lunes, 2 de febrero de 2026

VIEJO SEVERINO, CAPADOR

 


 

          El mister es alto, rubicundo, bebedor de whisky y viajero constante. Cuando recaló en Rodeo de los Alerces, se enamoró del lugar. La tierra fértil, los árboles coposos y el rumor de ramaje y hojas, transformaron su naturaleza tranquila y flemática. Se enardeció la sangre antigua de celtas e ingleses.

Los hielos eternos descendiendo con fuerza en el verano, creando un paraíso deseable para quien dejó una isla tan gélida y nubosa. Los ojos agua de cielo, calcados de las nubes, se enrojecen mirando la cordillera. No desea olvidarse del espumoso río blanco que descarga burbujas en los sedientos terrenos donde pastorean los animales lanudos y berreantes. Los viejos ovejeros, pastores natos, arreando los vientres de cabras y ovejas cargadas de futuro ganado, ladrando con su rito de cuidadores cánidos.

            Mister Brian Foster, volcó su haber en comprar el rincón edénico. Pero no podía hacer solo lo que nunca hizo. Allá, cerca de Londres, era un oficinista que conocía de seguros y de valores. Corría con su equipo de PC de oficina en oficina. A los bancos y las cámaras de negocios.

Ya no disfrutaba de un paseo por Piccadilly o por la zona de Chelsea; de Oxford Street o Kensington. Sólo trabajar y subir a los ferrocarriles para regresar a su departamento de soltero en West End. ¡No era vida esa! No podía sentarse en un pub a beber un Ale hasta que sonara la campana.

Menos aún, con sus cuarenta y tres años de vida recorridos en escuelas académicas y el privilegio de asistir a la universidad más exigente de Inglaterra. Últimamente, le preocupaba el crecimiento de la inmigración oriental musulmana y africana, que había transformado el rostro de las calles tranquilas en verdaderos aglomerados de gente extraña y desconfiable.

Londres ya no era el de su juventud, por eso, cuando conoció esa maravilla, dejó un fax en su oficina pidiendo un año de jubileo, que arrendaran su departamento, usaran su cartera de clientes. Él intentaría vivir una aventura sin igual en un lugar perdido entre ríos y montañas en el sur del Sur.

Foster tenía aversión por la idea de los atentados, ya fueran de los Separatistas Irlandeses, el IRA. o por los seguidores de Bin Laden. Si existía un vergel de paz en la tierra, él estaría allí al llegar el fin del mundo. Había leído en la revista del avión que lo trajo a este lejano lugar que un gurú hindú declaraba seriamente el fin de la era de Piscis y el ingreso en la era de Aries y eso significaba cambios mortales para el planeta.

 Además, solía soñar con los viejos relatos de su madre sobre los bombardeos de la Segunda Guerra y quería estar bien lejos de  ese horror.

            El terreno que adquirió estaba cerca de un glaciar cuyo color cambiaba según el arco iris. Horas sentado bajo un sauce o un pinar, mirando el cielo. Comenzó a conocer cada estrella de las constelaciones de la Vía Láctea. Tanto había leído esa leyenda griega de la leche materna de la diosa que formara la Vía Láctea y ahora la tenía allí. Casi la podía tocar con las puntas de los dedos.

 Disfrutando ese fantástico cielo conoció a Severino. Hombre parco de tez morena, achinado con crines negras e hirsutas. El conocedor del campo, de animales y naturaleza. Era perfecto para ser su ayudante. Lo contrató de inmediato. Cada uno en un idioma de silencio se comunicó con el otro a su manera. Se fue creando una dependencia que haría historia en la región.

            Severino no tenía edad. Ni viejo ni joven, con experiencia de capar y esquilar. Curaba bicheras y quebraduras de los animales heridos. Cazador sagaz, sabía cuándo salir a buscar un animal para comer, sin molestar a la diosa tierra. Odiaba las trampas. Decía que un buen cazador tenía que mirar de frente su presa para que le perdonara la desgracia mortal de la cacería. Pero creía que había un espacio en el más allá donde habitarían aquéllas que mantenían vivo al hombre.

            El trabajador es magro, robusto, con rostro adusto, pero fiel y seguro de conocer el manejo del campo con verdaderos corrales con majadas de ovejas y cabras. Los brazos fuertes, robustos los músculos y huesos concretos. La mirada penetrante atraviesa la espesura con insistencia para atrapar objetos en el aire, captar en el olor del viento la presencia de algún depredador de las manadas.

