lunes, 23 de febrero de 2026

LA TRIGUEÑA


 

            El matorral cerca la vieja pedrera. Los ficus gigantes ahogan la antigua arcada de ingreso. Esa había sido la otrora mansión de Don Evencio Rojas y Trisón. Aún pueden verse los azulejos portugueses, que traían en los barcos como lastre, y que se usaban para decorar fachadas y banquetas de los portales sombreados. El silencio es sólo roto por el grito de los guacamayos azules. El aire enrarecido por el moho y el olor acre de los postigotes pudriéndose por las tormentas caribeñas, invaden el asolado jardín. Tormentas. Más que tormentas, arrecian lluvias bravías. El cielo se desploma digiriendo la tierra. La casa abandonada. Muerta. Recorta algunas imágenes de anticuados angelotes de piedra carcomidos.

            Dicen, porque lo dicen todos por aquí, que Don Evencio, murió loco de amor por la “Trigueña”. Tenía quince o catorce años la muchacha. Era desdeñosa y altiva. Pobre, muy pobre, eso sí, pero muy astuta. La madre quiso entregársela al “Pirata” pero ella huyó hacia la jungla cerrada. Dicen, porque dicen todos por aquí, que se desgarró el cielo furioso y que salía fuego de los árboles resinosos de sabia amarga. Un fuego helado por el viento grimoso que aullaba la interceptó. Y regresó no más, la “muchacha” descalza y chamuscada. Parecía herida por bestias infernales. Y él, la encontró. La trajo entre los pálidos brazos con pelambre anaranjada. La dejó sola en el sillón de seda y durmió dos días seguidos. Al despertar, dicen, que ella le sonrió y el hombre la cubrió de oro. De monedas de oro. Seducida por el brillo aceptó por un tiempo la lisonja y los regalos. Un día ya no estaba. Se escapó a la hacienda de Tiago Sampayo, el hijo de Don Girolando Sampayo. Dueño de diez mil acres de plantíos de café y algodón, al Norte. Y dueño también de cincuenta y siete esclavos fuertes de África Central. La enamorada, se escondió en el malecón entre las mandingas, que afrontaron castigos de látigo en sanguinarias manos de capataces  feroces.

            Dicen, puedo asegurar, que dicen, que Don Evencio la buscó con desesperada angustia. Indagó. Investigó. Pagó a delatores hasta encontrarla. Ella no quiso volver. Tiago Sampayo la había amancebado. Embarazada, la echó a la calle. Tiago era casado con Petronila Soares Da Silva, dueña de medio país. Con ella tenía once hijos blancos como ellos. La “Trigueña” desapareció de la zona. Y no hubo Dios ni demonio que la encontrara. Se había vuelto niebla, humo, en las tinieblas de la selva.

            Dicen y digo, que cuando ayer me mandó mi dueña a buscar un manojo de frutas maduras del huerto abandonado de la casa derruida…la vi. Era ella misma, pero detenida en el tiempo con un niño rubio mamando su pecho moreno. Mi grito hizo huir a los pájaros y guacamayos azules en una algarabía retumbona. Estaba descalza y con su traje verde claro hecho jirones. El cabello suelto y desparramado sobre su cuerpo flaco. No sé, si por mi grito o por mi terror cuando abrí los ojos ya no estaba. Corrí. Volé, mejor dicho, por el sendero abierto hasta llegar a la cocina de mi dueña. Pálida, dicen, que llegué. No podía hablar. Justina, me echó un trago de aguardiente en la boca. Así pude contarles. Todos se miraban, me miraban asombrados. La señora envió a Bernabé, el mulato, a dar una vuelta por el lugar donde la vi. Regresó tartamudeando y con terror, le suplicó que no lo mandara de nuevo al sitio. La había visto. La “Trigueña” y atrás al difunto Evencio Rojas y Trisón. ¿Fantasmas? No regresaré más al lugar aunque me castigue el ama.

            ¡Ah!, y… dicen que en el mercado del pueblo le llaman, a la casona abandonada, la casa del “Ahorcado”; porque así murió el loco. Don Evencio, loco de amor. ¿Y la Trigueña? Nadie sabe. Pero yo la ví. El mulato Bernardo también. Aún tiene quince o catorce años. Y dicen que vivieron antes de la guerra con los franceses, allá por 1700.

