jueves, 27 de agosto de 2026

CONFIANZA ERRADA


 

Llegaron los especialistas y sintieron un horror enorme. ¿A quién se le ocurre tener semejante "mascota"? Comenzaron por rastrear a los habitantes del complejo habitacional. En la planta baja, habitaban tres personas de edad avanzada. Basilia, con sus ochenta y cinco años, estaba fresca y su mente comenzó a discurrir en ruidos y voces que había oído esa semana. ¡Nada importante para el caso! Modesto y Jessica, de tan sólo noventa y dos años él y noventa ella, estaban tan asustados que no recordaban ni sus nombres. La cuidadora de los ancianos, los protegía de cualquier torpeza externa. No pueden molestar a mis "viejito", perdería el trabajo y los hijos que viven en Toronto, me dejarían en la calle. Rebeca, era la más joven. Setenta y seis años, con una memoria envidiable, sólo atinó a nombrar a los dueños de los pisos de su zona, el color amarillo, donde solían vivir estudiantes extranjeros.  

Sobre el sector donde había ocurrido el hecho, no sabía nada. No conocía a sus vecinos. Del sector azul, solía aparecer un hombre rudo, con dos niños. ¡Y sí, allí había ocurrido el estropicio!

El inspector Tremplay, experto en serpientes, fue directamente al departamento de dicho inquilino o dueño del piso diez. Allí, sacaban las dos bolsas con los cuerpos de los niños. Noah de cuatro años y Connor de siete. En una jaula especial, los peritos y veterinarios, con la consabida discreción retiraron el animal. ¿Y dónde estaban sus padres? Preguntó la comisaria Brunswick. Un titubeante subalterno, dijo que los padres estaban mirando un partido de béisbol en el segundo piso. Nadie había oído nada. Excepto el griterío de los que esa noche con varios "tragos" en su tiempo deportivo, arengaban a sus jugadores favoritos.

¡Revisen por dónde pudo entrar el asesino! Se empujaron dos de los ayudantes para dar un paso atrás... ¡Puede haber otra igual o acaso no andan de a par? La mirada del inspector echaba fuego por sobre los ayudantes. ¡Son unos cobardes y ya se ubican para averiguar por dónde ingresó el bicho! Llegó el padre. Lloraba como un niño abandonado en el infierno. ¿No sabe decir de dónde pudo venir semejante monstruo? No. Un hilo de voz cascada por el dolor y la vergüenza, le impedía hablar con dignidad.

Mi mujer está en un centro de salud y sólo me echa la culpa porque los dejé solos. ¿Quién iba a pensar lo que ha ocurrido? ¡Quién puede ser tan tortuoso que tenga en un departamento normal semejante animal? Nadie. Una persona como nosotros, que siempre trabajamos en nuestras oficinas, dejando a los niños en la guardería, no tiene ni un periquito de color. ¡Ese infame, tenía ese bicho en su casa como cualquier "perrito o gatito"!  Jamás hubiéramos imaginado ni dudado de la seguridad de nuestro hogar.

¡Inspector... venga, creo que la pitón, ingresó por el techo, usando los conductos de la ventilación! Una locura. ¿Desde qué departamento vino? A inspeccionar cada piso y departamento. De pronto se presenta un extranjero y exclama. La pitón es mía, yo soy el dueño y reclamo que me devuelvan a Karly, yo la cuido desde que era una pequeña serpiente. Es parte de mi vida. ¿Qué ha hecho esa picarona? 

Señor queda usted detenido, su "bebé, de 45 kilos ha caído sobre dos niños matándolos con un abrazo mortal. El hombre se desmayó, cayó rotundo sobre el piso del corredor que separa los departamentos. El enfermero lo asiste y abre los ojos asustado. ¿Qué voy a hacer? Enfrentará un juicio por tener un ser vivo sin los permisos del gobierno y ya verá usted la demanda de los padres. El grupo de la policía juntó todos los posibles elementos que sirvieran para el juicio. La bestia quedó prisionera junto a su dueño.

