jueves, 23 de julio de 2026

El circo


Una tormenta terrible se desplomó sobre el circo,

Destruyendo la estructura de nuestra hermosa pista,

En la antigua carpa rota nada quedó en su lugar.

Una bruja de papel jugueteaba en un cartel.

Un abanico de tigres escapaba en tropel

Caminaban por doquier los elefantes temibles,

Barritaban increíbles en su perdido hogar,

El oso pardo saltaba y la foca resoplaba expulsando vapor,

El monito en un arcón jugueteaba escondido.

La pitonisa Marisa detrás de un gran candelabro

Insistía con sus cartas, desentrañando el futuro…

El enano y el barbudo que se llama margarita

Envueltos en una alfombra para que nadie los viera

Contenían estornudos y hasta la respiración

Besándose con alegría porque nadie los veía,

Mientras el viejo gruñón, dueño de ese gran circo,

Con un tenedor enorme agitándolo en el puño

Trataba de juntar a los loros bailarines,

A las palomas y mulitas que viajan en bicicletas.

La pista que estaba en ruinas debajo de la tormenta

Parecía la revuelta de un gigante bravío

Una horrible tontería de un simple grandulón.

Yo que vivo y soy payaso con mis zapatos rotos

Buscaba en el alboroto, mi corneta y mi nariz.

A la mañana siguiente entre todos reparamos,

La vieja  carpa arreglamos y hoy de nuevo habrá función.

El circo es la vocación que soporta las tormentas

Y a los chicos les prometo esperanza y alegría.

¡Ah! soy el payaso zoquete vengan a la presentación.  

 

 

 

EL PESCADOR


 

Una cárcel de espinas incrustadas en la memoria de un muchacho que tiene que pescar.

La tarde calurosa amenazada una noche plagada de estrella. Él, se sentó sobre la madera húmeda y caliente. Sacó una pipa y prendió un perfumado sabor de chocolate. Su tabaco amigo de la soledad. Miró tras sus pupilas nubladas  por la luna y suspiró cansado. Terminaba un día y el mar calmo no llenó el vientre hambreado de  su barca. Poca pesca. No había viento y el poco que rondaba su bote, no permitía que se alejaran de la costa donde seguro se apretujaban los peces.

Un olor penetrante de sal y pescado hería a los hombres silenciosos en sus bancas. El sol se escondía con esfuerzo tras la pequeña colina en occidente, dejando el cielo con un color de sangre seca. De muerte antigua. Un pescador comenzó a canturrear un triste sonido. Otro tomó un sonido de belleza inexplicable en esa rústica vida de sudor y fuerza.

El muchacho se acomodó. Cerró los ojos y dejo vagar la mente en los recuerdos. Laberintos de historias avidas que  regresaban como pájaros.

Recordó a su abuelo que le enseñó los juegos de la infancia, recordó la brava tormenta que se tragó con furia el barco de su padre.

Cerró los ojos y aspiró profundamente la sabrosa pipa. ¡Una mujer! Pensó en la muchacha de sus sueños. Era altiva la tonta, lo miraba de lejos como para que no se atreviera a buscarla. Pero siempre pasaba cerca del muelle con la pollera de color mostaza y flores rojas. Revoloteaba el cabello sobre su espalda como alas de gaviotas en danza de apareo.

Una nube comenzó a avanzar sobre el mar y se puso oscuro y sombrío. Sopló un viento enérgico que atormento el madero, tuvo que bajar las velas y remar brioso. El agua le mojaba el rostro. A lo lejos la vio con una lámpara encendida. Era ella que lo guiaba a la costa. Las olas lo tapaban. Siguió peleando. Ella lo estaba esperando, no podía fallarle.

 

DESIDIA


 

                        El maestro llegó en moto justo en el minuto en que se desplomaba la última pared que quedaba en pie. Venía para ver qué sucedía con la pequeña Rocío que no asistía a las clases desde...hacía como un mes y medio. Su asombro lo dejó entre asombro y desesperación. No podía comprender cómo se puede destruir una casa como esa.

             Recordaba cuando el era niño y pasaba por ahí. Estaba construida con buen material y diseñada por un arquitecto e ingeniero. Tenía todo lo que una familia de clase media trabajadora podía necesitar. La buena señora Adelaida, la dueña, había plantando toda clase de vegetales, árboles que yacían como esqueletos afiebrados en el secano ahora. El abandono mostraba callos en los troncos y paja árida en lo que fuera el bello jardín de rosas y gladiolos.

