martes, 14 de julio de 2026

¡HIJA SIN AMOR!

  

-Pare Tito voy a vomitar-, me dijo el doctorcito, mientras atravesábamos la avenida y yo lo miré sorprendido. ¡Mire que hemos visto cosas terribles en estos dos años juntos! Pero él me pidió que parara y paré. Luego fuimos juntos a tomar un café en un boliche del barrio y se tomó un whisky. Tenía cara de horror o asco y me dejó frito. Esa tarde, recuerdo, fue variada hasta que llegó un pedido de una zona “bacana”.      Llamaban de un edificio en Belgrano R y cuando llegamos el mismo portero nos hizo entrar sin pedir ni siquiera una credencial.  ¡Después se quejan de los robos! El ascensor directo nos depositó en un palier de lujo en un treceavo piso. Allí parada en una puerta como ave de rapiña estaba una mujer flaca y con cara de salir de una película de terror. Apenas habló mientras nos acompañaba por un pasillo que desembocaba en una habitación iluminada.

            Fue un impacto terrible ver esa figura: las paredes de un rosa brillante, descascaradas en zonas donde la humedad había hecho estragos. A la izquierda una ventana se abría con los vidrios sucios a un balcón-jardín reseco y abandonado.

            En el medio de ese ámbito, sobre una pila de colchones, un enorme cuerpo deforme por la obesidad, una inmensa bola de piel se desplazaba como oruga gigante.     Bucles dorados y ojillos aviesos que se escondían tras unos párpados hinchados. Los labios finos se movían rítmicamente en su mandíbula que tenía un perpetuo ajuste a la ingesta de  bombones, masas dulces, caramelos, flanes, tortas, emparedados, ravioles, ñoquis, tallarines y todo, todo lo que se podía engullir en diez o doce horas de vigilia.       No camina. Hace casi dos años, que no lo hace, y la cama que fuera de bronce está quebrada.

             Permanece en medio de almohadones de fino lino rosa pálido orlados de puntillas, cintas, encajes y unas sábanas de linón bordadas por las manos amorosas de su madre ausente, en bellos racimos de violetas y rositas con hilos de seda.

            Las manos se desplazan sobre la gelatinosa barriga, mientras las piernas paquidérmicas, apenas móviles, agitan suavemente un aire enrarecido y hediondo a grasa. Por suerte la cubre una hermosa camisa de satén y encaje cuyo canesú flota entre una miríada de manchas de salsas y huevo, tomate y chocolate dibujando un trabajo surrealista que se mueve acorde al despilfarro de grasa.

            Alhajas de oro y esmeralda se pierden en las hendiduras de los brazos. Anillos de rubíes y brillantes dirimen sus reflejos en la inmensa cama. ¿Cómo había llegado a ser así...? ¿Cuántos años...? ¡Veintitrés! ¿Y cuánto pesa? ¡Doscientos pesaba la última vez que la pudieron poner en una balanza! ¿Qué ha sido violada, no saben por quién y abortó un bebé deforme y monstruoso?

            El médico joven se revuelve en su delantal blanco, no entiende. El departamento es nuevo, es de muy alto nivel, hermoso se podría decir. Caro y muy bien puesto fuera de esa habitación.

            De repente ingresa en el dormitorio el Dr. Porfirio Andrade Pinilla, el decano de la facultad y Tito petrificado le toca el hombro al médico que asiste a la enferma. No pueden comprender qué ha sucedido.

            El padre desesperado suplica ayuda. Su hija se muere, el corazón colapsa y nadie quiere ayudarlo. La mujer sonríe distraída. Es la madrastra. Callada se recuesta para mirarlos. Ella no hizo nada, claro, era la enfermera del doctor cuando la joven esposa y madre de Rebeca, se electrocutó con la plancha, hace trece años. La niña la estaba mirando y quedó junto a la madre con sus contorciones y olor a quemado. Los facultativos y siquiatras, le aconsejaron sacarla de allí cuando comenzó a comer. Ahora para poder extraerla de ese infierno donde está incrustada, deberían romper las puertas, bajarla por una ventana interior y luego llevarla a una clínica muy conocida. Una grúa y los especialistas están dispuestos.

            Un ruido sofocado y un paro cardíaco, les impide toda maniobra. Han llegado demasiado tarde. La otra mujer la mira sonriendo y sólo atina a sacarle las alhajas. Esconde al pequeño engendro en una caja y lo hace desaparecer. Nadie repara en sus maniobras. Nunca lograrán el A.D.N. del sádico que hizo semejante horror.

