jueves, 2 de julio de 2026

INFIDELIDAD INDEMOSTRABLE


            El chirrido agudo ingresó al cerebro. Un afilado estilete acerado penetraba en la conciencia cegándolo y lo hacía entrar en un mundo de algodón color rojo. Recordó la figura de Estela pidiéndole que no olvidara... Silencio. Soledad. Luego la nada.

            Una pequeña multitud arremolinada trataba de contener a los niños curiosos que se asomaban entre las piernas de los mirones. El accidente había ocurrido frente a una escuela de párvulos. La ambulancia llegó, con dificultad y ayuda de los bomberos extrajeron el cuerpo de un hombre joven de entre las chapas retorcidas. ¡Un accidente como todos los cotidianos!  

            El celular de Estela sonó con frecuencia. Ella estaba dando una conferencia en la facultad y no podía atender. Lo dejó en espera. Ernesto ¿se habrá olvidado de ir al médico para retirar unos estudios de factibilidad? Los aplausos y breves preguntas le parecieron normales. Al erguirse observó que en la puerta del auditorium, un oficial de policía hablaba con una de las secretarias. La señalaba. Se acercó. El rostro de Dulce, su ayudante de cátedra era fatal. Martina, su secretaria le pidió que fuera hasta la oficina del decano. Allí le comunicaron el suceso.

            Llegó rápido al sanatorio. Un médico desconocido la tomó del brazo y la introdujo en una pequeña sala. Ahí, a través de unos cristales pudo ver, entre cables y máquinas la figura de Ernesto. Muerte cerebral. Coma profundo. Palabras que le sonaron a metrallas, guerra, atentado. Cayó en un total mutismo. No tenía palabras, sólo lágrimas.

            Pasó días, semanas y meses en un estado de inoperancia catatónica. Sentada en el piso junto a la cama del marido... ¿Marido? No, muerto en vida... observaba inmutable el hilo sinusoide del ritmo cardíaco. El respirador monótono mantenía el flujo de oxígeno en el cuerpo. Sus signos vitales eran propios de un hombre de 38 años, sano hasta el momento del hecho. En el receptáculo entraban y salían toda clase de especialistas y enfermeros, cada uno le realizaba tareas delicadas para mantener el cuerpo vivo.

            Una tarde de invierno, ya habían pasado siete meses, entró una joven y comenzó a hacerle preguntas. Era sicóloga. Preguntó por los hijos... ¿Hijos...? Ellos no habían querido tener niños hasta no tener ciertos “bienes materiales acorde a su estatus” y la libertad...y poder disfrutar de...viajes, teatro.... Pensó en lo inútil de los ideales.

            Ahora estaba sola. Él ya no podía darle un hijo. La charla se prolongó un tiempo corto. Pero la idea del hijo quedó flotando en la conciencia. Estela pensó en su estúpido egoísmo. ¡Necesitaba un hijo para poder sobrevivir a tamaño dolor! Así, sólo así, lograría superar ese sentimiento de culpa y vacío.

            Varios médicos la miraron con sorpresa y desestimaron su interrogatorio.

 

             Comenzó una búsqueda urgente. Habló con especialistas que dieron algunas alternativas. Un día entró un joven médico residente extranjero. Le contó su historia y él le sugirió...una inseminación “in Vitro” con posibilidad de tener el ansiado retoño.

            ¿Qué tenía que hacer? ¿De dónde extraer los espermatozoides? ¿Podían extraerle a Ernesto? Así se formó un pequeño complot. A los veinte días ya tenían material. Le sacaron, luego de ayudarle con hormonas, cinco óvulos. Estela se preparaba para una aventura increíble.

            ¡El tratamiento era un triunfo de la ciencia! Dos embriones estaban en el útero bien ubicados. Se desarrollaban perfectamente. El vientre comenzaba a abultarse.

            De Francia había llegado un especialista a dar unas conferencias y un amigo común le pidió que revisara la historia clínica y a Ernesto. Le suministró una nueva droga experimental y aconsejó unas pruebas de vibrato acústico. El resultado fue revolucionario.