LAS CARTAS DE MI AMO

 


                        Llegué a la ciudad desde mi aldea, gracias al socorro que me envió tía Tymoti, ella me necesitaba en las habitaciones de sus amos para ayudar en tareas sencillas para mi lady. Lo primero que objetó el amo fue mis ruidosos escarpines de cuero y madera con que atravesaba el pavimento de mármol de los largos pasillos del palacio, por lo que pronto se me obligó a usar zapatos de cuero que dejara mi ama, casi sin usar. Yo, comencé a parecer una dama. Tía cosió unos vestidos de tafetán con esmero y sobre ellos usé unos delantales de organdí con viejas puntillas rescatadas de ropa de mi señora. Realmente era yo, con mis recién cumplidos diecisiete años, otra persona.

                        Tengo que agregar que traté en todo momento de no ser vista por Milord, mi presencia era por demás insoportable para ese gran político, que estaba siempre rodeado por jóvenes alegres, que le ayudaban en su tarea de escribir largos textos y discursos. Sus estrategias eran fundamentales para el estado. Lo visitaban ministros y embajadores, en forma permanente, haciendo proyectos para agrandar el país.

                        Un día se escuchó una terrible discusión entre el amo y el señor D., que había llegado a visitarlo. Una carta muy personal había desaparecido del escritorio del amo. Más, según escuché luego, cuando llegó el inspector de policía, el amo, vio cuando el señor D. sacó su legítima carta y la sustituyó por otra. El asunto es que en medio de las discusiones, el señor despidió a sus secretarios, que con profundo dolor se fueron, sin más que reproches y palabras amargas.

                        Yo había advertido, cuando me acercaba a los aposentos de mi señora en las madrugadas, que el joven secretario, Willians S. salía de la habitación del amo, vistiéndose, me echaba una mirada despreciativa y rápidamente desaparecía por la puerta de atrás de la galería de los retratos. Entraba luego como si no hubiera pasado la noche en los aposentos. Saludaba con desenfado y solía reír a voces contando en susurros alguna cosa a sus compañeros. Otras veces vi salir a George H. y también a Charles M., pero imaginé que trabajaban hasta altas horas de la madrugada y por eso quedaban en las habitaciones del amo. Después que sucedió lo de la carta, supe por el llanto constante y los reproches de mi lady, que algo era diferente. Parece que “ellos” duermen con el amo. Y la carta no es nada más y nada menos que la prueba de la vida licenciosa, a decir de tía Tymoti, que se desarrolla en esas alcobas. Lo que sí tengo que decir, es que es imposible aguantar la ira de cada uno de los habitantes del castillo. En especial de los sirvientes que se ven maltratados por los señores. Milady, tiene un arreglo con su esposo, de tipo comercial, creo, pues si bien no tienen hijos, ella ha obligado al caballero, que es jefe principal del Parlamento, a firmar papeles que la hacen dueña de tierras en el norte de Inglaterra y en África. Y tía Tymoti, me contó que madame, tiene dos hijos en Roma, que son de su difunto esposo, el primer marido. Bueno, en definitiva, la casa es un verdadero caos. Yo, trato de no aparecer en ningún lugar donde mi persona moleste. Trato de ser una sombra, ya que acá nunca he pasado frío ni hambre como en mi aldea. Lo que hagan mis amos es cosa que a mi, no me incumbe y yo seré fiel a mi labor hasta que me digan que no necesitan mi presencia.

                        El chofer me dijo, que parece que hay un inspector, que viene de vez en cuando, que ha hecho firmar al amo, un billete de 50 mil libras, para el que recupere la carta. Pero me dijo, también, que él, ha juntado de la recamara otras cinco cartas que son su pasaporte al futuro de su vejez.¡Menos mal que no se leer ni escribir! Pienso que eso, sólo sirve para crearse verdaderos problemas. Ahora voy corriendo a ayudar a mi ama que está desolada. Mañana vendrá el inspector Dupín, ¿Qué noticias traerá para mis amos?

CINCO ESTRELLAS

  

¡Sabía que las noticias malas llegan como las tormentas sin aviso!

-Señor Gordon, tendrá que acompañarnos-

Llegó cantando. Estaba feliz. Se había tatuado en la nuca cinco estrellas de cinco puntas. Eran de tamaño pequeño, pero se veían hermosas. -¡Nosotros pusimos el grito en el cielo. ¡Un judío no puede hacerse eso. La Ley lo prohíbe. Ya verás como se enojará el rabino.- dijo la madre.

