lunes, 13 de abril de 2026

YO NUNCA TE HE CONTADO


                                               Miraflores de Jara. Agosto de 1982.

Querida prima Regina.

                                   Te escribo para relatarte esto:

            Antonia es trágica. Su vida es una tragedia y no se queja. Su niñez, sería mejor no recordarla. En su barriada, la llaman “Hécuba”, por las tragedias griegas. ¿Cómo lo sé? Y, don Konstantino Zamais, el dueño de la imprenta, siempre nos contaba historias de su tierra. Llegó de Grecia con sus padres con apenas tres años, pero sabe un montón de cuentos y es fabuloso cuando relata lo que escuchó de niño.

            Te decía, que Antonia es una mujer hecha para una obra de teatro. Su cuerpo algo deforme, con una pequeña giba y sus piernas delgadas, recuerdan los sarmientos del parral de los patios de mi abuela. Tiene un cabello hermoso de color azabache, lleno de ondas, pero sus ojos acarrean el dolor de todo el universo. Dicen que su madre la había abandonado apenas nacida en el portal de don Constantino y que su mujer, que era malísima, la trató mal, siempre.

            Quiero relatarte sobre lo que ha sucedido hace apenas unos años en la vida de Antonia. Me preguntas cuántos años tiene y yo no te puedo dar una respuesta. Tal vez treinta o treinta y cinco. Sé, que le ha tocado cuidar de ese par de viejos. Ella lo hace por don Konstantino. Él sí fue bueno y defendió su debilidad, de la ira indescriptible de la mujer. Pero fue perdiendo el tino junto con la fuerza y la salud. La vieja, por otra parte, ahora no sabe ni siquiera quién es. ¡Qué paradoja! La pobre Antonia los cuida como si fueran sus verdaderos padres. Bueno como te contaba… hace como dos años le llegó una carta desde Grecia. Era de un tal Alexandro Papadoulus, y era como un juez o algo parecido. En la carta, que ella no podía leer, porque estaba escrita en griego, había unos papeles llenos de sellos. En ese tiempo el viejo, todavía podía razonar un poco y el dijo que tratara de contactarse con un anciano de la capital, su amigo. Así hizo ella. Se vino el hombre hasta la imprenta. Casi se desmaya cuando vio en el estado en que estaba la pareja. Una vez compuesto de la impresión, se sentó y leyó la carta. Miraba  y miraba a cada párrafo a la cuidadora. Allí había una clave para el futuro.

            Antonia le sirvió limonada fresca y él, se lo agradeció besándole la mano. Ella retiró su mano rápidamente de los labios húmedos del amigo Mirkos, paisano de su padre adoptivo. Una mirada sorprendida la escrutaba desde los ojillos ávidos del griego, porque el anciano era nacido allá, en Grecia. Así, se fue enterando que a siete kilómetros de un pueblo llamado Kozánni, la familia de Konstantino tenía una antigua casa con un terreno lleno de plantíos de olivos. Que debía viajar para recibir del consejero vecinal la propiedad, pero ¿cómo iba ella a lograr abandonar a los ancianos? Además ¿cómo iba a recibir en nombre de esa pareja el bien, si nunca la habían adoptado con papeles y sólo la criaron? Nuevamente su destino se frustró. Ahora envejecida, dicen, tiene que esperar. Nada es para siempre.

            Al poco tiempo de ese hecho, le comenzaron a llegar cartas y más cartas de Grecia. Las iba juntando y cuando podía se las mandaba a don Mirkos. ¿Sabes que eran? Ofrecimientos para casarse con jóvenes de aquel pueblo. Todos sin conocerla quieren casarse con Antonia. Ella se ríe como loca. Dice: -Si me vieran, si me conocieran, ¿crees que igual se casarían? – Y yo le digo que sí, por ser un alma de luz y amor. Porque hay que reconocer que nunca se ha quejado, canta sencillas canciones que le enseñó su padrastro. No sabe qué dicen, las canta en un griego dudoso. Y su casa está impecable y lava y plancha ropa de otros para darles todo lo que los ancianos necesitan. La imprenta está muerta, ella de eso… nada. Me ha mostrado fotos de muchachos y mozos cuarentones que le mandan instantáneas  para entusiasmarla con una boda posible.

            Nosotros, sus amigas, le decimos que la vamos a ayudar para que se case. Se ríe y se ríe. Sus fuertes carcajadas retumban en el caserón. ¡Y lo último!

            Apareció un griego, de más o menos treinta y ocho años o algo más, viajó para conocerla personalmente. Le trajo un collar de perlas y corales de las islas griegas. Con argollas de oro y unos pendientes hermosos, de regalo. Insiste en su idioma que él, quiere casarse con ella. Tuvo que venir el anciano Mirkos, para traducirles. El hombre a pesar de tener como setenta años se puso celoso. No quiere repetir lo que ruega el hombre. Ella sigue riendo y lo mira con franca sencillez. Te juro que le ha cambiado la mirada. Ahora ya no es tan triste, y nos confiesa que siempre soñó con un hombre como el viajero griego.

            ¿Qué hará? No sabemos pero Antonia creo se ha enamorado y el candidato está maravillado con ella. No es para menos. Es una joya. Te he escrito esta carta, para que investigues cómo puede aprender el idioma de su enamorado y qué debe hacer para tener los papeles listos para viajar a su casa en Grecia, ya que los médicos le han dicho que a sus padres ya le queda poco tiempo de vida.

            Querida Regina sólo tú me puedes orientar, por eso recurro a tu buena voluntad. Afectuosamente, tu prima. Quedo a la espera de una pronta respuesta.

                                               Rosalía.

DAYANY, UNA MUJER DE MUNDO

 

Su cuerpo no se recostaría sino en la memoria de aquella semana loca en que la conoció en la calle de Estambul. Él, sacaba unas fotos para el diario y ella lo atropelló con su torpeza de veinteañera en fuga. Se había escapado de su grupo. La mayoría adultos que sólo querían comprar rarezas en los mercadillos de Baharat.

La tomó de la muñeca y la sacudió furioso. Había cambiado el sol y ya no se iluminaba la lujuriosa Torre Gálata, pétrea, misteriosa y lejana. Dejando de brillar como lo que era una joya del siglo quince. Sus fotos ya no servirían para el reportaje.