Vestido con un verdadero chiripá y poncho, usa polainas para evitar la mordedura de reptiles venenosos, espinas gruesas o piedras afiladas, que se desprenden como pedernales de la ladera arisca de la sierra.

Un güincha pampa sostiene el sombrero aludo con barbijo de cordón, para que el permanente viento no le robe su cobertura contra el sol o la lluvia, que suele azotar la zona. Vive junto al canal que brota en la naciente, manantial de agua dulce como la miel de avispa silvestre.

Su rancho, de adobe pisoteado con junco y totora, con paja brava y barro, contiene una breve historia de silencio. Su vida de hijo de nadie lo atraviesa. El techo rústico y primitivo como Severino, protege las noches arrachadas de nieve o sol. Allí en su soledad de macho, suele en ciertos días del año, prenderse a la caña o al vino tinto con sedimentos de tinajas caseras. Una buena borrachera que anestesia el dolor de ausencias innombradas.

Tizne y carbón hecho con los semilleros de pinos y ramas de árboles caídos, cuyos troncos podridos por el tiempo sostienen su follaje ácido que cae en lluvia perezosa para acolchar la tierra sin hierba.

Severino se crispa cuando alguien llega y alude a su condición de hombre solo. El Gringo, como le dicen al mister, comiendo a veces un asado de capón cuchillo en mano, lo acompaña sin palabras. Juntos, ensimismados, miran correr las nubes y la vida con sus pájaros sedientos de espacio y libertad.

No queda un solo animal sin esquilar o capar, para que la carne sea más suave, y su sabor prepotente de bicho salvaje, se inmiscuya en los hoteles de lujo, de la mano de un chef, maridado con un vino fuerte, un Borgoña o un Malbec.

            La lana de los corriedale, todos los días, viaja en carromatos hasta el puerto de Chile. La llevan a las hilanderías más cotizadas de Europa. Y el mister con Severino sigue la huella desconocida del futuro, esperando el fin del mundo en el Fin del Mundo. Al sur del sur, en esta lejana tierra que fuera hábitat de la gente nativa hoy llamada “mapuche” y que recobra su lugar en el concierto de países del planeta llamado Tierra.

ZONA EN PENUMBRA

 

AYER

Agito el pañuelo haciendo señas. Nadie, aparentemente, me ve. Los enormes abedules cubren con las hojas la visión de la casa. O bien, la indiferencia y el temor, impiden acercarse a los misericordiosos.

Comenzó el fuego hace veinte minutos. Una densa humareda se eleva entre el follaje. Pero ni el griterío de los loros y graznidos de los cuervos, atraen a nadie. El camino tiene una curva allí y quienes transitan no pueden dejar de aminorar la velocidad. Saben que seguro se estrellarán contra una pared de piedra. A pesar de eso, me parece que pasan acelerando.

Miss Leyla Doguerty yace laxa en su silla de ruedas. Junto al pilar pétreo donde dejan la escasísima correspondencia. Alguna vez, el buen Johan la acerca hasta la misma casa, y de paso, toma un balón de oscuro ale, que preparamos. Pero, hoy nadie se detiene. Nadie.

Hace tiempo que se retiró y no actúa. Su huída al campo reafirma la idea de la densa personalidad de la mujer.

Ha sido un año fatal. Malas lluvias. Mala cosecha. No consigo gente para trabajar el valle. Todos han viajado a la gran ciudad, en busca de libras fáciles. Incluso, miss Georgina Hustlei, nuestra enfermera, siempre empeñada en hablar de manera maligna contra la capital, partió ayer al amanecer.

Nosotras imposible. Miss Leyla, no tiene salud en la campiña. Creo que menos aún la tendría trasponiendo el límite de tierra laboreada hacia Londres. Envolverse en la vorágine del tránsito. Hemos quedado solas, los vehículos atraviesan el pueblo por la carretera rumbo a los condados vecinos. Nadie se detiene.

Ayer, el prefecto me comunicó que las tuberías se saturarían por la falta de consumidores. Abrí los grifos desparramando el agua por el terreno, incluso, al poco ganado que nos queda, lo dejé vagando por los campos en medio del lodazal.

 Observo a mi señora y la veo desorbitada. El pánico marca su rostro. Jamás deja de mirar el fuego que lo consume todo. Estamos solas.

Se ha enrarecido el aire. Un rumor de cristales rotos se congrega cerca de la enorme casa. Siento el gemido insidioso de los galgos. Tironean la escasa tela de las polleras de mi ama, que en llamas, se dispone a abrasarse. Sigo haciendo señas y me voy disgregando en cenizas que vuelan junto a los pajonales levemente inmóviles. He traspasado el tiempo. Alguien viene. Se detiene un automóvil. El conductor. con esfuerzo, trata de alejar el fuego. Ya se consumen el joven y su hermoso auto.

