martes, 11 de agosto de 2026

LA MISTERIOSA DESAPARICIÓN


 

            Alfredo exitoso coleccionista de monedas antiguas, había logrado que lo invitaran a una subasta excepcional en la capital. Viajó en un tren que parecía un carromato diluviano. ¡Este país debería renovar el sistema ferroviario! Pensó hasta quedar dormido por bamboleo de vagón.

            En el asiento frente al suyo, viajaba un joven muy acicalado y al su lado una mujer de mediana edad, que aparentaba ser su madre. Despertó cuando sintió el sofoco producido por los vecinos, que creyendo que no despertaría copulaban con descaro y para sorpresa, haciendo verdaderas acrobacias para no salir de sus puestos. Cerró los ojos y los espió con discreción. ¡Qué creaturas más raras! Indudablemente no eran madre e hijo, sino una simple ramera que atrapó a un joven inexperto; bueno no tanto.

            Cuando hizo amagos de despertar se sentaron como dos desconocidos sin dar indicios de lo que había ocurrido minutos antes. Más, le ofreció, la mujer un bizcocho de anís, que según expresó había horneado esa mañana antes de partir. Alfredo declinó en convite y agradeció cortés, pero mirando fijamente al muchacho que con una sonrisa socarrona la miraba de soslayo.

            El tren se detuvo en Rincón Lejano y la mujer saludó amable y descendió como si fuera una cándida señora de hogar. El vecino sacó un libro de leyes y se dispuso a estudiar. No miraba a Alfredo. Quien observó la ropa manchada del muchacho en cierta zona del pantalón, lo que le hizo reír para su interior. Pasó un tren del lado contrario que lo distrajo. El estudiante, se paró y salió del vagón rumbo al sanitario. Miró el libro y leyó el título: Ética profesional del abogado. Se le escapó una risotada.

            Cuando ya llegaban a la capital, el joven sacó de la parrilla superior a su asiento una valija mediana y una mochila tipo militar llena de libros. Lo saludó y escapó hacia el andén. Saltó y desapareció.

            En la subasta Alfredo comprendió que había una dificultad terrible para evitar caer en manos de timadores. Los “Palos blancos” trataban de aumentar los precios de las piezas en forma astral. Alfredo, sólo pujaría por una moneda de plata del siglo XVII; que faltaba a su colección. Las había más antiguas, de oro y de cobre; de materiales y lugares raros, pero él, sólo coleccionaba de la región de los Pirineos, ya que de allí, habían salido sus antepasados.

            Cuando llegó el entretiempo para comer, salieron muchos personajes que se notaba de lejos, que eran contratados por la empresa de subasta. Los verdaderos coleccionistas, se agruparon en un conocido bodegón cercano para hablar sobre sus “Joyitas”. ¡Qué disfrute! Estaba un anciano francés que coleccionaba antiguas monedas romanas; un árabe que buscaba de la época de un Rey Persa, un español, gozoso de su enorme colección de monedas de la antigua región ibérica del siglo de Oro. Comieron cada cual a su placer y bebieron juntos un buen vino tinto Cabernet Sauvignon, que abonaron en conjunto. Regresaron a la sala de subasta y ¡OH, sorpresa! Había un coche policial que les impedía ingresar.

            Ansiosos por conocer la causa, un agente les explicó que habían encontrado al caballero que marcaba el martillo con un cuchillo clavado en la espalda; que faltaban las piezas del siglo XII de Oro y que alguien al pasar había visto salir a un joven muy acicalado con un libro de Derecho bajo el brazo.

            Alfredo, recordó a su compañero del tren. Y abrió grande los ojos cuando vio subir a un taxi a la mujer que le ofreció el bizcocho de anís en el vagón. Se tocó el bolsillo de la chaqueta y descubrió que cuando se había quedado dormido le habían sacado una tarjeta donde estaba la invitación a la subasta.

            ¿Qué podía hacer? Si le decía a la policía podían dudar de su inocencia. Y si callaba se sentía cómplice. Finalmente, los hicieron ingresar y les tomaron a todos las huellas dactilares y una fotografía, luego les avisarían. Él, se acercó a la vitrina y vio que faltaba la moneda por la que él, iba a subastar. Una arruga en el entrecejo y un guante sobre una silla, lo impulsó a mirar tras la vitrina y la vio caída en el piso, junto a la pata de la mesilla del cobrador. ¡Estaba manchada de sangre! Si la tocaba, seguro dirían que él fue. Llamó al inspector y le mostró su encuentro. Los muy malvados le habían querido tender una trampa.

