domingo, 11 de enero de 2026

EL HOTEL

 

 

            Joaquín llegó al medio día, ayer, con el pedido. Yo asombrada le acepté. Pero reconozco que es mucho trabajo. Cada pieza con su forma diferente, por deseo de los hombres del refugio recién construido. ¡Es bonito!

           Es un complejo hotelero con cabañas de troncos. Sus ventanas de vidrio doble  la hacen cálida. Una enorme chimenea. Tiene el comedor, donde en la noche podrán jugar cartas, pool, fumar habanos y jugar ruleta.

             Me  dijo Joaquín que han contratado unos músicos, un malabarista y mago, de la capital.  Será un lugar hermoso. ¡Los muebles de madera de pino con ese perfume a bosque! Las colchas de colores robados a las flores del campo. Cada habitación un nido tibio con dos lámparas de Vitró, que le dan un conjuro hechizante a la luz que filtran. ¿Cómo no amarse en ese clima? Invita al romance, al diálogo tierno y amoroso.

              Bueno para eso en cada una de estas piezas pinto un corazón con flores. Pájaros y pinos.

            Cuando termine el trabajo, que es mucho y delicado, me han invitado a la inauguración. Harán un baile con gente de las ciudades vecinas y vendrán actores y actrices. Hasta creo que vendrá alguien de la televisión a filmar.

            Mi vajilla, es decir las bellas porcelanas que estoy pintando brillarán por su perfección y la ingeniosa creatividad. Joaquín ha visto la cristalería y dice que es maravillosa como la cubertería con monograma. Cuando vayamos a cenar me sentiré muy halagada.

            Será un placer comer el ciervo ahumado con aceitunas calabresas y pepinos agrios. Ni hablar de la ensalada de rúcula, alcaparras, ananá y jamón cocido. El té de manzana, perfumado y caliente, con tarta de canela y dulce de grosellas. Los postres son delicias inventadas por un chef especializado en Francia.

            Ciertamente tengo que apresurarme, pronto me llamarán nuevamente para decirme: ¿Ya están listas las cosas? Y yo tengo todo a la mitad.

              ¡Como me duele la espalda! Ya está saliendo el sol, se me han quedado los dedos duros de armar en porcelana los dibujos que me solicitaron en el Hotel. Pero han quedado bellísimos.

             ¡La cara que pondrán los dueños del hotel y los comensales!

 

 

 

 

 

HISTORIA DE UNA MUJER


 

¡La mesa está servida! Me enteré esta mañana de algo importante. Sí, si, te escucho. Me pueden interrumpir, por supuesto. ¡Ah, es que vino Martín esta noche! No sabía que había vuelto. ¿Cómo le fue en el viaje, ganó el torneo? Me imagino lo felices que estarán sus padres. Y vos, claro. No, servite tranquilo viejo, hay más. Hoy hice un puchero grande y guardé una parte en el congelador para después. También cociné estofado para varios días y amasé fideos y lasaña de carne y verdura. ¿Te gusta el pastel de papas? Ya dejé para por lo menos un mes y medio en el freezer. No, no lloro. Y bueno, si estoy llorando un poco… por todo lo que ustedes han logrado en estos años, y vos viejo, tu ascenso en la fábrica y Jorgelina en la facultad que le falta tan sólo la tesina.

Lloro por todo lo que Leopoldo ha ganado en estos años en la empresa y que yo no he podido ni siquiera ir a conocer Mar del Plata, ni pude ir a ver el ballet o salir a bailar a un “boliche” y porque nunca terminé besando a un hombre como Delon o Bratt Pitt o La Port, lloro por las joyas que miré mil veces en las vidrieras y no pude comprar, o en los viajes que soñé hacer a oriente o a Europa. Lloro, sí, ¿y qué? ¿Acaso no tengo derecho a llorar por el futuro? Ya lloré mucho en el pasado. ¡Por favor no atiendas el timbre que suena! Debe ser el tintorero que trae el vestido azul que mandé a limpiar, ese que te gustaba tanto cuando nos pusimos de novios. Pronto, seguro lo voy a usar.