            De entre una nube comenzó a ver pequeños objetos. Sintió ruidos, voces y palabras que le llegaban al cerebro aumentadas cien veces. No podía hablar. No podía decirles que entendía todo. Se esforzaba por hacer algún movimiento para que entendieran que había vuelto. No sabía de dónde. No sabía qué le había pasado. Sacó algunas conclusiones de lo que hablaban a su alrededor. Un accidente terrible. Muerte cerebral. ¡Él estaba allí, vivo, comprendía!

            Las máquinas dieron muestras de su mejoría. Comenzaron nuevos tratamientos. Comenzó a tener reflejos y algunos movimientos de párpados y en los dedos. Respondía al dolor, al calor y al frío.

            Estela, mientras tanto, sintió que había llegado el momento del parto. Sola, con Dulce y Martina sus secretarias académicas que la acompañaban, entró a la sala de parto. Luego que se produjo el nacimiento de una beba y un varón, ella sintió una enorme euforia. Era madre y Ernesto padre.  Los chicos sanos, hermosos y producto de biotecnología. ¡Una gran novedad en ese momento! Se silenció el origen ante los medios, para proteger a los niños. Y a los padres. Era un verdadero éxito.

            ¡Es un milagro, sin duda es un milagro, dijo el equipo de médicos! Ernesto ahora hablaba. Tenía total conciencia y dominio de voluntad. Pero quedaba un largo trabajo de motricidad para recuperarlo totalmente.

            La llegada de Estela al pabellón donde se trabajaba con el cuerpo del esposo fue acompañada de una actitud inesperada.

            Ernesto no quería hablar con ella. En lugar del marido, apareció un abogado que le presentó una demanda de divorcio. Ella había sido infiel. La concepción de dos niños en su etapa de muerte cerebral era la causa. Ernesto y Delicia no eran producto del amor. No tuvo él la posibilidad de engendrarlos, no eran hijos de un acto voluntario.

            El juicio fue muy difundido y publicitado. Los niños amparados por leyes de protección al menor pasaron a las manos de un familiar. El juez, frente a un tema ético tan conflictivo se juntó con grupos de jurisconsultos a deliberar...Estela está esperando la sentencia.

  

¿QUIÉN PODÍA EXTRAÑAR EL BESO DE LA LUNA?

  

Y fue en la noche

que cayó una lágrima sedienta de simpleza

cuando un murmullo de acequia adormecía

el suelo y

la canción trataba de soltarse.

Nadie escuchó la caída desde el sueño.

¿Quién podía extrañar el beso de la luna?

Si en cada estribo de sus besos

queda una astilla que se arquea hacia lo

infinito del silencio.

Una lágrima

cayó sobre el corazón alterado de tristeza

y allí

creció con un dolor plateado

con pétalos de ámbar

fue

un dolor nuevo, noble, saturado

de perfume a violetas

cargado de prestigio

solidario con estrellas dormidas.

Un dolor

que se agitó sorprendido

con los sueños aciagos y

mañana

tal vez mañana, frutecerán las manos

dejará que crezca un mundo de arlequines

arropados saltarines de colores vistosos

carcajadas de niño, esperanza.

Ahora cierra la noche una guiñada fresca entre las nubes.

Ahí te escondes

con cada párpado cerrado de la luna.

 

Y LLEGÓ AL JUZGADO

 

            En Mayo nació Adela, tierna bebé de dos kilogramos y con un hermoso cabello oscuro. Comenzaba el frío de otoño en las afueras de Valle de Los Cóndores. Los caminos se llenaron de hojas de álamo que crujían como el corazón de Marga.

            Terminada la cosecha se tenían que ir y el patrón les pedía todos los días la casa, que si bien era de adobe y techo de caña, era un refugio para el Juan y su pequeño hijo. Había cumplido dos años en octubre pasado y caminaba y ya no necesitaba pañales como Adela. Terminada la melesca, no quedaba nada por qué quedarse.

            El Juan, para colmos lo prepoteó al patrón y siendo hombre duro, los echó como a perros sarnosos. Llegaron a la casa de la madre de Marga y les puso mala cara, claro ya tenían los problemas de todos, muchos chicos y poca plata. Su padre estaba haciendo una obra en Chile y regresaría en verano. Para colmos un sismo movió algunas paredes y se cayó medio techo de chapa. El Juan arregló  como pudo, pero sin habilidad quedó muy flojo y con el viento se movía y silbaba.

