jueves, 19 de febrero de 2026

EL PLACER QUE JUNTOS INVENTAMOS

 


 

            Nací así, casi ciega, de pelo blanco níveo y ojos rojos. Me dejaron a un lado, creyendo que sería un estorbo. Pero se equivocaron, soy mimada y amada como un ser único. Me bautizaron Serena. Y lo soy, me acomodo en el almohadón de seda azul, y duermo tranquila todo el día. Desde allí, escucho todo lo que hablan, como se pelean por dinero o comida. A veces me dan de comer y salen dejándome sola y yo aprovecho para merodear por toda la casa.

            Ayer Camila trajo un cachorro de color blanco como yo, tiene muchísimos rulos y es muy juguetón. Vive en brazos de Camila. Yo lo miro indiferente, pero no me gusta. No es un gato es perro. Le dicen “caniche” y lo llaman Goliat… ja, ja, ja. Es tan pequeño y nervioso que salta de un lado a otro, yo lo miro de soslayo. Me preocupa. En la noche de tormenta del jueves vino y se echó en mi almohadón tiritando. Me dio pena. Esa noche Camila peleó mucho con Enrique. Discutían y se arrojaban cosas, primero fueron trapos, después las zapatillas y finalmente cosas que se rompían al caer.

            Me dio miedo sentir tanto grito y palabras que no voy a repetir por educación, soy muy fina para decirlas. Parece que tenían diferencia con algo llamado dinero. Él, sacó las llaves del auto y dando un portazo salió en plena tormenta. Los rayos y truenos parecían fuegos artificiales. Pero Goliat temblaba pobrecito. Lo envolví con mi cola, tengo una cola hermosa, blanca, peluda y calentita. Se durmió, pero yo no pude. Camila lloraba mucho. A media noche escuché el motor del auto. Entró Enrique. Caminó descalzo por el comedor y el pasillo. Ella abrió la puerta y el le pegó. Hazte a un lado, ladrona. ¡Le dijo ladrona! A ella que es buenísima. Te sacaré todas las tarjetas, le gritó. Y ella se las tiró al piso. Y él, la recogió y las rompió con una tijera. Yo vigilaba para ver qué hacía con ese instrumento que odio. Lo usan para cortarme algunas veces el pelo de mi cuerpito.

            El se metió en la habitación de huéspedes y ella se encerró en el baño. Goliat se despertó y comenzó a ladrar. Enrique salió y nos tiró un zapato grande y pesado. ¡A ver si me dejan dormir! Eso era para nosotros. Yo ni un maullido. Goliat se quedó medio desmayado del zapatazo. Camila salió despacio y se llevó a Goliat a su lecho, yo me metí debajo de la mesa del comedor hecha un ovillo. Lástima que al ser tan blanca me pueden encontrar enseguida.

            La mañana fue tranquila. Pero Goliat, estaba muy enfermo, se ve que lo golpeó mucho el zapato. Se arrastra. Lo traje como a los cachorros, del pellejo del cuello y lo cuidé. Lo lavé con mi lengua áspera y suave, lo acerqué a la comida y lo asistí varios días. Enrique no vino unas cuantas noches. Dormían separados. Ella lloraba. Hablaba con su madre por el teléfono de la cocina. Finalmente, una noche llegó Enrique con un amigo.

            Camila se atrincheró en su habitación y yo con Goliat, comenzamos a jugar suavemente, con el placer de los amigos que es estar juntos. Con mimos y tranquilos. ¿Me pregunto si los humanos se odian, porqué no se van lejos unos de otros?

            Enrique, le sacó ropa, zapatos y dinero y se fue. Camila se quedó llorando, sola y nosotros fuimos y le comenzamos a tocar con nuestras patas y nuestro amor de animales. Ella se calmó y se quedó dormida. Mañana tal vez el se arrepienta y vuelva. ¡Pero mejor no! Goliat y yo, seremos su compañía. Es mucho más seguro.

UN MILAGRO INESPERADO

 


            ¡Es un muchacho imposible! No acepta su vida. Es verdad que debe ser muy difícil no saber su pasado, conocer a sus padres y de dónde viene. Era muy pequeño cuando lo encontraron en una caja en un descampado. Tenía horas de vida. Pero era un bebé sano, morenito que aun conservaba el rojizo de su nacimiento.

