martes, 20 de octubre de 2026

EL INTRUSO


 

                     Había dejado de llover. Leandro entró al comedor y comprendió que había llegado demasiado tarde. Se oía  la cascada de los desagües desagotando agónicos el canal de la azotea sobre el pequeño patio interior. Estaba solo. Unas sombras se alargaban en los mosaicos mojados. Dejó el paraguas húmedo como pena, apoyado en la silla. Se quitó la bufanda y los guantes que hacían juego con el hilo de sangre que se diluía en el torrente hacia la pequeña rejilla de la terraza. Lo vio allí caído. Solo, quieto. La cabeza destrozada  contra las frías baldosas. ¿Por qué a él? ¿Por qué en su traga luz? ¿Por qué ese hombre que llenaba de sueños sus largas tardes grises de domingo?

                     Ahora que era  primavera, él le dejaba ese regalo entre sus plantas. Cortó una flor de una maseta. Se la puso en la mano y fue al teléfono. Marcó el número que él, un día le dejara. Se sentó y lloró. Quedó solo. La noche  cubría la ventana como cortina de pena.

                     Lo miró a los ojos, quería escrudiñar su alma... quería saber si aun su amante lo odiaba. Te extrañaba, pensó. Pero no esperaba que me hicieras algo así, tan desatinado. Todos se enterarán que éramos amantes. Se reirán de ambos, sin piedad.

¿Quién llenará mi alcoba con perfume de almizcle y romero en las siestas de verano?

Llegó la ambulancia y llamaron a la policía. No podía explicar lo sucedido. El cuerpo de Luciano masacrado. Los vecinos vinieron a mirar y se admiraban de lo limpio que estaba todo. Las plantas del traga luz perfumando el pasillo y los departamentos cercanos.

Leandro demostró que no había estado en casa. No había un arma ni huellas por ningún lugar. Nadie había escuchado gritos ni peleas. ¡Son tan discretos estos chicos! Raro, muy raro. La puerta no estaba rota ni las ventanas. Se llevaron a Luciano envuelto en una sábana blanca con el monograma que bordó la tía Felicitas. Parecía un duende.

La policía  rebuscaba algo… para inculparlo. Él, estaba anonadado. Les mostró cada rincón, cada resquicio, cada escondite de la casa. Nada. No encontraron nada.

Se fueron sospechando que había algo escondido.

Desde el altillo de la casa de al lado, una ráfaga mostró un rasguño de sangre en la pared. Se movió alguien en la ventana. Era un muchacho hermoso que lo miraba con odio. Leandro cerró la puerta y corrió la cortina. Supo que había sido él. El intruso. Mañana lo denunciaría.

Al amanecer salió rumbo a la calle y no vio el arma.

Él, siguió viviendo

 

¡He cometido la indiscreción de seguir viviendo! Jorge Luis Borges

 

Entró corriendo, deshilachando el aire cálido de la calle. Dentro de la casa un suave fresco envolvía el cuerpo de la abuela anciana. Estaba sola y sentada como una muñeca de seda y puntillas. Su cabello largo, suelto atado con una cinta azul, algo desvaído. Las manos, como dos alas de golondrinas heladas, se apoyaban sobre un almohadón de terciopelo rosa. Parecía una reina triste. ¿Cuántos años puede tener, se preguntó la nieta?

Se acercó y la besó levemente en la frente. Estaba tibia y suave entre las profundas heridas que llaman arrugas. Son señales de la vida. Señuelos para el ángel negro. Le preparó un té y se sentó a su lado. Abrió el libro de poemas y le leyó con calma el último que había dejado marcado con unas hojas de tilo. La abuela, cerró los ojos mientras discurrían los poemas. En su juventud era quien recitaba frente a una concurrencia eufórica. Antes, la gente amaba escuchar poesía. Había personas que leían por radio, en galerías de arte, en las plazas y en las noches de frío junto al fuego. Ahora se reirían de esa costumbre.

¡Pero la belleza no ha muerto! Murmuró con voz cascada, mi niña, lee ese, el de la página 27, el de Garrid. ¡Ese es muy bello!