 

Sólo quedó un osito de peluche caído cerca de la camita donde había caído la pitón africana. Afuera del edificio los periodistas y camarógrafos, buscaban saber más sobre el hecho "insólito" ocurrido en ese pacífico centro habitacional.  

LA HERRERÍA

 


La discusión llegaba hasta el cobertizo de los trastos. La pobre Aurelia hacía los últimos esfuerzos para parir. Ya lo había hecho desde que su madre la casó con Emeterio, el herrero a los dieciséis años. Este era el noveno niño que llegaba al mundo y parecía fuerte, más fuerte que los dos anteriores.

Una resistencia más y apareció una niña. ¡Por suerte una fémina! Era la tercera mujer entre seis varones. La discusión aumentó. Se tiene que llamar como la abuela Narcisa…; no como la Asunta, la madrina de Emeterio…; no como la tía Julia.

El ir y venir limpiando todo no despejaba el ambiente húmedo y oloroso a menta y albahaca que ponían en el piso tosco de la habitación. Y alcanfor por la llegada de la niña. Entró Emeterio y al ver la creatura dice: -Igual a la Tía Eufemia… y a la pobre le quedó ese nombre.

La mirada triste de Aurelia se detiene en los mellizos. Tienen dos años y están hambrientos, nadie los ha mirado y son tan buenos que no tienen lágrimas para el hambre de amor y atención. Llama a Clara, la pequeña de diez años, su primera hija. Esta llega apresurada, está cocinando una gallina en la enorme olla de hierro en el fogón. Sacó unas brasas de la herrería. El joven ayudante, le ayudó.

La niña mira a los pequeños, que deambulan entre el camastro de la madre y la puerta del único lugar donde no hay tanto ruido.

La “mujercita” como ama de casa precoz, le acerca a su madre un tazón con caldo y carne desmenuzada, zanahorias y apio (cosechado al amanecer); y toma a sus hermanos y los lleva a la mesa primitiva donde desmenuza pana en caldo con patatas pisadas y les da de comer.

Lo hombres, Emeterio y Salvador, el ayudante con los tres hijos pequeños de la familia, van cerca de la fragua y la bigornia, trasuntando los encargos de clientes exigentes del pueblo.

Salvador es un ser que deja perplejo a los vecinos. Joven alto y desgarbado, pero de fueraza increíble con la masa. Callado pero despierto. Atento y creativo. Serio y bonachón. En el pueblo le dicen el “Rojo” o “Colorado”, es el tono que adquirió junto a la forja. Servidor imprescindible y estoico. Columna vertebral de la herrería.

De pronto, aparece Clara y llama al padre. ¡Mamá duerme desde esta mañana! No la podemos despertar. ¿Será normal? Esperen, déjenla descansar y si no despierta me avisan, hay que entregar cinco trabajos al comendador. Marcha la “madrecita” y ocupa el espacio obligado por la circunstancias. Las matronas y vecinas ya se fueron y ha caído un manto gris azuloso sobre la casucha. La luna invisible no ilumina y un viento chillón arremete por los huecos de puertas y ventanas. Clara tapa como puede cada orificio.

Esa noche, crispada por la falta de apoyo, Clara apenas duerme. Su madre no despierta. Un hálito sutil la muestra viva. Pero el sueño profundo confunde a la inocente. ¡Padre mamá no despierta!

Ha pasado un día y nada cambia. Emeterio se acerca y la llama, no contesta. Un dolor y angustia acomete su alma. ¿Dime niña, tu madre te dijo dónde hay billetes? Clara duda. Sí, su madre le indicó un secreto rincón tras los trastos de la cocina. Iré al pueblo a buscar un médico.

