jueves, 7 de mayo de 2026

EL HERMANO

 


 

“Sobre el vidrio de la ventana cada mañana aparecían las huellas grasientas  de unos dedos. La hermana del muerto, mirándolo allí, en la cuneta dijo: - No tuviste, hermano, ni tan siquiera una limpia muerte- y se secó el sudor con el delantal de la cocina, que hacía tiempo usaba.

Eloisa caminó unos pasos en el callejón ahora poblado de curiosos. Esa noche, el “Pardo Ortega” lo vino a buscar para ir al boliche. Fue. Lástima de destino, porque el Lucho era un tipo simple, callado y trabajador. Muy sombrío, si, por ser analfabeto. Pero un hombre bueno. Todos por ahí lo querían.

La muchacha, que lo crió desde chico, sabía que era incapaz de pelear a cuchillo, como decían los mirones.

Esa mañana ella miró la ventana y no había huellas de dedos grasientos en el vidrio. ¿Quién era ese fantasma infernal que se había evaporado entre los olivos?

Vino el Oliverio y le puso en la mano un fajo de billetes. No los necesitaba. Ella y su hermano eran cosechadores y concientes de que no tenían que tirar la vida en chucherías. Pero el hombre insistió tanto que guardó en el bolsillo del delantal el fajo. Cuando pudiera se lo regresaría.

La gente de bien y de palabra no se queda con dinero ajeno. Para eso vendía unos cerdos o una vaca.

Lloró. Sola en el mundo ahora, buscaría la forma de irse a la ciudad y emplearse de mucama en cualquier casa que encontrara. Luego vendería la finca del abuelo gringo. Y entonces, conoció al inspector que vino a cargarle la culpa de lo de su hermano. Le fue creciendo una rabia enorme. El Lucho no se merecía que pensaran que ellos eran malos.

El tipo la miró con lascivia, pero astuta como buena campesina, le dio la espalda. Llamó al Oliverio y le pidió que presenciara el interrogatorio. El hombre preguntaba si tenían deudas de juegos o de trampas con las ventas de los olivares. Muda, miró de frente a los ojos oscuros y morunos del inspector. Afrenta a mi hermano difunto y a mí, le dijo. Somos gente de bien.

Pasaron los días y otra vez aparecieron los dedos grasientos en la ventana de la cocina. ¿Un fantasma o un ánima?

La madrina del Lucho vino con una noticia: ¡Sabés Eloisa, que el Lucho tiene un hijo? Ayer lo conocí en la parada del micro que va para Paredita. Es de la Mireya, la gorda pintada que se metió en el catre a tu difunto hermano. Para mí que fue ella.

No, yo lo sabría. El Lucho no me escondía nada.

ESE AMOR LOCO

 


Sobre la cómoda estaba la invitación, las letras se borroneaban con mis risas y charlas juveniles. Me miré al espejo y vi. mi rostro, ese que cuando me casé, yo entonces tenía trece años y mi padre apostó por el nuevo cónsul que había llegado de Portugal esa primavera. Él tenía como cincuenta años y era un hombre robusto, calvo y de sonrisa desdentada.

Yo recuerdo esa ceremonia. Fue fatal. Lloré días enteros y mis ojos casi no se veían por lo hinchados que estaban. Igual fui su esposa y esa noche comió tanto que quedó desparramado sobre un canapé del dormitorio. Vino un médico y dijo: " Lo siento pero tiene un ataque de apoplejía". Y a la semana se murió. Quedé viuda a los trece años. Y mis ojos volvieron a ser los de siempre, castaños, chispeantes y alegres.

Hoy estoy como desorientada. El espejo muestra una mujer de veinte años, con profundas ojeras azuladas y un cabello bastante diferente a lo que fuera entonces.

Y pienso... si lo recojo, o lo dejo algo ondulado, si me hago trenzas o un buen moño en la nuca, si me pongo las peinetas de tía Felicitas o la tiara de la abuela Gertrudis. ¡Quiero hacer un gran papel! Soy la viuda más controlada de toda la ciudad. Cuando voy a la catedral a la misa del alba, me siguen chiquilines a los que le pagan para luego contar qué hago.