Volvió a releer el mismo, ese que le pedía y luego la anciana sollozaba. Abuela te leo uno de Rubén Darío o de uno de Alfonsina… son más dulces. La mano apenas se cerró en su brazo. Tráeme un vaso con agua fresca, hija, por favor. Y tomó el libro para abrirlo en la página 27. Cuando la muchacha regresó, ella se había dormido.

Seguro soñaba o simplemente entraba en un pasillo de amables recuerdos de amores contrariados. Apena la tocó. Abrió los ojos de un verde claro como agua y sonriendo le dijo: Mi pecado es seguir viviendo. Él ya se fue hace muchos años y si viene, me encontrará muy avejentada. No quiero que me vea así. ¡Por favor, llévame a la cama!

La envolvió en una bata delgada de seda verde y se acurrucó entre las puntillas de antigua hechura. Seguro, esperando que él, entrara en cualquier momento y la besara.

 

LA PINTURA ES POESÍA MUDA; LA POESÍA PINTURA CIEGA: LEONARDO DA VINCI

 

Los trigales perfilan la curva del silencio.

Holgazanean las espigas solariegas en calma.

Buscan las aves el horizonte de las almas añil,

revierten la soledad del camino al cielo plata.

Vertiginosas las vocingleras cataratas cantan,

van valle abajo en su perfecto viaje en busca del oropel

que maltrata las piedras sobre el suelo fértil,

a los arroyuelos que pintan las aguas mansas.

Los sauces se contornean coqueteando ensueños

atrapando el arrebol de la ribera inquieta, en brava caída,

en perfecta sorpresa de melancolía blanca.

Nace en el horizonte un carmín de sueño solar,

un tamiz de osadía perdido en la montaña. Nieva.

El corazón palpita en verdes y celosos naranjas

del pinar yacente en la balaustrada umbrosa,

moviendo el mundo con ritmo de hojarasca sutil,

con ritmo de amapolas que mecen mariposas de oro,

con ritmo desmesurado de panderos viejos, ruidosos.

Un colibrí amenaza llevarse cada flor en el pico,

robar la dulzura de la miel del panal oculto,

buscando en las ramas del rosal y peonías rojas.

Y el trigal sigue inquieto meneando su belleza dorada

coqueteando con las cigarras y tumultuosas langostas.

A lo lejos nace la poesía con pinceles de crines.

Cabalgan los alazanes con probidad de duendes,

Traen entre sus lomos la magia de violines.

Traen al poeta ebrio de amor y gozo.

Traen joyas preciosas.

Traen palabras que brillan con los trigales.

 

OJO POR OJO

                                Vivo de una sonrisa, que usted no supo cuándo me donó. Renato Leduc

 

     No es lindo estar prisionera en un lugar húmedo y oscuro. Aun no se porqué estoy acá. No puedo dormir ni descansar con el ruido de las rejas que hacen otras prisioneras. Mi historia comenzó hace muchos años. Yo nací en un pueblo pequeño, de la zona costera, acostumbraba a esperar la pequeña barca de mi padre que con mis tíos y primos mayores salían muy de madrugada a pescar a la mar.

Es cierto que no siempre regresaban con buena carga. El pescado estaba raleando en ciertas partes y a veces la marea roja, impedía que se recogiera algunas especies. Otras, el agua revoltosa y rústica impedía alzar las redes.

Lindo era ver la llegada de varios botes, que llenos de presas se podían vender en la rada. Desde que una tormenta rompió el casco, papá, cambió el carácter. ¡Era duro como las rocas que acordonaban la playa!

Mi madre había muerto hacía como dos años y eso le endureció más el humor. Nunca lo ví llorar. Y nunca supe de una caricia o beso de mi padre. Fui creciendo como la hermana mayor y asistiendo a toda la familia en la faena diaria. ¡No me gustaba esperarlos con los guisos de arroz y pescado que sobraba de la venta diaria! El silencio nos enroscaba en la madrea húmeda del mesón donde las cazuelas se mezclaban con los trozos de pan que aprendí a hacer junto a mi tío Alfio.

Me gustaba ver en la noche, desde la ventana las luces de los botes que estaban desperdigados por el mar. Parecían luciérnagas en la oscuridad y cuando la luna llena se enamoraba del las aguas, competían con el lucimiento de luces.

