jueves, 19 de marzo de 2026

SÍNDROME DE TRAICIÓN(Novela)

 

“Que cada uno sea el artífice del                          destino común y ninguno instrumento de la ambición de nadie” Aforismo peronista. Doctrina Peronista. 1947

 

            Allí estaban los jefes de la organización… Era un momento difícil. Todos se conocían por su “apodo” y “grado” de guerra. Nadie sabía quiénes eran en realidad en la vida cotidiana. Esto les daba seguridad y así no se podían delatar.

Cuando entró el último, se hizo un silencio; el “Capitán Morales”, el “Jefe Toyo”, la “Teniente Dolo”, “Muñeca”, “Gordo”, “Simón”, la Capitán “Jael” y el “Músico”, se pararon y se saludaron como era la costumbre. Cada uno dio su contraseña y comenzó la reunión.

-          Tenemos que informarles, la reunión, que tuvimos en la frontera. Allí con el “Capitán Morales”, hemos hecho contacto con los máximos mandos. Hemos traído material importante, que nos envían  desde Cuba y de medio oriente, explícitamente de Vietnam y Pekín.

-          Sí, hay órdenes de Fidel Castro. Tenemos que actuar más. Ya hay un desplazamiento hacia: Tucumán, Córdoba y  Mendoza, de gente nuestra, que entrará en el nuevo período en las facultades.

-          También se están preparando dos camaradas, para ingresar en el seminario, como futuros curas.

-          Según Fidel, es necesario tener gente nuestra en las iglesias y en las fábricas. Gente experimentada en estrategias nuevas.

-          Con respecto a las fábricas, vos “Gordo” tenés que tratar de activar ese grupo de tipos, que están en la huelga y tratar de que trabajen para la “Organización”, pero tené cautela. Los que son de Perón a muerte, no nos sirven. Busca a los ambiciosos. Cualquier cosa, se te dará dinero…

-          Con respecto al dinero… vos “Simón”, tenés que preparar un grupo que nos haga trabajar la plata que mandan de Tucumán y Córdoba.

-           Les tenemos que notificar que en cuatro secuestros en Córdoba y diez asaltos a bancos, hemos obtenido 140.000 dólares. De las acciones en Tucumán, asaltos a dos ingenios y secuestro de seis empresarios, más el robo de ocho bancos, hemos obtenido 200.000 dólares.

-          Capitán no se olvide que hemos entregado, para la “causa” en “Latinoamérica”, más de 70.000 dólares.

-          Sí, pero igual, tenés que buscar  gente entre tus  paisanos que nos den intereses y garanticen su regreso a  la “causa”.

-          ¡Yo voy a charlar con gente, que puede ser útil, pero es peligroso! Se ha extorsionado y robado muchos bancos israelitas. Están muy enojados.

-          Estudiálos bien, tiene que ser gente que sea capaz de no traicionarnos. ¡Alguien que pueda trabajar para nosotros! ¡Por dinero lo harán, ya se encontrará! En New York, hay gente en la Bolsa que nos recibe dinero de Colombia y Chile.

-          ¡Está bien! Buscaré y les haré saber pronto! No se sorprendan si no son paisanos míos, por guita hay gente que vende el cuerpo al demonio, diría mi abuela.

-          Les pido, que no se preocupen por el problema de las armas… Desde Perú, entrarán armas muy modernas de fabricación Rusa. Ya nuestra gente, ha logrado entrar en forma clandestina armas en el puerto de Lío en el departamento de Moquegua en Perú. Desde allí tratarán de pasarla por Bolivia a nuestro país.  Los sedero han trabajado bien, este mes han mandado mucha gente al destino final. Como a 700 tipos. Nos vienen ganando.

-          ¡“Músico”, necesitamos un trabajo de diez bombas de alto poder, pero armada en pequeños objetos, de uso cotidiano! Con Jael, las armás y nos deberás entregar de a dos, para que se las ubique en lugares estratégicos.

-          ¿Pero dónde las haremos y con qué?

-          ¡Por favor “Jael”, acá esta el mejor material explosivo del país!

-          Bueno, cuando el “Músico” nos traiga la  “dinamita”, la iremos haciendo estallar en subterráneos, cines, en la comisaría Central de la policía, en alguna oficina  del Ejercito, y de la Fuerza Aérea, en fin ya se irán haciendo las entregas.

-          ¿Dinamita? ¡Qué antigüedad! ¡Hemos conseguido una pasta plástica de enorme poder! T.N.T. que ha llegado de Europa del este por Paraguay y otra mezcla descomunal, dicen que es Checa.

-          ¿Bueno quiero que me digan cómo está el proceso de la Delfina Dacosta?  Mara, te la dejamos a tu cargo.

-          “Teniente Dolo” acá está la grabación, que dejó impresa el contacto “Clave Cruz Verde”.

-          Ponga la grabación.

