jueves, 26 de marzo de 2026

EL HERMANO

 


“Sobre el vidrio de la ventana cada mañana aparecían las huellas grasientas  de unos dedos. La hermana del muerto, mirándolo allí, en la cuneta dijo: - No tuviste, hermano, ni tan siquiera una limpia muerte- y se secó el sudor con el delantal de la cocina, que hacía tiempo usaba.

Eloisa caminó unos pasos en el callejón ahora poblado de curiosos. Esa noche, el “Pardo Ortega” lo vino a buscar para ir al boliche. Fue. Lástima de destino, porque el Lucho era un tipo simple, callado y trabajador. Muy sombrío, si, por ser analfabeto. Pero un hombre bueno. Todos por ahí lo querían.

La muchacha, que lo crió desde chico, sabía que era incapaz d pelear a cuchillo, como decían los mirones.

Esa mañana ella miró la ventana y no había huellas de dedos grasientos en el vidrio. ¿Quién era ese fantasma infernal que se había evaporado entre los olivos?

Vino el Oliverio y le puso en la mano un fajo de billetes. No los necesitaba. Ella y su hermano eran cosechadores y concientes de que no tenían que tirar la vida en chucherías. Pero el hombre insistió tanto que guardó en el bolsillo del delantal el fajo. Cuando pudiera se lo regresaría.

La gente de bien y de palabra no se queda con dinero ajeno. Para eso vendía unos cerdos o una vaca.

Lloró. Sola en el mundo ahora, buscaría la forma de irse a la ciudad y emplearse de mucama en cualquier casa que encontrara. Luego vendería la finca del abuelo gringo. Y entonces, conoció al inspector que vino a cargarle la culpa de lo de su hermano. Le fue creciendo una rabia enorme. El Lucho no se merecía que pensaran que ellos eran malos.

El tipo la miró con lascivia, pero astuta como buena campesina, le dio la espalda. Llamó al Oliverio y le pidió que presenciara el interrogatorio. El hombre preguntaba si tenían deudas de juegos o de trampas con las ventas de los olivares. Muda, miró de frente a los ojos oscuros y morunos del inspector. Afrenta a mi hermano difunto y a mí, le dijo. Somos gente de bien.

Pasaron los días y otra vez aparecieron los dedos grasientos en la ventana de la cocina. ¿Un fantasma o un ánima?

La madrina del Lucho vino con una noticia: ¡Sabés Eloisa, que el Lucho tiene un hijo? Ayer lo conocí en la parada del micro que va para Paredita. Es de la Mireya, la gorda pintada que se metió en el catre a tu difunto hermano. Para mí que fue ella.

No, yo lo sabría. El Lucho no me escondía nada.

OTRO DE FÚTBOL

 

¡Odio el fútbol! Pienso que por culpa de ese juego, los jóvenes de hoy se embrutecen. Cuando digo eso me quieren linchar. Lo entiendo. Se mueve tanto dinero alrededor de ese deporte.

Justo ahora que va a haber un Mundial, prendes la tele y ¡qué hay?: fútbol, los anuncios comerciales se la rebuscan y te meten el balón hasta para vender una galletita, los modistas del mundo crean ropa inspirados en el fútbol. Hay cocineros que preparan platos con color, forma y sabor a pelota de… fútbol. Ni te digo, Martina, que hasta he visto que los mejores grupos musicales se hacen matar para crear una pieza que represente a… los equipos de las ligas de cada país. Gente que se queja que no tiene ni un peso en el bolsillo, anda buscando dinero de países del continente europeo como rublos, euros, dólares, yenes y qué se yo qué, para poder ir a ver el…fútbol.

Nadie habla de otra cosa que de lo caro que salen los pasajes para el mundial, de qué van a comer, cómo será el clima en el fin del mundo donde se juegan los partidos y bueno… ni hablar de la venta infernal de banderas, camisetas y gorros con los colores de los países que participan.

¡Pienso, ¿están todos tan locos o idiotas que no piensan en trabajar, estudiar o disfrutar de otra cosa? ¡Pero no, veo que el raro soy yo! En la oficina me miran rarísimo. Creen que soy homo fóbico y en realidad soy “futbol fóbico”. Soy el “Rara Avis” de los mediocres que no aman el deporte popular. El resto son los normales. Hacen apuestas, se pelean, discuten, se creen que van a cambiar el mundo con el balón.

Yo les digo: “¿Che, cuando todo esto pase, se termina el hambre en el mundo, en África tendrán más agua en los pueblos alejados, lloverá en el Sahara cada diez minutos, no se quemarán más los bosques, se terminará el recalentamiento mundial? Y a que no sabés, me han llegado a tirar con una carpeta y no te puedo pronunciar las palabrotas que recibo. Me ha dicho sádico, estúpido y bueno de todo lo imaginable.

¡No, no me digás que te gusta el fútbol, que te vas al mundial! Perdóname  Martina pero acá termina lo nuestro, yo no me pienso casar con una mujer que deja su facultad para ver un mundial de fútbol… porque el día que tengas un hijo, capaz que se muere porque vos está pegada al partido entre “Las Toninas y Palmera Azul” de la concha de la lora. ¡Salí! Me ofende tanta estupidez. Pásame ese libro que me voy a poner a ver dónde carajo es este nuevo mundial.

FUTBOLERO

 

 Mi padre era de esos hombres del siglo pasado que tenía cada día organizado minuciosamente. Se levantaba temprano y salía a cumplir con sus tareas de bancos, oficinas y luego al regresar entraba al consultorio que estaba en el frente de la casa y se vestía como lo que era un odontólogo impecable.

Tenía los turnos escritos en un carnet y como sus clientes lo conocían y sabían que nunca los hacía esperar, llegaban a horario.

