viernes, 13 de marzo de 2026

LA CABAÑA

  

Todos miran con sorpresa hacia el estanque

 

Fragilidad del sol de terciopelo

que derrama perfume inquieto

hongos     tierra    silencio    rosas     viento

 

La tarde se instala tras la nieve y

un frío sopor siestero se mezcla con el rumor

de los álamos que caen trashumantes

Otoño   greña ámbar  agridulce    rastro de trigo maduro

 

Allá    en la cabaña       no cosecho uvas

Quiero estar sola en mi dulce sosiego

VALERIA

 


            Su edad era esa intermedia entre niña y mujer. Su carita aun desdibujada solía resplandecer con un maquillaje fuerte que borraba sus bellos rasgos. Llegaba al colegio en el coche de la mano de un chofer que la había visto nacer y para quien era como su niña. Había sobornado a su modista con besos y promesas para que acortara la falda del uniforme y sus largas piernas juveniles, brillaban con las medias que le trajo su papá de París.

            Alegre, chispeante y siempre risueña, sus compañeros la miraban con un cierto desdén. Las chiquilinas, aburridas por su eterno bienestar, la envidiaban ya que sentían muy vacías sus vidas. Tenía apenas trece años y en primavera cumpliría sus catorce, para lo cual, sus padres habían programado un crucero por el caribe.

            De reojos la miraban los muchachos de los años superiores y más, cuando se conoció que su abuela materna, le había heredado un campo con un “castillo” cuyas partes principales viajaron desde Italia, Francia y otros varios países de Europa, en las bodegas de enormes vapores. Con ellos edificaron un suntuoso caserón que era el mejor proyecto del arquitecto irlandés de moda en los años veinte. La estancia poseía como diez mil hectáreas y sus haras eran famosas en Inglaterra por la calidad de caballos que allí se criaban. Así, era Valeria, la muchacha que lideraba el minúsculo grupo de elegidas por los hados.

 

            En la oscuridad del callejón donde encontraron refugio, tras una puerta semioculta por una hiedra, apareció el cuerpo desmadejado y sangrante de una despeinada matrona  sudorosa. Transportaba los despojos envueltos en sábanas sanguinolentas. Desde las ventanillas entrecerradas de un viejo automóvil unas manos temblorosas recogieron los desperdicios y desaparecieron. Arrastrando el cuerpo exánime de una mujer, un soberbio muchacho, se alejaba apresurado por el callejón. El cabello rubio, alborotado, encubría el rostro juvenil. Apenas podía cargar a la que allí desparramaba una estela de sangre que fluía despacio por sus piernas. Las manos cenicientas desenlazaban temblorosas sus ropas sucias.

            En la noche, parecían dos cadáveres palpitantes. Aterrados. Estaban aterrados. Imposible hablarse o compartir el dolor que cada uno tenía en su interior. Valeria, apenas podía sobornar la muerte que rondaba entre sus piernas. Su hermano, loco de terror, sollozaba por tener que enfrentarse solo a la abominable aniquilación que había compartido. Sintió deseos de soltar a Valeria y correr. No pudo. Ella confió desde el miserable momento en que supo con estupor qué le estaba sucediendo en su frágil cuerpo adolescente. Estaba sola, tan sola que sólo pensó en su hermano. Él, que siempre había sido su máximo enemigo, ahora era el único apoyo y sostén. Si su padre regresaba de Estambul y conocía lo que había sucedido, seguro, la internarían en algún colegio de Suiza o Austria, adonde no tuviera con quien hablar ni compartir nada.

            Su madre, estaba estrenando un nuevo marido y viajaba por las islas del Pacífico. Nunca entendería.

            Con sumo esfuerzo, logró colocarla sobre el asiento trasero. Envuelta en una manta dejó a su hermana. Deliraba. El dolor la hacía delirar. Subió al volante y manejó sin mayor apuro, para evitar encontrarse con la policía, hasta la casa de su chofer. Cuando llegó, hizo un guiño  con las luces y el viejo amigo salió a recibirlo. El espanto se reflejó en sus ojos. Un rugido abrió la garganta del hombre. Llamó a su mujer, quien al ver a  Valeria, se santiguó y sostuvo que tendrían que llevarla a una clínica. Estaba muy mal.

            Ya con la seguridad de años como padre sustituto, llegaron a la clínica del sur de la ciudad. Un médico de guardia, sostuvo con desesperación el cuerpo exánime de la joven que se desangraba. Como un rayo, colocó una bolsa de sangre. Sin preguntar ingresó a la muchacha al quirófano y junto a otros galenos, comenzaron la difícil tarea de salvar a Valeria. En el máximo secreto, hicieron todos los trámites, para que no se supiera quién era esa pequeña moribunda. La mirada áspera de los médicos, sellaron con su mutismo lo que había sucedido. Una joven sicóloga la despertó, pasado el trance de mayor peligro. ¿Qué había hecho para que, siendo tan adinerada cayera en semejantes manos asesinas?

            Su cuerpo estaba tan frágil, su salud tan al límite, que apenas podía abrir los labios para responder. Una historia de horror, que pudo ser su última historia, había convertido su alegre existencia juvenil en un verdadero abismo. Habló sin pausas. Su voz apenas audible parecía un mantra.

           

            Cuando llegó de Estambul, su padre, se sorprendió al ver la palidez del rostro de Valeria. Su risa muerta en los labios sellados. Sus ojos orlados de una espesa niebla oscura. Un mutismo insoportable la convirtió en una anciana de quince años. Nada parecía interesarle. Todo lo intentó, desde regalarle un auto deportivo de famosa marca, hasta invitarla a viajar en un crucero por las Antillas.  No hubo ninguna señal de volver a tener a su niña adorada. No volvió a sentirla parlotear por horas por el celular con sus amigas. Pedía que contestaran que estaba ausente cuando alguna amiga le llamaba. No salía. No jugaba más al tenis ni al golf. Una pequeña renguera hizo que el padre notara un cambio en el cuerpo. La llamó y la interrogó. Un grito de dolor hizo que su querido progenitor, diera un salto y abrazándola, le suplicó que le hablara sobre lo que le sucedía. Valeria sólo pudo llorar. No logró decir la verdad de su amargura. El tiempo pasó. Hubo otros viajes de su padre, y otros maridos para su madre.

 

             

COMO UN CUENTO DE AMOR

  

Le nació la sonrisa como un granado nuevo. Era un ave solitaria, un espejismo hecho joven. Moreno, poco agraciado y ágil, servía para acompañar a su padre en las tareas más simples.

No era despierto como su hermano mayor y la mirada limpia mostraba su paz interior. Buscaba el rincón más pequeño para encerrase en las siestas y descansar en las noches. Siempre vestido con la ropa de otros, zapatos usados, tiradores para evitar que se cayeran sus pantalones y una gorra de fieltro apelmazada lo distinguía en la plaza o el mercado. Debajo de los bultos, llevaba una pequeña flauta que hacía sonar en el atardecer cuando lograba terminar su interminable trabajo en la chacra familiar.

