lunes, 21 de septiembre de 2026

UNA VENGANZA DE ULTRATUMBA


“la noche tiene su canto y me has de decir cuál es” Martín Fierro.

“A las sombras sólo el sol las penetra y las impone, en distintas direcciones se oyen rumores inciertos, son almas que de los que han muerto que nos piden oraciones. Moreno.

La casa está bajo la vigilante mirada de cierto oscuro personaje. Cada hora que pasa, varía la posición de sus anteojos de larga distancia. Alquiló el edificio vecino, que destruido como está, pasa desapercibido a la curiosidad de cualquier transeúnte o residente alrededor de la “casa”. Usó, por supuesto, documentos apócrifos, que eliminará cualquier rastreo de su verdadera identidad. Allí se mantiene atento a cada rumor, cambio o persona que se acerca. Trajo todo lo que puede necesitar para sobrevivir dos o tres semanas sin mostrarse, sin despertar sospechas. No enciende luces, ni cocina. El silencio es atroz, cabe, el silencio, en la robusta imaginería que rodea las viejas paredes descascaradas, cubiertas de fotos con la misma figura. La obsesión pertinaz le produce palpitaciones. Busca el rostro largamente fantaseado.

Las sombras comienzan a cubrir los muros húmedos y fríos, con lágrimas de olor a orines y moho. Vuelve a cambiar de ventana. Ese ángulo es más siniestro que el anterior, da  a un patio trasero lleno de chatarras y basura, acumulada durante el último semestre. Él, conoce cada movimiento, pero espera descubrir el paso en falso que tarde o temprano dará el hombre.

En la oscuridad, carga un reflector infrarrojo que sigue los movimientos sin que lo puedan descubrir.

Con la noche vuelve el llanto lastimero que al principio buscó desesperado por cada rincón de la ciudad. Ese llanto que lo sigue y lo persigue. Luego, más sereno, comprendió que era un llamado de ultratumba. Alguien que había muerto mal, buscaba sus dotes para comunicarse. Esa maldita herencia que lo ha marcado desde que se quedó encerrado ocho horas en la cripta de su familia cuando tenía apenas cinco años. Recuerda cada minuto, cada instante de ese momento. Las manos ahuesadas que se aferraban a su camisa de franela celeste, los lamentos y gritos desarmónicos de las sombras que lo rodearon. Hasta que llegaron por él. Lo salvaron de las almas en pena. Quedó marcado para siempre, desde entonces sus noches están pobladas de seres que viene a solicitarle ayuda. Mujeres mutiladas por amantes ciegos de celos, niñas violadas y ahorcadas por pedófilos indignos, madres operadas en tugurios abortando hijos  no deseados, ladrones ajusticiados por sus cómplices avaros... esa es su cruz, la de ser el intermediario entre la vida y los muertos. Pero no cualquier muerto, los que han sido arrebatados de su destino.

Observa que se detiene un vehículo, lo ingresan de culata al galpón que sirve de guarda coche. Su anteojo está húmedo entre las manos heladas. Atentamente sigue los movimientos de ese hombre gris, no, negro como las sombras que proyecta la noche sin luna. Un nuevo rumor va creciendo en la casa abandonada en la que espera, son gimoteos y llanto de niño que buscan ser oídos por el que acecha. Un espectro comienza a dibujarse en la pared lateral, donde las fotos apenas se vislumbran. Una forma densa va conformando la imagen de un chico no mayor de doce o trece años. Debe ser a quien han descuartizado, ahora envuelto en un lienzo pringoso de barro y sangre. Él, observa atento. Los rumores y movimientos de seres fantasmales lo envuelven con susurros, implorando justicia. ¿Justicia? Si ese espectro espera la justicia de los hombres, sólo él, podrá hacer justicia. Ya lo tiene en la mira de su rifle con luz ultra láser. Certera, la bala impacta en el cuerpo del hombre que arrastra el cuerpo entre el barro del garaje y el jardín. Cae pesadamente envuelto en un humo azulado. La sangre va desplegando una areola en el pavimento húmedo de la vieja cochera. En el muro impiadoso de su habitáculo surge un nuevo sonido lastimero y nítido escucha una voz que sentencia: “ Me vengaré”.

En la pared mugrienta donde las fotos brillan con una rayo de luna, surge la figura grácil de adolescente que le pide una oración para dormirse en el sosiego de las sombras.

ALGUIEN EN SETIEMBRE IZARÁ PALOMAS EN TU PUERTA


 

¡Qué látigo  septiembre

con su tumulto de tiernos sauces

su estallido de panteras verdes!