-Mamá, yo no practico, me he cortado la barba y los peiot.- ¿Qué dirá el Seide? ¡Hay, qué fácil es para ustedes todo ahora!- ¡Cortala mamá! Soy el mejor de mi clase y en básquet y tengo el record en natación en la piscina juvenil.

-¡Ariel!¡Hijo Mío! Que Yahvé te proteja.-

Esa madrugada del sábado llegó la patrulla hasta el edificio. Salió Esther con la peluca sobre los ruleros y apenas cubierta con una bata gastada. -¿Familia Gordon? El dueño de casa por favor, que baje a la vereda con documentos somos de la policía estatal.-

Ismael se puso un pantalones, se acomodó la kipá, como pudo en su calva y bajó corriendo, con el documento en la mano y aterrado.

-¡Hay una posibilidad que identifique a unos muchachos que se han accidentado!-

¡Mi Dios! ¡Subió, se cambió bajo el diluvio de lágrimas de su mujer y su hija! Ya verán que no pasa nada, les dijo. Subió a su coche; que como todas la familia de esa cuadra estacaba en la calle. Siempre defendiéndose de los bribones, entre la vereda y las alcantarillas. Siguió a los policías. Llegaron, como era de esperar a un edificio descascarado, sucio y sombrío. Con olor a creolina y a cigarrillos, humedad que atravesaba cada pared y arista de las habitaciones mugrientas. Lo hicieron entrar a una sala donde estaban sentados unos tipos ignotos, groseros malolientes, con lentes gruesos, ropa vieja; que se escarbaban con palillos comida de la boca mal cuidada. Algunos sin rasurarse y silenciosos que lo miraron con desprecio ¿Quién sabe quién este fulano?

Señor Gordon pase. Sobre unas mesas de granito negro lidiaban con tres cuerpos. Se acercó despacio; destaparon a uno de los jóvenes. Sus ojos  se agrandaron cuando vio en la nuca del muchacho cinco estrellas de cinco puntas con un balazo en el medio. Un grito se atascó en su garganta y cayó con un infarto mortal sobre el piso de la morgue.

ROSAMUNDA

 


 

"DE ROSTRO REGORDETE, CON SU CABELLERA CASTAÑA, QUE CAÍA EN CASCADA HASTA LA CINTURA, MIENTRAS JUGUETEABA CON EL PIANO" A.A.

 

Finita tanteaba con sus manos artríticas el mesón, buscando los anteojos que le trajera Guillermo. Se le había olvidado donde los puso y solo veía bultos, luces y sombras. Una pálida lamparita iluminaba tímidamente el ambiente. Extremando el cuidado se fue acercando al lugar donde guardaba la llave del secreter. Arrastraba en colgajos informes la piel, la ropa enorme, los pies deformes cubiertos por unas antiguas zapatillas de seda; tratando de no pisar los lentes que pudieron estar caídos. Tanteando llegó hasta el ropero de inmensa luna, opaca ahora por las cataratas que velaban sus ojos más grises aun.

Encontró la caja taraceada en nácar que le regaló su Tata cuando vino de la India. Era su gran héroe. Abrió la pequeña cerradura y al levantar la tapa un sonido mágico la transportó a su juventud, cuando la vida era fresca y chispeante. Rosamunda, sonaba como un latigazo de gasas, los recuerdos fueron multicolores. El perfume del polvo "COTY" que usaba su madre le penetró en los pulmones como la brisa asustada del tiempo. Su alma, se impregnó de nostalgia. Como marejadas de besos y caricias vinieron a Finita los mejores viejos recuerdos. La tía Arcelia con su arpa, esa que dormía entre telas de araña y polvo en el desván, ahora ocupaba un importante lugar en la zona de su memoria. Mazurcas y valses sonaban en su memoria.

El Doctor Benjamín Burgos, que con su cálido violín, la acompañaba en los valses y canciones, fue cambiando con el tiempo en tangos y milongas. ¡Eso cuando su madre y su padre dejando este terruño, para ingresar en espacios ignotos, antes imposible!

Luego, ya regresando al triste "Ahora" hurgó en el interior de la caja y contó cuánto le quedaba de sus monedas, las preciadas piezas de oro de su dote. ¡Quedaban sólo siete! Sintió pánico. La miseria que ya la había visitado intermitentemente en su vida, ahora se había incrustado en su corazón.