Solía acompañarlo un perro. Callejero y sin raza conocida. Fiel como el más fiel. Como era él. En los veranos calientes, se metía en el arroyo a refrescar la piel que se quemaba con el sol perdulario del medio día. Su nombre, buscado en el almanaque le resultaba raro y apenas lo pronunciaba, no sabía escribir ni leer. Jotamario era y nadie lo llamaba así. Le decían Mario o Jota. Sólo el abuelo, campesino laborioso y paciente lo quería y de él, aprendió todo lo bueno de la vida, del campo, de los animales. Le cortaba el cabello y las uñas, le lavaba los pies en una palangana y cuando fue creciendo le enseñó a criar cerdos y gallinas, a plantar verduras y legumbres. A estirar los cueros y juntar los huevos en los nidos de aves para poder hacerse una buena sartenada al fuego.

Es apenas un niño grande. Un gigante enano. Un campesino pobre sin luces ni relumbre.

Un día, Jotamario lo encontró dormido. Lo abrazó y se quedó dos días con el cuerpo frío entre los brazos calientes por la triste fiebre del olvido. Supo que la vida se iba caminando despacio por la vereda estrecha de los días. Su padre se lo arrebató con presteza, le dio una palmada y le entregó un reloj que roto y sin valor alguno, el chico amaba de su abuelo.

Creció, con el pasar de los años, comenzó a ser imprescindible en la chacra. Y el padre viejo, lo tomó de apoyo. Murió su perro y trajo otro, parecido y feo, leal y compañero.

Esa mañana la vio en el mercadillo, era una muchacha morena de ojos grandes y limpios. Ella le sonrió como un amanecer de verano y se olvidó de decirle el nombre. La siguió con la mirada dulce de un duende que cosquilleaba en su pecho. Su padre descubrió en la sonrisa que una estrella había destellado en sus ojos. Sin mediar palabras se acercó a la tiendita donde vendían jamones, su padre y su abuela. Preguntó su nombre y si era soltera. Inquieto bajó la vista y tropezó con los pies de la muchacha. Eran pequeños y rústicos. El padre aceptó que se vieran y Jotamario le regaló una flor. Lobelia aceptó el presente y entonces como en los cuentos que una vez le contara su madre, sonrió como un granado recién.

 

LA VAJILLA DE LA ABUELA

 

¡No es fácil regresar con los músculos distendidos y la mente dispersa, a la edad de la risa!

El auto se desplazaba con urgencia sobre el pavimento caliente. Desde la butaca se veía hacia adelante un lago brillante que devenía en gris por el concreto que reverberaba con el sol. Era un sueño irreal. Era calor. Todo se transforma en fantasma con esa luz insidiosa que se incrustaba sobre la ruta.

¿Así debería ser en el desierto?

Lorena, imaginó ser abandonada en el más seco desierto del mundo. Atacama, Sahara, Gobbi...recordó haber visto un programa de Nacional Geografic Channel, hacía como un año atrás antes de estos sucesos. Algo extraordinario había ocurrido ese año... había llovido en el desierto de Atacama y en pocas horas un milagro ocurrió... florecieron miles de plantas y flores, aparecieron pequeños insectos y batracios. Todos se apareaban con urgencia.  La especie debía subsistir y para perpetuar la vida.

De pronto el radio del coche comenzó con una música ensordecedora, Javier, había encendido el stereo y sonaba un grupo de rock metálico pesado de esos que hacían estremecer a Lorena. ¡Apaga eso! Sentenció o te pido que me dejes acá en medio de la nada. El sonido se adecuó al pedido de la muchacha. Cerró, Javier los ojos unos segundos y el ruido fue diferente, había reventado un neumático. ¡Es este puto calor!

Lorena elevó el vidrio de su ventanilla y encendió el aire acondicionado. Murmuró un insulto ininteligible. Su deseo de fumar le estaba haciendo una mala jugada. Cuando Javier descendió para reparar el neumático, ella se acomodó y sacó un cigarrillo. Sabía que no debía hacerlo. ¡Si vuelves a fumar tus pulmones colapsarán! Le dijo el médico. Pero olvidó por unos minutos esa reflexión y dio dos pitadas.

¡Tu afición al tabaco me tiene torturado desde que salimos de casa! Si vuelvo a verte fumando te dejo tirada aquí.  El hermano sufría con esa adicción de Lorena. Miró al cielo. Quiera Dios que llueva porque no aguanto este calor sofocante. Una densa lluvia calmaría la ansiedad y el disgusto de su copiloto. Tal vez cambiaría el paisaje. ¡Esto es un espanto! Y todo por llegar a la hacienda de su abuela que había hecho un llamado para reunir a la familia. Se secó el sudor con un pañuelo de lino que quedó sucio con el polvo y el aceite del neumático. Quería llegar pronto. En realidad no quería volver a la vieja casa de Etelvina, la madre de su padre. Era tan estricta y excéntrica que escaparía apenas pudiera a la hostería del pueblo. Casas Viejas, era prácticamente todo el Valle y los alrededores. Una vez de muy chico huyó y se perdió entre los maizales y algarrobos.

Arreglada la cubierta, subió y salió apurando la marcha. El pueblo tenía 786 habitantes y la mayoría trabajaba en los campos de la abuela. Otra vez, cuando regresó de la mili, se enamoró perdidamente de una mujer mayor que él y se armó enorme lío. Era casada. Fue como una muerte social para la fulana y para él, lo corrieron con escopetas cargadas varios kilómetros.

Al fin llegaron a la tranquera. Lorena se bajó y la abrió para poder ingresar. A lo lejos, entre los árboles estaba la vieja casa. Los techos de tejas rojas parecían manzanas arrugadas y viejas. Las paredes recién encaladas, eran brillantes y ahora, con el sol más lejos, tornaban rosadas y naranja, según desde donde se vieran.

Salió a la enorme puerta verde la anciana. Su ropa de color azul profundo, la iluminaba y su cabello largo, caía sobre el pecho y la espalda en cascadas grises. Los esperaba. El amor que sentía por ellos, era indescriptible. Cuando cortaron el motor y descendieron bajó apresurada a abrazarlos. ¡Mis amores, llegaron!

Los abrazos y apretones agobiaron a los nietos. Cuando ingresaron a la casona, todo brillaba. ¿Era el sol o la imaginación de ellos?

Dejaron las mochilas y bultos sobre una banqueta que tenía las huellas del tiempo. Todos hablaban a la vez. Se entremezclaban las palabras con risas y miradas suspicaces. La abuela los empujó suavemente hacia el antiguo comedor. Allí sobre la enorme mesa de madera lustrada, había acomodados toda la vajilla de su juventud. En el centro había colocado un gran búcaro con flores del jardín que llenaba de perfume de nardos y rosas amarillas. En la cabecera... estaba el abuelo. Ceniciento y seco. Él, había cerrado sus ojos hacía como siete años. Ella todos los días, almorzaba en la mesa y le hablaba como si estuviera aun vivo.