 

Jefe: Hoy recibí el paquete. Está en graves condiciones. Así no sirve para nada. Haré todo lo que pueda  para lograr dejarlo buen estado. Estoy dentro del área  “C”, sólo cuando esté listo me comunicaré por este mismo medio. Si la mercancía, que está muy complicada, se destruye: la haré desaparecer. Cualquier aviso, lo ponen en la radio, como está  establecido en la clave 14 “A”.

                                          Cruz Verde

 

            Luego de oír la grabación, miran a la guerrillera que pálida espera, la ocasión de explicar su parte.

-          Jefe, yo cumplí en parte la orden, pero ya estaba a punto de ser descubierta. Dejé de ir. La mujer esa está con una infección en una pierna cercana a la septicemia.

-          ¡Según el camarada: ¡Está grave de muerte! No sólo con fiebre y deshidratada. Sino que fibrila y un pulmón colapsado por la infección, se deterioraba rápidamente.

-          Camarada era responsabilidad suya, debía estar bien para el juicio… ¿Qué haremos ahora?

-          Yo tengo una foto y una carta que ella escribió en noviembre…! Se le puede mandar al hombre…! Al marido.

-          Muéstranos la foto…

Al ver la triste figura, se sintieron enojados, no serviría para un juicio, era peor que el Mayor Argentino del Valle Larrabure al que habían tenido en una tumba de tierra por casi dos año atado con alambre y muerto en momentos de acoso del ejército enemigo. La Delfina Dacosta parecía un despojo humano.

 -  ¿Tendremos que hacer lo mismo con la mujer?

La mirada de los compañeros fue significativa. No se podía exponer una operación sin pedir ayuda en caso de acoso del enemigo. La organización tenía claves bien establecidas y la obediencia era imprescindible.

Pospondremos, momentáneamente el castigo a la Camarada Mara. Hay tareas impostergables.

-          Ya hablaremos dijo el jefe con terrible ira contenida.

La Mara ardía de furia atrapada en sus propios infiernos. Tal vez si se hubiera dedicado a seducir una buena hembra, hoy sería feliz.  Pero la vida la había atrapado en un conflicto demoníaco; su naturaleza soberbia, el odio, la justicia que soñaba, le hacían abrigar un sentimiento de rebeldía muy oscuro, tanto como sus ojos negros.

 

 

 

 

           

 

SÍNDROME DE TRAICIÓN. (Capítulo 9)

 

 

“Pues bien, me respondió, me arrancará mi pelo, y mi cerebro a pisotear empieza: no has de saber quién soy, ni de qué suelo.” Canto XXXII, Infierno. Dante Alighieri. 

  

 

Cuando se despertó en medio de la sombra, sintió el chillido agudo de las ratas que no se animaban a acercársele, merodeaban pero ella sin saberlo inconsciente las espantaba con movimientos espasmódicos. ¡El olor y el calor eran insoportables! Se dio cuenta que hacía mucho que estaba allí. ¡Tenia una sed inmensa, y fiebre! ¿Cuánto había pasado desde que la dejaron abandonada en ese agujero inmundo? La doparon. Las lágrimas le caían lentamente por las mejillas. ¡Sola, se moriría sola, allí, tirada y se la comerían las ratas¡ ¿De que le servía ahora tocar el piano?  Se rió o trató de hacerlo pero sólo le salió un débil quejido de los labios agrietados por la sed y la fiebre!

En la semipenumbra, vio la lata con agua a su lado, trató de tomarla, pero tenía tal debilidad, que le costó mucho esfuerzo levantar el brazo. Cuando se volvió, para acercase más, un dolor agudo, le traspasó todo el cuerpo y sintió que algo húmedo se desparramaba por su costado.

            Trató de mirar y lo que vio la dejó desconcertada, su pantalón estaba lleno de una masa verdosa y sanguinolenta. El pus chorreaba lentamente como lava de un volcán en erupción. Además había desparramado diarrea que se mezclaba con orín y pus. El olor era insoportable

            Logró tomar agua y lo hizo con enorme esfuerzo. ¡Le dio un poco de fuerza! Su cartera estaba a un lado, con supremo esfuerzo la tomó y abrió el cierre. Allí había una  tijera rota, que casi no cortaba nada, pero, ella rompió la tela como pudo. ¡Probablemente tardó varias horas! Pero como había perdido la noción del tiempo y deliraba, terminó rompiendo el pantalón como pudo. Cada vez que despertaba tenía que hacer un gran esfuerzo para comprender lo qué le estaba sucediendo.

¡Ya había pasado la barrera del dolor físico y el límite del tiempo! Cuando acabó comprobó que su herida infectada estaba muy mal. ¡Con el resto de tijera que tenía, hizo un tajo y trató que drenara al máximo, eso lo hacía entre el delirio y la razón! Estaba drogada. Recordó que le daban un brebaje de sabor amargo cuando le traían algo de comer. Veía desfiguradas a las personas que se acercaban y sentía voces con reverberaciones extrañas. Seguro le daban alguna droga. Recuerda por momentos que están de “moda” el llamado LSD y la cocaína. Muchos fuman mariguana. Deliraba.

