miércoles, 4 de noviembre de 2026

LA BIBLIOTECARIA

 

            Buscaba unas cartas que según el profesor Ostugni, eran de un amigo de Urquiza. No le quedaban anaqueles ni bibliotecas sin revisar. Si no terminaba la tesina, no le daban la licenciatura y hoy sin ese papel no sos nada. Nadie. Ser Licenciado es más importante que ser doctor.

            La profesora Paloma Bianco, le había desplegado un índice de libros donde podía encontrar material, pero los inútiles empleados que como buenos burócratas estaban a cargo de los libros, nunca encontraban nada. Y cada vez lo trataban peor.

            Le quedaba la biblioteca del Senado. Ahí, le dijeron que debía haber cartas de esa época. ¡Por suerte había una joven inteligente que lo atendió y lo ayudó! Buscó en la computadora y se subió por una escalera móvil que iba y venía de anaquel en anaquel con libros súper antiguos.

            Acá está dijo ella, el libro que busca está acá. Sacó con sus guantes de algodón blanco un ejemplar forrado en cuero negro con letras doradas. Lo bajó con cuidado y lo depositó sobre un atril de madera. ¡Perdón, pero sin guantes no! Sabe que evitamos la contaminación para que se puedan mantener en condiciones. Y así ella sacó de un cajón un para de guantes y comenzaron a analizar el índice. Era glorioso lo que había en ese tomo. Él, comenzó a copiar con su letra minúscula y no terminaba nunca. Ella nerviosa miraba el reloj. Se le hacía tarde para ir a la facultad.

            Tuvo que salir e irse a casa. A la mañana siguiente, regresó. ¡Sorpresa la hermosa joven no estaba y el tomo tampoco!

            Walter pidió el libro de quejas. El tipo lo miró con odio. Recibió el libro ajado y viejo, como un féretro lo tiró sobre el mostrador, dejando una estela de polvo en el aire tal que parecían copos de nieve color amarillo, ocre y marrón, que volaban libres por el recinto. El ruido de su queja atrajo a varios empleados que juraron que en la biblioteca del senado Nunca había habido una joven empleada como bibliotecaria. 

UNA DAMA DE OTRO SIGLO

                                                          ¡He cometido la indiscreción de seguir viviendo! Jorge Luis Borges

 

Entró corriendo, deshilachando el aire cálido de la calle. Dentro de la casa un suave fresco envolvía el cuerpo de la abuela anciana. Estaba sola y sentada como una muñeca de seda y puntillas. Su cabello largo, suelto atado con una cinta azul, algo desvaído. Las manos, como dos alas de golondrinas heladas, se apoyaban sobre un almohadón de terciopelo rosa. Parecía una reina triste. ¿Cuántos años puede tener, se preguntó la nieta?

Se acercó y la besó levemente en la frente. Estaba tibia y suave entre las profundas heridas que llaman arrugas. Son señales de la vida. Señuelos para el ángel negro. Le preparó un té y se sentó a su lado. Abrió el libro de poemas y le leyó con calma el último que había dejado marcado con unas hojas de tilo. La abuela, cerró los ojos mientras discurrían los poemas. En su juventud era quien recitaba frente a una concurrencia eufórica. Antes, la gente amaba escuchar poesía. Había personas que leían por radio, en galerías de arte, en las plazas y en las noches de frío junto al fuego. Ahora se reirían de esa costumbre.

¡Pero la belleza no ha muerto! Murmuró con voz cascada, mi niña, lee ese, el de la página 27, el de Garrid. ¡Ese es muy bello!

Volvió a releer el mismo, ese que le pedía y luego la anciana sollozaba. Abuela te leo uno de Rubén Darío o de uno de Alfonsina… son más dulces. La mano apenas se cerró en su brazo. Tráeme un vaso con agua fresca, hija, por favor. Y tomó el libro para abrirlo en la página 27. Cuando la muchacha regresó, ella se había dormido.

Seguro soñaba o simplemente entraba en un pasillo de amables recuerdos de amores contrariados. Apena la tocó. Abrió los ojos de un verde claro como agua y sonriendo le dijo: Mi pecado es seguir viviendo. Él ya se fue hace muchos años y si viene, me encontrará muy avejentada. No quiero que me vea así. ¡Por favor, llévame a la cama!

