miércoles, 28 de enero de 2026

UNA ARAÑA EN SU ROPA

 

            Le gustaba leer en el baño. Llenaba de periódicos, revistas y libros el pequeño receptáculo llamado baño. La casa era grande, pero el otro, el enorme, tenía ducha, jacuzzi, placares para ropa blanca, un enorme espejo que espiaba al que lo usaba y acechaba cada minuto al ingenuo que se acomodaba en el inodoro. ¡Horrible ojo del escándalo para la intimidad!

            El otro, el pequeño, quedaba junto a un breve jardín poco frecuentado por la familia, sólo a veces, él, salía a fumar en escondidas un cigarrillo que apestaba el aire y lo delataba con la chismosa de la casa, Camila, la vieja niñera.

            Allí, en ese mundo tenía su pequeño reino. Gozaba de intimidad y leía a gusto, mientras despoblaba sus tripas sin vergüenza. ¡Nunca imaginó lo que ocurriría una tarde calurosa de verano! Entró al recinto como el rey de la comarca. Se desvistió colgando de la hermosa forma de bronce que servía de percha: pantalones, camisa y hasta se dio el gusto de sacarse zapatos y quedarse en calcetines y bajarse el calzoncillo hasta quedar casi desnudo. Éste, el blanco interior, se balanceaba entre sus pantorrillas que ya lucían bellas venitas azuladas. Era un objeto inmaculado. Tomó el diario del domingo y fue tranquilamente leyendo los artículos que no había aprovechado ese día con la familia en pleno de “pasta” de la abuela. Tardó como una hora y media, hacía rato que despojó de sus desechos.

            Cuando dejó el periódico y se agachó para lavarse…quedó estupefacto. Una enorme araña negra se balanceaba en su íntimo calzoncillo blanco. Tenía patas peludas y con sus ocho ojos, lo miraba ignorando el próximo movimiento que la dejaría fuera del sublime momento que vivía. ¡Pobre araña!

            Comenzó a gritar. ¡Camila, Rosalba, Julio! Nadie acudía y él, horrorizado, se imaginaba que el astuto arácnido, se acercaría a sus partes pudendas y le mordería ahí, justo en la piel más suave y tersa que tiene el hombre…su escroto o su pene que se iba achicando hasta casi desaparecer en su vientre. ¡Camila, Rosalba, Julio! Que alguien venga… o me muero. Y apareció la vieja, con ganas de matarlo. ¿Qué te pasa Humberto? Miró y se quedó con la boca abierta. ¡Ah, no, esa porquería no me va a dejar a mi muchacho enfermo! Y salió corriendo en busca de algo.

            El baño, parecía cada vez más pequeño, más lóbrego, más peligroso. Él, miraba como la horrorosa se movía lenta en la nívea prenda. ¡Ya vuelvo! Había dicho Camila que lo crió de niño. Y regresó con un palo. Y el miedo se agigantó. Me vas a pegar un palo. ¡Déjame a mí! Y con un mandoble de artista de circo arrancó el calzoncillo de los tobillos de Humberto. La araña rodó por el suelo envuelta en parte de la prenda, pretendiendo salvar su negra y peluda existencia. El golpe fue perfecto. La muerte rápida y la risa de Camila tronó en el baño que de pronto pareció Versalles.

            ¡Por fin la araña estaba inerte! Y Humberto sin su prenda interior, con calcetines a rayas de colores, parecía un huérfano en la calle de los barrios más pobres de Calcuta.

ROCO EN PALMAS BLANCAS

 

Sentado junto a la alameda, con los pies desnudos en el agua trasparente de una acequia profunda que rodea el camino, distribuyendo el caudal del arroyo a los condominios y vegas. Mira absorto un abejorro dorado que trata de escapar desesperado de la trampa húmeda en la que cayó. Un pequeño remanso aglutina abejas e insectos con alas transparentes e iridiszadas con una varilla que desgaja de un sauce empuja el insecto que despega asustado volando resuelto hacia la libertad.  Se pierde en el aire caliente del mediodía. El sol es una mandarina gigante que quema el clima y al muchacho.

