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lunes, 21 de septiembre de 2026

UNA VENGANZA DE ULTRATUMBA


“la noche tiene su canto y me has de decir cuál es” Martín Fierro.

“A las sombras sólo el sol las penetra y las impone, en distintas direcciones se oyen rumores inciertos, son almas que de los que han muerto que nos piden oraciones. Moreno.

La casa está bajo la vigilante mirada de cierto oscuro personaje. Cada hora que pasa, varía la posición de sus anteojos de larga distancia. Alquiló el edificio vecino, que destruido como está, pasa desapercibido a la curiosidad de cualquier transeúnte o residente alrededor de la “casa”. Usó, por supuesto, documentos apócrifos, que eliminará cualquier rastreo de su verdadera identidad. Allí se mantiene atento a cada rumor, cambio o persona que se acerca. Trajo todo lo que puede necesitar para sobrevivir dos o tres semanas sin mostrarse, sin despertar sospechas. No enciende luces, ni cocina. El silencio es atroz, cabe, el silencio, en la robusta imaginería que rodea las viejas paredes descascaradas, cubiertas de fotos con la misma figura. La obsesión pertinaz le produce palpitaciones. Busca el rostro largamente fantaseado.

Las sombras comienzan a cubrir los muros húmedos y fríos, con lágrimas de olor a orines y moho. Vuelve a cambiar de ventana. Ese ángulo es más siniestro que el anterior, da  a un patio trasero lleno de chatarras y basura, acumulada durante el último semestre. Él, conoce cada movimiento, pero espera descubrir el paso en falso que tarde o temprano dará el hombre.

En la oscuridad, carga un reflector infrarrojo que sigue los movimientos sin que lo puedan descubrir.

Con la noche vuelve el llanto lastimero que al principio buscó desesperado por cada rincón de la ciudad. Ese llanto que lo sigue y lo persigue. Luego, más sereno, comprendió que era un llamado de ultratumba. Alguien que había muerto mal, buscaba sus dotes para comunicarse. Esa maldita herencia que lo ha marcado desde que se quedó encerrado ocho horas en la cripta de su familia cuando tenía apenas cinco años. Recuerda cada minuto, cada instante de ese momento. Las manos ahuesadas que se aferraban a su camisa de franela celeste, los lamentos y gritos desarmónicos de las sombras que lo rodearon. Hasta que llegaron por él. Lo salvaron de las almas en pena. Quedó marcado para siempre, desde entonces sus noches están pobladas de seres que viene a solicitarle ayuda. Mujeres mutiladas por amantes ciegos de celos, niñas violadas y ahorcadas por pedófilos indignos, madres operadas en tugurios abortando hijos  no deseados, ladrones ajusticiados por sus cómplices avaros... esa es su cruz, la de ser el intermediario entre la vida y los muertos. Pero no cualquier muerto, los que han sido arrebatados de su destino.

Observa que se detiene un vehículo, lo ingresan de culata al galpón que sirve de guarda coche. Su anteojo está húmedo entre las manos heladas. Atentamente sigue los movimientos de ese hombre gris, no, negro como las sombras que proyecta la noche sin luna. Un nuevo rumor va creciendo en la casa abandonada en la que espera, son gimoteos y llanto de niño que buscan ser oídos por el que acecha. Un espectro comienza a dibujarse en la pared lateral, donde las fotos apenas se vislumbran. Una forma densa va conformando la imagen de un chico no mayor de doce o trece años. Debe ser a quien han descuartizado, ahora envuelto en un lienzo pringoso de barro y sangre. Él, observa atento. Los rumores y movimientos de seres fantasmales lo envuelven con susurros, implorando justicia. ¿Justicia? Si ese espectro espera la justicia de los hombres, sólo él, podrá hacer justicia. Ya lo tiene en la mira de su rifle con luz ultra láser. Certera, la bala impacta en el cuerpo del hombre que arrastra el cuerpo entre el barro del garaje y el jardín. Cae pesadamente envuelto en un humo azulado. La sangre va desplegando una areola en el pavimento húmedo de la vieja cochera. En el muro impiadoso de su habitáculo surge un nuevo sonido lastimero y nítido escucha una voz que sentencia: “ Me vengaré”.

En la pared mugrienta donde las fotos brillan con una rayo de luna, surge la figura grácil de adolescente que le pide una oración para dormirse en el sosiego de las sombras.

LAS NOCHES DE MUHAMMAD

 

La caravana atravesaba el desierto lentamente. Si la sal les traería fortuna, más les darían en la feria del oasis por las tres esclavas que compraran en  Rasheah, donde las vendía un viejo mercader yemenita. Cubiertas completamente por negras burkas era imposible descubrir si eran bellas, jóvenes o viejas. Una larga fila de mefíticos camellos dejaba una huella de excrementos que pequeños niños, esclavos negros del sur, juntaban en corambres de cuero para prender fuego cuando ya secos sirvieran en las tiendas para calentar el té. Al llegar la noche, cada hombre  luego de higienizarse para orar, se sentaba frente una fogata a beber leche de camella recién ordeñada. Los pequeños se apiñaban para recibir tortillas de salvado mezclado con requesón de cabra. Única comida del día. Las tres mujeres, atadas con una pesada cadena de cobre, recibían en sus manos azules llenas de míticos tatuajes, algo de beber y tortillas de afrecho. No hablaban entre ellas porque no se entendían. Cada mujer era de una tribu distinta. Sólo se escuchaba sus quejas y lamentos que cesaron después que el viejo Hassam les diera un latigazo a cada una. Así pasaron los días, con calor insoportable desde la mañana hasta la tarde y con terrible frío en la noche, bajo las estrellas que se quejaban de tanto lagrimear rocío helado sobre los lomos agrios de los camélidos.

Las tiendas desplegadas en la arena, eran una litografía cincelada en piedra negra en la oscuridad. Un resplandor de fuego escudaba con la humareda que impedía a la miríada de insectos y alimañas acercarse. Las tres desgraciadas gemían por el frío que atravesaba el mugriento harapo que las cubría. Ya no tenían lágrimas para derrochar y se pegaban una a otra buscando un poco de calor humano. Uno de los pequeños se acercaba con agua o té, para demostrarles su compasión de niño grande por su compartido destino de esclavo.

Al amanecer, el ruido descargó su ira sobre los rumiantes que a fuerza de látigo se puso en camino. Hacia el este se avizoraban las montañas del norte de África por donde debían pasar esquivando la zona donde el hombre blanco, colonos malvados, con los legionarios, masacraban a los beduinos. Ellos eran bandidos de otra especie, de otras costumbres más claras. Comerciaban con la muerte.

El canto del Sagrado Corán servía para darles un respiro en el fatigoso camino. El calor comenzaba a golpear en la cabeza de las desgraciadas. Una pertenecía a una tribu cuyo jefe siempre en pie de guerra había tratado de seguir la caravana, pero el difícil camino entre las rocas y el desierto impuso su rápido consuelo. Una mujer menos no era cosa de importancia para él. La joven sangraba por dentro y por fuera. Su cuerpo de piel oscura, tenía llagas que comían las moscas que por miles ponían huevos en su carne abierta donde el cobre había hecho su tarea. El hedor les daba nauseas pero no tenían alternativa. Un perro que acompañaba el grupo solía venir a lamer las larvas y eso le daba un respiro. Les ardía el sudor en las heridas, la sal que emanaba del sudor acre envenenaba cada una de las úlceras abiertas.

Una figura se acercaba, era un beduino, que envuelto en su turbante azul noche, sólo mostraba la mirada de ojos profundos y amenazantes. Levantó el tapiz que cubría parte de la jaula en que eran transportadas. El camello, ante una señal del hombre se fue sentando. Cada bamboleo del cubil, se despellejaban más los tobillos y el dolor era más agudo. Las arrancó de un manotazo. Sobre la arena caliente sintieron nauseas otra vez. No tenían nada en el estómago y la sed, les había deformado los labios y las gargantas. Sintieron que una mano varonil palpaba sus huesos apenas cubiertos por algo de carne. Un rugido partió de esa garganta. Ese, seguro era un jefe y estaba muy airado. Vino un muchacho y con suaves movimientos las tomó, les despojó de cadenas  manos y piernas y las acercó a un lugar donde había rumor de agua. El pozo. El guía protestó y sintieron el chasquido de un látigo. El grito de rencor y dolor, llenó un segundo el espacio. Una voz aflautada habló en yemenita y Layla entendió. Debes bañarte pequeña y te daremos ropa limpia y una burka  nueva. Luego habló en lengua berebere... y Um le entendió. Finalmente fue Dahira quien comprendió qué hablaban. Cada una a su tiempo fue transformándose en persona. Sus largas cabelleras limpias enroscadas y su piel cepillada sin larvas de moscas. Ni piojos que les aguijoneara las llagas.

       Muhammad  las hizo traer a su tienda, mostraron sus cuerpos y su ira vibró en  la piel.- Así piensan vender a estas desgraciadas. Son ustedes tan inútiles que no entienden nada. Las quiero conmigo, alimentadas y sanas.- Acurrucadas en a alfombra  se agazapaban  tratando de entender al hombre. Hassam, trajo una fuente con cordero y verduras. Él, les explicó que no comieran demasiado porque enfermarían. Así fue, se abalanzaron sobre las fuentes y con sus manos comieron sin pudor. Al tiempo corrieron fuera de la tienda a vomitar. Muhammad reía como loco. Llegó un puñado de músicos. Dos üd, tres rababah, dos ney  tocaban qásidah con bellísimos pasajes del Sagrado Corán. El sopor las fue adormeciendo y cayeron sobre los tapices profundamente dormidas.

Los cuerpos  ayer tumescentes, hoy brillaban con los aceites con que los niños habían  acariciado a las mujeres. Un nuevo día les trajo una luz de serenidad. Dahira trató de mostrar a las otras desdichadas que pronto llegarían a un sitio donde serían vendidas. Así fue que tras varias jornadas se oyeron los gritos de otras caravanas que apacentaban cerca de un oasis en el desierto. Era un zoco túrbido. Allí se mezclaban las joyas de oro del Sudáfrica, diamantes de Mozambique,  marfil de Zambia, turquesas de Irak e Irán y piezas de arte de todo el norte y centro de África y medio oriente. Cosas robadas. Cosas legítimas. Cristales de Italia, porcelanas de Alemania, seda de China y Francia, perfumes de varios orígenes. Piezas de plata de países lejanísimos que habían viajado por tierra y mar durante largos días. Lo más valioso... mujeres y jóvenes mancebos que se vendían como esclavos. Algunos viejos pederastas, llegaban escondidos en sus chilabas y turbantes negros,  para no mostrarse  a los mercaderes con quienes mercaban. Bolsitas de oro o diamantes, o jade y rubíes de Burma, pasaban subrepticiamente de mano en mano.  Todo se compraba y todo se vendía. Nada era sorpresa para ellos.

