lunes, 29 de junio de 2026

NATALIO

 Al final comenzó a caminar por la orilla de la carretera sin rumbo fijo. Deseaba cumplir un sueño. Si se alejaba de ese mundo pequeño que lo apretaba a la tierra árida y polvorienta que rodaba la vieja casona, solo lograría terminar como todos los muchachos que vivían en los alrededores. Viejo a los treinta años y con dolores en todo el cuerpo por estar siempre resolviendo tareas duras y pesadas. Ya comenzaba a salir el sol. A lo lejos, se veía un camino menos descuidado. Tal vez, por allí pasaría algún camión o autobús que lo acercara al pueblo.

Él, había soñado de chico con ser otra cosa, no un simple trabajador del campo a destajo. Soñaba con ser un deportista y dar de sí, todo. Todo su cuerpo y su alma era como un ave migratoria que buscaba el camino al futuro. Tenía quince años y le quedaba poco tiempo para cumplir sus ilusiones. Su calzado le regalaba dolor a los pies cansados, tenía unos viejos botines que le regalaron en la escuelita de Villa Isondú. El maestro, al ver que caminaba en "patas", se conmovió y le regaló las botas que cuando llegaron a sus manos, fue como si del cielo se desprendieran guijarros de oro puro. ¡Eran hermosos! De color rojo y azul y tenían suela gruesa y suave, que le daban alas a sus pies cansados. Creció y se fueron ensuciando y gastando como su sueño infantil. Pero ahora, caminaba para encontrar la salida de la tristeza.

Su padre enfermo, yacía en una extraña locura donde su infierno personal, no le permitía ni tan siquiera, reconocer a los muchachos, los hijos. Su madre… una mujer que fue perdiendo hasta las ganas de desplazarse por la tierra y los ladrillos que servían de piso en la casa. La casa se iba deshaciendo de a poco. Era como su madre y su padre. Ellos, se iban desfigurando, para transformarse en fantasmas vivientes.

Anteayer su madre, se aferró al respaldo del lecho del viejo y se desplomó. Un grito gutural salió de su triste garganta seca. Las hermanas de Natalio, la lavaron, le pusieron el único vestido decente que tenía y llamaron a don Miguel, el patrón que se encargó de llevarla al camposanto. Y así descubrió la puerta a su desesperación, se iba en busca de otra vida. No quería esa. Los otros, se harían cargo de su padre y de la tierra. Él, voló como ave solitaria.

Una chata del campo de don Arturo, un vecino, lo recogió en el camino y lo llevó al pueblo. Allí subió al autobús y se fue a la gran ciudad. Cuando descendió, sus ojos se opacaron al ver la miseria humana que lo rodeaba. No se asustó, pero se previno, sacó con cuatro palabrotas a los que le pedían dinero, ropa y un sin fin de cosas. Él, llevaba anotado el lugar donde su patrón le había aconsejado. Era un asilo de la Cruz Roja, "gente buena y de confianza", le había dicho. Te lo mereces, Natalio, pero cuídate.

Tomó un micro pequeño, que lo dejó casi en la puerta. Era un edificio antiguo, pero impecable. Se detuvo un instante, respiro profundo y tocó la puerta que crujió cuando la abrieron. Un hombrecillo calvo, con gafas gruesas y desdentado, leo recibió con una amplia sonrisa. Ingresó al mundo nuevo, al que lo llevaría a lo que hoy es su hermosa vida; vida que le permitió ayudar a su padre y hermanos.

De esa casona, lo acompañaron al Club, allí lo esperaban porque don Miguel, había hablado con el presidente de la institución sobre lo que Natalio era: "Ese muchacho, es un diamante en bruto". Y sí, comenzaron por hacerle estudios médicos, le cambiaron la dieta, le dieron rutinas de gimnasio y aprendió ciento de estrategias deportivas. Ya pasado los dos años con diecisiete años, era un diamante semi pulido, le faltaba poco para ser el "crac" que estaba escrito en su destino.

Su vida cambió tanto que estaba irreconocible, pero siempre humilde y soñador. Natalio, comenzó a pasar de ser un pajarillo de campo a un águila dorada… su cuerpo y alma se habían conjugado con esa estrella que solamente tienen algunos privilegiados.

Su sueño se cumplía justo cuando una noche su hermana Remedios, le avisó que su padre había partido al otro mundo, a ese desconocido de la muerte. No pudo llorar, pero salió al campo de juego con la esperanza de demostrar que cuando se quiere lograr algo, esto con trabajo y esfuerzo, se le entrega en la mano.

Hoy Natalio es un líder y el mundo lo ama.  

 

UN CUENTO DE AMOR Y DE GUERRA

 

El fuego la hacia sentirse como Dios, cuando vio el sol; entonces inventó la novela de un amor imposible y tormentoso. Al alba, descalza caminaba en la nieve esperando la llegada del soldado que la había escondido en el desván. Cuando el sol comenzaba a iluminar los árboles y ella recordaba el beso, que como un rayo le atravesó los labios, de ese hombre desconocido, que podía matarla con el arma que llevaba en la cintura y sólo atinó a abrazarla, y besarla lenta y silencioso con la boca oliendo a hierbas húmedas, a setas, a musgo. La envolvió en una capa de color gris, sucia y rota y subió al altillo y la dejó, quieta y callada, haciendo una señal de: “No hables, ni grites, ni te muevas” que aceptó inmutable. ¡Pero no llegaba! Se fue la nieve y siguió esperando. Famélica, sudorosa, aterrorizada. ¿La guerra continuaba a la distancia? Se oían los ruidos de metales que chirriaban sobre la tierra mojada y los sonidos de balas de todo calibre.

En la sala, cuando necesariamente bajaba del desván, olía a soledad y a muerte. Pero ella se había propuesto recuperar ese amor imposible.

Cuando llegaron las tropas, recorrieron la casa vacía y estaban a punto de salir, cuando un crujido, alertó a los hombres. El más viejo, miró hacia el techo y con el dedo, señaló hacia arriba. Un mozo joven, imberbe, subió lentamente la frágil escalera con el arma lista. Abrió la puerta y encontró a una joven moribunda, abrazada a una capa y con una carta en las manos que apenas se podía leer.

“Amor mío, te seguiré esperando hasta tu regreso”. El muchacho hizo una seña llamando al veterano y éste, comenzó a trepar lentamente los escalones que crujían con su peso. Ella lo miró y cubriéndose con el brazo escuálido, la cara, con un sollozo, le preguntó: ¿Ha regresado mi amado? Y cayó desmayada entre los brazos del hombre.

Nadie se atrevió a tocarla. Llegó un enfermero y luego de auscultarla, les dijo que le quedaban horas de vida. Estaba deshidratada y muy enferma. Neumonía.

El rostro de los hombres curtidos por la vida entre trincheras y hoyos de morteros, se ensombreció y alguna lágrima rodó por la piel curtida. Uno de ellos, acercándose le dijo: ¡Amor mío, he vuelto! Y la acurrucó en su pecho con olor a pólvora y barro seco.

Ella, se enlazó al cuello y suspiró. ¡Has regresado! ¡Mira el sol, es fuego que entibiará nuestra casa! Y se quedó dormida. Le dejaron comida suficiente y remedios y una carta que decía: ¡Amor mío, tengo que irme, pero debes superar esto y curarte! ¡Volveré a buscarte!

