miércoles, 29 de julio de 2026

Yessenia

 

         Llegado el jueves, le comienzan  ataques de pánico. El médico nos mira y asiente. ¡Es el fin de semana! Yessenia sabe qué le espera. Un hermano mayor, madre cómplice y una sociedad indiferente.

         La escuela reclama judicialmente hasta el cansancio. No hay respiro ni espacio para tantas demandas.

         Él, desafiante la busca a las doce en punto y se la lleva. Saciará su apetito sexual con la pequeña como desde que su” mami” se la entregó a los nueve años. Ahora tiene doce y  mucho miedo. Puede ser mamá de un bastardo engendrado por su propio hermano.

         ¡Él me trae dinero todos los viernes, con eso comemos, ustedes no se metan, es mi hija!”

         Yessenia, nos mira aterrada. ¿No podemos hacer nada? ¡Pensemos!

         Aldo, el portero, en silencio se prepara. Un grito y la bala, perfora la frente del insestuoso patán. Aldo sale esposado,  sonriente. ¿El Juez hará justicia?

MUJERES

   

Sin destino caminan por la arena. Buscan.

Sin destino hacia la nada. Tienen sed.

Pies descalzos, con sus chilabas empapadas sólo en lágrimas

sin tiempo. Sólo olvido.

 

Niños de sonrisas sin destino entre las ruinas.

Desnutridos, con coraje de inocente sometido.

Entre escombros, juegan fútbol entre escombros

sin futuro y son niños que no saben de otro mundo.

Siempre guerra, resplandor de armas letales.

¡Y son mujeres que esperan un retorno.

Viudas. Solas. Muertas en esa extraña vida.

Con sus burkas y sus velos. Hambre. Caminan.

 

Tal vez… quisieran estar muertas.

Todos muertos con sus hijos desnutridos.

Acá, lejos de su historia acallada, moriremos todas juntas

a cualquier hora del día . En silencio.

Con vergüenza de ignorancia compartida.

Las mujeres sometidas en el mundo que no mira,

que no escucha, que no grita.

Son quemadas. Aniquiladas. Arrasadas. Son mujeres.

Nada vale su desdicha. Son la nada. Nada. Nada.

Son mujeres.

 

                                               En el día de la mujer, con epígrafe español: “A la 5 de la tarde estaremos todos muertos”

GUERRERO

 

            El arte no es un modo de ganarse la vida, quizás, pero siempre será un modo de hacer crecer el alma.

 

                        Mis padres me dejaron sola. Ellos creían en mi vocación y me dieron el tiempo y el dinero para que yo hiciera mi carrera. Cuando el profesor Brunno Secchi escuchó mi forma de interpretar a Paganini, casi se muere. De un colapso de horror. En mi pueblo, el único que sabía tocar, bueno tocar no, tenía un violín, era don Chicho el carnicero que llegó de Italia en los cincuenta y cinco, después de la guerra. Yo deliraba por aprender y lo molesté tant que el pobre hombre me enseñó lo poco que sabía. Nada.

                        El maestro, con cara de pocos amigos me pidió que fuera dos veces por semana a su estudio de Flores. Tenía uno para los alumnos aventajados en el Centro cerca del teatro Colón. Yo estaba como loca. Alquilé una pieza en un hotel de cuarta categoría. Luego salí huyendo y alquilé un pequeñísimo departamento en Flores, porque descubrí que en el hotel había unas mujeres de provincias alejadas que traían “galanes” por horas y a veces por minutos, para hacerse de un pequeño dinero que luego enviaban a su familia que le criaban hijos. Nunca imaginé que la vida sería tan difícil. El portero me espiaba, las vecinas miraban qué compraba y a qué hora entraba o salía. Lo peor fue cuando después que el maestro comenzó a enseñarme algunas posiciones en el instrumento musical, yo pretendí ensayar. Imagino que ningún genio habrá pasado por lo que me tocó pasar a mí. Desde abajo me golpeaban el piso con un palo, desde arriba me gritaban e insultaban. Tocaban mi puerta diciendo que me fuera lejos y a la plaza o que el Colón estaba en otro lado. ¡Así, nunca seré una gran artista! - les dije y se rieron como desaforados.