                        Después de vomitar Federico le pide a Tito que lo lleve a tomar un whisky y se escapan a un cine de barrio para ver una película de Madonna. Necesitan volver a ser humanos.

 

 

EL SECRETO

 

            Estaba parada con mi cofia de encaje y el delantal de lino almidonado, blanco todo como el mármol de la estatua que preside la estancia desde donde el viejo mira con un extraño aparato las estrellas por la noche.  Siempre está insomne. Siempre me mira con ojos agudos. Su enorme sillón de terciopelo azul algo gastado en donde hunde el maltrecho cuerpo afilado, es como una madriguera. Apenas me muevo sus amoratadas manos artríticas se aferran a mi pollera o al delantal. Es imposible liberarme. Deseo un resquicio para huir.

            Sí, estaba parada en ese momento en que entró la vieja ama con su orinal impecable, separó la tapa y lo colocó en el cajón bajo el sillón. Yo no quería ni mirar ni respirar. El hombre sonreía mirando mi cara roja por el pudor y el asco. Oí caer la orína cantarina en la porcelana llena de flores de lis pintadas a mano. El olor ácido penetró en mis pulmones. Luego el olor que me inundó hasta el cerebro me indicó que “monsieur” había descargado sus flacas tripas.

            La mujer, su ama, llamó al ayudante de cábina, un antiguo empleado. El hombre vino arrastrando una pierna dura por la inflamación, tomó al amo y lo higienizó. La guerra había hecho estragos en los soldados mocetones de la región. Cientos que no murieron llegaron lisiados y alterados.  Yo salí aprovechando la oportunidad. Saqué los excrementos y los dejé junto a la puerta de la habitación.

             Huí hacia el jardín. Era la hora del crepúsculo  en que la casa parece más solitaria aun. Un grito agónico atravesó la casa del amo. Corrí al instante, sabía que me reclamaba. Allí estaba mi señor. Su boca desdentada sonreía a la nada. Sus ojillos con esa perpetua chispa de picardía me buscaban en la puerta. Me asomé. Tendió sus brazos sarmentosos, donde la piel flácida caía como cortinado viejo, para tocarme y atraer mi cuerpo para tocar mis piernas bajo las enaguas.

            Ya no soportaba su continua búsqueda entre mis polleras. Me quería tocar. Me deseaba como se desea un bocadillo frágil y sabroso. Me ponía enagua tras enagua, un calzón largo y grueso; medias de algodón altas que sujetaba con cintas que apretaba tanto que casi cortaban el flujo de mi sangre. De ese modo le impedía llegar a mis nalgas.

            ¡Creo que si hubiera podido me hubiera tocado hasta el fondo tibio de mi sexo! Me acerqué. No tanto como para que me perdiera sus dedos afilados en los oscuros secretos de mujer. Tenía sólo catorce años y el miedo me paralizaba. Su risita aguda era un tormento. Lo odiaba y le temía. Necesitaba el empleo que me daba, era indispensable. Mi madre sola con siete hijos, mi padre muerto en la guerra y mi abuela ciega, dependían del dinero que les mandaba.

¡Te prometo... sí, te prometo una fortuna si te sacas toda la ropa frente a mí...! – dijo ese día. Me negué. Llamó al ama de llaves y le ordenó una pluma y papel.

Se reía en su extravío. Luego estuvo un rato escribiendo. Yo no sé leer. Mi infancia fue dura. Las calles fueron mi escuela, los mercados donde mendigué hasta que mamá logró que entrara a la casona. Siempre trabajé. Ahora que tenía ese empleo, me sentía glorificada.

Me llamó y pretendió que leyera. Le dije que no podía. Se encolerizó. Estrelló el frasco de tinta en el pavimento manchando la alfombra. Luego leyó con voz entrecortada: - Yo, Gastón de Yournette, maese corregidor del municipio de Saint Pierre Sur- Mer, lego a...

- ¿Cómo te llamas...ma petite...?- me preguntó titubeando. Yo creía que él conocía mi nombre. Me sorprendí tanto que le respondí. - Mi nombre monsieur es Clementine Reinal, creo que ese es el apellido de mi madre.- le expresé con temor.