Se alejó tanteando las paredes y muebles y llegó al viejo sillón. Se tiró como saco vacío, crujieron sus huesos. El gato, Ringo, saltó a sus piernas doloridas. Ronroneaba. Era su único amor, su compañía. Se fue quedando dormida y soñó con la lejana juventud perdida. La despertó el sonido de un golpe en la puerta del caserón y se asustó. ¿Quién puede venir a buscarme? Sintió el carrillón del reloj que daban las doce, se incorporó y se asomó al ventanal, una joven rubia de cabellos castaños que caían en cascada hasta la cintura le sonreía. ¡Hola abuela Fini! Ábreme la puerta, vengo a verte, llegué hoy de Valencia.

¿Acaso tengo una nieta o una hija tan joven? Su mente trepó por los espacios vacíos buscando una figura, un nombre, una señal divina. Recordó a una nena de cinco o seis años con la que solía jugar a veces en vida de sus padres. Con desconfianza se acercó a la puerta. Entreabrió la hoja de madera y miró a la muchacha. Abuela Fini, te traigo una carta mamá. La dejó entrar con temor y la muchacha, abrió los cortinados. Una luz inusual ingresó en la habitación polvorienta. La besó en las mejillas flacas. Le acarició el níveo cabello, otrora castaño como el de ella. Le alcanzó los lentes y le entregó el sobre que tenía perfume a lavanda, el que le trajo a la memoria a su hija que se fue detrás de un próspero abogado español.

 

                                               Valencia, 25 de marzo de 2022.

"Mami, querida viejita, te mando a Delfina, mi hija para que te acompañe mientras dura su beca en la Academia de Arte, ganó el primer puesto de licenciatura en piano. Es muy buena y noble, como tú. Perdón por haberte dejado tanto tiempo sin noticias..., pero mi marido, resultó ser un hombre prepotente y grosero, me tuve que divorciar siendo apenas una madre joven y sola en un país extraño. Fueron buenos y por eso la pude educar y salir adelante. Mi ex marido murió hace cuatro meses y me ha dejado un verdadero enjambre de problemas a resolver. En cuanto termine de arreglar estas cosas, viajo, para nunca más dejarte sola. Te mando un enorme beso, tu hija Analía."

Fini, comenzó a llorar quedo. No podía creer que la vida le regalaba a esa altura de su existencia ese tesoro. Delfina se sentó en la butaca, abrió el piano y comenzó a ejecutar una melodía inolvidable: Rosamunda.

 

EL PODER

 


            ¡Tener dinero te dará poder! Ese era el lema de su familia. Habían trabajado como mulas en los tiempos lejanos, hasta que la suerte los tocó. La abuela Herminia, se ganó la lotería y con eso comenzaron las artimañas para conseguir mucho, mucho dinero.

Se mudaron a un barrio muy “paquete” y se agregaron apellidos que parecían plaquetas de brillantes en la frente.

            Compraron un caserón y llamaron a un decorador que era famoso entre los famosos. ¡Para eso estaban las revistas de chimentos! Vino con un ejército de ayudantes y dejó la casa como la de unos verdaderos magnates.

            Les llovían las invitaciones a cenas, bailes e incluso los instaron a hacerse socios de un club exclusivo. Ropa nueva, calzado a la moda, peluquerías caras y cambio de colegios. ¡Los públicos, son para los pobres! No importaba si aprendían o no, los hijos, pero se hacían de amistades de ilustres.

            Así pasaron un par de años, con ciertos negocios que les dieron más dinero, consiguieron aparecer en los espacios más prometedores del poder. Un grupo de vecinos le propuso a don Silverio para que se presentara como concejal. Y aceptó, así fue votado en una lista y comenzó su carrera como político.

            De puerta en puerta, de barrio en barrio, abrazando ancianos y niños, besuqueando mujeres que lo miraban asombradas porque les besaba la mano, fue siendo popular.

            Mientras tanto conseguía más renta y más dinero que solicitaba para la “Campaña” para poder llegar al poder.

            Ya no manejaba el auto, que había cambiado por uno de última generación, el compadre que recogía los sobres era su chofer.

            Le habían preparado una oficina con banderas y carteles de un partido nuevo que prometía mil falsedades. ¡Total cuando se llega, nadie se acuerda lo prometido!

            Y un fatídico día, salió ganando en elecciones y llegó a gobernador. El despilfarro de los que lo rodeaban era incalculable. Pero él, tenía poder. Se enemistó con gente preocupada por la felicidad del pueblo. Puso cargas económicas infernales y cerró negocios que se adherían a sus propuestas.

