viernes, 24 de abril de 2026

TAROT MISTERIOSO

  

La casa era de una belleza sin igual pero había sitios desocupados, pensaron en tomar algunos pensionistas. Así llegó un viejo soltero, cuya familia había caído en un bombardeo. Sin otro consuelo que sus cajas con libros y algún que otro objeto recuperado entre los escombros. Vivía con traducciones que hacía para un editor de la gran ciudad. Estricto en su higiene personal. Pagaba puntualmente su pensión y comida. De hábitos sanos no tenía ninguna queja. Luego apareció una señorita, profesora de letras, que mantuvo largas pláticas con las muchachas de la casa. Finalmente llegó un personaje diferente. Era “parapsicóloga” vidente y tarotista. De mirada pícara y voz chillona, cambió el aire serio de la casa. Salía todos los días a su “consulta” en la ciudad. Atendía una cantidad increíble de gente en un pequeño local, donde reinaba un caos de dioses hindúes, egipcios y cristianos. Con una túnica de seda colorida y un turbante con grandes aretes dorados, penetraba el mundo de los muertos como en la vida de los que habitaban los pueblos cercanos. 

Entonces ocurrió algo inusual. La casa se llenó de extraños sonidos en las noches. El clima se fue transformando y la región comenzó a tener una espesa niebla que cubría las techumbres y bosques aledaños a las casas más alejadas de la zona céntrica. Madame Yiyot, la tarotista, transformó su atuendo y su rostro. Cada día parecía más joven, más delgada y más frágil. El caballero se sintió atraído por esa mujer que tenía un cierto modo misterioso y atrevido. Un día se encontró de frente a la mujer y se presentó como caballero que era: Benito Billiart... soy su vecino de habitación. Adoro la música que en las noches suena desde su alcoba. 

                         Yiyot, le tendió una mano delicada de dedos finos y piel suave, tibia y con perfume a violetas. ¡Ah, es mi pequeño refugio con el mundo real! Mi nombre real es Julia Labré, y mi trabajo me permite conocer arcanos de gente de todo tipo. Aunque usted no me crea, conozco el alma humana como si hubiera estudiado en las universidades más prestigiosas del mundo. ¡Es hermoso ver cómo se abre la gente frente a una mesa donde se mezcla lo imaginario con lo real! Su extraña túnica azul, la envolvía como un capullo de anémona.

El llamado a la cena, los distrajo. Benito caminó pensativo hacia el amplio comedor. Yiyot o Julia, se alejó sin siquiera despedirse. Ingresó en su alcoba y comenzó a sonar la música que envolvió toda la casa. Tras un tiempo corto, cada pensionista se adentró a su rincón favorito. La lluvia golpeaba en los vidrios de la casa. Un trueno y la luz dejó ver una figura que se deslizaba por el largo pasillo. ¿Era Yiyot o parecía un ser de otro mundo? Los que bebían un cognac dejaron su copa, los que fumaban un habano, lo dejaron sobre un cenicero y los que leían el periódico se quedaron sin palabras... en letras de molde había un patético mensaje: ¡En la vieja carretera de Los Ventisqueros fue hallado el cuerpo sin vida de la famosa tarotista Yiyot cuyo cuerpo parecía un ángel caído!

                        Como si un gong hubiera sonado en la casa, cada pensionista se levantó de su sillón y comenzaron a llamar en la puerta de la alcoba de la mujer. Nadie acudió a los llamados. La dueña de la casa, abrió con una llave que poseía y cuando se despejó la habitación... una hermosa y hermosa mariposa azul estaba desplegada sobre el lecho, rodeada por un torbellino de cartas de tarot. Y un suave perfume de violetas sorprendió a los curiosos que miraban cómo en el toca disco seguía dando vueltas con la dulzona música de todas las noches pasadas.

 

LA GULA Y LA AVARICIA

 

            -Pare Tito voy a vomitar-, me dijo el doctor, mientras atravesábamos la avenida y yo lo miré sorprendido. -¡Mire que hemos visto juntos cosas terribles en estos dos años!- Pero me pidió que me detuviera y paré. Soy el chofer de la ambulancia desde hace cinco años y hemos sido compañeros todo el tiempo de su guardia y perfeccionamiento.

            Luego fuimos juntos a tomar un café en un boliche del barrio y se tomó un whisky. Tenía una cara de terror o asco que me dejó lelo. Esa tarde, recuerdo, fue variada hasta que llegó un pedido de una zona “bacana”.

             Llamaban de un edificio en Belgrano R y cuando llegamos el portero nos hizo entrar sin pedir ni siquiera una credencial.  ¡Después se quejan que hay robos! El ascensor  nos depositó en un palier de lujo en un treceavo piso. Allí parada en la puerta como ave de rapiña estaba una mujer flaca y con cara de salir de una película de terror. Apenas habló mientras nos acompañaba por un pasillo que desembocaba en una habitación iluminada.