 

Te caerá a la piel su junco roto

con la luna partida por las trenzas

nadie, entonces, cantará la aurora

 

la ventana venderá un arcángel

su sonrisa     su voz señera    cascabeles

abanicará noviembres tras las viñas

 

una hamaca de algas asombrará el cenit entre los prados

alambique de tornasol florido. Septiembre

ojos de cielo      sin frontera

un niño   juguetes desparramados  chocolates con forma

tamborcillo de lata    otro  otros

casi nada 

 

una mujer sobre la breve veta de la tierra. Desnuda

sin palabras. Y las palomas en un portal izando sus pálidas

plegarias. Setiembre sin argumento de pradera. Esperanza

nido con azaleas y malvones.

 

LAS NOCHES DE MUHAMMAD

 

La caravana atravesaba el desierto lentamente. Si la sal les traería fortuna, más les darían en la feria del oasis por las tres esclavas que compraran en  Rasheah, donde las vendía un viejo mercader yemenita. Cubiertas completamente por negras burkas era imposible descubrir si eran bellas, jóvenes o viejas. Una larga fila de mefíticos camellos dejaba una huella de excrementos que pequeños niños, esclavos negros del sur, juntaban en corambres de cuero para prender fuego cuando ya secos sirvieran en las tiendas para calentar el té. Al llegar la noche, cada hombre  luego de higienizarse para orar, se sentaba frente una fogata a beber leche de camella recién ordeñada. Los pequeños se apiñaban para recibir tortillas de salvado mezclado con requesón de cabra. Única comida del día. Las tres mujeres, atadas con una pesada cadena de cobre, recibían en sus manos azules llenas de míticos tatuajes, algo de beber y tortillas de afrecho. No hablaban entre ellas porque no se entendían. Cada mujer era de una tribu distinta. Sólo se escuchaba sus quejas y lamentos que cesaron después que el viejo Hassam les diera un latigazo a cada una. Así pasaron los días, con calor insoportable desde la mañana hasta la tarde y con terrible frío en la noche, bajo las estrellas que se quejaban de tanto lagrimear rocío helado sobre los lomos agrios de los camélidos.

Las tiendas desplegadas en la arena, eran una litografía cincelada en piedra negra en la oscuridad. Un resplandor de fuego escudaba con la humareda que impedía a la miríada de insectos y alimañas acercarse. Las tres desgraciadas gemían por el frío que atravesaba el mugriento harapo que las cubría. Ya no tenían lágrimas para derrochar y se pegaban una a otra buscando un poco de calor humano. Uno de los pequeños se acercaba con agua o té, para demostrarles su compasión de niño grande por su compartido destino de esclavo.

Al amanecer, el ruido descargó su ira sobre los rumiantes que a fuerza de látigo se puso en camino. Hacia el este se avizoraban las montañas del norte de África por donde debían pasar esquivando la zona donde el hombre blanco, colonos malvados, con los legionarios, masacraban a los beduinos. Ellos eran bandidos de otra especie, de otras costumbres más claras. Comerciaban con la muerte.

El canto del Sagrado Corán servía para darles un respiro en el fatigoso camino. El calor comenzaba a golpear en la cabeza de las desgraciadas. Una pertenecía a una tribu cuyo jefe siempre en pie de guerra había tratado de seguir la caravana, pero el difícil camino entre las rocas y el desierto impuso su rápido consuelo. Una mujer menos no era cosa de importancia para él. La joven sangraba por dentro y por fuera. Su cuerpo de piel oscura, tenía llagas que comían las moscas que por miles ponían huevos en su carne abierta donde el cobre había hecho su tarea. El hedor les daba nauseas pero no tenían alternativa. Un perro que acompañaba el grupo solía venir a lamer las larvas y eso le daba un respiro. Les ardía el sudor en las heridas, la sal que emanaba del sudor acre envenenaba cada una de las úlceras abiertas.

Una figura se acercaba, era un beduino, que envuelto en su turbante azul noche, sólo mostraba la mirada de ojos profundos y amenazantes. Levantó el tapiz que cubría parte de la jaula en que eran transportadas. El camello, ante una señal del hombre se fue sentando. Cada bamboleo del cubil, se despellejaban más los tobillos y el dolor era más agudo. Las arrancó de un manotazo. Sobre la arena caliente sintieron nauseas otra vez. No tenían nada en el estómago y la sed, les había deformado los labios y las gargantas. Sintieron que una mano varonil palpaba sus huesos apenas cubiertos por algo de carne. Un rugido partió de esa garganta. Ese, seguro era un jefe y estaba muy airado. Vino un muchacho y con suaves movimientos las tomó, les despojó de cadenas  manos y piernas y las acercó a un lugar donde había rumor de agua. El pozo. El guía protestó y sintieron el chasquido de un látigo. El grito de rencor y dolor, llenó un segundo el espacio. Una voz aflautada habló en yemenita y Layla entendió. Debes bañarte pequeña y te daremos ropa limpia y una burka  nueva. Luego habló en lengua berebere... y Um le entendió. Finalmente fue Dahira quien comprendió qué hablaban. Cada una a su tiempo fue transformándose en persona. Sus largas cabelleras limpias enroscadas y su piel cepillada sin larvas de moscas. Ni piojos que les aguijoneara las llagas.