La cara, el cuerpo y la piel se están desempolvando con la transpiración que aparece de cada poro invisible del cuerpo moreno. Sumerge  un pañuelo y se lo pasa por el rostro y el cuello. Le chorrea el líquido por los brazos que dibuja rayas desdentadas y se deliran hasta la tierra mojada

Si no se levanta y sigue, no llegará a cumplir con la tarea encomendada. Ya comenzará el peso de esa caja a empujar su paso. Continuará como el abejorro escapando senda arriba hacia el paredón de piedra. Allí está él, con la esperanza intacta en sus amigos de la ciudad que lo respetan tanto como todos nosotros. Lo envió temprano al puente donde sale el camino de Palmas Blancas. Allí después un tiempo, se sintió el rezongo del motor del camión de Albino, con otra carga. Esperó que no fuera grande la caja que traía, pero su cuerpo que crecía y crecía y la barriga silbando por la poca olla que visita, es cada vez más pesada.

 Se la echa al hombro y trepa, pensando en el vuelo del abejorro, errático y libre. Quiere ser libre y nunca salió de Tuporen. ¿Cómo será allá tras las alamedas? ¿Cómo será estar cerca de esa gente ruidosa?

Siente el corazón golpeándole en la cabeza. Ya llega a la pared de piedras que abraza la casa, el enorme patio del maestro. El mástil afilado que sostiene un trapo que supo ser la bandera y ahora es un pedazo hilachento de colores desvaídos. Él, espera la caja. Su sonrisa amplia lo recibe mansa y con mucha esperanza. Trae para los muchachos un sin fin de libros. ¡Un tesoro!

Al “Pelado” lo quiere como a un hijo. Recoge el bulto y le da una torta con queso. El chico se aleja comiendo su premio. Pasarán varios meses, hasta que vuelva el camión de Albino. ¡Roco! No faltés mañana que tengo mucho para enseñarte, oye a sus espaldas. ¡Si maestro, hasta mañana!

LAYO, EL DEL ESCARBADIENTES

 

Al atardecer salió a la calle. Salió como había salido siempre, caminando despacio, sin mirar hacia ningún lado, pero ahora diferente. Era la primera vez que se sacaba la sotana. Su nuevo traje, que si bien era usado y gastado, le pareció que era un disfraz de hombre de la calle o de oficina. No quería que lo identificaran... era la primera vez. El obispo lo había sancionado. ¡Orgullo! Eso le había llevado a contestar al superior que había descubierto que "El Monseñor"; era un viejo cobarde y miedoso. Que se había quedado callado frente a los tratados que había exigido el gobernador. Una terrible injusticia.

Él sabía que le traería muchos problemas, pero su conciencia le obligaba a denunciarlo. El día que fue a la sacristía y se quitó todos los elementos que lo identificaban como religioso y hombre de Dios, se sintió desnudo. Había escuchado, como secretario del monseñor, los pactos que le habían exigido el ministro de seguridad y del gobernador al anciano. ¡Quedó boquiabierto! Salió corriendo y se arrodilló frente al Santísimo a meditar y orar. ¿Qué tenía que hacer?

Ahora se alejó. Una joven le clavó los ojos. Él la había confesado hacía pocos días y supo que lo había reconocido. Ella le hizo un guiño. Él sudaba. No quería que supieran que sin el hábito se sentía indefenso en el mundo. El corazón parecía un tambor batiente. Bajó la cabeza y apresuró el paso. Se trepó a un bus y se mezcló con el tránsito de esa hora donde la ciudad se devoraba a los transeúntes alejaba de ese barrio. Desde la ventanilla divisó la cúpula de la catedral. Una lágrima se le coló por el rostro que escondió entre sus manos entrelazadas. Pasado un rato se quedó dormido. El chofer lo despertó y cuando miró el lugar donde estaba, vio asombrado la puerta del seminario.

Bajó y con paso lento enfrentó la gran puerta del hogar donde había estudiado durante tantos años. Tocó el llamador, se abrió la mirilla y quien lo observaba estaba mudo de sorpresa. Abrió y lo jaló bruscamente al interior. Ven, le dijo. Lo llevó por un largo pasillo que él, no reconocía. Abrió una puerta que simulaba una biblioteca y le dijo: ¡Layo cuidado, nos están escrutando y ya se han llevado a varios seminaristas y al padre Román! El gobierno está persiguiendo a los religiosos y debemos tener cautela. Te traeré un té y un trozo de pan.

