lunes, 1 de junio de 2026

CENIZAS EN LA NIEVE

 

El frío calaba los huesos, así decía mi padre cuando nos hablaba del abuelo. Él, había recopilado todos papeles y fotografías de esa época nefasta. Le decía "seide", que es igual a decirle abuelo. Pero siempre en su memoria había un dejo de amargura y hasta te diría odio. Pero la tía Rebeca, lo tranquilizaba. ¿Te acordás de la tía Rebeca? Era un "papagayo" la pobre. Su voz aflautada y su permanente inmiscuirse en la vida de la familia. Pero las había pasado todas, la vieja. ¡Dos guerras infames!

Papá, se dedicó a reconstruir ese tiempo, a buscar a los que pudieran quedar vivos en el mundo con el apellido del abuelo. Encontró unos en Hungría, pero eran lejanísimos. Vivían en un pueblito lejos de Budapest y se dedicaban a las pieles. Eran de esos peleteros que todavía trabajaban con pieles de verdad: zorro, marmota, visón y hasta de oso. Ahora estarían presos por esto de la ecología y los derechos de los animales.

Lo que pasa, Wanda, es que los tiempos cambian. Sin embargo en Europa, sigue haciendo frío, muchísimo frío. Se congelan los caminos, las calles, las veredas. Todo, hasta los ríos y lagos. Acá los inviernos son tan suaves que parecen veranitos frescos. Por eso papá, se acordaba de la cantinela del "seide". ¡Allá, hijo, se nos enfriaban hasta los sesos! El campo se transformaba en una enorme planicie de hielo. Allí, contaba que patinaban. Hasta el fatídico día que llegaron los nazis. ¡Se los llevaron a todos! Él, tenía apenas seis años. Y lo separaron de sus hermanos y de su madre. Al padre lo habían llevado a trabajar. A él, lo marcaron con un número en el brazo. Lo mostraba para que nadie se olvidara que había estado en un campo.

Recordaba que una semana después de unos bombardeos, el cielo se cubrió de cenizas y la nieve parecía moteada por diferentes colores. ¡El frío le calaba los huesos! El hambre los dejaba exhaustos y ya no se quejaban para que les dieran una ración de sopa de patatas y un pequeño pan. ¡Se peleaban! A veces hasta recibían palizas de los cuidadores que eran judíos como ellos, como nosotros.

Ves Wanda, porqué te digo que no podés renegar de tu vida. Acá, cuando la Cruz Roja los trajo, encontraron mucha ayuda. Pudieron crecer con natural simpleza. Vos, muchacha no conoces de hambre, ni del dolor de las armas, ni de ver que se llevan a tu familia. Y hasta eres amiga de una chica cristiana, sin problemas. Nadie te discrimina. Pudimos estudiar, casarnos, tener un negocio próspero. ¡Sí, es pequeño, pero de allí comieron todos!

El más afortunado fue el tío Marcos, el esposo de Rebeca, ese hasta pudo ir a Israel a conocer la patria de nuestros ancestros. Allá, se encontró con las raíces, con la historia y volvió cambiado. Le contaba a todos los vecinos maravillas. Por eso Wanda, dejá de llorar y hacé las paces con la vida. Y ese número que tenía tatuado el "seide" y que vos te acabás de tatuar sea para alegría, no para tristeza.

Allí vienen tus amigos, andá y disfrutá de este país que recogió a tu bisabuelo y a tantos que como él, pudieron sobrevivir a la muerte. Mirá qué linda estás con ese vestido de fiesta, parecés una actriz de cine... sí, ya sé que soy un anticuado, pero sabés, me siento orgulloso de la familia que tengo.

TANGUERO

 

 

Como hombre ató las burbujas de nieve

para amarrarla con lianas de rosas a su amor.

Dijo el poeta, en la sonata nocturna de aquel tango.