¡Pero ahora estoy aquí, encerrada por lo que me pasó una noche de verano en el puerto! Yo había ido como siempre a esperar casi al amanecer el bote con mi familia y me senté en una enorme ancla que dejaron perdida los marineros antiguos.  Coménzó a soplar un viento fuerte y helado. De las sombras apareció un enorme pescador que me tomó por la cintura y arrancándome la ropa, me desgració. Parecía una guerra entre el mal y el bien. ¡Yo siempre llevo una cuchilla afilada en las bragas! Se la clavé en el corazón al maldito. Y cayó boqueando como pescado sin agua sobre el cemento frío de la rada. Me quedé allí, sentada esperando a mi padre. Cuando llegaron, el silencio me envolvió y me caí desmayada junto al desgraciado muerto.

Mi padre tomó el cuchillo y se lo clavó en los ojos y le cortó el pene y los testículos. ¡No tuvo que hacerte eso! Dijo. Y ahora estamos ambos en la cárcel. Pero el está lejos y ya no puede pescar y yo no puedo cocinar para los pescadores. ¡Dicen que extrañan mis guisos! Yo los extraño a ellos y a los botes y las luces a lo lejos en la mar.

El tío Alfio viene y me trae comida fresca de su pesca, me acaricia y me besa la frente y su sonrisa me ayuda a seguir soñando con una vida normal. Siempre me dice: - Francisca, ya pasarán los tiempos y regresarás a casa y te podrás casar y tener tu familia.

Pero yo no le creo. Acá es muy dura la vida y hay muchas venganzas y odio a los carceleros que me dicen palabras muy feas y otras mujeres que han hecho peores faenas que yo. ¡Cuánto extraño a mi papá! Cuando cumpla los veinte, seguro que seré vieja y nadie me va a ayudar.

EL TIRANO

  

Cuando vio el vehículo por el camino de piedras, se estremeció. Él había caminado de una posta a otra con botas de cuero hechas por su madre. Los pies doloridos y sangrantes. Una nube de polvo lo cubrió y sintió que las piernas ya no le respondían. Se tiró a un costado de la senda cerca del camino. El sol abrasador caía a pleno sobre las rústicas piedras que fueron en la antigüedad vivienda de campesinos pobres. El motor y el vapor tremolaban en la distancia bajo un manto de tierra y pequeños guijarros que servían de sostén a la tierra. Sintió el murmullo de un arroyo cercano. Descansó unos minutos y se dispuso a acercarse al agua y beber.

Caminó un corto trecho y se detuvo. Allí se encontró con un cuerpo desgarrado por las alimañas del lugar. Era un cuerpo humano. Sólo se podía distinguir algunos de sus miembros. Salió disparando. Corrió y sólo se oía el jadeo de su garganta seca.

Llegó a avistar las primeras casas de una población pequeña. Vio la puerta abierta de una casa. Se detuvo con la mano en el pecho que parecía una máquina infernal. Era tan pobre que nunca había visto una vivienda tan prolija y cuidada. Salió una mujer añosa con una herramienta. Amenazante y mal gestada lo increpó. ¡Vete de aquí, forastero, nadie necesita de otro pillo y ladronzuelo; bastante tenemos con el jefe!

El joven apenas podía responder a sus intimidaciones. ¡Madre, no soy pillo ni ladrón, sólo busco al boticario para darle una solución a mi abuela...! Ella está con calenturas y mucha tos desde hace días y le cuesta respirar. ¿Me puede ayudar diciéndome dónde está la botica? Vivimos en Águila Escondida, al este. Eso me dijo la abuela cuando me mandó a buscar ayuda. La vieja cambió de actitud, se desprendió del azadón que le mostrara para amedrentarlo y lo miró de arriba a abajo. Ven, acércate. ¿Cómo te llamas? Gabino, madre, y estoy muy asustado. Por el camino ví un monstruo como de acero y madera que echaba humo y sus ruedas, como de carro, se deslizaban con apuro por la senda. Yo me dejé caer. Me dio sed y al oír el murmullo del agua, fui hacia el arroyo y allí... allí, había un cuerpo muy comido por los lobos o perros o no sé si el demonio lo había destrozado. Pero salí echando pedregullo con mis pies porque el terror me empujaba. ¿Por qué nadie buscó esa persona, si no está tan lejos de aquí?