               Veía a su hermana María Clara que le ofrecía agua y cuando la quería tomar se deshacía la imagen en la semioscuridad del sótano. Se tomó una aspirina que le quedaba en la cartera y se quedo inmóvil. Debió haber dormido una hora más o menos cuando despertó. La pastilla le había dado algo de conciencia de la realidad.

            Allí descubrió con gran humillación que había orinado y defecado en el mismo lugar donde dormía y para colmos, le había bajado su menstruación.  Del orín ya no le asustaba…eso era lo de menos.

            Lloró con un dolor terrible. Su pensamiento se perdió en el sacrificio supremo de Cristo y el dolor de pensar que no podría ver más a Gabriel y a los niños. Trató de incorporarse pero no lo logró y el dolor  físico fue tal, que cayó desmayada.

            A partir de ese momento, pasó de la inconsciencia a un estado de delirio, donde veía a la superiora de la escuela de su infancia, cabalgaba en Tamita, paseaba en lancha con su hermano Atilio en Carlos Paz o veía gente extraña con capuchas negras que la golpeaban… y calor y frío. Calor y frío. ¡Eso era el infierno! El tan mentado infierno de Sor Gertrudis cuando las veía jugar o reírse de pavadas de adolescentes. ¿Y el demonio? ¿Era acaso ese grupo de gente encapuchado que solía acercarse y golpearla? ¿Estaba imaginando o era real?

 

            Cuando el Coronel Bermúdez escuchó el informe que le trajo el viejo policía y el Coronel Reinoso, se dejó caer en su sillón del  despacho. Alguien, le alcanzó un vaso con agua. Era su secretaria, la señorita Reina López. Ella luego salió en silencio. ¡Allí perdía su única esperanza! ¡Su cuerpo se había aflojado como si le hubieran dado un golpe mortal!

            Se le acercó un suboficial joven que traía un informe que alguien había enviado sobre movimientos sospechosos en una casa abandonada de Banfield. Cuando la vio así le dijo:

-          ¡Mi Coronel… permiso quiero recordarle, que  una batalla perdida no significa, perder la guerra! ¡Acá hay un informe interesante, tal vez, sea nuestro  triunfo!

-          ¡Gracias cabo, llame a mi secretaria y pídale a ella le organice el movimiento de búsqueda, investigue la fuente de información! Todo junto a ella.

El cabo se cuadró y se fue en busca de la “Mara”. Cuando la encontró y le mostró el papel la mujer quedó pálida. Allí estaba la Delfina. ¡Malditos vecinos fisgones! Hacía cuatro días que no iba nadie para darle agua ni comida y ya se habían estado fijando en “algún movimiento”. Cuando le fue a llevar  comida, hacía cuatro noches, la encontró con una terrible fiebre, estaba mal.

            Le dejó agua, pero no comida, porque vio que las ratas se acercaban al lugar donde estaba. Si le dejaba y quedaba comida, se harían el festín con la mujer herida. Trató de despertarla pero la fiebre  la hacia delirar.

            No pudo volver, por temor a llamar la atención, su presencia allí sería extraña para los vecinos. Dio por descontado que la mujer despertaría y tomaría agua, así aguantaría.

            Salió de la oficina y sacó de su bolso una libreta donde había varios teléfonos y claves. Buscó en la esfera verde y encontró lo que buscaba. Marcó desde un teléfono público y cuando del otro lado se escuchó la voz masculina esperada, dijo:

-          Hola, acá llamo a la Cruz Verde

-          Si, acá contesta la Cruz Verde

-          Hay un paquete, para retirar de la terminal, ¡urgente!

-          ¿Cuál empresa de transporte?

-          La de la casa amarilla de Banda de Bajo Banfield, cerca del campito de los Barral.

-          ¡Entendido! ¿Algo más?

-          ¡Sí, hay peligro de roturas y no tenemos seguro!  Nada más. ¡Adiós!

La llamada pasó desapercibida por el ruido y el movimiento de la oficina.

            No obstante, buscó la manera de hacer un comentario a gente que la rodeaba sobre lo buena que era su tía, que siempre le mandaba encomienda con frutas y ropa tejida por sus manos. Si alguien había escuchado algún fragmento de su conversación allí se perdería cualquier duda surgida. Pero no supo que un compañero, de esos que no se hacen notar, que pasan desapercibidos, la observaba y escuchaba atentamente cada vez que hablaba o se movía. Incluso la había seguido en dos o tres oportunidades por las dudas. La tenía muy controlada. Además había otro que también los miraba con mucha atención y no sabía ninguno de ellos dos quién era quién. Pero allí estaba como una sombra. Un “quién”, que se movía en las sombras.

