lunes, 20 de abril de 2026

LAS CAMPANAS AL VIENTO SE NIEGAN A SILENCIAR EL DÍA

 

A lo lejos se oían los fuertes sonidos de un campanario. Nadie en la región conocía el lugar desde donde provenían esos latidos agudos. ¡Es imposible si no hay un templo a siete kilómetros al rededor de la aldea! Sin embargo a las cinco de la tarde todos los días sonaban con estrépito campanadas.

Roldán, se propuso averiguar de dónde provenían los sonidos. Preparó el potro y luego de ensillarlo se acomodó por las dudas el facón en la faja a la cintura. Salió al trote suave, un temor oculto le hacía subir el sudor por la frente bajo el ala del sombrero. El pudor no le dejaba aceptar la verdad, temía encontrar un fantasma o algo parecido.

Rumbeó para el saliente. El sol acribillaba con furor mañanero. Desde cierta distancia lo seguía el "Negro" su fiel perro. Anduvo por las zonas cercanas al manantial. Luego subió unas peñas que estaban llenas de árboles de aguaribay. Se acercaba la hora del sonido esperado cuando su potro se negó a seguir.

No estaba acostumbrado a chicotearlo, le dio varias palmadas pero el buen animal seguía impávido detenido olfateando el viento. Había comenzado un suave vientillo que traía perfume de las jarillas y de los pastizales.

De repente, comenzó a sonar con suavidad el bronce de las campanas. Ahora de repente eran varias las que cantaban su metálico sonido, no había nadie en los lugares abiertos de vegetación. Entonces... la vio. Una figura hermosa como de una mujer blanca de cabellos largos renegridos. Estaba allí, parada sobre unas piedras. Lo miraba con dulzura y levantó la mano. El caballo se inclinó como para saludarla. Él, se tocó el sombrero y le preguntó quien era. Su voz era un eco sordo en el lugar.

La figura desapareció haciendo un saludo con las manos ensangrentadas. El día se iba alejando y un rumor de aves que volvían al nido, tapaban el sonido de la voz de hombre.

El noble bruto, dio la vuelta y el Negro, se acercó al amo. ¡Vamos, hay que avisar que algo raro está pasando en este lugar! El trote rápido lo acercó al caserío. Cuando relató lo que había visto, todos se rieron.

¡Es la Niña Dormida, que murió en el pasado! ¡Él nunca se olvidaría de su mirada y cada día cuando escuchaba las campanas, recordaba su atrevida búsqueda de la Niña Duende!

ZORAIDA

 

Zoraida, miró por la ventana desde donde podía observar qué hacían los niños. Sus mellizos de seis, Elenita de cuatro y la beba de dos. Jugaban bajo el sol tibio de la mañana. Ella trajinaba ollas y sartenes para llegar al medio día con esos exquisitos olores a hogar de campo. En realidad no tan de campo, pero los frutales daban la sensación de estar en un predio campestre. Peló las patatas y las cortó en cuadrados pequeños para hacer una buena tortilla. Del gallinero, a las seis de esa mañana había ido al fondo, en ese gallinero medio improvisado que había construido Donato, recogió huevos frescos.

Miró por setecientas veces por la ventana y todo era normal, las risas y juegos, le llenaban el alma. ¡Sus hermosos hijos! Eran el motivo para seguir viviendo después de los largos períodos cuidando a su madre con Hailzalmer. Su padre, que había perdido el trabajo después de la juega del 85, había caído en una depresión que lo llevó a la tierra en un coqueto parque jardín lejos de su casa. Volvió a mirar y todo seguía igual. Quieto o mejor dicho, hilarante.

Sonó el siembre, salió a buscar un sobre que traía el cartero para Donato, firmó una planilla y oyó los gritos. Salió corriendo. Mamá la nena, no respira gritaban los mellizos, Elenita lloraba desesperada. El cartero entró corriendo y sacó a la beba del agua. No respiraba. Esa pequeña pileta de lona se había transformado en un instrumento de terror.

Cuando llegó Donato, ya la habían llevado al sanatorio. Estaba muerta. La bebé estaba muerta y Zoraida, entró en un estado de shoc inimaginable. Alguien la inyectó con un sedante. Donato, con un profundo dolor se hizo cargo de todo. Los mellizos y Elenita se habían quedado con su madre, que ya añosa, no podía lidiar por mucho tiempo con los niños.

