“Podrán cortar todas las flores, pero nunca terminarán con la primavera.”
Che Guevara.
Entró en su dormitorio. Sacó una “Sansonite” que
compró en París y puso allí algo de ropa. Muchos apósitos y “muestras gratis”
de las que guardaba. Corrió descalzo por las alfombras de los pasillos y abrió
furtivamente la puerta del dormitorio de sus padres.
No habían regresado de esas interminables y
ridículas cenas de amigos. Mentalmente agradeció su suerte. Fue al tocador de la
madre. De allí sacó ropa interior y dinero. Dejó una nota en la cómoda
diciendo:
¡Mamá, como tengo mucho que estudiar y no puedo
concentrarme, me voy a la casa de Cariló o al departamento de Mar del Plata. Regresaré
pronto. Cualquier cosa les hablo. Llevo algo de dinero que saqué de tu tocador
y algunas prendas, luego te explico!
¡Gracias mami! ¡Me llevo la camioneta!
¡Besos
de tu hijo Emilio, el único más lindo y mimado!
Corrió con su pequeño equipaje. Cuando llegó
junto al coche vio que la joven mujer deliraba y se asustó. Le dio agua y
tratando de no hacer ruido, entró el Mercedes al estacionamiento, cambió a la moribunda
de lugar, acostándola en la parte carrozada de la camioneta Ford y salió del
garaje, pero antes de partir, se fijó muy bien, si no quedaba algún detalle en el
otro coche que delatara su problema.
Cuando partió ya había comenzado a clarear. Manejó
con cuidado hasta la ruta y allí, para no tener problemas trató de acomodarse a
un ritmo normal de cualquier viajero. La llamada de Texas de Florencio, lo
encrespó.
Antes de llegar a Chascomús, se cambió de ropa y
tiró el overol y la campera en un zanjón y le echó gasoil y un fósforo. Ardió
dejando un montoncito de cenizas. Siguió. En un pequeño pueblo compró en una
farmacia, varios elementos de “curación y suero”. El sol ya estaba bien alto
cuando llegó al pequeño puesto de guardia de Cariló.
El tranquilo sereno se sorprendió al verlo, pero
pensó: ¡Son tan chiflados estos nenes de mamá!
-
Oiga amigo… ¿Me conoce, no? Sí, sí, mire, vengo a
estudiar, porque tengo varios exámenes. Necesito tranquilidad. Si me viene a
buscar alguien, lo para acá y me avisa
-
Como usted ordene… ¿Le mando a Rosa?
-
No…, bueno, sí, pero más tarde. Yo le aviso cuándo.
-
Diga joven ¿Necesita algo, para mandarle algún peón,
digo yo?
-
¡No, quiero estar solo y tranquilo! ¡Llámeme por
teléfono si viene alguien!
El hombre levantó la
barrera y la camioneta ingresó por las serenas calles arboladas de tierra y
gramilla. El bosque escondía las viviendas de miradas extrañas. Era el lugar
ideal. Una nube de arena y polvo sellaba el capot del vehículo. Cuando llegó el
chalet parecía muerto.
Abrió el portón y allí estaba el Jeep, la
lancha, los equipos de buceo y ski acuático, la moto y cuanto chiche nuevo
aparecía en las casas de náutica.
Le dio mucha rabia.
Pensó en la falta de instrumental del
“Hospital de niños”. Con todo eso se podría comprar tanto… Entró la camioneta y
cerró el hermético portón. Sacó la llave y abrió la puerta de ingreso a la
casa.
Pensar que sus viejos pagaban un montón de
plata, para que limpiaran todos los días ¡Qué cosa de locos si nadie quería ir
a esa casa!
¡Sintió bronca después de todo su viejo
trabajaba duro…! Cierto que cada operación la cobraba un disparate, pero
siempre era gente de dinero, a la que no le hacía nada gastar. Alzó el cuerpo
macilento y deshidratado de la muchacha. Subió la escalera de madera alfombrada
y entró a su dormitorio, con una mano destapó una de las camas de dos plazas
que había en su dormitorio. Allí depositó a la chica. Abrió el placard y
despojando de una funda plástica un traje, la rompió como impermeable
poniéndola debajo del cuerpo. Pensó poner una sabana entre el cuerpo y el
nylon. Una zalea se hacía con sábanas cortadas y en la casa sobraban; además
necesitaba proteger de llagas la piel herida.
