viernes, 25 de septiembre de 2026

PLANETA FURIA


Ingresó con la luz detrás y era un fantasma oscuro al contraluz. La puerta se abría detrás como una boca de infierno rojianaranjado. Esa puerta suele estar cerrada con un fuerte candado ya que esconde muchas respuestas. Recordé su nombre. Gervasio. ¿Era él? En el zodíaco de la pared, aparecía como un Tauro caprichoso y mandón. ¡Es de piedra!  No tiene alma. Se perdió aquella noche de septiembre que vio cómo agonizaba en medio del silencio su amada.

Dio unos pasos y el perro, que lo había reconocido, se acercó feliz. Él lo sacó suavemente con un pie. El can se sentó lamiéndose la piel. Gervasio había despertado la furia de un grupo de personajes indeseables de los campos de don Francisco Zair Lezcano. Eran un fuego que crepitaba bajo un mundo sumergido de cólera en el planeta de espanto que se alargaba en los surcos. No che a noche, se escuchaban los motores de avionetas que aterrizaban y ascendían y de móviles que arrastraban entre los maizales, sus cargas de horror. A veces debían ser armas, otras, drogas y otras... Dios sabe quién llegaba o quién se iba escapando de la orilla de los abismos donde lo ilegal, marginaba a los hombres buenos de la zona.  

¡Sólo son signos de incógnitas sin nombre!  Nadie podía robarnos los sonidos bellos de algunos amaneceres u ocasos, cuando las aves volaban insistiendo en valorar la vida. Estábamos atrapados en nuestra tierra. Con candados de miedo. Sabiendo que cualquier día algo inesperado podía trasponer las paredes de nuestro refugio.

Dejó su arma apoyada en la pared y se quitó el abrigo, miró hacia la mesa donde Yolanda acababa de dejar un plato humeante de guiso y pan recién sacado del horno secular. Ya los maté, dijo él. Eran alimañas. Carroñeros y sólo tu y yo sabemos cuánto daño hacen. Descargó la boca de Yolanda una asombrada mueca. ¡Tengo miedo! Ellos no pueden hacer nada. No dejé señal de vida a sus alrededores. La boca húmeda tenía un sabor agrio a terror. ¡Son una casta de malditos! Pero lo tenía que hacer... veremos mañana qué sucede. Se sentó a la mesa y comió lentamente. Le tiró al perro unas migas. 

 

 

ENTREVISTA

 

                                                                                              “Es mejor poner el corazón a las palabras, que                                                                                                                       poner las palabras sin poner el corazón”

 

            ¡Aunque usted no me crea, yo lo vi con mis propios ojos! Estaba en el café de “La Puerta Del Sol” en Madrid y pasó cerca de mí. Vestía un impermeable azul gastado, un chambergo de fieltro negro con una cinta roja y zapatos de cuero, sucios y feos. ¡No parecía el hombre que yo conocí en Buenos Aires!

            Cuando salió del sur, parecía que se llevaba el mundo debajo del abrigo. Era un “Fifí” de esos que en la calle Alvear se paseaban como galanes de cine de los cincuenta. Alto, si, más o menos un metro ochenta y tantos, el cabello engominado que brillaba con el sol y la humedad a él, no se le notaba. ¡Era un perfecto ganador! Pero no.

            Mientras se mezclaba con algunos fulanos de la Suprema Corte o con diputados y senadores, era un “capo”. Hasta que cambió el gobierno y salió huyendo como rata. ¡Pobre!  

            Yo supe por amigos comunes que primero intentó ir a México, pero no le fue bien. Sus charlas y conferencias no estaban acorde con los intereses de aquel maravilloso pueblo, luego fue a Francia… menos y como no domina el idioma fue peor.

            Recuerdo cuando en el “Cervantes” se anunciaban sus charlas literarias. Eran un gentío que se agolpaba en las puertas para conseguir el mejor lugar para verlo, admirarlo y escuchar su nueva idea de lo que proponía en sus novelas. Vendía miles de libros. No se si era tan buen escritor pero su presencia hacía el resto. Ahora es un tipo común.

            Pensar que ni siquiera me dirigía la palabra cuando iba con el micrófono y ahora, cuando pasó se dio vuelta y se acercó con cara de afligido y me preguntó si yo, era yo. Es decir el mismo periodista que antes no era recibido. Le contesté que sí, que era yo y que lo estaba buscando para hacerle una entrevista. Se le cambió la cara, resplandeció como allá en la gran ciudad. No era cierto, pero cuando uno pone el corazón puede ayudar a dar ánimo.