Cuando abría la puerta que separaba la sala de espera al espacio donde brillaba su equipo, comenzaba la danza. Había clientes valientes, otros miedosos y otros aterrorizados. Tengo que aceptar que en esa época el ruido del torno era horrible. Yo odiaba cuando papá nos hacía entrar para revisarnos. Temblaba.

Todo era normal durante la semana, pero cuando llegaba el domingo…mi padre se transformaba. Lo primero nos llevaba a misa de la mañana o a las diez o a las once, luego nos sentaba a comer los “tallarines” caseros que amasaba mamá con tuco de pollo casero también que religiosamente nos regalaba nuestra abuela paterna los sábados y luego sentado junto a la “radio” de madera lustrada con diales de baquelita, comenzaba el:” Partido”.

Había que hacer silencio. Nosotras tres hijas mujeres y mamá, a leer o a bordar cerca de él, en silencio. Yo, me abstraía y volaba con mis libros de cuentos de la colección “Robin Hood” y mi hermana mayor dibujaba con tinta china y plumín cucharita, en papel bellísimos trazos de flores y paisajes. Mi hermana del medio, era la más rebelde, recortaba de la revista “Para Ti” fotos de artistas de cine.

Papá se transformaba. Se paraba, se sentaba, bufaba, según fuera lo que relataba el locutor. El grito de Goooolllll solía asustarnos un poco. ¡Nunca lo escuché, eso sí, decir una mala palabra! Pero a veces cuando el partido era peliagudo y ganaba su equipo favorito, se paraba y abrazaba a mi mamá y nos daba un beso a nosotras, que no entendíamos nada.

Una vez, me llevó a la cancha. Era en el parque General San Martín; el club Gimnasia y Esgrima, y me sentó en un asiento que llevaba su nombre y apellido. Miró un partido de los chicos que recién empezaban a patear el balón. Yo me distraía y él, pobre, trataba que me interesara lo que pasaba. ¡Dios no le dio un hijo varón y yo ni entendía ni me gustaba ver a ese montón de muchachitos peleando detrás de una pelota! ¡Pobre papá!

Salió dándome la mano y eso me gustó tanto que le pedí que me llevara cuando quisiera. No pudo ser muy seguido, pues él, era un profesional muy requerido.

Pasó el tiempo y cuando justo apareció la Televisión en blanco y negro, se enfermó y al poco tiempo falleció.

Lo lloraron su amigos, sus clientes y nosotros quedamos desoladas y sin tener casi sin qué comer. Mamá hizo malabarismos para terminar de educarnos y criarnos y el sábado, aunque no nos gustara el fútbol, mamá se sentaba junto al aparato de televisión y miraba un partido en su nombre. ¡Nunca me voy a olvidar cuando llegó el televisor a color para el Mundial de 78!  Por primera vez, nos sentamos todas y lloramos la ausencia de papá, ¿Él estaría entre esa multitud ruidosa mirando un partido? ¡Vaya uno a saber!

 

LOS VAMPIROS

 

Ninguno de los vampiros que me hirieron el cuello

Rondan, rondan hoy en mis noches sosegadas.

Ninguno con sus ojos inyectados

 De ansias y deseos, están acá ahora.

No cubrirán mi desnudez sus alas  negras.

Ni cubrirán mi  soledad, ni mi esperanza

Ellos miran mi seno y mi cuerpo

Deseosos  de tomarme....

Por eso agrandé mis pies en el escape

Buscando salir de ese abrazo de pasión

de ese deseo... mi ser hembra... dulce, codiciada.

Y aunque mis manos conservaban el maná del cielo.

 Monté en mi potro de piel áspera y partí al galope...

Tal vez parecía una rosa frágil frente al viento

Pero era como una roca, un mar, el sol, la vida.

Espoleé mi caballo en la huída...

por eso ninguno de los vampiros pudo hallarme.

SÍNDROME DE TRAICIÓN(Novela) cap. 15

 

 

“Ella se despierta en una cama maravillosa, toda de raso claro, me imagino que sería entre rosa viejo y verdoso, capitoneé, con sábanas de satén. Qué lástima que algunas películas no sean en colores ¿verdad?” El beso de la mujer araña. Manuel Puig. 1976

                                                 

 

 

-                     ¿Buenos días, no vieron si vino Marcelo Pedriel?

-                     Yo lo vi recién. Ese tipo es lo más bárbaro que hay en este curso, si yo pudiera lo invitaría a salir. Pero sé que seria un quemo. No tiene ojos para nadie.

-          Debe ser trolo.

-          Cállate, ahí viene, además es súper… y bien macho.

-          ¡Hola! ¿Cómo está nuestra gente? ¿Se estudia mucho? ¿O no?

-          Che, acá, el ambiente femenino está con una duda. Unas dicen que sos trolo. Otras que sos súper macho.

-          Aclará, Marcelo Pedriel,  aclará.

-          ¡Epa!, que vengan, acá a mis brazos las que piensan que soy trolo! Y las otras también. Tengo para darle a todas.

En ese momento se acerca Mariana y él al verla, dice:- A ver ¿Quién? ¡Quiere salir el sábado conmigo! o mejor vení: ¡Adrianita, no importa lo que pensás, vení a mis brazos! Toma con fuerza a la compañera, e intenta abrazarla y besarla. Todos ríen a coro. Mariana, muda contempla la escena y siente que su rostro está rojo de ira, los ojos, le dicen a Marcelo Pedriel que está furiosa. El, advierte que tiene un arma muy poderosa.

-          Judith… vení gordita intelectual, yo te voy a mostrar  como ama este trolito súper machote, intenta con el otro brazo atraer a su compañera. Ambas ríen. Adriana se cuelga alegre a su brazo y él, le dice:

-          ¿No creen que puedo ser un buen amante? ¿Vos qué pensás Mariana?

-          Que sos un idiota y que ellas son unas boludas.

-          Vaya, parece que a ella no le gusta la gente linda, alegre, hermosa.

