lunes, 8 de junio de 2026

GOLEADA INEFICAZ

 

            Cuando llegó el “Chicho Rotello” a la concentración, estaba ebrio. “En pedo” a decir de los muchachos. Se armó un lío del diablo. Vinieron el aguatero y el masajista, que son tipos de peso pesado, y como a una bolsa de arena lo depositaron en la camilla del vestuario, junto al gimnasio quedaron los otros jugadores despotricando. El masajista llamó con urgencia al director técnico y al médico. La sentencia fue: “Borrachera y consumo excesivo de calmantes”.

            Algunos compañeros se burlaron y otros, amigos, se quedaron perplejos cuando el “doc.” dijo: Tiene un tumor en el glúteo izquierdo, que interesa los abductores con distensión “izquiotibial” que le impiden moverse, tiene terribles dolores. Habrá que operarlo con carácter de “urgete”.

            El equipo se quedaba sin un extraordinario mediocampista, pero así no podía seguir. El Chicho hacía meses que llegaba tarde, muchas veces borracho y con un carácter de mierda.

            Esa semana lo asediaron los medios gráficos, la radio, la tele, incluso pagaron fortunas en la Villa para poder entrar. Tenían que “ponerse” con un peaje a los “barras” de la Villa para ingresar y salir vivos, con las cámaras y efectos personales sin problemas. Son cosas del laburo. La madre del Chicho los recibió en la casa, hermosa,  que le construyó con el último pase el jugador. Ella siempre apoyada, la madre, claro, por los doce hermanos del as.

            Pagaron 350.000 dólares para que jugara en el club, y a él le dieron el 20% para su vejez. Buen hijo, le hizo hacer una casa de película a la madre. Con tres baños, cocina en isla, ocho dormitorios, sala de juego y hasta un micro cine para disfrutar los partidos en un T.V. de tamaño hotel cinco estrellas, que ahora solía disfrutar en los campeonatos de 1ª. La madre recibió a los medios y con pocas palabras dijo todo lo que podía decir. Nada, en realidad sólo balbuceó una explicación breve de miedo a los médicos, a los hinchas, a los “barras bravas” que cuando se enojan le llenan la casa de “bosta” y pintura con graffitis asquerosos. Ella no ocultó su amor por el Chicho y los otros hijos. Los doce eran más chicos que el enfermo, pero iban todos a la escuela, estaban vacunados y tenían bicicletas, que por supuesto había pagado el mediocampista.

            Llegó el día de la operación. El “Pelado” Soria y el “Panza” Vargas, donaron sangre. La tele en la puerta del nosocomio, esperaba la oportunidad en que los doctores dieran un reporte de lo sucedido. Después de seis horas, apareció un médico con cara seria y se despachó con una perorata con términos, que nadie entendió. Al final un ayudante joven, dijo: “Al señor Francisco Rotello se le extrajo un “DIU” de la nalga izquierda, los tejidos habían cubierto el aparato con una membrana que impedía que se absorbiera. Ahora está descansando, cuando despierte de la anestesia dará una conferencia de prensa. Investigamos cómo pudo llegar allí dicho elemento extraño. Gracias.”

            La madre del Chicho, llorando expresó: Ahora comprendo cómo me embaracé tantas veces…, nadie me dijo que había perdido el DIU. La mujer salió llorando perseguida por una decena de periodistas.

            ¿Cómo habrá hecho el Chicho para golear a los adversarios con ese aparato en el culo, me querés decir?... se escuchó preguntar a un camarógrafo mientras se alejaban.

UNA INFANCIA LEJANA.


 

Acompáñame           niño invisible

Acompáñame

Para seguir soñando  a pesar de la niñez

En cada tarde sombría       sola       me encontré

en un santuario sin Cristo

a pesar de eso    soñé

 

viajé por mares de espuma

volé por cielos poblados de grandes nubes plomizas

dancé en prados de trigos    amarillos y maduros

a pesar de eso      soñé

 

caminé por la regiones desérticas de la vida

un rostro siempre delante

un rostro y una sonrisa

era un amigo invisible  que me tenía cautiva

a pesar de eso soñé

 

el rocío      me regalaba     melodías y sonidos

en nochecitas sin luna           jugaba a las escondidas

oculta entre las estrellas

con todo eso                mi simple sueño soñé

 

con él   subí a los bajeles que navegaban en las terribles tormentas

blandía una cimitarra de chocolate y poemas

en un desierto de sábanas

y un jardín de caramelo

 

 

su rostro siempre cambiaba

sus palabras susurradas eran paz para mi guerra

sus ojos eran burbujas tornasoladas y bellas

su sonrisa era canela

y yo seguía soñando       de la tierra       despegados mis dos pies

 

se fue yendo despacito por la vereda del tiempo

¡oh!, yo lo dejé olvidado en el baúl del silencio

¡cuánto hizo por mi alma! ¿cómo me permití perderlo?