 Mara o Reina López, se dedicó a organizar la búsqueda de los antecedentes de la “doñita hija de mil puta”, que había hecho la denuncia de Banfield. Ya tomaría su venganza ella era de las que no perdonaban. 

Apenas llamó la mujer a la clave verde, el joven, dejó los apuntes de biología y se puso un overol color blanco, que tenía escondido en un portafolio viejo, se colocó la campera deportiva y tomando un maletín de primeros auxilios, salió lo más furtivamente que pudo. Cuando bajó la gran escalera de mármol de Carrara, se cruzó con la muchacha jujeña, que llevaba una pila de ropa recién planchada, sin mirarla la saludó con un sonido apenas audible: - “Chau”.

La chica cansada, apenas le pudo contestar con una sonrisa. Pensó que tal vez se iba a encontrar con alguna chica joven, linda y de su clase. Sólo sabía que el hijo de sus patrones era muy callado y siempre tenía una palabra bondadosa con ella y el resto del personal de la casa. Si le preguntaban por él, nada diría, para que no lo regañaran por no estudiar lo suficiente.

Salió hacia el garaje, y sacó Peugeot que le habían regalado esa navidad sus abuelos paternos. Partió con rapidez se alejó de su casa y en zigzag…entre caminos diferentes para despistar a posibles observadores, tomó la ruta rumbo a la vieja casa.

Llegó a las 21,45. Dejó el coche dos cuadras antes. Se sacó la campera, ya que con el overol manchado y el portafolio, parecía un obrero que regresaba del trabajo en las queserías de la zona.

            Antes de entrar, observó, con cuidado, prendió un cigarrillo mientras se demoraba en el estudio del ambiente. Ingresó. Como un ladrón, furtivamente, por la puerta de atrás la de la cocina, entró en la casa. No había luz, sacó una linterna. Levantó la tapa del sótano y cuando comenzó a bajar e iluminó el recinto, se quedó paralizado.

            ¡Las ratas huyeron chillando hacia sus escondrijos…la luz, arrancó un quejido de ese ser macilento y pútrido que yacía allí! ¡Con un pañuelo se tapó la nariz  para impedir que el olor lo descompusiera! Tuvo asco y horror.

            Se acercó a la mujer con cierta repugnancia. La iluminó y al verla sintió mucha rabia cuando la observó, ¡le produjo un golpe de ira terrible!

            Así no les serviría para el juicio que quería hacer el “Jefe”. Se dio cuenta, que la “Mara” la había dejado en ese estado, por algo, que no era sólo “política revolucionaria”. -¡Acá hay algo más!- La revolución pide otro tipo de trato con los elegidos para ser juzgados por la causa. “Libertad o Muerte” había dicho Fidel y esto era humillación al pedo, no queremos ser como los adversarios ideológicos.

 Se acercó más. Trató de darle agua. Con un baja lengua, le introdujo un poco de líquido en la boca. Vomitó de inmediato. Los labios estaban resecos y ampollados. No se animaba a tocarla. Los piojos le caminaban por la cabellera despeinada que alguna vez había sido rubia. Las ratas, pensó.

            Se armó de coraje y la corrió hasta el pié de la escalera del sótano. La joven mujer se quejó. Con esa infección estaría loca de dolor. Como pudo, arrastrándola, la llevó a la planta alta. Allí, en el piso la acomodó y la desnudó.

            Con agua y un trozo de lo que en una época fue su chaqueta de “Pier Cardín”, le fue lavando todo el cuerpo. A oscuras, pues no podía delatarse y tampoco tenía mucho tiempo; en cualquier momento, podía llegar una patrulla la limpiaba de sangre y mugre. Tenía mordidas de alimañas. Son portadoras de rabia y muchas enfermedades. Las famosas pestes medioevales.

            Del maletín sacó una tijera bien afilada de cirugía y le fue cortando todo el cabello. Peló lo más al ras que pudo. Las liendres y piojos, arderían en una fogata. Sacó una máquina de afeitar y le afeitó la cabeza, la entrepierna y las axilas.

            ¡La Delfina deliraba, le decía mamá y le pedía agua! Sacó alcohol, algodón y le pasó por todo el cuerpo. En un rincón fue tirando ropa, pelo, algodones sucios, toda la mugre. Le puso una inyección de penicilina y un calmante fuerte. Para eso  estaba por matricularse de médico.

            Luego le sajó la herida y apretó todo lo que pudo para drenar lo infectado. Limpió con un bisturí la herida y le puso antibiótico en polvo. Le dejó una mecha como drenaje y la vendó. Una vez limpia y desnuda parecía otra cosa. La joven mujer parecía un ser humano.

            Salió furtivamente de la casa. Fue al coche y trajo una colcha que tenía en la cajuela. Acercó el auto un poco más. Ya era noche avanzada. Sacó a la mujer en brazos envuelta en la manta y la puso en el asiento trasero. No pesaba ni 40 kilos.

