jueves, 8 de octubre de 2026

ENVIDIOSA


 

Etelvina buscaba afanosa un puesto que la acercara a su barrio. Ese rincón amable donde había podido llevar a vivir a su padre anciano. Su madre, aun joven para esa época, no tenía fuerzas para levantarlo de la silla, bañarlo y ayudarlo a comer. ¡Un A.C.V. era lo que lo dejó así al dejar su amado trabajo.

El nuevo gobierno cerró los talleres de fabricación de vagones y maquinaria de ferrocarril. Se quedó sin esa dignidad de ser obrero responsable y laborioso.

Se presentó a una escuela a pocas cuadras de la casa. Una escuela pública donde asistían niños de la barriada aledaña. Conoció a su nueva directora. Una mujer muy pulcra, bien arreglada y llena de sortijas. La recepción no fue ni amable ni dura. Etelvina, venía de una escuelita de campo, donde los chicos eran los que ayudaban en las tareas de la cría de ganado caprino, cosechaban a la par de sus padres y jugaban con pelotas de trapo.

Le indicaron un grupo de edad intermedia, entre los nueve y once años. Venían muchos con sus madres o padres en auto o en bicicleta. Eran muy despiertos y se manejaban con seguridad y altanería.

A poco de llegar, Etelvina por un concurso de creatividad docente, fue nombrada la maestra del año. Y ahí se complicó la historia. No solo cuando salió en el periódico local, sino que le hicieron algunas entrevistas en radio y televisión; cosa que la directora y sus colegas, aclaro, algunas, se molestaron mucho. Comenzó una guerra. Claro sin balas de cañón no bombas aéreas. Eran desplantes, desafortunadas incriminaciones y “soto voche”, habladurías que la hicieron sufrir.

No estaba acostumbrada. Su lealtad a la docencia, le impedía darse por aludida a ciertos desenfados e histerias. Cuando tenía que descansar le obligaban a hacer tareas extras, o bien la cargaban de papelería que con su dedicación le llevaba mucho tiempo.

Los meses pasaban y cada día era un sufrimiento mayúsculo para ella que era simple y transparente en su accionar. Los chicos para más, se encariñaron muchísimo por su carácter y motivación. Les llevaba tareas originales, divertidas y ejemplares. Leían con gusto y redactaban cuentos y narraciones como nunca lo habían hecho.

Fue horrible una tarde que la directora, delante de los alumnos la maltrató. Los niños estaban asustados y muchos lloraban. Al día siguiente varios padres se presentaron y pusieron quejas, que solo sirvieron para que la directora les contestara muy mal.

Se hizo una reunión y se tomó una decisión, la querían a Etelvina de directora. Los gritos de la mujer, se escuchaban desde la calle. Llegó a decir palabras impronunciables.

La solución la encontró un padre: “Iremos a la televisión” y allá fueron.

En todos los medios aparecía el tema. Los protagonistas de esa larga “novela” de terror, motivó a la superioridad a hacer cambios.

Cuando le preguntaron a la directora el porqué; dijo: “No puede ser más lista que yo” y además me debe obedecer y callar. Etelvina encontró una solución rápidamente. Regresó a su vieja escuela de campo y se mudó con su padre y su madre. La vida continuó hasta que un buen día la vinieron a buscar los padres del otro colegio: “Señorita Etelvina, vuelva, nosotros queremos que sea usted quien instruya y nos ayude a educar a nuestros hijos”.

Cuando volvió a la clase se sorprendió por el coro de placer en palabras que hicieron los alumnos. Entonces aprovechó para darles un consejo: “Niños, cada persona tiene un don diferente, nunca se sientan ni mejor, ni peor que otro compañero o persona. Verán que al que le guste la música, le cuesta la lectura; al que le es fácil la matemática es duro en gimnasia y así por ser cada uno distinto, serán mejores en lo que sus dones recibidos les depara la vida”. Un aplauso ruidoso de padres y colegas, de niños y abuelos llenó el patio del edificio escolar.