            Ella se desprendió horrorizada y le dio una cachetada en plena mejilla, dejándole una pequeña y sangrante herida en la piel, que goteaba abundante. Un anillo de piedras había hecho su tarea.

            La muchacha, asustada, porque se había juntado un grupo de gente a observar sin saber bien qué hacer, le besó la lesión y lamió la sangre. La gente se reía o daba señales de asco. Sergio, la alejó unos centímetros y la miró atentamente. Dayany comenzó a reírse a carcajadas y él, la tapó con su boca la boca en un beso apasionado y sensual, acallando la risa. Los curiosos se dispersaron pensando que era una discusión de amantes.

            Luego, la invitó a subir a la confitería de la Torre Gálata y subieron a mirar el mar que rodea Estambul. Ella lo abrazó y a horcajadas se subió al murete. Unas mujeres veladas la miraron molestas y un hombre en su idioma inentendible la retó. Sergio la tomó de la cintura y la hizo sentar con dignidad. Bebieron una copa de arac y luego charlaron hasta que los meseros les suplicaron que se fueran. Tras ese loco encuentro, Dayany dejó a su grupo de viaje y se fue al hotel a vivir una aventura increíble con él.

            Comenzaron un diálogo apasionado cargado de extraños ritos, impuestos por ella, para ese raro amor.

            Una mañana al despertar, Sergio descubrió que ella había sacado su mochila y había desaparecido. Sólo encontró una nota con un número de teléfono de Argentina. Que ni siquiera pudo saber si era de la muchacha. Después de completar su tarea prevista por el periódico para agregar al reportaje que le tenía que hacer al escritor Orhan Pamuk, ganador del premio Nobel. Regresó a Buenos Aires y dejó pasar unas semanas para tentar encontrarla en el número de teléfono que le dejó.

            En el primer intento sólo respondió un mensaje grabado. Dejó transcurrir un tiempo y reintentó. Su voz alegre lo recibió como si hiciera unas horas que no se veían.

            La invitó a cenar a “La Casa de los Abuelos” en San Isidro. Al promediar las veintitrés llegó con un vestido largo y transparente de seda color fuego, descalza y con el cabello rapado. Los ojos de color almendra maquillados en un estilo excitante. ¡Nunca la había imaginado así! Era una diosa india provocando la lujuria. Lo besó. Estimulando su deseo. Pero, ¡Oh sorpresa, tras ella llegó una mujer algo mayor, vestida con ropa sobria y se presentó como Shima, la amante de Dayany!

            El hombre se desplomó en la silla, pero con todo su mundo vivido, sólo le sugirió que eligieran el menú de su preferencia. Comieron bocadillos de brócoli con salsa de mostaza, cazuela húngara y kiwis con helado de chocolate. El champagne lo eligió Shima. Sólo el rosé, de Chandon. Sergio sugirió una copita de arac, para  despertar ciertos recuerdos en Dayany, pero lo rechazaron. Pidieron jugo de tomate con ají Chile.

            Luego charlaron hora y más, saboreando un té de rosas y jazmines. Fumaron y ambas lo invitaron a su departamento en un rincón escondido de la enorme ciudad. La noche se fue haciendo día y el sueño los refugió en la gran alfombra del estar donde se fueron durmiendo con música de Nana Mouskouri. Cerca del amanecer las manos ágiles de Dayany despertaron los instintos de Sergio y se acoplaron con el fuego de otrora.        El sol pegaba cachetadas húmedas sobre los edificios cuando Sergio salió de allí. Exhausto, febril e impotente a la reacción de las mujeres. Llegó al diario desparramándose en su sillón y comenzó a escribir un reporte para la edición de cultura del domingo. Se quedó dormido sobre la computadora. Sus colegas lo dejaron, nadie se atrevió a preguntar qué le había pasado.

Cuando llamó nuevamente el contestador repetía la vieja grabación conocida. Nunca atendió nadie.     

 

TRABAJAR

Una y otra vez, bostezó mientras miraba indiferente una revista de moda olvidada por algún distraído sobre la mesa. Su garganta agobiada de palabras inútiles encerraba el odio que lo consumía. Dejó la taza con restos de café sobre la superficie de mármol y usó el platillo para abandonar los pétalos mustios de un clavel que como lágrimas de sangre desgajó entre los dedos nerviosos de la espera. No apareció. Otra vez no se presentó. Lo dejó esperando cuatro lánguidas horas. Largas. Su camisa arrugada y húmeda había atrapado el olor asqueroso del cafetín de mala muerte donde lo había citado.

 

 

Pasó el tiempo. Una mañana encontró a Dayany en la puerta de su departamento durmiendo en la alfombra de la puerta de servicio. Con un pantalón de denín una blusa de algodón vulgar y calzada con unas sandalias raídas y rotas. La despertó y la invitó a pasar. Le pidió asilo por unos días. Él, tuvo miedo. Dayany era extraña y su vida lo dejaba lleno de intrigas. No estaba para ser su siquiatra. Tenía que viajar a China para hacer unos reportajes al premio Nobel de la Paz y el diario no le pagaría un peso extra para ir con ella. No quería dejarla en su casa. Comió como lo hacen los hambrientos de África y se bañó una hora en el jacuzzi. Se apoderó de alguna camisa de su amigo y se tiró en el balcón a dormir. Él, tenía que salir. Tuvo que dejarla. Cuando regresó había cocinado un menú propio de un gourmet. La mesa era un primor. Sergio no entendía a esa mujer. Ella le propuso quedarse unas semanas hasta que él regresara de China. Sintió miedo pero cedió.

El viaje fue excelente, logró unas fotos que servirían para un Pulitzer y palabras de los integrantes del grupo de detenidos por los Derechos Humanos de Pekín. Regresó con la esperanza de encontrar bien su casa y su enamorada. Al llegar, estaba sentada en la computadora chateando con quién sabe quienes y del dormitorio principal salió Shina en bata. Le agradeció la hospitalidad y se sentó con un whisky en la mano mientras Dayany, se sentaba en su regazo besándola en la boca. Luego con las manos lo atrajeron a su lado y comenzaron a besarlo desde los pies a la cabeza.

Sergio las expulsó de su casa. Ellas dejaron su ropa y posesiones en el departamento. Un año después Dayany lo citó en el café de mala muerte en que lo había dejado plantado muchas veces. Nunca volvió a verla.

