viernes, 12 de junio de 2026

EL PESCADOR

 

 

Una cárcel de espinas incrustadas en la memoria de un muchacho que tiene que pescar.

La tarde calurosa amenazada una noche plagada de estrella. Él, se sentó sobre la madera húmeda y caliente. Sacó una pipa y prendió un perfumado sabor de chocolate. Su tabaco amigo de la soledad. Miró tras sus pupilas nubladas  por la luna y suspiró cansado. Terminaba un día y el mar calmo no llenó el vientre hambreado de  su barca. Poca pesca. No había viento y el poco que rondaba su bote, no permitía que se alejaran de la costa donde seguro se apretujaban los peces.

Un olor penetrante de sal y pescado hería a los hombres silenciosos en sus bancas. El sol se escondía con esfuerzo tras la pequeña colina en occidente, dejando el cielo con un color de sangre seca. De muerte antigua. Un pescador comenzó a canturrear un triste sonido. Otro tomó un sonido de belleza inexplicable en esa rústica vida de sudor y fuerza.

El muchacho se acomodó. Cerró los ojos y dejo vagar la mente en los recuerdos. Laberintos de historias avidas que  regresaban como pájaros.

Recordó a su abuelo que le enseñó los juegos de la infancia, recordó la brava tormenta que se tragó con furia el barco de su padre.

Cerró los ojos y aspiró profundamente la sabrosa pipa. ¡Una mujer! Pensó en la muchacha de sus sueños. Era altiva la tonta, lo miraba de lejos como para que no se atreviera a buscarla. Pero siempre pasaba cerca del muelle con la pollera de color mostaza y flores rojas. Revoloteaba el cabello sobre su espalda como alas de gaviotas en danza de apareo.

Una nube comenzó a avanzar sobre el mar y se puso oscuro y sombrío. Sopló un viento enérgico que atormento el madero, tuvo que bajar las velas y remar brioso. El agua le mojaba el rostro. A lo lejos la vio con una lámpara encendida. Era ella que lo guiaba a la costa. Las olas lo tapaban. Siguió peleando. Ella lo estaba esperando, no podía fallarle.

 

NIEVA EN LA DACHA


La nieve caía lenta y pregonaba un día levemente más benigno. Dejó de nevar y el sol se abrió solapado entre las nubes grises. Brillaba el suelo con un albo tan extremo que no podía mirar hacia el huerto. Una rama se desgajó con el peso de la nieve y cayó creando un caos ruidoso y móvil. Una malla de blancura hermosa voló por su derredor. Luego, comenzaron a caer trozos de nevazón tal que se fue acumulando alrededor de ciertos lugares.

Svetlana caminó sobre la breve alfombra y observó el camino. No podía ver el recodo por donde tenía que aparecer el caballo de Igor. Hacía una semana que salió a buscar a Natasha en la estación del norte.

Se sentó y siguió tejiendo. Cesó el ruido de caída de nieve. El viento se convirtió en una brisa apenas y breve calentaron los rayos solares. Pasó un tiempo huidizo y el samovar se enfriaba cuando sintió los cascabeles del noble “Tizón” por la huella del camino. Su sonido familiar trajo un grato cambio. Con Igor había seguridad y confianza ante los imprevistos.

La anciana acercó dos tazas de té caliente y revolvió el brasero bajo la mesa. Puso pequeños carboncillos en el samovar y agregó agua fresca para hacer más de ese delicioso té que trajera Natasha en su viaje anterior. Al ingresar en la casa un aire helado convirtió el ambiente en una escasa bendición. Luego se entibió y sacándose las capas y gorros, guantes y mantas, hablaron sobre el viaje y el trayecto, las novedades la ciudad y aconteceres de algunos vecinos y amigos.

Igor aseguró que la joven esposa esperaba un hijo. Que llegaría en verano y que estaba orgulloso de la fortaleza de la muchacha para afrontar ese viaje con el gélido invierno.

La figura de Natasha se deformaba con la presteza en que se derretía la nieve y aparecían los narcisos y comenzaban a verdecer los árboles.

Una madrugada de febrero nació Yerko. Era un bebé robusto que berreaba a todo pulmón para alegría de la abuela y padres. El cabello cubría todo con un estallido color rojizo y los ojos parecían las aguas calmas del lago, azul oscuro. Brillantes y profundos cuando se posaban en algo o alguien. Se alimentaba con desenvoltura y pasión. Era sano.