            Vio por primera vez a Chacho, el hijo, ese muchacho mimado que nunca logró hacer nada como lo recordaba, pero ahora era un escardillo filoso y herrumbrado por la quietud e indiferencia. Chacho estaba allí parado sin moverse. Las manos en su enorme cadera flaca con la vista perdida en los vehículos que atravesaban indiferente la calle. Huesos y piel era lo que quedaba del hombre que criaran Adelaida y Floreal, el padre.

            Una mujer desmadejada y triste con un vientre abultado por el embarazo, madre y esposa de Chacho, padre de sus hijos contemplaba las ruinas con mirada endurecida. Los niños, nueve, lloraban apretando su terror a la ropa agotada de su mamá. Sucios como siempre, desvalidos y ansiosos, se le acercaron buscando una respuesta. Ojos de hambre y desdicha la rodeaban.  

            ¿Qué podía hacer él como maestro de los pequeños? Pensó en hacer una colecta, llamar a los vecinos que indiferentes y encrespados se acercaban a través del polvo que envolvía el derrumbe. Salían apresurados antes de obtener ni el mínimo apoyo o respuesta a su saludo.

            ¡Llegaron los bomberos! Tarde, porque en realidad ya no eran necesarios. La casa se había comenzado a morir cuando los viejos sucumbieron.

            Chacho era incapaz de mover una mano para trabajar. Todos los días tenía el pretexto locuaz para no salir a trabajar. Esa palabra era tabú. Él no había nacido para “romperse el lomo”. Las lluvias, los vientos y el descuido hicieron el resto. Como un cáncer la casa se fue destruyendo. Nada quedaba de la que fuera la mejor casa del barrio. Quedaba el grupo familiar como los miles de desamparados que viven en las calles. Pero en el caso de Chacho y su mujer, por no querer aceptar la dignidad del trabajo.

            El maestro pensó si a caso no sería mejor que ese bebé que vendría al mundo no era mejor que no naciera. Pensó en las miles de familias que quieren tener una criatura y no les llega. Pensó en los tratamientos largos, caros y dolorosos que muchas parejas atraviesan estoicos para tener una prole y amarla como había sido amado ese cretino. Puso la moto en marcha y salió sin despedirse.         

Y LLEGÓ AL JUZGADO


 

            En Mayo nació Adela, tierna bebé de dos kilogramos y con un hermoso cabello oscuro. Comenzaba el frío de otoño en las afueras de Valle de Los Cóndores. Los caminos se llenaron de hojas de álamo que crujían como el corazón de Marga.

            Terminada la cosecha se tenían que ir y el patrón les pedía todos los días la casa, que si bien era de adobe y techo de caña, era un refugio para el Juan y su pequeño hijo. Había cumplido dos años en octubre pasado y caminaba y ya no necesitaba pañales como Adela. Terminada la melesca, no quedaba nada por qué quedarse.

            El Juan, para colmos lo prepoteó al patrón y siendo hombre duro, los echó como a perros sarnosos. Llegaron a la casa de la madre de Marga y les puso mala cara, claro ya tenían los problemas de todos, muchos chicos y poca plata. Su padre estaba haciendo una obra en Chile y regresaría en verano. Para colmos un sismo movió algunas paredes y se cayó medio techo de chapa. El Juan arregló  como pudo, pero sin habilidad quedó muy flojo y con el viento se movía y silbaba.

            Un día fueron a buscar trabajo y volvieron con menos de lo que llevaron, les habían robado la mochila en el micro. La madre gritó y los echó. ¡No quiero que vengan a traerme más deudas y problemas!

            La Marga salió caminando con lo poco que le quedaba de ropa del nene y de ella; Juan llevaba un bulto con sus herramientas y el bebé que lloraba. ¡De hambre, Juan, lloran de hambre los chicos! ¿Y vos que te creís que io no tengo? Yo no tengo la culpa. Io tampoco Marga, no necesitábamos otro crío. Lo tirabas como hacen las perras y listo. Se dice aborto, Juan, pero es un hijo. ¿Y qué? ¡Matarías un hijo, guacho de mierda? Si no me queda otra…

            Llegó la noche y se cobijaron en la puerta de una iglesia entre las columnas y la entrada. Se dieron calor con sus cuerpos flacos. Gracias a Dios la Marga podía darles teta. De adentro escucharon las voces y6 salió un  cura viejo, les ofreció comida y un cuartito atrás por esa noche.

