“Ella se despierta en una
cama maravillosa, toda de raso claro, me imagino que sería entre rosa viejo y
verdoso, capitoneé, con sábanas de satén. Qué lástima que algunas películas no
sean en colores ¿verdad?” El beso de la mujer araña. Manuel Puig. 1976
-
¿Buenos días, no vieron si vino Marcelo Pedriel?
-
Yo lo vi recién. Ese tipo es lo más bárbaro que hay en
este curso, si yo pudiera lo invitaría a salir. Pero sé que seria un quemo. No
tiene ojos para nadie.
-
Debe ser trolo.
-
Cállate, ahí viene, además es súper… y bien macho.
-
¡Hola! ¿Cómo está nuestra gente? ¿Se estudia mucho? ¿O
no?
-
Che, acá, el ambiente femenino está con una duda. Unas
dicen que sos trolo. Otras que sos súper macho.
-
Aclará, Marcelo Pedriel, aclará.
-
¡Epa!, que vengan, acá a mis brazos las que piensan que
soy trolo! Y las otras también. Tengo para darle a todas.
En ese momento se acerca Mariana y él al verla,
dice:- A ver ¿Quién? ¡Quiere salir el sábado conmigo! o mejor vení: ¡Adrianita,
no importa lo que pensás, vení a mis brazos! Toma con fuerza a la compañera, e
intenta abrazarla y besarla. Todos ríen a coro. Mariana, muda contempla la
escena y siente que su rostro está rojo de ira, los ojos, le dicen a Marcelo Pedriel
que está furiosa. El, advierte que tiene un arma muy poderosa.
-
Judith… vení gordita intelectual, yo te voy a mostrar como ama este trolito súper machote, intenta
con el otro brazo atraer a su compañera. Ambas ríen. Adriana se cuelga alegre a
su brazo y él, le dice:
-
¿No creen que puedo ser un buen amante? ¿Vos qué
pensás Mariana?
-
Que sos un idiota y que ellas son unas boludas.
-
Vaya, parece que a ella no le gusta la gente linda, alegre,
hermosa.
-
Me voy. No los aguanto.
Marcelo Pedriel suelta a las chicas, les guiña el ojo a los muchachos y
sale tras Mariana. Todos se quedan mirando. Luego siguen hablando y riendo. La
alcanza y tomando la mano de Mariana le dice:
-
Che, no sé ¿qué puede molestarte que tu mejor amigo busque
compañía femenina para el fin de semana?
-
¡Sos un… un… no sé! No te puedo decir porque no me
importa nada. Déjame.
-
Mariana. ¡Chiquita, estás celosa! ¡Muerta de rabia, y celos!
Vení. La saca corriendo y la lleva por un pasillo. Entra en un consultorio
desierto y la atrae a sus brazos y la besa, con furia, con deseo, con ansias
retenidas por días y noches y semanas. La aprieta contra su cuerpo. Ella siente
el miembro duro. Cierra los ojos y dice:
-
Loco, te amo – Y lo besa con toda la aceptación de una verdad hermosa.
-
Te amo y estoy celosa. Te quiero solo para mí. Hoy descubrí
que soy posesiva y mala. Si las hubiera podido arañar, las arañaba.
-
Chiquita celosa mía. Por fin te escucho decir lo que deseaba.
Repetí: ¡Te quiero Marcelo Pedriel!
Se besan. Ahora sí es algo compartido. La juventud
de ambos, las esperanzas, los deseos reprimidos. Descubrirse de a poco.
Degustarse. Saborearse. Amarse.
La tiene fuertemente
apretada contra su pecho. Quiere fundirla contra su cuerpo. La aprieta. La
besa. Muerde su oreja suave y sensualmente. Le acaricia la cola y un seno,
tiene una erección que lo deja exhausto. ¡Te deseo pendeja!
Suena timbre de entrada
a clase y se miran. Sin decir nada se van, pero en lugar de ir a clase salen de
la facultad. ¡Una clase no es nada! Pasarán desapercibidos. Ariel y los amigos harán
el resto. La lleva de la mano hasta el coche. Suben. Él sale con rumbo fijo. La
atrae con el brazo y siente que ella le acepta cada gesto. Realmente lo ama.
Detiene el coche en Palermo por una de esas calles sin rumbo o nada. Se quedan
acurrucados. Luego con simple atracción le murmura al oído su idea, ella
asiente.
Entran en “Corazones amantes”.
Abre la puerta y baja del coche. Se casa el guardapolvo blanco y lo deja sobre
el asiento trasero. La sostiene del brazo con ternura acercándola a una
habitación que espera en penumbra.
Solos. Se
besan. Ella le saca la corbata. Él suspira. “Odio ese adorno, innecesario y
ridículo”. Ella le desprende un poco la camisa. Descubre una cadena de oro con
una cruz pesada.