Um, fue tironeada hacia un pequeño escabel, donde subió y fue desnudada frente a un grupo de hombres. Sus dientes blanquísimos y su piel cetrina con tatuajes tribales, atrajo algunas miradas. La palparon, le abrieron la boca, le tocaron los senos y el vientre. Ella escupió una mano que tocó su sexo. La golpearon con un azote de cuero. Quedó inmóvil. La habían comprado. Supo que su destino ahora era un hombre somalí. Fue cubierta pronto con un aba y un chador y recluida en una tienda.

Layla quedó en espera. Un blanco que había llegado en un caballo árabe de un negro espectral, caracoleó junto a su cuerpo desnudo. Tiró unas libras esterlinas de oro sobre la arena y un petimetre de pelo anaranjado, le echó una capa blanca y la arrastró hasta un potro color canela que esperaba cerca del pozo. Allí se quedó esperando su futuro.

Dahira esperó impávida que la buscaran. Nadie vino. El sol escapó por entre las dunas y las caravanas se fueron dispersando. Evitó llorar. La noche alfombraba el frío desierto. La tomaron con trémulas manos los pequeños eunucos de voz aflautada. Sin evitarlo llegó ala tienda de Muhammad quien esperaba ansioso a la nueva esclava. Ella alegraría sus noches. Calentaría su tienda y le haría temblar de placer en cada minuto de pasión. Muhammad, no sabía que tras la caravana, a dos jornadas de camello se acercaba Abdullah ib- Talah, el prometido de la niña, con su gente.

En la tienda los músicos hacían resonar los tambores, üd, neys y rababah; mientras pequeños mancebos acicalaban  a la muchacha. El fuerte olor del cordero asado con menta y especies impedía olisquear el tufo de los jinetes que se acercaban.  La luna esgrimía preñez de  oro sobre la arena. Un telar de hojas de palmera, disimulaban los tapices de los toldos. Las patas de las bestias, almohadillaban los médanos. Dahira sin temor esperaba. Esperaba.

 

¿QUIÉN LO MATÓ?

 


                              Cómo será mi amanecer sin aves acurrucadas en la frente de mis sábanas de hielo.

            Despertó alterada por las sirenas que ahuyentaban a los pájaros del jardín. Las cortinas se movían con las bruscas ráfagas de viento. Amanecía. Un vapor reflejaba en los faroles del parque luces azules que titilaban desde fuera de las rejas del caserón.

            Regina se movió en las perezosas sábanas como un felino, intentó salir del sopor que tenía tras una noche complicada. Recordó los sucesos del día anterior y un escalofrío le recorrió el cuerpo. ¡Aún creyó oír los gritos de Damián! Es verdad que habían bebido mucho alcohol, que Jenaro estaba fuera de sí, pero no recordaba qué había ocurrido después de la pelea. Ella, se había descalzados sus tacones y subió a la alcoba, se desnudó, y sin sacarse le maquillaje, se derribó en el lecho entre las sábanas de su lecho. Quedó dormida de inmediato. ¡Demasiado champagne y vino!

            Las sirenas seguían desterrando el silencio que solía envolver la casona. Se puso de pie, tambaleante y se vio en el enorme espejo de su placard. ¡Estaba irreconocible! Su cabello suelto y despeinado, sus ojos rodeados por el negro tinte del Kohol, el carmín de los labios derramado por los labios deformando su boca. ¿Cómo iba a bajar hasta la sala para ver dónde había quedado Damián? Entró en el baño y abrió la ducha, la calida lluvia le cayó como un bálsamo sobre la cabeza que resoplaba en un dolor arrogante. Era la famosa resaca. Salió de la ducha y después de secarse la piel se vistió con una bata liviana. Descendió la escalera con pereza, la cabeza estaba rota por el alcohol que aun parecía merodear en su sangre.

            Dos hombres de uniforme gesticulaban en el enorme bitreaux de la puerta de entrada. Apuró el paso y a pesar del mareo, se acercó a la entrada. Un enorme resbalón

La desparramó en el piso. Con esfuerzo se levantó y abrió. Su cuerpo estaba lleno de un líquido rojo oscuro, pegajoso y maloliente. ¡Sangre!

            Ingresaron ambos uniformados. La ayudaron a ponerse de pie, estable y despistada con su mirada miope a los sucesos que vendrían.

            Sintió el estallido de uno de los vidrios de la zona exterior de la casa. Recordó que esa noche habían departido horas entre trago y trago, con la música a decibeles altísimos, con los amigos de Damián y Jenaro. Recordó como envuelta en una nube a Lucila y a otros que bailaban y reían. ¿Qué pasó? Preguntó sin aun ver la sangre con la que se había manchado.

            ¿Señora... un muerto en su hall... le parece que no ha pasado nada? Se miró en uno de los espejos de la sala y vio su breve bata llena de sangre. Cayó como un rayo sobre el frío mármol. Estaba desmayada.

            Cuando despertó la sostenía una joven uniformada. Soy la subjefe de la policía local. Mi nombre es Mirna Castillo, y estoy aquí para que se aclare la muerte del occiso.

¡Déme su nombre completo y su estado... edad y qué hacía mientras ocurría este terrible asesinato!

            Soy Regina Rivamar Altunez, esposa de Damían Araujo Acevedo... tengo cuarenta y un años y vivo acá con mi esposo.

            La mujer la miró con desagrado. Aun tiene el olor a la bebida que ingirió en la fiesta y no sabe que su esposo o lo que sea, si lo es, está muerto, desangrado en el piso de su hall. Tiene la vena aorta cercenada y hay parte de su sangre en todo el pavimento hasta la puerta y salida de la casa. Esta mañana el diarero avisó a la comisaría que había sangre. Por eso hace más de una hora y media que tratamos que alguien saliera a atendernos... pero... usted despertó con dificultad señora. ¿Qué se ha consumido, lo veremos con científica? Un joven con gafas enormes, ingresó por la derecha, detrás venían unas figuras envueltas en overoles blancos y máscaras sacando fotos a todo y a cada milímetro del lugar.

            Regina no entendía aun el horror que la envolvía, para ella era la primera vez que se aventuraba en semejante desastre. No se dio cuenta que estaba en bata y llena de sangre hasta que se tocó el rostro y sintió el perfume metálico de la sangre. ¡Por Dios, de quién es esta sangre! ¿Estoy herida?

            La subjefe la miró de soslayo. ¿Está mintiendo o realmente no sabe lo que le está pasando y ha pasado? ¿Bueno, dígame sin mentir qué pasó acá en la noche de ayer... desde qué hora se ha realizado el sarao? Y déme los nombres de los asistentes.

            Regina intentó recordar. La fiesta había comenzado a la medianoche, muchos llegaron después de la una, porque venían del concierto de un grupo de música que amaban. ¡Qué buen concierto era lo que comentaban los conocidos!

            Se paró, tambaleó un poquito, pero fue despacio caminando hasta la pequeña mesa del hall, allí estaba la lista que habían confeccionado con Damián y Jenaro. La tomó con precaución y se la entregó a la mujer. Estos son los invitados pero creo que vinieron dos o tres amiguitas de algún invitado solitario, bueno no tan solitario si lo vemos así. Sonrió para su adentro. Esa rubia delgada con senos grandes no era de las más esperadas por Regina, y ese tipo de gafas oscuras, camisa abierta hasta casi el ombligo no era amigo de Damián...

            La uniformada junto a una policía de blanco la tomó fuertemente del brazo y la llevó junto al cuerpo... ¡Era Damián! Se quedó rota, perdida en ese horroroso cuerpo deformado que ella amaba. ¡No, no es mi esposo! Es otro, no puede ser. Yo subí y me acosté y recuerdo los gritos de una pelea, pero siempre el alcohol lleva a pelear a los improvisados. Nuestros amigos no están acostumbrados a discutir y gritar.

            Cubrieron el cadáver con una cubierta de plástico blanca y tomaron sangre del cuerpo de Regina, también le hicieron un dosaje de alcohol en sangre y de drogas. ¡Sargento Núñez, acompañe a la señora a cambiarse, para ir a la comisaría! La mujer la tomó fuertemente del brazo izquierdo y subieron a la habitación. Allí Regina se vistió rápidamente y se calzó unas sandalias blancas con flores azules, se puso un vestido azul prusia y se tomó el largo cabello con una traba de carey. ¡Espere me pondré mi reloj y mis anillos! Unas joyas muy valiosas, observó la muchacha, no ha habido robo, por lo menos no acá. Le diré este detalle a la jefe. Descendieron y esposada la ingresaron en la zona trasera del auto policial.

 

            En la sala donde fue introducida, había una mesa de metal. Le sacaron las esposas y comenzó un largo y macabro diálogo. Ella contestaba de acuerdo a lo que recordaba. Pasó un breve tiempo y vio por el cristal derecho que llevaban esposado a Jenaro. Ahí cayo en la cuenta que Damián, su amado Damián había muerto esa noche.

            ¿Quién lo había matado, sólo Dios lo podría en ese momento saber? O no. Después del largo interrogatorio, ya Regina, sentía nauseas. Comenzó a llorar aunque se había propuesto estar serena. Hizo un esfuerzo y recordó los gritos. ¿Eran voces de hombre o de mujer? ¿La pelea era por... dinero o por otra cosa? El hombre que la interrogaba salió y le trajo una bebida cola. Ella la deglutió con afán. Tenía una sed terrible. Aclaró la garganta y le preguntó: ¿Dígame, a qué hora fue destruida mi vida? Yo amaba a mi esposo. Y ese hombre que acaba de pasar era su mejor amigo, casi podría decir su hermano del alma.

            No podían decirle. No podían descartar nada ni a nadie. El hombre muerto era un conocido personaje del empresariado local. Muy apreciado por la mayoría de la gente. Vio pasar a dos vecinos de su vivienda que cara desacomodada, intentaban zafar de semejante y brutal hecho delictivo. Una camioneta arrastraba el auto por el cemento que rodeaba el edificio policial. ¡También buscaban allí! Pensó Regina.

            Las horas pasaban. Desfilaron varios de los invitados de aquella fiesta. Todos cariacontecidos, trataban de demostrar su inocencia. Volaban los móviles con mensajes de los que por causas personales no estaban en sus domicilios. La ciudad ya estaba atenta al acontecimiento. Pronto comenzaron a llegar móviles de los canales y radios locales. El asedio era insoportable para todos.

            El Inspector y sus ayudantes decidieron sacar a la mujer y al otro hombre, Jenaro, del edificio.

            Cuando llegaron a la casona... fue una sorpresa encontrar todo desparramado, cosas de valor artísticas rotas, abiertos cajones y placares, alacenas desvastadas y baños revueltos. Se habían llevado botellas, copa, bolsas de basura..., ya no estaba Damián sobre esa enorme mancha de sangre que había tornado rojo muerte, negra y maloliente.

