lunes, 24 de agosto de 2026

DE CACERÍA

 

            Lucio, Marcos, Leonardo y Jorge, decidieron hacer un viaje al sur de la Pampa para hacer un fin de semana cazando. ¿Por primera vez las esposas aceptaban que fueran juntos en la casa rodante de Marcos! Ellos no sabían que ellas tenían planes propios. Usarían ese fin de semana sin esposos para ir  de compras, a la peluquería y comer en algún restaurante de moda. Todos ganaban, ellos no tener que despertarse temprano para ir a sus trabajos y ellas hacer esas cosas de “mujeres” que ciertamente molestaban  a los maridos.

            En la camioneta se acomodaron con tantas cosas que parecía que iban a dar la vuelta al mundo. Rosita, les había preparado sus codiciadas tortitas con chicharrón y las puso en una caja de galletas, que cuando quisieron acordar quedaba la mitad. ¿Eran tan ricas! Partieron bien temprano al llegar a Desaguadero, no advirtieron que en la otra cabina venían los “nuevos” esos que había invitado Leonardo y que no conocían de antes de esa expedición. Lucas pidió que lo cambiaran con el otro grupo para ir chequeando qué tal eran.

            Charló un rato y cuando andaban ya por el campo traviesa, por una de esas rutas de pura tierra, uno de los que viajaban sacó un revolver y disparó a una liebre que corría como libre, no más. ¿Buen susto y bronca se llevó Lucas, tenían por costumbre no llevar armas con balas en la cabina! Puramente por precaución.

            “Las armas las carga el Demonio y la descargan los tontos” decían en cada cacería.

 

A MARIO BENEDETTI

  

                                               “Vuelvo/quiero creer que estoy volviendo con mi peor y mi mejor historia…”

 

La nostalgia de una patria tan cercana y tan lejana

 

estremecen al poeta que duerme solo en la noche

 

con sus viejos recuerdos de “botija” inocente.

 

Militante de sueños y de búsqueda clara,

 

 delirante,  esperanzado, atrevido y sofocado.

 

 Y aunque nadie lo mate, se siente muerto.

 

Va codo a codo por el mundo con estandartes de piedra,

 

Va llevando una contienda entre carteles de ira

 

Va cabalgando en las plazas con una flor en la boca

 

parecida a una centena de metrallas vengadoras.

 

Se desvela en la contienda de buscar al compañero,

 

en una esquina lo encuentra, perdiéndolo, en una calle cualquiera.

 

Así conoce la vida y reconoce la muerte.

 

Regresa con sus historias de poeta malherido

 

Como un migrante de sueños, como un luchador querido.

 

Su patria lo reencuentra en un perfume de tinta

 

retrata su diligencia con clamor inevitable de poeta

 

tan amante de la vida y de gente luchadora

 

 por la sangre de la estirpe de su pueblo liberado.

 

Igual estará sorprendido. En plena risa y euforia.

 

Regresará con lo mejor y lo peor de su historia.

 

LA VENGANZA


 

Vomitaba un líquido verde. Un espasmo final y un estertor, dejó a Micaela, con un color acerado que con el correr de los minutos se fue transformando en cinabrio. En la mano aun quedaba, apretada y espasmódica, la cuchara de plata con la que comiera el último bocado de budín que le trajera Mauro para la cena. Su debilidad se había acrecentado en los últimos días. Medio cuerpo quedó sobre la cama y el resto contorsionado en el vacío. La mirada, como un cascabel de hielo, petrificando un suspiro.

            Entró él, y en movimientos felinos, arrancó el plato, la copa y todo los utensilios y los hizo desaparecer. Estaba todo preparado de antemano. Nada fallaría. No advirtió, hasta después, que en la mano quedó la cuchara asida con extremo esfuerzo para un cadáver. Acurrucó en el cuerpo, como al descuido, una pequeña botellita con el resto del cianuro. Comenzó a gritar con la desesperación que atrajera  a los otros habitantes de la casa.

            El dolor y la congoja parecían auténticos. Lo vieron abrazarse al cuerpo inerte con desesperación, ella, se enfriaba rápidamente y cambiaba el rictus de dolor por  inmensa paz. Llegó el médico y dictaminó, confiado, que Micaela, al conocer el diagnóstico probable que inventara el marido junto a su cómplice, había tomado una trágica definición. Pasó el tiempo del velatorio y del entierro. Mauro era la misma imagen del desconsuelo y la tragedia. La casa se fue despoblando de familiares y amigos, un poco urgidos por la actitud de Mauro otro poco porque todos tenían que seguir su vida.

            Echó a los criados disimulando una depresión inaguantable. El jardinero salió con pesar, ya que las rosas y las camelias de la señora eran su pasión. Pero “el señor” quería estar solo. La soledad lo curaría de la ausencia de Micaela.

