sábado, 10 de octubre de 2026

SOLILOQUIO DE UN PERRO


 

            El ruido me volvió loco. Salí tan pronto pude. Corrí con la fuerza que mis patas me lo permitieron hasta que de pronto me di cuenta que estaba en un lugar desconocido, lejos de mi hogar. ¿Pero a quién se le puede ocurrir hacer semejantes estallidos en medio de la noche? Es cierto que el cielo se pobló de luces d colores, pero con el miedo que tuve no miré mucho. ¡Qué miedo! Me acurruqué debajo de unos ligustros y allí me quedé dormido.

            Un ser humano joven me vio y me levantó, me acarició y como yo temblaba, me dijo…Napoleón debes ser mi guardián. ¡Pero cómo si yo me llamo Tom! Quiero ir con mi dueño. Él, es bueno conmigo. ¡Eh, llévenme con mis niños queridos!

            Nada. Yo ahora soy Napoleón y convivo con una verdadera jauría de perros que tienen diverso carácter, poca educación y algunos son hasta sucios. La más vieja es una hembra; se llama Aída. Es casi ciega y no tiene dientes, cosa complicada para uno de nosotros. ¿Cómo roe los huesos? Es cómico verla comer. Es la única que puede entrar a la casa. Nos vive gruñendo por todo, en especial a uno que se llama Chaplin y es tuerto. Ese pobre tiene la pata trasera rota y se arrastra.

            Anoche me llevé un gran susto. De pronto apareció una rubia, de pelo largo y vestida de minifalda roja con brillo y se acercó para hacerme cosquillas en la panza, yo salté… ¿quién era esa? ¡Eh, tonto, soy yo Brian! Era mi rescatador, vestido así, todo como mujer…detrás venían otros dos u otras dos, una pelirroja y una morocha,  vestidas con ropas raras, con los labios pintados de rojo y muchos colorinches. Eran Jonathan y Omar. ¿Adónde van estos así, pensé? Tendré que averiguar.

            Me acerqué prudente a Fidel, era bastante viejo pero no me gruñó. ¿Che, porqué el Brian y los amigos se visten así? ¡Ay, loco, nada, son trans! ¿Qué? Son Transexuales. ¿Y eso qué carajo es? Se sienten minas. ¿Cómo? Nada, loco, es tan antiguo como el viento. ¡Ah, yo no sabía! Yo vivía con una familia muy rara, pero nunca así. Ellos se juntaban a rezar entre muchos y leían libros, que decían sagrados. Eran buenos mis dueños. Estos también, a mi me rescataron de una tarada que me ataba y me pegaba. Por eso un día pasó don Micheel y me agarró, me desató y me trajo. Él, es raro, pero bien piola. Gracias por darme una lección, Fidel.

            Me fui por el pasillo del fondo y me quedé pensando en mi destino. De dueños serios y religiosos, a amos “trans”; ¡qué cambio!

            De día todo era casi normal, para mí, que creía en lo “normal”. De noche se armaban unos raros encuentros de música ruidosa de la que yo sólo espiaba. No me gusta el ruido. Me da miedo. Una noche llegó una perra, hermosa, algo herida. Le decían Madona. Era linda. La bañaron y la perfumaron. Se armó un revuelo entre los machos. Yo la defendí y se quedó junto a mí. Era inseparable, pero yo no tenía ganas de complicarme la vida con hembras, ni con machos; por lo que tomé la medida de cuidarla sin darle mucha importancia.

            Un día de mucho calor, don Micheel sacó un auto rarísimo. Atrás llevaba un cajón de los que usan para los muertos. Él, vestido con un pantalón de baño a lunares celestes y rosados, cada uña de las manos y pies pintadas de colores y el pelo color verde, con una chaqueta de piloto de color naranja, se metió en el cajón y acostado se hizo llevar por el chofer a un “recital en un teatro”. No me animé a seguirlos, me podía perder. ¡Pero qué loco! Fidel se me acercó y me contó: ¡Nuestro amo, es un músico famoso, lo adoran multitudes! Tiene ganados discos de oro y platino. ¡Es un genio musical, medio desquiciado, pero es muy generoso! Nada. Hace cosas raras, por eso lo dejó la madre del Brian. ¡A la hija, la metió al río cuando era chiquita para ponerle el nombre y casi la ahoga…lo llevaron preso! Me jodés. ¿La bautizó en un río? ¡Está más loco que yo! No, estaba volado con marihuana. ¿Qué es eso? ¡Che, Napoleón, sos tonto! No, nunca supe de esas cosas. Es una hierba. Déjalo así, mejor ni te cuento.

