domingo, 25 de octubre de 2026

MONÓLOGO INTERIOR

 

            Me siento como enjaulado. Hoy me he levantado tarde, como siempre, así nunca voy a llegar temprano a ningún lado. Viste minina, la vida es un ir y venir. Ayer la vi, estaba sentada en El Molino, con ese fulano, el pintorcito. Un segundón. Es cierto que yo con mi facultad nunca tenía tiempo para llevarla al teatro. Esta tarde tengo que ver los resultados de mi cultivo de bacterias. Ahora minina siento unas ganas locas de abrazarla, tocarle el hombro transportándole mi pereza a la espalda con mis manos húmedas por el calor de sus besos. Casi como si apretara una rosa recién cortada. Hablando de rosas, te acordás ese poema de Neruda, ese... a ver si recítalo, vos sabés a cual me refiero. Bueno sino te recordás no importa. Tal vez Buscaglia u Onetti. Sos una mimosa, gatita, igual que ella. Una gata. Me acuerdo cuando nos quedamos cocinando chuletas de cerdo con puré de manzanas. Me parece tener aun el sabor de sus besos con olor a hogar. En el hotel, te dije, ¿no? Hay una piba que se hace la artista, camina desde el amanecer vendiendo su sonrisa y yo, tonto como siempre, le compraría una semana de sonrisa para olvidarme de Ella. Ayer arreglé un poco acá pero soy un desastre, si estuviera ella, minina, comeríamos los salamines de mi tía leyendo a Cortazar y escucharíamos al Negro Lavié en Caño 14. O a Goyeneche...te acordás las noches en que me abrazaba en la cama porque tenía frío. La lectura era como la manta que nos cobijaba de la hambruna y de la soledad. Leer a Borges era una vestimenta para el desaliento y el frío. Sos tonta venir a refugiarte en mi cama. Sin el calor de su cuerpo es como un moretón en la espalda o el vientre. Su vientre era de seda y mostacillas. Me producía calor aun en los días de frío y la cobardía de no llegar a darle todo lo que se merecía. Me acuerdo de sus dedos metidos en su largo cabello castaño, parecían  colmillos finos de marfil. Su risa me penetraba la ingenuidad de creer que sería para siempre. No existe el para siempre. Salí de mi saco que tengo que salir para tomar el tren a La Lucila. Allá me espera Susana, no Susana del Piero no, eso es imposible. Susana una viejarda que me tiene preparado un buen asado de cerdo a la parrilla. Es una bióloga con la que estamos haciendo un trabajo. Quedate tranquila. Ya vuelvo. Me arreglaré, sin ella me arreglaré igual. Es difícil. Chau Gata, amiga.

LUJURIA

 

            La miraba desde la ventana. Era una criolla de pechos hermosos, con cabello negro que caía sobre las caderas generosas y piernas torneadas. No podía dejar de espiarla.

Ella tenía un marido que llegaba de tarde y él, veía como se amaban sobre cualquier lugar de donde podía verlos. Su pubis le atraía como las mariposas a la luz. Se babeaba.

            Dejó de ir a la fábrica hasta que se quedó sin un peso. Los cigarrillos ya no saciaban su “Hambre” de hembra y comida. Tuvo que salir a buscar un laburo.

            Encontró un garaje donde lavar autos ajenos y lustrar vidrios. Con el dinero que le daban se iba derecho a los cafetines donde había “minas” y dale que dale…entre brazos apretaba los senos o los muslos de unas pobres muchachas que no hablaban ni una sola palabra en el idioma de acá. Entonces descubrió que eran polacas que habían traído engañadas. La calle de los lupanares estaban atestados de portuarios de todo el mundo  a los que atrapaba la lujuria. Todos querían sexo. Ella, como muñecas de cera ni se movía en los brazos de hombres rudos y olorosos. La madama, les obligaba a bañarse antes de entrar a los tristes camastros donde chirriaban los flejes de un lecho viejo y  maloliente.

            La calle se llamaba Pichincha y la cola llegaba a una cuadra. Hombres solos y desenfrenados que pretendían “amor” sin mucho esfuerzo ni euforia. Obscenos se arrastraban sobre los catres como anguilas de fuego. Y ellas, pobres hambrientas, ya no tenían lágrimas.