            Fue un impacto terrible ver esa figura: las paredes de un rosa brillante, rotas en zonas donde la humedad había hecho estragos, a la izquierda una ventana se abría con su vidrio sucio a un balcón-jardín reseco y abandonado. Allí en el medio sobre una pila de colchones, un enorme cuerpo deforme por la obesidad, inmensa bola de piel que se desplazaba como una oruga casi gigante. Bucles dorados y ojillos aviesos que se escondían tras unos párpados hinchados. Los labios finos se movían rítmicamente en su mandíbula que tenía un perpetuo ajuste a la ingesta de: bombones, masas dulces, caramelos, flanes, tortas, emparedados, ravioles, ñoquis, tallarines y todo, todo lo que se podía engullir en diez o doce horas de vigilia. No caminaba. Hacía casi dos años, que no lo hacía, y la cama que fuera de bronce estaba quebrada.

            Permanecía en medio de almohadones de fino lino rosa pálido orlados de puntillas y cintas, encajes y sábanas de linón bordadas por manos amorosas en bellos racimos de violetas y rositas se desplazaban sobre la gelatinosa barriga de ese ser, mientras las piernas paquidérmicas, apenas móviles, agitaban suavemente un aire enrarecido y hediondo a grasa. Por suerte la cubría un hermosa camisa de satén y encaje cuyo canesú flotaba entre una miríada de manchas de salsas y huevo, tomate y chocolate dibujando un trabajo surrealista que se movía acorde al despilfarro de grasa.

            Alhajas de oro y esmeralda se perdían en las hendiduras de los brazos. Anillos de rubíes y brillantes, dirimían sus reflejos en la inmensa cama. ¿Cómo había llegado a ser así...? ¿Cuántos años tiene? ¡Veintitrés! ¿Y cuánto pesa? ¿Doscientos pesaba la última vez que la pudieron poner en una balanza? El doctorcito, joven y sano, se revuelve en su delantal blanco, no entiende. El departamento es nuevo, es de muy alto nivel, hermoso se podría decirse.

                        De repente ingresa en el espacio el Dr. Porfirio Andrade, el decano de la facultad y Tito, unos pasos atrás, petrificado, le toca el hombro al médico que asiste a esa enferma. No pueden comprender qué ha sucedido. El padre desesperado suplica ayuda. Su hija se muere, el corazón colapsa y nadie quiere ayudarlo. La mujer sonríe distraída. Es la madrastra. Callada se recuesta en el rellano de la puerta para mirarlos. Ella no hizo nada, claro, era la enfermera del decano, cuando la joven esposa y madre de Rebeca, se electrocutó con la plancha, hace trece años. La niña la estaba mirando y quedó allí junto a la madre con sus contorciones y su visión perturbadora. Nunca olvidó el olor a quemado que desprendía el amado cuerpo.

             El joven galeno, aconsejó sacarla de allí para lo cual había que romper las puertas, bajarla por una ventana interior y luego llevarla a una clínica muy conocida.

                        Un ruido sofocado y un paro cardíaco, le impidió toda maniobra. Habían llegado demasiado tarde. La otra mujer la miró sonriendo y sólo atinó a sacarle las alhajas.

                        Después de vomitar Federico le pidió a Tito que lo llevara a tomar un wyski y se fueron a ver “Matrix” a un cine de barrio.

 

                                  

           

 

           

 

 

LA ENVIDIA


                        Cuando llegó a la dirección que le diera Micaela, se recortó la figura escultural de Guillermina, que contra el enorme paredón del cementerio pareció un pájaro derrotado. Una lágrima de desencanto se desprendió de sus bellos ojos dejando un surco en el suave maquillaje sofisticado. Cerró los puños y con dolor comprendió el error, haber confiado.

Pecosa, de cabello castaño oscuro y ojos verdes, Guillermina era una nena de esas que en el barrio todos miraban. Tenía una sonrisa alegre y jugaba con destreza. Su padre tenía un negocio de comestibles. Su madre era una mujer simple. Adoraban a esa hija que había llegado casi cuando las esperanzas de amor se pierden.

                        Un día cruzó el farmacéutico y tomándola de la mano la invitó a jugar con su pequeña. Fue un encuentro feliz. Se hicieron inseparables. Micaela era hábil en el piano, con los patines, declamando y era muy hermosa. Juntas hacían las tareas escolares, aprendieron a jugar tenis, hacían gimnasia y disfrutaban de todo lo que el mundo de los adolescentes les llenaba la vida. Comenzaron a salir de compras y a bailar las matinés con los chicos de la escuela. Se enamoraban y dejaban de “amar” con el mismo ritmo de todas las muchachas de su edad.

                        El primer concierto de Micaela fue un éxito y su figura de niña frágil le atrajo un puñado de cargosos admiradores almibarados, que ella despendía con una chispa de superioridad. Guillermina la admiraba. Veía sus pequeñas manos jugar en el teclado y soñaba con tener la misma habilidad, pero no estaba dotada para la música. Se terminó su adolescencia con sólo dos diferencias: Guillermina había crecido y estaba altísima, su figura se destacaba por la perfección de sus medidas y Micaela quedó con su cuerpo casi infantil, sin curvas y de estatura normal. Los chicos del barrio le hacían toda clase de burlas pero ellas no hacían caso a los torpes compañeros. Las largas piernas torneadas, la cintura fina, los senos graciosos y la belleza atigrada de la primer muchacha era un suplicio inconfesado para la otra. Nada hacía parecer que Micaela sufriera. Pero la madre, que observaba, se preguntaba cuándo comenzarían los problemas.

