"Reír es la música
del alma"
Apenas puedo
imaginarme lo que era atravesar ese largo espacio en un país tan lejano al que
los vio nacer. Eran dos hermosos gemelos. Ni quisiera pensar lo difícil que
sería aprender el idioma de esa gente tan distinta a los que habían llegado con
ellos. Su tierra de nieves eternas, vientos gélidos y bravos animales salvajes
les sucedieron un sin fin de transformaciones. Ese lugar tenía temperaturas
desérticas, vientos calientes y nada de humedad.
Maximiliano y
Godofredo eran idénticos. Altos, muy altos, llegaban a los dos metros y eran de
una piel glauca. Ojos de color celeste; y faltos de alimentos por bastante
tiempo, les bailoteaban los pantalones de loneta rústica y sus gabardinas. Unos
gorros de piel de oso color negro cubrían sus orejas y usaban unas botas de
cuero engrasadas a mano con unto de animales, el olor era duro y desagradable
en ese calor insoportable.
Les habían
entregado un trozo importante de esa agreste tierra primitiva, unas herramientas
que bajaron en un cajón del vagón del tren que los transportó tantos kilómetros
de la costa. Ahí, no había mar. Un hilo barroso de agua viboreaba por la tierra
amarillenta... ¡Ese es el río! Y algunos arbustos espinudos colaboraban para
ser el hogar de serpientes y roedores que escondidos salían en la noche de
cacería.
Se despojaron
de la ropa y a cuerpo desnudo comenzaron a buscar leña. Ariscas alimañas
escapaban de los pocos árboles retorcidos y secos. El polvo bravío se pegaba al
sudoroso cuerpo de los muchachos. Un sucio pañuelo les cubría los rostros. Las
manos comenzaron a llenarse de ampollas y a sangrar. Rompieron camisolas y se
atravesaron las palmas con fuerza. Lograron levantar un habitáculo pequeño que
los pudieran cobijar. La noche, con sus ruidos destemplados les llenaba el
sueño de temores. Eran los animales salvajes que habitaban la región. Alrededor
encendieron un fuego para distraer la angustia. ¡No se atreverán! El frío de la
noche los encogía sobre sus mismos cuerpos.
Alguien les
había advertido: - ¡Acá de día hace mucho calor y en la noche hiela! Al
amanecer se veía la escarcha en los arbustos. Y cesaban los ruidos. ¡Eran monos
y jabalíes salvajes! Merodeaban pero no tan cerca como para dejarse ver.
Una tarde,
cuando ya el sol se aplastaba debajo de la tierra lejana, apareció un hombre de
a caballo. Su figura era la de un fantasma gris oscuro, sombrero aludo y poncho
de lanilla negra. Lo seguía un perro que por el porte se notaba viejo y
cansado, pero alerta.
- ¡Buenas, soy
Casimiro Reales, su vecino más cercano! Vivo a varios trotes de acá, sino una
legua y media. Vengo a conocerlos y a ofrecerles una mano. - y se apeó con una
mirada profunda y oscura, hociqueando el lugar como husmeando lo que veía.
- Somos
Maximiliano y Godofredo Polansky, de Zelininlsky. - y llegamos hace muchos
días. Nos cuesta hablar su idioma. - se miraron con preocupación.
-¿Son hermanos
iguales, como espejos de agua? Y raros. Nadies les dará pal corte de la tala o
el arreo de animales. - y salió un escupetazo de su boca ennegrecida por masticar tabaco. -¿Tienen mujer?- no se anden
por el boliche en busca de hembras porque están todas podridas.
Maximiliano le alcanzó un vaso con vodka. -
Este es el licor de nuestra tierra. ¡Beba de un trago, amigo!- y se miraron con
astucia.
- ¡La pucha
que es juerte este trago! - y escupió de nuevo. - Bueno ya les aviso, en cuanto
vean una sombra sobre aquellos palmares, es que viene tormenta. Y de las
buenas, arrancan todo hasta las ráices.- Sin mediar palabras, se fue alejando
al trote en su manchado y el perro salió tras el hombre con un paso
extraño. Se volvió el jinete y gritó... ¡Tiene ruman en la patas de viejo, no
má!- y se vino la noche.