Me envió a buscar otro frasco con tinta. Siguió escribiendo el billete. Se agotó en el trabajo. Resoplaba y jadeaba. Su viejísimo corazón estaba medio muerto. El esfuerzo lo hizo desmayar unos instantes. Luego intentó leer...” Lego a Clementine Reinal, la suma de 20.000 monedas de oro.... Pero después de tachar, volvió a leer. ¡No!, dijo corrigiéndose-; mejor 50.000 monedas de oro, si cumple con mi pedido. En el año de 1814, y puso su sello con el lacre que chisporroteó en la lamparilla.”   

 -  ¿Y qué desea pedir u ordenar, además, su señoría?- pregunté desconfiada.

             - Que te quedes desnuda frente a mí hasta el final...hasta el momento de mi muerte, que está muy cerca.- dijo mirándome con astucia.

Me pareció un viejo zorro herido frente a su presa. El ralo pelo blanco se desplomaba sobre los hombros de su paletó de cachemira negro y le prestaba un aspecto de brujo, mago o demonio. En las escaleras de la galería Norte hay unos cuadros que han pintado hace siglos y se parecen al viejo astuto. No respondí de inmediato. Me dediqué a ablandar sus cojines y almohadas de plumas mientras por mi mente febril cruzaban

Ingresó a la alcoba a las 19,45 horas en punto, como todos los días, el médico. Apenas me miró. Revisó a su señoría. Lo auscultó ceremonioso. Los pulmones silbaban cada vez que el aire nuevo invadía los oscuros recovecos, me dijo el galeno. Sufría más a cada instante. Le miró los orines que guardaran en un frasco de cristal. Se quedó pensativo.

El señor de Yournette observaba alternativamente el rostro del doctor y el mío. Me miraba con avidez y a él otro viejo pomposo, con desinterés. El papel que escribiera sobresalía del bolsillo del viejo. Lo acariciaba con impudor. Yo imaginaba cómo sería mi vida con todo ese dinero... Sonreí. Él sorprendió mi sonrisa y supo íntimamente que yo había aceptado.

            -¿Cómo está su señoría? ¿Acaso tendremos que preparar la casa de verano para que no sufra el frío húmedo de la región?- inquirió el ama que entraba en ese momento con una escudilla de caldo humeante. El médico nos miró con dolor y muy molesto por la insolencia de ella, repuso:- La casa de verano...creo que este año quedará cerrada. No es prudente mover a su señoría en este momento.- Continuó escribiendo una nota para el boticario.

            -¿Cuánto tiempo viviré? – exclamó mi amo. - ¿Llegaré a mañana? – dijo sin inmutarse y su mirada me penetró y persiguió por la habitación en semipenumbra. Encendí otra lámpara. Esperé. La mirada del ama de llaves se paseaba de un rostro al otro, con sorpresa. El anciano doctor se sentó junto a monsieur algo confuso y tomándole la mano dijo:- Mi amigo, la cuerda del reloj se está terminando...puede usted disponer..., bueno yo llamaría a un sacerdote, si así lo prefiere...- y quedó silencioso esperando una respuesta o reacción que no llegó. Luego de estrechar al anciano salió taciturno sin volverse.

El viejo me apresó la pollera y me dio el papel. - ¡Guárdalo! Será todo tuyo si cumples con mi último deseo... como ves me muero y quiero hacerlo mirando un bello cuerpo joven junto al mío. Llamó a su ayudante. Se hizo trasladar al lecho. Se acomodó y apoyó su cabeza cenicienta en los cojines que yo acomodara minutos antes.

- ¡Que vengan todos!- ordenó con cierta urgencia. Llegaron uno a uno los servidores. A cada cual le fue entregando joyas, papeles valiosos, dinero y objetos personales. Él nunca había tenido hijos y su mujer había muerto hacía muchísimos años.-“¡Ahora salgan todos!  ¡Me quedaré solamente con Clementine. Cuando ella los llame ya podrán disponer de mí.  Y recuerden no quiero sotanas por aquí. Yo igual estaré en la “Gloire ”!

            Los hombres y mujeres salieron silenciosos y tristes. Apenas murmuraban entre ellos.

            Ya a solas en aquella habitación silenciosa; yo, comencé a desprender los cordones de mi corsé. Luego fueron cayendo una a una mis enaguas como cáscara de fruta madura. Cuando mis muslos,  mi pubis virginal y mis senos quedaron frente a él, comenzó a sonreír con una extraña alegría. Me quedé quieta. Sentía que mi piel frágil se encrespaba, un escalofrío imperceptible me ponía sonrosados los pezones erectos.  Seguramente mi rostro tornaba del rojo vivo al blanco. Sentía vergüenza y en lo más profundo el placer de saberme dueña de una pequeña fortuna.

