martes, 1 de septiembre de 2026

EL PESCADOR DE QUIMERAS

 

            La tarde calurosa amenazaba una noche plagada de estrellas. El viejo, se sentó sobre la madera húmeda y caliente. Sacó una antigua pipa. Miró tras sus pupilas nubladas por el tiempo y suspiró cansado. Terminaba un día y el mar calmo, esquivo, no llenó el vientre hambreado de su barco. Poca pesca. Nada, casi nada. No había viento y eso no permitía que se alejaran de la costa mar adentro.

            Un olor penetrante a sal y pescado, entre podrido y fresco, hería las narices a los hombres silenciosos. El sol se escondía con esfuerzo tras la pequeña colina en occidente. Un pescador comenzó a canturrear un sonido triste. Otro, tomó un pequeño instrumento rústico y comenzó a elevar un sonido de belleza inexplicable nativa sangre negra  caribeña.        

El caballero que había pedido acompañarlos ese día era un tal Hemingway, escritor que tomaba ron y masticaba tabaco, mientras limpiaba displicente sus anteojos de armazón de oro. Parecía, por su ropa desprolija y gastada, uno más de entre los obreros de la pesca. Pero ese no era un hombre común. El viejo lo supo desde el instante que subió a cubierta con su rostro avejentado y crítico.

            El bote se jactaba de ser como un delfín de madera y metal color herrumbre. Su panza hinchada supo regresar a puerto lleno de peces. De haber luchado con los más fieros tiburones del caribe.  El viejo achicando los ojillos desplazó una sombra tenaz por el cuerpo encorvado del poeta. Nutrió su expectativa con un sonido agudo. Desde no muy lejos aparecieron las aletas ahusadas de los asesinos blancos. El viejo se paró y tomó un arpón, señalándole al hombre en desafiante orden, que imitara sus movimientos. Sobre el agua de color sangre amarillenta, con certero golpe atravesó el cuerpo efímero del pez bravío. No pudo el extranjero imitar su juego. Tiró enojado el arma y se sentó perturbado en los maderos. Soñó con ser un héroe. Ya, el sol, parecía un dromedario agonizante. A lo lejos las luces de la Isla reflejaban una vida desplegando miserias. Comenzó el regreso. Atracaron en el precario puerto y casi sin palabras se despidieron. Una borrachera de ron abrazó la noche. En la mente de un enorme creador nacía una obra gigante.

DOS HERMANAS

 

                       

            Se ha caído de la silla de ruedas. Otra vez el hueso de la cadera roto me deja sin otra alternativa que internarlo en este geriátrico. No tengo veinte años. Tengo las piernas muy cansadas. El corazón también. Lo miro con el espíritu de cincuenta y tres años de estar a su lado. ¡Cincuenta y tres años!, y, aunque muchas veces lo odié y deseé que estuviera muerto, hoy estoy junto al hombre más interesante que pude conocer. Déjeme que le cuente.

            Era alto, de figura escultural, siempre dorado por el sol, era el Apolo del club, del colegio y de los lugares donde en la década de los cincuenta podía reunirse la juventud de clase alta. Tenía un color de cabello más cobrizo que rubio. Ojos color miel y un hoyuelo en el mentón que enloquecía a las chicas tontas como yo. Aun conserva el hoyuelo y sus ojos han perdido la mirada acariciadora de antaño. ¡Pero es hermoso! Estudioso, deportista e inteligente, parecía que la vida nunca lo iba a distraer con penas o problemas.

            Yo era muy joven, inexperta y tenía a toda una familia a mi diestra para mimarme. Cuando terminé el colegio secundario, viajé por Europa, Asia y África como uno de los premios. También me regalaron una motoneta, alhajas y ropa como para no tener nunca más que entrar a una tienda. Mamá decía que yo era la joya de la familia. Me lo creía. Mi única hermana, Raquel, era un verdadero estorbo. Era diez años menor, y muy simpática. Era la regalona de papá. Yo cantaba como María Callas y ella bailaba como Isadora Duncan. Yo nadaba como Esther Williams y ella recitaba como Ana Gelman; siempre compitiendo conmigo. Yo la adoraba igual.

            Para mi ingreso a la universidad se deliberó un mes o más. Yo deseaba fervientemente estudiar arte, pero mis padres no aceptaron. No era bueno que una muchacha de nuestro ambiente se metiera con esa “gente rara”. Logré autorización para ingresar a ciencias sociales. Duré muy poco. El grupo de jóvenes y los profesores no me hicieron sentir bien. Abandoné. Luego ingresé en  filosofía y allí logré graduarme unos meses antes de casarme con él. José Luis, estaba más hermoso que nunca. Cuando se fijó en mí, yo creí tocar el cielo con las manos. Muy tarde supe por qué lo había hecho.     El título en filosofía sirvió en muchas oportunidades para darnos de comer, ya que jamás trabajó y despilfarró la buena herencia que me dejaron mis abuelos y mis padres. Yo lo amaba igual. Me pregunta: - ¿Cómo lo puedo seguir amando ahora?- Es una respuesta que sólo se puede entender si supieran cómo era conmigo.

             Jamás olvidó una fecha importante. Siempre me trajo flores aunque las pagara con mi dinero. Era cariñoso y tierno hasta el exceso. Me daba todos los gustos. Me llevaba al mar, al lago de Como o me hacía subir a los sitios más hermosos del mundo y contemplar desde allí la tierra. Era un loco por la belleza. El amor era su meta y quería compartirlo conmigo. Así pagué tener al hombre más seductor: con mucho sufrimiento, humillaciones,¡ una locura!

            Le ruego que lo cuide con toda devoción. A él, le gusta que le lean en la tarde a los clásicos o a los premios más resonantes de literatura moderna, luego de tomar la siesta. Le encanta comer tostadas con miel de flores silvestres y quesillo de campo.

            Nunca lo bañen con agua demasiado tibia, no, por favor, su baño debe ser algo caliente. Las sales de baño serán de lilas o de jacintos, nunca de rosas o lavanda. Es muy alérgico al chocolate y manteca, por lo cual ni oler nada que lo tenga incluido. En lo posible duerme con música de Bach o Vivaldi. Yo le dejo en su maletín los C.D. y si necesita algo...no tenga ningún reparo en llamarme. Estoy abonada a un servicio de mensajería. Los jóvenes me sacan de cualquier apuro a cualquier hora. Son mis amigos.