LA COTIDIANA Y MONÓTONA VIVENCIA DE GENTE QUE NO TIENE TIEMPO PARA DETENERSE A SOÑAR.

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En el camino se avistaba un quitrín que brillaba con el sol que ya se iba tornando rojo en el horizonte. Los caballos negros también relucían por el sudor y el galope.

Elina se zarandeaba con los baches y saltos que debía soportar en el asiento. Un suave temor la envolvía. ¿Encontraría a la madrina Arcelia y al tío Bernardo?

Había salido de la hacienda durante los primeros rumores de la revolución, ellos la empujaron que viajara a la tierra de sus antepasados. Allá en la casa de piedra en la que vivieron sus abuelos paternos estaría a salvo. Partió muy joven, apenas con dieciséis años. Ahora ya había pasado los veinte y se sentía madura para atravesar todas las vicisitudes que le deparara el destino. A los lejos avistó la vieja casa con las altas chimeneas renegridas por los años. Los árboles estaban enormes y el camino desastroso, lleno de piedras y ramas caídas, que dejaran saltando el quitrín.

Cuando se vio muy cerca miró con amor la gruesa figura del tío, que miraba el reloj con los ojos tan cerca que comprendió que apenas veía. Atrás delgadísima su madrina y cinco perros reumáticos que afónicos ladraban como para hacer un coro de recepción. Los dejó cachorros y estaban viejos y desdentados. Los amó. A su historia no podía restarle esos recuerdos amorosos de la infancia.

Llegó, descendió del coche y apareció el anciano Alfonso arrastrando una pierna que tomó las riendas y recibió los bolsos con los pocos valores que traía. Elina, volvía a su tierra con muchas esperanzas. Su vida, allá lejos, había sido tranquila pero con su trabajo de institutriz; monótona y sin poder dedicarse a sus sueños.

De muchacha soñaba con ser actriz. ¡Imposible con la revolución!

Los abrazos y besos la dejaron mareada. Los perros le habían mordisqueado los tobillos con sus mandíbulas flojas y estaba impresionada; la habían reconocido.

Ingresaron a la gran recepción donde el hogar entibiaba las pedreras de paredes húmedas y añejas. Un olor penetrante y agrio a col hervido y a carne de conejo, llenó sus pulmones acostumbrados al salitre del mar, allá en su refugio.

Su madrina la miraba con arrobo y el tío sacaba sus viejos lentes y los limpiaba tratando de tener una visión más clara de su muchacha. Perezoso un gato blanco se acercó, la olfateó y se restregó en sus piernas cubiertas por medias de algodón indio.

Estaba cansada y hambrienta. La jovencita que traía una bandeja con comida y limonada, era una cara nueva en ese momento. ¡No la conozco, pero es igual a Clarita, la cocinera! Tomó de la mano de la niña la copa con líquido y bebió a fondo. Tomó un trozo de pastel con perfume a salvia y a tomillo. Era conejo desmenuzado y tierno. La chica la miraba asombrada. Era la nueva “señora” de la casa. Supo que se llamaba Carla y que era hija de Alfonso y Clara. Una doncella de cabello naranja que escapaba de la cofia con desorden, ojos de un celeste profundo como el agua del mar y arrebol en las mejillas llenas de pecas. ¡Hermosa!

Comenzaron los relatos vividos en la época de su ausencia, los soldados saqueando los gallineros y conejeras, matando los cerdos y ciervos del bosque para alimentarse.

Escondida estaba Carla en esa época, era pequeña pero en la gran casa no pudieron encontrarla. Se llevaron la platería y hasta los retratos de los antepasados. Quemaron muebles y libros, pero sobrevivimos, dijo el tío carraspeando.

Ahora hay que comenzar todo desde el principio. ¡Adiós a los sueños de Elina! Volvería todo a los antiguos ritos familiares, a restaurar cada rincón y cada cosa perdida. A la monótona vida de los ancianos que la salvaron de una guerra.