Fue creciendo con el amor de la abuela que disfrutaba de cuidarlo y enseñarle a vivir. Las historias fluían de su memoria hacia los ancestros y la mágica perspectiva de viejos cuentos de  su tierra.

La primera navidad fue extraña, el frío impidió a Igor salir en busca de alimentos para aliviar el clima gélido. La nieve tapaba ventanas y puertas, que enorme esfuerzo apaleaba cada mañana junto a su mujer. En un cobertizo “tizón” junto a las ovejas y a dos vacas, se entregaban un aliento vigoroso y vital. Poca pitanza quedaba y así Igor tentó ir a la aldea cercana a buscar  lo que escaseaba. Pasaban las horas y no regresó. Dos días después llegó Ivan, un aldeano con el hombre enfermo. La fiebre devoraba su natural fortaleza. Nada se pudo hacer en ese lugar lejano y duro.

La casa perdió la pujanza de los brazos del muchacho que con treinta años había logrado formar un hogar. Svetlana sabía lo que era perder al hombre, ella despidió a su esposo cuando fue a la guerra y nunca volvió. Una breve nota que trajo el comisario le anotició su muerte en combate.

Ambas mujeres no bajaron los brazos y lucharon para seguir adelante. Natasha, había quedado embarazada y así nació la pequeña Anusha. Nunca conoció a su padre, pero la vieja le hizo conocer a ese hijo que se llevó la nieve.

Yerko creció con las habilidades de un bravo campesino. Hachaba los enormes troncos, agregaba alimento a las vacas y ovejas y aprendió a montar. La vida no era fácil, pero con parquedad y alegría vendiendo lana y leche, quesos y mantas que tejían al telar las mujeres salieron adelante.

-          ¿Yerko, quieres comer un pan recién horneado y tocino?- le invitaba la anciana cada mañana antes que saliera a realizar las duras tareas de la dacha.

-          ¡Ni loco como eso, si no le agregas unos buenos huevos revueltos!- y reían porque la abuela guiñaba a la madre sabiendo que ya estaban en el plato.

-          ¿Y yo?- Nada para mí, claro el señor de la casa es el mimado de las dos.

-          Vamos que perderás esa cintura de abeja reina y no te casarás jamás, decían riendo a coro los tres.

-          No me interesa. Además con quién creen que viviendo acá me voy a casar.

-          Ya te llevaremos a la ciudad, o a la aldea. Allí conocerás a un hermoso “príncipe” que te abrazará y pedirá tu mano- se burlaba Yerko.

-          Me conformo con un campesino que sea como tú. Trabajador y bueno.

-          ¡Ja , ja, ja, qué crees que hay dos como tu hermano? – y así pasaban las semanas.

Llegó el invierno y Natasha salió en busca de un médico para Svetlana, que tenía una tos copiosa y dura. Cuando regresó la anciana deliraba y costaba hacerle comer o beber. Lucharon contra el frío y la edad. Sólo la esperanza de ver a los nietos formando una familia, logró sacar adelante a la abuela.

Pasaron cuatro años y ya al límite, Svetlana cerró su corazón para acompañar al viejo soldado. Yerko y Anusha, lloraron copiosamente, Natasha de la mano de su suegra, despidió a Igor para siempre. Juntos cuidarían de la pequeña familia. En el templo, donde se despedía a la abuela, Anusha conoció a un vecino que le trastornó el corazón y supo que la anciana se lo había mandado para que fuera su compañero.

Yerko, se quedó un tiempo con la madre. Cuando lo buscaron para ir a la guerra, Natasha, lo escondió en el bosque. No quiso repetir la historia de la suegra. Ahora, después de las nevadas, lo envió a la aldea, a la feria para que buscara una campesina que quisiera casarse con él. ¿Y vaya si la encontró! Una robusta y exuberante muchacha que lo amó hasta que fueron ancianos.

FÚTBOL, UNA HISTORIA

 

 Mi padre era de esos hombres del siglo pasado que tenía cada día organizado minuciosamente. Se levantaba temprano y salía a cumplir con sus tareas de bancos, oficinas y luego al regresar entraba al consultorio que estaba en el frente de la casa y se vestía como lo que era un odontólogo impecable.

Tenía los turnos escritos en un carnet y como sus clientes lo conocían y sabían que nunca los hacía esperar, llegaban a horario.