La niña prende del pecho adormecido de la madre a Eufemia. Mama, la leche brota suavemente de la copa rosácea de la durmiente. Luego la muchacha, saca de una lata unos billetes de los que cree son más valiosos y se los da a su padre. Éste la acaricia y por primera vez la alza, abraza y besa en la frente y ambas mejillas. Una lágrima asoma por sus ojos verdes. Y una sonrisa tibia aflora de sus labios. ¡Es la primera vez, que ella recuerde! Queda Salvador a cargo de los chicos en el taller, sigue cuidando a tus hermanos pequeños y a tu madre. Yo voy al pueblo. La jaca bien cuidada, brilla su pelaje marrón y ocre, las crines peinadas y chispeantes, se alejan por el camino a la ciudad cercana.

El médico, único en ese pequeño caserío, tiene una docena de pacientes que esperan en la sala y dos o tres en la vereda. Emeterio ingresa y habla con la ayudante; una matrona regordeta y amable que transmite su pedido al galeno. ¡En cuanto termine de solucionar  la salud de los que esperan, irá en su tílburi a la casa del herrero!

Llega la noche y a lo lejos se vislumbra el antiguo coche del médico. El caballo se detiene frente a la casa y Salvador toma las riendas y lo engancha en un aro forjado en la cerca de la veredita. Al ingresar siente un extraño perfume que ya ha olisqueado en otras habitaciones. Era un débil aroma a magnolias y damascos. No tenía parangón con la realidad de austera pobreza de ese hogar. ¿Adónde advirtió esa fragancia espectral?

Se acercó a Aurelia, dormida profundamente y entregada a un mundo fantástico y onírico desconocido para el médico y los hombres. Clara le entregó la única toalla de lino blanco que guardaba su madre para los bautismos.

El Galeno tornó a levantar el cuerpo leve de la mujer y apoyando el oído al los pulmones escuchó curioso un sonido rítmico de la respiración, los latidos algo desordenados y un dejo de inercia impecable. ¡Emeterio, tu mujer duerme! Y creo dormirá un tiempo porque está tan agotada que no tiene fuerzas ni para abrir los labios. Le daré un tónico bebible y le darán sopa de ave todos los días donde se cocinen hierbas que anotaré en este papel. ¿Sabes leer? Entonces búscalas tú mismo en el bosque.

Ella despertará un día como si fuese ayer. A la pequeña, la amamantará mientras pueda, luego me avisas y te conseguiré una mamila de vidrio y les enseñaré cómo deben tratarla. No me pagues hoy. Sales de un momento muy difícil. Está bien dame dos billetes solamente. Ven niña. ¿Cómo era tu nombre? Ah, si, Clara. Será un honor ser tu maestro en estos menesteres.

El  tílburi se aleja en la noche nebulosa. Y los pájaros arrullan el sueño de Aurelia y el llanto de Emeterio. Alrededor del hogar esperan, cada uno de los habitantes, que al amanecer la mujer despierte. Cada cual piensa cosas diferentes, sólo la pequeña Eufemia duerme sin saber lo que sucede en ese caserón de la herrería.

   

EL FAMOSO ACTOR


 

                                 ¡Sano está, Betsy, aún vivo, aunque con permanente tratamiento psicológico! Luego el regreso al infierno. Ella se fue al campo con los chicos; le solía llegar con estrellitas de televisión, modelos y hasta campeones internacionales. Le traía como siempre dinero a caudales y joyas...en fin los autos eran modernos y ágiles.

                                  Partía, dejando la rara sensación de un tornado, donde los rayos de sol atravesados de oro...y fulgor marcaban de olor a perfumes francés que atrapaban el olor nauseabundo al hashid o el opio. Hace unos  días la golpeó la noticia que vino a su tranquilidad como el volcán ardiente del horror.”El playboy, había matado con su Ferrari una familia de cinco personas”. La policía cuando llegó sorprendió al hombre con una despampanante travesti, totalmente dormidos por la dosis...

