jueves, 5 de febrero de 2026

EL ATENTADO TERRORISTA

 

¿Dios duerme en silencio?

 

De la mano de una enfermera, la mujer camina en el pavimento brillante del neurosiquiátrico donde descansa. Escucha a Mozart y Vivaldi con el fervor de una colosal melómana. La fantasía de ser distinta, de estar viva con su libro de poesía entre las manos, dedicado a Diego; un amor inexistente, la transforma. Afuera, nadie puede comprender lo que ocurrió con esa muchacha simple y alegre que un día se detuvo justo a pasos de un estallido que la cubrió de sangre. Leticia, la profesora de música de la escuela para débiles mentales, quedó aniquilada.

           

¡Dios, que duerme en silencio, no escuchó el estallido!

 

Quien no vivió esa época no podría comprender el horror que siente Leticia por el momento que le tocó sufrir. Verdadero asco al ver los rostros en la pantalla iluminada. Recordar la sangre. Recordar el humo y el fuego. La poca gente que se atrevió y corrió entre los escombros. No olvidará nunca el olor nauseabundo. ¡El olor a crematorio! A mortaja, sin tela blanca, envolviendo un cuerpo.

Siente náuseas cada vez que cierra los ojos y pasa la película interior de aquel suceso que le penetró, sin autorización, en los músculos y el alma. 

De los árboles, recordaba, caían hojas y restos de carne chamuscada. También cabello de color negro y algún mechón blanquecino. ¡Un dedo! Un trozo incierto de cartón o un resto de género que como banderín de feria, bailoteaba con la brisa.

¡Junto a su pie izquierdo, aterrizó una mano! Era de hombre. ¡Joven, por el color y tersura de la piel! No tenía sortija. Uñas cortas y cuidadas. Una mano. Un sueño muerto como un pañuelo herido en la borrasca callejera.

Nadie puede entender a Leticia, cuando camina por esa calle, ahora, tranquila y quieta, sin escombros en su memoria. Su mente está paralizada en ese barullo de inquietud y odio. Trata de evitar el camino pero un fantasma la obliga. ¡Tiene que regresar! Se detiene en el mismo lugar donde encontró un trozo de quebranto y miseria.

Se desplomó un libro que tenía el nombre de su dueño escrito en tinta verde. Datado en fecha cercana al destino adverso. Voló a los pies como proyectil alado. Dedicado con el fervor de amor y el desconcierto de un enamorado de sólo quince años. Una rosa muerta entre las hojas. Un nombre. Diego. ¿Cómo habrá sido el Diego apasionado y al que amaba así, con la dulce inocencia de la adolescencia una niña?

Inmóvil en el empedrado callejero su corazón tembló y recorrió cada hendija entre los adoquines antes enrojecidos por la sangre. No queda nada y está todo en su memoria. Es como si allí aquietare en un instante la vida hecha pedazos.

Mira el árbol y reconoce el resto de balcón aún humeante en sus retinas. Ruina descolorida, muerta como la muchachita que vio al día siguiente en la foto de Clarín. La sonrisa se le prendió como broche de cristal en el pecho desgarrado. ¡Era tan pequeña! Apenas una niña cuya inocencia quedó desparramada entre los árboles marchitos.

 

Dios duerme en silencio.

 

Leticia, escarba en sus recuerdos, escudriña entre las paredes queriendo rescatar lo absurdo del atentado. ¿Qué es una bomba de plástico? ¿Qué tiene que ver una niña con la muerte? Y la mano, ¿a quién pertenecía la mano aniquilada que cayó a sus pies haciendo unas piruetas de arlequín enloquecido?

 Esa mañana le añadió noche a su mirada. La transportó a la trastienda de los sueños. Dejó de ser joven para siempre. Recogió el libro y lo abrazó como si fuera la cabeza de un dios en extravío. Amaneció en el portal del miedo.

Todavía guarda entre las páginas el recorte del periódico y cree soñar con un Diego que encanece poco a poco. Una novia sin velo que camina en las sombras con una rosa seca entre los dedos finos que envejecen. La mañana del atentado era tan incrédula como salvaje los que hicieron el holocausto efímero de dos enamorados. Y ella una invitada encubierta.

Como espectador se ocultó el sol esa mañana. Arremetieron los pájaros descontrolados al estallar un tronío. Una mujer gritaba y se desgarraba la camisa de seda amarilla. Un borracho rompió su botella de vino contra el pavimento ensangrentado. Un peatón se dejó caer en el cordón de la vereda observando de lejos la película inconcebible del ataque. Una lágrima gris le desbordaba el rostro.