La envolvió en una bata delgada de seda verde y se acurrucó entre las puntillas de antigua hechura. Seguro, esperando que él, entrara en cualquier momento y la besara

APARICIÓN NOCTURNA

 


¡Un solitario espectro me visitó en una noche sigilosamente!

¡Y yo, en mi inconciencia,

huí despavorida sin oírle murmurar lo que pidiera!

¡Oh, necia, no tuve el valor de socorrerlo en ese mundo hostil donde él viviera,

tal vez necesitara darme un beso!

¡Tal vez comunicarme su alegría o tan sólo su tristeza!

¿Por qué temí al mundo de la muerte, del más allá,

de la infinita oscuridad desconocida, si era un espíritu noble

quien de allí quería hablarme?...

Cobarde, infame, necia.

Si hoy surgiera de la bruma su imagen, que fuera otrora bella,

aprestaría todo mi coraje y escucharía su plática o su queja.

La muerte que robó tanta bizarra inteligencia,

me debe dar oportuna complacencia y así poder hablar

con mansedumbre al alma fiel del padre que perdiera.

 


COMPRA VENTA... UNA GANGA


 

            La ciudad cabecea con un calor fastidioso, rumor de tormenta para algunos, descanso para otros. Viento zonda en altura que desencaja y trastorna la mente. Toda la población mirando al este o a la montaña buscando una señal de alivio. Las calles empedradas o las de tierra van recibiendo de mujeres y de chicos agua gredosa de las acequias, que dejan al secarse, polvo volátil como talco.

             Hay un calor pegajoso y seco que molesta. Don Florencio saca del solar trasero la carretela con "Emperador", que sudará con el trotecito bajo la canícula. No queda lejos el corralón de los amigos, necesita muchas cosas y a pesar de la hora, recorre la calle del zanjón. Viaja tranquilo. El portón siempre cerrado no impide que con sus fuertes manos de trabajador hagan un llamado como toda vez cuando necesita mercadería. Espera un rato y vuelve a golpear pero nadie aparece. ¡Qué extraño! Envuelve el lugar un silencio como de siesta, pero son las nueve de la noche, él no tiene reloj, lujo de señoritos bien, sólo se acomoda con las campanas de iglesias o conventos de la ciudad que aun recuerdan la colonia. Vuelve a insistir y aparece la voz de Fortunato, que casi guturalmente contesta que vuelva mañana. ¡Extraño! Ellos tan atentos, tan educados, charlatanes y jaraneros. -Será el calor, habrán tomado cerveza y les ha hecho mal.- piensa.

            Son tres viejos solos en ese caserón lleno de carbón, herramientas, leña, hierro, forraje, maíz, cebada y mil cosas más para vender, simples gangas, baratijas, nunca una mujer para alegrarles la vida. Don Florencio contrariado regresa por donde vino refunfuñando contra los gringos que le hacen perder el tiempo.

            Llega a su caserón de adobes y ya en la vereda se trenza con su vecina en una charla comadrera.

            - Vio, don Florencio, ayer desapareció el contador de la Bodega El Progreso, dicen que salió como a la siesta de la oficina y luego de ir a uno o dos lugares de Las Heras y Maipú, nadie lo ha vuelto a ver. La familia pagaría por saber algo.- la cara de Dominga tiene un aire de intriga y avaricia. Si ella supiera algo, podría ganarse unos buenos pesos, mal no le vendrían. Lava ropa para gente de todo tipo y camina de una punta a otra de la ciudad. Conoce a todos y casi todos la conocen.

            - ¡Parece que hay fantasma en esta ciudad, últimamente, doña, si no me equivoco, desde... hace dos años han desaparecido como cuatro o cinco personas sin dejar rastros...! - dice perplejo el hombre mientras se rasca el cuello y la cabeza.-¿Se acuerda del ingeniero alemán que había venido a “construir” el dique? Nunca se supo nada.-

            - Ese, dicen que se escapó a Chile con la hija del coronel Pereda, y se llevaron como doscientos mil pesos de la obra. Así escuché en las casas.

