jueves, 29 de octubre de 2026

JERÓNIMA

 

 

Los pies ampollados le sangraban. El sol había dejado la piel llena de surcos profundos. Cuando se acercaba a un caserío, escondía su rostro detrás de una pañoleta de algodón, ya sucia y deshilachada. Había caminado muchas jornadas desde su campo hasta intentar llegar a la otra orilla de la tierra de sus ancestros. Al comenzar arrastraba un pequeño bulto con algunos recuerdos y ropa. Ahora sólo lo indispensable.

Vio una columna de humo y se refugió tras unos matorrales. Le aterraba ser tomada por los pobladores que desechaban a gente como ella. Unos canes, se acercaron mostrando unos enormes colmillos, pero ella sabía como deshacerse de ellos.

Su abuela le había enseñado muchas cosas, en especial a defenderse. Se acurrucó en el hueco de un enorme guayacán. Desparramó su orín y los animales huyeron. Luego se apoyó somnolienta en una rama caída. Allí, tomó un sorbo de agua y mordió una fruta silvestre. El jugo amargo le dolió en la boca. Tenía llagas. No tenía lágrimas, ni sueños.

Era una isla en ese territorio hostil. Pero sintió tras de sí, la voz amable de una morena, que traía sobre su cabeza una cesta con ropa lavada. Se acercó y le ofreció una sonrisa.

Jerónima, recibió en esos ojos oscuros el brillo de la caridad. Y tomó de la mano trémula un trozo de pan tibio. Lo mordió despacio, lo saboreó con placidez y cerró los párpados para soñar unos instantes.

La mujer, le habló con la calma de las almas buenas. ¡Ven, te daré albergue por una noche! Luego te irás, seguirás tu camino como todas. La siguió hasta una casucha humilde pero aseada y fresca. Le puso un cubo de agua fría con el que calmó el ardor de sus heridas. Y las del alma. Se quedó dormida sobre un colchón de paja limpia. Soñó.

Al amanecer, la morena la despertó con una taza de caldo y pan. Vete ya, que llegarás al medio día. Jerónima, comprendió que por ahí habían pasado muchos desheredados.

Dejó lo único que tenía; su collar de cuentas verdes. Y comenzó a caminar rumbo a su destino incierto. El país vecino.

A UN POETA


 

¿Dónde está esa carretilla que repartía la tierra?

Que se llenaba de flores y poemas.

Es obra solidaria quien ama su suelo añejo.

Una vez ya separada la poesía del hombre en un breviario de sueños,

desilusiones y penas, encuentra.

Usted me eligió compañera de sueños

yo lo acompañé con muy poca experiencia.

Caminamos juntos, codo a codo en las calles,

en la niebla de oficinas ignotas,

no hubo grandes alegrías, recontamos las tristezas.

Usted con su amor a la tierra.

yo con lo mío; soñando como niña en primavera.

Mis manos con pequeñas espinas,

sus manos, con un canasto de poemas, repleto.

 

Un día nos cruzamos, azar que nos dio la vida.

Éramos tan diferentes, como el sol y la luna en invierno.

Mujer, yo, austera y triste; llena de sueños.

Usted un creador, empecinado en dejar huellas,

empujando un carro, henchido de bellas promesas.

Hoy lo veo distante. ¿En qué espacio lo encuentro?

Tendrá la mirada inquieta, irá con una tristeza a cuestas.

Nada puedo ofrendarle en su inquietud de poeta.

Soy de ese mundo que no se anima a ir al ruedo.

Pero estamos mano a mano.

Se adelantó en el tiempo,

seguiré su huella.

Su palabra se hace susurro, en las tinieblas.

Voy aclamando, que hemos conocido la verdad de la belleza.

AZULES MIS MANOS

 

Azules.

Azules mis manos

Un camino azul sobre mi lecho.

Nostalgias y sueños.

Mi alma se pierde en un azul de incienso

Mi amor, que perdido, busca el reencuentro.

Mi memoria encuentra mil azules

Sueños y esperanzas

Añiles y dulces.

Dudas y distancia

Aguarda la esperanza que tiñe de rojo

Sin ver lo que toca.