            Un día fueron a buscar trabajo y volvieron con menos de lo que llevaron, les habían robado la mochila en el micro. La madre gritó y los echó. ¡No quiero que vengan a traerme más deudas y problemas!

            La Marga salió caminando con lo poco que le quedaba de ropa del nene y de ella; Juan llevaba un bulto con sus herramientas y el bebé que lloraba. ¡De hambre, Juan, lloran de hambre los chicos! ¿Y vos que te creís que io no tengo? Yo no tengo la culpa. Io tampoco Marga, no necesitábamos otro crío. Lo tirabas como hacen las perras y listo. Se dice aborto, Juan, pero es un hijo. ¿Y qué? ¡Matarías un hijo, guacho de mierda? Si no me queda otra…

            Llegó la noche y se cobijaron en la puerta de una iglesia entre las columnas y la entrada. Se dieron calor con sus cuerpos flacos. Gracias a Dios la Marga podía darles teta. De adentro escucharon las voces y6 salió un  cura viejo, les ofreció comida y un cuartito atrás por esa noche.

            ¡La gente es muy mala, dirán que yo hago cosas malas, por eso no los puedo tener mucho tiempo! ¿Cómo se llaman los niños? ¿Están acristianados? Bueno mañana en la mañana los acristianamos y hablaré con amigos para darles cobijo. Buenas noches padre. ¡Buenas noches hijos!

            Pasaron unos días y nada, así es la gente, habla mucho pero no se conmueve. ¡Todo el contorno al Valle está muy pobre, buscaremos en la ciudad! Y apareció Don Eugenio Rojas, dueño de una aceitera que le dio trabajo al Juan y un techo, por sólo unos meses, los del invierno. Así pasó el frío y un día Don Rojas se acercó a la Marga y le hizo una propuesta. Deshonesta y sucia. Ella se quiso morir. Salieron como toros picaneados en el brete. ¿Adónde ir?

            Caminaron dos días por las fincas vecinas. Nada, no conseguían nada. El Juan hacía pozos, cortaba leña, podaba o regaba por unas monedas. Se cobijaban bajo una enramada que hicieron en un terreno inculto.

            El cura los buscaba y ellos se escondían, porque el Juan escuchó en el almacén que el viejo Rojas los había denunciado  por robo. Ellos no se habían llevado nada. Pero tenían tanto miedo que trataron de juntar para irse de la zona.

            Un día desesperada Marga se fue a la capilla y allí encontró al anciano y habló, le contó todo lo que había pasado. El sacerdote  triste le dio unos pesos y le dio un papel con una dirección en la ciudad más cercana.

            Allá fueron. Caminaron tres horas y un camionero los acercó un largo trecho. Luego buscaron la dirección del papel. Marga sabía leer, Juan era analfabeto.

            Los recibió una mujer mayor. Observó a la muchacha y al marido. ¡Lástima que tienen dos críos, no entran en la piecita del fondo! Y trabajo no tengo. Bueno algunas cosas puedo darles por ahora. Se quedaron. Apretados en un hogar tan chico que casi no podían moverse. ¡Ellos acostumbrados al campo, a los viñedos y a los olivares! Pero es duro decir que no hay muchas almas dispuestas a amparar a extraños.

            Discutían todos los días, peleaban por cualquier cosa y él, le echaba en cara no haber abortado a la Adelita. Ya tenía ocho meses… y pedía comida. Entonces Doña Juana le dijo como al pasar que la dieran en adopción. ¿Qué es eso? Y Darla en el juzgado para que la gente con plata que no puede tener hijos sean los padres nuevos…

            Marga llora toda la noche, todo el día y le pregunta si es capaz de hacer eso y el Juan le responde: ¡Sí, así será más fácil! Salió dando un portazo.

            Ella busca en la plaza en cada edificio grande la palabra juzgado. Se detiene en los escalones y regresa a la casa. ¿Quién quiere quitarme mi hija y si me sacan el nene?