            Faltaban muchas cosas. Entre ellas los cuchillos, tijeras y todo instrumento cortante que habían hallado. Cuando entró María la empleada que hacía veinte años trabajaba en la casa, se abrazó a la patrona y lloró con desconsuelo. ¡No puede tocar nada! Le dijo un agente. Y ella cayó en la cuenta que podía ser investigada, lo que le preocupó por la conducta de su hijo que andaba en cosas raras con algunos inmigrantes.

            Comenzó la etapa de recordar los hechos por décima u doceava vez. ¡Era voz de mujer! Sí, era una voz cargada de odio y descaro. Palabras oscuras y que Damián nunca había expresado frente a Regina. Desde la bruma de su mente recordó un nombre: Gina...o Gianna. Era muy extraño no saber quién era esa mujer.

            Pasados los días, organizada la casa, luego de la despedida de Damián en el cementerio Parque Del Silencio; regresó la jefe Mirna Castillo con unas fotos y varios objetos. Una delicada observación, le permitió a la joven viuda, ya sobria y doliente, reconocer a la mujer que había acompañado esa noche al hombre de camisa abierta.

            Creemos que ésta puede ser la persona que mató a su esposo. Y ha desaparecido de la ciudad. ¿Tiene idea quién es? ¿Dónde puede estar? Cerró los ojos y recordó... esa mujer la había seguido unos días antes por el centro comercial, por la calle del gimnasio y de la peluquería. Asintió. Esta mujer no es amiga nuestra, y no vino con un amigo de Damián. De repente ingresó al salón Jenaro. Venía esposado. Y custodiado.

            La sorpresa fue mayúscula. Todo era una arreglo con ciertos personajes de la corporación que estaba en quiebra. Su esposo ha muerto por manos de estos mal vivientes. Todavía se escucha el ruido de la bofetada que Regina le dio a Jenaro en el rostro... ¡Maldito estúpido, mataste al que te podía sacar de la miseria!

            Detrás de él apareció una mujer... la que discutió con Damián y cumplió con el astuto plan que habían preparado para esa fatídica noche. ¡Era la amante de Jenaro!

MAGDALENA

  

Ya se que su ternura refleja la dulzura cuando abraza mi piel aligerada.

La plaza estaba desierta y tenía que atravesarla para llegar a la boca de metro. Su abrigo se había transformado en una suerte de sábana bordó que flameaba con el aire frío y el taco de su zapato se deslizaba de un lado a otro. En cualquier momento se iba a romper. Temía a una caída. Las luces penetraban en los negocios desafiando el constante apremio de los nuevos delincuentes que habían ingresado con una ola de seres extraviados por el uso de estupefacientes. Parecían zombis. En cada rincón oscuro de la ciudad se los veía deambular buscando algo.

Recordó la vida cuando ella era una joven adolescente. Sus padres la atraían a tareas humanitarias, al deporte y al arte. Pero el tiempo había pasado y había despedido sus deseos primitivos para dar lugar a lo cotidiano. Su título de profesorado en letras e idiomas antiguos, le reportaban un buen salario y poco tiempo para dedicarse a sus inclinaciones artísticas.

Una bocanada de aire caliente y húmedo la atrapó en el ingreso al metro. Bajó las escaleras apurada. Quería llegar a su casa para descansar y ducharse. No había comido un plato casero en días. Siempre lo que encontraba en el café de la empresa. Al voltear un rincón encontró a un muchacho con su violín entre las piernas. Se había quedado dormido. Hizo un ruido para despertarlo. Lo podían robar. No tendría más de treinta años. Pero le colgaba la tristeza y el abandono, como una mochila de acero. Despeinado y sucio. Despertó y comprobó que tenía el violín aun entre sus largas y tortuosas piernas. Un... ¡Gracias! Apenas audible salió de los labios resecos del músico.

Magdalena le inquirió cuánto tiempo hacía que no comía o bebía agua. Él la miró y separó el rostro de la mirada inquieta de la muchacha. ¡Toma, le pasó su botella de agua mineral y una pequeña bolsita con galletas que había encontrado en su bolso! No es gran cosa pero lo necesitas más que yo. Sintió que se acercaba el tren. Corrió para subir. Y vio que él, le hacía una amable pirueta con el arco.

Cuando llegó a su departamento, se sintió segura y protegida. Era su lugar, su nido. Drago su gato, ronroneaba entre sus piernas, ya despojadas de calzado y medias. Había tirado el bolso sobre el sillón y se fue despojando de la ropa. Entró al baño y abrió la ducha. El agua tibia y fuerte de la regadera, la reconfortó de un día largo y pesado. Había logrado para la empresa un subsidio importante para la nueva presa hidroeléctrica que estaban pujando por ganar. No sintió el móvil que sonaba en su bolso. Salió de la ducha envuelta en un enorme toallón blanco. Su pelo oscuro caía sobre su cuerpo con el agua como si las lluvias hubieran llegado antes de época.

¿Magdalena Forves? Habla el subgerente de I.U.Stanford S.A. ¡Usted dejó un currículo hace unos meses! Tiene una entrevista este jueves a las 17 en nuestra casa central. Disculpe la hora, pero el trabajo... bueno esperamos verla.

La mujer se sentó sensibilizada por ese llamado. Ahora me buscan todos. Tuve que salir en la revista " RIC New" para que se interesaran en mí. Secó su húmedo cuerpo y el cabello y se tiró en bragas a la cama. Estaba exhausta. Drago se acomodó a los pies sobre el edredón y comenzó a ronronear. ¿Te di de comer? Se alzó y fue a la pequeña cocina. Sacó el alimento de su mimoso gato y ella se hizo unos huevos revueltos. Unas tajadas de jamón y pan negro con especias. Se sirvió una copa de vino y se fue derecho al lecho. Una sombra le pasó por la memoria... ¡Aquel joven del violín! Trataré de verlo nuevamente. Me preocupa su tristeza. ¡Pocas veces he visto esa mirada con tanta pena!

Después de comer, y dejando el móvil apagado, se durmió. Mañana será otro día.

La despertó un golpe fuerte en la ventana. Un ave se había estrellado en el cristal. Cayó como si fuese una hoja gruesa sobre el alfeizar, dejando un rastro de sangre .abrió la ventana y lo tomó con cuidado. Aun estaba tibio. Volvió a pensar en el muchacho del metro. ¿Qué habrá llevado a ese estado a un joven músico? Cerró el ventanal y al ver al ave muerta la envolvió en un papel de seda que tenía de algún regalo recibido, lo dejó en el recipiente de los desechos. ¡Así quedaremos nosotros, pensó!

Se puso un vestido de lanilla color verde agua y zapatos con tacón bajo. Una chalina de seda verde oscura y tomando su bolso, luego de dejarle agua y alimento a Drago, salió para su rutina diaria.

Cuando bajó del tren en el pasillo encontró al violinista que tocaba el "Invierno" de Vivaldi. ¡Su corazón se detuvo en esa música maravillosa! Él, la vio y sonrió.

Ella se acercó y le dejo un buen billete y en un papel le dejó el número del móvil.

Su trabajo la alejó de todo pensamiento fuera de los papeles que tenía que escudriñar, retocar y hacer firmar. Su jefe esperaba su revisión con la esperanza de recuperar un puesto en la oferta de los "genios" financieros.

Pasadas las horas y entregado su trabajo, tomó su bolso con la inquietud de su futuro encuentro. La entrevista con el hombre que le llamara y de volver a encontrarse con el violinista. Se alistó, pero una de las secretarias le dijo que se tenía que quedar porque hoy había una nueva charla con el jefe máximo de la empresa. Y con tristeza, se sentó a esperar que los llamaran, todos los empleados, deseaban regresar a sus vidas privadas. Hoy no podrían.

La conferencia fue frustrante. ¡Siempre lo mismo! Retórica y palabras de sueños ajenos. Salieron y ya era de noche. Cuando llegó al metro el silencio era enfermizo. El olor nauseabundo. Lleno de seres que se albergaban en los pasillos buscando refugio a sus fracasos. No vio al violinista. Y llegando a su casa, su móvil sonó con un número desconocido. ¿Magdalena Forves? Hablamos del hospital de San Camilo. Su tarjeta estaba en la chaqueta de un joven indigente... ¿Podría venir? ¿Qué le ha sucedido al violinista? Preguntó asombrada. Un accidente. Alguien lo ha golpeado hasta dejarlo en estado de coma. ¡Qué es usted de ese hombre? Nada. Lo escuché haciendo música en el metro y le dejé algo de dinero y mi tarjeta por si... necesitaba algo. Está muy grave señora. Le ruego que se acerque. Ya llegaré. Tomaré un taxi.

Al llegar al nosocomio el olor a desinfectante le hace dar un respingo. Recuerda a su última vez. La muerte de su madre. Ingresa y pregunta por el violinista. Sala cinco cama siete. ¿Qué parentesco tiene con el enfermo? Ninguno, lo conocí en el metro tocaba el violín. ¡Ah, bueno nadie sabe quién es, pase! Magdalena camina por el largo pasillo revisando los carteles. Acá es. Al entrar ve muchas camas con gente que padece diferentes males. Busca la siete. Encuentra a un joven distinto al que había conocido. El cabello limpio, la piel lavada y fresca y un enorme tanque de oxígeno a su lado. Los ojos cerrados, la palidez inhumana y una mano cargando una larga hilera de color rojo que se metía por una vena.

Se sentó en una fría silla de metal. Estaba sola y no había otras personas cerca que no fueran los otros enfermos. Vio a un costado la caja del violín. Parecía un pájaro muerto. ¿Qué tiene? Le preguntó a un enfermero que se había acercado. ¡Hambre, frío, soledad y miedo! Dijo como si supiera lo que ella había imaginado.

¿Sabe su nombre? No. Se terminó la hora de visita, pero venga cuando pueda porque parece que no tiene ganas de vivir. Se paró lentamente y le tocó las manos. ¡Están frías! Y, sí, están hidratándolo y alimentándolo y tratando que viva. No debe tener más de treinti...tantos años. Volvió varios días. El quinto día estaba despierto. Le sonrió. ¿Eres la joven del metro? Sí. ¡Gracias por venir. Me llamo Vladimir Sukonoff. ¿Vladimir Sukonoff, el violinista de la Real Sinfónica de Moscú? ¡Si, ese mismo! ¿Qué te pasó? Porqué así, tan... tan solo. ¡Por amor! ¿Cómo por amor? Katerina me dejó. No pude soportar su traición y antes de huir de mi patria la maté. Entonces, la policía ¿te busca? En mi país puede ser. Acá soy un "linyera" como dicen ustedes. Pero tu violín es mágico. ¡No lo creas!

Magdalena no comprendía bien lo que había pasado. Cuando llegó a su hogar buscó en Internet con el nombre la verdadera historia. Él, no había matado a la mujer. Ella había huido con el mejor amigo de Vladimir a un lugar desconocido y sólo se pedía el regreso del gran violinista del teatro ruso.