            Su instinto y el no ser avaro lo salvó de un verdadero desastre. Saludó a todos los coleccionistas y partió rumbo a su pueblo. Ya habría tiempo para conseguir otra moneda igual.   

ALEJANDRA PISARNYK

 

ALEJAN

 

                                                         Lo que decimos no siempre se parece a nosotros.

 

            En esa noche

            Calmó la sed el arenal de su fuego

            que ardía al gélido latido de la espera.

            Con sus silentes bramidos y susurros

            Ella dijo en pocas palabras…muero

            recogió como estandarte mudo un papel,

            una calle solitaria entre piedras. Y gritó

            atropellando los murales con roja tinta.

            Sangre de aquella heroína dolorida y quieta.

            Una noche, apagó el cigarrillo.

            Cerró el cuaderno de lágrimas y poemas.

            Encendió una estrella y apagó una lámpara

            Se derrumbó en la silla y quedó muy quieta.

            Se había ido por el camino de la nada

            Donde su duende aun juega con tristes poesías.

            Alejandra durmió sobre su pena. Su luz

            quedó titilando entre los libros. Viva está ella.

            Dolorosa y mística, su desaliento duele apenas

            por una fracción de cielo sin estrellas.

 

DELFOR, EL ORGANISTA


 

                        El día es muy corto para ser egoísta, una vida no alcanza para destruir a una mujer.

 

            ¡María Luisa, baja ya de esa escalera y ponte a limpiar la ropa de tu hermano! ¡María Luisa, sal del baño y apúrate que tienes que cepillar los botines de tu hermano! Y los papeles del escritorio y los libros que dejaba mi hermano por cualquier lugar y yo, la mayor de todos me tenía que hacer cargo de arreglar los líos que él inventaba. ¡Por eso lo hice!

Una mañana me levanté con ganas de salir al parque... para qué le dije a mi madre. ¡Estás loca! Hoy tenemos que hacer humitas para toda la familia. Vienen los abuelos y las tías de San Silvestre y los primos de Los Moros. Vamos a sacar las cortinas para lavarlas. Y palmetear las alfombras. Muévete hija, que se pasan las horas. Y ahí se quedó otro de mis sueños.

Otra vez, eso hace como dos años, decidí salir a la parroquia del barrio de mis tías. ¡Se armó un trastorno horrible! Delfor tenía que dar un concierto de órgano en la de la ciudad. Yo le tuve que armar las partituras, la ropa y hasta arreglarle el cabello. Así me fui quedando con las ganas de hacer mil cosas. No pude, Delfor me necesitaba cada vez más. Tal vez eso me llevó a hacerlo.

Cuando cumplí los quince años, recuerdo como si fuera hoy, mamá me hizo cumplir una tarea que dejaba bien claro que no me haría ni un pastel, ni un regalo. ¡María Luisa, es normal cumplir años! Y tuve que llevar el traje de Delfor a la tintorería en el tranvía a muchas cuadras de casa. Esperé que lo limpiaran y volver. Llegué a casa, era de noche y además, me retó por llegar tarde a la cena. Ví llegar un automóvil que venía a buscar a mi hermano. Salió con el traje limpio y zapatos nuevos, y apenas me dijo adiós. Luego se volvió y me preguntó si quería ir con él. ¡Tenía que dar un concierto en una catedral en la ciudad! Ni se acordó que era mi cumpleaños.

A veces lloré. Otras, me sentaba en el umbral de la puerta, y veía a las chicas pasar cuando iban al cine o a la plaza. Era costumbre dar la "vuelta del perro", es decir las chicas venían hacia el lado de la vereda y los chicos del lado de la calle en orden contrario. Se miraban las caras y se decían cosas... ¡Nunca pude ir!

