martes, 18 de agosto de 2026

UNA MONEDA DE ORO DE LUÍS XV

 

 

Nunca supe cómo llegué a las manos de mi dueña. Ella es una doncella de catorce años y vive en una casona en Rue Saint Michel. Ayuda a Madame Regine de Garigny en la recepción de sus amistades, cuando a las tardes se reúnen para leer a los poetas.

De unas manos, que ni recuerdo, pasé a ser el bien más preciado de Cristinne. Y me escondió en un pañuelo que encontró olvidado en el sillón de terciopelo gris del salón una noche al despejar la sala. Como un amuleto, me dejó en el cajón de sus enaguas. La pobre muchacha ha llegado del interior, de la Provenza, un otoño en que París parece languidecer con las calles y los Campos Eliseos, están bastante despoblados. En algunas zonas se ven personas que hacen fuego con pedazos de maderas que juntan de los barrios altos y se calientan, los pies descalzos o mal cubiertos, con botas viejas y rotas.

Cristinne, sale con madame al mercado a comprar quesos y verduras, algunas chuletas y vino. El coche las espera rodeado de chiquillos que mendigan unas monedas y pan. Madame Regine suele repartir generosamente pan y algunas monedas de baja valía.

Al ingresar en la casa, se saca el sombrero y le pide a la jovencita que caliente agua para sumergirse en la enorme bañera de latón. Pone perfume de violetas y con jabón de malva tiene que ayudarle a sacar el olor fuerte que trae del mercado. Son momentos en que mi dueña sueña. Piensa en todo lo que puede hacer con un Luís de oro.

Han pasado los años, Cristinne, se casó y dejó París, me llevó consigo en su pequeño bolso, pero en la carretera a España, los asaltó un grupo de hambrientos y yo caí en manos de unos truhanes. ¡Qué horror! Cuando me vieron un hombre sucio y con un solo ojo, me mordió y dio un grito de júbilo. Yo creí morir, siquiera me derritiera como las velas de sebo que usan para iluminar sus magras cuevas. Nunca más veré a mi niña. Siempre perfumada y bondadosa. ¡Era su más preciosa joya! Y estos malhechores, me manosean con sus dedos llenos de ajo y tierra. Creo que hay uno, que tiene un diente de oro, que va a matar al que me mordió la primera vez, porque le leo la mirada de avaricia cuando el mugroso me expone a los ojos de unas pobres mujeres infelices cargadas de chiquillos enfermos y hambreados. Sucedió. Lo acuchilló por la espalda y me arrebató de un braguero inmundo que tenía el difunto. Me besó. ¡Qué asco! Su boca parece una cripta donde yacen cien muertos pudriéndose. Me escondió en su bota, que a decir verdad le robó al esposo de mi querida Cristinne. Pero el olor nauseabundo es de sus calcetines viejos y rotos por donde emergen dedos llenos de ampollas y sangre seca.

Este monstruo viaja con dos landreros que se solapan en los recodos y asaltan los coches de gente decente como uno. Si encuentran otras parientas mías, dan gritos que retumban en los bosques donde se esconden. Yo, me caí en un cruce de caminos de las botas del ladrón y lo perdí de vista. Quedé allí, enterrada en un colchón de hojas y barro por bastantes años.

Aparecí en un siglo que por los sucesos es por lo menos cien años después. Una máquina muy ruidosa, me despertó removiendo árboles en el bosque. Cuando vio, quien la usaba,  algo tan brillante entre las raíces de un viejo árbol soltó un grito: ¡Alto!

Buscaron y rebuscaron por más, pero, yo soy una sola. Mi nuevo dueño es un tipo rudo, mal hablado y hosco. He visto unos carros muy ruidosos que no llevan caballos. Parecen animales metálicos con un motor. Escuché que le dicen automóviles, pero son muy primitivos, ya verán más tarde por qué. Me llevó en una bolsa pegada a la tela de su chaqueta en dónde había una sarta de cosas: una navaja, unos papeles, un peine, monedas que ni se asemejan a mí.

Cuando se hizo noche, se alejó en un aparato parecido a dos ruedas con unos caños que supe es una bicicleta. Llegó a una humilde vivienda de las afueras y entró como un tropero, vociferando que había encontrado algo “precioso”. ¡A mí! Una mujer lánguida casi desnuda, sin peluca ni faldas amplias, lo cazó de un brazo y le exigió que me mostrara. Ella tendió su mano y ahí, quedé yo, sola, triste y preocupada. ¡Esa mujer no tiene la ropa adecuada como mi ama anterior!