En las noches tormentosas  creo que vuelve y lo quiero

lo quiero junto a mi lecho

para ahuyentar muchos miedos...

PACA LA DE LA MULA

             Esto ocurrió en una aldea llamada “Ocho Soles” hace un tiempo. Me lo contó el abuelo Antonio cuando era una niña.

                        Tener mulas en el campo, niños, es un milagro del cielo. Y si son poco mañosas un regalo de Dios. Don Tiago Medina era dueño de tres mulas de alzada. Cargaban leña y trigo en alforjas de cuero por las laderas entre árboles y rocas. Su mujer, las había enjoyados con pompones de color y cascabeles que resonaban en el camino. Hasta un día en que “Rosita” se desbarrancó cayendo por un meandro hacia el abismo. Quedó estampada en el distante cañón descoyuntada, con el morral destruido y su mujer difunta. ¡Lástima de esposa buena! Diez años acompañándolo en la vida y venir a caer sin ton ni son por el barranco abajo. ¡Y sin la mula Rosita, la tan provechosa! Viudo con una hija. Pequeña y mimada por su madre, la Pilar se quedó sola para ayudarle en el campo, la casa y los animales con sólo nueve años. El padre la miraba con tristeza, pero le cargó el lomo como a las mulas.

                        Los días de feria en el pueblo, llenaba las alforjas y talegas con frutas y verduras y por las dudas, no dejaba que la Pilar cabalgase a lomo de mula. Podía perder a su única ayuda, la hija. Allá iban los animales agobiados al paso lento que le daba su dueño y a la pobre marcha que lograba la pequeña. Regresaban cansados y con la bolsa flaca, pero con la esperanza de un día mejor.

                        En una feria, el viudo, conoció a la Paca. De carácter fuerte y limpia como el agua del arroyo. Blancas sus pechugas y ojos oscuros. Algo tiene de mora, se dijo el hombre, pero palabra va, palabra viene, la invitó a la huerta. Cuando la Paca, vio lo que el hombre tenía, no miró a la niña, sólo la tierra, las mulas, los cerdos y gallinas.

                        Se casaron pronto, dos meses apenas después de la última vendimia. Vino con sus trajes, humildes y pulcros. Pucheros de hierro, sartenes de cobre y colchas tejidas por sus propias manos con lana de oveja que ella misma hilaba. Pilar fue su sombra. Su voz resonaba en las piedras: Niña friega el piso. Lava la vajilla. Corre al gallinero, coge una gallina, busca la más vieja, y mátala para el cocido. Tiende nuestro lecho. Límpiate esos vidrios. Nunca descansaba la pobre Pilarica. Era la huérfana y el padre en silencio ni la miraba. De noche llorando llamaba a la madre y nada. Nadie respondía.

                        En la primavera le nació una hermana. Gritona y blanca como su madrastra. Pilar la adoró desde el primer vagido. La bautizaron Rocío. Redobló el trabajo. Pero era feliz con la beba. Le enseñó a caminar, a jugar, a cantar y la mimó hasta hacer de ella su muñeca. Paca, nunca permitió que rocío realizara ninguna tarea; para eso estaba Pilar. Nunca supo fregar, cocinar, hilar, tejer ni siquiera se sabía bañar o peinar. Era una figura de cristal cuidada por todos.

                        Las niñas crecieron. Cuando Pilarica cumplió catorce años, vino el herrero del pueblo y pidió su mano para el hijo mayor. Así la joven partió casada con un muchacho trabajador y bueno. Honesto y muy enamorado en secreto de su mujercita.

                        A los años el dueño de una botica habló con Tiago, para casar a Rocío con su hijo menor. Eran muy jóvenes y el buen boticario sufría al ver que el muchacho era superficial y amigo del “codillo, mus y póker”. Se trataron y alocadamente Rocío se escapó con él al cumplir los trece años. Vivían en la planta alta de la botica con un cachorro y un pájaro charlatán y arisco.

                        Dos años después, Tiago viajando con sus mulas a la feria, tuvo un accidente. Murió la mula “Jonás” y él, quedó en cama con las piernas rotas que no curaban. No hubo médico ni charlatán que no intentara sanar sus dolencias. Un día de otoño, bajo una triste llovizna cerró su pecho al aire fresco del amanecer.  