-          Me voy. No los aguanto.

Marcelo Pedriel suelta a las chicas, les guiña el ojo a los muchachos y sale tras Mariana. Todos se quedan mirando. Luego siguen hablando y riendo. La alcanza y tomando la mano de Mariana le dice:

-          Che, no sé ¿qué puede molestarte que tu mejor amigo busque compañía femenina para el fin de semana?

-          ¡Sos un… un… no sé! No te puedo decir porque no me importa nada. Déjame.

-          Mariana. ¡Chiquita, estás celosa! ¡Muerta de rabia, y celos! Vení. La saca corriendo y la lleva por un pasillo. Entra en un consultorio desierto y la atrae a sus brazos y la besa, con furia, con deseo, con ansias retenidas por días y noches y semanas. La aprieta contra su cuerpo. Ella siente el miembro duro. Cierra los ojos y dice:

-          Loco, te amo – Y lo besa con toda la aceptación de  una verdad hermosa.

-          Te amo y estoy celosa. Te quiero solo para mí. Hoy descubrí que soy posesiva y mala. Si las hubiera podido  arañar, las arañaba.

-          Chiquita celosa mía. Por fin te escucho decir lo que deseaba. Repetí: ¡Te quiero Marcelo Pedriel!

Se besan. Ahora sí es algo compartido. La juventud de ambos, las esperanzas, los deseos reprimidos. Descubrirse de a poco. Degustarse. Saborearse. Amarse.

            La tiene fuertemente apretada contra su pecho. Quiere fundirla contra su cuerpo. La aprieta. La besa. Muerde su oreja suave y sensualmente. Le acaricia la cola y un seno, tiene una erección que lo deja exhausto. ¡Te deseo pendeja!

            Suena timbre de entrada a clase y se miran. Sin decir nada se van, pero en lugar de ir a clase salen de la facultad. ¡Una clase no es nada! Pasarán desapercibidos. Ariel y los amigos harán el resto. La lleva de la mano hasta el coche. Suben. Él sale con rumbo fijo. La atrae con el brazo y siente que ella le acepta cada gesto. Realmente lo ama. Detiene el coche en Palermo por una de esas calles sin rumbo o nada. Se quedan acurrucados. Luego con simple atracción le murmura al oído su idea, ella asiente.

            Entran en “Corazones amantes”. Abre la puerta y baja del coche. Se casa el guardapolvo blanco y lo deja sobre el asiento trasero. La sostiene del brazo con ternura acercándola a una habitación que espera en penumbra.

 Solos. Se besan. Ella le saca la corbata. Él suspira. “Odio ese adorno, innecesario y ridículo”. Ella le desprende un poco la camisa. Descubre una cadena de oro con una cruz pesada.

            Él le toma las manos y le besa los dedos. Se descubren. Se detiene en su pecho, recién se da cuenta que su enamorado tiene el pecho lleno de vello oscuro. Él la acaricia con dulzura. Tiene miedo de no controlarse. Su juventud lo impulsa, algo que debe controlar un poco para no destruir lo que tanto le costó conquistar.

            La desea. La ama. Los besos se hacen densos. Sus manos se apresuran en caricias. Ella lo aparta un poquito y lo mira. Él entiende y hace unas flexiones. Ríe.

- ¿No me digas que es tu primera vez? Si lo es te voy a amar aún más que a mi propia vida pendeja. Perdóname, Mariana. Esperé tanto. ¡Te soñé despierto tantas noches! Qué parece que te vas a desdibujar de nuevo. Quereme un poco más te ruego.

- Loco, escúchame. Soy muy tonta. Creo que si no te  veo hoy con Adriana y Judith, y descubro que tengo miedo de perderte, no me doy cuenta de este amor que tengo.

- Besame no hablés. Vení hagamos como que la vida es sólo para nosostros.

 - Soy una chica vulgar. Inexperta. Llena de preguntas sin respuestas. Solitaria. Antigua. Y vos…sos un tipo con tanto mundo. Se te nota. No me pidas que te cuente mi vida. Aceptame así como me ves.

- ¿Acaso escondés algo pecaminoso? Soy un estúpido. No me interesa nada. Te amo. Son idioteces las que digo. Y le selló la boca con sus labios sensuales.  Los pechos tibios fueron dos frutas deliciosas. La penetró y luego besó la nuca, la espalda, cada rincón de piel.

Ella gozaba en silencio. Era su primera vez con amor. Su experiencia anterior había hecho mucho daño. El primo de su madre la había violado a los quince años. El trauma le duró hasta que la madre advirtió que estaba embarazada. La llevaron de obligada a un ginecólogo y una partera hizo el resto. A partir de allí, nunca había tenido contacto con un hombre.

Algún día ella se lo diría. Él merecía conocer la verdad. Pero hoy había sido distinto. Un fuego abrasador y dulce le cambiaba los sueños.

-          Te adoro y siento que te pertenezco para siempre.

-          Y  yo te amé desde el momento mismo que te vi, que te tuve entre mis brazos. ¿Querés reírte un rato? ¡Quiero casarme con  vos! Si pudiera me casaría hoy mismo.

-          Nos faltan muchos años de estudio y tenés que pensar que… No te apresures.

-          Iremos juntos de la mano por la vida. No tengas temor descubriremos juntos cada mañana de sol o lluvia. El mundo. La vida. Todo.

-          Marcelo. No me gusta tu nombre y te aseguro que te quiero. Se cuelga de su cuello.

 Él la besa y la abraza. La alza y sale corriendo. Llegan al parque. Hace frío pero el sol está alto.

Ellos no sienten frío. Suben al coche. Ella se ha sacado el delantal. Él le suelta el cabello. El pulóver azul es grueso y es grande. El mete su mano fría debajo del suéter de ella para tocarle la espalda. Ella da un respingo y con sutil presteza le saca la mano.