Cuando la ví a la chica la miré diferente. ¡Pobre! Bautizarla en medio de un río. Y nombrarla con un “Sirenita”, como si fuera un cuento infantil. Quisiera volver con mis dueños de antes. Pero no creo posible que los encuentre. Acá son raros pero me dan bien de comer y me siento cuidado.

Cuando don Micheel, llegó, se tiró por la ventana a la piscina. Yo pensé: este idiota se mató. ¡Salió nadando como un pez! ¡Qué extraños son los humanos! Gracias a la vida que nací perro.

Mañana, voy a intentar salir de casa para ver si me oriento y regreso a casa. ¡Pero me da pena Madona, está tan triste que no quiere comer si yo no estoy cerca! Es una chica buena, algo remilgada, siempre se esconde de los otros perros y es amiga de los gatos… ¡Increíble! Se deja bañar por una gata vieja que suele desayunar en la casa con Brian en la terraza. Mete sus patas en la taza con café y se lame sin pudor. Y el muy cochino de Brian, sigue bebiendo el café como si nada. ¡Un escándalo ver las costumbres de estos nuevos amos! Si me viera mi otra dueña, diría que están endemoniados. Son algo exagerados, son mugrientos, nada más.

Recién escuché una riña entre Fidel y Aída. Parece que alguien se robó la comida de la mesa de la sala donde están todos los instrumentos de música. Por las huellas era el Fidel. ¡Extraño que un buen perro robe comida siendo que acá sobra para todos! Me puse a espiar y descubrí que era una amiga de Sirenita, que trajo de la calle. Escuché la palabra “indigente” y me acordé que mi dueña anterior cocinaba para esos, los indigentes. ¿Conocería a mis amos? Tal vez me lleve a su casa. Me acerqué y descubrí que tenía en el bolsillo un reloj del amo. Le ladré fuerte. Me pateó. Se armó. Vino Aída, Fidel, Chaplín, Caruso, Tita, Tosca y Beethoven y ladraban como locos o gruñían a la piba. Brian se dio cuenta que pasaba algo y la agarró del pelo. Le sacó de un tirón la peluca. ¡Era un tipo! Me dio una patada y di como mil vueltas por el aire, lo mordieron todos los muchachos, hasta Aída sin dientes…!

Ahora soy el rey del grupo. Todos me tratan bien. El amo, se acercó y me puso sus flacos dedos en el lomo. Y se sentó al piano y me cantó una canción que hablaba de mí. ¡Qué suerte que tengo! Soy un perro muy suertudo. Madona me hace cariños y me lame la herida que me dejó la patada del ladrón. ¡Es divina Madona! Pero no se lo voy a decir. No quiero tener problemas con hembras.

¡Napoleón…, vení! Me está llamando el Brian, otra vez está vestido de “mina”, ¿qué quiere ahora? ¡Ay, me quiere poner un vestido de lentejuelas! Yo me voy. Soy un macho. Déjenme de cosas raras a mí.

 

 

EL HORÚTA


 

El agua subía distrayendo la costa  para derrumbar los camalotes isleños. El Horúta continuó empujando la jangada hacia el pueblo Tapí Purá. La ranchada se dormía en la superficie de las aguas que aleteaban como pájaros alertas. De vez en cuando se oía el grito del macaco aullador, agudo y sólido. Las mojadas cachas se apilaban en la mitad del madero, parecían el cadáver de la tapera.