Él le toma las manos y
le besa los dedos. Se descubren. Se detiene en su pecho, recién se da cuenta
que su enamorado tiene el pecho lleno de vello oscuro. Él la acaricia con
dulzura. Tiene miedo de no controlarse. Su juventud lo impulsa, algo que debe
controlar un poco para no destruir lo que tanto le costó conquistar.
La desea. La ama. Los
besos se hacen densos. Sus manos se apresuran en caricias. Ella lo aparta un
poquito y lo mira. Él entiende y hace unas flexiones. Ríe.
- ¿No me digas que es tu primera vez? Si lo es
te voy a amar aún más que a mi propia vida pendeja. Perdóname, Mariana. Esperé
tanto. ¡Te soñé despierto tantas noches! Qué parece que te vas a desdibujar de
nuevo. Quereme un poco más te ruego.
- Loco, escúchame. Soy muy
tonta. Creo que si no te veo hoy con
Adriana y Judith, y descubro que tengo miedo de perderte, no me doy cuenta de
este amor que tengo.
- Besame no hablés. Vení
hagamos como que la vida es sólo para nosostros.
- Soy una chica vulgar. Inexperta. Llena de
preguntas sin respuestas. Solitaria. Antigua. Y vos…sos un tipo con tanto
mundo. Se te nota. No me pidas que te cuente mi vida. Aceptame así como me ves.
- ¿Acaso escondés algo
pecaminoso? Soy un estúpido. No me interesa nada. Te amo. Son idioteces las que
digo. Y le selló la boca con sus labios sensuales. Los pechos tibios fueron dos frutas deliciosas.
La penetró y luego besó la nuca, la espalda, cada rincón de piel.
Ella gozaba en silencio.
Era su primera vez con amor. Su experiencia anterior había hecho mucho daño. El
primo de su madre la había violado a los quince años. El trauma le duró hasta
que la madre advirtió que estaba embarazada. La llevaron de obligada a un
ginecólogo y una partera hizo el resto. A partir de allí, nunca había tenido
contacto con un hombre.
Algún día ella se lo diría.
Él merecía conocer la verdad. Pero hoy había sido distinto. Un fuego abrasador
y dulce le cambiaba los sueños.
-
Te adoro y siento que te pertenezco para siempre.
-
Y yo te amé
desde el momento mismo que te vi, que te tuve entre mis brazos. ¿Querés reírte
un rato? ¡Quiero casarme con vos! Si
pudiera me casaría hoy mismo.
-
Nos faltan muchos años de estudio y tenés que pensar
que… No te apresures.
-
Iremos juntos de la mano por la vida. No tengas temor descubriremos
juntos cada mañana de sol o lluvia. El mundo. La vida. Todo.
-
Marcelo. No me gusta tu nombre y te aseguro que te
quiero. Se cuelga de su cuello.
Él la besa y la
abraza. La alza y sale corriendo. Llegan al parque. Hace frío pero el sol está
alto.
Ellos no sienten frío. Suben al coche. Ella se
ha sacado el delantal. Él le suelta el cabello. El pulóver azul es grueso y es
grande. El mete su mano fría debajo del suéter de ella para tocarle la espalda.
Ella da un respingo y con sutil presteza le saca la mano.
-
Dejame que te toque la espalda. Te prometo que será
tan solo la espalda. Quiero sentir el calor de tu piel. Tu tibia, perfumada y
adorada piel. Chiquita, mi querida Mariana.
-
Marcelo, mi querido. ¡Adorado amor! Ella no dice nada,
pero él desliza nuevamente su mano por la espalda, y acaricia sin pudor los
hombros suaves de ella.
Si fuera verano, ese
ritual, sería un vulgar contacto más. Pero es invierno. Hace frío y la ropa del
abrigo le agrega sabor a impudicia a cada acto normal, para las manos de los
enamorados.
¡Pensar que en verano,
en la pileta, llevan sus trajes de baño y apenas tapan sus cuerpos!
Ahora él, la besa. Su
lengua recorre cada rincón de la boca deseada. Ella responde con dulzura sus
besos.
Tiene que regresar.
Marcelo mira el reloj y suspira. Tiene que ir a un sitio sin avisarle a nadie.
Lleva a Mariana a la pensión estudiantil. Allí tras el cristal, Judith y Adriana la espían. Comprenden la dicha que
está viviendo la compañera y no se escandalizan. -¿Habrá tomado la píldora esta
boluda? Se ríen a carcajadas. Son los años setenta y tienen una libertad recién
conquistada. Si me viera mamá, piensa Judith, me mataría.
Marcelo recobra su personalidad de escribiente
anodino. Debe cumplir con su investigación.
Ella queda con un
suspiro detenido en los ovarios que suplican un arrullo de probables ternuras
genitales.
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