            Luego de organizar la casa a su gusto, revisando todos los objetos valiosos heredados de la familia de Micaela, se sentó a disfrutar de ese mundo que el deseaba hasta el delirio. Su origen oscuro lo obsesionaba. Era codicioso y había escalado con mucha dificultad hasta allí. Pasó una semana.

            Pidió a Chef Bertain que le enviara a la casa un opíparo menú. Quería disfrutarlo en soledad. Así le trajeron: langosta a la americana que acompañó con un vino francés, terrina de canard a la cordón blue roseada con un malbec griego, codornices a la salsa negra  que acompañó con champagne Barón B de Môet – Chandón,  helados de pistacho y el mayor placer fue sacar de la gran vitrina la vajilla de la bisabuela de Micaela. Era heredera de un descendiente del Conde París, únicos descendientes del los Luises. La porcelana de Sèvres pintada por Gicard, le seducía el juego de cubiertos de plata y oro de un orfebre de Yorkschire afamado, cuyo punzó cotizaba en la bolsa de Londres. El cristal de Bohemia era un sonido que regalaba sus oídos.

            Era un lujo que él, quería para sí. Lo acarició en la mente enfermiza todo ese tiempo de comedia frente a la mujer. Encendió las velas en los enormes candelabros venecianos, y en el mantel finamente bordado en Brujas, comenzó a beber y comer al conjuro de la música de Mahler.

            Se apoyó en la mesa y degustó con placer cada bocado. Se acompañaba con su imagen en el enorme espejo del comedor. El alcohol comenzó a hacer su trabajo. Le pareció que alguien entraba en la estancia. Recordó que había entreverado la cuchara que halló en la mano endurecida de Micaela, entre los cubiertos con que había revuelto la ensalada. ¿Lo había lavado? ¿Acaso era ese el cuchillo que envenenó para completar su obra?

            La desesperación comenzó a obrar. En su mano la cuchara tomaba vida extrañamente se movía de forma inesperada. El cuchillo adquiría un brillo singular. Transpiraba copiosamente y comenzó a sentir un dolor agudo en la garganta. El sabor del helado le resultó extraño pero no dudó, ya que él había comenzado a tener el fermento de los buenos vinos rondando en el cerebro.

            Comenzaron las convulsiones, los calambres. Un sudor frío le mojó con una lluvia finita la frente. Su cuerpo rígido ya no le respondía. Trató de incorporarse y imposible. Los ojos rojos, sanguinolentos y desparramaba una baba verdosa. Un agudo vómito verde cayó sobre el angelical mantel de encaje. Ya no podía hablar, ni gritar. La cuchara había cobrado “Vida” y desde allí la figura de Micaela le sonreía. De todos los pecados cometidos ella sólo le reclamó antes del final por el niño que crecía en su vientre y que él no sabía que había matado.

            Se moría y la figura de “ella” en el anverso del cubierto de plata sonreía, sonreía y él se estaba muriendo. Se moría. Se moría.

           

INFIDELIDAD INDEMOSTRABLE


            El chirrido agudo ingresó al cerebro. Un afilado estilete acerado penetraba en la conciencia cegándolo y lo hacía entrar en un mundo de algodón color rojo. Recordó la figura de Estela pidiéndole que no olvidara... Silencio. Soledad. Luego la nada.

            Una pequeña multitud arremolinada trataba de contener a los niños curiosos que se asomaban entre las piernas de los mirones. El accidente había ocurrido frente a una escuela de párvulos. La ambulancia llegó, con dificultad y ayuda de los bomberos extrajeron el cuerpo de un hombre joven de entre las chapas retorcidas. ¡Un accidente como todos los cotidianos!  

            El celular de Estela sonó con frecuencia. Ella estaba dando una conferencia en la facultad y no podía atender. Lo dejó en espera. Ernesto ¿se habrá olvidado de ir al médico para retirar unos estudios de factibilidad? Los aplausos y breves preguntas le parecieron normales. Al erguirse observó que en la puerta del auditorium, un oficial de policía hablaba con una de las secretarias. La señalaba. Se acercó. El rostro de Dulce, su ayudante de cátedra era fatal. Martina, su secretaria le pidió que fuera hasta la oficina del decano. Allí le comunicaron el suceso.

            Llegó rápido al sanatorio. Un médico desconocido la tomó del brazo y la introdujo en una pequeña sala. Ahí, a través de unos cristales pudo ver, entre cables y máquinas la figura de Ernesto. Muerte cerebral. Coma profundo. Palabras que le sonaron a metrallas, guerra, atentado. Cayó en un total mutismo. No tenía palabras, sólo lágrimas.

