El
viento juega con la silueta en la terraza antigua. Un rumor agiganta las
sombras. Llovizna y el cordel sostiene gotas de agua, pequeños diamantes que
reflejan tu ausencia. ¿Dónde estarás ahora? La pregunta juega con la camiseta
que envolvió tu cuerpo amado. Nadie responde. Sombras. Soledad. Una ausencia
que se agiganta en la tarde cuando el candado de silencio atrapa tu recuerdo.
Presiento que otro amor despertó en tu pecho. Allí estará jugando mi fantasma,
el de mis besos y mi cuerpo acoplado a tus brazos. El perfume de jabón y lejía,
atraviesa la terraza donde busco en cada prenda tu presencia. Se expande el
perfume de la nostalgia celeste que se agranda en tu alejamiento. ¿Volverás
algún día? El cordel solitario acuna broches. Ya, hasta faltan tus risas
colgadas al viento. Los broches parecen tus hombros apelando a ser hombre en mi
esperanza. ¿Volverás? Serás tan sólo un recuerdo en mis noches solitarias.
Apoyaré mi rostro en la almohada para percibir el perfume de nostalgia. Ayer
llamó buscándote por tu nombre, no era sino ella que dudó de tu amor. Sabes, presiente muy en su interior que acá
está el verdadero, el que te devolvió a la vida. Yo sabré esperarte. Mi corazón
abrumado construirá un nuevo nido para acunarte. Eres más niño que hombre.
¿Maduran los duraznos en invierno sin el calor de unos brazos tiernos? Yo
esperaré con mi silencio retratando sonrisas en la calle, cocinando bollitos de
anís y nueces, caminando sobre los parques descalza sobre el césped. La lluvia
volvió sobre el cordel y sólo queda una camiseta que vuela llevándote mis
besos.
Graciela Elda Vespa - Beca -
POEMAS, FOTOS PERSONALES Y NARRACIONES.
jueves, 17 de septiembre de 2026
SOMBRAS EN EL CORDEL
UNA ESCLAVA DE RODAS
Antheia sostiene una lámpara sobre el lecho en el cual tiembla el cuerpo afiebrado de la joven Licaria. El aceite de la lámpara agoniza. La esclava también. Una persistente fiebre ha hecho su silenciosa tarea. Las dos mujeres no pertenecen a los mismos amos, pero se reconocen por sus orígenes. Antheia destapa las piernas de la enferma y ve que una herida en la extremidad derecha, está por estallar. La piel amoratada está tirante y busca una salida, que inminente, empuja hacia el exterior sus humores. Hay un olor penetrante y pútrido. La mujer murmura. Tiene sed. Está sola.
Antheia moja los labios sin intentar tocarla. Puede ser un mal que los dioses Hermes Trismegisto o Hades, enviaron en venganza a las que fueron robadas en la guerra. Puede ser un mal contagioso y la enfermedad maldita. Envuelve, casi sin rozarla, la pierna con tela de lino mojada y fría. Buscará de alguna manera atemperar las fiebres. Evitar el estallido y que se desparrame el humor verdoso que se desprende de una lesión en el tobillo. Los dedos de Licaria, se aferran a la tosca túnica que cubre su cuerpo. Murmura y murmura palabras incomprensibles. Su lengua primitiva y lejana de su ciudad perdida.
La compañera sale apresurada a buscar ayuda. Las piedras de la calle que la acercan a su dueña, atraviesan sus sandalias de fina suela de cuero y cáñamo. El sol cae plomizo sobre la piel que ya no es clara. Impregnada de sudor, su cabello y su túnica se pegan a cuerpo ardiente. Se desplaza como suele hacerlo a esa hora del medio día, entre la sombra, de las paredes de grandes piedras que amurallan las casas de los señores guerreros y comerciantes de Rodas. Su figura juguetea como marioneta efímera entre la “stoa” que la conduce a su hogar. Debe solicitar ayuda a su “señora”.
Cuando arriba al atrio, luego de hacerse anunciar, se refresca en la copa que está junto a la cisterna pluvial. Esa enorme copa de piedra resiste el tórrido calor del verano. El agua está fresca y limpia. Una pequeña esclava egipcia, busca en el interior a su ama, quien se hace esperar. Su fina mano ornada de anillos de exquisita orfebrería, acomoda el cabello preciosamente trenzado. Está disgustada por la interrupción. Quedan unos segundos en silencio. Kalithea, el ama, espera que la muchacha hable. La joven mujer no se atreve ni elevar la vista frente a su señora. La pregunta surge y Antheia le da una detallada descripción de lo que le sucede a Licaria.