          Cuando volvía a su altillo seguía espiando a la mujer de sus sueños. Ella se sorprendió viendo que él, la miraba detrás de una cortina sucia se rió a carcajadas. “Cachonda” le hizo una seña que invitaba a su lado.   No era diferente a las rubias del burdel. Cruzó la raya, se metió en la habitación y un cuchillo le atravesó el corazón. El marido lo había estado esperando.

            Cayó desde la terraza y nadie supo qué pasó, pero a ella nadie la volvería a espiar con lujuria un desconocido desde una ventana mugrienta de un altillo.

 

 

 

           

 

 

 

LA AMBICIÓN

                       

 

Che, Gino ¿te cambiaste el auto? Si no tenías ni para fasos cómo ahora tenés ese Honda súper sport plateado y de todos los que te conocemos nadie supo que te ganaste el Quini o la lotería, ahora venís a decir que te llegó una herencia de tus viejos, salí si con tu viejo no hablás desde los ochenta y con tu vieja desde que llegaste de Catanzaro. Pero mirá qué pedazo de coche y también el Cholo me contó que vas a arreglar la casa, que le vas a agrandar el estar y no se cuántas cosas más. ¡Murió tu vieja? Perdoname no sabía...y bueno si de algo sirve vaya el pésame.

      Así se quedó el Gino solo en el bar de San Pedrito y comenzó el recuerdo.

La vida en su pueblo era un infierno. El dueño de la vida y des todos,  de cada uno estaba en manos de Don Peppo ese viejo avaro y maligno que se aprovechaba del trabajo de los labradores y de cada muchacha hermosa del pueblo. Él, Gino, un día se enamoró. Sus diecisiete años eran el desmayo frente a ese rostro perfecto de madonna de Donata. Su virgen perfecta de ojos amarillos y cabello negro que caía hasta la cintura cuando se sacaba la pañoleta negra, lo miraba de reojo cuando cruzaba el pueblo rumbo al paesetto donde trabajaba en la granja de su tío. Don Peppo lo descubrió y sacó a la chica y la llevó del pueblo. Luigi le contó que estaba en un burdel y que cantaba medio desnuda en un cafetín de mala muerte. Era del viejo.

Se vino a la América. Compró un boleto de tercera y viajó como un carnero entre los montones de italianos que trataban de hacer su vida lejos de sus pueblos. Llegó a un hotel en Buenos Aires y de allí lo llevaron a un trabajo al interior.

Aprendió a vivir como acá, sin hacer mucho y cobrando más que lo que hacía. ¡Lo echaron! Viajó a una ciudad y se empleó con unos “tanos” en una panadería en la ciudad. Aprendió el oficio y le gustó.

Después de un tiempo se volvió a la capital, puso una panadería y contrató unos “tanitos” y entre harina y huevos hizo hacer fideos, pasta de todo tipo y mandó dinero a su mamma. Gino, conoció a Bianca y se la llevó a vivir con él. Al año ya tenía un niño, hermoso, rubio y de ojos grandes y mirada dulce. ¡Esto es la Felicidad!

Un mañana muy de madrugada se incendió la panadería y como no tenía seguro, se quedó en la calle. Sin un peso en el bolsillo. Pero no dijo nada. Él, tenía mucha ambición y saldría adelante. Bianca trabajó a destajo. Compraron una pensión y alquilaron por piezas

Pero había guerra, allá en Europa y la gente no tenía plata. Por lo que no había mucho para repartir.

Hasta ese día que llegó un telegrama desde Italia. La mamma había muerto. Y con su vuelo al paraíso dejó un montón de liras que Gino esperaba para volver a ser el “capitán de su barco”, la panadería más completa de Buenos Aires.

 

 

 

 

 

 

LA GULA Y LA AVARICIA

 

            -Pare Tito voy a vomitar-, me dijo el doctor, mientras atravesábamos la avenida y yo lo miré sorprendido. -¡Mire que hemos visto juntos cosas terribles en estos dos años!- Pero me pidió que me detuviera y paré. Soy el chofer de la ambulancia desde hace cinco años y hemos sido compañeros todo el tiempo de su guardia y perfeccionamiento.