Cuando regresó al hospital, nadie supo decirle cómo y en qué forma el violinista había desaparecido; sólo se había llevado su violín.

Magdalena, firmó unos papeles en el nosocomio y regresó a su trabajo. Varias semanas después supo por la televisión que Vladimir Sukonoff había dado un concierto en Viena a beneficio de un lejano hospital de un país sudamericano. Cada billete había sido cotizado en mil euros. Ella, sonrió y recordó la botella de agua y las galletas que le entregó de paso por el metro.

 

 

jueves, 17 de septiembre de 2026

UNA ESCLAVA DE RODAS


 

            Antheia sostiene una lámpara sobre el lecho en el cual tiembla el cuerpo afiebrado de la joven Licaria. El aceite de la lámpara agoniza. La esclava también. Una persistente fiebre ha hecho su silenciosa tarea. Las dos mujeres no pertenecen a los mismos amos, pero se reconocen por sus orígenes. Antheia destapa las piernas de la enferma y ve que una herida en la extremidad derecha, está por estallar. La piel amoratada está tirante y busca una salida, que inminente, empuja hacia el exterior sus humores. Hay un olor penetrante y pútrido. La mujer murmura. Tiene sed. Está sola.

            Antheia moja los labios sin intentar tocarla. Puede ser un mal que los dioses Hermes Trismegisto o Hades, enviaron en venganza a las que fueron robadas en la guerra. Puede ser un mal contagioso y la enfermedad maldita. Envuelve, casi sin rozarla, la pierna con tela de lino mojada y fría. Buscará de alguna manera atemperar las fiebres. Evitar el estallido y que se desparrame el humor verdoso que se desprende de una lesión en el tobillo. Los dedos de Licaria, se aferran a la tosca túnica que cubre su cuerpo. Murmura y murmura palabras incomprensibles. Su lengua primitiva y lejana de su ciudad perdida.

            La compañera sale apresurada a buscar ayuda. Las piedras de la calle que la acercan a su dueña, atraviesan sus sandalias de fina suela de cuero y cáñamo. El sol cae plomizo sobre la piel que ya no es clara. Impregnada de sudor, su cabello y su túnica se pegan a cuerpo ardiente. Se desplaza como suele hacerlo a esa hora del medio día, entre la sombra, de las paredes de grandes piedras que amurallan las casas de los señores guerreros y comerciantes de Rodas. Su figura juguetea como marioneta efímera entre la “stoa” que la conduce a su hogar. Debe solicitar ayuda a su “señora”.

            Cuando arriba al atrio, luego de hacerse anunciar, se refresca en la copa que está junto a la cisterna pluvial. Esa enorme copa de piedra resiste el tórrido calor del verano. El agua está fresca y limpia. Una pequeña esclava egipcia, busca en el interior a su ama, quien se hace esperar. Su fina mano ornada de anillos de exquisita orfebrería, acomoda el cabello preciosamente trenzado. Está disgustada por la interrupción. Quedan unos segundos en silencio. Kalithea, el ama, espera que la muchacha hable. La joven mujer no se atreve ni elevar la vista frente a su señora. La pregunta surge y Antheia le da una detallada descripción de lo que le sucede a Licaria.

            La hermosa dama, ha tenido un sueño esa noche. Palas Atenea en forma de ave gigante le ha señalado enormes calamidades para su casa. Ha despertado conmovida y llorosa. La presencia de la esclava la pone, aun más, en alerta. ¿Cuáles serían esas calamidades? Tal vez la peste o una nueva guerra. Ingresa a las habitaciones y regresa con unos “dragmas”, que pone en la mano temblorosa de Antheia. También trae hila de lino limpias y de algodón egipcio, que compró en tiendas cerca del ágora. “Busca a Hipóstrato, él y Diocléous, tratarán de curar a esa mujer”. Ingresa al dormitorio, despidiendo a la muchacha.

            Sale Antheia presurosa por la angosta calzada ardiente. En el barrio oeste, bajo el templo de Atenea Kamira, encontrará al médico. Primero se detiene en un templo a la Dios Higeia y Apolo, dejando un “dragma” en la seguridad que los dioses aceptarán la ofrenda. Despliega unas ramas de olivo junto a una pequeña figura de la diosa Hestia y continúa por el camino, para comprar una bolsita de mirra para mantener el fuego sagrado. Lo entregará luego a la sacerdotisa del templo. Hay un extraño silencio que acongoja. Los cuervos, se han echado en los tejados, abriendo sus negras alas, abrazando las tejas. Algo siniestro anda merodeando Rodas.  

La congoja electriza a la esclava. Sólo se escucha, al pasar, el murmullo de las voces solemnes cantando loas a la diosa Hestia, en boca de las sacerdotisas.

Con celeridad, llega a Filouspapos y busca la casa de Diocléous, que yace en su “oikos” bajo las higueras refrescándose. En la puerta de madera, tallada con mano hábil, una intrincada serpiente enrosca el bastón de Mercurio. Es allí. Golpea y espera. Sale una anciana ciega. Antheia, le explica qué la trae a molestar al galeno. La agobiada mujer queda en espera. Hipóstrato y Diocléous deben prepararse. Salen ambos ancianos con una bolsa repleta de objetos y medicinas. Los sigue un puñado de esclavos capadocios. Ligeros e inteligentes, se adelantan con saumerios y rezos a los dioses de la salud. La prisa domina al grupo. Antheia, señala el camino al séquito. Son doce hombres y ella, atrás por ser mujer y esclava, los sigue sin levantar la vista del camino.

Al ingresar al habitáculo, el hedor de la carne humana, pone a los experimentados galenos, en guardia. Encienden muchas lámparas. Los esclavos capadocios, traen cubos con agua limpia y fresca. Un afilado estilete penetra la carne palpitante y fétida. Un grito desgarrador atraviesa el espacio. En una vasija de barro caen los humores putrefactos. Licaria pierde el conocimiento. El dolor, la fiebre y un deseo intenso de dejar la vida, la enroscan. Esclava por la fuerza, atropellada por soldados que la arrebataron del cuerpo inerte de su madre, siendo niña, sólo desea volver en un viaje alado, el de la muerte, a su país natal. Ya no recuerda mucho de su lugar ni del rostro de su madre. Licaria está atravesando el delgado filo entre la vida y la muerte. Presiente la cercanía de la barca de Canservero. Lo ve. Delira.

Diocléous, raspa hasta el hueso la carne putrefacta y arranca sin piedad trozos de piel y músculos. Los esclavos sacan entre hilas y paños, los despojos. Los entierran en un profundo hoyo tras la casa. Agregan hierbas y sal marina. Adentro, agua, emplasto y el líquido fermentado de las vides, hacen gemir a la enferma.

Comienza a disiparse el olor nauseabundo y se despliega el olor del vino. Dionisos, el dios del delirio místico se presenta en el brebaje. Le dan de beber y lo derraman en cada llaga. Además queman hojas de plantas en un brasero, que va envolviendo todo. Adormece Licaria y a los que se quedan en vigilia junto a ella. Sueña.

En un breve murmullo escucha Hipóstrato a la joven mujer que llama a su patria. “Alexandria, me gusta el mar por la mañana. Déjame regresar a tí, ciudad querida” .  Un remezón conmueve el piso. Comienza un ronronear de la tierra volcánica. El ruido y el movimiento, sacude a todos. Terremoto y horror. 

Licaria vuelve a Alexandria. Esa que queda tan lejos, tan lejos como la vida. Tan lejos como la libertad para la esclava.

 

 

VOCABULARIO.

Stoa: fila de columnas dóricas con cámaras para tiendas y alojamiento en la parte de atrás, que se azaba sobre una cisterna con capacidad de 600 m3 de agua para abastecer a 400 familias en Rodas. Siglo VII a.C.

Dragmas: moneda común usada en la antigua Grecia.

Oikos: en las casas de los “señores” el Oikos era la parte de huertas, cuidadas por esclavos, donde se criaba el pequeño rebaño familiar. Sólo lo tenían las familias patricias. Siglos V, VI  en adelante. De la palabra Oikos deviene la palabra economía.

Ágora: espacio o plaza donde se desarrollaba la vida pública, muy importante en Gracia antigua. Allí se creaba la cultura y la filosofía.

Higeia y Apolo, Atenea Kamira, Hestia, Dionisos, Canservero: Mitología Griega. Dioses que acompañaban a los hombres en su vida diaria.

Alexandria: Ciudad actual de Alejandría, norte de Egipto, sobre el Mediterráneo y en la desembocadura del Río Nilo. Famosa por su historia.

 

DESPERTAR

 

                                                               Cubrir un sillón antiguo antes de partir para un largo viaje al viejo mundo.

 

            Parece mentira, me dijo Camilo, estás envejeciendo. Siempre sentada frente a la pantalla del televisor mirando tragedias ajenas. Tus sueños adónde han quedado, en los antiguos libros de costura y bordado de tu abuela; si antes, cuando tenías veinte años regañabas a toda la familia por no salir a ninguna parte. ¿Dónde están tus sueños? Despierta Aldana.

            Cuando me jubilé me prometí no repetir la historia de mi madre y mis tías. Y, ¡OH, sorpresa! Es lo que hago. Sacar a pasear a Tirso, con su pata descalabrada que encontré en la plaza. Regar las plantas y cortar las flores secas, remover la tierra de los canteros. A veces hacer unos alfajores, cuando viene Camilo.

            Antes, soñaba, es cierto. De joven fui a bailar al club con mis amigas del barrio. Todas se han mudado a barrios alejados; cerrados por cada lado para evitar extraños. Todo queda lejos a contramano, y yo vendí el auto. Ya no manejo. Tampoco aporreo el piano. Me duelen las manos y la espalda. Es más cómodo el sillón del comedor junto a la estufa y mirar novelas o alguna película de cuando éramos jóvenes, las de ahora no me gustan. Son muy zafadas.

            Los domingos a misa, luego a prepara la mesa para que venga Camilo con su novia nueva. ¡Siempre las cambia! Cuando uno se acostumbra a Nancy, llega con Delia. Ahora es Yésica. Las trae y yo las miro y no digo nada para evitar que digan que soy la bruja. Todas las madres de varones somos malvadas para las mujeres de los hijos, aunque nunca hablemos, igual no nos quieren.

            El lunes cambio de ropa de cama. Ya no se consigue almidón. Don Fernando, el almacenero me dijo que lo han prohibido por que lo mezclan con drogas. ¡Qué pena! Tengo las sábanas de mi ajuar, de lino. Las bordamos con mamá y la tía Clelia. Unas a mano, como me habían enseñado en la escuela y otras con la Singer.

            Martes voy al cementerio, poco en los últimos tiempos. Me deja triste ver tan solo a los muertos. ¡No va nadie! Se han robado las placas de bronce y los adornos lindos. ¡Una vergüenza!