Un chajá voló asentándose en el esqueleto de un ñandubay. Rápidamente se pobló de aves blancas y negras. De cuellos largos y afilados picos prestos a romper las valvas de los caracoles del río. Ojos ávidos de mirar pequeños peces y alevinos que poblarían las orillas con las aguas mansas. El Horúta se acordó del árbol del playón del pueblo que en navidad una “doñita” se porfiaba en adornar con chucherías brillantes y caramelos para los niños. Eso parecía ese armazón de palos desgajados y cubierto de pájaros. Pasó un lanchón de prefectura y levantó una lluvia de agua fría que le humedeció el miedo. No confiaba en los extraños, milicos, venidos desde quién sabe que lugar… solían quitarles los cueros y le propinaban rebencazos por cazar en el río o lagunas. Tenía recuerdos en las costillas.  Su odio antiguo le penetró el alma. Pensó en la Negra, china fuerte que le dio siete hijos desde que la trajo de Paysandú. A tiempo la mandó río abajo a casa de los Rosales con los críos. Ella tosía mucho y el Coté, tenía calentura en el cuerpo pequeño. Allá había una “dotora” hábil  que le sacaría el mal de ojos y cualquier maldad del cuerpo. La Virgen de Iratí le sacaría los demonios chicos y con la seca estarían buenos.

¡Cuando él era niño, necesitó la médica de Caá Guazú! Le dio algunos yuyos y le curó la gusanada de las tripas. Le enseñó a mamá vieja a cocer todo y el agua en especial, porque ya venía sucia por el río.

Los carpinchos, ahora, se amontonaban sobre los irupés y los chanchos del monte escapaban por las orillas cenagosas de la rivera. ¡Todo está patas para arriba, que carajo! El sol había desaparecido de las aguas tras los montes. Las ranas y sapos rompían el tibio ronroneo del agua contra la jangada y sus llamados de amor comenzaron a ponerlo nervioso.

Si no llego pronto, me cubre la noche y los yacarés salen de sus madrigueras… nuevamente sintió frío. No había luna, su amiga. De pronto chocó la pértiga con una roca y se quebró. Estaba en apuros. El urutaú gritó entre los árboles advirtiendo que ya había movimientos en el  oleaje. En el recodo vio que había una luz silenciosa y un hombre le hacía señas desde la otra orilla. Era el Ñato Leiva. Se sintió en la gloria. Abocinó los labios y gritó por ayuda. Entre los árboles vio que se acercaban varios compadres en un bote. La ayuda llegó en el momento justo en que un yacaré coleteaba junto a la jangada. Perdió unas cachas para asustar al bicho. Ya sabía cómo le molestarían los gritos de la Negra. No tenían casi nada y perdía ollas y jarros. Un rebencazo y se callaría, pero ella tenía siempre razón. Se secó con el dorso de la manga una lágrima que iracunda se metió en su cara. El chasquido de la cuerda que le tiró el Ñato era su salvación. La apretó entre las manos que ya sangraban por el esfuerzo. El abrazo llegó corto y fuerte. Remaron para la costa y allí, se encontró con la lancha de prefectura. Había un grupo de familias que comían alrededor de un fuego, asado que hacía mucho no comía él. Con el cuchillo en la mano, el prefecto le pasó un buen trozo de carne cocida. Comió en silencio. Desconfiado, puso la carne en un trozo de pan de grasa. Le supo a miel. Una india se le acercó con una jarra de cerveza, la espuma se le quedó coronando la barba crecida. El Ñato le habló en guaraní para que no le entendieran los milicos. Supo que su mujer e hijos estaban bien en la estancia. Pero el agua había llegado hasta el terraplén.

Acomodó la hamaca y se echó a dormir. Mañana si había un mañana, seguiría en el río para encontrar otra vida.

ACEQUIAS SAUCES Y TIEMPO


 

 

Cuida tu acequia tomero, verde descuento de tiempo

venas de agua transparente que fina cabellera  enreda

color  de raíces blancas y rosas de rojo fuego

se deslizan entre el musgo

delfines de nubes prietas

 

Los sauces, espejan verdes, esterillados de ensueños

hamacando entre las ramas, escamas de su silencio.

 

Tomero: ¿dónde ha quedado el clamor de la alameda?

