lunes, 16 de marzo de 2026

EL TIRANO II

  

 

Cuando vio el vehículo por el camino de piedras, se estremeció. Él había caminado de una posta a otra con botas de cuero hechas por su madre. Los pies doloridos y sangrantes. Una nube de polvo lo cubrió y sintió que las piernas ya no le respondían. Se tiró a un costado de la senda cerca del camino. El sol abrasador caía a pleno sobre las rústicas piedras que fueron en la antigüedad vivienda de campesinos pobres. El motor y el vapor tremolaban en la distancia bajo un manto de tierra y pequeños guijarros que servían de sostén a la tierra. Sintió el murmullo de un arroyo cercano. Descansó unos minutos y se dispuso a acercarse al agua y beber.

Caminó un corto trecho y se detuvo. Allí se encontró con un cuerpo desgarrado por las alimañas del lugar. Era un cuerpo humano. Sólo se podía distinguir algunos de sus miembros. Salió disparando. Corrió y sólo se oía el jadeo de su garganta seca.

Llegó a avistar las primeras casas de una población pequeña. Vio la puerta abierta de una casa. Se detuvo con la mano en el pecho que parecía una máquina infernal. Era tan pobre que nunca había visto una vivienda tan prolija y cuidada. Salió una mujer añosa con una herramienta. Amenazante y mal gestada lo increpó. ¡Vete de aquí, forastero, nadie necesita de otro pillo y ladronzuelo; bastante tenemos con el jefe!

El joven apenas podía responder a sus intimidaciones. ¡Madre, no soy pillo ni ladrón, sólo busco al boticario para darle una solución a mi abuela...! Ella está con calenturas y mucha tos desde hace días y le cuesta respirar. ¿Me puede ayudar diciéndome dónde está la botica? Vivimos en Águila Escondida, al este. Eso me dijo la abuela cuando me mandó a buscar ayuda. La vieja cambió de actitud, se desprendió del azadón que le mostrara para amedrentarlo y lo miró de arriba a abajo. Ven, acércate. ¿Cómo te llamas? Gabino, madre, y estoy muy asustado. Por el camino ví un monstruo como de acero y madera que echaba humo y sus ruedas, como de carro, se deslizaban con apuro por la senda. Yo me dejé caer. Me dio sed y al oír el murmullo del agua, fui hacia el arroyo y allí... allí, había un cuerpo muy comido por los lobos o perros o no sé si el demonio lo había destrozado. Pero salí echando pedregullo con mis pies porque el terror me empujaba. ¿Por qué nadie buscó esa persona, si no está tan lejos de aquí?

¡Ay, muchachito estúpido, no sabes nada! El dueño del condado es quien maneja esas vidas. Un error y quedarás igual. Mejor vete. Acá no se puede hablar del dueño. Es el propietario de todo y de todos: campos, casas, animales y de los que vivimos aquí, en Tierra Alta. ¡El Don, no te lo voy a nombrar, te puede meter en la cárcel por el solo hecho de ser desconocido! Ese aparato que viste pasar por el camino es un coche o carro, que él ha traído de una ciudad muy grande y lejana. Se llama automóvil. Y es el único en las tierras de acá al mar. Vete.

UNA ESPERANZA LLAMADA VIOLETA

 

                                     “Cada noche, en la terraza, crujían los canteros y  detrás de la escalerilla que subía al estanque, una sombra se proyectaba en la pared”.

 

                        Hacía muchos meses que no llegaban noticias de la ciudad. Cuando partieron Jorgelina y Oliverio, la casa había quedado en sombras. Casi vacía. El mirador que se elevaba hacia el río, era como un vigía en los atardeceres. Los jacaradáes florecieron y fueron cayendo las pequeñas florcitas lilas entintando de violeta el pasto que amarilleaba con el cambio de estación. Pero las sombras invadían lentamente la casa. El canto de los pájaros pactaban lúgubres con el aire que arrasaba el follaje de árboles y enredaderas.

                        Lavinia, tenía miedo. Comenzó a usar sus túnica de cachemir blanco. Abrigando su soledad. Encerrada esperaba el canto de las aves para salir del lecho y comenzar el día. Sólo la acompañaba la vieja Elvira, su ama. Esperando la llegada de noticias. Así fue pasando el otoño. Llegaron las lluvias y el frío comenzó a colarse por cada resquicio de los entretechos y de los ventanales. No había fuego suficiente para aliviar las tardes.

                        Todos los atardeceres subía a la terraza o al mirador en busca de señales. Nada se ofrecía a su ansiedad. Elvira la acompañaba con dificultad. Sus años convergían en cada articulación de piernas y caderas. Se acomodaba tras Lavinia y se apoyaba en los canteros de la terraza donde los rododendros esperaban  su tiempo de florecer. El enorme tanque de agua que abastecía a la casa cantaba su música de atanor sinfónicos. Muchas golondrinas anidaban en primavera y allí quedaban sus nidos desnudos esperando también. De sus queridos Jorgelina y Oliverio no había noticias. Nadie se atrevía al casco de la estancia después del asesinato de su marido en manos de un desconocido. El coto de caza y el hara, ahora vacío, eran un indicio de lo frágil del negocio emprendido por su esposo en el pasado.

