lunes, 29 de junio de 2026

NATALIO

 Al final comenzó a caminar por la orilla de la carretera sin rumbo fijo. Deseaba cumplir un sueño. Si se alejaba de ese mundo pequeño que lo apretaba a la tierra árida y polvorienta que rodaba la vieja casona, solo lograría terminar como todos los muchachos que vivían en los alrededores. Viejo a los treinta años y con dolores en todo el cuerpo por estar siempre resolviendo tareas duras y pesadas. Ya comenzaba a salir el sol. A lo lejos, se veía un camino menos descuidado. Tal vez, por allí pasaría algún camión o autobús que lo acercara al pueblo.

Él, había soñado de chico con ser otra cosa, no un simple trabajador del campo a destajo. Soñaba con ser un deportista y dar de sí, todo. Todo su cuerpo y su alma era como un ave migratoria que buscaba el camino al futuro. Tenía quince años y le quedaba poco tiempo para cumplir sus ilusiones. Su calzado le regalaba dolor a los pies cansados, tenía unos viejos botines que le regalaron en la escuelita de Villa Isondú. El maestro, al ver que caminaba en "patas", se conmovió y le regaló las botas que cuando llegaron a sus manos, fue como si del cielo se desprendieran guijarros de oro puro. ¡Eran hermosos! De color rojo y azul y tenían suela gruesa y suave, que le daban alas a sus pies cansados. Creció y se fueron ensuciando y gastando como su sueño infantil. Pero ahora, caminaba para encontrar la salida de la tristeza.

Su padre enfermo, yacía en una extraña locura donde su infierno personal, no le permitía ni tan siquiera, reconocer a los muchachos, los hijos. Su madre… una mujer que fue perdiendo hasta las ganas de desplazarse por la tierra y los ladrillos que servían de piso en la casa. La casa se iba deshaciendo de a poco. Era como su madre y su padre. Ellos, se iban desfigurando, para transformarse en fantasmas vivientes.

Anteayer su madre, se aferró al respaldo del lecho del viejo y se desplomó. Un grito gutural salió de su triste garganta seca. Las hermanas de Natalio, la lavaron, le pusieron el único vestido decente que tenía y llamaron a don Miguel, el patrón que se encargó de llevarla al camposanto. Y así descubrió la puerta a su desesperación, se iba en busca de otra vida. No quería esa. Los otros, se harían cargo de su padre y de la tierra. Él, voló como ave solitaria.

Una chata del campo de don Arturo, un vecino, lo recogió en el camino y lo llevó al pueblo. Allí subió al autobús y se fue a la gran ciudad. Cuando descendió, sus ojos se opacaron al ver la miseria humana que lo rodeaba. No se asustó, pero se previno, sacó con cuatro palabrotas a los que le pedían dinero, ropa y un sin fin de cosas. Él, llevaba anotado el lugar donde su patrón le había aconsejado. Era un asilo de la Cruz Roja, "gente buena y de confianza", le había dicho. Te lo mereces, Natalio, pero cuídate.

Tomó un micro pequeño, que lo dejó casi en la puerta. Era un edificio antiguo, pero impecable. Se detuvo un instante, respiro profundo y tocó la puerta que crujió cuando la abrieron. Un hombrecillo calvo, con gafas gruesas y desdentado, leo recibió con una amplia sonrisa. Ingresó al mundo nuevo, al que lo llevaría a lo que hoy es su hermosa vida; vida que le permitió ayudar a su padre y hermanos.

De esa casona, lo acompañaron al Club, allí lo esperaban porque don Miguel, había hablado con el presidente de la institución sobre lo que Natalio era: "Ese muchacho, es un diamante en bruto". Y sí, comenzaron por hacerle estudios médicos, le cambiaron la dieta, le dieron rutinas de gimnasio y aprendió ciento de estrategias deportivas. Ya pasado los dos años con diecisiete años, era un diamante semi pulido, le faltaba poco para ser el "crac" que estaba escrito en su destino.

Su vida cambió tanto que estaba irreconocible, pero siempre humilde y soñador. Natalio, comenzó a pasar de ser un pajarillo de campo a un águila dorada… su cuerpo y alma se habían conjugado con esa estrella que solamente tienen algunos privilegiados.