En el verano, cuando ya los árboles cuajados de frutos mostraban la vida de la naturaleza generosa, ella repuesta, vio por el sendero que avanzaba un hombre. Era el joven soldado que la había encontrado en el altillo, que cumplía una promesa hecha por otro que quedó en una trinchera cualquiera del horror pasado.

MÁS VALE PÁJARO EN MANO QUE CIEN VOLANDO


 

            Agapito siguió a la yegua madrina con la tropilla chusca. Tenía que aceptar, cabeza gacha, con las órdenes de misia Eleuteria, su patrona.

            Desde que don Juan Leoncio murió, esa mujer se había estropeado la sesera. Pedía, exigía y ordenaba cosas cada vez más locas. El peón sabía que era más práctico ir a la feria del agro a comprar un padrillo y dos o tres yeguas como “Aurorita”, la madrina que ya vieja y mañosa  no tenía potrillos y pateaba cuando los chúcaros la querían “cubrir” pero no le podía discutir, ella creía saber todo.

            El potrero sur estaba atestado de potros ordinarios, de poco valor que nadie quería. Con sus coces, rompían los alambrados y el potrero era un asco. Una tormenta de truenos y refucilos, los espantó tanto que corrieron dislocados en todas direcciones, cayéndose algunos y quebrados sus patas otros. Luego fueron cayendo en el barranco del río que venía borracho de aguas turbias. Era como fuego húmedo y lodo. Los animales se alejaban como cadáveres de la Apocalipsis. Así había dicho el padre cura en la capilla hacía un tiempo. Así es el demonio, como el río cuando está bravío y ciego. Arrasa con todo.  Y fue así, no quedó nada, o sí, la yegua madrina que herida y enlodada se arrastró hasta el alto llamando con relincho a los pocos caballos y potrillos que sobrevivieron.  

 

 

AÑO NUEVO

 

¡No te creas que tendremos un festejo, será diferente! El cielo está surcado de fuego y no salimos de esta historia que trae la vieja crónica de los libros. ¡Vinimos a la tierra prometida buscando estar mejor que en el país del sur, pero acá se ha transformado en lo que ves, un perpetuo odio de los países vecinos! La anciana caminaba con un andador arrastrando su pierna encogida por la artrosis. Nunca imaginó que se quedaría en ese pueblo tan cercano a la línea de guerra con el país vecino. No imaginó, tampoco, que en menos de un par de años perdiera el compañero de toda su vida. Ni imaginó que sus cinco nietos quedarían a su cargo porque el deber de servir al nuevo estado como soldado a su hija.  A su yerno lo habían matado en una emboscada unos insurrectos. Fue un verano insoportable. Con cuarenta y ocho grados de calor, sin una gota de lluvia, fue designado por un jefe a recorrer una zona peligrosa. El jeep, saltó por los aires con una bomba que salió de la nada. Todos murieron y las exequias fueron muy conmovedoras.

 Sin embargo, ella esa mañana, lustró el candelabro, buscó las mejores velas en el mercado. Compró un trozo de carne de carnero y una botella de vino. Hiervas amarga, para festejar el Año Nuevo. Buscó en su placar un vestido que ahora le quedaba enorme, se peinó como lo hacía cuando llegó a su nueva y vieja patria y esperó festejar la fiesta. Cuando llegaron los niños al departamento, se sorprendieron ver todo tan bonito. ¡Hoy vamos a olvidar los malos tiempos! Cerró la ventana y fueron encendiendo cada candela uno a uno, se sentaron y cantaron unos salmos. De repente, la sirena... avisaba que un nuevo atentado con misiles llegaría por ahí. El estallido no permitió tomar conciencia, que no había la abuela había olvidado que no hay ventana que resista el odio.

INFIERNO PARA OTRO

 

            La Rosario se sentó junto a mí en el jardín de la casa de campo, siempre tenemos ese clima de confianza que hermanan a las mujeres. Ella criada allí en medio de los cerros y yo tan citadina como un Shopping.

            - Los tulipanes han comenzado a abrirse y los narcisos como si quisieran besar el sol han crecido mucho este año. ¡Ah, si hasta los jacintos besan la tierra por culpa de la lluvia inusitada y a destiempo en la temporada. Hay mucha humedad  en el terreno de atrás…!

            - Hoy no vino tanta gente joven como el otro año. Recuerda como estaba lleno, pero este año no les han dejado traer alcohol, por eso ya no quieren venir. Antes era una fiesta.

            - Se emborrachaban y hacían desastres, por eso no los dejan.

            - Si, vi muchos jóvenes en el camino en paso al poblado, ¿sabe, creo que es mejor, ahora hay muchas chicas que se embarazan sin cuidarse y después…?

            - Ni me diga, si lo sabré yo, porque acá nos conocemos todos. Hace muy poco se suicidó la Hortensia, la cuñada del “Tormenta Suárez”. Dicen que la dejaron un ratito sola y cuando volvió el Pelado, estaba colgada medio de rodillas sobre la tierra, mismo donde encontró al hijo. No se pudo hacer nada, era tarde.

            - ¿La Hortensia no es la que el año pasado perdió dos hijos?

            -  Sí se suicidaron igual que ella, mismo lugar, misma forma, no le dije. Dicen en el pueblo que estaba loca. Dicen que estaba de nuevo embarazada. No quería más hijos.

            - ¿Usted qué cree Rosario, acaso una mujer al que se le van dos hijos de esa forma, no se puede trastornar?

            - Y… visto así… claro, lo que pasa es que acá hay mucha ignorancia y pobreza.

 A los hombres no les gusta agachar el lomo, se sienten inferiores si trabajan en cosas pesadas, todos quieren trabajar en empleos de la municipalidad.

            - Pero es la ley de la vida. Trabajar es para lo que venimos entre otras cosas, ¿No? Y si aprenden un oficio o hacen trabajos manuales. Yo pienso que dignifica al ser humano el trabajo, sea cual sea.

            - Acá trabajamos las mujeres. Nosotros hacemos todos los trabajos más duros, ellos son los señoritos.  Y no le digo como nos tratan en la cama.

            - ¿En la cama? ¿Quiere decir dentro del matrimonio? En la vida sexual es cuando más se les nota el machismo acá y en todos lados. No crea que en la ciudad es muy diferente y pasan cosas parecidas.

            - ¡Pero acá son como animales! Yo a mi hombre le tengo mucho miedo. Me casé muy joven, tenía trece años, pensando en otra cosa. Me agarró desde un principio y como ya había tenido dos hijos, me obligó a abortar seis veces.

            - ¿Seis veces? ¿Acá en el campo?

            - Y si supiera… a los lugares y con quienes me llevó, no mi he muerto de pura suerte. Y yo todas las noches cuando me acuesto, después de rezar, le pido a la Virgen que él pague por lo que me hizo hacer.

            - ¿Lo odia o le teme? Dios no la va a juzgar por lo que él le hizo hacer.- Imagínese si Usted mi querida amiga, hubiera tenido que criar ocho niños.  A los dos que tiene los educó sanos y le dio estudio y oficio. ¡Con ocho hubiera podido si él no trabajó nunca?

            - Yo antes le tenía terror. El miedo me hacía hacer pis encima cuando venía a la cama medio borracho. Se acostaba y me agarraba del pelo y sas…púmbate, encima de mí. Me fui acostumbrando pero ahora con la edad que tengo, ya casi sesenta, lo eché de la cama.

            - ¿Ahora le tiene miedo él a usted o quisiera que…?