 Nadie pudo hacer nada para ayudar a Romeo-Diego y a Julieta-Niña, sin nombre conocido para Leticia.

Ulularon las ambulancias y los patrulleros. Los empujó un indecoroso personaje que descendió de un vehículo con las luces multicolores del espanto. Acordonaron la calle. Huimos, los que allí participamos de la historia como gente común. Una inapropiada muerte. Insólita e inesperada.

Nadie que no vivió la época de espanto puede entender a Leticia. Cada día un atentado. Una mentira arrinconada en un café, en el cine, en la vidriera de un almacén cualquiera. Y bombas que estallan sin freno. En cualquier lugar de la ciudad. A cualquier hora. Despertando los instintos a flor de piel de la muerte. Una guerra solapada y temible, para la gente como Leticia. El peligro latente. La inocencia rota. Incontrolable. Blasfema.

 En el televisor del hospicio, una horda de periodistas como estadistas, hablan del pasado. Crascitan sobre una era de vivencias, fingiendo que no existen causas para el dolor. Simulando heroísmo de un puñado de impostores de la verdad y los sueños. La muerte y el poder que ejerce en los hombres comunes, en las mujeres frágiles y en la juventud noble, cuyo consuelo es creer sin fingimiento.

Cada día se revelan en lugares ignotos atentados como el que vivió Leticia en una calle cualquiera. Vías férreas que explotan descarrilando furgones con obreros lejanos. Autos-bombas en ferias, en mezquitas de Oriente Medio o la India. Edificios enormes que caen bajo el chorro de gasolina hirviente, con ejecutivos inexpertos que se lanzan al vacío desde las torres en llamas.

Leticia canta. Leticia llora. Leticia recita los versos de amor de un Diego que quedó enamorado de una niña de quince años, en un balcón de Buenos Aires, que explotó en una mañana lejana. Nadie puede entender su tristeza.

           

Dios duerme en silencio.


ACARICIÓ EL ROSTRO DE DIOS


 

Liliana caminó por el adoquinado, conforme. Había conseguido ingresar en el ámbito del teatro más prestigioso como actriz protagónica. Sus pies cansados por los ensayos ya no le dolían. Era feliz. Su maestro Roberto Mantovardi apostó por su capacidad. No será fácil, le había dicho, pero verás cómo cada día, si te lo propones, tu tarea será más y más valorada.

Recordó el día en que la madre iba a la fábrica de botellas para envasar vino donde trabajaba. Quiero ser actriz. Lloró. En realidad lloraron juntas. Sabían que se alejaría para siempre del pequeño pueblo, pero que el futuro era de la querida Liliana.

            La mujer, único sostén de familia, consiguió que el capataz hiciera los arreglos y llegaron a la capital, con sólo un sueño. Lograr que la muchacha entrara en la academia de arte dramático.

Delgada, ínfima en su contextura, pálida y sutil, parecía un ave desplegando sus pequeños brazos como alas débiles para echar a volar. Con el rostro picado por la varicela parecía un ratoncito perdido. No era bonita pero tenía el don de trasmutar en mil personas diferentes. Poseía una voz clara y matizada. Algo rebelde, o trágica, frente a la realidad del rol.

Tuvo una maestra, la primera. La recibió mal, se llamaba Nadia. Era tan severa que las alumnas sentían que las despreciaba. La otra, una diva, era Ana Glolievich, antiguamente primera actriz del Teatro Comedia. Era el espejo más exitoso a quien emular.

Liliana sudó. Sollozó. Gritó. Sus pies destrozados por cantidad de horas parada ensayando una escena. Las piernas entumecidas de repetir cada acción mil veces, con un parlamento, dando entrada a los compañeros en los diálogos, hasta que se encalleció su músculo visceral, bajo la ropa de algodón se endureció con el esfuerzo. Los órganos fueron fustigados para lograr de Liliana, una actriz al estilo de grandes comediantes del país.

         Llegó el examen final y, Luis Beltrami, la eligió junto a tres aspirantes. Creyó que tocaba el cielo, o la cara de Dios, con las manos. Inmutable, el maestro la hacía llegar a la máxima mortificación con su grito marcando el ritmo de la tragedia o la comedia elegida, golpeando las tablas en el teatrino y la espalda para que adoptaran la postura correcta. Había sido señalada para la prueba. Allí estaba frente a Carlos Ahumada, maquillada y vestida con un traje de ninfa, tratando de conseguir el primer puesto en la compañía. ¡La obra que tenían que representar era tan moderna! Tomadas de la mano las jóvenes esperaron el resultado de la prueba. Quedó en segundo lugar, en el papel de suplente de la primera actriz.