LA VIEJA CASA DE TOMÁS BARNE


Retumbó un gran estrépito en el silencio de la biblioteca oscura, entonces, observé el gato blanco de porcelana de la dinastía Chí, estrellado en el mármol azul. Una sombra lechosa penetró en la “boisserie” en la pared sur. ¿Escondía algún secreto ese trozo de roble taraceado con nácar y bronce? Me sentía atrapada con terrible miedo. Nadie acudió a observar qué había sucedido. Creo que quedó detenido en el tiempo, por lo fugaz del espacio transcurrido, desde que llegué a la vieja estancia de la familia paterna. Mis padres, se habían divorciado ocho años antes. Recuerdo que ellos, me enviaban cuando tenían algún tipo de litigio, a convivir con los abuelos. Todos los primos eran realmente odiosos con sus risitas irónicas y extraño lenguaje que habían inventado para que no comprendiera. La abuela era dulce y gentil, no podía ayudarme mucho ya que permanecía en una vetusta silla de ruedas y no siempre podían bajarla al piso inferior. El abuelo Tomás no me quería. Le recordaba el fracaso de su hijo. Tal vez, él, lo vivía como propio.

            Corrí escaleras arriba y casi caigo desmayada cuando tropecé con la prima Samanta. Tenía una pierna paralizada que arrastraba penosamente por la gruesa alfombra turca. ¿Cómo llegó sin hacer ruido hasta allí?; no lo entendí en ese momento, pero mi corazón estalló al sentir su tibio cuerpo apoyado en la baranda de la escalera. Una mirada dura y penetrante sostuvo la mía agónica. No pronunciamos ni una disculpa. Continué caminando hacia mi alcoba y me escabullí vestida en el lecho, me tapé con el edredón hasta que me dormí. Temblaba. Desperté transpirada, afiebrada, mas, el abuelo exigía que nos concentráramos en la biblioteca, y por lógica obediencia fui. Luego de repasar los sucesos de la víspera, esperé cautelosa.

            El rostro adusto del anciano presagiaba una tormenta de esas que dejan a los niños acosados por penas inolvidables

Mi vida estaba signada por la dura realidad que me perseguía. Allí encontraba sólo sentimientos hostiles. El viejo se plantó y con cara recia, indicó apenas con un movimiento que me parara delante de todos. Su rostro era de roca y sus enormes bigotes disfrazaban el rictus de desprecio que sentía por la nieta de su hijo fracasado.

            Trémula como siempre, esperé su castigo. ¿Cómo decirle que había visto esa figura fantasmagórica? ¿Quién arrojó al suelo el gato y desapareció entre las maderas que cubren las paredes de la habitación? Fisgona, me dijo, con labios apretados uno de mis primos. Seguí allí tiritando.

            -¿Quién anduvo hoy por la biblioteca y quién osó tocar el Gato de porcelana china?- Todos me miraron. Caí rotunda al piso. Desperté en cama. Estaban  observándome como a un raro monstruo. Todos. La abuela me acarició la frente y  enérgica opinó que tenía fiebre altísima, que llamaran rápido al médico y a mi padre. El abuelo rugió. Jamás ese hombre pisará esta casa. Mis primos comenzaron a reírse  sin dar muestras de solidaridad.  Nadie vendría en ayuda. Eso lo sabía. Tal vez la abuela, si podía contradecir al esposo. Pero era casi imposible. Me quedé dormida o no, mas, sentí la presencia de una mujer que bajaba por las escaleras y se acercaba descalza hasta mi lecho. Trató de ahorcarme con  manos lívidas de enorme venas rojizas. Los ojos  brillaban glaucos en las cuencas profundas.

            Desperté tras varios días y escuché la voz de mi madre. Había viajado desde la capital por el llamado de abuela. Me abrazaba y yo sentí, por primera vez, que estaba a salvo. Tras dos días partimos. Regresar a casa  me curó. ¡No regresaría jamás!

            El otoño siguiente estaba en el estudio de mamá, sonó el teléfono, contesté el llamado. El abuelo Tomás exigía que viajáramos al campo. Me estremecí. Yo no quería volver pero el pedido era estrictamente urgente. Mamá preparó el coche y viajamos esa misma tarde. Llegamos a la madrugada. La abuela estaba muy enferma y quería vernos, a nosotros en especial.

            Me acerqué sin miedo ya que ella era la única persona que me quería y yo la amaba. Estaba muy delgada y frágil. Tomó mis manos y las besó muchas veces. El abuelo, que antes, no hablaba con mamá, la tomó del hombro y le pidió que lo acompañáramos. La biblioteca estaba oscura, un aire frío insistía en penetrar por cada resquicio. Se sentó. El sillón de cuero negro era su refugio. Luego cerró los ojos y meditó lo que iba a decir. Comenzó murmurando, luego su voz se fue haciendo fuerte y segura: “Señora...usted sabe que la vida ha resultado contraria a mis deseos de caballero”- carraspeó, se notaba cuanto le costaba decir lo que tenía en su mente- “Mi hijo, a quien le debo la vida de María Amor, su hija, me ha dejado un doloroso legado. Relatar la verdadera historia es para mí una terrible vergüenza”.

            Mamá estaba muy nerviosa y bizqueaba mientras buscaba una palabra para escapar de la situación. Me mantuve atenta para huir si me trataba de tocar. El comprendió el terror que nos producía. Se detuvo y por primera vez en mis doce años, lo vi sonreír.

María Amor, señora Cecilia, no tenga miedo de mí. Voy a relatarles una parte de la historia de nuestra familia que no conocen. Por las circunstancias que se avecinan deben conocer. Acá, en esta sala hace exactamente veintitrés años, mi hijo cometió un asesinato. Tu padre, pequeña, es un mal hijo y peor persona. Mintió a una joven muchacha a quien enamoró y luego que trajo ella al mundo a una niña tan desdichada como su madre, buscó la manera de deshacerse de la pobre mujer. Así una noche de tormenta en que el ensordecedor ruido de truenos y de viento huracanado, no permitió que alguien oyera o viera su acto,  la trajo a la biblioteca y la encerró en esa parte de la “boisserie” que entonces tenía una puerta escondida, que daba a un pequeño gabinete en el que se guardaban útiles y herramientas de todo tipo. Nosotros, mi esposa y yo, habíamos partido para un largo viaje que soñábamos hacer alrededor del mundo. Tardamos más de ocho meses en regresar. El olor nauseabundo había penetrado la casa y sólo era percibido por los perros de caza que cuidaba el viejo jardinero. Él, desoyó los ladridos. Nosotros habíamos licenciado a todo el personal.