            - Por lo pronto no lo dejo ni que me toque, se imagina que un viejo de mierda sólo quiera… bueno usted sabe ¡ no? Y me insulta y dice que soy una tal por cual y que se va a ir a buscar una muchacha entre las casas… que para eso me casé y hasta puta me dice. Pero yo no me casé para que me hiciera estas cosas.

            - ¡Yo entiendo lo que ha sufrido! Nunca imaginé que sufriera tanto.

            - Me hicieron cualquier cosa. Enfermeros, medicuchos de tal por cual, matronas mugrientas…rezo por esos pobres angelitos que nunca vieron el sol. Y le ruego a Dios, porque soy muy devota de la Virgen, que este viejo de mierda pague por todo y cada uno de los abortos que me obligó hacer. Espero que lo pague en el infierno.

            - ¿Tiene miedo? ¡Dios no la va a juzgar y él sabe!!!

            - Sabe mi amiga, lo odio tanto y más cuando anda tomado y quiere acercarse a la cama. Saco el rebenque para  hincárselo en donde sea. Si es ahí mismo en la… mejor. Lo saco a golpes y me tiene miedo, él ni siquiera quiere operarse una hernia porque tiene miedo al médico y mire por lo que yo he pasado.

            - Bueno cuídese no vaya a ser que termine mal la cosa.

            - No… ni se acerca. Si por él fuera, yo lo tendría que servir cada noche hasta que me muera. ¡Qué se muera él antes que yo y espero encontrarlo en el mismo infierno!

            - Bueno tal vez su vecina se murió por algo parecido.

            - Nunca lo vamos a saber, yo nunca se lo conté a nadie. ¡Sabe que me siento mejor ahora que por primera vez lo digo?

            - De mi no saldrá. Y sepa que hay seis angelitos que la cuidan y la esperan…

            -Y seis diablos que lo esperarán a él. Que lo arrastrarán por las brasas hirvientes. ¡Eso espero! Hasta la semana próxima. ¡Está muy lindo su jardín amiga, me llevo seis tulipanes para la Virgen!

            Rosario camina encorvada por el esfuerzo de subir y bajar entre las piedras del cerro. Con su cabello blanco y su alegre silbido llama al perro que la acompaña por cada lugar que va de visita para tener a sus conocidos al tanto de las historias del lugar.

 

¿POR QUÉ ELEGÍ ESTA PROFESIÓN?

 

 

            ¿Otra vez la traen? Cuánto hace que vino a parir y le dimos pastillas y le ensañamos y…

            ¡Si usted sabe que es deficiente y ahora mire cómo está! La han violado. La trajo la policía porque la encontraron en la calle frente a la concesionaria, donde duerme, sobre un charco de sangre.

            Traiga una camilla y la llevaremos a quirófano. Antes la bañan, la rapan para sacarle los piojos y las liendres. ¿Tiene sarna? Menos mal que no tiene como la otra vez.

            Doctor, está con la presión por el suelo. No sabe ni puede decir el nombre. ¡Pobre infeliz!

            Pónganle un poco de sangre y suero, y un calmante. ¡Uy, está destrozada! Otros guantes, barbijo limpio y sáquenme el delantal y traigan uno limpio. ¿Dónde estarán los hijos?

            Se los quitaron hace como dos años, están en el Instituto del Menor. Mejor por lo menos ahí comen y están medianamente bien. Doctor, le traigo la historia clínica por si quiere verla.

            Es la treceava vez que la traen. Creo que esta vez… si no se muere, la vamos a castrar.

            Usted sabe que no puede, la Ley no se lo permite.

            ¡Me cago en la Ley! ¡Que venga un puto diputado, juez o  lo que sea y vea cómo viene esta loca cada vez que alguien la embaraza o la viola! ¡A ver si son capaces de arreglar lo que le hacen!

            ¡Mire, doc. usted es muy joven, hace cuarenta años que laburo acá y he visto de todo!  Por empezar, nenas de 8 y 10 años violadas por sus padrastros, padres o abuelos, mujeres obligadas a abortar por sus parejas con palizas o hasta ganchos hechos con perchas de alambre incrustadas en el útero, y me va a decir a mí, que esto es lo peor! No doc. esto es común, he visto demasiado en mi vida.

            ¿Cómo aguanta, mujer? Yo me moriría. Pensar que mi cuñada quiere tener un niño y ha hecho como seis tratamientos y no lo logra.

            ¡Acá la traen! Está muy débil. Déjeme que lo ayude. Ella es hija de su padre y ha tenido dos chicos del padre, y son hermosos. Rubios, de ojos celestes y blancos como espuma. ¿Y sabe que son inteligentes? Una vez vino con las libretas de la escuela donde iban y tenían puros nueves y diez, pobrecitos.

            ¡Eso es increíble! Llame al cirujano, tiene un embarazo de cuatro o cinco meses y está vivo el feto. Llame a la doctora Teresa Estrada, ella me ayudará. ¡Urgente! Corran.

            La mujer murmura… ¡Y mis hijos! ¿Dónde están mis otros hijos?

            ¡Calmate Aurora, tus chicos están bien, ahora te vamos a curar! ¿Quién te hizo esto? ¿Te acordás? 

            Vinieron unos chicos muy lindos en un auto grande y brillante y cuando me acerqué a pedirle unas monedas me agarraron, me metieron detrás de una obra y me agarraron entre todos, y me decían que era linda y me iban a dar plata y no me acuerdo más. Eran muchos, jóvenes y tenían lindo perfume.

            Bueno, Aurora, el doctor y la doctora van a ver que hacen por vos. No tenés que subir a cualquier auto, ni acercarte a los hombres. Dormite Aurora, dormite.

            Mirá Jorge, hagamos una cesárea. Está muy delicada.  Prepárenmela para la operación, oxígeno y raquídea. Tiene baja la presión; aunque sea salvemos al niño.

            En el quirófano se mueven a destajo. Corren las manos y monitorean cada acción. Sacan un neonato que al pesarlo sólo pesa 800 gramos.

            Doctora, baja la presión. El neonatólogo dice que el niño tiene siete meses, que es pequeño pero puede vivir en incubadora hasta alcanzar el peso. ¡Doctor, la Aurora se nos va! La presión… está en tres, se muere doc. Haga algo.

            Tranquila. Resucitación… rápido, está fibrilando. Se nos va. Aurora por tus hijos, Aurora… el grito atraviesa las gruesas paredes del quirófano. Sólo se oye le ruido estable y rectilíneo de los monitores. Un berrido sale de la incubadora donde un bebé pequeñito pelea por su vida.

            Todos lloran en la sala. Por Aurora, por los niños y por la impotencia de las acciones de seres que se dicen humanos y son peores que bestias.

 

 

JUNTO A LA ACERA DE SOL

 

 

            Marleni corre por la vereda. Su risa es un carillón de alegría. En su mano izquierda surge la muñeca de ojos de porcelana y boca de dientes pequeñitos como los de una ratita de juguete que le trajeron los Reyes en casa de su madrina Perla. No puede ir más allá de esa acera donde alumbra el sol y siempre acompañada de la abuela.

            Espera a su mamá que viene en el micro del trabajo. En casa está la abuela diana haciendo magia con las cacerolas. Compró temprano en la feria un conejo (qué asco) que algún cazador consiguió para mitigar el hambre de su propia familia.

            El perfume a hierbas del jardín de su casa le penetra en la pancita y los pulmones dormitan recuerdos del domingo en que se juntaron en el patio con la madrina a festejar el final de las lluvias. Ya no hay barro en la calle y el sol calienta la acera. Su papá se fue hace muchos años, ella ya ni se acuerda como era. A veces sueña que un señor de cabeza grande se acerca sonriendo y la besa; pero su abuela le asegura que no puede ser el papá porque era de porte menudo. ¡No importa, ella sueña igual!

