lunes, 9 de marzo de 2026

UN CAPÍTULO DE "SÍNDROME DE TAICIÓN"(novela)

 

“Ella se despierta en una cama maravillosa, toda de raso claro, me imagino que sería entre rosa viejo y verdoso, capitoneé, con sábanas de satén. Qué lástima que algunas películas no sean en colores ¿verdad?” El beso de la mujer araña. Manuel Puig. 1976

                                                 

 

 

-                     ¿Buenos días, no vieron si vino Marcelo Pedriel?

-                     Yo lo vi recién. Ese tipo es lo más bárbaro que hay en este curso, si yo pudiera lo invitaría a salir. Pero sé que seria un quemo. No tiene ojos para nadie.

-          Debe ser trolo.

-          Cállate, ahí viene, además es súper… y bien macho.

-          ¡Hola! ¿Cómo está nuestra gente? ¿Se estudia mucho? ¿O no?

-          Che, acá, el ambiente femenino está con una duda. Unas dicen que sos trolo. Otras que sos súper macho.

-          Aclará, Marcelo Pedriel,  aclará.

-          ¡Epa!, que vengan, acá a mis brazos las que piensan que soy trolo! Y las otras también. Tengo para darle a todas.

En ese momento se acerca Mariana y él al verla, dice:- A ver ¿Quién? ¡Quiere salir el sábado conmigo! o mejor vení: ¡Adrianita, no importa lo que pensás, vení a mis brazos! Toma con fuerza a la compañera, e intenta abrazarla y besarla. Todos ríen a coro. Mariana, muda contempla la escena y siente que su rostro está rojo de ira, los ojos, le dicen a Marcelo Pedriel que está furiosa. El, advierte que tiene un arma muy poderosa.

-          Judith… vení gordita intelectual, yo te voy a mostrar  como ama este trolito súper machote, intenta con el otro brazo atraer a su compañera. Ambas ríen. Adriana se cuelga alegre a su brazo y él, le dice:

-          ¿No creen que puedo ser un buen amante? ¿Vos qué pensás Mariana?

-          Que sos un idiota y que ellas son unas boludas.

-          Vaya, parece que a ella no le gusta la gente linda, alegre, hermosa.

-          Me voy. No los aguanto.

Marcelo Pedriel suelta a las chicas, les guiña el ojo a los muchachos y sale tras Mariana. Todos se quedan mirando. Luego siguen hablando y riendo. La alcanza y tomando la mano de Mariana le dice:

-          Che, no sé ¿qué puede molestarte que tu mejor amigo busque compañía femenina para el fin de semana?

-          ¡Sos un… un… no sé! No te puedo decir porque no me importa nada. Déjame.

-          Mariana. ¡Chiquita, estás celosa! ¡Muerta de rabia, y celos! Vení. La saca corriendo y la lleva por un pasillo. Entra en un consultorio desierto y la atrae a sus brazos y la besa, con furia, con deseo, con ansias retenidas por días y noches y semanas. La aprieta contra su cuerpo. Ella siente el miembro duro. Cierra los ojos y dice:

-          Loco, te amo – Y lo besa con toda la aceptación de  una verdad hermosa.

-          Te amo y estoy celosa. Te quiero solo para mí. Hoy descubrí que soy posesiva y mala. Si las hubiera podido  arañar, las arañaba.

-          Chiquita celosa mía. Por fin te escucho decir lo que deseaba. Repetí: ¡Te quiero Marcelo Pedriel!

Se besan. Ahora sí es algo compartido. La juventud de ambos, las esperanzas, los deseos reprimidos. Descubrirse de a poco. Degustarse. Saborearse. Amarse.

            La tiene fuertemente apretada contra su pecho. Quiere fundirla contra su cuerpo. La aprieta. La besa. Muerde su oreja suave y sensualmente. Le acaricia la cola y un seno, tiene una erección que lo deja exhausto. ¡Te deseo pendeja!

            Suena timbre de entrada a clase y se miran. Sin decir nada se van, pero en lugar de ir a clase salen de la facultad. ¡Una clase no es nada! Pasarán desapercibidos. Ariel y los amigos harán el resto. La lleva de la mano hasta el coche. Suben. Él sale con rumbo fijo. La atrae con el brazo y siente que ella le acepta cada gesto. Realmente lo ama. Detiene el coche en Palermo por una de esas calles sin rumbo o nada. Se quedan acurrucados. Luego con simple atracción le murmura al oído su idea, ella asiente.

            Entran en “Corazones amantes”. Abre la puerta y baja del coche. Se casa el guardapolvo blanco y lo deja sobre el asiento trasero. La sostiene del brazo con ternura acercándola a una habitación que espera en penumbra.