Como había quedado en venir poco o nada, el hombre, nunca advirtió el problema. Regresamos inocentes. Apenas entrar y el horror nos aprisionó el alma. En principio pensamos en él, caído y destrozado en el piso. Pero no vimos a nadie. Buscamos con urgencia a la policía que tras rebuscar por toda la casa encontró el cadáver de esa desdichada. Llegó tu padre como si no supiera lo sucedido y con gran arte evitó las sospechas de los criminalistas. Supo esconder su maldad. Cerraron el caso como un hecho casual. Creyeron que la joven había entrado a la casa sola buscando valores para robar, había quedado encerrada allí, muriendo sola y sin ayuda. Pero yo dudé de la explicación que nos daban. Desde entonces y luego de tapar herméticamente el cubículo, ella suele en noches de tormenta, atravesar la pared, romper algo y desaparecer por el mismo sitio. Un día, él, nuestro monstruo,  la trajo a usted Cecilia y con usted a la niña.

Todos pensamos que debíamos alejarla de esta casa y que ese ser abyecto que engendré había cambiado por obra del amor. ¡Fue totalmente falso, pronto comenzó a golpearlas y a manifestar su ira y crueldad! Mi amada Abigail, la abuela, quiere contarles algo. ¡Subamos!

             La anciana reposaba en su lecho, ya sin mucho tiempo. Tomó nuestras manos y nos dijo: “Cecilia, María Amor, no me animé nunca a decirles que Samanta es tu hermana, pequeña. Un día bajo el influjo de quién sabe cuál circunstancia, el espectro la empujó desde la balaustrada y quedó así, tú sabes, con la pierna paralizada. Te hemos tratado mal para evitar que te pasara algo parecido. Ayer hemos recibido un cable desde la Capital, nuestro hijo está muerto. Alguien lo encontró degollado en un cuartucho de hotel. Yo, a pesar de todo, lo he amado siempre. Era mi hijo, mi único hijo varón. –un suspiro tibio escapó de su boca- yo lo he amado, les ruego lo  perdonen.

            Mamá salió y asomándose al pasillo, señaló una figura que se desplazaba por allí. ¡Era la mujer que yo había visto aquella noche! Detrás un cuerpo agazapado la trataba de tocar. ¿Era mi padre? Con dedos agudos intentaba tomarle el cabello y una daga golpeaba y golpeaba el cuerpo que se hacía añicos. Él era incorpóreo o casi, no puedo explicarlo.

 

 

La abuela cerró los ojos y se fue desdibujando en una especie de cordón dorado que se elevaba con su imagen fluida en el rincón más ligero de la habitación. El cuerpo yacía con una sonrisa impenetrable unida por el pecho al objeto luminoso que se alejaba. El ruido de una pieza de porcelana estrellándose en el pavimento de la biblioteca nos puso en alerta. Otro gato blanco de porcelana de la dinastía Chí, estrellándose en el piso de mármol azul sin explicación

SÍNDROME DE TRAICIÓN(Capítulo 18)

 

       Repente decidieron cambiarnos a un nuevo campamento y nos llevaron a otro que distaba menos de cuatro horas a pie. Allí nos encerraron en una jaula de metal de 30 metros de ancho por 50 de largo. Nos sacaron las cadenas y los candados. Ahí nos encerraron a todos los cautivos. “Cautiva” Clara Rojas.

 

 

            La muerte de “Músico” ha dejado un hueco muy importante en la célula. Necesitarán gente nueva y no quieren involucrar a novatos. Toyo sugiere hacer ingresar a un camarada de la facultad de medicina. El que sacó con Clave Verde a la Mujer.

            Se arma una discusión agria, donde La Comandante Dolo intriga y Mara se opone. - Es un cajetilla, de clase alta. No es seguro, además tiene contactos fuera del país. En USA. Nnada menos. No le confíen.

            - Hay una célula en Córdoba que puede trasladar unos compañeros que saben de explosivos. Los dedos delicados del violinista preparaban aparatos perfectos de relojería. Pero no se puede llorar. Hay que mirar adelante para lograr una revancha de las clases populares.

            - Hay que comenzar a acosar a los familiares de los capturados para conseguir dólares. La causa está primero y ustedes deben ser astutos. Llamen de teléfonos públicos de zonas alejadas y hostiguen a los niños especialmente.

            - Los hijos de Dacosta deben comenzar a ser apretados. Simón, te doy esta tarea. A partir de mañana a la hora en que no esté el padre y la tía comenzás a hablarles. Cosas como: “¿Estás seguro que tu mamá está viva?” o “¿Sabés si tu papá regresará esta tarde de su trabajo, nosotros le vamos a hacer lo mismo que a tu mamá, matarlo después de torturarlo?

- Debés tener cuidado que no se identifiquen ruidos como paso de trenes, palabras que den una pista, motores o música.

 

            Simón asiente enojado. ¿Por qué a él, que tiene un acento tan predecible? ¿No es mejor una mujer? Disconforme y protestando sale, sube a la moto y por la avenida despejada de vehículos corre sin aliento. Son las cinco de la tarde y los chicos del Coronel están por salir de la guardería. La muchacha que los lleva y trae es muy atractiva, pero ella desconfiada no habla con nadie.

Han regresado de Córdoba porque no aparece ni tienen noticias de Delfina.  María Clara y sus hermanas y cuñados, ya cansados, retornaron a la vida cotidiana con una cada vez más lejana esperanza que Delfina regrese.

Las llamadas comienzan a inquietar a los niños, ya los mellizos han dejado de usar pañales y Sol comenzó el jardín. Muchas veces le dicen mamá y ella ha dejado de soñar con hacer una vida normal. Quisiera volver a la facultad pero tiene miedo, diría terror. Ahora peor, las llamadas a los niños los tienen trastornados. Ella corre para evitar que escuchen, por momento cree que es un aviso de que Delfi está viva, y por momento la burla es imperdonable. Si son capaces de hacer eso a los chicos, ¿qué pueden hacer a un adulto?