            Una noche que vino su madrina, escuchó que hablaba con su mami y ella lloraba. Le dio mucho miedo. ¿Y si su mamá se enfermaba? ¿Y si se iba como su papá? bueno estaría la abuela, que siempre renegaba porque Marleni dejaba los juguetes tirados por el pasillo o en el comedor. De noche creía ver un monstruo terrorífico en la ventana. Quería dormir con su mamá como cuando era más pequeña, pero no le permitía. El doctor dice que no es saludable.

            Tapada hasta la cabeza, se ahogaba, pero firme se quedaba en la cama. Incluso cuando había tormenta, sólo la dejaban ir a la cama de la abuela con los temblores. La pobre le tenía terror y allí sí se peleaba con su mamá. Por tu culpa me tuve que venir de Santa Fe, allí estaba segura, no se movía la tierra.

            Mamá, vos sabés que si no ya me hubiera matado… decía la mami y se ponía a llorar. La abuela se metía en la pieza y no aparecía hasta el día siguiente.

            Hoy llegó un policía con unos papeles y mami comenzó a tiritar, tenía mucho frío seguro. Salió corriendo hacia la cocina y le mostró a mi abu. Se abrazaron y lloraron juntas y reían juntas. ¿Mami qué pasó?

            Me abrazó tan fuerte que casi me ahogó. ¡Gracias a Dios y no se a qué santo, tu padre ha muerto! No entendí nada.

            Vino mi madrina y así me enteré. Mi papá era malo, quiso matarme a mí antes de nacer y como no pudo le prendió fuego a la casa de mi abuela allá en Santa Fe y en la cárcel, lo habían matado otros hombres malos.

            A partir de hoy podemos ir a jugar a cualquier plaza, viajar a santa fe y podremos juntarnos con tíos y primos. ¡Gracias mamá, le dijo a la abuela! y esta noche hicieron un pollo al horno con papas fritas y abrieron una botella de algo llamado champagne. Yo por las dudas esta noche trato de dormir con mamá, le tengo miedo a los fantasmas.

 

 

 

martes, 23 de junio de 2026

UN TIEMPO PERDIDO

 

               Cae a plomo un sol interminable. Un sórdido infierno transforma el paraje desértico en un meandro ígneo. Se agiganta la figura de un ser fantasmagórico. ¡Será...! ¿Acaso un humano? ¿Tal vez un cíclope o un centauro inventado por los seres que intentan desaparecer del páramo elástico? Un derroche raro de la raza que habita desde los principios más ignotos el yermo. Paraíso nativo, allí despertando a la nueva creación. Una criatura se desdobla frenética como un extraño manto de seda. Ha sido concebida para desorientar incluso a los dioses. El reverberar del suelo difumina la figura.

                           Un silencio pérfido predispone al miedo. Se revuelve en la rústica cava pétrea un gelatinoso cuerpo deforme. La soledad atrapa incluso al observador inadvertido que fisgonea en la oscuridad de la fosa. Emerge lentamente el cuerpo fantasmal de una mujer. Su larga cabellera negra tiene mágicos fulgores estelares.  Puebla de formas bellas el lugar.                            Comienza una danza espectral sin música. La joven se contornea bajo el influjo de una rítmica melodía que nace entre las rocas de estalactitas de sales minerales. Una ninfa... de las cuevas ha vuelto a la vida. Se ha desplazado entre el vapor y yace, junto a un enorme cardón en el límite del desierto. ¡La piel aterciopelada de un tenue color ambarino de los nativos inventa un rito de amor!

                   La insatisfacción de mi virilidad adormecida me aprieta el lugar donde aun está el hueco de mi perdida costilla primigenia. Existo como un hombre perpetuo. ¡Entonces  miro la piel y escarbo en  búsqueda de reflejos de un espíritu, de un alma inmortal de esa mujer!  Me acerco y trato de tocar su rostro, anguloso y mórbido como fruta madura, donde unos profundos ojos negrísimos me insinúan una lucha de ancestros transgresores. Es astuta, lo sé. Mi mano se alarga.  Se desplaza la imagen en el intento. No existe. Se diluye como blasfemia en  la nada.  Tiemblo al repetir mi acción y trémulas mis manos atrapan sólo una red de sonidos brillantes, innecesarios, inventados en mi propia soledad. Entonces escapo y el calor del sol me hace regresar a una pequeña sombra. Estoy junto a un antiguo árbol que semeja una catedral de filigrana de madera perfumada. En él, anidan aves ruidosas. Rodeado de malezas y de espinas, mi cuerpo se desploma. Miro mi perfil, en el polvo del camino,  apenas dibujado entre los matorrales. He caído en una trampa. La sed y el hambre estrangulan mi cuerpo herido por la necia actitud de los "otros ".

                        Me estiro tratando de aferrarme a una fruta que pende de la rama de un  aguaribay. Me retracto. No es una fruta real, sólo existe en mi imaginación. Un keú grita con sonido  estridente y migra hacia el sur. ¿O es hacia el norte? Ya no importa el rumbo sino que oriente mi flaqueza hacia un territorio fértil. Una vega llena de frutales o  de maíz jugoso.                  Hurgo en mi repertorio  de vegetales ansiados. Un fruto de cardón, dulzón y tibio..., una patata de agua, humilde, que me devuelva la serenidad. Tal vez muera acá en medio del desierto, en medio del reflejo obsceno,  incendio estelar,  ojo de fuego. El  sol asesino.

                          ¡El Sol, dios generador de los padres atávicos! ¡Los atapamas, los tonocotés, los omaguacas, los capayanes...! Se está extinguiendo un hijo del desierto.  Nos estamos extinguiendo. Nuestra raza y leyendas. ¿Dónde están los dioses ancestrales... y dónde ese nuevo Dios de los cristianos?

                          Me voy perdiendo en una nube espesa. Ahí veo una " suy-i con puri " * y es la callosa mano atezada de mi madre. Esas manos que en el mortero de algarrobo molía diariamente el seco grano amarillo de la catedral celestial, verde espada que remonta la tierra agostada del secano en  aras rituales. La madre nutricia era, en la puna y el yermo de Sanagasta y Yacampis. ¡Pero el agua de las palmas se pierde entre los dedos en el polvo y se transforma en piedras! Comienzo a transitar por un laberinto de luces y de estrellas lejanas. No volveré a tocar a mi madre. Está muerta, igual que casi toda la tribu. Un extraño mal los atacó y no pudo el " brujo"  ahuyentar el maligno.

            Un tiempo infinito transcurre para que " Sima - Hoy-ri " ** vuelva a la realidad. La saeta de fuego ya palidece y comienza a tenderse como una sábana violeta el atardecer sobre las tolas y chañares, sobre los churquis y las queñoas. Las cigarras, los bumbules trepanadores y los millones de insectos ruidosos empiezan su ronda nocturna en busca de agua y frescor. Así se inicia su peregrinar hacia la quebrada. El frío avanza como un enemigo ansiado, sabe que con su camiseta de lana de vicuña, ahorrará calor del día solar. Sus "ursutas”,  son fuertes y aguantan hasta las espinas gruesas de algunos cactus y añaguas. Se yergue con dificultad y continúa.

