lunes, 14 de septiembre de 2026

COCO, EL CABULERO

 

El Coco desde chiquito se mostró “cabulero” o como decía la tía Pepa, le encantaban las cábalas. Hincha furioso de Boca, era Xeneise desde la médula. Cuando el padrino lo llevó por primera vez a la cancha, fue tal la emoción que se meó encima y eso que tenía siete años. Pero ese estadio era como el paraíso que le contaba su abuela Hermelinda, donde los ángeles juegan entre nubes. Allí jugaban otro tipo de ángeles, más duros y pateadores. En el segundo tiempo iba perdiendo Boca 2 a 0 con Atlanta. Y él, lloraba. El tío lo sacó de los pelos y le dijo que nunca lo volvería a traer.

Pasó el tiempo y con doce lo llevó a un partido de la final entre River y Boca. Camiseta, gorro y corneta azul amarilla. Y el “famoso calzoncillo” que le regaló el abuelo Pancho.

Casi, casi cuando faltaban tres minutos para que sonara el silbato, hicieron un gol los Xeneices. Y con un tiro libre el 10 metió un bombazo en el arco por izquierda. ¡Un milagro! Empate. Pero… dieron unos minutos por descuento del segundo tiempo y el “Pibe Arnoldo” cazó el “fóbal” y gambeteó entre las piernas rojiblancas y llegó con tiro de esquina y: ¡Gol! 3 a 2. un triunfo final.

Coco esta vez lloró de amor. Sí, lloró abrazado a un gordo que tenía al lado y que lloraba como él.

A partir de ese día tomó todas las precauciones: el calzoncillo, el gorrito, la camiseta y los zapatos fueron sus soportes para cada partido. Y por casualidad o por esas magias del fútbol, Boca llegó a primera varios años consecutivos.

La madre, doña Chola, tenía que escarbar en la mugre de la habitación del Coco para encontrar las prendas y lavarlas, cosa que para el muchacho era una causa de desgracias inevitables. Y así casi transparentes llegaron al final de un campeonato nacional y al mundial. ¡Ya no era Boca, era la Patria! Era su existencia. Era como su sangre que fluía por el pasto verde en color albiceleste. Un día cuando llegó del taller, encontró a su madre llorando en la puerta de la casita. Habían entrado unos tipos y “barrieron con todo”. ¡Nene se llevaron tus trapos, los de la cábala! Y tuvieron que llamar a la ambulancia, porque al Coco, le dio un infarto.

 

ODIO EL FÚTBOL

 

¡Odio el fútbol! Pienso que por culpa de ese juego, los jóvenes de hoy se embrutecen. Cuando digo eso me quieren linchar. Lo entiendo. Se mueve tanto dinero alrededor de ese deporte.

Justo ahora que va a haber un Mundial, prendes la tele y ¡qué hay?: fútbol, los anuncios comerciales se la rebuscan y te meten el balón hasta para vender una galletita, los modistas del mundo crean ropa inspirados en el fútbol. Hay cocineros que preparan platos con color, forma y sabor a pelota de… fútbol. Ni te digo, Martina, que hasta he visto que los mejores grupos musicales se hacen matar para crear una pieza que represente a… los equipos de las ligas de cada país. Gente que se queja que no tiene ni un peso en el bolsillo, anda buscando dinero de países del continente europeo como rublos, euros, dólares, yenes y qué se yo qué, para poder ir a ver el…fútbol.

Nadie habla de otra cosa que de lo caro que salen los pasajes para el mundial, de qué van a comer, cómo será el clima en el fin del mundo donde se juegan los partidos y bueno… ni hablar de la venta infernal de banderas, camisetas y gorros con los colores de los países que participan.

¡Pienso, ¿están todos tan locos o idiotas que no piensan en trabajar, estudiar o disfrutar de otra cosa? ¡Pero no, veo que el raro soy yo! En la oficina me miran rarísimo. Creen que soy homo fóbico y en realidad soy “futbol fóbico”. Soy el “Rara Avis” de los mediocres que no aman el deporte popular. El resto son los normales. Hacen apuestas, se pelean, discuten, se creen que van a cambiar el mundo con el balón.