Quedó a huerta abandonada y gris. Sólo las urracas y los zorzales aparecían para desgranar las frutas que caían maduras sin que nadie las cosechara. La pena punzaba en la sala y la única mula que aún vivía rebuznaba de hambre y soledad en el pequeño potrero. Rocío no llegaba nunca hasta la casa de su madre y Pilar tenía mucho trabajo, como siempre junto a su herrero, quien tenía tareas multiplicadas por docena.

Paca, tuvo un sueño. Tiago la invitaba a enjaezar la mula, acopiar todo lo que tenía en la alacena y buscar a su hija para vivir con ella. Así fue que juntó los jamones, la panceta, los frijoles secos, orejones y pasas de uva, cargó todo en “Sol” y comenzó un descenso hacia el pueblo en encuentro de su amada Rocío.

Cuando iba llegando escuchó gritos y calló frente a ella por la ventana, un calderillo con sopa quemada. La puerta de la casa permanecía abierta y subió los escalones lentamente pisando camisas sucias, un corsé, el gato que dio un brinco y corrió buscando la salida y el perro flaco, que merodeaba por una olla de barro con algo que parecía comida, aunque estropeada y maloliente.

La muchacha yacía despeinada, con una bata sucia y rota, maldecía a su marido que borracho y desgarbado, permanecía tendido en un sillón despanzurrado. Los gritos de ira retumbaban entre las paredes de piedra como martillazos contra los tímpanos. Rocío se quedó muda. Ver ahí parada a su madre la dejó boquiabierta. Sólo atinó a preguntar por Sol, la mula. Está abajo, en la calle. El muchacho intentó pararse pero estaba tan ebrio que volvió sobre su cuerpo cayó rotundo en el piso. Impávida, acomodándose el cabello invitó a su madre a entrar. Trató de ayudar al marido y lo arrastró un poco hasta subirlo a la cama que parecía un nido de ratas.

La madre no supo que decir. Me quedaré con la hija que viva mejor…pero tendré mucho que trabajar aquí. Rocío vive mal. Yo no merezco terminar mis días así.  La mujercita, desesperada la invitó a tomar té. Lavó como pudo un pocillo y calentó agua con la poca leña que le quedaba. Su madre observaba la torpeza de las manos juveniles. Fue a buscar hasta una de las alforjas de Sol, la mula, y trajo pan, jamón serrano, nueces y huevos frescos. Charló un rato y se despidió prometiendo pronta visita. Si Tiago viera a su hija vuelve a morir de un susto, esta vez, claro. Mejor veré como vive Pilar, mi hijastra. ¡Ella tal vez no me quiera recibir, la hice trabajar tanto!  

Atravesó el pueblo. El herrero vivía en las afueras del otro lado del arroyo. La mula la llevó sin pausa ni prisa. Ya cerca de la casa, Paca vio un jardín lleno de rosas, margaritas y caléndulas. Junto al taller donde se oía el martillo y el silbido   del fuelle, vio un perro que gozoso dormía sobre una alfombrilla de hilos de algodón rústico. Los brazos fuertes y el rostro rubicundo del yerno se abrieron en una enorme sonrisa. ¡Sorprendido, llamó a Pilar, quien abrió la boca y comenzó a reír! Pase. Pase, dijo alegremente mientras se secaba las manos en su delantal. ¡Qué linda sorpresa! Sacó las riendas de “Sol” y la descargó para darle agua y sentarla bajo los árboles. ¿Dónde dejo la carga? Deja un jamón, pan y almendras, ya veré qué hago. Esto es una casa donde quiero vivir, pero no puedo quedarme si no me invitan.

Cuando ingresó a la cocina, todo brillaba. El olor a comida casera, la mesa con mantel impecable, los platos dispuestos al que Pilar agregó uno más con sus cubiertos y el vaso, le daba el sabor de hogar. Siéntese y descanse, debe estar muy fatigada. Buscó agua fresca del pozo y le sirvió mientras aligeraba sus pies en una palangana con hierbas y sal.

Pilar ¿has visto a tu hermana? La he visto, es más, voy una vez por semana y limpio, lavo su ropa y la de él, le dejo pucheros y quesos que hago yo acá… pero cada vez la veo peor.  ¡En qué me equivoqué? ¿En que nos equivocamos con tu padre? ¿Acaso fue en casarla con tan poca edad y con ese muchacho? Dime. Madre… no se.

Creo que en no enseñarle, en cuidarla tanto, en mimarla. La hemos perjudicado tanto que no se cómo hacer para socorrerla y eso que no tiene hijos. Si tuviera los seis que yo tengo… no sabría qué hacer. Acá tenemos trabajo, los niños estudian y juegan, salen por el campo y retozan. Yo hago lo mismo que hacía en casa con ustedes y no siento que es mucho. Es todo lo mismo.

