martes, 8 de septiembre de 2026

TEPSICORE

 

 

PIDEN UN BESO DE ALONDRA EN LAS PALMAS HÚMEDAS

PIDEN UN ROSARIO DE ESQUIRLAS DONDE ROMPEN LAS OLAS

AHORA CIEGA DE TODA CEGUERA EN EL ACANTILADO,

CON PERFUME DESHILACHADO DE FLORES

BUSCO EN LA PENUMBRA EL SOL AZUL QUE GUIÑA EN MI VENTANA

ME DETIENE TU SONRISA EN MEDIO DEL TRAFAGO INTANGIBLE

DE LA CALLE ENREDADA EN LAMINAS DE ACERO.

LAS LUCES  COTIDIANAS DESCALZAN MI SONRISA;

ME SIENTO ADORMECIDA CON EL RUIDO DEL VIENTO QUE DESFLORA EL PRADO.

A MI DERECHA EL SOL SE ESCONDE Y REGRESAN LOS PÁJAROS AL NIDO.

ATRÁS ESTA EL OLVIDO, TEN DESPREVENIDO COMO UN PERRO PERDIDO

NI HAY ADELANTE UN FUEGO, NI UMBRAL DE CIENO.

CAMINARE DESPACIO, CON MIS MANOS SEDIENTAS,

ENTRE LOS FRÍOS DE PASTO Y DE CEMENTO.

ME SENTIRÉ DEFRAUDADA, PERO NO TENGO MIEDO

NO HAY TIEMPO PARA EL MIEDO, AY TIEMPO PARA SUEÑOS.

APENAS SE DESATE ESTA TONTA “REFRIEGA”

CAMINARE DESCALZA SOBRE LA FRESCA ARENA O VERDE L0S ESTÍO

 

ALBA MÍA

 

 

Ella me invitaba a crear un mundo lleno de magia.

 

Su cabello dorado brilló con las luces del gran espejo. En él, se reflejaba la esperanza de un mañana hermoso.

Se había contentado con un poco de amor de un hombre algo gris y triste. Ella era pura alegría y sorpresas. Esa noche estaba de fiesta iba a encontrarse con su amado. Y se había hermoseado para que la recibiera como a una princesa o una modelo. Se miraba en un espejo que le devolvía una figura hermosa. Estaba muy delgada, pero bella.

Tal vez él, la estaba esperando con el deseo normal, allá lejos. Siempre soñando con una vida juntos. Creando un hogar hermoso. Tener ese futuro que cada joven añora.

Cuando miro hacia atrás, me reconozco en la edad de la esperanza. Ella era y es esperanza pura. Pero cada día para mí, creaba un día mágico. Llenaba mi cabeza de poemas de amor, de cuentos y novelas que inventaba como racimos de uvas brillantes, doradas y dulces. Con ella aprendía a memorizar la poesía de tantos poetas: españoles, nicaragüenses, chilenos y de mi país. Se paraba en un banquillo y recitaba. Y así aprendí a ser poeta. Comencé a leer con ansiedad de la mano blanca y fina de Alba y de un puñado de amigas que se apretaban para jugar con sus sueños y locuras juveniles.

 Él, era una sombra de color ocre. Apenas hablaba y sonreía con mirada asustada por tanta vida y distancia que había entre sus dos ideas de amor. Ella apasionada, el triste y silencioso. No sabía enfrentar la vida y tanta fuerza.

Tal vez, era una locura inapropiada para esa época en que la mujer debía esconder insinuaciones y promesas. Y yo, aprendí a ensoñar como vivir en la luna que se encerraba en el agua de una charca en la tarde de lluvia. O correr descalza con el pelo al viento bajo sol que abrumaba en piel de niña.

Pero una noche, fue. Se quedó dormida. Estaba tan quieta y fría como un bosque en invierno, con nieve que revoloteaba sobre las ramas inmóviles de un jardín perdido en el tiempo.

¿Quién le enseñó ese camino y esa forma tan injusta de yacer allí, como una blanca estrella derribada en la estepa? ¿Quién la empujó por las frías calles de la ciudad perdida? ¿Quién... permitió que partiera sin regreso?

Alba mía, pasa el tiempo y te espero.

UNA CIUDAD EN FUGA

 


 

                                               En la sombra del aire regresó desdibujando el dolor de tu ausencia.

 

                Entré en el único bar del barrio. Me senté escondido en la silla más apartada. El dueño que esperaba que llegara el ayudante, se acercó para hacer posible tomar el pedido. La seña era simbólica: Un café chico.