                           - ¡Debo atravesar este páramo y buscar a los blancos! Los hombres buenos me ayudarán.- piensa.  Pero el cuerpo cada vez más pesado y las piernas más dolientes, impiden el esfuerzo.

                            De pronto un ruido estridente atraviesa el cerebro del hombre. Se despierta en otro espacio... fisgonea en busca de señales  claras. ¿Dónde estoy...?- se pregunta.  Tiene el cuerpo desnudo entre las sábanas enroscadas  sobre las piernas musculosas y ahora sabe que está en un lugar  conocido. ¡Este calor... intruso y grimoso!- masculla enojado.

                    Mira con desesperación el reloj electrónico y descubre que está muerto.- ¡ Tenía que ser hoy, justo hoy que tengo la entrevista con los periodistas de casi todos los medios!  Trata de desmadejar las colchas y  ropas para liberarse y corre a la ducha- . Se ha cortado nuevamente la corriente eléctrica. El pequeño pueblo es así. Las celosías esconden el verdadero clima de ese día. No hay ni un resquicio de frescor, no hay refrigeración, ni ventilador, por falta de mucha previsión y total desgano, reconoce rezongando. Se desenlaza, los músculos doloridos protestan y le estalla la cabeza. Se yergue, trata de llegar hasta la pequeña bañera. Abre el viejísimo grifo y una desinflada cinta de agua que agoniza, se desparrama hasta desaparecer. ¡Tampoco hay agua! Tiene ganas de gritar. Vuelve el sueño  en flashes alternados. Tendrá  que apurarse. Toma una toalla y la empapa con agua colonia y refriega el cuerpo sudado. El pelo está pegoteado y la piel, como si le hubieran untado  mermelada. Se restriega el cabello y el rostro. Tiene la barba crecida.  Parece que  miles de insectos lo hubiesen aguijoneado. ¡ Qué asco! Una camisa blanca... ¿ dónde está su camisa blanca? Busca entre la ropa desperdigada entre sus papeles y  fotografías.- ¡ Ah... gracias a Dios...!- Se calza un viejo pantalón de lona y la camisa que resplandece en la semipenumbra del cuartucho. Unas zapatillas serán la  solución a los pies que le  duelen...- ¿ Por qué me duelen tanto los pies?- piensa. Se mira y sus pies están llenos de pequeñas heridas y cortaduras.- ¡ No puede ser si yo no he ido a ningún lugar desde hace días!- Regresan las imágenes del sueño. Sobre una mesa hachuelada están los instrumentos musicales indígenas.  Algunas quenas y caramillos hechos en huesos de guanacos y llamas,  unos restos de alfarería nativa. Los descubrimientos transformarán su nombre y su prestigio... ¡ Qué maravilloso yacimiento arqueológico de la raza perdida! Sale del dormitorio y se siente extraño. Son tantos los reporteros que lo agobian. Los luces de cámaras y  videos con sus   impertinencias... Siente  deseos de huir. Se siente atrapado.

                           - ¿ Es verdad que ha encontrado una ciudad perdida de la región apatama?- le dispara como un dardo una joven hermosísima. Tiene la cabellera recogida y le caen hilillos de sudor por el cuello perdiéndose  en  unos  pechos opulentos. Se distrae.

                            - ¿ Acaso podrá explicar con su hallazgo el principio de la civilización incaica?- pregunta con una risita estúpida  otro reportero.  ¡ Es verdaderamente insufrible la algarabía! Nadie presta atención; sólo están allí para tener algo para cobrarle a los periódicos importantes. Los medios pagan muy bien una noticia de temas científicos que pocos leen realmente.

                           - Perdón aún no puedo darles muchas respuestas concretas. He descubierto, sí, un importante pueblo precolombino en el desierto de... ( lo interrumpen para poder sacar fotos con mejores imágenes).- ¡ Señores gracias por venir... pero les prometo un detallado informe muy pronto! ¡ Tal vez nunca!.-  vuelve a considerar. Están desilusionados, lo miran con cierto desprecio. Los periodistas salen murmurando algunos improperios, pero no los escucha. En realidad no le importa. Intenta regresar a la habitación. Hace un poco tiempo que retornó la electricidad y ya hay agua en los escuálidos grifos; pero alguien lo detiene. La mujer que le  hacía preguntas en el salón lo ha seguido por el  pasillo. La mira. Su cuerpo y rostro lo  dejan  perplejo. Es casual pero una ilusoria imagen del sueño lo  golpea. ¿ La mujer es una  quimera o  un  fantasma?

                            - Mañana acometeré una empresa difícil, si le interesa el tema de mis descubrimientos puede venir. No será sencillo y tiene millones de inconvenientes. ¡Es su decisión, salimos con mis ayudantes a las cuatro de la mañana! ¡ Adiós!- dice y la deja sin hablar.

                            Cierra la puerta y pone una barrera infranqueable a un ser seráfico. Se retrotrae  a los apuntes y al grabador con la música de los viejos habitantes que aún conservan instrumentos y cánticos rituales. Está  ingresando en ese ámbito ambiguo entre la realidad y lo ficticio. Se siente  un “nexo” entre lo actual y lo perdido.

                            El desierto entrega un frío impensable. Son las horas tiernas del amanecer. Una bandada de parinas chicas, con sus patas de rojo fuego, corta con sus chillidos el cielo de un denso color índigo. A lo lejos, sólo al extremo del desierto se va formando una arista convexa de color naranja que resplandece y lentamente rebasa el horizonte entre los cardones, los algarrobos y los churquis. Han florecido algunos cactus atrapando a los dragomanes alados, los pequeños murciélagos ciegos. Ellos repartirán entre sus pelos, los genes, para que no se pierdan sus plantas " origen". Un perfume a flores atrapa la sensibilidad de los observadores. Junto al científico, casi tocándolo siente el brazo firme y la mano dominante de la invitada. La había olvidado. Sobria en trastos y silenciosa se mueve. Sube al jeep y se sienta esperando al grupo que levanta los aparatos de investigación. La extraña mujer, se acurruca para no incomodar y él, la espía con el rabillo del ojo. Despierta la alterada formalidad del científico.  Nada cambia la organización, pero algo lo impulsa a compartir con ella ese premio fantástico.

                            El otro vehículo, ya pronto y repleto, comienza una lenta marcha por la huella. El sol se está transformando en un semicírculo de fuego que destella vapores dorados y plateados. La helada petrifica las hojas carnosas de añaguas, están convertidas en esculturas de hielo vegetal. Ya se han muerto. El aire gélido hace que el aliento parezca humo. No hablan y maneja sin mirar a esa compañera de aventura. ¡Inesperada e infrecuente!

                           Avizoran una planicie entre lomas de cordones montañosos de poca altura. Siguen buscando la salina y el desfiladero que los llevará al lugar escondido por muchos siglos. Unos matamicos andinos revolotean sobre nuestras cabezas, deseándonos como a presas esperadas. El grupo de estudiantes y ayudantes ha quedado levemente rezagado. Cruza un zorro con un chinchillón entre sus fauces y corre a su madriguera. Observa el rostro de la mujer; ésta, llora por la pequeña presa. - ¡Es el necesario precio que se cobra la vida, para su subsistencia!- le expresa sorprendido el muchacho. Se tranquiliza la mujer. Están ingresando en ese espacio tutelar de los ancestros apatamas. Dejan el móvil y tomando unos bártulos la obliga a participar activamente del trabajo. El sol ya está sobre sus cabezas.