            - ¡Qué quiere que le diga, yo no lo creo, la chica dicen que se metió en las Carmelitas en Córdoba y que allá la van a ver los parientes!-  chismerío de mujeres. Por la mañana tiene que regresar al boliche de los solterones. -Me voy doña. Hasta pronto.

            Las calles dormilonas tienen en suspenso el tiempo y el polvo que vibra entre pasiones y amores. Las acequias traen algo de frescura a los árboles mustios y caballos que beben entre charla y charla de sus dueños. La ciudad comienza a murmurar. Algo raro pasa. Ya no sólo se habla del ingeniero, ha desaparecido el doctor Filomeno Uliarte, un médico con experiencia traída de Europa. También el candidato del partido liberal, Don Goyo Echenberrieta, otro que al partir  se llevó como cincuenta mil pesos del partido y ni hablar de Estanislao Telesky, el topógrafo del ferrocarril –¡Ese dicen que aparte de llevarse como ochocientos mil pesos, se llevó un Ford nuevito, recién llegado de los Estados Unidos en un vapor moderno a Chile! La gente comenta y saca conclusiones. ¡Algo pasa en este pueblo tranquilo!

            - Señor Comisario, necesito hablar con Usted. - la mujer insignificante se refriega las manos en su carterita vieja y deslucida.

            -¿Nombre  y datos de filiación? Agente tome los datos.

            - Me llamo Josefa Aureliana Pérez, soy nacida en Jocolí en mil novecientos veinte. Viuda. Empleada en casa de una maestra de la Compañía de María de ciudad. Se llama Clara Molina. ¿Algo más? No, no tengo documentos.

            - ¡Señora estoy muy ocupado! -dice con desdén el policía, casi sin ponerle atención a la pobre desgraciada. Y ordena a un ayudante para que la escuche.

            - Mire señor, yo vivo en la parte de atrás del corralón, allá en la Cieneguita, ¿conoce, me imagino? Bueno yo he sentido varias veces gritos pidiendo ayuda, a través de la pared, pero no me animo a asomarme. Después escucho ruidos de todo tipo y finalmente un silencio total, ni perros que ladren.- dice con mirada asustada.

            - ¡Bueno señora, no se inquiete yo le tomo la declaración y usted me deja su dirección y mañana o pasado la vamos a visitar!- rápidamente y torpe toma algunos datos como para tranquilizar a la humilde mujer... pero interiormente piensa que es otra vieja entrometida que fisgonea a los vecinos. Ya iría él a ver de todos modos.

            Una tormenta se desgarra sobre la población, estremecen los truenos y parece que el cielo cae en gruesos trozos de mampostería líquida. Un olor acre a tierra y podredumbre sale de las acequias en las zonas que comienzan a inundarse. En el corralón tres hombres tranquilamente sentados comen un trozo de pierna de cordero que un vecino y cliente les ha traído del sur. Charlan animadamente, cuando ven aparecer por el portón entreabierto a don Florencio con su carro.

             La charla entre los hermanos se alarga y entre chanzas y risotadas se pasa el núcleo del temporal. Cuando se separan los hombres silenciosos, van a sus camastros en un profundo silencio. Cada uno pensando sus propias cuitas.

            ¡Don Florencio y su carretela nunca regresa con las compras! La familia comienza la búsqueda incesante. El enigma es pavoroso.

            A los pocos días, el cabo Fermín Segura sale rumbo a la Cieneguita para constatar la denuncia de doña Josefa Aureliana Pérez, la modesta mujer. Él sabe que no encontrará nada. Igual hay que cumplir con su trabajo.

            ¡Extrañamente, él tampoco retorna y su cuerpo no se encuentra en los sucesivos rastrillajes que hacen en zanjones y descampados sus compañeros!

            La policía está nerviosa. El comisario recibe permanentemente pedidos de familiares de los desaparecidos y de los correligionarios del político. Deben buscar una salida a ese atolladero. Llama a los ayudantes y comienzan a buscar pistas. Un detalle se les ha escapado... ¿Cuál?

