martes, 13 de octubre de 2026

HUÉRFANO

 

                 Amancio Urtubia, había nacido entre los surcos de la viña. Su piel solo tenía el dolor del sudor agrio del sol siestero. Se crió guacho y pobre....

Un día lo encontró a Zahir Músase, un vendedor de fantasías, chucherías, pócimas, y mil objetos llamativos. Se aquerenció en su caserón grisáceo, maloliente y sucio. Fregó paredes, pisos y un fogón tiznado, limpió vidrios y puertas. Amancio había quedado afuera. Zahir sólo impuso eso. Amancio en una piecita en la parte de atrás...y la letrina cerca. Nunca a la escuela, pero sí a trabajar la chacra con sus añitos, a estrenar coraje de agua helada en invierno; en esa palangana podía higienizarse; a bañarse en el tanque de cemento. La finca vecina del Tito, en los días calientes de enero y febrero eran su refugio.

                  Trabajo de sobra siempre. Aprendió a podar, a aporcar y entendió bien a hacer los injertos de toda clase de plantas. Los vecinos lo buscaban para que los hiciera en los durazneros, perales, ciruelos y las señoras en los rosales....todos le daban algo. Un pantalón casi nuevo, unas zapatillas o una chaqueta de lana. Sólo, muy solito se fue haciendo grande. Una tarde, casi a la oración, don Zahir lo llamó asustado...Vení Amancio...la Dorotea....no se ve bien. La pobre está muy débil. He llamado la ambulancia que no llega nunca y se escuchó la sirena. Entró un médico acompañado de un enfermero y don Zahir, lo acercó a una pieza del rancho de al lado.

                 La mujer tiritaba, la fiebre se había comido sus fuerzas. El chico entró por primera vez en esa habitación que en penumbra atrapaban el rostro cetrino de una mujer que aparentaba ciento de años. Las manos artríticas se aferraban a una foto pequeñita que de puro tocarla estaba desdibujada.

                  Amancio, la Dorotea es tu madre. Las palabras estallaron como trompadas dadas por un boxeador en su alma. ¿Cómo, cómo pudo esconderme esa verdad? Miró al viejo y de no ser por los dolorosos silbidos que salían entrecortados de los labios secos de la enferma, le hubiera dado un golpe tan fuerte como su cuerpo esmirriado le permitía. Helado, seco, mudo. Así se quedó el ya casi hombre. Amancio.

                 El médico expresó que debían internarla, que estaba muy delicada y que iría a terapia. El hospital, estaba a unos dos kilómetros y la metieron en una camilla y salieron echando humo por el camino hacia el nosocomio. Zahir, estaba perplejo. Amancio furioso. Allá se enfrascó en conocer ese espacio frío de las salas donde se esperaba una palabra de los médicos. Se arrebujó en un banco duro y solitario, don Zahir se fue a la finca y lo dejó solo. Al amanecer se acercó una joven que con discreta dulzura le dijo que su madre había muerto. Todavía vibra en las paredes del lugar el grito de dolor de Amancio, un chico que nació entre los surcos de las viñas y apenas pudo besar las manos ajadas de su madre. 

 

EL BARCO DE CUATRO RUEDAS


 

Hacia varios años que Miguel Ángel conducía, a modo de barco, aquel viejo trasto, ahora con ruedas. Desde que el barrio se había transformado en un aquelarre de ruidos, gases de vehículos y negocios y a él, lo habían echado del trabajo no tuvo otro modo de ganarse la vida.

Había regresado con su traje gris, gastado y deslucido, por la calle empapada. Llegó y olió el puchero. Ella lo abrazó consternada y en silencio se fue al tocador, sacó una cajita de polvo “Coty”, gastado y de su interior un rollito de billetes apretados. Los puso en la mano pálida y sudada. Junto a eso un recorte del diario: Vendo antiguo navío trasformado en barco de feria. ¡Soberbio, pasean los niños y los grandes como si fuera de alta mar! Se le corrieron unas lágrimas.