       Muhammad  las hizo traer a su tienda, mostraron sus cuerpos y su ira vibró en  la piel.- Así piensan vender a estas desgraciadas. Son ustedes tan inútiles que no entienden nada. Las quiero conmigo, alimentadas y sanas.- Acurrucadas en a alfombra  se agazapaban  tratando de entender al hombre. Hassam, trajo una fuente con cordero y verduras. Él, les explicó que no comieran demasiado porque enfermarían. Así fue, se abalanzaron sobre las fuentes y con sus manos comieron sin pudor. Al tiempo corrieron fuera de la tienda a vomitar. Muhammad reía como loco. Llegó un puñado de músicos. Dos üd, tres rababah, dos ney  tocaban qásidah con bellísimos pasajes del Sagrado Corán. El sopor las fue adormeciendo y cayeron sobre los tapices profundamente dormidas.

Los cuerpos  ayer tumescentes, hoy brillaban con los aceites con que los niños habían  acariciado a las mujeres. Un nuevo día les trajo una luz de serenidad. Dahira trató de mostrar a las otras desdichadas que pronto llegarían a un sitio donde serían vendidas. Así fue que tras varias jornadas se oyeron los gritos de otras caravanas que apacentaban cerca de un oasis en el desierto. Era un zoco túrbido. Allí se mezclaban las joyas de oro del Sudáfrica, diamantes de Mozambique,  marfil de Zambia, turquesas de Irak e Irán y piezas de arte de todo el norte y centro de África y medio oriente. Cosas robadas. Cosas legítimas. Cristales de Italia, porcelanas de Alemania, seda de China y Francia, perfumes de varios orígenes. Piezas de plata de países lejanísimos que habían viajado por tierra y mar durante largos días. Lo más valioso... mujeres y jóvenes mancebos que se vendían como esclavos. Algunos viejos pederastas, llegaban escondidos en sus chilabas y turbantes negros,  para no mostrarse  a los mercaderes con quienes mercaban. Bolsitas de oro o diamantes, o jade y rubíes de Burma, pasaban subrepticiamente de mano en mano.  Todo se compraba y todo se vendía. Nada era sorpresa para ellos.

Um, fue tironeada hacia un pequeño escabel, donde subió y fue desnudada frente a un grupo de hombres. Sus dientes blanquísimos y su piel cetrina con tatuajes tribales, atrajo algunas miradas. La palparon, le abrieron la boca, le tocaron los senos y el vientre. Ella escupió una mano que tocó su sexo. La golpearon con un azote de cuero. Quedó inmóvil. La habían comprado. Supo que su destino ahora era un hombre somalí. Fue cubierta pronto con un aba y un chador y recluida en una tienda.

Layla quedó en espera. Un blanco que había llegado en un caballo árabe de un negro espectral, caracoleó junto a su cuerpo desnudo. Tiró unas libras esterlinas de oro sobre la arena y un petimetre de pelo anaranjado, le echó una capa blanca y la arrastró hasta un potro color canela que esperaba cerca del pozo. Allí se quedó esperando su futuro.

Dahira esperó impávida que la buscaran. Nadie vino. El sol escapó por entre las dunas y las caravanas se fueron dispersando. Evitó llorar. La noche alfombraba el frío desierto. La tomaron con trémulas manos los pequeños eunucos de voz aflautada. Sin evitarlo llegó ala tienda de Muhammad quien esperaba ansioso a la nueva esclava. Ella alegraría sus noches. Calentaría su tienda y le haría temblar de placer en cada minuto de pasión. Muhammad, no sabía que tras la caravana, a dos jornadas de camello se acercaba Abdullah ib- Talah, el prometido de la niña, con su gente.

En la tienda los músicos hacían resonar los tambores, üd, neys y rababah; mientras pequeños mancebos acicalaban  a la muchacha. El fuerte olor del cordero asado con menta y especies impedía olisquear el tufo de los jinetes que se acercaban.  La luna esgrimía preñez de  oro sobre la arena. Un telar de hojas de palmera, disimulaban los tapices de los toldos. Las patas de las bestias, almohadillaban los médanos. Dahira sin temor esperaba. Esperaba.

 

TRAS LA VENTANA AZUL

 

Comenzó a pintar un cielo azul. Pero no había visto desde hacía mucho tiempo el cielo. El encierro. La locura. El silencio. Etelvina. ¿Está acaso bajo el mismo techo? Siguió pintando. Un cuadro, otro y otros en colores de cielo, de libertad de augurios. Recordaba a lo lejos, cuando cerraba los ojos la casa de su abuelo. Era tan cálida y perfecta como la canción que escuchaba desde su lecho.

Escuchó los pasos de una persona que se acercaba por el largo pasillo de la clínica. ¿Qué le traía ahora? Un sueño. Una larga lista de pequeños recuerdos enmarcados por láminas doradas. Un libro. Esos que solía traerle Etelvina con ilustraciones de parques o de bosques en invierno.