                            Los ayudantes comienzan a repartirse los cuadros para extraer la arena y piedras de los artefactos. El científico, penetra por la región  intransitable del matorral. Camina con sumo cuidado para no despertar los adormecidos elementos de valor del pucará. Advertido penetra en una gruta de roca indemne con petroglifos y pinturas rupestres. Detrás   siente que se deslizan pies humanos. Se vuelve y como en un "negativo" fotográfico se transluce una apariencia corpórea. No reconoce el contorno ni la forma ilusoria. Un sopor le sobreviene. Siente el ronroneo y rodar de unas finas piedrecillas que alfombran el suelo. Hay un sensible rumor de agua y el goteo de insignificantes cascadas en los desniveles de las largas galerías. Con su lámpara trata de iluminar hacia la izquierda y una figura de belleza sin igual resplandece a su vista. Parece una máscara de cristales y oro. Es tan antigua como la milenaria visión de sus fantasías. ¿Acaso son realmente palpables o están impresas en su yo imaginario y no existen?

                            Llama a gritos y sólo le contesta la voz apagada de su inadvertida escolta. No conoce  su nombre. La mira enfrentándola y le pregunta con la mirada inquieta -¿Si ha escuchado algo?-  Sonríe la periodista y le señala una cripta. Su voz, alentadora, suena transparente y lúcida. - ¡Llámeme Quillén, ese es mi nombre! - contesta con atractivo mohín  femenino. Él sigue alumbrando con una linterna las paredes gradualmente artesonadas con símbolos pretéritos. Una suave llovizna los envuelve. Se acercan los cuerpos, se cruza un gélido aire azufrado.

                            Las manos de la pareja, tiemblan y cae la lámpara en una grieta. Han quedado a oscuras. Tiemblan y el hombre toma entre los brazos el cuerpo trémulo de la ninfa anhelada en  su claro deseo carnal. Acaricia el rostro y besa  la boca atrevida. El cabello le cae en una catarata de seda entre las manos. Detrás de esos cuerpos se oye un murmullo lejano que atrapa  la atención del hombre.

                            -¿De dónde proviene?- Trata de reponerse y captura con dificultad la luz caída. - Debemos continuar... allá hay un peculiar espaldón de minerales raros.- la urge hacia un camino cuyo trecho recto los obliga a saltar un río subterráneo y un barandal de estalactitas húmedas.

                            - ¡Ilumíname ese sector, Quillén... por favor! Mira... ahí hay una espectral forma casi humana. - quería obligarla a participar. Justo a esa mujer a quién nunca pensó que compartiría el hecho más importante de su carrera.  -¡Nunca lo consideró! – se dice. ¡Observa, es una momia y está casi intacta..!. - lo sorprenden sus palabras y siente una urgente invitación de la muchacha que está excitada y febril.

                             - ¡Magnífica! ¡Es perfecta..., me maravilla su belleza! Además, mira tiene todo el ajuar intacto. Observa las sandalias de hechura arcaica... y su camiseta de lana de vicuña roja y su manta de alpaca y las plumas de colores desvaídos por la humedad y el tiempo... - señala conmovido.

                              - Tiene un collar de piedras azules y rosadas... ¿será "rodocrocita" y "lapislázuli” o “turquesas?” ¡Mira su largo cabello trenzado con agujas de hueso. Usa brazaletes  con láminas de oro y extraños dibujos!-  le comenta sin mirarla- ¿ Crees que pudo ser una princesa apatama?

                               - Tal vez debemos regresar y buscar ayuda para transportarla. Ven volvamos. La insta con apuro.

                               - ¿Sabes volver acaso por esos pasajes misteriosos? - Quillén ríe con carcajadas agudas. Mira al hombre consternado que tiene frente a sí y su rostro de piel suave y tersa se va convirtiendo en una mueca donde la boca se desdibuja y sólo se ven los dientes apretados en el hueco de su calavera. Su traje se deteriora rápidamente y va transformándose en un atuendo apatano de confección muy primitiva. Ya no tiene ojos y en las cuencas oscuras brillan como dos esferas de azabache pulido, de antracita combustible e ígnea. Y son esos ojos los que lo petrifican. El horror queda como una máscara calcárea en la fisonomía del hombre.

                          El sol cae en rayos de fuego sobre el rostro del hombre que desesperadamente busca incorporarse en el desierto apatano. Sus pies heridos y sangrantes parecen de lava. Sólo se escucha el griterío de pájaros carroñeros que esperan una presa. ¿Acaso todo ha sido un espejismo? ¿Su imaginación pudo crear tártaro semejante? A lo lejos un murmullo atrae su debilitada conciencia.

                          Es un grupo de gente que se acerca. Trata de atraerlos con gritos, pero nadie acude, nadie responde. Todo ha sucedido en su afiebrada mente o ya forma parte del mundo espectral de los nativos desaparecidos. Una joven aldeana aborigen se acerca y lo mira. Sus ojos son de azabache pulido y sus trenzas están apretadas con lanas de colores. Canta. Un susurro de erkes, flautas y cajas, en un dulce yaraví, invade el páramo. Le acerca rústica la mano de piel curtida y lo ayuda a erguirse. Un misachico frailero, apretado de flores de papel de colores, con un "Santo de palo”, vestido en paño de vicuña morado, se enfrentan al mustio cuerpo deforme del científico. ¡De pronto, en el erial...un pájaro de alas descomunales echa a volar hacia el disco de fuego, padre de los "Incas" y de todos sus descendientes; tribus que se han ido diezmando en la pobreza y el tiempo.

                             Un ave inexistente en los libros de los sabios.

Lengua Apatama:

* Suy-i con puri: mano con agua.

** Sima - Hoy- ri: Hombre de la tierra.

 

JUICIO A LOS RECUERDOS

 


Llegamos en un barco de la Cruz Roja desde Austria. Buenos Aires nos pareció un lugar extraordinario. Lo que más nos llamó la atención fue ver comida en los tachos de basura. Nosotros, después de vivir en cuatro campos de concentración siendo refugiados no lo podíamos creer. Allá comíamos un trozo de unos doscientos gramos de pan de cebada y una papa de cien gramos, más o menos, cada día. Donde conseguimos algo de grasa de cerdo fue en el campo de los ingleses.

Escapábamos después de sentir como mataban a mis padres por el frente de la casa, nosotros por atrás y por los techos huíamos agazapados con unas pocas joyas que mi madre le puso a mi mujer en el corpiño. No teníamos nada. La ropa era de pleno invierno, pero teníamos un calor terrible, porque había incendios por todos lados.

Los soldados alemanes entraban a las viviendas y si eran judíos los aniquilaban y prendían fuego. Caían balas de todos los rincones. Escondidos, viajábamos de noche y nos escondíamos de día. Así atravesamos por las calles de Budapest hasta llegar a la campiña. Los bosques estaban poblados de gente que escapaba de las tropas de ocupación.

Pasamos hambre. Yo trataba de buscar comida donde fuera. Rescaté de algunos muertos unas botas y un carro abandonado. No traía mi título de odontólogo. Era un simple vagabundo escapando de los enemigos. Mi hermosa esposa, éramos muy jóvenes y recién casados, escondía entre sus bragas algo de dinero. Pero nadie lo quería. Faltaba comida y sobraba hambruna.

Hoy trato de agradecer haber escapado del infierno y estar vivos, hemos construido un hogar con dos hermosas hijas. Dios dirá cuál será su destino.

LETICIA

 

 

La recepción está llena. Apenas se puede caminar delante de la zona donde se toman turnos y admisiones. Una tarde espesa. Húmeda y caliente. Por el altavoz, llaman a personas y las acercan a los salones donde deben esperar su lugar.