Mamá enfermó. Según papá, tenía tisis. ¿Creo que era tuberculosis? Y ¿a quién le tocó remplazarla en todo? Pues para eso, dijo papá, María Luisa es experta en cocina, lavado, planchado y hacer mandados. Y dejé de soñar. Dejé de vivir. Cambiaba las sábanas del lecho de mamá y le daba la comida en la boca, pasó a ser un niño o mi hija. Pero Delfor, seguía yendo a dar conciertos en ciudades y pueblos, en teatros e iglesias.

Una mañana cerró los ojos para siempre mi madre. Papá lloraba en mis brazos, Delfor, sollozaba como un bebé y yo tuve que hacer todos los trámites que se hacen en esas circunstancias. Ya tenía veinte años y era una mujer hecha y derecha, como decían los parientes y vecinos... ¡María Luisa es una mujer extraordinaria! Y entonces un día mi papá no quiso comer más. Se tomaba una botella de ginebra por día hasta que se le paró el corazón. Y ese día, ese mismo día, Delfor trajo a una joven hermosa. La presentó a todo el mundo como su enamorada.

Se llama Olga. Nos casamos en dos meses. Espero que la sepas respetar y querer. Así, me dijo a los pies del cuerpo de papá. Y me quedé paralizada. Esa noche soñé con una idea. Y así fue que unos meses después lo hice.

- Mire, inspector, no me tembló la mano cuando me pidió que le lavara la ropa a la Olga. Que cocinara humitas y pastel de champiñones para Olga, que le pusiera tinte dorado en el cabello a Olga. Olga para acá y Olga para allá. Agarré el cuchillo de la cocina y se lo clavé en medio del órgano que estaba ejecutando mi hermano en ese momento. Y queriendo o sin querer, le atravesé las manos sobre el teclado. Y a Olga, le saqué la sonrisa de un tajo en la boca cuando me gritó hija de puta... ahora puede llevarme donde quiera o deba, ya no podrá tocar más un concierto mi querido hermano Delfor.

 

LETICIA 4

 

La guerra estaba en el otro confín de su lugar de confort pero su promesa había sido ir volando a la ayuda de los más necesitados. Su lema era donde hay una bala, una bomba o una metralla, ahí me necesitan y ahí estaré. Armó una mochila que le cubría parte de la espalda, y el maletín con el instrumental. Sacó el pasaporte y buscó el mapa con un recorrido que debía hacer por varios países para llegar a ese que seguro la estaba esperando.

¿Usted es Leticia Ramos?  Le preguntó un joven con cara de nada. ¿Por qué viaja? Soy Médico Sin Fronteras y necesito llegar lo más cerca posible al punto donde me esperan otros colegas. ¿Tiene VISA para entrar en este país? No necesitamos, creo que ya lo sabe. ¡A partir del año pasado se necesita un visado especial!

Leticia, siente que se le viene el mundo abajo. ¿Con quién puedo hablar? ¿Hay consulado de mi país en este? No, está en el país vecino, si quiere llamo a un personal especializado. ¡Por lo pronto le retengo los papeles y me tiene que dejar su maletín!

De ninguna manera, es material indispensable para salvar la vida a los habitantes de su país. Creo que lo necesitan. Bueno, entonces llame a esa persona que es especializado en estos trámites. A lo lejos se escucha el tableteo de metrallas y estampidos.

Mire, mientras usted me detiene, hay gente a la que yo puedo ayudar. Se acerca un hombre de cara adusta y feroz. ¿Quién la manda? Nadie, dice Leticia, soy Médico Sin Frontera. Vengo con lo poco que tengo, para ayudar a sus habitantes, civiles o no. Nunca nos han pedido VISA, sólo con nuestras credenciales he trabajado en muchos países. Páseme el pasaporte. El hombre lee: Sudán, Irak, Sierra Leona, Haití, Palestina… ha viajado mucho. ¿Cómo sé que no es una espía internacional? ¡Por Dios…! ¿Cree que podría entrar en tantos lugares peligrosos por el placer de hacer eso?

El hombre llama a una mujer soldado. Revise exhaustivamente a esta mujer. La hacen entrar en un habitáculo cerrado, con una persona que la mira con desdén y desconfianza. ¡Desnúdese! Leticia comienza la triste ceremonia de sacarse las prendas que usa. La revisa en forma descuidada y rústica. ¡Abra las piernas! Sin usar un guante le ingresa las manos en su intimidad femenina. Pase por acá, entra en una especie de radiógrafo, como a su mochila le hacen una suerte de revisión tecnológica. No tiene nada. ¡Vístase!

