sábado, 20 de junio de 2026

LA CHUCHI

  

            No sé por donde empezar, si por el final o el principio. Por ahora veo que empecé siendo yo sola en la plaza, con la foto y el cartel. Me acompañaron mis abuelos. Al día de hoy ocho meses después hay como quinientas personas. Cada 17 de mes- número de la mala suerte- vengo con lluvia, sol, caminando con la foto de la Chuchi y pidiendo Justicia. Siempre vienen las maestras que nos ayudaron en la escuela primaria. La Chuchi, se caminaba veinte cuadras hasta la casa de la señorita Isolda para que le prestara libros. Leía muchísimo. Era una extraterrestre en la Villa.

            La foto que traigo es de cuando ganó la bandera en sexto. Está linda. Era tan hermosa que siempre la elegían reina de la primavera. La Chuchi, era alta, me sacaba una cabeza y más, delgada, flaca por falta de comida. Su mamá vivía en cama con un vaso de vino o directamente tomaba de la botella. ¿El padre, vaya una a saber quién era y dónde estaba? Tenía un pelo largo hasta más abajo de la cintura y ojos grises como nubes de tormenta, la Chuchi. Tormenta fue su corta vida.

            Una mañana, mi amiga, me pidió si podía bañarse en mi casa. Yo viví siempre con mis abuelos, porque mi mamá me tuvo y se fue. Nunca más supimos de ella. A mi papá tampoco lo conocí. El abuelo Felipe, trabaja con la chatita haciendo transporte en la feria. La abuela Rita, cose para una fábrica clandestina de Avellaneda. Le pagan por quincena y nunca me faltó nada. A la Chuchi sí, le faltaba todo por eso mi abuela la invitaba a comer de vez en cuando o le regalaba un sánguche de bife, con huevo duro y queso. Yo le daba mi leche en la escuela y la torta que nos daba el gobierno. Yo soy más rellenita que ella y los chicos me hacían burla.

            Sigo con la historia, señorita, me fui por las ramas. Comenzó a venir siempre y me ayudaba con las tareas. Cumplimos los doce y ella parecía una mujercita, bella y hablaba como una grande, porque vivía leyendo. Se comía los libros que le daban la seños de la escuela. Yo seguí la escuela secundaria, ella no pudo y salió a buscar trabajo.

            Encontró de ayudante en una panchería de Constitución y eso fue su perdición. Allí conoció al Tuerto. Él, le presentó a un muchacho muy lindo y que parecía un príncipe de película. Jonathan no sé cuanto. La llevaba y la traía a la Villa en un auto de esos que salen en las propagandas. Se vestía como grande. Se maquillaba mucho y parecía una modelo.

            Un día vino a pedirme si se podía quedar en mi casa. Tenía un labio partido y un moretón en las mejillas. Nos dijo que se había caído en la calle. Mi abuelo no le creyó. Es viejo y sabe. Así una noche de tormenta sentimos un ruido en la puerta. Se asomó el abuelo. Estaba tirada en la calle y sangraba. La abuela Rita la envolvió en toallones y nos fuimos al hospital. Quedó internada y la médica habló con la abuela. “Una gran paliza, embarazo perdido, aborto, posible muerte”. Yo no paraba de llorar. Se quedó mi abuela y fui a buscar a la madre de la Chuchi. Estaba borracha y me tiró con la botella. Le dije de todo; se paró como pudo y salió tambaleándose a la calle. Se cayó y quedó tirada la muy puerca y el hombre con el que vive la arrastró hasta la vereda y se detuvo allí. La lluvia no la despertaba. ¡Era patética!

            Vino a buscarla el “Príncipe”, tenía que trabajar en el burdel. Era la fundamental bailarina en el caño y no podía perder la clientela. Se la llevó de prepotente, no más, y la madre, vieja desgraciada, la dejó ir sin decir ni mu. Después supe que era el “príncipe” el que le daba plata a la gran hija de puta. No la vi por un largo tiempo. Yo terminé el bachiller con 17 años y rendía para asistente social cuando apareció en casa. Estaba destruida. Parecía una mujer de cuarenta años. Tenía un bebé. Una nena hermosa parecida a ella. Carina. Me dijo que si le pasaba algo me la quedara. Yo no la entendí. ¿Qué le podía pasar?