El aire era denso, olor a miedo y sospechas por cada respiración. ¡Nos han traicionado, amigo! En Valle Viejo, ha desaparecido el director del seminario de los misioneros del Sagrado Corazón y para allá había sido llamado el "Monseñor" y nadie sabe dónde están. Los pobladores de las cercanías, guardan silencio, pero en los mercados, en voz baja, dicen que pasan cosas muy raras en el edificio. Aparentemente está vacío, pero algunos jóvenes se han atrevido en las noches para espiar... han visto que han entrado tres camiones con carpas cubriendo los furgones y no se atreven a acercarse para ver quién abre el enorme portón.

Lentamente el manto morado del sol poniente se desplazaba por la región; en unos minutos ya estaría oscuro y la luna estaba cubierta por enormes nubarrones grises. El cielo iba a regalar una gran tormenta, chubascos y tal vez, en el bramido de los truenos, Layo, se iba a poder acercar y merodear por el antiguo seminario.

Esperó unas horas. Se cubrió con una capa con capucha que encontró entre los viejos hábitos de los monjes. Se cubrió los botines con lona y enfiló por el bosque entre los matorrales, hacia el viejo edificio. Cada rayo iluminaba las paredes cuyos vitrales iluminados dejaban visualizar las imágenes de la pasión. Sintió una mano en su hombro., se detuvo temblando. Era su viejo amigo. Sigue. Venía detrás a cierta distancia. No estaba solo, pero temía el futuro y sin querer una lágrima se deslizó por su mejilla y se perdió en la barba insipiente. Ya junto a los gruesos muros, se detuvo. Miró a Rigoberto que se empinaba sobre una roca parra espiar por una de las ventanas. ¡Mudo, se dejó descender para que Layo se asomara y viera! Allí en medio un salón umbrío estaba Monseñor atado en una de las sillas cardenalicias, con un trozo de tela cubriéndole la boca. Alguien detrás con un uniforme negro y capucha pasa montaña, lo maltrataba con un arma hecha con cuero y metal.

Salieron con mucho cuidado. No necesitaban más para escapar de la casa clerical. Cuidadosamente caminaron entre los matorrales, y se tapaban cuando escuchaban ruidos o un trueno. Llegaron al seminario y entraron por una puerta escondida entre la leñera. Cuando llegaron al los pasillos principales, escucharon voces desconocidas, que buscaban a los habitantes del lugar. Se escondieron. Pasaron varias horas y cuando advirtieron que las voces ya no se oían y los neumáticos de unas camionetas habían dejado de chirriar; salieron. Se habían llevado a dos monjes y un seminarista.

No prendieron fuego ni luces. Amaneció y recién ahí, se asomaron a las cocinas. Debajo de un enorme y pesado armario, se asomó el fraile cocinero. Era anciano y astuto. Temblaba. Su boca desdentada, parecía un resorte. ¡Son los hombres del gobernador! Se dejaron atrapar Gualberto y Marcos, y el joven seminarista Daniel.

¿Qué podemos hacer? Layo, se volvió a vestir como paisano. Y dijo: Iré al mercado a buscar los comentarios de la gente. El cocinero le dijo, tenemos una señal con algunos paisanos. Ponte un escarbadientes en la boca y haz como que es tu costumbre usarlo. Alguien te reconocerá y se acercará. Salió por una entrada lateral. Caminó por el camino con una bolsa llena de manzanas. Y llegó hasta un claro, donde estaba detenido un camión del gobernador. Saludó tocándose el ala del sombrero viejo y sucio. No le contestaron, pero lo miraron con ojos arteros... buenas. Silencio. ¿Quieren una manzana? Y con habilidad les fue tirando a la mano una manzana roja como la sangre que ellos tan bien sabían manipular.

Siguió por el camino. Llegó al mercadillo. Con su palillo escarbadientes entre los labios caminó entre la gente. Un hombre de tamaño enorme se detuvo y mostró su escarbadientes. Entonces, Layo se acercó y dejó sobre un canasto del puestillo su carga de manzanas. Entre sus manos estaba una hoja de papel con un nombre y una dirección.