                        Una mañana escuchó los cascos de un animal que al galope anunciaba su acercamiento a la casa. Pronto se hizo visible entre los árboles, ya brotados, por la incipiente primavera. Era un hombre alto y enjuto que cabalgaba suelto sosteniendo las bridas con una mano y un rifle con la otra. Lavinia se incorporó en la hamaca del pórtico y se adelantó con seguridad para esperar de frente al caballero. Sin apearse, el hombre saludó cortés y le extendió una carta. Se tocó el ancha ala del sombrero y sin hacer comentarios partió. Una nubecita de polvo lo envolvió dándole un aspecto fantasmagórico.

                        El billete era muy triste. Oliverio había volcado con el coche y habían caído con Jorgelina a un barranco del río. Muertos ambos la casa parecía aun más sola. Ya no regresarían. Así Lavinia comenzó a subir cada noche a contemplar el río desde la terraza. Crujían los canteros como que las raíces empujaban las plantas. Ya había despertado a pleno la primavera y detrás de la escalerilla que subía al tanque una sombra se proyectaba en la pared. Era como si las flores quisieran explotar para cubrir de besos el rostro bañado en lágrimas de Elvira y Lavinia.

                         Un atardecer cálido vieron que por el camino se acercaba bamboleándose un coche tirado por seis caballos. Una mujer vestida de seda, de estricto luto, descendió y entre sus brazos apretaba a una criatura. Llamó con voz aguda a las mujeres que bajaron tropezándose para llegar rápido. Se presentó como “mademoiselle” Ginoriett. Era una pariente lejana de Oliverio a quien habían entregado el pequeño fruto del amor de la pareja. Ya no podía hacerse cargo de la niña porque estaba muy endeudada. Ese día comenzaba el verano y para las mujeres, comenzaba una nueva vida. La pequeña Violeta, era como un ramillete de flores frescas.

PERDER LA INFANCIA NO ES PERDER LA VIDA


 

            ¿Quiere que le cuente? A veces miro a la nena y me sorprende. Es tan dulce su mirada, tan callada y buena, que me asusta. Cuando la traje al mundo tuve miedo. Mucho miedo. ¡Somos tan pobres! Pero apareció como una madejita rosada y chillona entre mis manos ásperas, por la dura tarea de fabricar ladrillos. El Ecelino, es un peruano que se vino escapando, como todo pobre del hambre, y quién sabe de qué escondrijo zorruno. Pero se apareó conmigo y es buen hombre. No sabe, como yo, leer. Nunca fuimos a la escuela, hasta ahora. La que supo ser mi vieja, me dejó apenas abrí los ojos con el hombre que dice ser mi padre. Ahora lo tengo en el rancho y lo cuido. Es tuberculoso y tiene un reuman, de esos que no tienen vuelta. Trabajó mucho, es cierto. Nunca supe yo lo que era jugar. Siempre a su lado trabajando y lavando la ropa y cocinando. Seis o siete años, tenía, cuando me dijo que me cortaba el pelo y me vestía de muchacho, para protegerme de los “golondrinas”. Y me crié así. Como hombre. Usé siempre ropa de chico y el pelo cortado. Me creí que era un varón hasta que un día me sangró la pierna. Y él, asustado, me llevó a la salita en el Algarrobal. Allí supe con sorpresa que era hembra. Y una dotora me empezó a conversar de mi apariencia, palabra que yo escuché por primera vez. Tuve vergüenza y me reculé más, todavía. No quise salir por meses. Hasta que mi padre empezó con las escupidas con sangre.

            Pasó un par de años y conocí al Ecelino. Era muy guapo. No tenía miedo al trabajo y me miraba. Enseguida se dio cuenta que era mujer. Él, me dijo un día si quería ser su esposa y que me ayudaría con plata y el trabajo que se me había duplicado, con esta enfermedad de mi papá. Y acepté. No sabía todo lo que era ser la mujer de un hombre. Mi papá algo quiso decirme, pero se le trabó la lengua y se quedó allí repitiendo la palabra “Pobre”, “Pobre Jubelina”. Jubelina es mi nombre. ¿Lo escuchó alguna vez? Nadie lo ha escuchado. Y así de golpe una noche después de tomar una sidra helada supe. ¡Eso era ser mujer! Tenía que obedecer a sus reclamos de hombre. Al principiar me dolía. Después me acostumbré. Eso sí, el Ecelino, nunca me pegó. Nunca faltó la comida y traía ropa y zapatillas para mí y mi papá, que cada día estaba peor, hasta que lo llevó al hospital y allí lo mejoraron.

            Y un día me puse gorda y me dijeron que tenía un hijo en la panza. Al tiempo nació la María Belén. ¡Era tan bonita! Como es ahora. Suave y dulce. Que no le hice caso al dolor. Yo he sufrido tantos dolores sin que estuviera entre mis brazos esa florcita llamada María Belén, que no me importó tener puntos entre las piernas. Pesó cuatro kilos. Era larga y regordeta. Ahora es tan bonita. Yo no le voy a cortar el pelo. El Ecelino, la cuida y dice, que a ella nadie la va a tocar. Y si alguien se atreve lo mata. ¡Yo creo que huyó de su país por algo así, eso creo! Acá se cuida mucho y le escapa a tomar y las fiestas de sus paisanos.