            Le hice un reportaje que fue muy exitoso y ahora ya lo vieras, es otro. Me alegro porque cuando uno está en la mala, que te tiren un salvavidas es muy valioso. Ahora me despido y te digo, si te lo llegás a encontrar, como al pasar decile:- Ché, Osvaldo, el “Gordo Fernández” de la tele te anda buscando para hacerte una entrevista.- ¡Total, si vuelve no nos va a dar ni cinco de pelota!

MARTHIN LUTHER KING


Luces y sombras en tu morada

Hombre de palabras y de acciones

No violencia

Camino silencioso a la libertad

Amor fraterno.

Grito sin expresión de pánico

Alarido de labios apretados

Caminante de huellas fantasmales

Que atormentaron los prejuicios.

Un estallido de garganta herida

Sale una mariposa de color de sangre

Lame el viento la palabra “Freedon”

Dios en tus manos vacías y dormidas

Dios en la conciencia de los otros hombres

Dios perdonando el oscuro intento de tu muerte

 

Hombre sin sombras. Luminaria en la tierra.

Caído. Desterrado al silencio. Muerto.

El hombre con nombre de rebelde cristiano,

Vive en la memoria de un pueblo que espera

Libertad, libres, libertos y librados.

Negritud asombrada con estirpe de reyes

Que se asoma en la tierra violada.

CAFÉ TORTONI


Entré a un paraíso

Entré al Tortoni

En cada mesa presentí a un poeta.

¡Allí parece que “Manucho Mujica Lainez” escribe!

¡En aquella mesa está Borges!

No creo que ronden por acá tantos poetas.

Fantasmas que sonríen a mi paso…

¡Sueño con la poesía de la Storni,

sólo sueño con una sinfonía de palabras bellas!

Tal vez el murmullo se eleva buscándolos a “ellos”.

Los poetas de entonces, los inolvidables,

los genios que involucran la palabra a la vida callejera.

Al tiempo inexorable, que huye.

El Tortoni, se adormece a la madrugada

y los espíritus vuelven a rodear las mesas

y sobre el mármol de las viejas tablas

en un papel en blanco, con pluma cucharita y tinta,

escriben sueños, tangos y las historias tristes

del Buenos Aires antiguo y musical.

Entré como una espía. Entré al Tortoni.

COMO EL HORNERO

 

          De cosecha en cosecha siendo obrero golondrina, llegó Cesario del norte a la tierra de los viñedos. Allá, en los montes de la región noroeste, ya han desmontado y no queda nada. Los algarrobos son la sombra de un remoto esplendor de la tierra. El nuevo patrón, pregunta al hombre: “¿Años?”

          —Veintiocho, ansí me anotó mi mama—. Y una mirada inquisidora se desliza por la piel descorchada de otro desalojado del terruño.

—Soy fuerte patrón, he levantao una zafra enterita en Tucumán y domé potros en tierra e’ Córdoba.

            Pequeño, de piernas gruesas, pies enormes y brazos como leña seca es el montaraz. Ojos negros achinados y crinado. Bajo el ala del sombrero desgastado y olvidado del negro con el que lo fabricaron, esconde fuerza y coraje. Usa bombacha amarronada y sin botones, alpargatas. Lleva un insignificante bulto, en que acarrea todo lo que posee.

          —¿Cuánto querés ganar?

          —Lo que le venga en ganas, comida y catre..

          —Andá, la Adelaida te va a enseñar el galpón donde hay otros jornaleros como vos. Acá nada de vino ni cerveza mientras se trabaja. Y cuidado con pelear. ¿Tenés cuchillo? Me lo dejás acá.

          —Yo soy tranquilo don, muy tranquilo y sólo pito un cigarro cada vez que lleno la panza.

           —Bueno, me alegra que seas tranquilo. ¡Dejame acá el facón, eh! Andá nomás.

            Camina, el Cesario, con la esperanza abrigada en el corazón. ¡Por fin trabajo! Hace como dos meses que sólo changuea por acá y allá. Nada fijo.

Desconfiado, husmea. El lugar es grande, Un galpón separado en dos con un panel de madera, donde esperan un par de catres con pellón de oveja y manta de lana, aguarda el cuerpo cansado de los peones. Ese espacio da abrigo a la fatiga por el trabajo de la viña en época de cosecha.