                        Ingresar a la universidad les dio un respiro. Se trasladaron a la capital, alquilaron un pequeño departamento y cada una comenzó la carrera elegida. Micaela además continuó sus clases de piano en el conservatorio nacional con maestros de prestigio internacional. Mientras estudiaban no tenían tiempo para arreglarse, sí para sentirse acompañadas en ese mundo insólito de la gran ciudad. En sus ratos libres, Guillermina completaba sus clases de idiomas extranjeros e hizo un curso de modelo a sugerencia de otras compañeras de la facultad. Cada día estaba más hermosa.

                        Ambas recibieron su título con honores. Eran ganadoras en todo...pero, Micaela veía celosa, cómo su amiga atraía la mirada de los hombres que a ella le interesaban.

                        Regresaron esas vacaciones a su pueblo que las recibió con ardor y sorpresa. Eran un orgullo para todos. Así fue que el día que se llamó a un casting de animadoras para el canal de TV. de la pequeña ciudad, Micaela le dio a su amiga del alma, una dirección equivocada y ella apareció en el programa mostrando todas sus habilidades. Es lógico saber cómo murió esa amistad.

 

                                                          

 

 

 

 

 

 

 

LAGO HERMOSO

 

Al fin, todos la habían visto menos ella. Era la casa más antigua de Lago Hermoso. Tenía un parque de más de mil metros, que según decían fue hecho por un famoso paisajista inglés a principios del siglo veinte. Los mármoles eran italianos y la herrería española. Un estanque formado el arroyo que atravesaba un sector del jardín, estaba lleno de aves acuáticas y plantas con flores. Leticia caminó sorprendida por el alto pasadizo de árboles gigantes. Cada rincón de la casa le atraía por su color a tiempo desgastado. El musgo había marcado cada piedra, cada estatua, cada columna con una pátina inusual. Luego, entre el alto matorral, se sorprendió y gritó. Nadie le había hablado de ese extraño personaje que encontró frente a sí. El hombre, era un ser verdaderamente feo, desagradable. Por su rostro una enorme cicatriz atravesaba su mejilla izquierda y su párpado casi oculto tras una larga melena rojiza mostraba la falta de un ojo. Su paso casi imperceptible la había dejado paralizada. De los labios desdentados apenas salió un agudo chistido y con sus manos agudas mostró un mastín que ferozmente le hacía frente. Leticia, cerró los ojos y dio media vuelta para regresar a la casa. Un dedo afilado y mugriento se lo impidió. Su camisa entre esas manos horrorosas, parecía un mantillón de fiesta. Se detuvo y observó la figura. Apenas gesticulaba. ¿Era eso una sonrisa? Soltó el hombre a Leticia y le dio un ramillete de violetas y juncos en señal de amistad. Ella sonrió levemente. Ya sin tanto temor le preguntó quién era. El infeliz, comprobó, no podía hablar.

                        Él partió sin antes hacerle una inusitada reverencia. El dogo salió tras el hombre sin siquiera gruñir. Se perdió tras una alta pared de piedra cubierta de enredaderas y zarzamora. Un griterío de pájaros y aves silvestres cubrieron el paso sobre los adoquines que tapizaban parte del camino. Al divisar la fachada de la casa suspiró. En la balaustrada vio la figura varonil de Ezequiel que esperaba que los ayudantes terminaran de acomodar los muebles. El camión que los había traído ya estaba casi vacío. La tarde se imponía con sus cálidos colores morados y sus ruidos. Verlo le tradujo el miedo en alegría. Se acercó casi corriendo en el último tramo. Las risas claras de Romina y Tatiana le ampararon la nostalgia de ese cambio de hogar. La pobreza había terminado y por fin la vida recobraba el orden natural. Recuperar la casa era el principio.

                        Todos, esa noche se sentaron a comer sabiendo que nunca volverían a ser los mismos después de tanto sufrimiento. Que ya no regresarían ni el primo Jeremías ni Mario. Ellos serían una presencia en el recuerdo. La charla igual se hizo amena. Había mucho por hacer y decir sobre esa casa y Leticia contó el inesperado encuentro en el bosquecito de castaños.

                        Ezequiel quedó perplejo. No conocía ni tenía noticias que por los alrededores vivieran hombre alguno; lo que lo llevó a tomar medidas de precaución con respecto a puertas y ventanales exteriores. No obstante nunca supieron que en forma permanente fueron observados por aquel desconocido.