            Cuando regresa el hombre, viene encopado. ¿No diste la pendeja? No hijo de puta, no. No, es nuestra hija. Andate borracho, mal nacido. Y espera un cambio que no llega.

            Entonces un día se levanta, con mucha ceremonia baña a Adela. Le pone el mejor vestido y la peina bien bonita. Sale con su otro hijo en brazos lleva a ambos. Llega la juzgado. Sube las escaleras como si fuera la entrada al infierno y entra a una sala donde un grupo de personas hablan, ríen o lloran, como ella.

-          ¿Señora, en que puedo servirla?

-          Vengo a dejarle mi hija. La entrego porque no puedo tenerla.

-          ¡Perdón, me está diciendo que la beba es…!

-          Para alguien que pueda y le de lo que yo no puedo. Un techo, educación, la vista bien. ¡Amor le sobra y pienso que también la querrán como la quiero yo!

-          ¿Está segura? Mire que es para siempre nunca sabrá dónde está y no sabrá quién la tiene. ¿Lo pensó bien?

-          ¡Tanto, que ya no tengo fuerzas! ¡Si me quitan al nene me voy. Los dos no puedo ni quiero darlos!   

-          No, claro, ya llamo al juez, siéntese por favor.

-          Gracias. Quieto hijo. Le doy por última vez la teta.

-          Señora pase, por favor.

-          ¿Nombre suyo? ¿Documento y residencia? Bueno, no me mire así, soy simplemente empleado en el juzgado, no soy nada suyo. Nos soy un ángel de la guarda.

-          Mi hija se llama Adela y yo Margarita Vergara, mi marido se llama Juan Sosa. Y el nene…

-          ¿El padre está de acuerdo que entregue la niña?

-          El me manda, no consigue casa y trabajo con dos chicos, nadie acepta una familia grande. Nadie nos quiere.

-          ¿Nombre y edad del padre? ¿Dirección?

-          La calle. Juan Sosa, analfabeto, obrero de changas sin oficio. Tiene veintitrés años.

-          ¿Usted lee y escribe?

-          Llegué a sexto grado en Los Portillos Viejos. Tengo dieciocho años. Vivo en la calle.

-          Bueno, acá viene el Juez.

-          Buenos días, señora, ¿esta es la niña?

-          Si. Adela mi hija de ocho meses, bueno pronto cumple los nueve y ya está bautizada por un cura.

-          ¿Está segura de lo que va a hacer?

-          No tengo otra cosa. Si me quitan al nene me los llevo a los dos. ¡Son mis bebés y los amo!

-          Se nota que están bien alimentados y sanos. ¿Está segura? ¿Entiende lo que va a suceder?

-          No puedo llorar más. No tengo adónde ir, con uno me dan techo y con dos… nada.

            -   Secretario reciba  los datos de la niña. Disculpe… me retiro. El juez sale   llorando disimuladamente.  ¡Pensar que mi mujer nunca pudo darme un hijo! Y entra en otra sala donde dos vecinos pelean por el agua de un canal que comparten.

Afuera el sol comienza a entibiar las calles y brotan los árboles porque comienza la primavera en el Valle de Los Cóndores. Todo volverá a ser igual. Regresarán los cosechadores y se llenarán las casas de bullicio y risas.

Marga y Juan ya no son los mismos y ella lo ha echado del catre.

 

JUNTO A LA ACERA DE SOL

 

            Marleni corre por la vereda. Su risa es un carillón de alegría. En su mano izquierda surge la muñeca de ojos de porcelana y boca de dientes pequeñitos como los de una ratita de juguete que le trajeron los Reyes en casa de su madrina Perla. No puede ir más allá de esa acera donde alumbra el sol y siempre acompañada de la abuela.

            Espera a su mamá que viene en el micro del trabajo. En casa está la abuela diana haciendo magia con las cacerolas. Compró temprano en la feria un conejo (qué asco) que algún cazador consiguió para mitigar el hambre de su propia familia.

