miércoles, 31 de diciembre de 2025

LLUVIAS INTERMINABLES

 

 

Del vientre de greda los anuros, con su piel escamosa, ojos saltones y patas saltarinas, profetizan lluvias eternas, que desdibujan el paisaje como el tiempo. Las nubes, yunques que abrigan hielo y rayos, le dan coraje a la tierra con su fuego metálico. Agua. El crisol de rayos y retumbones, diseminan los pájaros que se cobijan en las ramas de palmeras y árboles añejos.

Benjamín, ahuyenta sus sentidos y su lengua late sin apuro bajo la música de los ruidos naturales. Bajo una cortina frondosa de agua, sus labios aspiran el tabaco barato de su pitillo. Mira con asombro y una pizca de alegría la tormenta. "Venimos de una sequía que destruyó la vida del pago". La tierra que estaba reseca se desliza dentro del muro de quincha y adobe. "Muro extenuado, que supo ser sólido con el calor ardiente del sol y los vientos arrachados del sur, en otras épocas", piensa.

El hombre, no escucha sonidos de campanas que a la distancia redoblan. En el lecho, catre maltrecho y cubierto por una tosca manta que heredó de su madre, busca en lo más profundo de su mente cómo sería el mar. Si el campo parece una enorme laguna cuyas aguas con el fuerte viento, alardea de bailarina húmeda y borrosa. Se adormece. Tiene un sueño engañador, donde ve apenas ondulado a seres seráficos que lindan con los cuerpos de niños. Una estampa antigua que su abuela atesoraba en un arcón misterioso para los ojos de Benjamín niño. Ella, le hablaba de niños nonatos, que eran ángeles en el inmenso mundo de los difuntos. Recorría historias de las guerras, que la hicieron llegar a estas tierras que prometían maravillas.

Guerra. Palabra que en sueño se dispara y crece en la noche planetaria y lluviosa. Despierta sudado y afiebrado, toma un trago de caña del gollete de una botella que tiene a los pies de la cama. Su intriga crece en la noche de tormenta planetaria, colosal. Distingue el sonido de campanas, será el loco que ayuda en la antigua iglesia abandonada cuando mataron a un cura y que el nuevo, joven robusto y testarudo, quiere atrapar a los pocos habitantes que sobreviven en ese lugar de ascuas y diluvios. Cree que una mano gigante atrapa gemidos entre el metal del badajo y la campana. Devora risas y llantos, amores despiadados y preciosos... ¿Será que ha muerto alguien con esta lluvia guerrera y nauseabunda?

Se levanta y abre la puerta que cuesta empujar. El agua llega hasta la mitad y entra a borbotones. Hace siglos de sequías y ahora la marejada atraviesa el rancho llevándose el catre y la lámpara que dejaba un rayo amarillento en el hueco donde la había colocado. Piedras, ramas, animales que rolan como remolinos gigantes se va llevando todo. Recuerda cuando su abuela lo llevó en carnaval a ver la comparsa.

Esta visión le hace girar y girar como una comparsa electrónica que vio de niño. Siente que empuja el agua y se desprende de la tierra. El agua se lo va llevando a una oquedad indefinida. Se prende a un tronco de la cumbrera y la yarará asustada le hinca el diente. Ve venir más lluvia y más tormenta. Ahora se llama muerte. Una última campanada, lo despide de su tierra y se aleja, con el agua y los destrozos hacia el río, ese que estaba seco, que mató al ganado y se llevó a la gente. Benjamín, se desprende del árbol muerto y sigue, en una carrera feroz hacia la nada.

Su abuela, ella le habló de un diluvio que ocurrió al principio de los tiempos. ¿Dónde estarían ahora esas ciudades? ¿Dónde estaría ahora el "arca" que le contaba su abuela? Siente que ya no tiene un cuerpo, que aligeró su carga el agua maldita que lo arrastra. Ve pasar muchedumbre de rostros despavoridos y encadenados a los pilares de cemento de la fábrica de aserradero. Pasan mujeres agitando los brazos en señales desesperados en ese desierto de agua. Una vieja tiene como turbante una serpiente enroscada a los ralos cabellos. Pasan dos "guasunchos" que agitan sus ojos afilados de miedo. Se incrustan en su carne objetos que lo hieren. Ya está haciendo efecto el veneno. Tiene la carne dolorida, abierta una herida ya sin sangre.