Algo extraño pasó. Me dejaron escondida debajo de una losa del suelo en una habitación junto a una chimenea a carbón. Y desde allí solo escuchaba las peleas de esos dos seres que parecían rugirse. Pasó un tiempo corto y llegaron unos pequeños, por las voces diría con mi poca experiencia que eran como siete. Hablaban con unas palabras que yo no había escuchado nunca. Era un argot novedoso y tardé un tiempo en descifrar lo que significaba. Los muchachos y jovencitas venían de un mercado cercano en el que mi descubridor vendía madera y plantas o hierbas medicinales. ¡Eran puras mentiras! Las plantas no curaban a nadie, pero traían jugosas monedas que un día juntaron conmigo. Gran error. Una de las chiquillas, una noche hurtó varias, entre ellas a mí, y me llevó a un bar donde un muchachote la embriagó, la amancebó y por supuesto le quitó su dinero, luego, supe por oídas, que apareció en un callejón con la cabeza aplastada. El indigno varón, fue puesto en un barco como prisionero y lo llevaron hasta una isla, en medio del Mediterráneo. Lo despojaron de su bolsa y yo fui a parar a un cofre muy paquete del capitán del bote. Así luego de unas cuantas detenciones en puertos del oeste de Europa, se hizo a la mar, con un pequeño grupo de marineros y siguió hasta la Isla de Asunción. ¡Qué clima hermoso! Allí pasé de mano en mano por compras y ventas varias y fui regalado a una verdadera dama.

Con Sully Kinleroyt permanecí un tiempo largo. Me hizo incrustar en una pendiente que bailoteaba entre sus senos jóvenes y tibios. ¡Era, yo, una atracción a los ojos avaros de muchos: hombres y mujeres!

 Mi adorada Sully envejeció. Un día me regaló a la más bonita de sus sobrinas. Anny, quien me guardó entre varias joyas que recibió de sus mayores.

Pasó mucho tiempo para que yo entrara en el continente americano. Viví en Brasil, luego pasé a Paraguay y terminé en Buenos Aires. ¡Una enorme ciudad del sur!  Por todo lo que me ha sucedido me defino como un sobreviviente.

En esa gigante ciudad ya había entrado el siglo veinte. Tenía calles enormes, pampas enormes y era un país enorme. No puedo recordar cuándo me entregaron en un Lugar donde prestaban dinero cuando dejaban objetos: Algo como: Monte Pío. Junté paciencia en una vidriera oscura y oscura. Hasta que vino un inmigrante libanés y se prendó de mí. Era un comerciante inteligente y creativo.

Viajaba haciendo negocios por todo ese enorme territorio que parecía tenerlo Todo: trigo, arroz, ganado vacuno y equino, petróleo, un mar gigantesco y gente que hablaba español y mezclaba con palabras de los distintos idiomas de sus exiliados del mundo.

De él, he oído de dos guerras de las que me salvé en Europa y de otras en oriente. Pero ya soy un poco más finita, más pequeña, por el eterno desgaste al que me he visto torturada. ¡Es mi dignidad por ser de oro!

En una zona montañosa donde Amín, mi dueño, se enfermó con un enorme bulto en una muela; me tuvo que entregar a un “dentista”; en mis épocas pasadas se les decía “saca muelas” y lo hacían los barberos. Pero ahora he visto, cuando le pasó conmigo varias libras esterlinas de oro, un papel recortado en un marco de madera, un certificado de este señor de bata blanca; que indica que es Cirujano Dentista. Me miró con curiosidad y se puso a hablar de historia, mi historia. ¡Bueno, de la época en que me acuñaron allá en Francia! El entusiasmo del hombre, el otro con la boca abierta, lo escuchaba embelezado. ¡Siempre los dentistas los tienen con la boca abierta!

Gracias a ese caballero, un erudito en historia, me enteré de cientos de cosas inventadas y creadas entre que me acuñaron y hoy. ¿Saben que han encontrado un remedio para la viruela, la peste negra y hasta hay un descubrimiento que cura la “tisis”, la lepra, la sífilis y tantos males que llevaban a la pobre gente a las fosas? Yo no lo conocía. Es un milagro. El libanés quedó encantado con el orador. Le pidió si quería que le enviara clientes y por supuesto, dijo que sí.

Cuando el comerciante dejó el lugar sin su muela y su flemón y con unas monedas valiosas menos, el doctor ingresó en su hogar y llamó a su esposa y le mostró mi cuerpo. Ella, le pidió, que la quería guardar. Él, la quería vender para comprar herramientas para su consultorio; ganó la mujer. Así, viví un tiempo en una pulsera de oro que tenía como dije mi dueña. Me amaba. No era avara, era una persona llena de amor por las cosas bellas.