            El perfume a hierbas del jardín de su casa le penetra en la pancita y los pulmones dormitan recuerdos del domingo en que se juntaron en el patio con la madrina a festejar el final de las lluvias. Ya no hay barro en la calle y el sol calienta la acera. Su papá se fue hace muchos años, ella ya ni se acuerda como era. A veces sueña que un señor de cabeza grande se acerca sonriendo y la besa; pero su abuela le asegura que no puede ser el papá porque era de porte menudo. ¡No importa, ella sueña igual!

            Una noche que vino su madrina, escuchó que hablaba con su mami y ella lloraba. Le dio mucho miedo. ¿Y si su mamá se enfermaba? ¿Y si se iba como su papá? bueno estaría la abuela, que siempre renegaba porque Marleni dejaba los juguetes tirados por el pasillo o en el comedor. De noche creía ver un monstruo terrorífico en la ventana. Quería dormir con su mamá como cuando era más pequeña, pero no le permitía. El doctor dice que no es saludable.

            Tapada hasta la cabeza, se ahogaba, pero firme se quedaba en la cama. Incluso cuando había tormenta, sólo la dejaban ir a la cama de la abuela con los temblores. La pobre le tenía terror y allí sí se peleaba con su mamá. Por tu culpa me tuve que venir de Santa Fe, allí estaba segura, no se movía la tierra.

            Mamá, vos sabés que si no ya me hubiera matado… decía la mami y se ponía a llorar. La abuela se metía en la pieza y no aparecía hasta el día siguiente.

            Hoy llegó un policía con unos papeles y mami comenzó a tiritar, tenía mucho frío seguro. Salió corriendo hacia la cocina y le mostró a mi abu. Se abrazaron y lloraron juntas y reían juntas. ¿Mami qué pasó?

            Me abrazó tan fuerte que casi me ahogó. ¡Gracias a Dios y no se a qué santo, tu padre ha muerto! No entendí nada.

            Vino mi madrina y así me enteré. Mi papá era malo, quiso matarme a mí antes de nacer y como no pudo le prendió fuego a la casa de mi abuela allá en Santa Fe y en la cárcel, lo habían matado otros hombres malos.

            A partir de hoy podemos ir a jugar a cualquier plaza, viajar a santa fe y podremos juntarnos con tíos y primos. ¡Gracias mamá, le dijo a la abuela! y esta noche hicieron un pollo al horno con papas fritas y abrieron una botella de algo llamado champagne. Yo por las dudas esta noche trato de dormir con mamá, le tengo miedo a los fantasmas.

 

 

 

LAUCHA

 

Camina. Camina y camina siempre camina. Es la forma de escapar. “Laucha” le dicen los pibes de la Villa, porque siempre logra “zafar” de la cana. No sabe bien cuántos años tiene, pero dice que es grande y que desde que nació consigue la “merca” para su vieja. Primero pedía en el andén a orilla de los trenes, luego vio cómo robaban unos pibes y comenzó con pequeños robos que alcanzaban apenas para un porro o una pastilla. Después arrebató carteras, celulares y cuanto bulto pensaba que podía cambiar por droga para su mamá.

Siempre se escapaba como una verdadera laucha y cuando llegaba a la puerta de la casilla, si la madre no lo dejaba entrar se iba al refugio junto al “Jeringa” que si estaba limpio lo protegía. Cuando estaba volado, ni lo conocía, pero siempre pudo evitar que lo manosearan los pungas y degenerados. A veces bajaba a la calle grande y miraba pasar los coches con gente hermosa. Una vez en un semáforo, vio al goleador del equipo puntero. ¡Qué aire de tipo canchero! ¡Era un ganador, se le notaba!

Laucha caminaba y caminaba todo el día. Un día pasó por una verdulería: “DON BEPPO” y un tipo gordo y de piel roja de tanto hacer fuerza, lo llamó. Se asustó pero le ofreció una manzana, que se comió después de limpiarla con la camiseta. Le habló con unas palabras medio “cocoliche”, no se le entendía bien. Salió corriendo, pensó que “Jeringa” un día que estaba sano, le contó de tipos que quería hacerle “cosas y manosear a los chicos” y el hombrote ese le dijo: Volvé cuando tengas hambre. Y detrás una vieja gorda le mostró una sonrisa hermosa.