¡Gracias por darme tu pañuelo! ¡OH, está roto, traeme el costurero Jorgelina, así lo remiendo! ¿Este es el pañuelo de tu papá? Está gastado. Sí, yo también más que gastada estoy rota. Hoy me llamaron del laboratorio y me dijo la secretaria que… me estoy muriendo, la biopsia dice: “Cáncer terminal” en el útero,  con metástasis en hígado. Por eso he hecho las cosas para ustedes. Viejo, por favor, pasame la sal. ¡Gracias!

EL PESCADOR DEL GUAYQUIRARÓ

  

El agua subía distrayendo la costa para derrumbar camalotes isleños. El Charú, continuó empujando la jangada hacia la orilla de Caá Curá. La ranchada se adormecía en la superficie de las aguas que aleteaban como pájaros alertas. De vez en cuando se oía el grito agudo de un macaco aullador. Las mojadas cachas, que apiladas dormían en la mitad del madero parecían el cadáver de un chancho de la selva.

El chajá voló en silencio. Se asentó en el esqueleto de un timbó. Rápido, se pobló de aves blancas y negras. Parecía un árbol florecido a destiempo.

El Chorú se recordó del árbol del playón del almacén del “Gringo” en el poblado de Rodeo, era por las navidades y una “doñita” se porfiaba en adornar con chucherías de colores que brillaban con la luz.

Pasó cerca una lancha de prefectura y se elevó el agua en una lluvia fría que humedeció su miedo.

No hay que confiar en esos tipos, ellos te sacan los cueros de carpincho y encima tenés que aceptar un rebencazo en las costillas.

Un odio antiguo le afloró a los ojos y saltó de su alma de pescador pobre. Pensó en la Lena, China fuerte que le había dado siete hijos.  La trajo de Paisandú. A tiempo la mandó río abajo a los Rosales con los críos y algunas cachas. Él, tosía mucho y el Cotito, tenía fiebre antes de que se fueran. Ella también. En los Rosales había una “dotora” hábil con los yuyos y los ungüentos, seguro le sacaría el mal de ojos y cualquier maldad del cuerpo. La Virgen de Iratí, san “La Muerte” y el “Gauchito Gil” le sacaría los demonios.

¡Cuando niño necesitó a la “médica” de Caá Guazú! Le dio algunos yuyos y le curó la gusanera de las tripas. Le enseñó a Mama Vieja a cocer todo lo que les llenaba el buche, asar bien las carnes y el agua tenía que cocinarla siempre por un rato. ¡Eso es lo que te enferma a los críos, dijo” Si comen chancho del monte o carpincho… bien cocido, mucho fuego!

El sol ya había desaparecido y un manto azuloso dejaba los árboles de los montes como los esqueletos de gigantes muertos. Las ranas y sapos rompían el tibio ronroneo del agua con sus llamados de amor.

El Chorú se quedó dormido. La jangada siguió río abajo y encalló en un arenal tan lejos, que al despertar, no supo donde estaba. Se tiró al agua y nadó a la orilla, buscó algún humano y solo, se sentó a llorar bajó un árbol que no conocía. La soledad le trajo un dolor agudo al pecho, el Chorú, quedó allí, hasta que un paisano lo encontró medio muerto. Lo llevó al poblado y la policía lo llevó hasta los Rosales.

¡Nunca se podrá olvidar ese tiempo!

 Vocabulario:

Guaiquiraró; río de Argentina en la mesopotamia.

Jangada: especie de barca que se construye con troncos atados con cuerdas.

Cachas: bulto con ropa y utensilios del hogar.

Chajá: ave tíca de la zona.

Paisand{u: ciudad de la Mesopotamia.

Dotora o médica: se le dice a mujeres indígenas que tienen conocimientos ansestrales de curación con hierbas.

San la Muerte y Gauchito Gil: personajes que detectan ciertos cultos populares en regiones del país. No son aceptados por la religión cristiana.

Carpincho: capibara o chancho del monte.

EL HOMBRE DE MARRÓN


 

Creo que corría el año cincuenta y seis o cincuenta y siete, yo era una niña de alrededor siete u ocho años. En casa se respiraban unos aromas extraños, con silencios sospechosos y miradas sutiles. Mis hermanos y yo, parecíamos extraterrestres. Nadie nos decía qué sucedía.

Mis padres escuchaban encerrados una radio y luego se sentaban y rezaban juntos. ¡Algo estaba pasando, pero los pequeños no participábamos de los hechos!