Un día que salió a festejar un aniversario de bodas, entraron dos cacos y me arrebataron del cajón donde estaba guardada. Y junto a otras chucherías bonitas me llevaron a un sótano donde me hicieron lo peor que le puede pasar a un ser especial como yo: me derritieron y me juntaron con otras joyas para no ser detectados por la policía. Los muy ignorantes, no sabían que tenían una “Inmensa Historia” frente a sus narices.

Todavía mi ex familia me llora. Yo, no puedo decirles donde estoy, no lo sé.

 

EN LA CÁRCEL


 

La Katia llora, se enoja, blasfema. Se lo dijo mil veces a “Tuco”. Nunca la escuchó.

            La casilla estaba lejos, pero ella tenía un planchado en lo de doña Rosaura y el changueaba en la dársena del híper. ¿Por qué carajo se metió con el Chivo?

            “El hijo e’ puta ese está en la pesada del Tomba, ¿no te da la calabaza para pensar, a vos?

            ¡Vino la cachetada, que sonó como el acordeón apolillado del abuelo!

            Es un güevón el Chivo, ya se me cruzó dos veces y me hizo una seña de… otro golpe y me dejó muda.

            Ahora lo enganchó la “yuta” con merca robada. Asaltaron un camión que venía del puerto de Chile, cargado con teles digitales. No sabían que entre los plásticos había heroína. Los chapó la gendarmería y adentro.

            La Katy se lo había dicho. Es de mal agüero salir un martes trece. El Chivo y el Tuco se tocaron los güevos antes de salir. Para colmos se olvidó sobre la cama el 38 y lo jodieron mal.

            Cuando fue a verlo a Almafuerte, la silla estaba como a dos metros. Le quitaron todo lo que le llevaba. La revisaron de atrás para adelante. La hija e’ puta le abrió el culo y la revisó, negra de mierda. ¡Como si ella fuera una reina!

            Cuando abrieron la puerta y entró el Tuco, estaba hecho un trapo. Golpeado, como un chico ausente. No hablaba. Lloró. La Katy también lloró. ¿Sabes, le dije, ayer soltaron al cabrón del Chivo? Es puntero del partido y lo vino a buscar el “López” ¡Ese otro hijo de p…, no llorés, cagón! Mirá cuando salgas, todos dicen que sos un héroe y, que te van a dar buenos laburos, así dijo el López cuando vino a la villa a preguntarme si vos los habías votado. Yo les dije que si, que los dos y él (caradura) me prometió que salías en dos o tres días.

            Esperá no te vayas, esto te mandan la Jenifer lo hizo en el jardín, porque fue el día del padre. Y esto te manda el “Pelusa” es la foto del gol del domingo.

            Bueno, que mierda, ni siquiera me decís una palabra.

            ¡Ah, que sentís pena! ¿Soledad? ¿Y yo que tengo que esperar ahora, una manifestación? ¡Si sos un boludo! Chau Tuco, tómatela, nos vemos la próxima visita.

 

Vocabulario: sociolecto de las clases sin educación de mi país.

Changueaba: trabajo sin protección estatal, momentáneo, que surge de acuerdo a las  necesidades. Se paga en “negro” y es esporádico.

Tomba: equipote Fútbol de ligas mayores.

Yuta: policía o gendarmería.

Chapó: encontró, descubrió.

Güevos: testículos; entre la gente común signo de buena suerte.

Almafuerte: penitenciaría recién construida en medio de las montañas, alejada 50                            kilómetros de la ciudad.

Cabrón: mala persona, soplón, ingrato.

Laburos: trabajos.

Villa: asentamiento inestable de gente sin techo.

Boludo: tonto, lelo, ignorante.

 

TRISTEMENTE EN LA ACERA


 

Llegué como inmigrante

A rodear la vivera de los sueños.

En una región con paso arrogante y lúdico

Ingresé a praderas fértiles

Oí voces viejas

Susurros.

 

Un olor de violetas creció con glorioso desafío,

Como tormenta azul

Con congoja y tristeza.

Encendí algunas luces, armoniosas y bellas,

Una luna, un lucero,

Una esperanza tierna.

 

Como espía ingresé en la esfera del tiempo

Almacené manzanas

Guardé abanicos y velos

Usé luto umbroso esperando un regreso

Y a la hora del véspero, sólo escuché campanas

Que anunciaban más penas.

 

En el lejano manto del vespertino sueño

Una estrella me busca con lágrimas de madreperla

Oigo voces extrañas

Susurros de antiguas almas, merodeando

 en espera.