Se sentía feliz. Corrió a buscar una forma de comunicarse con su madre. Por el adoquinado primero caminó, luego voló. Fue tan fuerte el golpe que le propinó el viejo camión del ejército que saltó por los aires. El chofer sólo atinó a comentar:

—Alguien dijo que las mujeres y las mariposas se parecen bastante. ¿No lo creen? ¿Vieron cómo levantó vuelo? ¡Parecía querer tocar el rostro de Dios con sus pequeñas manos!  —y siguió su ruta para cumplir con la entrega de las armas y explosivos que llevaba al cuartel. Era una Orden Superior. No podía detenerse.


ESA CASA QUE ESCONDÍA


 

Hoy cumplo cuarenta años. Me siento en el sillón del living con una copa de vino bueno. Tomo el álbum de fotos de la mesilla y comienzo a recordar la extraña historia: “La de nuestra casa”.

   Todo empezó cuando pidió una bicicleta a los Reyes Magos. La de color amarillo con pedales de goma y freno. Esa mañana, al saltar de la cama, la vio junto a los zapatitos que había lustrado la tarde anterior. En un cartón, con letras grandes, color rojo, su nombre. Estaba contenta y pidió a Jacinta, su amiguita de la cuadra, que le ayudara a manejar la bici. Tendría que usar pantalones y zapatillas para tener más seguridad. ¡Era un primor!

    Jugaría con su vecina Serena y Jacinta cada día, hasta que comenzaran las clases. En vacaciones se gastarían las gomas yendo y viniendo por la plaza o la vereda. Luego, la guardaría en el garaje cuando se fuese a dormir.

 La noche del veinticuatro de febrero la guardó como siempre y, al otro día, no la encontró. Toda la familia, incluida la abuela Serafina que protestó hasta el cansancio, buscó la bicicleta. Por la casa se revisó en cuanto lugar pudo estar, pero no la recuperaron. ¡Esa fue la primera vez!

Después se perdieron: tijeras, libros, fotografías con portarretrato incluido, hasta el tejido de la tía Evarista. A veces aparecían algunas en el garaje, otras, entre la bolsa de papas o de cebollas. En una ocasión, hallaron la mañanita de la abuela en medio del gallinero. Pero la bicicleta no apareció hasta esa vez… que Lori, buscando su bufanda, entre cajas de trastos viejos, se topó con el cuadro amarillo y el manubrio. Nadie pudo explicarse cómo habían estado allí tanto tiempo y no los habían visto. ¿Y el resto? Fueron dando con el asiento y los pedales distribuidos por toda la casa.

  En verdad, Lori, ese día del cumpleaños descubrió que había gastado casi veinticinco años de su vida, buscando cosas perdidas en esa bendita casa.

  La abuela ya no estaba y, sin embargo, cosas suyas afloraban como por arte de magia en el comedor, la alacena… y la tía Evarista, había partido hacía como siete años al más allá y se tropezaron con los tejidos o alguna peineta en lugares impensados. Otras veces, en la heladera, surgía un libro que se había esfumado hacía diez años. O, en el botinero, advertían un paquete de manteca desaparecido después de doce meses y, lo más extraordinario, intacto como si lo acabaran de guardar.

    Lori bebió con gusto el vino y comenzó a retar la casa. Cualquier hijo de vecino podría pensar que, en lugar de tomar una copa de tinto, había tomado una botella completa. Pero la que descorchó ya no lucía en la mesa. No la buscó. ¿Para qué? Sabía que no la vería por un tiempo.

    Prometió en voz alta no preocuparse nunca más cosas desaparecidas. Discutió a viva voz con las paredes. Y la casa comenzó a crujir, se movió molesta, igualito que un temblor de tierra. Protestó rechinando por su decisión de no indagar ni afligirse.

    De pronto, brotó detrás del televisor la botella de Borgoña, en la alfombra una pulsera de lapislázuli que extravió en agosto, el florerito de cristal de tía Evarista en el sofá y varios objetos de los que había olvidado su existencia.