La hermosa dama, ha tenido un sueño esa noche. Palas Atenea en forma de ave gigante le ha señalado enormes calamidades para su casa. Ha despertado conmovida y llorosa. La presencia de la esclava la pone, aun más, en alerta. ¿Cuáles serían esas calamidades? Tal vez la peste o una nueva guerra. Ingresa a las habitaciones y regresa con unos “dragmas”, que pone en la mano temblorosa de Antheia. También trae hila de lino limpias y de algodón egipcio, que compró en tiendas cerca del ágora. “Busca a Hipóstrato, él y Diocléous, tratarán de curar a esa mujer”. Ingresa al dormitorio, despidiendo a la muchacha.
Sale Antheia
presurosa por la angosta calzada ardiente. En el barrio oeste, bajo el templo
de Atenea Kamira, encontrará al médico. Primero se detiene en un templo a
La congoja electriza a la esclava. Sólo se escucha, al pasar, el murmullo de las voces solemnes cantando loas a la diosa Hestia, en boca de las sacerdotisas.
Con celeridad, llega a Filouspapos y busca la casa de Diocléous, que yace en su “oikos” bajo las higueras refrescándose. En la puerta de madera, tallada con mano hábil, una intrincada serpiente enrosca el bastón de Mercurio. Es allí. Golpea y espera. Sale una anciana ciega. Antheia, le explica qué la trae a molestar al galeno. La agobiada mujer queda en espera. Hipóstrato y Diocléous deben prepararse. Salen ambos ancianos con una bolsa repleta de objetos y medicinas. Los sigue un puñado de esclavos capadocios. Ligeros e inteligentes, se adelantan con saumerios y rezos a los dioses de la salud. La prisa domina al grupo. Antheia, señala el camino al séquito. Son doce hombres y ella, atrás por ser mujer y esclava, los sigue sin levantar la vista del camino.
Al ingresar al habitáculo, el hedor de la carne humana, pone a los experimentados galenos, en guardia. Encienden muchas lámparas. Los esclavos capadocios, traen cubos con agua limpia y fresca. Un afilado estilete penetra la carne palpitante y fétida. Un grito desgarrador atraviesa el espacio. En una vasija de barro caen los humores putrefactos. Licaria pierde el conocimiento. El dolor, la fiebre y un deseo intenso de dejar la vida, la enroscan. Esclava por la fuerza, atropellada por soldados que la arrebataron del cuerpo inerte de su madre, siendo niña, sólo desea volver en un viaje alado, el de la muerte, a su país natal. Ya no recuerda mucho de su lugar ni del rostro de su madre. Licaria está atravesando el delgado filo entre la vida y la muerte. Presiente la cercanía de la barca de Canservero. Lo ve. Delira.
Diocléous, raspa hasta el hueso la carne putrefacta y arranca sin piedad trozos de piel y músculos. Los esclavos sacan entre hilas y paños, los despojos. Los entierran en un profundo hoyo tras la casa. Agregan hierbas y sal marina. Adentro, agua, emplasto y el líquido fermentado de las vides, hacen gemir a la enferma.
Comienza a disiparse el olor nauseabundo y se despliega el olor del vino. Dionisos, el dios del delirio místico se presenta en el brebaje. Le dan de beber y lo derraman en cada llaga. Además queman hojas de plantas en un brasero, que va envolviendo todo. Adormece Licaria y a los que se quedan en vigilia junto a ella. Sueña.
En un breve murmullo escucha Hipóstrato a la joven mujer que llama a su patria. “Alexandria, me gusta el mar por la mañana. Déjame regresar a tí, ciudad querida” . Un remezón conmueve el piso. Comienza un ronronear de la tierra volcánica. El ruido y el movimiento, sacude a todos. Terremoto y horror.
Licaria vuelve a Alexandria. Esa que queda tan lejos, tan lejos como la vida. Tan lejos como la libertad para la esclava.
VOCABULARIO.
Stoa: fila de columnas dóricas con cámaras para tiendas y alojamiento
en la parte de atrás, que se azaba sobre una cisterna con capacidad de
Dragmas: moneda común usada en la antigua Grecia.