 

UN CAMBIO FATAL

  

No la entiendo a la Natalia. ¡No la entiendo! Cuando entró a la facultad cambió sus ideas en un ciento ochenta grados. Antes, era una chica convencional. Ahora  la veo con dos pequeños:”Pitín y Líto “¡No lo puedo creer! Comenzó a discutirme todo. ¡Que si era muy antigua! ¡Que si creía que el mundo así como estaba era justo! ¿Qué si la gente no compartía su dinero y unos tenían tanto y otros tan poco?

Yo intentaba explicarle que si uno “labura”, tiene lo necesario para vivir, que nada viene de arriba. Que si le quitas a uno lo que tiene tal vez, tal vez, se lo das a alguien que no se hizo nada para crecer como ciudadano. Primero eran simples charlas, luego discusiones y finalmente comenzó a gritarme y a decirme cosas muy hirientes.

Mis viejos y mis abuelos habían trabajado mucho, lo que yo tenía lo había recibido de ellos. Me dijo: usurera, aprovechada, indigna, retrógrada, hasta me endilgó que yo tenía un auto y ella ninguno porque no sabía compartir los bienes con los más pobres. Me ofendió cuando le dije que yo, ayudaba mucho en la iglesia. Ahí comenzó una catarata de improperios contra las y los religiosos. ¡Me dolió muchísimo!

Me dejó de hablar. Se alejó de todos los amigos de la juventud. Yo seguí mi vida como pude, trabajando, cuidando mi casa y mis plantas. Leyendo mucho y en compañía de mis viejas amigas y compañeros de ruta.

Desde acá la veo atravesar todos los días la plaza a la misma hora. Siempre con esa cara de amargura y resentimiento. Creo que tiene motivos. Se enamoró del Víctor en la facultad, se fue tan joven a vivir con él, se llenó de chicos casi como mellizos. Él era un crítico de la sociedad. Decía, que era hipócrita y malvada.

Militó desde joven y lo ficharon en la cana, al principio solo se dedicó a las ideas hasta que un día se hizo cargo de las armas en actividad clandestina. Lo echaron del trabajo, no pudo entrar más a la facultad. Ella sostuvo la casa con su trabajo en tres lugares distintos. Yo algunas veces me hice cargo de los niños. Aprendí de pañales y mamaderas. Me daba pena saber que los dejaba solos y se iba. Por eso entré de nuevo en su vida.

Pero llegó un día en que me vi forzada a decirle que no podía más. Me habían amenazado y con mi trabajo, mi edad, no me podía arriesgar, ella lo comprendió. No supe nunca más cómo se las arregló. Nunca más me habló, a él se lo llevaron y quedó prisionero en la estatal. Ella se salvó por un pelo y ahora la veo todos los días atravesar la plaza. Me da la espalda. Me duele ver a los niños amados tan violentos. Espero que no terminen como el padre,  por que con mi edad presiento que en esta rueda de la historia de nuestro país, todo se repite.

¿Y si todo vuelve a suceder?

 

ANTIGUOS TELARES

 


 

 

            María de la Cruz se sentó en el piso de su rancho. El frío le ingresó por el cuerpo hasta los huesos. Un helado furor de pellejo suelto, de tendones rígidos por la artrosis de las manos y los brazos, de sangre lenta que calienta apenas su cuerpo de mujer laboriosa y maltratada.

            La voz de su hombre se introducía como viento helado por las hendijas de su piel y tristeza. Había completado unos trabajos que él, llevaría a la feria. Esa bendita feria donde su ex novio siempre se paraba en la esquina a observarla, luego llegaban los golpes e insultos de su marido. Cuando era una niña, de largas trenzas negras que su Abuela ataba con pompones de lana de colores, ella era una pequeña estrella juguetona y alegre que merodeaba por los corrales abrazando las ovejas recién nacidas, o las llamas recién paridas, o potrillos y camadas de perros que sin nombre entregaban en la feria a quien quisiera tenerlos.

            Un día llegó el Artemio. Era grande. Su mujer había muerto hacía un tiempo y su padre la entregó como se da una oveja. Y allá fue con su atadito de ropa y sandalias, con sus lágrimas y su miedo.