-          Dejame que te toque la espalda. Te prometo que será tan solo la espalda. Quiero sentir el calor de tu piel. Tu tibia, perfumada y adorada piel. Chiquita, mi querida Mariana.

-          Marcelo, mi querido. ¡Adorado amor! Ella no dice nada, pero él desliza nuevamente su mano por la espalda, y acaricia sin pudor los hombros suaves de ella.

            Si fuera verano, ese ritual, sería un vulgar contacto más. Pero es invierno. Hace frío y la ropa del abrigo le agrega sabor a impudicia a cada acto normal, para las manos de los enamorados.

            ¡Pensar que en verano, en la pileta, llevan sus trajes de baño y apenas tapan sus cuerpos!

            Ahora él, la besa. Su lengua recorre cada rincón de la boca deseada. Ella responde con dulzura sus besos.

            Tiene que regresar. Marcelo mira el reloj y suspira. Tiene que ir a un sitio sin avisarle a nadie. Lleva a Mariana a la pensión estudiantil. Allí tras el cristal, Judith y  Adriana la espían. Comprenden la dicha que está viviendo la compañera y no se escandalizan. -¿Habrá tomado la píldora esta boluda? Se ríen a carcajadas. Son los años setenta y tienen una libertad recién conquistada. Si me viera mamá, piensa Judith, me mataría.

Marcelo recobra su personalidad de escribiente anodino. Debe cumplir con su investigación.

            Ella queda con un suspiro detenido en los ovarios que suplican un arrullo de probables ternuras genitales.

 

 

SÍNDROME DE TRAICIÓN (Novela) Cap. 14

 

 

“Déjame también morir, quiero decir pasar a otro plano de existencia, recién cuando esté en el peldaño verdadero de aprendizaje, estaré viva.” Diario de Zhenia o Indra Devi 1927.

 

 

El Coronel Bermúdez y el Mayor Canardi, hace muchos días que no duermen. Vagan entre un plano a otro de marcas de atentados y cadáveres encontrados en lugares insólitos. Apoyados sobre el escritorio que parece un burdel, se rascan la cabeza pensando y tratando de deducir dónde estarán los malditos que tienen a los secuestrados. Tasas de café, mates helados y volcados en el piso, cigarrillos mustios y pizza sin comer, pasan y repasan cada parte que reciben. Datos que apenas sale una patrulla a desentrañar encuentran restos humeantes y tibios, deshabitados a tropezones.

-          Mi Coronel, el General Ezcurra viene a verlo. Viene acompañado por dos y hace una seña de que son de otra arma.

Ingresan dos oficiales de aviación militar. Serios y cariacontecidos, extienden la mano en un gesto amistoso.

-          Brigadier Jorge Menderes y Comodoro Albornoz, de la VIII Brigada. Se presentan y se miran con desolación. El caos que se despliega frente a ellos los sobrecoge.

-          Mi General, Mi Brigadier, Mi Comodoro… ¿Qué los trae? Como verán estamos fusilados con tantos problemas.

-          Estimado Coronel Bermúdez, nosotros no acostumbramos el “Mi”, así es que vamos derecho al grano. En el atentado en la Iglesia de Santísima Inmaculada y San José;  murió un hombre en el coche bomba. Era el hermano menor de un Vice Comodoro,  que desgraciadamente hoy lo encontraron sus familiares muerto en la cochera del departamento donde vive con su esposa y cinco hijos. Era el hermano menor y lo amaba por eso, creemos que se dio un tiro en la boca con el arma reglamentaria.

-    No soportó haber cobijado al asesino entre sus brazos y menos saber                que su esposa le daba toda clase de privilegios y afecto. La        vergüenza y la culpa le han hecho tomar una decisión extrema,      que nos enluta. El alto sentido del honor y hombría de bien de este oficial enaltece a toda la fuerza, pero destruye su familia.

-          Acá le dejamos la información sobre el chico y la familia, para que vean sus contactos, amigos, costumbres y si de algo sirve, ver de encontrar la punta del ovillo de este horror que estamos viviendo.

-          Señorita Reina López, ella es mi secretaria, ¿podría traernos un café? Caballeros, ¿alguno de ustedes desea otra cosa?

-          Sólo mate. Gracias señora. Menderes, enfrenta la fría mirada de “Mara” y un escalofrío le atraviesa la columna vertebral. Siente lo mismo cuando el avión entra en un Cúmulos Nimbus. Sostiene la vista en las duras pupilas de la mujer. No le agrada. Esa mina es mala. Odia, y en especial a los que trabajan con ella.

            El escribiente que está atento a todo comprende que se ha producido un choque de fuerzas entre ambas partes. Seguirá paso a paso a la muchacha, que despierta dudas muy ásperas en el que parece ser un simple escribiente.

            Se yergue del asiento del escritorio y finge arreglar papeles. Debe disimular. Persigue con la vista a Reina López, ¿qué puede llegar a hacer con los sobres que han traído esos milicos? Él ha visto que copia datos, que roba y esconde papeles y la ha seguido en varias oportunidades, pero la pierde en lugares tan normales, que hasta eso lo tiene intrigado.

            Mara ha traído un mate bien cebado y café. Saluda y se retira con un pretexto.

Pero supo que un compañero, de esos que no se hacen notar, que pasan escondidos, invisibles, la observaba y comienza a preocuparse. Tiene dos conflictos: la organización y este tipo que la observa. Debe ser precavida.

 

 

La calle está controlada por muchos soldados. Han puesto garitas y fuertes casillas de defensa, ya que a veces en algunos edificios y cuarteles, pasan autos o motos ametrallando a los conscriptos. Ya tiene muchas bajas y el pueblo se queja, los chicos son demasiado jóvenes, demasiado extraños a la vida militar para sufrir así. Las madres ya han hecho petitorios a la señora presidente y a su secretario.