            “¡Mal clima nos está acechando! Anteayer, granizo, hoy lluvia. Mañana, espero que mejore, si no se pudrirá la uva!”, opina la Adelaida, mientras le entrega unos platos, tenedor y cuchara, con un cuchillo casi sin filo. Una palangana enlozada, muy cascada yace en un rincón con una jarra de plástico amarillo llena de agua para lavarse. La toalla de color cetrino pende de un clavo en los adobes descascarados. “Acá tenís un cajón con tapa para guardar tus cosas”. La voz cargosa de la mujer, quiere ordenar la vida entre los obreros golondrina. Adelaida, la Gorda, como le dicen todos, se mueve al compás rítmico de sus piernas enormes. Es un burdo barco graso que se desliza por la tierra apisonada con agua y escoba de pichana. “A las nueve se cena. No lleguís tarde que ti quedás con lo pior.” Parte arrastrando el trasero, afortunado en carnes, como triunfo de una vida plena. La cocina es su mundo.

            Cesario alborozado recibe los cachivaches en silencio.

           —Tá güeno. ¿Y cómo voy a saber la hora?

           —Ya te vay a avivar solito—. Se escucha la cháchara de la matrona.

            Negras nubes merodean sobre los viñedos. El muchacho se persigna y busca agua fresca en la bomba manual del patio. Allí se encuentra con dos braceros más, que lo estudian para sacarle algún comentario, Los evita.

          Ya en la cocina, sentado junto a una mesa de madera de pino, sin mantel y sobria en trastos, la Adelaida trajina ollas tiznadas con perfume de puchero. ¡Suculento golpe para el hambre de un estómago vacío! La albahaca y el tomate maduro, conspiran con la hambruna de todos. Ni nombrar el tufillo obsceno del orégano.

           —¡Mal tiempo doña! —comenta un boliviano color de aceitunas negras.

            —Ahorita salgo con la pala hacir una cruz de cenizas pa´ alejar la tormenta —contesta la doña.  “La ayudamos”, dicen todos para meter la nariz en la extraña ceremonia ancestral del campo.

             —Nosotros la hacimos de sal gruesa —mete Cesario—. Allacito en mi tierra, la fabrican de sal gruesa y es güena.

            Por la puerta abierta a la penumbra, que se desplaza solapada, ingresa el patrón acalorado:

         . —Mañana necesito ir a la ciudad con dos de ustedes.

           —Yo voy, si quiere —ofrece uno..

           —Yo también —expresa Cesario.

           —A las cinco en punto me tienen que esperar junto a la chata vamos a buscar fungicida y caldo bordelés, para el parral del este, que tiene peronóspora. Y también hay que traer cosas pesadas, solo no puedo ir. Y vos, Evaristo, andate preparando la mochila y el tractorcito con tanque, para fumigar, así apenas regresemos te hacés la parte más jodida. Te ponés un trapo en la nariz, te cubrís los ojos y le metés duro. Si se llena de hongos la viña, a la uva hay que ararla toda y esto se va a la mierda. ¡Qué clima de porquería, carajo! Esto no parece Mendoza”.

             En la finca oscurece. El resplandor que perfila olivos y vides imita un espantapájaros sombrío. La silueta grácil de la cordillera se recorta con la claridad de la nieve eterna. El espectro de la arboleda húmeda por la lluvia acaba de negarse a continuar para hacer daño, y surge un cuadro fantasmal. Un zorzal apunta hacia uno de los álamos que bailotea una danza perfecta junto a las acequias. La noche interrumpe adueñándose del parral. Todos duermen.

Al amanecer, una luz lejana se desparrama suave invitando al sol a entrometerse en la heredad.

—¡Si viene mucho sol, sonamos! Más humedad y más hongos. Pero sin sol no hay tenor alcohólico en la uva —le explica a los atolondrados obreros que escuchan sin entender mucho de lo que habla el patrón.

—Y diga, don ¿de ande sale eso?

—Si serás abombao, de l´azucar de los granos —explica el otro como si supiera.

Cesario observa y abre sus oídos grandes para aprender. ¡Le gusta esta tierra y piensa quedarse!

Aclara. La ciudad contornea sus edificios como gigantes enfrentados en una guerra cruel al campo. Luego de un breve recorrido, encuentran los remedios para fumigar y después de ir a los bancos, el patrón quiere regresar.

—Odio la ciudad. El tránsito, la gente que te empuja y los ruidos.        