Mi casa era un tanto grande, con varios dormitorios y el comedor separado del estar. Nuestra zona escolar tenía un espacio para cada uno según el estudio que transitara y así, ninguno se tenía que tropezar con el hermano. Así mamá y papá controlaban nuestras tareas y para que no discutiéramos por algún elemento escolar que se perdía. Pero en esos días el clima familiar era muy misterioso.

Se dio licencia a la secretaria de papá y a la ayuda de mamá en los quehaceres domésticos. ¡No era la época en que había vacaciones! Igual, nos arreglamos bastante bien porque todos en casa colaborábamos cunado no había personal de ayuda. Yo, por ser mujer debía ayudar el doble que mis hermanos. ¡Gracias a Dios hoy no es así y los varones tienen que compartir las tareas por igual, ya que la mujer trabaja fuera de la casa de la misma manera que los hombres! A veces tenemos más exigencias que ellos.

Una tarde, papá la llamó a mamá y le pidió que nos arreglara que venía una persona a cenar y probablemente (después nos enteramos) se quedaría unos días a vivir entre nosotros.

Nos hicieron bañar y lavar el cabello. Mis hermanos perezosos trataban de evitar esa rutina diaria y dejaban a veces un par de días sin la necesaria higiene impuesta por mis padres. Me pusieron un vestido que usaba los domingos para ir a misa y luego a la casa de mis abuelos a almorzar. Cosa que me extrañó. Igualmente mis hermanos usaron ropas domingueras. Mamá había cocinado unos pollos al horno con guarnición de verduras y una entrada de tomates rellenos, sopa de zapallo y de postre un flan de dulce de leche. ¿En día de semana? Era bien extraño y mis hermanos estaban felices… de cualquier manera, algo misterioso sucedía.

A la hora de la cena, papá salió del escritorio acompañado. Lo invitó a ingresar al comedor principal. Y allí parado conocí a un hombre pequeño de tamaño vestido con un traje marrón, un poncho de vicuña color canela y zapatos lustrados de cuero negro. Usaba un sombrero de fieltro marrón tipo chambergo, que se sacó y sostuvo en las manos nerviosamente hasta que todos nosotros lo saludamos. Su piel cetrina y una incipiente calvicie, me hizo recordar una foto que había visto hacía unas semanas en el periódico, que religiosamente leía mi papá y que nosotros hacíamos fila para recortar los temas útiles para la escuela.

¡Yo lo había visto antes! Y sí, era un sufrido político enemistado con el gobierno de turno al que luego supe, habían torturado un grupo de “malvados” en un galpón olvidado de la capital de mi país. De grande supe que parte de la tortura había sido tan cruel, que cercenaros sus testículos entre otras salvajadas que le propinaron. Papá que era muy cristiano lo había protegido a pesar de que podían descubrirlo y tomarse una violenta venganza con él, pero papá y mamá, con caridad lo escondieron unos días hasta que pudiera salir a Chile por el paso cordillerano. Por razones obvias no voy a decir su nombre.

Era muy callado, su garganta estaba muy lastimada y vi sus manos arrugadas y con serias cicatrices. Luego mamá nos dijo que se las habían quemado. Habló de algo llamado “picana eléctrica” que dolorosamente después supe que era muy usada por mafiosos y hampones. Y a veces por policías inescrupulosos. ¡Dios los perdone!

Cuando cierro los ojos me parece ver a ese hombrecito de triste mirada, pelo ralo y manos tortuosas, mirando con cierto desafío a las sombras. ¡Cuánto habrá sufrido! Hoy ya mayor, pienso que la presencia en mi casa fue un ejemplo de mi familia por defender la justicia. El amor a los desposeídos y perseguidos injustamente.

Suelo soñar con su figura, allí parado junto a un bello cuadro laqueado que había hecho en su tierna juventud mi madre. Sombrero que seguramente usaba de escusa para no mostrar el temblor del miedo, del horror y la tristeza.