Ya me han traído varios vestidos. Que si el de seda de Italia o el de encaje de Francia o el de damasco de Oriente. Que si usaré apretado el corsé o más suelto como se ve en algunas láminas que traen de Europa. Si uso escarpines de terciopelo o de seda. Con taco francés o no. Las mujeres opinan. Mi chaperona será la prima Inmaculada, que aun no consigue un esposo y éste sería un excelente momento para echarle el ojo a algún novato recién llegado de ultramar.

Yo no pienso complicarme la vida. Ya sufrí mucho cuando me casaron con aquel vejete; me dejó esta hermosa casa y haciendas en los campos del sur. Pero nunca supe lo que era el amor. Y todo el tiempo pienso en conocer el amor.   

¡Al fin me he decidido por el vestido de tafetán azul! Usaré bastante suelto el corsé y zapatos de terciopelo. El cabello entre recogido y suelto, con algunas peinetas de perlas de oriente. El tío Plinio, me pasará a buscar esta tarde alrededor de la siete. Inmaculada se puso un vestido de seda carmesí, que le favorece a su cabello azabache. ¡Es una hermosa mujer! Pero con su edad se ve complicado un compromiso formal, ya tiene veintiséis años.

Me trajo Carlota, la mujer del jardinero una tina de latón con agua caliente y lavandas, donde me sumergí por un rato, me secaron con paños de lino y luego me comenzaron a vestir. Mi ayudante algo torpe con tanta cinta y puntillas de los calzones y las enaguas. Me enfundaron el vestido, me apretaron bastante el corsé y quedé tiesa como una estatua. ¡Aflojen un poco, no puedo respirar! y la carcajada retumbó en los dormitorios.

Un poco de carmín en los labios, polvos de ostras de oriente en la frente y pellizcos en las mejillas. Corrió tía Felicitas con unos zarcillos de coral y oro, que me puso junto con una gargantilla del mismo orfebre. Una hermosa bolsa con canutillos y perlas, el abanico y el carné para anotar los bailes y no podían faltar los guantes.

Bajé las escalinatas como una dama de cuentos. Allí, hasta la cocinera me esperaba. Todos querían verme, era mi primer baile después del luto estricto al que me tuve que adaptar cuando murió mi marido.

El coche esperaba afuera, Jaime, el conductor, me ayudó a subir el escabel y salimos rumbo al Club Social, donde se realizaría la fiesta, baile con cena. Era un agasajo a un abogado joven que había llegado desde Génova para instalarse en la ciudad. Todos hablaban de él. Y la curiosidad se me contagió.

Hicimos una entrada imponente; adelante Tío Plinio con su esposa y sus dos hijos, luego las tres hijas y detrás iba yo con mi prima Inmaculada. El ruido de las voces se entremezclaba con los violines y los movimientos de botas, botines y zapatos de hombres y mujeres. El lugar estaba repleto de vecinos. Todos con sus mejores ropas y alhajas. Plumas de todos colores en cabellos y abanicos. ¡Pobres aves, lo que sufrirán cuando les quitan sus bellas plumas!

Al tiempo, diez o quince minutos, entró un hombre vestido con un traje estrambótico y con un bastón llamó a pasar al comedor... ¡Ahí lo ví! Y él, puso sus ojos azules en los míos, no pude dejar de mirarlo y ruborizarme. ¡Era hermoso! Rubio, de piel blanca y tostada por el sol, ojos de profunda mirada color mar... y una sonrisa inolvidable. ¡Ese era el hombre!

Y se abrió paso hasta donde yo estaba, me tomó de la mano y me invitó a sentarme a su lado. Casi no podía caminar. Era un sueño. Me enamoré de su sonrisa, de sus gestos, de sus palabras, que murmuraba a mi oído. Todos los ojos estaban puestos en mí. Un joven apuesto se acercó a Inmaculada y la acompañó a su lugar, y se sentó junto a ella. Cerré los ojos y disfruté cada minuto de la cena. Luego vino el baile y dancé como nunca lo había hecho. Me enamoré como una escolar de su maestro.