Pedriel desde una ventana lateral, la ve ingresar en el bar de la esquina. Saca los anteojos binoculares y la observa hablando con un joven de cabello largo. Gesticula ella y el escudriñador maldice no entender la lengua de señas y poder leer los labios, como su prima que enseña a sordos. Es un tema que debe aprender. Lo hará este verano.

Indudablemente es una infiltrada. Pero de ¿qué organización? Trataré de ponerle alguna trampa. Ya veré cómo y cuándo, se dice. Se aleja a tiempo para que un hombre que ha entendido que lo sigue, no lo descubra. Allí en el nido de serpientes hay que cuidarse siempre.

Comienzan la investigación del chico del atentado. Los datos los lleva por caminos circulares. La facultad y una Villa donde junto a un par de curas revolucionarios hacen obras sociales.

¿Qué le ha pasado a esta juventud, todos hemos tenido a esa edad, con ínfulas de justicieros; pero ahora lo resuelven con bombas, extorsión, robo a bancos, raptos con juicios en lugares inescrutables. Muerte.

Bermúdez y Canardi quisieran disponer de tiempo para ir al cine, o a bailar tango en algún boliche de moda. Y también escuchar Jimi Hendrix o a los Rolling Stone en lugar de estar allí sufriendo. Hace tiempo que no tienen vacaciones, sus familias destruidas y sus hijos rebeldes y huidizos viven lejos.

El atentado en la iglesia es un hito que pone frenética a la sociedad. Los periódicos desgranan hojas y hojas hablando de los atropellos de quienes han llevado al país al caos. Pero toda Latinoamérica está igual. En Montevideo hay atentados, los de Sendero Luminoso han provocado miles de muertes en la selva de Perú. Raptan a  extranjeros y matan militares, a campesinos y estudiantes igual que en el país. Es una guerra no declarada.

 

Empapelan los frentes de las viviendas con manifiestos y contra manifiestos. Mueren estudiantes y obreros, curas y militares. Cierran facultades y muchos ciudadanos dejan el país, buscando asilo a su miedo o por estar comprometidos; van a México, Francia, Suecia, Venezuela o Cuba.

Las familias de policías y militares son asediadas por llamadas telefónicas amenazándolos con ser torturados o muertos.

Los militantes del partido peronista y de partidos de izquierda son sacados de sus casas para interrogarlos, torturarlos y desaparecerlos.

Han prohibido listas de libros que han quemado en lugares públicos. Hay listas “negras” de músicos y sus temas en radios y televisión por sus letras que impulsan a la barbarie, según la primera dama y el secretario.

En los cuarteles, los soldados parecen hormigas en época de acopio y llenos de angustia viven atrincherados. Tienen mucho miedo. No saben cuando tratarán de tomar el cuartel e intuyen que serán pasados por las armas. Valor y Honor para Servir a la patria, pero son solo conscriptos muy jóvenes.

Algunos suboficiales han enfermado por el estrés, otros simplemente con su arma reglamentaria han acabado con sus vidas. Oficiales y policías,  gendarmes y prefectos, todos están en ascuas ya que tienen sus familias en peligro y el cáncer hace estragos entre los altos ejecutivos y  gerentes de empresas extranjeras que son renovados continuamente del país.

            Mucha gente se ha ido de sus lugares de trabajo o estudio, pero tanto en países del cono sur como en Italia, Alemania o Israel, hay atentados terroristas en forma permanente.

            La única que viaja libre de toda manera es la Muerte.

 

sábado, 21 de marzo de 2026

XENIA

 

Xenia: ella era tan perseverante, que a pesar del peligro, se calzó las botas largas, una vez más.

 

                         Miró hacia la montaña y reconoció que la tormenta se avecinaba,  perturbada tomó su poncho mapuche, ese que la acompañaba desde que Horacio había partido la primera vez hacia la frontera. Negros nubarrones cargados de nieve pesaban en las laderas. Bajaban los grises sobre los riscos.

 Comió un buen trozo de pastel, un trago de cognac y se enfundó la mochila a modo de refuerzo, llena de jamón, queso de cabra y agua, para llevarle apoyo al hombre. Él, la esperaría en el viejo puente junto a los abrevaderos. Las llamas y las guanacas estaban en tiempo de parición y no podían dejarse solas. El comprador europeo, llegaría en verano para pasada la esquila, llevarse los vellones de mejor calidad a Milán.

 El año anterior, habían sacado un muy buen precio y las colecciones de moda en Italia, se regocijaban con la novedad de esa lana fina y natural americana. La tormenta, con sus ráfagas de viento helado, la tiraba sobre la agresiva senda. Siguió un trecho pero un tapiz de nieve se iba acumulando. El frío le impedía continuar. Decidió regresar a la cabaña. Horacio la estaría esperando ansioso. Era imprescindible que se abrigara. El calor de la chimenea era una fuerte tentación. Pero... debía volver a salir hacia ese destino previsto.

 Ella era tan perseverante, que a pesar del peligro, se calzó las botas largas, una vez más.

- “Esta vez lo haré sin mezclar las pasas con el alcohol”- dijo la cocinera mordiéndose el labio y miró por la ventana hacia el jazminero.

 Esta vez lo haré sin mezclar las pasas con el alcohol” – dijo la cocinera mordiéndose el labio y miró por la ventana hacia el jazminero. El día jueves anterior, había encontrado a Amiel debajo de los jazmineros del jardín bajo el efecto de una terrible borrachera. ¡Esa mujer, su ama, estaba pasando una terrible depresión! Cuando Javier se fue a  Punta del Este, ella se derrumbó. Cada mañana despertaba con terribles jaquecas por la bebida, que desparramada en la alfombra, denunciaba su impotencia.