    Sonó el timbre de calle. Entró Javier sorprendido. ¡Traía la pañoleta rosada que le tejió la abuela Serafina en el embarazo de Rosita y que buscó y rebuscó durante dieciocho años! La encontró en el picaporte de la puerta cancel. “¡Esta vivienda está endemoniada, parece una adolescente ensañada con nuestra familia! Vamos a venderla”. Expresó Javier mientras se sacaba la chaqueta, tirándose en el sillón.

 ¡La casa tiene una vitalidad burlona; es escondedora y pierde a propósito cosas queridas! Se pelea, en esta circunstancia, con la cumpleañera que está enojada y tomó la decisión de no hacerse mala sangre con las extravagancias que sufre. ¿La casa al fin ha sido domada?


EL AMOR INCREÍBLE


 

           Solange no se llama Solange. Se llama Rosa María. Nació pobre, pero hermosa. La madre la preparó para ser una mujer dominante y con poder.

 Así vivió desde pequeña. Cuando cumplió la edad de presumir, la mandó a casa de una tía lejana, muy adinerada, de la capital.

            Luego, esa pariente la refinó, le enseñó inglés y francés y la presentó en sociedad. Pasó a ser la muchacha más amada y odiada del ambiente. Los jóvenes se acercaban para conquistarla, apenas la veían. Las otras jóvenes de élite no podían competir con ella.

 

            Bella, la mujer descendió del avión. Sus largas y bellas piernas se contorneaban sobre la alfombra roja y los tacones de aguja, hacían piruetas para evitar una caída sobre el breve camino. La brisa insufrible batía el ala del sombrero que sostenía con gracia entre sus dedos finísimos de uñas esmaltadas. La envolvía un velo de gasa que cubría el pantalón de seda tai. Sin un gesto que mostrara, de modo alguno, el disgusto que le producía ese vientecillo que le quitaba exquisitez, siguió recorriendo el corto espacio que la separaba de la sala VIP.

Era una reina. Era Solange que llegaba para encontrarse con el marido. Él había concretado ya, unos días antes los negocios, por los que ingresaban miles de dólares en sus cuentas bancarias.

            Un apuesto guardaespaldas traía consigo el abrigo, su bolso de mano y los documentos. Nunca hacía trámites de inmigración. Siempre tenía al secretario o al custodio de turno, para que le prestara asistencia. Tomaba un refresco o café según, el clima del lugar y la hora en la que la atrapaba el viaje.

 Un coche esperaba para entrar en la ciudad donde se alojaría por unos días. Su amado Gastón, la aguardaba en el hall del hotel que había elegido. Siempre optaba por una suite cinco estrellas.

            Los vidrios polarizados, no le permitieron ver que atravesaba una zona mísera y vulgar. Luego de varios minutos de carretera, ingresaron en un parador. Esta vez no era muy lujoso, sino una especie de cabaña cerca de un lago artificial. Enormes árboles de roble, pinos y sauces, se mecían entre los cerros que armaban una corona vegetal, protegiéndolos de la vista de extraños. Bien ambientado, el pequeño refugio, semejaba una cabaña del Tirol. Pero estaba en Sudamérica y en el país.

            Solange abrazó del cuello a Gastón, quien pudo sostenerla sin antes quejarse de su excesiva demostración de afecto. Frente al personal de servicio era inapropiado. En silencio, se compuso y le expresó que extrañaba su presencia ya que, después de la ausencia, había tenido varios compromisos que le produjeron angustia y el psiquiatra le había aconsejado el encuentro en ese rincón. Gastón sonrió y le hizo un mimo extra. Al retirarse el guardaespaldas, la tomó en brazos y la llevó hasta un sillón junto a la chimenea y fue sacándole la ropa. El cuerpo estilizado y frágil, de piel clarísima, quedó de un ampuloso color rojizo frente al crepitar del fuego. Con el ardiente solaz del amor se durmieron abrazados.

            Breves paseos por los alrededores le hicieron disfrutar un clima inesperado. Fresco, pero con un sol radiante, el aire le dejaba la tez seca. Para Solange, según su estilista, era malísimo, por lo que Gastón, contrató a un grupo de masajistas y personal especializado en cuidar a su mujercita.  Llegaron con un gran bullicio y alegría, pero pronto el celoso mutismo de Solange los hizo aquietar.

            Cada mañana se bañaban en la piscina de agua termal, más tarde venía un desayuno preparado por la dietista y una larga caminata, que dejaba a la pareja predispuesta al diálogo. Así comenzaron algunas discusiones propias de un matrimonio que tiene poco para hacer y mucho para disfrutar.