            - ¿Adónde dijo que iba el cabo, jefe?...- se miran curiosos. ¿No tenía que constatar una denuncia en un barrio de Las Heras? De un salto suben al flamante automóvil que ha entregado Don Pascual Aguirre, el señor Ministro de seguridad. La polvareda señala la ruta que han seguido los hombres de la ley.

             Se presentan en la pobre casa de la denunciante. Nadie contesta, un olor nauseabundo delata un cadáver en descomposición. Cuando ingresan a la miserable habitación el horrendo cuadro los hace retroceder. Un montón de ratas y alimañas se están peleando por el despojo de un ser humano... ¡Es lamentable pero han llegado tarde!

            Comienzan a revisar el cuartucho y sólo encuentran diarios viejos con los artículos donde se leen las noticias de las desapariciones. Nada nuevo. El cabo principal Onofre Miranda observa algo que le atrae la atención. Una pala nueva sin más uso que pelos y sangre seca, un azadón lustroso, nunca usado... sólo con rastros de sangre y tierra... y una horquilla tan nueva, como los anteriores objetos, con señales de masa encefálica, sangre y pelos... y allí presiente que está la clave.

            Muestra al jefe las piezas. - ¡Don Melitón, compadre, no le llama la atención tanta lindura, para matar a esta vieja? Todo tan nuevito y sin marcas... ¿Quién tiene por acá plata como para comprar herramientas y dejarlas tiradas por ahí?

            - ¡Che Onofre, no me había dado cuenta..., pero tenés razón, compadre, todo esto me da mala espina! - se siente más tranquilo desde que ha llegado un médico del hospital San Antonio y se han llevado el cadáver. Comienzan a pensar y de repente los dos  gritan a dúo: " Los del corralón"... y salen como disparando para entrar por la otra cara de la manzana. Enfrentan el enorme portón y al grito de “Policía"... Escuchan un disparo. Ingresan y encuentran a Juliano el más viejo de los Leonello con un disparo en la sien. Siguen hacia las habitaciones donde una discusión proyecta palabras en un dialecto que ninguno reconoce. Sale Vicente Leonello con una cara tranquila y seria... -¿Parece que no se respeta el luto de la gente? y se agacha al lado del hermano muerto. Sale Fortunato Leonello con una mirada extraviada y sudor  que le moja la camisa manchada con la sangre aun fresca. Se sienta y deja caer un revolver sobre una mesa destartalada.

            - ¿Dónde están los otros?- el comisario arriesga por las dudas... ¡Ya no pueden ocultar más las cosas!- en realidad no sabe de qué habla pero su experiencia le hace decir con seguridad las palabras.- Cabos registren el lugar...- Da la orden sin titubear. Los hombres salen a buscar sin saber qué. De pronto un grito desde la caballeriza...

            - ¡Jefe acá hay mucha tierra removida!- corren. Todos se agolpan en ese amplio espacio. Alguien alcanza una pala otro un pico, de las herramientas que están allí a mano, comienzan a cavar y sale entre la tierra una mano conocida... la mano de Fermín Segura... el pobre policía que fue allá a ver y a  investigar... luego van apareciendo uno a uno otros cuerpos y otros rostros. Hasta “Emperador”, y el mateo abandonado llora su muerte entre paja y polvo.  El gran misterio sería saber ¿por qué? Y al mirar hacia los hombres  sentados impávidos y serios, ven en sus rostros descompuestos por la furia que se desplaza una luz de " avaricia"... ¡Tan sólo fue por " Dinero"!

 

                                                                      

DESPEDIDA

 

El destino de una rosa blanca... un destino inescrutable.

                                                                                   Pedro Ruiz.

                                                          

 

 

 

            Cayó un árbol robusto donde anidaban zorzales,                             

 

            cayó dejando una estela de lágrimas

                                                                                 

            queda tan sólo un muro señalando la huella

 

            donde la piedad esgrime su sutileza de árbol

 

            también queda el camino con las marcas oblicuas

 

            de las pisadas ajenas somnolientas de sueños.