Lorena cayó desmayada y sólo Javier tuvo la fortaleza, de tapar con un lienzo limpio el cuerpo del abuelo. Todavía se están resolviendo las tareas para sacar a la abuela de su hogar y dejar al abuelo que duerma en paz.

 

lunes, 9 de marzo de 2026

¿LOCA YO?

 

                        "La maestra está loca, quiere que yo estudie" A. A.

 

Mi nombre es Dorotea. Ayer mi tía Amelia, me regaló este precioso cuaderno para que anote todo lo que pasa por mi corazón. Tengo diez años. Dentro de mí, hay un grito que clama desde mi mundo interior a cambiar nuestra realidad que es muy triste.

Nos han desalojado. Debemos abandonar nuestra casa, que era de mis abuelos y que recibió mi papá como herencia. Así escuché detrás de la puerta anoche. Y debemos irnos antes del domingo. Se oían los lamentos y reproches de mamá y las explicaciones tontas de mi padre. Yo, lloraba.

¿Adónde iríamos a parar? Si apenas nos movíamos en esa casa con tantos recuerdos y muebles, cachivaches y papeles. ¡Ni digo la cantidad de libros amarillentos, que nadie lee! Mi gata Perla, me marea pasando entre mis piernas que tiemblan por el temor de salir de la casa. Ronronea, me lame los pies. Me he descalzado para que no me escuchen que espío lo que hablan.

Papá, le dice a mamá que hizo una inversión y que salió mal. Ella, no le cree. Le reprocha que le guste ir a jugar poker con un grupo de amigotes chiflados y ruinosos.

Mamá llora, papá está mudo. pero se dan cuenta que estoy ahí y me mandan a dormir, no queda otra que obedecer y me meto en la cama vestida con lo que creo es mi mejor ropa. No quiero que quede por ahí, en la mudanza.

Pasó el domingo, y papá nos llevó a un departamento lejos de la antigua casa. Es un complejo de treinta departamentos pequeños que tienen un jardín común. Abundan los niños. Perla se pierde en los pasillos y maúlla desconsolada. Yo soy la desconsolada.

Mi cuaderno ha comenzado a llorar, porque le tocó el peor momento para que yo escriba. Derramo lágrimas que borronean lo que dejo en sus páginas. Me llevaron a la escuela nueva. ¡Es horrible! tengo una maestra que para mí, le falta un tornillo. Grita y sostiene que somos todos burros, que pierde su tiempo con nosotros. Somos treinta y seis chicos en un aula pequeña, con una ventana que apenas deja entrar aire. Los chicos... ni fu, ni fa, hay de todo. Buenos, educados, regulares, idiotas y malos, como en todos los colegios y escuelas del mundo.

Como el viernes es un aniversario de la escuela, la maestra, quiere que aprenda una poesía de no se qué escritora amiga. ¡Lo repito, está loca! Pero mamá me convenció y lavó mi yumper y mi camisa blanca, la dejó como nueva. Aprendí el poema y allá fui, como vaca que lo llevan al corral, al matadero... eso se lo aprendí a mi tía. ¡Es una genia!

En el acto, me lucí y me dieron una medalla con un diploma... y la maestra, que repito, está loca, me dijo: ¡Dorotea, sigue estudiando que llegarás muy lejos! ¿Adónde quiere que me vaya? Digo, si ya nos desalojaron una vez... no quiero volver a irme lejos.

Cuando le conté a mamá, lloró de risa. ¡Parece que la locura es contagiosa! Ella dice lo mismo que mi maestra.

CAPÍTULO DE "SÍNDROME DE TRAICIÓN" (novela)

 

“Avanzábamos en fila india, siguiendo la luz de las linternas del guerrillero que iba a la cabeza. Me pareció oír la voz de mamá que me prohibía andar entre los maizales descalza.”Diario de una secuestrada por las FARC.  

 

           

El Petit Hotel es lujoso. El desayuno descomunal tiene como broche de oro periódicos de todo el mundo. Andrea lee ansiosa los titulares del “Mundo” de Madrid, de La Nación de Buenos Aires, El Mercurio y algunos de Francia, U.S.A. e Inglaterra. Todos son iguales, si no tienen historias trágicas, muestran miserias o chismes inútiles. Los va separando con desgano. Siente rabia y pena. No puede desconocer lo que sucede en el mundo, pero quisiera escapar de la capa terráquea y adentrarse en un mundo mejor.

            Los diarios traen noticias dramáticas de extremo  oriente. Hay atentados terroristas en Europa. Mueren los niños de hambre en Centro América donde se producen enfrentamientos entre sectores de políticas contrarias.

            Andrea, sentada en la terraza de su departamento en el piso veinte, lee los periódicos de la mañana. Duilio salió antes de las siete. No recuerda si se despidió de ella, era muy temprano. Hoy tiene que ir  a una misa en la Catedral.

            Será en memoria de O´Higgins. Ayer tuvo el alegre llamado telefónico de Marcelo. ¡Su hijo enamorado! Tendrá que volver a Buenos Aires. Tiene que conocer a esa chica. ¿Cómo se llama? Mariana… Se ve que está muy enamorado. Marcelo querido, ojalá no deje sus estudios. Se va a poner el abrigo de nutria, hace frío y el sombrero italiano. Si no, mejor el de zorro blanco, ese hace juego con el sombrero. Faltan unas horas. En el Mercurio, no hay ninguna noticia de Argentina. Según Dulio, las reuniones y acuerdos con cancillería están paradas. Hay muchos problemas con los límites en el sur del territorio.

            Sale dispuesta a vestirse. Suena el teléfono de su habitación. Atiende.

-          ¡Hola! Sí habla Andrea. ¿Quién? Ah, si, como  estás Florencia? Yo, preparándome para ir a la misa de la Catedral. ¿Esta tarde? Ah, bueno. Me encanta la música. Con gusto ¿A qué hora nos encontramos? ¡Por supuesto, allí estaré! Gracias. ¿Verónica? Bien, casi no la veo. Cumplió quince años, no puedo retenerla en casa. Acá la gente es cariñosa con ella. La  invitan a todas partes. ¡Si gracias a Dios! ¡A Duilio es tan difícil decirle algo! Casi no lo veo. Bueno entonces a las… te veré en el teatro.

            Cuelga y entra al baño. Cuando sale está maquillada y peinada. Su pequeño calzón y las medias de malla fina se le adhieren a la piel. Está muy delgada. Se mira al espejo. Aún es joven.

            Se pone un vestido color verde. Un collar de perlas. Aros haciendo juego. Los zapatos completan la figura. Se sabe elegante. ¡Usa el perfume favorito! “First” de Van Cleff” Se pone el sombrero de piel. Toma la cartera y abrigo. Sale. El chofer está a su disposición. Cuenta con ello.

- Buenas noches.