            Entraron dos hombres trajeados como los que ofrecen libros educativos en los colegios. Luego aparecieron un par de alborotados jóvenes que llamaban por celular a ignotas amigas. ¡Todo ruido y carcajadas!

                Miraba el reloj con angustia. Tenía el boleto para viajar en pocas horas y no era fácil conseguir un taxi a esa hora. Ella no llegaba. ¡Malditas mujeres, con eso de vestirse, maquillarse y dar vueltas y vueltas, nunca cumplen con los horarios!

            Pero ella no es así, nunca lo fue. Es raro, pensé. Llegó el pibe que trabajaba de mozo. Estaba pálido y despeinado. ¿Sabe, Braulio, ha escuchado las noticias? Ponga el televisor, hay unas noticias terribles.

            ¡Vos por no llegar a tiempo, siempre tenés novedades para distraerme! Ponete la chaqueta y el delantal y pasá por las mesas a levantar los pedidos que faltan.

            No, jefe, prenda la Tele. Ya va a ver. Hay un verdadero lío en todos lados.

            Lo miré asombrado y lo llamé. ¿Pibe qué noticias? Estoy esperando a mi novia y ni viene, algún accidente o… ni me digas.

            No amigo, han llenado las calles de policías y gendarmes. Unos extranjeros que vinieron en un crucero han ingresado con una enfermedad que mata. Hay un escándalo, patrullas, ambulancias y hasta los bomberos. No permiten pasar para nada hacia este lugar. Parece que tienen un “virus venenoso” y súper contagioso. Dicen que han muerto como setenta personas en el barco. ¡Vamos Braulio, prenda la tele y verá!

            Me quedé temblando junto a la mesa. Los tipos sorprendidos, se acercaron para escuchar y los jóvenes se quedaron mudos.

            Ahora cuando llegue, qué voy a hacer. ¿La dejo con estos problemas? Ahí, viene un policía. Trae un barbijo y guantes de látex…

            ¡Señores, no pueden estar acá! ¡Regresen a sus hogares y no salgan si no quieren morir! Es una orden del presidente. Nadie entra o sale de la ciudad sin autorización del jefe de sanidad del gobierno.

            Salí corriendo, tomé el primer taxi que pasó. No me quería llevar a casa. Todo era un caos. Cuando llegué a casa, vi en la puerta una ambulancia. Se la llevaban a ella. Ahora estoy perdido, ni viajo y no puedo estar con ella. Mi amor. Te voy a extrañar tanto. ¿Cómo viviré tu ausencia?          

EL JOVEN DESCONOCIDO

 


               Al fin, todos la habían visto menos ella. Era la casa más antigua de Lago Hermoso. Tenía un parque de más de mil metros, que según decían fue hecho por un famoso paisajista inglés a principios del siglo veinte. Los mármoles eran italianos y la herrería española. Un estanque formado el arroyo que atravesaba un sector del jardín, estaba lleno de aves acuáticas y plantas con flores. Leticia caminó sorprendida por el alto pasadizo de árboles gigantes. Cada rincón de la casa le atraía por su color a tiempo desgastado. El musgo había marcado cada piedra, cada estatua, cada columna con una pátina inusual. Luego, entre el alto matorral, se sorprendió y gritó. Nadie le había hablado de ese extraño personaje que encontró frente a sí. El hombre, era un ser verdaderamente feo, desagradable. Por su rostro una enorme cicatriz atravesaba su mejilla izquierda y su párpado casi oculto tras una larga melena rojiza mostraba la falta de un ojo. Su paso casi imperceptible la había dejado paralizada. De los labios desdentados apenas salió un agudo chistido y con sus manos agudas mostró un mastín que ferozmente le hacía frente. Leticia, cerró los ojos y dio media vuelta para regresar a la casa. Un dedo afilado y mugriento se lo impidió. Su camisa entre esas manos horrorosas, parecía un mantillón de fiesta. Se detuvo y observó la figura. Apenas gesticulaba. ¿Era eso una sonrisa? Soltó el hombre a Leticia y le dio un ramillete de violetas y juncos en señal de amistad. Ella sonrió levemente. Ya sin tanto temor y le preguntó quién era. El infeliz, comprobó, no podía hablar.

