lunes, 28 de septiembre de 2026

UN ÓLEO ANTIGUO


 

Hermenegildo Gueraldez Paxoa bajó por el río en el “Homero”, por pedido de la familia Romero Santos. La nao era un falucho desvencijado. Ruidoso y pobre. Cuando arribó al muelle del Rosario, lo esperaba una volanta. El cochero, hombre de pocas palabras, tomó su bolso y sus petates. Chasqueando el látigo partió hacia la estancia. Tras unas horas de silencio, roto por el jolgorio de las aves, vio la arboleda y los techos. La casa era grande. Lo esperaba la gobernanta con un mensaje de sus patrones. Regresarían en dos días de Asunción.

La cena opípara, le fue servida en la habitación. Pronto se despeñó la noche y el sueño entró como un fugitivo en su espíritu. Se durmió.

Tras la corta espera, arribó la familia. El padre comerciante en ganado era próspero y alegre. Doña Saturnina, la esposa, en el rictus, mostraba ser quien llevaba las riendas y el coraje. Cinco muchachos y tres niñas, revoloteaban entre la algarabía de perros cazadores. Su tarea, dijo la señora, será retratar a mi esposo y a las niñas.

Comenzó con Don Augusto. Cada sesión fue descubriendo el carácter bondadoso y suave, que transformó su óleo lentamente. Siempre dibujaba en escorzos duros rostros de caballeros enérgicos. Pasaban a la historia como rígidos y sobrios.

                Con ese hombre fue imposible. Sus ojos destilaban amparo. Una luz de ternura penetraba su piel y sus pupilas. Ni hablar cuando entraba Clementina, la hija menor. Una cofradía de sol inundaba la cara. Don Augusto, escribía en sus ratos de ocio. ¡Un poeta! Saturnina, despreciaba su verba y rezongaba. Igual, las niñas se encargaban de escuchar las largas odas que recitaba con voz engolada el padre. Los muchachos, se dormían, jugaban a las cartas y peleaban sobre quién seguiría manejando la estancia.

Hermenegildo comenzó a participar de las comidas de las noches junto a la chimenea y, de largas caminatas, invitado por Don Augusto. Supo así, cómo había concebido la compraventa de animales traídos desde Holanda y mestizados. De carne noble, se salaba en el puesto junto al muelle del río. Salía en barcos hacia Europa, teniendo varios compradores y destinos inciertos para él. Su esposa, llevaba los libros y recibía a los banqueros que traían libras esterlinas y otras monedas que cambiaba por oro.

El retrato estuvo listo y cuando lo pudieron ver, un suspiro amoroso, salió de cada boca. ¡Ese era el padre, el mejor hombre, el muy amado por sus hijos! Sobre la pared del salón, quedó enmarcado en oro y plata. Una luz especial, iluminó la pintura.

Le tocó primero a Guillermina, que con sus dieciséis años, ya era una mujer para los padres. No aceptaban aún su crecimiento. De cabellos oscuros y ojos celestes, tenía asegurado una boda excelente. Era fuerte. Lectora incansable de obras clásicas y poco amante de labores manuales. La retrató sentada frente a la ventana, con un libro en el regazo. Luego le tocó a Josefina. Chiquilla por demás callada y triste. De cabello cobrizo, ojos pardos y tez pálida, insinuaba su semblante que dejaría el mundo en cualquier recodo del camino. Con la Biblia en la mano y un gato a sus pies, dejó claro que había entrado en un desfiladero de silencio. El cuadro, tal vez, fue el mejor logrado. Luces y sombras que declamaban abandono del mundano vivir.

Clementina fue la última y la que creó un círculo de fiesta. Era una niña, adolescente tierna. Trece años. Su melena castaña, alborotada y libre, escapaba en rulos por la nuca y la frente. Mirada gris con chispas que le brotaban de la profunda alegría de ser amada. Su padre no podía evitar el solaz de su presencia. Rica en imaginación y charlatana, corregía las odas y poemas, que él, repetía sin tregua. Su imagen, cambiante como ella, le costó al pintor mayor dedicación que con el trabajo de las otras hermanas. Se movía constante, cambiaba el peinado, su ropa difería. Nunca quieta. Casi fue un bosquejo. Pero Hermenegildo Gueraldez Paxoa se enamoró perdidamente de esa niña. Sus veinticuatro años y su pobreza no le daban chance para pedir la mano.

