lunes, 4 de mayo de 2026

ZENÓN SOSA, EL VIEJO


            El sol penetraba el sudor grasiento del cuello del hombre. Febril, con las manos ensangrentadas, escarbaba entre las piedras y cascotes de roca que habían explotado sobre su compañero. Recordaba aquél día en la taberna, cuando el Belisario Yuspe, habló del oro. Les contó la leyenda que había escuchado de boca de sus antepasados. Una historia que se transmitía de generación en generación.

Allí, en esa montaña sagrada para los huarpes, había vetas de oro que los extranjeros, en tiempos de antes no pudieron encontrar jamás. Esos rubios ladrones que habían llegado de quién sabe dónde a quitarles la riqueza. Esos hombres rústicos se enamoraron de la historia. Zenón Sosa cuatreriaba, por causa del cierre de la Mina de Cobre El Retortuño.  Los gringos la compraron para dejarlos sin trabajo y sin mina.

Ahora arriaba caballos de los campos y él, perdió todo. Tal vez, ése era su destino; arrancarle a la roca la sangre mineral que escondía y salir de la pobreza. ¡Maldita pobreza del hombre de la tierra! Lo buscó al Lisandro Quiróz, compadre, y lo invitó. ¡Vamos a intentarlo!

            Mucho costó juntar una pequeña recua de mulas, que apenas cargaron. El Lisandro, trajo candiles y cartuchos de dinamita que robó en el polvorín de Uspallata en una noche oscura. Se había arrastrado bajo las alambradas, distrayendo a los guardianes con su perro que era un maula. Inteligente el animal, se hizo el herido jugando con los sentimientos de los guardias. Los cartuchos eran seis, pero causó alarma en el pueblo cuando el griterío hizo que una patrulla arremetiera fiera en cada rancho, buscando el explosivo. La redada no dio con ellos que ya habían salido rumbo a la cordillera. Tenían que jugarse antes que llegara la nieve. Si los agarraba el temporal, iban a volver como el famoso “descabezado”. El Futre, ese misterioso hombre, del que todos hablaban y algunos, entre grapa y grapa, decían haberlo visto cuando cruzaban para Chile. -¡Es mentira...! – pensó el Zenón, -¡Son embuste de hembra para justificarse con su hombre cuando se preñan de otro!- y escupiendo la tierra, hizo una cruz de barro para confirmar su dicho.- ¡El Futre no existió nunca, Lisandro, ¿usté se piensa que un señorito de ciudá, va dirse al campo ansí como ansí nomás, sin priendas güenas? Busque el mejor poncho que encuentre para pasar el frío, la cordillera es una puta.¡ Mujer arisca! Y el oro puede que se nos niegue si está tan dentro.”

            Salieron apenitas clareaba el día. Huían de los milicos. ¡No fuera que los sorprendieran con la dinamita! En la cuesta empinada cada metro era más difícil. Los cardones espinudos, indicaban la altura. El Lisandro se recordó que había una maldición que contaban los huarpes. El miedo no lo hizo recular, era bien macho. Zenón sudaba a pesar del frío.

Las manos arrancaban las piedras tratado de sacar al compadre. No había tiempo que perder. 

No miró el brillo del oro, luchó. Una lluvia de escombros lo tapó. El “Descabezado” tranquilo se alejó de la mina. Había hecho lo suyo, cumplía con el mandato de los Huarpes, “El oro huarpe no iba a ser de nadie, la Pacha Mama era la única dueña

 

 

Vocabulario:

Huarpes: tribu de nativos de la región de Cuyo, en la actual Argentina. Sus costumbres     tranquilas y de laboreo de la tierra los hizo ser dominados por los Incas y luego se mezclaron con los españoles en la conquista. Quedan aun familias descendientes de Huarpes en la zona de Lavalle y Malargüe.

Cuatreriando: cuatreros: ladrón de ganado.

Uspallata: pueblo de frontera entre Argentina y Chile.

Futre: leyenda que cuenta que en una apuesta un hijo de hombre principal, prometió cruzar a Chile a caballo y sólo vestido con frac, galera y capa. La leyenda dice que se congeló y el caballo regresó a la ciudad con el muchacho erguido pero que en el galope había perdido la cabeza. La gente de campo dice que se aparece entre las montañas antes de los temporales de nieve para prevenir a los que osan viajar sin cuidado.