Se bajó de la cama hasta quedar en el piso acolchado de espuma. O era sólo un sueño. ¡No importa! Viene como un pájaro de esperanza. Se detiene e ingresa. No es Etelvina. Entra un hombre de blanco. Y mira mi ventana azul, sin vidrios ni cerrajas. ¿Cuántas pintaste hoy, me dice? Lo miro sorprendida. No lo conozco y él, sabe que mis ventanas azules vuelan en los lienzos.

Me acerca un vaso con agua clara, transparente como su mirada curiosa que se posa en mis telas. ¿Qué bien pintas! Y ríe. Está por darme otra de esas pastillas que me da Etelvina y que yo guardo en mi almohada. Escondidas, por cierto. Cómo haría para pintar ventanas si tomara esas pequeñas cápsulas que me quitan el sueño y no puedo volar a través, de los vidrios azules, de mis ventanas al cielo.

Son de color rosado. Me las pone en la mano. Son distintas a las que guardo. ¡Prueba, me dice, estás te harán soñar con pájaros y flores!  Y las tomo. Y de pronto despierto en el silencio y salgo volando por las ventanas de vidrios azules de mi cuarto. Vuelo, vuelo por el aire que me envuelve el cabello que tiene color tiza y ha crecido en los años que me quedé en mi habitación de la clínica donde me dejó mi amado, cuando conoció a su "princesa" de pelo colorado y ojos de esmeralda. ¡Está loca! Cuiden de ella. Y partió al olvido. Y yo me quedé sin él, y sin mi vida. Ahora vuelo hacia el infinito, el sol me acaricia el rostro. Soy libre.

Tal vez, volveré por las ventana de vidrios azules para esperara que regrese por mí. Y vuelva a casa.

 

¿QUIÉN LO MATÓ?

 


                              Cómo será mi amanecer sin aves acurrucadas en la frente de mis sábanas de hielo.

            Despertó alterada por las sirenas que ahuyentaban a los pájaros del jardín. Las cortinas se movían con las bruscas ráfagas de viento. Amanecía. Un vapor reflejaba en los faroles del parque luces azules que titilaban desde fuera de las rejas del caserón.

            Regina se movió en las perezosas sábanas como un felino, intentó salir del sopor que tenía tras una noche complicada. Recordó los sucesos del día anterior y un escalofrío le recorrió el cuerpo. ¡Aún creyó oír los gritos de Damián! Es verdad que habían bebido mucho alcohol, que Jenaro estaba fuera de sí, pero no recordaba qué había ocurrido después de la pelea. Ella, se había descalzados sus tacones y subió a la alcoba, se desnudó, y sin sacarse le maquillaje, se derribó en el lecho entre las sábanas de su lecho. Quedó dormida de inmediato. ¡Demasiado champagne y vino!

            Las sirenas seguían desterrando el silencio que solía envolver la casona. Se puso de pie, tambaleante y se vio en el enorme espejo de su placard. ¡Estaba irreconocible! Su cabello suelto y despeinado, sus ojos rodeados por el negro tinte del Kohol, el carmín de los labios derramado por los labios deformando su boca. ¿Cómo iba a bajar hasta la sala para ver dónde había quedado Damián? Entró en el baño y abrió la ducha, la calida lluvia le cayó como un bálsamo sobre la cabeza que resoplaba en un dolor arrogante. Era la famosa resaca. Salió de la ducha y después de secarse la piel se vistió con una bata liviana. Descendió la escalera con pereza, la cabeza estaba rota por el alcohol que aun parecía merodear en su sangre.

            Dos hombres de uniforme gesticulaban en el enorme bitreaux de la puerta de entrada. Apuró el paso y a pesar del mareo, se acercó a la entrada. Un enorme resbalón

La desparramó en el piso. Con esfuerzo se levantó y abrió. Su cuerpo estaba lleno de un líquido rojo oscuro, pegajoso y maloliente. ¡Sangre!

            Ingresaron ambos uniformados. La ayudaron a ponerse de pie, estable y despistada con su mirada miope a los sucesos que vendrían.

            Sintió el estallido de uno de los vidrios de la zona exterior de la casa. Recordó que esa noche habían departido horas entre trago y trago, con la música a decibeles altísimos, con los amigos de Damián y Jenaro. Recordó como envuelta en una nube a Lucila y a otros que bailaban y reían. ¿Qué pasó? Preguntó sin aun ver la sangre con la que se había manchado.

            ¿Señora... un muerto en su hall... le parece que no ha pasado nada? Se miró en uno de los espejos de la sala y vio su breve bata llena de sangre. Cayó como un rayo sobre el frío mármol. Estaba desmayada.