 Solos. Se besan. Ella le saca la corbata. Él suspira. “Odio ese adorno, innecesario y ridículo”. Ella le desprende un poco la camisa. Descubre una cadena de oro con una cruz pesada.

            Él le toma las manos y le besa los dedos. Se descubren. Se detiene en su pecho, recién se da cuenta que su enamorado tiene el pecho lleno de vello oscuro. Él la acaricia con dulzura. Tiene miedo de no controlarse. Su juventud lo impulsa, algo que debe controlar un poco para no destruir lo que tanto le costó conquistar.

            La desea. La ama. Los besos se hacen densos. Sus manos se apresuran en caricias. Ella lo aparta un poquito y lo mira. Él entiende y hace unas flexiones. Ríe.

- ¿No me digas que es tu primera vez? Si lo es te voy a amar aún más que a mi propia vida pendeja. Perdóname, Mariana. Esperé tanto. ¡Te soñé despierto tantas noches! Qué parece que te vas a desdibujar de nuevo. Quereme un poco más te ruego.

- Loco, escúchame. Soy muy tonta. Creo que si no te  veo hoy con Adriana y Judith, y descubro que tengo miedo de perderte, no me doy cuenta de este amor que tengo.

- Besame no hablés. Vení hagamos como que la vida es sólo para nosostros.

 - Soy una chica vulgar. Inexperta. Llena de preguntas sin respuestas. Solitaria. Antigua. Y vos…sos un tipo con tanto mundo. Se te nota. No me pidas que te cuente mi vida. Aceptame así como me ves.

- ¿Acaso escondés algo pecaminoso? Soy un estúpido. No me interesa nada. Te amo. Son idioteces las que digo. Y le selló la boca con sus labios sensuales.  Los pechos tibios fueron dos frutas deliciosas. La penetró y luego besó la nuca, la espalda, cada rincón de piel.

Ella gozaba en silencio. Era su primera vez con amor. Su experiencia anterior había hecho mucho daño. El primo de su madre la había violado a los quince años. El trauma le duró hasta que la madre advirtió que estaba embarazada. La llevaron de obligada a un ginecólogo y una partera hizo el resto. A partir de allí, nunca había tenido contacto con un hombre.

Algún día ella se lo diría. Él merecía conocer la verdad. Pero hoy había sido distinto. Un fuego abrasador y dulce le cambiaba los sueños.

-          Te adoro y siento que te pertenezco para siempre.

-          Y  yo te amé desde el momento mismo que te vi, que te tuve entre mis brazos. ¿Querés reírte un rato? ¡Quiero casarme con  vos! Si pudiera me casaría hoy mismo.

-          Nos faltan muchos años de estudio y tenés que pensar que… No te apresures.

-          Iremos juntos de la mano por la vida. No tengas temor descubriremos juntos cada mañana de sol o lluvia. El mundo. La vida. Todo.

-          Marcelo. No me gusta tu nombre y te aseguro que te quiero. Se cuelga de su cuello.

 Él la besa y la abraza. La alza y sale corriendo. Llegan al parque. Hace frío pero el sol está alto.

Ellos no sienten frío. Suben al coche. Ella se ha sacado el delantal. Él le suelta el cabello. El pulóver azul es grueso y es grande. El mete su mano fría debajo del suéter de ella para tocarle la espalda. Ella da un respingo y con sutil presteza le saca la mano.

-          Dejame que te toque la espalda. Te prometo que será tan solo la espalda. Quiero sentir el calor de tu piel. Tu tibia, perfumada y adorada piel. Chiquita, mi querida Mariana.

-          Marcelo, mi querido. ¡Adorado amor! Ella no dice nada, pero él desliza nuevamente su mano por la espalda, y acaricia sin pudor los hombros suaves de ella.

            Si fuera verano, ese ritual, sería un vulgar contacto más. Pero es invierno. Hace frío y la ropa del abrigo le agrega sabor a impudicia a cada acto normal, para las manos de los enamorados.

            ¡Pensar que en verano, en la pileta, llevan sus trajes de baño y apenas tapan sus cuerpos!

            Ahora él, la besa. Su lengua recorre cada rincón de la boca deseada. Ella responde con dulzura sus besos.

            Tiene que regresar. Marcelo mira el reloj y suspira. Tiene que ir a un sitio sin avisarle a nadie. Lleva a Mariana a la pensión estudiantil. Allí tras el cristal, Judith y  Adriana la espían. Comprenden la dicha que está viviendo la compañera y no se escandalizan. -¿Habrá tomado la píldora esta boluda? Se ríen a carcajadas. Son los años setenta y tienen una libertad recién conquistada. Si me viera mamá, piensa Judith, me mataría.

Marcelo recobra su personalidad de escribiente anodino. Debe cumplir con su investigación.

            Ella queda con un suspiro detenido en los ovarios que suplican un arrullo de probables ternuras genitales.

 

 

                       

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