Su sueño se cumplía justo cuando una noche su hermana Remedios, le avisó que su padre había partido al otro mundo, a ese desconocido de la muerte. No pudo llorar, pero salió al campo de juego con la esperanza de demostrar que cuando se quiere lograr algo, esto con trabajo y esfuerzo, se le entrega en la mano.

Hoy Natalio es un líder y el mundo lo ama.  

 

UN CUENTO DE AMOR Y DE GUERRA

 

El fuego la hacia sentirse como Dios, cuando vio el sol; entonces inventó la novela de un amor imposible y tormentoso. Al alba, descalza caminaba en la nieve esperando la llegada del soldado que la había escondido en el desván. Cuando el sol comenzaba a iluminar los árboles y ella recordaba el beso, que como un rayo le atravesó los labios, de ese hombre desconocido, que podía matarla con el arma que llevaba en la cintura y sólo atinó a abrazarla, y besarla lenta y silencioso con la boca oliendo a hierbas húmedas, a setas, a musgo. La envolvió en una capa de color gris, sucia y rota y subió al altillo y la dejó, quieta y callada, haciendo una señal de: “No hables, ni grites, ni te muevas” que aceptó inmutable. ¡Pero no llegaba! Se fue la nieve y siguió esperando. Famélica, sudorosa, aterrorizada. ¿La guerra continuaba a la distancia? Se oían los ruidos de metales que chirriaban sobre la tierra mojada y los sonidos de balas de todo calibre.

En la sala, cuando necesariamente bajaba del desván, olía a soledad y a muerte. Pero ella se había propuesto recuperar ese amor imposible.

Cuando llegaron las tropas, recorrieron la casa vacía y estaban a punto de salir, cuando un crujido, alertó a los hombres. El más viejo, miró hacia el techo y con el dedo, señaló hacia arriba. Un mozo joven, imberbe, subió lentamente la frágil escalera con el arma lista. Abrió la puerta y encontró a una joven moribunda, abrazada a una capa y con una carta en las manos que apenas se podía leer.

“Amor mío, te seguiré esperando hasta tu regreso”. El muchacho hizo una seña llamando al veterano y éste, comenzó a trepar lentamente los escalones que crujían con su peso. Ella lo miró y cubriéndose con el brazo escuálido, la cara, con un sollozo, le preguntó: ¿Ha regresado mi amado? Y cayó desmayada entre los brazos del hombre.

Nadie se atrevió a tocarla. Llegó un enfermero y luego de auscultarla, les dijo que le quedaban horas de vida. Estaba deshidratada y muy enferma. Neumonía.

El rostro de los hombres curtidos por la vida entre trincheras y hoyos de morteros, se ensombreció y alguna lágrima rodó por la piel curtida. Uno de ellos, acercándose le dijo: ¡Amor mío, he vuelto! Y la acurrucó en su pecho con olor a pólvora y barro seco.

Ella, se enlazó al cuello y suspiró. ¡Has regresado! ¡Mira el sol, es fuego que entibiará nuestra casa! Y se quedó dormida. Le dejaron comida suficiente y remedios y una carta que decía: ¡Amor mío, tengo que irme, pero debes superar esto y curarte! ¡Volveré a buscarte!

En el verano, cuando ya los árboles cuajados de frutos mostraban la vida de la naturaleza generosa, ella repuesta, vio por el sendero que avanzaba un hombre. Era el joven soldado que la había encontrado en el altillo, que cumplía una promesa hecha por otro que quedó en una trinchera cualquiera del horror pasado.

MÁS VALE PÁJARO EN MANO QUE CIEN VOLANDO


 

            Agapito siguió a la yegua madrina con la tropilla chusca. Tenía que aceptar, cabeza gacha, con las órdenes de misia Eleuteria, su patrona.

            Desde que don Juan Leoncio murió, esa mujer se había estropeado la sesera. Pedía, exigía y ordenaba cosas cada vez más locas. El peón sabía que era más práctico ir a la feria del agro a comprar un padrillo y dos o tres yeguas como “Aurorita”, la madrina que ya vieja y mañosa  no tenía potrillos y pateaba cuando los chúcaros la querían “cubrir” pero no le podía discutir, ella creía saber todo.

