martes, 20 de enero de 2026

EN LOS ESCOMBROS

 


 

Caían uno a uno los ladrillos seculares. Un polvo agrio atrapaba la poca saliva que quedaba en la triste garganta cerrada del obrero. Era uno de esos inmigrantes atormentados por el hambre. Era un hombre solo. Pobre. Hombre sin esperanza, casi. Soltó el pico y acomodó un ridículo sombrero en su cabeza. Amoratadas manos duras sobaron el pescuezo secando el sudor. Se escupió esas manos embarrándolas. O no. Se refregó y continuó con su obra. Pensaba en el tiempo que le quedaba para el crepúsculo. A esa hora, las diecisiete u dieciocho, regresaba a su habitación compartida con otros parias como él. Una línea más de ladrillos y llegaría hasta el piso. Había sido hermosa esa vivienda añeja. ¿Por qué la demolían? ¿Aun sirve, pensó? Yo no tengo casa y ellos destruyen ésta tan hermosa. Su boca siempre cerrada no admitía una réplica. Había visto poco al arquitecto. Lo contrató apurado. Estaba siempre apurado. Por las rendijas de puertas viejas, despintadas, lo espiaban ojos invisibles. Él sabía. A veces se entreabría una celosía gastada y percibía  una presencia humana. Nunca vio a nadie en realidad. El calor era sofocante. El polvo penetraba en sus más íntimos orificios. Estaba solo. Siguió mecánicamente con el pico, rompe que te rompe. Su mente se fue como ave migratoria a un territorio ajeno. Se fue lejos. Sólo quería que el sol se disparara hacia el poniente.

El hierro dio un golpe agudo. Chispeó en una losa de granito. Se detuvo. Se alejó un instante y se prendió a la botella de agua. Estaba tibia. Gorgoteó en su garganta reseca. Sintió alivio. También asco. Estaba muy caliente su agua. Quizá en otra región la gente fuera más solidaria. Allí eran de arena, escurridizos, secos, muertos. Se sentó bajo un árbol que daba una sombra enorme. El verde era un paraíso de frescor impensado. Ya hacía tiempo no sentía dolor en sus músculos agarrotados. Cerró los ojos un minuto. Sintió un perfume a madera de nogal. No supo de dónde provenía. Se quedó quieto, allí, sin siquiera atinar un suspiro. Cuando se incorporó necesitó un esfuerzo inusual para volver al pico.

La losa estaba allí, con una inscripción, apenas perceptible. Tal vez no debía tocarla. Pensó en esperar al patrón. Y dejó ese rincón para luego.

Sintió que mil ojos invisibles lo observaban. Se sentían los metales herrumbrados mordiendo en las fallebas de ventanas y puertas. No vio a nadie. Ellos estaban, seguro ellos estaban, aunque no se mostraban nunca. Buscó otro ángulo de la vieja casa. Comenzó a demoler la chimenea. Era bella, recubierta de mayólicas pintadas. Un magnífico escudo labrado en bronce; y pintado. No alcanzaba a leer lo que decía.  Tomó la decisión de no romper las bellas piezas. Con una pequeña azuela comenzó a hurgar en el pegamento que las incrustaba en la chimenea. El tizne saltaba entre los colores frescos y caía como lluvia imperceptible. Era sorprendente con la facilidad que podía desprender los pequeños cuadraditos. Fue haciendo un atadillo y los escondió entre los montones de escombros. Sintió que a medida que se desprendían iba apareciendo una madera noble de color claro. Alguien, en algún momento de su historia, había escondido en ese lugar algún secreto.

Raspó y descubrió un agujero. Estaba realmente alterado. Eran ya dos cosas extrañas para un solo día. Se quedó quieto. Apoyó el pico y la azuela contra la losa de granito y automáticamente comenzó a su alrededor un raro movimiento. Se deslizaban haciendo un mágico ruido sordo. Hipnotizado comenzó a mirar el hoyo profundo. Al abrirse totalmente, se vio un muñeco hecho en paño de lana, crines, ojos de cristal y de apariencia humana varonil. Tenía un afilado estilete de acero toledano atravesando el frágil cuerpo. Parecía la imagen de un enano. Pero con forzada dificultad lo tomó sacándolo del insólito escondrijo. Lo acomodaba en un rincón cuando comenzó a ver que gente de todas las edades comenzaba a caminar por pórticos, aceras y calle. Como autómatas todos convergían en el amplio habitáculo. ¿Eran espectros o curiosos? Él, no entendía nada. Era muy ignorante. Además el terror lo petrificaba.