¿Usté se piensa que un señorito de la ciudá, va dirse al campo ansí como ansí nomás sin priendas güenas?: sociolecto propio de hombres rústicos del campo argentino.

Naides: idem a lo anterior: nadie

Maula: malo, falso, pícaro.

Pacha Mama: diosa de la tierra en las comunidades nativas.

UN PUEBLO TRANQUILO SE VE INVADIDO...

           

                        En el centro de "El Dormido", pueblo progresista y tranquilo a orillas casi del río, los habitantes respiraban ese aire de serena paz propia de las ciudades donde todos se conocen y se respetan. Pero hay que reconocer que se aburrían como estatuas de un parque de provincia, como palenque en la capital o como semáforo descompuesto en medio de la ruta.

                        Puedo contar eso sí, que allí había gente interesante como Rosalía Ramos...que tanto observar con una lupa grande los insectos de los jardines y parques, se quedó bizca y veía todo doble...las mariposas, las libélulas y otros bichitos innombrables por tener nombres requete difíciles.O también a Hildegunda Mora, que sufría de una extraña manía...perseguir las nubes para ponerle nombre y adivinar el futuro según las formas.Nunca pudo adivinar nada porque constantemente se deformaban y se transformaban en otra cosa. Ella siempre decía que algún día todos los "dormilones" reconocerían su habilidad. Luego recuerdo a Teocleta Vicci, que coleccionaba figuritas de animales y llegó a tener tantas que le tuvieron que construir un galpón para guardarlas. Luego se transformó en museo y todos los chicos y grandes iban a distraerse con las figuritasde Teocleta.

            ¡ Pero la más curiosa de todas las muchachas era Camucha Sabaneti...ella sí se incorporaba tanto y se agrandaba tanto para cureosear, que comenzó a inflarse, inflarse y llegó un momento que su papá le ató una cuerda fuerte de la pierna izquierda, ya no tenía cintura, para que no se la llevara el viento o se fuera con las nubes o se desinflara con la lluvia.¡ Ni contarles cuando comenzó a pasar por la estación de trenes del pueblo, el tren de Rosario a Buenos Aires, donde las pasajeras y pasajeros usaban toda clase de ropa distinta y de moda. Los sombreros de las damas eran el delirio de Camucha. Allá arriba sobrevolando la ciudad espiaba a cada señora para ver su sombrero: con plumas, con frutas, con moños ...en fin, todos eran distintos y ella gozaba mirándolos y de vez en cuando, cuando podía bajar, los copiaba e iba a pasear muy paqueta con un sombrero diferente y exótico. ¡ Un día sucedió algo inesperado...Camucha se enredó en la figura ecuestre del muy afamado General Don Toribio Tamaño del Corral, el único general que nunca pudo desembainar su espada. Primero porque en vez de aceitársela el ayudante, se equivocó y le puso pegamento dejándosela pegada para siempre y en segundo lugar, porque nunca encontró un enemigo contra el cual pelearse. Nadie puede decir por eso que no fue el hombre más preclaro de ese pueblo. Así tuvo su estatua de bronce en medio de la plaza y, allí se quedó enredada, que digo...enmarañada la pobre Camucha.

                                   Inmediatamente el intendente llamó a Sigfrido Tormenta, enamorado secretamente de Camucha, que tenía la escalera más alta del pueblo. Él, trepó con entusiasmo increible y abrazando a la muchacha trató de bajarla. Gracias a que se pinchó con el afilado bigote del general de bronce, ella se transformó en la Camucha que había sido antes. Alta, flaca y normal.

                                   Un romance delicioso se manifestó entre Sigfrido, el bombero y Camucha, la curiosa sombrerera. Ahora, después de casarse, pasean del brazo por el andén del ferrocarril y se sientan en los amplios bancos a esperar el paso del tren a Buenos Aires, para ver a las lindas muchachas con hermosos sombreros que se detienen en pueblo Dormido, para saludar. 