Pilar, ¿puedes perdonarme? Fui mala contigo. No, me enseñó que la vida es difícil y ahora disfruto lo aprendido. Tal vez Rocío la necesite más que nadie. ¿Pero sabes lo que sufriré? He trajinado tanto y ya la mula es vieja, tu padre se ha ido y la huerta está lejos y no quiero regresar allá. ¿Qué crees que puedo hacer? Quedarse con nosotros y juntas veremos cómo ayudar a mi hermana.

Afuera las pájaros llamaban para que Pilar les diera de comer.  

           

PERDER LA INFANCIA NO ES PERDER LA VIDA


 

            ¿Quiere que le cuente? A veces miro a la nena y me sorprende. Es tan dulce su mirada, tan callada y buena, que me asusta. Cuando la traje al mundo tuve miedo. Mucho miedo. ¡Somos tan pobres! Pero apareció como una madejita rosada y chillona entre mis manos ásperas, por la dura tarea de fabricar ladrillos. El Ecelino, es un peruano que se vino escapando, como todo pobre del hambre, y quién sabe de qué escondrijo zorruno. Pero se apareó conmigo y es buen hombre. No sabe, como yo, leer. Nunca fuimos a la escuela, hasta ahora. La que supo ser mi vieja, me dejó apenas abrí los ojos con el hombre que dice ser mi padre. Ahora lo tengo en el rancho y lo cuido. Es tuberculoso y tiene un reuman, de esos que no tienen vuelta. Trabajó mucho, es cierto. Nunca supe yo lo que era jugar. Siempre a su lado trabajando y lavando la ropa y cocinando. Seis o siete años, tenía, cuando me dijo que me cortaba el pelo y me vestía de muchacho, para protegerme de los “golondrinas”. Y me crié así. Como hombre. Usé siempre ropa de chico y el pelo cortado. Me creí que era un varón hasta que un día me sangró la pierna. Y él, asustado, me llevó a la salita en el Algarrobal. Allí supe con sorpresa que era hembra. Y una dotora me empezó a conversar de mi apariencia, palabra que yo escuché por primera vez. Tuve vergüenza y me reculé más, todavía. No quise salir por meses. Hasta que mi padre empezó con las escupidas con sangre.

            Pasó un par de años y conocí al Ecelino. Era muy guapo. No tenía miedo al trabajo y me miraba. Enseguida se dio cuenta que era mujer. Él, me dijo un día si quería ser su esposa y que me ayudaría con plata y el trabajo que se me había duplicado, con esta enfermedad de mi papá. Y acepté. No sabía todo lo que era ser la mujer de un hombre. Mi papá algo quiso decirme, pero se le trabó la lengua y se quedó allí repitiendo la palabra “Pobre”, “Pobre Jubelina”. Jubelina es mi nombre. ¿Lo escuchó alguna vez? Nadie lo ha escuchado. Y así de golpe una noche después de tomar una sidra helada supe. ¡Eso era ser mujer! Tenía que obedecer a sus reclamos de hombre. Al principiar me dolía. Después me acostumbré. Eso sí, el Ecelino, nunca me pegó. Nunca faltó la comida y traía ropa y zapatillas para mí y mi papá, que cada día estaba peor, hasta que lo llevó al hospital y allí lo mejoraron.

            Y un día me puse gorda y me dijeron que tenía un hijo en la panza. Al tiempo nació la María Belén. ¡Era tan bonita! Como es ahora. Suave y dulce. Que no le hice caso al dolor. Yo he sufrido tantos dolores sin que estuviera entre mis brazos esa florcita llamada María Belén, que no me importó tener puntos entre las piernas. Pesó cuatro kilos. Era larga y regordeta. Ahora es tan bonita. Yo no le voy a cortar el pelo. El Ecelino, la cuida y dice, que a ella nadie la va a tocar. Y si alguien se atreve lo mata. ¡Yo creo que huyó de su país por algo así, eso creo! Acá se cuida mucho y le escapa a tomar y las fiestas de sus paisanos.

            Bueno, ahora voy al grano. Se acuerda cuando me llamó la maestra de la nena, yo no podía leer lo que decía la nota. Me dio vergüenza y me fui a un centro comunal de la municipalidad y pregunté si alguien me podía enseñar a leer. Me miraron sorprendidos. Cuando me preguntaron la edad y se las dije, más sorpresas. Tengo treinta y tres años. ¿Usted, cuántos creía? No, no me enojo. Creía que tenía como cincuenta, es la vida que llevé. Bueno, le cuento mi secreto, principié la escuela. Para eso vine. Acá tiene la libreta. Como no tengo mamá, ¿me la puede firmar? No vayan a creer que nadie sabe que he estudiado y paso de grado. Para mí es importante. Es un respeto al maestro y al Ecelino, que trabaja más horas para que yo no deje. Ah, gracias por firmar; pero no llore. ¿Me felicita? ¡Que se siente feliz? Imagínese yo, que puedo leer las notas de la maestra de la nena. Señora directora, no le diga a nadie que yo recién ahora voy a la escuela. ¡Pero no me llore más! Me hace dar más pena.

miércoles, 3 de junio de 2026

"NO ME CONDUZCAS A TU INFIERNO ÍNTIMO..."