Él, el mejor tenedor de libros como monigote, lo compró y se convirtió en el mejor “Capitán de barco a ruedas Good Year” de Bs. As. Los días feriados y domingos subían familias enteras. La campana era el llamado para que los chicos que gritaban felices se sintieran navegando entre islas imaginarias y puertos llenos de piratas.

Algunas veces, los niños, aumentaban su gastritis. Esa maldita gastritis que lo atormentaba. Un día subió una mujer anciana con una pequeña niña que tenía unas “Nakhon” aparatos de metal en sus piernitas flacas. Fue la polio vio, ella hace dos años camina apenas. Le pareció un ángel y les devolvió las monedas. La nena tenía una enorme sonrisa. Con su gorra de marinero puesta, saludaba a la gente que miraba la ruidosa caravana. Casi todos los feriados y domingos, Marisa, y su abuela estaban en la esquina, él no les cobraba, claro. Le traían caramelos, una factura. Siempre con lluvia o sol, estaban allí a la espera de su barco. Pasó el invierno varios días, que no aparecieron, preocupado por el faltazo, llamó a voces al diariero con temor y preguntó por la nena. No las espere más. A la abuela la atropelló el tranvía. A Marisa la internaron en un centro de Córdoba para enfermos discapacitados. Y otra vez lloró.

 

 

 

UN SEGUNDO SALÉM

  

Sabía que mi pueblo era parecido a todos los pueblos. Nunca imaginé que era un segundo Salém. Lo supe una mañana. Apareció por el pueblo un predicador con un carromato. Era un vehículo antiguo, muy cuidado. Su color era llamativo. Con flores decoradas en los lados. Un altavoz, llamaba con tono meloso la atención de los pocos transeúntes y algunos habitantes que se asomaban o paraban en los portales o en las barandillas de los negocios, que miraban atónitos y curiosos.

Mi padre salió de su oficina donde agobiantes cables telegráficos le iban diciendo los precios del maíz en la Bolsa de Comercio, hora tras hora. Sus papeles cayeron del escritorio cuando con las largas piernas golpeó el frente del cajón donde apoyaba un negro cuaderno de cuentas manuscritas.

Yo salí corriendo por la vereda de mi calle, junto a otros chiquilines, para seguir al carromato. Llenos de polvo y curiosidad, caminábamos haciendo una suerte de murga para remedar los apocalípticos mensajes que voceaba el hombre. Papá llamó ahuecando las manos como una bocina manual a cada uno de los que festejábamos al predicador.

A pesar del ruido, su voz me sobresaltó y regresé junto a él. Me zamarreó y colocó su enorme mano en el hombro para que yo me alejara. Pronto se fue perdiendo el sonido y la comparsa que seguía con su jolgorio.

La mirada adusta de mi padre sorprendió a los pocos vecinos que pasaban por allí. Me dio la orden para que fuera a buscar al tío Zacarías al molino. ¡Corre me dijo, trae a tu tío que lo necesito con urgencia! Salí de prisa, haciendo gala de mis piernas juveniles. En el molino, divisé a Zacarías que rodeado de una nube blanca, probaba el nivel de refinado de la harina. Le di el mensaje y sacudiéndose la ropa, salió al trote junto a mí.

Llegamos a la oficina y papá me echó. Literalmente me dejó con la nariz pegada a la puerta con vidrios. Me dolió. Por verme afuera y por lo que me produjo el golpe. Algo verdaderamente importante debía pasar.