            La medicación para sus dolencia de...edad avanzada están en este neceser de cuero azul. ¿Me pregunta si sufre? ¡Ah sí, sufrió mucho cuando perdí mi última estancia en Bragado! No tenía cómo sostener el ritmo de vida y tampoco como llevarme a esos viajes locos que vivía planeando.

            Luego vinieron unos abogados del gobierno y nos remataron la casa de Acasuso, la de Pilar, el chalet de Mar del Plata, el de Punta del Este y el de Miami. Nos quedaba el de Taormina. También lo remataron. Quedamos sin casa, sin dinero y llenos de deudas. No fue nada. Yo estaba preparada. Salí a trabajar, para eso tenía un título.

            Lloró cuando no lo aceptaron en el Club de Golf ni en el Círculo. Alquilé en Belgrano un ambiente y luché por ambos. Le dio depresión. Luego pasaron algunas cosas... ¡Ah, me olvidaba...a las once debe darle una yemita con Oporto importado y a las cinco en punto de la tarde, un té de Ceilán. No toma otro. Acá tiene, le dejo la última caja que me queda. En la valija están las sábanas de seda natural, eso es para que no tenga escaras. La ropa interior también es de seda, nunca usó otra. Le ruego, también que le den un paseo diario por el parque del geriátrico envuelto en su bata de lana de angora. ¡Es muy delicado para el frío¡ 

            La anciana con su impecable traje inglés desgastado por el uso, se acercó al hombre que la miraba en su camilla. ¡Mi querido, debo ir a casa, los alumnos me esperan! Tú, debe comportarte con esta gente amable y aceptar sus cuidados. ¡Yo vendré en cuanto logre sobreponerme a este nuevo problema!

Salió con porte distinguido buscando apoyarse en algo o alguien. Delgadísima con una belleza luminosa, sus largas manos azuladas, sosteniendo un bastón de ébano. Se fue.

            El joven médico del geriátrico estatal sonrió. Tomó a su enfermito que parecía un pajarillo asustado. Miró a los ojos y comenzaron a rodar unas lágrimas pequeñitas por las pálidas mejillas del viejo. El médico tornó a sentarse junto al geronte y tomó sus signos vitales. Era una forma de tocarlo, confortarlo y darle seguridad. Así comenzó otra etapa dolorosa de la vida de José Luis.

 

                        Tienes a tu merced, la chica más rica de Bs. As. y prefieres a esa chirucita de barrio...¡estás loco! El bramido de mi padre atravesó toda la casa. Mamá casi escondida se parapetó detrás del piano. Te vas a casar con Valentina Saguier Olmos. Yo buscaré la forma que su padre me reciba en la casa. Ella será tu mujer desde la iglesia al civil. Lo que hagas después me importa un saco de porotos. Ya verás, estúpido, lo que es ser un pobre diablo. Nada queda de la fortuna de tu madre. Los negocios andan cada vez peor y me vienen con la famosa palabrita: Enamorados...un carajo, enamorados ni ocho cuartos. La semana que viene tendremos una cena en el club. Allí invitaré a los Saguier y vos te sentarás junto a esa chica. Ella será tu mujer y la madre de tus hijos. Ya verás como tu vida va a ser digna de ser vivida. Y te aclaro que si está encinta la haremos abortar, para eso soy amigo de muy buenos médicos en el Club.

 Mi padre era de ese tipo de hombre que lograba lo que se proponían siempre que no fueran negocios rentables. Mi madre aportó una herencia magnífica y quedaba poco. Yo debía resolver el problema. Tengo que reconocer que Valentina era una muchacha agradable y lúcida. Tenía sentido del humor y  de la estética;  pero yo me moría de amor por una chica que conocí en la cantina del club. Era la hija del concesionario de la cantina. Era una morocha despampanante,  con ojos negros y unas curvas que me dejaban sin habla. Sin mucha cultura pero con dos tetas que - ¡Dios mío! -, me hacían soñar. La tal Olguita, estaba siempre alegre. Reía con ganas cuando los otros muchachos le decían piropos. Nada de melindres ni problemas. Yo la tenía clavada entre las dos piernas, entre la bragueta y las hormonas. En esa época, doctor, no era de hombres no asumir la responsabilidad de casarse. Si uno quería a una mujer tenía que llevarla al altar. Yo estaba dispuesto, se lo juro. Me terminé casando con Valentina. Además la mayoría de las muchachas de mi círculo me seguía. Era lo que se dice pintón, pero se necesitaba tener una mujer con dinero y Valentina Saguier Olmos tenía mucho. Le confieso que fue agradable. Ella era el tipo de mujer que lo hace sentir en casa. Tengo que confesarle, mi amigo, que disfrutamos de viajes, fiestas y cosas importantes con mi mujer. Gasté mucho, pero no creo que ella no sintiera que me preocupaba por hacerla feliz. ¿Si le fui infiel? Y... sí, muchas veces. Con mujeres jóvenes, con la famosa Olguita que fue mi amante varios años, con amigas de mi mujer hasta que un día me pasó algo inesperado...Déjeme que le relate...El hombre se queda hablando con el médico hasta que el crepúsculo entra en la habitación.

 

            La enfermera ingresó en el cuarto por la mañana y encontró al anciano muy débil. Llamó al médico de turno y a la esposa. Allí frente a ellos estaba un hombre moribundo que tenía una pacífica sonrisa de felicidad. Aceptaba el destino. En su nocturna charla había descargado su conciencia. La enfermera les contó después lo que escuchara. “Él, había sufrido mucho al casarse con una mujer por el dinero que aportaba. Pero ella había sabido comprenderlo. Muchas veces le había leído, le hacía masajes para distenderle los músculos cuando cabalgaba, hasta le lavaba los lentes cuando no podía ver bien. Una noche cuando fue a guardarlos en el primoroso estuche antiguo, chocaron sus dedos con un papel. Ella, le dijo luego con dolor, que hizo mal, pero a pesar de todo leyó una carta que creía había escondido muy bien. La letra le era familiar aunque no tenía firma. Se la repitió durante veintiocho años cada mañana, cada almuerzo y cada noche.