Hemos entrado en una enorme zona de penumbra. Pero de entre los escasos residuos, emerge una Miss Leyla Dogherty, juvenil y robusta. Camina contra el aire desentonando con la furia del fuego, que se va desvaneciendo en el poniente.

 

 

 

 HOY

 

Las bocinas dejan insomnes a los pocos transeúntes de Central Park. La puesta de sol preña de intermitentes trozos de penumbra las calles. En derredor comienzan a perfilarse los vagabundos, alcohólicos y desamparados, que buscan un retazo de espacio para dormir. Husmean en los bolsones de basura para ver si encuentran algo.

 Los dealer venden sus drogas a los cada vez más resueltos consumidores, mientras algunas patrullas tratan de aliviar avenidas y pasajes de lacras callejeras.

 Un automóvil se detiene en 5ª y Landfort, y se acercan dos muchachotes encapuchados, calzados con zapatillas brillantes y generosas. Una mano, enguantada y aturdida, extiende un billete de diez dólares a uno de ellos y atrapa un indecente botín. El vehículo escapa. Es una ráfaga de fuego negro que brilla con la extraña luz de neón.

 Leyla Dogherty, enfundada en un escotado vestido negro, aspira una línea. Su manager la observa con mirada vacua. Sabe que cantará como nunca. Su voz, con ese raro tono burilado, es capaz de trastornar a la inconfundible concurrencia grifada del club Ninna. Son las horas voraces de la noche. Allí se arreglan los suculentos negocios sucios, y no tan sucios, de New York.

Leyla se desplaza con los altos tacones envuelta en una malla de piedras engarzadas sobre la piel desnuda. Alta, delgadísima por su adicción y rubia hiriente, esconde una mirada insinuante y lejana. Oculta un secreto. Habla poco o nada. Tiene eternas horas insomnes, por las que camina descalza sobre el frío mármol del departamento. Nadie sabe de dónde vino, ni qué hará.

Su público delira cuando comienza a cantar. Música casi desconocida con letras que huyen a extraños espacios de tiempo. Pero, ha comenzado a sentir el mismo dolor de antaño. El síndrome comienza a invadir sus músculos como entonces.

El perfume de los cuerpos reunidos en el salón del club, penetra en las fosas nasales de Leyla. Sangran sus pequeños capilares rotos por el uso del polvo blanco. Kevin, el pianista, le alcanza un rectángulo de papel absorbente y se sostiene con sus largas manos transparentes, donde venas azuladas escurren la sangre enferma. Sigue, lánguida, cantando esos lejanos recuerdos musicales.

El silencio se interrumpe por el zumbido de una necia que se ha emborrachado y está llena de narcóticos. Hace silencio. Nunca permite que le impidan su actuación con el respeto que merece. Un aplauso insinúa que deben apoyar su voz. Abandona el escenario. Arrastra su breve cola negra centelleante de azabaches y piedras, pero se nota que tiene alguna dificultad. No está erguida y segura.

Robin Keathon, su manager, la toma de un brazo y masculla en su oído una palabrota. No puede ser que destruya su carrera con un capricho o por la droga. Ella se suelta y acomete hacia el camarín. Es Leyla Dogherty. La única. Los aplausos caracolean tras la mujer, que se pierde entre las sombras. Allí, puede dar rienda suelta a su verdad. No conspira, sabe que tiene un tiempo, sólo un breve tiempo, y cantará en una silla de ruedas. Aún huele el fuego de una época perdida en su misterioso pasado.

En el sosiego que la envuelve, descorcha una botella de vino burbujeante; un exquisito champagne francés. Bebe. La copa cae de su mano cuando en el espejo ve reflejada la imagen de la amable mujer que la cuidaba y que se disolvió en la tormenta hecha cenizas. Tú, Mery, ¿qué tramas? Acaso vienes a buscar venganza. Desaparece la imagen en el azogue y Leyla llora. Después de años puede llorar a esa mujer perdida. Robin Keathon le acerca una línea y ella, de una palmada, la destierra de la mesilla. No quiere ese sostén mercadeando su vida. No habla. Él la empuja hacia la puerta de salida y, subiéndola al auto con un envión, la desfigura en el cuero del Mercedes.

Te odio. No soy tu prisionera. No te debo nada.