                        Transcurrido algunas semanas nadie volvió a hablar de ese episodio. Romina continuó su rutina con el piano. Su Chopin y Schubert mejoraban día a día. Tatiana iba y venía de la ciudad con sus telas adamascadas y terciopelos con los que fabricaba capas y ropa para damas que comenzaban a hacer vida social. Leticia consiguió que un posadero de la ciudad le comprara todos sus pasteles y dulces. Así la casa era una permanente fábrica casera. Había que recuperar lo perdido en la “quiebra” del abuelo. Ezequiel tenía el deber de trabajar los campos y hacer rendir los establos.

                        De vez en cuando aparecían hombres pidiendo trabajo o acilo y ellos le proveían de algún apoyo pensando en sus parientes en “paro”. Una tarde de invierno cuando ya estaban junto a la chimenea, Ezequiel sintió ruidos en la leñera. Tomó su rifle y salió. Allí se enfrentó con un personaje atroz. Éste, al verlo, se quedó sorprendido. Lo encontró con unos leños entre sus brazos. El hombre parecía un mendigo. Tal vez era un forastero hambriento, pensó, y recordó que Leticia le había hablado de un encuentro semejante. Interrogó, pues, al hombre y éste tratando de zafarse, dejó caer la madera e intentó salir. No se lo permitió. Cuando quiso prenderlo del brazo para introducirlo en los cobertizos, el viejo mastín atacó. Salvó la mano gracias a la gruesa capa de fieltro. El menesteroso, tomó al animal con fuerza y evitó un accidente. Agradecido, Ezequiel lo invitó a pasar y el hombre entró por su voluntad a la cocina. La sorpresa de Tatiana y Romina no se hizo esperar. Cada una soltó una palabra de desagrado. El pobre infeliz se acurrucó junto al hogar, se despojó de un viejo abrigo sucio y calentó sus manos contrahechas en el calor. Al entrar allí la cocinera se persignó. Miró al muchacho y les comenzó a relatar su historia. Ese mozo, no tenía aun treinta años, había sido hijo del patrón con una muchacha de servicio. Lo había abandonado de pequeño. El muchacho, siempre se dedicó a cuidar animales y un funesto día cayó un rayo en su cabaña. Se produjo un incendio,  lo atrapó una viga, lo encontraron medio muerto. Se había quemado la cara y roto la mandíbula, perdió parte de la lengua..., en fin un desgraciado accidente. La mujer le proporcionó un cubo con agua caliente, se bañó  y Ezequiel le dio ropa de Jeremías que habían quedado en el desván. Así descubrieron un muchacho joven, fuerte y con un enorme potencial para las innumerables tareas de la casa. A la mañana siguiente el muchacho había desaparecido.

                        ¿Cómo harían para recuperar su confianza? Tal vez con el tiempo aceptara a todos en la casa y regresara.

 

 

EL SECRETO...

 

      

            Estaba parada con mi cofia de encaje, mi delantal de lino almidonado, blanco todo como el mármol de la estatua que preside la estancia desde donde el viejo, mira con un extraño aparato las estrellas por la noche.  Siempre está insomne. Siempre me mira con ojos agudos. Su enorme sillón de terciopelo azul algo gastado en donde hunde su cuerpo afilado, es como una madriguera. Apenas me muevo sus amoratadas manos artríticas se aferran a mi pollera o al delantal. Es imposible liberarme. Deseo un resquicio para huir.  Sí, estaba parada en ese momento en que entró la vieja ama con su orinal impecable, separó la tapa y lo colocó en el cajón bajo el sillón. Yo no quería ni mirar ni respirar. El hombre sonreía mirando mi cara roja por el pudor y el asco. Oí caer el orín cantarino en la porcelana llena de flores de lis, pintadas a mano. El olor ácido penetró en mis pulmones. Luego el olor que me inundó hasta el cerebro me indicó que “monsieur” había descargado sus flacas tripas.       La mujer, su ama, llamó al ayudante, un antiguo empleado. El hombre vino arrastrando su pierna dura por la inflamación, tomó al amo y lo higienizó. Yo salí aprovechando la oportunidad. Saqué los excrementos y los dejé junto a la puerta de la habitación.

             Huí, prácticamente, hacia el jardín. Era la hora del crepúsculo  en que la casa parece más solitaria aun. Un grito agónico atravesó la casa del amo. Corrí al instante, sabía que me reclamaba. Allí estaba mi señor. Su boca desdentada sonreía a la nada. Sus ojillos con esa perpetua chispa de picardía me buscaban en la puerta. Me asomé. Me tendió sus brazos sarmentosos, donde la piel flácida caía como cortinaje viejo... Yo no soportaba su continua búsqueda entre mis polleras. Me quería tocar. Me deseaba como se desea un bocadillo frágil y sabroso. Me ponía enagua tras enagua, un calzón largo y grueso; medias de algodón altas que sujetaba con cintas que apretaba tanto que casi cortaban el flujo de mi sangre joven. Así le impedía llegar a mis nalgas. Creo que si hubiera podido me hubiera tocado hasta el fondo tibio de mi sexo. Me acerqué. No tanto como para que me perdiera sus dedos afilados en mis oscuros secretos de mujer. Tenía sólo catorce años y el miedo me paralizaba. Su risita aguda era un tormento. Lo odiaba y le temía. Necesitaba el empleo que me daba, era indispensable.