            Su cachorro la seguía, pero el hombre lo pateó y salió volando con quejidos lastimeros. Quedó quieto y sangrando. Su corazón de niña, se endureció de pronto. Ruca. Piedra. Hielo. Nunca más pudo reírse como lo hacía antes.

            Su madre se acercó una mañana y vio a su hija tejiendo en el piso de tierra apelmazada de la casucha. Una olla grande borboteaba en el fuego. Cocinaba y lloraba. Tejía y lloraba. Dormía y lloraba. Los viejos telares lloraban con ella.

            Pero llegó el Artemio y la trató de loca, de inútil, de sinvergüenza. Y la madre lloró como ella. No pudo regresar y el padre, alcohólico y enfermo, se reía, se rió hasta que un día cayó sobre el catre con un paro cardíaco.

            María de la Cruz se fue en silencio por la calle polvorienta. Llevaba entre sus manos ateridas y deformes una manta de alpaca para su madre anciana. Se abrazaron y sin una sola palabra supieron que jamás regresaría a la casa del Artemio. Todavía buscaban a quien le quiera dar una puñalada en la feria. Por maula y resentido. Ladrón de poca monta.

            Y una mañana de cálido verano, con la suave brisa escucharon el quejido de un sabueso. Era el Artemio que vino a morir en la puerta del rancho. Tenía unas costillas rotas y arrastraba un resto de tripa por la tierra.

            ¿Qué te pasó Artemio? Acercó el oído a la boca hedionda y escuchó: “Fue el maldito perro que te siguió toda la vida.” Y se dejó silenciar en un suspiro de odio. María de la Cruz, le cerró lentamente los párpados, lo cubrió con una manta blanca que terminaba de tejer y llamó a un compadre para que lo llevaran. Sola, ahora, seguiría tejiendo con colores de fiesta y alegría. Se terminaron los golpes y la furia. A sus pies, el animal tantas veces pateado, movía sosegado la cola satisfecho.

UNA VOLANTA EN EL CAMINO

 

                        "Reír es la música del alma"

 

Apenas puedo imaginarme lo que era atravesar ese largo espacio en un país tan lejano al que los vio nacer. Eran dos hermosos gemelos. Ni quisiera pensar lo difícil que sería aprender el idioma de esa gente tan distinta a los que habían llegado con ellos. Su tierra de nieves eternas, vientos gélidos y bravos animales salvajes les sucedieron un sin fin de transformaciones. Ese lugar tenía temperaturas desérticas, vientos calientes y nada de humedad.  

Maximiliano y Godofredo eran idénticos. Altos, muy altos, llegaban a los dos metros y eran de una piel glauca. Ojos de color celeste; y faltos de alimentos por bastante tiempo, les bailoteaban los pantalones de loneta rústica y sus gabardinas. Unos gorros de piel de oso color negro cubrían sus orejas y usaban unas botas de cuero engrasadas a mano con unto de animales, el olor era duro y desagradable en ese calor insoportable.

Les habían entregado un trozo importante de esa agreste tierra primitiva, unas herramientas que bajaron en un cajón del vagón del tren que los transportó tantos kilómetros de la costa. Ahí, no había mar. Un hilo barroso de agua viboreaba por la tierra amarillenta... ¡Ese es el río! Y algunos arbustos espinudos colaboraban para ser el hogar de serpientes y roedores que escondidos salían en la noche de cacería.

Se despojaron de la ropa y a cuerpo desnudo comenzaron a buscar leña. Ariscas alimañas escapaban de los pocos árboles retorcidos y secos. El polvo bravío se pegaba al sudoroso cuerpo de los muchachos. Un sucio pañuelo les cubría los rostros. Las manos comenzaron a llenarse de ampollas y a sangrar. Rompieron camisolas y se atravesaron las palmas con fuerza. Lograron levantar un habitáculo pequeño que los pudieran cobijar. La noche, con sus ruidos destemplados les llenaba el sueño de temores. Eran los animales salvajes que habitaban la región. Alrededor encendieron un fuego para distraer la angustia. ¡No se atreverán! El frío de la noche los encogía sobre sus mismos cuerpos.

