Del vientre de greda los anuros, con su piel escamosa, ojos saltones y patas saltarinas, profetizan lluvias eternas, que desdibujan el paisaje como el tiempo. Las nubes, yunques que abrigan hielo y rayos, le dan coraje a la tierra con su fuego metálico. Agua. El crisol de rayos y retumbones, diseminan los pájaros que se cobijan en las ramas de palmeras y árboles añejos.
Benjamín, ahuyenta sus sentidos y su lengua late sin apuro bajo la música de los ruidos naturales. Bajo una cortina frondosa de agua, sus labios aspiran el tabaco barato de su pitillo. Mira con asombro y una pizca de alegría la tormenta. "Venimos de una sequía que destruyó la vida del pago". La tierra que estaba reseca se desliza dentro del muro de quincha y adobe. "Muro extenuado, que supo ser sólido con el calor ardiente del sol y los vientos arrachados del sur, en otras épocas", piensa.
El hombre, no escucha sonidos de campanas que a la distancia redoblan. En el lecho, catre maltrecho y cubierto por una tosca manta que heredó de su madre, busca en lo más profundo de su mente cómo sería el mar. Si el campo parece una enorme laguna cuyas aguas con el fuerte viento, alardea de bailarina húmeda y borrosa. Se adormece. Tiene un sueño engañador, donde ve apenas ondulado a seres seráficos que lindan con los cuerpos de niños. Una estampa antigua que su abuela atesoraba en un arcón misterioso para los ojos de Benjamín niño. Ella, le hablaba de niños nonatos, que eran ángeles en el inmenso mundo de los difuntos. Recorría historias de las guerras, que la hicieron llegar a estas tierras que prometían maravillas.
Guerra. Palabra que en sueño se dispara y crece en la noche planetaria y lluviosa. Despierta sudado y afiebrado, toma un trago de caña del gollete de una botella que tiene a los pies de la cama. Su intriga crece en la noche de tormenta planetaria, colosal. Distingue el sonido de campanas, será el loco que ayuda en la antigua iglesia abandonada cuando mataron a un cura y que el nuevo, joven robusto y testarudo, quiere atrapar a los pocos habitantes que sobreviven en ese lugar de ascuas y diluvios. Cree que una mano gigante atrapa gemidos entre el metal del badajo y la campana. Devora risas y llantos, amores despiadados y preciosos... ¿Será que ha muerto alguien con esta lluvia guerrera y nauseabunda?
Se levanta y abre la puerta que cuesta empujar. El agua llega hasta la mitad y entra a borbotones. Hace siglos de sequías y ahora la marejada atraviesa el rancho llevándose el catre y la lámpara que dejaba un rayo amarillento en el hueco donde la había colocado. Piedras, ramas, animales que rolan como remolinos gigantes se va llevando todo. Recuerda cuando su abuela lo llevó en carnaval a ver la comparsa.
Esta visión le hace girar y girar como una comparsa electrónica que vio de niño. Siente que empuja el agua y se desprende de la tierra. El agua se lo va llevando a una oquedad indefinida. Se prende a un tronco de la cumbrera y la yarará asustada le hinca el diente. Ve venir más lluvia y más tormenta. Ahora se llama muerte. Una última campanada, lo despide de su tierra y se aleja, con el agua y los destrozos hacia el río, ese que estaba seco, que mató al ganado y se llevó a la gente. Benjamín, se desprende del árbol muerto y sigue, en una carrera feroz hacia la nada.
Su abuela, ella le habló de un diluvio que ocurrió al principio de los tiempos. ¿Dónde estarían ahora esas ciudades? ¿Dónde estaría ahora el "arca" que le contaba su abuela? Siente que ya no tiene un cuerpo, que aligeró su carga el agua maldita que lo arrastra. Ve pasar muchedumbre de rostros despavoridos y encadenados a los pilares de cemento de la fábrica de aserradero. Pasan mujeres agitando los brazos en señales desesperados en ese desierto de agua. Una vieja tiene como turbante una serpiente enroscada a los ralos cabellos. Pasan dos "guasunchos" que agitan sus ojos afilados de miedo. Se incrustan en su carne objetos que lo hieren. Ya está haciendo efecto el veneno. Tiene la carne dolorida, abierta una herida ya sin sangre.
Tuvo que ser tan fuerte la tormenta que parece una tromba de láminas de hierro, de hematites con formas extrañas y redondas. Son lágrimas de miedo. Tanto esperar las lluvias, tanto rogar al cielo una buena borrasca... y Benjamín ya no ve, está ciego. Trata de balbucear una oración, no puede. La maldita yarará, le quita hasta eso, un ruego.
En la capital se arrogan los medios, tener el mejor relato de cómo desapareció un pueblo. Y nadie, nadie sabe dónde han quedado los cuerpos. Mezclados con el barro y los animales muertos, Benjamín duerme su sueño.