Pasado un
tiempo comenzó a hacer más calor y comenzaron unas fieras tormentas. Se acababa
la harina, el té y el azúcar que habían traído en sacos grandes de arpillera. Y
decidieron ir al boliche. Caminaron tres horas con el sol que agobiaba sobre
sus pieles blancas. Sudor y tierra, insectos que se metían en las fosas nasales,
en los ojos, en la comisura de la boca... ¡Un verdadero martirio! Avistaron un
rancho, luego otro y así se dieron de frente con un corralón que era el único
negocio de venta. Un pintoresco cartel, anunciaba: ¡Acá está La Flor de lo que Buscas!
Ingresaron y veinte o treinta pares de ojos se posaron en los hermanos.
-¿Qué buscan
los "rusos"?- y se restregaba las manos el obeso vendedor. Olía a ajo
y menta. Un rudo delantal cubría el abdomen inmenso del hombre que los miraba
debajo de unas bolsas morenas en sus pequeños ojillos negros.
Maximiliano, habló en su difícil castellano.
Su hermano aun no se atrevía. Era muy duro de lengua. Pero antes viraron sus
ojos celestes por todo el lugar para identificar sus necesidades. - Necesitamos
todo esto y le entregó un papel. - el viejo Kaled, lo tomó y alejó de su vista,
se acercó a la lámpara que iluminaba el lugar y leyó...
- Una bolsa de
harina de trigo, una de azúcar morena y té. Vodka, tres litros. - se rió a
carcajadas.- ¿Qué es el vodka? Acá no lo conocemos. - desde atrás se oyó una
voz que ya habían escuchado los hermanos. Se volvieron y encontraron la figura
de Casimiro, que reía también. -Es un kerosene que beben estos rubiecitos. -
tráigalo la próxima y verá, don Kaled, es puro fuego.
- ¿Y cómo van
a pagar y en qué lo llevan? - los muchachos se miraron. No tenían caballo ni
carro. Un curioso que quería hacer migas ofreció... -¡Yo los llevo en la
volanta!- seguro han matado alguna yarará y descueraron, me pagan con el cuero.
Los muchachos
se miraron sorprendidos. ¡Sí, matamos varias y enterramos los bichos! En
nuestra tierra no hay esas semejantes víboras. Y bueno, le dejamos dinero. Y
cargando los costales salieron al trote por el camino en la volanta. Poco
hablaron con el hombre, pero les pareció que era bueno.
En un recodo
del río, se detuvo y les pidió los billetes. -¡Hasta acá los llevo!- más allá
no dentro, está malo el tiempo y floja la tierra. Les queda poco trecho. Y los
bajó así como así. Con los bolsones pesados sobre los hombros siguieron hasta
la habitación de barro y piedras.
Comenzó a
llover y el viento entraba por todos los agujeros. Pasaron una noche infernal. Algo
les ingresó en el espíritu. Una duda infernal sobre el futuro. ¿Por qué tenían
que salir de un lugar tan miserable y entrar a uno infernal? Fue creciendo en
ellos una serpiente venenosa de odio, deseos de venganza, de ira irrefrenable.
Su tierra los había expulsado por árida y yerma y los había depositado en otro
tan desventurado como ese. Se acoplaron en una visión del mundo nefasta.
Pasado unos
meses, en la zona, comenzaron a aparecer incendios descontrolados donde
perecían animales y gente. Luego ya eran cadáveres desmembrados por lugares
donde solo las aves de rapiña sobrevolaban en busca de alimento denunciando
muertes.
Finalmente,
una noche, de entre la niebla, Casimiro Reales, se despenó de la cabalgadura,
espiando las sombras y los vio. ¡Eran ellos! Los alcanzó a mirar y con su
trabuco viejo desgarró el corazón de los hermanos. La sangre de los
"gringos" bañó el yuyal entre los gritos desgarradores del viejo que
ya había matado antes, pero de frente y sin ira. ¡No pueden venir a destruir la
vida de un hombre como a perros con sarna!