            Pasó días, semanas y meses en un estado de inoperancia catatónica. Sentada en el piso junto a la cama del marido... ¿Marido? No, muerto en vida... observaba inmutable el hilo sinusoide del ritmo cardíaco. El respirador monótono mantenía el flujo de oxígeno en el cuerpo. Sus signos vitales eran propios de un hombre de 38 años, sano hasta el momento del hecho. En el receptáculo entraban y salían toda clase de especialistas y enfermeros, cada uno le realizaba tareas delicadas para mantener el cuerpo vivo.

            Una tarde de invierno, ya habían pasado siete meses, entró una joven y comenzó a hacerle preguntas. Era sicóloga. Preguntó por los hijos... ¿Hijos...? Ellos no habían querido tener niños hasta no tener ciertos “bienes materiales acorde a su estatus” y la libertad...y poder disfrutar de...viajes, teatro.... Pensó en lo inútil de los ideales.

            Ahora estaba sola. Él ya no podía darle un hijo. La charla se prolongó un tiempo corto. Pero la idea del hijo quedó flotando en la conciencia. Estela pensó en su estúpido egoísmo. ¡Necesitaba un hijo para poder sobrevivir a tamaño dolor! Así, sólo así, lograría superar ese sentimiento de culpa y vacío.

            Varios médicos la miraron con sorpresa y desestimaron su interrogatorio.

 

             Comenzó una búsqueda urgente. Habló con especialistas que dieron algunas alternativas. Un día entró un joven médico residente extranjero. Le contó su historia y él le sugirió...una inseminación “in Vitro” con posibilidad de tener el ansiado retoño.

            ¿Qué tenía que hacer? ¿De dónde extraer los espermatozoides? ¿Podían extraerle a Ernesto? Así se formó un pequeño complot. A los veinte días ya tenían material. Le sacaron, luego de ayudarle con hormonas, cinco óvulos. Estela se preparaba para una aventura increíble.

            ¡El tratamiento era un triunfo de la ciencia! Dos embriones estaban en el útero bien ubicados. Se desarrollaban perfectamente. El vientre comenzaba a abultarse.

            De Francia había llegado un especialista a dar unas conferencias y un amigo común le pidió que revisara la historia clínica y a Ernesto. Le suministró una nueva droga experimental y aconsejó unas pruebas de vibrato acústico. El resultado fue revolucionario.

            De entre una nube comenzó a ver pequeños objetos. Sintió ruidos, voces y palabras que le llegaban al cerebro aumentadas cien veces. No podía hablar. No podía decirles que entendía todo. Se esforzaba por hacer algún movimiento para que entendieran que había vuelto. No sabía de dónde. No sabía qué le había pasado. Sacó algunas conclusiones de lo que hablaban a su alrededor. Un accidente terrible. Muerte cerebral. ¡Él estaba allí, vivo, comprendía!

            Las máquinas dieron muestras de su mejoría. Comenzaron nuevos tratamientos. Comenzó a tener reflejos y algunos movimientos de párpados y en los dedos. Respondía al dolor, al calor y al frío.

            Estela, mientras tanto, sintió que había llegado el momento del parto. Sola, con Dulce y Martina sus secretarias académicas que la acompañaban, entró a la sala de parto. Luego que se produjo el nacimiento de una beba y un varón, ella sintió una enorme euforia. Era madre y Ernesto padre.  Los chicos sanos, hermosos y producto de biotecnología. ¡Una gran novedad en ese momento! Se silenció el origen ante los medios, para proteger a los niños. Y a los padres. Era un verdadero éxito.

            ¡Es un milagro, sin duda es un milagro, dijo el equipo de médicos! Ernesto ahora hablaba. Tenía total conciencia y dominio de voluntad. Pero quedaba un largo trabajo de motricidad para recuperarlo totalmente.

            La llegada de Estela al pabellón donde se trabajaba con el cuerpo del esposo fue acompañada de una actitud inesperada.

            Ernesto no quería hablar con ella. En lugar del marido, apareció un abogado que le presentó una demanda de divorcio. Ella había sido infiel. La concepción de dos niños en su etapa de muerte cerebral era la causa. Ernesto y Delicia no eran producto del amor. No tuvo él la posibilidad de engendrarlos, no eran hijos de un acto voluntario.

            El juicio fue muy difundido y publicitado. Los niños amparados por leyes de protección al menor pasaron a las manos de un familiar. El juez, frente a un tema ético tan conflictivo se juntó con grupos de jurisconsultos a deliberar...Estela está esperando la sentencia.

 

Y LLEGÓ AL JUZGADO

 

            En Mayo nació Adela, tierna bebé de dos kilogramos y con un hermoso cabello oscuro. Comenzaba el frío de otoño en las afueras de Valle de Los Cóndores. Los caminos se llenaron de hojas de álamo que crujían como el corazón de Marga.