            Lo encontró Reinaldo “el Tarta”, una mañana muy temprano cuando cartoneaba por la orilla del camino. Creyó que era un gato abandonado y como adora los animales, se acercó y ¡Oh, sorpresa!, era un bebé, machito. Lo envolvió en su vieja chaqueta de lana y salió corriendo a la salita. Se armó lindo alboroto.

            La enfermera de guardia, sorprendida y enojada con la que pudo ser la madre, lo tomó con amor y lo bañó, lo vistió con ropita que siempre consigue y se lo entregó a la doctora para una buena revisión.

            Después le apodaron “Gato” y siempre el Tarta, lo venía a ver para saber si estaba bien. Un médico que no había podido tener hijos, hizo los trámites para adoptarlo, pero son tan largos y enredados, que tardó mucho en poder sacarlo y llevarlo a su casa con su esposa. Lo llamaron Lorenzo porque ese día ganó el campeonato en primera el club de los amores del doctor. ¡Era un hincha  de San Lorenzo! Siempre llevaba debajo de la camisa la camiseta del club de sus amores.

            Lorenzo, el Gato, se fue criando bien con amor y una educación de primera; pero, era huraño y callado. El día que ingresó por primera vez a la escuela, conoció el dolor de su historia. Un chico malísimo, se burló diciéndole que era un abandonado de la calle. ¡Y allí comenzó a portarse muy mal!

            Nada pudieron hacer los padres del amor, le hablaban con ternura, lo mimaban y hasta era un privilegiado por su trato en la casa y fuera de ella. ¡Nada era suficiente! Él, se sentía perdido, sucio, negado y arisco.

            Pasaron cinco años y una tarde lo vino a buscar Andrés un compañero y le prometió que lo llevaría a un lugar a conocer a una persona. La curiosidad fue mayúscula. Lo siguió en su bicicleta y se fueron alejando del barrio, entraron en un pasillo en un asentamiento donde vivía gente muy pobre. En una casilla de chapa y nylon, se detuvieron. Bajó Lorenzo de su bici y siguió al interior a su compañero.

            Allí sobre un colchón de trapos y cartones vio en la penumbra un anciano que dormitaba. Era Reinaldo el Tarta que sufría sus dolorosos años de la vejez, de su pobreza y de su falta de familia. Andrés, lo despertó. ¡Mirá Gato, él te encontró y te salvó de que murieras de frío o te mordieran las ratas! Él, es tu héroe.

            El anciano abrió los ojos y lo miró un rato. ¡Lorenzo! Y se incorporó para saludarlo. Andrés lo empujó para que lo abrazara. Y así, como si de pronto encontrara su historia, el muchachito se transformó en su “hijo” del alma. Lo ayudó a pararse y le pidió que esperara, que fuera a buscar la forma de sacarlo de allí.

            Salieron raudos a traer a su padre, el doctor. Quien sin dudar los acompañó. Sacaron del agujero donde habitaba el viejo, lo llevaron a la salita y una vez pasado un breve tratamiento lo alojaron en una habitación de huéspedes de su casa.

            El anciano, era otra persona, por primera vez, conoció una familia. Y como era diciembre, junto a la parentela que llegaba del interior, prepararon la mejor Noche Buena y navidad de su vida. Y Reinaldo les contó que él, había sido abandonado como Lorenzo, pero no tuvo tanta suerte como él. Ya que quienes lo recogieron lo maltrataron y lo dejaron abandonado cuando era pequeño a su suerte. Lorenzo, lo abrazaba y lo llenó de cariño. ¡Esa fue la Navidad más hermosa de la familia! Un milagro inimaginable que cambió la vida de muchas personas.

SÍNDROME DE TRAICIÓN, CAPÍTULO10

 “Podrán cortar todas las flores, pero nunca terminarán con la primavera.” Che Guevara.

 

 

Entró en su dormitorio. Sacó una “Sansonite” que compró en París y puso allí algo de ropa. Muchos apósitos y “muestras gratis” de las que guardaba. Corrió descalzo por las alfombras de los pasillos y abrió furtivamente la puerta del dormitorio de sus padres.