                        Me tuve que ir a la plaza a practicar. Me resultó cómico, yo ensayaba y algunos transeúntes me dejaban monedas en la caja del violín. Creían que yo me ganaba la vida haciendo ese “ruido”. Poco a poco fue mejorando mi expresión y mi ruido se fue transformando en música. Mamá me escuchó ese fin de semana que vino a ver cómo estaba y se quedó pasmada. Estaba tocando el violín. Esa vez me trajo chorizos, dulce de leche casera, una campera tejida con lana hilada a mano, guantes y gorro haciendo juego porque venía el frío. Me regaló una colcha que había visto en un negocio de la plaza de Flores y una estufa a kerosene. Yo estaba delirante, la vida me sonríe, pensé y la abracé con mucha fuerza. ¡Me dormía con ella abrazada y despertaba con el olor del café con leche que hacía tan rico! Los vecinos no me molestaron y la saludaron con respeto. Después de eso, me trataron mucho mejor. Creo que pensaron que por fin había una persona normal en el edificio en ese pequeño departamento. Así fue que llegó el invierno.

            El maestro comenzó a darme más tiempo. Yo puse mucho empeño y me invitó a ir un domingo con sus alumnos al Colón. Casi me muero. Éramos siete y él, el maestro. En el tercer piso y en un balcón del costado que tenía subalquilado en el teatro grande, nos acomodamos para escuchar a un gran violinista griego. Fue tan maravilloso que se pasó el tiempo, casi sin notarlo eran las diez de la noche. Un compañero se dio cuenta que yo vivía lejos y dijo: -¿Muchachos que tal si hacemos una vaquita y la mandamos en taxi?- y allá volví como en sueño. Era magnífico el talento y la técnica. Soñé con un concierto en donde yo participaba y me aplaudían pardos varios minutos. Sólo fue un sueño.

            Seguí trabajando sobre el violín, pero era un instrumento muy barato y se descuajaringó. Cuando le llamé a papá me prometió pronto mandarme el dinero. Todo dependía de la cosecha. El trigo estaba casi a punto y él, tenía varias hectáreas plantadas de trigo. Esperé y el maestro me prestó un violín que sin ser de los mejores, era bueno.

            Cuando llegué al conservatorio, el maestro me miró con pena. -¿Pamela, no te has enterado, un tornado ha despojado el pueblo de tus padres? – y las lágrimas comenzaron a correr por mis heladas mejillas paspadas por el frío. El maestro se acercó y me puso la mano en la espalda. Un compañero y una de las chicas se acercaron y me tomaron de las manos.- No te hagas mala sangre, yo te presto mi violín- dijo a coro media academia. Pero yo sabía que me tendría que volver al pueblo. ¿Con qué iba a pagar el alquiler? Y ¿ Con qué mi comida y viajes en micro o metro?

            Hice mi maleta y después de saludar con cariño a cada uno de los habitantes del edificio, a mis compañeros regresé al pueblo. Mis padres lloraron, pero yo sentía una seguridad en mi fuero íntimo; que pronto volvería y sería una muy buena violinista. ¡Tal vez de arte no se viva, pero cómo se es feliz con el alma llena de arte!

CORTAR LAS TORMENTAS

 

 

            Artemio echa a andar entre los parrales de verano. Las uvas están muy verdes todavía, hay que esperar para que maduren. Va con la azada al hombro con las manos arqueadas por el polvo de la tierra agreste de las montañas. La acequia cantarina trae poca agua y los sauces se hincan para adsorber el líquido que se encapricha ser ausente.

            Un año con poca lluvia. ¡Como siempre, el Zonda, arremete con furia de fuego sobre los viñedos!