                                 ¡Ahora lloras y gimes como un animal acorralado entre el lujo, la lujuria y la caída, que será aún más dolorosa!

                                  “Recuerda que Dios no ha muerto”, como tu sueles decir a viva voz cuando en medio del glamour de tu fama, de los flashes, de fotógrafos y paparazzi, la lluvia  de billetes que trae y lleva el uso y tráfico de drogas, vociferas como llamando a los dioses...y al destino. Pensó.

                                   Cerró la puerta  del automóvil y se quedó llorando. ¡Al final lo habían condenado! No bastó todo lo que les habían pagado a los abogados penalistas. Un enjambre hambriento de flashes y micrófonos; seis cuervos los había rodeado como una gelatina ácida y pringosa. ¡Culpable! ¿El más notable de los medios para lograr la representación de los famosos? El, con su aplomo de modelo de pasarela, que atraía como luz a las, mariposas del yetset, esas muchachas (cada vez más jóvenes) que con cuerpo de vestales y caras de muñecas de porcelana, se abrazaban a su fama y su dinero. Ahora preso en la  cárcel... ¿Con los presos comunes? No lo soportará, pensó y se tocó los anillos de esmeraldas y brillantes que le habían regalado cuándo les nació la    primera  hija. Recordó a esa pequeña... había nacido discapacitada y a las pocas horas había muerto. El médico sentenció... “Es por el uso de cocaína, efedrina y heroína, que la bebé  nació sin cerebro...” Lloró mucho, pero adoraba a ese hombre que la  llenaba  de joyas, pieles, fiestas y viajes a lugares de ensueño. Es cierto pensó, secándose unas lágrimas de plomo derretido que le caían heladas por la cara agrietada por la  angustia, muchas veces tuvo que huir de los golpes cuando él, estaba ido. Luego vino un descanso. Fue cuando lo denunciaron por primera vez, había violado a una menor y el no recordaba nada. El juez ordenó su internación. Vinieron algunos años hermosos. Nacieron los dos hijos sanos.

                                         El coche se deslizaba por la gran avenida. Iría a buscar al hombre con más poder del país, que sería quien los ayudaría en este momento. Sí, seguro que la recibiría como siempre en el salón azul-dorado. Seguro que tomaría el teléfono y con dos o tres palabras al juez, quedaría internado en una clínica por demás conocida; sí, seguro que los medios suavizarían la agria historia... con suerte y el dinero, siempre habían comprado tanta gente.

                                           Ya se acercaba el automóvil a la gran casa..., le llamó la atención el poco movimiento y el silencio. Paró el chofer y se les acercó un hombre de vigilancia. Lentamente bajó el vidrio de la ventanilla. El uniformado se acercó luego de hablar por radio.

                                           ¡Lo siento señora, el presidente, no la puede recibir... y ruega que no lo importune!

                                            ¡Arranque, vamos... miró hacia el cielo y vio un sol, anaranjado y rojo sangre! Y vio un sol, que se ocultaba ostentosamente entre las nubes... ¡Dios se ha despertado, pensó!

                                          ¡Ahora tendrá que ocurrir un milagro... cerró la ventanilla, también los ojos y comenzó a rezar!

 

 

 

LA ESPERA

 

 

Tuvo que regresar por la calle sedienta de gritos mañaneros. Se quedó sin trabajo. Cerró el negocio donde él, trabajó tanto tiempo. Lloraron juntos el patrón y ellos. Cada uno se subió a la pena. ¿Qué hacer ahora?

El barrio es digno y los que habitan sus hogares, gente toda de hombros trajinados. Manos con callos y cicatrices viejas. Mujeres de batón y delantal de lienzo. Harina. Lentejas y arroz hervido.

Rubén se baja del tranvía como aspirante al paredón del hospital de enfermos incurables. Su traje gastado y los botines viejos. Algunas canas y sombrero negro.