 

Ayer cubriendo la espalda del cerro se fue durmiendo

junto a la sobria hojarasca, crujiente de la alameda

la figura esperanzada de hombre de barro y piedras

oro ha sembrado a su paso, mezclando sudor y cepas.

 

Yo he visto el cielo plomizo en sonrisa,

demorada de tormenta,

he visto cerca al infierno y

la jarilla, derramando flores, de amarillos soles quietos.

Entre las setas y hongos que afloran entre los cielos

el agua pura del cielo, regala viñas de ensueño.

 

¿Tomero dime tu nombre? Mi nombre es tan sólo ¡Espera!

 

Llegará otoño a la tierra y los frutos de las vides

Arrogante en sus taninos, darán color al racimo, que de los parrales cuelgan.

 Vino nuevo en los barriles  añejándose en silencio.

 

Graciela Elda Vespa Schweizer, Mendoza.

 

Y TODO COMENZÓ POR…

 

            La siesta caía como un poncho de metal caliente sobre la tierra. Solo se oía el pasar sostenido del agua por el canal que rodeaba la finca. El rumor de las hojas de los álamos y sauces, que crecían en esa vereda angosta desde donde se podía distraer agua para regar. A las perdidas se escuchaba un ladrido o algún trueno lejano.

            La Filomena, salió corriendo cuando lo divisó. El Tobías, que apenas tenía seis años, se balanceaba con sus patitas chuscas en la orilla de la corriente y salpicado hasta la panza, parecía que ya se deslizaba por el barroso borde y caía al agua. Corrió la mujer, pero tropezó con unas raíces traicioneras y cayó de bruces a la polvorienta senda. El chico se asustó y allá fue aguas abajo y se perdió.

            Filomena pedía a los gritos ayuda, que logró pronto. ¡El Tobías se cayó al zanjón! Salió el Braulio con una zapa buscando el próximo tapón de derivación del agua. Pero allí no lo encontró. ¡Pendejo malcriado! Siguió buscando hasta bien pasada la tarde y nada.

            Ya estaban los vecinos de los alrededores meta buscar y buscar. Salió la luna, que iluminaba poco, pero que daba cierta esperanza. Cuando se escuchó el motor ruidoso de un vehículo. Venía con Tobías hecho un guiñapo de barro, sangre y mocos. ¡Lo encontré en la toma de don Atencio! ¡Estaba medio ahogado!

            A partir de ese día en las siestas, la Filomena, lo metía en el catre con ella. Sudaban como caballos de carga. Pero ella, se dio cuenta que el niño había cambiado.

            No hablaba ni jugaba como antes. Tenía pesadillas y de repente comenzó a no querer andar por entre los árboles o las hileras de viñas. Caminaba con cuidado, apenas pisaba la tierra y se detenía ante la mínima dificultad del sendero. De la caída le había quedado una suave renguera y una cicatriz en el brazo, a causa de una rama o lata que enfrentó en esa carrera desastrosa.

            Llegó el invierno, entonces Braulio lo llevó a la escuela cercana. Entró con él, de la mano, casi arrastrándolo. ¡Tengo miedo, no quiero estar acá! Usted se queda, le guste o no, tenga miedo o no, de aquí sale como todos los “guachos” y yo lo vengo a buscar.

            Otros chicos como él, se apiñaban en un patio de tierra regada y apisonada. Bajo un árbol, unos más avispados, jugaban a algo. Después conoció las canicas o bolitas de vidrio con lo que se entretenían los pibes. Una señora gorda y alegre, los miraba desde la puerta de una cocina. De allí siempre salía un exquisito olor a café con leche o yerbiado, y de vez en cuando aparecían una sopaipillas doradas y crujientes.

            Tobías, se arrepintió de su protesta cuando lo dejó el Braulio. Allí estaba bien, más que bien. Pero… siempre hay un pero. Los de sexto, lo comenzaron a molestar…

¡Eh, “mojarrita” que tal estaba el agua del zanjón? ¿Tuviste miedo? Ahogado, muerto vivo, aparecido, fantasma… y se enojó. Se enojó tanto que traía arañas y hormigas rojas y se las ponía en la ropa o en el pupitre.