            El anciano gesticulaba apenas. Murmuraba palabras inconexas. Trataba de acariciarme y yo me alejaba con pequeños pasos. Reía y se babeaba. Sus manos se estiraban tratando de poseer lo que tanto había deseado en ese tiempo. No pudo. Pronto se durmió. Hablaba entre dormido con mi figura que se helaba a pesar de la leña crepitante. Yo también soñaba. A mi mente venían imágenes, sensaciones y deseos de un futuro lleno de bellos coches tirados por dos caballos, ropa con volantes de encaje y plumas en los sombreros.

 

Nunca despertó. Pasó una semana. Aparecieron como cinco parientes que se acomodaron en la gran casa. Cada uno pretendía ser el dueño de todas las tierras, casas de alquiler y haciendas que poseía el hombre.

 Cuando indiqué que tenía que cobrar su donación; se rieron hasta el delirio. Yo me quedé callada. Salí de la casa con la idea de buscar a un licenciado en leyes que me ayudase. Que hubiera permanecido desnuda frente al viejo, era un secreto que sólo conocía el ama y el ayudante del señor. Los servidores eran mi único testimonio. Los intrusos no sabían por qué yo pretendía cobrar el dinero. Con ese hecho clandestino, callado por seguridad, yo tenía algo más, que a veces ocultaba en el zapato viejo y otras en el bolsillo de aquella chaqueta poblada de agujeros que me dieran del amo. Era el pasaporte a mi futuro. Con ello tendría una vida digna de ser vivida. Me reivindicaría de los múltiples sufrimientos. Compraría una casa de campo y un carruaje para mi triste madre, podría tener esas alhajas de oro y granate que vi en un escaparate de la ciudad hacía tiempo, vestidos de seda y encajes para mis tres hermanas y una dote para casarlas, lograría tener hasta a un puñado de sirvientes. Sería factible mezclarme con gente distinta a la que acostumbro a frecuentar.

  Llegué con un abogado y mi papel a la vieja casa. Nadie creía que eso fuera legítimo. No querían darme mi parte. Yo, en forma silenciosa y firme seguí peleando. Mandaron mis papeles a la capital. El técnico grafólogo cobró demasiado, pero probó ante el juez, que el papel era un legado auténtico y nunca sabrán que el hijo que engendré es nieto de monsieur, ya que su ayudante de alcoba, es el hijo. Él, es mi amante.

                                                

                   Monsieur : señor

Ma petit : mi pequeña

Gloire : gloria

 

 

MATERNIDAD IMPOSIBLE DE UNA MUJER

 

 

            Apoyó la frente en la ventana.  El frío recorrió la espalda y el cuerpo. Estaba muy cansada y quería recordar, tan sólo recordar esos largos días de otoño o mejor de principio de invierno, cuando caminaba por los parques y la lluvia corría por la espalda y mojaba el rostro, las manos y piernas, y al fin llegaba al departamento totalmente empapada. Miró por los vidrios y no se veía mucho.

            La lluvia  azotaba cada vez más y chorreaba por los cristales. Era muy lindo ver la ciudad desde esa abertura que abría el mundo interminable en belleza, pero ahora solamente se entreveían algunas luces de autos que escapaban por la avenida como cucarachas.

            Retornó lentamente a la sala, se sentó y con el control remoto, reactivó el sonido de la música que había cesado en el viejo tocadiscos. Nuevamente se sintió feliz de estar viva y de escuchar a Vivaldi.  Con un café en la mano, le pareció que tenía todo lo que se puede pedir de la vida. El sonido del timbre la perturbó pero no se asustó, estaba acostumbrada a recibir gente a cualquier hora. Lentamente se irguió y fue hasta el portero eléctrico, mas el sonido era de la puerta del departamento. ¿Quien podía ser a esa hora?

            La voz tranquilizadora de Rodrigo la hizo abrir rápidamente. Allí estaba él mojado hasta los huesos y chorreante. Parecía un fugitivo que esperaba ayuda. No necesitó invitación. Pasó. Esa era la casa. Ella le trajo unas toallas secas del baño y sin mediar palabras comenzó a secarle el suave cabello largo y rojizo. Él se sacaba lentamente la camisa, el jeen y las medias. Las zapatillas ya las había tirado en el pasillo de la entrada. Estaba helado. Le trajo un enorme suéter de lana y unas pantuflas de color rosado con pompones. Él se reía como niño, en realidad es un niño. Sus veinte años hablaban de una enorme juventud, pero no de inmadurez. Es muy maduro para  enfrentar la vida.