 Te prometo... sí, te prometo una fortuna si te sacas toda la ropa frente a mí... – dijo ese día. Yo me negué. Llamó al ama de llaves y le ordenó una pluma y papel. Se reía en su extravío. Luego estuvo un rato escribiendo. Yo no sé leer. Mi infancia fue dura. Las calles fueron mi cuna. Siempre trabajé. Ahora que tenía ese empleo, me sentía glorificada. Me llamó y pretendió que leyera. Le dije que no podía. Se encolerizó. Estrelló el frasco de tinta en el pavimento manchando la alfombra. Luego leyó con voz entrecortada: - Yo, Gastón de Yournette, maese corregidor del municipio de Saint Pierre Sur- Mer, lego a...

- ¿Cuál es tu nombre...ma petite...?- me preguntó titubeando. Yo creía que él conocía mi nombre. Me sorprendí tanto que le respondí. - Mi nombre monsieur es Clementine Reinal, creo que ese era el apellido de mi madre.- le expresé con temor. Me envió a buscar otro frasco con tinta. Siguió escribiendo el billete. Se agotó en el trabajo. Resoplaba y jadeaba. Su viejísimo corazón estaba medio muerto. El esfuerzo lo hizo desmayar unos instantes. Luego intentó leer...” lego a Clementine Reinal, la suma de 20.000 monedas de oro.... Pero después de tachar, volvió a leer. No, dijo, 50.000 monedas de oro, si cumple con mi pedido. En el año de 1814, y puso su sello con el lacre que chisporroteó en la lamparilla.”        

            -¿Y qué desea pedir u ordenar, además, su señoría?- pregunté desconfiada.

             -Que te quedes desnuda frente a mí hasta el final...hasta el momento de mi muerte, que está muy cerca.- dijo mirándome con astucia.

Me pareció un viejo zorro herido frente a su presa. Su ralo pelo blanco se desplomaba sobre los hombros de su paletó de cachemira negro y le prestaba un aspecto de brujo, mago o demonio. No respondí de inmediato. Me dediqué a ablandar sus cojines y almohadas de plumas mientras por mi mente febril cruzaban imágenes, sensaciones y deseos.

Entró a las 19,45 hs. en punto, como todos los días, el médico. Apenas me miró. Revisó a su señoría. Lo auscultó ceremonioso. Su pulmón silbaba cada vez que el aire nuevo invadía los oscuros alvéolos me dijo el galeno. Sufría a cada instante. Le miró los orines que guardaran en un frasco de cristal. Se quedó pensativo. El señor de Yournette observaba alternativamente el rostro del doctor y el mío. Me miraba con avidez y a él con desinterés. El papel que escribiera sobresalía del bolsillo del viejo. Lo acariciaba con impudor. Yo imaginaba cómo sería mi vida con todo ese dinero...Sonreí. Él sorprendió mi sonrisa y supo íntimamente que yo había aceptado.

            -¿Cómo está su señoría? ¿Acaso tendremos que preparar la casa de verano para que no sufra el frío húmedo de la región?- inquirió el ama que entraba en ese momento con una escudilla de caldo humeante. El médico nos miró con dolor y muy molesto por la insolencia de ella, repuso:- La casa de verano...creo que este año quedará cerrada. No es prudente mover a su señoría en este momento.- Continuó escribiendo una nota para el boticario.

            -¿Cuánto tiempo viviré? – exclamó mi amo. - ¿Llegaré a mañana? – dijo sin inmutarse y su mirada me penetró y persiguió por la habitación en semipenumbra. Encendí otra lámpara. Esperé. La mirada del ama de llaves se paseaba de un rostro al otro, con sorpresa. El anciano doctor se sentó junto a monsieur algo confuso y tomándole la mano dijo:- Mi amigo, la cuerda del reloj se está terminando...puede usted disponer..., bueno yo llamaría a un sacerdote, si así lo prefiere...- y quedó silencioso esperando una respuesta o reacción que no llegó. Luego de estrechar al anciano salió taciturno sin volverse.

El viejo me apresó la pollera y me dio el papel. - ¡Guárdalo! Será todo tuyo si cumples con mi último deseo... como ves me muero y quiero hacerlo mirando un bello cuerpo joven junto al mío. Llamó a su ayudante. Se hizo trasladar al lecho. Se acomodó y apoyó su cabeza cenicienta en los cojines que yo acomodara. - ¡Que vengan todos!- ordenó con cierta urgencia. Llegaron uno a uno los servidores. A cada cual le fue entregando joyas, papeles valiosos, dinero y objetos personales. Él nunca había tenido hijos y su mujer había muerto hacía muchísimos años.-“¡Ahora salgan todos!  ¡Me quedaré solamente con Clementine. Cuando ella los llame ya podrán disponer de mí.  Y recuerden no quiero sotanas por aquí. Yo igual estaré en la “Gloire ”!

                        Los hombres y mujeres salieron silenciosos y tristes. Apenas murmuraban entre ellos.