Un empleado del hotel sale corriendo para decirle que tiene una llamada en espera de Duilio. Se detiene y acude para escuchar con pena que esa noche y otras al parecer no podrá venir a estar con ella. Se disculpa, pero hay problemas muy graves con un grupo insurrecto en el sur de Santiago.

Cuando cuelga el teléfono, siente un dolor muy grande. Sabe que es el principio de un fin inestimable. Es la primera noche en veinte años que él no duerme con ella. Presiente con dolor que serán muchas las noches que pasará sola en lo que se ha transformado en su hogar. Un coqueto departamento de hotel. Sale del dormitorio. Apaga la luz. Casi es un símbolo.

Regresa al auto que atraviesa calles que hormiguean de gente con pancartas y militares armados escoltando a ciertos automóviles.

Cuando se detienen en el teatro observa gran cantidad de carabineros rodeando lo que hasta hace pocos días era un páramo feliz.

El teatro bulle. Gente que ríe y espera la entrada en escena del director de orquesta. Silencio. Se apagan las luces. Con Florencia en un palco, observan ese mundo irreal de personas. Las hay jóvenes y viejas, lindas y feas. Nativas y extranjeras. Aplausos.

            Entra el “Maestro”. Ya están los músicos en sus puestos. Entra un joven moreno saluda y se sienta al piano. Como en un cuento de hadas todo se pone en movimiento. El éxtasis de la música la eleva de este mundo. Sólo pasan por su mente recuerdos de la infancia.

Su padre, culto y fino, contándoles historias de viajes. Su madre, verdadera amante de la música. Recuerdos mezclados con esa sinfonía de Beethoven. La niñez, la juventud. Recuerda el día, en que Duilio le dijo que la amaba. Su noche de bodas. Los besos. La enorme soledad tras ser elegido diplomático en  Chile. Aplausos. Ha terminado la primera parte.

Salen con Florencia al hall de descanso, donde camareros sirven bebidas y pequeños bocados de caviar y centolla. Los famosos vinos chilenos corren en las copas de cristal. Cree que los argentinos son mejores pero no opina. Es de mal gusto.

            En el pasillo siente que una mano la toma por el hombro tímidamente.

Se vuelve y se enfrenta con el “Hombre”.

           - “Buenas noches”- Su escaso español es rudimentario. Ríe con fuerza. Él está más feliz, que nadie de decir esas palabras.

           - Buenas noches, señor. ¡Y señala a su amiga que observa a ese hermoso hombre rubio!

- My friend Florence Padilla Herrera. El señor Edgar Juvar Leylakson… es americano, de Texas; y no habla español. Además tiene un apellido complicado, querida, perdóname.

- No te aflijas. Buenas noches, good, good!

- Mi, aprende español, señora. Poco, chico.

- Bueno; está mejor así. Andrea, nota  que él, la ha tomado del brazo tratando de sacarla hacia el gran salón dorado para hablar. Lo sigue. Se para frente a ella y se queda mirándola. Pasea su mirada con pulcritud y atención. Luego hace un gesto de aceptación y gusto. Ese piropo mudo la pone nerviosa. Se da cuenta que ese hombre la inquieta. Piensa en Duilio y su mirada se cuaja de lágrimas que escasamente pudo controlar hasta ahora. El hombre la ve y no entiende nada.

- Andrea no… ¿qué pasa a usted? Yo tengo que advertirle que esta noche tendremos una bomba. Mi tener noticias de un político de acá que está escondido.

- Nada. Nada. Perdón. Se da vuelta y trata de alejarse. Florencia inquieta, no comprende.

En puro inglés le explica al hombre que Andrea, hace poco ha perdido un hijo de dieciséis años en un accidente y que aún no puede escapar a ese dolor de madre.

Él se acerca. Toma su mano blanca y la besa con profunda emoción. Casi con reverencia, la mira y le dice:

- Amiga… mi sentir, acá, pena mucho pero es que tener que irnos rápido. Bomba estallar en cualquier reloj, digo momento.

- Gracias. No nos iremos por una estúpida e imaginaria bomba. Además está lleno de militares.

Suena el llamador del salón  y ruidosamente, presta la gente entra en la platea y balcones. El sigue con su mano fina, entre las  suyas hermosas y fuertes. No quiere soltarla. Quisiera darle fuerza. Su seguridad y quitarle ese dolor que tiene en el alma. Sacarla del peligro.

Ni Andrea ni Florencia, ni todos los que esperan con devoción la música saben que en el estuche del violín del “Comandante Músico” está armado un explosivo plástico que destrozará no sólo el teatro, sino una o dos manzanas alrededor de la sala de concierto.

Comienza el primer movimiento del Mesías de Haendel y un sonido sordo alerta a los guardias del teatro, pero no tienen tiempo de avisar al público. Comienzan la luz a parpadear en la sala igual a las advertencias frente a un sismo de los frecuentes en el país.

Ella recupera su mano. Tiembla. Se separa con un gesto serio.

- Buenas noches señor Edgar. Gracias. No piensa en el aviso que le dieron.

- Buenas noches, señoras. Yo me retiro. Si ustedes no me creen no las veré más. Quisiera ir con ellas pero sabe que no puede. Él no está libre del control de la gente de su embajada. Además, ella es una mujer casada y las convenciones dicen que debe respetarla.

La segunda parte de concierto los sorprende, tratando de encontrarse y descubrirse entre el gentío.

Ni siquiera Haendel, con su hermosa música, puede sacarlos de esa desesperada y desconcertante búsqueda. Al fin, él la encuentra. El palco de ella es ése. La observa plácidamente. La nota distraída. ¡Andrea! Saborea el nombre. Casi besa cada letra del nombre prohibido. Esta mujer lo tiene loco. Extasiado. Nunca le pasó…

De pronto ingresa un grupo de oficiales armados y dan la orden de desalojar el teatro.

La gente sale rápida y atropelladamente. Corre hacia el estacionamiento. El chofer que está atento la ayuda a subir y escapan por la avenida. De pronto un tremendo estallido conmueve el gran predio del teatro. La explosión es verdadera y muchos han quedado atrapados en el fuego.

 

 

Los recuerdos se agolpan en su memoria. Retirado en un portal cerca del lugar su mente vaga por el ayer.

Así fue aquella primavera, tenía veinte años. Lo mataron los fríos de ese invierno en Texas. Su amada América. Los latigazos finales de la guerra de Vietnam le retumbaban en los oídos. Casi lo matan en una emboscada en el camino de Vietcong. La Ruta de Ho Chi Ming estaba penetrada de minas y trampas en las que caían como pájaros envenenados los soldados inexpertos que llegaban en forma permanente a ese país del este.

Él se salvó por tener una herida en el brazo derecho, que era el que le permitía tirar. Fue desplazado a los meses de arrastrarse bajo la lluvia en el lodo. Prefiere no recordar. De nada sirve.

Andrea desconoce todo sobre ese galante amigo que acaba de perturbar su vida.