            Las alpargatas levantan un talco terroso y prieto cuando camina Artemio. El sol se va ocultando tras unas nubes negras y amenazadoras. Tormenta. El miedo se arrebata a sonidos de campanas al viento. Granizo. La mirada desesperada se entromete en el fuego del latido austero del hombre del viñedo.

            Se enjuga la frente, que copia el aullido de las ráfagas de viento. Está desesperado. Un año, carpiendo, podando, atando y ahora que el verde se entremezcla con la vida, se viene la tormenta.

            La Justina viene al trote entre los surcos, cuidando de no caerse, que pierde la oportunidad de cambiar la historia. Trae una bolsa de sal y otra de cenizas. Trae esperanza de campesina laboriosa y con antiguas costumbres de los ancestros.

            Cuando cae el primer rayo, luego se siente un trueno que moviliza la tierra. Hace tanto que no escuchan ese sonido augural de la pobreza. Los perros aúllan en el caminito que ha dejado el hombre. Deja la azada apoyada en un álamo. Saca la pala ancha para hacer el rito. Se buscan y se encuentran entre truenos y relámpagos, entre un granizo seco y pequeño que puede triturar la vida.

            Ella, la Justina hace el espacio para comenzar la ceremonia. Él, acerca las cruces que lleva en la ancha faja de su vientre exiguo y recrean las “cruces de sal y ceniza” como lo hacían los abuelos. Rezan de rodillas entre los plantíos que se van mojando poco a poco y merman los granos de hielo que se transforman en lluvia copiosa y fértil.

            La acequia comienza a crecer y ellos empapados, se abrazan por haber logrado desembarullar la tormenta y salvar los frutos.

            En un par de semanas con sol y agua, habrá un misterioso crecer de los parrales y vendrán las uvas a brillar con su color de fiesta y vino futuro.

            La usanza antigua ha dado su amor y su constancia de frutecer sin miedo. El rito antiguo de alejar las tormentas con las cruces de sal y ceniza sigue vigente en la vida de los campesinos.

CONTRABANDO DE ESCLAVOS

  

Los habían arrastrado de la zona donde ellos habitualmente cazaban o iban a pescar. Tenían sólo cerbatanas y arco y flecha. Los hombres unos palos que echaban fuego como leños hirvientes. Los ataron unos con otros y los llevaron a la orilla del mar para subirlos, a los azotes, a un enorme barco de madera y humo. Su mundo derrumbado. No hablaban las mismas lenguas y peor era no entender lo que decían los blancos de pelo rojo como el monstruo del que les había hablado el anciano de la tribu en la infancia.

Y el barco se deslizaba entre un mar negro, invadiendo entre una paz fría y quieta de los seres de su profundidad animal y ellos, ellos contemplando asombrados al gigante que trataba de hendir su dichosa paz. Así era la nueva barca y un tumulto de olas que arremetían contra el barco con furia y codicia los sacudía.

Los hombres se apretaban en las hamacas en la profundidad donde se escondía lo poco que quedaba de agua y comida. Nadie tenía fuerza para atropellar a los que con un látigo estallaban en sus espaldas dejando marcas rojas, ira y fuego. Las miradas como carbones crepitaban odio, pero los hierros a los que estaban amarrados les impedían alzarse. Los negreros comían y fumaban sus pipas de cerámica sin mirarlos siquiera. ¿Adónde llegarían y cuántos? Si se iban muriendo lentamente de hambre y frío, de sed y miedo.