Tuvo que ser tan fuerte la tormenta que parece una tromba de láminas de hierro, de hematites con formas extrañas y redondas. Son lágrimas de miedo. Tanto esperar las lluvias, tanto rogar al cielo una buena borrasca... y Benjamín ya no ve, está ciego. Trata de balbucear una oración, no puede. La maldita yarará, le quita hasta eso, un ruego.

En la capital se arrogan los medios, tener el mejor relato de cómo desapareció un pueblo. Y nadie, nadie sabe dónde han quedado los cuerpos. Mezclados con el barro y los animales muertos, Benjamín duerme su sueño.

ISAURA


 

                               "Estiletes de obsidiana... tus mentiras, que rasgan el corazón poco a poco con heridas que derraman sangre oscura"

 

 Lo conoció en la facultad. Era el ganador de premios por su excelente desempeño como alumno. Los profesores se asombraban por la seguridad que tenía en cada cátedra y en cada examen. Los alumnos lo envidiaban. Era alto, atlético, simpático y derrochaba frescura. Las muchachas se peleaban para sentarse cerca de él, en las clases semanales.

La única que ni lo miraba era Isaura. La chica seria y solitaria que siempre buscaba el lugar más apartado de los hilarantes grupos de alumnos.

Venía de un pueblo lejano, de la provincia del sur, donde el frío hace tiritar al más macho... el viento arrastra a los que intentan caminar por las calle empedradas y terrosas. No hablaba con nadie. Nunca sonreía y simplemente daba sus opiniones si se las pedían los profesores. Siempre acertada, se notaba que estudiaba con esfuerzo.

A la hora del descanso, se sentaba lejos de los grupos bullangueros. Sacaba una fruta de su mochila y comía despaciosamente como si estuviera degustando una comida exquisita. Usaba ropa vulgar y siempre la misma. Limpia, sí, muy limpia. El cabello negro azabache, en una larga trenza caía por su espalda hasta las nalgas. Sus ojos grises parecían un cielo nublado en días de tormenta.

A él, eso lo atrajo. ¡Una mujer que se volviera loca por él, lo ponía nervioso! Se acercó una mañana que tenían exámenes muy difíciles. Le ofreció si quería alguna ayuda y ella, apenas lo miró. Agradeció por cortesía, se irguió y lo dejó solo hablando con las aves que revoloteaban a su alrededor.

¡Fue un perfecto traspiés! Estaba de boca en boca de los estudiantes y ese día reprobó la prueba. Ella consiguió un diez y felicitado. Caminó tranquila, sin darle importancia al hecho.

Pasaron varios días y él, encaprichado la seguía. Tenía que doblegar esa orgullosa morena provinciana. ¿A él, le iban a decir un No? Jamás. La invitó al cine, nada. Le regaló una rosa, menos, le compró un libro de poesías... no pasó nada.

Isaura, se daba cuenta que crecía la envidia de las muchachas y la burla de los varones. Y un día, ella aceptó un café. ¡Ha claudicado! Después ella comenzó a contestar sus preguntas; que era de lejos, que tenía once hermanos, que su padre era minero y su madre no tenía estudios. Él, se reía por dentro. Le alababa mintiendo, las buenas notas que ella lograba, le tenía envidia y bronca. ¡Ya iba a saber ella quién era él!

Un día sin que el se diera cuenta ella lo vio que robaba los exámenes del escritorio de la cátedra. ¡Por eso daba buenas exposiciones! Ladrón, mentiroso, lleno de fantasías y orgullo. Soberbio.

¿Quién le iba a creer si lo denunciaba? Si todos adoraban a ese joven brillante. Ella con tanto esfuerzo lograba superarse y él, se burlaba de la confianza que le procuraban sus profesores y compañeros. Sólo atinó a decirle que no quería más su compañía. Que ella era feliz como era su vida antes. ¡Él, la llamó idota, fea y "poca cosa"! Los compañeros se reían. Las muchachas la miraban socarronas. ¡Si supieran!

Un día un profesor cambió de repente el texto que debían desarrollar en el examen... ¡Oh, sorpresa! Él, escribió otro tema, el anterior y se descubrió solo ante los superiores.

