Al atardecer salió a la calle. Salió como había salido
siempre, caminando despacio, sin mirar hacia ningún lado, pero ahora diferente.
Era la primera vez que se sacaba la sotana. Su nuevo traje, que si bien era
usado y gastado, le pareció que era un disfraz de hombre de la calle o de
oficina. No quería que lo identificaran... era la primera vez. El obispo lo
había sancionado. ¡Orgullo! Eso le había llevado a contestar al superior que
había descubierto que "El Monseñor"; era un viejo cobarde y miedoso.
Que se había quedado callado frente a los tratados que había exigido el
gobernador. Una terrible injusticia.
Él sabía que le traería muchos problemas, pero su conciencia
le obligaba a denunciarlo. El día que fue a la sacristía y se quitó todos los
elementos que lo identificaban como religioso y hombre de Dios, se sintió
desnudo. Había escuchado, como secretario del monseñor, los pactos que le
habían exigido el ministro de seguridad y del gobernador al anciano. ¡Quedó
boquiabierto! Salió corriendo y se arrodilló frente al Santísimo a meditar y
orar. ¿Qué tenía que hacer?
Ahora se alejó. Una joven le clavó los ojos. Él la había
confesado hacía pocos días y supo que lo había reconocido. Ella le hizo un
guiño. Él sudaba. No quería que supieran que sin el hábito se sentía indefenso
en el mundo. El corazón parecía un tambor batiente. Bajó la cabeza y apresuró
el paso. Se trepó a un bus y se mezcló con el tránsito de esa hora donde la
ciudad se devoraba a los transeúntes alejaba de ese barrio. Desde la ventanilla
divisó la cúpula de la catedral. Una lágrima se le coló por el rostro que
escondió entre sus manos entrelazadas. Pasado un rato se quedó dormido. El
chofer lo despertó y cuando miró el lugar donde estaba, vio asombrado la puerta
del seminario.
Bajó y con paso lento enfrentó la gran puerta del hogar
donde había estudiado durante tantos años. Tocó el llamador, se abrió la
mirilla y quien lo observaba estaba mudo de sorpresa. Abrió y lo jaló
bruscamente al interior. Ven, le dijo. Lo llevó por un largo pasillo que él, no
reconocía. Abrió una puerta que simulaba una biblioteca y le dijo: ¡Layo
cuidado, nos están escrutando y ya se han llevado a varios seminaristas y al
padre Román! El gobierno está persiguiendo a los religiosos y debemos tener
cautela. Te traeré un té y un trozo de pan.
El aire era denso, olor a miedo y sospechas por cada
respiración. ¡Nos han traicionado, amigo! En Valle Viejo, ha desaparecido el
director del seminario de los misioneros del Sagrado Corazón y para allá había
sido llamado el "Monseñor" y nadie sabe dónde están. Los pobladores
de las cercanías, guardan silencio, pero en los mercados, en voz baja, dicen
que pasan cosas muy raras en el edificio. Aparentemente está vacío, pero
algunos jóvenes se han atrevido en las noches para espiar... han visto que han
entrado tres camiones con carpas cubriendo los furgones y no se atreven a
acercarse para ver quién abre el enorme portón.
Lentamente el manto morado del sol poniente se desplazaba
por la región; en unos minutos ya estaría oscuro y la luna estaba cubierta por
enormes nubarrones grises. El cielo iba a regalar una gran tormenta, chubascos
y tal vez, en el bramido de los truenos, Layo, se iba a poder acercar y
merodear por el antiguo seminario.
Esperó unas horas. Se cubrió con una capa con capucha que
encontró entre los viejos hábitos de los monjes. Se cubrió los botines con lona
y enfiló por el bosque entre los matorrales, hacia el viejo edificio. Cada rayo
iluminaba las paredes cuyos vitrales iluminados dejaban visualizar las imágenes
de la pasión. Sintió una mano en su hombro., se detuvo temblando. Era su viejo
amigo. Sigue. Venía detrás a cierta distancia. No estaba solo, pero temía el
futuro y sin querer una lágrima se deslizó por su mejilla y se perdió en la barba
insipiente. Ya junto a los gruesos muros, se detuvo. Miró a Rigoberto que se
empinaba sobre una roca parra espiar por una de las ventanas. ¡Mudo, se dejó
descender para que Layo se asomara y viera! Allí en medio un salón umbrío
estaba Monseñor atado en una de las sillas cardenalicias, con un trozo de tela
cubriéndole la boca. Alguien detrás con un uniforme negro y capucha pasa
montaña, lo maltrataba con un arma hecha con cuero y metal.
