La conocí en una banca de la plaza cercana a mi casa. Estaba
allí, como esperando. ¿Qué sueños tendría esa mujer tan bella, aunque se
notaban los años en su piel blanca y luminosa? Rubia, de ojos claros de un
cierto color azul verdoso. Las manos sobre sus largas polleras negras, parecían
dos alas de mariposas nacaradas. Miraba hacia las montañas. No hablaba con
nadie pero movía los labios como si murmurara una canción apenas recordada.
Yo pasé a su lado. La saludé con una simple palabra: ¡Buenas...!
no me miró y ni cambió su postura. Llegué al negocio donde buscaba unos
calcetines de algodón y cuando entré, la muchacha que me atendió, me dijo:
¿Conoce a la señorita Sol? ¡Pobre mujer, tan linda y tan sola! Siempre a esta
hora los martes y jueves se sienta en ese banco y parece que espera a alguien.
Es vecina de este barrio. Muy conocida porque fue profesora en un instituto muy
importante del medio.
¿Cuántos años cree que tiene? Porque debe haber sido muy
hermosa cuando era joven. Me acercaré cuando regrese a casa.
Ya se alejó. Son casi las doce, todos los medios días, que
viene, a esa hora, al escuchar las campanadas de la iglesia, levanta un bolso
verde y camina rumbo a su casa. ¿La conoce, digo, a la casa? No, ¿cual es? Por
la calle Acevedo, es una casa enorme de puertas blancas y ventanales con rejas
bien pintadas de color verde. El terreno es enorme. Y ella, dicen está sola
desde que murió una hermana y sus padres. ¡Pobre!
Pagué mis calcetines y salí hacia mi casa. Desvié por la
calle Acevedo y la vi. ¡Qué caserón! Rejas por todos lados. Y un silencio de
huidas de cariños humanos.
No por curiosa ni chismosa, toqué timbre. Tardó en abrir un
pequeño ventanuco en la gran puerta. Cuando me vio, se sorprendió. Sus ojos
parecían los de una niña asustada. Me presenté. Me llamo Delia Ortiz, soy su
vecina. Como la vi en la plaza, me pregunté si podía necesitar algo... me miró
dudosa. ¿Qué clase de cosa puede hacer por mi usted? ¡Tal vez compañía, un té
hablando de nuestros sueños o sobre la vida; intercambiar libros si gusta leer
o escuchar música...! Vaya, vaya. ¡Qué interesante! Dijo abriendo la puerta y
acomodándose tras las rejas. ¿Y qué música oye usted y qué le gusta leer? Bueno
leo mucho. Los clásicos y algunos escritores modernos de diferentes orígenes.
Música clásica y melódica... he sido profesora en la universidad.
Cambió su rostro y me pareció que sus ojos brillaban con un
diferente color jade azulado. Me puede interesar pero no ahora. Voy a almorzar
y luego descanso unas dos horas. Si quiere, dijo pensativa, puede venir mañana
a tomar un té. Y yo fui. Cada viernes iba a su enorme casa a tomar un té.
Leíamos algún tema interesante que ella recortaba del periódico o de viejas
revistas femeninas o leía un poema de un libro, escuchábamos algo de música de
su antiguo toca disco y luego de hablar sobre el tiempo, sobre el costo de la
vida o de alguna historia, me despedía. Cerraba con varias trabas la puerta y
se quedaba sola.
Una mañana al salir de la farmacia, un cachorro de alguien,
se me cruzó y caí de bruces. Salió el farmacéutico y descubrió que tenía
quebrada una pierna. La ambulancia llegó rápidamente y me internaron en el
sanatorio de mi obra social. Luego vino mi hijo y me llevó a su casa. Pasé dos
meses en recuperación. Regresé a casa cuando ya restablecida, pude caminar sin
temor. Igual, tenía que hacer reposo. Por lo que no salí a la calle por otro
mes. Cuando me sentí segura, una tarde salí rumbo a la casa de la señorita Sol.
Toqué varias veces y no salió nadie. Un vecino, acudió a mi llamado y me contó
que la dueña de casa había muerto sola una noche de tormenta. Y que entre los
habitantes del lugar la habían acompañado al campo santo. Me preguntó si yo era
pariente, lógicamente dije que no, que sólo era amiga. Se lamentó. La casa ha quedado
para la municipalidad. Nadie, apareció como descendiente o pariente. Se
despidió y regresó a su negocio. Yo quedé parada sin saber qué hacer.
Lamentablemente, nunca supe cómo una mujer tan interesante
había quedado tan sola. Era culta, bella e inteligente. Caminé lenta hacia mi
casa. Pensando en la soledad de esa amiga.
Ahora repuesta como estoy y ya andariega como soy, cuando
paso por su casa, que está tapiada, la veo que me saluda con la mano y a
veces... la veo en la plaza sentada en aquel banco que solía esperar a alguien
mirando hacia la montaña. A veces pienso que por prudente uno no hace preguntas
que aclararían el porqué de una vida.
Donde estés señorita Sol, te mando un cariñoso saludo cada
vez que te veo brillante y transparente en la puerta de la enorme casa de
paredes y puertas blancas, que lentamente veo se va arruinando en silencio de
ausencia.