            Una mañana cuando salía para la facultad, se me acercó una mujer policía. Me preguntó si yo era Elisa Medina. Le dije sí. Venga su amiga Elizabeth Soria está muy grave y la llama. ¡La Chuchi se llamaba Elizabeth Soria! Yo ni me acordaba.

            Llegué al hospital en el coche de la policía. Estaba en terapia. El “Príncipe” la había rociado con nafta y prendido fuego. Era un monstruo. Se moría. La doctora me pidió que acercara el oído a los labios de la Chuchi. El olor me asqueó, la carne quemada es asquerosa, pero lo hice.”Te dejo mi hija, cuidámela como si fuera tuya” y sentí un ronquido que salía de la garganta de la Chuchi. Me sacaron de la sala y me dieron a la Carina que ya tenía un año y medio.

            La mujer que me la entregó me dio unos papeles con sellos del juzgado en que me hacían responsable del bebé. Yo lloraba a moco tendido. Había muerto quemada por el precioso Jonathan. Gracias a Dios fue preso. Después en el velorio supe que había zafado de la cárcel, porque es hijo una diputada nacional y tiene un montón de amigos en la casa de gobierno.  

¡Por eso vengo todos los 17 de mes con la foto y el cartel pidiendo Justicia! ¡No puede ser que ese maldito siga en la calle después de lo que le hizo a la Chuchi! La próxima, será otra y otra, total nadie lo puede encerrar. ¡Ah, cada vez viene más gente y más fotos de otras mujeres quemadas o asesinadas por sus parejas y hay más carteles!

Sabe señorita periodista ¿la Chuchi murió con 18 años y nadie reclamó su cuerpo? La enterramos con la ayuda de mis abuelos, las maestras de la escuela y algunos vecinos. De la madre no supimos nunca nada, dicen que desapareció de la Villa. Pero hay tanto muerto tirado por ahí, en las alcantarillas. ¿Quién puede preocuparse por una borracha empedernida? Gracias por venir.

¡JUSTICIA, JUSTICIA, JUSTICIA!!!!!!

ME HUBIERA GUSTADO LLAMARME LUZ

 

La casa estaba en medio de un campo enorme. Plantas de frutales, viñas y maíz para los pollos, crecían con el trabajo tenaz de un grupo de rudos campesinos. Lorenzo llegó contratado en la feria por el Cosme y se amancebó con la Sara. Doña Delma con  Cosme vivían juntos desde hacía muchos años.

Tenían una hija “falta” según ellos por un “mal de ojos” que le hicieron al nacer. Se llamaba Estrella. Apenas hablaba y caminaba de costado arrastrando los pies que los tenía deformes y hacia adentro como manijas de tazón. Babeaba y usaba pañales de trapos aunque ya era grande. Era hedionda y gritaba en lugar de hablar.

Al principio, Lorenzo le tuvo miedo y asco, pero después se acostumbró. La Delma tuvo otros hijos, como cuatro varones y dos niñas.  La Sara tuvo un varón que salió lindo, morocho como el padre y vivo como la madre. Pasó el tiempo. La Estrella empezó a joder a uno de los hermanos, al mayor y una noche, la Sara los pilló a los “hombres” de festín con la Tonta. La dejaron “preñada” y después del tiempo no supieron qué hacer.