Sale con un rubor que acrecienta el color oscuro de su pelo y ojos. Pero sabe que no puede quejarse. El hombre especializado en eximir a los recién llegados y detectar extraños, le hace un nuevo interrogatorio. Leticia con paciencia, ya lo vivió en otros lugares, contesta seria a los reclamos. Llaman a otros dos personajes, que parecen superiores en jerarquía. Hablan entre ellos. La muchacha trata de interpretar lo que dicen, pero lo hacen en un dialecto que ella no conoce. La miran y vuelven las espaldas.  

   ¡Puede entrar en el país, pero la estaremos vigilando! Sale y una cachetada de humo y polvo de los derrumbes la dejan sin habla. En un lugar cercano, está un coche destartalado que tiene el Logo de Médicos Sin frontera. Se acerca un muchacho sonriente. ¡La esperábamos doctora! Venga, déme su maletín y su mochila. A lo lejos ve que un tipo vestido de paisano los sigue en una bicicleta. ¡Ese es un vigilante que la seguirá por donde vaya! No le tenga miedo, nosotros le damos muchas cosas: comida, cigarrillos, ropa y remedios que a veces revende en el mercado negro.

Cuando llegan al “hospital”, una suerte de galpón de chapas y carpas con paneles de tela gruesa;  y atestado de literas llenas de heridos, la hace retroceder unos instantes el olor a muerte. La sangre y el perfume de ciertos medicamentos, le devuelven el sentido. ¡Por algo vino, a dar sus conocimientos a esos pobres desheredados! La llevan a un cobertizo. Allí, cerca vuelve a divisar al hombrecillo de la bicicleta, le sonríe y este le devuelve la sonrisa. ¡Ya está, será su amigo, no su enemigo! Pero se cuidará igual, nunca se sabe. Se cambia y apronta para entrar hasta sus enfermitos.

Leticia Ramos, vuelve a escuchar en su corazón esas palabras que pronunció el día que le entregaron el título de médico y una medalla de oro por sus notas y logros. Acá estoy cumpliendo con el Juramento que hace siglos hacemos los médicos. Curar el cuerpo y el alma de nuestros semejantes. Al ingresar le entregan el cuerpo de un pequeño esquelético con ambas  piernas heridas. Así comienza la gran misión.

 

LETICIA 3


 

   Habían regresado de las Sierras del Águila Parda después de una enorme tormenta. La tierra había temblado y caían las piedras, ladera abajo. Irma y Segundo, dejaron en la base los caballos. Los esperaba un minibús, con dos médicas nuevas. Eran jóvenes recién salidas de las especialidades. Una, llamada Leticia, era gastroenteróloga y la otra, Jazmín era pediatra. Ambas, sin mucha experiencia pero llenas de deseos de servir en esa zona tan abandonada de la mano de Dios.

Irma y Segundo hacía cinco largos meses que no hacían ese regreso a la vida de pueblo. Ni soñaban quedarse en la ciudad. Apenas un recambio para ubicar un tiempo con sus familias entre reuniones en el hospital escuela y papeleo en la municipalidad.

El hombre tenía veinte años de servicio y pretendía un traslado para ver a sus hijos. La mujer, catorce sirviendo de enfermera, partera, sicóloga, juez de paz y maestra de las mujeres de aquella zona tan alejada. La gente salía a su paso, a medida que se acercaban al puesto de Los Arreboles. A caballo, en mulas o caminando, todos buscaban la ayuda de los profesionales. El minibús se detuvo bajo un enorme “aguaribay” y allí desplegaron un toldo. Bajaron una mesa plegable y se dispusieron a atender a los que hacían fila. Hombres agrestes, mujeres endurecidas por las duras tareas del campo, niños desnutridos o mustios, hasta habían traído sus animales enfermos.