            ¿Lo encontrará? Está, del otro lado de la ciudad. ¿La mirará si la ve? ¡Su cara arde, tiene una confusa vergüenza! ¿Qué le pasa? Siente placer. ¡En esa mirada, descubrió que le importa a alguien! Siente vergüenza, es una mujer casada. Es madre. Marcelo, está de novio. Podría ser abuela. Sin embargo levanta la cabeza y desafiando su vergüenza sueña despierta.

¡Florencia la observó, siguió la dirección de la mirada de su amiga y dio un respingo! Vio, que había una corriente amorosa entre esas dos miradas. Ríe, por dentro. Tal vez es testigo de algo especial y hermoso. El secreto descubierto, la llena de excitación.

Mientras sigue pensando en el texano, Andrea, siente una abrumadora desdicha. ¿Por qué le sucede eso a ella? Es como si un imán gigante le obligara a pensar en ese hombre. Su vieja soledad está presente.

Le recorre lentamente la imagen en el interior, quiere dibujar su memoria.

Él debe aprender rápido esa lengua de pájaros. Si aprendió japonés, vietnamita y chino en otras misiones. ¿Cómo no va a aprender ahora?

Seguramente pronto conquistará el amor de esa mujer bella, madura y triste. ¡Gracias a Dios la salvó del atentado!

- Señor Duilio Pedriel Echagüe, de la embajada de España,  necesitan hablarle. Lo esperan unas personas.

- Haga pasar ahora mismo a esa gente.

- Buenos días. Pasen y pónganse cómodos.

- Venimos con graves problemas y esperamos que  usted nos ayude.

- Adelante, escucho. Tocando un pequeño botón llama y aparece un joven, a quien pide le traiga café, para ese grupo de hombres y mujeres.

- Quiero que ustedes me confíen, ¿qué sucede?

- Señor Predriel, somos un grupo de turistas españoles que al salir de Ezeiza, teníamos nuestra documentación completa y en regla. El avión de Iberia que nos trajo hasta acá, hizo un vuelo normal. Pero al llegar a territorio chileno, descubrimos que no teníamos más nuestros documentos. Esto es realmente un problema grave. Estamos ilegalmente en Chile. Salimos legalmente desde España y desde Argentina…

- Me dejan perplejo. Ustedes han sido víctimas de un grupo de delincuentes internacionales. O bien sus documentos han desaparecido por arte de algún traficante…         Pueden ser terroristas. En fin, déjenme los nombres, es decir,  todos los datos posibles. Yo voy a solicitar a mi gente que comience a investigar. De cualquier modo, hay que avisar a Madrid, Buenos Aires, Interpol, no sé. Ya veremos, habrá que asesorarse. El derecho internacional, debe contemplar este caso.

- Señor Pedriel Echagüe, mientras tanto, ¿podemos salir de esta embajada? De lo contrario, iremos todos presos.

- Pero la embajada es chica, ustedes son seis personas. Acá será imposible atenderlos y darles comodidades.

- Para colmo, no somos matrimonios. Vinimos como  investigadores además de hacer un poco de turismo.

Dios, sí que se crea un problema. Buscaremos la forma. Hablaré inmediatamente con el Señor Ministro de Relaciones Exteriores, el General a cargo. Él lo hará con nuestra embajada.

Sale de su despacho, y siente que las cosas lo tienen rebalsado. Quisiera irse y dejar ese grupo de gente y no volver a verlos. Además el tema de los Gendarmes que se pelearon en plena cordillera con los carabineros complican las tratativas. El embajador de España está en su tierra y ha quedado un empleado de segunda categoría a despacho.

El tipo ese que se pasó con una lancha de pesca en aguas territoriales. El tema del contrabando de cocaína, lo está esperando. ¡No doy más! Basta quiero salir corriendo. Quiero descansar unos días.

Piensa en Andrea, que siempre sola, le dice con sus ojos tristes que espera atenciones y compañía. ¿Qué puede hacer él solo! Y la imbécil de la gobernante que es un títere de su secretario. Que  parece que sin el marido vivo no sabe tomar determinaciones. Tendría que irrumpir un gobierno militar fuerte como el de Chile. ¡Le largan todo a él! Y ahora esto es el colmo.

            Llama al despacho del jefe. Responde la bonita secretaria.

- ¡La señora presidente no está! Se fue a Mar del Plata. Vuelve el jueves, después del medio día! Dejó esto para usted, dice que hable con su secretario si necesita algo urgente. “Lopecito” tiene toda la autoridad que necesita.

- ¡Señorita Maribel, tengo tantos problemas y él, no está nunca!

 

“Venga, Duilio, siéntese un minuto, descanse. Le serviré un refresco y buscaremos juntos las soluciones” era la respuesta. Un whisky y hablar de los perritos, de Madrid y del horóscopo. Yo hace ocho años que estoy aquí y puedo ayudarlo un tanto. Tranquilo, Duilio. Se volverá Loco”

- Gracias Maribel, en este momento sueño con irme a una isla desierta. ¿No me acompañaría?

- Calma, calma. Yo lo ayudaré. Don Duilio, pero despacio.

Duilio se distiende, se tranquiliza y le explica el problema que tiene. Ella se dedica a buscar una respuesta oportuna, se pone a su lado, se inclina y le dice:

- Amigo mío, todo tiene solución. Juntos vamos a encontrarla. En mi opinión, dado, que ya a habido varias denuncias de robo de documentos en este mismo tiempo y con igual sistema, yo he pensado que hay alguien está en la tripulación de los aviones, o bien viaja regularmente, espera que la gente se duerma en el avión y luego de estudiarlos, los despoja. Podría robar otras cosas. Pero este personaje solo roba pasaportes y documentos. Luego deben ser vendidos. Mis años, no en vano cumplí cuarenta y ocho y veinte en esta embajada, me da la corazonada.

- A altísimos precios… ¿cómo, no lo pensé antes? Sí está muy claro. La gente los modifica… para eso hay excelentes falsificadores y entran clandestinamente a otros países. Sí, pueden ser contrabandistas.

- ¡No, Duilio, para mi son terroristas!

- Quiere decir que pasan impunemente por territorio Argentino. Eso es terrible. Maribel  ¿Qué hacemos?

- ¡Avise ya, al servicio de Inteligencia, de este modo ellos encontrarán la forma de terminar con el problema!

- ¡Hay que llamar a Buenos Aires…!

- No Duilio, vaya personalmente. El caso es grave. Yo le daré datos del jefe del servicio de nuestra confianza, el Coronel Bermúdez y Mayor Canardi, además hay gente muy bien infiltrada que ni usted se imagina, está de nuestra parte. Después de todos los detalles. A las 14,30 sale un avión de Aerolíneas Argentinas. Avisaré le guarden un lugar.

- Sí y avísele a mi mujer. Iré a buscar ropa, un pequeño neceser, pijama.

- Así me gusta Don Duilio. Usted debe demostrar que es un hombre inteligente y hábil.

- Maribel…, Gracias. ¿Qué haría yo sin su ayuda?