            ¡Este chico es muy malo! Ya no son travesuras, ha comenzado a hacer maldades. La directora quiere hablar con la madre. Y llegó la Filomena, asustada ya que nunca había sufrido semejante vergüenza. Su hijo, no era así. Antes casi era un ángel, se lo juro. Pero no escucharon sus defensas. O cambia o se va a otra escuela.

            Al año siguiente, no tuvo banco, no le permitieron entrar. Eso fue peor. Una madrugada, se escapó y llenó de barro el frente del colegio. Esperó a los compañeros y les tiraba bosta del chiquero. Hasta que llamaron a un especialista en pedagogía y sicólogo escolar. El muchacho tiene un profundo enojo. ¿Algo ha pasado en su vida que lo ha trastornado? Y se cayó al zanjón y casi se muere ahogado. Desde ahí cambió mucho.

            Tobías no se atrevía a decir las cosas que le decían los compañeros. Y se fue a la finca medicado. Dormía casi todo el día. Así creció. Ya no era un niño era un adolescente enojado. Ayudaba en la finca pero con tanta soledad hablaba cada día menos.

            Una mañana llegó a la finca una señora muy joven, en su pequeño auto. Bajó y golpeó las manos. Salió Filomena y escuchó con la boca abierta que Tobías había sido elegido para ingresar en un colegio muy bueno que auspiciaba a chicos de campo. Detrás de un portón escuchó el muchacho y recordó los buenos años en la escuela, las sopaipillas calientes y el maestro de fútbol, será un desquite, pensó. Salió y saludó. La mujer lo miró con afecto. Vio al joven que la miraba y en sus ojos vio un brillo especial.

            La vida de Tobías cambió. Llegó a un colegio donde cada chico podía leer cuando quería, el silencio les permitía incluso sentarse a escuchar a los ancianos profesores que con sabiduría les iba dando un abanico de propuestas culturales amplias.

            Cuando regresó a su casa en vacaciones, era el Tobías de antes de caer al agua. Y ahora se atrevió a contar todo lo que él, sentía, lo que había sufrido y lo feliz que estaba ahora. Tenía dos amigos. Los maestros lo estimaban y le daban inspiración para ser creativo. Descubrió lo cansada que estaba su madre. Filomena, había cumplido apenas cuarenta y cinco años, pero parecía tener el doble.

            ¡Madre, ya termine de trabajar en la finca! Venda y venga cerca de donde yo estudio. La madre lo miró y le dijo: “No, hijo, es inminente que yo te deje solo”. Me han detectado un tumor en la columna y sabe Dios si puedan curarme. Lloraron abrazados. Yo la voy a curar. Esa noche quiso dormir junto a la cama de su madre. Miró la luna y recordó la noche en que lo encontraron en la Toma de Atencio. ¡Una luna desdibujada por nubes de suave tela de arañas! Apenas iluminaba y como en aquella oportunidad le habló desde el corazón. ¡Luna bella, dame tiempo para estudiar lo que cure a mi madre! Y se durmió tranquilo. Sabía que si una vez lo había escuchado, cuando era niño y las aguas turbias lo querían tragar, ahora lo escucharía.

            Pasaron meses. Sus instructores acopiaron notas y libros, asistieron a simposium y charlas. Ellos traían novedades que acrecentaban la posibilidad de salvar a Filomena.

            Pero la vida es dura y la enfermedad indómita. Ella los abandonó. Su cuerpo sirvió para que otros afortunados aprendieran sobre ese mal. Y Tobías, es hoy un afamado especialista en tumores de columna. Y de noche sueña que va con su madre por las aguas claras de un canal alrededor de la finca.

CENIZAS EN LA NIEVE

 


 

El frío calaba los huesos, así decía mi padre cuando nos hablaba del abuelo. Él, había recopilado todos papeles y fotografías de esa época nefasta. Le decía "seide", que es igual a decirle abuelo. Pero siempre en su memoria había un dejo de amargura y hasta te diría odio. Pero la tía Rebeca, lo tranquilizaba. ¿Te acordás de la tía Rebeca? Era un "papagayo" la pobre. Su voz aflautada y su permanente inmiscuirse en la vida de la familia. Pero las había pasado todas, la vieja. ¡Dos guerras infames!