Quedarse sin trabajo lo destruye y una lágrima se desliza por su rostro afeitado esa mañana. Usa el pañuelo. No quiere que lo vean. Pasa el diarero voceando las noticias. En Europa hay guerra. Estallan los corazones sensibles como cuerdas de un violín maltratado. Han escuchado las historias de los ancianos que vinieron de otras batallas increíbles. Hambre y sudor. Estiércol y metrallas. ¿Qué dirá Mariana cuando lo vea entrar? Habrá silencio. Luego llanto y tristeza. ¡Esa secular tristeza!

Sigue caminando como si en los pies se le hubiera pegado un pedazo de plomo en cada suela. Mira el cielo que comienza a estallar en brillo de sol caliente. ¡Gracias a Dios los chicos ya crecieron! Cada uno el su casa y con estudio. Se saca el sombrero y le entrega el rostro al sol. Se va acercando a su casona, a su hogar donde Mariana espera. Lo detiene un vecino para hablar de sus problemas. Toman un café en el bar de la esquina. El escucha en silencio. Pasa el tiempo. Total, su regreso es impensado a esa hora.

La cucharilla tintinea en cuarto café que bebe. Y las luces s e van encendiendo, cae la tarde. Sale. Un abrazo fraterno con su amigo. Camina.

El hombre solo mira el callejón sombrío. Hay un silencio mitigando el bandoneón lluvioso de nostalgia. ¿Mañana? La espera.

 

LILA

   

“Cae lentamente al estanque, donde los nenúfares le hacen bromas a las libélulas que copulan para continuar con la vida” Anónimo.

 

        La pequeña Lila va dejando esa edad, cuando no se ha vivido sino una niñez tranquila y festiva. Al cumplir los once años, su amada Edelmira, madre del corazón, comenzó a tener esa tos pertinaz y dolorosa, que la derrochaba sobre blancas sábanas y almohadones orlados de puntillas. Comía poco y dormía mucho. Su piel se transformó en un frágil alabastro suave, a veces ambarino, a veces por las fiebres y calenturas de un encendido color encarnado. Una fina pedrería de sudor, refrescaba su arrebol. Cual rocío matutino cada prenda que cubría su escuálido cuerpo humedecido, el satén y las sabanillas. El ralo cabello otrora dorado, era una mata selvática que desparramaba sombría, desdibujada y pajiza.

        Lila la veía como se iba deshaciendo día a día. Casi como una hoja transparente de seda, o de esas que se colocan entre las hojas de los libros y semejan un encaje ocre, simulando ser hoja, simulando ser un tul de finísima estructura. La amaba. Espiaba cada momento sus convulsiones que comenzaron a ser cada minuto más cercanas y terminaban con unas gotas de sangre. Los ojos hundidos y condecorados por medialunas violáceas.

        Su padre, Alcides Morelos, la había traído cuando Lila apenas daba unos pequeños pasos para caminar, y ella, le dio la mano y el amor de una madre inexistente. Nació del amor de ellos, un muchachito de cabello negro, ojos oscuros y rebelde. Creció jovial y dislocado. Reía y rompía cada regla, cada voto, cada reflexión que quisieron inculcarle, en la casa era infrecuente verlo sentado a la mesa, dormir a las horas apropiadas y en la escuela duró tan poco que apenas aprendió algunas letras y números del ábaco.

        Siempre el padre observaba a ese muchacho díscolo y mal aprendido, con desconfianza. Y sí, un día se escapó llevándose una jaca brava. Tenía apenas doce años. Lo trajo un juez, con un moretón en la mejilla y un brazo fracturado. Sin caballo y sin zapatos. El padre, pagó la deuda de los destrozos que había hecho en el pueblo y lo encerró una semana en la alcoba. Lila le llevaba en escondidas algunas confituras y limonada fresca.

        Salió más tranquilo, pero… lleno de ganas de vengarse. Edelmira murió. Su esposo, lloró sobre el cuerpo triste y el corazón vacío. Lila lloró a su lado y juntos la llevaron bajo el jacarandá que ella amaba.