Ya a solas en aquella habitación silenciosa; yo, comencé a desprender los cordones de mi corsé. Luego fueron cayendo una a una mis enaguas como cáscara de fruta madura. Cuando mis muslos  mi pubis virginal y mis senos quedaron frente a él, comenzó a sonreír con una extraña alegría. Me quedé quieta. Sentía que mi piel frágil se encrespaba, un escalofrío imperceptible me ponía sonrosados los pezones erectos.  Seguramente mi rostro tornaba del rojo vivo al blanco. Sentía vergüenza y en lo más profundo el placer de saberme dueña de una pequeña fortuna El anciano gesticulaba apenas. Murmuraba palabras inconexas. Trataba de acariciarme y yo me alejaba con pequeños pasos.  Reía y se babeaba. Sus manos se estiraban tratando de poseer lo que tanto había deseado en ese tiempo. No pudo. Pronto se durmió. Hablaba entre dormido con mi figura que se helaba a pesar de la leña crepitante. Yo también soñaba.

Nunca despertó. Pasó una semana. Aparecieron como cinco parientes que se acomodaron en la gran casa. Cada uno pretendía ser el dueño de todas las tierras, casas de alquiler y hacienda del hombre. Cuando yo indiqué que tenía que cobrar su donación; se rieron hasta el delirio. Yo me quedé callada. Salí de la casa con la idea de buscar a un licenciado en leyes que me ayudase. Que hubiera permanecido desnuda frente al viejo, era un secreto que sólo conocía el ama y el ayudante del señor. Los servidores eran mi único testimonio. Los intrusos no sabían por qué yo pretendía cobrar el dinero. Con ese hecho clandestino, callado por seguridad, yo tenía algo más, que a veces ocultaba en el zapato viejo y otras en el bolsillo de aquella chaqueta poblada de agujeros que me dieran del amo. Era el pasaporte a mi futuro. Con ello tendría una vida digna de ser vivida. Me reivindicaría de los múltiples sufrimientos. Compraría una casa de campo, un carruaje, podría tener esas alhajas de oro y granate que vi en un escaparate de la ciudad hacía tiempo, vestidos de seda y encajes,  lograría tener hasta un puñado de sirvientes. Sería factible mezclarme con gente distinta a la que acostumbro a frecuentar...

  Llegué con un abogado y mi papel a la vieja casa. Nadie creía que eso fuera legítimo. No querían darme mi parte. Yo, en forma silenciosa y firme seguí peleando. Mandaron mis papeles a la capital. El técnico grafólogo cobró demasiado, pero probó ante el juez, que el papel era un legado auténtico.                                             

                   Monsieur : señor

Ma petit : mi pequeña

Gloire : gloria

AMOR PERDIDO

  

Quiero buscar los besos que perdí en mi cuerpo adormecido

Carne rescatada de una muerte incierta

que se convierte en caverna de plomo derretido.

Tu boca fue fuente poblada de ternura,

tus manos, hojas perfumadas de caricias

y acaso

¿Yo derogué tus abrazos?

¿Desdibujé tus palabras?

Acaso en la calle empedrada

de sangre que goteaba, un beso se perdió en el agua,

en la nieve a horcajadas del miedo.

Militabas mi cuerpo calcinando pesares

enarbolabas promesas,

que quedaron desgajadas como flores marchitas.

Tus ojos de fuego quedaron soñolientos

mirando mis senos, mi vientre de cieno palpitante.

He muerto en el lecho y en tu carne

y sigo alerta con mis sueños para recuperar la vida.

Estoy despierta y mis jornadas te convocan a la esperanza.

Mi cuerpo y mi alma, están abiertos a los recuerdos.

 

DEYANIRA

 

¡Ese rumor que en vuestra alcoba, escasa de luz… es la voz de un espíritu, que pasa agitando sus alas en la sombra! Amado Nervo.

 

 

            Por un amor incómodo y frustrado, la llamaron Deyanira. Su piel morena y ojos de lustre luminoso hicieron su camino un desquite de cielo o de infierno colosal. Era verano. La canícula caía sobre la tierra estéril como la fusta a un potro indómito y malvado.

            El cielo ceniciento con un polvo volátil con el viento arrasaba sin piedad el rancherío. El río seco, las aguadas mermadas y sedientas. Sin sombras para albergar una sonrisa, un sofoco persistente o un doloroso recuerdo de otros días.

            Así llegó la niña. Del vientre deformado por la ira de su madre que nunca quiso verla. Y la llevaron hasta el otro valle. La recogió una mujer discreta y solitaria. Le dio un cobijo de madre. Modesta era el nombre de quien albergó a la pequeña. Su vida era ese recuadro de vergel que con astucia y paciencia había logrado arrancarle al erial.

            Al comienzo alimentaba a la niña con leche de una pastora que venía de los alrededores a amamantar a Deyanira. Cuando supo que ya la pequeña podía comer otros alimentos, preparó con esmero papillas y caldos.