Nació una hembrita. Linda morena de ojos como dos luceros blancos. Ciega y con una deformación en la columna que le daba aspecto de animalito con cola.  Los brutos discutieron y se echaban la culpa unos con otros. Tomaron la decisión de llevarla a los guadales. Y la envolvieron en una pañoleta de lienzo. Caminaron en procesión con velas encendidas. La beba lloraba y Estrella gritaba tratando de seguirlos para arrebatarles la niña. La golpearon tanto que quedó tirada a mitad de camino. A la niña la dejaron en la arena, la taparon con tierra y al moverse la criatura se destapó. Entonces el Basilio y Lorenzo dispusieron llevarla al pozo. Y la echaron allí. En los excrementos se fue hundiendo hasta desaparecer. Estrella gritaba y en su media lengua la llamó Luz, Luz y la hicieron callar de una trompada que le quebró la mandíbula; y a partir de ese día se dejó morir de hambre y sed. Cosme y Delma se quedaron mudos de miedo y escondieron su vergüenza para no tener que enfrentar los maleficios de la “Borboraca” o “Salamanca” y la antigua maldición. ¡Tener una hija loca!

 

 

 

JUNTO A LA ACERA DE SOL

 

            Marleni corre por la vereda. Su risa es un carillón de alegría. En su mano izquierda surge la muñeca de ojos de porcelana y boca de dientes pequeñitos como los de una ratita de juguete que le trajeron los Reyes en casa de su madrina Perla. No puede ir más allá de esa acera donde alumbra el sol y siempre acompañada de la abuela.

            Espera a su mamá que viene en el micro del trabajo. En casa está la abuela diana haciendo magia con las cacerolas. Compró temprano en la feria un conejo (qué asco) que algún cazador consiguió para mitigar el hambre de su propia familia.

            El perfume a hierbas del jardín de su casa le penetra en la pancita y los pulmones dormitan recuerdos del domingo en que se juntaron en el patio con la madrina a festejar el final de las lluvias. Ya no hay barro en la calle y el sol calienta la acera. Su papá se fue hace muchos años, ella ya ni se acuerda como era. A veces sueña que un señor de cabeza grande se acerca sonriendo y la besa; pero su abuela le asegura que no puede ser el papá porque era de porte menudo. ¡No importa, ella sueña igual!

            Una noche que vino su madrina, escuchó que hablaba con su mami y ella lloraba. Le dio mucho miedo. ¿Y si su mamá se enfermaba? ¿Y si se iba como su papá? bueno estaría la abuela, que siempre renegaba porque Marleni dejaba los juguetes tirados por el pasillo o en el comedor. De noche creía ver un monstruo terrorífico en la ventana. Quería dormir con su mamá como cuando era más pequeña, pero no le permitía. El doctor dice que no es saludable.

            Tapada hasta la cabeza, se ahogaba, pero firme se quedaba en la cama. Incluso cuando había tormenta, sólo la dejaban ir a la cama de la abuela con los temblores. La pobre le tenía terror y allí sí se peleaba con su mamá. Por tu culpa me tuve que venir de Santa Fe, allí estaba segura, no se movía la tierra.

            Mamá, vos sabés que si no ya me hubiera matado… decía la mami y se ponía a llorar. La abuela se metía en la pieza y no aparecía hasta el día siguiente.

            Hoy llegó un policía con unos papeles y mami comenzó a tiritar, tenía mucho frío seguro. Salió corriendo hacia la cocina y le mostró a mi abu. Se abrazaron y lloraron juntas y reían juntas. ¿Mami qué pasó?

            Me abrazó tan fuerte que casi me ahogó. ¡Gracias a Dios y no se a qué santo, tu padre ha muerto! No entendí nada.

            Vino mi madrina y así me enteré. Mi papá era malo, quiso matarme a mí antes de nacer y como no pudo le prendió fuego a la casa de mi abuela allá en Santa Fe y en la cárcel, lo habían matado otros hombres malos.

            A partir de hoy podemos ir a jugar a cualquier plaza, viajar a santa fe y podremos juntarnos con tíos y primos. ¡Gracias mamá, le dijo a la abuela! y esta noche hicieron un pollo al horno con papas fritas y abrieron una botella de algo llamado champagne. Yo por las dudas esta noche trato de dormir con mamá, le tengo miedo a los fantasmas.