 La vieja cocinera tomó la determinación de investigar con quién había viajado el hombre. Supo por Fermín, el chofer, que lo había llamado el gerente de la empresa desde allí, el Uruguay, por un encuentro con inversionistas chinos, que no querían ingresar al país. Así, ella, Amiel, pensó que él, había huido con alguna fémina. Hizo unas llamadas secretas al hotel donde se alojaba su muchacho (ella lo había criado desde pequeño) y luego de una charla bien clara, se comprometió a hacer lo que debía.

Cada día, Amiel, buscaba en cada rincón de la casona una botella sin encontrar nada. Su samaritana, estaba despierta a las necesidades de la joven mujer. No fue fácil impedir que bebiera. Era una adicta. El socio, Fermín, no malograba el esfuerzo. Unos días más y llegaría el amante esposo. Era cuestión de resistir.

UN CUENTO DE COLOR Y SABOR

 

La tarde le ponía una letanía de estrellas al parque de Urbina. La anciana sentada en una hamaca desmadejaba recuerdos. Tiziana, su nieta, a sus pies jugaba con una antigua cajita de música. Apenas hablaban. La niña era su compañía. Pequeña, menuda y risueña, escuchaba el susurro de los árboles del jardín. Unos pájaros bullangueros dispersaban sonrisas. De pronto elevando la carita pecosa hacía la mirada amorosa de la abuela, clavó los ojos de agua clara en la piel antigua. Luego cerró los ojitos y coronó con un suspiro. Pareces una azucena dijo la anciana seria. Abrió grandes los  pozos de estrellas matutinas y regaló una risa. Cascabel de esperanza entre sus labios pequeños, profunda su mirada ingenua. Trató de ingresar sus pupilas creando un túnel de pétalos celestes en la mirada de su abuela. Comenzó a canturrear y de repente…

- Abuela… ¿de color es la letra a?- preguntó inquieta.

- Del color del amor, creo…, un color de caricias de terciopelo, del color de los pétalos de las azucenas que tienen en su altar la “Dama con su niño”.

- ¿Has visto tu al amor? Acaso alguna vez vino a visitarte…- dijo la niña  ingenua.

- El amor, mi pequeña Tiziana, ha venido mil veces. A mi corazón, a mi ventana. Se llamaba mamá, se llamaba José, ese fue mi padre. Un día vino en un alto y hermoso hombre. Lo amé con mucha ternura, fue tu abuelo Fernando. Después vino con rostro de niña. Esmeralda, tu mami. Vino como un varón, tu tío Pedro... como vez, amor tiene el color del recuerdo, puede ser transparente, blanco, verde o celeste como tus ojos.

-¡Ay, abuelita... ¡qué hermoso debe ser mirar con tus ojos! Acaso me ves con el color del amor. ¿Conmigo que color tiene?

- Contigo, mi pequeña... tiene un tono rosado. Piel de caracol marino, tiene color de luna... pero tibia y dulce.

- Entonces tu sabes tantas cosas... ¿Qué sabor tiene el otoño?- dice la  niña  empinada para sacar una hoja seca del cabello blanco que embellece a la  abuela

- El otoño... tiene sabor a setas: pequeñitas, doradas y con mucho perfume. A las hojas que crujen, que protestan porque se han olvidado de ser verde de ensueño.

- Abuelita: ¡declaro que te quiero por eso! Porque sólo tú me escuchas, juegas, conversas. A mamá y a papá los veo tan poco... siempre están  ocupados.

- Para eso estamos  nosotras las abuelas. Amiga de las hadas. Con ángeles que juegan a la mancha y traviesas brujitas... ¡que no son malas...!

- ¿Me las muestras? - dice la  niña  trepando por las piernas de la noble anciana.

- En las noches de luna, tal vez podamos verlas.- y ahora ¿me puedes contestar otra pregunta que me interesa?

- ¡Por suerte tengo todo el tiempo que juntan todos los relojes del mundo!- ve Tiziana , que vengan tus preguntas...y la  vieja sonríe. Se ve del interés de conocer el misterio grandioso que rodea a la niña.

- ¿Qué olor tiene la calesita?- ¿Tiene olor a pororó, a manzanita dulce, a praliné? ¿Tiene olor a infancia?

- Tiene metido adentro caminos interminables que el caballito blanco, con arreos dorados recorre hasta el cansancio.

- ¿Adónde van abuela? - dice mirando con asombro la cara tierna de la mujer.

- ¡Ay mi niñita de mirada de caramelo recorre por países de ensueño. Reflejado en espejos estarán las princesas de los cuentos. Las pequeñas luciérnagas que son farolitos tenues que señalan los castillos y allá van trotando los caballitos de color canela, negros como la  noche. ¿Te has dormido?- La pequeña apoyada en sus piernas sueña. ¿A que mundo de magia ha ingresado Tiziana?

 

 

EL JOVEN DESCONOCIDO

 


               Al fin, todos la habían visto menos ella. Era la casa más antigua de Lago Hermoso. Tenía un parque de más de mil metros, que según decían fue hecho por un famoso paisajista inglés a principios del siglo veinte. Los mármoles eran italianos y la herrería española. Un estanque formado el arroyo que atravesaba un sector del jardín, estaba lleno de aves acuáticas y plantas con flores. Leticia caminó sorprendida por el alto pasadizo de árboles gigantes. Cada rincón de la casa le atraía por su color a tiempo desgastado. El musgo había marcado cada piedra, cada estatua, cada columna con una pátina inusual. Luego, entre el alto matorral, se sorprendió y gritó. Nadie le había hablado de ese extraño personaje que encontró frente a sí. El hombre, era un ser verdaderamente feo, desagradable. Por su rostro una enorme cicatriz atravesaba su mejilla izquierda y su párpado casi oculto tras una larga melena rojiza mostraba la falta de un ojo. Su paso casi imperceptible la había dejado paralizada. De los labios desdentados apenas salió un agudo chistido y con sus manos agudas mostró un mastín que ferozmente le hacía frente. Leticia, cerró los ojos y dio media vuelta para regresar a la casa. Un dedo afilado y mugriento se lo impidió. Su camisa entre esas manos horrorosas, parecía un mantillón de fiesta. Se detuvo y observó la figura. Apenas gesticulaba. ¿Era eso una sonrisa? Soltó el hombre a Leticia y le dio un ramillete de violetas y juncos en señal de amistad. Ella sonrió levemente. Ya sin tanto temor y le preguntó quién era. El infeliz, comprobó, no podía hablar.