Florencio le ordenó cuidar a la “mina” como si fuera oro. Y era oro para
la organización.
Descolgó
un cuadro, un mamarracho que su madre había comprado a una pintora amiga y en
el clavo colgó un frasco de suero.
Fue al baño, dejó correr el agua de la canilla
un buen rato y cuando acabó de salir la herrumbrada se higienizó
meticulosamente manos y brazos.
Entró al dormitorio y
preparando el brazo de Delfina le inyectó la aguja de suero en la vena. Preparó
un fuerte antibiótico y lo introdujo en el suero. La auscultó y notó arritmias.
Sacó una ampolla de digitalina y se la puso en la vena del otro brazo. Tenía
dos presiones arteriales muy juntas y altísimas.
La mujer se estaba muriendo. Él tenía que
sacarla o la “Organización” perdería una buena oportunidad de hacer un trabajo
eficiente.
Se quedó con el estetoscopio puesto y el aparato
de presión en la mano. Notó que lentamente hacía efecto la droga.
Cuando estaba acomodando la habitación sintió
ruido en la escalera. Salió y cerró la puerta con llave.
-
¡Señor, soy yo, Rosa!
-
Ah, me asustó… mire Rosa, necesito que me haga algunas
cositas.
-
Yo vine antes de ayer a limpiar, pero acá no dura nada
y usted no avisó…
-
Está bien, no quiero que se justifique ante mí, yo no
soy su patrón.
-
Gracias, pero…
-
Rosa: ponga en funcionamiento la bomba, la heladera y
limpie en la planta baja un poco. ¡Luego traiga esta lista de comestibles por
favor!
Mientras sigue dándole ordenes, baja de tal modo
la escalera, que la mujer retrocede en todo momento alejándose del lugar donde
está la enferma. No debe saber que hay otra persona ahí. Le alcanza una pequeña
y desprolija lista de comestibles, el muchacho advierte en el piso manchas
pequeñas de sangre que ha perdido la enferma.
- Mire Rosa tengo mucha
hambre, primero búsqueme leche y comestibles y después limpia. ¿Sí?
Y mientras le comenta eso la toma decididamente de
un brazo y la lleva a la puerta. La pobre mujer tan asombrada y desorientada no
atina a responder. Sube a su motocicleta y parte a cumplir con el pedido.
El hombre cierra y vuelve sobre sus pasos. Busca
un trapo de la cochera y limpia las manchas con esmero. Cuando queda
satisfecho, deja embolsada la basura con el trapo sucio y la esconde en la
camioneta.
Regresa
al dormitorio, toma el pulso y la presión y nota alguna mejoría, ahora queda
esperar. Luego…
Mira el cuerpo de Delfina y le asombra como ha
adelgazado. Él la ha visto hace un año más o menos en la fiesta de unos amigos
de su padre. ¡Allí lucía un precioso vestido negro de seda natural chino, con
alhajas valiosísimas y un precioso peinado!
Ahora, pálida, deshidratada, con la cabeza
rapada y delgadísima, le da lástima. Aquella era la mujer, que despertó la ira
en su corazón entonces porque era rica, linda y hablaba en francés, en lugar de
hablar castellano. ¡Le dio rabia, su seguridad junto a un hermoso hombre, que
la miraba con adoración¡ En el fondo eran celos y frustración por su problema.
Nació con labio leporino y paladar hendido. Le costaba hablar y los niños en la
escuela le hacían toda clase de burlas. Sus padres lo llevaron a un importante
instituto de Brasil para una operación cruenta y reparadora con el mejor
estatista del mundo. Los curó bien. Estudiaba medicina para ayudar a otros como
él.