            Le dio un café caliente y cuando ya lo vio con un color humano comenzó a mimarlo, a jugar. Él apoyó la cabeza en el regazo y se dejó querer, mimar y soñó.

            Ese día ella cumplía como dos mil años. Así los sentía. Los  compañeros de la oficina la sacaron casi a la rastra del trabajo y la llevaron a una cantina donde comenzaron a pedir pollo y mariscos y ensaladas y salsas con pastas .Ella quería quedarse sola en la casa y olvidarse que estaba viva. Comenzó a llover igual que ahora.         Le hacían chanzas para que se divirtiera. La adoraban. Esa mujer era muy especial. Entre todos le dieron un ramo con tres docenas de rosas, porque no quería cosas materiales y las flores son las sonrisas del cielo en tiempos de dolor.

            En el piano alguien interpretaba a "Chopin". Magnífico. El humo de los cigarrillos no le permitía ver  a quien tan bien ejecutaba esos preludios.  El murmullo de la gente cesó cuando comenzó a escucharse  él " Estudio Revolucionario", se notaba que ese hombre amaba como ella a Chopin. Se enderezó y alzó su cuerpo intentando mirarlo. Vio tan sólo un largo cabello de extraño tono cobrizo, que con la luz parecía cobre bruñido.

            Se paró y fue acercándose, pensó encontrar a un viejo músico  trasnochado, algo alcoholizado y gastado por la mala vida nocturna. En su lugar se enfrentó a un muchachito que apenas tendría quince años y que por su ropa y sus modales era un chico de la calle. Unos enormes ojos color dorado se desprendieron del teclado para mirarla y dedicarle una intensa sonrisa. Muda observó como de un sólo trago tomaba una cerveza cuya espuma caía de la comisura de los labios y secaba con la manga de un sucio suéter de un color infernal. Se volvió a mirarla y de pronto comenzó a tocar  "La Patética". Era una de sus melodías favoritas. Desde ese momento fue su protectora aunque él no lo supiera. Ella no lo dijo pero él dejó de ejecutar el piano y se acercó con su mano extendida. Lo tomó de la mano y se lo llevó. Nunca había estudiado música pero vivía con y de ese don especial. Si escuchaba una melodía la podía repetir en cualquier instrumento.

            Vivió con ella, pero se iba del departamento cuando quería. Siempre regresaba, especialmente  en invierno o cuando llovía. No tenía familia y no hablaba  de su historia.

            Se durmió en su regazo, con el consuelo del amor que ella siempre le prodigaba en silencio. Nunca preguntaba pero estaba allí.

            Cuando despertó había salido el sol. Ella ...ella estaba fría .Estaba muerta . Sus  ochenta y siete años le habían jugado una trampa. Lloró sobre las dulces manos secas y nudosas. Cerró la puerta del departamento y partió.

            Él  la amaba, nunca había amado tanto a una mujer. Sabía que era ridículo y que ella nunca sabría ya, que la amaba como hijo, como niño, como aman los hombres que conocen el dolor del amor imposible de una madre ausente, a pesar de los veinte años y de una anciana que nunca pudo ser mamá.

GOLFISTA Y FARSANTE

 

            Sacó la camioneta y subió mientras arrojaba el cigarrillo por la ventanilla. El jardinero recogerá la basura. Se secó con una toalla de algodón egipcio que compró en Miami. Saludó al guardia con  la mano sin mirarlo. Era el mismo que Aurora adoraba en la cama. ¿Cómo puede? ¡Es lindo el guacho! Ella no se anima, por eso ni los mira.

            Hace quince años que vivo con Juan Alberto Estrada Guerrero, ya no lo soporto, pero me da todos los gustos. Gerente de Watson S.A., empresa minera de extracción de oro, puede comprar hasta al presidente de las republiquetas donde está instalada. En ciertas ciudades es virtual, sólo en apariencias para eludir impuestos y hacer negocios suculentos. Ella suele acompañarlo, sólo para conocer gente calificada. Algunos son un fiasco, como el senador que no usaba zapatos y hablaba en un inglés incomprensible. Después reconoció que era el testaferro de un alto consejero de un país de Europa. Claro, era un nativo que conocía dónde estaban las vetas más grandes de plata y oro de esa zona americana.