Cuando abría la puerta que separaba la sala de espera al espacio donde brillaba su equipo, comenzaba la danza. Había clientes valientes, otros miedosos y otros aterrorizados. Tengo que aceptar que en esa época el ruido del torno era horrible. Yo odiaba cuando papá nos hacía entrar para revisarnos. Temblaba.

Todo era normal durante la semana, pero cuando llegaba el domingo…mi padre se transformaba. Lo primero nos llevaba a misa de la mañana o a las diez o a las once, luego nos sentaba a comer los “tallarines” caseros que amasaba mamá con tuco de pollo casero también que religiosamente nos regalaba nuestra abuela paterna los sábados y luego sentado junto a la “radio” de madera lustrada con diales de baquelita, comenzaba el:” Partido”.

Había que hacer silencio. Nosotras tres hijas mujeres y mamá, a leer o a bordar cerca de él, en silencio. Yo, me abstraía y volaba con mis libros de cuentos de la colección “Robin Hood” y mi hermana mayor dibujaba con tinta china y plumín cucharita, en papel bellísimos trazos de flores y paisajes. Mi hermana del medio, era la más rebelde, recortaba de la revista “Para Ti” fotos de artistas de cine.

Papá se transformaba. Se paraba, se sentaba, bufaba, según fuera lo que relataba el locutor. El grito de Goooolllll solía asustarnos un poco. ¡Nunca lo escuché, eso sí, decir una mala palabra! Pero a veces cuando el partido era peliagudo y ganaba su equipo favorito, se paraba y abrazaba a mi mamá y nos daba un beso a nosotras, que no entendíamos nada.

Una vez, me llevó a la cancha. Era en el parque General San Martín; el club Gimnasia y Esgrima, y me sentó en un asiento que llevaba su nombre y apellido. Miró un partido de los chicos que recién empezaban a patear el balón. Yo me distraía y él, pobre, trataba que me interesara lo que pasaba. ¡Dios no le dio un hijo varón y yo ni entendía ni me gustaba ver a ese montón de muchachitos peleando detrás de una pelota! ¡Pobre papá!

Salió dándome la mano y eso me gustó tanto que le pedí que me llevara cuando quisiera. No pudo ser muy seguido, pues él, era un profesional muy requerido.

Pasó el tiempo y cuando justo apareció la Televisión en blanco y negro, se enfermó y al poco tiempo falleció.

Lo lloraron su amigos, sus clientes y nosotros quedamos desoladas y sin tener casi sin qué comer. Mamá hizo malabarismos para terminar de educarnos y criarnos y el sábado, aunque no nos gustara el fútbol, mamá se sentaba junto al aparato de televisión y miraba un partido en su nombre. ¡Nunca me voy a olvidar cuando llegó el televisor a color para el Mundial de 78!  Por primera vez, nos sentamos todas y lloramos la ausencia de papá, ¿Él estaría entre esa multitud ruidosa mirando un partido? ¡Vaya uno a saber!

 

“CON EL ARMA DE SU TÍO, LOS PRIMOS MATARON A LA NOVIA DE LUCIO”


 

No lo puedo creer. Anastacio se bajó del automóvil haciendo burla por los litros de alcohol que habían ingerido. Era el festejo de fin de curso y todos se habían comportado bien hasta el momento que cayó Romero con un cajón de botellas con licor de todo tipo. Los chicos desacostumbrados a beber así, parecían marionetas tontas. El pueblo de Carrera Verde, al este de la ciudad, era simple, de costumbres pueblerinas y tranquilas. Iturralde, que traía a los mellizos Petrini, se dejó caer en el sillón del jardín y quedó desparramado como un oso. Las chicas tomaban sin entender lo que podía pasar. Reían a los gritos, se sacaban prendas de vestir, se tiraban al agua de la piscina. ¡Un desmadre total!

Cuando llegó Lucio y vio lo que pasaba comenzó a vociferar. Nadie le hizo caso. Seguían corriendo por el parque, por los pasillos de la casa. Mientras Romero, muerto de risa, con sus 35 años, ponía música de los Auténticos Decadentes a un nivel de sonido que ya ni se escuchaban entre ellos.

Ricardo y Tulio Petrini tomaron ambas botellas de un licor verdoso. Parecía un ungüento para heridas. Apestaba. Lo bebieron de un solo abrir y cerrar de labios. Comenzaron a corretear a Alexia, la novia de Lucio para tocarla. Ella gritaba y pedía auxilio, pero nadie escuchaba. Desesperada, se aferró a un sillón. Se había escondido, pero la borrachera era de tal magnitud, que arrastrándose la encontraron. Se metió en el escritorio del tío de los mellizos. Ellos empujaron la puerta e ingresaron con prepotencia.