Alguien les había advertido: - ¡Acá de día hace mucho calor y en la noche hiela! Al amanecer se veía la escarcha en los arbustos. Y cesaban los ruidos. ¡Eran monos y jabalíes salvajes! Merodeaban pero no tan cerca como para dejarse ver.

Una tarde, cuando ya el sol se aplastaba debajo de la tierra lejana, apareció un hombre de a caballo. Su figura era la de un fantasma gris oscuro, sombrero aludo y poncho de lanilla negra. Lo seguía un perro que por el porte se notaba viejo y cansado, pero alerta.

- ¡Buenas, soy Casimiro Reales, su vecino más cercano! Vivo a varios trotes de acá, sino una legua y media. Vengo a conocerlos y a ofrecerles una mano. - y se apeó con una mirada profunda y oscura, hociqueando el lugar como husmeando lo que veía.

- Somos Maximiliano y Godofredo Polansky, de Zelininlsky. - y llegamos hace muchos días. Nos cuesta hablar su idioma. - se miraron con preocupación.

-¿Son hermanos iguales, como espejos de agua? Y raros. Nadies les dará pal corte de la tala o el arreo de animales. - y salió un escupetazo de su boca ennegrecida por  masticar tabaco. -¿Tienen mujer?- no se anden por el boliche en busca de hembras porque están todas podridas.

 Maximiliano le alcanzó un vaso con vodka. - Este es el licor de nuestra tierra. ¡Beba de un trago, amigo!- y se miraron con astucia.

- ¡La pucha que es juerte este trago! - y escupió de nuevo. - Bueno ya les aviso, en cuanto vean una sombra sobre aquellos palmares, es que viene tormenta. Y de las buenas, arrancan todo hasta las ráices.- Sin mediar palabras, se fue alejando al trote en su manchado   y el perro salió tras el hombre con un paso extraño. Se volvió el jinete y gritó... ¡Tiene ruman en la patas de viejo, no má!- y se vino la noche.

 

Pasado un tiempo comenzó a hacer más calor y comenzaron unas fieras tormentas. Se acababa la harina, el té y el azúcar que habían traído en sacos grandes de arpillera. Y decidieron ir al boliche. Caminaron tres horas con el sol que agobiaba sobre sus pieles blancas. Sudor y tierra, insectos que se metían en las fosas nasales, en los ojos, en la comisura de la boca... ¡Un verdadero martirio! Avistaron un rancho, luego otro y así se dieron de frente con un corralón que era el único negocio de venta. Un pintoresco cartel, anunciaba: ¡Acá está La Flor de lo que Buscas! Ingresaron y veinte o treinta pares de ojos se posaron en los hermanos.

-¿Qué buscan los "rusos"?- y se restregaba las manos el obeso vendedor. Olía a ajo y menta. Un rudo delantal cubría el abdomen inmenso del hombre que los miraba debajo de unas bolsas morenas en sus pequeños ojillos negros.    

 Maximiliano, habló en su difícil castellano. Su hermano aun no se atrevía. Era muy duro de lengua. Pero antes viraron sus ojos celestes por todo el lugar para identificar sus necesidades. - Necesitamos todo esto y le entregó un papel. - el viejo Kaled, lo tomó y alejó de su vista, se acercó a la lámpara que iluminaba el lugar y leyó...

- Una bolsa de harina de trigo, una de azúcar morena y té. Vodka, tres litros. - se rió a carcajadas.- ¿Qué es el vodka? Acá no lo conocemos. - desde atrás se oyó una voz que ya habían escuchado los hermanos. Se volvieron y encontraron la figura de Casimiro, que reía también. -Es un kerosene que beben estos rubiecitos. - tráigalo la próxima y verá, don Kaled, es puro fuego.