Inquieta la tregua que me deja sola,

En el umbral de los recuerdos

Quedará enredado el añil sufrido,

El color perdido

La fiesta postergada por ausencias

De los que amasamos el pan de la alegría

O acaso olvidamos

Pisar las uvas del buen vino.

El azul envuelve los manteles

Que llenan las mesas de los que marcharon

Buscando un camino lejos de la patria.

Azules infinitos

Azules al viento

Azul de esperanza

Por los que han vuelto.

 

EL ANILLO

 

Me paró en la calle como para decirme algo. Yo venía con los brazos llenos de libros que creía me ayudarían en este tiempo de soledad. Era baja, llena de arrugas y con una sonrisa desdentada que le daba ese aire casi místico de bondad. Vestía un enorme blusón azul violeta, que le cubría hasta las rodillas. Su calzado era un par de tiras de cuero desgastadas. El cabello trenzado de plateado gris. Los ojos, esos ojos penetraron en mi memoria. De algún lado yo la conocía. Pero me asustó darme cuenta el paso de los años que eran para ambas.

Me pidió un minuto. Quería hablar con alguien que no la maltratara. Yo asentí. Me detuve y la hice sentar en un banco de la orilla de la avenida, bajo un árbol que destilaba flores lilas. Apoyó una bolsa llena de cosas inútiles. Tal vez era su única riqueza. ¡Usted no se acuerda de mí, dijo! Tenía diez o doce años, cuando fue a mi casa con su abuela. Me llamo Adela y fui muy amiga de esa maravillosa mujer que conocía el mundo como nadie. Su mamá no quería que me viera, porque había una historia secreta entre ambas, en la que ella no podía ingresar. Dirá que estoy loca, vieja y en la más triste de las pobrezas. Pero no. Soy feliz, tengo acá... y señaló la bolsa; todo lo necesario y quiero.

Perdón, le dije, pero no recuerdo haber ido a su casa con mi abuela. Pero la escucho. ¿Qué me quiere contar? Acaso con su plática recuerde algo de mi niñez que se ha perdido en mi memoria.

Vestías un primoroso vestidito de piqué rosado. Tu abuela bordaba como un ángel. En el cabello unos moños de seda que se deshacían a cada rato y ella los arreglaba con cariño. En ese tiempo, ya tu abuela tenía un problema de huesos. Era de más edad que yo y ella, lo sentía. ¡Había trabajado mucho desde niña! Esa mañana hablamos mucho. Me contó cuánto extrañaba a tu abuelo. Según ella, el hombre más hermoso y bueno de la tierra. Yo sabía que no era así, pero no le dije nada. Es importante sostener la fe y la felicidad de los que no quieren ver la realidad.

Tu abuelo era mi amante. Él, que vivía viajando por todo el territorio, tenía un amor en cada pueblo, en cada aldea, en cada lugar donde habitara una mujer hermosa. Nunca le dije nada. ¡Ella era una soñadora! Y yo no le quería arrancar el corazón.

Comencé a sentirme incómoda. Yo no había conocido a mi abuelo, pero no era esa la forma maravillosa de hacerlo. Le pedí disculpas, le argüí, que tenía que ir a retirar los niños de la escuela y se hacía tarde. Pero me tomó con fuerza de la mano. Le miré los dedos y reconocí un anillo que usaba mi abuela cuando yo era chica. Eso me clavó una espina en la memoria. Ese anillo lo llevaba mi abuela siempre en el dedo anular.

Siguió hablando pero ya no la escuchaba, esperaba desentrañar la historia. Cuando regresara a casa me pondría a revolver fotos antiguas y mirar detenidamente los detalles. De pronto se paró, me dio un sonoro beso en la mejilla y partió en silencio rodeada de palomas. Salí caminando apurada, recogí a los chicos de la puerta de colegio y llegué a casa. Dejé mis bolsas y puse una olla con agua para hervir unos fideos. Los chicos me miraban con curiosidad. ¿Hoy no nos toca fideos, hoy es día d pescado? Me reí. Hoy es un día diferente, tengo mucha prisa por encontrar una historia entre los viejos cajones de la cómoda. Comimos apuradas y lavé los utensilios con presteza. Quería llegar a ese mundo misterioso de mis abuelos.