 

            Un hijo se ha quedado con los brazos abiertos

 

            se le escapan reflejos entre los labios secos

           

            sonrisas olvidadas de tiempos de alelíes

 

            de tiempos de cometas

 

            una rosa de agua se aleja por el río

 

            la palabra redonda rueda en el silencio

 

            del misterio del invierno cálcareo de la muerte

 

            de otoño sellado en ramas de rescate y

 

            recuerda

 

            los pájaros no vuelven

 

            las miradas tampoco.

NOCHE DE MILONGA

 


 

El conventillo tiritaba con la ola de frío.  La niebla que subía del río anonadaba a los pocos transeúntes que caminaban por las empedradas callejuelas del bajo. A lo lejos se oían los motores de los barcos que trataban de llegar a puerto. Buenos Aires golpeaba con su humedad de obreros y olor de podredumbre del Riachuelo.

La “Morocha” bailaba sola en el “piringundín” del Tano. Era casi la madrugada y la niebla se fue disipando dejaba un rayo de luna sobre el piso mojado de la acera. Ella no tenía abrigo y sabía que si salía a esa hora, pescaría una pulmonía. No podía darse ese lujo.

El sol saldría en pocos minutos y así, si, ella, se iría al conventillo, donde la madre le cuidaba al niño que le dejara el “Chalo”, su amor. Él, se había ido al Chaco al obraje a conseguir dinero para llevarla, dijo. Nunca volvió. Hacía como dos años que había perdido la esperanza. Ella se “conchavó” en una tienda, pero el dueño se propasó y se tuvo que ir. Ni siquiera pudo cobrar los cinco días que había trabajado. Trató de ser sirvienta, pero cuando la veían tan bonita, las mujeres no la aceptaban. Los hijos se la tratarían de llevar a la cama. ¡Bueno, así es la vida!

Cuando llegó la primavera, conoció al Tano y la contrató en el boliche. Tenía que cantar y bailar para los obreros de los barcos, como siempre estaban borrachos, no importaba si cantaba bien o mal, le dijo. Le compró un vestido rojo y unos zapatos de taco aguja de charol. Su larga cabellera negra, caía sobre sus espaldas como un río borrascoso de seda. ¡No cantaba tan mal, después de todo!

Un día, se detuvo un taxi y de él, bajó un gringo, que se sentó a escucharla. Era raro por ahí, ver un tipo bien vestido y serio. Habló con el Tano y éste, lo invitó con un Fernet. Cuando terminó de cantar, el “Tigre” la sacó a bailar una milonga. Bailó con lo mejor que pudo porque como mujer, intuyó que su destino estaba en eso. El tipo, la miraba con detenimiento. La llamó a la mesa.

Ella se sentó y esperó que hablara. Pero no decía nada. Se la comían los nervios. De pronto la tomó del brazo y la sacó a bailar un tango: “Refasí”.

Su pollera parecía las alas de una mariposa herida. Todo en rojo sangre revoloteaba en brazos del Gringo. Mañana cantarás en el Chantecler. Y le dejó un fajo de billetes con la orden de comprarse ropa y todo lo que necesitara para ese lugar, para que brillara. El Tano, sonreía.   Ahora tendría que buscar otra “mina” para el bolichón del bajo.

Cuando fue a doña Ercilia y le pidió que la peluqueara, la miró raro. ¡Estoy por trabajar en el centro! Nada raro, ¿sabe? Y le hizo un baño de crema y le aclaró un poco el pelo y le arregló las uñas y le dijo:- Peinate así, con una poco suelto y otro recogido. Y esa noche, a la hora precisa, llegó un taxi y la vino a buscar y ella con su vestido negro de seda, parecía una reina. Felipe, el niño, la miró embobado y le mandó mil besos con su manito flaca. La madre lloraba bajito, como si la fuera a perder.

Llegó al Chantecler, las luces la dejaron muda y ver esos tipos y mujeres con ropas brillantes la asombraron bastante. La llevaron por un pasillo y le mostraron su espacio. Allí había una rubia muy bonita que le prestó su labial bien rojo, le puso máscara de pestañas. Y la llamaron para cantar. Cantó como una diosa. Y luego bailó como un hada. Los aplausos estallaron y su vida también.