            ¡La gente es muy mala, dirán que yo hago cosas malas, por eso no los puedo tener mucho tiempo! ¿Cómo se llaman los niños? ¿Están acristianados? Bueno mañana en la mañana los acristianamos y hablaré con amigos para darles cobijo. Buenas noches padre. ¡Buenas noches hijos!

            Pasaron unos días y nada, así es la gente, habla mucho pero no se conmueve. ¡Todo el contorno al Valle está muy pobre, buscaremos en la ciudad! Y apareció Don Eugenio Rojas, dueño de una aceitera que le dio trabajo al Juan y un techo, por sólo unos meses, los del invierno. Así pasó el frío y un día Don Rojas se acercó a la Marga y le hizo una propuesta. Deshonesta y sucia. Ella se quiso morir. Salieron como toros picaneados en el brete. ¿Adónde ir?

            Caminaron dos días por las fincas vecinas. Nada, no conseguían nada. El Juan hacía pozos, cortaba leña, podaba o regaba por unas monedas. Se cobijaban bajo una enramada que hicieron en un terreno inculto.

            El cura los buscaba y ellos se escondían, porque el Juan escuchó en el almacén que el viejo Rojas los había denunciado  por robo. Ellos no se habían llevado nada. Pero tenían tanto miedo que trataron de juntar para irse de la zona.

            Un día desesperada Marga se fue a la capilla y allí encontró al anciano y habló, le contó todo lo que había pasado. El sacerdote  triste le dio unos pesos y le dio un papel con una dirección en la ciudad más cercana.

            Allá fueron. Caminaron tres horas y un camionero los acercó un largo trecho. Luego buscaron la dirección del papel. Marga sabía leer, Juan era analfabeto.

            Los recibió una mujer mayor. Observó a la muchacha y al marido. ¡Lástima que tienen dos críos, no entran en la piecita del fondo! Y trabajo no tengo. Bueno algunas cosas puedo darles por ahora. Se quedaron. Apretados en un hogar tan chico que casi no podían moverse. ¡Ellos acostumbrados al campo, a los viñedos y a los olivares! Pero es duro decir que no hay muchas almas dispuestas a amparar a extraños.

            Discutían todos los días, peleaban por cualquier cosa y él, le echaba en cara no haber abortado a la Adelita. Ya tenía ocho meses… y pedía comida. Entonces Doña Juana le dijo como al pasar que la dieran en adopción. ¿Qué es eso? Y Darla en el juzgado para que la gente con plata que no puede tener hijos sean los padres nuevos…

            Marga llora toda la noche, todo el día y le pregunta si es capaz de hacer eso y el Juan le responde: ¡Sí, así será más fácil! Salió dando un portazo.

            Ella busca en la plaza en cada edificio grande la palabra juzgado. Se detiene en los escalones y regresa a la casa. ¿Quién quiere quitarme mi hija y si me sacan el nene?

            Cuando regresa el hombre, viene encopado. ¿No diste la pendeja? No hijo de puta, no. No, es nuestra hija. Andate borracho, mal nacido. Y espera un cambio que no llega.

            Entonces un día se levanta, con mucha ceremonia baña a Adela. Le pone el mejor vestido y la peina bien bonita. Sale con su otro hijo en brazos lleva a ambos. Llega la juzgado. Sube las escaleras como si fuera la entrada al infierno y entra a una sala donde un grupo de personas hablan, ríen o lloran, como ella.

-          ¿Señora, en que puedo servirla?

-          Vengo a dejarle mi hija. La entrego porque no puedo tenerla.

-          ¡Perdón, me está diciendo que la beba es…!

-          Para alguien que pueda y le de lo que yo no puedo. Un techo, educación, la vista bien. ¡Amor le sobra y pienso que también la querrán como la quiero yo!

-          ¿Está segura? Mire que es para siempre nunca sabrá dónde está y no sabrá quién la tiene. ¿Lo pensó bien?

-          ¡Tanto, que ya no tengo fuerzas! ¡Si me quitan al nene me voy. Los dos no puedo ni quiero darlos!   

-          No, claro, ya llamo al juez, siéntese por favor.

-          Gracias. Quieto hijo. Le doy por última vez la teta.

-          Señora pase, por favor.

-          ¿Nombre suyo? ¿Documento y residencia? Bueno, no me mire así, soy simplemente empleado en el juzgado, no soy nada suyo. Nos soy un ángel de la guarda.

-          Mi hija se llama Adela y yo Margarita Vergara, mi marido se llama Juan Sosa. Y el nene…

-          ¿El padre está de acuerdo que entregue la niña?

-          El me manda, no consigue casa y trabajo con dos chicos, nadie acepta una familia grande. Nadie nos quiere.