Tío Plinio me sacó del ensueño. Era la hora de regresar. El joven apuesto con el que estaba bailando deslizó en mi bolso un billete con palabras hermosas. Me invitaba a su hotel, hasta que tuviera su casa. Yo espantada, no me atreví ni a mirarlo y decirle nada.

Esa noche no dormí. Pensé tanto como hacía tiempo no pensaba en mi vida. Al despertar me trajo una de las mucamas, una caja de "Huevos Quimbos" que hacen las Carmelitas y una rosa blanca. La tarjeta decía: "La espero".

La casa era una revolución. Yo me miraba en el espejo y me cambiaba de peinado y de vestido cada media hora. No pude comer. Me sentía como un pájaro despistado. ¿Ese hombre, esa mirada de celeste cielo profundo! Mandé al jardinero con un breve billete disculpándome y supe que tuvo un gesto desalentador. ¡Lo trasladarían a una región del país donde hay luchas entre hombres de campo y soldados extranjeros!

Vino Inmaculada con la noticia que ya tenían todo listo, que tenían que ir hacia el norte y que las cabalgaduras y los petates eran para un tiempo largo. Lloraba como un mar. Ella estaba enamorada del ayudante de mi "hombre". Sugirió que los siguiéramos en un faetón a varias horas detrás. ¡No puedo dejarlo, es mi única esperanza! Y dije sí.

Armamos un pequeño bolso con ropa y la cocinera una cesta con queso, jamón y dulces. El pan y la bebida en frascos rescatados de los que traían los contrabandistas de Montevideo. Y al anochecer, a pesar de los llantos de tía Felicitas y tío Plinio, comenzamos nuestra aventura. El polvo de los caminos recién abiertos por el ejército, no disipaba y no se podía saber si el convoy se detenía por lo que cada tanto el bueno de Jaime se detenía y daba de beber a los caballos. Nosotros parecíamos fantasmas por la tierra que ingresaba por todos lados. Rezábamos, llorábamos y reíamos como chiquilinas.

Llegamos a una posta y allí nos quedamos esa noche. Amontonados en una habitación parecíamos una partida de comediantes callejeros, ambulantes. Por el mesonero supimos que el otro contingente seguía hacia el norte. Pero, un pequeño golpe en el ventanuco de la habitación, nos despejó del sueño y el cansancio. Era él. Había regresado para recuperar un baúl y supo de mi existencia. ¡No puedo relatar la noche que viví! Me sentí la mujer más feliz de la tierra. Sus brazos fueron el perfecto nido para mi cuerpo enamorado. A la madrugada desapareció y yo volví al habitáculo donde me esperaba Jaime e Inmaculada, que llorosa me interrogaba desesperada. Le di los mensajes que me diera él. Y se calmó. Seguimos varias leguas, hasta llegar al Tucumán. Allí, nos hospedamos en una posada espléndida. Pero fueron pocas las ocasiones en que pudimos vivir este romance de locos.

Tuvimos que regresar y grande fue mi preocupación cuando descubrí que esperaba un niño. Viuda, sin marido y en una sociedad chismosa y envidiosa... iba a tener que irme a Montevideo a la estancia. Me escondí mientras pude. Él, seguía las órdenes que recibía de sus mayores y jefes. Prometió regresar cuanto antes, pero como un sino maligno, en una escaramuza lo hirieron mal y falleció. Mi hijo no tenía un padre. Inmaculada se hizo cargo y yo seguí siendo la Tía, la viuda sola y observada desde ese momento fatídico en que me enamoré. Fue un romance de locos, pero lo más bello que viví en mi vida.