 

Me mira un ojo en el crepúsculo de la campiña. No hay nadie. No puedo hablar. El ojo sigue ahí y me persigue. Se agranda, es ciclópeo, se agiganta. No me toque. ¿Usted ve el ojo? ¡No, mejor! Porque a veces se transforma en una aguda cuña e ingresa en mi boca hasta la profundidad de mi cuerpo. El ojo ve el aire que penetra levemente celeste, como el agua de una piscina, y luego se oscurece. Es azul. Es índigo. Llega a ser rojo y solazarse en su mirada penetrante. Me mira. Un ojo. No me toque, no quiero esa medicina que me obligan a tomar. Pierdo el itinerario del ojo. Se escabulle entre las habitaciones y mira. Mira como escudriñando a los niños. Pero también se detiene a los pies de mi cama, bueno, no es mi cama. El ojo, no me deja estar en la mía propia.

A veces lo veo púrpura como sangre que aspira obsesionado. Me roba el oxígeno vital como a "Ella". Me inmoviliza. Llega la aurora y el ojo está allí, en mis pulmones y mira el interior de mi corazón destrozado. Déme esa medicina que me permite mágicamente desplegar mariposas en mi interior con alas transparentes. Pero no veo por dónde pasa el ojo. También la veo, a "ella" entre pétalos de espuma que derraman suspiros. Y el maldito ojo se transforma en blanca opalina, como el estuche en que la pusieron. Desparrama manojos de burbujas en mi vientre donde anida ella. Puja por salir. Se estira. Atraviesa la membrana que recubre mis pulmones. Y allí se detiene el ojo. No puede salir, ella, se desliza con gritos que sólo yo oigo en mi corazón destrozado. Es una espiral metálica que penetra junto al ojo. Salta. Sale y entra. Se despliega como un torrente de colores atrevidos y detrás ciento de ojos corren buscando atragantarme. No me toque. No quiero esa medicina. Ella está por nacer. El ojo no la deja, yo pujo y pujo. No nace. La bebé no nace. Los ojos me aprietan el vientre para que no pueda parirla.

Doctor... ¿Qué podemos hacer? No entra en razón, no quiere seguir el tratamiento. Su esposo nos ha pedido una respuesta. ¿Qué le digo? Que traiga a los otros niños con frecuencia, le cambiaré la medicación y la llevaremos a un especialista en estos traumas. ¡Gracias doc.!

Ayer, después ocho meses de hablar con la especialista dijo: ¡El ojo cayó en un hoyo profundo! Se detuvo y yo lo encerré en la tierra en un hoyo bien profundo. El ojo, no me podrá impedir estar con mis hijos. Ese ojo se detiene y yo, volveré a la vida. Donato, Cristian, Pablo y Elenita, me esperan. Y por primera vez lloró, lloró como nunca lo había hecho desde aquel fatídico día que la bebé cayó jugando a la pileta de lona de la casa de campo.

EXTRAÑO MUÑECO

 

Nadie supo como abrió los ojos:

            La casa estaba en penumbra. Una pequeña ventana con la persiana rota dejaba entrar un rayo de luz que inquieto iluminaba aquí y allá según la hora.

            Marcelina se escapaba a distintas hora para espiar por ese ojo de vidrio. Todo estaba sucio y abandonado.

            Su mamá, preocupada, la buscaba pues le habían comentado las vecinas que en la noche se oían voces. Hacía años que la casa estaba deshabitada. Por lo que temía que algún malviviente la hubiera usurpado. Nunca se veía a nadie.

            La niña, que había cumplido seis años soñaba con entrar y revisar cada rincón. ¡Había cadenas en cada puerta con su candado enmohecido, era imposible!

            Una mañana muy temprano la luz del sol iluminó un rincón que había permanecido oscuro. Allí Marcelina vio un muñeco de aspecto singular. Su piel de durazno apenas pintada y su pelo y barba de lana rojo le recordaba a un personaje de su cuento favorito. De inmediato quiso poseerlo. ¿Cómo entrar? Buscó a Rulo, su vecino. Su mamá le tenía prohibido jugar con él, porque era algo grosero y hacía cosas feas. Además se comía las uñas. Rulo se interesó de inmediato. Saltó la pequeña verja. Merodeó, tanteó, golpeó y rebuscó un lugar de fácil acceso. Nada. Tomo su mugrienta gorra, envolvió una piedra y la estrello en el vidrio.

            Por allí entraron ambos. Marcelina se hizo un tajo en la pierna. Le salía mucha sangre. Tomó el muñeco que ya en sus manos le pareció grotesco y desagradable y se desmayó.

            Cuando la mamá llegó y pudo entrar la alzó en brazos, intento Salir por algún lado y no pudo. Grito hasta sofocarse.