Pero llegó la noche y los envolvió el ensueño

Dio media vuelta, él, y las piernas, atraparon la luz

Bailaron la milonga con trazas de malevos.

Ella apenas movía sus lujosas caderas

El tocaba la espalda con magia de poseso.

Los violines lloraban su sueño de bohemia

El acordeón gemía su tristeza de piedra.

La soledad cantaba junto a la mujer morena

Y entre las manos mustias un cigarrillo murió.

 

 

 

LA COCINERA

 

Los cascos de los caballos sonaban en las piedras del camino levantando chispas. Restallaba el látigo del cochero en el aire haciendo eco a los truenos. Luces inoportunas iluminaban al birlocho que brillaba fantasmal entre los árboles.

Ambrosio, apuraba al cochero. Quería llegar antes que se descargara la tromba. Las bestias sudadas resbalaban en el pedregal. Un eco repetía la angustia del corazón de ese rústico que no quería comprender lo sucedido.

A lo lejos, el viento montaba una sinfonía mística con las campanas de la vieja iglesia de los franciscanos. Allí esperaba encontrar a Milagros, la negra que había huido de la casa vieja.

Su patrón, echaba chispas de furia. Su cocinera había escapado el día antes de la boda de su hijo. Todo quedó patas arriba. El menú, tan detalladamente pensado dormía en cestos y mesones de madera. Las cocinas sin fuego y el aire que penetraba por el portal abierto hacia la carbonera.

Cada trecho más cerca, parecía que alejaba más el convento donde se creía se había refugiado Milagros. Allí, la habían criado hasta los seis años, los monjes, cuando la encontraron en el torno abandonada. Luego la entregaron en la casa del señor Faustino. Y la habían criado con su esposa como una más de la gran hacienda. Milagros aprendió a cocinar de la mejor, una vieja que tenía manos de ángel con las cazuelas y sartenes.

Ambrosio, después de un breve respiro, pidió al cochero que siguiera el camino de tierra, lleno ahora de cieno. Se veía mucho mejor la fachada del convento.

Al llegar al atrio y detener los animales, bajó de un salto y golpeó con bravura la rústica puerta que impedía el ingreso. Se abrió un pequeñísimo ventanal, y una voz serosa inquirió por semejante disparate.

Las campanas sonaban apretadas al ritmo de la tormenta. ¿Milagros, la pequeña, la cocinera está refugiada aquí? Mi amo la necesita y le dará lo que quiera con tal que regrese. Esta semana es importantísima en la casa. La boda de su hijo es el próximo domingo y…

¡Acá no está, por Cristo el Nazareno y san Francisco! Búscala en otra parte, este es un lugar sagrado y estas no son horas de interrumpir la paz de los monjes.

Ambrosio intentó seguir hablando, pero la ventanuca se cerró en silencio y los truenos volvieron a enseñorearse en el lugar.

De un salto subió al birlocho y nuevamente salieron a paso ingente por el camino. A lo lejos, vieron unas luces. Fogatas que algún campesino había encendido para calentarse. Se acercaron. Desde el pescante interrogaron a los pobres labriegos que no tenían nada.

Acá no hemos visto a nadie, solo el hambre y la tormenta. Pero si llega a la cantina, tal vez, la muy fastidiosa, ande burlando por ahí a algún parroquiano. Les tiró una moneda y siguió hacia ese puerto.

Por el camino, entre los robles y olmos, siguieron buscando. Llegaron a la cantina. Una nube de alcohol y tabaco los envolvió al entrar. Ambrosio dejó su capote y se dirigió al mesero. ¿Ha visto a una joven morena, se llama Milagros y es la cocinera de la casa grande? Acá no ingresa una buena muchacha desde hace… mil años. Le sirvió una ginebra que bebió de un trago. Puso una moneda sobre la madera oscura y lo miró a los ojos. Sepa, compañero que se le pagará bien cualquier dato. El mesero se volvió hacia una puerta que estaba entre abierta. ¡Julián, viste a una tal Milagro? No jefe. Ni idea. ¿Lo juras?