Gastón sentado en la terraza, que se extendía frente al lago, permanecía ratos en silencio. Hablaba por celular cuando su mujer estaba distraída. Luego, inventaba alguna excusa y salía en el Porche rumbo al pequeño poblado con minúsculos pretextos. Siempre volvía con un regalo, chucherías, ya que el lugar era bastante olvidado y apático.

Solange sentía que algo andaba mal. Llegó una nueva terapeuta y sus masajes fueron originales. Llenaba la bañera de mosto o vino blanco y tinto. Le hacía permanecer media hora inmersa en esa pasta viscosa.

 Después, con las manos enguantadas en fino látex, comenzaba a masajear desde los dedos de los pies hasta la cabeza y se detenía en el cuello. Con suaves movimientos y presiones hacía su tarea. Agregaba una charla amable sobre temas que despejaban la mente de Solange.

 Al tercer día, la hermosa Solange, comenzó a sentir mareos. Cada tarde un sopor doloroso le daba espasmos en piernas y brazos. Perdió el apetito y al ingerir alimentos sentía nauseas. Al quinto día, tenía una visión deficiente y se mareaba. Gastón preocupado le sugirió ir al pueblito por un médico. Solange se negó y prefirió que el galeno se acercara al hotel.

Llegó un hombre mayor, con signos de ser alcohólico y cuya traza impactó negativamente en la enferma. Lo despidieron sin más y decidieron completar los días que quedaban de descanso, pero hicieron regresar a la capital a todos los empleados contratados. Sólo quedó la terapeuta, por las dudas que Solange no se sintiera bien. Así, cada día, cuando salía de su baño de vino y mosto, su cuerpo estaba más y más dolorido y su mente confusa.

            Tan mal la veía el joven guardaespaldas, que comenzó a preocuparse. Trató de hablar con Gastón quien, sonriendo agradecido, le explicó que debía ser por algún alimento que había consumido en mal estado; o por el clima. Débil, la muchacha, ponía mucho empeño en hacer de la estadía algo agradable y feliz. Cada vez se sentía peor.                    

Una mañana, al séptimo día, al tratar de erguirse de su lecho, cayó sin conocimiento. La mujer que la vestía y le hacía masajes, la levantó en vilo y la trasladó a la terraza. Allí el aire puro y el sol, le dieron un poco de fuerza, Solange pidió el teléfono y por primera vez en años, habló con su anciana mamá. Ésta sorprendida, al escuchar la voz casi imperceptible de la hija, se desesperó. ¡Su reina estaba enferma!

   Hablaron mucho. Hablaron todo. Casi fue un encuentro de hermanas. La madre le pidió que observara cuanto ocurría a su alrededor. Le sugirió que su esposo podía estar haciendo algo dañino. Solange rió a carcajadas. ¡Gastón la adoraba!

Hacía unos días, le había regalado un auto flamante de marca afamada, había tomado dos seguros altísimos, para cubrirla ante cualquier contingencia, que le permitirían vivir siempre como lo que era, una reina.

Si llegaba a sucederle algo, Gastón, también cobraría una pequeña fortuna. Y además había invertido, para ella, en dos cuadros de un pintor llamado Kandinsky, famoso en New York.

A su joyero ya no tenía nada interesante para comprarle y hasta había ido a Italia, para que adquiriera la indumentaria de invierno en Módena, a un nuevo creativo que hacía furor en París en el mundillo de la moda.

La madre quedó en silencio y le recomendó que se cuidara. Ambas dijeron todo el amor que guardaban y Solange se despidió, prometiéndole que, cuando regresara a la capital, la buscaría para compartir un viaje a Madrid.

            Esa tarde, después del baño de mosto y vino, sintió un ardor enorme que le penetraba la piel, se desmayó y entró en coma. Tenía los labios de suave color morado, los ojos de tono rojizo. La piel verdosa le daba el aspecto de un fantasma. A las dieciocho y treinta, tuvo un estertor y su corazón se detuvo.

            Gastón le entregó a la mujer de los masajes, un cheque por doscientos mil euros y dispuso que la llevaran incinerada a la capital.

 Los restos de vino y el mosto en la bañera, fueron limpiados escrupulosamente por la masajista.