 

La ira le llenaba el alma de odio. Quería matar. Pensó en cien maneras de matar.

¿Qué había cambiado en su vida en ese breve momento? ¿Cómo pudo ocurrirle a él, que vivía presente para sus amores?  Estudió cada paso, cada movimiento, cada ángulo desde dónde podía matarlos. No podía dormir. Si el cansancio lo despojaba de su velar cada noche y cada día, soñaba con sangre.

Parecía un ebrio. Pero era por su ofuscación y su rencor. ¡Si él, los había amado tanto, los cuidó de noche y de día! Siempre había odiado a mentira, el engaño; pero no esperaba la traición de esa manera artera.

Una noche el sueño se adueñó de su cuerpo y se quedó dormido. Abrazado a la almohada, se sintió abrigado y el cansancio lo hizo entrar un estado casi hipnótico. Se vio caminando por la calle rodeada de álamos de color verde dorado, sus pies apenas sentían la grava de la senda. Sintió el aire que lo envolvía, un suave calor de un sol agónico que se reflejaba en la distancia. Aves que echaban vuelo en un cielo que lentamente se iba enrojeciendo. Sintió un suspiro cercano a su rostro. ¿Madre? No, no puede ser, si ella hace mucho tiempo que había abandonado la ciudad y luego la vida.

La brisa gratificó el suave murmullo que oía en su sueño reconfortante y mágico. Luego advirtió una figura a la distancia, caminaba descalza entre lirios de color violeta. Era ella. Sola. En silencio. Le hacía señas de acercarse a ese lugar paradisíaco. Se revolvió en el lecho. Sentía calor y transpiraba. Húmedo el cobertor, que lo ahogaba.

No podía despertarse. Estaba muy bien en ese clima ambiguo y mágico. ¡Condúceme a la cumbre en este sueño! Pensó. Se revolvió en su sueño, se aparecía y desaparecía ella. Con su lánguido vestido blanco de leve tela de algodón, el largo cabello negro revoloteaba con la brisa y sus ojos... sus ojos parecían dos brasas encendidas con el fuego de la pasión y la muerte.

Despertó. Estaba rodeado de llamas ardientes, todo se consumía por un fuego artero. ¿Cómo puedo escapar de este lugar? Y la vio. Estaba a cierta distancia apoyada en la camioneta. Su sonrisa parecía decirle... ¡Te he ganado!  Y con la mano alzada le mostraba una tabla en llamas... él, no podía gritar. Estaba atado a ese pequeño infierno que construyó pensando en matarla.

¡Cuando el amor muere, el precipicio se abre entre los corazones humanos! Y se desata el infierno que cada uno había construido contra el otro. 

El amor conduce a la cumbre de la felicidad o a la muerte. Cerró los ojos y se quedó dormido.

AQUELLA JOVEN DEL ABRIGO COLOR VIOLETA


 

            ¡Conocer por el periódico o el noticiero la muerte de una joven de no más de veintisiete años, en medio de un parque, con signos de haber sido duramente golpeada; no es ninguna novedad! Casi se puede decir que es algo corriente.  Atados al alcohol, pelean sin ton ni son.

Unos mueren en accidentes, otros con ingesta de vino o Fernet hasta caer en coma y casi todos entran perdidos por las drogas en las guardias médicas. Los pobres periodistas ya no saben qué agregar para darle un tono diferente y llamativo a la noticia. El locutor más asombroso, fue el que se secó una lágrima en público, diciendo que podía ser su hija. Le respondieron airados, cientos de personas, llenando el Facebook del canal, que eran padres o madres de hijas o hijos muertos, en forma semejante. Por lo que nunca más recurrió a tal artimaña para atraer a la audiencia.

            El tema de la mañana, me pegó un golpe bajo, cuando hicieron un paneo y vi el abrigo color violeta de la infeliz chica. Reconocí el que vendí la semana pasada en la pequeña boutique donde trabajo. Era de buena calidad y tenía un detalle, que inevitablemente, me hizo sentir como parte de la historia.