Se animó y pasó dos días después. Le dieron banana y naranja, que sacaron del mejor cajón y allí lo vio. Era un pibe de quién sabe cuántos años atado a una silla de bebé, más grande, que babeaba y gesticulaba como medio loco. ¡Era el hijo! Laucha lo miró con asco. Los mocos se le salían y la vieja lo limpiaba como si fuera un tesoro de cartel. Eran de otro país seguro, porque no hablaban bien y el no le entendía lo que hablaba. Buscó en la Villa que Chicho le explicara. Estaba borracho y no le entendió. Buscó a la “Gata” y ella le dijo que seguro que era un chico tonto de nacimiento, que no era malo y que no tuviera miedo. Y no lo tuvo más.

La madre del Laucha un día desapareció de la casilla.  Primero no supo qué hacer, pero no le contó a nadie. ¡Por comida…, seguía sacando lo que podía de los tachos frente a los boliches, no se hacía problema por quedarse solo! Total su mamá vivía en la “catrera” volada o con algún tipo que le daba merca. Salía igual a caminar pero ya no necesitaba robar. Comenzó a ayudar al gordo de la verdulería y hasta lo hicieron bañar con agua caliente y le dieron ropa limpia.

Todos los días volvía a la Villa para que nadie lo mandara con las asistentes que vivían jodiendo. Él no quería ir a un asilo, prefería estar así. Seguía caminando horas cada día hasta llegar a DON  BEPPO.

En una de esas caminatas, en un basural junto a las vías vio una bolsa de plástico negro que estaba tirada y se movía. Seguro un pobre gato o perro. La gente tira a los bichos que no quiere criar, como a mí. Cuando la abrió descubrió un bebé. Le miró la “cosita” y era hembrita. ¿La puta qué hago? La llevo a Don Beppo. Y envolvió el bultito y salió corriendo. Cuando llegó, casi sin aire, la “mamma”, le recibió el paquete y casi se desmaya. “Ma cuesta è una bambina nata oggi” y salieron en la chata al hospital. Allí la recibieron unos tipos con ropa verde clara y guantes de goma. Los viejos lloraban y se abrazaban como si Laucha les hubiera regalado un ángel. La revisaron y la dejaron “en observación”. ¿Nombre? ¿Cómo querés que se llame? ¡Qué se yo! ¿Ti piace Miracolo? ¿Qué? Milagro. Bueno. ¿Y ahora me van a llevar preso? No, vos la salvaste de morir. ¡Sos un héroe! Y Laucha sonrió y bailó como nunca había reído y bailado. Él un héroe.

 

 

AFUERA HACE MUCHO FRÍO

 

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                                                        Hacia fierros, hasta sus músculos parecían bronce o piedra. Sabía que era súper “macho”, un metro ochenta y seis, con su cuerpo bien formado. Rostro armónico, cabello oscuro, ojos verdes. Estaba seguro que si lo hubieran invitado para ser modelo lograría ser famoso,  pero él era muy hombre para ese tipo de cosas. Sus compañeras de oficina le hacían todo tipo de invitaciones. Incluso las casadas. ¡Que minas locas!  Él era el que conquistaba.

                                                        Un día que cambió de horario en el gimnasio, conoció a  Regina, una mujer poco agraciada pero de un espíritu maravilloso y pasó lo inusitado: se enamoró. Ella era solitaria, inteligente y alegre.

                                                                   La vida comenzó a ser un privilegio: viajes, cenas en lugares mágicos, paseos a lugares novedosos. Pero un día pasó lo inesperado. Apareció el ex marido de Regina que sacó un arma y desrajó un balazo en el rostro bellísimo del muchacho.

                                                                   Ella lo amó hasta hacer que el hombre se transformara en un niño, el amor estrechó su vida hasta ahogar la esperanza.

                                   

lunes, 29 de junio de 2026

NATALIO

 Al final comenzó a caminar por la orilla de la carretera sin rumbo fijo. Deseaba cumplir un sueño. Si se alejaba de ese mundo pequeño que lo apretaba a la tierra árida y polvorienta que rodaba la vieja casona, solo lograría terminar como todos los muchachos que vivían en los alrededores. Viejo a los treinta años y con dolores en todo el cuerpo por estar siempre resolviendo tareas duras y pesadas. Ya comenzaba a salir el sol. A lo lejos, se veía un camino menos descuidado. Tal vez, por allí pasaría algún camión o autobús que lo acercara al pueblo.