            Rulo avergonzado le contó a su abuelo, que llamo de inmediato a los bomberos. Al romper la puerta se sorprendieron con la imagen. Madre e hija ensangrentadas apretaban al muñeco que servía de tapón a la herida.

            Nadie supo como abrió los ojos la pequeña Marcelina para que no le quitaran su nuevo juguete.-

 

 

EL TIRANO III


 

La casona era hermosa. La piscina de tamaño olímpico, envolvía el cuerpo de un puñado de bellas muchachas de figuras esculturales. Entre las palmeras un hombre de cuerpo hercúleo, fumaba un cigarro de puro tabaco hecho a mano. A su lado dos perros de porte marcial escoltaban al "jefe", mientras un frágil adolescente traía una bandeja con pequeños bocados de exquisitos manjares. El sol caía sobre los bellos cuerpos de las niñas. El mozo no levantaba la vista. Estaba prohibido mirar a las mujeres.

El sonido del motor de un vehículo, despertó la curiosidad del hombre. Un par de "asistentes", verdaderos gorilas, salieron con armas a franquear al jefe. Las chicas se enmudecieron, apenas se animaban a respirar. Y desde un enorme portón que se desperezó lentamente entre el palmar, ingresó un coche rojo, descapotado y ruidoso. Era un "amigo" que no había avisado que venía a visitar al hombre.

Cuando las muchachas lo vieron, creyeron ver un "aparecido"; era el mismísimo actor de la última serie de Neflix que habían estado disfrutando la noche anterior. Un ardor les levantó el ánimo. ¡Es Erwin Guzmán, el actor! Y un chasquido les hizo salir rápido del agua y entrar en una zona de la gran morada. No podían levantar la voz ni mirarlo. Estaba prohibido por el "jefe". Él, era dueño de sus vidas y de su futuro. Las había comprado en una subasta por Internet, a precios elevados. Eran desechables como que de vez en cuando alguna de ellas desaparecía y nadie se explicaba qué había sucedido. Tal vez, había cansado al patrón. Los cuidadores, las encerraron en un salón donde un enorme televisor las entretenía mientras el amo, hablaba con el famoso artista.

Tais, era de origen filipino. Era una joven verdaderamente bella cuyo cuerpo estaba a disposición del jefe. Era una muchacha que no hablaba. Siempre sonriente se expresaba con las manos y un instrumento musical desconocido en ese lugar. En las noches cálidas se oía el dulce sonido del instrumento y a veces llamaban a Zila para que bailara las hermosas danzas de su Tailandia lejana. El amo le había hecho traer de Bankog los adornos y el traje tradicional de las danzarinas de ese maravilloso país. Ella, había sido subastada con apenas diez años en un lugar escondido de la selva cerca de Burma.

La vida allí, parecía ser un paraíso; pero era un infierno temido por muchas madres de los lejanos territorios donde desaparecían las más bellas niñas. Y a veces los hermosos niños que también solían comprar ciertos varones de copiosas billeteras y depósitos bancarios. Kalil, el mesero era uno de esos infelices llegado de un país del antiguo Irán. No hablaba el idioma de su gente y aprendió en escondidas el de este país, pero nunca dijo que entendía todo lo que se hablaba. Era para el jefe, el perfecto robot, que con una rutina diaria, cumplía todos los deseos y necesidades del estómago del hombre sin la charlatanería de ciertos personajes que habitaban la enorme hacienda.

Su vida dependía de su inteligencia y habilidad para disimular no saber qué se decía frente a él. Era muy inteligente. Hábil y silencioso. Por lo que el amo nunca se cuidaba cuando venían los traficantes, altos funcionarios y gente que hacía jugosos y sucios negocios con él. El muchacho, estaba profundamente enamorado de Glenda, una pelirroja, comprada en un suburbio del Bronx a una madre adicta al crack. La niña llegó con doce años, apenas hablaba inglés y aprendió pronto los ritos de la manada: diversión y silencio.

El actor le ofrecía un negocio. Una película con la vida de su famosa madre, una antigua (no era tanto) actriz de Holywood; casada diez veces con actores, directores y hombres de dinero que la habían amado y usado para lograr el éxito en el cine.