            Terminada la cosecha se tenían que ir y el patrón les pedía todos los días la casa, que si bien era de adobe y techo de caña, era un refugio para el Juan y su pequeño hijo. Había cumplido dos años en octubre pasado y caminaba y ya no necesitaba pañales como Adela. Terminada la melesca, no quedaba nada por qué quedarse.

            El Juan, para colmos lo prepoteó al patrón y siendo hombre duro, los echó como a perros sarnosos. Llegaron a la casa de la madre de Marga y les puso mala cara, claro ya tenían los problemas de todos, muchos chicos y poca plata. Su padre estaba haciendo una obra en Chile y regresaría en verano. Para colmos un sismo movió algunas paredes y se cayó medio techo de chapa. El Juan arregló  como pudo, pero sin habilidad quedó muy flojo y con el viento se movía y silbaba.

            Un día fueron a buscar trabajo y volvieron con menos de lo que llevaron, les habían robado la mochila en el micro. La madre gritó y los echó. ¡No quiero que vengan a traerme más deudas y problemas!

            La Marga salió caminando con lo poco que le quedaba de ropa del nene y de ella; Juan llevaba un bulto con sus herramientas y el bebé que lloraba. ¡De hambre, Juan, lloran de hambre los chicos! ¿Y vos que te creís que io no tengo? Yo no tengo la culpa. Io tampoco Marga, no necesitábamos otro crío. Lo tirabas como hacen las perras y listo. Se dice aborto, Juan, pero es un hijo. ¿Y qué? ¡Matarías un hijo, guacho de mierda? Si no me queda otra…

            Llegó la noche y se cobijaron en la puerta de una iglesia entre las columnas y la entrada. Se dieron calor con sus cuerpos flacos. Gracias a Dios la Marga podía darles teta. De adentro escucharon las voces y6 salió un  cura viejo, les ofreció comida y un cuartito atrás por esa noche.

            ¡La gente es muy mala, dirán que yo hago cosas malas, por eso no los puedo tener mucho tiempo! ¿Cómo se llaman los niños? ¿Están acristianados? Bueno mañana en la mañana los acristianamos y hablaré con amigos para darles cobijo. Buenas noches padre. ¡Buenas noches hijos!

            Pasaron unos días y nada, así es la gente, habla mucho pero no se conmueve. ¡Todo el contorno al Valle está muy pobre, buscaremos en la ciudad! Y apareció Don Eugenio Rojas, dueño de una aceitera que le dio trabajo al Juan y un techo, por sólo unos meses, los del invierno. Así pasó el frío y un día Don Rojas se acercó a la Marga y le hizo una propuesta. Deshonesta y sucia. Ella se quiso morir. Salieron como toros picaneados en el brete. ¿Adónde ir?

            Caminaron dos días por las fincas vecinas. Nada, no conseguían nada. El Juan hacía pozos, cortaba leña, podaba o regaba por unas monedas. Se cobijaban bajo una enramada que hicieron en un terreno inculto.

            El cura los buscaba y ellos se escondían, porque el Juan escuchó en el almacén que el viejo Rojas los había denunciado  por robo. Ellos no se habían llevado nada. Pero tenían tanto miedo que trataron de juntar para irse de la zona.

            Un día desesperada Marga se fue a la capilla y allí encontró al anciano y habló, le contó todo lo que había pasado. El sacerdote  triste le dio unos pesos y le dio un papel con una dirección en la ciudad más cercana.

            Allá fueron. Caminaron tres horas y un camionero los acercó un largo trecho. Luego buscaron la dirección del papel. Marga sabía leer, Juan era analfabeto.

            Los recibió una mujer mayor. Observó a la muchacha y al marido. ¡Lástima que tienen dos críos, no entran en la piecita del fondo! Y trabajo no tengo. Bueno algunas cosas puedo darles por ahora. Se quedaron. Apretados en un hogar tan chico que casi no podían moverse. ¡Ellos acostumbrados al campo, a los viñedos y a los olivares! Pero es duro decir que no hay muchas almas dispuestas a amparar a extraños.

            Discutían todos los días, peleaban por cualquier cosa y él, le echaba en cara no haber abortado a la Adelita. Ya tenía ocho meses… y pedía comida. Entonces Doña Juana le dijo como al pasar que la dieran en adopción. ¿Qué es eso? Y Darla en el juzgado para que la gente con plata que no puede tener hijos sean los padres nuevos…

            Marga llora toda la noche, todo el día y le pregunta si es capaz de hacer eso y el Juan le responde: ¡Sí, así será más fácil! Salió dando un portazo.

            Ella busca en la plaza en cada edificio grande la palabra juzgado. Se detiene en los escalones y regresa a la casa. ¿Quién quiere quitarme mi hija y si me sacan el nene?

            Cuando regresa el hombre, viene encopado. ¿No diste la pendeja? No hijo de puta, no. No, es nuestra hija. Andate borracho, mal nacido. Y espera un cambio que no llega.