 Ni loca me presentaría a la policía a contar que, una simple empleada de “Madame Rouge”, sabía el nombre y domicilio de la víctima. ¿Y si la habían matado rufianes a sueldo de la mafia o algún oscuro asesino, de esos que matan en serie? Me iba a ver innecesariamente involucrada y capaz que, por hacerme callar, sería  la próxima víctima.

Cuando vi la foto me sorprendí. No era la mujer a la que le vendí el modelo. La otra era rubia con mechitas color cobre, ojos verdes y nariz súper operada, colágeno en los labios y pechos de cirugía. Altísima, los pies  y manos muy cuidadas. Y un tono de voz indescriptible. La mujer que vi en el periódico era morena, de rostro anguloso, ojos marrones y cabello oscuro.

Pensé que era imposible. Mi jefa jamás hubiera comprado dos abrigos iguales para vender y menos, a ese tipo de muchacha vulgar, que mostraban las fotografías. Guardé la hoja del diario en el bolso, cuando llegué esa mañana al negocio la dueña del local estaba allí. Me sorprendí. ¡Nunca llegaba tan temprano! Se veía ojerosa y muy nerviosa.

Me cambié. Calcé tacones como ella exige, me maquillé más y perfumé con loción Madame Rouge, que tiene mucha canela y vainilla, difícil para mi nariz. No es de mi gusto. Me quedan bien las frescas y cítricas. ¡Pero este trabajo es muy bueno y no lo quiero perder!

            Cuando me acerqué a su escritorio, la vi rodeada por dos hombres más o menos jóvenes. Uno era rudo y con un vozarrón que atravesaba el cerebro. El otro, un poco más joven. Gentil, delicado sin exageración y muy educado. Hablaban a media voz. Al acercarme más, me clavaron la vista. Sentí frío en la espalda y, como si fuera un mono enjaulado, quedé prisionera del momento.

             Me sentaron junto a ellos. El mayor comenzó a interrogarme. Miraba con ojos de metal hiriente derechito a mis pupilas. Que si  conocía a la víctima. Qué si tenía su filiación. Qué si la acompañaba alguien. Y mil interrogantes más. Expresé: “¡Sólo había vendido la prenda al contado, no recogió la factura, que tiré luego de unos días! ¡Que la mujer estaba muy apurada y ni se había probado el abrigo! ¡Ah, y estaba sola¡”. Eso dije. No era verdad.

            El miedo me impide imaginar por qué callé detalles. Le temo a los hombres y más aún si son de investigaciones. A esos les huyo. Sobreviví a uno —mi papá— que me hizo escapar del pueblo donde nací, de la familia y de todo lo que amaba.

            Sara, mi jefa, me observaba sorprendida e inquisitiva, ya que soy amable y graciosa, vivo haciendo chanzas. Estaba seria y en silencio. Sólo me levanté de la silla para atender a una clienta que viene muy seguido, lo que hice rápidamente. Ella, la jefa, escrutaba mi rostro y yo, indiferente, evitaba confrontar con aquellos hombres.

            Salieron del negocio dejándonos un papel con los teléfonos anotados por si recordábamos algo. Ni loca les llamaría. Imaginé ser perseguida por una horda de delincuentes capaces de asesinarme. Los que matan en serie como en el cine.

            Traté de evitar a la señora Sara, inútilmente. Se sentó con su consabida taza de café con un chorrito de gin, encendió su pipa — fuma en pipa— y comenzó a indagarme.

            Intenté no abrir la boca. Sabía muy poco de mi vida y odio andar por ahí contando mi dura existencia. Pero fue imposible. Hablé de un solo tirón. Me explayé. Exigí, eso sí, que me guardara el secreto.

Le mostré la factura con el nombre de quien compró el “abrigo violeta”, su dirección y teléfono. Le aseguré que no era la misma persona. Esa que mostraba la tele. Quedó sorprendida y molesta. Conmigo no, sino que para ella había algo raro, como decía mi mamá: “Gato encerrado”.

Tomó el teléfono y marcó el número que había en la factura. Atendió una voz femenina, con el mismo timbre que yo le oyera en el probador, cuando vino a la boutique. Sara le pidió, si podía venir a la tienda porque había encontrado una falla en la prenda de ese modisto. “Le encargo que traiga la que le vendí”, aclaró. La mujer, muy ofuscada, dijo que se le había perdido. Que alguien se lo arrebató en el playón del supermercado y que no tenía tiempo, viajaba esa misma tarde a Miami. Cortó la comunicación. Eso molestó mucho, intrigó a la señora y se tentó de avisar a los investigadores.