            Bueno, ahora voy al grano. Se acuerda cuando me llamó la maestra de la nena, yo no podía leer lo que decía la nota. Me dio vergüenza y me fui a un centro comunal de la municipalidad y pregunté si alguien me podía enseñar a leer. Me miraron sorprendidos. Cuando me preguntaron la edad y se las dije, más sorpresas. Tengo treinta y tres años. ¿Usted, cuántos creía? No, no me enojo. Creía que tenía como cincuenta, es la vida que llevé. Bueno, le cuento mi secreto, principié la escuela. Para eso vine. Acá tiene la libreta. Como no tengo mamá, ¿me la puede firmar? No vayan a creer que nadie sabe que he estudiado y paso de grado. Para mí es importante. Es un respeto al maestro y al Ecelino, que trabaja más horas para que yo no deje. Ah, gracias por firmar; pero no llore. ¿Me felicita? ¡Que se siente feliz? Imagínese yo, que puedo leer las notas de la maestra de la nena. Señora directora, no le diga a nadie que yo recién ahora voy a la escuela. ¡Pero no me llore más! Me hace dar más pena.

CLARISA


            Dejó el coche estacionado frente a la oficina. Su secretaria la esperaba con un café con algunas gotas de leche fría. Una enorme pila de carpetas, le ofendían la necesidad de sentarse a descansar. Todos los días se despertaba a las seis en punto, apenas se preparaba un jugo de frutas y partía al gimnasio. Una hora de trabajo, repercutía en cada músculo y luego un baño en el sauna. Era alta , delgada y ya había pasado tres veces por el quirófano del estetista. Un toque en el vientre, mamas con siliconas y rostro. La nariz hacía ocho años había sido cambiada. Su cabello parecía propaganda de champú y sus manos, de algún esmalte importado. Era una guerra permanente contra el tiempo y esas malditas mujeres que la rodeaban.

            Había estudiado muchos años para llegar a ser gerente de la empresa. Se jugó la más dura de las cartas. No quiso tener hijos para trepar a su puesto su cuenta bancaria, era su más brillante descendiente. Nada se le negaba. Sólo la felicidad de ser ella misma. Había pasado los cuarenta y no podía retroceder. Su ex marido, vivía con una muchacha de veintisiete años, verdadero modelo de Elle. Exótica y superficial. Sin grandes luces y enormes tetas.

            La inmensa casa, pensada para seis u ocho personas, sólo albergaba sus dos caniches, y el matrimonio de jardineros y cocinera-mucama. Su más preciosa garantía de no morir sola y que la encontraran putrefacta en un baño o el piso del enorme living.

            Mientras leía algunos de los papeles que tenía frente a sí, entró su sub gerente. Era un hombre de alrededor de treinta y cinco años. Sus títulos y doctorados, podían tapizar la pared del escritorio que no era pequeño. Dorado por el sol, atildado y afeminado, la miró directamente a los ojos y le comunicó que habían recibido un llamado de la agencia de rentas del gobierno. Querían una conferencia con ambos. Seguro algún empleado menor, querría un cheque por debajo de la carpeta, sobres siempre que desaparecían en las manos de los intermediarios de jefes inescrupulosos.

            Lo miró sin sorpresa y le pidió a su secretaria que hiciera la cita para el viernes. Era justo que esperaran para no darles el gusto de que creyeran que necesitaban de los favores de esos cretinos.

            Clarisa, le pidió a Lucas que le mostrara qué habían firmado en esa semana con el gobierno, así podrían evaluar el monto que le pedían. Odiaba esa manera tan argentina de estrujar a los que verdaderamente trabajaban y sólo, se podía entender con gente llena de afectaciones por ser de tan bajo ni8vel, que no conocían otra manera de contactarse en los negocios. Lucas, era un mago con la diplomacia con esos idiotas. Ella no. Se le notaba en el rostro cuando los veía. No podía sonreír, ni siquiera hablar. Dejaba en manos del muchacho la atención y el pago o no de lo que querían.

            Sobre el escritorio encontró un sobre que no tenía remitente. Lo abrió sin apuro. Cayó desde allí una hoja con un texto amenazador. Una pegatina con palabras de diarios y revistas, le prometían un final próximo a su vida. La tiró lejos y un soterrado grito, tapó el sonido del teléfono que sonaba insistente a su lado.

LA NUBE DE TU CAMISA TRABA TUS LINDAS PIERNAS

.

 

El castigo será cruel. Piensa que el padre supone que siempre será el dueño de su vida. Si advierte que ella tiene un secreto se volverá loco.

Suenan las campanadas del reloj de carillón que preside el salón. Es una herencia de los abuelos y le temo. La abuela nunca pudo imaginar que, atraviesa con el sonido cada instante de dolorosa soledad en esa casa. Otra vez se ha escapado. Se desliza por una breve brecha que se abre entre la puerta y el cancel de cristales profusos.

Su padre, el que la ha criado, es un hombre cruel, egoísta y no permite que las “mujeres” de la familia vivan nada sin permiso. Cosa que nunca da. Ya ha cumplido treinta años y ligera de emociones se permite una pequeña locura. Simple cosa para sobrevivir al personalismo férreo que incrusta con todas sus manías. Fóbico e irracional fue viendo nacer canas en el cabello castaño de la muchacha que adoptara al casarse con Julieta, su madre viuda.

Ella sin carácter dejó hacer a despecho de crueles pláticas de amigos y ex compañeros.  Su padre muerto en combate ya no era sino sombras. Ligera de emociones nunca tuvo la oportunidad de hacer con libertad una vida.