Oikos: en las casas de los “señores” el Oikos era la parte de huertas, cuidadas por esclavos, donde se criaba el pequeño rebaño familiar. Sólo lo tenían las familias patricias. Siglos V, VI en adelante. De la palabra Oikos deviene la palabra economía.
Ágora: espacio o plaza donde se desarrollaba la vida pública, muy importante en Gracia antigua. Allí se creaba la cultura y la filosofía.
Higeia y Apolo, Atenea Kamira, Hestia, Dionisos, Canservero: Mitología Griega. Dioses que acompañaban a los hombres en su vida diaria.
Alexandria: Ciudad actual de Alejandría, norte de Egipto, sobre el Mediterráneo y en la desembocadura del Río Nilo. Famosa por su historia.
MIRADA DE AYER
Y yo camino descalza sobre la hierba,
Como sonámbula en una perenne caminata entre los tréboles húmedos...
Dejo mis pisadas como huellas de sangre
En los pétalos del amanecer cuajados de rocío,
Como lágrimas de espuma y rayos de sol
Y dejo mis manos quietas
Acariciándote en una despedida,
Tras el cristal de tu mirada de ayer.
TRECE ROSAS
No hay agujas que penetren los recuerdos
Ni magnolias que cubran las ventanas sin cristales
No estarán los campanarios en silencio por sus muertes
Ni abrirán los portales sin aldabas los morrales.
Trece flores despeñadas por las calles pedregosas
Trece rosas que de púrpura se cubren
Trece besos que nunca verán labios amados
Trece vientres que serán enajenados de la vida
Las mujeres eligieron las palabras, y la muerte,
enfada, se acurrucó en sus enaguas. Rosas rojas.
Las hembras juntan rosas empapadas de su sangre.
Sólo trece y las otras con sus ojos asombrados.
Los secretos asomaron las narices asustados.
Los mirones refregaron sus ojos en los vidrios de la muerte.
Ya no quedan modistas ni muchachas juguetonas.
Trece rosas blancas se han manchado con la sangre
de un sueño inevitable de militancia soñada.
TIEMPO PASADO
Pasaba cerca de la verja y solía ver a un anciano sentado, solo y rodeado de dos perros. El hombre solía dormir a la sombra de un nogal, que le confidenciaba su historia de soledad. Solo el árbol y solo el hombre. No tenía tiempo para detenerme, mi trabajo exigía horas en la mesa del taller donde prepara el metal, perfilarlo, calentarlo y darle forma me llevaba días, horas y semanas dar forma a los encargos que me hacían de las embajadas.
Mi hija Estefanía, me ayudaba con los curiosos y clientes que llegaban al estudio. Ella tiene ese don especial para tratar a los extranjeros y nativos, que escuchan con detenimiento la historia de nuestra platería. Mi padre la recibió de su padre, platero andaluz que se hizo famoso en esta región con sus famosas dagas fileteadas en oro sobre la plata.
Mis dos hijos varones me evitan, quiero dejarles la herencia de platería pero ellos quieren ser independientes. Tal vez Octavio se anime y me siga. Cuando niño, yo me trepaba sobre una banqueta para ver cómo trabajaban mi padre y mi tío. Así aprendí. No me creo el mejor pero la gente me prefiere.
Me encanta caminar desde casa al taller. Así, de alguna manera lo veo. Un día le pregunté al jardinero por el caballero, el anciano que dormita bajo el nogal. Muy comunicativo, me contó la historia del hombre. Se llama Evangelino Arenas Sulaigè. Fue un gran orador y profesor de filosofía en la universidad. Su cátedra era la más prestigiosa y venían estudiantes de muchos países y ciudades a escuchar sus cátedras. Había tenido muchos hijos, que se fueron alejando del país a medida que no encontraban apoyo para superar al padre en los claustros culturales. Su esposa, una dama, dijo el jardinero, sufría de una extraña enfermedad que la acompaña desde los cincuenta años. Yacía en su lecho casi todo el tiempo.
Ya sabía de su soledad y tristeza. No me atrevía a acercarme para dialogar. Hasta que una mañana, en el otoño del setenta y nueve, me hizo una seña como para que me acercara. El jardinero me hizo ingresar y me alentó a charlar con él. Me presenté. Sabía de mí y de mi trabajo como platero. Me pidió que lo acompañara a su estudio.