Papá, se dedicó a reconstruir ese tiempo, a buscar a los que pudieran quedar vivos en el mundo con el apellido del abuelo. Encontró unos en Hungría, pero eran lejanísimos. Vivían en un pueblito lejos de Budapest y se dedicaban a las pieles. Eran de esos peleteros que todavía trabajaban con pieles de verdad: zorro, marmota, visón y hasta de oso. Ahora estarían presos por esto de la ecología y los derechos de los animales.

Lo que pasa, Wanda, es que los tiempos cambian. Sin embargo en Europa, sigue haciendo frío, muchísimo frío. Se congelan los caminos, las calles, las veredas. Todo, hasta los ríos y lagos. Acá los inviernos son tan suaves que parecen veranitos frescos. Por eso papá, se acordaba de la cantinela del "seide". ¡Allá, hijo, se nos enfriaban hasta los sesos! El campo se transformaba en una enorme planicie de hielo. Allí, contaba que patinaban. Hasta el fatídico día que llegaron los nazis. ¡Se los llevaron a todos! Él, tenía apenas seis años. Y lo separaron de sus hermanos y de su madre. Al padre lo habían llevado a trabajar. A él, lo marcaron con un número en el brazo. Lo mostraba para que nadie se olvidara que había estado en un campo.

Recordaba que una semana después de unos bombardeos, el cielo se cubrió de cenizas y la nieve parecía moteada por diferentes colores. ¡El frío le calaba los huesos! El hambre los dejaba exhaustos y ya no se quejaban para que les dieran una ración de sopa de patatas y un pequeño pan. ¡Se peleaban! A veces hasta recibían palizas de los cuidadores que eran judíos como ellos, como nosotros.

Ves Wanda, porqué te digo que no podés renegar de tu vida. Acá, cuando la Cruz Roja los trajo, encontraron mucha ayuda. Pudieron crecer con natural simpleza. Vos, muchacha no conoces de hambre, ni del dolor de las armas, ni de ver que se llevan a tu familia. Y hasta eres amiga de una chica cristiana, sin problemas. Nadie te discrimina. Pudimos estudiar, casarnos, tener un negocio próspero. ¡Sí, es pequeño, pero de allí comieron todos!

El más afortunado fue el tío Marcos, el esposo de Rebeca, ese hasta pudo ir a Israel a conocer la patria de nuestros ancestros. Allá, se encontró con las raíces, con la historia y volvió cambiado. Le contaba a todos los vecinos maravillas. Por eso Wanda, dejá de llorar y hacé las paces con la vida. Y ese número que tenía tatuado el "seide" y que vos te acabás de tatuar sea para alegría, no para tristeza.

Allí vienen tus amigos, andá y disfrutá de este país que recogió a tu bisabuelo y a tantos que como él, pudieron sobrevivir a la muerte. Mirá qué linda estás con ese vestido de fiesta, parecés una actriz de cine... sí, ya sé que soy un anticuado, pero sabés, me siento orgulloso de la familia que tengo.

LOS INSULTOS

 


 

Estoy harto de escucharte los insultos por eso me voy, dije enojado. Tu manera de expresar la ira es inaceptable. Miro a mi alrededor y sólo escucho frases hirientes e inoportunas. Parece que un demonio ha penetrado tu corazón. Sigue así y perderás a todos tus seres queridos, nadie te respetará y serás el hazme reír de tus compañeros. El profesor de gimnasia seguía hablando sin dejarme decir, que me habían robado todo el equipo de fútbol que le costó dos sueldos a mi abuelo. Era muy injusto. Los chicos se reían y cuchicheaban dándose codazos.

Yo tenía ganas de llorar, pero si me veían así, sería peor. Elpidio me hizo un guiño, él sabía dónde lo habían escondido. Yo encima me enfurecí más y me le fui. Le dejé un ojo morado. Entonces de las palabras a las sanciones, me echaron del club.