El tiempo puebla su piel y su figura con marcas casi imperceptibles. La mirada celeste es un lago profundo de nostalgia que se va cubriendo de tristeza. Inventó tantos sueños como su inteligencia le permitió.

Ha leído en el periódico la existencia de una academia de danza y su mente cabalga por el precioso valle de la esperanza. Inicia así la aventura de escaparse a la hora más intensa de la noche. Chirria el piso de madera y su gato maúlla alborozado cubriendo su pisada. Ella queda paralizada. Nada. Sonríe agradecida al felino que ronronea sin alarde entre sus piernas. Su padrastro ronca y el ritmo de los pulmones anuncia la profundidad del sueño. Se desliza por la alfombra en sombras hasta el pie de la cama. Desabrocha el abrigo y se desploma sobre las formas femeninas una larga camisa de seda azul que la envuelve como enorme pétalo de lirio. Sus piernas blancas resaltan el nacarado de la piel desnuda. Recuerda asombrada y palpitante las palabras de su joven profesor.

“Abril, la nube azul de tu camisa traba tus lindas piernas que como dos rosas blancas acarician el suelo” Riéndose siguió dando vueltas y vueltas en el mármol blanco donde aprendía a deslizarse como una libélula. En su pecho cayó una lágrima de felicidad. Sintió por primera vez el sabor agridulce de ser mujer. De ver en los grandes espejos que aun podía palpitar, no con ese hombre que carecía de masculinidad pero que sí tenía el sentido estético exacerbado.

        Ya en su dormitorio se deja llevar por el recuerdo. Se mira al espejo y éste le devuelve la imagen de una muchacha que tiene aún una buena figura. Se recoge el cabello entrecano, y corona su frente con una guía de flores de seda. Cuando alza la vista siente la cachetada que la tira sobre el piso de la habitación. Un hilo de sangre comienza a brotar de su labio inferior. El sabor de sangre la empuja. Toma su abrigo y como puede se incorpora. Camina hacia la puerta de salida. Lo último que oye es una palabrota de la boca siempre grosera de su padrastro y sale envuelta en la camisa azul y sangre. Afuera la espera la vida.

EL ESCABEL DE PETIT POINT


                                                                       .......................1-

 

Llegó una carta desde América para la tía Cornelia. Toda la familia sorprendida cuchichea a raíz del misterio de esa esquela. Yo sé qué es lo que ella espera desde aquel día.

Cornelia es la hermana menor de mamá. Con sus veinte años, ya comienza a convertirse en una soltera imprevisible para todos. Mi padre, que la conoce desde pequeña, se ríe sobre las complicadas charlas que mi madre tiene con ella, sobre su futuro de esposa. Cuida su aspecto formal, creyendo que así, no comprometerá el posible casamiento. Es delgada, afilada como la cuerda de un violín, de rostro femenino, sin marcas en la piel. Cutis claro, ojos levemente agrisados, nariz pequeña pero labios gruesos. Mamá discute con ella sobre el origen mestizo de su cabello color negro azabache, de rulos apretados y gruesos. Tiene un cuerpo extraño para ser una Ardlenn. Más parece una hija de campesinos que la de una familia de puro origen celta.

Yo la amo. Daría mi vida por verla feliz. Está siempre pendiente de nosotros, que somos trece hermanos. Mamá permanece en estado gracia permanente, pero a decir de  nuestra vieja cocinera vive preñada y cada año nace un hijo, que llena de más ruido la enorme casa donde vivimos.

Cuando Cornelia cumplió catorce años vino desde York para vivir con nosotros. Era pequeñita, arisca, hablaba poco y era muy observadora. Nos conocía como nadie pudo conocernos jamás. Sus largas tardes remendando calcetines y ropa usada de mis hermanos, la hacían silenciosa y taciturna. Siempre permanecía algo triste. Nos leía cuentos, que luego descubrí que los inventaba. No sabía leer. Nunca la mandaron a la escuela. Sólo estaba destinada a cuidarnos para luego seguir los pasos de mamá: casarse y permanecer eternamente embarazada. Pero el candidato no aparecía y los años pasaban. Ya nadie la miraba sino con un barniz de compasión. ¡ La pobre Cornelia!

 

La carta es una bola de fuego cayendo sobre la marmita hirviente de nuestra comunidad. Pequeño conjunto de hacendados y granjeros que poco tienen de mundano. Llegaron, incluso, visitas que nunca hubiéramos esperado, en busca de una curiosa respuesta en labios de papá, mamá o de la tía. - ¿ Quién escribió desde tan lejos?            - ¿Algún salvaje de las tierras donde aun hay esclavos, se atreve  a escribirle a Cornelia Ardlenn? – y la pequeña Cornelia esconde la famosa carta defendiéndose. Nadie invadirá su intimidad.