 

 

 

LAUCHA

 

Camina. Camina y camina siempre camina. Es la forma de escapar. “Laucha” le dicen los pibes de la Villa, porque siempre logra “zafar” de la cana. No sabe bien cuántos años tiene, pero dice que es grande y que desde que nació consigue la “merca” para su vieja. Primero pedía en el andén a orilla de los trenes, luego vio cómo robaban unos pibes y comenzó con pequeños robos que alcanzaban apenas para un porro o una pastilla. Después arrebató carteras, celulares y cuanto bulto pensaba que podía cambiar por droga para su mamá.

Siempre se escapaba como una verdadera laucha y cuando llegaba a la puerta de la casilla, si la madre no lo dejaba entrar se iba al refugio junto al “Jeringa” que si estaba limpio lo protegía. Cuando estaba volado, ni lo conocía, pero siempre pudo evitar que lo manosearan los pungas y degenerados. A veces bajaba a la calle grande y miraba pasar los coches con gente hermosa. Una vez en un semáforo, vio al goleador del equipo puntero. ¡Qué aire de tipo canchero! ¡Era un ganador, se le notaba!

Laucha caminaba y caminaba todo el día. Un día pasó por una verdulería: “DON BEPPO” y un tipo gordo y de piel roja de tanto hacer fuerza, lo llamó. Se asustó pero le ofreció una manzana, que se comió después de limpiarla con la camiseta. Le habló con unas palabras medio “cocoliche”, no se le entendía bien. Salió corriendo, pensó que “Jeringa” un día que estaba sano, le contó de tipos que quería hacerle “cosas y manosear a los chicos” y el hombrote ese le dijo: Volvé cuando tengas hambre. Y detrás una vieja gorda le mostró una sonrisa hermosa.

Se animó y pasó dos días después. Le dieron banana y naranja, que sacaron del mejor cajón y allí lo vio. Era un pibe de quién sabe cuántos años atado a una silla de bebé, más grande, que babeaba y gesticulaba como medio loco. ¡Era el hijo! Laucha lo miró con asco. Los mocos se le salían y la vieja lo limpiaba como si fuera un tesoro de cartel. Eran de otro país seguro, porque no hablaban bien y el no le entendía lo que hablaba. Buscó en la Villa que Chicho le explicara. Estaba borracho y no le entendió. Buscó a la “Gata” y ella le dijo que seguro que era un chico tonto de nacimiento, que no era malo y que no tuviera miedo. Y no lo tuvo más.

La madre del Laucha un día desapareció de la casilla.  Primero no supo qué hacer, pero no le contó a nadie. ¡Por comida…, seguía sacando lo que podía de los tachos frente a los boliches, no se hacía problema por quedarse solo! Total su mamá vivía en la “catrera” volada o con algún tipo que le daba merca. Salía igual a caminar pero ya no necesitaba robar. Comenzó a ayudar al gordo de la verdulería y hasta lo hicieron bañar con agua caliente y le dieron ropa limpia.

Todos los días volvía a la Villa para que nadie lo mandara con las asistentes que vivían jodiendo. Él no quería ir a un asilo, prefería estar así. Seguía caminando horas cada día hasta llegar a DON  BEPPO.

En una de esas caminatas, en un basural junto a las vías vio una bolsa de plástico negro que estaba tirada y se movía. Seguro un pobre gato o perro. La gente tira a los bichos que no quiere criar, como a mí. Cuando la abrió descubrió un bebé. Le miró la “cosita” y era hembrita. ¿La puta qué hago? La llevo a Don Beppo. Y envolvió el bultito y salió corriendo. Cuando llegó, casi sin aire, la “mamma”, le recibió el paquete y casi se desmaya. “Ma cuesta è una bambina nata oggi” y salieron en la chata al hospital. Allí la recibieron unos tipos con ropa verde clara y guantes de goma. Los viejos lloraban y se abrazaban como si Laucha les hubiera regalado un ángel. La revisaron y la dejaron “en observación”. ¿Nombre? ¿Cómo querés que se llame? ¡Qué se yo! ¿Ti piace Miracolo? ¿Qué? Milagro. Bueno. ¿Y ahora me van a llevar preso? No, vos la salvaste de morir. ¡Sos un héroe! Y Laucha sonrió y bailó como nunca había reído y bailado. Él un héroe.