CONTRABANDO DE ESCLAVOS

 

Los habían arrastrado de la zona donde ellos habitualmente cazaban o iban a pescar. Tenían sólo cerbatanas y arco y flecha. Los hombres unos palos que echaban fuego como leños hirvientes. Los ataron unos con otros y los llevaron a la orilla del mar para subirlos, a los azotes, a un enorme barco de madera y humo. Su mundo derrumbado. No hablaban las mismas lenguas y peor era no entender lo que decían los blancos de pelo rojo como el monstruo del que les había hablado el anciano de la tribu en la infancia.

Y el barco se deslizaba entre un mar negro, invadiendo entre una paz fría y quieta de los seres de su profundidad animal y ellos, ellos contemplando asombrados al gigante que trataba de hendir su dichosa paz. Así era la nueva barca y un tumulto de olas que arremetían contra el barco con furia y codicia los sacudía.

Los hombres se apretaban en las hamacas en la profundidad donde se escondía lo poco que quedaba de agua y comida. Nadie tenía fuerza para atropellar a los que con un látigo estallaban en sus espaldas dejando marcas rojas, ira y fuego. Las miradas como carbones crepitaban odio, pero los hierros a los que estaban amarrados les impedían alzarse. Los negreros comían y fumaban sus pipas de cerámica sin mirarlos siquiera. ¿Adónde llegarían y cuántos? Si se iban muriendo lentamente de hambre y frío, de sed y miedo.

Ômorobo sentía asco por estar mezclado con otro infeliz que lo miraba suplicando piedad. Él, era un rey en su comarca. Tenía esposas que lo cuidaban y muchos hijos. Los animales que poseía eran compartidos por su gente. Allí, en cambio, se arrebataban los mendrugos de una comida hecha con fécula de mandioca y agua y el agua olía a orines. Él, tenía los labios rotos por la sed, pero no bebía ese líquido ambarino. El que lo hacía comenzaba a vomitar y se deshacía por los cólicos internos. Al poco tiempo moría envuelto en excrementos. Los hombres de pies de cuero, los tiraban con fuerza al agua y desaparecían. Los sacaba, una vez cada tanto y podía respirar, robaba un poco de agua limpia de una bolsa de cuero que usaba el más viejo de los blancos. Por la ubicación de las estrellas se daba cuenta que iban hacia el oeste y el sur. Estaba flaco y débil. Pero el orgullo lo mantenía alerta. Quedaban pocos, menos de la mitad que iniciaron la travesía. Algunas noches de tormenta los soltaban de los aros de metal que los ataba a los postes.

Una semana más y negros nubarrones y un viento helado, comenzó a zarandear el barco de tal manera que no hubo manera de sostenerse. Bajaron y los soltaron. Pero el maderamen chirriaba con el brusco movimiento de las olas enormes que los sacudía. Un estruendo enorme destempló la noche y la quilla se partió en mil pedazos. Volaban fardos, hombres y maderos. Ômorobo se abrazó a un madero que le permitió flotar. Hábil nadador, logró soportar la tormenta y se quedó dormido, pensando que moriría en ese mar maldito. Despertó con un ruido de tambores y se vio rodeado por gente de raro aspecto. No eran los blancos malditos ni eran los hombres negros de su tierra. Eran diferentes, pero amables, lo ayudaron con agua y en hojas de palmera le dieron un trozo de carne que devoró. Luego, su estómago lo devolvió sin vergüenza.

Pasaron unos días. No entendía el idioma de esa gente. ¿Adónde estaba? Un hombre vestido con una ropa blanca, de larga barba trató de hablarle en varios idiomas que no entendía hasta que vio que una palabra se la había escuchado a su anciano abuelo. “No eres esclavo aquí”. Esa palabra… esclavo, le retumbó en la cabeza. Vio que la gente vivía como en su tierra, en grandes cabañas de palma y barro, con su hoguera al centro. Había niños que corrían y jugaban con el hombre de barba. Cuando pudo caminar bien, se acercó a la casa del hombre. Lo vio rodeado de otros que compartían una calabaza con una bebida que sorbían con una caña fina. Un perro se acercó y le lamió una herida, lo apartaron y se reían.

¡Esta gente es pacífica, pensó! Podré vivir con ellos hasta que regrese a mi tierra. Ômorobo, no sabía que había llegado a América, a un país cerca del río más largo de la tierra americana y que nunca más podría regresar al África.