El otoño de 1856 comienza anunciado un invierno de clima extremo. Cornelia nos acompaña al templo, a la escuela dominical, con su acostumbrado recato y dulzura. De pronto, al salir, ya regresando en el crepúsculo, tropieza con una piedra de la vieja vereda empedrada. Cae cuan larga es sobre el pavimento cargado de hojas de roble húmedas por el rocío que comienza a desplomarse sobre el tapiz ocre. Su cuerpo desparramado bajo la capa azul parece un gusano tratando de salir de su crisálida. Los chicos ríen como si les hicieran cosquillas en la planta de los pies. El sombrerito de plumas vuela cayendo sobre el regazo de un muchacho que en un coche está detenido frente a la ferretería. Está sentado distraídamente, silbando, envuelto en una enorme capa negra de fieltro, esperando. En el aire recoge el sombrero. Salta y ayuda a la tía que se yergue lamiéndose la herida de su mano derecha. Tiene el guante roto y sangra. La mirada del joven hombre se ha quedado detenida en el rostro de Cornelia, en sus ojos que avergonzados tratan de huir de su mirada. Un tímido agradecimiento en los labios temblorosos y sorprendidos... el muchacho le acomoda el sombrero, escondiendo los rizos rebeldes debajo de las cintas. Se produce un silencio. Cada cual continúa con su tarea. Ella nos reúne y nos arrastra hasta nuestra casa. Él, sube al coche de un salto y se queda observándonos hasta que desaparecemos de su vista. Sigue esperando, como antes, a alguien. La calle se oscurece, pero una lucecita ilumina la mirada, ahora inquieta, de mi tía. Cuando ingresamos a la amplia cocina, mis hermanos, a los gritos, atropellándose, relatan lo sucedido. ¡Claro, mamá nos regaña a todos, incluso a ella, que avergonzada le muestra la mano herida! Papá sonriendo se queda callado. Mi padre es genial.

Unos meses después, yo, acompaño a tía a distintos paseos donde casualmente encuentra a ese joven. Intercambian saludos, libros, flores... y muchas miradas sutiles. Apenada Cornelia me pide que le lea unos billetes que el amigo le deja dentro de los libros. Ella no los puede interpretar, yo, cómplice, sé que él la ama sobre todas las bellas muchachas del pueblo. Uno de esos días le sugiere que nos encontremos en el correo, lugar público, solitario y discreto. Allá vamos y... conocemos la noticia, que se va de Inglaterra a América. Su padre ha vendido todo: granja, casa, animales y herramientas. Con sus veinticuatro años no puede oponerse a los designios paternos.

La tarde de junio de 1858 es la más triste... tía Cornelia llora desconsolada apretando su breve cuerpo a los cristales del ventanal que da a la calle, la frente apoyada en el frío recuadro transparente siguiendo con sus ojos anegados, al coche en que la familia Huxley viaja hacia el puerto. Un telón de luto opaco, cubre el frágil cuerpo de tía y el alma queda encerrada en su cripta de soledad.

Ahora, la casa es un hormiguero en furioso movimiento. Siento los gritos de mamá rogándole a mi padre, que no sea yo, su pequeña Etelvina, quien acompañe en su viaje de aventura entre salvajes a la hermana. Papá sabe que soy la elegida por mi ánimo, mi salud y discreción. Él, confía en mi. Así es que en este verano de 1859, antes de partir hacia las extrañas y exóticas tierras de salvajes... papá me ha llamado a la sala. Yo tengo doce años. Me abraza y mostrándome los baúles que prepararon para mí, me dice:

 -Etelvina mi hija preferida... recuerda siempre cuánto te amo. Cada día que pase, estaré rogando para que tu vida sea la mejor. Mereces ser una mujer. Recuerda que siempre contarás conmigo. A la distancia, aunque no esté cerca de ti, seguiré tu ruta.-  Me abraza y a continuación me cuelga su reloj de oro, en cuya cadena, está sujeto  el guardapelo con las miniaturas pintadas de mi madre y la suya. Mi cuello está gravemente pesado pero mi corazón galopa de amor. Tras ello, me señala el pequeño escabel  bordado por mamita en el invierno anterior y tomando mi hombro dice: - Hija mía nunca lo pierdas de vista, en él, hallarás un refugio. Ante una dificultad enorme pon tus ojos en él.- Me besa en la frente tiernamente. Sale dándome la espalda y yo sé que no lo volveré a ver nunca más. Lloro amargamente.

El barco es gigante, de pestilente madera oscura, me ha llenado el alma de feos presagios. En un pequeño espacio nos acomodan. Tía Cornelia y yo, junto a los bultos que están amarrados con gruesas cuerdas de esparto en argollas de hierro, viajamos cómodas. Nuestros billetes son de segunda, cosa que no nos impide subir al piso superior donde hombres y mujeres, con lujosos sombreros, ropas y joyas, disfrutan en lentas tertulias a la espera de tocar puerto.

Estoy muy mareada. En realidad los primeros días fueron muy placenteros pero al quinto día comenzó una ligera brisa que inició un movimiento tan pronunciado de la nave que rolamos de babor a estribor, eso me provocó un malestar horrible y mareos. Todo me da vueltas y corro al lavabo a devolver cada gota de agua o de sólido que intento comer o beber. Cornelia pálida como un fantasma, me abraza tratando de calmar mi asco y dolor. Nada me ayuda. Un anciano camarero amable nos trae una bandeja con, no dudo, exquisitos platillos, al camarote, pero regresa con la bandeja sin tocar. Así me he sentido toda esta semana horrorosa.

Hoy vino el capitán con el médico de a bordo. Cuando nos vieron se quedaron perplejos- ¡ Parece que nunca han visto a un pasajero tan mal! - Llaman a una dama para que nos cuide, ya que la tormenta no amaina y tanto tía como yo, padecemos fiebres y convulsiones agotadoras.

Cuando todo haya concluido mi aspecto será desastroso. He perdido casi cuatro kilos de peso y la ropa me queda muy suelta.