 

 

HISTORIA DE UN OLIVO


            Un día de pronto sentí una luz potente que atravesaba mi débil cuerpo. La tierra a mi rededor era fértil y húmeda. Algo extraño fue ver muchos como yo, en distancias cercanas. Supe por el comentarios de unas plantas de alcaparras que ese calor venía de una estrella llamada sol y que en ciertos momentos desaparecía y hacía frío y una nube dejaba su rocío en nuestro cuerpo, por entonces pequeño. Crecí y me fortifiqué. Di frutos que me arrancaban felices unos hombres rudos y musculosos que hablaban un extraño idioma. Con el tiempo aprendí a escucharlos y los entendía. Supe que vivíamos en una isla rodeados un mar azul brillante.

            Pasaron años, esos hombres se fueron yendo y mi cuerpo cada vez era más fuerte y me sacaban más frutos, aceitunas que a veces eran verdes o las dejaban madurar y eran negras. Ellas arrugadas como algunas partes de mi cuerpo. ¡Me cuidaban mucho!

            Pasaron muchos años. Y fueron sacando compañeros míos para hacer caminos y casas de piedra y cal, tan blanca que cegaba. Había otros seres diferentes. Yo seguía con una vida rutinaria, envejeciendo solo.

            Cerca de mi espacio, una mañana, en un extraño espacio con baranda de mármol la vi. Ella.

            Una mujer tan hermosa como las estrellas en las noches de calma. Vestía una hermosa ropa de tela suave y de color vino, ese que bebían los hombres en cántaros cuando me sacaban los frutos. Su larga cabellera parecía el ondular de las aguas del mar, pero eran de color oscuro y brillaban como el cielo nocturno con tormenta.

Me miró un breve instante y la vi como me sonreía. ¿Era un afortunado! Yo olivo viejo atrayendo la sonrisa de una bella mujer humana.

            Todos los días esperaba que saliera y me mirara. Yo hubiera querido tener voz y movimiento en mis ramas para abrazarla y decirle cuánto la amaba. ¡Qué inútil sueño el mío! Un día bajó hasta donde yo me mecía con el aire marino que en ráfagas sublimes me quise mostrar. Ella se acercó a mi tronco y me rodeó con sus brazos. Tomó un fruto y lo llevó a sus labios y saboreó mi jugo, mi entraña de oliva. Me volví loco de amor.

            Pasó un corto tiempo y una mañana que estaba cerca de mí, comenzó el mundo de mis raíces a moverse con furia. ¡Terremoto! Y caían las viviendas y se desplazaban los enormes trozos de la isla hacia el mar, donde comenzó a bullir un fuego enorme. Un volcán emergía del fondo marino. Era un caos. El agua hervía y la tierra se desplomaba por doquier y yo la vi, vino corriendo y se aferró a mi cuerpo. Su cabellera se enroscó en mis ramas y yo apreté mis raíces a lo que quedaba de suelo, gracias a mis años, tenía muy lejos mis raíces y pude sostenerme. ¡Y ella conmigo! Mi amada Briseida se confundió con el verde de mis hojas y pude salvarla. Cuando la tierra dejó de arrastrase hacia el loco mar y el fuego se calmó y el agua lentamente quedó fría, ella, mi adorada se sentó en mis ramas más fuertes y se quedó dormida.

            La isla había quedado desolada y pequeña. Ella, Briseida y yo, el olivo viejo que atrapaba entre sus ramas retorcidas a la más hermosa de las mujeres. Una barca de pescadores la sacaron de mi lado y a mi, me dejaron solo. ¡Solo, pero con el recuerdo triste de mi amor perdido! ¿Dónde estará ahora Briseida? ¿Se acordará de mi? Seguiré mi sueño de olivo centenario hasta un nuevo terremoto me arrastre al mar como una boya y me pierda en el olvido

LA FAMILIA DE JOHANNS

 

La niebla lamía sus pisadas de botines viejos, heredados. Su padre, regresaba del obraje con las manos secas y el corazón alegre. El perfume de la olla se percibía desde el contrafrente de la casona. Era un día de fiesta. Era su día. Una noche llena de luz y esperanza escrita en la frente de su hija. Luna llena. Fragancia de albahaca y estofado de gallina.