Hacia el este, Montecaseros está más cerca de la vida. Cesario piensa y pregunta si es posible construirse una pieza con adobes, para vivir solo.

—Acá, che patrón, sobra el barro.

—¡Ay, vos querés volar alto! Muy rápido. Esperate a terminar la cosecha. Ya veremos. Si sos bueno con la tijera y el tacho, capaz que te de un terrenito en el cuadro sur y te hacés un nido.

—Sí, como el de un hornero, don.

Sueña el golondrina con su nido de barro, como son los ranchos cerca del río, allá en su tierra. Sueña.  

 

 

Vocabulario:

Zafra: cosecha de caña de azúcar y tiempo de fabricación del azúcar.

Changuea: (changa) trabajo breve con contrato verbal, especialmente entre trabajadores sin educación formal.

Pichana: escoba que se fabrica con ciertos vegetales de la zona árida y xerófila.

Caldo bordelés: agroquímicos usado por los viñateros como fungicida.

Peronóspora: enfermedad de los viñedos característica por su color rojo-violáceo en las parras.

 

INFIEL

 

Apesta el olor a fritura en la galería. Los visillos dibujan filigranas sobre el corredor que lleva en damero a los fondos de la casa. Es vieja. Hace calor y hay humedad. Las chicharras clamorean sus atractivos sexuales buscando aparearse. Una modorra manifiesta se despliega en los dormitorios. Ventiladores perezosos desdoblan sus aspas gastadas, con zumbidos de insectos invisibles, sobre las sábanas de algodón que clarean las sombras. Hay perfume a clavo de olor, canela y vainilla, mezclado con otro hediondo. Puro sexo. Vómito y mierda.

Fantino yace semidesnudo bajo el sopor del vino y la cerveza. Ron y cachaza, noche tras noche, amancebado con las busconas de Puerto Las Palmas. Un vientecillo suave, mueve las cortinas de una puerta ventana, atrayendo aire con hedor a río que se entrevera con aromas interiores de la casa. Aire que espanta moscas y mosquitos que, en la oscuridad sacrifican, con su necesidad de sangre, la grosera piel del ajumado moreno.

            Temprano ha comenzado el ruido de los carros que llevan la pesca y los mariscos al mercado. Los gritos de los hombres que trabajan no lo despiertan de su interminable borrachera. Una gallina atrevida ingresa en la habitación en penumbra y picotea el piso donde hay restos mutilados de comida derrochada en la jarana. Nadie se atrevería, como el bicho, a acercarse. Seguramente, un zapatazo sería la respuesta. Sin embargo Nunila, escoba en mano, limpia el patio de tierra sacándole brillo al polvo cerca del catre. La cadera sazonada sostiene la enorme falda, de algodón blanco, que arriscada atesora su cuerpo mulatazo.

Las manos hábiles fabrican, para curiosos y extranjeros, metros y metros de puntillas en las sombras de la tarde, cuando espera el grito de Fantino que la llama. Odia esa voz. Odia al hombre. Odia el mundo y a las hembras que venden su cuerpo a esos machos y al infame gordo alcoholizado. Su marido. Está siempre tirado, pensando vivir sólo para copular noche tras noche, incluso contra la voluntad del cuerpo que apenas se resiste. Grotesco. Inmundo.

Nunila fue bella. Morena de ojos claros y larguísimo pelo ondulado con brillo de perlas negras. Creyó en él. Creyó que la sacaba del infierno donde vivió hasta los doce años. Del rancho, donde cada hombre era más y más bruto con el ron o la ginebra en su cuerpo infantil. Estaba allí, ahora, en la semi oscuridad de la vieja casa que guardaba un secreto. Antiguo caserón con estirpe de épocas pasadas, donde la riqueza relucía entre los marrulleros comerciantes que traían oro y plata de las minas del interior. También esmeraldas y putas.

Cada barco que atracaba era un escándalo en el puerto. Atiborrado de mujerzuelas y borrachos. Gritos y peleas, que acababan en las zanjas con sangre de algún infeliz nunca buscado por alguien.. Marginales. Para Puerto Las Palmas no había una ley y, si la había, nadie sabía cuál era.

Nunila en silencio sobrevivía al horror de todo ese horror. Callada, cocinaba plátanos fritos, marisco y pescado, arroz con cerdo y especies. Nunca le dio ni una moneda, el Fantino. Nunca. Sólo vivía de las manualidades. Pagaba a algunas rameras con los pocos billetes que conseguía de los extranjeros que en el mercado, se enamoraban de los encajes que elaboraba con habilidad de maga. Le daba dinero propio a las putas que tenían hijos criados por abuelas del campo.