            Los miércoles salgo al centro. A veces doy la vuelta completa de 59 y me bajo por alguna vidriera que me atrae.  

            Este jueves me fui a San Telmo y me encontré de frente con Silverio, mi noviecito de los quince. Casi me desmayo cuando lo veo. Calvo, panzón y medio ciego. Él se paró en seco. ¿Aldana sos vos? Y sí, soy yo con treinta años más. Bueno cuarenta.

Me invitó a tomar un café. Al principio me dio escozor. Luego acepté. Hace tanto que Marcos se fue a vivir con otra, en un país del norte, que ya no me acuerdo ni cómo era su cara. Me habló de su vida, de su triste viudez, de los hijos lejos y de la soledad.

            ¡Bah, yo si sabré lo que es estar sola! Cuando Marcos se fue conseguí superarlo con trabajo y corría de uno a otro para parar la olla. Camilo era pequeño, tenía cinco años. La rubia que lo atrajo era flaca y pechugona, yo era morocha y con el embarazo quedé redonda como un globo. Pasaron pocos meses y quedé más delgada que ella. Me arreglé para no darle el gusto a las lenguas de víboras de las vecinas. Y le di estudio a Camilo, es ingeniero.

            Me contó que era gerente de un banco conocido. Que tenía una casa en Pilar y se ofreció a llevarme a casa en un auto espectacular. De esos que se roban para venderlos en Paraguay o en la frontera con Uruguay. Me llevó hasta casa. Lo invité a pasar. Se quedó asombrado del cuidado de cada detalle que pongo en cada cosa. Tomamos un licor que hago con cáscaras de mandarina (receta de mi tía Clelia), le encantó y yo me ponía nerviosa. ¡No estoy acostumbrada a atender a otro hombre si no es Camilo o mi ex suegro, que suele venir para las fiestas! Charlamos mucho. Le encanta ir al cine y a comer a “La Farola” de San Isidro. Yo no fui nunca. Siempre cocino en casa, aparte de ser más barato, uno sabe lo que come. Pero bueno está solo.

            Me pidió el número de teléfono. Lo miré de soslayo. ¿Este me va a llamar? No, no creo. Se fue casi de noche. Y yo me fui derechito a sacar el álbum de las fotos de egreso. Y allí estaba él, joven, por supuesto guapo y me miraba. Mi vestido era lindo y yo tenía buen cuerpo. El pelo me caía por la espalda hasta la cintura y ese día estrené zapatos con taco aguja… ¡Qué época! Me serví una copa más de “mandarichelo” y me puse a pensar en mi vida y después de muchos años lloré de nuevo.

            A la semana siguiente cuando abro la puerta, era jueves, el teléfono sonaba a terror. Tirso ladraba, el gato se había subido a la heladera y estaba hecho una bolita de pelos. Alcé el tubo y era él. Me invitaba al cine y a cenar el viernes. Titubeé un poco, pero me dije: Aldana, te merecés algo diferente. Y dije que sí.

            Corrí al placard y rebusqué en mi ropa. Todo antiguo y oscuro, bien de vieja. Me miré al espejo y tenía dos dedos de canas sin teñir. Salí corriendo al peluquero del barrio que se asombró cuando me vio llegar. Claro casi un año sin ir a hacerme nada. Vino la manicura y me arregló las manos. Salí cambiada. Le llamé a Camilo. Le conté y festejó: ¡Por fin vieja querida! Me alegro, dijo muy suelto de cuerpo. Yo creía que me iba a reprochar y me sale con eso.

            Me planché un vestido. No. Me planché una pollera y una blusa con vuelos que no usaba hacía tiempo. En el espejo me miraba y era yo Aldana de nuevo.

             Llegó a las siete en punto, el auto hasta tenía perfume. Fuimos a ver una película con Nicolás Cage y una chiquilina que de los nervios no supe el nombre. La había visto en la televisión como tres veces, pero en el cine es diferente. Luego fuimos a cenar a un lugar muy paquete. No lo conocía por supuesto. Apenas me pasaba la comida. Estaba como cuando en la fiesta de egresados me sacó a bailar.

            De regreso y luego que supe entretelones de su vida y la de sus hijos, me plantó un beso y me dejó más aturdida aun. ¡Te veo la semana próxima! Y partió sacando chispas a los neumáticos. Y así fue por varios meses. Cada vez venía más seguido. Adelgazó. Se hizo poner lentes de contacto, como que rejuveneció diez años. Y yo me comencé a cuidar un poco más, claro.

            Un día vino con un ramo de rosas blancas, preciosas. Me dijo… si quería ir de viaje con él a Europa, pasaríamos por Madrid, París, Berlín y Atenas. Yo que nunca salí más lejos que La Plata a lo de mi prima Susana. Casi me caigo de espaldas, ya tenía comprado los billetes de avión en primera clase, hoteles de cuatro y cinco estrellas y paseos por varios pueblos con historias… ¿Cómo le decía No? Y me volvió a besar como si fuera de veinte años. Y temblé como si yo tuviera quince.

            Camilo vino con Astrid, su nueva novia. Me vio que estaba cubriendo los sillones con las sábanas de mamá y sobre mi lecho una valija con ropa nueva que me compré. Y me abrazó y me dio vueltas y vueltas en el aire. ¡Por fin mamá! Por favor vuelve a ser feliz. Y ahora ya en el avión que nos lleva Madrid, pienso en los años que perdí sentada mirando novelas en la televisión y visitando el cementerio.       

VIAJEROS ESPACIALES

 

 

            El movimiento era errático al acercarnos a esa nueva atmósfera desconcertante.    La nave no respondía. El Wystux, se desintegraba en la corteza de la nave y comenzaba a menguar el combustible que sufría transformaciones. Sijux,         interpretó que en cualquier momento la nave colapsaría, estrellándose. Llamó al             operador, pero no recibió ninguna señal. Urdikah, el piloto, le señaló una grieta    que se abría y haciendo un último esfuerzo, captó el resto del combustible en la           cápsula y la desprendió de la nave madre. Una extraña atracción la absorbió, desapareciendo de los miradores. Sijux, amarrado a su asiento, le señaló a            Urdikah que hiciera lo que mandaban los códigos. Ese pequeño asteroide debía            ser un verdadero basurero cósmico. La nave hervía con el roce agudo y se    adelgazaba hasta hacer aparecer los metales que servían de núcleo. Esperaban             estrellarse o, tal vez con suerte, caer sin destruirse en alguna planicie. La   colisión fue estrepitosa. Aturdidos, quedaron un tiempo a merced de la   curiosidad y el terror. ¿Con qué o quién se enfrentarían si lograban salir? Y, ¿si             había alienígenas guerreros como en el planeta Lecrosch?  Sijux, desprendió las   abrazaderas del sillón y enfrentó a todos los acompañantes. Degresuy, abrirá las     palancas internas para destrabar la escotilla matriz. Descenderé a la superficie a   investigar. La anciana Imato Kiu, pidió ser ella quien descendiera primero,           debían usar sus conocimientos de íconos cósmicos. Era una experta en lenguas                muertas de varios planetas y planetoides.

                        Sijux pidió paciencia, aun la necesitaban si lograban salir y se         encontraban un humanoide, un robot o un ser morfogenético de los conocidos en    otros viajes. Con dificultad salieron y cubiertos con las bolsas criogénicas de             argón y calvericita, observaron el espacio que los rodeaba. Un polvo cósmico       revoloteaba sobre la cápsula y les hacía detener la vaporación de sus órganos de          vida. Hondos orificios en unas altas paredes de minerales desconocidos, les        indicaban antiguos habitáculos de seres vivientes que, o bien habían             desaparecido o se habían dispersado. Urdikah, observó en derredor          detalladamente cada insignificante trozo de edificación que derribada, parecían            los cráteres dejados por una explosión de la era en que aun existían las guerras.

                        Bajaron a Imato Kiu, quien agradeció la deferencia que le permitiera         desentrañar unos dibujos extraños. Pasó sus sensores sobre los íconos y          monitoreó en consulta los viejos conocimientos que le transmitieran de          generación en generación. Apenas podían respirar los gases que atravesaban la     atmósfera pestilente del lugar.

                        -“Están Ustedes en las Minas de Uranio de Siberia”, “Peligro de muerte” No avance.”- explicó Imato Kiu acopiando en sus chips insertos en la       frente. “¿Saben cada uno de esos sujetos que están expuestos allí, en el polvo      cósmico, son seres que se atrevieron a ingresar en esta Mina? Son sus restos        fósiles. La mina era el lugar donde extraían sus metales. Es muy antigua, más o            menos  de la era de los humanos del extinguido planeta tierra. Han     desaparecido todos. Salgamos pronto de aquí, es muy peligroso permanecer.”     Atrayendo con su agradable voz electrónica a Sijux y a Urdikah, subieron a la            cápsula y comenzaron a elevarse. Desaparecieron en el espacio usando el resto            de combustible que aun conservaban. Debían salvarse como fuera.

                        Desde la pequeña cápsula observaron el páramo. Un largo gusano de        metal, que aun brillaba con los rojos rayos de Marte. Tenía muchos ojos como   mirillas tornasoladas. ¿Qué máquina extraña sería esa? Imato Kiu, releyó sus        íconos. ¡Tren, antiguo vehículo para transportar personas a lugares lejanos!           Ahora parecían sólo inútiles “vermes” destartalados por la contaminación.

            |           ¿Saben, hubiera sido interesante conocer a fondo ese mundo         desaparecido por “uranio” o contaminación? Dijo Urdikah y los otros rieron       como siempre de sus ocurrencias.

 

lunes, 14 de septiembre de 2026

ODIO EL FÚTBOL

 

¡Odio el fútbol! Pienso que por culpa de ese juego, los jóvenes de hoy se embrutecen. Cuando digo eso me quieren linchar. Lo entiendo. Se mueve tanto dinero alrededor de ese deporte.

Justo ahora que va a haber un Mundial, prendes la tele y ¡qué hay?: fútbol, los anuncios comerciales se la rebuscan y te meten el balón hasta para vender una galletita, los modistas del mundo crean ropa inspirados en el fútbol. Hay cocineros que preparan platos con color, forma y sabor a pelota de… fútbol. Ni te digo, Martina, que hasta he visto que los mejores grupos musicales se hacen matar para crear una pieza que represente a… los equipos de las ligas de cada país. Gente que se queja que no tiene ni un peso en el bolsillo, anda buscando dinero de países del continente europeo como rublos, euros, dólares, yenes y qué se yo qué, para poder ir a ver el…fútbol.

Nadie habla de otra cosa que de lo caro que salen los pasajes para el mundial, de qué van a comer, cómo será el clima en el fin del mundo donde se juegan los partidos y bueno… ni hablar de la venta infernal de banderas, camisetas y gorros con los colores de los países que participan.