¡Ay, muchachito estúpido, no sabes nada! El dueño del condado es quien maneja esas vidas. Un error y quedarás igual. Mejor vete. Acá no se puede hablar del dueño. Es el propietario de todo y de todos: campos, casas, animales y de los que vivimos aquí, en Tierra Alta. ¡El Don, no te lo voy a nombrar, te puede meter en la cárcel por el solo hecho de ser desconocido! Ese aparato que viste pasar por el camino es un coche o carro, que él ha traído de una ciudad muy grande y lejana. Se llama automóvil. Y es el único en las tierras de acá al mar. Vete.

¿Y cómo voy a llevar la medicina a mi abuela si no voy a la botica? No me voy a ir así, con las manos en los bolsillos. Traigo unas monedas que me dio la abuela, puedo pagar. ¡No las muestres, acá nadie puede tener dinero, todo es de don Livio! El muy tirano. (Dijo en un murmullo la anciana) te acompañaré, pero te prohíbo hablar una sola palabra. Puedo ser yo la que termine como ese que encontraste en el arroyo.

Gabino, la siguió diligente y sobrio. En silencio caminaron por las calles más desiertas que nunca viera. Nadie andaba por las callejuelas que encaraba la matrona. Él, sacaba de entre sus prendas, las pocas monedas que traía, cuando una mano áspera y nudosa lo atrapó. Era un gigante de fiera mirada. Lo escrutaba con insidia. Se dirigió a la vieja. ¿Y éste, quién es? ¿Por qué tiene dinero?

La vieja temblando masculló... es mi ahijado de Águila Escondida; viene a la botica por un remedio para su abuela. No es de esta zona y ya se vuelve a su campo. El tipejo, lo soltó dándole un golpe en la cabeza como una palmada fuerte. Que se vaya. ¡Acá no queremos indiscretos que anden hablando mentiras por ahí! Sí, compra la medicina y parte corriendo para curar las fiebres de su abuela, mi comadre. Mintió como la mejor, la anciana. El miedo a don Livio es el freno a cualquier descuido. La botica era oscura y lúgubre. Un viejecito de abdomen abultado, gafas de vidrios gruesos y bastón, salió tras una cortina ruinosa que fuera en algún tiempo color violeta. Habló dos palabras con la anciana. Gabino supo que se llamaba Joaquina y era pariente del herbolario. Le entregó un brebaje y el niño sacó dos monedas, que recibió apurado y escondió súbitamente en un enorme frasco con polvos medicinales. El Patrón, don Livio no debía saber que había recibido dinero. Se lo quitaría al instante uno de sus capataces.

Gabino agradeció, besó la mano de ambos y salió corriendo por una senda oscura, para dejar lejos los ojos de cualquier persona. A la distancia vio pasar el móvil dejando un asqueroso olor a excremento, un humo ácido y penetrante que invadió el follaje del atajo. Por allí, los ancianos caerían por su culpa en manos del tirano.

Ya era noche adelantada cuando Gabino llegó a su casona. Entregó la medicina y relató a su familia la aventura que le tocó vivir. ¡Gracias al Altísimo, no había en Águila Escondida un Tirano!

 

LA CABAÑA DEL TOTORAL


 

            Se avecina una tormenta. El cielo se refleja sobre los montes como enormes patas de arañas grises. Traen hielo. El viento atrapa los ruidos majestuosos de las piedras que se desprenden de la arenosa tierra reseca. Desde el verano pasado no llueve en la región y muchos de los vecinos han huido a la ciudad en busca de trabajo. "Changas" que apenas llenan la olla y se han quedado las mujeres solas con los críos y el pequeño puñado de cabras y chivos que merodean por las matas resecas y espinudas.

Revelino, cansado se acerca al tanque de agua que le trajo el compadre desde el puesto El Laurel. Agua llena de polvo que acarrea el viento al sobar los terrones resecos. Le da de beber a los animalitos sedientos como él, como cada algarrobo o penca que asoma con fiereza a la superficie del secano.