Para Leticia es una buena señal, saber que no habrá mucha gente para atender. Ella suele tener hasta siete personas esperando en el recinto, pero este día apenas hay dos. Las atiende como siempre, apenas unos pocos interrogatorios y prescribe calmantes y estudios que transferirá a otros especialistas.

Me toca a mí entrar, cuando se escucha un llamado urgente desde la sala de urgencia. Sale refunfuñando. ¡Justo ahora me necesitan! Espéreme. Yo asentí. Bueno, la espero.

Cuando llega al gabinete donde yace un ser esperando, se le encoge el estómago. El olor a suciedad, orín y alcohol, la deja asqueada. Se acerca y ve una mancha de sangre entre los harapos del enfermo. Piensa en su ropa limpia y hermosa. ¡Carajo, un vagabundo! Se acerca una enfermera y comienza a cortar los trapos. ¡Cuidado, doc., tiene piojos y creo que sarna! Una cabellera hirsuta y blanca rodea la cabeza del yacente. Ya lo voy a lavar. Mientras tanto usted si puede tómele la presión o algo.

Había entrado en una ambulancia policial. Encontrado sobre la calle, herido, un uniformado lo recogió y corrió al primer nosocomio más cercano del lugar. No podían negarle la atención.  Hábil, la enfermera bañó el cuerpo del individuo, le pasó una rasuradora eléctrica por la cabeza y la larga barba. Caían al piso mechones con sangre e insectos. Un rostro de varón de no más de cuarenta años, se presentó a los ojos de Leticia. Algo le hizo dar un leve sobresalto. ¿Qué rostro conocido? Pero no puede ser. No lo conozco. Una vez limpio y seco, comenzó a hacer su trabajo.

No despertaba. El aliento agrio la envolvió cuando el hombre abrió la boca. Su dentadura ennegrecida por el tabaco y algún otro sólido le había carcomido el esmalte dental. Entre los andrajos, encontraron una pequeña bolsa con documentos, que de inmediato tomó el policía que permanecía de pie cerca del hombre.

Señora, se llama Exequiel Marcos Guzmán y tiene cuarenta y dos años. Sin dirección. Le han dado una golpiza terrible.

No. Agente, tiene una herida de cuchillo en el estómago. Creo que le han herido el hígado… bueno, lo que le debe quedar de hígado con el alcohol; y quién sabe qué otras “cosas” ha consumido. Lo hace reaccionar y el color de sus ojos azules, se incrustan en el recuerdo de Leticia. ¡Yo creo que lo he visto! ¿Pero dónde?

Rápidamente lo entran a quirófano y asume un colega una transfusión de sangre y calmantes, para ver si pueden operarlo. Mientras trabajan en el cuerpo doliente, hablan de cosas personales.

¿Cómo estuvieron tus vacaciones? ¿Adónde fuiste este año, viajera? Nosotros con los chicos solo hemos ido unos días a Córdoba. ¡Che, este tipo… tiene cara de ser conocido! Me inquieta ver lo mal que está. Si le hacemos unos rayos o análisis de prevención. No sabemos si es diabético o tiene alergias o si tiene alguna otra enfermedad. Leticia asiente. Sí, mejor esperemos, hagamos estudios. Entra un médico que se impone. ¡Por favor, ni toquen a ese paciente! No tiene seguro, ni sabemos si puede pagar los gastos de este hospital, no somos la Cruz Roja ni algo estatal. Esto es un hospital privado, alguien tiene que dar la cara por él. Sale golpeando la puerta de vidrio que vibra y se reflejan las luces dando un aspecto desagradable.

Fuimos con mi hermano y mi cuñada a la costa del sur de Francia. ¡Parece que se enojó su señoría… tal vez estudió en Harbar! Llamemos al agente que lo trajo. Entra el muchacho y dice: Este hombre es un famoso músico. Sus padres vienen en camino.

Leticia, se arrellana en la pared y aventó: Esperemos un tiempo, pero no lo dejemos… por las dudas. ¡Ay, tengo una paciente esperándome, salgo para hablar con ella y regreso pronto! Mientras camina por los pasillos del hospital, recuerda un concierto que presenció en el teatro Colón y recordó que ese esperpento enfermo sobre la camilla era el solista; ejecutaba el violín. Despachó a la enferma con un pretexto, le dio una receta con calmantes y le cambió el turno para dos semanas después.

Ella, no se perdería la posibilidad de cobrar unos jugosos honorarios de los padres del músico. ¡No he estudiado tanto para curar enfermos gratis!

 

 

INFIERNO PARA OTRO

 

            La Rosario se sentó junto a mí en el jardín de la casa de campo, siempre tenemos ese clima de confianza que hermanan a las mujeres. Ella criada allí en medio de los cerros y yo tan citadina como un Shopping.

            - Los tulipanes han comenzado a abrirse y los narcisos como si quisieran besar el sol han crecido mucho este año. ¡Ah, si hasta los jacintos besan la tierra por culpa de la lluvia inusitada y a destiempo en la temporada. Hay mucha humedad  en el terreno de atrás…!

            - Hoy no vino tanta gente joven como el otro año. Recuerda como estaba lleno, pero este año no les han dejado traer alcohol, por eso ya no quieren venir. Antes era una fiesta.

            - Se emborrachaban y hacían desastres, por eso no los dejan.

            - Si, vi muchos jóvenes en el camino en paso al poblado, ¿sabe, creo que es mejor, ahora hay muchas chicas que se embarazan sin cuidarse y después…?

            - Ni me diga, si lo sabré yo, porque acá nos conocemos todos. Hace muy poco se suicidó la Hortensia, la cuñada del “Tormenta Suárez”. Dicen que la dejaron un ratito sola y cuando volvió el Pelado, estaba colgada medio de rodillas sobre la tierra, mismo donde encontró al hijo. No se pudo hacer nada, era tarde.

            - ¿La Hortensia no es la que el año pasado perdió dos hijos?

            -  Sí se suicidaron igual que ella, mismo lugar, misma forma, no le dije. Dicen en el pueblo que estaba loca. Dicen que estaba de nuevo embarazada. No quería más hijos.

            - ¿Usted qué cree Rosario, acaso una mujer al que se le van dos hijos de esa forma, no se puede trastornar?

            - Y… visto así… claro, lo que pasa es que acá hay mucha ignorancia y pobreza.

 A los hombres no les gusta agachar el lomo, se sienten inferiores si trabajan en cosas pesadas, todos quieren trabajar en empleos de la municipalidad.

            - Pero es la ley de la vida. Trabajar es para lo que venimos entre otras cosas, ¿No? Y si aprenden un oficio o hacen trabajos manuales. Yo pienso que dignifica al ser humano el trabajo, sea cual sea.

            - Acá trabajamos las mujeres. Nosotros hacemos todos los trabajos más duros, ellos son los señoritos.  Y no le digo como nos tratan en la cama.

            - ¿En la cama? ¿Quiere decir dentro del matrimonio? En la vida sexual es cuando más se les nota el machismo acá y en todos lados. No crea que en la ciudad es muy diferente y pasan cosas parecidas.

            - ¡Pero acá son como animales! Yo a mi hombre le tengo mucho miedo. Me casé muy joven, tenía trece años, pensando en otra cosa. Me agarró desde un principio y como ya había tenido dos hijos, me obligó a abortar seis veces.