No le responde y ríe, ríe a carcajadas. Le aplasta una mano en el rostro. Vuelve a sangrar la nariz. La magnífica cantante es un guiñapo humano. Él enciende un habano. Ella se arroja sobre el hombre y comienza el fuego. La combustión es rápida.

 El chofer trata de evitar que se propaguen las llamas. Trata de escapar, pero Leyla ha cerrado herméticamente las puertas y crepitan entre los aullidos agigantados de dos perros que esperan a la orilla de la calle. Son dos galgos. Esperan a su ama.

Ella sale por la puertecita y camina mientras el coche estalla. Entrará en esa margen inexplicable de sombra y penumbras. El chofer se deshace detrás, en cenizas y, una brisa lo dispersa por los jardines.

 Adiós, querido Terry, pronto nos volveremos a encontrar —murmura. Y sigue por la calle solitaria.

Mañana los diarios hablarán de la extraña muerte de la artista del año, Leyla Dogherty. Los encargados de investigar se estremecerán al no encontrar huellas de su cuerpo.

 

 

 

 

 

ENTREVISTA


                                                                                              “Es mejor poner el corazón a las palabras, que                                                                                                                       poner las palabras sin poner el corazón”

 

            ¡Aunque usted no me crea, yo lo vi con mis propios ojos! Estaba en el café de “La Puerta Del Sol” en Madrid y pasó cerca de mí. Vestía un impermeable azul gastado, un chambergo de fieltro negro con una cinta roja y zapatos de cuero, sucios y feos. ¡No parecía el hombre que yo conocí en Buenos Aires!

            Cuando salió del sur, parecía que se llevaba el mundo debajo del abrigo. Era un “Fifí” de esos que en la calle Alvear se paseaban como galanes de cine de los cincuenta. Alto, si, más o menos un metro ochenta y tantos, el cabello engominado que brillaba con el sol y la humedad a él, no se le notaba. ¡Era un perfecto ganador! Pero no.

            Mientras se mezclaba con algunos fulanos de la Suprema Corte o con diputados y senadores, era un “capo”. Hasta que cambió el gobierno y salió huyendo como rata. ¡Pobre!  

            Yo supe por amigos comunes que primero intentó ir a México, pero no le fue bien. Sus charlas y conferencias no estaban acorde con los intereses de aquel maravilloso pueblo, luego fue a Francia… menos y como no domina el idioma fue peor.

            Recuerdo cuando en el “Cervantes” se anunciaban sus charlas literarias. Eran un gentío que se agolpaba en las puertas para conseguir el mejor lugar para verlo, admirarlo y escuchar su nueva idea de lo que proponía en sus novelas. Vendía miles de libros. No se si era tan buen escritor pero su presencia hacía el resto. Ahora es un tipo común.

            Pensar que ni siquiera me dirigía la palabra cuando iba con el micrófono y ahora, cuando pasó se dio vuelta y se acercó con cara de afligido y me preguntó si yo, era yo. Es decir el mismo periodista que antes no era recibido. Le contesté que sí, que era yo y que lo estaba buscando para hacerle una entrevista. Se le cambió la cara, resplandeció como allá en la gran ciudad. No era cierto, pero cuando uno pone el corazón puede ayudar a dar ánimo.

            Le hice un reportaje que fue muy exitoso y ahora ya lo vieras, es otro. Me alegro porque cuando uno está en la mala, que te tiren un salvavidas es muy valioso. Ahora me despido y te digo, si te lo llegás a encontrar, como al pasar decile:- Ché, Osvaldo, el “Gordo Fernández” de la tele te anda buscando para hacerte una entrevista.- ¡Total, si vuelve no nos va a dar ni cinco de pelota! 

ADELA Y EL ALFARERO

 


Adela logró su divorcio con mucha dificultad. Cuando conoció a Bernardino, el corazón le dio un brinco. Ese era el “hombre” de su sueño. Cada noche soñaba con un hombre fuerte y brillante, dispuesto a la risa fácil, al juego ligero y a la buena mesa.

Repetitivo, regresaba cada noche, después de su unión, con la mirada hueca, rojiza y profunda. Un demonio hermoso, sensual y algo violento. Habían comprado una casa antigua de arquitectura colonial, de murallas gruesas de piedra. Los ventanales enrejados dejaban que el sol, la brisa y los murmullos callejeros ingresaran prepotentes entre sus barrotes de hierro forjado.

Bernardo era alfarero. Construyó un espacio junto al aljibe donde sus manos jugaban con artificio en la suave greda, dando mil formas en el antiguo torno de madera y granito.