El hombrote le dio unos billetes. El paisano se alejó por otras callejuelas para despistar a los mirones. Llegó hasta el lugar de la dirección. Golpeó y apareció una mujer mayor. Abrió. Pase. Ingresó y un abrazo lo dejó inmóvil. Era el obispo y estaba vestido de paisano como él. ¡Por fin hijo! ¿Qué ha pasado en el seminario? Charlaron mucho tiempo. Había que buscar una salida.

Armaron un plan. Layo regresaría a la ciudad y allí buscaría a ciertos personajes que eran amigos del obispo. Ya no tenemos dinero. El joven le dio lo que tenía de las manzanas. Algo es algo.

El regreso de Layo, fue una odisea. Cada patrulla lo detenía y revisaba su breve mochila, sus papeles. Todo. Pero llegó a la capital y se dirigió a las casas cuyos dueños eran amigos del obispo. Así, pudo conseguir ayuda.

Meses después, mágicamente desapareció el gobernador y su familia. Habían huido al extranjero con todo lo que habían robado de la Curia y de los monasterios. ¡Pero grande fue la sorpresa al descubrir que nada era de oro ni de plata! El pueblo regresó a la normalidad pero una espina quedó siempre en los lugareños. ¿Había paisanos que habían apoyado a los malhechores? ¿Se conocerían algún día o se perderían en la historia del  Valle Viejo?

EL PEQUEÑO GRANUJA


 

La señora Rosales vino a quejarse. El pequeño travieso, que todos los domingos se vestía de monaguillo; le había jalado las trenzas a su pequeña Eloisa. No tenía respuesta. Su madre lo castigaría por la hazaña que los chiquillos de la pandilla, le obligaron cumplir para poder ingresar en ella. El barrio era un nidal de pequeños granujas. Su querida tía Sofía, trató de evitar que lo castigaran. Esa tarde no cenaría en la mesa con toda la familia, solo en la cocina y sin postre. ¡Había pastel de papas con un rico picadillo que adoraba y puré! La tía le pasó en escondidas un sánguche. Salió escapando. Luego, ya sereno esperó que Don Albino, el cura lo hiciera ingresar. El cura lo esperaba para que lo acompañara a repartir el cuerpo de Jesús, entre los enfermos de la comunidad. ¡Justo a él! La barriga le gritaba goles por el hambre. ¡Un solo emparedado!

Después de la vuelta por las casas donde se detenía el prete, al atardecer salió  como salía siempre, pero caminando despacio, sin mirar hacia ningún lado. Los chicos lo miraban con cara de pocos amigos, le gritaron "pollerudo", "Chupa cirios" y sintió que su corazón se abría y que comenzaba a sangrar de bronca. Recordó que en la sacristía había un san Esteban atravesado por flechas y creyó que él, quería tener un arco y flechas y atravesar a todos esos inútiles que lo molestaban.

Cuando regresó a su casa, vio cuánto tenía juntado en monedas y billetes. En el celular, buscó un lugar donde vendieran ballestas y flechas. No era muy lejos. Si se tomaba el trolebús, lo dejaba a dos cuadras. Se acostó pensando como podía hacer... primero iba a ir al club a practicar. Él, los iba a madrugar. Cuando manejara el arma, flor de susto les daría. ¡Nunca más se iban a reír de él!

El viernes a la tarde, había un partido de fútbol en la cancha de Juveniles. Envolvió su ballesta y las flechas en la mochila. Sobresalía alguna punta, pero se podía disimular. Llegó traspirando. Le temblaba un poco el cuerpo, pero la rabia se detuvo en su corazón cuando le detuvo el padre de Tito, para preguntarle que llevaba. ¡Una banderita! Mintió y sintió vergüenza.

Cuando se acomodó en la zona apartada, atrás, a la sombra de un sol que se iba escondiendo... vio a don Albino, entre los que esperaban el partido. ¡Qué bronca, no era el momento! El cura le hizo seña que se acercara. Se levantó lentamente, pero lo vio al "Chalo" que le hacía una seña que él conocía muy bien: ¡PUTO!  Y la sangre se le subió a la cabeza, sacó la ballesta y acomodó la flecha.