            Decía  - Amor cuando me dejaste en casa, después del viaje desde el aeropuerto, de puro ansiedad compré el test de embarazo. Dio positivo. Yo estoy feliz. Quédate tranquilo, mi hermana comprenderá que ella no puede dártelo y hasta sería bueno darle el lugar de madrina. Esto merece un abrazo de esos que nos regalamos. Será en el mismo lugar y a la misma hora de siempre. Te amo.-

            Mi esposa supo que era de Raquel. Siempre la celó y envidió. Había estudiado arte y su vida era muy libertina. La reacción de Valentina fue empujarlo por la escalera. Al caer se le quebró la cadera, alguna vértebra dañada y estuvo grave. Un tiempo largo después mejoró, pero como no tenía quien lo cuidara y despilfarró fortunas, no le quedó otra alternativa que vivir con ella. ¿De la hermana? No sé, creo que ese muchacho tan hermoso, que viene a verlo todos los días es el hijo. La anciana lo quiere muchísimo y él joven le dice “madrina”. Tal vez, tal vez sea el sobrino, el hijo del viejo con la hermana. ¿Quién sabe?

            Salieron a buscar los papeles para hacerle el certificado de defunción.

            La anciana, tomó la mano, acariciando el rostro del hombre que amó tanto y que la había hecho sufrir tantísimo. Lo besó en los ojos y dio gracias a Dios que había muerto. Ahora volverían los problemas con Raquel.

 

                                              

EL ARQUITECTO

 


Allí, frente a mi mesa en el bar encontré sus ojos. Era un hombre triste, con recuerdos ocultos en el pelo de la barba candado, en los párpados enrojecidos por no dormir de noche. Miró lo que leía. Dos o tres revistas y libros de arquitectura. Era corpulento, pero tenía el cuerpo como acurrucándose sobre sus pena.

No es mi costumbre mirar a los parroquianos de los lugares que frecuento, pero me dejó preocupada y sentí deseo de hablarle. Mauricio, el mozo que siempre me sirve el cortado con una medialuna caliente, se acercó y disimulando su voz me dijo. Se le acaba de morir la mujer en España y dejó al hijo de trece años solo allá. Está desocupado y no sabe qué hacer.

El hombre estaba derrotado. Y yo sentí todo un mundo de pena por él. Como trabajo en una empresa de viajes, le escribí en una servilleta que si podía hablar con él. Apenas leyó el billete. No levantó la cabeza. Me hizo una leve seña de difícil comprensión. Me acerqué acompañada por Mauricio quien le explicó quien era yo y que podía ayudarlo.

Entablamos un breve y extraño diálogo. Ofrecí un pasaje de atención, esos que acumulamos con nuestro trabajo y así él, podía viajar a buscar a su hijo, pero no aceptó.

Agradecido me dio la mano se irguió y salió dejando dormidos sus libros y revistas sobre la mesa. Nuestro nexo, Mauricio los recogió y guardó en un estante. Me contó que antes iba todos los domingos a tomar café cortado con leche sin azúcar en la confitería de la peatonal entre las 12 y las trece. Entonces se quedaba escribiendo o leyendo largas cartas que le mandaba a su hijo o recibía del chico. Desde que se quedó sin trabajo en un famoso estudio dejó de ir y desde ayer había vuelto. Era el espectro del que fue.

Quedé anonadada, cuando al salir para la oficina lo vi. ahí, anclado en la vereda mirando la nada. Su cabello corto estaba desgreñado y alborotado. Había mermado el color de su piel y se acercó como si los pies fueran de plomo.

Señora. Disculpe. Quiero que me venda dos pasajes a España yo le voy a pagar con un reloj de oro de mi padre. Sólo eso tengo para poder ir. Él, me necesita. Allá tengo algunos colegas y amigos que seguramente me ayudarán.

Le sonreí y le extendí la mano. Temblaba. Su ropa sport, estaba algo ajada pero se notaba que había tenido una hermosa vida. Mi ropa era la ritual de una oficinista que vende sueños para otros. Lo invité a seguirme hasta el negocio. En la puerta, grande fotos con paisajes de playas remotas y palmeras, un coliseo romano vetusto y un enorme crucero, intimidaban a los que nunca pudieron subirse a un avión, a un barco.

Le completé los trámites y guardé el reloj. Yo esperaría su regreso para devolverle ese precioso objeto que seguro era muy preciado. Él, se sintió agradecido. Creyó que lo tomaba como pago.

Lo dejé de ver. Mauricio recibió una carta desde Madrid, diciendo que regresaba en primavera. Una mañana que fui a la cafetería lo vi. Estaba acompañado por un muchacho hermoso, muy parecido a él. La silla de ruedas en la que se movía era muy moderna. Sabía que había sido a causa del accidente con la madre, donde ella murió y el quedó vivo. Le dejé el reloj en la mesa, en un momento en que se paró para ir al baño. El chico no entendía nada. Yo desaparecí rumbo a casa donde mi esposo me esperaba para tomar el avión hacia una de esas playas de ensueño que adornan la vidriera del negocio.

TODA VICTORIA ENTRAÑA TAMBIÉN UNA DERROTA...