            El potrero sur estaba atestado de potros ordinarios, de poco valor que nadie quería. Con sus coces, rompían los alambrados y el potrero era un asco. Una tormenta de truenos y refucilos, los espantó tanto que corrieron dislocados en todas direcciones, cayéndose algunos y quebrados sus patas otros. Luego fueron cayendo en el barranco del río que venía borracho de aguas turbias. Era como fuego húmedo y lodo. Los animales se alejaban como cadáveres de la Apocalipsis. Así había dicho el padre cura en la capilla hacía un tiempo. Así es el demonio, como el río cuando está bravío y ciego. Arrasa con todo.  Y fue así, no quedó nada, o sí, la yegua madrina que herida y enlodada se arrastró hasta el alto llamando con relincho a los pocos caballos y potrillos que sobrevivieron.  

 

 

AÑO NUEVO

 

¡No te creas que tendremos un festejo, será diferente! El cielo está surcado de fuego y no salimos de esta historia que trae la vieja crónica de los libros. ¡Vinimos a la tierra prometida buscando estar mejor que en el país del sur, pero acá se ha transformado en lo que ves, un perpetuo odio de los países vecinos! La anciana caminaba con un andador arrastrando su pierna encogida por la artrosis. Nunca imaginó que se quedaría en ese pueblo tan cercano a la línea de guerra con el país vecino. No imaginó, tampoco, que en menos de un par de años perdiera el compañero de toda su vida. Ni imaginó que sus cinco nietos quedarían a su cargo porque el deber de servir al nuevo estado como soldado a su hija.  A su yerno lo habían matado en una emboscada unos insurrectos. Fue un verano insoportable. Con cuarenta y ocho grados de calor, sin una gota de lluvia, fue designado por un jefe a recorrer una zona peligrosa. El jeep, saltó por los aires con una bomba que salió de la nada. Todos murieron y las exequias fueron muy conmovedoras.

 Sin embargo, ella esa mañana, lustró el candelabro, buscó las mejores velas en el mercado. Compró un trozo de carne de carnero y una botella de vino. Hiervas amarga, para festejar el Año Nuevo. Buscó en su placar un vestido que ahora le quedaba enorme, se peinó como lo hacía cuando llegó a su nueva y vieja patria y esperó festejar la fiesta. Cuando llegaron los niños al departamento, se sorprendieron ver todo tan bonito. ¡Hoy vamos a olvidar los malos tiempos! Cerró la ventana y fueron encendiendo cada candela uno a uno, se sentaron y cantaron unos salmos. De repente, la sirena... avisaba que un nuevo atentado con misiles llegaría por ahí. El estallido no permitió tomar conciencia, que no había la abuela había olvidado que no hay ventana que resista el odio.

INFIERNO PARA OTRO

 

            La Rosario se sentó junto a mí en el jardín de la casa de campo, siempre tenemos ese clima de confianza que hermanan a las mujeres. Ella criada allí en medio de los cerros y yo tan citadina como un Shopping.

            - Los tulipanes han comenzado a abrirse y los narcisos como si quisieran besar el sol han crecido mucho este año. ¡Ah, si hasta los jacintos besan la tierra por culpa de la lluvia inusitada y a destiempo en la temporada. Hay mucha humedad  en el terreno de atrás…!

            - Hoy no vino tanta gente joven como el otro año. Recuerda como estaba lleno, pero este año no les han dejado traer alcohol, por eso ya no quieren venir. Antes era una fiesta.

            - Se emborrachaban y hacían desastres, por eso no los dejan.

            - Si, vi muchos jóvenes en el camino en paso al poblado, ¿sabe, creo que es mejor, ahora hay muchas chicas que se embarazan sin cuidarse y después…?

            - Ni me diga, si lo sabré yo, porque acá nos conocemos todos. Hace muy poco se suicidó la Hortensia, la cuñada del “Tormenta Suárez”. Dicen que la dejaron un ratito sola y cuando volvió el Pelado, estaba colgada medio de rodillas sobre la tierra, mismo donde encontró al hijo. No se pudo hacer nada, era tarde.