Al principio el calor y pasión amortiguó su machismo que fue una brisa suave cuando el amor rondaba al alba del romance y luego con el tiempo se convirtió en un huracán de ira. Los besos tornaron en mordiscos rabiosos, en humillación y violaciones repetidas.

La soledad del atardecer, permitió a La mujer reencontrarse consigo y sus ojos violeta, se posaban  con mirada triste en los jarrones, botijas y cuencos que él, le dejó, antes de irse para siempre.

Junto al torno, quedó una daga afilada manchada de sangre oscura y pegajosa.

MARÍA, LA ESPOSA

 

            Reinaldo es un chico tan lindo que se paran en la calle frente a la carriola, para mirarlo. ¡Dicen: Parece un Jesús pequeñito! Y la madre se persigna por miedo al famoso pensamiento mágico del que hablan sus abuelas. ¡Lo van a “Ojear”! Cosa de comadres y vecinas sin trámites para hacer, excepto chismorrear.

            Rubio, de ojos celeste y piel muy blanca, como su mamá y su papá, sólo sonríe con dulzura y es tan, tan bueno que es un angelito que crece. ¡Y creció!

            En la escuela era el candidato perfecto para los actos escolares. Su memoria prodigiosa, le permitía recitar, hablar de lo que sus maestras le escribían y aun más, él mismo inventaba discursos preciosos a vistas y oídas de sus docentes. Cuando terminó la escuela primaria salió con el mejor promedio y medallas, fue abanderado y mejor compañero, porque realmente era generoso con todos los chicos.

            Su padre, un hombre sin cultura ni estudios, lo hizo dejar en primer año del colegio secundario y lo mandó a trabajar en una panadería. Allí, lo vieron tan inteligente y serio, que el dueño le enseñó a manejar sus vehículos y repartía todas las mañanas por la ciudad las mejores medialunas y panes de la ciudad. Pronto con su buena educación, logró la confianza de algunos hoteles de lujo y fue contratado para llevar a algunos “turistas” especiales por la ciudad en una “Buataré” de un patrón nuevo que se lo robó al panadero.

            Su padre lo obligaba a entregarle todo lo que ganaba y las jugosas propinas que recibía por su destacada atención a extranjeros. Nunca le dio un dinero para su bolsillo. ¡Eso lo transformó en un muchacho callado, tímido y triste!

            Le encantaba la música. Su madre en escondidas del padre, con sus ahorros domésticos compró una radio y aseguró haberla ganado en la “tómbola de la escuela”, para evitar la ira del su esposo.

            Éste era chofer profesional. Con el trabajo propio y del hijo, compró un automóvil hermoso. Era un Ford negro brillante, con asientos de cuero rojo, radio y todos los chiches de esa época: 1952.            

            Todos los viernes, sábados y domingos, participaba de transporte de novios a las bodas, cumpleaños de todo tipo: quince años, bodas de oro, de plata y mil actividades religiosas de todos los credos. De lunes a jueves el auto dormía en una cochera donde dormía debajo de unas mantas luego de ser lustrado y perfumado.

            Al poco tiempo compró otro de marca diferente; amplio y de color blanco, más delicado y lo usó para llevar turistas de hoteles famosos a personajes “importantes”. Paro ya tuvo que poner a su hijo en uno de los vehículos, porque casi todo el tiempo se superponían los acontecimientos sociales.

            Reinaldo era eficiente y carismático. Su silencio y escucha hacía que los clientes lo prefirieran a él, sobre la charlatanería y mal carácter del padre. Eso molestaba a su progenitor, pero como le entregaba todas las ganancias se callaban y no hacía sino ahorrar para tener mucho dinero en el banco.

            Reinaldo, se levantaba temprano, solía hacerle algún trabajo a su amigo el panadero, por lo que éste le daba un pequeño sueldo que él, juntaba sin decir nada. Así, un día se compró una motoneta Siambreta. Cuando el padre la vio le pegó con la fusta de un caballo de carrera que ya había probado su esposa en varias oportunidades y alguna vez su única hija. ¡Pero permitió que la conservara, siempre que sirviera para trabajar!

            Avaro y rústico, un día le dijo a su esposa: “Prepare una buena cantidad de ravioles caseros con un tuco de mejillones” ¿Para cuándo, preguntó Susana? ¡Para este domingo, que va a venir una familia amiga mía!