Yo les digo: “¿Che, cuando todo esto pase, se termina el hambre en el mundo, en África tendrán más agua en los pueblos alejados, lloverá en el Sahara cada diez minutos, no se quemarán más los bosques, se terminará el recalentamiento mundial? Y a que no sabés, me han llegado a tirar con una carpeta y no te puedo pronunciar las palabrotas que recibo. Me ha dicho sádico, estúpido y bueno de todo lo imaginable.

¡No, no me digás que te gusta el fútbol, que te vas al mundial! Perdóname  Martina pero acá termina lo nuestro, yo no me pienso casar con una mujer que deja su facultad para ver un mundial de fútbol… porque el día que tengas un hijo, capaz que se muere porque vos está pegada al partido entre “Las Toninas y Palmera Azul” de la concha de la lora. ¡Salí! Me ofende tanta estupidez. Pásame ese libro que me voy a poner a ver dónde carajo es este nuevo mundial.

 

UN ÁNGEL INQUIETO

 


 

El ángel suspiró y un millón de luciérnagas escapaban de sus labios de pulpa de damascos. Se miró reflejado en el charco plateado de la fuente. Ya no era un niño. Se deslizó por el césped y era como una mariposa de escarcha engarzada en hilos de rocío planetario. En el tiempo infinito de los ángeles había transcurrido en un instante y se volvió a mirar. El perfil de su cuerpo parecía la costa de un río sereno de los llanos en flor. No pudo esconder el plumón rebelde de su ala izquierda, esa que tremolaba cuando veía a la ninfa de mármol de la fuente. Volvió a suspirar y salieron volando pétalos de flores de colores amarillos pálidos y fuertes. Se había enamorado.

PIEL DE ESCAMAS

 


Rueda por la piel caliente, escamas, trozos de tu boca

Un trozo

Atraviesa un océano de duendes

Sin manos

Atropellando el cielo.

Un sol que estornuda en la nuca de la luna

Un brazo se apoya entre los dientes

Frustrado

Mi piel se derrite con el aliento

Dormido de verano

Sobreviviente en las laderas de mis sueños quietos

Los ojos que desparraman flores de naranjo

 

Se caen, despertando a la mujer que espera

Con su vientre de tierra sin semillas

Cae, sosteniendo las alas de un arcángel de hielo

Cae , protegiendo las nubes de mariposas azules

Rueda por la piel de mi conciencia el dolor de ser mujer

En un mundo cualquiera.

Un hombre que cada día se despierta, abre la puerta

Sale triunfante a triturarte, mujer.

Por eso, rueda sobre mi piel escamada una lágrima

Lágrima libertaria que cae.

 

ANTROPÓLOGO

 

Pisé tontamente seguro sobre unas piedra clara que sobre salía de la tierra. Ya no se podía ver bien pues el sol se había ocultado tras la montaña y un rumor de ranas crecía con el crepúsculo algo crujió vago mi pie .la piedra que pisé, ¿Se había quebrado? Cayó rodando por la cuesta conmigo que golpeaba cactus, garrías y molles. Cuando por fin pude asirme a un matorral, me tome de un palo que sobre salía. Creí que por fin la raíz de un piquillín, mi insidia seguir hasta la profunda hondonada. Me quedé trastornado por el dolor punzante de las espinas y magulladuras de piedras afiladas que removían mi piel bajo la ropa rota. Quedé en silencio un momento. Hasta las chicharras nocturnas quedaron en silencio. Era su protesta algo rozó mi espalda. Sobresaltado me volví. No había nadie. Nada se movía. Volví sobre mi cuerpo para sacarme algunas espinas que como aguijones me dolían, a mi lado me miraba una sonrisa antigua desdentada. Era la calavera quebrada que había caído junto a mí cuando di el mal paso. Torné para mirar la raíz de la que me había sostenido y era un frágil fémur seco, blanco que me daba un saludo mudo.

Nuevamente sentí que algo o alguien se acercaba y sutilmente me acariciaba la espalda me di vuelta. No había nadie esta total mente histérico. Sudaba copiosamente. El pelo se me había trasformado en un puerco espín sudoroso. De repente una luz imponente iluminó la penumbra nocturna. Allí, atrás de mí un hombre de estatura descomunal, con una larga cabellera cana e hirsuta, una barba pilosa, me alumbraba con su linterna.