            Cuando despertó la sostenía una joven uniformada. Soy la subjefe de la policía local. Mi nombre es Mirna Castillo, y estoy aquí para que se aclare la muerte del occiso.

¡Déme su nombre completo y su estado... edad y qué hacía mientras ocurría este terrible asesinato!

            Soy Regina Rivamar Altunez, esposa de Damían Araujo Acevedo... tengo cuarenta y un años y vivo acá con mi esposo.

            La mujer la miró con desagrado. Aun tiene el olor a la bebida que ingirió en la fiesta y no sabe que su esposo o lo que sea, si lo es, está muerto, desangrado en el piso de su hall. Tiene la vena aorta cercenada y hay parte de su sangre en todo el pavimento hasta la puerta y salida de la casa. Esta mañana el diarero avisó a la comisaría que había sangre. Por eso hace más de una hora y media que tratamos que alguien saliera a atendernos... pero... usted despertó con dificultad señora. ¿Qué se ha consumido, lo veremos con científica? Un joven con gafas enormes, ingresó por la derecha, detrás venían unas figuras envueltas en overoles blancos y máscaras sacando fotos a todo y a cada milímetro del lugar.

            Regina no entendía aun el horror que la envolvía, para ella era la primera vez que se aventuraba en semejante desastre. No se dio cuenta que estaba en bata y llena de sangre hasta que se tocó el rostro y sintió el perfume metálico de la sangre. ¡Por Dios, de quién es esta sangre! ¿Estoy herida?

            La subjefe la miró de soslayo. ¿Está mintiendo o realmente no sabe lo que le está pasando y ha pasado? ¿Bueno, dígame sin mentir qué pasó acá en la noche de ayer... desde qué hora se ha realizado el sarao? Y déme los nombres de los asistentes.

            Regina intentó recordar. La fiesta había comenzado a la medianoche, muchos llegaron después de la una, porque venían del concierto de un grupo de música que amaban. ¡Qué buen concierto era lo que comentaban los conocidos!

            Se paró, tambaleó un poquito, pero fue despacio caminando hasta la pequeña mesa del hall, allí estaba la lista que habían confeccionado con Damián y Jenaro. La tomó con precaución y se la entregó a la mujer. Estos son los invitados pero creo que vinieron dos o tres amiguitas de algún invitado solitario, bueno no tan solitario si lo vemos así. Sonrió para su adentro. Esa rubia delgada con senos grandes no era de las más esperadas por Regina, y ese tipo de gafas oscuras, camisa abierta hasta casi el ombligo no era amigo de Damián...

            La uniformada junto a una policía de blanco la tomó fuertemente del brazo y la llevó junto al cuerpo... ¡Era Damián! Se quedó rota, perdida en ese horroroso cuerpo deformado que ella amaba. ¡No, no es mi esposo! Es otro, no puede ser. Yo subí y me acosté y recuerdo los gritos de una pelea, pero siempre el alcohol lleva a pelear a los improvisados. Nuestros amigos no están acostumbrados a discutir y gritar.

            Cubrieron el cadáver con una cubierta de plástico blanca y tomaron sangre del cuerpo de Regina, también le hicieron un dosaje de alcohol en sangre y de drogas. ¡Sargento Núñez, acompañe a la señora a cambiarse, para ir a la comisaría! La mujer la tomó fuertemente del brazo izquierdo y subieron a la habitación. Allí Regina se vistió rápidamente y se calzó unas sandalias blancas con flores azules, se puso un vestido azul prusia y se tomó el largo cabello con una traba de carey. ¡Espere me pondré mi reloj y mis anillos! Unas joyas muy valiosas, observó la muchacha, no ha habido robo, por lo menos no acá. Le diré este detalle a la jefe. Descendieron y esposada la ingresaron en la zona trasera del auto policial.

 

            En la sala donde fue introducida, había una mesa de metal. Le sacaron las esposas y comenzó un largo y macabro diálogo. Ella contestaba de acuerdo a lo que recordaba. Pasó un breve tiempo y vio por el cristal derecho que llevaban esposado a Jenaro. Ahí cayo en la cuenta que Damián, su amado Damián había muerto esa noche.

            ¿Quién lo había matado, sólo Dios lo podría en ese momento saber? O no. Después del largo interrogatorio, ya Regina, sentía nauseas. Comenzó a llorar aunque se había propuesto estar serena. Hizo un esfuerzo y recordó los gritos. ¿Eran voces de hombre o de mujer? ¿La pelea era por... dinero o por otra cosa? El hombre que la interrogaba salió y le trajo una bebida cola. Ella la deglutió con afán. Tenía una sed terrible. Aclaró la garganta y le preguntó: ¿Dígame, a qué hora fue destruida mi vida? Yo amaba a mi esposo. Y ese hombre que acaba de pasar era su mejor amigo, casi podría decir su hermano del alma.