La tarde se estaba acostando sobre la construcción desmantelada. El jornalero sudoroso se afanaba entre ese sin fin de ojos acuosos. Buscaba un lugar por dónde huir. Ya no hacía el calor sofocante de la tarde, pero sintió igual la fiebre que le secaba la garganta agostada. Salió disparado.

La noche cubrió el edificio. Una figura fantasmagórica atravesó el portal derruido y se agachó en el frío pavimento antiguo. Se deslizó por el oscuro agujero y desapareció en las sombras. Un helado viento comenzó a mover las hojas del árbol y algunas ramas débiles comenzaron a quebrarse en una danza sutil. Nada hacía prever los sucesos que luego acontecieron.

Al regresar el día y aportar la canícula  lujuriosa de enero, el obrero destapó su miserable rectángulo personal en la demolición. No encontró nada. No estaban las tejuelas, ni las mayólicas, ni el pico, ni la azuela. Nadie aparecía en el desmedrado edificio desmantelado. Se acercó a la cavidad pétrea y allí hecho un ovillo encontró al arquitecto con un estilete atravesado en la garganta. Su mirada extraviada en un punto alejado. La mano en un gesto infantil de pánico. Ni una gota de sangre. Ni un grito en la noche. Nada. Su traje de estricto corte inglés, su reloj de oro, su blanca camisa de seda y sus zapatos impecables. En la mano que estaba bajo su cuerpo, una moneda antigua con el noble emblema de la familia. En el augusto escudo un lema en latín: Verum moritura sumus.

El hombrecillo atrapó desconfiado sus ínfimas posesiones y salió corriendo en la calle empedrada y se perdió en la villa.. 

    

 

                                                          

LA SOBERBIA

  

            Matías Roca caminaba por la calle del sector bancario y en la esquina de 12 Sur y 34 Este, tropezó con un hombre. Iba muy distraído, nuevamente le negaron la edición de la novela. ¡Estaba enojado y lo insultó! El otro, lo tomó del brazo y le dijo:- ¡Vamos Matías, no te enojes así, reconocé que venías leyendo el celular y no me viste!- ¡Oh, sorpresa era Rogelio Freites, su compañero de secundario!

            -Te invito a tomar un café y lo condujo suavemente hacia un bar en la esquina. Mozo traiga…¿Qué tomás un trago o un cortado? – Un cortado con tostadas. Gracias.

            ¿Qué ha sido de tu vida Matías? Hace por lo menos veintitrés años que no hablamos. Te vi tan molesto que espero me des una explicación.

            -Aunque no me lo creas, soy el mejor escritor de este momento, Rogelio, pero la envidia de los mequetrefes de pacotilla me tienen cansado. ¡Soy el mejor y no me valoran! Han premiado a cada desconocido, a cada mentecato… ya me harté.

            Te lo digo, todos se creen los mejores. No saben escribir ni la o con un platillo y dicen ser grandes escritores.

            Les encanta que los llamen de las radios y las universidades y hablan sandeces. A veces creo que si los das vuelta no les sale ni una palabra hermosa ni una narración digna. ¡Pero ellos se creen superiores! Y se burlan de los que no se muestran ante el público con palabras difíciles y sin mucho argumento. Si te invitan a un lugar donde se juntan escritores de calidad, fingen no poder ir, porque saben que no podrán con la soberbia y la rabia de no ser atrapado por los micrófonos. Se compran ropa importada y comentan al pasar que vienen de traer un premio de un país extraño, lejos, donde le hacen los amigos un precioso certificado o una plaqueta dorada con sellos que imprimen en Internet.

            Los he visto pelearse por una silla. Sentarse en los primeros lugares y sufrir cuando se le acerca alguien y le susurran que ese es el puesto para otro. ¡Seguro más famoso de verdad que él!

            Nunca aceptan que hay verdaderos creadores dotados por la palabra y que hacen gala de una humildad exquisita. Como yo.