Ella sabe que le ha dado un dato importante. Se anotará él los triunfos. Pero a ella le gusta ese hombre. Lo quiere para ella. Sólo el tiempo y su inteligencia le permitirán atraerlo. Ella es joven y bonita. No pierde nada. Su vida, ya está destrozada. Cuando se casó, enamorada y feliz, no sabía que junto a ella había un sicópata golpeador, que disimulaba su problema para poder heredar una fortuna de la madre.

La boda fue preciosa, llena de gente que creyó en su eterna felicidad. El vestido blanco,  de un modisto famoso, parecía de cuentos de hadas. La iglesia llena de flores. El coro, cantando el “Aleluya” de Haendel. Los invitados. En esa época era una idiota. Creyó que él era fino y delicado. Que por discreción no la besaba. Era tan dulce. Después, la besaría, después, la llenaría de éxtasis.

Llegó el después. En el hotel, donde fueron luego de la interminable fiesta, la acompañaba un joven tan fino y delicado como el monstruo que escondía. Entraron juntos a la cámara la empujó con fuerza, se golpeó y la levantó con un puñetazo. Ella creyó que era una manera graciosa que tenía para jugar por culpa del alcohol ingerido en la fiesta. No.

Cuando él la hizo sentar en la punta de la cama y le habló con esa dura, suave y dolorosa calma ella pensó que se moría. Fue un golpe tremendo. No lloró, ni gritó. No dijo nada. Agachó la cabeza. Llovieron de entrada las obligaciones impuestas por la fuerza brutal. Todo tiene que ser así con exquisita prolijidad.

Él trató de consolarla. Debía esperar un tiempo. Acostumbrarse a su forma de ver la vida. ¡Violenta!

¡Era hermosa y encontró un hombre que la adoraba! Pidió de mil formas perdón por ese engaño. Debía hacer la voluntad del sicópata furioso por momentos y cariñoso en otros. Pero la muerte al alma, que ella no merecía, quedó incrustada en un permanente dolor en el pecho y ganó una psoriasis que se curaba en verano con el agua de termas y el mar.

No lloró, ni gritó. Pero ¿como iba a llevarle a su familia ese terrible fracaso? Esa vergüenza. Le pidió un favor. Silencio y disimulo. Un tiempo  de apariencias.

Él, cínico, aceptó. Estaba seguro que la dominaría. Era una mujer inteligente, fuerte, madura. Sólo ella sabía hasta qué punto estaba muerta por dentro. Si pudiera matarlo, pero la vida parece que se prende con ansias, cuando la gente sufre y no se atreve a buscar la salida.

Sí, ella conoce la vergüenza, de ser rechazada y golpeada hasta romperle huesos. Aguantó con mentiras en las salas médicas frente a profesionales que no creían en caídas y accidentes caseros. Pasó casi un año, aceptó que seguiría viviendo en ese departamento que les regalaron para la boda. Era tragicómico, cenaban juntos y ella se iba sola a su cama cuando podía escapar a sus exigencias o a sus rechazos. Miraba televisión, leía. El a veces la buscaba y jugaba a ser esposo con un amor infantil enfermizo. Loco. Hipócrita.

Pero se fue acostumbrando poco a poco. Ahora ya no la molestaba. Era tan prolijo, detallista como una buena muchacha criada en colegios de señoritas. A veces charlaba como  un amigo fiel y cariñoso. Otras, la invitaba al cine o al teatro. Luego por cualquier motivo arreciaban los tormentos. Llegó el día que le negó dinero para comer y vestirse. La dejaba encerrada y arrancaba los cables del teléfono. Estaba sola.

La gente dejo de hacer preguntas. Su Familia dejó de interrogarle para cuándo tendría un hijo. Les dijo que era estéril. Les mintió tantas veces, que ya sus mentiras fueron verdades. ¿Donde estaba el límite de la locura? Ella lo conocía, cada noche, cada día, estaba más loca. Obligada por la necesidad entró a trabajar en la embajada y comenzó a vivir en un clima diferente.

Allí los hombres eran aparentemente normales. La buscaban. Al principio tuvo escrúpulos. Después perdió la vergüenza. Al tiempo descubrió a colaboradores agradables entre los compañeros, no le pareció nada sorprendente saber que muchos tenían esposa e hijos pero insinuaban salir con ella.

La primera vez que un buen hombre se la llevó a un hotel, le pareció un paraíso. Ella era sana, normal. Le pidió ver su cuerpo desnudo, él… nunca se imaginó que necesitaba tanto sentirse así. Por primera vez lloró, frente a ese torso dorado de un hombre que al ver sus cicatrices, sus cardenales y heridas se horrorizó. Se escandalizó y le besó las marcas. Disfrutó cada instante como si fuera el último. Lo besó sin vergüenza. Era un delirio.

 El amante no entendió cómo esa hermosa, muchacha, casada hacía un tiempo, aún era virgen. Virgen, santa, pura… Allí dejó su himen y allí dejó su pena. A partir de ese día, cambió su aspecto. Se peinaba de otro modo, se maquilló diferente. Usó ropa más sexy.

Sus amigos la vieron cambiada. Su marido la llamó y le preguntó si era feliz ahora y le dio una golpiza que estuvo una semana en cama. No lo podía creer. ¡Que cínico y desfachatado! Le ofreció seguir viviendo juntos como hasta ahora. Ella le dijo que no, que no podía más. Lo odiaba. Él le volvió a pedir perdón. La denuncia la puso el Instituto de Salud donde había ingresado muchas veces; al marido lo excluyeron del hogar con prohibición de acercarse a doscientos metros de la ex esposa. Desapareció del país, huyó al extranjero con la fortuna de su madre que había dejado internada en un Hospital para enfermos mentales.

Ella se fue a Chile, no quería ver más a ese maldito imbécil que le arruinó la vida. Había comenzado a vivir.

La venganza ahora era conquistar a Duilio. Le importaba poco que fuera casado. Lo quería para ella. Sería su desquite.

 

- Papá, ¿Cuándo llegaste a Buenos Aires? ¿Vino mamá también? ¿Por qué no la trajiste?

- No pude Marcelo, mañana vuelvo a Chile. Vení, que te doy un beso. ¡Me parece mentira poder estar con vos! ¿Cómo te llevás con tu abuela?

- Bárbaro es tan buena y cariñosa. La quiero tanto. Hablamos mucho. Tengo poco tiempo para escuchar sus viejas historias. Pero la amo. Me espera y me acompaña. ¿Y Verónica? ¡Y Florencia?

- Mamá… bueno, está acostumbrándose de a poco a la nueva vida. Ella está menos triste. He notado en su mirada, una nueva chispa de alegría. Pequeñita… claro. La veo poco. ¡Tengo tanto, trabajo! Verónica es un torbellino. Tiene un grupo de chicos amigos con  los  que sale a bailar, los veo porque son hijos de otros diplomáticos, o bien vecinos. Pero casi no tengo tiempo de hablar con ella.