            Luego fue a la casa y buscó una bolsa desechable, metió la ropa sucia dentro. Si el “Comandante Toyo” veía eso, le harían un juicio a la Mara.

            ¡Se acordó de la cartera de la Delfina y la recogió! Salió a toda prisa de allí. Subió al coche y partió con rapidez. ¡Nadie lo había visto! A mitad de camino paró, sacó la bolsa. Era una zona despoblada sacó el fardo, la roció con alcohol y le prendió fuego.  Esperó que se consumiera la suciedad. Volvió a poner el coche en marcha justo cuando un patrullero daba vuelta en la esquina. Cuando se cruzaron, él sonrió y le hizo un gesto de saludo con la mano. ¡Siguió avanzando mientras el coche policial se perdía de vista!

¡Quién podía desconocer al hijo del doctor Melquíades Restrepo, alma Mater de la sociedad de fomento de la zona?

            Nunca supo que desde lejos en vehículos totalmente mimetizados era vigilado por diferentes personas.

La Organización iba a enjuiciar a Mara. Ella tenía una sola carta a su favor. Habían comenzado a sospechar de sus movimientos. No era verdad que traicionara la ideología; pero era una alegría para ella ver a la Delfina así.

Ella soñaba con ser la justiciera. ¡Si la vieran sus amigas! Las que vivían en las  boutiques de París y Roma, eligiendo ropa. ¡Allí, la zorra, toda podrida y llena de piojos! Saldrían horrorizadas.

            Cuando le dejó agua la otra semana, Mara sintió que Delfina rezaba a la Virgen y murmuraba las letanías. ¡Qué tilinga! ¿Acaso las letanías la habían  salvado del dolor físico? Mirando su pelo rubio lleno de piojos se acordó cuando una monja le dijo:- Dígale a su mamá que le limpie de piojos la cabeza.-  Lloró de rabia. ¡Seguro que las ratas le habían mordido por las piernas y brazos! Mara no se preocupó por ahuyentarlas.

            El “Jefe” y los mandos superiores la iban a llamar al orden. ¡Querían que la Delfina durara unos seis a ocho meses! Era importante mostrarle al pueblo cómo se ajusticiaba a los de su clase, sin torturar, como hacía el enemigo de la revolución.

            Ahora la habían puesto en manos de la clave verde. ¡Era, según el “Jefe”, quien resolvería cualquier problema de salud! Ya había tiempo de curarla un poco y hacer el juicio. ¿Cuándo?

¡Salió del comando en una moto que la esperaba, se sorprendió! Le resultó extraño que alguien la estuviera allí. Se reconocieron por llevar una campera de color azul petróleo, con una pluma blanca en la espalda de la  prenda pintada a mano.

            Subió a la moto sin hablar sabía que la estaban recuperando por el hecho. ¡No tuvo miedo! ¡El recuerdo de la Delfina le devolvía el coraje!

            Clave Verde había dado un mensaje de alerta a la organización.

 

AÑO NUEVO

  

¡No te creas que tendremos un festejo, será diferente! El cielo está surcado de fuego y no salimos de esta historia que trae la vieja crónica de los libros. ¡Vinimos a la tierra prometida buscando estar mejor que en el país del sur, pero acá se ha transformado en lo que ves, un perpetuo odio de los países vecinos! La anciana caminaba con un andador arrastrando su pierna encogida por la artrosis. Nunca imaginó que se quedaría en ese pueblo tan cercano a la línea de guerra con el país vecino. No imaginó, tampoco, que en menos de un par de años perdiera el compañero de toda su vida. Ni imaginó que sus cinco nietos quedarían a su cargo porque el deber de servir al nuevo estado como soldado a su hija.  A su yerno lo habían matado en una emboscada unos insurrectos. Fue un verano insoportable. Con cuarenta y ocho grados de calor, sin una gota de lluvia, fue designado por un jefe a recorrer una zona peligrosa. El jeep, saltó por los aires con una bomba que salió de la nada. Todos murieron y las exequias fueron muy conmovedoras.

 Sin embargo, ella esa mañana, lustró el candelabro, buscó las mejores velas en el mercado. Compró un trozo de carne de carnero y una botella de vino. Hiervas amarga, para festejar el Año Nuevo. Buscó en su placar un vestido que ahora le quedaba enorme, se peinó como lo hacía cuando llegó a su nueva y vieja patria y esperó festejar la fiesta. Cuando llegaron los niños al departamento, se sorprendieron ver todo tan bonito. ¡Hoy vamos a olvidar los malos tiempos! Cerró la ventana y fueron encendiendo cada candela uno a uno, se sentaron y cantaron unos salmos. De repente, la sirena... avisaba que un nuevo atentado con misiles llegaría por ahí. El estallido no permitió tomar conciencia, que no había la abuela había olvidado que no hay ventana que resista el odio.

lunes, 16 de marzo de 2026

EL TIRANO II

  

 

Cuando vio el vehículo por el camino de piedras, se estremeció. Él había caminado de una posta a otra con botas de cuero hechas por su madre. Los pies doloridos y sangrantes. Una nube de polvo lo cubrió y sintió que las piernas ya no le respondían. Se tiró a un costado de la senda cerca del camino. El sol abrasador caía a pleno sobre las rústicas piedras que fueron en la antigüedad vivienda de campesinos pobres. El motor y el vapor tremolaban en la distancia bajo un manto de tierra y pequeños guijarros que servían de sostén a la tierra. Sintió el murmullo de un arroyo cercano. Descansó unos minutos y se dispuso a acercarse al agua y beber.