Igual habló con Don Augusto que, con sorpresa, llamó a su mujer. Ésta, casi desmayada, se sentó en el sillón del escritorio, tartamudeó un sinfín de palabras huecas. Que es la más pequeña. Que no sabe nada de la vida. Que esperamos algo diferente para ella. Es nuestra compañía. Regresó solo y sin siquiera una promesa. El falucho que lo repatrió, vibraba como su triste corazón. La madera podrida y el olor nauseabundo del río, le mordió el alma y se prometió volver con poder, dinero y oro. Clementina sería suya.

Al llegar a su tierra, pintó un óleo hermoso, perfecto. Lo llevó a la casa del gobernador, a quien pidió una suma interesante. Las libras tintinearon contentas en su bolsa. Comenzó una carrera contra el reloj. Pero nunca llegaba a la suma pretendida para tan ansiado viaje. Pasó un año, dos y el tiempo fue trocando su esperanza en miedo. ¿Lo esperaría?

 Su vuelta fue en un velero nuevo. Cuando llegó a la casona, encontró un revuelo de lamento y tristeza. ¿Será Clementina? No. Doña Saturnina dejaba su lecho para partir al camposanto. Guillermina, exhibía un embarazo avanzado, junto a un joven atildado y flaco. Josefina, con hábitos de Carmelita Descalza, rezaba rosario tras rosario; seca y siempre gris. Mientras su amada, sostenía al anciano y sus brazos serenos, contagiaban seguridad y ternura.

Los ojos recobraron vida al mirar a Hermenegildo. Sonrió a pesar de la pena. El luto congenió con el tiempo de recomponer la casa. El viudo sorprendido por la muerte impensada, se aprestó a mudar de jefe. Clementina se hizo cargo de todo.

Llegó la boda de su hija predilecta, sin mayor inconveniente para él, que ya envejecido, aceptó a Hermenegildo con cariño. Pronto llegaron niños que llenaron la casa de risas y juegos infantiles. El padre pintó bellos cuadros de cada uno, llenando las paredes con alegres caritas.

Los hermanos emigraron a estudiar a países lejanos, donde formaron su familia. Sólo alguna esquela de vez en cuando los hacía presente. Algún daguerrotipo, luego fotos. Pero nunca volvieron.

Una mañana, cuando Clementina se acercó a besar a su padre, notó que acechaba la dama de sombras. Descorrió las cortinas. Abrió la ventana para que entrara aire y sol. Sintió el leve suspiro final. Cerró los ojos amados del anciano. Partió éste, junto a su adorada esposa hacia el espacio de la verdad y duda.

Para tenerlo cerca, colocó el retrato de Don Augusto, que pintara su esposo, en el comedor. Notó al momento que de los labios de la pintura partía una miríada de mariposas. Volaron con la brisa, igual que aquellos viejos poemas recitados.

¡Por lo menos eso nos han relatado de generación en generación! Y debe ser verdad porque siempre hay que abrir las ventanas para que salgan al jardín decena de mariposas.   

 

        

UNA FIGURA SOLITARIA


           

Miró el cielo y se sorprendió por el color sombrío de las nubes. Una tormenta perturbadora se apoyaba sobre el horizonte. Amarró la barca  en el fondeadero junto a la del “Griego” y ató con fuertes sogas el trinquete  y las lonas para sostener su futuro. El bote pesquero que tanto amaba podía ser presa de la ira de los dioses del mar. Era lo que aún tenía para seguir viviendo. El sentido de respirar y suspirar, de alimentarse y seguir vivo.

            Tres años atrás, había perdido a su compañera. Guadalupe o Lupe como él le decía en la intimidad, sucumbió al cáncer que hizo estragos en su amada. Noches en vela abrazando su cuerpo débil y dañado, su fragilidad era la de una ola en la escollera.

            La piel y los huesos se perfilaban en el adorado cuerpo de Lupe. El sol se apagó en sus ojos y en su corazón y la dejó en la tierra bajo una losa que apenas sostenía el nombre querido: “Lupe, amiga y compañera”

            El “Griego”, le gritó que saliera del malecón y se refugiara en la vieja casa de piedra. No lo oyó. La lluvia, truenos y relámpagos tapaban incluso el agitado tañer de las campanas de todo el puerto y barcazas. Corrió. Se encerró en la bodega del “Húngaro” esperando que cayeran algunos rayos. Maldijo en todos los idiomas que imaginaba existían. Sólo con una botella de ron, se tiró en una hamaca desvencijada y se quedó dormido. El bramido del mar sobre las piedras y el choque de la madera quebrándose entre las rocas, lo despertó.

            Aventuró una salida y en el enmascarado chubasco, entre luces de rayos y relámpagos, alcanzó a entrever su casa. Aferrándose a las paredes y pasamanos pudo llegar. Empapado y haciendo un enorme esfuerzo abrió la puerta y un aire helado encubrió su aterido cuerpo.

