Nunca pensó que lo que había comenzado como un chiste, una
gansada de estudiantes, iniciados en el mundo de la universidad, se iba a
transformar en un verdadero trabajo. Era inexplicable. Cuando llegó al
claustro, entre los oscuros pasillos, las salas desiertas con ecos fantasmales,
ventanales de vidrieras multicolores por donde apenas se filtraba un rayo de
luz; lo habían dejado boquiabierta.
Julián, apretaba un portafolio de cuero que expandía un olor
a piel antigua, maltratada. Olor a viejo. Había recibido la cartera de su
abuelo Amilcar, quien a su vez, siempre relataba historias repetidas una y otra
vez, de cuando en plenos bombardeos, encontró ese magnífico portapliegos lleno
de mapas y cartas de un alto personaje del país. Nunca supo si eran verdaderas,
las historias o inventadas.
Entre los papeles que traía, estaban sus investigaciones
sobre la vida de Heber Zacarías, el famoso investigador de la policía de Repusa
Viñeau. Pensó que en esa inmensa biblioteca, encontraría mucha información. Lamentablemente,
no fue así. En principio no le dieron en préstamo, las llaves de la zona oeste
donde bajo estricto control, se apiñaban cartas y carpetas con historias
verídicas que hablaban de la vida y costumbres de personajes que llevó a la
gran revolución y dejó el país en una guerra. Según algunos medios, había
cobrado como cinco millones de vida. Julián, no lo creía, de ser así, repoblar
el país hubiera llevado muchos quinquenios, ya que los más castigados fueron
los hombres y las más infelices, hambreadas y sojuzgadas, fueron las mujeres.
Una mujer de alrededor cincuenta años, manejaba los estantes
y abría o cerraba los anaqueles cubiertos de vidrios, herméticos. Era una
muralla humana que miraba por sobre sus gafas de gran miope, y escrutaba el
alma de los lectores, indagando sus verdaderas intenciones. "Nadie se va a
apoderar de la intimidad de los hombres". Nadie, se podía meter a
fisgonear en esa historia tan cruel que marchitó una generación. Julián
comprendió que tenía que ganarle a esa "bruja", así, comenzó a buscar
mil formas de caracterizarse para lograr copiar los mapas y papeles de esa zona
de la biblioteca.
Comenzó por buscar una academia de teatro, en donde le
enseñaron trucos para desfigurar su tan sólida presencia. Cambió hasta el modo
de caminar, hablar con acento de regiones campesinas, se vistió de mil maneras
para despistarla. Pero la mujer astuta siempre lo descubría. Se animó y la
comenzó a conquistar con trucos viejos, los que usaba su abuelo. El difunto era
un genio. Un día logró que le abriera el codiciado estuche donde como
soldaditos de plomo, estaban los libros y carpetas que apetecía.
Sacó varios carpetones que desbordaban papeles amarillentos.
Leyó con desesperación para no perderse una sola línea. Buscó y rebuscó. Allí
estaba la clave de las traiciones de esos héroes de barro que en la facultad,
elevaban a lugares inesperados. Eran verdaderos bochornos.
Encontró fechas, juntó encuentros que servirían para
demostrar que habían sacado buenas tajadas en oro y billetes de alta denominación
y que nadie se había imaginado. Dos o tres nombres que parecían fantasmas de
leyenda. Devolvió las carpetas y dejó entrever que no había encontrado nada
sustancioso.
Salió con la cabeza llena de preguntas. Qué sería de esos
seres nefastos… dónde los encontraría. El momento llegó. Una antigua guía de
teléfono que encontró en la biblioteca del abuelo, sirvió para conocer
direcciones, lugares y países. Consiguió un período de "descanso" en
la facultad. Y Partió como un detective a rebuscar los personajes. Llegó a El
Cairo, allí encontró que el famoso doctor en archivos del museo había
desaparecido con una importante cantidad de objetos antiguos. Mister Brunswich,
era un buscado ladrón. Eso lo animó a seguir una pista insegura y como era
desconfiado, poco preguntó a quienes generosamente querían asesorarlo. El
último lugar donde se lo había visto era en unas zonas desérticas al sur de
Egipto. Consiguió un jeep y contrató un beduino como chofer. Llegó a las
ruinas. No estaba y nadie lo había visto. Un despistado arqueólogo soltó…
"Creo que viajó a Berlín".
Su regreso fue azaroso y tomó el primer avión a Berlín. Le
llamó la atención que su chofer, el beduino, viajaba en el mismo vuelo. Lo
seguían. Apenas bajo del aeroplano, compró un billete para Omán. Un distractor.
Buscó un coche y se alejó por un barrio nuevo, después de la unión de ambas
alemanias, había cambiado la fisonomía de la gran ciudad. Se entremezcló con
turistas y entró en el museo de Berlín. Le llamó la atención un cartel, muy
pequeño que llevaba un apellido parecido a otro de los viejos
"héroes" de su investigación. Sir. Steve Tremblay, con mucho sigilo
entró en esa pequeña oficina. Un hombrecillo calvo, con enormes lentes de
carey, lo miró asombrado. Salga usted de aquí, nadie me puede interrumpir.
Estoy muy ocupado. Julián le insinuó el nombre de los otros
"fantasmas" cuya traición habían complicado los acuerdos del final de
la guerra. Estalló en un rapto de ira. Sacó una vieja Luger y lo amenazó.
Julián supo que allí estaba la clave de su investigación. Un guardia lo sacó
casi a golpes. Cuando llegó a un hotel donde quería hospedarse, se dio cuenta
que lo habían seguido y que no tenía su equipaje. Solo y sin dinero, bajó y
tomó el primer taxi que encontró. Lo llevó al aeropuerto. Allí usó sus
documentos verdaderos. Al subir a la aeronave, se dio cuenta que su chofer,
viajaba en el mismo avión. Apenas descendió en el aeropuerto, compró un billete
con destino a Turín. Era un distractor, porque siguió rumbo a su país. Allí, al
entrar a su hogar, pequeño departamento en un centro estudiantil, se acomodó
para dormir.
El sonido del celular lo despertó. Una voz le daba una cita
en el departamento de investigación de historia del gobierno de Gran Bretaña.
El jueves a las diez mil… colgaron. Si nunca había dado el número de su
teléfono a nadie. Tomó el pequeño artefacto, lo destruyó y se deshizo de el,
igualmente con los apuntes escritos, los quemó en el hornillo de la mini
cocina. Comió algo y se tiró vestido cuan largo y cansado había llegado. Despertó
con una jaqueca horrible. El minúsculo departamento estudiantil, era un
desastre. Todo revuelto y algunos muebles y objetos rotos. Lo habían dormido
con alguna droga o gas. Él, se agradeció haber esquivado ese caudal de temas
investigados.
Ahora estaría alerta, él, era un espía espiado. Algo muy
importante debía suceder para que se tomaran tanto trabajo en buscar sus notas.
Debía cambiar de habitáculo, de presencia y esconder sus investigaciones de
terceros. Ahora era un verdadero "espía".