        Cuando el muchacho cumplió quince años, su padre fue a buscar un cargamento del puerto y se quedó dos meses, esperando el barco. Cuando regresó encontró a Lila con el rostro sombrío. Callada y triste. Creyó que extrañaba a Edelmira. Pronto supo que la muchacha estaba embarazada. Su hermano, la empujó por la escalera y el niño murió sin nacer.

        Pasó un tiempo en que el padre trató de saber quién era el padre de aquel vástago. La niña callaba. Cada momento más taciturna y esquiva. Su hermanastro la miraba con dureza y presagio de golpizas. Ella cumplió quince años y el muchacho catorce. Lila le rogó a su padre que la dejara marchar de la casa a un convento. No era posible que la aceptaran si sabían del embarazo y pérdida. Se transformó en un fantasma en vida. Cada noche, encerrada en su alcoba, espiaba por una hendija cuando su hermano pasaba rondando por los pasillos como gato silenciero.

        El padre necesitó marchar nuevamente al puerto y cuando regresó, ella nuevamente estaba encinta. La duda ya no era duda, claramente era el muchacho el causante de ese destrato. Golpeada y arrastrando su pudor adormecido, llegó a término. Nació una hermosa niña. El muchacho, en la noche, la tomó cuando Lila dormía y la llevó al río y allí la arrojó sin el menor dolor.

        Los gritos despertaron la casa. ¿Dónde está la niña? ¿Adónde y quién me la ha quitado? La risa descontrolada del muchacho dejó a todos boquiabiertos. Un malvado demonio vengativo. Un truhán. Un asesino.

        Con quince años había sido capaz de abusar de su hermanastra y matar su hijo. El padre tomó la escopeta y sin pensarlo mucho, lo corrió por el campo y lo acribilló cayendo, este, sobre el trigo dorado que ya maduro, quedaba mojado por la sangre de quien fuera de su propia sangre.

        Dicen los lugareños que al día siguiente Lila flotaba en el estanque junto a las libélulas y flores de pétalos blancos.   

 

 

CERCA DEL CIELO


 

En Los Hornillos, se hablaba del cierre de la única bodega de la zona. ¿En qué trabajaría la gente simple con sus familias pobres? ¿Qué ha sucedido con sus dueños?

Eran buenas personas venidas de un país lejano donde se trabajaba mucho y se hablaba poco. No sabían el idioma del país y apenas podían darle órdenes a los obreros y ayudantes. Pero siempre generosos y justos en el pago en las cosechas y laboreo de las tierras. Esa tarde se avecinaba un suave viento del norte que calentaba la zona. El invierno había sido crudo y poca gente había venido de vacaciones a las playas aledañas.

En la colina, como gran atracción se veía el edificio de la bodega y la casa de sus dueños. De una arquitectura italianizante, mezcla de otras ideas de los constructores, se alejaba de una construcción maravillosa. Era bastante sólida, pero de aspecto desordenado. Igual, la bodega era una atracción para los que buscaban curiosidades y dicha bodega, sí, que las tenía. Sus exquisitos vinos.

El joven Lucas, curioso y despistado, comenzó su fajina diaria encomendada por el concejal de la municipalidad. Limpiar los alrededores de las playas y zonas de turistas. Sacar cuanto trebejo descartaran los viajeros y cuidar la limpieza de asientos y veredines.

Caminó por la playa hacia el sur. El sol estaba presente y la suave brisa, le despejaba el largo cabello que cubría desenfadado el rostro. Fue juntando algunas botellas, papeles y hasta pequeños guijarros que no entendía porqué la gente dejaba debajo de los sillones de descanso. Su bolsa ya estaba casi llena. Se sentó y bebió agua de una cantimplora que le entregaban en la muni. Así le decían en Los Hornillos al municipio. Las olas estaban alteradas, se sentían un pequeño fluir de agua salada en el rostro, pero eso era una alegría para Lucas. Pasó Aníbal por la vereda y le hizo una mueca. ¡Lo sufro, pensó el muchacho, es un idiota! Regresó con su bicicleta y le propuso hacer una suerte de carrera por la zona. ¡Ni pienso, tengo mucha tarea por hacer! Vete, yo seguiré con mi trabajo. Aníbal, malhumorado salió como un ave despedida por la playa.