                       

            En realidad me siento cómodo en mi rutina. Como todas las mañanas despierto a la hora en que el sol encresta sobre esa enorme lampalagua perezosa se desliza hacia el océano dorándolo todo. Los viejos edificios cobran tonos desusados de la construcción novísima de cristal del Banco de Courtenay, Diamond & cia. ( verdadera obra que yo pude haber construido en otras épocas), tiene a esa hora esos ojos de vidrios oro y cobre. Me acerco con curiosidad para ver otra lampalagua laberíntica de frenéticos vehículos que discurren por la avenida.  Bajo mis balcones se desparrama un océano verde sobre la calle. ¡ Son extraños mis vecinos de la ciudad !. Nunca elevan sus cabezas para mirar y enamorarse de sus bellezas. Sigo hasta mi alcoba y me arropo de acuerdo a las costumbres del país, gente que escoge los negros, grises. Colores de antaño, de la muerte, teniendo un clima cálido y húmedo; sigo sin entenderlos. En mi anterior cargo en Toronto o en Sudáfrica no me costó tanto adaptarme a la cotidianeidad. Me acerco a la gran mesa del comedor, con esmerado moblaje principesco. Me remonta a viejas experiencias europeas. Mi joven ayudante, de frescura sin igual, silencioso, atento, culto y de una exuberante belleza física, se afana para proveerme de todo cuanto yo acostumbro a comer. En una pequeña bandeja me deja los periódicos que hojeo y me dan una leve visión de lo que acontece en este escalofriante tiempo posmoderno. Sentado sorbo un cálido y oscuro café (si en otros tiempos yo lo hubiera saboreado me...), me sorprenden los titulares y un golpe en mi viejo pecho dormido me retrotrae a lejanas experiencias. Le Monde esgrime una foto por demás locuaz: Salah ed – Din, jefe del gobierno musulmán, proclamando su Guerra Santa a todo el mundo Cristiano en la ciudad Santa de La Meca. Miro acicateado el Herald y una ostentosa frase indica que nuestro pequeño mundo se derrumba.(quien mejor que yo para reconocer la aviesa mente de los seguidores del líder fanático). Alejo, mi secretario y servidor, me observa pero reconociendo mis reacciones, me acerca el pequeño talismán que suelo usar en momentos de inquietud. Sus pálidas manos me tocan sutilmente para infundirme seguridad. No hay palabras. Dejo mi silla y me acerco a la maravilla de este tiempo buscando un e-mail.  Encuentro varios mensajes de mis antiguos consejeros juristas que se han desempeñado en las otras embajadas junto a mí. Algunos, en las tortuosas claves, que yo descifro con suma facilidad. El súbito sonido del celular me regresan, al lugar y al tiempo presente. Alejo, lo tiende. Escucho con incómoda resistencia el llamado urgente  en la representación de Estados Unidos de América.

Tengo que abandonar mi refugio. Prevenido y listo, Roldán, mi chofer, enfila por Libertador hasta el moderno edificio. Un “Mariner” nos acompaña hasta el ascensor. Allí nos espera un coronel uniformado, con cara de mal dormido, que con una agradable sonrisa nos invita a subir a la sala donde nos esperan el embajador y el asesor de asuntos exteriores e interiores.. Me sorprende ver a mister Kevin Mc. Garlinghan y a Brian Foster vestidos con total desprejuicio. Un desmañado equipo de golf en un rincón y sus ropas deportivas,  recién llegan de un largo contrapunto golfístico. Sus amplias sonrisas en los rostros tostados por el sol, sus ojos claros rodeados por intrincada red de arrugas provocadas por eternas caminatas en las canchas, no pregonan los sucesos que acontecen en este mismo momento en el mundo. Junto a mí llega e ingresa don Jaime de Castel - Roussillón, representante del rey de Bélgica, quién apenas me ve se acerca con aflicción y sabia prudencia, sólo toca mi espalda como para expresarme su total pesar. También entra Ilich Virvoskyn jefe de la representación de Rusia y detrás de él, la hierática Fuensanta Contrera y Vega, consejera de la casa española. Reunidos comenzamos a ubicarnos en la generosa mesa frente a la gran pantalla de cuarzo donde se está por proyectar el informe de las Naciones Unidas. Intempestivamente ingresa Uriel Rabioivich con pasos altivos tratando de tomar posición delante de Zair Al Kaleih y con mirada de desprecio y rencor. Como embajadores de Israel y Palestina no pueden faltar a esta cruel reunión. 'Sin embargo extrañamente por su puntualidad reconocida, falta Sir Williams Huoms. Llega tranquilo con su clásica pipa de tabaco chocolatado. Saluda ceremoniosamente y con astutos ojos sagaces observa al grupo. ¿Quién sabe qué siente ese inglés imperturbable?

            La pantalla se ilumina y la madura figura mordaz del prestigioso príncipe Abdul Faisal XI Regente de Arabia Saudita, nos mira y comienza en su impecable inglés de Heton y Oxford, el relato del latrocinio y holocausto. -" Amigos embajadores del mundo libre, que Alá, el Todopoderoso, el Magnánimo, Perfecto, nos ilumine; desde ayer al amanecer de nuestras ciudades, un sin igual suceso ha hecho zozobrar nuestra Paz. Un atentado terrorista lanzó sobre las ciudades: de El Cairo, Damasco, Bagdah, Riyadh y la muy Sagrada  Meca, unos vehículos con cierta sustancia química que ha provocado la muerte de más de veintiocho mil personas. La enfermedad que se ha presentado es semejante a la antigua enfermedad "maldita", la lepra. Con la novedad que lo que en su tiempo prosperaba lentamente en el tiempo y que hasta hace horas era curable; para nuestros científicos es imposible de frenar. Todo hasta este momento es ineficaz. Rogamos a los países amigos un apoyo incondicional. Las aguas de nuestros pozos y los ríos, lagos, diques y fuentes de vida, están altamente contaminadas. Pronto no habrá frontera para la muerte. Israel debe prepararse para esta eventualidad. Igual que Palestina, Chipre, Turquía y todos nuestros vecinos. Desde mi despacho en el palacio del antigüo Rey Omar Baudoin VIII, en Ibn -Ahmar, los bendigo en nombre de Alá el Misericordioso."

            La imagen se desdibuja y un silencio alarmante se produce entre los intelectuales.

            -¡ La política conflictiva de nuestra era nos deja perplejos - dice Fuensanta Contrera y Vega...pero no podemos resolver solos esto, (expresa entre aliviada y quejumbrosa). Yo necesito hablar con su Majestad, el Rey y sus asesores  políticos...!.

            Todas las miradas convergen en mí, al instante. Yo soy un profundo conocedor del problema islámico y tengo reputación en todo el mundo por mis afortunadas intervenciones en los perpetuos conflictos de Medio Oriente. En mi actual condición, debo aceptar conocer mejor que nadie su historia y los acontecimientos de la tortuosa vida religiosa y política de esos pueblos ininteligibles para nuestras memorias latinas y judeo-cristianas. Unánimes son, en pedirme que viaje a la sede de la U.N. en París. De paso podré pasar por mi castillo en la Champaña para reordenar algunas faenas que tengo abandonadas.