Sus ojos inyectados en sangre se perdían en unos colgajos de piel arrugada. El alcohol hacía estragos en esa piel amoratada. Más que hablar gruñó con sonidos guturales unos insultos. No se cómo, ni de dónde saqué fuerzas y salí corriendo cuesta abajo. Detrás me seguían los gritos impropios del vagabundo que me tiró por la cabeza la calavera y los huesos. Cayeron en una lluvia y interrumpida sobre mi cuerpo magullado.

Con mi juventud pensé que nunca más iba a vivir una aventura escalando sin ayuda y compañía. Ahora a los cuarenta y cuatro años de profesión de antropólogo, estudio en ese viejo cementerio indígena y se que cuando en mi la necesidad de saber sobre esto que brilla en mi mano un cráneo indígena que brilla con luz del sol.

 

OSCAR EN CAMINO

 


La luna se dejaba desplomar sobre la ruta. El brillo era de una lujuria misteriosa y dejaba pasar una bruma que se deslizaba como serpiente salvaje el camino.

Bajo la ventanilla del Mercedes y dio unas fuerte aspiración al cigarrillo. Se le alborotó el pelo con el aire húmedo. La noche avanzaba y tenía que llegar a la casona. ¡Recordó la conversación previa la cita! Recordaba cómo guardaba la misma ternura que había tenido en las conversaciones de la noche de vino y besos. Conversaciones nocturnas y atrayentes. Rememoró la piel húmeda y el cabello suelto cayendo sobre los senos suaves de Lorena.

Miró si tenía combustible suficiente y comprobó que Tania le había usado el auto esa semana. Tenía poca gasolina y mucho deseo de alejarse. Buscó en su memoria, un lugar dónde podría resolver el problema... un lugar donde llenar su tanque. Recordó una villa cercana y giró en la carretera. Lo cegó la luz de otro vehículo que venía detrás y comenzó a derrapar y hacer maniobras para evitar el choque. Cuando pudo detenerse, se dio cuenta que estaba aferrado al volante y le sangraban las manos. Sus uñas que no había cortado hacía unos días, o semanas, se le hincaron en las palmas. Miedo, terror y después esa sensación indefinida de " he salvado el pellejo de suerte".

Sudaba. Rechinaba los dientes. Temblaba. La muerte era un enemigo inesperado. Ella lo esperaba en el restaurante como habían dispuesto por el móvil. Cuando recobró la calma, puso el coche en camino. Siguió hasta el pequeño poblado e ingresó en una estación de servicio. Le dio fuego a otro cigarrillo. Sintió la boca seca y áspera. Pero miró el reloj y comprendió que no podía demorarse o ella se molestaría.

Marcó el número y esperó. No le atendió. Esperó unos segundos. Entonces escuchó la voz de su enamorada. ¿Dónde estás? Y le explicó brevemente que estaba en un pueblito cercano llenando el tanque de combustible. Que eligiera una mesa, que llegaría pronto. Ella asintió y terminó la comunicación. Entre las luces de neón apareció la figura delgada y tambaleante de un muchacho, casi un niño. ¿Me podría acercar a la ciudad vecina? Dijo sin vergüenza. Sube. Y partió cuidando su billetera que estaba. Junto al móvil en la guantera abierta. El chico lo espiaba con el rabillo de los ojos.

¿Cómo te llamas? Ramón. Soy el hijo del relojero de la ciudad y vine a comprar algunas cervezas para mi abuelo. ¡Ah, entonces las dejaste en el...! No, encontré sangre en el piso y salí corriendo. Cuando llegue a casa llamaré a mi padrino que es policía.

A lo lejos ya se veían las luces de la ciudad. Déjeme por acá, yo sigo por ese camino de tierra, aquella es mi casa. Descendió agradecido. ¡Oscar quedó más agradecido que el muchacho! No quería tener nada que ver con sangre y problemas policiales ajenos.

Llegó al restaurante y dejó en el coche su maletín debajo del asiento. Escondió las llaves del coche y entró buscando con mirada inquisitiva las mesas. Allá la vio. Era ella y estaba hermosa. Disculpa Lorena, casi me mato para ir a buscar combustible. Se acomodó en una silla mullida y suave. El camarero, se acercó y le entregó el menú. ¿Qué bebida tomarán? Trae un buen espumante francés, hoy he nacido de nuevo...

jueves, 10 de septiembre de 2026

ODISEA, EL FUTURO

 

Recién escucho el paso pesado de los botines de los guardias. Sólo me queda esperar que golpeen o rompan la puerta, que si bien es de seguridad, ellos tienen la manera y modos de hacerlo. ¡Mi hija! Ella tiene el síndrome de “Perpej” y nada se puede hacer, es la enfermedad nueva que introdujo la “Cofradía”. Si la llevan será pasto de fieras arcaicas.