            Entonces un día se levanta, con mucha ceremonia baña a Adela. Le pone el mejor vestido y la peina bien bonita. Sale con su otro hijo en brazos lleva a ambos. Llega la juzgado. Sube las escaleras como si fuera la entrada al infierno y entra a una sala donde un grupo de personas hablan, ríen o lloran, como ella.

-          ¿Señora, en que puedo servirla?

-          Vengo a dejarle mi hija. La entrego porque no puedo tenerla.

-          ¡Perdón, me está diciendo que la beba es…!

-          Para alguien que pueda y le de lo que yo no puedo. Un techo, educación, la vista bien. ¡Amor le sobra y pienso que también la querrán como la quiero yo!

-          ¿Está segura? Mire que es para siempre nunca sabrá dónde está y no sabrá quién la tiene. ¿Lo pensó bien?

-          ¡Tanto, que ya no tengo fuerzas! ¡Si me quitan al nene me voy. Los dos no puedo ni quiero darlos!   

-          No, claro, ya llamo al juez, siéntese por favor.

-          Gracias. Quieto hijo. Le doy por última vez la teta.

-          Señora pase, por favor.

-          ¿Nombre suyo? ¿Documento y residencia? Bueno, no me mire así, soy simplemente empleado en el juzgado, no soy nada suyo. Nos soy un ángel de la guarda.

-          Mi hija se llama Adela y yo Margarita Vergara, mi marido se llama Juan Sosa. Y el nene…

-          ¿El padre está de acuerdo que entregue la niña?

-          El me manda, no consigue casa y trabajo con dos chicos, nadie acepta una familia grande. Nadie nos quiere.

-          ¿Nombre y edad del padre? ¿Dirección?

-          La calle. Juan Sosa, analfabeto, obrero de changas sin oficio. Tiene veintitrés años.

-          ¿Usted lee y escribe?

-          Llegué a sexto grado en Los Portillos Viejos. Tengo dieciocho años. Vivo en la calle.

-          Bueno, acá viene el Juez.

-          Buenos días, señora, ¿esta es la niña?

-          Si. Adela mi hija de ocho meses, bueno pronto cumple los nueve y ya está bautizada por un cura.

-          ¿Está segura de lo que va a hacer?

-          No tengo otra cosa. Si me quitan al nene me los llevo a los dos. ¡Son mis bebés y los amo!

-          Se nota que están bien alimentados y sanos. ¿Está segura? ¿Entiende lo que va a suceder?

-          No puedo llorar más. No tengo adónde ir, con uno me dan techo y con dos… nada.

            -   Secretario reciba  los datos de la niña. Disculpe… me retiro. El juez sale   llorando disimuladamente.  ¡Pensar que mi mujer nunca pudo darme un hijo! Y entra en otra sala donde dos vecinos pelean por el agua de un canal que comparten.

Afuera el sol comienza a entibiar las calles y brotan los árboles porque comienza la primavera en el Valle de Los Cóndores. Todo volverá a ser igual. Regresarán los cosechadores y se llenarán las casas de bullicio y risas.

Marga y Juan ya no son los mismos y ella lo ha echado del catre.

 

LA CHUCHI

 

            No sé por donde empezar, si por el final o el principio. Por ahora veo que empecé siendo yo sola en la plaza, con la foto y el cartel. Me acompañaron mis abuelos. Al día de hoy ocho meses después hay como quinientas personas. Cada 17 de mes- número de la mala suerte- vengo con lluvia, sol, caminando con la foto de la Chuchi y pidiendo Justicia. Siempre vienen las maestras que nos ayudaron en la escuela primaria. La Chuchi, se caminaba veinte cuadras hasta la casa de la señorita Isolda para que le prestara libros. Leía muchísimo. Era una extraterrestre en la Villa.

            La foto que traigo es de cuando ganó la bandera en sexto. Está linda. Era tan hermosa que siempre la elegían reina de la primavera. La Chuchi, era alta, me sacaba una cabeza y más, delgada, flaca por falta de comida. Su mamá vivía en cama con un vaso de vino o directamente tomaba de la botella. ¿El padre, vaya una a saber quién era y dónde estaba? Tenía un pelo largo hasta más abajo de la cintura y ojos grises como nubes de tormenta, la Chuchi. Tormenta fue su corta vida.

            Una mañana, mi amiga, me pidió si podía bañarse en mi casa. Yo viví siempre con mis abuelos, porque mi mamá me tuvo y se fue. Nunca más supimos de ella. A mi papá tampoco lo conocí. El abuelo Felipe, trabaja con la chatita haciendo transporte en la feria. La abuela Rita, cose para una fábrica clandestina de Avellaneda. Le pagan por quincena y nunca me faltó nada. A la Chuchi sí, le faltaba todo por eso mi abuela la invitaba a comer de vez en cuando o le regalaba un sánguche de bife, con huevo duro y queso. Yo le daba mi leche en la escuela y la torta que nos daba el gobierno. Yo soy más rellenita que ella y los chicos me hacían burla.