- ¿Y cómo van a pagar y en qué lo llevan? - los muchachos se miraron. No tenían caballo ni carro. Un curioso que quería hacer migas ofreció... -¡Yo los llevo en la volanta!- seguro han matado alguna yarará y descueraron, me pagan con el cuero.

Los muchachos se miraron sorprendidos. ¡Sí, matamos varias y enterramos los bichos! En nuestra tierra no hay esas semejantes víboras. Y bueno, le dejamos dinero. Y cargando los costales salieron al trote por el camino en la volanta. Poco hablaron con el hombre, pero les pareció que era bueno.

En un recodo del río, se detuvo y les pidió los billetes. -¡Hasta acá los llevo!- más allá no dentro, está malo el tiempo y floja la tierra. Les queda poco trecho. Y los bajó así como así. Con los bolsones pesados sobre los hombros siguieron hasta la habitación de barro y piedras.

Comenzó a llover y el viento entraba por todos los agujeros. Pasaron una noche infernal. Algo les ingresó en el espíritu. Una duda infernal sobre el futuro. ¿Por qué tenían que salir de un lugar tan miserable y entrar a uno infernal? Fue creciendo en ellos una serpiente venenosa de odio, deseos de venganza, de ira irrefrenable. Su tierra los había expulsado por árida y yerma y los había depositado en otro tan desventurado como ese. Se acoplaron en una visión del mundo nefasta.

Pasado unos meses, en la zona, comenzaron a aparecer incendios descontrolados donde perecían animales y gente. Luego ya eran cadáveres desmembrados por lugares donde solo las aves de rapiña sobrevolaban en busca de alimento denunciando muertes.

Finalmente, una noche, de entre la niebla, Casimiro Reales, se despenó de la cabalgadura, espiando las sombras y los vio. ¡Eran ellos! Los alcanzó a mirar y con su trabuco viejo desgarró el corazón de los hermanos. La sangre de los "gringos" bañó el yuyal entre los gritos desgarradores del viejo que ya había matado antes, pero de frente y sin ira. ¡No pueden venir a destruir la vida de un hombre como a perros con sarna!

OTRO CAMPEÓN OLVIDADO


Las piedras gimotean en la orilla y se enredan en las algas que verdean el agua.

El río se encrespaba como adolescente enojado. La pequeña barca, parecía una caja de fósforos de papel encerado que se arremolinaba en las olas y salpicaba el robusto cuerpo rústico de Policarpo. Su piel morena, asediada por el sol dejaba deslizar gotas lánguidas de sudor con cada movimiento de los remos. Sus ojos azabaches, parecían querer escarbar las profundidades del río, donde los "dorados" se escabullían entre los camalotes y las piedras. Algún surubí picaba. ¡Suerte del pescador isleño del la región escondida de los ríos bravos!

¡Unas garzas nevadas lo observaban desde sus negras patas flacas, que aferraban pequeños pececillos para alimentar a sus pichones! Unos enormes loros cruzaban arrebolando el aire de colores infinitos. El agua se iba apaciguando lentamente al acercarse a los remansos. Picó un pacú y un armadillo. ¡Buena pesca, se dijo el Policarpo!

Día de suerte para los hombres rudos de los montes. Remó cerca de una zona de aguas claras. Las piedras brillaban con la luz nerviosa del sol del medio día. Y entre los camalotes unas flores de nácar emergían soberbias como diosas paganas. ¡Así es el río!

Dejó los remos quietos y prendió su tabaco negro, para darse un momento de paz y de sosiego. Su " mujer lo esperaba con las manos resecas de lavar entre las piedras del Arroyo Chico. Su "guaina y su cunumí", el tesoro que le regaló la vida cuando dejó a su madre en el rancho viejo.

Comenzó a remar y sostuvo el sedal y las trampas para los pequeños caimanes que pudieran prenderse a los trozos de carne podrida que tanto les atraían a los pichones de los caimanes. Recogió dos y con su machete les cortó la cabeza. Tenía comida para varios días. Cantando un "chamamé" fue río abajo orillando para que su rancho quedara a la vista. Y allí, estaba su mujer esperándolo con los niños colgados de sus brazos fuertes.