               Él partió sin antes hacerle una inusitada reverencia. El dogo salió tras el hombre sin siquiera gruñir. Se perdió tras una alta pared de piedra cubierta de enredaderas y zarzamoras. Un griterío de pájaros y aves silvestres cubrieron el paso sobre los adoquines que tapizaban parte del camino. Al divisar la fachada de la casa suspiró. En la balaustrada vio la figura varonil de Ezequiel que esperaba que los ayudantes terminaran de acomodar los muebles. El camión que los había traído ya estaba casi vacío. La tarde se imponía con sus cálidos colores morados y sus ruidos. Verlo le tradujo el miedo en alegría. Se acercó casi corriendo en el último tramo. Las risas claras de Romina y Tatiana le ampararon las nostalgias de ese cambio de hogar. La pobreza había terminado y por fin la vida recobraba el orden natural. Recuperar la casa era el principio.

               Todos, esa noche se sentaron a comer sabiendo que nunca volverían a ser los mismos después de tanto sufrimiento. Que ya no regresarían ni el primo Jeremías ni Mario. Ellos serían una presencia en el recuerdo. La charla igual se hizo amena. Había mucho por hacer y decir sobre esa casa y Leticia contó el inesperado encuentro en el bosquecito de castaños.

               Ezequiel quedó perplejo. No conocía ni tenía noticias que por los alrededores vivieran hombre alguno; lo que lo llevó a tomar medidas de precaución con respecto a puertas y ventanales exteriores. No obstante nunca supieron que en forma permanente fueron observados por aquel desconocido.

               Transcurrido algunas semanas nadie volvió a hablar de ese episodio. Romina continuó su rutina con el piano. Su Chopin y Schubert mejoraban día a día. Tatiana iba y venía de la ciudad con sus telas adamascadas y terciopelos con los que fabricaba capas y ropa para damas que comenzaban a hacer vida social. Leticia consiguió que un posadero de la ciudad le comprara todos sus pasteles y dulces. Así la casa era una permanente fábrica de productos caseros. Había que recuperar lo perdido en la “quiebra” del abuelo. Ezequiel tenía el deber de trabajar los campos y hacer rendir los establos.

               De vez en cuando aparecían hombres pidiendo trabajo o acilo y ellos le proveían de algún apoyo pensando en sus parientes en “paro”. Una tarde de invierno cuando ya estaban junto a la chimenea, Ezequiel sintió ruidos en la leñera. Tomó su rifle y salió. Allí se enfrentó con un personaje atroz. Éste, al verlo, se quedó sorprendido. Lo encontró con unos leños entre sus brazos. El hombre parecía un mendigo. Tal vez era un forastero hambriento, pensó, y recordó que Leticia le había hablado de un encuentro semejante. Interrogó, pues, al hombre y éste tratando de zafarse, dejó caer la madera e intentó salir. No se lo permitió. Cuando quiso prenderlo del brazo para introducirlo en los cobertizos, el viejo mastín atacó. Salvó la mano gracias a la gruesa capa de fieltro. El menesteroso, tomó al animal con fuerza y evitó un accidente. Agradecido, Ezequiel lo invitó a pasar y el hombre entró por su voluntad a la cocina. La sorpresa de Tatiana y Romina no se hizo esperar. Cada una soltó una palabra de desagrado. El pobre infeliz se acurrucó junto al hogar, se despojó de un viejo abrigo sucio y calentó sus manos contrahechas en el calor. Al entrar allí la cocinera se persignó. Miró al muchacho y les comenzó a relatar su historia. Ese mozo, no tenía aun treinta años, había sido hijo del patrón con una muchacha de servicio. Lo había abandonado de pequeño. El muchacho, siempre se dedicó a cuidar animales y un funesto día cayó un rayo en su cabaña. Se produjo un incendio,  lo atrapó una viga, lo encontraron medio muerto. Se había quemado la cara y roto la mandíbula, perdió parte de la lengua..., en fin un desgraciado accidente. La mujer le proporcionó un cubo con agua caliente, se bañó  y Ezequiel le dio ropa de Jeremías que había quedado en el desván. Así descubrieron un muchacho joven, fuerte y con un enorme potencial para las innumerables tareas de la casa. A la mañana siguiente el muchacho había desaparecido.

               ¿Cómo harían para recuperar su confianza? Tal vez con el tiempo aceptara a todos en la casa y regresara.

 

 

 

                         

LOS SECRETOS

 

 

 Con los duendes de la noche, con la luna y las estrellas en una palabra hablan con sus ángeles.

            Nadie le había contado el secreto, lo descubrió una noche de tormenta mientras buscaba y rebuscaba una foto de sus antepasados. Había subido al ático, por esa escalera tambaleante que apenas sostenía su pie firme. Había cumplido cincuenta años y en noches como esas se quedaba dormido y soñaba, repetitivamente con una imagen.