            No podían decirle. No podían descartar nada ni a nadie. El hombre muerto era un conocido personaje del empresariado local. Muy apreciado por la mayoría de la gente. Vio pasar a dos vecinos de su vivienda que cara desacomodada, intentaban zafar de semejante y brutal hecho delictivo. Una camioneta arrastraba el auto por el cemento que rodeaba el edificio policial. ¡También buscaban allí! Pensó Regina.

            Las horas pasaban. Desfilaron varios de los invitados de aquella fiesta. Todos cariacontecidos, trataban de demostrar su inocencia. Volaban los móviles con mensajes de los que por causas personales no estaban en sus domicilios. La ciudad ya estaba atenta al acontecimiento. Pronto comenzaron a llegar móviles de los canales y radios locales. El asedio era insoportable para todos.

            El Inspector y sus ayudantes decidieron sacar a la mujer y al otro hombre, Jenaro, del edificio.

            Cuando llegaron a la casona... fue una sorpresa encontrar todo desparramado, cosas de valor artísticas rotas, abiertos cajones y placares, alacenas desvastadas y baños revueltos. Se habían llevado botellas, copa, bolsas de basura..., ya no estaba Damián sobre esa enorme mancha de sangre que había tornado rojo muerte, negra y maloliente.

            Faltaban muchas cosas. Entre ellas los cuchillos, tijeras y todo instrumento cortante que habían hallado. Cuando entró María la empleada que hacía veinte años trabajaba en la casa, se abrazó a la patrona y lloró con desconsuelo. ¡No puede tocar nada! Le dijo un agente. Y ella cayó en la cuenta que podía ser investigada, lo que le preocupó por la conducta de su hijo que andaba en cosas raras con algunos inmigrantes.

            Comenzó la etapa de recordar los hechos por décima u doceava vez. ¡Era voz de mujer! Sí, era una voz cargada de odio y descaro. Palabras oscuras y que Damián nunca había expresado frente a Regina. Desde la bruma de su mente recordó un nombre: Gina...o Gianna. Era muy extraño no saber quién era esa mujer.

            Pasados los días, organizada la casa, luego de la despedida de Damián en el cementerio Parque Del Silencio; regresó la jefe Mirna Castillo con unas fotos y varios objetos. Una delicada observación, le permitió a la joven viuda, ya sobria y doliente, reconocer a la mujer que había acompañado esa noche al hombre de camisa abierta.

            Creemos que ésta puede ser la persona que mató a su esposo. Y ha desaparecido de la ciudad. ¿Tiene idea quién es? ¿Dónde puede estar? Cerró los ojos y recordó... esa mujer la había seguido unos días antes por el centro comercial, por la calle del gimnasio y de la peluquería. Asintió. Esta mujer no es amiga nuestra, y no vino con un amigo de Damián. De repente ingresó al salón Jenaro. Venía esposado. Y custodiado.

            La sorpresa fue mayúscula. Todo era una arreglo con ciertos personajes de la corporación que estaba en quiebra. Su esposo ha muerto por manos de estos mal vivientes. Todavía se escucha el ruido de la bofetada que Regina le dio a Jenaro en el rostro... ¡Maldito estúpido, mataste al que te podía sacar de la miseria!

            Detrás de él apareció una mujer... la que discutió con Damián y cumplió con el astuto plan que habían preparado para esa fatídica noche. ¡Era la amante de Jenaro!

MAGDALENA

  

Ya se que su ternura refleja la dulzura cuando abraza mi piel aligerada.

La plaza estaba desierta y tenía que atravesarla para llegar a la boca de metro. Su abrigo se había transformado en una suerte de sábana bordó que flameaba con el aire frío y el taco de su zapato se deslizaba de un lado a otro. En cualquier momento se iba a romper. Temía a una caída. Las luces penetraban en los negocios desafiando el constante apremio de los nuevos delincuentes que habían ingresado con una ola de seres extraviados por el uso de estupefacientes. Parecían zombis. En cada rincón oscuro de la ciudad se los veía deambular buscando algo.

Recordó la vida cuando ella era una joven adolescente. Sus padres la atraían a tareas humanitarias, al deporte y al arte. Pero el tiempo había pasado y había despedido sus deseos primitivos para dar lugar a lo cotidiano. Su título de profesorado en letras e idiomas antiguos, le reportaban un buen salario y poco tiempo para dedicarse a sus inclinaciones artísticas.

Una bocanada de aire caliente y húmedo la atrapó en el ingreso al metro. Bajó las escaleras apurada. Quería llegar a su casa para descansar y ducharse. No había comido un plato casero en días. Siempre lo que encontraba en el café de la empresa. Al voltear un rincón encontró a un muchacho con su violín entre las piernas. Se había quedado dormido. Hizo un ruido para despertarlo. Lo podían robar. No tendría más de treinta años. Pero le colgaba la tristeza y el abandono, como una mochila de acero. Despeinado y sucio. Despertó y comprobó que tenía el violín aun entre sus largas y tortuosas piernas. Un... ¡Gracias! Apenas audible salió de los labios resecos del músico.