Segundo, se hizo cargo de cortar pezuñas y aligerar heridas de cardones y alambres de púas. Irma, con las jóvenes, iban haciendo una tarea transformadora. Pesaban, tomaban la presión, limpiaban heridas de insectos infectadas, sacaban muelas rotas y flemones, inyectaban antibióticos… vacunaban, Leticia lloraba cuando descubría a niñas muy jóvenes embarazadas. Así fue que se propuso remplazar a Irma y a Segundo. Pero supo que sola no podría y buscó entre sus colegas otros que quisieran compartir su amor por esa gente.

De todos sus compañeros cinco se propusieron asistir. Tal vez no se quedarían en forma permanente como ella, pero sí, el tiempo necesario o que pudieran para socorrer a los que necesitaban su apoyo. Pronto se conoció su obra y algunos oportunistas trataron de hacer que se transformara en una O.N.G. para conseguir dinero extra. Todos se ofuscaron y salieron dando un portazo a los aprovechados. ¡Ahí, no cabía la avaricia!

Leticia sigue haciendo su tarea en aquellos lugares, la suelen ver a caballo o lomo de mula atravesando el valle o ríos helados para llegar hasta un puesto o un rancho. Siempre con una sonrisa y dispuesta a un abrazo fraterno.

LA VELETA

 

                                                           “No hables mal de alguien cuya carga nunca hayas llevado a cuestas” Marion Bradley

 

                            Ludovica apeándose del caballo, se alejó hacia la mesa de hierro que presidía el jardín. Allí estaba Andrea y el señor Gilberto. Tomaban unos mates con sabor a hierbas del campo. No fue sorpresa para Andrea ver a su compañera del colegio donde pasaban medio año pupilas para aprender las materias propias de señoritas de ciudad. Ellas se reían de la torpeza de la directora, una muy miope docente alemana que ejercía con mano de acero al pequeño rebaño de muchachas. El anciano portero era el único hombre que veían y siempre cuchicheaban sobre su modo penoso de hacer las tareas.

                        Riéndose la recién llegada se tiró sobre la falda de Andrea y Gilberto le hizo una chanza que ruborizó a las dos chicas. Cuando el rato, llegó Rafaela, la ayudante de cocina, vociferando que había fuego en el “guisadero” y que Luisa, la vieja cocinera, estaba abrasada entre humo y chispas con un pavo en los brazos y apretaba con furia la comida. No quiere salir, se va a quema viva y válgame Santa Eufrasia, que yo no quiero ver nada. Salimos corriendo y nos empujó el olor a quemazón de plumas y cabello. Gilberto cerró la puerta y tapó con una manta a la anciana. Juana se quedó muda. Luego salió espantada hacia su habitación con el pavo abrazado y negro. ¡Era la comida del Día de Gracias y la primera vez que fallaba su pitanza.

                        Todos llorábamos por el fuerte olor agrio y el vapor hediondo de grasa y laurel quemado. Luego comenzamos a reír y reír por lo poco afortunado de nuestro accionar frente a la “catástrofe” ocurrida con nuestra cena. Rafaela  comenzó a limpiar y su carita siempre acalorada por los pucheros, estaba tiznada y sucia. Lloraba y murmuraba contra nosotros, que según ella, éramos malas y egoístas. Llegó papá y su vozarrón nos hizo callar a todos.

                        ¿Qué ha sucedido acá? Acaso no saben estos señoritos superar un descalabro con seriedad. Andrea y yo nos tentamos. No podíamos evitar la risa. Nuestra inexperiencia era supina y Gilberto no era el mejor bombero de la zona.

                        Luisa, al oír al patrón, subió a la cocina, siempre abrazada al pavo negro y chamuscado. Su cara era de un fantasma recién acontecido. Todos de pie frente a ella comenzamos a reír y hasta papá se llevó la mano a los bigotes para que no se le notara la hilaridad. Ese día nos llevarían a la casa de Antenor, mi tío a cenar, por lo ocurrido. El problema era la servidumbre. Cuando llegamos todos, con Luisa y Rafaela a la casa del tío, su esposa, puso el grito en el cielo.  Para ella era falta de respeto que ellas estuvieran allí. Las pobres no sabían donde esconderse. Mamá la arengó hablándole de la “caridad” y ella comenzó a maldecir a las pobres mujeres. ¡Que eran sucias, que eran tontas,  Consideraba una que arruinaban sus hermoso pisos, etc., etc.!