Una bandada de pájaros se aleja hacia la zona detrás de las peñas. Dejarán los nidos sin huevos o con pichones pequeños. Se viene la correntada apenas desguase el cielo. Arrastrando piedras, troncos quebrados y todo lo que encuentre en el camino. La "Gringa" se asoma envuelta en el delantal para cubrirse los ojos y grita...¡Dentre que se lo va a llevar el hielo! Cierra la puerta justo cuando comienzan a caer los trozos de granizo. El perro, se lame las patas debajo del fogón donde han apagado la lumbre para evitar un incendio. ¡Sos macho, Tato! Le hace una seña al perro. Viste Gringa, el Tato, ya siente la tormenta. ¡Los chivos estaban nerviosos, pero entraron todos bajo el tinglado que reparamos en agosto! Pasame un mate. Y sentate a descansar que mañana vamos a tener flor de trabajo.

Revelino está asombrado por el ruido ensordecedor que disparó la granizada. Sólo tienen unos pocos mates para calmar la angustia. Sienten un golpe fuerte sobre la pared de barro que da al sur. ¡Caen troncos como si fueran plumas, vieja! La mujer hila lana de ovejas que tuvieron que sacrificar por falta de lluvia. El huso baila entre sus manos hábiles. Luego, cuando estén tranquilos encontrará el momento para tejer los ponchillos que usará el Revelino cuando cruce a Chile por la alta montaña, arriando ganado de contrabando.

La avalancha desciende por las partes viscerales de la zona de los Totorales. ¡Qué gracioso, vieja, antes, debe haber estado lleno de agua por acá y crecerían las totoras como ahora las piedras! Lentamente cesa el ruido. Cae solamente lluvia y la tan esperada vertiente se llenará nuevamente del oro que el Tata Dios le manda a los pobres crianceros del campo. El ruido infernal hace tambalear el caserón de barro y caña. Revelino y la Gringa se abrazan y esperan. Llega una noche muy negra. Los ruidos van cesando. Abrazados quedan dormidos en la oscuridad.

Al despertar, cuando abren la puerta, el lodo lleno de enormes piedras cubre parte del frente. Han salvado la vida, los animales andan sueltos por el lugar, todos dispersos. Una enorme tarea les espera. La Gringa, se arremanga y comienza a arrear a los chivos y cabras. Tato, ladra con gruñidos y gran fuerza. Unas víboras están enganchadas en el algarrobo. ¡Son de las malas y venenosas! Pero ellas también han querido sobrevivir al desastre. Revelino las arranca con una pica y las deja colgadas en un alero que medio mustio, se bambolea y ahora más con el peso de la bichas.

Cuando se acerca al pozo, ve que de un costado está brotando un agua cristalina como las estrellas. ¡Por fin tendrán agua fresca y podrán plantar maíz y hortalizas! Pero antes, se hincan ambos y levantando los brazos, dan gracias al cielo por el agua, que es vida.

jueves, 15 de octubre de 2026

RESCATE INESPERADO


                        Se siente el rumor del tren que se acerca. En los recovecos entre los andenes, una muchacha sostiene un chelo, que canta entre sus piernas una melodía antigua. Está sentada sobre un cajón de frutas y parece que casi no se asienta. Me invade la tristeza de esa música y parte el tren sin mí. El coche se aleja con el brillo de las luces que me sacude un rostro, en el vagón de cola, la figura inverosímil de Leonardo. Imposible. Militante de la más acérrima izquierda... es un desaparecido allá por los setenta. La música me envuelve y me entrego al disparate del tráfago que encierra esa fosa iluminada. Olas humanas atraviesan en cada llegada y partida de vagones grises. La cabeza se arremolina cuando pienso. Siento o mejor dicho presiento que un misterio va a golpearme. Abandono la estación con pesar, esa mujer es una gran intérprete de Bach. El suelo tiembla por el peso del coche colmado de oficinistas. Dejé en el estuche de la concertista mis últimas monedas. ¿ Qué voy a comer ahora? En “Catedral”, voy a bajar, combinaré hasta seguir a “Virrey” y estaré cerca de la casa de Marité. ¡ Mujer especial, que apuntaló anónimamente, a cada uno, en esos aciagos días, sin pedir nada! Salí a la calle, aun había chorros de sol entre la arboleda castigada. La vida me sigue sonriendo a pesar de la carga de recuerdos. Camino mirando al rostro a cada transeúnte como si fueran fantasmas de aquel tiempo de sombras. Utopías que no desheredó de la juventud sin culpa. Admiro las viejas casas de barrio con zaguanes llenos de amor prohibidos antaño, sus verjas y ligustrines bien recortados por manos artesanas. ¡Qué vida provinciana se respira aun a pocas cuadras de Callao y Corrientes, donde piqueteros, desocupados y mendigos asolan con gritos y consignas copiadas de otras épocas... y ya casi no son escuchadas como mecánica para sobrevivir!