            ¡Por eso yo te digo amigo, no te dejes apenar por los soberbios! Ellos pasan y no dejan huellas indelebles como los que de verdad valen ser leídos.

            -Bueno, tranquilízate. ¿Has escuchado el nombre de Saverio Luna? ¿Al que le dieron el premio del diario El País de España, el que recibió el Cervantes el año pasado y este año el Oso de Oro de El Mensajero de México?

            - Quién no lo va a saber, es un desconocido acá en el país, pero dicen las malas lenguas que escribe con seudónimo porque en realidad es un ladrón de ideas y textos. ¡Debe ser un grupo de esos que organizan chicos de la universidad le tiran una idea y los hacen escribir y así ganan premios!- y soltó una carcajada irónica.

            -¿Nunca se te ocurrió pensar que el tipo, el tal Luna, sólo quiere ser poco molestado para escribir y no tener gente alrededor que lo moleste con entrevistas y lo lleven como a un pajarraco de radio en radio y de set de televisión a otro?- lo queda mirando a los ojos a la espera de una respuesta.

            -No, es un bastardo. No escribe bien y debe pagar por los premios. ¡Eso debe pasar!

            -Yo no lo creo. Permitime que te diga dos cosas: primero que Saverio Luna es mi seudónimo y me dieron los premios sin yo saber quién me premiaba, más, nunca me presenté a recibirlos personalmente. ¿Sabés por qué? Para evitar los malos comentarios y la envidia, además no necesito que la gente me conozca, mis libros hablan por mí. ¡Vos hablabas de la humildad y yo me aferré a ella! No me sirve la soberbia, me choca y me molesta. ¡Eh, Matías no te vayas, por lo menos saludame…Matías.

 

SOLTERONA

 

Marcela sintió que tenía alas. Y esas alas tenían que estar desplegadas hacia un territorio donde existiera un ser que la acompañara en sus sueños. Sentada en la banca de la alameda, creyó oír un murmullo imperceptible. ¿Rocío? ¿Puede el rocío murmurar estrofas de canciones y sueños? El sol penetraba su piel, era verano y caía a pleno bajo el cielo abierto, estaba desnuda de protección a ese calor insospechado en otros tiempos.

Vio a un personaje que llevaba una camisa violeta, igual a su vestido. Recordó a un enamorado que tuvo en la adolescencia, Ese quedó desterrado en el ocaso, no era un hombre esperado. Ella entonces era traviesa, alegre y parlanchina. Lo desterró donde duermen la lágrimas, esas de seda de la juventud inicial.

Recordó a ese otro costeando el horizonte de sus quince. Era como un sol celeste o azul, congelando con voces planetarias, con gaviotas sin ritmo y olas. Partió a un tiempo de olas que abrazaban las costas milenarias del mar.

Selló los labios con su nombre. Vasallo de la pequeña historia de un enamorado que pasó como el viento.

Marcela, pensó en la noche, que se había insinuado en los ojos desprotegidos del invierno. No hay camino sin retorno. Otro amor imposible. Prefiero la soledad, sin voces que mientan, sin besos delirantes y necios.  Y ahora, escucha el follaje de los álamos, que le hablan de de aquellos tiempos. Oro viejo. Sonríe. Un hombre avanza, lleva una camisa violeta como su vestido. Cierra los ojos al alma y despliega la estrategia... rememora los fuegos artificiales de Año Nuevo, piensa en metales labrados en países lejanos con figuras de dioses artificiales, en ríos que corren locos entre rocas enormes. El hombre se acerca y sonríe. Ella mira sus alas rotas, no, no están rotas. Puede echar vuelo al horizonte, al camino que está cubierto de pétalos violetas, azules rojos y amarillos. ¡Tú no existes en mi historia! Seguiré soltera y sin miedo a la mentira a la tristeza, a la ira, al abandono. se yergue y camina lentamente por la senda que la lleva a su pequeño hogar donde la esperan sus mascotas.

MUJER AL BORDE DEL ABISMO

 

Hace que su ternura refleje “la ternura” cuando abraza mi piel aligerada.

Es cierto que mi boca lo pregona en cascadas de metales y peonías.

Como será mi amanecer sin aves acurrucadas en la frente del amor,

Sigo buscando en el camino la mirada penetrante de los besos.