Salieron con mucho cuidado. No necesitaban más para escapar
de la casa clerical. Cuidadosamente caminaron entre los matorrales, y se
tapaban cuando escuchaban ruidos o un trueno. Llegaron al seminario y entraron
por una puerta escondida entre la leñera. Cuando llegaron al los pasillos
principales, escucharon voces desconocidas, que buscaban a los habitantes del
lugar. Se escondieron. Pasaron varias horas y cuando advirtieron que las voces
ya no se oían y los neumáticos de unas camionetas habían dejado de chirriar;
salieron. Se habían llevado a dos monjes y un seminarista.
No prendieron fuego ni luces. Amaneció y recién ahí, se
asomaron a las cocinas. Debajo de un enorme y pesado armario, se asomó el
fraile cocinero. Era anciano y astuto. Temblaba. Su boca desdentada, parecía un
resorte. ¡Son los hombres del gobernador! Se dejaron atrapar Gualberto y
Marcos, y el joven seminarista Daniel.
¿Qué podemos hacer? Layo, se volvió a vestir como paisano. Y
dijo: Iré al mercado a buscar los comentarios de la gente. El cocinero le dijo,
tenemos una señal con algunos paisanos. Ponte un escarbadientes en la boca y
haz como que es tu costumbre usarlo. Alguien te reconocerá y se acercará. Salió
por una entrada lateral. Caminó por el camino con una bolsa llena de manzanas.
Y llegó hasta un claro, donde estaba detenido un camión del gobernador. Saludó
tocándose el ala del sombrero viejo y sucio. No le contestaron, pero lo miraron
con ojos arteros... buenas. Silencio. ¿Quieren una manzana? Y con habilidad les
fue tirando a la mano una manzana roja como la sangre que ellos tan bien sabían
manipular.
Siguió por el camino. Llegó al mercadillo. Con su palillo
escarbadientes entre los labios caminó entre la gente. Un hombre de tamaño
enorme se detuvo y mostró su escarbadientes. Entonces, Layo se acercó y dejó
sobre un canasto del puestillo su carga de manzanas. Entre sus manos estaba una
hoja de papel con un nombre y una dirección.
El hombrote le dio unos billetes. El paisano se alejó por
otras callejuelas para despistar a los mirones. Llegó hasta el lugar de la
dirección. Golpeó y apareció una mujer mayor. Abrió. Pase. Ingresó y un abrazo
lo dejó inmóvil. Era el obispo y estaba vestido de paisano como él. ¡Por fin
hijo! ¿Qué ha pasado en el seminario? Charlaron mucho tiempo. Había que buscar
una salida.
Armaron un plan. Layo regresaría a la ciudad y allí buscaría
a ciertos personajes que eran amigos del obispo. Ya no tenemos dinero. El joven
le dio lo que tenía de las manzanas. Algo es algo.
El regreso de Layo, fue una odisea. Cada patrulla lo detenía
y revisaba su breve mochila, sus papeles. Todo. Pero llegó a la capital y se
dirigió a las casas cuyos dueños eran amigos del obispo. Así, pudo conseguir
ayuda.
Meses después, mágicamente desapareció el gobernador y su
familia. Habían huido al extranjero con todo lo que habían robado de la Curia y de los monasterios.
¡Pero grande fue la sorpresa al descubrir que nada era de oro ni de plata! El
pueblo regresó a la normalidad pero una espina quedó siempre en los lugareños.
¿Había paisanos que habían apoyado a los malhechores? ¿Se conocerían algún día
o se perderían en la historia del Valle
Viejo?