-          ¿Nombre y edad del padre? ¿Dirección?

-          La calle. Juan Sosa, analfabeto, obrero de changas sin oficio. Tiene veintitrés años.

-          ¿Usted lee y escribe?

-          Llegué a sexto grado en Los Portillos Viejos. Tengo dieciocho años. Vivo en la calle.

-          Bueno, acá viene el Juez.

-          Buenos días, señora, ¿esta es la niña?

-          Si. Adela mi hija de ocho meses, bueno pronto cumple los nueve y ya está bautizada por un cura.

-          ¿Está segura de lo que va a hacer?

-          No tengo otra cosa. Si me quitan al nene me los llevo a los dos. ¡Son mis bebés y los amo!

-          Se nota que están bien alimentados y sanos. ¿Está segura? ¿Entiende lo que va a suceder?

-          No puedo llorar más. No tengo adónde ir, con uno me dan techo y con dos… nada.

            -   Secretario reciba  los datos de la niña. Disculpe… me retiro. El juez sale   llorando disimuladamente.  ¡Pensar que mi mujer nunca pudo darme un hijo! Y entra en otra sala donde dos vecinos pelean por el agua de un canal que comparten.

Afuera el sol comienza a entibiar las calles y brotan los árboles porque comienza la primavera en el Valle de Los Cóndores. Todo volverá a ser igual. Regresarán los cosechadores y se llenarán las casas de bullicio y risas.

Marga y Juan ya no son los mismos y ella lo ha echado del catre.

 

 

martes, 14 de julio de 2026

¡HIJA SIN AMOR!

  

-Pare Tito voy a vomitar-, me dijo el doctorcito, mientras atravesábamos la avenida y yo lo miré sorprendido. ¡Mire que hemos visto cosas terribles en estos dos años juntos! Pero él me pidió que parara y paré. Luego fuimos juntos a tomar un café en un boliche del barrio y se tomó un whisky. Tenía cara de horror o asco y me dejó frito. Esa tarde, recuerdo, fue variada hasta que llegó un pedido de una zona “bacana”.      Llamaban de un edificio en Belgrano R y cuando llegamos el mismo portero nos hizo entrar sin pedir ni siquiera una credencial.  ¡Después se quejan de los robos! El ascensor directo nos depositó en un palier de lujo en un treceavo piso. Allí parada en una puerta como ave de rapiña estaba una mujer flaca y con cara de salir de una película de terror. Apenas habló mientras nos acompañaba por un pasillo que desembocaba en una habitación iluminada.

            Fue un impacto terrible ver esa figura: las paredes de un rosa brillante, descascaradas en zonas donde la humedad había hecho estragos. A la izquierda una ventana se abría con los vidrios sucios a un balcón-jardín reseco y abandonado.

            En el medio de ese ámbito, sobre una pila de colchones, un enorme cuerpo deforme por la obesidad, una inmensa bola de piel se desplazaba como oruga gigante.     Bucles dorados y ojillos aviesos que se escondían tras unos párpados hinchados. Los labios finos se movían rítmicamente en su mandíbula que tenía un perpetuo ajuste a la ingesta de  bombones, masas dulces, caramelos, flanes, tortas, emparedados, ravioles, ñoquis, tallarines y todo, todo lo que se podía engullir en diez o doce horas de vigilia.       No camina. Hace casi dos años, que no lo hace, y la cama que fuera de bronce está quebrada.

             Permanece en medio de almohadones de fino lino rosa pálido orlados de puntillas, cintas, encajes y unas sábanas de linón bordadas por las manos amorosas de su madre ausente, en bellos racimos de violetas y rositas con hilos de seda.

            Las manos se desplazan sobre la gelatinosa barriga, mientras las piernas paquidérmicas, apenas móviles, agitan suavemente un aire enrarecido y hediondo a grasa. Por suerte la cubre una hermosa camisa de satén y encaje cuyo canesú flota entre una miríada de manchas de salsas y huevo, tomate y chocolate dibujando un trabajo surrealista que se mueve acorde al despilfarro de grasa.

            Alhajas de oro y esmeralda se pierden en las hendiduras de los brazos. Anillos de rubíes y brillantes dirimen sus reflejos en la inmensa cama. ¿Cómo había llegado a ser así...? ¿Cuántos años...? ¡Veintitrés! ¿Y cuánto pesa? ¡Doscientos pesaba la última vez que la pudieron poner en una balanza! ¿Qué ha sido violada, no saben por quién y abortó un bebé deforme y monstruoso?