El magnate, desconfiado y sutil, le preguntó cuánto quería de porcentaje. La risa retumbó en los dos mil metros de la casona. Aves y lagartijas huyeron de sus escondites con esas risotadas. Llamó a Kalil, que estaba a cierta distancia y le ordenó que le trajera un cóctel especial... el muchacho lo miró distraído y asintió. Un tremendo temblor le traspasó la espalda. Ese brebaje tenía una droga muy adictiva que a la larga mataba a los que la consumían, pero como siempre hizo lo que le ordenaba. Solamente que no puso ni la mitad de lo que generalmente debía. Total el actorcito saldría pronto ante una señal que les diera a sus "ayudantes". Cuidadosamente armó el trago, el color era exacto al que solía preparar, pero no incluía tanta droga, de lo contrario iba a suceder lo que unos meses atrás pasó con un comerciante que quiso aprovecharse del amo y se estrelló a pocos kilómetros de la hacienda. Ya vería qué le diría su jefe si el joven no se mataba tan pronto en el camino al aeropuerto.

Salió éste y sacando su hermosa Ferrari, se alejó con un mentiroso asentimiento del jefe. Esa noche el hombre maltrató a varias chicas. Uno de los ayudantes hablando con otro se refirió de modo furibundo. ¡Este hijo de puta es un Tirano! No sabía que Kalil sabía lo que decía. Todos creían que no entendía el idioma del lugar. El joven supo que algo iba a suceder. Y se alegró de adelantarse con su inocente frescura. Le acercó al jefe unos bocadillos de sabores exquisitos y un wysky en las rocas como siempre.

La luna se asomó entre las palmeras y entre las plantas se deslizó uno de los custodios. Tais tocaba el instrumento que dulcemente envolvían el calor del atardecer noche y Tais, danzaba descalza cerca del hombre. Dormido y roncando, no escucharon ni vieron la figura, casi invisible, vestido totalmente de negro del custodio. Un fogonazo y allí quedó el tirano, quieto enfriándose mientras la música y la danza marcaban un compás de armonía y belleza.

Kalil, se acercó a Glenda y en un perfecto inglés le dijo: "Debemos huir esta noche" y ella, tomándolo de la mano corrió tras los jardines rumbo a la libertad.  

 

                                   

CERCA DEL CIELO

 

En Los Hornillos, se hablaba del cierre de la única bodega de la zona. ¿En qué trabajaría la gente simple con sus familias pobres? ¿Qué ha sucedido con sus dueños?

Eran buenas personas venidas de un país lejano donde se trabajaba mucho y se hablaba poco. No sabían el idioma del país y apenas podían darle órdenes a los obreros y ayudantes. Pero siempre generosos y justos en el pago en las cosechas y laboreo de las tierras. Esa tarde se avecinaba un suave viento del norte que calentaba la zona. El invierno había sido crudo y poca gente había venido de vacaciones a las playas aledañas.

En la colina, como gran atracción se veía el edificio de la bodega y la casa de sus dueños. De una arquitectura italianizante, mezcla de otras ideas de los constructores, se alejaba de una construcción maravillosa. Era bastante sólida, pero de aspecto desordenado. Igual, la bodega era una atracción para los que buscaban curiosidades y dicha bodega, sí, que las tenía. Sus exquisitos vinos.

El joven Lucas, curioso y despistado, comenzó su fajina diaria encomendada por el concejal de la municipalidad. Limpiar los alrededores de las playas y zonas de turistas. Sacar cuanto trebejo descartaran los viajeros y cuidar la limpieza de asientos y veredines.

Caminó por la playa hacia el sur. El sol estaba presente y la suave brisa, le despejaba el largo cabello que cubría desenfadado el rostro. Fue juntando algunas botellas, papeles y hasta pequeños guijarros que no entendía porqué la gente dejaba debajo de los sillones de descanso. Su bolsa ya estaba casi llena. Se sentó y bebió agua de una cantimplora que le entregaban en la muni. Así le decían en Los Hornillos al municipio. Las olas estaban alteradas, se sentían un pequeño fluir de agua salada en el rostro, pero eso era una alegría para Lucas. Pasó Aníbal por la vereda y le hizo una mueca. ¡Lo sufro, pensó el muchacho, es un idiota! Regresó con su bicicleta y le propuso hacer una suerte de carrera por la zona. ¡Ni pienso, tengo mucha tarea por hacer! Vete, yo seguiré con mi trabajo. Aníbal, malhumorado salió como un ave despedida por la playa.

El mozalbete, siguió con su tarea. Ya había avanzado varios metros, cuando entre la arena, vio un brillo singular. ¿Qué habrán tirado allí? Caminó derecho hasta donde deslumbraba un pequeño pero interesante objeto. Escarbó la arenisca y salió a la luz un anillo hermoso, cuya piedra parecía una lenteja de mil colores. Él, nunca había visto algo así. Lo limpió de arena y se lo guardó en un bolsillo envuelto en un pañuelo de aspecto dudoso. Con eso el limpiaba sus manos y rostro sudados y sucios.