El juramento sobre una Biblia mustia, lo hizo salir rápido. Vamos de regreso a casa, nadie la ha visto. Por el camino vieron una figura iluminada apenas por los refucilos. ¡Es ella! No Ambrosio, esa es muy pequeña. De cerca, advirtieron que era una mujer a la que le habían cortado la cabeza y le colgaba de un lazo sobre el pecho. ¡Diantres! Paremos. Yo no me detengo. ¡Un alma en pena, Ambrosio, un alma en pena!

Siguieron al trote rápido y al volverse, había desaparecido la imagen. Llegaron a la casa y encontraron el cuerpo de Milagros que se había desplomado desde un campanil en la zona alta del tejado. ¿Qué hiciste muchacha? Cuando la sacaron del fango, entre sus ropas de cocinar a diario, encontraron el retrato del hijo del patrón.

Cuando el padre comenzó a indagar supo la verdad. Su amado hijo iba a ser padre del niño que la cocinera, esa que todos amaban, y el, despreciaba por ser una simple muchacha de servicio, tendría de sus amoríos mentirosos.

Ambrosio y el cochero, no quieren andar los días de tormenta por los caminos por temor a  encontrarse con la mujer sin cabeza o Milagros, transformada en fantasma.   

EL ESPÍA

 

Nunca pensó que lo que había comenzado como un chiste, una gansada de estudiantes, iniciados en el mundo de la universidad, se iba a transformar en un verdadero trabajo. Era inexplicable. Cuando llegó al claustro, entre los oscuros pasillos, las salas desiertas con ecos fantasmales, ventanales de vidrieras multicolores por donde apenas se filtraba un rayo de luz; lo habían dejado boquiabierta.

Julián, apretaba un portafolio de cuero que expandía un olor a piel antigua, maltratada. Olor a viejo. Había recibido la cartera de su abuelo Amilcar, quien a su vez, siempre relataba historias repetidas una y otra vez, de cuando en plenos bombardeos, encontró ese magnífico portapliegos lleno de mapas y cartas de un alto personaje del país. Nunca supo si eran verdaderas, las historias o inventadas.

Entre los papeles que traía, estaban sus investigaciones sobre la vida de Heber Zacarías, el famoso investigador de la policía de Repusa Viñeau. Pensó que en esa inmensa biblioteca, encontraría mucha información. Lamentablemente, no fue así. En principio no le dieron en préstamo, las llaves de la zona oeste donde bajo estricto control, se apiñaban cartas y carpetas con historias verídicas que hablaban de la vida y costumbres de personajes que llevó a la gran revolución y dejó el país en una guerra. Según algunos medios, había cobrado como cinco millones de vida. Julián, no lo creía, de ser así, repoblar el país hubiera llevado muchos quinquenios, ya que los más castigados fueron los hombres y las más infelices, hambreadas y sojuzgadas, fueron las mujeres.

Una mujer de alrededor cincuenta años, manejaba los estantes y abría o cerraba los anaqueles cubiertos de vidrios, herméticos. Era una muralla humana que miraba por sobre sus gafas de gran miope, y escrutaba el alma de los lectores, indagando sus verdaderas intenciones. "Nadie se va a apoderar de la intimidad de los hombres". Nadie, se podía meter a fisgonear en esa historia tan cruel que marchitó una generación. Julián comprendió que tenía que ganarle a esa "bruja", así, comenzó a buscar mil formas de caracterizarse para lograr copiar los mapas y papeles de esa zona de la biblioteca.

Comenzó por buscar una academia de teatro, en donde le enseñaron trucos para desfigurar su tan sólida presencia. Cambió hasta el modo de caminar, hablar con acento de regiones campesinas, se vistió de mil maneras para despistarla. Pero la mujer astuta siempre lo descubría. Se animó y la comenzó a conquistar con trucos viejos, los que usaba su abuelo. El difunto era un genio. Un día logró que le abriera el codiciado estuche donde como soldaditos de plomo, estaban los libros y carpetas que apetecía.