 

GOLPE A GOLPE SE ACERCÓ LA MUERTE

 

            Despertó por el fuerte olor a desinfectante que le hizo llorisquear. Tenía frío y le dolía todo. Las manos atadas a un barral de la cama le impidieron moverse. Tiritaba. Lloró o creyó llorar, porque ya no tenía lágrimas.

            Se casó enamorada. Ella con veinte años y él con treinta y dos, eran la pareja preciosa. En verdad nunca su familia fue muy cariñosa y ese hombre la amaba. Después de llevarla a Cañadón de Abajo la cuidó tanto que no la dejaba salir de casa ni hablar con nadie. Le creció el cabello, tanto que caía en cascada sobre la espalda donde comenzaron a dibujarse rayas. El rebenque era de cuero crudo y cada vez que Amanda levantaba la vista o le hablaba antes que él lo permitiera, llegaba el golpe.

            Nació Rafael, a los meses nació Consuelo, perdió por una caída (provocada sin querer por Félix), pero era mujer no importaba. Al año nació Moisés, vino luego Isaías y Rosarito fue inevitable que naciera, a pesar de ser hembrita. Serviría para ayudar en la vejez y servir al padre.

            Un día vinieron los padres de Amanda y no la reconocieron. Ella estaba hinchada, con hematomas en la cara, los brazos y el cuello que cubría con un rebozo para que no se molestara Félix. ¡No le gusta verme llorar y ver mis moretones! ¡Es que tengo la mala costumbre de hacer corriendo las tareas, me caigo y me golpeo con los muebles! Félix me ama, me cuida tanto, no quiere que nadie se me acerque para evitar que me perjudiquen porque en el pueblo son muy… muy malos. Nos envidian. La hacienda, los animales, la casa, los niños.

El abuelo materno quiso acariciar a los niños que escaparon cubriéndose el rostro y el cuerpo. ¡Son torpes como yo! Se disculpó Amanda. Los padres prácticamente huyeron de ese infierno y buscaron a Don Nicanor Fuentes Amaya, el juez. Éste buscó la ley y no encontró un artículo que pudiera usar para echarlo al oscuro solar de los “mandingas y satanases”, como él.

            Una mañana que cumplía los seis meses de embarazo de mellizos, Félix llegó y la encontró dormida, la cocina estaba fría y la ropa sin lavar. Los niños escondidos bajo la cama sabían que se venía una hecatombe.

            La arrancó del lecho, la pateó y golpeó hasta que perdió el conocimiento y vomitó.  Irrumpieron y entraron  Zinaida y Francisco, sus vecinos y con ellos la policía. La llevaron al hospital. Él fue a dar excusas al señor Juez y ella, herida miró como sus hermoso mellizos flotaban en sendos frascos de vidrio junto a la cama de hospital. Al anochecer llegaron sus padres, recogieron lo que quedaba de Amanda y los niños partiendo al hogar en la ciudad.

            Llevaron los angelitos a un cementerio y los guardaron de los golpes de un hombre que “Amaba mucho a su mujer”.

A él nadie pudo hacerle nada porque la Ley no sabe que el Amor de esposo y padre puede transformarse en un infierno. Amanda ahora, con otro nombre  en una ciudad diferente y lejana, se esconde de una muerte segura.

 

NIEVE DOLOROSA

  

Dos teléfonos sonaban marcando una melodía poliforme sin ritmo ni sentido. Sonaron de día, de mañana, de tarde, al oscurecer y a la madrugada. Nadie respondió.

Afuera comenzó a nevar. Se hizo silencio al tercer día. Un silencio que desparramó su desgarro con tenacidad de gelatina caliente. No, era una mezcla de aceite y grasa de cerdo hirviente la soledad silente que envolvía el lugar.

La nieve tapó la calle, la casa, la vida. Tapó el silencio que cercó la sala. Nadie entraba ni salía de la vivienda. Pasó el frío y comenzó a derretirse el hielo transformando en barro sucio y resbaladizo.