Cuando salía del gimnasio, sobre el cesto de los desperdicios de la cantina, encontré mi equipo y un cartel que decía: “Feliz día del Inocente” Tus amigos de la 5ª y detrás todos aplaudían a rabiar.

jueves, 8 de octubre de 2026

ENVIDIOSA


 

Etelvina buscaba afanosa un puesto que la acercara a su barrio. Ese rincón amable donde había podido llevar a vivir a su padre anciano. Su madre, aun joven para esa época, no tenía fuerzas para levantarlo de la silla, bañarlo y ayudarlo a comer. ¡Un A.C.V. era lo que lo dejó así al dejar su amado trabajo.

El nuevo gobierno cerró los talleres de fabricación de vagones y maquinaria de ferrocarril. Se quedó sin esa dignidad de ser obrero responsable y laborioso.

Se presentó a una escuela a pocas cuadras de la casa. Una escuela pública donde asistían niños de la barriada aledaña. Conoció a su nueva directora. Una mujer muy pulcra, bien arreglada y llena de sortijas. La recepción no fue ni amable ni dura. Etelvina, venía de una escuelita de campo, donde los chicos eran los que ayudaban en las tareas de la cría de ganado caprino, cosechaban a la par de sus padres y jugaban con pelotas de trapo.

Le indicaron un grupo de edad intermedia, entre los nueve y once años. Venían muchos con sus madres o padres en auto o en bicicleta. Eran muy despiertos y se manejaban con seguridad y altanería.

A poco de llegar, Etelvina por un concurso de creatividad docente, fue nombrada la maestra del año. Y ahí se complicó la historia. No solo cuando salió en el periódico local, sino que le hicieron algunas entrevistas en radio y televisión; cosa que la directora y sus colegas, aclaro, algunas, se molestaron mucho. Comenzó una guerra. Claro sin balas de cañón no bombas aéreas. Eran desplantes, desafortunadas incriminaciones y “soto voche”, habladurías que la hicieron sufrir.

No estaba acostumbrada. Su lealtad a la docencia, le impedía darse por aludida a ciertos desenfados e histerias. Cuando tenía que descansar le obligaban a hacer tareas extras, o bien la cargaban de papelería que con su dedicación le llevaba mucho tiempo.

Los meses pasaban y cada día era un sufrimiento mayúsculo para ella que era simple y transparente en su accionar. Los chicos para más, se encariñaron muchísimo por su carácter y motivación. Les llevaba tareas originales, divertidas y ejemplares. Leían con gusto y redactaban cuentos y narraciones como nunca lo habían hecho.

Fue horrible una tarde que la directora, delante de los alumnos la maltrató. Los niños estaban asustados y muchos lloraban. Al día siguiente varios padres se presentaron y pusieron quejas, que solo sirvieron para que la directora les contestara muy mal.

Se hizo una reunión y se tomó una decisión, la querían a Etelvina de directora. Los gritos de la mujer, se escuchaban desde la calle. Llegó a decir palabras impronunciables.

La solución la encontró un padre: “Iremos a la televisión” y allá fueron.

En todos los medios aparecía el tema. Los protagonistas de esa larga “novela” de terror, motivó a la superioridad a hacer cambios.

Cuando le preguntaron a la directora el porqué; dijo: “No puede ser más lista que yo” y además me debe obedecer y callar. Etelvina encontró una solución rápidamente. Regresó a su vieja escuela de campo y se mudó con su padre y su madre. La vida continuó hasta que un buen día la vinieron a buscar los padres del otro colegio: “Señorita Etelvina, vuelva, nosotros queremos que sea usted quien instruya y nos ayude a educar a nuestros hijos”.

Cuando volvió a la clase se sorprendió por el coro de placer en palabras que hicieron los alumnos. Entonces aprovechó para darles un consejo: “Niños, cada persona tiene un don diferente, nunca se sientan ni mejor, ni peor que otro compañero o persona. Verán que al que le guste la música, le cuesta la lectura; al que le es fácil la matemática es duro en gimnasia y así por ser cada uno distinto, serán mejores en lo que sus dones recibidos les depara la vida”. Un aplauso ruidoso de padres y colegas, de niños y abuelos llenó el patio del edificio escolar.