Regresó sobre sus pasos. ¿Qué haré con el anillo? Se lo muestro al jefe y me lo quita diciendo que es de tal o cual. Si le digo a mi padrastro, me lo quita y se lo juega en el bar de Zair. Se lo mostraré a mi vieja. Ella si, sabe de estas cosas.

Llegó a su pequeña vivienda y encontró a su madre lavando en un fuentón como si estuviera dejando pedacitos de pulmón. Jadeaba. ¡Madre, mire lo que me encontré en la playa! ¿Qué es esto? No sé, pero luego que termine iremos a la casa de la bodega, seguro doña Sara sabrá decirme de qué se trata.  Esperó mientras descolgaba un botellón de limonada por su garganta. Ya fresco y cambiada de ropa su madre, salieron rumbo al alto donde se mostraba airosa la casa de los dueños de la bodega.   

Llegaron con unas fuertes ráfagas que hacían volar el delantal de la buena mujer y el cabello de Lucas. Golpearon y al rato, abrió una anciana. ¿Qué necesita? Ver a doña Sara. ¿Para? Eso déjemelo a mí, yo hablaré sólo con ella. Está descansando. ¡No importa, usted la llama y yo le digo por lo que vengo! La anticuada aya, dejó entre abierta la puerta y ambos intentaron descubrir los adornos y muebles de la casa más rica del pueblo. Así, curioseando los encontró la señora. Adela, ¿qué la trae por acá? Perdone señora, pero mi hijo ha encontrado en la playa un anillo y queremos saber si es de algún valor. Sacó Lucas la alhaja y se la mostró. La mujer pegó un respiro y se sostuvo en el marco de la puerta. ¡Vaya anillo que encontraste muchacho! Debe ser el brillante más grande que ví en mi vida. ¡Y he visto muchos, antes en mi país!

Vengan, entren. Llamaré a mi esposo. Salió la dama por un pasillo y abrió la puerta de un escritorio, donde estaba el hombre de la casa. Demetrio venga por favor. Tengo algo que mostrarle. Frente a Lucas y su madre, el robusto caballero se acercó y abrió la mano para ver el objeto que brillaba en las del chico.

¡Dios mío, dijo y se apoyó en el respaldo de un sillón! Tartamudeaba, se secaba el rostro con un pañuelo de lino, se desprendió el cuello de la camisa y terminó sentándose en la punta de una silla. ¡Es un anillo que... bueno, tiene mucho valor! La señora Sara, lo miró sorprendida. ¿Cómo sabes tú el valor de la joya? Es que, es que... no podía hablar; las palabras se le enredaban en la garganta. Creo que lo ví en la vidriera del joyero del pueblo vecino. Tendré que ir hasta allá para preguntar de quién puede ser.

Todos lo miraban asombrados ya que siempre el bodeguero era tranquilo y muy callado. ¡Iré contigo y con Adela! No, imposible. ¿Porqué te ofuscas tanto Demetrio? El hombre se descompuso y hubo que llamar a la servidumbre para que ayudaran a llevarlo a su dormitorio. Lucas los siguió pero no entendía qué le había pasado.

¡Mañana, bien temprano venga Adela, cuando él descanse, iremos a Maximiliano Bustos, el otro pueblo y así el joyero nos dirá! Un ayudante los acompañó hasta el vestíbulo y salieron sin antes dejarle el anillo en custodia a la señora de la casa.

Cuando llegó al dormitorio, don Demetrio lloraba. ¡Qué te pasa hombre? Nada, mañana lo sabrás, déjame dormir. Salió la mujer asombrada. Nunca había visto tan afectado a su marido. Al rato, sintió que hablaba por teléfono con alguien, un susurro que apenas se oía. Carolina, mi amor... apareció el anillo que te di en nuestro aniversario. Lo encontró un muchacho en la playa. ¿Cómo lo perdiste? ¿Cómo? ¿Lo tiraste a propósito? Y yo que estoy en gran apuro con la bodega... Sara entró y le dio tremenda bofetada en pleno rostro. ¿Conque tienes una amante? El teléfono cayó y se sintió la voz de una mujer del otro lado: ¿Crees que me importa tu estúpida bodega? Yo, amo a tu hijo y él, quiere casarse conmigo. Es joven y soltero y tú, eres un anciano.