Magdalena le inquirió cuánto tiempo hacía que no comía o bebía agua. Él la miró y separó el rostro de la mirada inquieta de la muchacha. ¡Toma, le pasó su botella de agua mineral y una pequeña bolsita con galletas que había encontrado en su bolso! No es gran cosa pero lo necesitas más que yo. Sintió que se acercaba el tren. Corrió para subir. Y vio que él, le hacía una amable pirueta con el arco.

Cuando llegó a su departamento, se sintió segura y protegida. Era su lugar, su nido. Drago su gato, ronroneaba entre sus piernas, ya despojadas de calzado y medias. Había tirado el bolso sobre el sillón y se fue despojando de la ropa. Entró al baño y abrió la ducha. El agua tibia y fuerte de la regadera, la reconfortó de un día largo y pesado. Había logrado para la empresa un subsidio importante para la nueva presa hidroeléctrica que estaban pujando por ganar. No sintió el móvil que sonaba en su bolso. Salió de la ducha envuelta en un enorme toallón blanco. Su pelo oscuro caía sobre su cuerpo con el agua como si las lluvias hubieran llegado antes de época.

¿Magdalena Forves? Habla el subgerente de I.U.Stanford S.A. ¡Usted dejó un currículo hace unos meses! Tiene una entrevista este jueves a las 17 en nuestra casa central. Disculpe la hora, pero el trabajo... bueno esperamos verla.

La mujer se sentó sensibilizada por ese llamado. Ahora me buscan todos. Tuve que salir en la revista " RIC New" para que se interesaran en mí. Secó su húmedo cuerpo y el cabello y se tiró en bragas a la cama. Estaba exhausta. Drago se acomodó a los pies sobre el edredón y comenzó a ronronear. ¿Te di de comer? Se alzó y fue a la pequeña cocina. Sacó el alimento de su mimoso gato y ella se hizo unos huevos revueltos. Unas tajadas de jamón y pan negro con especias. Se sirvió una copa de vino y se fue derecho al lecho. Una sombra le pasó por la memoria... ¡Aquel joven del violín! Trataré de verlo nuevamente. Me preocupa su tristeza. ¡Pocas veces he visto esa mirada con tanta pena!

Después de comer, y dejando el móvil apagado, se durmió. Mañana será otro día.

La despertó un golpe fuerte en la ventana. Un ave se había estrellado en el cristal. Cayó como si fuese una hoja gruesa sobre el alfeizar, dejando un rastro de sangre .abrió la ventana y lo tomó con cuidado. Aun estaba tibio. Volvió a pensar en el muchacho del metro. ¿Qué habrá llevado a ese estado a un joven músico? Cerró el ventanal y al ver al ave muerta la envolvió en un papel de seda que tenía de algún regalo recibido, lo dejó en el recipiente de los desechos. ¡Así quedaremos nosotros, pensó!

Se puso un vestido de lanilla color verde agua y zapatos con tacón bajo. Una chalina de seda verde oscura y tomando su bolso, luego de dejarle agua y alimento a Drago, salió para su rutina diaria.

Cuando bajó del tren en el pasillo encontró al violinista que tocaba el "Invierno" de Vivaldi. ¡Su corazón se detuvo en esa música maravillosa! Él, la vio y sonrió.

Ella se acercó y le dejo un buen billete y en un papel le dejó el número del móvil.

Su trabajo la alejó de todo pensamiento fuera de los papeles que tenía que escudriñar, retocar y hacer firmar. Su jefe esperaba su revisión con la esperanza de recuperar un puesto en la oferta de los "genios" financieros.

Pasadas las horas y entregado su trabajo, tomó su bolso con la inquietud de su futuro encuentro. La entrevista con el hombre que le llamara y de volver a encontrarse con el violinista. Se alistó, pero una de las secretarias le dijo que se tenía que quedar porque hoy había una nueva charla con el jefe máximo de la empresa. Y con tristeza, se sentó a esperar que los llamaran, todos los empleados, deseaban regresar a sus vidas privadas. Hoy no podrían.

La conferencia fue frustrante. ¡Siempre lo mismo! Retórica y palabras de sueños ajenos. Salieron y ya era de noche. Cuando llegó al metro el silencio era enfermizo. El olor nauseabundo. Lleno de seres que se albergaban en los pasillos buscando refugio a sus fracasos. No vio al violinista. Y llegando a su casa, su móvil sonó con un número desconocido. ¿Magdalena Forves? Hablamos del hospital de San Camilo. Su tarjeta estaba en la chaqueta de un joven indigente... ¿Podría venir? ¿Qué le ha sucedido al violinista? Preguntó asombrada. Un accidente. Alguien lo ha golpeado hasta dejarlo en estado de coma. ¡Qué es usted de ese hombre? Nada. Lo escuché haciendo música en el metro y le dejé algo de dinero y mi tarjeta por si... necesitaba algo. Está muy grave señora. Le ruego que se acerque. Ya llegaré. Tomaré un taxi.