            El corto viaje hasta mi piso me llena de estupor...debo volver a la vieja región de mis principios. Tengo un extraño dolor punzante en la espalda y siento un escozor en mis piernas. Lo que me apremia es el temor a volver a vivir ciertas situaciones que me atormentan. Reconozco que he sufrido en extremo. Mi cuerpo hoy, aparentemente ágil, fuerte y viril ha tenido tiempos de decrepitud y martirio. Alejo me espera con temor y furia contenida. Me preparo un pequeño equipaje y busco mis e-mail para saber qué órdenes he recibido de mi gobierno. Apenas puedo probar unos exquisitos bocados que me ha preparado el joven chef Guilhem, cordón rojo en la gran academia de Burdeos. El magnífico "Honda" negro de la representación, me lleva por la autopista a Ezeiza. Allí, un avión de mi gobierno, espera. Abordo, me sorprende una pequeña jovencita que será mi ayudante. Generalmente no son mujeres sino mancebos, los que acompañan nuestros confortables viajes. Me ubico y la observo. Es alta, delicada y el torso flexible como una varilla de bambú, tiene un rostro de tez pálida con profundos ojos grises. Su cabello, que debe ser larguísimo y muy ondeado, escapa del riguroso schignon con pícaras mechitas rebeldes. De excitante color cobrizo con reflejos dorados. Me recuerda a otra mujer. Pero no puedo recordar su nombre ni dónde la conocí. Me sumerjo en la lectura de mis cartas. Me duermo y sueño. Voy volando con unas enormes alas de piel dúctil, suave y levemente aterciopeladas. Frente a mí un ángel, me hace señas amistosas y se asoma peligrosamente por una almena en una torre de un castillo en la Provenza. Me señala a un grupo de cabalgaduras con sus jinetes envueltos que usan armaduras de fieros metales, penachos de plumas de colores iridiscentes, que flamean en el viento y unas capas envolventes y casi mágicas. No puedo ver sus rostros. Llevan estandartes y uno de los caballeros, erguido, ampuloso, concentrado; tiene entre su guantelete una lanza con un raro unicornio. Me despierto sorprendido. Hemos arribado al aeropuerto Charles De Gaulle. París está bajo una capa de nieve y su perpetuo cielo gris me hace estremecer. Adoro el sol de la Provenza, de Burdeos y de la campiña sureña. Un vehículo del gobierno me espera y rápidamente me aleja de allí. Me traslada a una de las construcciones del actual gobierno. El “especial” chofer, agitado, es un oscuro y brillante "martiniqueño", modelo de silencio y de humildad. Me observa por el espejito retrovisor pero no se atreve a hablar. Yo no advierto su sorpresa. Algo dentro de su ancestral origen le hace ver algo en mí, que otros hombres no vislumbran. Yo le sonrío y él, desvía la mirada. (Rumorean en el interior del móvil los zumbidos elitroides de insectos invisibles a nuestros ojos dentro de la contaminación y el gélido clima de París).       

            Llegamos al Palacio Ministerial. Antiguo edificio de un verdadero palacio del Conde Chrétien Meillant que fue devuelto muy destruido por la "chusma parisina" a Napoleón Bonaparte y que éste reconstruyó basándose en viejos cuadros que pertenecieron a la corona del Zar de todas las Rusia. El Gran Guerrero  encontró y tomó a su paso descalabrada por la ofensiva moscovita ( tengo que agregar aquí que los bonapartistas antes de su derrota entraban en los "chateau" y luego de degollar a siervos y señores se apoderaban de tesoros de incalculable valor artístico, que hoy son admirados por el mundo en los museos) . Así, ese maravilloso “chateau” ahora me contempla con rotunda sorpresa.

            Me acompaña un verdadero "efebo", plástico, anguloso, soberbio como un dios griego. Los ataviados pasillos con cortinados en ricas telas adamascadas de seda pesada, los grandilocuentes cuadros de viejos señores, con sus oscuras e incontables historias de pasiones, pecados y osadías; me siguen como a un inmigrante estrafalario que invade un territorio inexpugnable. Al encontrar una puerta de roble tallada por artesanos, un suave golpecito me hace concentrar en el glorioso rostro de mi guía. Un susurro me invita a penetrar al imponente habitáculo.

            De espaldas a mí, un hombre con un traje no convencional, de perfecta  hechura de color bordó, mira por la gran ventana hacia un intangible parque ( acá también debo agregar que los viejos señores se esmeraban en construir parques maravillosos ), con una fina copa de cristal en una mano y una larga cadena de oro en la otra, jugueteando sin mirarme comienza a repetir lo escuchado en Buenos Aires, en la embajada de U.S.A., pero ya hay más de cuarenta mil muertos y como cien mil contagiados de ese mal.

            ¡Cuando se vuelve, clava en mí su mirada y observo lo que ya no creí volver a encontrar nunca más!

             Su rostro glorioso está surcado por dos enigmáticos ojos, uno azul y el otro de un tono dorado con leves reflejos rojizos, su lacio cabello oscuro cae en un mechón sobre su frente y su nariz afilada de bella nobleza, y él con tres dedos afilados recoge en un mohín personalísimo. Deja sobre el escritorio el pequeño objeto de entretenimiento con su larga cadena de oro. Se estremece y siento con horror que un dolor lacerante me doblega entre mis omóplatos como si se me clavara una fina estaca de madera de ébano. También en mi vientre enjuto, y siento un movimiento ondulante, sinuoso como si tuviera escamas de metal, me miro angustiado pero sólo veo mis pies forrados en finísimo calzado de cuero argentino. Me calmo momentáneamente. Me siento en un sillón de terciopelo blanco y observo la estancia, ya que su teléfono vibra constantemente. Cuando se desembaraza del celular, se acerca con una sonrisa deslumbrante y me da su mano con suave signo de seguridad y amistad.