Después de una travesía complicada y desagradable llegamos a puerto. El sur nos espera. Una tierra hostil, árida, despoblada  está frente a nuestra mirada sorprendida. Junto a los altos fardos de lana, parado en una rambla de madera, nos ve quién se  transformará en el esposo de Cornelia.

Nos instalamos en el enorme criadero de ovejas, en un rústico caserón de piedra y troncos. Pude acomodar mis pertenencias, me sorprende constatar como mamá ha previsto ropa y calzado de varios tamaño, para que use tan pronto comience a crecer. Acá, ella sabe o presiente, no tendré la posibilidad de comprarme nada nuevamente.

Entre las cosas más valiosas está el escabel de petit point que papá me obsequió. Cuando siento soledad, en lugar de acomodar mis pies en él, me abrazo y lloro sobre su tapiz bordado con amor por mamá. La lejanía se me incrusta en el alma y la soledad es una cruz que me inserta una espina en el corazón.

 

                                                                              ................. 2.-

 

Mi nombre es Dorotea. Ayer, mi tía Cornelia y mamá, me regalaron este precioso cuaderno para que escriba y anote todo lo que pasa por mi corazón. Mis diez años están llamando desde mi mundo interior a cambiar nuestra realidad que es muy triste.

Nos han desalojado por cuarta vez. ¡Otra vez nos mudamos! ¿ Adónde iremos esta vez? Mamá dice que 1925 será un año desastroso para los obreros acá en el sur. Por supuesto que Fernando comenzó a embalar la vajilla heredada de la abuela, con diarios viejos que nos dio el párroco, es el rito que tenemos con cada mudanza... cada plato, taza  o fuente envuelto celosamente con un suave paño de lana y papel de seda. Un bello papel que vino desde la vieja casa de mi bisabuela Etelvina, por 1859. Luego se ubican prolijamente en un baúl, que cuenta mamá, trajo ella cuando vino con la tía Cornelia desde Gales. ¡ Las copas brillan con la luz, como si quisieran reflejar toda la belleza del universo. Los cubiertos de plata, van  en un estuche precioso todo tallado y tienen labradas las iniciales de Etelvina y Leonard... su fiel esposo, mi bisabuelo.

Nuestra pobreza es extrema. Papá dice que se resolvería si mi mamá acepta llevar esas reliquias a la capital para venderlas a algún coleccionista... pero se arma una guerra de sólo decirlo.

Hoy mamá se desmayó, sufrió un colapso cuando papá tomó la caja de los cubiertos para venderlos. Pasará una semana enferma, seguramente, como sucedió antes. Discutirán y papá aceptará que todo quede como está. ¡ Nada se toca! Mamá nos inculca que: “jamás debemos desprendernos de los objetos heredados de tía Cornelia ”- y lo que sí ha sido motivo de otra lucha es el “famoso escabel de la bisabuela”... - ¡Nunca sirvió para nada, sólo para peleas y discusiones! Por lo menos la vieja Biblia es interesante. Papá suele pasar su dedo, curtido por los fieros trabajos en el corral con las ovejas, sobre las líneas que escribiera mi tatarabuelo: - “ el día que tengas una dificultad insalvable, desármalo...”- pero mamá impávida cuida que nada le  suceda. Así, deslucido  por el tiempo y con algunos insignificantes bordes deshilachados, el escabel preside nuestras largas vigilias de necesidades y de hambre que pasamos algunas veces. En casa falta todo... pero allí están esos valiosos objetos rescatados del incendio. ¡ Esa es la otra historia!

Se cuenta en toda la Patagonia. La muerte de mis abuelos en el  año 1902. Fue una historia repetida por muchos, pero sufrida por mi mamá y mis tíos. En ese tiempo llegaron de la capital unos hombres del ferrocarril, que intentaron comprar las tierras y las majadas a un precio impensable, comenzando con problemas  de todo tipo. Eran ingleses o del norte de América. Los obreros comenzaron con huelgas por la fuerte presión que ejercían los inmigrantes que traían algunas ideas  revolucionarias. Comenzaron a no ayudar con las pariciones y morían los animalitos.

Mi abuelo, necesitó pedir un préstamo al banco para poder superar la falta de majadas. No pudo pagar y las deudas lo agobiaron hasta que llegó el momento en que le remataron el campo, las herramientas y los animales. Peleó como su sangre mestiza de criollo nativo y madre galesa, pero ganaron los más fuertes. El abuelo perdió  hasta el deseo de comer... en un ataque de desesperación, mandó a los hijos hasta el templo para que llevaran un mensaje al pastor. Sacó a un descampado junto al molino, el ajuar  que le dieron sus padres antes de atravesar el océano. Luego encerrándose con su amada esposa en la casa, prendió fuego y abrazados quedaron juntos para siempre. Ardieron en la soledad de  la tarde hasta que oscureció y el sudario azabache cubrió con cenizas la tierra apelmazada. Se transformaron en una leyenda, repetida en toda la Patagonia. Quedaron, ellos, mi mamá y mis tíos, en la más increíble de las pobrezas, los envolvían las necesidades como los tentáculos de un animal hambriento y a eso se agregó el rencor y el odio, que cada día visitaba sus corazones enfermos. Y tardó mucho hasta que mi madre aceptó y cambió su actitud hacia la vida.