El hedor y la aparición de moscas de diversas especies, lanzó un llamado de atención al único vecino que habitaba en la cercanía. A golpes derribó la puerta el sargento Andrés Regules y el bombero Hilario Cruz, entró tapándose la boca y la nariz. Sobre un colchón viejo, yacía un cadáver apenas reconocible por el estado de descomposición. Entre sus fémures negruzcos, aún en su bolsa y demoledoramente indefenso hallaron un nonato.

Ingresó un joven como enajenado gritando: ¡Daniela, amor mío! Cayó de rodillas sobre la sangre seca y lloró.

Repite y repite que la nieve lo detuvo en una ciudad en el sur, desde donde no pudo regresar a tiempo y que su mujer no atendió nunca los teléfonos. Creyó que había regresado a su país natal.

La investigación continúa, algo no conforma al sargento Regules. Tal vez el entomólogo pueda darle una pista, ya que junto a la puerta había huellas de pisadas que tenían las marcas de un calzado que no se usaba en esa región y que casualmente era igual al del doliente esposo.

 

EN LA FACULTAD DE PSICONEUROLOGÍA

 

            La nueva cátedra de “psiconeuroinmunología” tiene alta concurrencia. La profesora que es francesa, habla en perfecto castellano y posee el don de hipnotizar mientras dicta las clases.

            Los alumnos copian en sus netbook cada palabra que pronuncia. El doctorado lo hizo en Suecia y tiene un post grado en la Universidad de Moscú. Su estética y lógica asombrosa, le permite abordar los temas con soltura como si fueran axiomas irrefutables. Sólo le impide disgregar un alumno. Él ha logrado una beca en Burundi su patria. Es de religión animista y dista mucho de aceptar ciertos temas, le objeta consistente algunas aseveraciones.

            Se llama Keyra Atin Mobuko y nació en Muyinga, un pueblo cercano a la capital Bujumbura. Serio, callado y de mirada astuta, nos observa desde lejos para ver cómo somos sus compañeros de facultad. Habla inglés y francés y una lengua autóctona Kiswahili, rarísima para nosotros.

            Vive solo en una habitación que le alquila su benefactor, un rico hacendado holandés. Dueño de las tierras donde ocupa su familia desde la más antigua edad. Pensamos que es descendiente de Lucy.

            En Inglaterra estudió medicina, logrando medalla de oro y luego investigó ganando un título de maestría en psiquiatría en la Sorbona, Francia. Ahora está entre nosotros y nadie entiende bien para qué. No tiene amigos y el único vicio que le conocemos es que muerde una apestosa semilla de un árbol de su país. La profesora le preguntó si era un afrodisíaco y se ofendió. Sus dientes de un blanco inmaculado suelen quedar azules cuando muerde las semillas.

            Una mañana vino con una jovencita de piel tan oscura como la de él. Vestida con una túnica de colores, mil trenzas en su cabeza la hacían ver como una niña perdida. Era su cuarta esposa. Callada se sentó en el piso en un rincón y esperó horas hasta que Keyra le hizo una seña y la acompañó al baño. Ella salió rápido de allí y muy asustada. Las jóvenes se habían mostrado en ropa interior sin pudor, nos explicó él, ante las preguntas de todos los compañeros de clase.

            Interrogado por la profesora  comenzó a decir la causa por la que había viajado su cuarta esposa. Estaba embarazada y de una golpiza que le dio la primera esposa, había abortado un varón, por lo que ahora era tabú. Expulsada de la familia se había refugiado en él. Echada de la tribu, no le quedó otra alternativa que viajar a su lado y el clan había tomado la decisión de que no regresara jamás a Burundi.

            A fin de año, una comitiva de la tribu vino a buscarlo. La pobre muchacha fue abandonada en nuestro país por orden de los ancianos de Burundi. La profesora, se hizo cargo de ella. Descubrió que estaba muy enferma. Era portadora de una enfermedad endémica en África y el remedio estaba en el norte de América. Por lo que partió como si fuera un bulto más entre los fardos de libros y trastos de la investigadora. Cuando estudió el mal de la joven mujer, supo que nunca llegarían a término sus embarazos por aquello que padecía.