Pues bien, he llegado a la orilla de mi río;

Su canción atraviesa el lecho y me acaricia con un arpegio de flautas y granates.

Porque no habrá un cordero de esmeralda apoyando su tersura en mi colmena.

Cuando quede mi cálida luna acumulada en la cintura poblada de silencio.

Sabré que se acerca una tropilla de mariposas de cristal iluminando el día.

Bien, te presiento en el aliento tormentoso que arrastra el mar con su quimera.

Tal vez en la montaña alterada de cariño, tal vez

un viento arrastre nuestra aventura, colgando un nido de amapolas

en las colinas o en la cúspide helada de la cordillera

y así generará un sueño inalcanzable para una mujer que soy o fui

mujer sin cuestionamientos ni indulgencias.

 

 

SU SOMBRERO DE PANAMÁ


Era breve, silencioso y astuto. Miraba de soslayo y con frecuencia murmuraba palabras irreproducibles. Nadie sabía de dónde había llegado. Deambulaba por las calles sedientas de la Villa. Su figura reproducía en la memoria de los ancianos, el recuerdo de un vecino que había ido a trabajar a otro país, lejos, tal vez tanto, que nunca se supo nada de él.

Siempre con un sombrero panamá que parecía haber pasado siglos en la cabeza de cien hombres. Una larga gabardina de color negro despintada, zapatones de piel, como esos que se ven en las películas del veinte. ¡Era un hombre vencido por el tiempo! Se depositaba como un arbusto frente a la fachada de la casa principal, mirando con ojos perdidos el horizonte inexistente. Ya la ciudad había invadido cada trozo de terreno, altos edificios de pisos rodeaban la casa antigua que lentamente el tiempo iba devorando.

Don Nazario, el sastre, un día se acercó y se sentó junto a él. ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas y a qué te dedicas? Y lo miró de frente, como miran los hombres de bien. Se produjo un silencio y giró la cabeza hacia la casa, se sacó el sombrero y le dijo:- Me llamo Oliverio soy el hijo de Plácido Valera. Mi padre murió en uno de sus interminables viajes alrededor del mundo. Y vine a saber. Vivo de algunas promesas de amor que le dejó a mi madre. Vea, esta es una...- Y sacó de su bolsillo un bello collar de perlas color gris con un precioso broche de oro.

El hombre se estremeció al ver la joya. ¿No serás un ladrón? Preguntó asustado. - Puede ser que lo sea o no, según como lo crea la gente común y simple. He robado un par de panes y unos ojos hermosos a una muchacha de uno de mis viajes. ¡También robé sus besos! Así era mi padre. Así me echaron a este mundo incomprensible y mustio.

Don Nazario, se levantó y lo enfrentó. No sabía bien si denunciarlo, creer o dejarlo ahí, como a un fantasma desdichado. ¿Qué quieres que haga por ti? Conozco a todos en este pueblo, ya no es una Villa pequeña como cuando vivía tu padre, hoy es una ciudad, pequeña pero de gente buena y complicada. Todos te tienen miedo, nadie se atrevía a acercarse.

-¿Cómo han dejado que la casa se destruyera así? - la pregunta sorprendió al sastre. Era hermosa, mi padre solía sentarse junto al fuego en la playa de mi tierra y nos platicaba sobre lo hermosa que era. Y contaba su historia, por lo que tuvo que huir.

-¡Nunca supimos porqué se fue tu padre y de esa casa no queda nadie! Todos están en el camposanto de la zona sur, junto a la carretera.- se volvió a sentar. - ¿Acaso tu padre la conocía? Nunca se lo vio entrar en ella. Allí vivía una niña. Tatiana era cuidada como una pieza de alabastro por los ogros familiares. Su padre, el dueño del molino, que fue el que se auto erigió gobernante del lugar, era un león afiebrado y rugiente; la madre, una estela de seda que bailaba al son de sus rugidos. Estaba el tío Flavio, un cachafaz que se aprovechaba del dinero del viejo, jugador empedernido y rompe familias; y la abuela que parecía un alma en pena que murió sin pena ni gloria, como todos.