Sucedió, igual, algo inesperado. A minutos de esa llamada, llegaron dos encapuchados. Armados hasta los dientes. Rompieron todo el negocio buscando lo que tenía escondido en el lugar menos accesible de la boutique. Ni pienso decir donde oculté el talonario con las facturas y datos de los clientes. Golpearon a Sara, a mí no porque sé escabullirme, no por cualquier cosa salí del pueblo.

Luego de romper todo, a uno de ellos se le deslizó algo, inadvertidamente levitó detrás del maniquí. Me moví como un gusano cubriéndolo con el cuerpo. La energía negativa de esos tipos me alteró mucho. Quedamos deshechas, pero vivas. ¡Era una advertencia, si hablábamos nos matarían! ¿Así son esos malvados?

Cuando pude erguirme, atrapé lo que se le cayó al tipo, vi que era una foto. Era la mujer rubia, la del abrigo violeta, pero estaba tal cual debe ser en realidad… ¡Un travestido en sus ropas de entre casa! Ahí pude comprender lo que había pasado por alto. Yo había atendido a un hombre y probablemente era quien mató a la mujer morena. ¿Sería mujer u otro travestido?

Mejor fue que, tanto Sara como yo, nos metiéramos la idea de ser justicieras, en un cajón de la boutique. Y a los policías no decirles un ápice. ¡Tal vez, ellos estuvieran involucrados! Rompí los papeles que había guardado,  uno por uno, y los tiré por el desagüe del baño.

            Me mudé a otra ciudad y la señora Sara se fue a vivir a Miami. A veces recibo una llamada suya para consolarme. Nos enterábamos por Internet de los pasos que seguían a los grupos activistas que trataban de imponer un límite a la muerte de travestis y gay en la gran ciudad. ¡Nada lograban!

Un día, en el metro, me enfrenté al personaje del abrigo violeta de la vieja historia. Me miró asombrado. Pretendió detenerme tomándome del brazo, aplicando una fuerza brutal en mi muñeca. Aún no recuerdo cómo logré zafar y desaparecí entre la multitud en la estación. Pero huí al oeste en busca de otra oportunidad. 

            Estoy cansada de evadirme de este grotesco infierno de violencia gratuita que me rodea. Mi infancia fue un mundo de mentiras y maldad que oculté. ¡Apariencias!. Mi juventud que recién comienza y a la que tengo derecho es el futuro. ¡Por eso me dispongo a otro cambio más! Quiero ser libre.


ÑATO CORVALÁN, EN LOS ESTEROS DEL IBERÁ

 

De gurí, a pelo montado en un tordillo, Ñato Corvalán atravesaba los guadáñales llevando ganado al seco. A veces, en el terraplén del ferrocarril, dejaba unos animalitos recién destetados para que no se le pudrieran las pezuñas. ¡El agua es necesaria, pero demasiada… mata!, solía decir el Moncho Regules.

            El Ñato no conoció lápiz, ni pizarrón. Sabía sumar y restar con el cordel de cuentas trenzadas, que usaba en la cintura junto al cuchillo que recibió de su tata. Moncho Regules, su padrino, había muerto en una riña entre isleños hacía tres años, más o menos. Ñato, no le hacía muy claro a eso del tiempo. Para él, había tres. La seca, la lluviosa y la cosecha.

Había conocido el pueblo, pero el ruido de los motores lo renegaban. Prefería el chillido de los matorrales donde se escondían los animalitos. Su tiempo era montado a pelo de caballo; y entre parición y traslado del ganado de una isla a otra del Iberá. Cada tanto veía a su madre. La Filomena Corvalán, famosa por la cantidad de hijos que trajo a los esteros. Buena para amasar chipá y carnear cuanto bicho comestible se le cruzaba. Sus hijos, de los que se iba desprendiendo cuando se valían por sus propios medios, eran fuertes y sanos. A pura teta los alimentaba, hasta que se preñaba nuevamente. Tuvo como veintitrés y sólo dos murieron de chiquitos.

El mocoso, volvía de vez en cuando a la isla a verla, porque pensaba que ya envejecía.

Desdentada, le costaba comer y estaba descarnada. Flaca y arrugada. Con sentimientos raros se volvió a su laboreo, por eso, la última ocasión, le llevó una manta nueva y un par de alpargatas. Al Molina le llevó una damajuana de tinto. Le dolió sentir la tos seca y crispada del pecho de la Filomena. Sintió que pronto no la vería más. Descubrió un fuego destripador en las entrañas cuando la vio escupir sangre en la tierra del rancho.

—¡La vieja está mala, tísica! —dijo Molina, el nuevo compañero de la madre—. La llevé a la rastra a la sala del pueblo. No quería que la tocara un médico. Pero la mujer que la revisaba, la convenció y se dejó ver los costillares y el triperío. Le dio unas pastillas, pero ella se hace un té de yuyos y así no más anda”.