Ômorobo sentía asco por estar mezclado con otro infeliz que lo miraba suplicando piedad. Él, era un rey en su comarca. Tenía esposas que lo cuidaban y muchos hijos. Los animales que poseía eran compartidos por su gente. Allí, en cambio, se arrebataban los mendrugos de una comida hecha con fécula de mandioca y agua y el agua olía a orines. Él, tenía los labios rotos por la sed, pero no bebía ese líquido ambarino. El que lo hacía comenzaba a vomitar y se deshacía por los cólicos internos. Al poco tiempo moría envuelto en excrementos. Los hombres de pies de cuero, los tiraban con fuerza al agua y desaparecían. Los sacaba, una vez cada tanto y podía respirar, robaba un poco de agua limpia de una bolsa de cuero que usaba el más viejo de los blancos. Por la ubicación de las estrellas se daba cuenta que iban hacia el oeste y el sur. Estaba flaco y débil. Pero el orgullo lo mantenía alerta. Quedaban pocos, menos de la mitad que iniciaron la travesía. Algunas noches de tormenta los soltaban de los aros de metal que los ataba a los postes.

Una semana más y negros nubarrones y un viento helado, comenzó a zarandear el barco de tal manera que no hubo manera de sostenerse. Bajaron y los soltaron. Pero el maderamen chirriaba con el brusco movimiento de las olas enormes que los sacudía. Un estruendo enorme destempló la noche y la quilla se partió en mil pedazos. Volaban fardos, hombres y maderos. Ômorobo se abrazó a un madero que le permitió flotar. Hábil nadador, logró soportar la tormenta y se quedó dormido, pensando que moriría en ese mar maldito. Despertó con un ruido de tambores y se vio rodeado por gente de raro aspecto. No eran los blancos malditos ni eran los hombres negros de su tierra. Eran diferentes, pero amables, lo ayudaron con agua y en hojas de palmera le dieron un trozo de carne que devoró. Luego, su estómago lo devolvió sin vergüenza.

Pasaron unos días. No entendía el idioma de esa gente. ¿Adónde estaba? Un hombre vestido con una ropa blanca, de larga barba trató de hablarle en varios idiomas que no entendía hasta que vio que una palabra se la había escuchado a su anciano abuelo. “No eres esclavo aquí”. Esa palabra… esclavo, le retumbó en la cabeza. Vio que la gente vivía como en su tierra, en grandes cabañas de palma y barro, con su hoguera al centro. Había niños que corrían y jugaban con el hombre de barba. Cuando pudo caminar bien, se acercó a la casa del hombre. Lo vio rodeado de otros que compartían una calabaza con una bebida que sorbían con una caña fina. Un perro se acercó y le lamió una herida, lo apartaron y se reían.

¡Esta gente es pacífica, pensó! Podré vivir con ellos hasta que regrese a mi tierra. Ômorobo, no sabía que había llegado a América, a un país cerca del río más largo de la tierra americana y que nunca más podría regresar al África.

 

QUIERO COMPRAR UN VIOLÍN

 

                               Pensar, es el origen del poder.

 

La irritación que le produjo a Samuel, ver que su padre escapaba de noche, cuando todos dormían para ir al bar con ciertos amigos... era inexplicable. Es cierto que trabajaba en la sastrería a día completo. De domingo a viernes. El sábado se sentaba en el comedor con el sombrero de fieltro puesto, encasquetado hasta las orejas y leía ese libro que yo no entendía. Claro no había cumplido todavía la edad de leer en el templo.

El rabino Sholome, me miraba con ojos duros escudriñando mi capacidad de lectura. Le tenía terror. Pero según mamá era un hombre "Justo", algo así como un santo. Mi maestra de música, dice que tengo mucha virtud musical. ¡Papá puso el grito en el cielo! Mi hijo músico... nunca. Se morirá de hambre. Y me sacó de esas hermosas clases del conservatorio. ¡Mamá le dijo... son gratuitas y tu tío Abraham toca el violín siempre en Año Nuevo! Fue peor.