            Dafne no puede prescindir de los trajecitos de Dior o Cocó Chanel, las alhajas de Fendi y los zapatos y carteras de Mosquino. Para poder comprometer a Juan Alberto tuvo que sacrificarse y nació Sandrita. Una pequeña diosa, bonita y dulce. Él la adora y puede lograr lo que quiera de su padre. Desde chica le ha preparado el futuro de reina que sueñan juntos: inglés, danza clásica, canto, declamación, golf y la mejor escuela de la zona del Cantry. Zoraida, la muchacha mestiza está sólo para atenderla. Sandra es caprichosa, pero Juan Alberto le habla y le enseña mostrándole otras vidas fuera de ese mundo mágico donde nació. ¡Es tan inteligente que comprende!

            Hace unos meses que la notan rara. Desde que vino el nuevo profesor de golf, ambas lo tomaron como maestro. Ha hecho hoyo en tres y es un genio con los hierros. Pero Sandra está rara. Vomitó anoche apenas se puso un trozo de carne asada en la boca. Salió corriendo. Se encerró en la alcoba. Juan Alberto la siguió y no quiso abrirle la puerta. Bajó cabizbajo. Se sirvió un whisky y no me habló. Yo traté de decirle que seguro tenía un ataque de hígado por algo que había comido. Me miró con un odio como nunca lo hizo. –Sí, se comió un chorizo.- Yo me quedé petrificada. ¡Qué grosería!

            Cuando salí al green me siguió Sandra. –Mamá estoy embarazada. – Casi me desmayo. -¿Cómo?- Estoy de cuatros meses y medio. -¿Quién es el padre?- ¡Eso es lo único que te importa!- No, pero tiene que hacerse responsable  y…- Mamá es del profe de golf y es casado y tiene siete chicos. -¡Qué vamos a hacer?- No lo quiero tener. -¿Estás loca? –No-lo-quie-ro-te-ner.- Hablaré con papá. –Ni se te ocurra.- Pedile ayuda a tus amigas, a Aurora por ejemplo, su hija Laura ya abortó dos. O Carlota, ella uno.- ¿Cómo sabés esas cosas?- Mami lo sabe todo el cantry, la única que vive en las nubes rosadas sos vos.

            Por eso voy en la camioneta a buscar una enfermera, cuya dirección, me ha dado Aurora y es la misma que me dio Carlota. Tiemblo porque nunca pensé que mi “nena” tendría tanta fortaleza y fuera tan valiente. Juan Alberto no me habla, dice que es mi culpa. No lo entiendo, ¿si la educamos juntos… acaso nunca le dijo como eran las cosas?

 

EL CRACK

  

Al Carloncho le “le sonaba “como un bombo en la cabeza, que tenia que ser un creas en futbol. De chiquito se iba a la canchita del colegio de los chicos grandes, se metía por una rotura que tenía el alambrado y practicaba solo. No sabía que lo miraban desde adentro. Cundo llegaba a la casa todo transpirado y sucio, su mamá al principio sacaba la chancleta y dale que dale en la cola. Después bajo los brazos ¡Era de madera ese hijo! ¡Pero acertó que algún día podía llegar a la primera!

A los doce años lo probaron en el club y asombrados, lo aceptaron. Cambió su vida. La madre necesitó cambiar la comida y hacer una dieta especial. Toda la familia estaba revolucionada, un día lo llevaron a la capital. ¡Lástima! ¡Tenía apenas quince años y estaba en el banco en espera para remplazar a los titulares!

Un día llegó. Sintió: ¡Cambia el 8 por el 11! ¡López el 8; desgarrado se retira del estadio en ambulancia! Vamos pibe, demostrá que por tus venas hay sangre de crak. Gritaba el director técnico y la gente parecía hormigas a las que le han revuelto el hormiguero.

El sol se escondió, una nube maligna agredió con una brutal tormenta. Diluviaba y cayó granizo. Carloncho solo veía la pelota. Corrió, gambeteó, voló, hizo mil piruetas y metió un gol, que le dio el triunfo al equipo. Nunca se va a olvidar de ese comento. El griterío, los aplausos y el ruido de mil cornetas eso era la fama, el abrazo de sus compañeros que lo revolcaban por el pasto mojado. De repente el numero 5 del otro equipo se le tiró encima. Todo se oscureció. Una negra noche sin luna se le metió en el cuerpo.

Dicen que ahora en una especie de silla mecánica, mira los partidos y con la cabeza, que es lo único que mueve, dirige los partidos.