El mozalbete, siguió con su tarea. Ya había avanzado varios metros, cuando entre la arena, vio un brillo singular. ¿Qué habrán tirado allí? Caminó derecho hasta donde deslumbraba un pequeño pero interesante objeto. Escarbó la arenisca y salió a la luz un anillo hermoso, cuya piedra parecía una lenteja de mil colores. Él, nunca había visto algo así. Lo limpió de arena y se lo guardó en un bolsillo envuelto en un pañuelo de aspecto dudoso. Con eso el limpiaba sus manos y rostro sudados y sucios.

Regresó sobre sus pasos. ¿Qué haré con el anillo? Se lo muestro al jefe y me lo quita diciendo que es de tal o cual. Si le digo a mi padrastro, me lo quita y se lo juega en el bar de Zair. Se lo mostraré a mi vieja. Ella si, sabe de estas cosas.

Llegó a su pequeña vivienda y encontró a su madre lavando en un fuentón como si estuviera dejando pedacitos de pulmón. Jadeaba. ¡Madre, mire lo que me encontré en la playa! ¿Qué es esto? No sé, pero luego que termine iremos a la casa de la bodega, seguro doña Sara sabrá decirme de qué se trata.  Esperó mientras descolgaba un botellón de limonada por su garganta. Ya fresco y cambiada de ropa su madre, salieron rumbo al alto donde se mostraba airosa la casa de los dueños de la bodega.   

Llegaron con unas fuertes ráfagas que hacían volar el delantal de la buena mujer y el cabello de Lucas. Golpearon y al rato, abrió una anciana. ¿Qué necesita? Ver a doña Sara. ¿Para? Eso déjemelo a mí, yo hablaré sólo con ella. Está descansando. ¡No importa, usted la llama y yo le digo por lo que vengo! La anticuada aya, dejó entre abierta la puerta y ambos intentaron descubrir los adornos y muebles de la casa más rica del pueblo. Así, curioseando los encontró la señora. Adela, ¿qué la trae por acá? Perdone señora, pero mi hijo ha encontrado en la playa un anillo y queremos saber si es de algún valor. Sacó Lucas la alhaja y se la mostró. La mujer pegó un respiro y se sostuvo en el marco de la puerta. ¡Vaya anillo que encontraste muchacho! Debe ser el brillante más grande que ví en mi vida. ¡Y he visto muchos, antes en mi país!

Vengan, entren. Llamaré a mi esposo. Salió la dama por un pasillo y abrió la puerta de un escritorio, donde estaba el hombre de la casa. Demetrio venga por favor. Tengo algo que mostrarle. Frente a Lucas y su madre, el robusto caballero se acercó y abrió la mano para ver el objeto que brillaba en las del chico.

¡Dios mío, dijo y se apoyó en el respaldo de un sillón! Tartamudeaba, se secaba el rostro con un pañuelo de lino, se desprendió el cuello de la camisa y terminó sentándose en la punta de una silla. ¡Es un anillo que... bueno, tiene mucho valor! La señora Sara, lo miró sorprendida. ¿Cómo sabes tú el valor de la joya? Es que, es que... no podía hablar; las palabras se le enredaban en la garganta. Creo que lo ví en la vidriera del joyero del pueblo vecino. Tendré que ir hasta allá para preguntar de quién puede ser.