La Morocha, dejó su apelativo y comenzó a ser Margot. Casi, casi como la del tango. A partir de ese día fue la atracción del cabaret. Hasta que llegó el “Chalo” del norte. De una trompada le desfiguró la cara. Sacó al Felipe y de allí al ferrocarril y se la llevó. Nunca más se supo. Dicen que en el obraje terminó matándola a golpes. Otros dicen que la vieron borracha cantando en un burdel. Como decir dicen muchas versiones. Hay que ver si es verdad.

 

UN NOMBRE

 

            Cuando la Candela se amancebó con Ramón, su abuela lloró un día entero. Ella la había criado desde que nació en la finca los “Trigales”. El rancho era pobre pero fuerte para los remezones que de vez en vez les movía la tierra. Los árboles frutales y los viñedos los cuidaba el viejo Hilario. Desde chica le fue enseñando a recoger los huevos de gallinas y patas. A guardarlos por un tiempo en arena que traían del río. Los botijotes con aceitunas se mojaban con el agua fresca del zanjón de arriba. Pero, Candela, apenas cumplió los catorce se fue de torpe con el  Ramón Ojeda. Era guapo y callado como buen hombre del secano. Trabajaba desde que se despertaba el día hasta que las sombras cubrían su pequeño rancho.

            Candela se embarazó temprano. Su abuela no podía creer que su niña iba a ser madre. Pero como buena criolla de ley, ayudó en lo que pudo. El anciano, hizo con sus hábiles manos una cuna. Y los ágiles dedos, tejieron batas y mantas para el retoño. Ese año, se hicieron más orejones de ciruela y durazno. Se guardó grasa de cerdo y chicharrón en trenza. Juntaron unos billetes para llegar hasta la fecha en que naciera la creatura.

            Y una noche de luna, comenzó con el parto. Ensanchó muy pronto y apenas asomó la cabeza, la abuela sostuvo el cuerpo húmedo del bribón que llegaba. Envuelto en suave paño, lo limpió y lo bendijo, como era la costumbre. Después el padre cura, de la capilla del Santo Rosario, haría el bautismo de agua bendita. Lo llamaron Idelio. Igual que el abuelo materno, que nadie conoció. Había perdido una riña y un facón traicionero lo clavó en una estaca.

            Candela, con sus pechos, como ánforas de seda, amamantó al pequeño que se prendió al instante. Ramón lloró bajito, sorprendido al ser padre. Y se fue con la azada a enterrar los restos debajo de un manzano, como hacen los criollos, con el triperío que queda terminado el parto. ¡Eso traerá simientes buenas en el año entrante!

            Los ranchos estaban de fiesta y como un augurio de suerte, esa semana llovió suavecito mojando la tierra que sin pasto, dejaba a las majadas sedientas y mustias. Poco tiempo después estaba todo verde y en el fogón cantaba un guiso su canción de vida. Aromas de históricas recetas.

            Después de la cosecha, ya el niño comenzó a balbucear y los oídos atentos acompañaban los leves monólogos del niño. Dos cachorros de galgos, se fueron criando con el niño. Aprendió a caminar sosteniendo la cola de los perros. Idelio… era despierto y curioso. Seguía a Ramón entre los surcos y con sus manitos jugaba con las hojas de álamos, con los racimos pequeños y verdes que pendían de las parras. Era un niño feliz. Candela seguía gustosa a su hombre. Acarreaba tachos, cestas y botijotes como un muchacho más. Pero algo había cambiado en su mirada. Una nube de grises le ocupaban las tardes. Y pelando arvejas, se quedaba dormida. Y mondando damascos se quedaba dormida. Y una tarde de enero… no despertó. Cuando Ramón llegó, encontró a Idelio abrazado a su madre. Y echados a sus pies los galgos protectores, custodiaban el sueño de su corazón dormido.

            Una cruz hizo Hilario para la nieta. Un ramillete de margaritones, cubren su memoria blanca. ¡Duerme, duerme Candela que el secano te abraza! Y toda la tierra, madre de tu estirpe criolla te cubrirá de espera y de dulces sueños.