Sacó varios carpetones que desbordaban papeles amarillentos. Leyó con desesperación para no perderse una sola línea. Buscó y rebuscó. Allí estaba la clave de las traiciones de esos héroes de barro que en la facultad, elevaban a lugares inesperados. Eran verdaderos bochornos.

Encontró fechas, juntó encuentros que servirían para demostrar que habían sacado buenas tajadas en oro y billetes de alta denominación y que nadie se había imaginado. Dos o tres nombres que parecían fantasmas de leyenda. Devolvió las carpetas y dejó entrever que no había encontrado nada sustancioso.

Salió con la cabeza llena de preguntas. Qué sería de esos seres nefastos… dónde los encontraría. El momento llegó. Una antigua guía de teléfono que encontró en la biblioteca del abuelo, sirvió para conocer direcciones, lugares y países. Consiguió un período de "descanso" en la facultad. Y Partió como un detective a rebuscar los personajes. Llegó a El Cairo, allí encontró que el famoso doctor en archivos del museo había desaparecido con una importante cantidad de objetos antiguos. Mister Brunswich, era un buscado ladrón. Eso lo animó a seguir una pista insegura y como era desconfiado, poco preguntó a quienes generosamente querían asesorarlo. El último lugar donde se lo había visto era en unas zonas desérticas al sur de Egipto. Consiguió un jeep y contrató un beduino como chofer. Llegó a las ruinas. No estaba y nadie lo había visto. Un despistado arqueólogo soltó… "Creo que viajó a Berlín".

Su regreso fue azaroso y tomó el primer avión a Berlín. Le llamó la atención que su chofer, el beduino, viajaba en el mismo vuelo. Lo seguían. Apenas bajo del aeroplano, compró un billete para Omán. Un distractor. Buscó un coche y se alejó por un barrio nuevo, después de la unión de ambas alemanias, había cambiado la fisonomía de la gran ciudad. Se entremezcló con turistas y entró en el museo de Berlín. Le llamó la atención un cartel, muy pequeño que llevaba un apellido parecido a otro de los viejos "héroes" de su investigación. Sir. Steve Tremblay, con mucho sigilo entró en esa pequeña oficina. Un hombrecillo calvo, con enormes lentes de carey, lo miró asombrado. Salga usted de aquí, nadie me puede interrumpir. Estoy muy ocupado. Julián le insinuó el nombre de los otros "fantasmas" cuya traición habían complicado los acuerdos del final de la guerra. Estalló en un rapto de ira. Sacó una vieja Luger y lo amenazó. Julián supo que allí estaba la clave de su investigación. Un guardia lo sacó casi a golpes. Cuando llegó a un hotel donde quería hospedarse, se dio cuenta que lo habían seguido y que no tenía su equipaje. Solo y sin dinero, bajó y tomó el primer taxi que encontró. Lo llevó al aeropuerto. Allí usó sus documentos verdaderos. Al subir a la aeronave, se dio cuenta que su chofer, viajaba en el mismo avión. Apenas descendió en el aeropuerto, compró un billete con destino a Turín. Era un distractor, porque siguió rumbo a su país. Allí, al entrar a su hogar, pequeño departamento en un centro estudiantil, se acomodó para dormir.

El sonido del celular lo despertó. Una voz le daba una cita en el departamento de investigación de historia del gobierno de Gran Bretaña. El jueves a las diez mil… colgaron. Si nunca había dado el número de su teléfono a nadie. Tomó el pequeño artefacto, lo destruyó y se deshizo de el, igualmente con los apuntes escritos, los quemó en el hornillo de la mini cocina. Comió algo y se tiró vestido cuan largo y cansado había llegado. Despertó con una jaqueca horrible. El minúsculo departamento estudiantil, era un desastre. Todo revuelto y algunos muebles y objetos rotos. Lo habían dormido con alguna droga o gas. Él, se agradeció haber esquivado ese caudal de temas investigados.