Entonces enojado le conté a mamá que papá se escapaba de noche al bar. Se armó un lío que todavía hablan los vecinos. Estuve dos semanas en penitencia y el rabino vino a casa y me dijo que yo era la peor persona de la tierra y que Él, me iba a mandar al infierno... ese Él, era el padre de los Judíos, y yo recién me enteraba que existía un lugar horroroso, donde la gente se quemaba y se llamaba infierno. Y me acordé de la película que ví en el cine un día que me invitó un amigo del barrio, sobre la guerra y los alemanes quemaban con fuego desde unos aparatos a la gente y las casas. Salí aterrado. ¡Menos mal que vivimos acá en este barrio tranquilo!

Me propuse estudiar más y traerle a papá buenas notas. Se puso tan contento que me dijo: ¡Samuel te voy a dar permiso para que aprendas a tocar el violín! Yo había pensado mucho. Si me portaba muy bien y hacía todo como le gustaba, y no decía que se iba de noche al bar de la esquina, él, iba a aflojar. Además mamá lo convenció que yo tenía virtudes para la música.  

Y un día, el profesor vino a la sastrería, habló con papá y le dijo: -¡Yo tengo un lugar en la orquesta filarmónica para su hijo Samuel, como violinista y ganará cincuenta pesos por mes! Todavía papá no cierra la boca. Bueno exagero. La cerró enseguida y le dijo que estaba dispuesto a dejarme siempre y cuando no dejara de estudiar. Yo iba a ganar más que él.

Y un día me dijo: - ¡Samuel vamos al centro, te voy a comprar un violín! Yo casi me caigo de espalda. Fuimos en tranvía a la ciudad. El negocio era enorme y había pianos y arpas y cada maravilla que me hubiera quedado toda la tarde. Se le acercó un señor muy serio, no como el rabino Shalomo, pero le dijo: ¿Señor que busca?- Papá se puso tenso. - ¡Quiero comprar un violín de buena calidad para mi hijo! El caballero nos hizo subir una escalera y entramos en un salón donde había muchos y bellos violines.

- Tomé uno y toqué. El hombre se quedó asombrado. ¡Es excelente este muchacho, hará una vida extraordinaria! Y papá sonrió. Bajamos y salí con el instrumento en su estuche, abrazado, me parecía que tenía el sol y la luna entre los brazos.

Hoy soy el concertino del la filarmónica de Viena y mi primer violín, lo tengo como recuerdo de la infancia. Estoy acostumbrándome a los aplausos y a viajar con la orquesta de país en país. ¡Soy muy feliz y puedo mandarle mucho dinero a mis padres! Eso es para mí la felicidad y el poder.

jueves, 23 de julio de 2026

El circo


Una tormenta terrible se desplomó sobre el circo,

Destruyendo la estructura de nuestra hermosa pista,

En la antigua carpa rota nada quedó en su lugar.

Una bruja de papel jugueteaba en un cartel.

Un abanico de tigres escapaba en tropel

Caminaban por doquier los elefantes temibles,

Barritaban increíbles en su perdido hogar,

El oso pardo saltaba y la foca resoplaba expulsando vapor,

El monito en un arcón jugueteaba escondido.

La pitonisa Marisa detrás de un gran candelabro

Insistía con sus cartas, desentrañando el futuro…

El enano y el barbudo que se llama margarita

Envueltos en una alfombra para que nadie los viera

Contenían estornudos y hasta la respiración

Besándose con alegría porque nadie los veía,

Mientras el viejo gruñón, dueño de ese gran circo,

Con un tenedor enorme agitándolo en el puño

Trataba de juntar a los loros bailarines,

A las palomas y mulitas que viajan en bicicletas.

La pista que estaba en ruinas debajo de la tormenta

Parecía la revuelta de un gigante bravío

Una horrible tontería de un simple grandulón.

Yo que vivo y soy payaso con mis zapatos rotos

Buscaba en el alboroto, mi corneta y mi nariz.

A la mañana siguiente entre todos reparamos,

La vieja  carpa arreglamos y hoy de nuevo habrá función.

El circo es la vocación que soporta las tormentas

Y a los chicos les prometo esperanza y alegría.

¡Ah! soy el payaso zoquete vengan a la presentación.