            El médico joven se revuelve en su delantal blanco, no entiende. El departamento es nuevo, es de muy alto nivel, hermoso se podría decir. Caro y muy bien puesto fuera de esa habitación.

            De repente ingresa en el dormitorio el Dr. Porfirio Andrade Pinilla, el decano de la facultad y Tito petrificado le toca el hombro al médico que asiste a la enferma. No pueden comprender qué ha sucedido.

            El padre desesperado suplica ayuda. Su hija se muere, el corazón colapsa y nadie quiere ayudarlo. La mujer sonríe distraída. Es la madrastra. Callada se recuesta para mirarlos. Ella no hizo nada, claro, era la enfermera del doctor cuando la joven esposa y madre de Rebeca, se electrocutó con la plancha, hace trece años. La niña la estaba mirando y quedó junto a la madre con sus contorciones y olor a quemado. Los facultativos y siquiatras, le aconsejaron sacarla de allí cuando comenzó a comer. Ahora para poder extraerla de ese infierno donde está incrustada, deberían romper las puertas, bajarla por una ventana interior y luego llevarla a una clínica muy conocida. Una grúa y los especialistas están dispuestos.

            Un ruido sofocado y un paro cardíaco, les impide toda maniobra. Han llegado demasiado tarde. La otra mujer la mira sonriendo y sólo atina a sacarle las alhajas. Esconde al pequeño engendro en una caja y lo hace desaparecer. Nadie repara en sus maniobras. Nunca lograrán el A.D.N. del sádico que hizo semejante horror.

                        Después de vomitar Federico le pide a Tito que lo lleve a tomar un whisky y se escapan a un cine de barrio para ver una película de Madonna. Necesitan volver a ser humanos.

 

 

EL SECRETO

 

            Estaba parada con mi cofia de encaje y el delantal de lino almidonado, blanco todo como el mármol de la estatua que preside la estancia desde donde el viejo mira con un extraño aparato las estrellas por la noche.  Siempre está insomne. Siempre me mira con ojos agudos. Su enorme sillón de terciopelo azul algo gastado en donde hunde el maltrecho cuerpo afilado, es como una madriguera. Apenas me muevo sus amoratadas manos artríticas se aferran a mi pollera o al delantal. Es imposible liberarme. Deseo un resquicio para huir.

            Sí, estaba parada en ese momento en que entró la vieja ama con su orinal impecable, separó la tapa y lo colocó en el cajón bajo el sillón. Yo no quería ni mirar ni respirar. El hombre sonreía mirando mi cara roja por el pudor y el asco. Oí caer la orína cantarina en la porcelana llena de flores de lis pintadas a mano. El olor ácido penetró en mis pulmones. Luego el olor que me inundó hasta el cerebro me indicó que “monsieur” había descargado sus flacas tripas.

            La mujer, su ama, llamó al ayudante de cábina, un antiguo empleado. El hombre vino arrastrando una pierna dura por la inflamación, tomó al amo y lo higienizó. La guerra había hecho estragos en los soldados mocetones de la región. Cientos que no murieron llegaron lisiados y alterados.  Yo salí aprovechando la oportunidad. Saqué los excrementos y los dejé junto a la puerta de la habitación.

             Huí hacia el jardín. Era la hora del crepúsculo  en que la casa parece más solitaria aun. Un grito agónico atravesó la casa del amo. Corrí al instante, sabía que me reclamaba. Allí estaba mi señor. Su boca desdentada sonreía a la nada. Sus ojillos con esa perpetua chispa de picardía me buscaban en la puerta. Me asomé. Tendió sus brazos sarmentosos, donde la piel flácida caía como cortinado viejo, para tocarme y atraer mi cuerpo para tocar mis piernas bajo las enaguas.

            Ya no soportaba su continua búsqueda entre mis polleras. Me quería tocar. Me deseaba como se desea un bocadillo frágil y sabroso. Me ponía enagua tras enagua, un calzón largo y grueso; medias de algodón altas que sujetaba con cintas que apretaba tanto que casi cortaban el flujo de mi sangre. De ese modo le impedía llegar a mis nalgas.

            ¡Creo que si hubiera podido me hubiera tocado hasta el fondo tibio de mi sexo! Me acerqué. No tanto como para que me perdiera sus dedos afilados en los oscuros secretos de mujer. Tenía sólo catorce años y el miedo me paralizaba. Su risita aguda era un tormento. Lo odiaba y le temía. Necesitaba el empleo que me daba, era indispensable. Mi madre sola con siete hijos, mi padre muerto en la guerra y mi abuela ciega, dependían del dinero que les mandaba.