Cuando comencé a revisar, fui encontrando cartas y fotos amarillas por el paso del tiempo y descubrí en varias postales, mujeres bellas que usaban el mismo anillo que tenía mi abuela.

UN NACIMIENTO EXTRAÑO

 

Nací a raíz de varios sucesos extraordinarios. El primero fue que mi mamá que era la única hija mujer de los ocho varones, ese carnaval, quiso disfrazarse de odalisca. Mi abuela se opuso tenazmente, pero mi padre la mimaba tanto que se lo permitió; el segundo suceso fue que mi papá que tenía varios años más que mi mamá, la visitaba desde hacía varios meses. Se paraba bajo el viejo fresno a tocar la armónica con una música de la región y ella salía a desgano. El tercer suceso fue que hubo una terrible tormenta el día del corzo y ellos quedaron aislados entre los naranjales y el último... fue que mi mamá se comió justo el día antes de mi nacimiento una cesta de cerezas maduras.

Puede decirse que más que parir me "cagó"; quedé tan sucio que mi abuela no me quiso tocar y fue el abuelo quien me bañó, me vistió y acunó.

Mi familia era una mezcla misteriosa ya que mis abuelos maternos eran vascos y catalana respectivamente. Mis abuelos paternos eran italianos: siciliana ella y genovés el nono. Vivíamos en una mezcolanza de costumbres, rituales, credos y lenguas; que yo aprendía lenta, muy lentamente. Era como vivir en una espiral desde donde asomaba el mundo. Era cosa irreal.

Lo primero que me ocurrió fue que no hablé hasta casi los doce años. Creían que era idiota o sordo; todos me hablaban a los gritos. Yo estaba aturdido y asustado. No podía superar esa babel que era mi casa. A los pocos meses que nací, mi papá se fue de la casa detrás de un circo, donde la contorsionista era lo opuesto a mamá; y lo contrataron como músico. Según decían estaba enamorado del cabello negro y ojos moros de la mujer.

Mi madre, se aferró a sus padres. Y mi abuelo como buen vasco juró vengarse de mi padre. Lo hizo, pero con mis abuelos, a los que les quemó la plantación de naranjos que cultivaban. La ira los llevó a romperse, en una pelea, todos los dientes. El único que ganó fue el dentista del pueblo, un muchacho, de la capital, recién recibido que imagino lloraba de emoción. Era su debut en una boca verdadera. Además les daba horario contrario, no fuera que se volvieran a pelear y arruinaran su obra.

Mis tíos no me querían, claro ellos decían que aparte de "tarado" yo era el culpable de que su hermana y su padre estaban en los chismes de todo el pueblo. No sólo el abuelo en el odontólogo metía sus manos en la boca ajena, sino todo el pueblo. Yo creo que me odiaban por celos, porque mis abuelos me adoraban y me daban todos los gustos.

  A los doce años míos, en medio de un tiroteo hablé. Hablé en todos los idiomas que sabía. Vi asustadísimo como el abuelo genovés, arregló un viejo trabuca y arremetió contra el vasco, que llevaba la chata llena de fardos de "yerba mate", grité en todos los idiomas que se dejaran de pelear. Creo que el silencio que se hizo, para oírme, fre de carácter único y peculiar. Lo dije en vasco, siciliano, genovés y catalán... ¡Ah, y en español! Fue un grito humano, que me salió de lo más profundo del alma de adolescente enojado. Por fin pude expresar toda mi rabia; una bronca pestilente que me corroía desde el día en que nací. Y hablé de noche, de día a cada uno de los que me habían tratado de cretino o sordo. Les contesté lo que merecían. Resultó que me rogaban que me callara. Yo, quería vengarme de mi papá, que había regresado cansado, enfermo y muerto de hambre. De mi mamá, que no supo o no quiso crecer y vivía igual que el día que se disfrazó de odalisca a los quince años. Aun lleva el cabello dorado, hasta por debajo de las rodillas en una larga trenza que desata cada sábado para lavar con agua de lluvia; que usa minifaldas y canta canciones de Billy Cafaro. De mis tíos que terminaron por reconocer que yo les estorbaba. En fin de resultas de mi dominio de tantos idiomas y dialectos, me enviaron a la capital a estudiar. Tengo todos los ciclos con promedio de diez y me gané una beca.