 

TOMERO

 

 

Cuida tu acequia tomero,

verde descuento de tiempo

venas de agua transparente

que fina cabellera  enreda

color  de raíces blancas

 

rosas de rojo fuego

se deslizan entre el musgo

delfines de nubes prietas

 

los sauces espejan verdes

esterillados de ensueños

hamacando entre las ramas

escamas de su silencio.

 

Tomero ¿dónde ha quedado el clamor de la alameda?

 

Ayer cubriendo la espalda

del cerro se fue durmiendo

junto a la sobria hojarasca

crujiente de la alameda

la figura esperanzada

de hombre de barro y piedra

oro ha sembrado a su paso

mezclando sudor y cepas.

 

Tomero ¿dónde ha quedado el clamor de la alameda?

 

Yo he visto el cielo plomizo

demorado en la tormenta

He visto cerca al infierno.

cayendo con bronco hielo.

Entre las setas y hongos

que afloran en el suelo

el agua pura del cielo

regala viñas de ensueño.

 

Tomero ¿dónde ha quedado el clamor de la alameda?

 

Llegará otoño a la tierra

los frutos de los viñedos

Arrogantes en sus taninos

darán color al racimo

que de los parrales cuelgan.

Vino nuevo en los barriles

añejándose en silencio.

 

¿Tomero digo tu nombre? Tu nombre es tan sólo…¡Espera!

UNA ESTACIÓN EQUIVOCADA


 

El Víctor descorchó el último champagne y abrazó goloso a la Rubita. Ya no recordaba cuándo la invitó a esa fiesta, pero estaba allí. Con el escote generoso mostrando la piel morena, y un vestido escaso de tela en color rojo furibundo, se contorneaba frente a su cara zorruna.

No era rubia. El peluquero había hecho maravillas para que luciera así. No importa. La tomó por la cintura sentándola entre las piernas. Sintió escalofrío. Esa mujer lo volvía loco.

            Ella con una corta mirada sopesó el salón, la ropa, los muebles y la vajilla, que había desplegado el hombre. Su calva relucía con tanta luz y los ojitos, casi cerrados por el alcohol, la desvestían con su desvergüenza de borracho.

            A una seña de Ronaldo, se acercó a la boca del tipo y lo provocó a un beso. Escapó a tiempo con un gritito histérico y comenzó a cantar un bolero de moda. Él sollozó por el cuerpo perdido. Ella escurridiza, lo incitaba con mohines teatrales. Era el candidato preciso y precioso para timar. Cuarentón, soltero y con guita. El Ronaldo le hizo un signo y alargó un pie desplazando el tajo del vestido que envolvía la pierna. Un muslo fuerte y cobrizo, engolosinó al hombre que la manoteó sin pudor. Cayó en un sillón, apoltronando el cuerpo apetecible en los brazos y alargó los dedos rasguñando, agatunada, el rostro sudoroso de deseo. Acarició torpe los senos de la hembra. Dio un salto, y volvió a cantar con voz de loba en celo.

            Había aprendido eso después de escaparse de su casa. Allá en medio de fincas y huertas nada encontraba divertido. Soñaba con las novelas que veía en la televisión y pensando que la vida era fácil, una tarde de otoño, cuando un mantón dorado cubrió el verde, huyó de lo que creía era una verdadera esclavitud. Una noche de tiniebla la acogió. La ciudad la deglutió sin fantasía. No tuvo escapatoria. ¡Prostituta! Eso fue. Era. Sería por siempre.

La Pichaca, la acogió en una casa del barrio bajo, cerca del zanjón que traía agua para el riego. Le prestó un vestidito corto, una tanguita mínima y unos tacones altísimos. Maquillada como un fresco de Miró, salió por zonas oscuras a hacer la calle. La primera vez, se le murió un sueño. El alma. Le nació un dolor que escondió con furia en el corazón herido. ¿Regresar? ¡Jamás! Para la familia, había muerto. La Juana Leiva, una mañana en el mercado le contó que así le habían dicho, allá en su casa. Sintió alivio. ¡No los necesitaba!.

            Un día de tormenta, la enganchó el Ronaldo. Las contrató, a la Pichaca y a ella para la fiestita de unos garcas. No sabía qué significaba. Pensó que era gente con plata y sólo eso. No. También eran degenerados. ¡Algunos de puta madre! Esa trasnochada, supo que iba a terminar mal. Pero el Ronaldo fue bueno. Le pagó un fangote de guita y ofreció ayuda. Si se portaba bien, claro.