            Luego fuimos juntos a tomar un café en un boliche del barrio y se tomó un whisky. Tenía una cara de terror o asco que me dejó lelo. Esa tarde, recuerdo, fue variada hasta que llegó un pedido de una zona “bacana”.

             Llamaban de un edificio en Belgrano R y cuando llegamos el portero nos hizo entrar sin pedir ni siquiera una credencial.  ¡Después se quejan que hay robos! El ascensor  nos depositó en un palier de lujo en un treceavo piso. Allí parada en la puerta como ave de rapiña estaba una mujer flaca y con cara de salir de una película de terror. Apenas habló mientras nos acompañaba por un pasillo que desembocaba en una habitación iluminada.

            Fue un impacto terrible ver esa figura: las paredes de un rosa brillante, rotas en zonas donde la humedad había hecho estragos, a la izquierda una ventana se abría con su vidrio sucio a un balcón-jardín reseco y abandonado. Allí en el medio sobre una pila de colchones, un enorme cuerpo deforme por la obesidad, inmensa bola de piel que se desplazaba como una oruga casi gigante. Bucles dorados y ojillos aviesos que se escondían tras unos párpados hinchados. Los labios finos se movían rítmicamente en su mandíbula que tenía un perpetuo ajuste a la ingesta de: bombones, masas dulces, caramelos, flanes, tortas, emparedados, ravioles, ñoquis, tallarines y todo, todo lo que se podía engullir en diez o doce horas de vigilia. No caminaba. Hacía casi dos años, que no lo hacía, y la cama que fuera de bronce estaba quebrada.

            Permanecía en medio de almohadones de fino lino rosa pálido orlados de puntillas y cintas, encajes y sábanas de linón bordadas por manos amorosas en bellos racimos de violetas y rositas se desplazaban sobre la gelatinosa barriga de ese ser, mientras las piernas paquidérmicas, apenas móviles, agitaban suavemente un aire enrarecido y hediondo a grasa. Por suerte la cubría un hermosa camisa de satén y encaje cuyo canesú flotaba entre una miríada de manchas de salsas y huevo, tomate y chocolate dibujando un trabajo surrealista que se movía acorde al despilfarro de grasa.

            Alhajas de oro y esmeralda se perdían en las hendiduras de los brazos. Anillos de rubíes y brillantes, dirimían sus reflejos en la inmensa cama. ¿Cómo había llegado a ser así...? ¿Cuántos años tiene? ¡Veintitrés! ¿Y cuánto pesa? ¿Doscientos pesaba la última vez que la pudieron poner en una balanza? El doctorcito, joven y sano, se revuelve en su delantal blanco, no entiende. El departamento es nuevo, es de muy alto nivel, hermoso se podría decirse.

                        De repente ingresa en el espacio el Dr. Porfirio Andrade, el decano de la facultad y Tito, unos pasos atrás, petrificado, le toca el hombro al médico que asiste a esa enferma. No pueden comprender qué ha sucedido. El padre desesperado suplica ayuda. Su hija se muere, el corazón colapsa y nadie quiere ayudarlo. La mujer sonríe distraída. Es la madrastra. Callada se recuesta en el rellano de la puerta para mirarlos. Ella no hizo nada, claro, era la enfermera del decano, cuando la joven esposa y madre de Rebeca, se electrocutó con la plancha, hace trece años. La niña la estaba mirando y quedó allí junto a la madre con sus contorciones y su visión perturbadora. Nunca olvidó el olor a quemado que desprendía el amado cuerpo.

             El joven galeno, aconsejó sacarla de allí para lo cual había que romper las puertas, bajarla por una ventana interior y luego llevarla a una clínica muy conocida.

                        Un ruido sofocado y un paro cardíaco, le impidió toda maniobra. Habían llegado demasiado tarde. La otra mujer la miró sonriendo y sólo atinó a sacarle las alhajas.

                        Después de vomitar Federico le pidió a Tito que lo llevara a tomar un wyski y se fueron a ver “Matrix” a un cine de barrio.