Lucio, trató de entrar y no pudo. De repente, se escuchó el estampido de un arma. Alexia cayó envuelta en un charco de sangre. Su claro vestido de egresada color damasco, estaba decorado con amapolas de sangre caliente que brotaba de su cuerpo. Lucio ingresó con Romero que ya no se reía. Alguno de los chicos apagó la música. Rodearon el cuerpo de la joven novia de Lucio. Alguien llamó por teléfono a la policía que llegó en minutos. Encontraron a los mellizos con unas armas en la mano. Eran de la colección del tío. En silencio, todos fueron en coches hasta la ciudad, para dar una declaración sobre los hechos. La mayoría no se acordaba nada, el licor los había idiotizado.

 

¿Y SI NO CÓMO SERÍAN TUS CARICIAS?

 

 

En el verde destello de la tarde

Con las palmas sedientas de ternura

Buscamos la caricia que huye lenta

Y descansamos la mirada en la penumbra.

No habrá clamor en la contienda

El hombre escapará sin esperanza

Dejando un centenar de historias y leyendas

Esperando descubrir lo que no alcanza

A comprender del mundo que lo atrapa

Sojuzgándolo sin piedad con la tutela

De titanes despiadados y tiranos

Amantes de la mediocridad y las disputas.

¡Entonces, cómo serían tus caricias?

Aves ligeras que depredan y abandonan.

O plagios de caricias cavernarias.

El hombre mutando amor por horror

Desmorona el amor y la ternura.

Mata a lo que más dice querer con euforia

Deja sangrando la mirada huidiza de quien ama.

 

VESTIDA DE LUTO

 

 

DÉJAME BESAR UNA VEZ MÁS, TU DESTINO DORADO.

 

 

            Los ladridos se oían a la distancia. ¡Claro con cinco mastines que aullaban, era imposible no escucharles! Un automóvil salió raudamente por el enorme portón de rejas, que se cerró automáticamente tras él. Nadie puede decir quién lo manejaba. El sol desdibujaba en los cristales la figura del chofer.

            Pasado unos momentos, ni largos ni cortos, una patrulla llegó y trató de ingresar sin poder hacerlo. El sargento descendió y saltó por encima de los viejos hierros enmohecidos. Caminó despacio por el breve trecho del ingreso a la casona y con un arma en mano, fue dejando sus huellas en la grava. Los perros le saltaron con sus musculosas fauces, y sacando uno de los bastones del hall los dejó quietos y acobardados.

            El charco de sangre había invadido uno de los pisos más bellos que había visto el sargento Tulio Aberro. Un cuerpo yacía allí. Aun se podía oler el perfume ferroso de la sangre. Sacó el radio y pidió asistentes. ¡Esto es verdaderamente un asesinato! ¿Quién querría matarse en el día de los enamorados? ¡Bueno, motivos he escuchado por miles!

Los mastines se habían echado en un rincón y jadeaban. El sol despeñaba sus fulgores sobre los cristales de los anchos ventanales. No tocó nada porque el lugar estaba repleto de objetos rotos y el desorden implicaba una enorme riña.

            Escuchó el motor de la camioneta de la comisaría, distante, los rasguños de los neumáticos de la ambulancia y el motor grave de una camioneta donde venían los de investigaciones. Los perros se volvieron con furia contra los que fueron ingresando. Pero al mostrarles el bastón con las patas casi arrastrándose, volvieron a su rincón.

            Habían pasado dos horas. La sangre ya no era de color rojo brillante, se estaba coloreando bermellón oscuro. Y el jefe con guantes de látex, comenzó a revisar al occiso

            Era un masculino de alrededor de cuarenta años, de contextura fuerte, y tenía un gran golpe en el cráneo. Su ropa era simple, vestido como si estuviera por hacer algún tipo de trabajo artesanal. El poco cabello que tenía sangre, era de color entre cano y rubio. En la mano brillaba una sortija de oro y en la muñeca un reloj valioso.

            ¡No ha sido una tentativa de robo! Esto es un asesinato hecho con mucha ira. Por favor Aberro, ayúdeme a darlo vuelta para ver si tiene otras marcas o heridas. El sargento con esfuerzo lo volteó. De frente le pareció conocido. ¡Creyó haberlo visto por la zona hacía unos días!