Sara se sentó y enfrentando a su marido le dijo: ¡Creo que tendremos que hablar con nuestro hijo! Esa canalla te ha sacado dinero y se lo sacará a él si no le dices la verdad. Mañana, lejos de ir al joyero, le irás a dar un dinero a Adela y a Lucas y luego a buscar a nuestro muchacho, que anda con una zorra.

Demetrio, se quedó callado. El hombre desvastado, hundió su rostro en la almohada y sollozando se acurrucó sobre sí mismo. Adiós a su tranquila y bella vida. Sara nunca lo perdonaría y sabía que su hijo tampoco. Al día siguiente sacó el auto, fue a la vivienda de Adela y le dejó un fajo de dinero. Luego salió a toda carrera por el camino y se despeñó en los acantilados lejos de la playa. Nunca estaría cerca del cielo, su pecado se lo impediría.  

lunes, 13 de abril de 2026

YO NUNCA TE HE CONTADO


                                               Miraflores de Jara. Agosto de 1982.

Querida prima Regina.

                                   Te escribo para relatarte esto:

            Antonia es trágica. Su vida es una tragedia y no se queja. Su niñez, sería mejor no recordarla. En su barriada, la llaman “Hécuba”, por las tragedias griegas. ¿Cómo lo sé? Y, don Konstantino Zamais, el dueño de la imprenta, siempre nos contaba historias de su tierra. Llegó de Grecia con sus padres con apenas tres años, pero sabe un montón de cuentos y es fabuloso cuando relata lo que escuchó de niño.

            Te decía, que Antonia es una mujer hecha para una obra de teatro. Su cuerpo algo deforme, con una pequeña giba y sus piernas delgadas, recuerdan los sarmientos del parral de los patios de mi abuela. Tiene un cabello hermoso de color azabache, lleno de ondas, pero sus ojos acarrean el dolor de todo el universo. Dicen que su madre la había abandonado apenas nacida en el portal de don Constantino y que su mujer, que era malísima, la trató mal, siempre.

            Quiero relatarte sobre lo que ha sucedido hace apenas unos años en la vida de Antonia. Me preguntas cuántos años tiene y yo no te puedo dar una respuesta. Tal vez treinta o treinta y cinco. Sé, que le ha tocado cuidar de ese par de viejos. Ella lo hace por don Konstantino. Él sí fue bueno y defendió su debilidad, de la ira indescriptible de la mujer. Pero fue perdiendo el tino junto con la fuerza y la salud. La vieja, por otra parte, ahora no sabe ni siquiera quién es. ¡Qué paradoja! La pobre Antonia los cuida como si fueran sus verdaderos padres. Bueno como te contaba… hace como dos años le llegó una carta desde Grecia. Era de un tal Alexandro Papadoulus, y era como un juez o algo parecido. En la carta, que ella no podía leer, porque estaba escrita en griego, había unos papeles llenos de sellos. En ese tiempo el viejo, todavía podía razonar un poco y el dijo que tratara de contactarse con un anciano de la capital, su amigo. Así hizo ella. Se vino el hombre hasta la imprenta. Casi se desmaya cuando vio en el estado en que estaba la pareja. Una vez compuesto de la impresión, se sentó y leyó la carta. Miraba  y miraba a cada párrafo a la cuidadora. Allí había una clave para el futuro.

            Antonia le sirvió limonada fresca y él, se lo agradeció besándole la mano. Ella retiró su mano rápidamente de los labios húmedos del amigo Mirkos, paisano de su padre adoptivo. Una mirada sorprendida la escrutaba desde los ojillos ávidos del griego, porque el anciano era nacido allá, en Grecia. Así, se fue enterando que a siete kilómetros de un pueblo llamado Kozánni, la familia de Konstantino tenía una antigua casa con un terreno lleno de plantíos de olivos. Que debía viajar para recibir del consejero vecinal la propiedad, pero ¿cómo iba ella a lograr abandonar a los ancianos? Además ¿cómo iba a recibir en nombre de esa pareja el bien, si nunca la habían adoptado con papeles y sólo la criaron? Nuevamente su destino se frustró. Ahora envejecida, dicen, tiene que esperar. Nada es para siempre.