Ahora estaría alerta, él, era un espía espiado. Algo muy importante debía suceder para que se tomaran tanto trabajo en buscar sus notas. Debía cambiar de habitáculo, de presencia y esconder sus investigaciones de terceros. Ahora era un verdadero "espía".

ROGELIA

 

            Nació. Vivió en un barrio de las afueras, del pequeño pueblo. Lo criaron sus abuelos. Su madre se fue con un camionero. Su abuelo era zapatero y su abuela lavaba ropa en las casas donde la necesitaban. A la hija la habían llamado Grisel, por el tango que siempre escuchaba el padre en la radio. Hasta que se rompió una válvula y se quedó muda, la radio, claro. Entonces a voz en cuello cantaba el abuelo en el tallercito. Rogelia, su madre no había cumplido los quince cuando el Gregorio, se la llevó en el camión. Amaba el tango y le puso al hijo Carlos por Gardel y Hugo por Del Carril. Ella apenas había cumplido dieciséis. Pero una noche apareció con el niño y lo dejó al cuidado de los padres. Se fue. 

            Cuando cumplió los seis años el pequeño, de la mano lo llevaron a la escuela. Ropa limpia y cabello azulado por la gomina. Se usaba sólo, en las noches de milonga, pero ese día se la pusieron. En un hermoso portafolio cosido por el anciano, un cuaderno de hojas rayadas y un lápiz que le habían puesto un piolín con la goma de borrar. ¡Para que no la pierdas!

            Entró asustado. Otros chicos lo miraron altaneros. Él, era... un sin padres. Pero la maestra lo llamó por su nombre: Carlos Hugo Gardez... y los chicos se rieron. ¡Igualito a Gardel, dijo una niña de trenzas rubias!

            ¡Nada de chistes con sus compañeros! La maestra amorosa, no quería que sus alumnos sufrieran. La mañana pasó como todas las mañanas de colegio, entre risas, peleas y juegos. Al salir estaba la abuela, bellamente vestida y perfumada. Lo tomó de la mano y escuchó que silbaba el padre de un compañero, entonaba el tango: "Grisel". La anciana se volvió y lo miró asombrada. Era el camionero que se había llevado a su muchacha. ¿Dónde estaba Rogelia? ¿Qué había sido de su niña? El hombre salió de escapada por la acera contraria. No se atrevió a saludar ni a mirar al hijo.

            No lo volvieron a ver. Al compañero de Carlitos tampoco. ¿Había escapado como un cobarde? Pasó el año, el verano cayó como una manta bochornosa y húmeda, que atrajo insectos insoportables. El anciano, lo llevó al remanso del río a refrescarse. Vio un grupo de pescadores que se disputaban un pez aparentemente grande. Enganchado a un anzuelo, sacaron un cuerpo carcomido por las palometas. ¡Salieron corriendo! Dejando el bulto sobre la orilla. Llegaron el comisario y ayudantes. El viejo, se llevó al niño y regresó curioso. Algo le había llamado la atención. Una parte de la ropa que envolvía a esos restos, le parecieron conocidos.

            Al día siguiente, llegó el alguacil a la casa de los Gardez. Venía a hacerle preguntas que los ancianos apenas podían responder. ¿Ese bulto inhumano, era Rogelia?

            La noticia se desparramó como serpientes entre los matorrales. La hija y madre, estaba muerta. ¿Quién la mató? ¿Cómo fue? ¡Ahora comenzaba la increíble investigación!