               Él partió sin antes hacerle una inusitada reverencia. El dogo salió tras el hombre sin siquiera gruñir. Se perdió tras una alta pared de piedra cubierta de enredaderas y zarzamoras. Un griterío de pájaros y aves silvestres cubrieron el paso sobre los adoquines que tapizaban parte del camino. Al divisar la fachada de la casa suspiró. En la balaustrada vio la figura varonil de Ezequiel que esperaba que los ayudantes terminaran de acomodar los muebles. El camión que los había traído ya estaba casi vacío. La tarde se imponía con sus cálidos colores morados y sus ruidos. Verlo le tradujo el miedo en alegría. Se acercó casi corriendo en el último tramo. Las risas claras de Romina y Tatiana le ampararon las nostalgias de ese cambio de hogar. La pobreza había terminado y por fin la vida recobraba el orden natural. Recuperar la casa era el principio.

               Todos, esa noche se sentaron a comer sabiendo que nunca volverían a ser los mismos después de tanto sufrimiento. Que ya no regresarían ni el primo Jeremías ni Mario. Ellos serían una presencia en el recuerdo. La charla igual se hizo amena. Había mucho por hacer y decir sobre esa casa y Leticia contó el inesperado encuentro en el bosquecito de castaños.

               Ezequiel quedó perplejo. No conocía ni tenía noticias que por los alrededores vivieran hombre alguno; lo que lo llevó a tomar medidas de precaución con respecto a puertas y ventanales exteriores. No obstante nunca supieron que en forma permanente fueron observados por aquel desconocido.

               Transcurrido algunas semanas nadie volvió a hablar de ese episodio. Romina continuó su rutina con el piano. Su Chopin y Schubert mejoraban día a día. Tatiana iba y venía de la ciudad con sus telas adamascadas y terciopelos con los que fabricaba capas y ropa para damas que comenzaban a hacer vida social. Leticia consiguió que un posadero de la ciudad le comprara todos sus pasteles y dulces. Así la casa era una permanente fábrica de productos caseros. Había que recuperar lo perdido en la “quiebra” del abuelo. Ezequiel tenía el deber de trabajar los campos y hacer rendir los establos.

               De vez en cuando aparecían hombres pidiendo trabajo o acilo y ellos le proveían de algún apoyo pensando en sus parientes en “paro”. Una tarde de invierno cuando ya estaban junto a la chimenea, Ezequiel sintió ruidos en la leñera. Tomó su rifle y salió. Allí se enfrentó con un personaje atroz. Éste, al verlo, se quedó sorprendido. Lo encontró con unos leños entre sus brazos. El hombre parecía un mendigo. Tal vez era un forastero hambriento, pensó, y recordó que Leticia le había hablado de un encuentro semejante. Interrogó, pues, al hombre y éste tratando de zafarse, dejó caer la madera e intentó salir. No se lo permitió. Cuando quiso prenderlo del brazo para introducirlo en los cobertizos, el viejo mastín atacó. Salvó la mano gracias a la gruesa capa de fieltro. El menesteroso, tomó al animal con fuerza y evitó un accidente. Agradecido, Ezequiel lo invitó a pasar y el hombre entró por su voluntad a la cocina. La sorpresa de Tatiana y Romina no se hizo esperar. Cada una soltó una palabra de desagrado. El pobre infeliz se acurrucó junto al hogar, se despojó de un viejo abrigo sucio y calentó sus manos contrahechas en el calor. Al entrar allí la cocinera se persignó. Miró al muchacho y les comenzó a relatar su historia. Ese mozo, no tenía aun treinta años, había sido hijo del patrón con una muchacha de servicio. Lo había abandonado de pequeño. El muchacho, siempre se dedicó a cuidar animales y un funesto día cayó un rayo en su cabaña. Se produjo un incendio,  lo atrapó una viga, lo encontraron medio muerto. Se había quemado la cara y roto la mandíbula, perdió parte de la lengua..., en fin un desgraciado accidente. La mujer le proporcionó un cubo con agua caliente, se bañó  y Ezequiel le dio ropa de Jeremías que había quedado en el desván. Así descubrieron un muchacho joven, fuerte y con un enorme potencial para las innumerables tareas de la casa. A la mañana siguiente el muchacho había desaparecido.

               ¿Cómo harían para recuperar su confianza? Tal vez con el tiempo aceptara a todos en la casa y regresara.

 

 

 

RECUERDOS

 

El tiempo

 

Nadie sabe lo que he sentido en este último tiempo, soledad y dolor físico, alegrías pequeñas y gozos que se han diluido en el momento casi permitido para el perdón.

No soy la misma de hace un tiempo atrás, soy un espectro de mi ayer. Odio mi hoy como si formara parte de una obra de teatro griega, de esas que subsisten en el tiempo.

Cuando era joven y me sonreía la vida no supe imponerme a mi destino. No. Bajé la cabeza y seguí para adelante como me lo imponía la vida de esa época. Ser obediente a los caprichos de la época, la moda y mis hormonas. ¡Fui muy idiota! Casi una fantoche de lo que ahora soy o creo ser.

Me gustaría saber qué fue de esos seres maravillosos que se fueron quedando en el camino. Esos que me marcaron sendas de magníficos paisajes espirituales que no existen hoy. Se me acerca la fecha. O no. Tal vez quede o permanezca por una cuestión de cromosomas. Toda la línea materna fue longeva. Se fueron caminando por senderos escarpados y solitarios en sus nonagenarios calendarios. Solitarios, no les quedaba casi nada o nadie. Habían perdido a los seres más queridos de su historia, que aunque pequeña era su historia de vida.

