En Mayo nació Adela, tierna bebé de
dos kilogramos y con un hermoso cabello oscuro. Comenzaba el frío de otoño en las
afueras de Valle de Los Cóndores. Los caminos se llenaron de hojas de álamo que
crujían como el corazón de Marga.
Terminada la cosecha se tenían que
ir y el patrón les pedía todos los días la casa, que si bien era de adobe y
techo de caña, era un refugio para el Juan y su pequeño hijo. Había cumplido
dos años en octubre pasado y caminaba y ya no necesitaba pañales como Adela.
Terminada la melesca, no quedaba nada por qué quedarse.
El Juan, para colmos lo prepoteó al
patrón y siendo hombre duro, los echó como a perros sarnosos. Llegaron a la
casa de la madre de Marga y les puso mala cara, claro ya tenían los problemas
de todos, muchos chicos y poca plata. Su padre estaba haciendo una obra en
Chile y regresaría en verano. Para colmos un sismo movió algunas paredes y se
cayó medio techo de chapa. El Juan arregló
como pudo, pero sin habilidad quedó muy flojo y con el viento se movía y
silbaba.
Un día fueron a buscar trabajo y
volvieron con menos de lo que llevaron, les habían robado la mochila en el
micro. La madre gritó y los echó. ¡No quiero que vengan a traerme más deudas y
problemas!
La Marga salió caminando con lo poco que le quedaba
de ropa del nene y de ella; Juan llevaba un bulto con sus herramientas y el
bebé que lloraba. ¡De hambre, Juan, lloran de hambre los chicos! ¿Y vos que te
creís que io no tengo? Yo no tengo la culpa. Io tampoco Marga, no necesitábamos
otro crío. Lo tirabas como hacen las perras y listo. Se dice aborto, Juan, pero
es un hijo. ¿Y qué? ¡Matarías un hijo, guacho de mierda? Si no me queda otra…
Llegó la noche y se cobijaron en la
puerta de una iglesia entre las columnas y la entrada. Se dieron calor con sus
cuerpos flacos. Gracias a Dios la
Marga podía darles teta. De adentro escucharon las voces y6
salió un cura viejo, les ofreció comida
y un cuartito atrás por esa noche.
¡La gente es muy mala, dirán que yo
hago cosas malas, por eso no los puedo tener mucho tiempo! ¿Cómo se llaman los
niños? ¿Están acristianados? Bueno mañana en la mañana los acristianamos y
hablaré con amigos para darles cobijo. Buenas noches padre. ¡Buenas noches
hijos!
Pasaron unos días y nada, así es la
gente, habla mucho pero no se conmueve. ¡Todo el contorno al Valle está muy
pobre, buscaremos en la ciudad! Y apareció Don Eugenio Rojas, dueño de una
aceitera que le dio trabajo al Juan y un techo, por sólo unos meses, los del
invierno. Así pasó el frío y un día Don Rojas se acercó a la Marga y le hizo una
propuesta. Deshonesta y sucia. Ella se quiso morir. Salieron como toros
picaneados en el brete. ¿Adónde ir?
Caminaron dos días por las fincas
vecinas. Nada, no conseguían nada. El Juan hacía pozos, cortaba leña, podaba o
regaba por unas monedas. Se cobijaban bajo una enramada que hicieron en un
terreno inculto.
El cura los buscaba y ellos se
escondían, porque el Juan escuchó en el almacén que el viejo Rojas los había
denunciado por robo. Ellos no se habían
llevado nada. Pero tenían tanto miedo que trataron de juntar para irse de la
zona.
Un día desesperada Marga se fue a la
capilla y allí encontró al anciano y habló, le contó todo lo que había pasado.
El sacerdote triste le dio unos pesos y
le dio un papel con una dirección en la ciudad más cercana.
Allá fueron. Caminaron tres horas y
un camionero los acercó un largo trecho. Luego buscaron la dirección del papel.
Marga sabía leer, Juan era analfabeto.
Los recibió una mujer mayor. Observó
a la muchacha y al marido. ¡Lástima que tienen dos críos, no entran en la
piecita del fondo! Y trabajo no tengo. Bueno algunas cosas puedo darles por
ahora. Se quedaron. Apretados en un hogar tan chico que casi no podían moverse.