                        Papá habló seriamente con ella y le dijo que su gente, era muy buena gente. La tía  Rigoberta cambió como una veleta, sabía que con papá no se jugaba y las defendería como a su prole. ¡Por eso odio a la famosa tía Rigoberta y creo que todos pensamos lo mismo! ¡Es una verdadera veleta!

                                                                                 

MUY MACHO PERO…


 

            Miró el trapo lleno de sangre que tenía en las manos y de un tirón le quería quitar el policía. Dio un salto hacia atrás y se alejó. Vomitó. ¡Nunca había pensado que le pasaría eso a él, el mejor maquinista del ferrocarril del sur de la provincia de Buenos Aires!

            Nació para ver pasar los trenes, su casa temblaba con el pasó de cada vagón, fuera de pasajeros o de carga. Amaba el olor del humo y de los aceites que derramaban las locomotoras. Iba pasando el tiempo y le suplicó a su madre que lo dejara ir  a la escuela Técnica de “Ferroviarios”. Estudió y salió con una medalla. No era muy inteligente, pero si tenía la testarudez de un toro. Orgullosos con su título se presentó en la oficina en Paternal donde le harían unas pruebas. Salió bien pero los acomodados le ganaron de mano.

            Se “conchabó” como aprendiz de un viejo polaco que armaba camiones y grúas, para el ejército. Aprendió de ese viejo agrio que escupía cada vez que hablaba en un idioma trágico de su tierra, un sin fin de estrategias con los metales. Sabía de todo y atento memorizó mucho de lo que el anciano sabía.

             Siempre puteaba por la guerra y se dormía sentado en un sillón desvencijado que según él, era traído de Polonia. Tenía más tierra y mugre que todo el vertedero de basura.

            El hombre escuchaba una música linda, pero extraña para el muchacho que amaba el tango. Igual, un día encontró en la mesa de la cocina una carta que lo llamaba del Ferrocarril Central para comenzar como maquinista.

            Un sueño cumplido. ¡No fue fácil! Tenía a un montón de tipos envidiosos y vagos que le hacían la vida imposible. Nunca los delató, hubiera sido peor. Había una pequeña mafia apadrinada por punteros políticos y del sindicato.

            Cumplió a rajatabla con su tarea, hasta lo premiaron dándole la locomotora más nueva y la más bella. La limpiaba como a una estatua de mármol o de acero. Brillaba cuando rauda pasaba por la ruta. Siempre atento a los cambios de luces, si veía un color naranja, aminoraba caso a diez kilómetros para evitar cualquier accidente. Si era roja, frenaba y los rieles y las ruedas chirriaban como una sinfonía de terror. Era verde volaba como los pájaros libres de la pampa.

            Ese día fue un horror. Bajadas las barreras y terminado de subir todo el público, comenzó a poner la máquina a andar, llevaba a los obreros y mucamas de media provincia, en la próxima barrera baja, una joven mujer corrió y se tiro bajo “su” tren. El grito y escándalo fue feroz. La gente gritaba y se tiraban para tratar de ayudar. Unos varitas y policías echaron a todos. A él, lo tomaron de atrás para quitarle el trapo que arrancó del cuerpo de la joven mujer. ¡No! Se deshizo de las duras manos que lo sostenían y le pusieron unas esposas de acero. No dejó el trapo sangrante. Lo arrastraron hasta un celular que irradiaba luces azules y rojas como la cabeza que rodó a sus pies, de la pobre mujer. Sacaron el cuerpo y lo llevaron fuera de su vista. Lloró. Lloró mucho, nunca pensó que le podía pasar algo así. Para eso no estaba preparado. Cuando abrió entre sus manos ese trapo sangrante, comprendió que era un delantal de cocina. Metió la mano en el bolsillo y encontró un sobre, arrugado y sucio. Lo abrió y había una hoja que con letra temblorosa decía: “Marcos, no soporto más tus golpes, tus insultos y tus llegadas borracho todos los días. Estoy embarazada y seguro que no quiero que mi hijo sea como vos” adiós y que Dios te perdone.

            Ese día Roberto González, dejó de ser maquinista de ferrocarril. El “polaco” y su madre fueron los únicos que lo fueron a ver en la cárcel de Caseros, hasta que demostraron que era un suicidio.