 

Hoy miro sorprendida hacia atrás y ¿qué veo? Solo sombras, recuerdos, fantasmas de una realidad que se entrecruza entre la realidad y la imaginación de la memoria que es más débil y se acomoda a los sentimientos. La verdad puede acomodarse tal vez en algunos momentos, pero la realidad debe ser necesariamente otra.

No queda de la “casa” sino huellas, derrumbadas en un maltrecho caserón que se va corroyendo con la humedad… ¡Era hermosa! Llena de pequeños detalles aportados por el espíritu exquisito de  Mamá. La calle se ha llenado de ese tipo de gente vulgar y gritona, que canta una música sin letra que contenga sentido o que sirva algo para el espíritu. Es como un gran bazar de oriente lleno de mezcla entre cosas hermosas y basura. Un paraíso para la vulgaridad y la esquizofrenia.

Ayer cerré los ojos cuando atravesé con el autobús por ese lugar que amaba. ¿Era yo el fantasma o espiaba un espacio sin tiempo que escondía una enorme verdad que ya no existe?

Odio al tiempo. Cuando llegué a esa casa me sentía en el paraíso, un edén lleno de primicias… que se fueron transformando en cosas concretas. Allí perdí mi inocencia de niña para ser una adolescente que intentaba adaptarse al mundo nuevo. Era la época de los sesenta. ¡Qué lejos quedó! Ahora somos un espectro de los sueños.

 

 

LA CASA

 

La calle era de tierra, sin otras construcciones que aparecieron lentamente con el transcurrir del tiempo. Era una isla, un castillo con balcones y puertas de aldaba que sonaba como llamador de grandes acontecimientos. El mármol la identificaba. Las escaleras sedientas de mostrar que estaba  a la altura de las ilusiones de quien planificó la casa. Ahora es un vulgar espacio comercial, fue una mansión envidiada en su momento. Hornacinas con pequeñas figuritas de marmolina traídas de Italia, muebles de estilo y cuadros. Servicio de personal con uniforme almidonado, como en las películas en blanco y negro de la época. Y las mujeres de la casa leyendo, siempre estudiando o aprendiendo a ser “amas de casa” perfectas. ¿Dónde quedaron? Como En la Casa Tomada de Julio Cortazar, siguen soñando con su mundo perdido. Sí, hay un fantasma que merodea en sus habitaciones. La bella hija del medio, la rebelde, la más liberada de su historia de penitente. La otra, la menor, cierra los ojos cuando pasa por el lugar escapando a una realidad morbosa. Todo ha cambiado y escapa de la triste realidad de su visión. La casa se muere lentamente, como esos mausoleos que ya no tienen dueños porque todos están dentro y nadie reza por ellos.

Lúgubre es ver que estamos rodeados de miserables personajes tristes, sin amor a la belleza y al contener lo hermoso de una historia.

A veces recordamos las fiestas que se desarrollaban en la casa. Mesas con manteles de hilo blanco, vajilla de porcelana y copas de cristal. La comida… una exquisita muestra del poder de sus dueños que se afanaban para esconder que la que se desarmaba cocinando era la mujer, la madre. Hubo un tiempo que los automóviles llenaban la calle y las señoras usaban sus mejores trajes para asistir a los saraos. Hoy son sombras. Humo. Espectros.

Los fantásticos platos sacados de la muy exitosa “Petrona de Gandulfo” que hoy llora en un anaquel de la biblioteca de una de las mujeres de la casa… ¿Claro quién puede hacer esos manjares caros y que llevan días de cocción en una cocina pequeña? Sueños. Éxtasis.

La casa se derrumba descascarada las paredes y sin el donaire de su época glamorosa.

 

EL FONDO…UN MISTERIO

 

Estaba construido en el final del caserón. Eran dos habitaciones, un baño y un lavadero. Oscuro y misterioso para nuestras mentes de imaginación febril. ¿Qué se podía esconder en ese lugar? Nada extraordinario, pero para las “niñas”, era un lugar lóbrego y terrorífico.

Cuando debíamos ir a buscar algo en la noche, se desarrollaban verdaderas campañas feudales. Cada cual sentía que no le correspondía ir al “matogrosso” una suerte de selva cargada de fieras y horrores. Sólo recordemos que en esas habitaciones dormía el personal de servicio. ¡Pobres! Imagino el miedo que les producía llegar hasta allí solas en la noche y peor aun, desvestirse y dormir en un espacio extraño a sus costumbres y solitarias.

Un día escuchamos una conversación entre los dueños de la casa. Descubrimos que habían sido construidas como taller para la señora principal, que siendo joven fue una extraordinaria artista plástica y que por una conducta inexplicable de un día para otro dejó su “arte” y se dedicó a la Casa.

Allá iban a para todos los comestibles embolsados: harina, azúcar y trigo. Un enorme contenedor de aceite de oliva y encurtidos de todo tipo. Luego se acumularon: libros, revistas, recetas de cocina y un sin fin de trebejos.

Pero una noche una de las muchachas a quien mandaron a buscar algo… al querer encender la luz, tocó algo blando, peludo y móvil. Una enorme araña se había instalado como dueña del espacio.

Nunca más lograron que las muchachas fueran a buscar algo allí.

Hoy debe estar poblado en las noches de seres fantasmales, los que se han ido por el camino cierto de la muerte. Los dueños. La muchacha que se envenenó y cayó del lecho en fuertes convulsiones, ella debe pasear buscando su juventud perdida. Lagartijas que se escondían entre los jazmines. Las calas que cuidaban a rajatabla y con amor infinito. De eso no debe quedar nada.