            Observaba el sueño de la niña, mientras soñaba con el futuro de ambas. Ella, la estéril, había tocado el cielo con las manos. Tenía en su regazo una vida que crecía con un ritmo normal y precioso.

            Todas las tardes, cuando el sol se ocultaba tras los árboles, ralos de hojas, se sentaba en una hamaca a cepillar el suave cabello de la chiquilla. Seda castaña que empujaba para dejar guedejas brillantes. Modesta, usó lasos de colores vivos y animó el efecto de su cabellera para hacer feliz a la pequeña. Su compañero, Demetrio, la observaba a distancia porque se sentía opacado tras la llegada de Deyanira.

            Demetrio siente un vacío oculto en su corazón, desplazado por ese canturrear tierno que empobrece el antiguo silencio. Los perfumes familiares a su matriz de hombre rústico de campo, acostumbrado al perfume de los eucaliptos y estiércol de los animales. Espía a su mujer, en su interior la odia y sueña con matarla. ¿Cómo puede ahora deshacerse de ella? ¿Y la niña, esa intrusa que genera una ira incontrolable en su espíritu? Huye. Se esconde en los plantíos de maíz. Se pierde en un mar de verde amarillento.

            La niña camina. Corre tras las piernas cuyas huellas de bosta y barro, se desplazan en el galpón. Nadie mira. Hay un despilfarro de pájaros que revolotean junto al pozo. Ladran los perros cerca del chiquero. Corren las comadrejas que se mezclan con las aves. La pequeña cae. Demetrio, la deja llorando.

            Modesta corre, recibe un golpe en la espalda, inesperado. Igual se yergue y levanta a la nena y la abraza. El humor del hombre es bravío. Un insulto estalla y la mujer se desplaza como tigresa asustada. Entra en la casa y se parapeta en la cocina.

            Espía por la celosía que entreabre para husmear. Allá ve la figura umbrosa de  su hombre. Tiene la fusta en la mano y sabe que pronto romperá la puerta y entrará chicote en mano contra ella. Ya vio su mirada. El odio. ¿Qué puede hacer ahora?

            El sueño la contiene. Se duerme apoyada en la tabla de amasar. Deyanira duerme en su cama. Y una sombra avanza por el pasillo. Silencioso Demetrio las observa. La noche se derrama sobre las dos.

            Cada mañana, se escucha el griterío de los animales que van al mercado, un zumbido de abejas se enreda entre los matorrales que proporcionan dulzura en polen.      Los panales están llenos de la miel, dueñas de sus necesarias vidas. Modesta saca pequeños trozos para edulcorar las comidas. Sería un lujo que alguna vez, su compañero se sentara junto a ella y a la niña, a probar sus cocidos. Es una eximia cocinera. Olores exquisitos salen por las ventanas atrayendo pájaros y algunos cachorros que ingresan por las cercas rotas, cuyas piedras enmohecidas filtran seres ajenos a su cuidada sala.

            Él trae mazorcas de maíz y los frutos que sembró en otoño, pero se detiene en el dintel de la puerta. Las mira como distraído, pero sopesa cada cosa que ve y su ira aumenta. ¡Él es el hombre! Él es el dueño de torcer las vidas de esas hambreadas, que le roban su libertad. Se aleja con una sonora carcajada. ¡Si Modesta supiera! Su mirada se pierde por la orilla de la propiedad hacia el otro rincón donde yace “su amor”, su dueña.

            Nadie debe saber lo que ocurrió aquel día entre los árboles de cerezos. La boca de la hermosa quinceañera que probó como un vino nuevo o el éxtasis de una sangre joven. Nadie puede saber dónde escondió su avarienta verga para amancebar a la doncella… la risa lo deja exhausto. La madre de ese engorro que lo seguía por todos los rincones del campo. El secreto que consiguió guardar cuando luego le puso su cuchillo en la garganta para que no se acordara ni de su rostro y menos de su nombre.

            Fue una tarde de cosecha. Los obreros se esparcían entre los árboles cuyos frutos relajaban sus ramas con el dulzor de las cerezas. La pilló por la espalda y así, la dejó silenciada con la boca tapada por su pañuelo sucio y transpirado. ¡Él tendría un hijo! El que no le podía dar la borrica de su hembra. Un varón de pelo semejante al suyo. Lo robaría de la cuna y sería como la flor del árbol de la vida.

            Cuando supo que era mujer, la odió. Pero aceptó como un desquite para que Modesta la cuidara. Y fue creciendo, la niña y su idea de deshacerse de ambas. Soñó con las diferentes formas de matarlas. Cavó un pozo en una zona de la tierra que no araba desde hacía muchos años. Allí las tiraría como se tira la mala hierba.

            Un día se sorprendió al sentir su nombre en los labios de la pequeña. No quiso responder ni mirarla. Siguió caminando a tranco firme. Azuzó a los perros para que la echaran y ella, llorosa regresó a los brazos de su “madre”, la que la cuidaba como a una figura de cristal y ámbar.