¡Te prometo... sí, te prometo una fortuna si te sacas toda la ropa frente a mí...! – dijo ese día. Me negué. Llamó al ama de llaves y le ordenó una pluma y papel.

Se reía en su extravío. Luego estuvo un rato escribiendo. Yo no sé leer. Mi infancia fue dura. Las calles fueron mi escuela, los mercados donde mendigué hasta que mamá logró que entrara a la casona. Siempre trabajé. Ahora que tenía ese empleo, me sentía glorificada.

Me llamó y pretendió que leyera. Le dije que no podía. Se encolerizó. Estrelló el frasco de tinta en el pavimento manchando la alfombra. Luego leyó con voz entrecortada: - Yo, Gastón de Yournette, maese corregidor del municipio de Saint Pierre Sur- Mer, lego a...

- ¿Cómo te llamas...ma petite...?- me preguntó titubeando. Yo creía que él conocía mi nombre. Me sorprendí tanto que le respondí. - Mi nombre monsieur es Clementine Reinal, creo que ese es el apellido de mi madre.- le expresé con temor.

Me envió a buscar otro frasco con tinta. Siguió escribiendo el billete. Se agotó en el trabajo. Resoplaba y jadeaba. Su viejísimo corazón estaba medio muerto. El esfuerzo lo hizo desmayar unos instantes. Luego intentó leer...” Lego a Clementine Reinal, la suma de 20.000 monedas de oro.... Pero después de tachar, volvió a leer. ¡No!, dijo corrigiéndose-; mejor 50.000 monedas de oro, si cumple con mi pedido. En el año de 1814, y puso su sello con el lacre que chisporroteó en la lamparilla.”   

 -  ¿Y qué desea pedir u ordenar, además, su señoría?- pregunté desconfiada.

             - Que te quedes desnuda frente a mí hasta el final...hasta el momento de mi muerte, que está muy cerca.- dijo mirándome con astucia.

Me pareció un viejo zorro herido frente a su presa. El ralo pelo blanco se desplomaba sobre los hombros de su paletó de cachemira negro y le prestaba un aspecto de brujo, mago o demonio. En las escaleras de la galería Norte hay unos cuadros que han pintado hace siglos y se parecen al viejo astuto. No respondí de inmediato. Me dediqué a ablandar sus cojines y almohadas de plumas mientras por mi mente febril cruzaban

Ingresó a la alcoba a las 19,45 horas en punto, como todos los días, el médico. Apenas me miró. Revisó a su señoría. Lo auscultó ceremonioso. Los pulmones silbaban cada vez que el aire nuevo invadía los oscuros recovecos, me dijo el galeno. Sufría más a cada instante. Le miró los orines que guardaran en un frasco de cristal. Se quedó pensativo.

El señor de Yournette observaba alternativamente el rostro del doctor y el mío. Me miraba con avidez y a él otro viejo pomposo, con desinterés. El papel que escribiera sobresalía del bolsillo del viejo. Lo acariciaba con impudor. Yo imaginaba cómo sería mi vida con todo ese dinero... Sonreí. Él sorprendió mi sonrisa y supo íntimamente que yo había aceptado.

            -¿Cómo está su señoría? ¿Acaso tendremos que preparar la casa de verano para que no sufra el frío húmedo de la región?- inquirió el ama que entraba en ese momento con una escudilla de caldo humeante. El médico nos miró con dolor y muy molesto por la insolencia de ella, repuso:- La casa de verano...creo que este año quedará cerrada. No es prudente mover a su señoría en este momento.- Continuó escribiendo una nota para el boticario.

            -¿Cuánto tiempo viviré? – exclamó mi amo. - ¿Llegaré a mañana? – dijo sin inmutarse y su mirada me penetró y persiguió por la habitación en semipenumbra. Encendí otra lámpara. Esperé. La mirada del ama de llaves se paseaba de un rostro al otro, con sorpresa. El anciano doctor se sentó junto a monsieur algo confuso y tomándole la mano dijo:- Mi amigo, la cuerda del reloj se está terminando...puede usted disponer..., bueno yo llamaría a un sacerdote, si así lo prefiere...- y quedó silencioso esperando una respuesta o reacción que no llegó. Luego de estrechar al anciano salió taciturno sin volverse.