Me voy caminando por la vereda gris

Sola, sin luz de ámbar, ni velas.

 

¿Dónde quedará el ensueño de aquella primavera?

He quedado despojada, sin color y sin aliento.

No hay cantares fabulosos de aves de madrugada,

Que atrapen mi desconsuelo.

Estoy triste, es cierto.

Me conmueve el silencio.

¿Será así estar muerta?

 

EMBRUJO

 

Con los jóvenes enamorados que se escudriñan como si en sus cuerpos que van abriendo como flores nuevas pudieran encontrar la sonrisa de Dios.

 

      Dejó la oficina cuando el sol ya se había olvidado de dorar los edificios. Estaba muy cansada. Los ojos enrojecidos por la pantalla encendida todo el día. Tomó el subte a la hora establecida por su interna tirana, la rutina. Se bajó en Almada y Ferrer. Caminó dos cuadras y en el quiosco sacó el diario y una revista para salir un poco de lo cotidiano. Al ingresar al palier, sólo encontró propagandas en su casillero. El ascensor subió al sexto y se dejó desplazar sobre la alfombra que según el portero era nueva y costosa. Sentía el suave olor a los pegamentos. Abrió la puerta. Cerró y puso tres trabas. Tenía miedo. Tiró los tacones por un costado y se sacó la chaqueta del traje gris que usaban todos en la oficina. Ellos con corbata, ellas con un pañuelo de color anaranjado y blanco. Se sentó con los pies en alto sobre el sillón y se desató el cabello. El celular sonaba insistente. Lo miró y era como siempre su madre. Atendió para reconfortarla. Estaba segura en casa.

      Hacía dos días Esilda su tía había dejado en su refrigerador unos canelones, una tarta de jamón y queso y verduras hervidas. La frutera de la mesada, rebosaba de manzanas, naranjas y peras. Tomó una y se fue a la habitación. Mientras comía preparó su ducha. Luego calentaría un canelón y antes de dormir lo comería.

      Sonó nuevamente el celular. Miró quién era y se hizo una cruz, era su prima Alma. Siempre tratando de presentarle a un compañero. Ella no tenía ganas de salir ni conocer a nadie.

      Luego del ritual líquido, se puso un camisolín y se tiró en la cama a leer el diario. En realidad lo ojeó. Vio los títulos y se enteró que seguía todo como siempre. Atentados, guerrillas en diferentes lugares del mundo, asaltos y políticos peleándose por el poder. Lo desechó y comenzó a mirar la revista de chismes y de personajes del cine y los medios gobernantes. Abrió la página central y se detuvo en la foto gigantesca de una familia real europea. En el medio una pareja de novios con cara de “yo no fui” y sus ojos, pasearon deliberadamente por cada personaje de la imagen. Se clavaron en un hombre vestido con chaqué. Era alto de porte elegante, barba muy recortada y los ojos parecían implorar amor.

      A su lado una anciana lo tomaba del brazo con ternura. Se quedó impactada. Ella lo había visto o así lo creía. Se durmió pensando en la fotografía. Y soñó con el hombre, lo veía salir del papel y acercarse entre los invitados a la boda y tomarle la mano, llevándola hacia un salón lleno de bellos jarrones de porcelana, espejos dorados y candelabros. Luego se sintió abrazada por la cintura y bailó como hacía años no lo hacía. Era un vals. El que había danzado con su padre en su fiesta de egresada de la academia. 

      Despertó transpirando, agitada y eufórica. ¡Un sueño maravilloso! Pero tan irreal que en su vida volvería a vivir. El magacín estaba caído junto a su cama y saltó para volver a ducharse e ir a la oficina. Otra vez el traje gris con pañuelo de la compañía.

      En el subte se miró a espejo y se distrajo viendo su cabello sin atar. Le llamó la atención, ya que siempre lo tenía peinado igual. Llegó a su escritorio y ya tenía una pila de carpetas. Prendió la computadora y comenzó a teclear. De repente frente a ella se paró un colega. Señorita Daniela, la llama el jefe. Ingresó en la sala de conferencias y se encontró con varios personajes desconocidos; un tanto mayores y serios. La invitaron a sentarse y le sugirieron que explicara el proyecto que había trabajado en el mes anterior sobre un negocio en Austria. Daniela suspiró y comenzó a abreviar su tesis. Los caballeros se miraban y por primera vez sonrieron cuando ella terminó con… ¿Alguien desea preguntar algo? Un solo hombre levantó la mirada y la clavó en sus ojos. Algo extraño le surcó la espalda… ¡Esos ojos, ella los había visto en algún lado! AH, fue en la foto de la revista. Era uno de los principales personajes de esa boda. Señorita, dijo en un castellano muy deficiente, me gustaría que venga con nosotros a Austria a presentarnos su trabajo. Los gastos corren por nuestras manos. Daniela temblaba. ¡No podía ser! Ella en Austria, ni soñando.