TRAS LA VENTANA AZUL

 

Comenzó a pintar un cielo azul. Pero no había visto desde hacía mucho tiempo el cielo. El encierro. La locura. El silencio. Etelvina. ¿Está caso bajo el mismo techo? Siguió pintando. Un cuadro, otro y otros en colores de cielo, de libertad de augurios. Recordaba a lo lejos, cuando cerraba los ojos la casa de su abuelo. Era tan cálida y perfecta como la canción que escuchaba desde su lecho.

Escuchó los pasos de una persona que se acercaba por el largo pasillo de la clínica. ¿Qué le traía ahora? Un sueño. Una larga lista de pequeños recuerdos enmarcados por láminas doradas. Un libro. Esos que solía traerle Etelvina con ilustraciones de parques o de bosques en invierno.

Se bajó de la cama hasta quedar en el piso acolchado de espuma. O era sólo un sueño. ¡No importa! Viene como un pájaro de esperanza. Se detiene e ingresa. No es Etelvina. Entra un hombre de blanco. Y mira mi ventana azul, sin vidrios ni cerrajas. ¿Cuántas pintaste hoy, me dice? Lo miro sorprendida. No lo conozco y él, sabe que mis ventanas azules vuelan en los lienzos.

Me acerca un vaso con agua clara, transparente como su mirada curiosa que se posa en mis telas. ¿Qué bien pintas! Y ríe. Está por darme otra de esas pastillas que me da Etelvina y que yo guardo en mi almohada. Escondidas, por cierto. Cómo haría para pintar ventanas si tomara esas pequeñas cápsulas que me quitan el sueño y no puedo volar a través, de los vidrios azules, de mis ventanas al cielo.

Son de color rosado. Me las pone en la mano. Son distintas a las que guardo. Prueba, me dice, estás te harán soñar con pájaros y flores!  Y las tomo. Y de pronto despierto en el silencio y salgo volando por las ventanas de vidrios azules de mi cuarto. Vuelo, vuelo por el aire que me envuelve el cabello que tiene color tiza y ha crecido en los años que me quedé en mi habitación de la clínica donde me dejó mi amado, cuando conoció a su "princesa" de pelo colorado y ojos de esmeralda. ¡Está loca! Cuiden de ella. Y partió al olvido. Y yo me quedé sin él, y sin mi vida. Ahora vuelo hacia el infinito, el sol me acaricia el rostro. Soy libre.

Tal vez, volveré por las ventana de vidrios azules para esperara que regrese por mí. Y vuelva a casa.

 

martes, 26 de mayo de 2026

ANTHEIA, UNA ESCLAVA DE RODAS

 

 

Antheia sostiene una lámpara sobre el lecho en donde tiembla el cuerpo afiebrado de la joven Licaria. El aceite agoniza en el candil. La esclava también. La persistente fiebre ha hecho una silenciosa tarea. Dos mujeres que, no pertenecen al mismo amo, pero se conocen por origen.

Preocupada la compañera, destapa las piernas de la enferma y observa una herida a punto de estallar en la extremidad derecha. Amoratada la piel, se nota tirante y busca una salida que, inminente, empujará hacia el exterior sus humores. Un olor penetrante y pútrido invade la estancia. La mujer murmura palabras incomprensibles. Tiene sed. Está sola.

            Antheia le humedece los labios agrietados sin tocarla. Puede ser una desgracia que los dioses Hermes Trismegisto o Hades, envían en venganza a las que fueron robadas en la guerra. Tal vez un mal contagioso o la enfermedad maldita. Cubre con mucho cuidado, casi sin rozarla, la pierna, con fría tela de lino mojada. Buscará alguna manera de bajar la temperatura. Evita que reviente, para que no se desparrame la secreción verdosa, como suele desprenderse de una lesión, tal cual está el tobillo de la enferma. Los dedos de Licaria se aferran a la tosca túnica que cubre el cuerpo de quien la protege. Murmura y bisbisea palabras incomprensibles. La lengua primitiva y lejana de su ciudad perdida es la que desahoga el terror a la muerte.