Cuando sale para hacer mandados domésticos siente que la siguen en auto o moto. Se detiene  y vuelve para mirar, no ve a nadie, pero sabe que la espían. Puede ser gente de la policía o para-militares como guerrilleros. Está nerviosa, no duerme bien y adelgazó ocho kilos desde que Delfina fue secuestrada. Todos los días se escuchan tiroteos y sirenas de móviles de diferentes servicios. La vida se ha transformado en un aquelarre diabólico.

Han matado a unos conscriptos en la provincia de Formosa A manos de Alias Roque y Jote, en el copamiento del Regimiento 29 y en Córdoba el 28 de febrero, fue asesinado por el E.R.P. Hector Minetti, uno de los empresarios más importantes del país, ya no quiere salir la gente a lugares cerrados por miedo a las bombas y proyectiles que desde las terrazas o ventanales altos llueven sobre determinados coches o casas.

La presidente discute con sus ministros por las propuestas que le hacen. Ella no quiere tener a los “Imberbes” metidos en su gobierno, Lopecito la asesora y dice: “Ahora ustedes me dicen a mí que Lacabanne tiene pasado. Sólo los inútiles e indecisos no tienen pasado. Entonces todos aceptaban que era un Hombre y, ahora que cumplió su tarea; bueno, yo no soy una persona que usa a los hombres y los tira al tacho de basura” *b

El gobernador de Córdoba ha tomado cartas en la lucha contra la guerrilla y no le tiembla la mano al firmar sentencias.

 La muerte acecha. Se ha dado la orden de “Aniquilar a la Subversión”. ¡Salvar a la Patria de la Revolución Violenta” por marxista! Sigue empapelada la ciudad y por todos lados hay afiches con caras de gente que se busca.

 

 

La reorganización es indispensable. Tienen que tomar la decisión  de hacer los juicios. Buscan una cabaña alejada en la Calera y otra en Carlos Paz y se reúnen para filmar a los capturados y mandar los filmes a los medios.

Comienzan con el francés a quien luego de mostrar y hacerle leer una proclama, fusilan dejando varios días después el cadáver en Río Cuarto en un campo de entrenamiento de la Fuerza Aérea.

Luego le toca a Delfina. Su imagen debilitada y triste la muestra serena y llena de fuerza. Lee la proclama y antes de ser fusilada grita “Los amo y Viva Cristo y María”. ¡La bala le atraviesa el corazón! Esa es la imagen que envían los terroristas. ¿Verdad o mentira? Cuando llega la imagen a la televisión, el alma de todo un país se quiebra y llora por una madre joven muerta en la mayor injusticia imaginable. La única en regocijarse es la Comandante Mara que por fin logra degradar en esa mujer a todas las de su clase. Una sociedad elitista y odiada hasta la médula en su sangre. 

Hasta el Comandante Quique que la cuidó en Clave Verde sintió un profundo pesar por esa mujer valiente que habían matado.

            Gabriel y los chicos en la casa sostenían las fotos de Delfina como un relicario. Dos semanas después les entregaron las cenizas en una encomienda que llegó por correo. ¡Nadie podía creer que ese puñado gris, suave y grasoso, era la hermosa esposa y madre que amaban en la familia! ¿Pero será verdad o es un camuflaje que acostumbran hacer para dilatar el dolor del “enemigo”?

            Otra víctima más de un grupo de asesinos enlutaban a una familia de clase media cuyo único pecado era haber elegido la carrera militar.

            María Clara deja a los chicos y regresa a su vida. De Tennesse viene Florencio Juvar Leylakson, su enamorado.

 

 

            ¡Nunca se enteraría lo involucrado que estaba en la vida de su amada hermana! Pero algunas actitudes del yanqui no le gustaron y rompió la relación

sin antes decirle todo lo que habían sufrido por una causa que en el fondo para ella era solo envidia.

            La actitud de Reina López, cada día se hacia mas evidente, por lo que la organización la removió mandadota a la zona sur. En La Plata ella con otra identidad, cambiándose el color de cabello, usando lentes de enorme marco negro, aparenta ser otra persona. Viaja a un puesto donde atraviesa una interesante experiencia.

 

 

            Llegó como secretario, por orden de un alto mando de Ejército un joven oficial, que rápidamente logró desentrañar que Reina López era guerrillera infiltrada y que tenía un nombre de guerra, un alias: Comandante Mara.

Su búsqueda fue infructuosa durante una temporada.

 

b: “Palabras pronunciadas por la Sra. María Estela Martínez de Perón a Luder, en su despacho. Nadie Fue. Jan B. Jofre.

 

 

                       

 

 

 

ME PREGUNTO CÓMO SE CREA LA EDUCACIÓN HOLÍSTICA A TRAVÉS DE LA POESÍA


        

Leí y releí el proyecto que me enviaron desde el IES. y me pregunté: ¿Qué hay más “Holístico” que la poesía? ¿Qué más “Transdimensional” que la literatura? Y allí en los recovecos de mí yo interior, me planteé que estoy  viviendo la dimensión del “Ser humano, aprender a Ser” más sensible. Todo en mi mundo es “contemplación”; de los hechos de vivir como una oportunidad que se me dio sin proponérmelo el día que escribí mi primer poema o mi primer relato.

Me declaro culpable, sí, de no dejar abandonadas las utopías en los caminos de los aprendizajes. Me declaro culpable de mirar con lentes de colores irreales lo que me rodea. Me declaro culpable de aceptar la palabra con la fuerza simiesca de lo gutural o lo inapropiado. Por mi impertinencia de creerme poeta, me declaro culpable. El mundo actual, parece, que no quiere poesía. Yo les digo que no pierdan la esperanza, el hombre del siglo XXI también lee poesía, hace poesía, destripa poesía. Hay jóvenes que son poesía, y niños y gerontes  que son poesía, transitando los caminos de la vida.