      Su jefe comenzó a hablar sobre su eficiencia y su buena educación. Se sentó y miró asombrada. La despidieron con un aplauso. Y le recordaron que se preparara porque viajaría ese fin de semana.

      Deshizo el camino como todos los días. Su rutina la puso en alerta. ¡Esto no será igual! Llamó a su madre y a Esilda. Tendrían que ayudarla a preparar el viaje. Cuando entró al departamento abrió su placard y nada le pareció interesante. Tenía tres trajes grises, un vestido de seda azul y tres pantalones de jeans. Las blusas pasadas de moda y zapatos de calidad buena pero muy formal. Se miró nuevamente al espejo. ¿Qué hago con mi cabello? Y mis manos y mis… ropas íntimas. Sus tarjetas temblarían. Debía hacer en cuatro días lo que no hizo en meses.

      Finalmente subió al aéreo como una dama. Parecía que siempre había viajado en primera clase. La azafata le traía champagne y bocaditos con salmón y caviar. ¡No lo podía creer! Se durmió y soñó con el hombre de la fotografía. Despertó en París donde hizo escala el avión. Ella seguiría a Austria. Algo cansada desayunó como un pequeño pájaro. Luego le acercaron un cable… alguien de la compañía la esperaría en el aeropuerto.

      Descendió y buscó su equipaje, pero, ¡OH, sorpresa ya lo habían retirado! Cuando llegó al hall un chofer de origen indio tenía su nombre en un breve cartel. La acompañó a un automóvil y se dirigieron por unas calles antiguas. Los edificios eran bellísimos. Cerró los ojos y dejó que la vida la sorprendiera.

      Arribaron a un hotel muy importante, donde su suite era como para una familia entera. Ella sola allí se sintió vulnerable. Le habían traído una cena en la habitación con vinos del Rin y de Francia. Las flores eran tulipanes y rosas. El perfume invadía todo   el espacio. Se bañó y se quedó dormida.

      La despertaron temprano. Se vistió con un traje de terciopelo verde oscuro y camisa de seda blanca. Un brazalete de su abuela y aretes de Esilda. En la mano sólo la sortija de bodas de su madre, un pequeño diamante engarzado en platino. Salió con el cabello suelto con sus mechitas iluminadas como sabía que se usaba en las grandes casas de moda de París.

      Un coche la esperaba. La llevaron al treintaycincoavo  piso de un edificio archi moderno, espejaba las nubes grises y las altas construcciones de la viaja Viena. Cuando entró en el estudio encontró al caballero que la esperaba. La condujo por unos pasillos y la dejó unos segundos en la puerta, ingresó y habló en perfecto Alemán. Luego la tomó del codo y la invitó a ingresar hablando en español. Cuando hizo pie en la enorme alfombra se sintió fuerte y feliz; allí parado con un traje de franela negra estaba el joven de la foto que le sonreía y le hablaba en castellano.

      Se sentó a la derecha del jefe. Y comenzó a explicar su trabajo. Inmediatamente cada uno de los consejeros anotaban en sus tabletas lo que les interesaba. Él, no le sacó los ojos de encima. La miraba arrobado. Ella se ruborizaba y a veces se quedaba callada.

      Al finalizar, Kurt el apuesto consejero, la invitó a cenar en un restaurante tradicional y así el sueño de amor de Daniela se hizo realidad. Y ella le dijo: ¡Creo que en ti, veo el rostro de Dios!

 

VOY A RELATAR UNA HISTORIA

 

            Mi abuelo vino muy joven de Italia. Tal vez a los catorce o quince años. Primero vivió en Junín en una finca, en Mendoza. Según supe después, tenía varios hermanos con quienes no tenía mucha confianza y cuyas costumbres no le gustaban. Por lo que me ha contado alrededor de los diecisiete años, dejó ese departamento y se fue a buscar trabajo en una finca en de Las Heras, en la zona de La Cieneguita. Las Heras, lo recibió con los brazos abiertos, con esfuerzo, compró un trozo de tierra y la trabajó con amor y templanza. Todos los “paisanos”, lo admiraban por laborioso y callado. Solo, sin su familia, comenzó a vender sus productos vegetales en la Feria, donde iba con una ínfima “carretela” y su caballo, “Tanito”. Se comunicaba con los inmigrantes y trataba con la simple gente de su “paese”. Así, también, conoció a unos italianos de Calabria. Ellos lo observaban y veían al Hombre bueno y trabajador. 