Acercó la barca y soltó la soga, ella la captó en el aire y la enroscó un tronco que retuvo el pequeño móvil de madera y chapa que soportaba el cuerpo del pescador y su carga.

Los perros ladraban con alegría, olían a pescado y carne. Un abrazo emparejó a ambos y junto a los niños que jugaban sin miedo. ¡Tatita qué trajo? Y orgulloso el hombre mostró su pesca.

Comenzaba a bajar el sol y en el remanso se oían los gritos de los pequeños simios que merodeaban el rancho. La mujer encendió la lámpara de kerosén y prendió un fuego bajo la olla de hierro tiznada de tantos fogones. Él, limpió los cuerpos mustios de os yacaré- caimanes. ¡Carne blanca y suave! Y sobre una mesa de madera de quebracho rojo, se fue colando en trozos un regalo que les daba el río.

 

lunes, 5 de octubre de 2026

ÑATO CORVALÁN, EN LOS ESTEROS DEL IBERÁ


De gurí, a pelo montado en un tordillo, Ñato Corvalán atravesaba los guadáñales llevando ganado al seco. A veces, en el terraplén del ferrocarril, dejaba unos animalitos recién destetados para que no se le pudrieran las pezuñas. ¡El agua es necesaria, pero demasiada… mata!, solía decir el Moncho Regules.

            El Ñato no conoció lápiz, ni pizarrón. Sabía sumar y restar con el cordel de cuentas trenzadas, que usaba en la cintura junto al cuchillo que recibió de su tata. Moncho Regules, su padrino, había muerto en una riña entre isleños hacía tres años, más o menos. Ñato, no le hacía muy claro a eso del tiempo. Para él, había tres. La seca, la lluviosa y la cosecha.

Había conocido el pueblo, pero el ruido de los motores lo renegaban. Prefería el chillido de los matorrales donde se escondían los animalitos. Su tiempo era montado a pelo de caballo; y entre parición y traslado del ganado de una isla a otra del Iberá. Cada tanto veía a su madre. La Filomena Corvalán, famosa por la cantidad de hijos que trajo a los esteros. Buena para amasar chipá y carnear cuanto bicho comestible se le cruzaba. Sus hijos, de los que se iba desprendiendo cuando se valían por sus propios medios, eran fuertes y sanos. A pura teta los alimentaba, hasta que se preñaba nuevamente. Tuvo como veintitrés y sólo dos murieron de chiquitos.

El mocoso, volvía de vez en cuando a la isla a verla, porque pensaba que ya envejecía.

Desdentada, le costaba comer y estaba descarnada. Flaca y arrugada. Con sentimientos raros se volvió a su laboreo, por eso, la última ocasión, le llevó una manta nueva y un par de alpargatas. Al Molina le llevó una damajuana de tinto. Le dolió sentir la tos seca y crispada del pecho de la Filomena. Sintió que pronto no la vería más. Descubrió un fuego destripador en las entrañas cuando la vio escupir sangre en la tierra del rancho.

—¡La vieja está mala, tísica! —dijo Molina, el nuevo compañero de la madre—. La llevé a la rastra a la sala del pueblo. No quería que la tocara un médico. Pero la mujer que la revisaba, la convenció y se dejó ver los costillares y el triperío. Le dio unas pastillas, pero ella se hace un té de yuyos y así no más anda”.

            Salió desolado. Miró al cielo y se tocó el corazón que golpeaba fuerte y desacompasado. Si se va la vieja, nos desparramamos todos. 

            Cuando se desvió del camino y subió a la canoa, se cruzó con los Quiroga de Itaibaté. Iban en una lancha con cuatro gringos a puro motor. Casi se da vuelta su canoita. Montarás el Ñato, se tocó el ala del sombrero y quedó mirando como se alejaban por el canal entre el laberinto de islotes con totorales y camalotes. Más adentro, hojas enormes de irupé, son los nidos cómodos de las ñacaninas y los curiyúes. “Entre esos senderos laguneros nos movemos los isleños. Esta es mi tierra. Esta es mi casa”, se dijo y siguió remando. Su corazón batía.