¡Ellos acostumbrados al campo, a los viñedos y a los olivares! Pero es duro
decir que no hay muchas almas dispuestas a amparar a extraños.
Discutían todos los días, peleaban
por cualquier cosa y él, le echaba en cara no haber abortado a la Adelita. Ya tenía ocho meses… y
pedía comida. Entonces Doña Juana le dijo como al pasar que la dieran en
adopción. ¿Qué es eso? Y Darla en el juzgado para que la gente con plata que no
puede tener hijos sean los padres nuevos…
Marga llora toda la noche, todo el
día y le pregunta si es capaz de hacer eso y el Juan le responde: ¡Sí, así será
más fácil! Salió dando un portazo.
Ella busca en la plaza en cada
edificio grande la palabra juzgado. Se detiene en los escalones y regresa a la
casa. ¿Quién quiere quitarme mi hija y si me sacan el nene?
Cuando regresa el hombre, viene
encopado. ¿No diste la pendeja? No hijo de puta, no. No, es nuestra hija.
Andate borracho, mal nacido. Y espera un cambio que no llega.
Entonces un día se levanta, con
mucha ceremonia baña a Adela. Le pone el mejor vestido y la peina bien bonita.
Sale con su otro hijo en brazos lleva a ambos. Llega la juzgado. Sube las
escaleras como si fuera la entrada al infierno y entra a una sala donde un
grupo de personas hablan, ríen o lloran, como ella.
-
¿Señora, en que puedo servirla?
-
Vengo a dejarle mi hija. La entrego porque no puedo
tenerla.
-
¡Perdón, me está diciendo que la beba es…!
-
Para alguien que pueda y le de lo que yo no puedo. Un
techo, educación, la vista bien. ¡Amor le sobra y pienso que también la querrán
como la quiero yo!
-
¿Está segura? Mire que es para siempre nunca sabrá
dónde está y no sabrá quién la tiene. ¿Lo pensó bien?
-
¡Tanto, que ya no tengo fuerzas! ¡Si me quitan al nene
me voy. Los dos no puedo ni quiero darlos!
-
No, claro, ya llamo al juez, siéntese por favor.
-
Gracias. Quieto hijo. Le doy por última vez la teta.
-
Señora pase, por favor.
-
¿Nombre suyo? ¿Documento y residencia? Bueno, no me
mire así, soy simplemente empleado en el juzgado, no soy nada suyo. Nos soy un
ángel de la guarda.
-
Mi hija se llama Adela y yo Margarita Vergara, mi
marido se llama Juan Sosa. Y el nene…
-
¿El padre está de acuerdo que entregue la niña?
-
El me manda, no consigue casa y trabajo con dos chicos,
nadie acepta una familia grande. Nadie nos quiere.
-
¿Nombre y edad del padre? ¿Dirección?
-
La calle. Juan Sosa, analfabeto, obrero de changas sin
oficio. Tiene veintitrés años.
-
¿Usted lee y escribe?
-
Llegué a sexto grado en Los Portillos Viejos. Tengo
dieciocho años. Vivo en la calle.
-
Bueno, acá viene el Juez.
-
Buenos días, señora, ¿esta es la niña?
-
Si. Adela mi hija de ocho meses, bueno pronto cumple
los nueve y ya está bautizada por un cura.
-
¿Está segura de lo que va a hacer?
-
No tengo otra cosa. Si me quitan al nene me los llevo a
los dos. ¡Son mis bebés y los amo!
-
Se nota que están bien alimentados y sanos. ¿Está
segura? ¿Entiende lo que va a suceder?
-
No puedo llorar más. No tengo adónde ir, con uno me dan
techo y con dos… nada.
-
Secretario reciba los datos de la
niña. Disculpe… me retiro. El juez sale llorando disimuladamente. ¡Pensar que mi mujer nunca pudo darme un
hijo! Y entra en otra sala donde dos vecinos pelean por el agua de un canal que
comparten.
Afuera el sol comienza a entibiar las calles y brotan los árboles porque
comienza la primavera en el Valle de Los Cóndores. Todo volverá a ser igual.
Regresarán los cosechadores y se llenarán las casas de bullicio y risas.
Marga y Juan ya no son los mismos y ella lo ha
echado del catre.