            Ese día la mujer y la hija trabajaron mucho. Lustraron los cubiertos de alpaca, heredados de la madre de Susana, la vajilla más fina inglesa, regalo de boda de los tíos de ella, las copas de cristal regalo de un amigo de los padres de Susi, y el mantel finamente bordado por Clarita, la hija que en las monjas donde había estudiado la escuela primaria, le habían enseñado a hacer delicias con hilos y telas. (Nunca le permitió seguir en secundaria y la puso con trece años a trabajar en la farmacia de la esquina)

            A las doce en punto llegaron. Don José Rosales, Josefina López de Rosales y su hija María. ¡Entraron pisando fuerte! Eran rústicos, vulgares y poco sociables. ¡Pero, como dijo Lucio, el dueño de casa… eran los futuros suegros! Sí, era para hacer una transacción social y comercial con los hijos. Reinaldo debía casarse con María, la hija de esos españoles, que tenían una hermosa casa y una muy jugosa cuenta en el mismo banco de Lucio, donde se conocieron.

            La chica menos agraciada del mundo se plantó frente a Reinaldo y le sonrió como un espantapájaros de paja. ¡Éste que había transportados muchachas hermosas, alegres y finas, sintió que su corazón se estrellaba contra un muro! Allí, se murió su espíritu alegre y juvenil

            Nunca jamás podría opinar sin ser golpeado ferozmente por su padre. ¡Era otra época! Finalmente organizaron la boda. La joven mujer se presentó en la iglesia vestida de blanco, sin una pequeña muestra de maquillaje, ni con un peinado especial para un día tan especial; y él, con un traje usado de su padre, de color oscuro, camisa impecable blanca y corbata, parecía un muñeco de fiesta.

            Reinaldo, era alto, rubio, de ojos de un celeste profundo, su bigote fino y su cabello bien peinado lo hacía distinguir entre los clientes que usaban los autos de su padre. En general, gente de mucho dinero y prestigio. ¡Por su educación y buenos modales, era muy apreciado y siempre llamado por jueces, altos gerentes de empresas y sus familias!

            De tarde con su motoneta llevaba correspondencia a empresas. Un día encontró un portafolio con cincuenta mil dólares, cuando llegó a casa de su padre, le interrogó cómo hacer para reintegrar al dueño ese dinero. El padre, avaro pero recto le dijo: ¡Pon un aviso en el diario avisando que tienes el portafolio y da el teléfono del bar del club, para que se comuniquen contigo! Pide una seña sobre los papeles que hay dentro del portafolio, así no te engañarán los carroñeros. El muchacho hizo lo que le aconsejó su padre.

            Pasados tres días apareció el verdadero propietario del dinero. Se encontraron en el club y el hombre cumplió con las consignas. Le regaló cien dólares y se fue. El dueño del bar del club relató a un amigo el hecho y al día siguiente supo que vendría un reportero del diario para hablar con él. La fama se hizo presente por un tiempo. Él, fue un héroe por varios meses. Mientras tanto su vida conyugal era un desastre. La muchacha, que cada día se vestía con ropa muy usada y no se arreglaba, le rogó no salir del lado de su madre y padre. Vivían en una casa con dos cocinas, dos baños, pero las alcobas pegadas cabecera de la cama de padres y de la pareja, por lo que siempre había un pretexto para no tener vida común con María. Reinaldo supo que no tendría un hijo el día que ella y sus padres le plantearon: ¡Mire, un niño significa mucho gasto, trabajo extra en la casa, y María tiene un problema de hormonas que ya sabe…no puede engendrar! La vida se desplomó de pronto. Lo habían engañado y nunca le comunicaron, antes de la boda, que ella era una mujer estéril. ¡Además evitaba el contacto con su marido de todas las formas inimaginables!

            Pasaron los años, los padres fueron dejando este mundo y partían al cementerio. Reinaldo era un enamorado de la lectura y de la música. Soñaba con tener una mujer que lo acompañara al teatro o al club, cosa que nunca logró. Una mañana cuando Reinaldo cumplió cincuenta y seis años, le dio un A.C.V. vivió unos meses y dejó este mundo. Lo lloraron sus clientes, sus conocidos de club y nosotros sus parientes que lo apreciábamos mucho. María no lloró ni en la despedida en el Campo Santo.