En cambio a esos llenos de lujos y sin problemas
que nunca fueron sus amigos ni vecinos que se sentían titanes que se pagaran
las cirugías. ¡Y él ese día anterior en la sala de la Villa, había visto morir a
una chica de catorce años tuberculosa, veía morir desnutridos ancianos y niños por
hambre y abandono! ¡Todo eso lo decidió a unirse a la “Organización”, él tenía
que hacer justicia! Claro, que ahora se le presentaba la otra cara de la
cuestión. Allí estaba la
Delfina, y él, no había hablado nunca de los problemas de
clase en gente así. Y de él dependía que se salvara según su amigo Florencio
que amaba a la hermana de la cretina. Texas queda lejos hermano, pensó.
El sueño le comenzó a morder. Se alejó un poco
de la cama y se tomó una anfetamina para combatir el sueño. ¡No debía dormirse
ahora! Tampoco debía tomar demasiados estimulantes.
Sintió ruidos. Bajó y cerró con llave la
habitación. ¡Fue al gran salón y puso música bastante subido el tono! Sandro de
América era el Long Play que encontró primero. Muerto de risa se acordó del
verano con Susi, una putita que conoció en la playa.
En la cocina Rosa trajinaba. Le sirvió un
desayuno abundante con medias lunas de manteca y dulce de leche casero. Huevos
fritos con jamón. Hacía meses que no desayunaba tan bien. Así era en verano
junto a sus padres. Comió con deseo y charló sobre el tiempo. Averiguó quienes
estaban pasando una temporada en Cariló.
-
Nadie, casi, nadie, ya comenzaron las clases y la
gente se fue.
-
Y ese casi ¿Quién es Rosa?
-
Ah, la pintora y el viejo de la “Mimosa”. ¡Ella tiene
como treintitantos años y según dicen, él tiene como sesenta y tantos! Dicen, que son amantes pero
yo no les veo hacer cosas raras, usted sabe que…
-
¡Bueno Rosa lo que haga la gente a mi no me importa!
Dejemos en paz a los amantes. Y no me
gusta que me espíen a mi. Soy terrible con la gente que se fija en lo que yo
hago. Me los como crudos, ja, ja, ja….
-
¿Cuándo quiere que regrese a limpiar?
-
Yo le diría que en cuatro días, más o menos… ¡Cualquier
necesidad la llamo! Tráigame mucha leche… tres litros diarios, déjela en la
puerta, que yo la voy a entrar.
-
Yo puedo entrársela bien temprano y me parece que
usted andaba enredado con la
Susi. ¿Se acuerda? No sabe…la muy boluda, perdón, la tonta se
suicidó. No se enoje, le hice un chisme. Me voy.
-
No, déjeme la llave. Suelo ponerme nervioso si siento ruidos
cuando duermo a ver si es el fantasma de la Susi. ¡Pobre, qué le pasó?
-
Parece que se embarazó y la echaron de la casa donde
trabajaba. No tenía familia. Tuvo miedo y la encontraron en el mar ahogada.
-
Pobre Susi. Yo tuve relaciones con ella pero me cuidé
de no dejarla, bueno de no embarazarla. Para eso me faltan cinco materias y me
recibo de médico.
-
¡Está bien, tome… ya me voy!
La mujer sumamente disgustada, le entregó la
llave y cuando va a salir algo la detiene. Mira hacia arriba y le pregunta.
-
¿No quiere que le limpie la planta alta?
-
¡No, solo iré allá a estudiar y dormir! ¡Yo me arreglo
solo!
-
Bueno, adiós… - Y se va murmurando con desagrado. -¡Son
todos iguales capaz que el pendejo que
estaba esperando la Susi
era tuyo, hijo de puta!
Ya solo. Ordenó cuidadosamente toda la cocina y cerró
bien puertas y ventanas. Corrió los cortinados, para que nadie observara sus
movimientos. Subió y destrabó la puerta de la habitación. Cuando entró, Delfina
dormía y su respiración acompasada habló de su mejoría.
Se quedó mirándola un
rato en silencio. La música se había acallado y su sueño terrible le cerraba
los ojos. Se tiró en la cama junto al cuerpo afiebrado de la muchacha y se
quedó profundamente dormido!