                                                           

UNA ESCLAVA DE RODAS

 

            Antheia sostiene una lámpara sobre el lecho en el cual tiembla el cuerpo afiebrado de la joven Licaria. El aceite de la lámpara agoniza. La esclava también. Una persistente fiebre ha hecho su silenciosa tarea. Las dos mujeres no pertenecen a los mismos amos, pero se reconocen por sus orígenes. Antheia destapa las piernas de la enferma y ve que una herida en la extremidad derecha, está por estallar. La piel amoratada está tirante y busca una salida, que inminente, empuja hacia el exterior sus humores. Hay un olor penetrante y pútrido. La mujer murmura. Tiene sed. Está sola.

            Antheia moja los labios sin intentar tocarla. Puede ser un mal que los dioses Hermes Trismegisto o Hades, enviaron en venganza a las que fueron robadas en la guerra. Puede ser un mal contagioso y la enfermedad maldita. Envuelve, casi sin rozarla, la pierna con tela de lino mojada y fría. Buscará de alguna manera atemperar las fiebres. Evitar el estallido y que se desparrame el humor verdoso que se desprende de una lesión en el tobillo. Los dedos de Licaria, se aferran a la tosca túnica que cubre su cuerpo. Murmura y murmura palabras incomprensibles. Su lengua primitiva y lejana de su ciudad perdida.

            La compañera sale apresurada a buscar ayuda. Las piedras de la calle que la acercan a su dueña, atraviesan sus sandalias de fina suela de cuero y cáñamo. El sol cae plomizo sobre la piel que ya no es clara. Impregnada de sudor, su cabello y su túnica se pegan a cuerpo ardiente. Se desplaza como suele hacerlo a esa hora del medio día, entre la sombra, de las paredes de grandes piedras que amurallan las casas de los señores guerreros y comerciantes de Rodas. Su figura juguetea como marioneta efímera entre la “stoa” que la conduce a su hogar. Debe solicitar ayuda a su “señora”.

            Cuando arriba al atrio, luego de hacerse anunciar, se refresca en la copa que está junto a la cisterna pluvial. Esa enorme copa de piedra resiste el tórrido calor del verano. El agua está fresca y limpia. Una pequeña esclava egipcia, busca en el interior a su ama, quien se hace esperar. Su fina mano ornada de anillos de exquisita orfebrería, acomoda el cabello preciosamente trenzado. Está disgustada por la interrupción. Quedan unos segundos en silencio. Kalithea, el ama, espera que la muchacha hable. La joven mujer no se atreve ni elevar la vista frente a su señora. La pregunta surge y Antheia le da una detallada descripción de lo que le sucede a Licaria.

            La hermosa dama, ha tenido un sueño esa noche. Palas Atenea en forma de ave gigante le ha señalado enormes calamidades para su casa. Ha despertado conmovida y llorosa. La presencia de la esclava la pone, aun más, en alerta. ¿Cuáles serían esas calamidades? Tal vez la peste o una nueva guerra. Ingresa a las habitaciones y regresa con unos “dragmas”, que pone en la mano temblorosa de Antheia. También trae hila de lino limpias y de algodón egipcio, que compró en tiendas cerca del ágora. “Busca a Hipóstrato, él y Diocléous, tratarán de curar a esa mujer”. Ingresa al dormitorio, despidiendo a la muchacha.

            Sale Antheia presurosa por la angosta calzada ardiente. En el barrio oeste, bajo el templo de Atenea Kamira, encontrará al médico. Primero se detiene en un templo a la Dios Higeia y Apolo, dejando un “dragma” en la seguridad que los dioses aceptarán la ofrenda. Despliega unas ramas de olivo junto a una pequeña figura de la diosa Hestia y continúa por el camino, para comprar una bolsita de mirra para mantener el fuego sagrado. Lo entregará luego a la sacerdotisa del templo. Hay un extraño silencio que acongoja. Los cuervos, se han echado en los tejados, abriendo sus negras alas, abrazando las tejas. Algo siniestro anda merodeando Rodas.  

La congoja electriza a la esclava. Sólo se escucha, al pasar, el murmullo de las voces solemnes cantando loas a la diosa Hestia, en boca de las sacerdotisas.

Con celeridad, llega a Filouspapos y busca la casa de Diocléous, que yace en su “oikos” bajo las higueras refrescándose. En la puerta de madera, tallada con mano hábil, una intrincada serpiente enrosca el bastón de Mercurio. Es allí. Golpea y espera. Sale una anciana ciega. Antheia, le explica qué la trae a molestar al galeno. La agobiada mujer queda en espera. Hipóstrato y Diocléous deben prepararse. Salen ambos ancianos con una bolsa repleta de objetos y medicinas. Los sigue un puñado de esclavos capadocios. Ligeros e inteligentes, se adelantan con saumerios y rezos a los dioses de la salud. La prisa domina al grupo. Antheia, señala el camino al séquito. Son doce hombres y ella, atrás por ser mujer y esclava, los sigue sin levantar la vista del camino.

Al ingresar al habitáculo, el hedor de la carne humana, pone a los experimentados galenos, en guardia. Encienden muchas lámparas. Los esclavos capadocios, traen cubos con agua limpia y fresca. Un afilado estilete penetra la carne palpitante y fétida. Un grito desgarrador atraviesa el espacio. En una vasija de barro caen los humores putrefactos. Licaria pierde el conocimiento. El dolor, la fiebre y un deseo intenso de dejar la vida, la enroscan. Esclava por la fuerza, atropellada por soldados que la arrebataron del cuerpo inerte de su madre, siendo niña, sólo desea volver en un viaje alado, el de la muerte, a su país natal. Ya no recuerda mucho de su lugar ni del rostro de su madre. Licaria está atravesando el delgado filo entre la vida y la muerte. Presiente la cercanía de la barca de Canservero. Lo ve. Delira.

Diocléous, raspa hasta el hueso la carne putrefacta y arranca sin piedad trozos de piel y músculos. Los esclavos sacan entre hilas y paños, los despojos. Los entierran en un profundo hoyo tras la casa. Agregan hierbas y sal marina. Adentro, agua, emplasto y el líquido fermentado de las vides, hacen gemir a la enferma.

Comienza a disiparse el olor nauseabundo y se despliega el olor del vino. Dionisos, el dios del delirio místico se presenta en el brebaje. Le dan de beber y lo derraman en cada llaga. Además queman hojas de plantas en un brasero, que va envolviendo todo. Adormece Licaria y a los que se quedan en vigilia junto a ella. Sueña.

En un breve murmullo escucha Hipóstrato a la joven mujer que llama a su patria. “Alexandria, me gusta el mar por la mañana. Déjame regresar a tí, ciudad querida” .  Un remezón conmueve el piso. Comienza un ronronear de la tierra volcánica. El ruido y el movimiento, sacude a todos. Terremoto y horror. 

Licaria vuelve a Alexandria. Esa que queda tan lejos, tan lejos como la vida. Tan lejos como la libertad para la esclava.

 

 

VOCABULARIO.

Stoa: fila de columnas dóricas con cámaras para tiendas y alojamiento en la parte de atrás, que se azaba sobre una cisterna con capacidad de 600 m3 de agua para abastecer a 400 familias en Rodas. Siglo VII a.C.

Dragmas: moneda común usada en la antigua Grecia.

Oikos: en las casas de los “señores” el Oikos era la parte de huertas, cuidadas por esclavos, donde se criaba el pequeño rebaño familiar. Sólo lo tenían las familias patricias. Siglos V, VI  en adelante. De la palabra Oikos deviene la palabra economía.

Ágora: espacio o plaza donde se desarrollaba la vida pública, muy importante en Gracia antigua. Allí se creaba la cultura y la filosofía.

Higeia y Apolo, Atenea Kamira, Hestia, Dionisos, Canservero: Mitología Griega. Dioses que acompañaban a los hombres en su vida diaria.

Alexandria: Ciudad actual de Alejandría, norte de Egipto, sobre el Mediterráneo y en la desembocadura del Río Nilo. Famosa por su historia.

 

QUINCEAÑERA

  

            Le gustan los músicos ruidosos. Es coqueta y cambiante. Tiene ideas de ser la más inteligente y sincera de las chicas de su edad. Siempre en grupo, nunca sola. Pero a veces se escuda en el silencio y nadie penetra en su mundo interior.  Es la realidad que la atropella cada vez que mira la cuna.

            Conoció a Jonathan en un partido de hockey del colegio. Él era simpático, entrador y gracioso. Las chicas lo amaban, deliraban pensando tener “algo” con él, pero se acercó a ella. Vino con un helado y se sentó en la grada junto a su espalda y comenzó a decirle cosas. Algunas bonitas, otras ingeniosas y otras odiosas. Uma, se sintió muy atraída por las palabras y ruidos raros que hacia el muchacho. Él, de un salto estuvo a su lado. Le compartió el helado que era de sabor  a chocolate. Se lo arrebató y terminó comiendo sola. Se reía, se reía y le preguntó:¿ Querés ser mi novia? Uma lo miró muerta de risa. ¿Tengo trece años, creés que puedo ser novia a esta edad?

             

LA PESTE, HOY

 


 

Ya nada será igual

Como la lluvia improvisa su baile en la pradera

Ha venido un vendaval de incógnito a la tierra

Un grito feroz

Un desgarrado furor

Una desgracia

Que aterra la frente y los pulmones del hombre

Cunde el hambre

Se cierran con heridas malolientes las veredas

No hay voces ni cánticos de niños

Y retorna como un viento atrevido y mortal

Mortal, he dicho.

Tan trágico el partir de cada transeúnte

De cada alma olvidada.

Solos, en total soledad de invierno

Sin solsticios que frenen su impostura de odio

Sin mengua,

Sin piedad.

Una peste cuyo caballo sin freno arremete en el aire.

Como pájaro agorero de la muerte.

Y el tiempo…

Sin gloria ni descanso despliega su espada

Con un hálito bastardo sigue embistiendo el cuerpo

Hombres solos y quietos.

La peste.

Otra peste.

ANTIGUOS TELARES


 

            María de la Cruz se sentó en el piso de su rancho. El frío le ingresó por el cuerpo hasta los huesos. Un helado furor de pellejo suelto, de tendones rígidos por la artrosis de las manos y los brazos, de sangre lenta que calienta apenas su cuerpo de mujer laboriosa y maltratada.

            La voz de su hombre se introducía como viento helado por las hendijas de su piel y tristeza. Había completado unos trabajos que él, llevaría a la feria. Esa bendita feria donde su ex novio siempre se paraba en la esquina a observarla, luego llegaban los golpes e insultos de su marido. Cuando era una niña, de largas trenzas negras que su Abuela ataba con pompones de lana de colores, ella era una pequeña estrella juguetona y alegre que merodeaba por los corrales abrazando las ovejas recién nacidas, o las llamas recién paridas, o potrillos y camadas de perros que sin nombre entregaban en la feria a quien quisiera tenerlos.

            Un día llegó el Artemio. Era grande. Su mujer había muerto hacía un tiempo y su padre la entregó como se da una oveja. Y allá fue con su atadito de ropa y sandalias, con sus lágrimas y su miedo.

            Su cachorro la seguía, pero el hombre lo pateó y salió volando con quejidos lastimeros. Quedó quieto y sangrando. Su corazón de niña, se endureció de pronto. Ruca. Piedra. Hielo. Nunca más pudo reírse como lo hacía antes.

            Su madre se acercó una mañana y vio a su hija tejiendo en el piso de tierra apelmazada de la casucha. Una olla grande borboteaba en el fuego. Cocinaba y lloraba. Tejía y lloraba. Dormía y lloraba. Los viejos telares lloraban con ella.

            Pero llegó el Artemio y la trató de loca, de inútil, de sinvergüenza. Y la madre lloró como ella. No pudo regresar y el padre, alcohólico y enfermo, se reía, se rió hasta que un día cayó sobre el catre con un paro cardíaco.

            María de la Cruz se fue en silencio por la calle polvorienta. Llevaba entre sus manos ateridas y deformes una manta de alpaca para su madre anciana. Se abrazaron y sin una sola palabra supieron que jamás regresaría a la casa del Artemio. Todavía buscaban a quien le quiera dar una puñalada en la feria. Por maula y resentido. Ladrón de poca monta.

            Y una mañana de cálido verano, con la suave brisa escucharon el quejido de un sabueso. Era el Artemio que vino a morir en la puerta del rancho. Tenía unas costillas rotas y arrastraba un resto de tripa por la tierra.