 

                                  

           

TAROT MISTERIOSO

 

La casa era de una belleza sin igual pero había sitios desocupados, pensaron en tomar algunos pensionistas. Así llegó un viejo soltero, cuya familia había caído en un bombardeo. Sin otro consuelo que sus cajas con libros y algún que otro objeto recuperado entre los escombros. Vivía con traducciones que hacía para un editor de la gran ciudad. Estricto en su higiene personal. Pagaba puntualmente su pensión y comida. De hábitos sanos no tenía ninguna queja. Luego apareció una señorita, profesora de letras, que mantuvo largas pláticas con las muchachas de la casa. Finalmente llegó un personaje diferente. Era “parapsicóloga” vidente y tarotista. De mirada pícara y voz chillona, cambió el aire serio de la casa. Salía todos los días a su “consulta” en la ciudad. Atendía una cantidad increíble de gente en un pequeño local, donde reinaba un caos de dioses hindúes, egipcios y cristianos. Con una túnica de seda colorida y un turbante con grandes aretes dorados, penetraba el mundo de los muertos como en la vida de los que habitaban los pueblos cercanos. 

Entonces ocurrió algo inusual. La casa se llenó de extraños sonidos en las noches. El clima se fue transformando y la región comenzó a tener una espesa niebla que cubría las techumbres y bosques aledaños a las casas más alejadas de la zona céntrica. Madame Yiyot, la tarotista, transformó su atuendo y su rostro. Cada día parecía más joven, más delgada y más frágil. El caballero se sintió atraído por esa mujer que tenía un cierto modo misterioso y atrevido. Un día se encontró de frente a la mujer y se presentó como caballero que era: Benito Billiart... soy su vecino de habitación. Adoro la música que en las noches suena desde su alcoba. 

                         Yiyot, le tendió una mano delicada de dedos finos y piel suave, tibia y con perfume a violetas. ¡Ah, es mi pequeño refugio con el mundo real! Mi nombre real es Julia Labré, y mi trabajo me permite conocer arcanos de gente de todo tipo. Aunque usted no me crea, conozco el alma humana como si hubiera estudiado en las universidades más prestigiosas del mundo. ¡Es hermoso ver cómo se abre la gente frente a una mesa donde se mezcla lo imaginario con lo real! Su extraña túnica azul, la envolvía como un capullo de anémona.

El llamado a la cena, los distrajo. Benito caminó pensativo hacia el amplio comedor. Yiyot o Julia, se alejó sin siquiera despedirse. Ingresó en su alcoba y comenzó a sonar la música que envolvió toda la casa. Tras un tiempo corto, cada pensionista se adentró a su rincón favorito. La lluvia golpeaba en los vidrios de la casa. Un trueno y la luz dejó ver una figura que se deslizaba por el largo pasillo. ¿Era Yiyot o parecía un ser de otro mundo? Los que bebían un cognac dejaron su copa, los que fumaban un habano, lo dejaron sobre un cenicero y los que leían el periódico se quedaron sin palabras... en letras de molde había un patético mensaje: ¡En la vieja carretera de Los Ventisqueros fue hallado el cuerpo sin vida de la famosa tarotista Yiyot cuyo cuerpo parecía un ángel caído!

                        Como si un gong hubiera sonado en la casa, cada pensionista se levantó de su sillón y comenzaron a llamar en la puerta de la alcoba de la mujer. Nadie acudió a los llamados. La dueña de la casa, abrió con una llave que poseía y cuando se despejó la habitación... una hermosa y hermosa mariposa azul estaba desplegada sobre el lecho, rodeada por un torbellino de cartas de tarot. Y un suave perfume de violetas sorprendió a los curiosos que miraban cómo en el toca disco seguía dando vueltas con la dulzona música de todas las noches pasadas.

 

LA DIOSA SE ENCOLERIZA Y ME ENTREGA A LOS SACERDOTES

 


            Me demoro limpiando la peluca de mi señora. Ella descansa en el lecho de juncos. Un sacerdote – médico viene a traer en un alfanje un ungüento de almizcle y leche de búfala para el dolor de su cara. Yo me inclino, tengo miedo que la diosa Anubis me deje sin habla. Soy una esclava que encontró mi ama en el soco de Menfis. Allí, pequeñita como era me habían abandonado en una cesta de papiros. Ella me trajo río arriba por el Nilo sagrado y me enseñó todo lo que sé.