            Allí trató a la familia de mi abuela que siendo de otra región de Italia no se podían entender los dialectos. Famosos los Polimeni, eran cuatro muchachas y tres varones, todos venidos con ganas de hacer la América, trabajando la tierra. Pero en el tiempo que vivió solo, hizo amistad con otros muchachos del Abruzo. Una vez me relató esta historia en una mesa dominical comiendo la exquisita pasta que laboreaba la nona.

            Yo, había ido a lo del Giuliano Agnelli cuando terminamos la cosecha. Me había invitado con otros paisanos a comer la “pasta” y tomar unos vinos caseros. Era de tarde y charlando y comiendo se fue ocultando el sol. Comenzamos a contarnos historias: de fantasmas, aparecidos, muertos vivos y toda la sarta del imaginario popular. Se hizo tarde. La luna escondida detrás de unos nubarrones premonitorios de tormenta. Ruido de granizo en la montaña nos ayudaba con más temor. Mi abuelo contaba “su historia” y Giuliano otra, Rocco y Bruno otra y otra. Cada historia les erizaba los pelos del cuerpo, de la barba insipiente y de la cabeza. Pasaron varias horas, se declaró la tormenta. Cayó granizo dejando blanco el campo y la serranía del piedemonte. Tras la oscuridad se abrió el cielo apareciendo la luna entre la niebla y vapor del calor de la tierra dando un aspecto fantasmal al paisaje.

            Eran alrededor de las cuatro de la mañana y nos saludamos para volver a las casas. Cada uno tomó para una calle dándose la espalda… de pronto unos silbidos extraños nos dio escalofrío. Rocco y Bruno, que eran hermanos corriendo desaparecieron en la oscuridad.

            Mi abuelo regresó y le suplicó a Giuliano que lo acompañara un trecho, pero cuando su compañero quería regresar, mi abuelo lo retenía y el amigo le decía: “Angiulino, acompáñame ahora a mí”, y volvían hasta la casa donde se había realizado la cena. “Giuliano ahora acompáñeme a mí.” Y así pasamos yendo y viniendo hasta que salió el sol  cuando nos despedimos  a mitad de camino. Nunca más se nos ocurrió invitarnos a cenar, la pasta era siempre en el almuerzo. ¡Claro pasábamos por frente al Cementerio y los altos muros eran fantasmas obligados para nosotros ingenuos jóvenes! El abuelo contaba muchas historias de su tiempo en Las Heras, pero cuando le llegaron los hijos fue a una finca de Belgrano, hoy Godoy Cruz. Allí murió con 81 años. No soportó la muerte de papá y de la Nona Rosa, con la que vivió 52 años, casado. ¡Y pensar que al principio de la boda cada uno hablaba un dialecto diferente!

UN BARCO A LA DERIVA

 

            Ramón Plates, dueño del bote “Nadia” instaló los ganchos con redes esa mañana. Las jaulas para recoger las centollas en la zona sur del océano, que ese año parecía generoso en su cantidad y tamaño. El Gervasio Robles, había regresado con una cargamento digno de los mejores mercados. Llamó a sus ayudantes. Eran quince; hombres rudos y dignos de ese mar próspero, que entregaba su vientre preñado de vida.

            Fueron llegando con una bolsa de lona que por la sal de muchas cosechas, que parecían de madera, colgadas a las espaldas como único posesión. El olor a sal y pescado penetraba su piel dejando huellas indelebles. El servicio meteorológico había aclarado que todo estaría calmo esa semana. Había que apresurarse.

            El motor estaba recién revisado y se le había cambiado alguna que otra pieza para que fuera más seguro. Zarparon a la madrugada, a lo lejos se veía el cielo rojizo con un sol aplanado en el horizonte. El oleaje los hacía danzar como siempre adormeciendo a los robustos navegantes. Rumbo al sur, rumbo a las gélidas aguas del atlántico. El amanecer fue tranquilo y los hombres se movieron por la cubierta respetando los gritos del Jefe, que les pedía controlar los aparejos del puente.

            Un mundo de gaviotas y petreles los seguía. Y al estar vacíos las cámaras frigoríficas, la línea de flotación estaba menos sumergida. Pronto se llenarían y si la buena suerte los acompañaba llegarían a puerto, cargados y bien hundidos en las aguas.