            La compañera sale presurosa a buscar ayuda. Las piedras de la calle que debe atravesar hasta llegar al caserón, donde habita su dueña, penetran con filoso calor las sandalias de fina suela de cuero y cáñamo. El sol cae plomizo sobre la piel oscura de la sierva. Impregnado de sudor, el cabello y la túnica se pegan al cuerpo. Se desplaza como se suele hacer a esa hora de medio día, entre la pobre sombra de las paredes en losas que amurallan la casa de los señores guerreros o comerciantes de Rodas.

Su figura juguetea como marioneta efímera entre la “stoa” que la conduce a su hogar. Debe solicitar auxilio a su señora para la desdichada Licaria.

            Llega al atrio. Luego de hacerse anunciar, se refresca en la copa junto a la cisterna pluvial. Ese enorme copón de piedra resiste el tórrido verano. El agua es fresca y limpia. Una pequeña esclava egipcia, busca en el interior al ama, quien se hace esperar. La fina mano, ornada de anillos de exquisita orfebrería, acomoda el cabello preciosamente trenzado, mientras se desplaza al propileo. Está disgustada por la interrupción. Queda unos segundos en silencio. Kalithea, la dueña, espera que la muchacha hable. La esclava no se atreve ni siquiera a elevar la vista. La pregunta surge de los cuidados labios de la dama. Antheia le ofrece una detallada descripción de lo que sucede.

            La importante griega, ha tenido un sueño esa noche. Palas Atenea en forma de ave gigante revoloteó sobre el tejado de la columnata, señalado alarmantes signos de enormes calamidades para la casona. Despertó conmovida y llorosa. La presencia de la esclava la sobrecoge y se torna más inquieta y alerta. ¿Cuál será esa catástrofe? Tal vez la peste o una nueva guerra. Ingresa a las habitaciones y regresa con unos “dragmas”, que pone en la mano temblorosa de Antheia. También trae hila de lino limpias y de algodón egipcio que compró en tiendas cerca del ágora. “Busca a Hipóstrato, él y Diocléous, tratarán de curar a esa mujer. Dile quién te envía”. Regresa al dormitorio, despidiendo a la muchacha. Comienza una súplica a los dioses protectores en el altar familiar.

            Antheia sale rápido por la angosta calzada ardiente. En el barrio oeste, bajo el templo de Atenea Kamira, sabe que encontrará al médico. Primero se detiene en el templo para hacer una rogativa a la “diosa Higeia y al dios Apolo”, dejando un “dragma”, en la seguridad de que ellos aceptarán la ofrenda. Despliega una rama de olivo junto a una pequeña imagen de la diosa Hestia que ennoblece un retablo en la calle por donde atraviesa y continúa el camino. Compra una talega de mirra para mantener el fuego sagrado. Lo entrega luego al pasar, a las celosas protectoras del templo de Atenea Kamira. Un extraño silencio acongoja el ánima. Los cuervos se han echado en los tejados abriendo las negras alas, que abrazan las tejuelas con el azabache brillante de sus plumas. Ensombrece la oscuridad el resplandor rojizo de la techumbre. Oprime esa inquietud siniestra que merodea Rodas. 

Electrizada en franco dolor la esclava suspira. Sólo se escucha, al pasar, el murmullo de las voces solemnes cantando loas a la venerada Hestia, en boca de las sacerdotisas.

Con celeridad, llega a Filouspapos, el barrio de los eruditos, y busca la casa de Diocléous, que yace en su “oikos” bajo la higuera refrescándose. En la puerta de madera, tallada con mano hábil, una intrincada serpiente que enrosca el bastón de Mercurio indica el sitio exacto. Es allí. Golpea y espera. Aparece una anciana ciega. Antheia, le explica qué la trae a molestar al galeno. La agobiada mujer queda aguardando a quienes ayudarán a Licaria. Hipóstrato y Diocléous deben prepararse. Salen ambos ancianos con un morral repleto de instrumentos y medicinas. Los sigue un puñado de esclavos capadocios. Ligeros e inteligentes, se adelantan con sahumerios y rezos a los dioses de la salud. La prisa domina al grupo. Antheia señala el camino. Son doce hombres. Ella, atrás, por ser mujer y esclava, los sigue sin levantar los ojos.