¡Dios mío, qué biblioteca tenía el anciano! Yo me quedé boquiabierto. Abrió una vitrina y me mostró una bellísima pieza de plata que había hecho mi abuelo. La observé y aprecié las manos maravillosas y la calidad de la plata que usó. En mis manos, parecía un nido de extraña magia. Cuando se la pasé, me dijo: “Tómela, es suya” y sinceramente me quedé mudo, no tenía palabras. Si queda aquí, me dijo, seguro cuando muera, que no será muy lejos de hoy, la venderán por monedas… mis hijos están todos en otros países y sería raro que vengan a recuperar mis objetos queridos. Éste me lo dieron como premio por un estudio que hice sobre la filosofía en la época colonial en América hispánica, en el período de mil ochocientos veinte al mil ochocientos cincuenta.
Luego de esa charla, me fui con esa maravilla entre mis ropas. Pensé: ¿Cómo ha cambiado todo? En los tiempos antiguos se valoraba tanto el conocimiento, el trabajo intelectual y la cultura… hoy se van, todos se van. Vamos perdiendo lo mejor de nuestra sociedad. Los que quieren superarse, los que arriesgan su vida para ingresar en claustros que estuvieron a la misma altura de los mejores.
Llegué al taller y encontré a mi querida Estefanía con unos viajeros de origen árabe que querían comprar mis obras de orfebrería. Se las llevarían como un tesoro a sus países lejanos. Me vieron que estaba llorando. No pude explicarles mi dolor. Se llevaban un pedacito de mi corazón y el alma de la platería de mi tierra. Ingresé en la zona más oscura del taller y allí me quedé arropando mi tristeza. Cuando se fueron luego de llevarse varias piezas, entre ellas las famosas rosas de plata y oro rosa y azul, entré a la mesa y en mi pequeña fragua, fui desarmando algunas obras que no se merecían irse de mi terruño. Entró Octavio y me vio tan apenado, que se sentó a mi lado y comenzó a transformar metal, salían láminas enrojecidas para al ponerlas en el agua y ácido, cambiaban de color como este tiempo de cambios en el mundo.
Me miró y
me dijo: ¿Padre, tanta es la diferencia en el tiempo con el actual? Me volví,
saqué la caja que me regalara el caballero de la casa del nogal. Y luego de
relatarle su historia, sacó una tarjeta y puso: Obra hecha por mi bisabuelo
para el Doctor: Evangelino Arenas Sulaigè, filósofo y catedrático de
DESPERTAR
Cubrir
un sillón antiguo antes de partir para un largo viaje al viejo mundo.
Parece mentira, me dijo Camilo, estás envejeciendo. Siempre sentada frente a la pantalla del televisor mirando tragedias ajenas. Tus sueños adónde han quedado, en los antiguos libros de costura y bordado de tu abuela; si antes, cuando tenías veinte años regañabas a toda la familia por no salir a ninguna parte. ¿Dónde están tus sueños? Despierta Aldana.
Cuando me jubilé me prometí no repetir la historia de mi madre y mis tías. Y, ¡OH, sorpresa! Es lo que hago. Sacar a pasear a Tirso, con su pata descalabrada que encontré en la plaza. Regar las plantas y cortar las flores secas, remover la tierra de los canteros. A veces hacer unos alfajores, cuando viene Camilo.
Antes, soñaba, es cierto. De joven fui a bailar al club con mis amigas del barrio. Todas se han mudado a barrios alejados; cerrados por cada lado para evitar extraños. Todo queda lejos a contramano, y yo vendí el auto. Ya no manejo. Tampoco aporreo el piano. Me duelen las manos y la espalda. Es más cómodo el sillón del comedor junto a la estufa y mirar novelas o alguna película de cuando éramos jóvenes, las de ahora no me gustan. Son muy zafadas.
Los domingos a misa, luego a prepara la mesa para que venga Camilo con su novia nueva. ¡Siempre las cambia! Cuando uno se acostumbra a Nancy, llega con Delia. Ahora es Yésica. Las trae y yo las miro y no digo nada para evitar que digan que soy la bruja. Todas las madres de varones somos malvadas para las mujeres de los hijos, aunque nunca hablemos, igual no nos quieren.
El
lunes cambio de ropa de cama. Ya no se consigue almidón. Don Fernando, el almacenero
me dijo que lo han prohibido por que lo mezclan con drogas. ¡Qué pena! Tengo
las sábanas de mi ajuar, de lino. Las bordamos con mamá y la tía Clelia. Unas a
mano, como me habían enseñado en la escuela y otras con
Martes voy al cementerio, poco en los últimos tiempos. Me deja triste ver tan solo a los muertos. ¡No va nadie! Se han robado las placas de bronce y los adornos lindos. ¡Una vergüenza!