- Eso es malo papá. ¿Te acordás de Armando? Acaso si él viviera, mamá no estaría tan apenada. ¡Por favor Marcelo, no toques ese tema! Yo no puedo superar ese dolor.

- Papá, quiero contarte algo…

- ¿Cuándo rendís? ¿Tenés algún problema?

- No papá. Estoy enamorado. La chica es buena. Una piba divina. Quiero contarte mis sueños.

- Marcelo, cuidate, sos muy joven. Te falta tanto para recibirte. ¿Qué hace ella?

- Estudia medicina, igual que yo, en serio, es muy inteligente, cariñosa y hasta sabe cocinar. Es como mamá, una mujer diferente.

- Bueno, creo que mujeres como tu madre hay pocas. ¡Es un privilegio tener una mujer así! Quiero conocerla.

- Está bien a la tarde la llevaré a Ezeiza. Y allí la conocerás. Papá, me voy a la facultad. ¿Almorzamos juntos?

- No, a la hora del almuerzo estaré con el jefe de la Policía Federal. Y con el Jefe de Inteligencia de Estado. Te veré allá, antes de irme.

- Hasta luego. Suerte.

 

Su padre no sabe que es escribiente en la oficina de Bermúdez y Canardi. ¡Es mejor!  Sale casi corriendo. Tengo que llegar a horario. Tiene muy poco tiempo, la clase comenzará enseguida. ¡Cuando llega el profesor lo mira con desdén!

Mariana, lo ve llegar y suspira. Sabe que algo ha pasado. Él se acerca y por debajo de la pileta le toca la pierna donde yace un cadáver abierto para estudiar. Ella da un paso atrás. El se disculpa en voz muy baja. El profesor continúa la clase contrariado. No le gusta la gente impuntual.

Un grupo de estudiantes irrumpe en la clase y comienza a  arengar a los jóvenes.

 

 “Compañeros, el odio como factor de lucha, el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y los convierte en eficaz, violenta selectiva y fría máquina de matar. (Señala al cadáver) Nuestros soldados tienen que ser así: Un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal, como son los tilingos profesores oligarcas y dictadores del pueblo. Sigamos hasta el triunfo total. Revolución o muerte.”

 

El doctor Menéndez, los ha dejado hablar y los mira con pena. Sabe que en poco tiempo serán derribados por las armas de una sociedad no tan utópica como la que ellos declaman. Tiene años de estar tras la cátedra. Ve como algunos alumnos aplauden y otros, contrariados, se hacen a un lado. Los revolucionarios salen y él termina la clase.

Y cuando acaba, Marcelo, toma a Mariana y la lleva al coche. Tiene que contarle que su padre está en Buenos. Aires. Pero cuando la ve junto a él, no puede y estalla en su pecho la pasión. La abraza con toda su fuerza y la besa. Ella protesta un poco, pero le devuelve sus besos. Son su lujo.

- Papá está en Buenos Aires. Pero se va esta noche. Quiere verte. Yo le hablé mucho de ti.

- Me dará mucho gusto hablar con él, pero será bastante embarazoso. Por supuesto que iré a cambiarme, aunque pierda la clase de clínica.

- Ni se te ocurra. ¡Sos tan hermosa; así!

- No querido, quiero que tu padre vea que no soy vulgar. ¡Además me comparará con tu linda madre y saldré perdiendo!

- ¡Tonta, así estás lindísima!

           - Tengo una idea, iré a comprarme ropa para salir a una despedida de soltera. Si me acompañas, elegiremos juntos. Vamos por Cabildo.

- No tengo otra idea, en vez de hacer compras, amémonos y yo tengo menos idea de comprar ropa de mujer que; ¡será una nueva experiencia, para mí!

- ¡Te enseñaré como ayudarme a elegir! Será lindo y divertido.

Tomados del brazo, caminan por Cabildo. Entra en algunos “negocios”, ella, ve prendas alegres, juveniles, novedosas. Se prueba. Él con paciencia la espera. Cuando algo le gusta se lo dice. Ríen juntos cuando algo no es para su tipo.

            Compra un vestido de color turquesa oscuro. Como chaleco peludo de seda y además compra un sacón azul marino de “boucleé” moderno. El conjunto es alegre. Le queda lindo. Él tiene la bolsa con su ropa usada y ella se peina. La deja un minuto. Recuerda que su padre le dio dinero esa mañana y le compra una preciosa cadena dorada. ¡Le quedará muy bien! Se acerca y se la pone. Salen tomados de la mano. Están felices por ahora.

 

 

 

UN CAPÍTULO DE "SÍNDROME DE TAICIÓN"(novela)

 

“Ella se despierta en una cama maravillosa, toda de raso claro, me imagino que sería entre rosa viejo y verdoso, capitoneé, con sábanas de satén. Qué lástima que algunas películas no sean en colores ¿verdad?” El beso de la mujer araña. Manuel Puig. 1976

                                                 

 

 

-                     ¿Buenos días, no vieron si vino Marcelo Pedriel?

-                     Yo lo vi recién. Ese tipo es lo más bárbaro que hay en este curso, si yo pudiera lo invitaría a salir. Pero sé que seria un quemo. No tiene ojos para nadie.

-          Debe ser trolo.

-          Cállate, ahí viene, además es súper… y bien macho.

-          ¡Hola! ¿Cómo está nuestra gente? ¿Se estudia mucho? ¿O no?

-          Che, acá, el ambiente femenino está con una duda. Unas dicen que sos trolo. Otras que sos súper macho.

-          Aclará, Marcelo Pedriel,  aclará.

-          ¡Epa!, que vengan, acá a mis brazos las que piensan que soy trolo! Y las otras también. Tengo para darle a todas.

En ese momento se acerca Mariana y él al verla, dice:- A ver ¿Quién? ¡Quiere salir el sábado conmigo! o mejor vení: ¡Adrianita, no importa lo que pensás, vení a mis brazos! Toma con fuerza a la compañera, e intenta abrazarla y besarla. Todos ríen a coro. Mariana, muda contempla la escena y siente que su rostro está rojo de ira, los ojos, le dicen a Marcelo Pedriel que está furiosa. El, advierte que tiene un arma muy poderosa.

-          Judith… vení gordita intelectual, yo te voy a mostrar  como ama este trolito súper machote, intenta con el otro brazo atraer a su compañera. Ambas ríen. Adriana se cuelga alegre a su brazo y él, le dice:

-          ¿No creen que puedo ser un buen amante? ¿Vos qué pensás Mariana?

-          Que sos un idiota y que ellas son unas boludas.

-          Vaya, parece que a ella no le gusta la gente linda, alegre, hermosa.

-          Me voy. No los aguanto.

Marcelo Pedriel suelta a las chicas, les guiña el ojo a los muchachos y sale tras Mariana. Todos se quedan mirando. Luego siguen hablando y riendo. La alcanza y tomando la mano de Mariana le dice:

-          Che, no sé ¿qué puede molestarte que tu mejor amigo busque compañía femenina para el fin de semana?

