Ya se que su ternura refleja la
dulzura cuando abraza mi piel aligerada.
La plaza estaba desierta y tenía que atravesarla para llegar a la boca de metro. Su abrigo se había transformado en una suerte de sábana bordó que flameaba con el aire frío y el taco de su zapato se deslizaba de un lado a otro. En cualquier momento se iba a romper. Temía a una caída. Las luces penetraban en los negocios desafiando el constante apremio de los nuevos delincuentes que habían ingresado con una ola de seres extraviados por el uso de estupefacientes. Parecían zombis. En cada rincón oscuro de la ciudad se los veía deambular buscando algo.
Recordó la vida cuando ella era una joven adolescente. Sus padres la atraían a tareas humanitarias, al deporte y al arte. Pero el tiempo había pasado y había despedido sus deseos primitivos para dar lugar a lo cotidiano. Su título de profesorado en letras e idiomas antiguos, le reportaban un buen salario y poco tiempo para dedicarse a sus inclinaciones artísticas.
Una bocanada de aire caliente y húmedo la atrapó en el ingreso al metro. Bajó las escaleras apurada. Quería llegar a su casa para descansar y ducharse. No había comido un plato casero en días. Siempre lo que encontraba en el café de la empresa. Al voltear un rincón encontró a un muchacho con su violín entre las piernas. Se había quedado dormido. Hizo un ruido para despertarlo. Lo podían robar. No tendría más de treinta años. Pero le colgaba la tristeza y el abandono, como una mochila de acero. Despeinado y sucio. Despertó y comprobó que tenía el violín aun entre sus largas y tortuosas piernas. Un... ¡Gracias! Apenas audible salió de los labios resecos del músico.
Magdalena le inquirió cuánto tiempo hacía que no comía o bebía agua. Él la miró y separó el rostro de la mirada inquieta de la muchacha. ¡Toma, le pasó su botella de agua mineral y una pequeña bolsita con galletas que había encontrado en su bolso! No es gran cosa pero lo necesitas más que yo. Sintió que se acercaba el tren. Corrió para subir. Y vio que él, le hacía una amable pirueta con el arco.
Cuando llegó a su departamento, se sintió segura y protegida. Era su lugar, su nido. Drago su gato, ronroneaba entre sus piernas, ya despojadas de calzado y medias. Había tirado el bolso sobre el sillón y se fue despojando de la ropa. Entró al baño y abrió la ducha. El agua tibia y fuerte de la regadera, la reconfortó de un día largo y pesado. Había logrado para la empresa un subsidio importante para la nueva presa hidroeléctrica que estaban pujando por ganar. No sintió el móvil que sonaba en su bolso. Salió de la ducha envuelta en un enorme toallón blanco. Su pelo oscuro caía sobre su cuerpo con el agua como si las lluvias hubieran llegado antes de época.
¿Magdalena Forves? Habla el subgerente de I.U.Stanford S.A. ¡Usted dejó un currículo hace unos meses! Tiene una entrevista este jueves a las 17 en nuestra casa central. Disculpe la hora, pero el trabajo... bueno esperamos verla.
La mujer se sentó sensibilizada por ese llamado. Ahora me buscan todos. Tuve que salir en la revista " RIC New" para que se interesaran en mí. Secó su húmedo cuerpo y el cabello y se tiró en bragas a la cama. Estaba exhausta. Drago se acomodó a los pies sobre el edredón y comenzó a ronronear. ¿Te di de comer? Se alzó y fue a la pequeña cocina. Sacó el alimento de su mimoso gato y ella se hizo unos huevos revueltos. Unas tajadas de jamón y pan negro con especias. Se sirvió una copa de vino y se fue derecho al lecho. Una sombra le pasó por la memoria... ¡Aquel joven del violín! Trataré de verlo nuevamente. Me preocupa su tristeza. ¡Pocas veces he visto esa mirada con tanta pena!
Después de comer, y dejando el móvil apagado, se durmió. Mañana será otro día.
La despertó un golpe fuerte en la ventana. Un ave se había estrellado en el cristal. Cayó como si fuese una hoja gruesa sobre el alfeizar, dejando un rastro de sangre .abrió la ventana y lo tomó con cuidado. Aun estaba tibio. Volvió a pensar en el muchacho del metro. ¿Qué habrá llevado a ese estado a un joven músico? Cerró el ventanal y al ver al ave muerta la envolvió en un papel de seda que tenía de algún regalo recibido, lo dejó en el recipiente de los desechos. ¡Así quedaremos nosotros, pensó!