            Un día, desde una moto, pasaron unos tipos envueltos en cuero negro y metieron dos tiros por la ventanilla. ¡Adiós poder! La muerte fue acallada. Nadie investigó seriamente y hasta hoy se habla de don  Silverio el que quiso tener el mundo entre las manos y lo perdió todo en un momento.

           

 

 

 

 

 

 

 

LA CARTA


 

Nunca se imaginó que regresaría con una pareja tan extraña. Apenas había cumplido los dieciocho años y tenía la posibilidad civil de viajar al extranjero. Llegó con la ancha sonrisa de los inconcientes o felices.

Toda la familia estaba alborotada. El hombre era un personaje de novela americana. Alto, de piel muy oscura, cabellos llenos de rastas, con ropas de colores chillones y una enorme sonrisa cuyos dientes blancos parecían fichas de un juego de marfil.

El padre no pudo articular palabras y sí, le tendió la mano para saludar a ese extraño que ahora era su yerno. La madre se desmayó. Cayó rotunda en el frío mármol del piso de ingreso a la casa. Todos se arremolinaron junto al cuerpo inerte de la madre. Sólo Julia se animó a salir corriendo para llamar al médico que vivía a cinco casas de la de ellos.

Cuando entró, don Mauricio Fredes, el médico, sentenció: Se alejan todos de doña Carlina. Ella, respiraba con sollozos entrecortados. Puede tener un preinfarto.

Pilar, su niña, su muñeca se había casado con un extraño. Un desconocido. Un posible aprovechador y malvado, golpeador y vago. Ella, su princesa, la rubia más bonita y graciosa con semejante esperpento. ¿De dónde sacó a ese insulto a su educación?

El tipo, el poco hombre, se reía. No entendía ni una palabra de lo que hablaban, no comprendía qué le pasaba a esa mujer que vociferaba en el piso, junto a un puñado de hombres y muchachas, que lloraban a moco tendido. No hablaba español. Su inglés con un típico tono jamaiquino, no estaba a la altura de su conocimiento del que hablaban en esa casa los jóvenes. ¡Claro, es que ellos iban a un instituto de origen Inglés! Eran impecables imitadores de los estudiantes de la Universidad de Washington.

Pilar comenzó a llorar. Mamá, soy muy feliz con Douglas. Es un chico maravilloso. Conócelo y verás que serás tan feliz como yo. La mujer la miró y volvió a desmayarse.

El padre, junto a don Mauricio, sacudió su sorpresa y sacaron al resto de la familia del estar. Llevaron a Carlina hasta el sillón del salón y el buen doctor le aplicó un calmante. Ella quedó como un pájaro mojado, sollozando, hipando y enroscada sobre sí misma como un gato enfermo. Julia, se acercó a la hermana y al fulano, que miraba azorado a la gente que los rodeaba. Le tendió la mano y en su exquisito inglés de academia, le preguntó el nombre. Éste le dio su nombre con una ancha sonrisa. Que chocó la fría de la joven hermana mayor de Pilar. Pase, y siéntese, escuche… mi familia no está acostumbrada a este tipo de situaciones y mi madre es muy delicada de salud. Entienda, dijo en perfecto inglés que aquí, no es muy bienvenido. Sólo por la felicidad de tener a mi hermana Pilar es que se lo recibe. Y luego llamó a Vera, la mucama y le pidió les sirviera un desayuno normal, nada de  extraordinario. Vera, salió echándole una mirada furibunda la moreno. ¡Su niña con semejante mamarracho! pero era su deber y lo cumplió con total gentileza.

Pilar estaba anonadada. Nunca imaginó que su familia actuaría así, si ella había enviado una carta, explicando que en medio de la beca, en Boston, había conocido al amor de su vida y se habían casado porque esperaba un bebé. Obvio que la carta no había llegado aun. El correo estaba de huelga hacía tres meses.

Entonces su hermano Patricio, se acercó y encaró para ver si lo que le había parecido era verdad: ¿Estás embarazada? Sí, de cuatro meses y medio. Y sintió un grito de su madre y un golpe sobre la mesa de su padre. El puñetazo, casi le quiebra los huesos de la mano. Don Mauricio, ya no sabía a quién darle un calmante. Toda la casa era un caos.