Ingrid esperaba sentada en una silla frente al fuego. Esa mañana había regresado Erna de la casa grande con ropa usada pero limpia. Feliz de traer una gallina, pan de trigo y patatas. La muchacha encontró a sus hermanos como los había imaginado. Altos, desgarbados y rústicos. ¡Pero tan buenos como cuando eran chicos!

Ellos, cuidaban y ordeñaban a “Mimí”, la vaca con su nuevo ternero. Segaban el centeno y cosechaban los frutos de manzanos y perales. Otto, tenía una conejera con hermosos gazapos blancos. Y Kurt cuidaba las gallinas y el cerdo, que engordaba con esmero. Érica, la pequeña, hilaba como su madre lana de las ovejas del patrón de la casa grande.

Eran felices. Se sentaban junto a la mesa a cantar después de la cena. Hasta que el viejo reloj del templo llamaba a la oración de la noche. Se contaban historias y leyendas. Luego cada uno a su lecho, para despertar al alba.

Todo era silencio entonces hasta el canto de los gallos. El salto era de enérgico despliegue, cada uno a su tarea. ¡Pero vino la guerra!

Los muchachos debieron marchar, las mujeres redoblaron el trabajo hasta la requisa del gobierno, que se llevó chancho, conejos y pollos. Escondieron la harina y la cerveza casera que fabricaba Johanns. Se llevaron la mula y al patrón las ovejas. Hubo que destejer y retejer las medias, los chalecos y las mantas.

El carbón y la leña no alcanzaban. El frío comenzó a invadir la casa y huyeron hasta los pájaros de los pinares. Entonces, las muchachas usaban los botines heredados, remendados por las hábiles manos de la madre.

Siempre esperando al padre y los muchachos. Tardaron varios meses, muchos. Algunos regresaron. Y volvieron a calentar la casa con lo que quedaba de sillas, cajones y muebles de la casa. Ingrid, se ingenió para llenar las ollas con exquisitos aromas que buscaba en el bosque. Regresó Johanns con las manos llenas de medallas de honor. Sus valientes hijos, no regresaron ese invierno. Otto, vino abrazando a un soldado herido y a su hermano sin piernas. Igual, se sentaron junto a la mesa y cantaron hasta que el silencio los doblegó en cansancio. Ya el reloj del templo estaba callado. Y el patrón no venía. Erna buscó a la esposa, que enferma y triste, estaba sola en la enorme vivienda.

La dama, solitaria lloraba y sonreía, alternativamente. Pero estaba muda. No comía. Erna le daba pequeños bocados. Bebía algo de cerveza casera y miraba asombrada a esas mujeres y hombres valientes que la cuidaban como a un niño. Érica, le sobaba las manos para calentarlas y los pies para que cobraran un color vivo.

El amor de esa gente le devolvió la vida. Una mañana cuando el sol asomaba, apareció el patrón y se abrazó a Johanns. Había perdido todo. Había recobrado todo. Esa familia tenía un tesoro increíble. Esperanza y amor verdadero.

MUJER AL BORDE DEL ABISMO

 

 

Hace que su ternura refleje “la ternura” cuando abraza mi piel aligerada.

Es cierto que mi boca lo pregona en cascadas de metales y peonías.

Como será mi amanecer sin aves acurrucadas en la frente del amor,

Sigo buscando en el camino la mirada penetrante de los besos.

Pues bien, he llegado a la orilla de mi río;

Su canción atraviesa el lecho y me acaricia con un arpegio de flautas y granates.

Porque no habrá un cordero de esmeralda apoyando su tersura en mi colmena.

Cuando quede mi cálida luna acumulada en la cintura poblada de silencio.

Sabré que se acerca una tropilla de mariposas de cristal iluminando el día.

Bien, te presiento en el aliento tormentoso que arrastra el mar con su quimera.