            - ¿La Hortensia no es la que el año pasado perdió dos hijos?

            -  Sí se suicidaron igual que ella, mismo lugar, misma forma, no le dije. Dicen en el pueblo que estaba loca. Dicen que estaba de nuevo embarazada. No quería más hijos.

            - ¿Usted qué cree Rosario, acaso una mujer al que se le van dos hijos de esa forma, no se puede trastornar?

            - Y… visto así… claro, lo que pasa es que acá hay mucha ignorancia y pobreza.

 A los hombres no les gusta agachar el lomo, se sienten inferiores si trabajan en cosas pesadas, todos quieren trabajar en empleos de la municipalidad.

            - Pero es la ley de la vida. Trabajar es para lo que venimos entre otras cosas, ¿No? Y si aprenden un oficio o hacen trabajos manuales. Yo pienso que dignifica al ser humano el trabajo, sea cual sea.

            - Acá trabajamos las mujeres. Nosotros hacemos todos los trabajos más duros, ellos son los señoritos.  Y no le digo como nos tratan en la cama.

            - ¿En la cama? ¿Quiere decir dentro del matrimonio? En la vida sexual es cuando más se les nota el machismo acá y en todos lados. No crea que en la ciudad es muy diferente y pasan cosas parecidas.

            - ¡Pero acá son como animales! Yo a mi hombre le tengo mucho miedo. Me casé muy joven, tenía trece años, pensando en otra cosa. Me agarró desde un principio y como ya había tenido dos hijos, me obligó a abortar seis veces.

            - ¿Seis veces? ¿Acá en el campo?

            - Y si supiera… a los lugares y con quienes me llevó, no mi he muerto de pura suerte. Y yo todas las noches cuando me acuesto, después de rezar, le pido a la Virgen que él pague por lo que me hizo hacer.

            - ¿Lo odia o le teme? Dios no la va a juzgar por lo que él le hizo hacer.- Imagínese si Usted mi querida amiga, hubiera tenido que criar ocho niños.  A los dos que tiene los educó sanos y le dio estudio y oficio. ¡Con ocho hubiera podido si él no trabajó nunca?

            - Yo antes le tenía terror. El miedo me hacía hacer pis encima cuando venía a la cama medio borracho. Se acostaba y me agarraba del pelo y sas…púmbate, encima de mí. Me fui acostumbrando pero ahora con la edad que tengo, ya casi sesenta, lo eché de la cama.

            - ¿Ahora le tiene miedo él a usted o quisiera que…?

            - Por lo pronto no lo dejo ni que me toque, se imagina que un viejo de mierda sólo quiera… bueno usted sabe ¡ no? Y me insulta y dice que soy una tal por cual y que se va a ir a buscar una muchacha entre las casas… que para eso me casé y hasta puta me dice. Pero yo no me casé para que me hiciera estas cosas.

            - ¡Yo entiendo lo que ha sufrido! Nunca imaginé que sufriera tanto.

            - Me hicieron cualquier cosa. Enfermeros, medicuchos de tal por cual, matronas mugrientas…rezo por esos pobres angelitos que nunca vieron el sol. Y le ruego a Dios, porque soy muy devota de la Virgen, que este viejo de mierda pague por todo y cada uno de los abortos que me obligó hacer. Espero que lo pague en el infierno.

            - ¿Tiene miedo? ¡Dios no la va a juzgar y él sabe!!!

            - Sabe mi amiga, lo odio tanto y más cuando anda tomado y quiere acercarse a la cama. Saco el rebenque para  hincárselo en donde sea. Si es ahí mismo en la… mejor. Lo saco a golpes y me tiene miedo, él ni siquiera quiere operarse una hernia porque tiene miedo al médico y mire por lo que yo he pasado.

            - Bueno cuídese no vaya a ser que termine mal la cosa.

            - No… ni se acerca. Si por él fuera, yo lo tendría que servir cada noche hasta que me muera. ¡Qué se muera él antes que yo y espero encontrarlo en el mismo infierno!

            - Bueno tal vez su vecina se murió por algo parecido.