            Vuelve a preguntar cómo ha resultado mi viaje de Sud América y yo le tengo que relatar todo lo acontecido en aquel lejano hemisferio. ¿Su nombre, pregunto como si no supiera lo que voy a escuchar?  Aunque una vez en una gira por las Naciones Unidas, con la gente de Angola, Guatemala, Hong Kong y Nueva Guinea, en nuestro hotel de San Francisco, en U.S.A., tropecé con un hombre de ojos de diferente color, era un cantante de Rock, llamado David Bowy,  eran penetrantes. Color celeste uno y amarillo el otro, me dejó verdaderamente confundido y lacerado el corazón al descubrir que era un hombre con una historia dolorosa, en realidad con una crónica personal digna de un ser del báratro. Me vuelvo hacia mi interlocutor. Me miró obstinadamente con un aire indagador.

            Entra el secretario, gracioso muchacho, que espía mi rostro; trae unas finísimas tazas, piezas únicas de valor incalculable como antigüedad, con un perfumado té de hierbas orientales de un color ámbar ebúrneo y sofisticado sabor. La cucharilla taraceada en plata con un grifo esmaltado en rojo hace juego con el color del traje de Yves Saint Laurent y con el ojo rojo-dorado de mi aún desconocido internuncio; tintinea en las frágiles paredes del bello recipiente. Yo permanezco esperando, porque en la íntima profundidad del alma, no deseo aceptar que he regresado a ese abisal meandro que inoportuno me hace, me obliga a revivir una lujuriosa historia. Aventuro mis nostalgias de tiempos idos y no deseo escuchar los sucesos que nos acontecen. Hay aún un dato escondido. Los teléfonos braman y quien debe tener ese importante coloquio, no puede pronunciar ese nombre que porfía entre mis dientes y mi torturada memoria. Un secretario se desplaza con papeles y me mira con intriga.¡ Señor, monsieur...Michel de Parsarden...un secretario del ministro de guerra le envía este billete con órdenes del presidente! Pase y entréguelo usted mismo. Un regordete hombrecillo rubicundo penetra en la regia oficina, me acerca un sobre. Su extravagante traje verde oscuro con su alegre camisa amarilla trae un aleteo vibrante al nostálgico corazón. ¿Puede en un nivel ministerial un técnico prestigioso llegar a tan grande desenfado en su ropa?

¡Pero es portador de nuevas abrumadoras!

              - ¡Arde Medio Oriente en llagas pustulentas y mortíferas! - expresa penosamente mi mensajero. Ya no hay frontera con nuestra vieja madre. Europa también será presa del horror. ¿Acaso el "Cuarto Caballo del Apocalipsis " está cerca de nuestros Elíseos, del Sena...?- la congoja pintada en un rostro en extremo jovial, es un reto al optimismo.

               - Mi nombre, y recién puedo darle la bienvenida como un caballero es Julien Fhilippe de Colporteur Astucieux, en realidad todos me dicen Jul..., pero ahora debemos abocarnos a lo que nos atañe.- y comenzamos a releer los papeles que cubren el buró.

            Una pegajosa desdicha sorprende mi espíritu. Es irracional. Veo entre el joven Julien y su secretario una controvertida afinidad. Yo reconozco en ellos un torbellino de pasiones controladas. No me puedo permitir ensoñaciones. ¿He vuelto a equivocarme? El mundo se desploma. Sólo atino a comprender que he estado intentando encontrar a otro hombre y creo verlo en todos aquellos que guardan algún rasgo significativo. ¡Debo estar muy trastornado o muy viejo!

            De repente un grotesco estallido hace temblar el seguro edificio y todo comienza a ulular. Las campanas de las aristocráticas iglesias repican sin un criterio musical, las alarmas modernas de incendio, de automóviles, del edificio bancario aledaño, descontroladas, suenan. Ese pandemonium se prolonga mientras nos miramos aterrados. Cae junto a nuestros pies parte del glorioso cielorraso pintado en el siglo XV..., los cuadros se desprenden de sus fuertes soportes. ¿ Acaso un atentado terrorista? Alcanzamos a salir de la oficina y como ratas asustadas. Todos los hombres y mujeres huyen por las escaleras. Julien y su secretario se abrazan en una despedida agónica. Sirenas y gritos. Un guardia de seguridad se acerca y me vocifera que ha estallado un coche bomba con una conocida bandera del grupo mesiánico integrista... corro y llego justo para ver la gran humareda que como un hongo macilento, se alza en el lugar.

            Una hermosa mujer de no más de veinte años se aferra desesperada a mi cuello. Su larga cabellera negro azulada se desparrama por doquier, sus manos finas y bien cuidadas están crispadas en mi traje. Está manchada de un tizne verdoso. Tiene sangre en la nariz y en los oídos. Llora y no puedo hablarle por el tremendo ruido que nos rodea. Su clásico vestido se ha desgarrado y sus pequeños senos blancos se ofrecen como duraznos maduros. Me aprieta y no me deja ayudarla. ¡Es indudable que las noticias de los sucesos acontecidos en los países musulmanes han hecho estragos! Ella indudablemente cree que se está muriendo. Me besa con desesperación y su boca fresca y algo amarga pide a gritos "amor", seguridad..., quién sabe si en mí no está besando a su verdadero amante. La separo con suavidad. Entiendo a esa casi adolescente...nadie puede saber como reaccionar en situaciones límites.¡Ni aún yo que he vivido tantas experiencias!

La joven se disculpa con deliciosa inconciencia y desaparece por las calles empedradas y mojadas por la nieve algo derretida.

            Un coche policial me recupera y partimos junto con Julien y su atrevido secretario, (acá tengo que aceptar que el experimentado conocedor de política exterior es un doncel con apetencias sexuales diferentes, cosa que no me toca a mí opinar). París, está deshilachada y sucia. Gente, antes indiferente, se desploma en su tranquilo mundo edificado con paz. Todo el caos camina desenfrenadamente. Llegamos al palacio de gobierno y aquí nos están esperando tanto ujieres como altos jefes y parlamentarios. Observo rostros de espanto y desdén. Me llevan hasta una sala donde me sorprende una esmirriada figura joven, vestida con las típicas ropas de las mujeres musulmanas,( la burka,el thaub y la chilaba), bajo el negro velo una abrumadora mirada de ojos negrísimos, profundos y hostiles se insertan en los míos. Eleva una mano donde gemas estridentes me ciegan, el tintineo de sus joyas despiertan el recuerdo de una dama que supo desterrar mi soledad y descubrir mi cuerpo al amor. Me señala con el índice y proclama que soy el único que puede mediar entre los terroristas, su padre, el Rey, Emires, monarcas y gobernantes democráticos. Luego se desploma en un sillón y queda como un gorrióncito desplumado.