            Sigo con la historia, señorita, me fui por las ramas. Comenzó a venir siempre y me ayudaba con las tareas. Cumplimos los doce y ella parecía una mujercita, bella y hablaba como una grande, porque vivía leyendo. Se comía los libros que le daban la seños de la escuela. Yo seguí la escuela secundaria, ella no pudo y salió a buscar trabajo.

            Encontró de ayudante en una panchería de Constitución y eso fue su perdición. Allí conoció al Tuerto. Él, le presentó a un muchacho muy lindo y que parecía un príncipe de película. Jonathan no sé cuanto. La llevaba y la traía a la Villa en un auto de esos que salen en las propagandas. Se vestía como grande. Se maquillaba mucho y parecía una modelo.

            Un día vino a pedirme si se podía quedar en mi casa. Tenía un labio partido y un moretón en las mejillas. Nos dijo que se había caído en la calle. Mi abuelo no le creyó. Es viejo y sabe. Así una noche de tormenta sentimos un ruido en la puerta. Se asomó el abuelo. Estaba tirada en la calle y sangraba. La abuela Rita la envolvió en toallones y nos fuimos al hospital. Quedó internada y la médica habló con la abuela. “Una gran paliza, embarazo perdido, aborto, posible muerte”. Yo no paraba de llorar. Se quedó mi abuela y fui a buscar a la madre de la Chuchi. Estaba borracha y me tiró con la botella. Le dije de todo; se paró como pudo y salió tambaleándose a la calle. Se cayó y quedó tirada la muy puerca y el hombre con el que vive la arrastró hasta la vereda y se detuvo allí. La lluvia no la despertaba. ¡Era patética!

            Vino a buscarla el “Príncipe”, tenía que trabajar en el burdel. Era la fundamental bailarina en el caño y no podía perder la clientela. Se la llevó de prepotente, no más, y la madre, vieja desgraciada, la dejó ir sin decir ni mu. Después supe que era el “príncipe” el que le daba plata a la gran hija de puta. No la vi por un largo tiempo. Yo terminé el bachiller con 17 años y rendía para asistente social cuando apareció en casa. Estaba destruida. Parecía una mujer de cuarenta años. Tenía un bebé. Una nena hermosa parecida a ella. Carina. Me dijo que si le pasaba algo me la quedara. Yo no la entendí. ¿Qué le podía pasar?

            Una mañana cuando salía para la facultad, se me acercó una mujer policía. Me preguntó si yo era Elisa Medina. Le dije sí. Venga su amiga Elizabeth Soria está muy grave y la llama. ¡La Chuchi se llamaba Elizabeth Soria! Yo ni me acordaba.

            Llegué al hospital en el coche de la policía. Estaba en terapia. El “Príncipe” la había rociado con nafta y prendido fuego. Era un monstruo. Se moría. La doctora me pidió que acercara el oído a los labios de la Chuchi. El olor me asqueó, la carne quemada es asquerosa, pero lo hice.”Te dejo mi hija, cuidámela como si fuera tuya” y sentí un ronquido que salía de la garganta de la Chuchi. Me sacaron de la sala y me dieron a la Carina que ya tenía un año y medio.

            La mujer que me la entregó me dio unos papeles con sellos del juzgado en que me hacían responsable del bebé. Yo lloraba a moco tendido. Había muerto quemada por el precioso Jonathan. Gracias a Dios fue preso. Después en el velorio supe que había zafado de la cárcel, porque es hijo una diputada nacional y tiene un montón de amigos en la casa de gobierno.  

¡Por eso vengo todos los 17 de mes con la foto y el cartel pidiendo Justicia! ¡No puede ser que ese maldito siga en la calle después de lo que le hizo a la Chuchi! La próxima, será otra y otra, total nadie lo puede encerrar. ¡Ah, cada vez viene más gente y más fotos de otras mujeres quemadas o asesinadas por sus parejas y hay más carteles!

Sabe señorita periodista ¿la Chuchi murió con 18 años y nadie reclamó su cuerpo? La enterramos con la ayuda de mis abuelos, las maestras de la escuela y algunos vecinos. De la madre no supimos nunca nada, dicen que desapareció de la Villa. Pero hay tanto muerto tirado por ahí, en las alcantarillas. ¿Quién puede preocuparse por una borracha empedernida? Gracias por venir.

¡JUSTICIA, JUSTICIA, JUSTICIA!!!!!!

martes, 18 de agosto de 2026

UNA MONEDA DE ORO DE LUÍS XV

 

 

Nunca supe cómo llegué a las manos de mi dueña. Ella es una doncella de catorce años y vive en una casona en Rue Saint Michel. Ayuda a Madame Regine de Garigny en la recepción de sus amistades, cuando a las tardes se reúnen para leer a los poetas.