Hoy soy secretario de Naciones Unidas y he logrado aprender sin dificultad las lenguas de muchos países del mundo. ¡Y les juro que mi mundo es más grande que mi historia personal.

OTRO CAMPEÓN OLVIDADO


Las piedras gimotean en la orilla y se enredan en las algas que verdean el agua.

El río se encrespaba como adolescente enojado. La pequeña barca, parecía una caja de fósforos de papel encerado que se arremolinaba en las olas y salpicaba el robusto cuerpo rústico de Policarpo. Su piel morena, asediada por el sol dejaba deslizar gotas lánguidas de sudor con cada movimiento de los remos. Sus ojos azabaches, parecían querer escarbar las profundidades del río, donde los "dorados" se escabullían entre los camalotes y las piedras. Algún surubí picaba. ¡Suerte del pescador isleño del la región escondida de los ríos bravos!

¡Unas garzas nevadas lo observaban desde sus negras patas flacas, que aferraban pequeños pececillos para alimentar a sus pichones! Unos enormes loros cruzaban arrebolando el aire de colores infinitos. El agua se iba apaciguando lentamente al acercarse a los remansos. Picó un pacú y un armadillo. ¡Buena pesca, se dijo el Policarpo!

Día de suerte para los hombres rudos de los montes. Remó cerca de una zona de aguas claras. Las piedras brillaban con la luz nerviosa del sol del medio día. Y entre los camalotes unas flores de nácar emergían soberbias como diosas paganas. ¡Así es el río!

Dejó los remos quietos y prendió su tabaco negro, para darse un momento de paz y de sosiego. Su " mujer lo esperaba con las manos resecas de lavar entre las piedras del Arroyo Chico. Su "guaina y su cunumí", el tesoro que le regaló la vida cuando dejó a su madre en el rancho viejo.

Comenzó a remar y sostuvo el sedal y las trampas para los pequeños caimanes que pudieran prenderse a los trozos de carne podrida que tanto les atraían a los pichones de los caimanes. Recogió dos y con su machete les cortó la cabeza. Tenía comida para varios días. Cantando un "chamamé" fue río abajo orillando para que su rancho quedara a la vista. Y allí, estaba su mujer esperándolo con los niños colgados de sus brazos fuertes.

Acercó la barca y soltó la soga, ella la captó en el aire y la enroscó un tronco que retuvo el pequeño móvil de madera y chapa que soportaba el cuerpo del pescador y su carga.

Los perros ladraban con alegría, olían a pescado y carne. Un abrazo emparejó a ambos y junto a los niños que jugaban sin miedo. ¡Tatita qué trajo? Y orgulloso el hombre mostró su pesca.

Comenzaba a bajar el sol y en el remanso se oían los gritos de los pequeños simios que merodeaban el rancho. La mujer encendió la lámpara de kerosén y prendió un fuego bajo la olla de hierro tiznada de tantos fogones. Él, limpió los cuerpos mustios de os yacaré- caimanes. ¡Carne blanca y suave! Y sobre una mesa de madera de quebracho rojo, se fue colando en trozos un regalo que les daba el río.

 

LA SEÑORITA SOL

 

La conocí en una banca de la plaza cercana a mi casa. Estaba allí, como esperando. ¿Qué sueños tendría esa mujer tan bella, aunque se notaban los años en su piel blanca y luminosa? Rubia, de ojos claros de un cierto color azul verdoso. Las manos sobre sus largas polleras negras, parecían dos alas de mariposas nacaradas. Miraba hacia las montañas. No hablaba con nadie pero movía los labios como si murmurara una canción apenas recordada.

Yo pasé a su lado. La saludé con una simple palabra: ¡Buenas...! no me miró y ni cambió su postura. Llegué al negocio donde buscaba unos calcetines de algodón y cuando entré, la muchacha que me atendió, me dijo: ¿Conoce a la señorita Sol? ¡Pobre mujer, tan linda y tan sola! Siempre a esta hora los martes y jueves se sienta en ese banco y parece que espera a alguien. Es vecina de este barrio. Muy conocida porque fue profesora en un instituto muy importante del medio.