            Veía un hombre parado bajo la lluvia tratando de ingresar en una puerta que se negaba a abrirse. El agua chorreaba por el ala de un sombrero que se parecía al que usaba un párroco del pueblo de San Calixto, donde vivió con su abuela por uno o dos años, antes de trasladarse su familia a otro país.

            En un tiempo no muy lejano, ebrio, discutió con su madre y la llenó de reproches y terminó con un golpe en la cara que le dolió en el alma. El vino, el licor y el alcohol, lo habían superado. Ya había olvidado lo que significaba estar sobrio. Perdió el trabajo, la novia y hasta su madre esa noche lo echó. ¡Y llovía!

            En un hospital en el que fue en un estado lamentable, acompañado por una ser caritativo, consiguió dejar de beber. Tocó el infierno con su mente. “Delirium tremens” escuchó esa noche. Vio que volaban montañas como pájaros negros, vio manos sueltas que golpeaban a puertas inexistentes, escuchó campanas y relojes y chirridos de frenadas de automóviles y gritos… era su mente enferma por el efecto nefasto de la bebida.

            Cuando salió de allí, buscó a su madre, estaba internada con la mente ausente. El dolor la había golpeado más que la cachetada que le diera su mano de madre angustiada y sola. La vecina no pudo creer cuando lo vio tan sano. Era otro ser, humano, tranquilo y triste. Pero le entregó la llave de la casa y le suplicó que fuera a ver a quien tanto lo amaba. Y lo hizo, cada jueves, cada sábado y domingo, compraba unas flores y la visitaba. No lo reconoció, pero estaba serena. Quieta, miraba por un ventanal hacia la vereda como esperando a alguien.

            Consiguió un trabajo. Él, era un buen relojero. Inició una vida, como siempre había soñado su familia. ¡Pero las indomables noches volvían con esos sueños recurrentes. El hombre parado bajo el chubasco con una gabardina extraña y el sombrero de alas grandes.

            Esa noche, encontró entre mil trebejos y cosas viejas una caja de madera con cerradura metálica. No había llave. Descendió hasta la mesa de la cocina, donde la lámpara inyectaba una luz potente. Tenía que abrirla como fuera. Eso no lo amilanó, buscó un cuchillo y rompió el cierre. Saltó por el aire un trozo de bronce y madera. Entre los amarillentos papeles, fotografías poco claras y sobres con sellos de otros países, encontró un sobre lacrado. Se tomó todo el tiempo que sobraba esa noche. Una a una fue mirando con una lupa las fotos y de pronto vio una que le hizo dar un brinco en el corazón anhelante. ¡La imagen mostraba a un clérigo igual al de sus sueños! Trató de leer detrás de la copia. Imposible la vieja tinta borrosa y anémica se negaba a despejar su curiosidad creciente.

            Buscó el mate y calentó agua para cebarse unos “amargos”. Luego caminó cansino y se sentó a leer cada carta, cada papel y allí… encontró lo que habían escondido por años y años. Su origen. Lloró. Y comprendió todos los misterios. Era nieto de un sacerdote que había roto el celibato. Enamorado hasta los tuétanos de su abuela, se había escapado del convento. La raptó y se la llevó a un país lejano. Allí nació su madre. Y luego, arrepentido se perdió en un desierto de África. Lo encontraron muerto. Y su abuela escapó de Europa para esconder su terrible pecado. Esa noche los duendes se transformaron en ángeles y se perdonó. Porque la mochila de sus ancestros era muy pesada y sabiendo la verdad, sólo con amor, podía entender sus propias culpas.

            Se sentó en el pórtico mirando el cielo, que despejado de nubes bravías, comenzaba a mostrar la luna y las estrellas. Y se atrevió a hablar con los fantasmas y perdonó a sus abuelos y finalmente ingresó en la casa, apagó la luz y se acomodó en su lecho como un hombre nuevo. El pasado quedaba atrás con su carga de fuego.

               

LA TRISTEZA DE UNA MUJER SOLITARIA QUE ESPERA...


 

            Cerró la cortina, dejó sobre la mesa una taza de té de limón que ya fría sólo le traía más tristeza. Había esperado horas a su querido primo Reinaldo. Él sí, podía traer buenas noticias del campo. Las nubes pasaban como pájaros muertos sobre los edificios y nada podía cambiar su ansiedad. Ese día había llamado desde Concordia sosteniendo que traía buenas noticias. ¿Dónde estaban? Ya era casi la media tarde y el sol se escondía entre los altos muros del complejo edilicio de la nueva ciudad.