En club le hacen muchos homenajes. ¿Pero a él, de qué le sirven, si no puede jugar nunca más? 

¡MATA A TU PATRÓN, ADELAIDA!


 

            El país era un caos, los automóviles pasaban como balas por las calles y se oían balas en la noche. Es una asonada. No, es una revolución. No lo crean es una reivindicación social. Es la nueva política que viene.

            Y hasta el hartazgo en los medios radiales se oían a politólogos hablar. Los diarios ardían. El mundo estaba patas para arriba, señor. Yo había entrado a trabajar en esa casa como ayudante de un pediatra muy amable. Su mujer era una excelente ama de casa y tenía muchos niños; cinco para ser exacta.

            Nunca me faltaron al respeto, me hicieron sentir despreciada o me obligaron a hacer tareas superiores a mis posibilidades. Fíjese, señor, que me daban a elegir la presa de pollo o el mejor bife de la fuente. Me hacían servir primero a mí y luego doña Raquel, le servía a mi patrón y a los chicos. Al final ella se quedaba con lo que quedaba, generalmente lo más pequeño o lo que sobraba. ¡Nunca la oí renegar del trabajo que le daba coser la ropa de toda la familia! Muchas mañanas yo me levantaba y saliendo de mi habitación veía que ella no se había acostado terminando una camisa o una prenda para los niños.

            Mire señor, me pagaban antes que terminara el mes y siempre me daban algo más como una especie de propina o premio por alguna tarea especial que hubiera hecho: limpiar los bronces, cambiar cortinas y almidonarlas, hasta si servía un café sin que me lo pidieran como idea mía para que se sentara un rato el doctor a charlar con la esposa.

            La casa era grande, pero no demasiado. Era una casa como para varias personas, pero no brillaba el lujo o algún despropósito. Muchas veces él, el patrón atendía a un niño y no cobraba si veía que era gente de trabajo y pobre. ¡Hasta les daba los remedios, esas muestras gratis que le dan los laboratorios!

            Yo, lo digo sin vergüenza, me enamoré de esa familia. Eran buenos, muy religiosos y vivían como cualquier obrero, sólo que tenían escuela. ¡Si yo hubiera podido ir a estudiar no me hubiera sucedido todo aquello!

            Una noche sonó el timbre y fui a abrir la puerta, pensando en un niño enfermo que llegaba sin aviso. ¡No, era mi ex marido! Él, es un alto personaje en los sindicatos de madereros. Manda como “patrón de estancia”, así decía él, que se jactaba de ser mejor que los estancieros. Nunca conocí a uno. Vino y me sacó casi a la rastra. Entre después de darle un buen empujón y le avisé a uno de los chicos, el mayor, el Pipi, que salía un momento con un pariente. Que le avisara a su mamá. Salí y en la esquina había una chata con dos tipos armados hasta los dientes. Me metieron de “prepo” en la chata y salieron echando chispas. Llegamos al parque y allí me dieron un ultimátum…”Tenés que matar a tus patrones y a los pendejos”

            Se imaginan como temblaba. Yo sabía que son de los de la pesada del sindicato. No me la iban a perdonar. Temblaba como una lámina de metal, me castañeteaban los dientes y las rodillas bailaban una contra la otra. ¡Qué julepe! En una bolsa entré el arma con seis balas en la misma y otra caja más. Porque eran siete, sí, siete con el Pipi y la Clarita. Sole tenía tres años y Luchi cinco. El bebé no caminaba todavía pero ni se lo sentía de tan bueno.

            Esa noche no pude dormir, fui como seis veces al baño, tenía vómitos y colitis. ¡No es para menos! Yo, Adelaida Gauna tenía que matar a esa gente hermosa por orden de un atado de locos gremialistas. En la mañana la señora me preguntó ¿Cómo le fue anoche con su pariente? Y le tuve que mentir. Vino a avisarme que me tengo que ir señora. Mi abuela en San Juan está moribunda y no hay quien la cuide y pensaron que yo soy la mejor nieta para cuidarla, así que esta tarde cuando termine las tareas me voy.

            ¡Qué pena Adelaida! La queremos tanto, pero está bien usted se merece cuidar a su familia.

            Me temblaba el cuerpo. Hice todo lo que pude para no mostrar mi miedo y mi vergüenza. Me pagaron con un premio por mi trabajo y salí corriendo. Me subí en la Terminal De Micros el primer coche rumbo a Buenos Aires, ya que allá es tan grande que no me iba a encontrar. Por lo menos en un largo tiempo, plata tenía, ahorraba algo de mi sueldo todos los meses y más lo que me habían dado al salir.