            Al año, fuimos con Juan Carlos y Florencia, mis hermanos a saludarla. ¡OH, sorpresa…vestida con la ropa de su “padre”, el cabello cortado como un soldado prusiano, y borceguíes! Era un hombre de la época de la segunda guerra mundial. Nos atendió con una sonrisa irónica y nos invitó a conocer su oficina. Allí descubrimos que era amante de la tecnología y de las más “interesantes” novedades sobre climatología del mundo. Tenía aparatos muy modernos para detectar todo tipo de factores ambientales de la atmósfera y sus tormentas. ¡Aun nos preguntamos si en realidad era un hombre en el cuerpo de una mujer! ¡O una mujer ocultándose en la figura de un hombre! ¡Eso sí, vivía encerrada como un monje dentro del caserón que escondía una historia de novela! Su verdadero yo.

           

           

 

 

HAMBRUNA

  

"Pobre con toda pobreza. Niño muerto antes, ahora y entonces. Un pedazo de ala rota a los pies sin zapatos, sin tiempo" A. A.

 

La última gota de agua se había caído en la garganta reseca del niño. Una mano azulosa, árida y yerma, acarició el cuerpo frágil de Dositeo. Era una caravana desflecada de paisanos que huía de la calamidad y la sequía. El poco trozo de tierra quedaba atrás con los quiebres de lo que fuera una vez la zona poblada de verde y frutos, ahora estaba asolada y seca. Los más débiles iban quedando por el camino abierto en el polvo blanquecino de lo que fue la laguna y el reservorio de agua de "Columbo"; una lejana aldea en medio de un país olvidado de los Hombres que habitaban las grandes ciudades remotas. Para los que decidieron irse, quedaba todo lejos. No había ni caminos, ni ferrocarril ni vía de escape, que no fuera caminar.

Los pies casi desnudos de los hombres y mujeres, se iban llenando de heridas sangrantes. Agrietada la piel, los labios y el estómago seco, despedía un olor acre que atraía a las alimañas e insectos. Miríadas de insectos los seguían con usura de humedad que brotaba de las frentes y espaldas cargadas de pequeños bultos. Llevaban casi nada. En realidad, no tenían nada. Lumba, el más fuerte los alentaba a seguir siguiendo la puesta de sol. Buscaba con desesperación una nube que le indicara que en alguna parte llovería, antes que todos murieran de sed y cansancio.

Vieron, a lo lejos entre el reverbero del polvo, el movimiento de gente en el mismo camino. Se detuvieron. Los guardianes de los plantíos de los extranjeros, siempre usaban armas para diezmar a los que huían. Escondidos en un hueco del camino, avistaron un vehículo que se movía con ruido de metales rotos. El silencio era su única defensa.

¡Cállate Dositeo, si te sienten te matarán como a una rata! pero los pulmones resecos desfloraban silbidos inusuales. El miedo lo alteraba todo. Pasó de largo sin verlos. Esperaron un largo tiempo, para ellos, un corto tiempo para los que seguían por las onduladas dunas que había dejado la sequía.

Cuando salió la luna, se despertó el bicherío que vuela y viaja en la oscuridad del antiguo hábitat donde se podía vivir con pobreza, pero con la seguridad de un plato de mandioca o cereales, una fruta húmeda y jugosa, un ave gallinácea que proporcionaba huevos y carne en la aldea. Envueltos en trapos oscuros, como duende vivos, caminaron trotando casi, un buen trecho.

Lumba olisqueó agua, por algún lugar se deslizaba un hilo de líquido fresco y necesario. Depositó al niño sobre la tierra, a esa hora helada. Tomó un odre, unas cantimploras y desandó un trecho buscando oír el exquisito rumor del agua. Cuando logró su ansiedad encontrar la vertiente, una enorme luz lo sacó de su lugar. Un balazo le atravesó el pecho y cayó en tierra con un abrazo de sangre oscura y pegajosa.

Lumba muerto, el grupo fue arrebatado a la libertad posible. El único que quedó en la tierra sin ser visto, fue Dositeo. Esperó un largo tiempo, se quedó dormido. Al despertar, una mujer enjuta y seca, lo tocó. Pensó... Un niño muerto. Pero no, Dositeo abrió los ojos y recibió una sonrisa desdentada que le dio sorbos de agua fresca. Y tomándolo de la mano, lo fue llevando hasta un vehículo donde aparentemente, iban unas señoras extrañas, vestidas con ropas muy diferentes a las que él, alguna vez viera.

El cariño que le daban le extrañaba. Nunca había recibido de nadie ese tipo de atención. La camioneta tenía una especie de bandera con signos desconocidos para él. Llegaron hasta un camino que no tenía tierra. Luego, tomó por una calle más angosta y se detuvo en un alto caserón de material. Tan blanco como la ropa que usaban esas mujeres que le hablaban en un lenguaje desconocido para él. Lo ayudaron a caminar hasta unos breves escalones y entró al habitáculo fresco y tranquilo donde había muchos niños como él.