Un silbido agudo salió de la sombra y Chalo cayó como un rayo en la tormenta. La flecha estaba justo en el hombro... desplomado y con sangre la gente corrió. Tenía miles de ojos puestos en él. Se sentó y esperó. Don Albino y un policía estaban a su lado.

Por ser menor, le dieron cinco años en suspenso, y debía hacer acción social para reparar el daño. ¡Nadie se atrevió a burlarse del monaguillo! Don Albino lo ayudó a hacer la acción social y lo llevó lejos a la casa de cierto pariente para que no le quedara una mancha de sangre en su vida.

 

martes, 27 de enero de 2026

NARCISO

 

 

Lo seguí por el callejón como a lagartija de siesta en verano. Se escabullía y se escondía entre las ramas que caían en el zanjón de sauces viejos.

No podía atraparlo. Era malo. Tan malo como puede ser un chico criado sin familia conocida. Una vieja abuela que le gritaba casi siempre para que se bañara y durmiera como un buen cristiano.

Cuando lo atrapé, se mojó los dedos mugrientos con los mocos y me pasó por la cara. ¡Qué asco! Pero no me dejé aventajar. Le dije: -Narciso tu costumbre de echarle kerosene a los gatos silvestres y luego incendiarlos es una porquería.

¡Callate negra de mierda! No sos nadie para decirme qué tengo que hacer.

Pero yo insistí. Sos malo y eso que hacés es criminal.

-¡No, cuando salen esas bolas de fuego me hacen sentir como un dios cuando hizo el sol!

Y me tiró un cascotazo que me dio en el pecho y caí desmayada. Se fue y no regresó hasta hoy que vi un gato en llamas correr entre los viñedos.

 

 

SANGRE DE MÁRTIR

 


 

¡Nadie caminará de mi mano al destierro!

 

Mi alma sosegada adocenará inviernos.

 

Una luz deslumbrante acogerá el denuedo

 

De encontrar entre espinas

 

La Verdad y el Silencio.

 

En lo alto la Cruz

 

Con sus heridas abiertas.

 

En mis brazos la cruz que me alienta a su encuentro.

 

Y una espera vital de Jesús Nazareno

 

Que me acoja en sus brazos

 

Llagados y perpetuos.

 

Mañana, estaré aquietada en espera.

 

Ser necesariamente una llaga

 

Que duela,

 

Con la mirada puesta

 

En la Cruz Golgotana y…pasará

 

a la hora esperada,

 

Una gota de sangre

 

Una lágrima pura,

 

Pura Sangre de Mártir.

LETICIA 6

  

            ¡Se tiró en un sillón mullido y cómodo! Temblaba de emoción, y las manos acariciaban su propio rostro como lo hiciera esa mañana el apuesto médico que había llegado hacía meses del extranjero. ¡Soy demente! ¿Será cierto lo que me está pasando? Es tan hermoso como yo lo imagino… es tan real como esa sonrisa amplia que despliega cuando entro a la guardia o a la sala.

            Leticia se pellizca. Enrula su cabello desordenado después de una larga jornada. ¡Es maravilloso! Tardó mucho tiempo en hablarme, en decirme su nombre, en contarme sus sueños. Y yo, ignorando al destino, lo miré por primera vez esa noche del accidente en la carretera  allí vi al hombre, con su alma intacta y lleno de vocación.

            Sus manos se movían con rapidez y ternura. Escalpelo, oxígeno y una enorme necesidad de salvar a los heridos. ¡Existen aun, personas que aman esta dura profesión sin pedir mucho! Las bolsas de sangre o de plasma, parecían mariposas volando de cuerpo en cuerpo. No paró un minuto. Era como si de sus manos dependiera el futuro de la vida del mundo.

            Se acomodó enrollada en su bata de noche, con una copa de vino en la mano. Miraba por el ventanal de su monoambiente hacia el poniente donde el sol parecía un trozo robado a un círculo de fuego. Tocó la tecla y dejó que la música la arrebujara y cerró los ojos. ¡Sí, es muy apuesto! Me he enamorado.