-          ¡Sos un… un… no sé! No te puedo decir porque no me importa nada. Déjame.

-          Mariana. ¡Chiquita, estás celosa! ¡Muerta de rabia, y celos! Vení. La saca corriendo y la lleva por un pasillo. Entra en un consultorio desierto y la atrae a sus brazos y la besa, con furia, con deseo, con ansias retenidas por días y noches y semanas. La aprieta contra su cuerpo. Ella siente el miembro duro. Cierra los ojos y dice:

-          Loco, te amo – Y lo besa con toda la aceptación de  una verdad hermosa.

-          Te amo y estoy celosa. Te quiero solo para mí. Hoy descubrí que soy posesiva y mala. Si las hubiera podido  arañar, las arañaba.

-          Chiquita celosa mía. Por fin te escucho decir lo que deseaba. Repetí: ¡Te quiero Marcelo Pedriel!

Se besan. Ahora sí es algo compartido. La juventud de ambos, las esperanzas, los deseos reprimidos. Descubrirse de a poco. Degustarse. Saborearse. Amarse.

            La tiene fuertemente apretada contra su pecho. Quiere fundirla contra su cuerpo. La aprieta. La besa. Muerde su oreja suave y sensualmente. Le acaricia la cola y un seno, tiene una erección que lo deja exhausto. ¡Te deseo pendeja!

            Suena timbre de entrada a clase y se miran. Sin decir nada se van, pero en lugar de ir a clase salen de la facultad. ¡Una clase no es nada! Pasarán desapercibidos. Ariel y los amigos harán el resto. La lleva de la mano hasta el coche. Suben. Él sale con rumbo fijo. La atrae con el brazo y siente que ella le acepta cada gesto. Realmente lo ama. Detiene el coche en Palermo por una de esas calles sin rumbo o nada. Se quedan acurrucados. Luego con simple atracción le murmura al oído su idea, ella asiente.

            Entran en “Corazones amantes”. Abre la puerta y baja del coche. Se casa el guardapolvo blanco y lo deja sobre el asiento trasero. La sostiene del brazo con ternura acercándola a una habitación que espera en penumbra.

 Solos. Se besan. Ella le saca la corbata. Él suspira. “Odio ese adorno, innecesario y ridículo”. Ella le desprende un poco la camisa. Descubre una cadena de oro con una cruz pesada.

            Él le toma las manos y le besa los dedos. Se descubren. Se detiene en su pecho, recién se da cuenta que su enamorado tiene el pecho lleno de vello oscuro. Él la acaricia con dulzura. Tiene miedo de no controlarse. Su juventud lo impulsa, algo que debe controlar un poco para no destruir lo que tanto le costó conquistar.

            La desea. La ama. Los besos se hacen densos. Sus manos se apresuran en caricias. Ella lo aparta un poquito y lo mira. Él entiende y hace unas flexiones. Ríe.

- ¿No me digas que es tu primera vez? Si lo es te voy a amar aún más que a mi propia vida pendeja. Perdóname, Mariana. Esperé tanto. ¡Te soñé despierto tantas noches! Qué parece que te vas a desdibujar de nuevo. Quereme un poco más te ruego.

- Loco, escúchame. Soy muy tonta. Creo que si no te  veo hoy con Adriana y Judith, y descubro que tengo miedo de perderte, no me doy cuenta de este amor que tengo.

- Besame no hablés. Vení hagamos como que la vida es sólo para nosostros.

 - Soy una chica vulgar. Inexperta. Llena de preguntas sin respuestas. Solitaria. Antigua. Y vos…sos un tipo con tanto mundo. Se te nota. No me pidas que te cuente mi vida. Aceptame así como me ves.

- ¿Acaso escondés algo pecaminoso? Soy un estúpido. No me interesa nada. Te amo. Son idioteces las que digo. Y le selló la boca con sus labios sensuales.  Los pechos tibios fueron dos frutas deliciosas. La penetró y luego besó la nuca, la espalda, cada rincón de piel.

Ella gozaba en silencio. Era su primera vez con amor. Su experiencia anterior había hecho mucho daño. El primo de su madre la había violado a los quince años. El trauma le duró hasta que la madre advirtió que estaba embarazada. La llevaron de obligada a un ginecólogo y una partera hizo el resto. A partir de allí, nunca había tenido contacto con un hombre.

Algún día ella se lo diría. Él merecía conocer la verdad. Pero hoy había sido distinto. Un fuego abrasador y dulce le cambiaba los sueños.

-          Te adoro y siento que te pertenezco para siempre.

-          Y  yo te amé desde el momento mismo que te vi, que te tuve entre mis brazos. ¿Querés reírte un rato? ¡Quiero casarme con  vos! Si pudiera me casaría hoy mismo.

-          Nos faltan muchos años de estudio y tenés que pensar que… No te apresures.

-          Iremos juntos de la mano por la vida. No tengas temor descubriremos juntos cada mañana de sol o lluvia. El mundo. La vida. Todo.

-          Marcelo. No me gusta tu nombre y te aseguro que te quiero. Se cuelga de su cuello.

 Él la besa y la abraza. La alza y sale corriendo. Llegan al parque. Hace frío pero el sol está alto.

Ellos no sienten frío. Suben al coche. Ella se ha sacado el delantal. Él le suelta el cabello. El pulóver azul es grueso y es grande. El mete su mano fría debajo del suéter de ella para tocarle la espalda. Ella da un respingo y con sutil presteza le saca la mano.

-          Dejame que te toque la espalda. Te prometo que será tan solo la espalda. Quiero sentir el calor de tu piel. Tu tibia, perfumada y adorada piel. Chiquita, mi querida Mariana.

-          Marcelo, mi querido. ¡Adorado amor! Ella no dice nada, pero él desliza nuevamente su mano por la espalda, y acaricia sin pudor los hombros suaves de ella.

            Si fuera verano, ese ritual, sería un vulgar contacto más. Pero es invierno. Hace frío y la ropa del abrigo le agrega sabor a impudicia a cada acto normal, para las manos de los enamorados.

            ¡Pensar que en verano, en la pileta, llevan sus trajes de baño y apenas tapan sus cuerpos!

            Ahora él, la besa. Su lengua recorre cada rincón de la boca deseada. Ella responde con dulzura sus besos.

            Tiene que regresar. Marcelo mira el reloj y suspira. Tiene que ir a un sitio sin avisarle a nadie. Lleva a Mariana a la pensión estudiantil. Allí tras el cristal, Judith y  Adriana la espían. Comprenden la dicha que está viviendo la compañera y no se escandalizan. -¿Habrá tomado la píldora esta boluda? Se ríen a carcajadas. Son los años setenta y tienen una libertad recién conquistada. Si me viera mamá, piensa Judith, me mataría.

Marcelo recobra su personalidad de escribiente anodino. Debe cumplir con su investigación.

            Ella queda con un suspiro detenido en los ovarios que suplican un arrullo de probables ternuras genitales.