            Salió desolado. Miró al cielo y se tocó el corazón que golpeaba fuerte y desacompasado. Si se va la vieja, nos desparramamos todos. 

            Cuando se desvió del camino y subió a la canoa, se cruzó con los Quiroga de Itaibaté. Iban en una lancha con cuatro gringos a puro motor. Casi se da vuelta su canoita. Montarás el Ñato, se tocó el ala del sombrero y quedó mirando como se alejaban por el canal entre el laberinto de islotes con totorales y camalotes. Más adentro, hojas enormes de irupé, son los nidos cómodos de las ñacaninas y los curiyúes. “Entre esos senderos laguneros nos movemos los isleños. Esta es mi tierra. Esta es mi casa”, se dijo y siguió remando. Su corazón batía.

El cielo se desangró con una lluvia feroz y la barca se fue hundiendo, no le alcanzaban las manos para sacar el agua con el balde plástico que le servía para guardar la pesca. Logró llegar a la orilla. Ató la embarcación y, empapado, caminó al rancho. El techo de paja, estaba desgajado y caían chorros hasta sobre el catre. Puteó. ¡Maldito tiempo! Embarrado hasta las rodillas, consiguió tapar con nailon parte de los juncos del techo.

 Acomodó los cueros de carpincho y nutria que tenía para vender al Turco Mohamma en el almacén. Los cambiaba por yerba, tabaco, vino, caña y galletas, y alguna que otra chuchería que necesitaba para vivir. Los truenos y relámpagos iluminaban intermitentes el lodazal en que se transformó el rancho. Los monos chillaban y el griterío era signo de que esa noche dormiría poco y mal.

El cansancio lo arrinconó y así, en la humedad, se quedó adormecido. Se tapó con el viejo ponchillo que le regaló el paraguayo en la bailanta en Goya, cuando tropearon el ganado de Justiniano Cardoso, comisario de Caá Caatý. Soñó con su madre la noche entera.

            Despertó con el chillido de los monos, como todas las mañanas le robaron pan o galleta que comía con el mate cocido. El sol levantaba un vapor que ahogaba. Era bueno. El estero se alimentaba la lluvia y el sol que penetraban entre la maleza, hacía crecer pastura y bicherío. Se enjuagó la cara y puso la pava llena en el fogón.

Compuso el techo con alambre, paja y barro. Sacó algunos bártulos para que se secaran. Se sentó, armó un cigarro con una hoja de tabaco y miel; y cuando le acercó la brasa cerró los ojos para disfrutar el perfume dulce del veguero. Se habían alejado los carayaes por el malezal a buscar comida a otro troje. Sintió un motor. Rugía cada vez más cerca.

            Fue a espiar. Camino al cruce de los canales, se encontró con los gringos. Traían en un planchón paraguayo, unas máquinas enormes. Se acordó de los cuentos de “La Forestal” en el Chaco. Cuando dejaron el paisaje sin árboles de quebracho unos rubios extraños. Plantaron unos yuyos y la tierra no sirvió más. Miró con desconfianza.

Lo saludaron con demasiado respeto. No era lógico que respetaran a un tape como él. Se tocó el ala del sombrero y los miró desafiante. Se tanteó el machete que llevaba cruzado en la cintura.

A los gringos se les borró la sonrisa y observaron para otro lado. Detrás venían los Quiroga con su canoa.

—¿Qué hay, compadre? ¿Quiénes son éstos y a qué vienen a los esteros del Iberá?

Silencio. Carraspera y trago de saliva agria, le contestaron:

—Mirá vos, chamigo. Que han comprado parte del campo. Que están alambrando. Que harán terraplenes para plantar arroz. Van a poner otro ferrocarril para transportar vacunos y rollizos al puerto de Buenos Aires. Vuelve el progreso —y un sinfín de chácharas que ya no escuchó.

Se alejó, internándose en el matorral. “Ya es viernes y dejó de llover, gracias a la Virgen de Itatí. Mejora el tiempo y por las dudas buscaré cazar un carpincho para traerle”, se dijo.¡Dejate de matar bichos vos, que así está quedando el estero, no seas maula…!”, escuchó distante.

 De la estación del ferrocarril de carga en el pueblo sale una chata medio destartalada con unos tambores pesados. Don Justiniano Cardoso se los ha entregado para que ponga los latones de este lado del terraplén. De lo demás se encarga él y la gente de Caá Caatý.

            La explosión se oye desde varias leguas. El agua sigue su curso arrastrando mucha tierra del resguardo de los extranjeros. Ñato Corvalán ahora puede seguir navegando con su canoa sin que nada se lo impida y menos los gringos que se roban todo.