            Al poco tiempo de ese hecho, le comenzaron a llegar cartas y más cartas de Grecia. Las iba juntando y cuando podía se las mandaba a don Mirkos. ¿Sabes que eran? Ofrecimientos para casarse con jóvenes de aquel pueblo. Todos sin conocerla quieren casarse con Antonia. Ella se ríe como loca. Dice: -Si me vieran, si me conocieran, ¿crees que igual se casarían? – Y yo le digo que sí, por ser un alma de luz y amor. Porque hay que reconocer que nunca se ha quejado, canta sencillas canciones que le enseñó su padrastro. No sabe qué dicen, las canta en un griego dudoso. Y su casa está impecable y lava y plancha ropa de otros para darles todo lo que los ancianos necesitan. La imprenta está muerta, ella de eso… nada. Me ha mostrado fotos de muchachos y mozos cuarentones que le mandan instantáneas  para entusiasmarla con una boda posible.

            Nosotros, sus amigas, le decimos que la vamos a ayudar para que se case. Se ríe y se ríe. Sus fuertes carcajadas retumban en el caserón. ¡Y lo último!

            Apareció un griego, de más o menos treinta y ocho años o algo más, viajó para conocerla personalmente. Le trajo un collar de perlas y corales de las islas griegas. Con argollas de oro y unos pendientes hermosos, de regalo. Insiste en su idioma que él, quiere casarse con ella. Tuvo que venir el anciano Mirkos, para traducirles. El hombre a pesar de tener como setenta años se puso celoso. No quiere repetir lo que ruega el hombre. Ella sigue riendo y lo mira con franca sencillez. Te juro que le ha cambiado la mirada. Ahora ya no es tan triste, y nos confiesa que siempre soñó con un hombre como el viajero griego.

            ¿Qué hará? No sabemos pero Antonia creo se ha enamorado y el candidato está maravillado con ella. No es para menos. Es una joya. Te he escrito esta carta, para que investigues cómo puede aprender el idioma de su enamorado y qué debe hacer para tener los papeles listos para viajar a su casa en Grecia, ya que los médicos le han dicho que a sus padres ya le queda poco tiempo de vida.

            Querida Regina sólo tú me puedes orientar, por eso recurro a tu buena voluntad. Afectuosamente, tu prima. Quedo a la espera de una pronta respuesta.

                                               Rosalía.

DAYANY, UNA MUJER DE MUNDO

 

Su cuerpo no se recostaría sino en la memoria de aquella semana loca en que la conoció en la calle de Estambul. Él, sacaba unas fotos para el diario y ella lo atropelló con su torpeza de veinteañera en fuga. Se había escapado de su grupo. La mayoría adultos que sólo querían comprar rarezas en los mercadillos de Baharat.

La tomó de la muñeca y la sacudió furioso. Había cambiado el sol y ya no se iluminaba la lujuriosa Torre Gálata, pétrea, misteriosa y lejana. Dejando de brillar como lo que era una joya del siglo quince. Sus fotos ya no servirían para el reportaje.

            Ella se desprendió horrorizada y le dio una cachetada en plena mejilla, dejándole una pequeña y sangrante herida en la piel, que goteaba abundante. Un anillo de piedras había hecho su tarea.

            La muchacha, asustada, porque se había juntado un grupo de gente a observar sin saber bien qué hacer, le besó la lesión y lamió la sangre. La gente se reía o daba señales de asco. Sergio, la alejó unos centímetros y la miró atentamente. Dayany comenzó a reírse a carcajadas y él, la tapó con su boca la boca en un beso apasionado y sensual, acallando la risa. Los curiosos se dispersaron pensando que era una discusión de amantes.

            Luego, la invitó a subir a la confitería de la Torre Gálata y subieron a mirar el mar que rodea Estambul. Ella lo abrazó y a horcajadas se subió al murete. Unas mujeres veladas la miraron molestas y un hombre en su idioma inentendible la retó. Sergio la tomó de la cintura y la hizo sentar con dignidad. Bebieron una copa de arac y luego charlaron hasta que los meseros les suplicaron que se fueran. Tras ese loco encuentro, Dayany dejó a su grupo de viaje y se fue al hotel a vivir una aventura increíble con él.

            Comenzaron un diálogo apasionado cargado de extraños ritos, impuestos por ella, para ese raro amor.

            Una mañana al despertar, Sergio descubrió que ella había sacado su mochila y había desaparecido. Sólo encontró una nota con un número de teléfono de Argentina. Que ni siquiera pudo saber si era de la muchacha. Después de completar su tarea prevista por el periódico para agregar al reportaje que le tenía que hacer al escritor Orhan Pamuk, ganador del premio Nobel. Regresó a Buenos Aires y dejó pasar unas semanas para tentar encontrarla en el número de teléfono que le dejó.