Tal vez en la montaña alterada de cariño, tal vez

un viento arrastre nuestra aventura, colgando un nido de amapolas

en las colinas o en la cúspide helada de la cordillera

y así generará un sueño inalcanzable para una mujer que soy o fui

mujer sin cuestionamientos ni indulgencias.

 

 

 

¡TE RECUERDAS DEL TÍO UNIVERSO!

 

            Samuel se sentó en la vieja hamaca que crujió avergonzada de los años que estaba allí, abandonada y con frío o calor, con lluvia o viento. ¿Quién se iba a dedicar a guardar esa antigualla? Vivían para trabajar. El camino estaba marcado con las huellas de su vieja chata Ford como rieles de ferrocarril. Modesto venía caminando con sus manos sobándose la espalda que le dolía como las penas del infierno. Los vientos helados del sur le hacían ese efecto desgarrador. ¡Pucha, che, parece que me duele mucho más hoy día! Se tiró sobre una silla que por supuesto se quejó crujiendo con ese cuerpo que la amenazaba destruirla.

Hace como cinco años que nos dejó el tío Universo. ¡Cómo se lo extraña! Tendríamos que ir a saludar a la tía cuando amaine este clima de porquería. ¿Anoche antes de apagar la luz me pareció escuchar un silbido de esos que nos anunciaba la visita del tío. ¿Te acordás de su olor a tabaco y miel con lo que se hacía los cigarros?

Mirá Modesto, si por ir, tendríamos que ir al cementerio de San Luciano, antes que se pierdan entre los matorrales las cruces del Tata Viejo y de la Mama. Pero se me hace pesado con este dolor de espalda y las rodillas me chirrian como puertas rotas.

Los años se vinieron rápido después de la última cosecha, después de la sequía del treinta y cinco y de las otras calamidades que acontecieron por estos pagos. ¡Samuel, contéstame! Hablo solo como el loro. ¿Entraste a Saturno? La jaula estaba cerca del jazmín cuando salimos esta mañana. Me acuerdo cuando el Tío le enseñó a canta un tango... la mamá se enojó muchísimo. ¿Cómo iban a hablar las vecinas si oían al loro cantando esas letras provocativas y locas? Y más lo retaba y más fuerte cantaba. ¿Lo entraste, mirá que hace frío...a ver si se nos enferma? Al final es lo único que nos queda de cuando éramos chicos.

Callate Modesto, escuchá, está cantando allá adentro de la cocina el famoso tango. Cambalache. ¿Te das cuenta que hoy ese tango es una joya? Parece para este tiempo de los cuarenta... me voy para la cocina. Tengo frío. Cuando se quiso para no pudo, saltó Modesto para ayudarlo. ¡Vamos Samuel, apoyate en mis hombros y entremos! Pará, sentí el silbido del tío Universo... parece que me está llamando. ¿Estás loco o en pedo? No. Escuchá te digo. Es él. No Samuel es Saturno que silba. Es Saturno te digo, no te caigas, hermano que mañana te llevo al doctor y te cura... esa manía que tenía el Tío de venir silbando y vos ahora que te estás cayendo. No te caigas apoyate en mi espalda aunque me duela tanto y te llevo a la cama y mañana... ¡Callate Saturno no cantes, no ves que Samuel se está yendo!!!


lunes, 4 de mayo de 2026

ZENÓN SOSA, EL VIEJO


            El sol penetraba el sudor grasiento del cuello del hombre. Febril, con las manos ensangrentadas, escarbaba entre las piedras y cascotes de roca que habían explotado sobre su compañero. Recordaba aquél día en la taberna, cuando el Belisario Yuspe, habló del oro. Les contó la leyenda que había escuchado de boca de sus antepasados. Una historia que se transmitía de generación en generación.