El tiempo cambia todo. Mis padres se han transformado en un par de rivales en guerra perpetua. Yo siento que cada día estamos peor. La tierra ya no produce y los nuevos dueños, extranjeros que no la aman, sólo pretenden tener ganancias sin sacrificios. Por eso somos expulsados de la tierra.

Hoy, mi hermano con obediente cariño, sigue con los ritos. Es tan calmo, con mamá,  acomoda cada objeto antiguo con amor, por lo que nos ha dado estas raíces tan fuertes. Yo lo admiro, pues mi rebeldía, me hace que sienta la necesidad de romper con las promesas. Así mi lucha es tan dura como la de mis padres.

Mientras pasa esto, papá se reúne con  algunos obreros en los galpones, allí hablan y tienen ideas nuevas, revolucionarias. Ellos  dicen que son los eternos explotados y se han cansado, se llaman entre ellos...”anarquistas”.  Cientos de papeles se amontonan en una novedosa imprenta que llegó en un barco sueco. Las ideas revolucionarias – dice mamá- complicarán todo aun más. Se esconden de los ingleses y de los patrones. Se esconden también del ejército que ha llegado desde Buenos Aires armado y provisto de gente dispuesta a usar los nuevos “Rémington”.  Hablan de represión y mano dura. Mamá sufre y discute. Nosotros tenemos mucho miedo, pero papá no escucha y sigue en sus reuniones clandestinas. He visto armas debajo del sofá donde ahora duerme él. Mi hermano lo ha visto armar botellas de gasolina con pellones que hacen las veces de mechas. Otras son de alcohol. Las ubica en cajones, las cubre con paja y mientras las almacena murmura con ira que nadie lo va a doblegar. Mamá llora y llora...

Esta noche hay una reunión en el galpón del “chileno” y papá nos ha abrazado a cada rato, murmura cuánto nos ama y nos besa en la frente con mirada turbia y afiebrada. Antes de ir a dormir quiero dejar escrito que el ruido que provocan los soldados me tiene muy asustada. Hoy los vi merodeando por la calle cerca de nuestra casa. Si llegan a entrar yo correré hacia la habitación de mamá donde estaré segura.

        

                                                                         ......................-3

 

        La elegante galería de arte frente al lujoso hotel Ritz hormiguea de gente que gesticula con los catálogos de la mayor subasta de antigüedades de la década. Allí esperan los dueños de famosos bufetes de arquitectos y diseñadores para comprar en nombre de sus clientes, valiosos objetos rescatados de lugares remotos. París está en pleno apogeo de su gozo de bienestar económico. En el mercado bancario, los grupos de especulación, no saben ya en qué invertir las fabulosas ganancias de la bolsa. Estas subastas están a pedir de boca para su avaricia y deseo de esconder los juegos sucios de las finanzas. Magnates ignotos del petróleo, del oro, de los diamantes y de la informática, pujan por las obras de arte, que tienen una escalada de precios irrisorios. Tapan el comercio de drogas, de esclavitud encubierta y prostitución como de las ventas de deportistas que son esclavos de grupos oponentes en fútbol y automovilismo. Amén de deportes de competición de países del tercer mundo. Las antigüedades son el delirio de nuevos ricos.

George Eduard Ardlenn V, desciende de su coche, blindado ahora, por los numerosos raptos y atentados terroristas, su chofer lo trae desde el aeropuerto Charles De Gaulle. Espléndido en su ropa italiana no se distingue de los hombres que desplazan su ansiedad en los escaparates con antigüedades maravillosas. Entre todo ello, casi escondido un objeto es de su interés. Tiene un cartel con: “Escabel- circa 1870”, aparece como pieza única de origen dudoso. Original, con las marcas del tiempo que le dan una pátina de huellas de amor. Valor imposible de determinar. Una Biblia familiar, sí orienta a los compradores, sus anotaciones en vieja tinta y pluma, manchada por el uso y las lágrimas.

La secretaria de Lord Ardlenn, le ha señado una vajilla Wendwoord, una cubertería de ébano tallada con platería cincel inglés de circa 1820 cuyas iniciales le son familiares... son las de sus antepasados. Esos que él, busca. En otra vitrina  un juego de cristal brilla con las luces estratégicamente ubicadas para iluminar, tratando de atraer aun más la codicia de esos seres nebulosos. Algunos de ellos cuya vulgaridad sobresale de lo acostumbrado en ese espacio, se deslizan obsesivos tratando de obstaculizar el encantamiento de los especialistas.

George Ardlenn está allí en su obsesiva búsqueda del pasado. Ese que sepultó su abuelo cuando supo que: -“ su nieta había contraído nupcias con un mestizo, anarquista, tira bombas... muerta luego en un enfrentamiento con la ley de ese lejano país de salvajes. En aquel tiempo había llegado un cable del gobierno comunicando que la familia había muerto luchando contra el ejército regular en la Patagonia. Esposo, hijos y su amada  Dorothy, armados con fusiles  a plena luz del día... contra soldados que intentaban defender a los terratenientes extranjeros que llevaban la civilización inglesa... con el ferrocarril, la cría de ovejas de las fértiles campiñas irlandesas... ¡ un horror!”