Hablaban como un par de amigos o de enemigos, se llegaron a tomar de los hombros, casi se trompearon... era muy extraño. Salió Zacarías, sofocado y con cara de pocos amigos. ¡A mí, me tenía que pasar algo así! Dijo entre dientes. Caminó derecho al molino. Yo regresé a casa y le relaté todo a mamá que se quedó pensando. Luego apagó el fuego, retiró las ollas de las hornallas y se cambió de ropa. Salió con el sombrero ladeado por el apuro. Los zapatos de taco que le hacían doler, eran ahora como de goma. Caminó al límite de la ciudad a una pequeña casa donde golpeó de nudillos. Apareció una joven muchacha que yo había visto algunas veces en el mercado los feriados. Hablaron un rato largo. Yo espiaba desde una esquina. ¡Me comía la curiosidad! Solo escuché bien cuando le dijo... ¡Ha vuelto y vino con un carromato diferente! ¡Cuidado! Y salió apurada en dirección a nuestra casa. ¿Qué pasaba? ¿Quién era ese que había vuelto?

Como soy terriblemente curioso, escuché cada diálogo que se refería al carromato y al hombre. Me enteré que hacía muchos años, como diez, que había llegado otro carromato como ese, más disparatado, alegre y simpático. Pero supe que enamoró a una niña muy joven (creo que es la que mamá visitó) y se la llevó, dejándola embarazada y sola en el extremo del país y que el tío Zacarías tuvo que ir a buscarla, porque era su hijastra. Después de eso de la pena se enfermó Catalina su esposa y madre de la susodicha. Murió y él, quedó a cargo de la muchacha.

El pueblo era un aquelarre de dimes y diretes, como dice mi abuela, Un asco de habladurías y si hubiera un inquisidor; como dice el cura, la hubieran quemado en la plaza del pueblo. ¡Las viejas arpías son unas brujas! Eso pienso yo, cuando salen a las puertas de sus casas a pelearnos porque jugamos a la pelota en la vereda o corremos en bicicleta por la calle con gritos y risas.

La pobre muchacha, perdió a su bebé. La hicieron sufrir tanto que ya no salió más de su pequeña casa de las afueras. No tenía amigas y sólo iba al templo cuando sabía que no asistiría mucha gente.

La abuela me contó la historia de las Brujas de Salém que las quemaron vivas por una mentira y acá, aunque fue verdad, la chica no era mala y no lo es ahora, casi digo yo, es medio un ángel solitario.

El comisario del pueblo se apersonó al carromato y le exigió que se fuera, no le dio ni horas para salir de mi caserío. Y yo vi que la muchacha, se escondía detrás de las persianas para espiar al hombre que pasó cerca de su casa. Yo me pregunto... ¿Ella aun lo ama? pero mejor me cuido, si hago cualquier cosa que no le guste a las poblanas... capaz que me tenga que ir del pueblo.

CON LA CABEZA LLENA DE PÁJAROS

 


CON LA CABEZA LLENA DE PÁJAROS


Graciela Elda Vespa

Argentina

 

    -¡Man…! ¡Man…! ¿Niña Cuándo vas a escuchar y hacer lo que se te pide?

    -¿Qué, qué me dijiste?

    -¿Siempre en el extra mundo! Pareces una abombada.

¡Manu, tienes pajaritos en la cabeza!

            Manu nació en primavera, con el color de las hojas amarillo verdoso de los primeros brotes; calmo, limpio y suave de la brisa que desdibuja el frío y alienta con hálito   tibio el aire del campo. Manu, pequeñita y frágil. Fue la única mujer entre ocho varones. Mis padres, campesinos analfabetos y tranquilos, la recibieron confundidos.  Una fémina entre tanto hombre…, toscos, bravucones, intensos y arrebatados. ¡No sabíamos cómo tratar a la niña!

            Creció como educada por manos ásperas pero deliciosas. ¡Nunca un grito, una palabrota, un enojo! Cuidada como copa de alabastro, era un pequeño cristal que se podía quebrar con el más leve movimiento.

            Entonces adiós a los chicos alborotados, peleadores y groseros.  Ya no peleábamos y sólo afuera de casa o en la escuela y fuera de su mirada que escapaba hacia el cielo, siguiendo el rumbo de los pájaros. Nunca cerca de su mirada melancólica, según decía madre, podíamos asustarla.