¿Cuántos años cree que tiene? Porque debe haber sido muy hermosa cuando era joven. Me acercaré cuando regrese a casa.

Ya se alejó. Son casi las doce, todos los medios días, que viene, a esa hora, al escuchar las campanadas de la iglesia, levanta un bolso verde y camina rumbo a su casa. ¿La conoce, digo, a la casa? No, ¿cual es? Por la calle Acevedo, es una casa enorme de puertas blancas y ventanales con rejas bien pintadas de color verde. El terreno es enorme. Y ella, dicen está sola desde que murió una hermana y sus padres. ¡Pobre!

Pagué mis calcetines y salí hacia mi casa. Desvié por la calle Acevedo y la vi. ¡Qué caserón! Rejas por todos lados. Y un silencio de huidas de cariños humanos.

No por curiosa ni chismosa, toqué timbre. Tardó en abrir un pequeño ventanuco en la gran puerta. Cuando me vio, se sorprendió. Sus ojos parecían los de una niña asustada. Me presenté. Me llamo Delia Ortiz, soy su vecina. Como la vi en la plaza, me pregunté si podía necesitar algo... me miró dudosa. ¿Qué clase de cosa puede hacer por mi usted? ¡Tal vez compañía, un té hablando de nuestros sueños o sobre la vida; intercambiar libros si gusta leer o escuchar música...! Vaya, vaya. ¡Qué interesante! Dijo abriendo la puerta y acomodándose tras las rejas. ¿Y qué música oye usted y qué le gusta leer? Bueno leo mucho. Los clásicos y algunos escritores modernos de diferentes orígenes. Música clásica y melódica... he sido profesora en la universidad.

Cambió su rostro y me pareció que sus ojos brillaban con un diferente color jade azulado. Me puede interesar pero no ahora. Voy a almorzar y luego descanso unas dos horas. Si quiere, dijo pensativa, puede venir mañana a tomar un té. Y yo fui. Cada viernes iba a su enorme casa a tomar un té. Leíamos algún tema interesante que ella recortaba del periódico o de viejas revistas femeninas o leía un poema de un libro, escuchábamos algo de música de su antiguo toca disco y luego de hablar sobre el tiempo, sobre el costo de la vida o de alguna historia, me despedía. Cerraba con varias trabas la puerta y se quedaba sola.

Una mañana al salir de la farmacia, un cachorro de alguien, se me cruzó y caí de bruces. Salió el farmacéutico y descubrió que tenía quebrada una pierna. La ambulancia llegó rápidamente y me internaron en el sanatorio de mi obra social. Luego vino mi hijo y me llevó a su casa. Pasé dos meses en recuperación. Regresé a casa cuando ya restablecida, pude caminar sin temor. Igual, tenía que hacer reposo. Por lo que no salí a la calle por otro mes. Cuando me sentí segura, una tarde salí rumbo a la casa de la señorita Sol. Toqué varias veces y no salió nadie. Un vecino, acudió a mi llamado y me contó que la dueña de casa había muerto sola una noche de tormenta. Y que entre los habitantes del lugar la habían acompañado al campo santo. Me preguntó si yo era pariente, lógicamente dije que no, que sólo era amiga. Se lamentó. La casa ha quedado para la municipalidad. Nadie, apareció como descendiente o pariente. Se despidió y regresó a su negocio. Yo quedé parada sin saber qué hacer.

Lamentablemente, nunca supe cómo una mujer tan interesante había quedado tan sola. Era culta, bella e inteligente. Caminé lenta hacia mi casa. Pensando en la soledad de esa amiga.

Ahora repuesta como estoy y ya andariega como soy, cuando paso por su casa, que está tapiada, la veo que me saluda con la mano y a veces... la veo en la plaza sentada en aquel banco que solía esperar a alguien mirando hacia la montaña. A veces pienso que por prudente uno no hace preguntas que aclararían el porqué de una vida.

Donde estés señorita Sol, te mando un cariñoso saludo cada vez que te veo brillante y transparente en la puerta de la enorme casa de paredes y puertas blancas, que lentamente veo se va arruinando en silencio de ausencia.