            - ¿La princesa Azelaís se ha desmayado...? - gimotean los estúpidos desconociendo la materia maravillosa de esa mujer. Alguien la levanta y le sirve una bebida para reanimarla. Yo la observo y transito en mi memoria. ¿Cómo haré para acercar una solución al conflicto? Me desplomo en un sofá, que rezonga con mi desparpajo. Un auxiliar se me acerca con una pequeña bandeja de plata. No lo he visto antes pero su presencia me tranquiliza y en el mínimo objeto un papel doblado hay una palabra escrita en tinta negra. Lo reconozco. Me levanto y dirigiéndome a todos les reconforto diciendo:- Voy a tener en unos minutos una reunión con el jefe de la facción terrorista. Me espera en un lugar secreto. Nadie debe venir tras de mí. Ruego mucha prudencia. Adiós y suerte.

             Salgo bajo la conmovida mirada de todos los  que allí se debaten entre la ignorancia y el miedo. La calle con frío invernal me reconforta. Siento, deseos de comer algo...es imposible en estas circunstancias. ¡Hace casi veinte horas que no he probado bocado alguno! Extraño Buenos Aires, su humedad y el ruido despiadado que produce su gente increíble. Ahora ellos estarán en sus casas mirando asombrados en sus televisores lo que acontece en la admirada Europa. Sigo en el moderno automóvil que se aleja hacia Neuilly Sur Seine, por el este, para luego tomar la autopista que nos aparta de París. (Debo evitar nombrar el lugar del encuentro por razones obvias)

            Un " Château" derruido, en un paraje desdibujado por el tiempo, me recibe con una luz pegajosa y opaca. Un grupo apenas visible, me admite con dificultad. Vuelvo a sentir el dolor agudo en mi espalda y siento un espasmo agónico en mi vientre, también tiemblan mis manos. ¡Tengo miedo!... ¡No, terror!  Se me acerca un varón recubierto con una capa y un turbante que me impide verle el rostro. Parece esos viejos enemigos de los Santos Cruzados. Un estremecimiento me oprime. Una nube de libélulas se desparrama por el lugar. Él es el temido terrorista. Se acerca y una luz ilumina el rostro. ¡Es Aiol de Lusignan con Raimondín su antepasado y mi antiguo amante esposo...! En verdad ahora sí veo su ojo azul y su ojo dorado..., su cabello lacio que cae sobre sus mejillas como tapando la vergüenza de lo que está haciendo. (¡Mi amadísimo muchacho!) Han venido de otras luchas a un tiempo desconocido y enfrentan una guerra ininteligible. Aiol con el "Unicornio" y Ramoidín de Lusignan, con un estandarte con las armas de los antepasados guerrero. ¡La locura apocalíptica y mesiánica, me desconcierta ! ¡Es él, Aiol, un verdadero espectro, con el nombre de Salah ed -Din (Saladino, el enemigo del Santo Sepulcro), mi viejo adversario...! ¿El demonio?

            Un ángel penetra por un ventanal y me trae junto a varias hadas, mi antiguo "Cuerno de Óberon". Veo entrar a mi madre, el hada "Presina" que con privilegio real, me devuelve mis perdidos dones momentáneamente. ¡Es verdad que me crecen mis lindas y suaves alas, mi cola de escamas azules y plateadas...pero logro arrancarle a los dislocados fantasmas el "Unicornio " y con las palabras mágicas redimo entre inciensos y cánticos el maldito desorden creado por Aiol y su grotesco guía! La tierra, esa intrincada, blasfema y majestuosa maravilla, volverá a ser un caos de aviones, automóviles y gente común, que se ama. Quieta un instante, luego vuelo y beso los fríos labios de Aiol, que me hacen estremecer de pasión, (recuerdo  a Julien y a su secretario), más... me despido nuevamente de mi cuerpo humano y salgo volando rumbo al infinito.

             ¡Tal vez, tal vez vuelva a Buenos Aires y me siente sobre el tejado de ese magnífico edificio de la embajada, como un adorno añoso, como una gárgola de alabastro o peltre; a contemplar el río y aprenda a tararear un tango...! ¡Total he vuelto a ser inmortal!

                        ¡Ah, antes de partir...mi nombre es Melusina...!

 

                                                                       Homenaje a Manuel Mujica Laínez y su cuento: “El Unicornio”

 

SOLSTICIO EN GRIS


 

Las ramas desnudas se mueven trasluciendo la luna

Las hojas caen muertas a los pies de la acera.

El silencio agobia la tarde bermeja

Llora un pájaro junto al nido vacío.

Las veredas en cascada despiden al sol que huye.

 

Es verano. Nadie ha pensado en apoyar al viento

que estremece el follaje del parque abandonado.

¿Dónde está el murmullo de los niños?

Ahora, en el solsticio de verano rueda una hoja por la piedra

Un matorral recorre el sendero entre pisadas que se dibujan,

señalando la huida  de los insectos y las flores.

 

Es verano y agobia el sol sobre la ciudad solitaria.

Mil vehículos atraviesan sin vergüenza la calzada

Abruma el silencio de voces humanas,

Bramido de bestias disconformes y ciegas.

Dolor de soledad en comparsa de imágenes festivas.

El sol se esconde y huye, arrecia el vapor del verano

En la siesta de la ciudad hay un niño con la mano tendida.

 

 

NO LA CONOCÍ


 

Era muy débil y singular su porte. Se llamaba Didacio. No puedo calcular su edad ni la poderosa familia de la que hablaba siempre. Era un muchacho enclenque y silencioso.

Lo vi parado junto a la fuente en la casa de piedra. El portal de cedro semi abierto con una descomunal aldaba de bronce con forma de animal imaginario. Adentro, la lúgubre incertidumbre, mostraba la ocasión de los pecados que se habían vivido en la historia de esa casona descomunal que se iba derrumbando con la gracia de los muertos.