            Cuando comenzó a caminar, todos detrás de ella para evitar que se fuera de bruces al piso, parecíamos una larga fila de hormigas…todos atrás. No se puede raspar o algo que se marque en su piel de azucena. Su piel de seda pálida brillaba por un color de damasco que maduraba lentamente. El cabello largo y ondulado bajaba sobre sus hombros con suaves rulos y caían por la espalda y la serena frente amplia. Piel con brillo de fiesta permanente; pestañas largas sombreando las mejillas siempre rociadas por alguna pícara lágrima que se escapaba de sus ojos grises. ¡Nunca supimos por qué! 

           La bautizaron con el nombre de Manuela. Y fue una fiesta inolvidable. Todos hablan en la feria sobre ese día. Sobre los ricos dulces caseros y pasteles que hizo mi madre y la madrina.
           Así fue creciendo. Subía a un árbol, en cuya horquita papá le había fabricado una especie de nido y allí se quedaba como soñando, horas, canturreando.

           Cuando la llamaban a comer o a dormir no contestaba. Según mamá y alguno de nosotros, tenía pajaritos en la cabeza.
           Un día, cuando cumplió doce años le dijo a mi hermano Alfredo que en su cabeza había un piar insistente de aves. Se moría de risa y curiosidad. Mas, luego, comenzaron  a salir de entre su cabellera los picos y cabecitas de pájaros de diferente tamaño y color.

           ¡Y sí, tenía cientos de pájaros en la cabeza! Como si de eso fuera poco, ya no bajaba del árbol.

           Allí se quedó y ahora vuelan a su alrededor los pájaros más bellos del campo y de la aldea.

            ¡Manu, realmente tiene pájaros en la cabeza!

MIS PATINES

 

Me llamó con una voz desagradable. Yo corría con mis patines recién estrenados. Los Reyes Magos habían cumplido este año. Saqué tan buenas notas, que porto la bandera nacional. ¡Tal vez por eso me los dejaron! Es cierto el regalo hacía ruido y molestaba, era un ruido agudo como de un abejorro. El vecino era un personaje cómico, o yo lo veía así. De día vestía como cualquiera de mis vecinos y mis tíos; pero de noche se vestía con ropas de mujer multicolores y una enorme peluca rubia que caía en cascada sobre su cuerpo que a decir verdad no era hermoso. ÉL era obrero, rústico, trabajaba en la construcción y tenía unas enormes manos callosas. ¡Pobre se predisponía a la burla de los "pendejos" que lo esperaban agazapados en las esquinas para decirle groserías!

Me miró mal y me pidió que me fuera, que el ruido lo molestaba. Me detuve en seco.  Me acerqué y le puse atención. Me echó un balde con agua fría. Salí llorando para buscar a mi madre. Salió el abuelo para defenderme y al acercarse a la ventana comenzó a elevarse sobre sus pies. ¡Insólito! Tomó, un envión y se encaramó al ventanal. Allí comenzó una lucha desigual. El vecino, lo abrazaba y besaba con los labios untados de rouge rojo que dejaba marcas y que mi abuelo a manotazos iba desprendiendo con su camisa blanca. Las marcas parecían pequeñas mariposas rojas que se desprendían y alejaban por todo el barrio.

Unos gritos histéricos atrapaban los insultos de mi abuelo mientras intentaba en vano golpear al tipo. Mi madre, intentaba a su vez matar las mariposas que caían en el césped del jardín y se transformaban en arañas, rojas, gordas y peludas. Yo seguía haciendo movimientos rítmicos con mis patines y desde allí, de las ruedas salían cintas de color gris, azul y blanco con una música suave y dulce.

Mamá comenzó a desprenderse de las arañas y algunos alacranes negros y cien pies que caían por el lecho de la acequia cuyas aguas se transformaron en un arco iris.