Al llegar al nosocomio el olor a desinfectante le hace dar un respingo. Recuerda a su última vez. La muerte de su madre. Ingresa y pregunta por el violinista. Sala cinco cama siete. ¿Qué parentesco tiene con el enfermo? Ninguno, lo conocí en el metro tocaba el violín. ¡Ah, bueno nadie sabe quién es, pase! Magdalena camina por el largo pasillo revisando los carteles. Acá es. Al entrar ve muchas camas con gente que padece diferentes males. Busca la siete. Encuentra a un joven distinto al que había conocido. El cabello limpio, la piel lavada y fresca y un enorme tanque de oxígeno a su lado. Los ojos cerrados, la palidez inhumana y una mano cargando una larga hilera de color rojo que se metía por una vena.

Se sentó en una fría silla de metal. Estaba sola y no había otras personas cerca que no fueran los otros enfermos. Vio a un costado la caja del violín. Parecía un pájaro muerto. ¿Qué tiene? Le preguntó a un enfermero que se había acercado. ¡Hambre, frío, soledad y miedo! Dijo como si supiera lo que ella había imaginado.

¿Sabe su nombre? No. Se terminó la hora de visita, pero venga cuando pueda porque parece que no tiene ganas de vivir. Se paró lentamente y le tocó las manos. ¡Están frías! Y, sí, están hidratándolo y alimentándolo y tratando que viva. No debe tener más de treinti...tantos años. Volvió varios días. El quinto día estaba despierto. Le sonrió. ¿Eres la joven del metro? Sí. ¡Gracias por venir. Me llamo Vladimir Sukonoff. ¿Vladimir Sukonoff, el violinista de la Real Sinfónica de Moscú? ¡Si, ese mismo! ¿Qué te pasó? Porqué así, tan... tan solo. ¡Por amor! ¿Cómo por amor? Katerina me dejó. No pude soportar su traición y antes de huir de mi patria la maté. Entonces, la policía ¿te busca? En mi país puede ser. Acá soy un "linyera" como dicen ustedes. Pero tu violín es mágico. ¡No lo creas!

Magdalena no comprendía bien lo que había pasado. Cuando llegó a su hogar buscó en Internet con el nombre la verdadera historia. Él, no había matado a la mujer. Ella había huido con el mejor amigo de Vladimir a un lugar desconocido y sólo se pedía el regreso del gran violinista del teatro ruso.

Cuando regresó al hospital, nadie supo decirle cómo y en qué forma el violinista había desaparecido; sólo se había llevado su violín.

Magdalena, firmó unos papeles en el nosocomio y regresó a su trabajo. Varias semanas después supo por la televisión que Vladimir Sukonoff había dado un concierto en Viena a beneficio de un lejano hospital de un país sudamericano. Cada billete había sido cotizado en mil euros. Ella, sonrió y recordó la botella de agua y las galletas que le entregó de paso por el metro.

 

 

jueves, 17 de septiembre de 2026

SOMBRAS EN EL CORDEL


            El viento juega con la silueta en la terraza antigua. Un rumor agiganta las sombras. Llovizna y el cordel sostiene gotas de agua, pequeños diamantes que reflejan tu ausencia. ¿Dónde estarás ahora? La pregunta juega con la camiseta que envolvió tu cuerpo amado. Nadie responde. Sombras. Soledad. Una ausencia que se agiganta en la tarde cuando el candado de silencio atrapa tu recuerdo. Presiento que otro amor despertó en tu pecho. Allí estará jugando mi fantasma, el de mis besos y mi cuerpo acoplado a tus brazos. El perfume de jabón y lejía, atraviesa la terraza donde busco en cada prenda tu presencia. Se expande el perfume de la nostalgia celeste que se agranda en tu alejamiento. ¿Volverás algún día? El cordel solitario acuna broches. Ya, hasta faltan tus risas colgadas al viento. Los broches parecen tus hombros apelando a ser hombre en mi esperanza. ¿Volverás? Serás tan sólo un recuerdo en mis noches solitarias. Apoyaré mi rostro en la almohada para percibir el perfume de nostalgia. Ayer llamó buscándote por tu nombre, no era sino ella que dudó de tu amor.  Sabes, presiente muy en su interior que acá está el verdadero, el que te devolvió a la vida. Yo sabré esperarte. Mi corazón abrumado construirá un nuevo nido para acunarte. Eres más niño que hombre. ¿Maduran los duraznos en invierno sin el calor de unos brazos tiernos? Yo esperaré con mi silencio retratando sonrisas en la calle, cocinando bollitos de anís y nueces, caminando sobre los parques descalza sobre el césped. La lluvia volvió sobre el cordel y sólo queda una camiseta que vuela llevándote mis besos.