No habían llegado hasta acá por ser yo, la embajadora de una sociedad comunitaria de varios países extinguidos; pero vienen tras mi marido el único especialista en particiones cuánticas que ha quedado vivo.

Hemos subsistido gracias a su necesidad de especialistas. Somos la última familia católica romana que sobrevive a la “Construcción Internacional de los Mayoritarios”. La era de la vida anterior ha desaparecido tras una lucha tenebrosa, turbia y ambigua. Según fueron cayendo los países, mataban a los que intentaban sobre vivir y cuidar las costumbres. Lo primero que destruyeron fue Roma, luego fueron cayendo uno a uno los demás países. Borraron de la tierra la humanidad caritativa. La lucha fue feroz. Los ancianos y los niños eran decapitados y los jóvenes y adultos esclavizados a favor de inmensas propiedades que arrebataron a la gente y que usaron como propias. Plantaron vegetales alucinógenos y luego perforaron montañas y valles buscando oro, plata y metales útiles para sus armas letales.

Luego vino la peste. La enfermedad la habían creado en laboratorios clandestinos y largaron en el agua de ríos y lagunas las sustancias transgénicas que desbastaron pueblos enteros. ¡Claro que no querían que se ayudara a los contagiados y cerraron los edificios públicos donde la gente podía acudir a buscar remedios para esos extraños males!

Donde hubo una pequeña defensa de la población venía el fuego que arrasaba con todo. Los únicos que se preservaron fueron los cofrades y sus legiones de robots asesinos.

Ya casi están en mi sala. Ellos no tienen barreras para destruir. Mayrin, mi pequeña en su silla se estremece. Yo la abrazo y acuno con todo el valor que me queda. El olor acre de la materia con que están fabricados los “hombres soldados” penetra mis entrañas doloridas. El miedo pernicioso me activa las pulsaciones cardíacas. Mi esposo trata de resguardar sus instrumentos y los escritos que contienen los trabajos de años de indagaciones científicas. Además protege los libros de antaño, esos que fueron la inspiración de grandes investigadores que está seguro, serán quemados en hogueras.

Todo comenzó con un grupo de fieles religiosos de oriente. Hicieron tantos atentados terroristas que la gente comenzó a dejar de asistir a oficios y reuniones, escondiéndose en sus hogares y restringiendo el contacto con otros vecinos. Luego se fueron despoblando las escuelas. Se compraba por teléfono o Internet, llegaban los objetos o compras por medio de “drones” que atravesaban los cielos. Las transacciones bancarias eran todas por medio de claves en las computadoras. Todo trabajo se hacía desde los hogares. Eso fue aprovechado por los ingeniosos “cofrades”, una banda de mega sicóticos que robaron las claves y dejaron al desnudo la vida de las poblaciones. Cayeron gobiernos democráticos y dictatoriales. Hubo un tiempo de caos, pero se creó la  “Construcción Internacional de los Mayoritarios”. Bandas de obscenos marginales bandoleros con ínfulas de poder.

Ya están junto a mi habitación. Dejo inscripto mi nombre en la pantalla por si en un futuro alguien puede leerlo, ¡ah! Y el de mi hija y mi esposo. Yo me llamo Myrian Magdalena Mateos, mi niña Mayrin Luz Mateos Parilmüter y mi amado Gustav Ranny Parilmüter.

Enfrento a los robots y me observan asombrados porque no han visto nunca una madre abrazando a su hija enferma. Se han detenido y titubean. Una luz roja comienza a desplazarse por la habitación y suenan estridentes sirenas en los alrededores. Algo ha sucedido y ellos salen retrocediendo con pánico. Algo inesperado los ha detenido. ¿Estaremos salvados por ahora? O sólo es un suceso inopinado los retrajo y regresarán. Juntos esperamos el futuro, juntos y orando a un Dios que no existe para ellos y es nuestra