 Cada fin de semana había una fiesta. Cada vez más podridas, con cocaína, crac y juegos pervertidos. Aprendió a vestirse de otra manera, a pintarse mejor. Se tiñó el pelo casi blanco. Frente al espejo se cantaba “La rubia Mireya” y se paraba como las viejas actrices de los cincuenta. ¡Esas viejas sí que eran bárbaras!

 Él se le reía en la cara, el Ronaldo, digo, porque ahora en los brazos de ese gil, se sentía Marilyn Monroe. A ella qué le importaba si lo timaban después, “Era el destino de los lujuriosos”, leyó en una “Gente”. Y, si lo decía, Mirta Legrand era fija. Esa noche, el Víctor después de varios morbos depravados, se durmió en su cuerpo. Cuando despertó, no estaba ni la rubia, ni su dinero, ni los cubiertos de plata de su abuela, ni las pieles de su difunta madre. ¡Todo se había esfumado como en un sueño! No podía denunciarlos. En el Banco, la tele, la radio y el club, hablarían de su berretín de andar con putas y travestidos. No, no podía.

            Llegó la época de Vendimia, la ciudad se llenó de turistas y de gente exótica. Las calles hervirían de patanes cargados de billetes de todos los colores. Pero, esa noche no quiere salir. Prende la tele y se queda pasmada frente a la pantalla. Comienza a llorar y la Pichaca la observa preocupada. Algo grave le ocurre. Nunca la vio llorar así.

—Mirá, che, ésa que va en el carro, esa bonita, la reina, es mi hermanita menor, la Lidia. ¿No es preciosa? ¡Ves qué cuerpo, qué sonrisa, qué chiquita! Si me encontrara, no creo que me reconozca. Fijate cómo tira besos.

La compinche la abraza y llora con ella.

—¡Si me hubiera ido en época de cosecha, no estaría tan lejos!

De pronto, en la pantalla, la imagen del Víctor enfrenta a los televidentes abrazando por la cintura a la niña. Lo muestran como un galán atrapando el cetro que tiene la Lidia en la mano. Él está junto a su muñeca haciendo un reportaje para el canal en el que trabaja. La niña inocente sonríe...

 La Rubita salta, toma la cartera y sale corriendo. Detiene un taxi y grita: “¡Llevame a la Vía Blanca, tengo algo importante que hacer!”.  En la cartera esconde un revólver.

 

 

 

lunes, 2 de febrero de 2026

VIEJO SEVERINO, CAPADOR

 


 

          El mister es alto, rubicundo, bebedor de whisky y viajero constante. Cuando recaló en Rodeo de los Alerces, se enamoró del lugar. La tierra fértil, los árboles coposos y el rumor de ramaje y hojas, transformaron su naturaleza tranquila y flemática. Se enardeció la sangre antigua de celtas e ingleses.

Los hielos eternos descendiendo con fuerza en el verano, creando un paraíso deseable para quien dejó una isla tan gélida y nubosa. Los ojos agua de cielo, calcados de las nubes, se enrojecen mirando la cordillera. No desea olvidarse del espumoso río blanco que descarga burbujas en los sedientos terrenos donde pastorean los animales lanudos y berreantes. Los viejos ovejeros, pastores natos, arreando los vientres de cabras y ovejas cargadas de futuro ganado, ladrando con su rito de cuidadores cánidos.

            Mister Brian Foster, volcó su haber en comprar el rincón edénico. Pero no podía hacer solo lo que nunca hizo. Allá, cerca de Londres, era un oficinista que conocía de seguros y de valores. Corría con su equipo de PC de oficina en oficina. A los bancos y las cámaras de negocios.

Ya no disfrutaba de un paseo por Piccadilly o por la zona de Chelsea; de Oxford Street o Kensington. Sólo trabajar y subir a los ferrocarriles para regresar a su departamento de soltero en West End. ¡No era vida esa! No podía sentarse en un pub a beber un Ale hasta que sonara la campana.

Menos aún, con sus cuarenta y tres años de vida recorridos en escuelas académicas y el privilegio de asistir a la universidad más exigente de Inglaterra. Últimamente, le preocupaba el crecimiento de la inmigración oriental musulmana y africana, que había transformado el rostro de las calles tranquilas en verdaderos aglomerados de gente extraña y desconfiable.

Londres ya no era el de su juventud, por eso, cuando conoció esa maravilla, dejó un fax en su oficina pidiendo un año de jubileo, que arrendaran su departamento, usaran su cartera de clientes. Él intentaría vivir una aventura sin igual en un lugar perdido entre ríos y montañas en el sur del Sur.