Donde según dicen, había un traidor y desleal personaje que martirizó a la servidumbre, golpeaba a su “amada esposa” y violaba todas las reglas de la hospitalidad y galantería.

Su hijo, ese que ahora estaba parado en el umbral del tiempo, Didacio, fue lo único auténtico y feliz que sucedió alguna vez. ¡Supercherías! Nadie fue feliz, porque el chico nació débil y enfermo. Su ralo cabello le llegaba a los hombros. De un color ceniciento y ojos azules, miraba con arrobamiento la glorieta que se iba desmoronando bajo la potencia de la glicina y la hiedra.

Según decía su abuela, única persona amble y viva; allí se había encontrado con una joven que le prometió amor eterno. Desapareció un día y nunca regresó, no se sabía por dónde había llegado y por qué causa había huido. El viejo jardinero, muerto ya, dejó dicho que el padre la había correteado para enlazar su talle y besar paranoico su boca fresca. Ella, asqueada escapó. Didacio, loco de amor, se desplomaba en su dolor juvenil, sin aceptar los sucesos posteriores.

Una mañana su padre apareció en el comedor con una cuchilla clavada en la garganta. El charco de sangre había manchado hasta el borde la alfombra persa. Nadie lo lamentó. Fue enterrado en un oscuro rincón del parque, sin miramiento ni ceremonia.

La abuela no permitió que se llamara a la policía del condado. No fueran a creer que alguien de la familia o el personal, de antigua y laboriosa tarea, hubieran cometido el parricidio.

Didacio, se quedó en silencio desde entonces. No habló más ni evocó a la joven, ni a su difunta madre… sólo observaba los pájaros que revoloteaban en el jardín junto a la glorieta. Esperaba un milagro, que ella volviera. Lástima que yo no la conocí, hubiera hablado a favor del mozo. Un hombre fiel y amante de los que ya no quedan.

jueves, 27 de agosto de 2026

CONFIANZA ERRADA


 

Llegaron los especialistas y sintieron un horror enorme. ¿A quién se le ocurre tener semejante "mascota"? Comenzaron por rastrear a los habitantes del complejo habitacional. En la planta baja, habitaban tres personas de edad avanzada. Basilia, con sus ochenta y cinco años, estaba fresca y su mente comenzó a discurrir en ruidos y voces que había oído esa semana. ¡Nada importante para el caso! Modesto y Jessica, de tan sólo noventa y dos años él y noventa ella, estaban tan asustados que no recordaban ni sus nombres. La cuidadora de los ancianos, los protegía de cualquier torpeza externa. No pueden molestar a mis "viejito", perdería el trabajo y los hijos que viven en Toronto, me dejarían en la calle. Rebeca, era la más joven. Setenta y seis años, con una memoria envidiable, sólo atinó a nombrar a los dueños de los pisos de su zona, el color amarillo, donde solían vivir estudiantes extranjeros.  

Sobre el sector donde había ocurrido el hecho, no sabía nada. No conocía a sus vecinos. Del sector azul, solía aparecer un hombre rudo, con dos niños. ¡Y sí, allí había ocurrido el estropicio!

El inspector Tremplay, experto en serpientes, fue directamente al departamento de dicho inquilino o dueño del piso diez. Allí, sacaban las dos bolsas con los cuerpos de los niños. Noah de cuatro años y Connor de siete. En una jaula especial, los peritos y veterinarios, con la consabida discreción retiraron el animal. ¿Y dónde estaban sus padres? Preguntó la comisaria Brunswick. Un titubeante subalterno, dijo que los padres estaban mirando un partido de béisbol en el segundo piso. Nadie había oído nada. Excepto el griterío de los que esa noche con varios "tragos" en su tiempo deportivo, arengaban a sus jugadores favoritos.

¡Revisen por dónde pudo entrar el asesino! Se empujaron dos de los ayudantes para dar un paso atrás... ¡Puede haber otra igual o acaso no andan de a par? La mirada del inspector echaba fuego por sobre los ayudantes. ¡Son unos cobardes y ya se ubican para averiguar por dónde ingresó el bicho! Llegó el padre. Lloraba como un niño abandonado en el infierno. ¿No sabe decir de dónde pudo venir semejante monstruo? No. Un hilo de voz cascada por el dolor y la vergüenza, le impedía hablar con dignidad.

Mi mujer está en un centro de salud y sólo me echa la culpa porque los dejé solos. ¿Quién iba a pensar lo que ha ocurrido? ¡Quién puede ser tan tortuoso que tenga en un departamento normal semejante animal? Nadie. Una persona como nosotros, que siempre trabajamos en nuestras oficinas, dejando a los niños en la guardería, no tiene ni un periquito de color. ¡Ese infame, tenía ese bicho en su casa como cualquier "perrito o gatito"!  Jamás hubiéramos imaginado ni dudado de la seguridad de nuestro hogar.

¡Inspector... venga, creo que la pitón, ingresó por el techo, usando los conductos de la ventilación! Una locura. ¿Desde qué departamento vino? A inspeccionar cada piso y departamento. De pronto se presenta un extranjero y exclama. La pitón es mía, yo soy el dueño y reclamo que me devuelvan a Karly, yo la cuido desde que era una pequeña serpiente. Es parte de mi vida. ¿Qué ha hecho esa picarona? 

Señor queda usted detenido, su "bebé, de 45 kilos ha caído sobre dos niños matándolos con un abrazo mortal. El hombre se desmayó, cayó rotundo sobre el piso del corredor que separa los departamentos. El enfermero lo asiste y abre los ojos asustado. ¿Qué voy a hacer? Enfrentará un juicio por tener un ser vivo sin los permisos del gobierno y ya verá usted la demanda de los padres. El grupo de la policía juntó todos los posibles elementos que sirvieran para el juicio. La bestia quedó prisionera junto a su dueño.

 

Sólo quedó un osito de peluche caído cerca de la camita donde había caído la pitón africana. Afuera del edificio los periodistas y camarógrafos, buscaban saber más sobre el hecho "insólito" ocurrido en ese pacífico centro habitacional.