El abuelo terminó su lucha. Volvió cubierto de una enorme capa de alas de mariposas rojas. Caminaba y cantaba. Yo me fui con los patines por la calle central, llevando de la mano a mamá que se había puesto un traje de sirena.

Nadie me creyó lo que relaté en la plaza del pueblo. Decían que estábamos dementes o alcoholizadas. ¡Pero juro, seriamente que lo que pasó es verdad! por eso no ando en patines en mi vereda nunca más.

 

HISTORIA DE UN OLIVO

 

            Un día de pronto sentí una luz potente que atravesaba mi débil cuerpo. La tierra a mi rededor era fértil y húmeda. Algo extraño fue ver muchos como yo, en distancias cercanas. Supe por el comentarios de unas plantas de alcaparras que ese calor venía de una estrella llamada sol y que en ciertos momentos desaparecía y hacía frío y una nube dejaba su rocío en nuestro cuerpo, por entonces pequeño. Crecí y me fortifiqué. Di frutos que me arrancaban felices unos hombres rudos y musculosos que hablaban un extraño idioma. Con el tiempo aprendí a escucharlos y los entendía. Supe que vivíamos en una isla rodeados un mar azul brillante.

            Pasaron años, esos hombres se fueron yendo y mi cuerpo cada vez era más fuerte y me sacaban más frutos, aceitunas que a veces eran verdes o las dejaban madurar y eran negras. Ellas arrugadas como algunas partes de mi cuerpo. ¡Me cuidaban mucho!

            Pasaron muchos años. Y fueron sacando compañeros míos para hacer caminos y casas de piedra y cal, tan blanca que cegaba. Había otros seres diferentes. Yo seguía con una vida rutinaria, envejeciendo solo.

            Cerca de mi espacio, una mañana, en un extraño espacio con baranda de mármol la vi. Ella.

            Una mujer tan hermosa como las estrellas en las noches de calma. Vestía una hermosa ropa de tela suave y de color vino, ese que bebían los hombres en cántaros cuando me sacaban los frutos. Su larga cabellera parecía el ondular de las aguas del mar, pero eran de color oscuro y brillaban como el cielo nocturno con tormenta.

Me miró un breve instante y la vi como me sonreía. ¿Era un afortunado! Yo olivo viejo atrayendo la sonrisa de una bella mujer humana.

            Todos los días esperaba que saliera y me mirara. Yo hubiera querido tener voz y movimiento en mis ramas para abrazarla y decirle cuánto la amaba. ¡Qué inútil sueño el mío! Un día bajó hasta donde yo me mecía con el aire marino que en ráfagas sublimes me quise mostrar. Ella se acercó a mi tronco y me rodeó con sus brazos. Tomó un fruto y lo llevó a sus labios y saboreó mi jugo, mi entraña de oliva. Me volví loco de amor.

            Pasó un corto tiempo y una mañana que estaba cerca de mí, comenzó el mundo de mis raíces a moverse con furia. ¡Terremoto! Y caían las viviendas y se desplazaban los enormes trozos de la isla hacia el mar, donde comenzó a bullir un fuego enorme. Un volcán emergía del fondo marino. Era un caos. El agua hervía y la tierra se desplomaba por doquier y yo la vi, vino corriendo y se aferró a mi cuerpo. Su cabellera se enroscó en mis ramas y yo apreté mis raíces a lo que quedaba de suelo, gracias a mis años, tenía muy lejos mis raíces y pude sostenerme. ¡Y ella conmigo! Mi amada Briseida se confundió con el verde de mis hojas y pude salvarla. Cuando la tierra dejó de arrastrase hacia el loco mar y el fuego se calmó y el agua lentamente quedó fría, ella, mi adorada se sentó en mis ramas más fuertes y se quedó dormida.