El cielo se desangró con una lluvia feroz y la barca se fue hundiendo, no le alcanzaban las manos para sacar el agua con el balde plástico que le servía para guardar la pesca. Logró llegar a la orilla. Ató la embarcación y, empapado, caminó al rancho. El techo de paja, estaba desgajado y caían chorros hasta sobre el catre. Puteó. ¡Maldito tiempo! Embarrado hasta las rodillas, consiguió tapar con nailon parte de los juncos del techo.

 Acomodó los cueros de carpincho y nutria que tenía para vender al Turco Mohamma en el almacén. Los cambiaba por yerba, tabaco, vino, caña y galletas, y alguna que otra chuchería que necesitaba para vivir. Los truenos y relámpagos iluminaban intermitentes el lodazal en que se transformó el rancho. Los monos chillaban y el griterío era signo de que esa noche dormiría poco y mal.

El cansancio lo arrinconó y así, en la humedad, se quedó adormecido. Se tapó con el viejo ponchillo que le regaló el paraguayo en la bailanta en Goya, cuando tropearon el ganado de Justiniano Cardoso, comisario de Caá Caatý. Soñó con su madre la noche entera.

            Despertó con el chillido de los monos, como todas las mañanas le robaron pan o galleta que comía con el mate cocido. El sol levantaba un vapor que ahogaba. Era bueno. El estero se alimentaba la lluvia y el sol que penetraban entre la maleza, hacía crecer pastura y bicherío. Se enjuagó la cara y puso la pava llena en el fogón.

Compuso el techo con alambre, paja y barro. Sacó algunos bártulos para que se secaran. Se sentó, armó un cigarro con una hoja de tabaco y miel; y cuando le acercó la brasa cerró los ojos para disfrutar el perfume dulce del veguero. Se habían alejado los carayaes por el malezal a buscar comida a otro troje. Sintió un motor. Rugía cada vez más cerca.

            Fue a espiar. Camino al cruce de los canales, se encontró con los gringos. Traían en un planchón paraguayo, unas máquinas enormes. Se acordó de los cuentos de “La Forestal” en el Chaco. Cuando dejaron el paisaje sin árboles de quebracho unos rubios extraños. Plantaron unos yuyos y la tierra no sirvió más. Miró con desconfianza.

Lo saludaron con demasiado respeto. No era lógico que respetaran a un tape como él. Se tocó el ala del sombrero y los miró desafiante. Se tanteó el machete que llevaba cruzado en la cintura.

A los gringos se les borró la sonrisa y observaron para otro lado. Detrás venían los Quiroga con su canoa.

—¿Qué hay, compadre? ¿Quiénes son éstos y a qué vienen a los esteros del Iberá?

Silencio. Carraspera y trago de saliva agria, le contestaron:

—Mirá vos, chamigo. Que han comprado parte del campo. Que están alambrando. Que harán terraplenes para plantar arroz. Van a poner otro ferrocarril para transportar vacunos y rollizos al puerto de Buenos Aires. Vuelve el progreso —y un sinfín de chácharas que ya no escuchó.

Se alejó, internándose en el matorral. “Ya es viernes y dejó de llover, gracias a la Virgen de Itatí. Mejora el tiempo y por las dudas buscaré cazar un carpincho para traerle”, se dijo. “¡Dejate de matar bichos vos, que así está quedando el estero, no seas maula…!”, escuchó distante.

 De la estación del ferrocarril de carga en el pueblo sale una chata medio destartalada con unos tambores pesados. Don Justiniano Cardoso se los ha entregado para que ponga los latones de este lado del terraplén. De lo demás se encarga él y la gente de Caá Caatý.

            La explosión se oye desde varias leguas. El agua sigue su curso arrastrando mucha tierra del resguardo de los extranjeros. Ñato Corvalán ahora puede seguir navegando con su canoa sin que nada se lo impida y menos los gringos que se roban todo.