 

ENTREVISTA

 


                                                                                              “Es mejor poner el corazón a las palabras, que                                                                                                                       poner las palabras sin poner el corazón”

 

            ¡Aunque usted no me crea, yo lo vi con mis propios ojos! Estaba en el café de “La Puerta Del Sol” en Madrid y pasó cerca de mí. Vestía un impermeable azul gastado, un chambergo de fieltro negro con una cinta roja y zapatos de cuero, sucios y feos. ¡No parecía el hombre que yo conocí en Buenos Aires!

            Cuando salió del sur, parecía que se llevaba el mundo debajo del abrigo. Era un “Fifí” de esos que en la calle Alvear se paseaban como galanes de cine de los cincuenta. Alto, si, más o menos un metro ochenta y tantos, el cabello engominado que brillaba con el sol y la humedad a él, no se le notaba. ¡Era un perfecto ganador! Pero no.

            Mientras se mezclaba con algunos fulanos de la Suprema Corte o con diputados y senadores, era un “capo”. Hasta que cambió el gobierno y salió huyendo como rata. ¡Pobre!  

            Yo supe por amigos comunes que primero intentó ir a México, pero no le fue bien. Sus charlas y conferencias no estaban acorde con los intereses de aquel maravilloso pueblo, luego fue a Francia… menos y como no domina el idioma fue peor.

            Recuerdo cuando en el “Cervantes” se anunciaban sus charlas literarias. Eran un gentío que se agolpaba en las puertas para conseguir el mejor lugar para verlo, admirarlo y escuchar su nueva idea de lo que proponía en sus novelas. Vendía miles de libros. No se si era tan buen escritor pero su presencia hacía el resto. Ahora es un tipo común.

            Pensar que ni siquiera me dirigía la palabra cuando iba con el micrófono y ahora, cuando pasó se dio vuelta y se acercó con cara de afligido y me preguntó si yo, era yo. Es decir el mismo periodista que antes no era recibido. Le contesté que sí, que era yo y que lo estaba buscando para hacerle una entrevista. Se le cambió la cara, resplandeció como allá en la gran ciudad. No era cierto, pero cuando uno pone el corazón puede ayudar a dar ánimo.

            Le hice un reportaje que fue muy exitoso y ahora ya lo vieras, es otro. Me alegro porque cuando uno está en la mala, que te tiren un salvavidas es muy valioso. Ahora me despido y te digo, si te lo llegás a encontrar, como al pasar decile:- Ché, Osvaldo, el “Gordo Fernández” de la tele te anda buscando para hacerte una entrevista.- ¡Total, si vuelve no nos va a dar ni cinco de pelota!

lunes, 5 de enero de 2026

ESA MUJER ALEMANA


 

            Alta, de cuerpo espigado y muy alerta. Era una verdadera atleta. Su voz, se percibía desde la casa vecina. Nadie entendía lo que hablaba. Era sola, callada y desconfiada. Compró la casa casi en ruinas y con esfuerzo la fue restaurando como a ella le gustaba. ¡Tan limpia y aseada que sus paredes y pisos, era un ejemplo de orden!

En el barrio apenas hablaba con la gente. La veían salir al alba, con frío o canícula húmeda, tomar el subterráneo rumbo al trabajo, siempre de madrugada. La veían regresar tarde en la oscuridad de las calles desoladas. A veces preguntaba algo en un absurdo castellano anticuado a un comerciante. Un día le preguntaron adónde había aprendido español y por primera vez la vieron sonreír. ¡En el cine! Esas películas que llegaban a mi país eran de antes de la guerra. La solíamos ver cientos de veces. Se quedó callada cuando alguien le preguntó en dónde había nacido. La mirada se transformó en un par de ojos de acero azul. Agradeció y salió presurosa con esos botines de cuero que tendrían cientos de años de uso. ¡Pero estaban impecables, lustrados con grasa de cerdo! Su bolso pingüe de objetos innecesarios.

Nunca comentó que la habían ayudado sus primeros patrones. Que se quedaba en las noches con los periódicos que encontraba en el negocio o en la calle tirados, lo juntaba y escribía palabra por palabra para entender qué decían. No dijo tampoco que buscaba noticias de su tierra natal, de cómo se había desarrollado la guerra o había mitigado la pobreza. Buscaba información sobre posibles temas judiciales que aplicaban en juicios a los ex jerarcas nazis. Buscaba su historia. Ella, la atleta no dormía, siempre asustada, siempre mirando por el hombro para saber si la seguían. Nada.