            El viejo “Onrieta” se acomodó con una caña en la popa. Hacía unos meses que no comía un buen “Bonito” fresco y el cocinero los preparaba exquisitos. Los que estaban en timonera interior, se reían del hombre. ¡Este es un pescador que será pescado! y reían con sus temores típicos de los hombres de mar. Porque el mar es muy déspota, caprichoso y a veces malvado.

            Pasados tres largos días, el tiempo comenzó a cambiar. Desde el radio, los mensajes eran tranquilizadores, pero por las dudas, Ramón Plates, tomó la decisión de agregar más cables en las básculas, grúas y jaulas. El trabajo estaba hecho y bajaron la zona de obra viva, dejando sus literas bien soportadas.

            Al quinto día, las olas hacían bailar el barco de estribor a babor y a veces el “púlpito” desaparecía en las aguas y aparecía la popa elevada como una chimenea. Juan Artemio, uno de los más jóvenes, sacó de su bolsa una imagen de la “Virgen Stella Maris”, cosa que produjo una protesta general. Mufa. Mala suerte. Toda clase de chanzas y palabrotas brotaban de las gargantas que se calmaban con unas botellas de buen ron y ginebra. La tripulación comenzó a echar las jaulas en el lugar establecido y a esperar que las grúas, comenzaran a hacer su tarea. Llovía a cántaros y bramaba el mar transformando el barco en una cascarita de papel en la noche. Los truenos y relámpagos, iluminaban a los rudos varones. El agua comenzó a tapar el “casillaje” y la cubierta. Tambaleaban las jaulas y cuando elevaban alguna, preñadas de centollas un grito gutural de triunfo se desparramaba por el barco. Se iba llenando la panza del barco. Pero la tormenta era cada vez más dura.

            Esa madrugada Adriano Reano sintió un crujido electrizante en la zona de “espejo”, algo se había desgajado. Salió corriendo de su cabina y otros, ya, le seguían; sí, el mar se cobraba una suerte de venganza. La plancha que recubría el “espejo” que era de un material nuevo de alto contenido de material plástico, se había desgajado y una hendidura profunda hacía agua. Comenzó a llenarse la zona de “obra muerta” y don Ramón, dio la orden de soltar las centollas al mar. Una maniobra brusca los dejó bamboleando y rolando. ¡Todo se transformó en un aquelarre! Bravío el océano se  cobraba la represalia contra ese barco que lo desafiaba. Los rayos caían despiadados sobre el Nadia, que trataba de salvarse de las embestidas del mar. Reano y Onrieta, lanzaron un bote salvavidas al agua, los que pudieron con sus chalecos saltaron y comenzaron a remar.

            Arriba, en la timonera interior, don Ramón peleaba contra los ataques del diluvio que lo apedreaba con olas gigantes. Desde el minúsculo bote salvavidas, vieron como un amoroso Nadia, se iba hundiendo entre murallas de agua helada, reservándose al quien amaba su nave y despreciaba el aluvión de agua salobre que lo llevaría a las entrañas del mar del sur.

            A la mañana siguiente, a la deriva, sobre aguas quietas y silentes un pequeño grupo dejaba que algún otro pesquero los encontrara para regresar con sus familias y emprender en otro viaje la cosecha que los hombres esperan para comprar y vender las mágicas entrañas de los mares del Sur: las centollas.  

viernes, 14 de agosto de 2026

UNA MUÑECA PARA SUSI

 

            Pienso en mi infancia y recuerdo cuando veía a las compañeras cuyos padres estaban en muy buena posición económica y nosotros soñábamos con tener alguno de esos juguetes que tenían.

            La escuela, dicen, es niveladora social. Yo no lo creo. Había algunos chicos que llegaban en auto y otros caminaban cuadras y cuadras para llegar al edificio donde se cursaba la primaria.

            Mi papá era obrero en una chacra, mi mamá no sabía leer ni escribir y mi hermano, me llevaba de la mano por la banquina hasta el asfalto casi a la rastra, para entrar antes que sonara la campana. Nos colgaban del cuello las zapatillas. Antes de una cuadra nos lavábamos los pies en la acequia y nos calzábamos y así nos duraban más las zapatillas que de tan baratas, se desflecaban enseguida.

            Nacho, mi hermano era muy estudioso, traía una buena libreta y como papá apenas sabía firmar por las dudas nos daba una palmada en la cola por si acaso venía algo mal. ¡Que la Susi, te ayude cuando termine con el cuaderno! Y allá iba yo a recoger los huevos al gallinero, en pata, como para entrar con mis zapatillas. Estaba lleno el gallinero de caca de los bichos. Me picoteaban los pies y los tenía llenos de sangre, mamá me ponía un té de yuyos para sacarme el dolor, era amargo y de olor hediondo, pero me hacía bien porque enseguida se hacía una cascarita oscura.