            La isla había quedado desolada y pequeña. Ella, Briseida y yo, el olivo viejo que atrapaba entre sus ramas retorcidas a la más hermosa de las mujeres. Una barca de pescadores la sacaron de mi lado y a mi, me dejaron solo. ¡Solo, pero con el recuerdo triste de mi amor perdido! ¿Dónde estará ahora Briseida? ¿Se acordará de mi? Seguiré mi sueño de olivo centenario hasta un nuevo terremoto me arrastre al mar como una boya y me pierda en el olvido.

sábado, 10 de octubre de 2026

SOLILOQUIO DE UN PERRO


 

            El ruido me volvió loco. Salí tan pronto pude. Corrí con la fuerza que mis patas me lo permitieron hasta que de pronto me di cuenta que estaba en un lugar desconocido, lejos de mi hogar. ¿Pero a quién se le puede ocurrir hacer semejantes estallidos en medio de la noche? Es cierto que el cielo se pobló de luces d colores, pero con el miedo que tuve no miré mucho. ¡Qué miedo! Me acurruqué debajo de unos ligustros y allí me quedé dormido.

            Un ser humano joven me vio y me levantó, me acarició y como yo temblaba, me dijo…Napoleón debes ser mi guardián. ¡Pero cómo si yo me llamo Tom! Quiero ir con mi dueño. Él, es bueno conmigo. ¡Eh, llévenme con mis niños queridos!

            Nada. Yo ahora soy Napoleón y convivo con una verdadera jauría de perros que tienen diverso carácter, poca educación y algunos son hasta sucios. La más vieja es una hembra; se llama Aída. Es casi ciega y no tiene dientes, cosa complicada para uno de nosotros. ¿Cómo roe los huesos? Es cómico verla comer. Es la única que puede entrar a la casa. Nos vive gruñendo por todo, en especial a uno que se llama Chaplin y es tuerto. Ese pobre tiene la pata trasera rota y se arrastra.

            Anoche me llevé un gran susto. De pronto apareció una rubia, de pelo largo y vestida de minifalda roja con brillo y se acercó para hacerme cosquillas en la panza, yo salté… ¿quién era esa? ¡Eh, tonto, soy yo Brian! Era mi rescatador, vestido así, todo como mujer…detrás venían otros dos u otras dos, una pelirroja y una morocha,  vestidas con ropas raras, con los labios pintados de rojo y muchos colorinches. Eran Jonathan y Omar. ¿Adónde van estos así, pensé? Tendré que averiguar.

            Me acerqué prudente a Fidel, era bastante viejo pero no me gruñó. ¿Che, porqué el Brian y los amigos se visten así? ¡Ay, loco, nada, son trans! ¿Qué? Son Transexuales. ¿Y eso qué carajo es? Se sienten minas. ¿Cómo? Nada, loco, es tan antiguo como el viento. ¡Ah, yo no sabía! Yo vivía con una familia muy rara, pero nunca así. Ellos se juntaban a rezar entre muchos y leían libros, que decían sagrados. Eran buenos mis dueños. Estos también, a mi me rescataron de una tarada que me ataba y me pegaba. Por eso un día pasó don Micheel y me agarró, me desató y me trajo. Él, es raro, pero bien piola. Gracias por darme una lección, Fidel.

            Me fui por el pasillo del fondo y me quedé pensando en mi destino. De dueños serios y religiosos, a amos “trans”; ¡qué cambio!

            De día todo era casi normal, para mí, que creía en lo “normal”. De noche se armaban unos raros encuentros de música ruidosa de la que yo sólo espiaba. No me gusta el ruido. Me da miedo. Una noche llegó una perra, hermosa, algo herida. Le decían Madona. Era linda. La bañaron y la perfumaron. Se armó un revuelo entre los machos. Yo la defendí y se quedó junto a mí. Era inseparable, pero yo no tenía ganas de complicarme la vida con hembras, ni con machos; por lo que tomé la medida de cuidarla sin darle mucha importancia.