- ¿Y la tal Tatiana? ¿Qué fue de su vida? - De ella hablaba mi padre, como de una estrella, un sol o una luna de plenilunio. ¡Era, según él, una belleza y buena como un durazno maduro!- dijo mirándole a los ojos sorprendidos de don Nazario.

- Ella, se quedó encerrada, fue quedándose sola y una mañana, la encontraron flotando en el río Talasio. Fría y azul como la noche. Está con todos ellos en el mismo lugar que te nombré. Puedes ir a ver la placa que le hizo el pueblo. ¡Pobre muchacha! De joven era linda y muy buena. Nunca se casó ni tuvo hijos. Por eso está la casa así, como sus vidas, innecesarias y tristes. Consumidas por el abandono y la tristeza. Nadie se ha atrevido a entrar, desde aquél día.

Oliverio, le dio la mano y se fue caminando por una calle desierta hacia el sur. Quería ver todo lo que este buen hombre le había dicho. Su paso era más firme que antes, se irguió y se acomodó el panamá con aire de seguridad. ¡Adiós, murmuró al retirarse!

El sastre apresuró el paso y se acercó a la comandancia. Relató la historia. Habló del muchacho que representaba más edad, tal vez, de la que realmente tenía. Un suspiro de tranquilidad los sorprendió, cuando el comandante, le dijo: - Le entregaré las llaves de la casa, él debe ser el único que puede entrar. Seguro que el padre, fue el intruso que visitaba en las madrugadas a la muchacha esa.

A lo lejos, se sintió la voz de una mujer. Era Mafalda, que venía corriendo por la vereda. - ¡He visto a un fantasma en el cementerio! ¡El hombre del sombrero es igual a mi padre! - la mujer inevitablemente sintió terror al ver a Oliverio.

- ¡Tranquila, es el hijo de Plácido Valera! - Es de carne y huesos. Y no puede ser tu padre... su padre, tu padre. ¿Me entiendes?

- No, sólo entiendo que en mi cómoda, tengo una foto del hombre que amó mi difunta madre, que huyó hace mucho tiempo. - Lloraba.

Los presentes que habían oído la historia del extraño de sombrero panamá, se miraron cómplices. Tatiana, la madre de Mafalda, el tal Plácido Valera eran todos amantes en silencio de ese pueblo hipócrita y maldito. Había que buscar en algún punto la verdadera historia de esa Villa hoy ciudad moderna.

UN MUCHACHO EXQUISITO

 

Entró por el pasillo con un caminar pausado, afirmando los pies a cada paso. Vestía un traje oscuro de esos que usan los jóvenes para las fiestas importantes. Nada inesperado en un espacio del hospital más importante de la ciudad. Camisa blanca impecable. Llevaba algo entre sus manos. No se veía desde donde yo esperaba mi turno para que el cardiólogo me hiciera un estudio.

La enfermera le sugirió que se ubicara en la fila. Él, se molestó. Usó un extraño movimiento de hombros y sacudió la larga cabellera que abrazaba sus espaldas. No habló, pero era muy notorio el disgusto. Parecía urgido a ser atendido. Pero al solicitarle el turno que debía presentar dijo con una voz soterrada que no tenía turno pero que necesitaba hablar con un médico. Un cardiólogo, claro.

Le pidieron que esperar y dio un golpe con el pie izquierdo sobre las baldosas que retumbó en el silencio de la tarde. La enfermera le señaló un cuadro donde una dulce dama señalaba sus labios con el clásico dedo pidiendo silencio. ¡Antigua pero imperativa! Él, se quedó allí parado, sosteniendo entre sus manos "algo", delicadamente envuelto en papel cristal de color rojo. Llamaron a dos pacientes antes de mí, yo decidí esperar con paciencia y le sugerí a la joven auxiliar que podía ceder mi lugar, mi turno. En realidad era una forma bastante cobarde de alargar el estudio. Y ella sonriente aceptó dada la ira que mostraba el muchacho. Salió un paciente y lo hizo pasar al consultorio, donde mi cardiólogo esperaba su ingreso expectante.

¡Lo hice yo solo! Tome, acá lo tiene. De sus manos salió el exquisito paquetito. Cuando el facultativo lo abrió, el grito se oyó hasta el salón central de nosocomio. Un palpitante corazón lleno de sangre yacía inerte en una cajita de cristal. ¡Ella, me dejó de amar, ya no lo necesita! Y cuando llegaron los guardias, tomó asiento tranquilo en el hall y estiró ambas manos para que le pusieran las esposas. Luego salió caminando con seguridad y me saludó agradecido por que yo le cedí el turno.