De unas manos, que ni recuerdo, pasé a ser el bien más preciado de Cristinne. Y me escondió en un pañuelo que encontró olvidado en el sillón de terciopelo gris del salón una noche al despejar la sala. Como un amuleto, me dejó en el cajón de sus enaguas. La pobre muchacha ha llegado del interior, de la Provenza, un otoño en que París parece languidecer con las calles y los Campos Eliseos, están bastante despoblados. En algunas zonas se ven personas que hacen fuego con pedazos de maderas que juntan de los barrios altos y se calientan, los pies descalzos o mal cubiertos, con botas viejas y rotas.

Cristinne, sale con madame al mercado a comprar quesos y verduras, algunas chuletas y vino. El coche las espera rodeado de chiquillos que mendigan unas monedas y pan. Madame Regine suele repartir generosamente pan y algunas monedas de baja valía.

Al ingresar en la casa, se saca el sombrero y le pide a la jovencita que caliente agua para sumergirse en la enorme bañera de latón. Pone perfume de violetas y con jabón de malva tiene que ayudarle a sacar el olor fuerte que trae del mercado. Son momentos en que mi dueña sueña. Piensa en todo lo que puede hacer con un Luís de oro.

Han pasado los años, Cristinne, se casó y dejó París, me llevó consigo en su pequeño bolso, pero en la carretera a España, los asaltó un grupo de hambrientos y yo caí en manos de unos truhanes. ¡Qué horror! Cuando me vieron un hombre sucio y con un solo ojo, me mordió y dio un grito de júbilo. Yo creí morir, siquiera me derritiera como las velas de sebo que usan para iluminar sus magras cuevas. Nunca más veré a mi niña. Siempre perfumada y bondadosa. ¡Era su más preciosa joya! Y estos malhechores, me manosean con sus dedos llenos de ajo y tierra. Creo que hay uno, que tiene un diente de oro, que va a matar al que me mordió la primera vez, porque le leo la mirada de avaricia cuando el mugroso me expone a los ojos de unas pobres mujeres infelices cargadas de chiquillos enfermos y hambreados. Sucedió. Lo acuchilló por la espalda y me arrebató de un braguero inmundo que tenía el difunto. Me besó. ¡Qué asco! Su boca parece una cripta donde yacen cien muertos pudriéndose. Me escondió en su bota, que a decir verdad le robó al esposo de mi querida Cristinne. Pero el olor nauseabundo es de sus calcetines viejos y rotos por donde emergen dedos llenos de ampollas y sangre seca.

Este monstruo viaja con dos landreros que se solapan en los recodos y asaltan los coches de gente decente como uno. Si encuentran otras parientas mías, dan gritos que retumban en los bosques donde se esconden. Yo, me caí en un cruce de caminos de las botas del ladrón y lo perdí de vista. Quedé allí, enterrada en un colchón de hojas y barro por bastantes años.

Aparecí en un siglo que por los sucesos es por lo menos cien años después. Una máquina muy ruidosa, me despertó removiendo árboles en el bosque. Cuando vio, quien la usaba,  algo tan brillante entre las raíces de un viejo árbol soltó un grito: ¡Alto!

Buscaron y rebuscaron por más, pero, yo soy una sola. Mi nuevo dueño es un tipo rudo, mal hablado y hosco. He visto unos carros muy ruidosos que no llevan caballos. Parecen animales metálicos con un motor. Escuché que le dicen automóviles, pero son muy primitivos, ya verán más tarde por qué. Me llevó en una bolsa pegada a la tela de su chaqueta en dónde había una sarta de cosas: una navaja, unos papeles, un peine, monedas que ni se asemejan a mí.

Cuando se hizo noche, se alejó en un aparato parecido a dos ruedas con unos caños que supe es una bicicleta. Llegó a una humilde vivienda de las afueras y entró como un tropero, vociferando que había encontrado algo “precioso”. ¡A mí! Una mujer lánguida casi desnuda, sin peluca ni faldas amplias, lo cazó de un brazo y le exigió que me mostrara. Ella tendió su mano y ahí, quedé yo, sola, triste y preocupada. ¡Esa mujer no tiene la ropa adecuada como mi ama anterior!