            Un día de mucho calor, don Micheel sacó un auto rarísimo. Atrás llevaba un cajón de los que usan para los muertos. Él, vestido con un pantalón de baño a lunares celestes y rosados, cada uña de las manos y pies pintadas de colores y el pelo color verde, con una chaqueta de piloto de color naranja, se metió en el cajón y acostado se hizo llevar por el chofer a un “recital en un teatro”. No me animé a seguirlos, me podía perder. ¡Pero qué loco! Fidel se me acercó y me contó: ¡Nuestro amo, es un músico famoso, lo adoran multitudes! Tiene ganados discos de oro y platino. ¡Es un genio musical, medio desquiciado, pero es muy generoso! Nada. Hace cosas raras, por eso lo dejó la madre del Brian. ¡A la hija, la metió al río cuando era chiquita para ponerle el nombre y casi la ahoga…lo llevaron preso! Me jodés. ¿La bautizó en un río? ¡Está más loco que yo! No, estaba volado con marihuana. ¿Qué es eso? ¡Che, Napoleón, sos tonto! No, nunca supe de esas cosas. Es una hierba. Déjalo así, mejor ni te cuento.

Cuando la ví a la chica la miré diferente. ¡Pobre! Bautizarla en medio de un río. Y nombrarla con un “Sirenita”, como si fuera un cuento infantil. Quisiera volver con mis dueños de antes. Pero no creo posible que los encuentre. Acá son raros pero me dan bien de comer y me siento cuidado.

Cuando don Micheel, llegó, se tiró por la ventana a la piscina. Yo pensé: este idiota se mató. ¡Salió nadando como un pez! ¡Qué extraños son los humanos! Gracias a la vida que nací perro.

Mañana, voy a intentar salir de casa para ver si me oriento y regreso a casa. ¡Pero me da pena Madona, está tan triste que no quiere comer si yo no estoy cerca! Es una chica buena, algo remilgada, siempre se esconde de los otros perros y es amiga de los gatos… ¡Increíble! Se deja bañar por una gata vieja que suele desayunar en la casa con Brian en la terraza. Mete sus patas en la taza con café y se lame sin pudor. Y el muy cochino de Brian, sigue bebiendo el café como si nada. ¡Un escándalo ver las costumbres de estos nuevos amos! Si me viera mi otra dueña, diría que están endemoniados. Son algo exagerados, son mugrientos, nada más.

Recién escuché una riña entre Fidel y Aída. Parece que alguien se robó la comida de la mesa de la sala donde están todos los instrumentos de música. Por las huellas era el Fidel. ¡Extraño que un buen perro robe comida siendo que acá sobra para todos! Me puse a espiar y descubrí que era una amiga de Sirenita, que trajo de la calle. Escuché la palabra “indigente” y me acordé que mi dueña anterior cocinaba para esos, los indigentes. ¿Conocería a mis amos? Tal vez me lleve a su casa. Me acerqué y descubrí que tenía en el bolsillo un reloj del amo. Le ladré fuerte. Me pateó. Se armó. Vino Aída, Fidel, Chaplín, Caruso, Tita, Tosca y Beethoven y ladraban como locos o gruñían a la piba. Brian se dio cuenta que pasaba algo y la agarró del pelo. Le sacó de un tirón la peluca. ¡Era un tipo! Me dio una patada y di como mil vueltas por el aire, lo mordieron todos los muchachos, hasta Aída sin dientes…!

Ahora soy el rey del grupo. Todos me tratan bien. El amo, se acercó y me puso sus flacos dedos en el lomo. Y se sentó al piano y me cantó una canción que hablaba de mí. ¡Qué suerte que tengo! Soy un perro muy suertudo. Madona me hace cariños y me lame la herida que me dejó la patada del ladrón. ¡Es divina Madona! Pero no se lo voy a decir. No quiero tener problemas con hembras.

¡Napoleón…, vení! Me está llamando el Brian, otra vez está vestido de “mina”, ¿qué quiere ahora? ¡Ay, me quiere poner un vestido de lentejuelas! Yo me voy. Soy un macho. Déjenme de cosas raras a mí.