Los miércoles salgo al centro. A veces doy la vuelta completa de 59 y me bajo por alguna vidriera que me atrae.
Este jueves me fui a San Telmo y me encontré de frente con Silverio, mi noviecito de los quince. Casi me desmayo cuando lo veo. Calvo, panzón y medio ciego. Él se paró en seco. ¿Aldana sos vos? Y sí, soy yo con treinta años más. Bueno cuarenta.
Me invitó a tomar un café. Al principio me dio escozor. Luego acepté. Hace tanto que Marcos se fue a vivir con otra, en un país del norte, que ya no me acuerdo ni cómo era su cara. Me habló de su vida, de su triste viudez, de los hijos lejos y de la soledad.
¡Bah, yo si sabré lo que es estar sola! Cuando Marcos se fue conseguí superarlo con trabajo y corría de uno a otro para parar la olla. Camilo era pequeño, tenía cinco años. La rubia que lo atrajo era flaca y pechugona, yo era morocha y con el embarazo quedé redonda como un globo. Pasaron pocos meses y quedé más delgada que ella. Me arreglé para no darle el gusto a las lenguas de víboras de las vecinas. Y le di estudio a Camilo, es ingeniero.
Me
contó que era gerente de un banco conocido. Que tenía una casa en Pilar y se
ofreció a llevarme a casa en un auto espectacular. De esos que se roban para
venderlos en Paraguay o en la frontera con Uruguay. Me llevó hasta casa. Lo
invité a pasar. Se quedó asombrado del cuidado de cada detalle que pongo en
cada cosa. Tomamos un licor que hago con cáscaras de mandarina (receta de mi
tía Clelia), le encantó y yo me ponía nerviosa. ¡No estoy acostumbrada a
atender a otro hombre si no es Camilo o mi ex suegro, que suele venir para las
fiestas! Charlamos mucho. Le encanta ir al cine y a comer a “
Me pidió el número de teléfono. Lo miré de soslayo. ¿Este me va a llamar? No, no creo. Se fue casi de noche. Y yo me fui derechito a sacar el álbum de las fotos de egreso. Y allí estaba él, joven, por supuesto guapo y me miraba. Mi vestido era lindo y yo tenía buen cuerpo. El pelo me caía por la espalda hasta la cintura y ese día estrené zapatos con taco aguja… ¡Qué época! Me serví una copa más de “mandarichelo” y me puse a pensar en mi vida y después de muchos años lloré de nuevo.
A la semana siguiente cuando abro la puerta, era jueves, el teléfono sonaba a terror. Tirso ladraba, el gato se había subido a la heladera y estaba hecho una bolita de pelos. Alcé el tubo y era él. Me invitaba al cine y a cenar el viernes. Titubeé un poco, pero me dije: Aldana, te merecés algo diferente. Y dije que sí.
Corrí al placard y rebusqué en mi ropa. Todo antiguo y oscuro, bien de vieja. Me miré al espejo y tenía dos dedos de canas sin teñir. Salí corriendo al peluquero del barrio que se asombró cuando me vio llegar. Claro casi un año sin ir a hacerme nada. Vino la manicura y me arregló las manos. Salí cambiada. Le llamé a Camilo. Le conté y festejó: ¡Por fin vieja querida! Me alegro, dijo muy suelto de cuerpo. Yo creía que me iba a reprochar y me sale con eso.
Me planché un vestido. No. Me planché una pollera y una blusa con vuelos que no usaba hacía tiempo. En el espejo me miraba y era yo Aldana de nuevo.
Llegó a las siete en punto, el auto hasta tenía perfume. Fuimos a ver una película con Nicolás Cage y una chiquilina que de los nervios no supe el nombre. La había visto en la televisión como tres veces, pero en el cine es diferente. Luego fuimos a cenar a un lugar muy paquete. No lo conocía por supuesto. Apenas me pasaba la comida. Estaba como cuando en la fiesta de egresados me sacó a bailar.
De regreso y luego que supe entretelones de su vida y la de sus hijos, me plantó un beso y me dejó más aturdida aun. ¡Te veo la semana próxima! Y partió sacando chispas a los neumáticos. Y así fue por varios meses. Cada vez venía más seguido. Adelgazó. Se hizo poner lentes de contacto, como que rejuveneció diez años. Y yo me comencé a cuidar un poco más, claro.