Él, había soñado de chico con ser otra cosa, no un simple trabajador del campo a destajo. Soñaba con ser un deportista y dar de sí, todo. Todo su cuerpo y su alma era como un ave migratoria que buscaba el camino al futuro. Tenía quince años y le quedaba poco tiempo para cumplir sus ilusiones. Su calzado le regalaba dolor a los pies cansados, tenía unos viejos botines que le regalaron en la escuelita de Villa Isondú. El maestro, al ver que caminaba en "patas", se conmovió y le regaló las botas que cuando llegaron a sus manos, fue como si del cielo se desprendieran guijarros de oro puro. ¡Eran hermosos! De color rojo y azul y tenían suela gruesa y suave, que le daban alas a sus pies cansados. Creció y se fueron ensuciando y gastando como su sueño infantil. Pero ahora, caminaba para encontrar la salida de la tristeza.

Su padre enfermo, yacía en una extraña locura donde su infierno personal, no le permitía ni tan siquiera, reconocer a los muchachos, los hijos. Su madre… una mujer que fue perdiendo hasta las ganas de desplazarse por la tierra y los ladrillos que servían de piso en la casa. La casa se iba deshaciendo de a poco. Era como su madre y su padre. Ellos, se iban desfigurando, para transformarse en fantasmas vivientes.

Anteayer su madre, se aferró al respaldo del lecho del viejo y se desplomó. Un grito gutural salió de su triste garganta seca. Las hermanas de Natalio, la lavaron, le pusieron el único vestido decente que tenía y llamaron a don Miguel, el patrón que se encargó de llevarla al camposanto. Y así descubrió la puerta a su desesperación, se iba en busca de otra vida. No quería esa. Los otros, se harían cargo de su padre y de la tierra. Él, voló como ave solitaria.

Una chata del campo de don Arturo, un vecino, lo recogió en el camino y lo llevó al pueblo. Allí subió al autobús y se fue a la gran ciudad. Cuando descendió, sus ojos se opacaron al ver la miseria humana que lo rodeaba. No se asustó, pero se previno, sacó con cuatro palabrotas a los que le pedían dinero, ropa y un sin fin de cosas. Él, llevaba anotado el lugar donde su patrón le había aconsejado. Era un asilo de la Cruz Roja, "gente buena y de confianza", le había dicho. Te lo mereces, Natalio, pero cuídate.

Tomó un micro pequeño, que lo dejó casi en la puerta. Era un edificio antiguo, pero impecable. Se detuvo un instante, respiro profundo y tocó la puerta que crujió cuando la abrieron. Un hombrecillo calvo, con gafas gruesas y desdentado, leo recibió con una amplia sonrisa. Ingresó al mundo nuevo, al que lo llevaría a lo que hoy es su hermosa vida; vida que le permitió ayudar a su padre y hermanos.

De esa casona, lo acompañaron al Club, allí lo esperaban porque don Miguel, había hablado con el presidente de la institución sobre lo que Natalio era: "Ese muchacho, es un diamante en bruto". Y sí, comenzaron por hacerle estudios médicos, le cambiaron la dieta, le dieron rutinas de gimnasio y aprendió ciento de estrategias deportivas. Ya pasado los dos años con diecisiete años, era un diamante semi pulido, le faltaba poco para ser el "crac" que estaba escrito en su destino.

Su vida cambió tanto que estaba irreconocible, pero siempre humilde y soñador. Natalio, comenzó a pasar de ser un pajarillo de campo a un águila dorada… su cuerpo y alma se habían conjugado con esa estrella que solamente tienen algunos privilegiados.

Su sueño se cumplía justo cuando una noche su hermana Remedios, le avisó que su padre había partido al otro mundo, a ese desconocido de la muerte. No pudo llorar, pero salió al campo de juego con la esperanza de demostrar que cuando se quiere lograr algo, esto con trabajo y esfuerzo, se le entrega en la mano.

Hoy Natalio es un líder y el mundo lo ama.