            El Señor magnánimo, el gran Ra, me está adornando el cabello con sus colores de oro. Mi señora dice que algún dios o un sacerdote tendrá que hacer algo conmigo. Soy diferente. Al nacer tenía alas en mi espalda y fueron creciendo tal que ahora debo volar en lugar de caminar. Por las tardes cuando el gran señor Amon Ra, se extingue en el desierto vago por las altas columnas de los templos bajo la atenta mirada de los sacerdotes que me odian. No quieren una mujer con alas. Yo toco poco a mi señora. Ella dice que cuando paso mis manos ásperas por sus carnes azuladas propia de los nubios, siente que el aire se enrarece. Yo soy una esclava servicial. Con sólo mirar al desierto levanto una nube de arena y enseguida aparecen ibis en largas colas de cocodrilos voladores. Llegan a la orilla del río y se quedan ofrendando lotos y rosas a mi ama. La diosa Hathor,  siempre se las arregla para que yo no pueda acercarme a los hombres. Ella es muy celosa y los brujos del templo la incitan contra mí. En el templete del dios Osiris, he hecho miles de ofrendas. Incluso he viajado hasta la orilla del mar para llevar ofrendas. Cuando pasaba en la tarde volando, los camellos salían trotando y se perdían tras los altos médanos. Las caravanas se quedaban desorganizadas y los mercaderes aterrados miraban mis alas y caían postrados ante mi presencia, pero yo los tranquilizaba sacando con mis manos agua de unas piedras y dejando un nuevo pozo con agua para ellos. Entonces no comprendo por qué  el sacerdote- médico me quiere encerrar en una pequeña pirámide para que se cure mi señora. Si ella me deja, le saco esa muela que tiene enferma y seguro que se cura y su cara vuelve a ser la más bella de todo Tebas y por qué no, de todo Egipto.

            El aire de la tumba se está enrareciendo. Mis alas se están desplumando. Caen una a una las hermosas plumas color celeste plateado que las cubren. Cuando abran dentro de varios siglos este lugar, no comprenderán qué clase de gente enterró viva a una mujer alada.

 

EL PESCADOR DE QUIMERAS

 

            La tarde calurosa amenazaba una noche plagada de estrellas. El viejo, se sentó sobre la madera húmeda y caliente. Sacó una antigua pipa. Miró tras sus pupilas nubladas por el tiempo y suspiró cansado. Terminaba un día y el mar calmo, esquivo, no llenó el vientre hambreado de su barco. Poca pesca. Nada, casi nada. No había viento y eso no permitía que se alejaran de la costa mar adentro.

            Un olor penetrante a sal y pescado, entre podrido y fresco, hería las narices a los hombres silenciosos. El sol se escondía con esfuerzo tras la pequeña colina en occidente. Un pescador comenzó a canturrear un sonido triste. Otro, tomó un pequeño instrumento rústico y comenzó a elevar un sonido de belleza inexplicable nativa sangre negra  caribeña.        

El caballero que había pedido acompañarlos ese día era un tal Hemingway, escritor que tomaba ron y masticaba tabaco, mientras limpiaba displicente sus anteojos de armazón de oro. Parecía, por su ropa desprolija y gastada, uno más de entre los obreros de la pesca. Pero ese no era un hombre común. El viejo lo supo desde el instante que subió a cubierta con su rostro avejentado y crítico.

            El bote se jactaba de ser como un delfín de madera y metal color herrumbre. Su panza hinchada supo regresar a puerto lleno de peces. De haber luchado con los más fieros tiburones del caribe.  El viejo achicando los ojillos desplazó una sombra tenaz por el cuerpo encorvado del poeta. Nutrió su expectativa con un sonido agudo. Desde no muy lejos aparecieron las aletas ahusadas de los asesinos blancos. El viejo se paró y tomó un arpón, señalándole al hombre en desafiante orden, que imitara sus movimientos. Sobre el agua de color sangre amarillenta, con certero golpe atravesó el cuerpo efímero del pez bravío. No pudo el extranjero imitar su juego. Tiró enojado el arma y se sentó perturbado en los maderos. Soñó con ser un héroe. Ya, el sol, parecía un dromedario agonizante. A lo lejos las luces de la Isla reflejaban una vida desplegando miserias. Comenzó el regreso. Atracaron en el precario puerto y casi sin palabras se despidieron. Una borrachera de ron abrazó la noche. En la mente de un enorme creador nacía una obra gigante.