            Viví escondida en un pueblito del sur de Buenos Aires cinco años. Trabajé de vendedora ambulante, vendí helados, cociné en una fonda, hasta cargué bolsas en una feria de verduras. Un día hubo una revolución y sacaron a los palos a muchos, especialmente a algunos políticos mafiosos. Yo escuchaba las radios de noche en la pensión. ¡Ah, me mudé cuatro veces a distintos pueblos y nunca di mi nombre ni mi documento! Les decía que me lo habían quitado en un trabajo unos patrones malos.

            Supe porque me atreví a llamar a una comadre, que mi ex marido estaba preso; había matado a unos mayoristas de madera. Y volví. Dejé pasar quince años… y fui a buscar al doctor y a su familia. ¡Los encontré! Estaban muy felices de verme. Cuando les conté mi historia, me abrazaron y me pidieron que almorzara con ellos.

            El Pipi, me contó de usted, que es su profe del secundario y que escribe historias verdaderas, por eso me atreví a relatarle mi verdadera vida. ¡Pensar que me querían obligar a matar a toda la familia de mis patrones, por no estar metidos en los chanchullos del gobierno! Adelaida Gauna, nunca hubiera hecho algo tan horroroso

UNOS PANES SOBRE LA MESA


FULBIO

Si caminaba un trecho más, encontraría la cornisa de piedras que rodeaba el límite del redil. Sus pies doloridos y mal equipados arrastraban con pena su menester como labriego. La casa grande parecía dormir a esa hora. Los perros no se acercaron para torearlo por pereza y decencia. No hacía frío, pero un vientecillo áspero tremolaba en la fértil parcela de trigo que comenzaba a dorarse en su madurez.

Seguido por su caballo, llegó al pesebre perfumado a pasto fresco. Lo dejó envuelto en una manta decolorada de lana rústica. Cerca de la puerta se lavó con agua fresca de la fuente que manaba descontrolada hacia la vega. Su brazo sostenía el rifle y del hombro colgaban dos liebres que cazara para la cena. Ingresó en la cocina. El perfume a romero y cebollas invadió su alegría. Hogar. Él, era un simple labriego asalariado pero sentía pertenecer.

Nació allí, en la casa, como un duende inevitable de los dueños; se paseó por las habitaciones siendo niño, pero llegando a la adolescencia ya fue ubicado en la zona de servicio. Amaba a esa gente. Eran su familia. El dueño, un astuto comerciante, postrado en una silla de ruedas por efecto de la guerra. La señora, una dama dulce y misteriosa que caminaba como un pajarillo sobre las alfombras, siempre lista para sus hijos que llegaban como gazapos a la mesa, hambrientos y ruidosos.

Nunca le pegaron, ni lo maltrataron. Tal vez, porque era muy parecido al mayor de los niños de la casa. Su madre, era la doncella de la señora. La cuidaba y parecían amigas.

Un día uno de los muchachos se burló de su madre y el señor, encolerizado le dio un azote con la fusta del caballo que montaba cuando recorría el campo. El chico lloró a mandíbula loca, sus gritos se escuchaban desde el gallinero donde Fulbio, se escondió. No quería ser la causa de los golpes. ¡Pero su mamá se metió en la cocina y lloró mucho! No entendía el motivo.

Al día siguiente tuvo que llevar la comida a la habitación del muchacho y este le gritó que lo odiaba. ¿Por qué sería? El chico le descargó su enojo contándole que su padre era el mismo que el de él. ¿Cómo? Sí, mi padre es tu padre, pero tú, eres hijo de la doncella y no de mamá. Salió corriendo. Se escondió en el establo. Lo vino a buscar la cocinera. Debía irse al monasterio por una orden del señor. Eso fue lo que hizo. Partió.

Al tiempo, lo fueron a buscar, tenía que trabajar en el campo. Ya los muchachos habían crecido y no había quien cuidara de la vega. Aró, sembró y cuidó a cada animal de la casa. Ya tenía como veinte años. No le permitieron ser cura, como le proponían en la abadía sus maestros. Manso, volvió y siguió siendo el labrador de la tierra.

Su madre, ya anciana, le explicó, que su futuro era mantener el bienestar de la familia. Eso la incluía a ella. Supo que cada año, sembraría, cosecharía para tener granos, porque tenía que transformar el trigo en pan para los habitantes de la casa. Su casa. Su familia y su vida.