            Encendió la salamandra y desnudo, se tapó con una manta que tenía más recuerdos que años y más nostalgias que belleza. El aguardiente le avivó la sangre. No supo por qué, lloró como hacía años que no lloraba. Y por primera vez, después de haber regresado del dolor de Lupe, pensó en Dios. ¿Existe? Pensó en su historia de marino pobre. ¿Cuándo ese Ser dispuso que él, fuero lo que era y ahora estaba así, más inerte que las piedras de su morada?

            Bramaba la pesada puerta y las celosías como gigantes en guerra. Las olas traían grotescas ráfagas de agua salada hasta la vivienda. Casa muy antigua la de los marineros. De generación en generación estaban ocupadas por familias pobres y linaje de bravíos pescadores. Comió un trozo de pan con tocino. Y concluyó con la imagen de su destino. Mañana si estaba en pie y su bote perduraba; y la borrasca, como otras se amansaba, saldría a buscar atún con el “Griego” y el “Húngaro”. Eran amigos. No, eran su sostén en la pesca y sólo compañía en el bar algunas noches de bonanza. No conocía sus nombres. No sabía ni cuándo ni de dónde llegaron a Puerto de Las Palmas.

            Nunca se preguntaban nada, la gente llegaba y se unía con sus barcos y sobrevivía sin investigar pasado ni presente y si un día ponían proa y se iban, dejaba un silencio que pronto ocupaba otro extraño hombre de mar.

            Ajumado con un aguardiente pésimo, se durmió hasta no oír la tempestad que pugilaba la rada.

            Envuelto en un silencio roto sólo por el grito de los cormoranes y aves peregrinas que desquitaban bocados dejados sobre la escollera y las piedras del puerto, despertó. El sol caía poderoso después de la tormenta. Se vistió y salió. No quedaba nada. Maderas rotas, jirones de lona que fueran sus velas y restos de redes. Rocco Vaccaro no tenía nada. Su linda chalupa era tablones y astillas. Se sentó en las piedras frente a lo que fuera su barco. No habría atún, ni cangrejos, ni sueños.

            El “Griego” y el “Húngaro” llegaron y mudos se quedaron junto a él, y lloraron por primera vez unidos. Después caminaron hacia el viejo bar. El anciano “Krystos” como antiguo pirata, les sirvió una copa del mejor ron caribeño y no articuló palabra.

            Pasaron horas interminables sin hablar. Pertinaz, Rocco de pronto dijo: “Tenemos que hacer algo. Juntar lo que nos queda y comprar otro barco.”

            La mirada sorprendida de los hombres lo hizo perseverar y les habló de su pérdida más grande: Lupe.

            Se pusieron de acuerdo, comprarían un bote y seguirían pescando. El ron hacía su parte en el acuerdo.

            Al salir del tugurio, se dispersaron buscando cada uno la ruta a su promesa. Rocco se detuvo frente a su casa y parada allí, había una extraña muchacha. Lo miró largamente en silencio. Era joven y frágil. Perplejo siguió hasta la plaza y buscó el letrero del viejo prestamista. Él aún tenía el reloj de oro de su abuelo y monedas que encontró buscando ostras. Eran monedas de oro, antiguas y las había guardado mucho tiempo. El viejo avaro, las mordió, cepilló y pesó, repesó y mascullando improperios le entregó unos buenos billetes. Al salir de la vivienda del ducho mezquino, la volvió a ver. Estaba parada junto al portal. Esperaba. ¿Qué? Se preguntó Rocco con temor, tal vez ¿quería su dinero tan duramente conseguido? No. Sólo lo miraba. Ojos color de cielo tormentos y silencio obstinado.

            Llegó a su casa. El “Griego” lo esperaba sonriente. Tenía un puñado de billetes. Llegó el “Húngaro” y también traía él su cosecha de dinero. Juntaron suficiente para comprar un barco de pesca de altamar. Oportunamente vieron a la joven detenida en la escollera. Solamente Rocco, la miró con detenimiento. Era bella.

            Pasó un tiempo y cada día, la figura solitaria, parada en los caminos, calles o sitios más extraños, estaba ella. Un día Rocco se animó, la encaró y habló. Mil preguntas, ninguna respuesta. Le tomó la mano y se la llevó al pecho de hombre fuerte, lo miró a los ojos y él sintió un calor descolgándose en su cuerpo. La atrajo a su casa, a su cama y osado la gozó en silencio. Dulcificó los días. Una noche de tormenta, cuando dormían, ella despertó y salió. Se fue.