Un
día vino con un ramo de rosas blancas, preciosas. Me dijo… si quería ir de
viaje con él a Europa, pasaríamos por Madrid, París, Berlín y Atenas. Yo que
nunca salí más lejos que
CARTAS
Adoraba al tío Atilio. Moría y me pedía que llamara a Ricardo, amigo incondicional de la niñez. Bajé las escaleras con una velocidad increíble en mí.
Con mano temblorosa entregó una llave de plata y murmuró un nombre... Elisa. Cerró los ojos y dos lágrimas casi desaparecieron en su piel arrugada y pálida.
Me entregaron una pequeña caja de madera perfumada, con su tesoro. Salí corriendo, al llegar a una casona de la zona residencial de la ciudad. Fui recibida por una anciana muy elegante y fina. Tomó el cofre; las cartas cayeron como cascada en la alfombra. Comenzó a leer. Estaban escritas en fino papel de hilo con la hermosa letra de Atilio.
Marzo de 1927
Mí amada niña......
Hoy volví a verla. He pasado por décima vez delante de su casa. Usted no me mira. ¡Claro cómo va a fijarse en un pobre muchacho como yo!.... La amo tanto....Sueño con su cabello de color de trigo y el pálido y suave tono de su rostro. A veces la veo jugar con su hermana que no es ni la pálida sombra de su cálida belleza. Siento su clara risa juvenil y sueño con poder hablarle. Le envié un libro de poemas de amor y vi que lo leía sentada en los troncos del jardín mientras se hamacaba entre las flores. Todos los poemas son lo que yo quiero para nuestro mundo. Vuelvo a decirle que la amo.
Su enamorado.
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Adorada Eloisa.....
Su traje negro la hace más fina y frágil. ¿Cómo la cobijaría entre mis brazos, para que su pena se calme? ¡Perder a un ser amado es una tortura, pero no poder hablar al objeto de adoración, una tragedia!... La amo tanto que...creo que voy a enloquecer. Ayer volví a pasar por su casa y vi con dolor, que lloraba junto a su árbol favorito. ¡Cómo hubiera entrado para que , apoyando su cabecita en mi pecho, encontrara un poco de consuelo a sus penas. Perder un ser tan querido, es como perder la luz del sol y todas las primaveras. Insisto la sigo amando, tanto...como puede un poeta amar a su inspiración!.Me imagino una larga conversación con el ser más bello de la tierra. Usted.
Quien la adora por siempre.
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Amor de mi vida....
Quisiera decirle que las rosas, son mi regalo de cumpleaños, la vi salir vestida para su fiesta de gala en el Jokey Club, parecía una reina. ¿Cómo no ser yo un caballero y poder acercarme para decirle cuánto la amo?
Su cabello caía como una cascada de oro por sus hombros. Casi caí desmayado, cuando me miró y me sonrió.... yo estoy necio y creí que sonreía de puro feliz. ¡Estaba tan bella! Elisa amada niña, ya tiene dieciocho años. ¡Pronto no podré verla, seguro que alguno de esos jóvenes con los que bailó el vals, será quien la pueda amar. Yo la vi por las rejas desde la calle, todo el tiempo..., hasta que me sacó la policía.
La sigo amando..........
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Amor
Cuando la vi partir a Europa (lo supe, por el chofer de su padre), sentí que me arrancaban un tesoro. Tal vez no regrese jamás.... Disfrute de lo que le regala la vida. Mi niña adorada...Cuando camine por las viejas callejuelas de París y vea las arcadas del Coliseo yo, desde acá iré besando ese viejo y conocido pavimento, que nunca pisaré o tal vez, sí, lo haga pero sólo será para buscarla entre la muchedumbre que ignora mi devoción por "ti...", te he nombrado por primera vez con la confianza que me dan los años de seguirte por todos lados donde tus cadenciosos pasos andan.¡Te amo más que nunca!
Tu amigo y adorador de siempre.
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¡Muchacha, corramos, quiero verlo!
Llegamos a casa, subió con agilidad, entró. Lo tocó, él abrió los ojos.... ¡Cuánta dulzura!
- Amor mío, Atilio, ¿Por qué tardaste tanto en llamarme para decirme que me amabas? Yo también te amé toda la vida...y te esperé.
Casi habíamos llegado tarde.