Foster tenía aversión por la idea de los atentados, ya fueran de los Separatistas Irlandeses, el IRA. o por los seguidores de Bin Laden. Si existía un vergel de paz en la tierra, él estaría allí al llegar el fin del mundo. Había leído en la revista del avión que lo trajo a este lejano lugar que un gurú hindú declaraba seriamente el fin de la era de Piscis y el ingreso en la era de Aries y eso significaba cambios mortales para el planeta.

 Además, solía soñar con los viejos relatos de su madre sobre los bombardeos de la Segunda Guerra y quería estar bien lejos de  ese horror.

            El terreno que adquirió estaba cerca de un glaciar cuyo color cambiaba según el arco iris. Horas sentado bajo un sauce o un pinar, mirando el cielo. Comenzó a conocer cada estrella de las constelaciones de la Vía Láctea. Tanto había leído esa leyenda griega de la leche materna de la diosa que formara la Vía Láctea y ahora la tenía allí. Casi la podía tocar con las puntas de los dedos.

 Disfrutando ese fantástico cielo conoció a Severino. Hombre parco de tez morena, achinado con crines negras e hirsutas. El conocedor del campo, de animales y naturaleza. Era perfecto para ser su ayudante. Lo contrató de inmediato. Cada uno en un idioma de silencio se comunicó con el otro a su manera. Se fue creando una dependencia que haría historia en la región.

            Severino no tenía edad. Ni viejo ni joven, con experiencia de capar y esquilar. Curaba bicheras y quebraduras de los animales heridos. Cazador sagaz, sabía cuándo salir a buscar un animal para comer, sin molestar a la diosa tierra. Odiaba las trampas. Decía que un buen cazador tenía que mirar de frente su presa para que le perdonara la desgracia mortal de la cacería. Pero creía que había un espacio en el más allá donde habitarían aquéllas que mantenían vivo al hombre.

            El trabajador es magro, robusto, con rostro adusto, pero fiel y seguro de conocer el manejo del campo con verdaderos corrales con majadas de ovejas y cabras. Los brazos fuertes, robustos los músculos y huesos concretos. La mirada penetrante atraviesa la espesura con insistencia para atrapar objetos en el aire, captar en el olor del viento la presencia de algún depredador de las manadas.

Vestido con un verdadero chiripá y poncho, usa polainas para evitar la mordedura de reptiles venenosos, espinas gruesas o piedras afiladas, que se desprenden como pedernales de la ladera arisca de la sierra.

Un güincha pampa sostiene el sombrero aludo con barbijo de cordón, para que el permanente viento no le robe su cobertura contra el sol o la lluvia, que suele azotar la zona. Vive junto al canal que brota en la naciente, manantial de agua dulce como la miel de avispa silvestre.

Su rancho, de adobe pisoteado con junco y totora, con paja brava y barro, contiene una breve historia de silencio. Su vida de hijo de nadie lo atraviesa. El techo rústico y primitivo como Severino, protege las noches arrachadas de nieve o sol. Allí en su soledad de macho, suele en ciertos días del año, prenderse a la caña o al vino tinto con sedimentos de tinajas caseras. Una buena borrachera que anestesia el dolor de ausencias innombradas.

Tizne y carbón hecho con los semilleros de pinos y ramas de árboles caídos, cuyos troncos podridos por el tiempo sostienen su follaje ácido que cae en lluvia perezosa para acolchar la tierra sin hierba.

Severino se crispa cuando alguien llega y alude a su condición de hombre solo. El Gringo, como le dicen al mister, comiendo a veces un asado de capón cuchillo en mano, lo acompaña sin palabras. Juntos, ensimismados, miran correr las nubes y la vida con sus pájaros sedientos de espacio y libertad.

No queda un solo animal sin esquilar o capar, para que la carne sea más suave, y su sabor prepotente de bicho salvaje, se inmiscuya en los hoteles de lujo, de la mano de un chef, maridado con un vino fuerte, un Borgoña o un Malbec.

            La lana de los corriedale, todos los días, viaja en carromatos hasta el puerto de Chile. La llevan a las hilanderías más cotizadas de Europa. Y el mister con Severino sigue la huella desconocida del futuro, esperando el fin del mundo en el Fin del Mundo. Al sur del sur, en esta lejana tierra que fuera hábitat de la gente nativa hoy llamada “mapuche” y que recobra su lugar en el concierto de países del planeta llamado Tierra.