Caminó un corto trecho y se detuvo. Allí se encontró con un cuerpo desgarrado por las alimañas del lugar. Era un cuerpo humano. Sólo se podía distinguir algunos de sus miembros. Salió disparando. Corrió y sólo se oía el jadeo de su garganta seca.

Llegó a avistar las primeras casas de una población pequeña. Vio la puerta abierta de una casa. Se detuvo con la mano en el pecho que parecía una máquina infernal. Era tan pobre que nunca había visto una vivienda tan prolija y cuidada. Salió una mujer añosa con una herramienta. Amenazante y mal gestada lo increpó. ¡Vete de aquí, forastero, nadie necesita de otro pillo y ladronzuelo; bastante tenemos con el jefe!

El joven apenas podía responder a sus intimidaciones. ¡Madre, no soy pillo ni ladrón, sólo busco al boticario para darle una solución a mi abuela...! Ella está con calenturas y mucha tos desde hace días y le cuesta respirar. ¿Me puede ayudar diciéndome dónde está la botica? Vivimos en Águila Escondida, al este. Eso me dijo la abuela cuando me mandó a buscar ayuda. La vieja cambió de actitud, se desprendió del azadón que le mostrara para amedrentarlo y lo miró de arriba a abajo. Ven, acércate. ¿Cómo te llamas? Gabino, madre, y estoy muy asustado. Por el camino ví un monstruo como de acero y madera que echaba humo y sus ruedas, como de carro, se deslizaban con apuro por la senda. Yo me dejé caer. Me dio sed y al oír el murmullo del agua, fui hacia el arroyo y allí... allí, había un cuerpo muy comido por los lobos o perros o no sé si el demonio lo había destrozado. Pero salí echando pedregullo con mis pies porque el terror me empujaba. ¿Por qué nadie buscó esa persona, si no está tan lejos de aquí?

¡Ay, muchachito estúpido, no sabes nada! El dueño del condado es quien maneja esas vidas. Un error y quedarás igual. Mejor vete. Acá no se puede hablar del dueño. Es el propietario de todo y de todos: campos, casas, animales y de los que vivimos aquí, en Tierra Alta. ¡El Don, no te lo voy a nombrar, te puede meter en la cárcel por el solo hecho de ser desconocido! Ese aparato que viste pasar por el camino es un coche o carro, que él ha traído de una ciudad muy grande y lejana. Se llama automóvil. Y es el único en las tierras de acá al mar. Vete.

UNA ESPERANZA LLAMADA VIOLETA

 

                                     “Cada noche, en la terraza, crujían los canteros y  detrás de la escalerilla que subía al estanque, una sombra se proyectaba en la pared”.

 

                        Hacía muchos meses que no llegaban noticias de la ciudad. Cuando partieron Jorgelina y Oliverio, la casa había quedado en sombras. Casi vacía. El mirador que se elevaba hacia el río, era como un vigía en los atardeceres. Los jacaradáes florecieron y fueron cayendo las pequeñas florcitas lilas entintando de violeta el pasto que amarilleaba con el cambio de estación. Pero las sombras invadían lentamente la casa. El canto de los pájaros pactaban lúgubres con el aire que arrasaba el follaje de árboles y enredaderas.

                        Lavinia, tenía miedo. Comenzó a usar sus túnica de cachemir blanco. Abrigando su soledad. Encerrada esperaba el canto de las aves para salir del lecho y comenzar el día. Sólo la acompañaba la vieja Elvira, su ama. Esperando la llegada de noticias. Así fue pasando el otoño. Llegaron las lluvias y el frío comenzó a colarse por cada resquicio de los entretechos y de los ventanales. No había fuego suficiente para aliviar las tardes.

                        Todos los atardeceres subía a la terraza o al mirador en busca de señales. Nada se ofrecía a su ansiedad. Elvira la acompañaba con dificultad. Sus años convergían en cada articulación de piernas y caderas. Se acomodaba tras Lavinia y se apoyaba en los canteros de la terraza donde los rododendros esperaban  su tiempo de florecer. El enorme tanque de agua que abastecía a la casa cantaba su música de atanor sinfónicos. Muchas golondrinas anidaban en primavera y allí quedaban sus nidos desnudos esperando también. De sus queridos Jorgelina y Oliverio no había noticias. Nadie se atrevía al casco de la estancia después del asesinato de su marido en manos de un desconocido. El coto de caza y el hara, ahora vacío, eran un indicio de lo frágil del negocio emprendido por su esposo en el pasado.