Ella, que sabía, se reía por dentro. Pero un profundo dolor se le clavó en el alma. Su corazón se había roto por las mentiras que eran como flechas de obsidiana que arrancaban sangre de su corazón de niña; cuando el le decía que la amaba. Todo, todo era mentira

 

 

LOS CONSEJOS


El taller estaba en silencio. Por allí y por allá, una pieza de cuero o una herramienta descansaba su innecesario uso. Los cueros y los maderos apilados sobre caballos de madera de palma. Nada era como un tiempo atrás. Era maravilloso ver a los aprendices charlar y juguetear mientras el maestro Jalil, les iba enseñando cómo debían usar los tientos o apretar los moldes con las figuras de camellos y flores. Nada. No quedaba nada. Desde que tuvo que decirles que ya no se vendían esas piezas y no había más trabajo, el lugar se fue opacando, umbroso y frío. Silencioso y hostil.

Desde que llegaban las hermosas marroquinerías europeas; las manuales hechas en el taller eran dejadas de lado. Jalil, había heredado del abuelo la habilidad de manejar el pequeño negocio familiar. Su padre había sido enviado a una lucha contra ciertos grupos sediciosos y no regresó. El abuelo, encontró el paraíso de leche y miel, cuando supo que no iba a regresar su hijo de la lucha.

Jalil se sentó en un rincón, con los brazos abrazando sus flacas piernas y con la mirada disparando dolor como el polen de las flores. Su rostro de ojos oscuros era el reflejo de un ave queriendo escapar hacia el desierto. ¡Dichosos los beréberes del desierto! Ellos no tienen esta amarga invasión de productos extranjeros. Se negaba a soltar sus amargas lágrimas por ser un hombre de tierras ásperas marroquíes. Buscaba con desespero una salida.

Ingresó al taller Emir, el pequeño vecino. Su cuerpo contrahecho, cuya columna vertebral lo desdibujaba, encontraba la esperanza en cada paso que daba con dificultad. Se sentó en el piso junto a Jalil. ¡Tengo una idea, dijo! He conocido a un extranjero que sabe mucho de cuero. Es argentino, vive en las Pampas del sur de Buenos Aires. Vino a estudiar nuestro idioma, pero sabe mucho de marroquinería. Es agradable y me contó cómo su familia lidera tiendas, allá; con carteras, monturas y hasta zapatos y botas. Si te animas lo traigo y charlamos un poco. ¿Ya sé, con un buen té, podemos demostrar nuestra hospitalidad y seguro, se sentirá menos solo? Hace seis meses que llegó y ya habla bastante bien el árabe. Nosotros, le enseñamos nuestra rica lengua, y él, nos ayuda con este lío. Entonces mañana nos juntamos en el café de Mohamed.

El joven argentino, venía con un paquete debajo del brazo. Su rostro serio, rasurado y peinado con cabello muy corto, se veía a la distancia que era extranjero. Pero estaba dispuesto a acercarse a esos nuevos vecinos y colegas del cuero. ¡Hola, soy Jorge Alberto Morales, estudiante de árabe! Y saludó con una fuerte mano extendida. Me dijo Emir, que tienes algunos problemas con las mercaderías que entran de afuera. ¡Eso nos pasa allá, en mi país! ¡La gente cree que por ser europeo o chino o americano, es mejor... y qué herrados están! No hay como lo hecho en los talleres familiares. Mis abuelos trabajaron el cuero de vaca, toda la vida. En la pampa húmeda hay mucho ganado vacuno. ¡Acá veo más diferentes cueros! Eso es mejor, me parece, da otras posibilidades. ¿Cómo te puedo ayudar? Entró Emir con un dulce té y la conversación se disparó como un caballo por otros caminos. ¿Qué traes en ese bulto? ¡Curioso Emir miraba el envoltorio! Ah, es un regalo, ustedes son muy obsequiosos. Toma, amigo, es un sobre hecho por mi padre en Buenos Aires. Puro cuero de vaca, hecho a mano con tientos perfilados con cuchillos especiales, muy afilados.

¡Una verdadera belleza! Lo daban vuelta para ver defectos y no veían ninguno. Gracias por recibirme. ¿Qué necesitas Jalil? La charla se alargó con varios vasos de té. La noche se acercaba y Jorge tenía que tomar el autobús que lo llevaría a la otra orilla de la ciudad. Hablaron mucho y el consejo fue volver a las fuentes... los ancianos. Ellos saben mucho de lo que se puede vivir aquí.

¡Busca a los padres y abuelos del zoco! Invítalos a una ceremonia de té y pídeles consejo. Los ojos le brillaban a ambos. Era un atisbo de esperanza. Una pequeña luz, en esas enormes tinieblas en la que se encontraban la mayoría de los artesanos.