El vecino era un hombre sombrío, pero amable. Una tarde al regresar de su trabajo le golpeó la puerta. ¿Usted se llama Érika Müller? Esta carta le ha llegado a mi domicilio y le entregó un sobre con unos sellos oscuros y papel ajado. Ella estiró su mano que visiblemente temblaba. ¡Gracias! Fue un murmullo. Él, dio media vuelta y se alejó. En ese pequeño edificio no se hablaba con los habitantes, nadie se inmiscuía en la vida ajena; era una ciudad de gente solitaria que en su mayoría venía del interior a buscar trabajo y si lo encontraba intentaba no tener problemas. Trabajo, solo trabajo.

Miró el sobre, venía de Berlín. No veía la letra de molde que en tinta negra se había mezclado con los sellos de correo. Lo guardó en el bolsillo de su abrigo e ingresó apresuradamente al interior de la casa, dio las gracias nuevamente. Abrió la celosía para que ingresara un buen rayo de luz que iluminaba la avenida. ¡No podía darse el lujo de gastar en electricidad! Se dejó caer en una butaca y husmeó bien, antes de despegar el sobre. Este había sido leído y censurado antes; y lo habían vuelto a pegar. ¿Sería el vecino en el correo o allá, lejos en su país?

Observó los sellos como una experta. La lupa reflejaba bien las pequeñas deformaciones de la máquina de escribir o el sello del sobre. Lentamente se puso las gafas. Eran de carey, antiguas. Vidrios gruesos y pesados. La olfateó. Tenía un dejo a humedad. Cerró los ojos y aspiró. El sello era hermoso, un cuadro del pintor alemán del Max Pechstein, un maravilloso artista plástico. Nos se atrevía a abrirlo. Pero se vio obligada a hacerlo. Rasgó por el costado con un cuchillo el papel. Y allí estaba en letras claras la sentencia.

Cerró los ojos. No quería respirar, tal vez detrás suyo, alguien podría escudriñar su historia... esa que tanto había escondido durante tantos años. La carta hablaba del año mil novecientos cuarenta y tres. Y su nombre verdadero aparecía escrito en tinta roja, una puñalada como aquella que le dio al hombre que siendo ella una atleta muy joven, la había volteado y violado sin piedad. Él, había caído sobre el escritorio donde la había tomado y arrancándole las bragas, la penetró con furia.

Su mano tomó el adorno que estaba sobre la base de mármol, era un extraño puñal de origen oriental y sin decir ni una palabra se lo incrustó en la espalda. Cayó él tratando de sacarse el arma. ¡No pudo! De su cuerpo fluía sangre que se desparramó en el uniforme de oficial. Un sonido gutural le fue dando el impulso para huir de la oficina. Escapó corriendo. Los soldados en el corredor la saludaban sin explicarse el porqué de esa carrera... ¡Claro es la joven atleta que logró la medalla de oro!

Subió, con lo que tenía puesto, aun rota la falda y la camisa, a un tren. No sabía bien qué podía hacer. Buscaría llegar a Austria. Sin dinero y sin ropa, se escondió en un burdel cuando llegó a la ciudad de Viena, aún en manos de los nazis, pero sin saber que pronto se podría escapar. Allí, había muchachas que le ayudaron. Una madrugada, la sacaron en el auto de un cliente que había bebido mucho, le rogaron que la dejara en el en el ferrocarril que seguía rumbo al sur. Allí, quedó, con unos pocos Reichspfennin y una sortija de oro y rubíes que una de las muchachas le dejó en las manos. Con eso escapó. La subieron en Italia, a un trasatlántico y escondida viajó rumbo a lo desconocido. Su llegada a un país extraño y con lengua desconocida para ella era un desafío. Buscó ayuda en un negocio cuyo dueño era de la región de Hamburgo, hablaba alemán y su mujer era criolla. Hablaban indistintamente alemán o castellano y allí, consiguió ser ayudante, tal si fuera un hombre para el acopio de bolsas de harina y otros cereales. Lentamente fue aprendiendo ese idioma que tenía muchísimas palabras que parecían palomas. Sí, se reproducían igual que aves y significaban diferentes cosas, objetos o sentimientos.  El señor August Spelle y su esposa Lola, al poco tiempo; le ubicaron un trabajo en el hospital alemán de la gran capital. Allá fue con la recomendación de sus protectores. Su nombre cambiado. Su vida trasgredida por ese infame instante a sus quince años. Con una carga a la espalda, de acero, que pesaba como las montañas de la Selva Negra. Como un amargo río de vergüenza y miedo. Un Rin de recuerdos rojos, amargos y sedientos de venganza.