Algo extraño pasó. Me dejaron escondida debajo de una losa del suelo en una habitación junto a una chimenea a carbón. Y desde allí solo escuchaba las peleas de esos dos seres que parecían rugirse. Pasó un tiempo corto y llegaron unos pequeños, por las voces diría con mi poca experiencia que eran como siete. Hablaban con unas palabras que yo no había escuchado nunca. Era un argot novedoso y tardé un tiempo en descifrar lo que significaba. Los muchachos y jovencitas venían de un mercado cercano en el que mi descubridor vendía madera y plantas o hierbas medicinales. ¡Eran puras mentiras! Las plantas no curaban a nadie, pero traían jugosas monedas que un día juntaron conmigo. Gran error. Una de las chiquillas, una noche hurtó varias, entre ellas a mí, y me llevó a un bar donde un muchachote la embriagó, la amancebó y por supuesto le quitó su dinero, luego, supe por oídas, que apareció en un callejón con la cabeza aplastada. El indigno varón, fue puesto en un barco como prisionero y lo llevaron hasta una isla, en medio del Mediterráneo. Lo despojaron de su bolsa y yo fui a parar a un cofre muy paquete del capitán del bote. Así luego de unas cuantas detenciones en puertos del oeste de Europa, se hizo a la mar, con un pequeño grupo de marineros y siguió hasta la Isla de Asunción. ¡Qué clima hermoso! Allí pasé de mano en mano por compras y ventas varias y fui regalado a una verdadera dama.

Con Sully Kinleroyt permanecí un tiempo largo. Me hizo incrustar en una pendiente que bailoteaba entre sus senos jóvenes y tibios. ¡Era, yo, una atracción a los ojos avaros de muchos: hombres y mujeres!

 Mi adorada Sully envejeció. Un día me regaló a la más bonita de sus sobrinas. Anny, quien me guardó entre varias joyas que recibió de sus mayores.

Pasó mucho tiempo para que yo entrara en el continente americano. Viví en Brasil, luego pasé a Paraguay y terminé en Buenos Aires. ¡Una enorme ciudad del sur!  Por todo lo que me ha sucedido me defino como un sobreviviente.

En esa gigante ciudad ya había entrado el siglo veinte. Tenía calles enormes, pampas enormes y era un país enorme. No puedo recordar cuándo me entregaron en un Lugar donde prestaban dinero cuando dejaban objetos: Algo como: Monte Pío. Junté paciencia en una vidriera oscura y oscura. Hasta que vino un inmigrante libanés y se prendó de mí. Era un comerciante inteligente y creativo.

Viajaba haciendo negocios por todo ese enorme territorio que parecía tenerlo Todo: trigo, arroz, ganado vacuno y equino, petróleo, un mar gigantesco y gente que hablaba español y mezclaba con palabras de los distintos idiomas de sus exiliados del mundo.

De él, he oído de dos guerras de las que me salvé en Europa y de otras en oriente. Pero ya soy un poco más finita, más pequeña, por el eterno desgaste al que me he visto torturada. ¡Es mi dignidad por ser de oro!

En una zona montañosa donde Amín, mi dueño, se enfermó con un enorme bulto en una muela; me tuvo que entregar a un “dentista”; en mis épocas pasadas se les decía “saca muelas” y lo hacían los barberos. Pero ahora he visto, cuando le pasó conmigo varias libras esterlinas de oro, un papel recortado en un marco de madera, un certificado de este señor de bata blanca; que indica que es Cirujano Dentista. Me miró con curiosidad y se puso a hablar de historia, mi historia. ¡Bueno, de la época en que me acuñaron allá en Francia! El entusiasmo del hombre, el otro con la boca abierta, lo escuchaba embelezado. ¡Siempre los dentistas los tienen con la boca abierta!

Gracias a ese caballero, un erudito en historia, me enteré de cientos de cosas inventadas y creadas entre que me acuñaron y hoy. ¿Saben que han encontrado un remedio para la viruela, la peste negra y hasta hay un descubrimiento que cura la “tisis”, la lepra, la sífilis y tantos males que llevaban a la pobre gente a las fosas? Yo no lo conocía. Es un milagro. El libanés quedó encantado con el orador. Le pidió si quería que le enviara clientes y por supuesto, dijo que sí.

Cuando el comerciante dejó el lugar sin su muela y su flemón y con unas monedas valiosas menos, el doctor ingresó en su hogar y llamó a su esposa y le mostró mi cuerpo. Ella, le pidió, que la quería guardar. Él, la quería vender para comprar herramientas para su consultorio; ganó la mujer. Así, viví un tiempo en una pulsera de oro que tenía como dije mi dueña. Me amaba. No era avara, era una persona llena de amor por las cosas bellas.

Un día que salió a festejar un aniversario de bodas, entraron dos cacos y me arrebataron del cajón donde estaba guardada. Y junto a otras chucherías bonitas me llevaron a un sótano donde me hicieron lo peor que le puede pasar a un ser especial como yo: me derritieron y me juntaron con otras joyas para no ser detectados por la policía. Los muy ignorantes, no sabían que tenían una “Inmensa Historia” frente a sus narices.

Todavía mi ex familia me llora. Yo, no puedo decirles donde estoy, no lo sé.