            Quedó dormida, agotada por las largas horas de entrega a su trabajo en la clínica social del pueblo. ¿Adónde estaría él, ahora? Imaginó su cuerpo entrando en una piscina o en el mar. Luego pensó que era de una región montañosa y lo pensó escalando entre rocas gigantes y nieves eternas. Soñó.

            Un fuerte golpe la despertó. La puerta de su habitación, apenas estaba separada por una mampara del ínfimo estar y cocina. Otro golpe y un estruendo, rompió esa seguridad que le daba intimidad. Un ser grotesco ingresó con un arma.  Su cabeza cubierta por una máscara negra de horrible imagen, guantes negros y un olor que apestaba a alcohol barato. Se abalanzó sobre Leticia y comenzó a gruñir como un animal enloquecido. Le arrancó la ropa y la sacudió dando u golpe durísimo con el arma en su cabeza.

            Leticia no podía moverse ni gritar. ¡Estaba paralizada! Le ató las manos con el cordón de la computadora, la amarró a la cama y se tiró sobre su débil cuerpo de mujer.

            Se desmayó. Entre el dolor y las nauseas, sintió que la arrastraba por el pequeño habitáculo. La arrojó bajo el grifo y le refregó el cuerpo y su intimidad. En el agua se diluía la sangre que manaba de una herida o varias. Estaba atada y con el rostro cubierto por sus bragas. No podía ver el rostro del monstruo. Se desmayó.

            Sonaba el timbre de la portería y el teléfono celular enloquecido destellaba tratando de tener una respuesta. Despertó dolorida y fatigada. ¡He soñado o he vivido esa experiencia horrorosa! Temblando se empujó como pudo hasta la mesa donde estaba el celular. Sus manos temblaban. Lo tomó y como pudo deslizó en la pantalla sus dedos doloridos, para gritar: ¡Ayuda! Que alguien venga en mi ayuda.

            Pasaron pocos minutos y llegaron una ambulancia y un coche policial. La encontraron herida y desnuda. Se tiró en los brazos de su salvador. No era él, era un médico que la conocía hacía mucho tiempo. La vistió luego de curar las heridas. Un joven policía fue tomando las medidas para que no se ensuciara el espacio en el cual Leticia había vivido esa horrenda experiencia.

            La sirena de los vehículos la sedaron junto a una inyección que le puso el galeno. Llegó a su clínica y fue derecho a una sala donde varios colegas la trataron de participar de su atención. Su enamorado, ese día no estaba. Se durmió. Los calmantes la llevaron por lugares inexplicables. Algunos bellos otros horripilantes.

            Cuando despertó, estaban junto a ella unos detectives que esperaban pacientemente su mejoría. Comenzaron a interrogarla. Ellos, con cada descripción que ella daba, se cruzaban miradas extrañas. Pero el dolor y la confusión no le permitían tanta perspicacia.

            Leticia… ¿Desde cuándo usted tiene un arma blanca tan peligrosa en su departamento? ¿Qué hacía a esa hora con… su colega Edwin Zarratea?  ¿Cómo pudo cometer un acto tan detestable siendo médico? Ella extrañada, los miró con sorpresa y se quiso incorporar, pero sintió que su mano estaba esposada a la barandilla de la cama.

            ¡Perdón no entiendo!  ¡Qué me pasa, si yo fui atada, golpeada, violada y casi muero en manos de un desconocido! Los hombres se miraron. ¿Señorita, usted mató con un cuchillo muy especial por su origen japonés a Edwin Zarratea, el cuerpo fue encontrado en su lecho con cientos de puñaladas?

            De su garganta no salía ni aire ni gritos. ¡No, yo no hice eso! Soy inocente. Yo amaba a ese hombre. Ellos, se acercaron y le mostraron unas fotos. Así lo dejó.

            Soy inocente. Yo no fui. Créanme. Y se volteó para poder soportar tanto dolor físico y espiritual. Ingresó el jefe de guardia y pidió unos minutos, traerían un colega siquiatra para trabajar el caso. Leticia, se volvió y le suplicó. ¡Ayúdeme, juro ser inocente! Ustedes me conocen desde hace muchos años. Los policías salieron y quedó frente a frente con el jefe. ¡Te lo dije Leticia, acá nada de romances entre colegas! Y salió dando un portazo.