Ustedes, bueno, algunos me conocen, tienen abierta una pequeña ventana en el libro que dejé el año pasado. ( Fue un placer compartir con ustedes ese trecho de mi vida), otros ahora se estarán preguntando ¿Quién es y qué escribe? Para empezar, soy Docente. Por una cuestión de superación personal y estudio, soy directivo en una escuela de Mendoza. Una escuela de chicos con muchas dificultades, ellos son,  lo que se llama “marginales” y sin embargo este año van a participar de un concurso municipal de poesía. Escriben poesía. Son estimulados por su maestra de Lengua, la profesora Estela Aguilera. Son chicos cuyos padres han sido o están presos, madres trabajadoras de la calle, abuelas y abuelos analfabetos… y escriben poesía. Como yo, viven la utopía de la palabra, de los sueños.

Mis queridos amigos y colegas: ¿Qué hay más holístico que los sueños? No podríamos ser docentes, si no “Creyéramos”. Si no nos plantáramos con FE en la tarea docente.

Como poeta… bueno como poeta estoy aprendiendo día a día, leo a otros soñadores, me los bebo, me los degluto, me los digiero… casi puedo decir que soy una antropófago de poetas. Perdón.

Se que de 100 libros que se editan hay 90 que nada tienen que ver con la poesía. Se que de cada 100 libros que se editan 50 no los lee nadie o pasan al tablón de las ofertas de tres libros por $5. Se que existen cientos de poetas que nunca podrán ver sus poesías en papel impreso con tapas a color y prólogo escrito por un crítico verás y no soy ingenua, la poca poesía que se lee es una lanza arrojada al vacío en diarios y revistas o en los libros escolares. ¿A quién le interesa cuando muere un poeta? No hay respuesta.  Pero… la poesía está tan viva, como ustedes y yo en esta juntada de inquietos por la palabra.

Saben que soy cuentera, relatora y poeta. Saben que no vivo ni viviré de lo que hago. Que nunca voy a estar en esos escaparates de Bs.As.;  porque sigo diciendo: “que los poetas del interior somos militantes de palabra”, utopía que trepa por las venas abiertas de la patria. Pero vengo con amor a darles una pequeña astilla del gran madero que arrastro entre mis brazos: la palabra. Y sí, me declaro absolutamente enamorada de la vida, de poder acercarme a cada uno de ustedes para beber de sus experiencias, para aprender de ustedes tanto como quieran darme. Así somos los poetas, los escritores… nos alimentamos de los sentimientos, son nuestros ojos, los ojos del cosmos, nuestro olfato es el del animal en celo, nuestros oídos son cauce por donde penetra el agua murmurante de las palabras que gravitan alrededor y nuestras manos… se van transformando cada instante en herramientas mágicas para hacer o deshacer la orfebrería del aprendizaje.

Para compartir con ustedes traje algunos intentos en palabras escritas. He de dejarles algunas experiencias en los talleres, compartiré también algunas técnicas para provocar en los chicos el deseo de escribir poesía, cuento o relato. Este año, me dedicaré a la poesía porque creo que no es tan común y porque es mucho más abarcador de la concepción que tienen los pedagogos sobre lo que es : - “aprehender la palabra”. No se si soy tan capaz como tantos de ustedes, reconozco que tengo un límite de tiempo y de espacio, pero nos hemos propuesto que les deje algo de mi experiencia y espero que me estrujen, me descorchen, me beban, me extraigan todo lo que pueda interesarles y ahora no les he podido decir o explicar.

Espero sus dudas, sus preguntas, sus inquietudes que despejen la neblina plateada de la necesidad de saber más sobre : “el cómo, el qué, el cuándo en mi tarea… por eso espero sus preguntas para responder con la simpleza que me caracteriza. Lo que pueda responderé, lo que no, buscaremos juntos la  respuesta. Gracias.

SÍMDROME DE TRAICIÓN (Capitulo 17)

 

“Entonces también ellos pelearon por lo nuestro, o lo de ellos, que en este caso viene a ser lo mismo. Lucio, la razón y la justicia están de nuestro lado, si hasta el gringo afincado en estas tierras es capaz de dar la vida por defenderla.” Mano a Mano con el Restaurador y otras yerbas acerca de Caseros. Luis Alberto Vespa. 1997

 

            El atentado en Chile fue un éxito. Un hombre muerto por la causa no es pérdida, es ganancia para la Revolución Proletaria. Muríó el Camarada Músico, gran violinista y un enorme revolucionario, dejando su estrella en la frente de un grupo de aristócratas ladrones.

El Comandante Toyo está inquieto, se comunica con clave verde para saber cómo sigue el paquete.

 

            Delfina abre los ojos y por primera vez en un tiempo impreciso ve luz natural. El sol entra por una rendija de la ventana y ella trata de incorporarse. No tiene fuerza y una esposa metálica en el tobillo la ata a una parte metálica de la cama. Es una antigua cama de bronce muy bella. Observa detenidamente la habitación. Es amplia, sobria, con una cómoda donde hay un sin fin de frascos y remedios. El suero cuelga de un clavo en la pared, donde antes sin duda hubo un cuadro, ya que ha quedado una marca amarillenta en la pintura que pudo ser celeste pálido cuando la pintaron.

            Por primera vez en ¿cuánto tiempo? siente hambre. Sus mejillas se humedecen con lágrimas que suman tibieza a la que siente con esa manta que la envuelve. Escucha la estridencia de “Los Iracundos” en un Long Play que rueda fuera de la estancia. ¿Adónde la han llevado? Las cárceles del pueblo donde estuvo no tienen nada que ver con este tipo de lugar. Su mente desvaría. Cree estar en su casa. Soñó todo lo que ha vivido o le ocurre realmente. Su mente afiebrada pasa de la realidad a la ensoñación o al delirio.

            Sus hijos. ¿Qué hacen sus hijos? Tiene que preparar a Sol para participar en la escuela. Es una pastorcita en la fiesta. El dolor se está escapando de sus heridas. Gabriel debe estar por regresar del cuartel. Le encantan los Iracundos y si van a bailar este sábado, invitará a María Clara con ese chico que conoció en Texas. ¿Pero no hay nadie que venga a darme un beso? Mañana voy a ir a la peluquería, se toca la cabeza y descubre que no tiene el largo cabello que tanto cuida. ¿Qué me está pasando?

            El ruido de un motor que se acalla la retrotrae a su estado hipnótico. Debe cuidarse del enemigo. Hay una guerrillera que la odia mucho, no sabe por qué.