 El áspero vino fiestero y el alcohol de caña, lo traía Amancio —socio de su marido— que en realidad era el dueño del burdel y de hembras robadas con engaño del interior empobrecido. La casa era de la suegra.

La morena era fiel. Era Nunila la “mujer” de Fantino. Salía, con el turbante entramado, que escondía el tesoro de pelo que usaba en una ceñida trenza. Ronroneaba cadencia la pollera suelta que le cubría hasta el tobillo. Descalza. Seria. No era igual a esas infelices que traían cada noche a la bullanga.

            A veces, se atrevía a los altos, por la escalera desvencijada y entraba en la gran alcoba de la señora Santina, la suegra muerta; y abría los cofres cubiertos de mantos de seda filipinos. Se ponía uno de aquellos trajes de seda que fueron la gloria de la madre de Fantino. Soltaba la cabellera. La sujetaba con peinetas de carey o nácar; y usaba los aretes de oro y zafiros que escondidos en un pequeño cajón de la cómoda, dormían en descanso de tiempo. Se transformaba en señora. En dama. Caminaba sobre la alfombra de Persia. Se daba aire con el abanico de plumas de ave del paraíso. El espejo le devolvía un fantasma. Gloriosa su belleza nativa. Majestuoso su porte de reina. El preferido era el verde agua, con encaje de Bruselas. Las enormes enaguas de lino aún conservaban la fortaleza del almidón. 

Nunila parecía una pintura arcaica de la colonia moribunda. El cuadro era de otro siglo. De otra vida. Después se desvestía, guardaba su secreto y volvía al traje de algodón blanco y al turbante. Nada sacaba para sí, su marido, si la atrapaba, le daría tantos palos como pelos tenía en la cabeza. La señora Santina su suegra, esa que ella cuidó hasta la muerte y que nunca la consideró esposa del hijo idealizado, no permitiría su travesura. ¡Si viera a Fantino! Borracho todo el día, encamándose cada noche con una, dos y hasta tres mestizas del puerto, cuando ella se encerraba en el dormitorio. Caería en otra apoplejía como la que sufrió cuando supo que, su finado Evaristo, tenía una manceba con nueve hijos por ahí, en las afueras del Puerto. Hijos que, por supuesto, hizo desaparecer sin recelo de la zona pagando a unos matones sin escrúpulos, antes de caer en esa inmovilidad que la desquició.

            Después, con el tiempo, la mulata tomó por costumbre pararse frente al cuadro de doña Santina para hablarle. Como le charlaba en el lecho, mientras le curaba las escaras evitando que se infectara. El calor era una molestia que irrumpía a destajo con toda clase de bichos, casi invisibles, que picaban y mordían la piel dejando heridas. ¡Insectos infernales!

 Otras veces, cuando le daba de comer, la madre se negaba a abrir la boca y algunas lágrimas corrían por su piel lechosa. Ella, con un pañuelo secaba una a una y le acariciaba la frente. Igual, nunca la quiso. Nunca devolvió un gesto, una palabra, nada. Nunila, bella mestiza, era hija incestuosa, tenía madre-hermana, negra y el padre blanco y borracho empedernido de ojos claros. Por eso alardeaba la mujer de los propios. Eran de cielo cambiante y, según se avecinaba una tormenta, mutaban en destellos tentadores en una mirada profunda. Un día en la feria, tropezó con un hombre que le dijo: ¡Hembra tienes ojos de mar tormentoso! ¡Sí que eres bella, serías mía si te atrapo! Huyó, dejando abandonada la cesta con la compra, sobre un mesón de madera en la calle.

Provocada por la seducción de las palabras escuchadas escapó. El hermoso extranjero trató de atraparla, corrió, pero lo evitó desapareciendo entre los callejones malolientes del puerto. Después, lloró su destino. Entre los paraísos en flor, lloró su suerte.

            Al regresar una mañana a la casona, un grupo ruidoso de gente; entre ellos dos vecinos que siempre la codiciaron, y Amancio la esperaban. Algo extraordinario había ocurrido. Fantino salió gritando por la calle. Cayó como partido por un rayo en las piedras mugrientas de la acera. Balbuceó algo. Una espuma blancuzca le burbujeaba entre los labios. ¡Nunila ayúdame! ¡Santina vino a buscarme! ¡Mamaaaaá! Luego, dando un revolcón en tierra, quedó sin conocimiento. Los ojos en blanco y uñas amoratadas como los labios. Fue lo último que se vio en él, antes de que se hundiera en la perplejidad de la muerte.