Las hermanas de la caridad, con sus hábitos blancos con listones celestes, lo llevaron a una ducha. Había agua, que salía por una regadera del techo. Luego le dieron ropa limpia. Calzado de su talla y un pequeño sombrero. Dositeo, buscó a la buena mujer que lo encontró, pero esta ya se había ido a buscar más refugiados.

¿Lumba? ¿Dónde quedaron sus amigos? Nadie se atrevió a decirle que sus amigos habían muerto en manos de los Guardias del Comando de su Tierra. Pasaron algunos días, los niños comenzaron a jugar y a charlar como si fuesen conocidos de siempre. Tras unas semanas, fueron directamente a un puerto, los subieron a un barco y partieron rumbo a un país lejano. Una vida que nunca imaginaron se abría para ellos.

Muchos Dositeos, habían quedado yertos, bajo las balas ignominiosas de un país que estaba en guerra, hambruna y sequía.

 

 

miércoles, 28 de enero de 2026

UNA ARAÑA EN SU ROPA

 

            Le gustaba leer en el baño. Llenaba de periódicos, revistas y libros el pequeño receptáculo llamado baño. La casa era grande, pero el otro, el enorme, tenía ducha, jacuzzi, placares para ropa blanca, un enorme espejo que espiaba al que lo usaba y acechaba cada minuto al ingenuo que se acomodaba en el inodoro. ¡Horrible ojo del escándalo para la intimidad!

            El otro, el pequeño, quedaba junto a un breve jardín poco frecuentado por la familia, sólo a veces, él, salía a fumar en escondidas un cigarrillo que apestaba el aire y lo delataba con la chismosa de la casa, Camila, la vieja niñera.

            Allí, en ese mundo tenía su pequeño reino. Gozaba de intimidad y leía a gusto, mientras despoblaba sus tripas sin vergüenza. ¡Nunca imaginó lo que ocurriría una tarde calurosa de verano! Entró al recinto como el rey de la comarca. Se desvistió colgando de la hermosa forma de bronce que servía de percha: pantalones, camisa y hasta se dio el gusto de sacarse zapatos y quedarse en calcetines y bajarse el calzoncillo hasta quedar casi desnudo. Éste, el blanco interior, se balanceaba entre sus pantorrillas que ya lucían bellas venitas azuladas. Era un objeto inmaculado. Tomó el diario del domingo y fue tranquilamente leyendo los artículos que no había aprovechado ese día con la familia en pleno de “pasta” de la abuela. Tardó como una hora y media, hacía rato que despojó de sus desechos.

            Cuando dejó el periódico y se agachó para lavarse…quedó estupefacto. Una enorme araña negra se balanceaba en su íntimo calzoncillo blanco. Tenía patas peludas y con sus ocho ojos, lo miraba ignorando el próximo movimiento que la dejaría fuera del sublime momento que vivía. ¡Pobre araña!

            Comenzó a gritar. ¡Camila, Rosalba, Julio! Nadie acudía y él, horrorizado, se imaginaba que el astuto arácnido, se acercaría a sus partes pudendas y le mordería ahí, justo en la piel más suave y tersa que tiene el hombre…su escroto o su pene que se iba achicando hasta casi desaparecer en su vientre. ¡Camila, Rosalba, Julio! Que alguien venga… o me muero. Y apareció la vieja, con ganas de matarlo. ¿Qué te pasa Humberto? Miró y se quedó con la boca abierta. ¡Ah, no, esa porquería no me va a dejar a mi muchacho enfermo! Y salió corriendo en busca de algo.

            El baño, parecía cada vez más pequeño, más lóbrego, más peligroso. Él, miraba como la horrorosa se movía lenta en la nívea prenda. ¡Ya vuelvo! Había dicho Camila que lo crió de niño. Y regresó con un palo. Y el miedo se agigantó. Me vas a pegar un palo. ¡Déjame a mí! Y con un mandoble de artista de circo arrancó el calzoncillo de los tobillos de Humberto. La araña rodó por el suelo envuelta en parte de la prenda, pretendiendo salvar su negra y peluda existencia. El golpe fue perfecto. La muerte rápida y la risa de Camila tronó en el baño que de pronto pareció Versalles.

            ¡Por fin la araña estaba inerte! Y Humberto sin su prenda interior, con calcetines a rayas de colores, parecía un huérfano en la calle de los barrios más pobres de Calcuta.