Etelvina buscaba afanosa un puesto que la acercara a su barrio. Ese rincón amable donde había podido llevar a vivir a su padre anciano. Su madre, aun joven para esa época, no tenía fuerzas para levantarlo de la silla, bañarlo y ayudarlo a comer. ¡Un A.C.V. era lo que lo dejó así al dejar su amado trabajo.
El nuevo gobierno cerró los talleres de fabricación de vagones y maquinaria de ferrocarril. Se quedó sin esa dignidad de ser obrero responsable y laborioso.
Se presentó a una escuela a pocas cuadras de la casa. Una escuela pública donde asistían niños de la barriada aledaña. Conoció a su nueva directora. Una mujer muy pulcra, bien arreglada y llena de sortijas. La recepción no fue ni amable ni dura. Etelvina, venía de una escuelita de campo, donde los chicos eran los que ayudaban en las tareas de la cría de ganado caprino, cosechaban a la par de sus padres y jugaban con pelotas de trapo.
Le indicaron un grupo de edad intermedia, entre los nueve y once años. Venían muchos con sus madres o padres en auto o en bicicleta. Eran muy despiertos y se manejaban con seguridad y altanería.
A poco de llegar, Etelvina por un concurso de creatividad docente, fue nombrada la maestra del año. Y ahí se complicó la historia. No solo cuando salió en el periódico local, sino que le hicieron algunas entrevistas en radio y televisión; cosa que la directora y sus colegas, aclaro, algunas, se molestaron mucho. Comenzó una guerra. Claro sin balas de cañón no bombas aéreas. Eran desplantes, desafortunadas incriminaciones y “soto voche”, habladurías que la hicieron sufrir.
No estaba acostumbrada. Su lealtad a la docencia, le impedía darse por aludida a ciertos desenfados e histerias. Cuando tenía que descansar le obligaban a hacer tareas extras, o bien la cargaban de papelería que con su dedicación le llevaba mucho tiempo.
Los meses pasaban y cada día era un sufrimiento mayúsculo para ella que era simple y transparente en su accionar. Los chicos para más, se encariñaron muchísimo por su carácter y motivación. Les llevaba tareas originales, divertidas y ejemplares. Leían con gusto y redactaban cuentos y narraciones como nunca lo habían hecho.
Fue horrible una tarde que la directora, delante de los alumnos la maltrató. Los niños estaban asustados y muchos lloraban. Al día siguiente varios padres se presentaron y pusieron quejas, que solo sirvieron para que la directora les contestara muy mal.
Se hizo una reunión y se tomó una decisión, la querían a Etelvina de directora. Los gritos de la mujer, se escuchaban desde la calle. Llegó a decir palabras impronunciables.
La solución la encontró un padre: “Iremos a la televisión” y allá fueron.
En todos los medios aparecía el tema. Los protagonistas de esa larga “novela” de terror, motivó a la superioridad a hacer cambios.
Cuando le preguntaron a la directora el porqué; dijo: “No puede ser más lista que yo” y además me debe obedecer y callar. Etelvina encontró una solución rápidamente. Regresó a su vieja escuela de campo y se mudó con su padre y su madre. La vida continuó hasta que un buen día la vinieron a buscar los padres del otro colegio: “Señorita Etelvina, vuelva, nosotros queremos que sea usted quien instruya y nos ayude a educar a nuestros hijos”.
Cuando volvió a la clase se sorprendió por el coro de placer en palabras que hicieron los alumnos. Entonces aprovechó para darles un consejo: “Niños, cada persona tiene un don diferente, nunca se sientan ni mejor, ni peor que otro compañero o persona. Verán que al que le guste la música, le cuesta la lectura; al que le es fácil la matemática es duro en gimnasia y así por ser cada uno distinto, serán mejores en lo que sus dones recibidos les depara la vida”. Un aplauso ruidoso de padres y colegas, de niños y abuelos llenó el patio del edificio escolar.