            - ¿Seis veces? ¿Acá en el campo?

            - Y si supiera… a los lugares y con quienes me llevó, no mi he muerto de pura suerte. Y yo todas las noches cuando me acuesto, después de rezar, le pido a la Virgen que él pague por lo que me hizo hacer.

            - ¿Lo odia o le teme? Dios no la va a juzgar por lo que él le hizo hacer.- Imagínese si Usted mi querida amiga, hubiera tenido que criar ocho niños.  A los dos que tiene los educó sanos y le dio estudio y oficio. ¡Con ocho hubiera podido si él no trabajó nunca?

            - Yo antes le tenía terror. El miedo me hacía hacer pis encima cuando venía a la cama medio borracho. Se acostaba y me agarraba del pelo y sas…púmbate, encima de mí. Me fui acostumbrando pero ahora con la edad que tengo, ya casi sesenta, lo eché de la cama.

            - ¿Ahora le tiene miedo él a usted o quisiera que…?

            - Por lo pronto no lo dejo ni que me toque, se imagina que un viejo de mierda sólo quiera… bueno usted sabe ¡ no? Y me insulta y dice que soy una tal por cual y que se va a ir a buscar una muchacha entre las casas… que para eso me casé y hasta puta me dice. Pero yo no me casé para que me hiciera estas cosas.

            - ¡Yo entiendo lo que ha sufrido! Nunca imaginé que sufriera tanto.

            - Me hicieron cualquier cosa. Enfermeros, medicuchos de tal por cual, matronas mugrientas…rezo por esos pobres angelitos que nunca vieron el sol. Y le ruego a Dios, porque soy muy devota de la Virgen, que este viejo de mierda pague por todo y cada uno de los abortos que me obligó hacer. Espero que lo pague en el infierno.

            - ¿Tiene miedo? ¡Dios no la va a juzgar y él sabe!!!

            - Sabe mi amiga, lo odio tanto y más cuando anda tomado y quiere acercarse a la cama. Saco el rebenque para  hincárselo en donde sea. Si es ahí mismo en la… mejor. Lo saco a golpes y me tiene miedo, él ni siquiera quiere operarse una hernia porque tiene miedo al médico y mire por lo que yo he pasado.

            - Bueno cuídese no vaya a ser que termine mal la cosa.

            - No… ni se acerca. Si por él fuera, yo lo tendría que servir cada noche hasta que me muera. ¡Qué se muera él antes que yo y espero encontrarlo en el mismo infierno!

            - Bueno tal vez su vecina se murió por algo parecido.

            - Nunca lo vamos a saber, yo nunca se lo conté a nadie. ¡Sabe que me siento mejor ahora que por primera vez lo digo?

            - De mi no saldrá. Y sepa que hay seis angelitos que la cuidan y la esperan…

            -Y seis diablos que lo esperarán a él. Que lo arrastrarán por las brasas hirvientes. ¡Eso espero! Hasta la semana próxima. ¡Está muy lindo su jardín amiga, me llevo seis tulipanes para la Virgen!

            Rosario camina encorvada por el esfuerzo de subir y bajar entre las piedras del cerro. Con su cabello blanco y su alegre silbido llama al perro que la acompaña por cada lugar que va de visita para tener a sus conocidos al tanto de las historias del lugar.

 

EL CASO DE UN HOMBRE CONGELADO

 

 

            La chacra está como abandonada. El patrón no puede venir desde la primavera pasada. Está muy enfermo y sin una guía todo se ha descompuesto. Los animales sin las vacunas se enferman. No tenemos los fungicidas, ni los herbicidas, ni los abonos para las plantas. La mamá ya no puede más con mi papá, que se ha dedicado a la bebida en forma desenfrenada. Eso lo lleva  a vivir a los gritos, insultos y golpes de todo tipo. Ayer la golpeó tanto a la Luciana, que hoy tiene todos los ojos negros y en la espalda unos moretones muy fuleros y hasta heridas que le sangran. Creo que se ha vuelto loco. Le levantó la falda a la Rosalía, justo cuando yo entraba y me tiró con la botella que tenía en la mano. Yo le grité que esa no era la mamá y él se rió a carcajadas y entre dientes dijo que ya la iba a agarrar después. ¡Hoy fue peor! Encontré a mi mamá encerrada en el galpón y entonces me pidió que cuidara a las chicas. Corrí. ¡Sólo tienen trece y quince años!, dijo llorando a mares, ¡y este gran hijo de puta, me las quiere arruinar! Gritaba. ¡Yo le prometo que no las va a tocar más! Y a usted tampoco. Pero tengo que reconocer que mi padre tiene todavía mucha fuerza porque cuando volví con la mamá, él se había tirado arriba de la pobre Luciana, que con el dolor de la golpiza de ayer no se pudo defender y ya era demasiado tarde. ¡La jodió! Era un charco de sangre. O yo lo vi  como un mar de sangre. Y la sangre me brotó en el alma con furia y horror. ¡Lo voy a matar, me dije, mientras lo arrastraba por el piso! ¡Y mi mamá desesperada abrazaba a mi pobre hermana! Ahora sé por qué ayer la golpeó tanto...ella no se dejó tocar por este viejo borracho. De repente salió de la otra habitación mi otra hermana y gimiendo como una perra gritó que a ella ya le había hecho eso varias veces...y allí me decidí...lo voy a matar hoy. Callado me voy a ir a comprar más vino. Hoy hace mucho, muchísimo frío y es mi oportunidad...el frío puede hacer el trabajo por mí. ¡Tomá papá te traje mucho vino del bueno!...y lo miro con un gesto cómplice. Tomá, tomá y quedate tranquilo. ¡Toma y el vino le corre por la boca hasta el pecho! La llamó a mi mamá y ella, como no viene rápido, recibe un golpe de puño en el pecho...y un puntapié en la panza. ¡Le pido un favor...y apenas me entiende pero dice...sí, y se apoya en mí y sale conmigo al patio! Yo lo empujo con fuerza y se cae. Luego corro y entro a casa y cierro muy bien la puerta. Él me grita, me insulta y promete matarme...yo no oigo. Me tapo las orejas. Él grita cada vez más despacio. El vino hace buen efecto. Mamá y las chicas lloran. Yo lloro. Hace mucho frío. Afuera hay nieve. El perro aúlla y nadie duerme esperando la mañana. El sol no aparece todavía y hay muchísima nieve. Ya te vamos a abrir papá. ¿Papá me oís? No se oye nada. Veo sobre una silla la chaqueta de ese hombre  que es mi padre. ¡Tan sólo tiene puesta una camisa! Odia la ropa de abrigo. Yo no me puedo poner a cuidar si él tiene puesta la chaqueta. El termómetro debe tener como ocho grados bajo cero. ¡Pobre se quedó afuera! Ya está saliendo el sol, vamos a ayudar al "hombre " a entrar a la casa. Pienso.

            ¡Abrimos la puerta y oh...un cuerpo azulado, rígido e inmóvil, cae dentro del zaguán de nuestra precaria casa! Salgo lentamente a buscar a la policía. ¡Pobre papá...tomaba tanto...nadie escuchó cuando quiso entrar..., el vino y el frío..., no lloren más, él se buscó este final! Pase comisario, mire todo lo que había tomado... ¡Mamá no llore más! -¡Yo le dije que no saliera...! ¿O no es la verdad Luciana ?... ¿Verdad  Rosalía? Y él salió igual... fue por más vino.

                                                           .

                        Historia real contada por un chico de una escuela rural a su maestro.