                        Una mañana escuchó los cascos de un animal que al galope anunciaba su acercamiento a la casa. Pronto se hizo visible entre los árboles, ya brotados, por la incipiente primavera. Era un hombre alto y enjuto que cabalgaba suelto sosteniendo las bridas con una mano y un rifle con la otra. Lavinia se incorporó en la hamaca del pórtico y se adelantó con seguridad para esperar de frente al caballero. Sin apearse, el hombre saludó cortés y le extendió una carta. Se tocó el ancha ala del sombrero y sin hacer comentarios partió. Una nubecita de polvo lo envolvió dándole un aspecto fantasmagórico.

                        El billete era muy triste. Oliverio había volcado con el coche y habían caído con Jorgelina a un barranco del río. Muertos ambos la casa parecía aun más sola. Ya no regresarían. Así Lavinia comenzó a subir cada noche a contemplar el río desde la terraza. Crujían los canteros como que las raíces empujaban las plantas. Ya había despertado a pleno la primavera y detrás de la escalerilla que subía al tanque una sombra se proyectaba en la pared. Era como si las flores quisieran explotar para cubrir de besos el rostro bañado en lágrimas de Elvira y Lavinia.

                         Un atardecer cálido vieron que por el camino se acercaba bamboleándose un coche tirado por seis caballos. Una mujer vestida de seda, de estricto luto, descendió y entre sus brazos apretaba a una criatura. Llamó con voz aguda a las mujeres que bajaron tropezándose para llegar rápido. Se presentó como “mademoiselle” Ginoriett. Era una pariente lejana de Oliverio a quien habían entregado el pequeño fruto del amor de la pareja. Ya no podía hacerse cargo de la niña porque estaba muy endeudada. Ese día comenzaba el verano y para las mujeres, comenzaba una nueva vida. La pequeña Violeta, era como un ramillete de flores frescas.

PERDER LA INFANCIA NO ES PERDER LA VIDA


 

            ¿Quiere que le cuente? A veces miro a la nena y me sorprende. Es tan dulce su mirada, tan callada y buena, que me asusta. Cuando la traje al mundo tuve miedo. Mucho miedo. ¡Somos tan pobres! Pero apareció como una madejita rosada y chillona entre mis manos ásperas, por la dura tarea de fabricar ladrillos. El Ecelino, es un peruano que se vino escapando, como todo pobre del hambre, y quién sabe de qué escondrijo zorruno. Pero se apareó conmigo y es buen hombre. No sabe, como yo, leer. Nunca fuimos a la escuela, hasta ahora. La que supo ser mi vieja, me dejó apenas abrí los ojos con el hombre que dice ser mi padre. Ahora lo tengo en el rancho y lo cuido. Es tuberculoso y tiene un reuman, de esos que no tienen vuelta. Trabajó mucho, es cierto. Nunca supe yo lo que era jugar. Siempre a su lado trabajando y lavando la ropa y cocinando. Seis o siete años, tenía, cuando me dijo que me cortaba el pelo y me vestía de muchacho, para protegerme de los “golondrinas”. Y me crié así. Como hombre. Usé siempre ropa de chico y el pelo cortado. Me creí que era un varón hasta que un día me sangró la pierna. Y él, asustado, me llevó a la salita en el Algarrobal. Allí supe con sorpresa que era hembra. Y una dotora me empezó a conversar de mi apariencia, palabra que yo escuché por primera vez. Tuve vergüenza y me reculé más, todavía. No quise salir por meses. Hasta que mi padre empezó con las escupidas con sangre.

            Pasó un par de años y conocí al Ecelino. Era muy guapo. No tenía miedo al trabajo y me miraba. Enseguida se dio cuenta que era mujer. Él, me dijo un día si quería ser su esposa y que me ayudaría con plata y el trabajo que se me había duplicado, con esta enfermedad de mi papá. Y acepté. No sabía todo lo que era ser la mujer de un hombre. Mi papá algo quiso decirme, pero se le trabó la lengua y se quedó allí repitiendo la palabra “Pobre”, “Pobre Jubelina”. Jubelina es mi nombre. ¿Lo escuchó alguna vez? Nadie lo ha escuchado. Y así de golpe una noche después de tomar una sidra helada supe. ¡Eso era ser mujer! Tenía que obedecer a sus reclamos de hombre. Al principiar me dolía. Después me acostumbré. Eso sí, el Ecelino, nunca me pegó. Nunca faltó la comida y traía ropa y zapatillas para mí y mi papá, que cada día estaba peor, hasta que lo llevó al hospital y allí lo mejoraron.