            - Nunca lo vamos a saber, yo nunca se lo conté a nadie. ¡Sabe que me siento mejor ahora que por primera vez lo digo?

            - De mi no saldrá. Y sepa que hay seis angelitos que la cuidan y la esperan…

            -Y seis diablos que lo esperarán a él. Que lo arrastrarán por las brasas hirvientes. ¡Eso espero! Hasta la semana próxima. ¡Está muy lindo su jardín amiga, me llevo seis tulipanes para la Virgen!

            Rosario camina encorvada por el esfuerzo de subir y bajar entre las piedras del cerro. Con su cabello blanco y su alegre silbido llama al perro que la acompaña por cada lugar que va de visita para tener a sus conocidos al tanto de las historias del lugar.

 

¿POR QUÉ ELEGÍ ESTA PROFESIÓN?

 

 

            ¿Otra vez la traen? Cuánto hace que vino a parir y le dimos pastillas y le ensañamos y…

            ¡Si usted sabe que es deficiente y ahora mire cómo está! La han violado. La trajo la policía porque la encontraron en la calle frente a la concesionaria, donde duerme, sobre un charco de sangre.

            Traiga una camilla y la llevaremos a quirófano. Antes la bañan, la rapan para sacarle los piojos y las liendres. ¿Tiene sarna? Menos mal que no tiene como la otra vez.

            Doctor, está con la presión por el suelo. No sabe ni puede decir el nombre. ¡Pobre infeliz!

            Pónganle un poco de sangre y suero, y un calmante. ¡Uy, está destrozada! Otros guantes, barbijo limpio y sáquenme el delantal y traigan uno limpio. ¿Dónde estarán los hijos?

            Se los quitaron hace como dos años, están en el Instituto del Menor. Mejor por lo menos ahí comen y están medianamente bien. Doctor, le traigo la historia clínica por si quiere verla.

            Es la treceava vez que la traen. Creo que esta vez… si no se muere, la vamos a castrar.

            Usted sabe que no puede, la Ley no se lo permite.

            ¡Me cago en la Ley! ¡Que venga un puto diputado, juez o  lo que sea y vea cómo viene esta loca cada vez que alguien la embaraza o la viola! ¡A ver si son capaces de arreglar lo que le hacen!

            ¡Mire, doc. usted es muy joven, hace cuarenta años que laburo acá y he visto de todo!  Por empezar, nenas de 8 y 10 años violadas por sus padrastros, padres o abuelos, mujeres obligadas a abortar por sus parejas con palizas o hasta ganchos hechos con perchas de alambre incrustadas en el útero, y me va a decir a mí, que esto es lo peor! No doc. esto es común, he visto demasiado en mi vida.

            ¿Cómo aguanta, mujer? Yo me moriría. Pensar que mi cuñada quiere tener un niño y ha hecho como seis tratamientos y no lo logra.

            ¡Acá la traen! Está muy débil. Déjeme que lo ayude. Ella es hija de su padre y ha tenido dos chicos del padre, y son hermosos. Rubios, de ojos celestes y blancos como espuma. ¿Y sabe que son inteligentes? Una vez vino con las libretas de la escuela donde iban y tenían puros nueves y diez, pobrecitos.

            ¡Eso es increíble! Llame al cirujano, tiene un embarazo de cuatro o cinco meses y está vivo el feto. Llame a la doctora Teresa Estrada, ella me ayudará. ¡Urgente! Corran.

            La mujer murmura… ¡Y mis hijos! ¿Dónde están mis otros hijos?

            ¡Calmate Aurora, tus chicos están bien, ahora te vamos a curar! ¿Quién te hizo esto? ¿Te acordás? 

            Vinieron unos chicos muy lindos en un auto grande y brillante y cuando me acerqué a pedirle unas monedas me agarraron, me metieron detrás de una obra y me agarraron entre todos, y me decían que era linda y me iban a dar plata y no me acuerdo más. Eran muchos, jóvenes y tenían lindo perfume.

            Bueno, Aurora, el doctor y la doctora van a ver que hacen por vos. No tenés que subir a cualquier auto, ni acercarte a los hombres. Dormite Aurora, dormite.