El viejo me apresó la pollera y me dio el papel. - ¡Guárdalo! Será todo tuyo si cumples con mi último deseo... como ves me muero y quiero hacerlo mirando un bello cuerpo joven junto al mío. Llamó a su ayudante. Se hizo trasladar al lecho. Se acomodó y apoyó su cabeza cenicienta en los cojines que yo acomodara minutos antes.

- ¡Que vengan todos!- ordenó con cierta urgencia. Llegaron uno a uno los servidores. A cada cual le fue entregando joyas, papeles valiosos, dinero y objetos personales. Él nunca había tenido hijos y su mujer había muerto hacía muchísimos años.-“¡Ahora salgan todos!  ¡Me quedaré solamente con Clementine. Cuando ella los llame ya podrán disponer de mí.  Y recuerden no quiero sotanas por aquí. Yo igual estaré en la “Gloire ”!

            Los hombres y mujeres salieron silenciosos y tristes. Apenas murmuraban entre ellos.

            Ya a solas en aquella habitación silenciosa; yo, comencé a desprender los cordones de mi corsé. Luego fueron cayendo una a una mis enaguas como cáscara de fruta madura. Cuando mis muslos,  mi pubis virginal y mis senos quedaron frente a él, comenzó a sonreír con una extraña alegría. Me quedé quieta. Sentía que mi piel frágil se encrespaba, un escalofrío imperceptible me ponía sonrosados los pezones erectos.  Seguramente mi rostro tornaba del rojo vivo al blanco. Sentía vergüenza y en lo más profundo el placer de saberme dueña de una pequeña fortuna.

            El anciano gesticulaba apenas. Murmuraba palabras inconexas. Trataba de acariciarme y yo me alejaba con pequeños pasos. Reía y se babeaba. Sus manos se estiraban tratando de poseer lo que tanto había deseado en ese tiempo. No pudo. Pronto se durmió. Hablaba entre dormido con mi figura que se helaba a pesar de la leña crepitante. Yo también soñaba. A mi mente venían imágenes, sensaciones y deseos de un futuro lleno de bellos coches tirados por dos caballos, ropa con volantes de encaje y plumas en los sombreros.

 

Nunca despertó. Pasó una semana. Aparecieron como cinco parientes que se acomodaron en la gran casa. Cada uno pretendía ser el dueño de todas las tierras, casas de alquiler y haciendas que poseía el hombre.

 Cuando indiqué que tenía que cobrar su donación; se rieron hasta el delirio. Yo me quedé callada. Salí de la casa con la idea de buscar a un licenciado en leyes que me ayudase. Que hubiera permanecido desnuda frente al viejo, era un secreto que sólo conocía el ama y el ayudante del señor. Los servidores eran mi único testimonio. Los intrusos no sabían por qué yo pretendía cobrar el dinero. Con ese hecho clandestino, callado por seguridad, yo tenía algo más, que a veces ocultaba en el zapato viejo y otras en el bolsillo de aquella chaqueta poblada de agujeros que me dieran del amo. Era el pasaporte a mi futuro. Con ello tendría una vida digna de ser vivida. Me reivindicaría de los múltiples sufrimientos. Compraría una casa de campo y un carruaje para mi triste madre, podría tener esas alhajas de oro y granate que vi en un escaparate de la ciudad hacía tiempo, vestidos de seda y encajes para mis tres hermanas y una dote para casarlas, lograría tener hasta a un puñado de sirvientes. Sería factible mezclarme con gente distinta a la que acostumbro a frecuentar.

  Llegué con un abogado y mi papel a la vieja casa. Nadie creía que eso fuera legítimo. No querían darme mi parte. Yo, en forma silenciosa y firme seguí peleando. Mandaron mis papeles a la capital. El técnico grafólogo cobró demasiado, pero probó ante el juez, que el papel era un legado auténtico y nunca sabrán que el hijo que engendré es nieto de monsieur, ya que su ayudante de alcoba, es el hijo. Él, es mi amante.

                                                

                   Monsieur : señor

Ma petit : mi pequeña

Gloire : gloria

 

 

MATERNIDAD IMPOSIBLE DE UNA MUJER

 

 

            Apoyó la frente en la ventana.  El frío recorrió la espalda y el cuerpo. Estaba muy cansada y quería recordar, tan sólo recordar esos largos días de otoño o mejor de principio de invierno, cuando caminaba por los parques y la lluvia corría por la espalda y mojaba el rostro, las manos y piernas, y al fin llegaba al departamento totalmente empapada. Miró por los vidrios y no se veía mucho.

            La lluvia  azotaba cada vez más y chorreaba por los cristales. Era muy lindo ver la ciudad desde esa abertura que abría el mundo interminable en belleza, pero ahora solamente se entreveían algunas luces de autos que escapaban por la avenida como cucarachas.