Se puso un vestido de lanilla color verde agua y zapatos con tacón bajo. Una chalina de seda verde oscura y tomando su bolso, luego de dejarle agua y alimento a Drago, salió para su rutina diaria.
Cuando bajó del tren en el pasillo encontró al violinista que tocaba el "Invierno" de Vivaldi. ¡Su corazón se detuvo en esa música maravillosa! Él, la vio y sonrió.
Ella se acercó y le dejo un buen billete y en un papel le dejó el número del móvil.
Su trabajo la alejó de todo pensamiento fuera de los papeles que tenía que escudriñar, retocar y hacer firmar. Su jefe esperaba su revisión con la esperanza de recuperar un puesto en la oferta de los "genios" financieros.
Pasadas las horas y entregado su trabajo, tomó su bolso con la inquietud de su futuro encuentro. La entrevista con el hombre que le llamara y de volver a encontrarse con el violinista. Se alistó, pero una de las secretarias le dijo que se tenía que quedar porque hoy había una nueva charla con el jefe máximo de la empresa. Y con tristeza, se sentó a esperar que los llamaran, todos los empleados, deseaban regresar a sus vidas privadas. Hoy no podrían.
La conferencia fue frustrante. ¡Siempre lo mismo! Retórica y palabras de sueños ajenos. Salieron y ya era de noche. Cuando llegó al metro el silencio era enfermizo. El olor nauseabundo. Lleno de seres que se albergaban en los pasillos buscando refugio a sus fracasos. No vio al violinista. Y llegando a su casa, su móvil sonó con un número desconocido. ¿Magdalena Forves? Hablamos del hospital de San Camilo. Su tarjeta estaba en la chaqueta de un joven indigente... ¿Podría venir? ¿Qué le ha sucedido al violinista? Preguntó asombrada. Un accidente. Alguien lo ha golpeado hasta dejarlo en estado de coma. ¡Qué es usted de ese hombre? Nada. Lo escuché haciendo música en el metro y le dejé algo de dinero y mi tarjeta por si... necesitaba algo. Está muy grave señora. Le ruego que se acerque. Ya llegaré. Tomaré un taxi.
Al llegar al nosocomio el olor a desinfectante le hace dar un respingo. Recuerda a su última vez. La muerte de su madre. Ingresa y pregunta por el violinista. Sala cinco cama siete. ¿Qué parentesco tiene con el enfermo? Ninguno, lo conocí en el metro tocaba el violín. ¡Ah, bueno nadie sabe quién es, pase! Magdalena camina por el largo pasillo revisando los carteles. Acá es. Al entrar ve muchas camas con gente que padece diferentes males. Busca la siete. Encuentra a un joven distinto al que había conocido. El cabello limpio, la piel lavada y fresca y un enorme tanque de oxígeno a su lado. Los ojos cerrados, la palidez inhumana y una mano cargando una larga hilera de color rojo que se metía por una vena.
Se sentó en una fría silla de metal. Estaba sola y no había otras personas cerca que no fueran los otros enfermos. Vio a un costado la caja del violín. Parecía un pájaro muerto. ¿Qué tiene? Le preguntó a un enfermero que se había acercado. ¡Hambre, frío, soledad y miedo! Dijo como si supiera lo que ella había imaginado.
¿Sabe su nombre? No. Se terminó la
hora de visita, pero venga cuando pueda porque parece que no tiene ganas de
vivir. Se paró lentamente y le tocó las manos. ¡Están frías! Y, sí, están
hidratándolo y alimentándolo y tratando que viva. No debe tener más de treinti...tantos
años. Volvió varios días. El quinto día estaba despierto. Le sonrió. ¿Eres la
joven del metro? Sí. ¡Gracias por venir. Me llamo Vladimir Sukonoff. ¿Vladimir
Sukonoff, el violinista de
Magdalena no comprendía bien lo que había pasado. Cuando llegó a su hogar buscó en Internet con el nombre la verdadera historia. Él, no había matado a la mujer. Ella había huido con el mejor amigo de Vladimir a un lugar desconocido y sólo se pedía el regreso del gran violinista del teatro ruso.
Cuando regresó al hospital, nadie supo decirle cómo y en qué forma el violinista había desaparecido; sólo se había llevado su violín.
Magdalena, firmó unos papeles en el nosocomio y regresó a su trabajo. Varias semanas después supo por la televisión que Vladimir Sukonoff había dado un concierto en Viena a beneficio de un lejano hospital de un país sudamericano. Cada billete había sido cotizado en mil euros. Ella, sonrió y recordó la botella de agua y las galletas que le entregó de paso por el metro.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario