martes, 23 de junio de 2026

UN TIEMPO PERDIDO

 

               Cae a plomo un sol interminable. Un sórdido infierno transforma el paraje desértico en un meandro ígneo. Se agiganta la figura de un ser fantasmagórico. ¡Será...! ¿Acaso un humano? ¿Tal vez un cíclope o un centauro inventado por los seres que intentan desaparecer del páramo elástico? Un derroche raro de la raza que habita desde los principios más ignotos el yermo. Paraíso nativo, allí despertando a la nueva creación. Una criatura se desdobla frenética como un extraño manto de seda. Ha sido concebida para desorientar incluso a los dioses. El reverberar del suelo difumina la figura.

                           Un silencio pérfido predispone al miedo. Se revuelve en la rústica cava pétrea un gelatinoso cuerpo deforme. La soledad atrapa incluso al observador inadvertido que fisgonea en la oscuridad de la fosa. Emerge lentamente el cuerpo fantasmal de una mujer. Su larga cabellera negra tiene mágicos fulgores estelares.  Puebla de formas bellas el lugar.                            Comienza una danza espectral sin música. La joven se contornea bajo el influjo de una rítmica melodía que nace entre las rocas de estalactitas de sales minerales. Una ninfa... de las cuevas ha vuelto a la vida. Se ha desplazado entre el vapor y yace, junto a un enorme cardón en el límite del desierto. ¡La piel aterciopelada de un tenue color ambarino de los nativos inventa un rito de amor!

                   La insatisfacción de mi virilidad adormecida me aprieta el lugar donde aun está el hueco de mi perdida costilla primigenia. Existo como un hombre perpetuo. ¡Entonces  miro la piel y escarbo en  búsqueda de reflejos de un espíritu, de un alma inmortal de esa mujer!  Me acerco y trato de tocar su rostro, anguloso y mórbido como fruta madura, donde unos profundos ojos negrísimos me insinúan una lucha de ancestros transgresores. Es astuta, lo sé. Mi mano se alarga.  Se desplaza la imagen en el intento. No existe. Se diluye como blasfemia en  la nada.  Tiemblo al repetir mi acción y trémulas mis manos atrapan sólo una red de sonidos brillantes, innecesarios, inventados en mi propia soledad. Entonces escapo y el calor del sol me hace regresar a una pequeña sombra. Estoy junto a un antiguo árbol que semeja una catedral de filigrana de madera perfumada. En él, anidan aves ruidosas. Rodeado de malezas y de espinas, mi cuerpo se desploma. Miro mi perfil, en el polvo del camino,  apenas dibujado entre los matorrales. He caído en una trampa. La sed y el hambre estrangulan mi cuerpo herido por la necia actitud de los "otros ".

                        Me estiro tratando de aferrarme a una fruta que pende de la rama de un  aguaribay. Me retracto. No es una fruta real, sólo existe en mi imaginación. Un keú grita con sonido  estridente y migra hacia el sur. ¿O es hacia el norte? Ya no importa el rumbo sino que oriente mi flaqueza hacia un territorio fértil. Una vega llena de frutales o  de maíz jugoso.                  Hurgo en mi repertorio  de vegetales ansiados. Un fruto de cardón, dulzón y tibio..., una patata de agua, humilde, que me devuelva la serenidad. Tal vez muera acá en medio del desierto, en medio del reflejo obsceno,  incendio estelar,  ojo de fuego. El  sol asesino.

                          ¡El Sol, dios generador de los padres atávicos! ¡Los atapamas, los tonocotés, los omaguacas, los capayanes...! Se está extinguiendo un hijo del desierto.  Nos estamos extinguiendo. Nuestra raza y leyendas. ¿Dónde están los dioses ancestrales... y dónde ese nuevo Dios de los cristianos?

                          Me voy perdiendo en una nube espesa. Ahí veo una " suy-i con puri " * y es la callosa mano atezada de mi madre. Esas manos que en el mortero de algarrobo molía diariamente el seco grano amarillo de la catedral celestial, verde espada que remonta la tierra agostada del secano en  aras rituales. La madre nutricia era, en la puna y el yermo de Sanagasta y Yacampis. ¡Pero el agua de las palmas se pierde entre los dedos en el polvo y se transforma en piedras! Comienzo a transitar por un laberinto de luces y de estrellas lejanas. No volveré a tocar a mi madre. Está muerta, igual que casi toda la tribu. Un extraño mal los atacó y no pudo el " brujo"  ahuyentar el maligno.

            Un tiempo infinito transcurre para que " Sima - Hoy-ri " ** vuelva a la realidad. La saeta de fuego ya palidece y comienza a tenderse como una sábana violeta el atardecer sobre las tolas y chañares, sobre los churquis y las queñoas. Las cigarras, los bumbules trepanadores y los millones de insectos ruidosos empiezan su ronda nocturna en busca de agua y frescor. Así se inicia su peregrinar hacia la quebrada. El frío avanza como un enemigo ansiado, sabe que con su camiseta de lana de vicuña, ahorrará calor del día solar. Sus "ursutas”,  son fuertes y aguantan hasta las espinas gruesas de algunos cactus y añaguas. Se yergue con dificultad y continúa.

                           - ¡Debo atravesar este páramo y buscar a los blancos! Los hombres buenos me ayudarán.- piensa.  Pero el cuerpo cada vez más pesado y las piernas más dolientes, impiden el esfuerzo.

                            De pronto un ruido estridente atraviesa el cerebro del hombre. Se despierta en otro espacio... fisgonea en busca de señales  claras. ¿Dónde estoy...?- se pregunta.  Tiene el cuerpo desnudo entre las sábanas enroscadas  sobre las piernas musculosas y ahora sabe que está en un lugar  conocido. ¡Este calor... intruso y grimoso!- masculla enojado.

                    Mira con desesperación el reloj electrónico y descubre que está muerto.- ¡ Tenía que ser hoy, justo hoy que tengo la entrevista con los periodistas de casi todos los medios!  Trata de desmadejar las colchas y  ropas para liberarse y corre a la ducha- . Se ha cortado nuevamente la corriente eléctrica. El pequeño pueblo es así. Las celosías esconden el verdadero clima de ese día. No hay ni un resquicio de frescor, no hay refrigeración, ni ventilador, por falta de mucha previsión y total desgano, reconoce rezongando. Se desenlaza, los músculos doloridos protestan y le estalla la cabeza. Se yergue, trata de llegar hasta la pequeña bañera. Abre el viejísimo grifo y una desinflada cinta de agua que agoniza, se desparrama hasta desaparecer. ¡Tampoco hay agua! Tiene ganas de gritar. Vuelve el sueño  en flashes alternados. Tendrá  que apurarse. Toma una toalla y la empapa con agua colonia y refriega el cuerpo sudado. El pelo está pegoteado y la piel, como si le hubieran untado  mermelada. Se restriega el cabello y el rostro. Tiene la barba crecida.  Parece que  miles de insectos lo hubiesen aguijoneado. ¡ Qué asco! Una camisa blanca... ¿ dónde está su camisa blanca? Busca entre la ropa desperdigada entre sus papeles y  fotografías.- ¡ Ah... gracias a Dios...!- Se calza un viejo pantalón de lona y la camisa que resplandece en la semipenumbra del cuartucho. Unas zapatillas serán la  solución a los pies que le  duelen...- ¿ Por qué me duelen tanto los pies?- piensa. Se mira y sus pies están llenos de pequeñas heridas y cortaduras.- ¡ No puede ser si yo no he ido a ningún lugar desde hace días!- Regresan las imágenes del sueño. Sobre una mesa hachuelada están los instrumentos musicales indígenas.  Algunas quenas y caramillos hechos en huesos de guanacos y llamas,  unos restos de alfarería nativa. Los descubrimientos transformarán su nombre y su prestigio... ¡ Qué maravilloso yacimiento arqueológico de la raza perdida! Sale del dormitorio y se siente extraño. Son tantos los reporteros que lo agobian. Los luces de cámaras y  videos con sus   impertinencias... Siente  deseos de huir. Se siente atrapado.

                           - ¿ Es verdad que ha encontrado una ciudad perdida de la región apatama?- le dispara como un dardo una joven hermosísima. Tiene la cabellera recogida y le caen hilillos de sudor por el cuello perdiéndose  en  unos  pechos opulentos. Se distrae.

                            - ¿ Acaso podrá explicar con su hallazgo el principio de la civilización incaica?- pregunta con una risita estúpida  otro reportero.  ¡ Es verdaderamente insufrible la algarabía! Nadie presta atención; sólo están allí para tener algo para cobrarle a los periódicos importantes. Los medios pagan muy bien una noticia de temas científicos que pocos leen realmente.

                           - Perdón aún no puedo darles muchas respuestas concretas. He descubierto, sí, un importante pueblo precolombino en el desierto de... ( lo interrumpen para poder sacar fotos con mejores imágenes).- ¡ Señores gracias por venir... pero les prometo un detallado informe muy pronto! ¡ Tal vez nunca!.-  vuelve a considerar. Están desilusionados, lo miran con cierto desprecio. Los periodistas salen murmurando algunos improperios, pero no los escucha. En realidad no le importa. Intenta regresar a la habitación. Hace un poco tiempo que retornó la electricidad y ya hay agua en los escuálidos grifos; pero alguien lo detiene. La mujer que le  hacía preguntas en el salón lo ha seguido por el  pasillo. La mira. Su cuerpo y rostro lo  dejan  perplejo. Es casual pero una ilusoria imagen del sueño lo  golpea. ¿ La mujer es una  quimera o  un  fantasma?

                            - Mañana acometeré una empresa difícil, si le interesa el tema de mis descubrimientos puede venir. No será sencillo y tiene millones de inconvenientes. ¡Es su decisión, salimos con mis ayudantes a las cuatro de la mañana! ¡ Adiós!- dice y la deja sin hablar.

                            Cierra la puerta y pone una barrera infranqueable a un ser seráfico. Se retrotrae  a los apuntes y al grabador con la música de los viejos habitantes que aún conservan instrumentos y cánticos rituales. Está  ingresando en ese ámbito ambiguo entre la realidad y lo ficticio. Se siente  un “nexo” entre lo actual y lo perdido.

                            El desierto entrega un frío impensable. Son las horas tiernas del amanecer. Una bandada de parinas chicas, con sus patas de rojo fuego, corta con sus chillidos el cielo de un denso color índigo. A lo lejos, sólo al extremo del desierto se va formando una arista convexa de color naranja que resplandece y lentamente rebasa el horizonte entre los cardones, los algarrobos y los churquis. Han florecido algunos cactus atrapando a los dragomanes alados, los pequeños murciélagos ciegos. Ellos repartirán entre sus pelos, los genes, para que no se pierdan sus plantas " origen". Un perfume a flores atrapa la sensibilidad de los observadores. Junto al científico, casi tocándolo siente el brazo firme y la mano dominante de la invitada. La había olvidado. Sobria en trastos y silenciosa se mueve. Sube al jeep y se sienta esperando al grupo que levanta los aparatos de investigación. La extraña mujer, se acurruca para no incomodar y él, la espía con el rabillo del ojo. Despierta la alterada formalidad del científico.  Nada cambia la organización, pero algo lo impulsa a compartir con ella ese premio fantástico.

                            El otro vehículo, ya pronto y repleto, comienza una lenta marcha por la huella. El sol se está transformando en un semicírculo de fuego que destella vapores dorados y plateados. La helada petrifica las hojas carnosas de añaguas, están convertidas en esculturas de hielo vegetal. Ya se han muerto. El aire gélido hace que el aliento parezca humo. No hablan y maneja sin mirar a esa compañera de aventura. ¡Inesperada e infrecuente!

                           Avizoran una planicie entre lomas de cordones montañosos de poca altura. Siguen buscando la salina y el desfiladero que los llevará al lugar escondido por muchos siglos. Unos matamicos andinos revolotean sobre nuestras cabezas, deseándonos como a presas esperadas. El grupo de estudiantes y ayudantes ha quedado levemente rezagado. Cruza un zorro con un chinchillón entre sus fauces y corre a su madriguera. Observa el rostro de la mujer; ésta, llora por la pequeña presa. - ¡Es el necesario precio que se cobra la vida, para su subsistencia!- le expresa sorprendido el muchacho. Se tranquiliza la mujer. Están ingresando en ese espacio tutelar de los ancestros apatamas. Dejan el móvil y tomando unos bártulos la obliga a participar activamente del trabajo. El sol ya está sobre sus cabezas.

                            Los ayudantes comienzan a repartirse los cuadros para extraer la arena y piedras de los artefactos. El científico, penetra por la región  intransitable del matorral. Camina con sumo cuidado para no despertar los adormecidos elementos de valor del pucará. Advertido penetra en una gruta de roca indemne con petroglifos y pinturas rupestres. Detrás   siente que se deslizan pies humanos. Se vuelve y como en un "negativo" fotográfico se transluce una apariencia corpórea. No reconoce el contorno ni la forma ilusoria. Un sopor le sobreviene. Siente el ronroneo y rodar de unas finas piedrecillas que alfombran el suelo. Hay un sensible rumor de agua y el goteo de insignificantes cascadas en los desniveles de las largas galerías. Con su lámpara trata de iluminar hacia la izquierda y una figura de belleza sin igual resplandece a su vista. Parece una máscara de cristales y oro. Es tan antigua como la milenaria visión de sus fantasías. ¿Acaso son realmente palpables o están impresas en su yo imaginario y no existen?

                            Llama a gritos y sólo le contesta la voz apagada de su inadvertida escolta. No conoce  su nombre. La mira enfrentándola y le pregunta con la mirada inquieta -¿Si ha escuchado algo?-  Sonríe la periodista y le señala una cripta. Su voz, alentadora, suena transparente y lúcida. - ¡Llámeme Quillén, ese es mi nombre! - contesta con atractivo mohín  femenino. Él sigue alumbrando con una linterna las paredes gradualmente artesonadas con símbolos pretéritos. Una suave llovizna los envuelve. Se acercan los cuerpos, se cruza un gélido aire azufrado.

                            Las manos de la pareja, tiemblan y cae la lámpara en una grieta. Han quedado a oscuras. Tiemblan y el hombre toma entre los brazos el cuerpo trémulo de la ninfa anhelada en  su claro deseo carnal. Acaricia el rostro y besa  la boca atrevida. El cabello le cae en una catarata de seda entre las manos. Detrás de esos cuerpos se oye un murmullo lejano que atrapa  la atención del hombre.

                            -¿De dónde proviene?- Trata de reponerse y captura con dificultad la luz caída. - Debemos continuar... allá hay un peculiar espaldón de minerales raros.- la urge hacia un camino cuyo trecho recto los obliga a saltar un río subterráneo y un barandal de estalactitas húmedas.

                            - ¡Ilumíname ese sector, Quillén... por favor! Mira... ahí hay una espectral forma casi humana. - quería obligarla a participar. Justo a esa mujer a quién nunca pensó que compartiría el hecho más importante de su carrera.  -¡Nunca lo consideró! – se dice. ¡Observa, es una momia y está casi intacta..!. - lo sorprenden sus palabras y siente una urgente invitación de la muchacha que está excitada y febril.

                             - ¡Magnífica! ¡Es perfecta..., me maravilla su belleza! Además, mira tiene todo el ajuar intacto. Observa las sandalias de hechura arcaica... y su camiseta de lana de vicuña roja y su manta de alpaca y las plumas de colores desvaídos por la humedad y el tiempo... - señala conmovido.

                              - Tiene un collar de piedras azules y rosadas... ¿será "rodocrocita" y "lapislázuli” o “turquesas?” ¡Mira su largo cabello trenzado con agujas de hueso. Usa brazaletes  con láminas de oro y extraños dibujos!-  le comenta sin mirarla- ¿ Crees que pudo ser una princesa apatama?

                               - Tal vez debemos regresar y buscar ayuda para transportarla. Ven volvamos. La insta con apuro.

                               - ¿Sabes volver acaso por esos pasajes misteriosos? - Quillén ríe con carcajadas agudas. Mira al hombre consternado que tiene frente a sí y su rostro de piel suave y tersa se va convirtiendo en una mueca donde la boca se desdibuja y sólo se ven los dientes apretados en el hueco de su calavera. Su traje se deteriora rápidamente y va transformándose en un atuendo apatano de confección muy primitiva. Ya no tiene ojos y en las cuencas oscuras brillan como dos esferas de azabache pulido, de antracita combustible e ígnea. Y son esos ojos los que lo petrifican. El horror queda como una máscara calcárea en la fisonomía del hombre.

                          El sol cae en rayos de fuego sobre el rostro del hombre que desesperadamente busca incorporarse en el desierto apatano. Sus pies heridos y sangrantes parecen de lava. Sólo se escucha el griterío de pájaros carroñeros que esperan una presa. ¿Acaso todo ha sido un espejismo? ¿Su imaginación pudo crear tártaro semejante? A lo lejos un murmullo atrae su debilitada conciencia.

                          Es un grupo de gente que se acerca. Trata de atraerlos con gritos, pero nadie acude, nadie responde. Todo ha sucedido en su afiebrada mente o ya forma parte del mundo espectral de los nativos desaparecidos. Una joven aldeana aborigen se acerca y lo mira. Sus ojos son de azabache pulido y sus trenzas están apretadas con lanas de colores. Canta. Un susurro de erkes, flautas y cajas, en un dulce yaraví, invade el páramo. Le acerca rústica la mano de piel curtida y lo ayuda a erguirse. Un misachico frailero, apretado de flores de papel de colores, con un "Santo de palo”, vestido en paño de vicuña morado, se enfrentan al mustio cuerpo deforme del científico. ¡De pronto, en el erial...un pájaro de alas descomunales echa a volar hacia el disco de fuego, padre de los "Incas" y de todos sus descendientes; tribus que se han ido diezmando en la pobreza y el tiempo.

                             Un ave inexistente en los libros de los sabios.

Lengua Apatama:

* Suy-i con puri: mano con agua.

** Sima - Hoy- ri: Hombre de la tierra.

 

JUICIO A LOS RECUERDOS

 


Llegamos en un barco de la Cruz Roja desde Austria. Buenos Aires nos pareció un lugar extraordinario. Lo que más nos llamó la atención fue ver comida en los tachos de basura. Nosotros, después de vivir en cuatro campos de concentración siendo refugiados no lo podíamos creer. Allá comíamos un trozo de unos doscientos gramos de pan de cebada y una papa de cien gramos, más o menos, cada día. Donde conseguimos algo de grasa de cerdo fue en el campo de los ingleses.

Escapábamos después de sentir como mataban a mis padres por el frente de la casa, nosotros por atrás y por los techos huíamos agazapados con unas pocas joyas que mi madre le puso a mi mujer en el corpiño. No teníamos nada. La ropa era de pleno invierno, pero teníamos un calor terrible, porque había incendios por todos lados.

Los soldados alemanes entraban a las viviendas y si eran judíos los aniquilaban y prendían fuego. Caían balas de todos los rincones. Escondidos, viajábamos de noche y nos escondíamos de día. Así atravesamos por las calles de Budapest hasta llegar a la campiña. Los bosques estaban poblados de gente que escapaba de las tropas de ocupación.

Pasamos hambre. Yo trataba de buscar comida donde fuera. Rescaté de algunos muertos unas botas y un carro abandonado. No traía mi título de odontólogo. Era un simple vagabundo escapando de los enemigos. Mi hermosa esposa, éramos muy jóvenes y recién casados, escondía entre sus bragas algo de dinero. Pero nadie lo quería. Faltaba comida y sobraba hambruna.

Hoy trato de agradecer haber escapado del infierno y estar vivos, hemos construido un hogar con dos hermosas hijas. Dios dirá cuál será su destino.

LETICIA

 

 

La recepción está llena. Apenas se puede caminar delante de la zona donde se toman turnos y admisiones. Una tarde espesa. Húmeda y caliente. Por el altavoz, llaman a personas y las acercan a los salones donde deben esperar su lugar.

Para Leticia es una buena señal, saber que no habrá mucha gente para atender. Ella suele tener hasta siete personas esperando en el recinto, pero este día apenas hay dos. Las atiende como siempre, apenas unos pocos interrogatorios y prescribe calmantes y estudios que transferirá a otros especialistas.

Me toca a mí entrar, cuando se escucha un llamado urgente desde la sala de urgencia. Sale refunfuñando. ¡Justo ahora me necesitan! Espéreme. Yo asentí. Bueno, la espero.

Cuando llega al gabinete donde yace un ser esperando, se le encoge el estómago. El olor a suciedad, orín y alcohol, la deja asqueada. Se acerca y ve una mancha de sangre entre los harapos del enfermo. Piensa en su ropa limpia y hermosa. ¡Carajo, un vagabundo! Se acerca una enfermera y comienza a cortar los trapos. ¡Cuidado, doc., tiene piojos y creo que sarna! Una cabellera hirsuta y blanca rodea la cabeza del yacente. Ya lo voy a lavar. Mientras tanto usted si puede tómele la presión o algo.

Había entrado en una ambulancia policial. Encontrado sobre la calle, herido, un uniformado lo recogió y corrió al primer nosocomio más cercano del lugar. No podían negarle la atención.  Hábil, la enfermera bañó el cuerpo del individuo, le pasó una rasuradora eléctrica por la cabeza y la larga barba. Caían al piso mechones con sangre e insectos. Un rostro de varón de no más de cuarenta años, se presentó a los ojos de Leticia. Algo le hizo dar un leve sobresalto. ¿Qué rostro conocido? Pero no puede ser. No lo conozco. Una vez limpio y seco, comenzó a hacer su trabajo.

No despertaba. El aliento agrio la envolvió cuando el hombre abrió la boca. Su dentadura ennegrecida por el tabaco y algún otro sólido le había carcomido el esmalte dental. Entre los andrajos, encontraron una pequeña bolsa con documentos, que de inmediato tomó el policía que permanecía de pie cerca del hombre.

Señora, se llama Exequiel Marcos Guzmán y tiene cuarenta y dos años. Sin dirección. Le han dado una golpiza terrible.

No. Agente, tiene una herida de cuchillo en el estómago. Creo que le han herido el hígado… bueno, lo que le debe quedar de hígado con el alcohol; y quién sabe qué otras “cosas” ha consumido. Lo hace reaccionar y el color de sus ojos azules, se incrustan en el recuerdo de Leticia. ¡Yo creo que lo he visto! ¿Pero dónde?

Rápidamente lo entran a quirófano y asume un colega una transfusión de sangre y calmantes, para ver si pueden operarlo. Mientras trabajan en el cuerpo doliente, hablan de cosas personales.

¿Cómo estuvieron tus vacaciones? ¿Adónde fuiste este año, viajera? Nosotros con los chicos solo hemos ido unos días a Córdoba. ¡Che, este tipo… tiene cara de ser conocido! Me inquieta ver lo mal que está. Si le hacemos unos rayos o análisis de prevención. No sabemos si es diabético o tiene alergias o si tiene alguna otra enfermedad. Leticia asiente. Sí, mejor esperemos, hagamos estudios. Entra un médico que se impone. ¡Por favor, ni toquen a ese paciente! No tiene seguro, ni sabemos si puede pagar los gastos de este hospital, no somos la Cruz Roja ni algo estatal. Esto es un hospital privado, alguien tiene que dar la cara por él. Sale golpeando la puerta de vidrio que vibra y se reflejan las luces dando un aspecto desagradable.

Fuimos con mi hermano y mi cuñada a la costa del sur de Francia. ¡Parece que se enojó su señoría… tal vez estudió en Harbar! Llamemos al agente que lo trajo. Entra el muchacho y dice: Este hombre es un famoso músico. Sus padres vienen en camino.

Leticia, se arrellana en la pared y aventó: Esperemos un tiempo, pero no lo dejemos… por las dudas. ¡Ay, tengo una paciente esperándome, salgo para hablar con ella y regreso pronto! Mientras camina por los pasillos del hospital, recuerda un concierto que presenció en el teatro Colón y recordó que ese esperpento enfermo sobre la camilla era el solista; ejecutaba el violín. Despachó a la enferma con un pretexto, le dio una receta con calmantes y le cambió el turno para dos semanas después.

Ella, no se perdería la posibilidad de cobrar unos jugosos honorarios de los padres del músico. ¡No he estudiado tanto para curar enfermos gratis!

 

 

INFIERNO PARA OTRO

 

            La Rosario se sentó junto a mí en el jardín de la casa de campo, siempre tenemos ese clima de confianza que hermanan a las mujeres. Ella criada allí en medio de los cerros y yo tan citadina como un Shopping.

            - Los tulipanes han comenzado a abrirse y los narcisos como si quisieran besar el sol han crecido mucho este año. ¡Ah, si hasta los jacintos besan la tierra por culpa de la lluvia inusitada y a destiempo en la temporada. Hay mucha humedad  en el terreno de atrás…!

            - Hoy no vino tanta gente joven como el otro año. Recuerda como estaba lleno, pero este año no les han dejado traer alcohol, por eso ya no quieren venir. Antes era una fiesta.

            - Se emborrachaban y hacían desastres, por eso no los dejan.

            - Si, vi muchos jóvenes en el camino en paso al poblado, ¿sabe, creo que es mejor, ahora hay muchas chicas que se embarazan sin cuidarse y después…?

            - Ni me diga, si lo sabré yo, porque acá nos conocemos todos. Hace muy poco se suicidó la Hortensia, la cuñada del “Tormenta Suárez”. Dicen que la dejaron un ratito sola y cuando volvió el Pelado, estaba colgada medio de rodillas sobre la tierra, mismo donde encontró al hijo. No se pudo hacer nada, era tarde.

            - ¿La Hortensia no es la que el año pasado perdió dos hijos?

            -  Sí se suicidaron igual que ella, mismo lugar, misma forma, no le dije. Dicen en el pueblo que estaba loca. Dicen que estaba de nuevo embarazada. No quería más hijos.

            - ¿Usted qué cree Rosario, acaso una mujer al que se le van dos hijos de esa forma, no se puede trastornar?

            - Y… visto así… claro, lo que pasa es que acá hay mucha ignorancia y pobreza.

 A los hombres no les gusta agachar el lomo, se sienten inferiores si trabajan en cosas pesadas, todos quieren trabajar en empleos de la municipalidad.

            - Pero es la ley de la vida. Trabajar es para lo que venimos entre otras cosas, ¿No? Y si aprenden un oficio o hacen trabajos manuales. Yo pienso que dignifica al ser humano el trabajo, sea cual sea.

            - Acá trabajamos las mujeres. Nosotros hacemos todos los trabajos más duros, ellos son los señoritos.  Y no le digo como nos tratan en la cama.

            - ¿En la cama? ¿Quiere decir dentro del matrimonio? En la vida sexual es cuando más se les nota el machismo acá y en todos lados. No crea que en la ciudad es muy diferente y pasan cosas parecidas.

            - ¡Pero acá son como animales! Yo a mi hombre le tengo mucho miedo. Me casé muy joven, tenía trece años, pensando en otra cosa. Me agarró desde un principio y como ya había tenido dos hijos, me obligó a abortar seis veces.

            - ¿Seis veces? ¿Acá en el campo?

            - Y si supiera… a los lugares y con quienes me llevó, no mi he muerto de pura suerte. Y yo todas las noches cuando me acuesto, después de rezar, le pido a la Virgen que él pague por lo que me hizo hacer.

            - ¿Lo odia o le teme? Dios no la va a juzgar por lo que él le hizo hacer.- Imagínese si Usted mi querida amiga, hubiera tenido que criar ocho niños.  A los dos que tiene los educó sanos y le dio estudio y oficio. ¡Con ocho hubiera podido si él no trabajó nunca?

            - Yo antes le tenía terror. El miedo me hacía hacer pis encima cuando venía a la cama medio borracho. Se acostaba y me agarraba del pelo y sas…púmbate, encima de mí. Me fui acostumbrando pero ahora con la edad que tengo, ya casi sesenta, lo eché de la cama.

            - ¿Ahora le tiene miedo él a usted o quisiera que…?

            - Por lo pronto no lo dejo ni que me toque, se imagina que un viejo de mierda sólo quiera… bueno usted sabe ¡ no? Y me insulta y dice que soy una tal por cual y que se va a ir a buscar una muchacha entre las casas… que para eso me casé y hasta puta me dice. Pero yo no me casé para que me hiciera estas cosas.

            - ¡Yo entiendo lo que ha sufrido! Nunca imaginé que sufriera tanto.

            - Me hicieron cualquier cosa. Enfermeros, medicuchos de tal por cual, matronas mugrientas…rezo por esos pobres angelitos que nunca vieron el sol. Y le ruego a Dios, porque soy muy devota de la Virgen, que este viejo de mierda pague por todo y cada uno de los abortos que me obligó hacer. Espero que lo pague en el infierno.

            - ¿Tiene miedo? ¡Dios no la va a juzgar y él sabe!!!

            - Sabe mi amiga, lo odio tanto y más cuando anda tomado y quiere acercarse a la cama. Saco el rebenque para  hincárselo en donde sea. Si es ahí mismo en la… mejor. Lo saco a golpes y me tiene miedo, él ni siquiera quiere operarse una hernia porque tiene miedo al médico y mire por lo que yo he pasado.

            - Bueno cuídese no vaya a ser que termine mal la cosa.

            - No… ni se acerca. Si por él fuera, yo lo tendría que servir cada noche hasta que me muera. ¡Qué se muera él antes que yo y espero encontrarlo en el mismo infierno!

            - Bueno tal vez su vecina se murió por algo parecido.

            - Nunca lo vamos a saber, yo nunca se lo conté a nadie. ¡Sabe que me siento mejor ahora que por primera vez lo digo?

            - De mi no saldrá. Y sepa que hay seis angelitos que la cuidan y la esperan…

            -Y seis diablos que lo esperarán a él. Que lo arrastrarán por las brasas hirvientes. ¡Eso espero! Hasta la semana próxima. ¡Está muy lindo su jardín amiga, me llevo seis tulipanes para la Virgen!

            Rosario camina encorvada por el esfuerzo de subir y bajar entre las piedras del cerro. Con su cabello blanco y su alegre silbido llama al perro que la acompaña por cada lugar que va de visita para tener a sus conocidos al tanto de las historias del lugar.

 

EL CASO DE UN HOMBRE CONGELADO

 

 

            La chacra está como abandonada. El patrón no puede venir desde la primavera pasada. Está muy enfermo y sin una guía todo se ha descompuesto. Los animales sin las vacunas se enferman. No tenemos los fungicidas, ni los herbicidas, ni los abonos para las plantas. La mamá ya no puede más con mi papá, que se ha dedicado a la bebida en forma desenfrenada. Eso lo lleva  a vivir a los gritos, insultos y golpes de todo tipo. Ayer la golpeó tanto a la Luciana, que hoy tiene todos los ojos negros y en la espalda unos moretones muy fuleros y hasta heridas que le sangran. Creo que se ha vuelto loco. Le levantó la falda a la Rosalía, justo cuando yo entraba y me tiró con la botella que tenía en la mano. Yo le grité que esa no era la mamá y él se rió a carcajadas y entre dientes dijo que ya la iba a agarrar después. ¡Hoy fue peor! Encontré a mi mamá encerrada en el galpón y entonces me pidió que cuidara a las chicas. Corrí. ¡Sólo tienen trece y quince años!, dijo llorando a mares, ¡y este gran hijo de puta, me las quiere arruinar! Gritaba. ¡Yo le prometo que no las va a tocar más! Y a usted tampoco. Pero tengo que reconocer que mi padre tiene todavía mucha fuerza porque cuando volví con la mamá, él se había tirado arriba de la pobre Luciana, que con el dolor de la golpiza de ayer no se pudo defender y ya era demasiado tarde. ¡La jodió! Era un charco de sangre. O yo lo vi  como un mar de sangre. Y la sangre me brotó en el alma con furia y horror. ¡Lo voy a matar, me dije, mientras lo arrastraba por el piso! ¡Y mi mamá desesperada abrazaba a mi pobre hermana! Ahora sé por qué ayer la golpeó tanto...ella no se dejó tocar por este viejo borracho. De repente salió de la otra habitación mi otra hermana y gimiendo como una perra gritó que a ella ya le había hecho eso varias veces...y allí me decidí...lo voy a matar hoy. Callado me voy a ir a comprar más vino. Hoy hace mucho, muchísimo frío y es mi oportunidad...el frío puede hacer el trabajo por mí. ¡Tomá papá te traje mucho vino del bueno!...y lo miro con un gesto cómplice. Tomá, tomá y quedate tranquilo. ¡Toma y el vino le corre por la boca hasta el pecho! La llamó a mi mamá y ella, como no viene rápido, recibe un golpe de puño en el pecho...y un puntapié en la panza. ¡Le pido un favor...y apenas me entiende pero dice...sí, y se apoya en mí y sale conmigo al patio! Yo lo empujo con fuerza y se cae. Luego corro y entro a casa y cierro muy bien la puerta. Él me grita, me insulta y promete matarme...yo no oigo. Me tapo las orejas. Él grita cada vez más despacio. El vino hace buen efecto. Mamá y las chicas lloran. Yo lloro. Hace mucho frío. Afuera hay nieve. El perro aúlla y nadie duerme esperando la mañana. El sol no aparece todavía y hay muchísima nieve. Ya te vamos a abrir papá. ¿Papá me oís? No se oye nada. Veo sobre una silla la chaqueta de ese hombre  que es mi padre. ¡Tan sólo tiene puesta una camisa! Odia la ropa de abrigo. Yo no me puedo poner a cuidar si él tiene puesta la chaqueta. El termómetro debe tener como ocho grados bajo cero. ¡Pobre se quedó afuera! Ya está saliendo el sol, vamos a ayudar al "hombre " a entrar a la casa. Pienso.

            ¡Abrimos la puerta y oh...un cuerpo azulado, rígido e inmóvil, cae dentro del zaguán de nuestra precaria casa! Salgo lentamente a buscar a la policía. ¡Pobre papá...tomaba tanto...nadie escuchó cuando quiso entrar..., el vino y el frío..., no lloren más, él se buscó este final! Pase comisario, mire todo lo que había tomado... ¡Mamá no llore más! -¡Yo le dije que no saliera...! ¿O no es la verdad Luciana ?... ¿Verdad  Rosalía? Y él salió igual... fue por más vino.

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                        Historia real contada por un chico de una escuela rural a su maestro.

 

ANTIGUO ESPEJO


 

            Se miró por última vez. Estaba despeinado y asomaban sus canas como traviesos gnomos de cuentos por su largo cabello. ¡Ese soy yo! Pero no creo que haya vivido este tiempo de terrible pesadumbre sin dejar nada más que ciertas rayas en mi piel morena. Caminó arrastrando los pies por el pasillo que lo separaba del baño. Él, Benjamín, había recobrado la pequeña luz esa mañana.

¿Cuánto tiempo estuvo echado en su hamaca, sorbiendo lamentos y palabrotas de ira? Ese tiempo le dejó un sabor muy amargo y pesadumbre. Miró a su derredor y advirtió que el jardín estaba seco, las paredes descascaradas, y en las jaulas, ya no quedaban pájaros, solo unas pocas plumas mustias y huesitos flacos.

Le costó mover los pies y las piernas, las tenía delgadas y flácidas. Sin fuerza. Caminó por toda la casa. El polvo había cubierto los muebles y los vidrios con unas telillas grises que opacaban la luz. El sol apenas entraba por las ventanas. El olor... ese olor a moho y verdín lo espantó. ¿Cuánto tiempo pasé en este lugar? Miró el calendario y advirtió que ya había pasado mucho tiempo. Un verano o dos. O tal vez más. Había despertado de una larga agonía. Y sólo recordaba unos rostros desdibujados y sombras que se desplazaban cerca de su cómodo lecho. ¿Cómodo? Si ahora lo miraba y parecía un jergón sucio y mohoso.

¿Cuánto espacio había entre su ayer y ese día? No podía concentrarse. Se tocó la frente. Tenía un bulto con unos raros ganchos de metal. Ignoraba porqué estaba encorvado y sucio. Era un color rancio ocre su poca ropa. Sintió un ruido en la puerta que daba a la calle. Se escondió tras un pequeño mueble y miró a esa persona que había ingresado. Era una mujer de cabellos blancos y rostro triste. Traía en la mano un manojo de acelgas y una fruta. ¿Benjamín, cómo amaneció hoy? Le traje algo de comer. Ya se lo preparo. Y conseguí su fruta predilecta. Manzana de color verde. ¿Dónde está? Ayer se volvió a escapar y el médico lo dejó sedado. ¿Benjamín, dónde está?

La vio reflejada en el espejo y le pareció una máscara deformada de Jacinta, su vecina. ¡Perdón... ya veo que hoy está de buen humor! Acá le dejo la comida y me retiro. Avisaré a su médico que está despierto. Y la mujer salió corriendo por el pasillo hacia la calle, cerró con llave y solo sintió una leve discusión con alguien que le reprochaba dejarlo así... ¿Así cómo? Entonces, abrió la celosía que daba a la calle y vio que estaba encerrado con unas fuertes varas de hierro.  Llamó. Gritó. Nadie acudió a su llamado y sólo atinó a regresar al lecho y dejarse estar hasta que despertara nuevamente.

sábado, 20 de junio de 2026

LA CHUCHI

  

            No sé por donde empezar, si por el final o el principio. Por ahora veo que empecé siendo yo sola en la plaza, con la foto y el cartel. Me acompañaron mis abuelos. Al día de hoy ocho meses después hay como quinientas personas. Cada 17 de mes- número de la mala suerte- vengo con lluvia, sol, caminando con la foto de la Chuchi y pidiendo Justicia. Siempre vienen las maestras que nos ayudaron en la escuela primaria. La Chuchi, se caminaba veinte cuadras hasta la casa de la señorita Isolda para que le prestara libros. Leía muchísimo. Era una extraterrestre en la Villa.

            La foto que traigo es de cuando ganó la bandera en sexto. Está linda. Era tan hermosa que siempre la elegían reina de la primavera. La Chuchi, era alta, me sacaba una cabeza y más, delgada, flaca por falta de comida. Su mamá vivía en cama con un vaso de vino o directamente tomaba de la botella. ¿El padre, vaya una a saber quién era y dónde estaba? Tenía un pelo largo hasta más abajo de la cintura y ojos grises como nubes de tormenta, la Chuchi. Tormenta fue su corta vida.

            Una mañana, mi amiga, me pidió si podía bañarse en mi casa. Yo viví siempre con mis abuelos, porque mi mamá me tuvo y se fue. Nunca más supimos de ella. A mi papá tampoco lo conocí. El abuelo Felipe, trabaja con la chatita haciendo transporte en la feria. La abuela Rita, cose para una fábrica clandestina de Avellaneda. Le pagan por quincena y nunca me faltó nada. A la Chuchi sí, le faltaba todo por eso mi abuela la invitaba a comer de vez en cuando o le regalaba un sánguche de bife, con huevo duro y queso. Yo le daba mi leche en la escuela y la torta que nos daba el gobierno. Yo soy más rellenita que ella y los chicos me hacían burla.

            Sigo con la historia, señorita, me fui por las ramas. Comenzó a venir siempre y me ayudaba con las tareas. Cumplimos los doce y ella parecía una mujercita, bella y hablaba como una grande, porque vivía leyendo. Se comía los libros que le daban la seños de la escuela. Yo seguí la escuela secundaria, ella no pudo y salió a buscar trabajo.

            Encontró de ayudante en una panchería de Constitución y eso fue su perdición. Allí conoció al Tuerto. Él, le presentó a un muchacho muy lindo y que parecía un príncipe de película. Jonathan no sé cuanto. La llevaba y la traía a la Villa en un auto de esos que salen en las propagandas. Se vestía como grande. Se maquillaba mucho y parecía una modelo.

            Un día vino a pedirme si se podía quedar en mi casa. Tenía un labio partido y un moretón en las mejillas. Nos dijo que se había caído en la calle. Mi abuelo no le creyó. Es viejo y sabe. Así una noche de tormenta sentimos un ruido en la puerta. Se asomó el abuelo. Estaba tirada en la calle y sangraba. La abuela Rita la envolvió en toallones y nos fuimos al hospital. Quedó internada y la médica habló con la abuela. “Una gran paliza, embarazo perdido, aborto, posible muerte”. Yo no paraba de llorar. Se quedó mi abuela y fui a buscar a la madre de la Chuchi. Estaba borracha y me tiró con la botella. Le dije de todo; se paró como pudo y salió tambaleándose a la calle. Se cayó y quedó tirada la muy puerca y el hombre con el que vive la arrastró hasta la vereda y se detuvo allí. La lluvia no la despertaba. ¡Era patética!

            Vino a buscarla el “Príncipe”, tenía que trabajar en el burdel. Era la fundamental bailarina en el caño y no podía perder la clientela. Se la llevó de prepotente, no más, y la madre, vieja desgraciada, la dejó ir sin decir ni mu. Después supe que era el “príncipe” el que le daba plata a la gran hija de puta. No la vi por un largo tiempo. Yo terminé el bachiller con 17 años y rendía para asistente social cuando apareció en casa. Estaba destruida. Parecía una mujer de cuarenta años. Tenía un bebé. Una nena hermosa parecida a ella. Carina. Me dijo que si le pasaba algo me la quedara. Yo no la entendí. ¿Qué le podía pasar?

            Una mañana cuando salía para la facultad, se me acercó una mujer policía. Me preguntó si yo era Elisa Medina. Le dije sí. Venga su amiga Elizabeth Soria está muy grave y la llama. ¡La Chuchi se llamaba Elizabeth Soria! Yo ni me acordaba.

            Llegué al hospital en el coche de la policía. Estaba en terapia. El “Príncipe” la había rociado con nafta y prendido fuego. Era un monstruo. Se moría. La doctora me pidió que acercara el oído a los labios de la Chuchi. El olor me asqueó, la carne quemada es asquerosa, pero lo hice.”Te dejo mi hija, cuidámela como si fuera tuya” y sentí un ronquido que salía de la garganta de la Chuchi. Me sacaron de la sala y me dieron a la Carina que ya tenía un año y medio.

            La mujer que me la entregó me dio unos papeles con sellos del juzgado en que me hacían responsable del bebé. Yo lloraba a moco tendido. Había muerto quemada por el precioso Jonathan. Gracias a Dios fue preso. Después en el velorio supe que había zafado de la cárcel, porque es hijo una diputada nacional y tiene un montón de amigos en la casa de gobierno.  

¡Por eso vengo todos los 17 de mes con la foto y el cartel pidiendo Justicia! ¡No puede ser que ese maldito siga en la calle después de lo que le hizo a la Chuchi! La próxima, será otra y otra, total nadie lo puede encerrar. ¡Ah, cada vez viene más gente y más fotos de otras mujeres quemadas o asesinadas por sus parejas y hay más carteles!

Sabe señorita periodista ¿la Chuchi murió con 18 años y nadie reclamó su cuerpo? La enterramos con la ayuda de mis abuelos, las maestras de la escuela y algunos vecinos. De la madre no supimos nunca nada, dicen que desapareció de la Villa. Pero hay tanto muerto tirado por ahí, en las alcantarillas. ¿Quién puede preocuparse por una borracha empedernida? Gracias por venir.

¡JUSTICIA, JUSTICIA, JUSTICIA!!!!!!