Lord Ardlenn investigó a través del Herald Daily londinense, de periódicos de New York y Boston. Le llegaron notas de periodistas independientes con otras noticias inversas: “Unas familias masacradas en la lejana tierra de pastos cortos y heladas planicies, robadas a los nativos y hoy explotadas por avaros comerciantes extranjeros”  Fusilamientos sin discriminar sexo ni edad.  Nada había sobrevivido a la muerte, sólo en la aislada tierra yerma, objetos de valor que fueron saqueados y vendidos por monedas en la capital.”

Un periodista de París Mach, que anduvo por allí, con una expedición de biólogos, sacó una fotografía. Esa que había dado vuelta al mundo y ganó el premio Pulitzer – Una mujer avejentada, abrazada a un escabel de madera dorada, perduraba inmóvil, acribillada en el páramo patagónico desértico, el viento desplegando hacia el horizonte en sombra, el cabello rubio-canoso, de la muerta. Los ojos abiertos al horror y los labios con un rictus de terror – así, con la imagen grabada en sus noches insomnes, lord George, buscaba sentido a ese trágico desenlace.

La subasta ha comenzado con la tensión elevándose con pura adrenalina. Un Renuard alcanzaba los veintiocho millones de Euros, el jarrón de la dinastía Wang en bronce, con signos del zodíaco chino, en treinta millones... Lord Ardlenn, no puja.  El marchand lo observa, su experiencia le dice que busca algo en especial y que pagará una cantidad inestimable. Le hace una seña a su ayudante; el joven, se acerca  discretamente y recibe instrucciones. Delicadamente se aproxima al caballero que impávido espera. Interiormente una caldera crepita con un ardor que lucha por escapar. Levemente le entrega un pequeño sobre, al abrirlo, encuentra una llave. La mira detenidamente sin alterarse. Comprende que tiene que subir al ascensor del marchand. Sigilosamente deja su lugar- ha pagado una pequeña fortuna por su silla- llega al cubil de acero y espejos, por donde asciende en silencio. Al abrirse las puertas encuentra a un hombre de edad avanzada, con aire astuto, amplia barba cana, patillas pobladas y bigotes enormes, cejas anchísimas y ojos ávidos de zorro. Le da la bienvenida con ceremonia y mientras acariciaba su prominente vientre donde un reloj de oro desplegaba su antigüedad y que prontamente trató de esconder, comenzó a hablar: - “Lord Ardlenn, eminencia, debo contarle una historia...”- escuchó sin gran sorpresa. Intuía una trampa y él era un gran cazador. La historia era simple. El viejo había hecho un largo viaje a un país deshabitado casi, donde logró apoderarse de mercadería especial. Algunos de esos objetos le serían caros a su búsqueda... no sólo estaban allí esos recuerdos de familia sino que él poseía los cuadernos con anotaciones diarias que hicieran su tía Cornelia y su prima Dorothy. No estaban expuestos por ser tan personales.

Lord  Ardlenn, saca la chequera y firma, el avaro anciano astuto, coloca un número irreverente en el ángulo superior del billete de banco. ¡ Veinte millones de Euros ¡ se dan la mano. Desciende el lord al salón sin demostrar la intriga que lo carcome. Es un “gentleman”. Comienza a pujar por sus deseados objetos. Salta de millón en millón. Otros oferentes renuncian ante lo absurdo de las ofertas. Así es que atesora cubiertos, vajilla y cristalería. Quedan la Biblia y el escabel, que yace allí, codiciado por algunos inversionistas. Una magia especial lo rodea. Inicia a subir el precio. Nadie abandona la pugna. Sube, sube y el precio era realmente loco. Comienzan a desistir. De pronto quedan dos en pugna: él y una dama, cuyo rostro se esconde tras un velo negro. El precio llega a treinta y ocho millones de Euros. La tensión hipnotiza al público como una ponzoña de adrenalina ácida. La mujer apenas saca  la bella mano enguantada de su negro escondite para indicar que sube la oferta, nunca menor al millón. Luce joyas de extraña belleza en sus dedos. Lord Ardlenn con un imperceptible movimiento indica su trepada. Al llegar a los cincuenta millones, la pequeña figura femenina sale del lugar sin hablar y cae el martillo. Un sin número de corresponsales, intermediarios asolan el silencio tremolante de celulares. Algo inédito ha ocurrido. La incógnita sostiene a los presentes que sobornarían al mismo demonio para conocer el: ¿por qué?

Cuando George arriba a su caserón en las afueras de Londres se apresura a leer y releer cada página de los diarios íntimos. También disfruta de las viejas anotaciones en la Biblia... y se planta frente al escabel. Lo contempla pensativo. Lo atrae sobremanera, es como un llamado a su delirio personal... luego se acerca al escritorio que ha heredado de su abuelo. Toma la navaja Sevillana que le diera su tío... con cuidado corta por la parte inferior la gruesa tela de lino. Una cascada de monedas de oro cae sobre su regazo, por la alfombra, por el pavimento de mármol con el dulce sonido de la respuesta.

 

 

viernes, 13 de marzo de 2026

LA CABAÑA

  

Todos miran con sorpresa hacia el estanque

 

Fragilidad del sol de terciopelo

que derrama perfume inquieto

hongos     tierra    silencio    rosas     viento

 

La tarde se instala tras la nieve y

un frío sopor siestero se mezcla con el rumor

de los álamos que caen trashumantes

Otoño   greña ámbar  agridulce    rastro de trigo maduro

 

Allá    en la cabaña       no cosecho uvas

Quiero estar sola en mi dulce sosiego