            La llave destraba la puerta con un sonido herrumbroso. La humedad y la sal, hacen estrago en las casas junto al mar. Ingresa un hombre. No está encapuchado. Ella finge dormir. El joven le toma el pulso y la presión. Agrega una ampolla al suero y sale. Cuando está llegando a la salida del dormitorio, ella gime y llama a Gabriel. Él no se vuelve, se coloca rápidamente un pasa montaña y se acerca. Observa que está despierta. Entonces sin hablarle, le ofrece agua. Delfina bebe y se incorpora. Eso es lo que el joven esperaba para saber que ya se tienen que ir de la casa de Cariló.

            Una vez cerrada con llave la puerta, se detiene y llama a un teléfono y habla en clave. Viajará esa noche para devolver el paquete.

            Luego el encapuchado le sirve una sopa y comida sencilla para no destrabar la mejoría. Es urgente que regrese a la ciudad.

            En la noche la viste y envuelve cuidadosamente con una manta de viaje y la lleva atada en la cajuela. Cerca de La Plata, la saca y la pone en el asiento de atrás. La lleva sedada. Si lo detiene un Grupo de Tarea, dirá que está dormida y vuelven de un fin de semana de amor en la costa. Su tipo de vestimenta y todo él, se mimetiza con los chicos bien de la sociedad porteña. No tiene documentos falsos y toda su vida está limpia. Por donde se lo investigue, es el candidato perfecto para la Clave Verde de la organización.

            En efecto, lo detiene un oficial de la Federal, le pide los papeles y miran con una linterna a Delfina que duerme plácida en el asiento trasero. Lo dejan ir. Nunca podrían reconocerla, antes era rubia, ahora teñida, pelo cortísimo y tan delgada; es otra persona diferente. Ni su familia la podría conocer.

            Le han indicado otra cueva. En medio de un barrio en Tigre. Una casita de madera, con pequeño jardín, árboles frutales, hamaca en la parte trasera. Nada llama la atención a los ojos comunes de los vecinos. Incluso allí vive una familia con abuelos y perros.

            Detiene la camioneta y saca a la mujer ingresándola a una cochera de chapa. Abajo, en un sótano, está el refugio de la guerrilla. No sólo estará ella, sino que hay tres más.

            Pronto Delfina los conocería y comprendería cuán difícil es escapar de sus captores.

            Cuando despierta del calmante, está recostada en una especie de camilla de cemento, atada de pies y manos. Cerca, en una jaula metálica hay un hombre de barba y bigotes canos. Es de gran tamaño y se debe doblar sobre sí mismo para entrar en lo que parece ser una celda. Delgado y con ojos afiebrados. Tiene hambre. Le duele el cuerpo por la postura infame en que se ve obligado a permanecer.  Canta una tonada francesa. Ella, que habla francés le contesta en su idioma. Él, comienza a llorar como niño. Ella le pide que recen juntos. - Soy ateo, no creo en Dios, pero usted rece yo trataré de imitarla, tal vez salga de acá, si salimos, creyendo en ese Dios del que tanto me han hablado mis abuelos. -

            A través de un débil muro escucha la voz afónica de otro hombre. Me llamo Gustavo Sosa y soy policía. Ayer me llevaron a otra cueva y me han golpeado tanto que creo tengo una costilla fisurada. ¿Ustedes quiénes son?

            Ella duda. El francés también, pero la necesidad de comunicarse con otro ser humano les hace pronunciar sus nombres: -“Mi nombre es Gerard Gaubiert, soy dueño de un astillero en Doc Sud, me sacaron de casa en octubre y no he salido sino cuando me golpean o me llevan a otra cárcel del pueblo en otra zona. Nací en París y hace tres años vine a este país, buscando a una hermana monja que ha desaparecido.” *a

            - Mi nombre es Delfina Cuenca de Dacosta, soy esposa de un oficial del Ejército y no se cuánto tiempo he estado encerrada. Creo que en el verano, después de un acto en el Comado en Jefe del Ejército me llevaron. He estado muy enferma, pero un guerrillero me curó. Mi mente no es muy clara. Tengo cuatro niños pequeños. Ya quiero que esto se termine, prefiero morir a pasar lo que estamos viviendo. Lo dice de un tirón porque sabe que es la única oportunidad de hablar con gente de su misma condición.

            El ruido metálico de una puerta al abrirse los hace acurrucarse. Entran dos revolucionarios. El grito que da uno de ellos retumba en la guarida. ¡Silencio! Ustedes están listos para una fotografía que se mostrará al pueblo. Deben permanecer callados o les daremos una lección como al cabrón de Sosa, que quiso hacerse el machito con la Comandante Mara.

- ¿Usted es Delfina Cuenca? De gracias a su dios, que está viva. Un camarada de Texas, le salvó la vida. Estaría congelada. ¿Acaso son tan ignorantes y soberbios que no entienden que son Mierda, que no valen Nada?

- ¡El franchute buscando a una camarada nuestra desaparecida e indagando cosas que no le atañen! Su hermana está muerta por las tropas enemigas de la revolución. Pídale a los Ángeles de Misericordia de la Marina que se la devuelvan. Nosotros se lo vamos a agradecer. Además, usted es igual a todos los traidores imperialistas; vienen a hacer negocio a costillas del proletariado. Puede hacerle compañía a su preciosa hermanita. Además no dudo que la yegua era una lesbiana con traje de monja.

Delfina suspira apenas. Cómo quisiera volver a estar dopada. Este tiempo de locura es demasiado para su corazón. Ya no puede llorar.

La visten de nuevo con ropas militares, rústicas y malolientes. Pero nada es peor que el tener que mostrarse desnuda frente a guerrilleros y compañeros de sala. Aunque los separa una reja, su pudor le impide mostrarse así. Piensa en su hija Sol, en María Clara y en su madre. ¡Dios misericordioso, apura este dolor! Comienza a rezar el rosario en francés y recibe una cachetada que le rompe un diente y parte del labio superior. Sangra, otra vez sangra. Jesús pasó por cosas peores, dice en voz alta. Recibe un puntapié en la ingle y cae desmayada.

La llamada que recibe Florencio, el hijastro de Edgar Juvar Leylakson, en Tennesse, donde está haciendo un post grado, lo llenan de alegría, podrá darle algún dato a María Clara sobre Delfina. Del otro aparato se lo prohíben. Debe venir al país si quiere hacer algún tipo de contacto. Recibe un cable en clave. Saca las claves y con cuidado descifra lo que quiere saber. Se tiene que proteger, pues su padre está en un lugar muy importante y lo pueden matar.