¡Pienso, ¿están todos tan locos o idiotas que no piensan en trabajar, estudiar o disfrutar de otra cosa? ¡Pero no, veo que el raro soy yo! En la oficina me miran rarísimo. Creen que soy homo fóbico y en realidad soy “futbol fóbico”. Soy el “Rara Avis” de los mediocres que no aman el deporte popular. El resto son los normales. Hacen apuestas, se pelean, discuten, se creen que van a cambiar el mundo con el balón.

Yo les digo: “¿Che, cuando todo esto pase, se termina el hambre en el mundo, en África tendrán más agua en los pueblos alejados, lloverá en el Sahara cada diez minutos, no se quemarán más los bosques, se terminará el recalentamiento mundial? Y a que no sabés, me han llegado a tirar con una carpeta y no te puedo pronunciar las palabrotas que recibo. Me ha dicho sádico, estúpido y bueno de todo lo imaginable.

¡No, no me digás que te gusta el fútbol, que te vas al mundial! Perdóname  Martina pero acá termina lo nuestro, yo no me pienso casar con una mujer que deja su facultad para ver un mundial de fútbol… porque el día que tengas un hijo, capaz que se muere porque vos está pegada al partido entre “Las Toninas y Palmera Azul” de la concha de la lora. ¡Salí! Me ofende tanta estupidez. Pásame ese libro que me voy a poner a ver dónde carajo es este nuevo mundial.

 

jueves, 10 de septiembre de 2026

ODISEA, EL FUTURO

 

Recién escucho el paso pesado de los botines de los guardias. Sólo me queda esperar que golpeen o rompan la puerta, que si bien es de seguridad, ellos tienen la manera y modos de hacerlo. ¡Mi hija! Ella tiene el síndrome de “Perpej” y nada se puede hacer, es la enfermedad nueva que introdujo la “Cofradía”. Si la llevan será pasto de fieras arcaicas.

No habían llegado hasta acá por ser yo, la embajadora de una sociedad comunitaria de varios países extinguidos; pero vienen tras mi marido el único especialista en particiones cuánticas que ha quedado vivo.

Hemos subsistido gracias a su necesidad de especialistas. Somos la última familia católica romana que sobrevive a la “Construcción Internacional de los Mayoritarios”. La era de la vida anterior ha desaparecido tras una lucha tenebrosa, turbia y ambigua. Según fueron cayendo los países, mataban a los que intentaban sobre vivir y cuidar las costumbres. Lo primero que destruyeron fue Roma, luego fueron cayendo uno a uno los demás países. Borraron de la tierra la humanidad caritativa. La lucha fue feroz. Los ancianos y los niños eran decapitados y los jóvenes y adultos esclavizados a favor de inmensas propiedades que arrebataron a la gente y que usaron como propias. Plantaron vegetales alucinógenos y luego perforaron montañas y valles buscando oro, plata y metales útiles para sus armas letales.

Luego vino la peste. La enfermedad la habían creado en laboratorios clandestinos y largaron en el agua de ríos y lagunas las sustancias transgénicas que desbastaron pueblos enteros. ¡Claro que no querían que se ayudara a los contagiados y cerraron los edificios públicos donde la gente podía acudir a buscar remedios para esos extraños males!

Donde hubo una pequeña defensa de la población venía el fuego que arrasaba con todo. Los únicos que se preservaron fueron los cofrades y sus legiones de robots asesinos.

Ya casi están en mi sala. Ellos no tienen barreras para destruir. Mayrin, mi pequeña en su silla se estremece. Yo la abrazo y acuno con todo el valor que me queda. El olor acre de la materia con que están fabricados los “hombres soldados” penetra mis entrañas doloridas. El miedo pernicioso me activa las pulsaciones cardíacas. Mi esposo trata de resguardar sus instrumentos y los escritos que contienen los trabajos de años de indagaciones científicas. Además protege los libros de antaño, esos que fueron la inspiración de grandes investigadores que está seguro, serán quemados en hogueras.

Todo comenzó con un grupo de fieles religiosos de oriente. Hicieron tantos atentados terroristas que la gente comenzó a dejar de asistir a oficios y reuniones, escondiéndose en sus hogares y restringiendo el contacto con otros vecinos. Luego se fueron despoblando las escuelas. Se compraba por teléfono o Internet, llegaban los objetos o compras por medio de “drones” que atravesaban los cielos. Las transacciones bancarias eran todas por medio de claves en las computadoras. Todo trabajo se hacía desde los hogares. Eso fue aprovechado por los ingeniosos “cofrades”, una banda de mega sicóticos que robaron las claves y dejaron al desnudo la vida de las poblaciones. Cayeron gobiernos democráticos y dictatoriales. Hubo un tiempo de caos, pero se creó la  “Construcción Internacional de los Mayoritarios”. Bandas de obscenos marginales bandoleros con ínfulas de poder.

Ya están junto a mi habitación. Dejo inscripto mi nombre en la pantalla por si en un futuro alguien puede leerlo, ¡ah! Y el de mi hija y mi esposo. Yo me llamo Myrian Magdalena Mateos, mi niña Mayrin Luz Mateos Parilmüter y mi amado Gustav Ranny Parilmüter.

Enfrento a los robots y me observan asombrados porque no han visto nunca una madre abrazando a su hija enferma. Se han detenido y titubean. Una luz roja comienza a desplazarse por la habitación y suenan estridentes sirenas en los alrededores. Algo ha sucedido y ellos salen retrocediendo con pánico. Algo inesperado los ha detenido. ¿Estaremos salvados por ahora? O sólo es un suceso inopinado los retrajo y regresarán. Juntos esperamos el futuro, juntos y orando a un Dios que no existe para ellos y es nuestra 

HÓRREO AJENO

 

Don Gregorio llegó de Málaga con un pequeño maletín y una bolsa con algunas ropas viejas y gastadas. Lo de mayor valor era su cáliz y su patena. Se la había entregado un monseñor anciano que ya no podía con su artritis y su ceguera.

La capilla estaba en ruinas. Alrededor, tumbas viejas desmembradas y rotas. El panorama era desastroso. El viento envolvía la flora silvestre que crecía por doquier. Volaban algunos pájaros por el resto del campanario y los nidos parecían verdaderos hervideros de paja y plumas. El cura, se sentó en una roca, cuando la miró, se dio cuenta que era el resto de una lápida. “¡A la amada Esperanza!” y no supo si llorar o reír. Le esperaba un trabajo inmenso.

Ingresó por una puerta destartalada que daba al refectorio. Los techos tenían algunas luces, por allí volaron dulces palomas como espíritus fantasmales. Sacudió con su bufanda una mesa y una silla. Volteó a buscar otra habitación y vio un candado. Esa entrada seguro daba a la única habitación de la capilla. ¡La casa parroquial, le habían dicho, está un poco abandonada! El último pastor, falleció hace treinta años. No se pudo enviar a nadie. Buscó y rebuscó la llave, debajo de una losa, la encontró. Abrió con dificultad, pero… ¡OH, sorpresa, todo estaba allí intacto, limpio y bueno! Una pátina de polvo y algunas telarañas cubrían las sillas y otros muebles.

Encendió la salamandra y el calor comenzó a suspirar por entre las frías paredes. Encontró la ventana tras unas cortinas pesadas descoloridas. Las descorrió y entró un rayo de sol, tenue y libre sobre la habitación y vio el más bello rostro de Jesús, en Buen Pastor pintado sobre tela, que no imaginó nunca encontrar allí.

Sacó de entre sus petates un trozo de pan y queso manchego. Sacó agua de un grifo rezongón que dejó escabullir agua oscura hasta que límpida como la mirada del Cristo, le salvó la garganta del sabor amargo de esa dura soledad.

Comió rezando unas letanías y caminó hasta un lecho, que se quejó cuando quiso apoyarse en él. Sacudió la colcha y volaron mil pequeñas estrellitas de polvo. Se tiró y quedó dormido.

Un golpe sordo lo despertó. Alguien había llamado a la puerta o a la ventana. Somnoliento, apretando sus ojos lagañosos y doloridos, se dispuso a ver quien era. Un mozo de unos veintitantos años estaba parado allí con una enorme sonrisa. ¡Soy Orestes Segovia, su vecino! Bienvenido a nuestro pueblo. Lo hemos esperado tanto, pero ya está acá y le ofrecemos ayuda.

Don Gregorio, se puso las gafas y acomodó el hábito que lo esperaba en una silla. Se ajustó el rosario en el cinto y abrió. ¡Bienvenido tú, muchacho! Un apretón de manos y detrás un par de mozalbetes con herramientas varias se apresuraron a saludarlo. El ruido espantó a un perro vagabundo que se había acercado. ¡De quién es ese pillo? ¡Pues suyo si lo quiere! Y sin pensarlo mucho, el padre lo aceptó, tendría un ayudante extra con las probables alimañas.

La tarea de reconstruir la ruinosa capilla fue ardua. No se hace en dos días lo que se abandona en treinta años. Lentamente fue acercándose la gente. Las campanas, una vez vueltas a colocar en su lugar, sonaban con el viento o cuando el hombre de Dios, se colgaba para llamar a misa. Primero vinieron las viejas, curiosas para ver a su nuevo cura. Luego se fue pasando la voz: ¡Es un poco pachorrudo, pero parece bueno! Es algo viejo. Es sereno y habla bien. Y cada parroquiano daba su impronta según les parecía.

La Teófila, viuda del comisario, que tenía un buen gallinero, le trajo varias, con un gallo para que pudiera comer. Pues comenzó la envidia: Eleuterio le trajo un cochinillo para que criara. Doritila y Fidel, un par de conejos que pronto se reprodujeron tanto que comenzó a regalarlos. Así fue creciendo la comunidad y la parroquia.

Para Semana Santa armaron un Vía Crucis con pompas y campanillas. Flores de las casas y no faltó quien quisiera prestar a su muchacho para que representara al Cristo. Don Gregorio, tuvo que ponerse firme. ¡Eso aquí, no se hace! Ya arreglada la iglesia y el cementerio junto a ella, comenzó el pastor a caminar el pueblo. Vio lindos campos sembrados y pequeñas parcelas de frutales. Y se enamoró un hórreo que tenía un vecino cercano al ferrocarril. Comenzó a preguntar, qué quién lo hizo, qué si era difícil, qué si puedo hacerlo… y Orestes le propuso ayudarle. ¡Haremos el mejor! Y así fue que buscó un espacio cerca de su casa parroquial, limpiaron de árboles y plantíos innecesarios. Y comenzaron a levantar las columnas bien fuertes, con sus buenos moldes voladizos para evitar las alimañas, y lo hicieron tan bello y tan grande que parecía ajeno. De otro lugar, de otro dueño. Don Gregorio, se sentó a contemplar la obra y secándose el sudor, dijo: ¡Será para historia de este pueblo!  Y así fue nomás.