Todos lo miraban asombrados ya que siempre el bodeguero era tranquilo y muy callado. ¡Iré contigo y con Adela! No, imposible. ¿Porqué te ofuscas tanto Demetrio? El hombre se descompuso y hubo que llamar a la servidumbre para que ayudaran a llevarlo a su dormitorio. Lucas los siguió pero no entendía qué le había pasado.

¡Mañana, bien temprano venga Adela, cuando él descanse, iremos a Maximiliano Bustos, el otro pueblo y así el joyero nos dirá! Un ayudante los acompañó hasta el vestíbulo y salieron sin antes dejarle el anillo en custodia a la señora de la casa.

Cuando llegó al dormitorio, don Demetrio lloraba. ¡Qué te pasa hombre? Nada, mañana lo sabrás, déjame dormir. Salió la mujer asombrada. Nunca había visto tan afectado a su marido. Al rato, sintió que hablaba por teléfono con alguien, un susurro que apenas se oía. Carolina, mi amor... apareció el anillo que te di en nuestro aniversario. Lo encontró un muchacho en la playa. ¿Cómo lo perdiste? ¿Cómo? ¿Lo tiraste a propósito? Y yo que estoy en gran apuro con la bodega... Sara entró y le dio tremenda bofetada en pleno rostro. ¿Conque tienes una amante? El teléfono cayó y se sintió la voz de una mujer del otro lado: ¿Crees que me importa tu estúpida bodega? Yo, amo a tu hijo y él, quiere casarse conmigo. Es joven y soltero y tú, eres un anciano.

Sara se sentó y enfrentando a su marido le dijo: ¡Creo que tendremos que hablar con nuestro hijo! Esa canalla te ha sacado dinero y se lo sacará a él si no le dices la verdad. Mañana, lejos de ir al joyero, le irás a dar un dinero a Adela y a Lucas y luego a buscar a nuestro muchacho, que anda con una zorra.

Demetrio, se quedó callado. El hombre desvastado, hundió su rostro en la almohada y sollozando se acurrucó sobre sí mismo. Adiós a su tranquila y bella vida. Sara nunca lo perdonaría y sabía que su hijo tampoco. Al día siguiente sacó el auto, fue a la vivienda de Adela y le dejó un fajo de dinero. Luego salió a toda carrera por el camino y se despeñó en los acantilados lejos de la playa. Nunca estaría cerca del cielo, su pecado se lo impediría.  

lunes, 24 de agosto de 2026

DE CACERÍA

 

            Lucio, Marcos, Leonardo y Jorge, decidieron hacer un viaje al sur de la Pampa para hacer un fin de semana cazando. ¿Por primera vez las esposas aceptaban que fueran juntos en la casa rodante de Marcos! Ellos no sabían que ellas tenían planes propios. Usarían ese fin de semana sin esposos para ir  de compras, a la peluquería y comer en algún restaurante de moda. Todos ganaban, ellos no tener que despertarse temprano para ir a sus trabajos y ellas hacer esas cosas de “mujeres” que ciertamente molestaban  a los maridos.

            En la camioneta se acomodaron con tantas cosas que parecía que iban a dar la vuelta al mundo. Rosita, les había preparado sus codiciadas tortitas con chicharrón y las puso en una caja de galletas, que cuando quisieron acordar quedaba la mitad. ¿Eran tan ricas! Partieron bien temprano al llegar a Desaguadero, no advirtieron que en la otra cabina venían los “nuevos” esos que había invitado Leonardo y que no conocían de antes de esa expedición. Lucas pidió que lo cambiaran con el otro grupo para ir chequeando qué tal eran.

            Charló un rato y cuando andaban ya por el campo traviesa, por una de esas rutas de pura tierra, uno de los que viajaban sacó un revolver y disparó a una liebre que corría como libre, no más. ¿Buen susto y bronca se llevó Lucas, tenían por costumbre no llevar armas con balas en la cabina! Puramente por precaución.

            “Las armas las carga el Demonio y la descargan los tontos” decían en cada cacería.