            Y un día me puse gorda y me dijeron que tenía un hijo en la panza. Al tiempo nació la María Belén. ¡Era tan bonita! Como es ahora. Suave y dulce. Que no le hice caso al dolor. Yo he sufrido tantos dolores sin que estuviera entre mis brazos esa florcita llamada María Belén, que no me importó tener puntos entre las piernas. Pesó cuatro kilos. Era larga y regordeta. Ahora es tan bonita. Yo no le voy a cortar el pelo. El Ecelino, la cuida y dice, que a ella nadie la va a tocar. Y si alguien se atreve lo mata. ¡Yo creo que huyó de su país por algo así, eso creo! Acá se cuida mucho y le escapa a tomar y las fiestas de sus paisanos.

            Bueno, ahora voy al grano. Se acuerda cuando me llamó la maestra de la nena, yo no podía leer lo que decía la nota. Me dio vergüenza y me fui a un centro comunal de la municipalidad y pregunté si alguien me podía enseñar a leer. Me miraron sorprendidos. Cuando me preguntaron la edad y se las dije, más sorpresas. Tengo treinta y tres años. ¿Usted, cuántos creía? No, no me enojo. Creía que tenía como cincuenta, es la vida que llevé. Bueno, le cuento mi secreto, principié la escuela. Para eso vine. Acá tiene la libreta. Como no tengo mamá, ¿me la puede firmar? No vayan a creer que nadie sabe que he estudiado y paso de grado. Para mí es importante. Es un respeto al maestro y al Ecelino, que trabaja más horas para que yo no deje. Ah, gracias por firmar; pero no llore. ¿Me felicita? ¡Que se siente feliz? Imagínese yo, que puedo leer las notas de la maestra de la nena. Señora directora, no le diga a nadie que yo recién ahora voy a la escuela. ¡Pero no me llore más! Me hace dar más pena.

CLARISA


            Dejó el coche estacionado frente a la oficina. Su secretaria la esperaba con un café con algunas gotas de leche fría. Una enorme pila de carpetas, le ofendían la necesidad de sentarse a descansar. Todos los días se despertaba a las seis en punto, apenas se preparaba un jugo de frutas y partía al gimnasio. Una hora de trabajo, repercutía en cada músculo y luego un baño en el sauna. Era alta , delgada y ya había pasado tres veces por el quirófano del estetista. Un toque en el vientre, mamas con siliconas y rostro. La nariz hacía ocho años había sido cambiada. Su cabello parecía propaganda de champú y sus manos, de algún esmalte importado. Era una guerra permanente contra el tiempo y esas malditas mujeres que la rodeaban.

            Había estudiado muchos años para llegar a ser gerente de la empresa. Se jugó la más dura de las cartas. No quiso tener hijos para trepar a su puesto su cuenta bancaria, era su más brillante descendiente. Nada se le negaba. Sólo la felicidad de ser ella misma. Había pasado los cuarenta y no podía retroceder. Su ex marido, vivía con una muchacha de veintisiete años, verdadero modelo de Elle. Exótica y superficial. Sin grandes luces y enormes tetas.

            La inmensa casa, pensada para seis u ocho personas, sólo albergaba sus dos caniches, y el matrimonio de jardineros y cocinera-mucama. Su más preciosa garantía de no morir sola y que la encontraran putrefacta en un baño o el piso del enorme living.

            Mientras leía algunos de los papeles que tenía frente a sí, entró su sub gerente. Era un hombre de alrededor de treinta y cinco años. Sus títulos y doctorados, podían tapizar la pared del escritorio que no era pequeño. Dorado por el sol, atildado y afeminado, la miró directamente a los ojos y le comunicó que habían recibido un llamado de la agencia de rentas del gobierno. Querían una conferencia con ambos. Seguro algún empleado menor, querría un cheque por debajo de la carpeta, sobres siempre que desaparecían en las manos de los intermediarios de jefes inescrupulosos.

            Lo miró sin sorpresa y le pidió a su secretaria que hiciera la cita para el viernes. Era justo que esperaran para no darles el gusto de que creyeran que necesitaban de los favores de esos cretinos.

            Clarisa, le pidió a Lucas que le mostrara qué habían firmado en esa semana con el gobierno, así podrían evaluar el monto que le pedían. Odiaba esa manera tan argentina de estrujar a los que verdaderamente trabajaban y sólo, se podía entender con gente llena de afectaciones por ser de tan bajo ni8vel, que no conocían otra manera de contactarse en los negocios. Lucas, era un mago con la diplomacia con esos idiotas. Ella no. Se le notaba en el rostro cuando los veía. No podía sonreír, ni siquiera hablar. Dejaba en manos del muchacho la atención y el pago o no de lo que querían.

            Sobre el escritorio encontró un sobre que no tenía remitente. Lo abrió sin apuro. Cayó desde allí una hoja con un texto amenazador. Una pegatina con palabras de diarios y revistas, le prometían un final próximo a su vida. La tiró lejos y un soterrado grito, tapó el sonido del teléfono que sonaba insistente a su lado.