            ¿Qué te pasó Artemio? Acercó el oído a la boca hedionda y escuchó: “Fue el maldito perro que te siguió toda la vida.” Y se dejó silenciar en un suspiro de odio. María de la Cruz, le cerró lentamente los párpados, lo cubrió con una manta blanca que terminaba de tejer y llamó a un compadre para que lo llevaran. Sola, ahora, seguiría tejiendo con colores de fiesta y alegría. Se terminaron los golpes y la furia. A sus pies, el animal tantas veces pateado, movía sosegado la cola satisfecho.

lunes, 27 de abril de 2026

JUDITH

 


            Habían llegado los soldados. La calle era un doloroso espectro de gente en fila que se arrastraba con los pequeños bultos que les permitían los infantes del ejército. Los gritos asustaban más que sus cuerpos jóvenes y maltratados. De ambos lados, los que como fantasmas ambulaban con la mirada perdida y los que los arreaban como ganado.

            Yo había salido de la oficina donde mi patrón me mandó a llevar papeles muy importantes, cuando me crucé con una mujer, cuya mirada desesperada, arrastraba una carriola en la que una bebé indiferente se adormecía. La estrella amarilla pegada en su raída ropita de fieltro, me acerqué. Un grito me dejó casi paralizada. Pero no era para mí. Se había caído una anciana. Aproveché y cogí a la niña, mientras la madre dejaba en mis manos un pequeño bulto con algo desconocido en ese momento. La mujer no tenía lágrimas, pero suspiró y me rogó. “Se la dejo, es suya ahora, gracias”.

            De pronto era una madre. Los pocos metros que caminé envolviendo la beba, fueron kilómetros en mis latidos locos de terror. Si me habían visto, yo sería una más en las largas colas de los sentenciados. Me escabullí por calles oscuras y grises. Las ventanas cerradas, las puertas rotas, acribilladas. Negocios apedreados y mutilados por los vándalos.

            Llegué a mi barrio, único barrio católico dentro de la zona. Más al norte están los barrios protestantes con sus templos cerrados. Nosotros participamos en las noches de algunas ceremonias, siempre escondiéndonos por las dudas que también nos atacaran.

            Me llamo María de la Misericordia. Soy sobrina del párroco español que hace más de veinte años fue trasladado desde España a Alemania. Me dicen Mani desde muy pequeña. ¿Nunca supe bien porqué!

            De repente al ingresar la vecina me miró raro, pero yo apoyé mis dedos, que tiritaban, sobre mis labios y entré cerrando la puerta de ingreso con tres llaves y cierres. Nos mueve el terror. Lo primero que hice fue calentar agua para bañar a la creatura. Eso la sedó y se durmió. Debía tener mucha hambre porque buscaba sorber sus dedos. Arranqué la estrella amarilla de su ropa, que metí en la salamandra y quemé, la escondí,  la famosa estrellita, en una hendija  que rasgué en la parte interna de la pata de la mesa de luz. Detrás de dicha estrella habían bordado el nombre de la creatura: Judith Bergman. Y la fecha de nacimiento: 18 de febrero de 1933. Entonces tenía nueve meses y medio. El frío había despoblado aun más las lúgubres calles del barrio. Comí un trozo de pan de centeno y media patata. Cada día tenía que cuidar más la comida que se nos restringía para la guerra. Esa noche dormí apenas.

 

Varias veces vinieron por el barrio buscado gente que se pudiera esconder. Una mañana, me despertaron a las patadas sobre la puerta, que gracias a Dios era fuerte. Abrí, cubriéndome con una colcha, que tomé de la sala, y me enfrenté a dos oficiales de la Gestapo, que me empujaron y comenzaron a revisar todo. Mi niña dormía y despertó llorando, la levante en brazos y acurruqué en mi pecho. Me sentaron y comenzaron a pregurtame miles de datos: ¿De quién es esta niña? ¿Cómo la había concebido si no tenía marido?... Yo avergonzándome, más por mentir que por lo que les dije, me planté y les expresé: “Hace unos meses, más ni quiero recordar la fecha, regresaba de mi trabajo y alguien me tomó de atrás, me tapó boca y ojos, me arrastró tras unos trastos y me violó”. Nueve meses después nació Dulce María, mi hija del dolor. Soy católica y jamás mataría un bebé antes de nacer. No le vi jamás el rostro al maldito que me hizo esto, pero acá soy feliz con mi hija a pesar de no saber quién fue su padre. Dulce María buscaba mi seno, como si supiera que tenía que demostrar que era mi hija. Los hombres miraron toda la casa, vieron las imágenes de Cristo y María Inmaculada, sólo uno se cuadró frente a ellos, los otros se rieron y le dijeron improperios en su idioma de cuartel. Me dieron una cartilla especial y me dieron la orden de ir todos los meses a mostrar al médico del cuartel general, a la niña. Yo me hice la señal de la cruz y la pequeña intentó imitarme, cosa que les causo mucha risa. A mí, paz.