            Nunca supo el nombre. Nunca de donde vino y jamás sabrá adónde la podrá buscar. ¿Será el alma de Lupe hecho mujer?

           

           

EXTRAÑO MUÑECO

  

Nadie supo como abrió los ojos:

            La casa estaba en penumbra. Una pequeña ventana con la persiana rota dejaba entrar un rayo de luz que inquieto iluminaba aquí y allá según la hora.

            Marcelina se escapaba a distintas hora para espiar por ese ojo de vidrio. Todo estaba sucio y abandonado.

            Su mamá, preocupada, la buscaba pues le habían comentado las vecinas que en la noche se oían voces. Hacía años que la casa estaba deshabitada. Por lo que temía que algún malviviente la hubiera usurpado. Nunca se veía a nadie.

            La niña, que había cumplido seis años soñaba con entrar y revisar cada rincón. ¡Había cadenas en cada puerta con su candado enmohecido, era imposible!

            Una mañana muy temprano la luz del sol iluminó un rincón que había permanecido oscuro. Allí Marcelina vio un muñeco de aspecto singular. Su piel de durazno apenas pintada y su pelo y barba de lana rojo le recordaba a un personaje de su cuento favorito. De inmediato quiso poseerlo. ¿Cómo entrar? Buscó a Rulo, su vecino. Su mamá le tenía prohibido jugar con él, porque era algo grosero y hacía cosas feas. Además se comía las uñas. Rulo se interesó de inmediato. Saltó la pequeña verja. Merodeó, tanteó, golpeó y rebuscó un lugar de fácil acceso. Nada. Tomo su mugrienta gorra, envolvió una piedra y la estrello en el vidrio.

            Por allí entraron ambos. Marcelina se hizo un tajo en la pierna. Le salía mucha sangre. Tomó el muñeco que ya en sus manos le pareció grotesco y desagradable y se desmayó.

            Cuando la mamá llegó y pudo entrar la alzó en brazos, intento Salir por algún lado y no pudo. Grito hasta sofocarse.

            Rulo avergonzado le contó a su abuelo, que llamo de inmediato a los bomberos. Al romper la puerta se sorprendieron con la imagen. Madre e hija ensangrentadas apretaban al muñeco que servía de tapón a la herida.

            Nadie supo como abrió los ojos la pequeña Marcelina para que no le quitaran su nuevo juguete.-

 

viernes, 25 de septiembre de 2026

PLANETA FURIA


Ingresó con la luz detrás y era un fantasma oscuro al contraluz. La puerta se abría detrás como una boca de infierno rojianaranjado. Esa puerta suele estar cerrada con un fuerte candado ya que esconde muchas respuestas. Recordé su nombre. Gervasio. ¿Era él? En el zodíaco de la pared, aparecía como un Tauro caprichoso y mandón. ¡Es de piedra!  No tiene alma. Se perdió aquella noche de septiembre que vio cómo agonizaba en medio del silencio su amada.

Dio unos pasos y el perro, que lo había reconocido, se acercó feliz. Él lo sacó suavemente con un pie. El can se sentó lamiéndose la piel. Gervasio había despertado la furia de un grupo de personajes indeseables de los campos de don Francisco Zair Lezcano. Eran un fuego que crepitaba bajo un mundo sumergido de cólera en el planeta de espanto que se alargaba en los surcos. No che a noche, se escuchaban los motores de avionetas que aterrizaban y ascendían y de móviles que arrastraban entre los maizales, sus cargas de horror. A veces debían ser armas, otras, drogas y otras... Dios sabe quién llegaba o quién se iba escapando de la orilla de los abismos donde lo ilegal, marginaba a los hombres buenos de la zona.  

¡Sólo son signos de incógnitas sin nombre!  Nadie podía robarnos los sonidos bellos de algunos amaneceres u ocasos, cuando las aves volaban insistiendo en valorar la vida. Estábamos atrapados en nuestra tierra. Con candados de miedo. Sabiendo que cualquier día algo inesperado podía trasponer las paredes de nuestro refugio.

Dejó su arma apoyada en la pared y se quitó el abrigo, miró hacia la mesa donde Yolanda acababa de dejar un plato humeante de guiso y pan recién sacado del horno secular. Ya los maté, dijo él. Eran alimañas. Carroñeros y sólo tu y yo sabemos cuánto daño hacen. Descargó la boca de Yolanda una asombrada mueca. ¡Tengo miedo! Ellos no pueden hacer nada. No dejé señal de vida a sus alrededores. La boca húmeda tenía un sabor agrio a terror. ¡Son una casta de malditos! Pero lo tenía que hacer... veremos mañana qué sucede. Se sentó a la mesa y comió lentamente. Le tiró al perro unas migas. 