 

            Mara regresa esa mañana a su trabajo satisfecha. Cuando llega se encuentra con unos marinos acompañados de extranjeros que están buscando al francés. Muy desorientados, los franceses, piden por la vida de las ciudadanas y ciudadanos galos, pero el Coronel Bernárdez y el Mayor Canardi, no tienen sino vagas ideas del paradero de esas monjas. No tienen noticias del recoveco en el que están metidos. Trampas mortales de su  propia tarea.

            Reina López saca a relucir ciertas notas que llegaron al escritorio de sus jefes y mira con sorna a los marinos. Éstos se escudan en palabras armadas y prometen moverse para recuperar a los extraviados. Todo es una tremenda mentira, piensan, pero ninguno se muestra tal cual es. Unos por creerse capaces de hacer justicia y los otros, por hipócritas.

            La llamada de Dacosta, permite distender la reunión. Mara o Reina, se hace a un lado. Llega Marcelo Pedriel con la noticia que se ha encontrado el cadáver de un obrero en el astillero de Doc Sud, lugar donde fue capturado el francés. Mira a la secretaria de reojo y siente que ha dado en el blanco, ella sabe qué sucedió allí.

            Gracias a Dios su padre ha regresado a Chile hace un rato y él, recuerda que debe esconder su verdad y seguir trabajando en la oscuridad.

 

*a : Nombre irreal que hace referencia a las monjas francesas desaparecidas y a un alto ejecutivo torturado por la guerrilla y muerto en el país.

 

 

                                              

 

miércoles, 8 de abril de 2026

LILA

  

“Cae lentamente al estanque, donde los nenúfares le hacen bromas a las libélulas que copulan para continuar con la vida” Anónimo.

 

        La pequeña Lila va dejando esa edad, cuando no se ha vivido sino una niñez tranquila y festiva. Al cumplir los once años, su amada Edelmira, madre del corazón, comenzó a tener esa tos pertinaz y dolorosa, que la derrochaba sobre blancas sábanas y almohadones orlados de puntillas. Comía poco y dormía mucho. Su piel se transformó en un frágil alabastro suave, a veces ambarino, a veces por las fiebres y calenturas de un encendido color encarnado. Una fina pedrería de sudor, refrescaba su arrebol. Cual rocío matutino cada prenda que cubría su escuálido cuerpo humedecido, el satén y las sabanillas. El ralo cabello otrora dorado, era una mata selvática que desparramaba sombría, desdibujada y pajiza.

        Lila la veía como se iba deshaciendo día a día. Casi como una hoja transparente de seda, o de esas que se colocan entre las hojas de los libros y semejan un encaje ocre, simulando ser hoja, simulando ser un tul de finísima estructura. La amaba. Espiaba cada momento sus convulsiones que comenzaron a ser cada minuto más cercanas y terminaban con unas gotas de sangre. Los ojos hundidos y condecorados por medialunas violáceas.

        Su padre, Alcides Morelos, la había traído cuando Lila apenas daba unos pequeños pasos para caminar, y ella, le dio la mano y el amor de una madre inexistente. Nació del amor de ellos, un muchachito de cabello negro, ojos oscuros y rebelde. Creció jovial y dislocado. Reía y rompía cada regla, cada voto, cada reflexión que quisieron inculcarle, en la casa era infrecuente verlo sentado a la mesa, dormir a las horas apropiadas y en la escuela duró tan poco que apenas aprendió algunas letras y números del ábaco.

        Siempre el padre observaba a ese muchacho díscolo y mal aprendido, con desconfianza. Y sí, un día se escapó llevándose una jaca brava. Tenía apenas doce años. Lo trajo un juez, con un moretón en la mejilla y un brazo fracturado. Sin caballo y sin zapatos. El padre, pagó la deuda de los destrozos que había hecho en el pueblo y lo encerró una semana en la alcoba. Lila le llevaba en escondidas algunas confituras y limonada fresca.

        Salió más tranquilo, pero… lleno de ganas de vengarse. Edelmira murió. Su esposo, lloró sobre el cuerpo triste y el corazón vacío. Lila lloró a su lado y juntos la llevaron bajo el jacarandá que ella amaba.

        Cuando el muchacho cumplió quince años, su padre fue a buscar un cargamento del puerto y se quedó dos meses, esperando el barco. Cuando regresó encontró a Lila con el rostro sombrío. Callada y triste. Creyó que extrañaba a Edelmira. Pronto supo que la muchacha estaba embarazada. Su hermano, la empujó por la escalera y el niño murió sin nacer.

        Pasó un tiempo en que el padre trató de saber quién era el padre de aquel vástago. La niña callaba. Cada momento más taciturna y esquiva. Su hermanastro la miraba con dureza y presagio de golpizas. Ella cumplió quince años y el muchacho catorce. Lila le rogó a su padre que la dejara marchar de la casa a un convento. No era posible que la aceptaran si sabían del embarazo y pérdida. Se transformó en un fantasma en vida. Cada noche, encerrada en su alcoba, espiaba por una hendija cuando su hermano pasaba rondando por los pasillos como gato silenciero.

        El padre necesitó marchar nuevamente al puerto y cuando regresó, ella nuevamente estaba encinta. La duda ya no era duda, claramente era el muchacho el causante de ese destrato. Golpeada y arrastrando su pudor adormecido, llegó a término. Nació una hermosa niña. El muchacho, en la noche, la tomó cuando Lila dormía y la llevó al río y allí la arrojó sin el menor dolor.

        Los gritos despertaron la casa. ¿Dónde está la niña? ¿Adónde y quién me la ha quitado? La risa descontrolada del muchacho dejó a todos boquiabiertos. Un malvado demonio vengativo. Un truhán. Un asesino.

        Con quince años había sido capaz de abusar de su hermanastra y matar su hijo. El padre tomó la escopeta y sin pensarlo mucho, lo corrió por el campo y lo acribilló cayendo, este, sobre el trigo dorado que ya maduro, quedaba mojado por la sangre de quien fuera de su propia sangre.

        Dicen los lugareños que al día siguiente Lila flotaba en el estanque junto a las libélulas y flores de pétalos blancos.