            Cuando llegó el invierno, se negó a entrar en la zona tibia de la casa. ¡Quédate con esa molesta niña! Yo, haré lo mío. Y el frío entró, descansó en los ambientes de la casa y de los corazones. La nieve se acumulaba en las entrañas de la tierra y de las vidas. Modesta no entendía la actitud hostil de su hombre. ¿Para qué trajo a la pequeña si está tan obcecado y gruñón? Las dudas corroían su alma. Se aferraba más y más a la chiquilla. Esta,  cada día más despierta y juguetona. Se parecía mucho a cierta cosechadora de otra época. Y pensó, será su hija.

            Él, pensó esperar para hacer lo que tenía entre manos. Una muerte silenciosa y brutal.

            Una noche de tormenta entre truenos y relámpagos, cuando se apagaron los faroles y el silencio se acomodó en la casa, entró y sacó a la niña dormida. La llevó hasta el lugar que bien perfilado, había preparado y le clavó un cuchillo en la garganta. No se escuchó ni un gemido. La echó en el pozo y la tapó con piedras y tierra. La lluvia fue borrando toda señal que pudiera delatarlo. Se fue despacio con las manos sucias hasta el aljibe y se acicaló como un perfecto caballero.

            A la mañana, los gritos de Modesta se escucharon por todo el campo. Embarrada y llorosa, buscó y rebuscó a Deyanira. No estaba en ningún lado. Él, contrito le ayudaba. Cabalgó por los montes y llegó al río, hizo todo lo que se esperaba. La niña no estaba. Se había esfumado.

            Los vecinos buscaron, hicieron novenas y peregrinaciones a la capilla. Se prendieron velas y candelas. Pero ella no aparecía. Llegó a oídos de la muchacha violada. Y sintió pánico. Ese maldito me buscará para que le de un hijo varón.

            Huyó a la ciudad para esconderse, de allí a otra aldea lejana. Puso toda la distancia  posible. Y descansó del terror que había vivido.

            Modesta, no podía con su pena. Su hombre la trataba de consolar diciendo que pronto volvería y si no, buscaría un varón que viniera a remplazar la niña. Pero no tenía ese dolor que ella sentía. Apenas dormía, por lo que Demetrio ingresó a la casa y comenzó a comer en la cocina y a disfrutar de los guisos y pucheros. ¡La miraba de reojo, para ver si ella tenía alguna duda sobre él! Pero la pobre mujer no tenía esa picardía de los malvados.

            Todas las noches dejaba una luz encendida. Él, en cuanto ella se dormía la apagaba. ¡No hay que gastar en cosas inútiles!, pensaba. Su lecho estaba cerca de la ventana que daba al salón donde se ubicaba la antigua cuna.

            Pasadas unas semanas, una noche de tormenta, Demetrio despertó con el suave roce de una mano. Encendió una candela. No había nadie, y se acercó al lecho de Modesta. Nada. Ella dormía con una manta de la niña entre sus manos. Él se sonrió. ¡So tonta! Si supieras… y regresó a su lecho. Al amanecer el silencio de los pájaros lo dejó asombrado. El sol envolvía los árboles con una luz rojiza y una persistente niebla se acodaba en la zona donde había quedado la niña. Salió a buscar las herramientas, cuando escuchó el ruido de los carros que traían a los cosechadores de cerezas.

            Una sonrisa amplia le surcó la cara. Llegaban con la algarabía de la esperanza, una buena paga. Miró y remiró a las mozas que bajaban riendo y tomaban sus cestas con chanzas y canciones. Se restregó las manos. ¡Hoy será mi día!

            Cuando se acercaba a una, salían dos o tres y la rodeaban. Le llamó la atención. ¿Qué les sucede? Acaso presienten o saben. Mientras camina por los cuadros de los cerezos, siente una mano suave que le toca la espalda. Se vuelve y no hay nadie. Una y otra vez, comienza a sentir muy pesados los brazos. Atrapa a una joven, al mirar su cara, es de un mozo de más de cuarenta años, que lo mira extrañado. Se confunde. ¡Perdón! Y camina. Tropieza, se cae y dos guapos lo ayudan mirándole a la cara.

            Ve a las mozas que ríen y busca tocarlas, pero les cambia el rostro tan pronto se les acerca. Son muchachos de la edad de Deyanira. Y se mofan. Corre hacia la casa. Se interpone su perro y cae en el cieno. Desfigurado el rostro, parece un demonio. Lo rodean las cosechadoras cuyas carcajadas, le impiden moverse. Miedo. Terror. Horror.

            Entra a esconderse en la casa. Modesta lo mira y le pregunta muy seria: ¿Qué tienes marido? Y en ella ve a la niña y siente su mano sobre la espalda, suave la voz que le nombra: ¡Padre! ¡Demetrio! ¿Qué hiciste conmigo? ¡Es el espíritu de Deyanira que bajo la suave luz se precipita como el ala de un ángel vengador!

            Él, huye hacia el huerto y cae. ¡Ese rumor que en nuestra alcoba, escasa de luz… que apagas cada noche, se escucha la voz de un espíritu, que pasa agitando sus alas en la sombra! Modesta se acerca y le murmura al oído, todo lo que sabe.