Al ingresar en el habitáculo, el hedor de la carne humana, pone a los expertos en guardia. Encienden numerosas lámparas. Los esclavos capadocios traen cubos de agua limpia. Un afilado estilete penetra la carne palpitante y fétida. Un grito desgarrador atraviesa el espacio. En una vasija de barro caen los humores infectos. Licaria pierde el conocimiento. El dolor, la fiebre y un deseo intenso de dejar la vida, la envuelven. Esclava por la fuerza, atropellada por soldados que, siendo niña, la arrebataron del cuerpo inerte de su madre. Sólo ansía volver en un viaje alado, el de la muerte, a su país natal. Ya no recuerda mucho de su tierra, ni tiene en la memoria el rostro de la madre. Ha huido de su mente por el sufrimiento el mundo íntimo de Licaria.  Está atravesando el delgado filo entre la vida y la no vida. Presiente la cercanía de la barca de Cancerbero. La ve. Delira.

Diocléous, raspa hasta el hueso la carne pútrida y arranca sin piedad trozos de piel y músculo. Los esclavos sacan, entre hilas y paños, los despojos. Los entierran en un profundo hoyo tras la casa. Agregan hierbas y sal marina. Adentro, agua, emplasto y el fermento líquido de las vides, hacen gemir a la enferma. Le dan a beber vino de “Phaistos”. Confunden con la bebida su conciencia y mengua el dolor.

Comienza a disiparse el mal olor y se desparrama el aroma del vino. Dionisos, el dios del delirio místico se encarna en el brebaje. Le dan a beber, más y más; y lo derraman en cada llaga. Además, queman bayas de plantas de adormidera en un brasero, que va envolviendo con humo denso el lugar. Adormece a Licaria y a los que se quedan en vigilia junto a ella. Sueña.

En un breve murmullo, escucha Hipóstrato a la joven mujer que llama su patria. “Alexandria, me gusta el mar por la mañana. Déjame regresar a ti, ciudad querida”.  Un remezón conmueve el piso. Comienza un ronronear de la tierra volcánica. El ruido y el movimiento turbulento sacuden todo. Terremoto y horror. Olas gigantes arrollan la isla de Rodas y las vecinas Creta, Epidauro y Delfos.

Licaria vuelve a Alexandria. Esa que está tan distante, tan lejos como la vida. Tan lejos como la libertad para la esclava.

 

 

 

VOCABULARIO

Stoa: fila de columnas dóricas con cámaras para tiendas y alojamiento en la parte trasera, que se alzaba sobre una cisterna con capacidad de 600 m3 de agua para abastecer a 400 familias en Rodas. Siglo VII a C.

Dragmas: moneda común usada en la antigua Grecia.

Oikos: en las casas de los “señores” el Oikos era la parte de huertas, cuidadas por esclavos, donde se criaba el pequeño rebaño familiar. Sólo lo tenían familias patricias. Siglos V, VI en adelante. De la palabra Oikos deviene la palabra economía.

Ágora: espacio o plaza donde se desarrollaba la vida pública, muy importante en Gracia antigua. Allí se creaba la Cultura y la Filosofía.

Higeia y Apolo, Atenea Kamira, Hestia, Dionisos, Cancerbero: Mitología Griega. Dioses que acompañaban a los hombres en su vida diaria.

Alexandria: Ciudad actual de Alejandría, norte de Egipto, sobre el Mediterráneo y en la desembocadura del Río Nilo. Famosa por su histórica biblioteca.

Phaitos: región fértil de Grecia, donde se cultivaba vid y se hacía vino.