            Encendió el televisor y se distrajo con un programa de preguntas y respuestas. Era muy simpático ver lo poco que sabían los participantes. Ella contestaba antes que los ingenuos que creían saber. De joven se pasó la vida leyendo libros y manuales. Su padre llegó a encargar algunos a la capital.

            Cuando llegaban las cajas con libros las compañeras del instituto donde estudiaba le hacían chanzas. ¡Así jamás te casarás! Y se reían a carcajadas. ¡Y fue así como ellas dictaminaron! No se casó. En realidad nunca logró que un muchacho la invitara a salir a bailar o al club a cenar o al cine. Pero todos la miraban con admiración porque era como una enciclopedia ambulante.

            ¡Malditos conocimientos! ¿De qué le servían ahora cuando hasta le llegó un telegrama con una felicitación por su jubilación? Estaba sola. Triste. Es verdad que varias de las mujeres que se habían casado, estaban divorciadas y solas como ella, odiando al mundo y a los hombres. La mayoría manteniendo como podían sus casas y si había hijos, a los pequeños. Otras arrastrando a sus parejas enfermas y suegras postradas. Ella sola y tranquila.

            Miró por el ventanal hacia el camino. Vio un auto nuevo que veloz venía desde la zona de Concordia. Suspiró. Fue a la cocina y calentó agua para hacer unos mates. Apagó el televisor. Se sentó a esperar y escuchó el chirrido de los neumáticos y luego el portero que temblaba con su ruido. ¡Adelante!

            Reinaldo no venía solo. Tras de sí, una rubia despampanante sonreía con ojos color arena y botox en los labios. La abrazó su primo y le mostró a su esposa, la cuarta o quinta de la lista infinita de mujeres que le hubo presentado en la vida. ¡Acá tienes tu cheque! Vendimos todo el trigo y parte de la avena a unos gringos. Como ves, estoy muy apurado. Le prometí a Yiyi, que la llevaría a la capital a un recital de Rock y las entradas son carísimas. Ella aleteó unas hermosas pestañas postizas y le dio un pringoso beso en la mejilla. Salió tras Reinaldo corriendo. El agua hervía en la hornalla.

            Apagó el fuego, cebó unos mates y se sentó a ver una película que pasaba por cuarta o quinta vez en la T.V. ¡Ella era una mujer solitaria y sin problemas!

martes, 1 de septiembre de 2026

EL PESCADOR DE QUIMERAS

 

            La tarde calurosa amenazaba una noche plagada de estrellas. El viejo, se sentó sobre la madera húmeda y caliente. Sacó una antigua pipa. Miró tras sus pupilas nubladas por el tiempo y suspiró cansado. Terminaba un día y el mar calmo, esquivo, no llenó el vientre hambreado de su barco. Poca pesca. Nada, casi nada. No había viento y eso no permitía que se alejaran de la costa mar adentro.

            Un olor penetrante a sal y pescado, entre podrido y fresco, hería las narices a los hombres silenciosos. El sol se escondía con esfuerzo tras la pequeña colina en occidente. Un pescador comenzó a canturrear un sonido triste. Otro, tomó un pequeño instrumento rústico y comenzó a elevar un sonido de belleza inexplicable nativa sangre negra  caribeña.        

El caballero que había pedido acompañarlos ese día era un tal Hemingway, escritor que tomaba ron y masticaba tabaco, mientras limpiaba displicente sus anteojos de armazón de oro. Parecía, por su ropa desprolija y gastada, uno más de entre los obreros de la pesca. Pero ese no era un hombre común. El viejo lo supo desde el instante que subió a cubierta con su rostro avejentado y crítico.

            El bote se jactaba de ser como un delfín de madera y metal color herrumbre. Su panza hinchada supo regresar a puerto lleno de peces. De haber luchado con los más fieros tiburones del caribe.  El viejo achicando los ojillos desplazó una sombra tenaz por el cuerpo encorvado del poeta. Nutrió su expectativa con un sonido agudo. Desde no muy lejos aparecieron las aletas ahusadas de los asesinos blancos. El viejo se paró y tomó un arpón, señalándole al hombre en desafiante orden, que imitara sus movimientos. Sobre el agua de color sangre amarillenta, con certero golpe atravesó el cuerpo efímero del pez bravío. No pudo el extranjero imitar su juego. Tiró enojado el arma y se sentó perturbado en los maderos. Soñó con ser un héroe. Ya, el sol, parecía un dromedario agonizante. A lo lejos las luces de la Isla reflejaban una vida desplegando miserias. Comenzó el regreso. Atracaron en el precario puerto y casi sin palabras se despidieron. Una borrachera de ron abrazó la noche. En la mente de un enorme creador nacía una obra gigante.