            Me costaba mucho hacer las cuentas, Nacho me llevaba debajo de una higuera y con piedritas me hacía hacer las cuentas. Lo quería mucho al Nacho.

            Para cuando cumplí los nueve años, él ya salía de primaria y lo llamaron al papá y la directora le dijo que ella lo iba a inscribir en la secundaria del pueblo porque el alumno era ejemplar. ¡Pobre Nacho! Papá dijo NO. Él trabajará en la chacra y me ayudará y así termino la brillante carrera de mi hermano, plantando ajos con las manos llenas de ampollas y cosechando uva en vendimia para otros patrones.

            Un día la mamá me llevó al cementerio en micro. Cuando bajamos en una calle muy llena de negocios y autos, entró a comprar en una mercería unos hilos de coser y al salir, al ladito vi una muñeca.

            Era una muñeca hermosa, con vestido azul y cabello rubio. La boquita apenas abierta y las manitos sonrosadas. Me quedé dura, parada y sin respirar. Mamá me dio un tirón. ¡Vamos que cierran el cementerio! Y caminé mirando atrás. Me enamoré perdidamente de la muñeca.

            Regresamos tarde y papá y Nacho estaban preocupados, creyeron que nos habíamos perdido. Mi mamá llevaba en la mano bien apretado el monedero y un papel donde mi hermano le puso el número de los micros que teníamos que tomar.

            En la noche me levanté despacito y lo desperté a Nacho, para lo cual tuve que levantar la cortina que separaba nuestra cama de la de mis papás y la de él. Nuestra casa tenía una sola habitación separada con cortinas las camas de mis papás y las nuestras.

            Como un gato me acerqué a mi hermano: ¡Nacho! ¡Nachito, despertate!

            ¡Qué te pasa Susi? Y levantó la cabeza con dificultad, qué pasa. Hoy vi la muñeca más hermosa que nadie puede imaginarse. Estaba en la vidriera al lado de la mercería donde mamá compró. Tenés que ir a verla. ¡Hasta mañana Susi, tengo que ir a podar en lo de don Vásquez!

            Me deslicé y me acosté y soñé. Soñé que vestía y peinaba la muñeca. Soñé todos los días desde esa tarde. Y hablé hasta cansar a todos.

            Le pregunté a mi maestra cuánto podría costar esa muñeca. Ella me miró y sentí que muy adentro de ella sentía pena por mi pregunta. Debe ser cara, me dijo. Unos cuantos jornales de tu papá.

            Me fui callada a mirar como jugaban al elástico unas niñas de otro grado. ¿Cómo puedo hacer para ganar el jornal de mi papá? Cuando volví a casa, le pregunté a Nacho. Él se rió. Sos zonza vos. ¿Cómo vas a chanquear si no tenés edad ni para ir sola al centro?

            Me escondí en el gallinero y lloré y lloré hasta que me quedé dormida. Nacho me llevó en brazos a la cama y me dio un beso en la frente que recibí medio soñando.

            Una tarde Nacho desapareció. Mamá preocupada fue a los vecinos y preguntó si lo habían visto. Nadie dijo nada, si lo vieron subir al micro, pero no le contaron porque lo querían y papá le daría unos buenos azotes.

            Al anochecer lo vi. llegar por la calle de tierra con un bulto debajo del brazo. Parecía un linyera. Papá lo agarró apenas entró y le arrancó el fardito… ¡Era la muñeca!

            ¿Quién te ha dado esto? Yo la compré. ¡Mentira, la robaste! No, es para Susi…y yo junté plata. ¡Recién vino don Vásquez a decirme que era mi hijo el que había robado una muñeca en el negocio del centro! No te da vergüenza, que un hijo mío ande cuatrereando muñecas por ahí! ¿Dónde viste alguna vez que robara algo tu madre o yo? Papá perdone mi acción, pero dejé todo lo que gané haciendo changas y no alcanzaba. Vaya y devuelve la cosa esa. Y se viene conmigo a lo de don Vásquez a pedir disculpas al patrón. No, grité, yo quiero la muñeca. Y me cayó el rebenque de papá en la espalda. Por tu culpa tu hermano es un ladrón, vos también venís conmigo.

            No solo devolvimos la muñeca y pedimos perdón, sino que por muchos meses, mi hermano no pudo sentarse bien de los revenidazos que le dieron.

            Ahora con los años que tengo recuerdo la pesadilla que fue devolver la preciosa muñeca, pero mi hermano, siempre se ríe cuando cuenta que casi se va a la comisaría por robar una muñeca para Susi.