            La especialista en dactiloscopia y ADN, tomó con sumo cuidado pequeños rastros del cuerpo y de algunos de los tristes objetos dispersos en el lugar. Un jardinero entró desorientado y los perros los rodearon sin agredirlo. Casi cae desmayado, cuando vio a su patrón en ese lugar y con el cráneo destrozado.

            Mi patrón es un buen hombre. Mi nombre es Gabino Estrada y trabajo hace siete años en esta casa. ¿Qué ha pasado? ¡Mi querido señor Octavio, quién pudo ser tan cruel?

            ¡Lo lamento, pero usted tendrá que acompañarnos! Y se acercó al joven que con sus ropas de trabajo iba dejando un rastro de tierra por el piso. Aseguró a los animales en un canil y luego siguió al sargento. Sus guantes de trabajo estaban sucios de barro y con un fuerte olor a desinfectante que había desparramado en los árboles y plantas. ¡Todo era muy confuso! En el vehículo de la policía, acercó su tarjeta de identidad a los que lo habían detenido. Por momentos sintió más dolor y pena que miedo, pero su cabeza daba vueltas pensando ¿Quién podía haber hecho ese desastre en la casa y con su patrón?

            Una larga charla con varios oficiales y lo despidieron, dándole la orden de no salir del predio ni de la zona. ¿Adónde iba a ir él? Su casa estaba en un espacio detrás de la leñera de la casona.

            Pronto hubo periodistas alrededor de la verja y él, tenía que contestar miles de preguntas que no conocía. Hasta había llegado un camión de un canal de televisión. Todos especulaban con esa muerte. Pero nadie sabía nada. Luego que intervino la gente de criminalística el juez de turno ordenó que fuera llevado al monumental mausoleo de los antepasados del hombre.

            La búsqueda de familiares fue imposible. No había pistas en la región y los documentos que se encontraron no señalaban descendientes. Los amigos y vecinos, lamentaban haber perdido a un buen hombre y excelente profesional. ¡Como arquitecto, era el mejor!

            El día de la ceremonia a la que concurrieron muchos conocidos y curiosos, vieron llegar un auto negro cuyos vidrios estaban oscurecidos y de donde bajó una figura de belleza única, vestida de luto, con gafas negras y una rosa roja en la mano, se acercó al lugar, dejó la flor y se retiró rápidamente. Tulio Aberro, le clavó los ojos y dio la orden, que la siguieran. Ella astuta, desapareció entre las calles arboladas del cementerio, pero... Gabino Estrada descubrió que era la mujer que hacía la limpieza y que por primera vez se presentaba como una dama de luto.

            Descubrieron que había hecho traspasar los bienes del dueño de la mansión y de los bancos a su nombre, pero tras de sí, había una historia de muchos hechos donde se la vio de luto en otros lugares del país. ¿Era una Viuda Negra?

SOBRE EL ÁRBOL ESTÁN LOS OJOS


 

No lo puedo creer. Es un fantasma de tu imaginación. Ayer me decías que el cansancio se había apoderado de tu vida. Apenas tienes treinta años y ya no crees tener esperanza de que Arturo regrese. Perdona, pero creo que deliras. Él te ama.

Recuerdo el invierno pasado, pasaban las tardes y las noches acurrucados acariciándose

La soledad los envolvía pero completaban ese lapso de cuerpos tibios envolviéndose en un amable soliloquio.

Vamos a ver cuánto tardas en comprender que si se ha ido, regresará cuando la tarde sea fría y rememore el calor de tus brazos, del sillón que permitía que juntos, vieran una película o un programa de You Tube, sobre algo interesante. ¡Es cierto que no podía ir contigo a ciertos conciertos y escapadas con amigas! Pero siempre te esperó como el fiel amante que era. Sus ojos verdes, parecían gotas de lágrimas vegetales, cuando tardabas.

No comía si no estabas allí, junto a él. Su lengua áspera te limpiaba las manos cuando regresabas del centro. Te lamía. Era un compañero inesperado en tus noches de insomnio. Se hace tarde y debo irme. Pero si miras por tu ventana sobre el árbol están sus ojos. Te miran, Michu ha regresado. Llámalo y entrará como lo hizo siempre por la ventana de la cocina. Para eso es tu gato.