UNA HISTORIA

 

LA LARGA HISTORIA DE LA FAMILIA NATUBA, ESCLAVOS QUE LLEGARON A AMÉRICA HACE TANTO TIEMPO QUE SE PERDIÓ EN LAS CRÓNICAS ESCRITAS.

 

1-

            Ya está lista. La lavé. La peiné. La envolví en su manta de paño con los colores que dispuso el anciano Isai Natuba. Eso fue hace como cien años. Nadie lo conoció. Ahora, todos piensan que nunca existió. Pero todos nos movemos al ritmo, que desde su fantasmagoría, él, imprime en nuestras vidas. Ya la pueden exponer para el canto y las ceremonias. Ella es

            Amarinda Bella, la mujer mejor cuidada en la ciudad, después de la primera dama, que vive en una casa alejada de su pueblo. Acaba de morir, sin embargo, una extraordinaria mujer. Mi abuela. Amarinda Natuba.

 Hablar de la legítima esposa del “Señor” Don Felisardo Lastenes Gómez Romero, eterno presidente de la República es imposible. Nadie la ve desde hace muchísimo tiempo. Es como un fantasma de tanto no ser vista, es como si sólo por nombrarla tuviera existencia real. En verdad de la dama nadie sabe nada. Nadie conoce el nombre de la señora presidente. Sólo anda por ahí una foto que según dicen es de mil novecientos treinta y tres. ¿Quién sabe? Tal vez sea cierto y existe. Ella era una hermosa actriz de cine en Paravará. Pero nadie habla de eso. El pueblo se calla. Yo también. Esa otra es la “Desconocida”. Ésta, mi abuela, era la novia visible del caballero. Pero todos miraban hacia el costado cuando el “jefe” la sacaba a pasear con su largo cabello negro cayéndole sobre los claros senos opulentos y sudorosos. En el auto rojo que brillaba al sol o a la luz de la luna llena, sobresalían los ojos de la mujer más codiciada de la región.

            La mortaja la hizo la señorita Libia. Le acerqué el antiguo dibujo trazado con mano ágil de Isai Natuba, que amarillea en el aparador de caoba y palisandro. Lo trajo en uno de sus viajes, según contaba Amarinda. Costó encontrar esos colores brillantes, la textura en los paños y telas. Lograr, en pocas horas, bordados con todos los signos que están escritos en un idioma que ninguno de esta enorme familia entiende. Debe ser algún lenguaje esotérico. Isai Natuba era negro y su sangre, dicen, era más fuerte que la de un buey. La señorita Libia, sabe muchas cosas, pero sólo bordó cuidando en cada puntada, no distorsionar el mensaje. Si llegaba completo, ellos, los ancestros recibirán sin ninguna duda a la querida y bella Amarinda. Los espíritus son como los ángeles, se conocen entre ellos. Nosotros apenas vislumbramos a quien está frente a nosotros. Ellos en el otro espacio, el de los muertos, se miran y saben hasta el nombre y de dónde viene ese difunto. Por eso hay que ponérselo todo. Hasta los zarcillos de piedras de coral azul que usaba en el día que el caballero la robó. La sábana que guardaba con su sangre. Las trenzas que le cortó esa madrugada y los calzones de lienzo, amarillentos, por los años transcurridos. Además de la mortaja que bordó la señorita Libia, todo debe ser ubicado junto a ella.

            Ya llegaron varios llorones. Traen flores de jazmines y jacarandá. Van formando corolas entre cruzadas. Por todos los rincones hay jofainas con agua clara bendecida por el “viejo barbudo” vestido de blanco que nos mira con extrañeza. Y nosotros a él. Pero cada uno en lo suyo. Él con su Dios y nosotros con nuestros mandatos familiares. No hay discusión.

            Un mestizo acaba de entrar con una enorme corona en forma de corazón, hecha con diamelas, en nombre del dictador. Toda la gente, espantada, se hace humo. Yo y el “viejo barbudo”, nos quedamos aquí, quietos, mudos. Agradezco con dos palabras o una, tal vez, el miedo no me deja recordar. El anciano, comienza a echar agua bendita y a ahumar con incienso a la muerta. Amarinda, se hubiera levantado para tirar por el alcantarillado esa blonda del dictador. Pero no puede. Yo no me atrevo y el monje tampoco. Ya fue preso muchas veces por hablar de las cosas malas que sabe del dictador. Lo apalearon. Casi lo matan, si no fuera por el mestizaje de los barrios pobres, ya estaría como muchos perdido en la selva.

            Suena la campana de ingreso a la hora del estado de “sitio” como dicen. Ya nadie puede andar por la calle, aunque sea un festejo de mortal en camino al infierno o al paraíso. Ahora nos quedaremos solas. Amarinda y yo, su nieta.

 

2-

            Este barco apesta y  la oscuridad me impide ver a los que han atado a mi cadena y a pesar de ello, distingo a los que por las diferentes lenguas hablan  Se quejan y pienso que si una vez al día nos dan agua en un balde de madera con olor y sabor a podrido me alcanza o cuando me tiran pan enmohecido me da nausea otras, a veces, me  sabe a cuzcuz a miel y a mango y otras es hiel y sangre y miedo y estos infelices les debe parecer pescado o manjares diferente a los nuestros Ellos parecen chinos o birmanos aunque nunca los he visto con luz y no puedo comunicarme El olor a mierda nos igualó enseguida porque no nos sacan a cagar afuera como se debe hacer con un hombre, soy un sometido que capturaron cerca del río Hago mi suciedad acá debajo de mis pies y tengo rabia Al principio olía a jengibre y ajo A madera y grasa y ahora el olor es el mismo a orín y mierda No me muevo para no tener desgarros en los tobillos donde tengo las argollas de hierro y las cadenas Los palos en que me ataron me hacen sufrir porque apenas entré me golpearon brutalmente. Caí replegado sobre mi vientre Herido Soy un hombre jefe y tengo mando allá en mi tierra Sólo abrieron un poco cuando entró un grupo de chinos o coreanos  pero no sé porque fue después de navegar un largo tiempo entre marejadas enormes y bravías

            Dormito cuando me sacudo con el traqueteo del barco y ya nadie solloza suplicando ayuda Yo tampoco nadie me escucha ni escucha a este puñado de muertos vivos y eso que hay mujeres Entiendo que debe haber hembras y niños por el llanto y los gimoteos Ayer sentimos que paraba el motor y que navegábamos en silencio porque debemos estar cerca de algún puerto o algún barco de bandera que debe haber avistado el nuestro Seguro es pirata como nos dijo el jefe Matamo Ombatu  que este navío debe estar con cuidando y nosotros también cuando uno sale de la aldea yo me alejé detrás de una cebra y me olvidé de lo que me dijo el jefe y mi padre cuando me iniciaron en la ceremonia de adulto y sentí el ruido de la caída de carpas y velas a las que ya estoy acostumbrándome y han  recuperado cuerdas y cadenas de amarre y se escuchan voces de otros hombres aunque lejanas y como bajo un trapo o el agua porque deben tener miedo que los ataque alguien como ellos atacaron en la orilla del río en la cacería en donde me encontraba con Ume Tomana tratando de emboscar una vieja presa para agregar al fogón en la aldea y ahora han abierto una de las puertas  y  entra un aire salobre y sano de mar limpio que me recuerda la vida en mi tierra y oigo gritos y también insultos en  idiomas que no entiendo como no entiendo qué hago acá todo lleno de gusanos y mierda pero siento palmas que golpean los infelices que ayudan al gran jefe del barco que entra con un hombre rubio alto y vestido con un trapo claro un látigo y trapos blancos que brillan como telas de araña en el frente de la panza y sobre la barriga magra y seca lleva una faja azul roja y blanca que se enrosca  y lleva apretado con sus dedos afilado llenos de sortijas de oro un pañuelo sobre la nariz ¡claro que  no puede respirar en ese ambiente de muerte y excrementos y sopesa  los músculos mustios de varios hombre y toca los senos y caderas de algunas mujeres y arranca tres niñas de los brazos de sus madres que gritan y yo sólo no puedo ni moverme para ayudarlas y reciben un latigazo en la cara después sale y oigo gritos en varios dialectos y he visto gente de mi raza de raza bantú de ojos pequeños y vientres abultados por parásitos y hambre y he visto mujeres semi desnudas atadas a hombres que casi ciegos les restriegan un miembro viril muerto para ver si aun respiran y uno que habla algo de bantú dice Macao y yo digo Pemba pero tengo la piel negra muy negra y él tiene la piel amarillenta casi verde como sus ojos aureolados de un salitre lagrimoso que me da miedo no será un fantasma pero es joven y pequeño de estatura pero bien fuerte se nota que ha sido  alimentado por su tribu y sus músculos han liberado empeño en las tareas aunque ahora ya las haya olvidado así escondido como estamos y no lo han visto y  por fin sale el blanco y cierran y en un par de interminables horas que han pasado el barco vuelve a navegar pero el aire se ha renovado un poco y han tirado agua hasta limpiar un tanto el sepulcro en el que viajamos a la nada. 

            Arrastrando las cadenas se acerca a mí y en su lenguaje gutural que no escuché nunca en mi aldea me trata de hacer comprender quien es ¿quiénes somos? ¿acaso aquí pertenecemos a alguien o algo? se ilumina una pequeña brecha en la madera y vislumbro la luna que brilla en la noche y sueño con la libertad y siento un estruendo y yo que soy un viejo pescador de mi isla sé que han chocado con arrecifes y es nuestra esperanza única  que esta madera podrida se desintegre y podamos salir para siempre de la tumba en la que estamos o tal vez vayamos a otra tumba la de la muerte pero a la libertad porque la muerte es otra clase de libertad. 

            Los golpes fuertes de madera astillada que oímos y los corales filosos han quebrado el casco podrido y en la brecha entra agua con espuma que duele en nuestras heridas y gritamos todos porque estamos atados y como no tenemos fuerzas y estamos tan doloridos tendremos una muerte segura pero se quiebra uno de los sostenes y nos deja medianamente sueltos y la chirona se agranda y me arrastra una ola junto a una pequeña mujer amarilla pero por influencia de los demonios que debe atraer su largo cabello negro se enreda en las astillas entonces me grita porque  debe sentir un gran dolor pero yo la tironeo y logro sacar mis piernas por el drenaje recién abierto y entro en un mundo oscuro y helado que  cubre mi cuerpo y mi mente se recalienta pensando en ese puñado de hombres y mujeres que arrastro con mis argollas y cadenas y siento apretada a mi piel que se abraza la hembra salvaje y que clava sus uñas afiladas en la piel de mi brazo que pierde sangre a borbotones entonces pienso en los peces que comen carne humana y no puedo detenerme por lo que nado mucho y me dejo llevar por el recuerdo de mis buenas pescas de ostras en Pemba y así es donde subo a la superficie y veo a los hombres que se dejan caer por todos lados desde el trinquete a la popa y desde el carajo hasta la cabina del jefe maldito y hay un amasijo de gente de todos los colores y sus gritos suenan a tambores de guerra porque es la Muerte que atrapa a  todos yo  apuesto que quieren huir de la Muerte por terror a los demonios.