                        Miro el reloj. Son casi las diecinueve, como entonces. Fue como a las diecinueve treinta, que llegaron. Eran muchos, ¡tantos! , prefiero no recordar.  Me hierve el hígado. Sí, ya son casi las y veinte y Marité debe estar prendiendo los hornos donde tomarán dureza las maravillosas alfarerías que la han hecho famosa en el mundo. Me parece verla... grácil, su figura de larguísimo cabello rubio con rasgos nórdicos con su mirada azul enamorando las raicillas de nuestros ancestros nativos, artesanando metales con las viejas técnicas y los vidrios fundidos al calor rústico de sus hornos. Neófitos y entendidos del mundo se pelean las diferentes piezas antes y después de premios y menciones, en el mundo casi imposible de encontrarse en el mercado. No llegan a salir de sus manos y ya tienen dueño. Sus hornos... su casa fue un refugio. Ahora está sola, suele llamarme. Tomamos mate o té, a veces café, lo que hay, y hablamos largamente de todos y todo. Frente a la puerta alargo los nudillos y golpeo. Nada. Un llamador improvisado armado en un cordel con piezas rotas de cerámica y metal, dan un sonido espasmódico. Tras las persianas, sale su voz que aun conserva una dicción extraña. Y jocosamente dice que no se atrevan a interrumpir la inspiración de una artista... luego un silencio y de mi garganta sale un sordo ¡Soy yo, Gabriel! ¡Abrime!. La gruesa puerta se abre y la oscuridad del corredor me apaña. Tomo el camino equivocado y tropiezo con una enorme escultura que se bambolea con mi torpeza y a la que abrazo fuerte. Su risa contagiosa cascabelea en mi conciencia. Mi visión se aclara y la veo recortada en el final del pasillo. Allí parada con el cabello suelto con sus canas inclinando su edad a la madurez, su túnica guajira, me asume y transporta. Siento un golpe de sangre en las sienes, me dice que aun la amo, es mi ángel perdido. Me sobrepongo. Vengo por lo que creí ver en el vagón de cola.

                        Marité ... , yo no sé si me estoy volviendo loco. Acabo de ver a Leonardo en el subte. Se acerca y me abraza con ternura. No soporto más el aroma de arcilla y jazmines que me envuelve. La beso con pasión. Devuelve una a una mis caricias. Se ha creado un silencio con estallidos de trombón. ¡ Leonardo ha regresado! El muy traidor nos ha estafado con una muerte inexistente.  La voz de Marité ha recobrado el tono de siempre, parece que nunca la hubiera amado. Ya dio una conferencia de prensa en Ezeiza. ¡Era agente de la C.I.A. y el muy cretino vendió a mucha gente de ambas filas! No fue nunca nuestro amigo.

                        Suena un ajustado Frank Sinatra y la abrazo, desvistiendo su cuerpo aun joven. Responde a mi contacto. Subimos a su alcoba. Nos amamos con la intensidad del desconsuelo. Sus vidrios en el horno serán descartados... no importa, la vida es así. Abajo suena el cordel con insistencia. Ella impide que me yerga y seguimos acariciándonos las arrugas que el alma delimita en nuestro cuerpo. Miro el reloj. Me esperan. Me visto con desgano. Cuando llego a la puerta veo un sobre amarillo, arrugado y sucio. Lo abrimos. Hay dos fotos, una es Marité y la otra soy yo, las fotos  tienen más de veinte años. Caen papeles con datos de nuestras actividades. ¡ Tal vez, tal vez... Leonardo nos salvó la vida!