El fuerte olor a cuero y productos que usaban para trabajar tornó a ser más agradable... antes se percibía como veneno. Esperó el día y mandó a Emir para invitar a cada uno de los mayores y ancianos del zoco. Todos artesanos como él, pero con mucha experiencia. Quedaron, encontrarse un día entre las horas de las oraciones y atender los negocios que por exiguas ventas, no se podían abandonar.

En un café en la calle "La Alcazaba", se fueron juntando algunos ancianos. Allí esperaba Jalil y cerca en una esquina tras un árbol, Emir bis viciaba a los tenderos. Vino el dueño del lugar. Luego llegó en primer lugar Zair Bennis, anciano venerable que tenía una tienda de hojalatería y productos de metal. De altura imperiosa y barba recortada, prolija, su ropa de sereno color celeste y rayas blancas. La mirada profunda e inquisidora, enfrentó al muchacho que lo invitó a sentarse en un cojín. En la alfombra había quedado el servicio. Humeaba el agua para el té. Luego entró al rincón Ahmed  Sahssi, pequeño en tamaño cuya voz impedía  ser ignorado. Se sentó y estiró los brazos en señal de desespero. ¿A nosotros nos toca hacer que los talleres vuelvan a llenarse? ¿Acaso estamos predestinados? Se hizo un breve silencio. Llegó Rachid el carpintero con su ropa europea, con el rostro afeitado y sonriente. Parecía una mezcla de extraña figura, sacada de una de esos carteles que pegaban en los muros los soldados enviados por los franceses. ¡Y bien, si Alá, el Misericordioso nos ayuda saldremos de todo esto! Mira Jalil, recuerda los tiempos en que tu abuelo tenía el taller vacío. ¿Tú, quieres resolver en poco tiempo lo que nuestros ancestros hicieron en años? Comenzó una acalorada discusión. Cada uno daba su opinión elevando la voz sobre la de Ahmed, que vociferaba contra todo. ¡Calma, dijo el patrón! Ahora es el momento de tomar el té. Y comenzó a soltar el dorado líquido en los vasos de vidrio con bordes dorado. Emir se acercó y le dio un papel a Jalil, que puso frente a los ojos de sus invitados. Necesito vean lo que me han propuesto. El Imam me ordena que comparta con artículos europeos el negocio, pero nunca serán iguales a los que salen de las manos de mis muchachos... y hay personas que no conocen las largas horas que lleva hacer cada una de las piezas y herrajes de las monturas de camellos y caballos. Entró Jorge, el argentino y todos sorprendidos elevaron la vista. ¡Este joven, sabe mucho de nuestro tema! Su familia en argentina tiene el mismo oficio que nosotros. Escucharon toda la historia de las pampas. ¡Pero es tan lejos ese país que temen equivocarse!

No se ponían de acuerdo. Pero la opinión más justa fue la de Zair Bennis, quien puso un color de solidaridad y justicia. Jalil, si lo dice el Imam Tú, debes obedecer. Recuerda que es venerable y sabio. Nosotros te apoyaremos en lo que podamos. Eres muy joven y los tiempos cambian. Veremos cuando ya se vayan los extranjeros y sólo vengan a disfrutar de nuestra hospitalidad, buena comida y hermosos paisajes. Se dispuso a volver a su tenderete. Allí lo esperaba su familia. Abrazó con afecto al muchacho y le agradeció su humildad y el haber pedido consejo a sus mayores. También alabaron al joven argentino, por discreto y solícito. Le auguraron una excelente estadía.

Nunca imaginaron que con el tiempo, toda la sociedad se vería inundada de objetos variados de muchos países que ni conocían sus nombres, ni dónde quedaban. ¡Sólo Alá lo Sabe en su Clemencia y Misericordia; todos murmuraban, los comerciantes y habitantes! ¡Comenzaron a mezclar sus artículos con los que llevaban nombres de extraños lugares del mundo! Y así volvió la gente a vivir y a comerciar.

UNA PLUMA DE MI MANO

  

 

Pude dispersar una gardenia en costras de cenizas

Pude invertir el óvalo celeste en la mirada

Tal vez un episodio desparrame perfume a lilas

Tal vez me adhiera a la pared de la conciencia postrada

en un laberinto donde Afrodita se desmembre

Escribiré el amor puritano y sentencioso de mi infancia

Declamaré el dolor de la utopía.