 

 

ENTREVISTA

 

                                                                                              “Es mejor poner el corazón a las palabras, que                                                                                                                       poner las palabras sin poner el corazón”

 

            ¡Aunque usted no me crea, yo lo vi con mis propios ojos! Estaba en el café de “La Puerta Del Sol” en Madrid y pasó cerca de mí. Vestía un impermeable azul gastado, un chambergo de fieltro negro con una cinta roja y zapatos de cuero, sucios y feos. ¡No parecía el hombre que yo conocí en Buenos Aires!

            Cuando salió del sur, parecía que se llevaba el mundo debajo del abrigo. Era un “Fifí” de esos que en la calle Alvear se paseaban como galanes de cine de los cincuenta. Alto, si, más o menos un metro ochenta y tantos, el cabello engominado que brillaba con el sol y la humedad a él, no se le notaba. ¡Era un perfecto ganador! Pero no.

            Mientras se mezclaba con algunos fulanos de la Suprema Corte o con diputados y senadores, era un “capo”. Hasta que cambió el gobierno y salió huyendo como rata. ¡Pobre!  

            Yo supe por amigos comunes que primero intentó ir a México, pero no le fue bien. Sus charlas y conferencias no estaban acorde con los intereses de aquel maravilloso pueblo, luego fue a Francia… menos y como no domina el idioma fue peor.

            Recuerdo cuando en el “Cervantes” se anunciaban sus charlas literarias. Eran un gentío que se agolpaba en las puertas para conseguir el mejor lugar para verlo, admirarlo y escuchar su nueva idea de lo que proponía en sus novelas. Vendía miles de libros. No se si era tan buen escritor pero su presencia hacía el resto. Ahora es un tipo común.

            Pensar que ni siquiera me dirigía la palabra cuando iba con el micrófono y ahora, cuando pasó se dio vuelta y se acercó con cara de afligido y me preguntó si yo, era yo. Es decir el mismo periodista que antes no era recibido. Le contesté que sí, que era yo y que lo estaba buscando para hacerle una entrevista. Se le cambió la cara, resplandeció como allá en la gran ciudad. No era cierto, pero cuando uno pone el corazón puede ayudar a dar ánimo.

            Le hice un reportaje que fue muy exitoso y ahora ya lo vieras, es otro. Me alegro porque cuando uno está en la mala, que te tiren un salvavidas es muy valioso. Ahora me despido y te digo, si te lo llegás a encontrar, como al pasar decile:- Ché, Osvaldo, el “Gordo Fernández” de la tele te anda buscando para hacerte una entrevista.- ¡Total, si vuelve no nos va a dar ni cinco de pelota!

MARTHIN LUTHER KING


Luces y sombras en tu morada

Hombre de palabras y de acciones

No violencia

Camino silencioso a la libertad

Amor fraterno.

Grito sin expresión de pánico

Alarido de labios apretados

Caminante de huellas fantasmales

Que atormentaron los prejuicios.

Un estallido de garganta herida

Sale una mariposa de color de sangre

Lame el viento la palabra “Freedon”

Dios en tus manos vacías y dormidas

Dios en la conciencia de los otros hombres

Dios perdonando el oscuro intento de tu muerte

 

Hombre sin sombras. Luminaria en la tierra.

Caído. Desterrado al silencio. Muerto.

El hombre con nombre de rebelde cristiano,

Vive en la memoria de un pueblo que espera

Libertad, libres, libertos y librados.

Negritud asombrada con estirpe de reyes

Que se asoma en la tierra violada.

CAFÉ TORTONI


Entré a un paraíso

Entré al Tortoni

En cada mesa presentí a un poeta.

¡Allí parece que “Manucho Mujica Lainez” escribe!

¡En aquella mesa está Borges!

No creo que ronden por acá tantos poetas.

Fantasmas que sonríen a mi paso…

¡Sueño con la poesía de la Storni,

sólo sueño con una sinfonía de palabras bellas!

Tal vez el murmullo se eleva buscándolos a “ellos”.

Los poetas de entonces, los inolvidables,

los genios que involucran la palabra a la vida callejera.

Al tiempo inexorable, que huye.

El Tortoni, se adormece a la madrugada

y los espíritus vuelven a rodear las mesas

y sobre el mármol de las viejas tablas

en un papel en blanco, con pluma cucharita y tinta,

escriben sueños, tangos y las historias tristes

del Buenos Aires antiguo y musical.

Entré como una espía. Entré al Tortoni.