Allí, en esa montaña sagrada para los huarpes, había vetas de oro que los extranjeros, en tiempos de antes no pudieron encontrar jamás. Esos rubios ladrones que habían llegado de quién sabe dónde a quitarles la riqueza. Esos hombres rústicos se enamoraron de la historia. Zenón Sosa cuatreriaba, por causa del cierre de la Mina de Cobre El Retortuño.  Los gringos la compraron para dejarlos sin trabajo y sin mina.

Ahora arriaba caballos de los campos y él, perdió todo. Tal vez, ése era su destino; arrancarle a la roca la sangre mineral que escondía y salir de la pobreza. ¡Maldita pobreza del hombre de la tierra! Lo buscó al Lisandro Quiróz, compadre, y lo invitó. ¡Vamos a intentarlo!

            Mucho costó juntar una pequeña recua de mulas, que apenas cargaron. El Lisandro, trajo candiles y cartuchos de dinamita que robó en el polvorín de Uspallata en una noche oscura. Se había arrastrado bajo las alambradas, distrayendo a los guardianes con su perro que era un maula. Inteligente el animal, se hizo el herido jugando con los sentimientos de los guardias. Los cartuchos eran seis, pero causó alarma en el pueblo cuando el griterío hizo que una patrulla arremetiera fiera en cada rancho, buscando el explosivo. La redada no dio con ellos que ya habían salido rumbo a la cordillera. Tenían que jugarse antes que llegara la nieve. Si los agarraba el temporal, iban a volver como el famoso “descabezado”. El Futre, ese misterioso hombre, del que todos hablaban y algunos, entre grapa y grapa, decían haberlo visto cuando cruzaban para Chile. -¡Es mentira...! – pensó el Zenón, -¡Son embuste de hembra para justificarse con su hombre cuando se preñan de otro!- y escupiendo la tierra, hizo una cruz de barro para confirmar su dicho.- ¡El Futre no existió nunca, Lisandro, ¿usté se piensa que un señorito de ciudá, va dirse al campo ansí como ansí nomás, sin priendas güenas? Busque el mejor poncho que encuentre para pasar el frío, la cordillera es una puta.¡ Mujer arisca! Y el oro puede que se nos niegue si está tan dentro.”

            Salieron apenitas clareaba el día. Huían de los milicos. ¡No fuera que los sorprendieran con la dinamita! En la cuesta empinada cada metro era más difícil. Los cardones espinudos, indicaban la altura. El Lisandro se recordó que había una maldición que contaban los huarpes. El miedo no lo hizo recular, era bien macho. Zenón sudaba a pesar del frío.

Las manos arrancaban las piedras tratado de sacar al compadre. No había tiempo que perder. 

No miró el brillo del oro, luchó. Una lluvia de escombros lo tapó. El “Descabezado” tranquilo se alejó de la mina. Había hecho lo suyo, cumplía con el mandato de los Huarpes, “El oro huarpe no iba a ser de nadie, la Pacha Mama era la única dueña

 

 

Vocabulario:

Huarpes: tribu de nativos de la región de Cuyo, en la actual Argentina. Sus costumbres     tranquilas y de laboreo de la tierra los hizo ser dominados por los Incas y luego se mezclaron con los españoles en la conquista. Quedan aun familias descendientes de Huarpes en la zona de Lavalle y Malargüe.

Cuatreriando: cuatreros: ladrón de ganado.

Uspallata: pueblo de frontera entre Argentina y Chile.

Futre: leyenda que cuenta que en una apuesta un hijo de hombre principal, prometió cruzar a Chile a caballo y sólo vestido con frac, galera y capa. La leyenda dice que se congeló y el caballo regresó a la ciudad con el muchacho erguido pero que en el galope había perdido la cabeza. La gente de campo dice que se aparece entre las montañas antes de los temporales de nieve para prevenir a los que osan viajar sin cuidado.

¿Usté se piensa que un señorito de la ciudá, va dirse al campo ansí como ansí nomás sin priendas güenas?: sociolecto propio de hombres rústicos del campo argentino.

Naides: idem a lo anterior: nadie

Maula: malo, falso, pícaro.

Pacha Mama: diosa de la tierra en las comunidades nativas.