            Nunila con el señorío y silencio de siempre, redujo todo a un sepelio corto. Sin ruido y sin llanto equívoco. Pocos conocidos fueron para acompañarla. ¡Mejor!       

            Despachó con fiereza a prostitutas y al Amancio. Los parroquianos salían disparando cuando les tiraba con lo que tenía a mano. ¡Vuelvan a sus mujeres! Les incitaba. ¡Vuelvan a ser hombres de verdad!

            Una semana más tarde, limpió la casa. Pintó con cal cada habitación, lavó y cepilló ventana por ventana, mueble y piso, dejando que la luz de la vida regresara a la vivienda. Se transformó en la dama que soñó ser. Con la tela de los vestidos de doña Santina se hizo ropa a la moda de la época, se adornó el cabello con aquellas peinetas de la difunta y habilitó el salón, para que allí, se aprendiera a fabricar encaje. Pronto, las muchachas de otros barrios llegaron para aprender. El murmullo de las voces juveniles, le cambió el estilo a la zona.

            Un atardecer, estaba sentada Nunila en la galería, cuando vio que bajaba por la escalera misia Santina, resplandeciente con el traje de seda amarillo pálido, le tomó la mano y dejó en su palma una caja llena de joyas, que nunca supo, ni Fantino, que existían. Luego, le dio un beso en la frente y salió por la galería desapareciendo para siempre entre los jazmines.   


"NO ME CONDUZCAS A TU INFIERNO ÍNTIMO..."


 

La ira le llenaba el alma de odio. Quería matar. Pensó en cien maneras de matar.

¿Qué había cambiado en su vida en ese breve momento? ¿Cómo pudo ocurrirle a él, que vivía presente para sus amores?  Estudió cada paso, cada movimiento, cada ángulo desde dónde podía matarlos. No podía dormir. Si el cansancio lo despojaba de su velar cada noche y cada día, soñaba con sangre.

Parecía un ebrio. Pero era por su ofuscación y su rencor. ¡Si él, los había amado tanto, los cuidó de noche y de día! Siempre había odiado a mentira, el engaño; pero no esperaba la traición de esa manera artera.

Una noche el sueño se adueñó de su cuerpo y se quedó dormido. Abrazado a la almohada, se sintió abrigado y el cansancio lo hizo entrar un estado casi hipnótico. Se vio caminando por la calle rodeada de álamos de color verde dorado, sus pies apenas sentían la grava de la senda. Sintió el aire que lo envolvía, un suave calor de un sol agónico que se reflejaba en la distancia. Aves que echaban vuelo en un cielo que lentamente se iba enrojeciendo. Sintió un suspiro cercano a su rostro. ¿Madre? No, no puede ser, si ella hace mucho tiempo que había abandonado la ciudad y luego la vida.

La brisa gratificó el suave murmullo que oía en su sueño reconfortante y mágico. Luego advirtió una figura a la distancia, caminaba descalza entre lirios de color violeta. Era ella. Sola. En silencio. Le hacía señas de acercarse a ese lugar paradisíaco. Se revolvió en el lecho. Sentía calor y transpiraba. Húmedo el cobertor, que lo ahogaba.

No podía despertarse. Estaba muy bien en ese clima ambiguo y mágico. ¡Condúceme a la cumbre en este sueño! Pensó. Se revolvió en su sueño, se aparecía y desaparecía ella. Con su lánguido vestido blanco de leve tela de algodón, el largo cabello negro revoloteaba con la brisa y sus ojos... sus ojos parecían dos brasas encendidas con el fuego de la pasión y la muerte.

Despertó. Estaba rodeado de llamas ardientes, todo se consumía por un fuego artero. ¿Cómo puedo escapar de este lugar? Y la vio. Estaba a cierta distancia apoyada en la camioneta. Su sonrisa parecía decirle... ¡Te he ganado!  Y con la mano alzada le mostraba una tabla en llamas... él, no podía gritar. Estaba atado a ese pequeño infierno que construyó pensando en matarla.

¡Cuando el amor muere, el precipicio se abre entre los corazones humanos! Y se desata el infierno que cada uno había construido contra el otro. 

El amor conduce a la cumbre de la felicidad o a la muerte. Cerró los ojos y se quedó dormido.