Su memoria, se detenía en los hermosos años de la niñez, cuando de pequeña la eligieron para ser atleta por el porte y desenfado, por su disciplina y su fuerza. La rubia niña de doradas trenzas largas y piernas elásticas para el salto o el banco donde se desplazaba como una gaviota sobre sus pies descalzos. Pero un día comenzó la ignominia, el manejo de ciertos hombres y mujeres que en nombre de una Alemania perfecta debía hacer más, mucho más para otros, para un hombre ridículamente gritón, que la asustaba más que los ruegos de sus padres.

Su hermano entró en una vorágine indescriptible de acciones odiosas. Mezcla de estupidez y maldad. Un brazalete con el signo impuesto lo obligaba a transformarse en un monstruo. ¡De un día para otro desapareció, huyó de la casa paterna y fue llevado a un lugar lejos de su familia! Y a sus padres, ella escuchaba en el silencio de la oscura noche. Los sollozos de su madre y las quejas de su padre. Hasta que un día se llevaron a su padre al frente. Las dos mujeres solas, con raciones de alimentos y cargas de trabajo a su progenitora en una fábrica de armamentos.

Ahora estaba con una carta que decía que su pena estaba fuera de proceso por el tiempo transcurrido y que podía regresar a su país. Lloró. Por primera vez lloró. Habían cancelado su pena. En la misiva le explicaban que su hermano que era un héroe de guerra, había luchado para reivindicar su nombre.

Se puso de rodillas. No podía pensar. Su hermano estaba vivo... y la había buscado por el mundo para darle esa paz que en su corazón roto, hacía un milagro. Se quedó así, de rodillas. Miró la solapa del sobre y había una dirección en Berlín. Pero se negaba a aceptar escudriñar esa historia.

Pasaron varios días, ella iba al hospital donde trabajaba como ayudante de limpieza. Era un hospital Alemán, donde podía hablar con sus compatriotas. Aunque ya algunos eran hijos o nietos de sus coetáneos. Muchas veces la habían llamado para que hablara con alguna anciana que se negaba a hablar español o un geronte que nunca había aprendido el idioma y sólo entendía breves frases aprendidas de memoria. Pero si le preguntaban por su vida ella enmudecía.

Una vez atendió a un nazi, y su pulso tembló de horror. Allí había un hombre tal vez cruel como ese que le destruyó la vida y la carrera. Ya con sesenta años estaba al borde de la jubilación y le llegaba una catarata de paz. Su pena había sido redimida.

Una noche de otoño, sintió golpear suavemente la puerta de su departamento. Era su vecino que venía con un hombre alto, canoso de porte distinguido. Lo miró, preguntándose quién podía ser el caballero. El vecino le dijo:- Señora Érika, este señor tocó a mi puerta y pidió por usted. Ella lo miró y en los ojos azules que la escrutaban vio la chispa de un niño de quince años que jugaba con un balón en la vereda de su casa en Stutgart, antes de la guerra. Él, se acercó y la abrazó. - ¡Èrika soy Franz, tu hermano! Me cambié el nombre hace mucho tiempo. Ya no me llamo Adolf, porque me sentía humillado de tener el mismo nombre del asesino de nuestra familia... - y se unieron en un abrazo sólido y esperado.

Ella se hizo a un lado y le invitó a pasar a su hogar. El vecino, se fue con la cabeza baja... ¿Tal vez presintiendo el largo camino que tuvieron que desandar esos seres sufridos y sacrificados? Nunca preguntaría qué había en esas dos almas que esa noche cobijaba un tiempo de sortilegio para ellos.

Así, la gente del barrio presintió, que la alemana, era una sobreviviente de la locura desatada en el pasado.