            Retornó lentamente a la sala, se sentó y con el control remoto, reactivó el sonido de la música que había cesado en el viejo tocadiscos. Nuevamente se sintió feliz de estar viva y de escuchar a Vivaldi.  Con un café en la mano, le pareció que tenía todo lo que se puede pedir de la vida. El sonido del timbre la perturbó pero no se asustó, estaba acostumbrada a recibir gente a cualquier hora. Lentamente se irguió y fue hasta el portero eléctrico, mas el sonido era de la puerta del departamento. ¿Quien podía ser a esa hora?

            La voz tranquilizadora de Rodrigo la hizo abrir rápidamente. Allí estaba él mojado hasta los huesos y chorreante. Parecía un fugitivo que esperaba ayuda. No necesitó invitación. Pasó. Esa era la casa. Ella le trajo unas toallas secas del baño y sin mediar palabras comenzó a secarle el suave cabello largo y rojizo. Él se sacaba lentamente la camisa, el jeen y las medias. Las zapatillas ya las había tirado en el pasillo de la entrada. Estaba helado. Le trajo un enorme suéter de lana y unas pantuflas de color rosado con pompones. Él se reía como niño, en realidad es un niño. Sus veinte años hablaban de una enorme juventud, pero no de inmadurez. Es muy maduro para  enfrentar la vida.

            Le dio un café caliente y cuando ya lo vio con un color humano comenzó a mimarlo, a jugar. Él apoyó la cabeza en el regazo y se dejó querer, mimar y soñó.

            Ese día ella cumplía como dos mil años. Así los sentía. Los  compañeros de la oficina la sacaron casi a la rastra del trabajo y la llevaron a una cantina donde comenzaron a pedir pollo y mariscos y ensaladas y salsas con pastas .Ella quería quedarse sola en la casa y olvidarse que estaba viva. Comenzó a llover igual que ahora.         Le hacían chanzas para que se divirtiera. La adoraban. Esa mujer era muy especial. Entre todos le dieron un ramo con tres docenas de rosas, porque no quería cosas materiales y las flores son las sonrisas del cielo en tiempos de dolor.

            En el piano alguien interpretaba a "Chopin". Magnífico. El humo de los cigarrillos no le permitía ver  a quien tan bien ejecutaba esos preludios.  El murmullo de la gente cesó cuando comenzó a escucharse  él " Estudio Revolucionario", se notaba que ese hombre amaba como ella a Chopin. Se enderezó y alzó su cuerpo intentando mirarlo. Vio tan sólo un largo cabello de extraño tono cobrizo, que con la luz parecía cobre bruñido.

            Se paró y fue acercándose, pensó encontrar a un viejo músico  trasnochado, algo alcoholizado y gastado por la mala vida nocturna. En su lugar se enfrentó a un muchachito que apenas tendría quince años y que por su ropa y sus modales era un chico de la calle. Unos enormes ojos color dorado se desprendieron del teclado para mirarla y dedicarle una intensa sonrisa. Muda observó como de un sólo trago tomaba una cerveza cuya espuma caía de la comisura de los labios y secaba con la manga de un sucio suéter de un color infernal. Se volvió a mirarla y de pronto comenzó a tocar  "La Patética". Era una de sus melodías favoritas. Desde ese momento fue su protectora aunque él no lo supiera. Ella no lo dijo pero él dejó de ejecutar el piano y se acercó con su mano extendida. Lo tomó de la mano y se lo llevó. Nunca había estudiado música pero vivía con y de ese don especial. Si escuchaba una melodía la podía repetir en cualquier instrumento.

            Vivió con ella, pero se iba del departamento cuando quería. Siempre regresaba, especialmente  en invierno o cuando llovía. No tenía familia y no hablaba  de su historia.

            Se durmió en su regazo, con el consuelo del amor que ella siempre le prodigaba en silencio. Nunca preguntaba pero estaba allí.

            Cuando despertó había salido el sol. Ella ...ella estaba fría .Estaba muerta . Sus  ochenta y siete años le habían jugado una trampa. Lloró sobre las dulces manos secas y nudosas. Cerró la puerta del departamento y partió.

            Él  la amaba, nunca había amado tanto a una mujer. Sabía que era ridículo y que ella nunca sabría ya, que la amaba como hijo, como niño, como aman los hombres que conocen el dolor del amor imposible de una madre ausente, a pesar de los veinte años y de una anciana que nunca pudo ser mamá.