La pluma de mi mano dibujará una estrella en el horizonte

Dejaré una pupila observando la noche

Las sábanas frías y solitarias me buscarán dormida.

Yaceré de lado junto al brocal de la luna.

LA DEFENSA

 

La   humanidad me gusta cada día más, dijo un caníbal”

 

 

Las metrallas y obús, hacían vibrar la tierra. Habían recalentado el aire con el humo apestoso de la pólvora. Caían los trozos de paredes y árboles de la pequeña aldea. Allí habitaban un puñado de resistentes pastores nómadas que no permitían que les quitaran las tierras de pastoreo.

El más anciano había atrincherado a las mujeres y niños cerca del pozo de agua en una cueva antigua de los antepasados.

Esa gente buscaba sacarlos para hacer perforaciones para extraer petróleo. Lucharían hasta el fin.

Una noche Lumamba se escurrió espiar a sus enemigos. Los vio tan frágiles. Eran unos hombrecitos blancos con ropas gruesas y botas de cuero. Transpiraban con un sudor pestilente y amargo.

No tenían agua, o tenían muy poca. Entonces, corrió en la oscuridad hasta donde estaban sus mayores y les relató lo que vio. Ellos comenzaron a pensar qué hacer y entre todos lo comisionaron a Lumamba para que se acercara a pleno día con un odre con agua. Pero ese líquido estaba enfermo con la dolencia de los intestinos.

El muchacho se animó, se colgó el agua de su frente y apareció por un matorral como por casualidad.

Cuando lo vieron le apuntaron con unas armas metálicas, pero él, valiente les hizo seña que solamente llevaba agua. Ellos al ver que el muchacho tomaba un sorbo le arrebataron el odre y se lo disputaban bebiendo ávidamente. Él, había escupido a la tierra lo bebido.

Así a los dos días los que quedaba en pie eran muy pocos y todos con sus tripas hinchadas y malolientes.

El anciano se acercó y les dijo: No van a robar nuestra tierra, hombre blanco malvado. Aquí habitan nuestros ancestros y moriremos defendiendo lo nuestro.

Lumumba es ahora un héroe y puede asistir a la ronda donde los ancianos hacen sus principales trabajos y leyes.

 

 

EL HORÚTA

 

El agua subía distrayendo la costa  para derrumbar los camalotes isleños. El Horúta continuó empujando la jangada hacia el pueblo Tapí Purá. La ranchada se dormía en la superficie de las aguas que aleteaban como pájaros alertas. De vez en cuando se oía el grito del macaco aullador, agudo y sólido. Las mojadas cachas se apilaban en la mitad del madero, parecían el cadáver de la tapera.

Un chajá voló asentándose en el esqueleto de un ñandubay. Rápidamente se pobló de aves blancas y negras. De cuellos largos y afilados picos prestos a romper las valvas de los caracoles del río. Ojos ávidos de mirar pequeños peces y alevinos que poblarían las orillas con las aguas mansas. El Horúta se acordó del árbol del playón del pueblo que en navidad una “doñita” se porfiaba en adornar con chucherías brillantes y caramelos para los niños. Eso parecía ese armazón de palos desgajados y cubierto de pájaros. Pasó un lanchón de prefectura y levantó una lluvia de agua fría que le humedeció el miedo. No confiaba en los extraños, milicos, venidos desde quién sabe que lugar… solían quitarles los cueros y le propinaban rebencazos por cazar en el río o lagunas. Tenía recuerdos en las costillas.  Su odio antiguo le penetró el alma. Pensó en la Negra, china fuerte que le dio siete hijos desde que la trajo de Paysandú. A tiempo la mandó río abajo a casa de los Rosales con los críos. Ella tosía mucho y el Coté, tenía calentura en el cuerpo pequeño. Allá había una “dotora” hábil  que le sacaría el mal de ojos y cualquier maldad del cuerpo. La Virgen de Iratí le sacaría los demonios chicos y con la seca estarían buenos.

¡Cuando él era niño, necesitó la médica de Caá Guazú! Le dio algunos yuyos y le curó la gusanada de las tripas. Le enseñó a mamá vieja a cocer todo y el agua en especial, porque ya venía sucia por el río.

Los carpinchos, ahora, se amontonaban sobre los irupés y los chanchos del monte escapaban por las orillas cenagosas de la rivera. ¡Todo está patas para arriba, que carajo! El sol había desaparecido de las aguas tras los montes. Las ranas y sapos rompían el tibio ronroneo del agua contra la jangada y sus llamados de amor comenzaron a ponerlo nervioso.

