted a la niña.

Todos pensamos que debíamos alejarla de esta casa y que ese ser abyecto que engendré había cambiado por obra del amor. ¡Fue totalmente falso, pronto comenzó a golpearlas y a manifestar su ira y crueldad! Mi amada Abigail, la abuela, quiere contarles algo. ¡Subamos!

             La anciana reposaba en su lecho, ya sin mucho tiempo. Tomó nuestras manos y nos dijo: “Cecilia, María Amor, no me animé nunca a decirles que Samanta es tu hermana, pequeña. Un día bajo el influjo de quién sabe cuál circunstancia, el espectro la empujó desde la balaustrada y quedó así, tú sabes, con la pierna paralizada. Te hemos tratado mal para evitar que te pasara algo parecido. Ayer hemos recibido un cable desde la Capital, nuestro hijo está muerto. Alguien lo encontró degollado en un cuartucho de hotel. Yo, a pesar de todo, lo he amado siempre. Era mi hijo, mi único hijo varón. –un suspiro tibio escapó de su boca- yo lo he amado, les ruego lo  perdonen.

            Mamá salió y asomándose al pasillo, señaló una figura que se desplazaba por allí. ¡Era la mujer que yo había visto aquella noche! Detrás un cuerpo agazapado la trataba de tocar. ¿Era mi padre? Con dedos agudos intentaba tomarle el cabello y una daga golpeaba y golpeaba el cuerpo que se hacía añicos. Él era incorpóreo o casi, no puedo explicarlo.

 

 

La abuela cerró los ojos y se fue desdibujando en una especie de cordón dorado que se elevaba con su imagen fluida en el rincón más ligero de la habitación. El cuerpo yacía con una sonrisa impenetrable unida por el pecho al objeto luminoso que se alejaba. El ruido de una pieza de porcelana estrellándose en el pavimento de la biblioteca nos puso en alerta. Otro gato blanco de porcelana de la dinastía Chí, estrellándose en el piso de mármol azul sin explica