 

lunes, 19 de enero de 2026

LA COTIDIANA Y MONÓTONA VIVENCIA DE GENTE QUE NO TIENE TIEMPO PARA DETENERSE A SOÑAR


 

En el camino se avistaba un quitrín que brillaba con el sol que ya se iba tornando rojo en el horizonte. Los caballos negros también relucían por el sudor y el galope.

Elina se zarandeaba con los baches y saltos que debía soportar en el asiento. Un suave temor la envolvía. ¿Encontraría a la madrina Arcelia y al tío Bernardo?

Había salido de la hacienda durante los primeros rumores de la revolución, ellos la empujaron que viajara a la tierra de sus antepasados. Allá en la casa de piedra en la que vivieron sus abuelos paternos estaría a salvo. Partió muy joven, apenas con dieciséis años. Ahora ya había pasado los veinte y se sentía madura para atravesar todas las vicisitudes que le deparara el destino. A los lejos avistó la vieja casa con las altas chimeneas renegridas por los años. Los árboles estaban enormes y el camino desastroso, lleno de piedras y ramas caídas, que dejaran saltando el quitrín.

Cuando se vio muy cerca miró con amor la gruesa figura del tío, que miraba el reloj con los ojos tan cerca que comprendió que apenas veía. Atrás delgadísima su madrina y cinco perros reumáticos que afónicos ladraban como para hacer un coro de recepción. Los dejó cachorros y estaban viejos y desdentados. Los amó. A su historia no podía restarle esos recuerdos amorosos de la infancia.

Llegó, descendió del coche y apareció el anciano Alfonso arrastrando una pierna que tomó las riendas y recibió los bolsos con los pocos valores que traía. Elina, volvía a su tierra con muchas esperanzas. Su vida, allá lejos, había sido tranquila pero con su trabajo de institutriz; monótona y sin poder dedicarse a sus sueños.

De muchacha soñaba con ser actriz. ¡Imposible con la revolución!

Los abrazos y besos la dejaron mareada. Los perros le habían mordisqueado los tobillos con sus mandíbulas flojas y estaba impresionada; la habían reconocido.

Ingresaron a la gran recepción donde el hogar entibiaba las pedreras de paredes húmedas y añejas. Un olor penetrante y agrio a col hervido y a carne de conejo, llenó sus pulmones acostumbrados al salitre del mar, allá en su refugio.

Su madrina la miraba con arrobo y el tío sacaba sus viejos lentes y los limpiaba tratando de tener una visión más clara de su muchacha. Perezoso un gato blanco se acercó, la olfateó y se restregó en sus piernas cubiertas por medias de algodón indio.

Estaba cansada y hambrienta. La jovencita que traía una bandeja con comida y limonada, era una cara nueva en ese momento. ¡No la conozco, pero es igual a Clarita, la cocinera! Tomó de la mano de la niña la copa con líquido y bebió a fondo. Tomó un trozo de pastel con perfume a salvia y a tomillo. Era conejo desmenuzado y tierno. La chica la miraba asombrada. Era la nueva “señora” de la casa. Supo que se llamaba Carla y que era hija de Alfonso y Clara. Una doncella de cabello naranja que escapaba de la cofia con desorden, ojos de un celeste profundo como el agua del mar y arrebol en las mejillas llenas de pecas. ¡Hermosa!

Comenzaron los relatos vividos en la época de su ausencia, los soldados saqueando los gallineros y conejeras, matando los cerdos y ciervos del bosque para alimentarse.

Escondida estaba Carla en esa época, era pequeña pero en la gran casa no pudieron encontrarla. Se llevaron la platería y hasta los retratos de los antepasados. Quemaron muebles y libros, pero sobrevivimos, dijo el tío carraspeando.

Ahora hay que comenzar todo desde el principio. ¡Adiós a los sueños de Elina! Volvería todo a los antiguos ritos familiares, a restaurar cada rincón y cada cosa perdida. A la monótona vida de los ancianos que la salvaron de una guerra.