Si no llego pronto, me cubre la noche y los yacarés salen de sus madrigueras… nuevamente sintió frío. No había luna, su amiga. De pronto chocó la pértiga con una roca y se quebró. Estaba en apuros. El urutaú gritó entre los árboles advirtiendo que ya había movimientos en el  oleaje. En el recodo vio que había una luz silenciosa y un hombre le hacía señas desde la otra orilla. Era el Ñato Leiva. Se sintió en la gloria. Abocinó los labios y gritó por ayuda. Entre los árboles vio que se acercaban varios compadres en un bote. La ayuda llegó en el momento justo en que un yacaré coleteaba junto a la jangada. Perdió unas cachas para asustar al bicho. Ya sabía cómo le molestarían los gritos de la Negra. No tenían casi nada y perdía ollas y jarros. Un rebencazo y se callaría, pero ella tenía siempre razón. Se secó con el dorso de la manga una lágrima que iracunda se metió en su cara. El chasquido de la cuerda que le tiró el Ñato era su salvación. La apretó entre las manos que ya sangraban por el esfuerzo. El abrazo llegó corto y fuerte. Remaron para la costa y allí, se encontró con la lancha de prefectura. Había un grupo de familias que comían alrededor de un fuego, asado que hacía mucho no comía él. Con el cuchillo en la mano, el prefecto le pasó un buen trozo de carne cocida. Comió en silencio. Desconfiado, puso la carne en un trozo de pan de grasa. Le supo a miel. Una india se le acercó con una jarra de cerveza, la espuma se le quedó coronando la barba crecida. El Ñato le habló en guaraní para que no le entendieran los milicos. Supo que su mujer e hijos estaban bien en la estancia. Pero el agua había llegado hasta el terraplén.

Acomodó la hamaca y se echó a dormir. Mañana si había un mañana, seguiría en el río para encontrar otra vida.

 

CORTAR LAS TORMENTAS

 

 

            Artemio echa a andar entre los parrales de verano. Las uvas están muy verdes todavía, hay que esperar para que maduren. Va con la azada al hombro con las manos arqueadas por el polvo de la tierra agreste de las montañas. La acequia cantarina trae poca agua y los sauces se hincan para adsorber el líquido que se encapricha ser ausente.

            Un año con poca lluvia. ¡Como siempre, el Zonda, arremete con furia de fuego sobre los viñedos!

            Las alpargatas levantan un talco terroso y prieto cuando camina Artemio. El sol se va ocultando tras unas nubes negras y amenazadoras. Tormenta. El miedo se arrebata a sonidos de campanas al viento. Granizo. La mirada desesperada se entromete en el fuego del latido austero del hombre del viñedo.

            Se enjuga la frente, que copia el aullido de las ráfagas de viento. Está desesperado. Un año, carpiendo, podando, atando y ahora que el verde se entremezcla con la vida, se viene la tormenta.

            La Justina viene al trote entre los surcos, cuidando de no caerse, que pierde la oportunidad de cambiar la historia. Trae una bolsa de sal y otra de cenizas. Trae esperanza de campesina laboriosa y con antiguas costumbres de los ancestros.

            Cuando cae el primer rayo, luego se siente un trueno que moviliza la tierra. Hace tanto que no escuchan ese sonido augural de la pobreza. Los perros aúllan en el caminito que ha dejado el hombre. Deja la azada apoyada en un álamo. Saca la pala ancha para hacer el rito. Se buscan y se encuentran entre truenos y relámpagos, entre un granizo seco y pequeño que puede triturar la vida.

            Ella, la Justina hace el espacio para comenzar la ceremonia. Él, acerca las cruces que lleva en la ancha faja de su vientre exiguo y recrean las “cruces de sal y ceniza” como lo hacían los abuelos. Rezan de rodillas entre los plantíos que se van mojando poco a poco y merman los granos de hielo que se transforman en lluvia copiosa y fértil.

            La acequia comienza a crecer y ellos empapados, se abrazan por haber logrado desembarullar la tormenta y salvar los frutos.

            En un par de semanas con sol y agua, habrá un misterioso crecer de los parrales y vendrán las uvas a brillar con su color de fiesta y vino futuro.

            La usanza antigua ha dado su amor y su constancia de frutecer sin miedo. El rito antiguo de alejar las tormentas con las cruces de sal y ceniza sigue vigente en la vida de los campesinos.