 

Las bombas comenzaron a acercarse, por lo que nos trasladaron a la campiña. Nos instalamos por la organización de nuestra parroquia en una granja donde de ser secretaria me convertí en trabajadora de la tierra. ¡Pero no nos faltaba tanta comida y podía alimentar a mi pequeña niña! Aprendió rápido a rezar oraciones católicas. Ya me encargaría yo a su tiempo de decirle que y quién era, enseñarle los ritos y su historia, la de su pueblo. ¡Ahora no podía ya que le enseñé que era muy malo mentir y que no eran agradables las niñas y niños que preguntaban todo el día el famoso: ¿Y por qué?!

En la campiña era más fácil, pero muchos seres que huían robaban nuestras patatas y animales de granja, tuvimos que hacerles sus nidos dentro de la casa que era una verdadera fortaleza medieval. De piedra y rollizos que difícilmente se podían romper sin herramientas muy fuertes. Sólo una bomba o un obús podían agujerearla.

Un día cayó cerca de nuestra granja un avión enemigo. O amigo. En ese momento ya no sabíamos qué sucedía en nuestro mundo que estaba patas para arribas. Escuchamos de hornos para humanos. No les creíamos, después supimos tristemente que era verdad.

Una noche escuchamos que avanzaban tanques. Eran los que venían a “salvarnos”.

Por las dudas, yo escondí bien los papeles reales de Dulce María y me aferré a la pata de la mesa de luz donde tenía escondida la “estrella con su nombre y fecha de nacimiento”.

Eran americanos, según el piloto, que había caído cerca de nuestra vivienda, que hablaba inglés y alemán, nos pudo explicar  varios temas de estos sucesos.

Me ofrecieron llevarme a la ciudad, siempre con la niña. Como intérprete con los soldados prisioneros que no habían logrado escapar. ¡Pobres, eran niños de catorce y quince años!

Pasé unos meses muy laboriosos, que me dieron como regalo poder ir a vivir a los Estados Unidos de América como exiliada. ¡Acepté! Huí del horror de las verdades que se sucedieron.

Cuando Dulce María llegó a New York, entregué los verdaderos papeles que me diera su madre en ese bultito mínimo al recoger la pequeña.  Ahora se llamaba Judth Bergman. Tenía seis años y la llevé a un templo de su religión, la presenté como una heroína, pidiendo le enseñaran quién era realmente. Todos lloraban, yo también. Ella se aferraba a mi cuello y ellos entendieron que no podían separarla de mí.

Pasaron los años, ella me cuida ahora que tengo 75 años. Se casó con un buen hombre judío, que tuvo la paciencia de enseñarle a ser una verdadera judía. Tuvo cinco hijos y a una de las niñas, le puso mi nombre  aunque tuvo que discutir mucho con muchos que no la entendían, era una forma de agradecer mi amor. Cada noche viene a mi lecho, me da de comer en la boca, porque sufro una parálisis en las manos por tanto trabajar y luego de besar mi frente, como yo hacía cuando ella era pequeña, me arropa y deja una pequeña luz encendida por si la necesito. Aaron su esposo se da una vueltita por mi habitación y me espía, pero yo me hago la dormida. No puedo dormir pensando la vida que nos tocó vivir y el sufrimiento de millones de personas que por defender una Fe, murieron y mueren sin sentido. Armenios, Musulmanes, Tutsis, Utus, cristianos, gitanos, asiáticos y sacerdotes de religiones del mundo que considero, mientras miro por el ventanal las estrellas, que son santos sin estar en los altares de ningún lugar de la tierra.