            Mirá Jorge, hagamos una cesárea. Está muy delicada.  Prepárenmela para la operación, oxígeno y raquídea. Tiene baja la presión; aunque sea salvemos al niño.

            En el quirófano se mueven a destajo. Corren las manos y monitorean cada acción. Sacan un neonato que al pesarlo sólo pesa 800 gramos.

            Doctora, baja la presión. El neonatólogo dice que el niño tiene siete meses, que es pequeño pero puede vivir en incubadora hasta alcanzar el peso. ¡Doctor, la Aurora se nos va! La presión… está en tres, se muere doc. Haga algo.

            Tranquila. Resucitación… rápido, está fibrilando. Se nos va. Aurora por tus hijos, Aurora… el grito atraviesa las gruesas paredes del quirófano. Sólo se oye le ruido estable y rectilíneo de los monitores. Un berrido sale de la incubadora donde un bebé pequeñito pelea por su vida.

            Todos lloran en la sala. Por Aurora, por los niños y por la impotencia de las acciones de seres que se dicen humanos y son peores que bestias.

 

 

JUNTO A LA ACERA DE SOL

 

 

            Marleni corre por la vereda. Su risa es un carillón de alegría. En su mano izquierda surge la muñeca de ojos de porcelana y boca de dientes pequeñitos como los de una ratita de juguete que le trajeron los Reyes en casa de su madrina Perla. No puede ir más allá de esa acera donde alumbra el sol y siempre acompañada de la abuela.

            Espera a su mamá que viene en el micro del trabajo. En casa está la abuela diana haciendo magia con las cacerolas. Compró temprano en la feria un conejo (qué asco) que algún cazador consiguió para mitigar el hambre de su propia familia.

            El perfume a hierbas del jardín de su casa le penetra en la pancita y los pulmones dormitan recuerdos del domingo en que se juntaron en el patio con la madrina a festejar el final de las lluvias. Ya no hay barro en la calle y el sol calienta la acera. Su papá se fue hace muchos años, ella ya ni se acuerda como era. A veces sueña que un señor de cabeza grande se acerca sonriendo y la besa; pero su abuela le asegura que no puede ser el papá porque era de porte menudo. ¡No importa, ella sueña igual!

            Una noche que vino su madrina, escuchó que hablaba con su mami y ella lloraba. Le dio mucho miedo. ¿Y si su mamá se enfermaba? ¿Y si se iba como su papá? bueno estaría la abuela, que siempre renegaba porque Marleni dejaba los juguetes tirados por el pasillo o en el comedor. De noche creía ver un monstruo terrorífico en la ventana. Quería dormir con su mamá como cuando era más pequeña, pero no le permitía. El doctor dice que no es saludable.

            Tapada hasta la cabeza, se ahogaba, pero firme se quedaba en la cama. Incluso cuando había tormenta, sólo la dejaban ir a la cama de la abuela con los temblores. La pobre le tenía terror y allí sí se peleaba con su mamá. Por tu culpa me tuve que venir de Santa Fe, allí estaba segura, no se movía la tierra.

            Mamá, vos sabés que si no ya me hubiera matado… decía la mami y se ponía a llorar. La abuela se metía en la pieza y no aparecía hasta el día siguiente.

            Hoy llegó un policía con unos papeles y mami comenzó a tiritar, tenía mucho frío seguro. Salió corriendo hacia la cocina y le mostró a mi abu. Se abrazaron y lloraron juntas y reían juntas. ¿Mami qué pasó?

            Me abrazó tan fuerte que casi me ahogó. ¡Gracias a Dios y no se a qué santo, tu padre ha muerto! No entendí nada.

            Vino mi madrina y así me enteré. Mi papá era malo, quiso matarme a mí antes de nacer y como no pudo le prendió fuego a la casa de mi abuela allá en Santa Fe y en la cárcel, lo habían matado otros hombres malos.

            A partir de hoy podemos ir a jugar a cualquier plaza, viajar a santa fe y podremos juntarnos con tíos y primos. ¡Gracias mamá, le dijo a la abuela! y esta noche hicieron un pollo al horno con papas fritas y abrieron una botella de algo llamado champagne. Yo por las dudas esta noche trato de dormir con mamá, le tengo miedo a los fantasmas.