            En el primer intento sólo respondió un mensaje grabado. Dejó transcurrir un tiempo y reintentó. Su voz alegre lo recibió como si hiciera unas horas que no se veían.

            La invitó a cenar a “La Casa de los Abuelos” en San Isidro. Al promediar las veintitrés llegó con un vestido largo y transparente de seda color fuego, descalza y con el cabello rapado. Los ojos de color almendra maquillados en un estilo excitante. ¡Nunca la había imaginado así! Era una diosa india provocando la lujuria. Lo besó. Estimulando su deseo. Pero, ¡Oh sorpresa, tras ella llegó una mujer algo mayor, vestida con ropa sobria y se presentó como Shima, la amante de Dayany!

            El hombre se desplomó en la silla, pero con todo su mundo vivido, sólo le sugirió que eligieran el menú de su preferencia. Comieron bocadillos de brócoli con salsa de mostaza, cazuela húngara y kiwis con helado de chocolate. El champagne lo eligió Shima. Sólo el rosé, de Chandon. Sergio sugirió una copita de arac, para  despertar ciertos recuerdos en Dayany, pero lo rechazaron. Pidieron jugo de tomate con ají Chile.

            Luego charlaron hora y más, saboreando un té de rosas y jazmines. Fumaron y ambas lo invitaron a su departamento en un rincón escondido de la enorme ciudad. La noche se fue haciendo día y el sueño los refugió en la gran alfombra del estar donde se fueron durmiendo con música de Nana Mouskouri. Cerca del amanecer las manos ágiles de Dayany despertaron los instintos de Sergio y se acoplaron con el fuego de otrora.        El sol pegaba cachetadas húmedas sobre los edificios cuando Sergio salió de allí. Exhausto, febril e impotente a la reacción de las mujeres. Llegó al diario desparramándose en su sillón y comenzó a escribir un reporte para la edición de cultura del domingo. Se quedó dormido sobre la computadora. Sus colegas lo dejaron, nadie se atrevió a preguntar qué le había pasado.

Cuando llamó nuevamente el contestador repetía la vieja grabación conocida. Nunca atendió nadie.     

 

TRABAJAR

Una y otra vez, bostezó mientras miraba indiferente una revista de moda olvidada por algún distraído sobre la mesa. Su garganta agobiada de palabras inútiles encerraba el odio que lo consumía. Dejó la taza con restos de café sobre la superficie de mármol y usó el platillo para abandonar los pétalos mustios de un clavel que como lágrimas de sangre desgajó entre los dedos nerviosos de la espera. No apareció. Otra vez no se presentó. Lo dejó esperando cuatro lánguidas horas. Largas. Su camisa arrugada y húmeda había atrapado el olor asqueroso del cafetín de mala muerte donde lo había citado.

 

 

Pasó el tiempo. Una mañana encontró a Dayany en la puerta de su departamento durmiendo en la alfombra de la puerta de servicio. Con un pantalón de denín una blusa de algodón vulgar y calzada con unas sandalias raídas y rotas. La despertó y la invitó a pasar. Le pidió asilo por unos días. Él, tuvo miedo. Dayany era extraña y su vida lo dejaba lleno de intrigas. No estaba para ser su siquiatra. Tenía que viajar a China para hacer unos reportajes al premio Nobel de la Paz y el diario no le pagaría un peso extra para ir con ella. No quería dejarla en su casa. Comió como lo hacen los hambrientos de África y se bañó una hora en el jacuzzi. Se apoderó de alguna camisa de su amigo y se tiró en el balcón a dormir. Él, tenía que salir. Tuvo que dejarla. Cuando regresó había cocinado un menú propio de un gourmet. La mesa era un primor. Sergio no entendía a esa mujer. Ella le propuso quedarse unas semanas hasta que él regresara de China. Sintió miedo pero cedió.

El viaje fue excelente, logró unas fotos que servirían para un Pulitzer y palabras de los integrantes del grupo de detenidos por los Derechos Humanos de Pekín. Regresó con la esperanza de encontrar bien su casa y su enamorada. Al llegar, estaba sentada en la computadora chateando con quién sabe quienes y del dormitorio principal salió Shina en bata. Le agradeció la hospitalidad y se sentó con un whisky en la mano mientras Dayany, se sentaba en su regazo besándola en la boca. Luego con las manos lo atrajeron a su lado y comenzaron a besarlo desde los pies a la cabeza.

Sergio las expulsó de su casa. Ellas dejaron su ropa y posesiones en el departamento. Un año después Dayany lo citó en el café de mala muerte en que lo había dejado plantado muchas veces. Nunca volvió a verla.