Pasó el tiempo. El tal Douglas, no conseguía trabajo en ese pequeño pueblo del país, ella tenía suspendida las horas de cátedra y debía reincorporarse. El pequeño que nació era un hermoso mulato de ojos verdes y anchas mejillas regordetas. El hombre se tuvo que ir a su país, desde allí, la llamaría y se llevaría a su familia. Pero… la vida dispuso que nunca regresaran a estar juntos. Pilar crió a su niño con su familia poblana y él, mandó finalmente una carta en la que le daba una solución: anulación matrimonial desde el país donde se habían casado.

Hoy, el joven Tobías, suele ir a Jamaica a ver de vez en cuando a su padre, quien ha formado una familia con una muchacha igualita a Pilar.    

 


jueves, 19 de febrero de 2026

EL PLACER QUE JUNTOS INVENTAMOS

 


 

            Nací así, casi ciega, de pelo blanco níveo y ojos rojos. Me dejaron a un lado, creyendo que sería un estorbo. Pero se equivocaron, soy mimada y amada como un ser único. Me bautizaron Serena. Y lo soy, me acomodo en el almohadón de seda azul, y duermo tranquila todo el día. Desde allí, escucho todo lo que hablan, como se pelean por dinero o comida. A veces me dan de comer y salen dejándome sola y yo aprovecho para merodear por toda la casa.

            Ayer Camila trajo un cachorro de color blanco como yo, tiene muchísimos rulos y es muy juguetón. Vive en brazos de Camila. Yo lo miro indiferente, pero no me gusta. No es un gato es perro. Le dicen “caniche” y lo llaman Goliat… ja, ja, ja. Es tan pequeño y nervioso que salta de un lado a otro, yo lo miro de soslayo. Me preocupa. En la noche de tormenta del jueves vino y se echó en mi almohadón tiritando. Me dio pena. Esa noche Camila peleó mucho con Enrique. Discutían y se arrojaban cosas, primero fueron trapos, después las zapatillas y finalmente cosas que se rompían al caer.

            Me dio miedo sentir tanto grito y palabras que no voy a repetir por educación, soy muy fina para decirlas. Parece que tenían diferencia con algo llamado dinero. Él, sacó las llaves del auto y dando un portazo salió en plena tormenta. Los rayos y truenos parecían fuegos artificiales. Pero Goliat temblaba pobrecito. Lo envolví con mi cola, tengo una cola hermosa, blanca, peluda y calentita. Se durmió, pero yo no pude. Camila lloraba mucho. A media noche escuché el motor del auto. Entró Enrique. Caminó descalzo por el comedor y el pasillo. Ella abrió la puerta y el le pegó. Hazte a un lado, ladrona. ¡Le dijo ladrona! A ella que es buenísima. Te sacaré todas las tarjetas, le gritó. Y ella se las tiró al piso. Y él, la recogió y las rompió con una tijera. Yo vigilaba para ver qué hacía con ese instrumento que odio. Lo usan para cortarme algunas veces el pelo de mi cuerpito.

            El se metió en la habitación de huéspedes y ella se encerró en el baño. Goliat se despertó y comenzó a ladrar. Enrique salió y nos tiró un zapato grande y pesado. ¡A ver si me dejan dormir! Eso era para nosotros. Yo ni un maullido. Goliat se quedó medio desmayado del zapatazo. Camila salió despacio y se llevó a Goliat a su lecho, yo me metí debajo de la mesa del comedor hecha un ovillo. Lástima que al ser tan blanca me pueden encontrar enseguida.

            La mañana fue tranquila. Pero Goliat, estaba muy enfermo, se ve que lo golpeó mucho el zapato. Se arrastra. Lo traje como a los cachorros, del pellejo del cuello y lo cuidé. Lo lavé con mi lengua áspera y suave, lo acerqué a la comida y lo asistí varios días. Enrique no vino unas cuantas noches. Dormían separados. Ella lloraba. Hablaba con su madre por el teléfono de la cocina. Finalmente, una noche llegó Enrique con un amigo.

            Camila se atrincheró en su habitación y yo con Goliat, comenzamos a jugar suavemente, con el placer de los amigos que es estar juntos. Con mimos y tranquilos. ¿Me pregunto si los humanos se odian, porqué no se van lejos unos de otros?

            Enrique, le sacó ropa, zapatos y dinero y se fue. Camila se quedó llorando, sola y nosotros fuimos y le comenzamos a tocar con nuestras patas y nuestro amor de animales. Ella se calmó y se quedó dormida. Mañana tal vez el se arrepienta y vuelva. ¡Pero mejor no! Goliat y yo, seremos su compañía. Es mucho más seguro.