            Mi compañera de miserias sigue como una anguila mi escape y el pequeño chino y una mujer de mi raza a la que está atado nos siguen y  dejan escapar de sus brazos un bebé y también huyen pero saben que el bebé flotará y lo matarán los arpones de los villanos que sobrevivan porque son brujos del infierno y hay que seguir nadando y alejarme hacia donde me lleve la corriente pero quiero separarme de los ladrones que han caído como cucarachas al agua y yo que estoy tan flaco pierdo una de la argollas de hierro que me sujetan a la cadena y me deshago de la otra y la mujer me estira sus pálidas manos plumosas y débiles para que la atrape del cabello y sigo sin espiar más porque no me detiene nadie y veo la luna que me  permite alejar y atrás de mí a otros que desgraciados aun no se han  sacado las grampas de hierro los miro como se hunden en la marejada igual sigo aunque la sal me quema yo sigo alejándome y se alejan cada vez más los que iban tras de mi cuerpo pienso que parecemos dos delfines fantasmas con linaje de estatuas de azabache y seda que huyen hacia una negra oscuridad pero agotado me dejo llevar por la corriente y cada tramo estoy más apartado de la maldad de los piratas y mi amiga la luna se va escondiendo entre los altos riscos y me invita a desentrañar una huída hacia sitios más seguros y yo siento el filo de los corales en mis piernas doloridas y hay un sinfín de peces que lamen mis heridas y picotean y succionan el líquido que sale de las entrañas de músculos y vísceras.

            Ahora tocamos con los pies la arena y hemos llegado al punto de la playa por eso corro y me sigue la extraña joven le escondo mi cuerpo entre las malezas pero se esconde junto a mí tiritando me avergüenza porque está desnuda y aterrada pienso como se siente sola y cuidadosamente nos alejamos internándonos en una extraña jungla de árboles sumergidos donde el griterío de los monos en la noche nos alienta a seguir hacia lo más profundo de los palmares que son parecidos a mi aldea pero nos caemos varias veces y estamos muy doloridos con los cuerpos heridos y muertos de frío por lo que cada pierna y brazo busca un breve descanso que creo no vamos a lograr si queremos escapar vivos por ahora de los malvados y veo en la penumbra una enorme gruta en la muralla de roca que nos enfrenta desde la playa y allí nos protegeremos por un tiempo breve no sea que cualquier rastro de sangre o marca de pisada pueda ser un enemigo que nos traiga al infierno de nuevo.

            Rendidos caemos sobre la arena seca y fría.

 

3-

            La Ñusta Kunty se acerca a la cabaña con una cesta repleta de frutos de mar y su contorneo atrae la mirada del negro. Una pollera de colores vistosos, su camiseta de fina lana de vicuña y sus trenzas, atadas por mil pompones de colores, atraviesan el mercado con aleteo de aretes y collares de conchillas brillantes. Isai Natuba sonríe con la blancura alborotada de sus dientes. La piel reluce al sol. Esa mujer que habla con los espíritus, es el sueño de Pemba. Ella, sabedora de sus encantos revolotea sus pollerones, frente a la mirada de los hombres y el odio de las mujeres. Fuma su cachimba con mezcla de tabaco y hojas de coca, la planta sagrada de los Incas. Callada la pequeña Ming Li, observa como siempre con una mirada de sometimiento. Sigue a su benefactor todo el tiempo. Callada cuida sus heridas y sus sueños. Ofrece su exiguo cuerpo al hombre, que desprecia con un corto manotazo en el trasero inexistente.

            Ñusta Kunty, la hechicera del pueblo, sabe que el moreno la codicia. Se lo dicen sus caracolas de colores iridiscentes  y sus runas. También las estrellas y el grito del pájaro burlador. Ella es la única que puede fraguar un amorío o deshacerlo con sus travesuras. Yuyos y animales que sirven para pócimas. Ungüentos con grasa de yacaré e iguanas, sirven para destrabar el sexo dormido de los hombres y mujeres. Curandera de almas y de cuerpos, Ñusta Kunty, desea abrazar el cuerpo fibroso del hombre silencioso que la sigue por el matorral y la espía cuando ingresa desnuda en la cascada del mítico manglar. Atrás, siempre la extravagante muchacha china. Muda, mira y observa el deseo contenido del liberto. A veces llora. Aprendió algunas palabras de ese extraño lenguaje de las mujeres kollas. Sabe que ese país, a dónde los llevó el naufragio y la huída, se llama Perú y tiene un mundo antiguo de historia infinita como su Macao lejano. Sabe pedir algunas frutas por su nombre. El chupe de pescado, el ña`Pancha picante y la olla de cocido cuzqueño. Tiene un miedo instintivo, que Isai Natuba la expulse de su lado. Duerme a los pies de la hamaca, en la estera que le ha dado el hombrote. Él, hace ceremonias religiosas en las noches de luna. Baila y canta con voz profunda y enajenada en algunas tardes de tinieblas. Son dos extraños que se unen para poder sobrevivir en esa jungla de desconocidos. ¿Enemigos? Quién sabe. Las piedras raras se hacen edificios perfectos. Hay templos de una religión de hombres vestidos de blanco, barbas grises y aliento a muerte. Llevan un símbolo trágico en sus cuellos flacos. Le dicen “curas” y los niños los persiguen jugando. Ellos no se dan vuelta a golpearlos, como hacen los chamanes. Los ignoran, como a ella. Sólo les dan unos pequeños palitos de azúcar cocido que reciben alegres y el griterío acorta la distancia que le ponen los grandes. Los ancianos los odian. Se les nota en el rostro crispado por los surcos de la piel reseca por el sol caliente.

            Ñusta Kunty, le regala a la muchacha, un pendiente con un pájaro cincelado en plata. Es un poderoso talismán para que se enferme y se muera. Ming Li, sin saber, lo acepta y le hace una guirnalda de flores blancas perfumadas para devolver la atención, como las que le ofrendaba a sus dioses lejanos. La hechicera se enoja por eso, un momento tal vez, y luego, decide hacer un amarre poderoso para el Moreno. Se lo entrega a la mujer para que lo coloque en el lecho del hombre. La mujercita, le pone el ritual bajo la estera al africano, ignorando que es un amuleto de amor. Pero éste, se despierta sudoroso y afiebrado. La bruja no es tan poderosa como cree. Los dioses de él, lo protegen aún, de mordidas de serpientes y arañas ponzoñosas. ¡Y de mujeres malvadas! En lugar de prenderse al malsano abrazo de la Ñusta, se amarra al cuerpo frágil de Ming Li y en insensato extravío la toma para saciar su sed de hembra.

            Inmutable, se despierta junto al cuerpo moreno que elude palabras. Pasa el tiempo y su instinto le dice que hay un niño en su vientre. Le acerca la mano al pequeño bulto que se mueve y crece. Isai Natuba, sorprendido sale corriendo hacia el mar y libra su cuerpo al agua que lo seduce con el frío, de ese océano helado, en el que han llegado después del naufragio. Ahí llama a sus dioses ancestrales. Llora. ¿Qué clase de ser vendrá de ese vientre pequeño de piel casi verde? Una mezcla hechizada de ave y humano.

            Ming Li, busca una india que se llama Charuma para que rompa cualquier embrujo. Esa extravagante curandera, le hace encontrar el camino y le entrega poderosos amuletos entre los que hay un manto tejido con maestría de artesana y dibujos que atraparían a la Muerte y la llevaría a un espacio de paz y regreso a sus ancestros en la aldea, a la que cada uno pertenece en caso de mala parición. Además evitaría cualquier enfermedad del “Mal de ojos” y otras dañosas artes de Brujería. Rituales antiguos y profusos del anciano sacerdote Inca le dan cierta seguridad. Sin embargo cuando llega el tiempo de parir, algo se interpone con su naturaleza e Isai Natuba busca ayuda en el hospital que tienen los blancos. El “cura” les brinda todo con delicadeza conquistando al padre novato. Nace un pequeño niño de tez chocolate y ojos rasgados. Un exótico bebé que atrae la mirada de todos. Lo llama Josué. Un nombre raro como el mismo niño. Al rato, nace una niña. Su piel de color amarillo claro sostiene unos enormes ojos negros. Se llamará Amarinda, dice el padre, con machismo incrustado en la sangre.

            Así crecen los niños, felices. Ñusta Kunty, les hace un sortilegio con mal de ojos y maldiciones; y como no se atreven a contar y temen tanto su influencia, deciden por esa causa, escapar hacia un país vecino. No es la primera vez que salvan sus vidas de la maldad de los demonios ajenos. El “cura” blanco los ayuda a cruzar la frontera y llegan a Bolivia. Allí, un sacerdote Jesuita, le enseña a Isai Natuba, un sin fin de remedios para curar el cuerpo y lo instruye en medicina nativa. El anciano, solicita que lo acompañe a su nuevo destino, un país donde según dicen los blancos, sobra el pan y la miel, como dice la Biblia. Parten nuevamente como eternos fugitivos. Ming Li, Josué y Amarinda, lo siguen entre cerros y montañas heladas, valles calurosos y ríos bravíos, el antiguo pescador africano vuelve a buscar la libertad. Ahora es un hábil boticario y médico lego.

            Pasa algunos años curando enfermos, asistiendo partos y ayudando a criar niños, Isai Natuba comienza a sentir que las fuerzas no le acompañan. Ming Li, busca en sus viejas recetas ayuda, pero no encuentra antídoto a los maleficios de los viejos brujos kollas. ¿Son tan poderosos? El anciano cura la sermonea, pero pueden más los terrores y la ignorancia. Además los calendarios han surtido efectos suculentos en sus cuerpos.

            Antes de dormirse a la luz de la luna, Isai canta a sus dioses atávicos y dibuja en un paño blanco una suerte de rituales extraños. Ming Li los guarda con cuidadoso esmero. Un día ella también se dormirá en los brazos de Josué, que se transforma en sacerdote cristiano; y es él, quien la envuelve en mantas que recibió en su peregrinar por las tierras atávicas de Perú.  Luego, parte para África. Viaja a Pemba.

            Amarinda Natuba, es la que hereda el mandato lejano de Macao y Pemba, sus ancestros. La mujer más linda. Médica y farmacéutica anciana,  que cura el cuerpo y el alma de su gente desde hace tantos años. La que transmitió su sangre y sus rituales mágicos a hijos y nietos. Ahora ya lejos transita el camino hacia el silencio. El pueblo la llora y gime por perder su madre ancestral.

La amada del dictador, amante esquiva de todo un pueblo. Mi abuela, hoy está dormida en la sala.