No habían regresado de esas interminables y ridículas cenas de amigos. Mentalmente agradeció su suerte. Fue al tocador de la madre. De allí sacó ropa interior y dinero. Dejó una nota en la cómoda diciendo:

¡Mamá, como tengo mucho que estudiar y no puedo concentrarme, me voy a la casa de Cariló o al departamento de Mar del Plata. Regresaré pronto. Cualquier cosa les hablo. Llevo algo de dinero que saqué de tu tocador y algunas prendas, luego te explico!

¡Gracias mami! ¡Me llevo la camioneta!

            ¡Besos de tu hijo Emilio, el único más lindo y mimado!

 

Corrió con su pequeño equipaje. Cuando llegó junto al coche vio que la joven mujer deliraba y se asustó. Le dio agua y tratando de no hacer ruido, entró el Mercedes al estacionamiento, cambió a la moribunda de lugar, acostándola en la parte carrozada de la camioneta Ford y salió del garaje, pero antes de partir, se fijó muy bien, si no quedaba algún detalle en el otro coche que delatara su problema.

Cuando partió ya había comenzado a clarear. Manejó con cuidado hasta la ruta y allí, para no tener problemas trató de acomodarse a un ritmo normal de cualquier viajero. La llamada de Texas de Florencio, lo encrespó.

Antes de llegar a Chascomús, se cambió de ropa y tiró el overol y la campera en un zanjón y le echó gasoil y un fósforo. Ardió dejando un montoncito de cenizas. Siguió. En un pequeño pueblo compró en una farmacia, varios elementos de “curación y suero”. El sol ya estaba bien alto cuando llegó al pequeño puesto de guardia de Cariló.

El tranquilo sereno se sorprendió al verlo, pero pensó: ¡Son tan chiflados estos nenes de mamá!

-          Oiga amigo… ¿Me conoce, no? Sí, sí, mire, vengo a estudiar, porque tengo varios exámenes. Necesito tranquilidad. Si me viene a buscar alguien, lo para acá y me avisa

-          Como usted ordene… ¿Le mando a Rosa?

-          No…, bueno, sí, pero más tarde. Yo le aviso cuándo.

-          Diga joven ¿Necesita algo, para mandarle algún peón, digo yo?

-          ¡No, quiero estar solo y tranquilo! ¡Llámeme por teléfono si viene alguien!

            El hombre levantó la barrera y la camioneta ingresó por las serenas calles arboladas de tierra y gramilla. El bosque escondía las viviendas de miradas extrañas. Era el lugar ideal. Una nube de arena y polvo sellaba el capot del vehículo. Cuando llegó el chalet parecía muerto.

Abrió el portón y allí estaba el Jeep, la lancha, los equipos de buceo y ski acuático, la moto y cuanto chiche nuevo aparecía en las casas de náutica.

            Le dio mucha rabia. Pensó en la  falta de instrumental del “Hospital de niños”. Con todo eso se podría comprar tanto… Entró la camioneta y cerró el hermético portón. Sacó la llave y abrió la puerta de ingreso a la casa.

Pensar que sus viejos pagaban un montón de plata, para que limpiaran todos los días ¡Qué cosa de locos si nadie quería ir a esa casa!      

¡Sintió bronca después de todo su viejo trabajaba duro…! Cierto que cada operación la cobraba un disparate, pero siempre era gente de dinero, a la que no le hacía nada gastar. Alzó el cuerpo macilento y deshidratado de la muchacha. Subió la escalera de madera alfombrada y entró a su dormitorio, con una mano destapó una de las camas de dos plazas que había en su dormitorio. Allí depositó a la chica. Abrió el placard y despojando de una funda plástica un traje, la rompió como impermeable poniéndola debajo del cuerpo. Pensó poner una sabana entre el cuerpo y el nylon. Una zalea se hacía con sábanas cortadas y en la casa sobraban; además necesitaba proteger de llagas la piel herida.  Florencio le ordenó cuidar a la “mina” como si fuera oro. Y era oro para la organización.

 Descolgó un cuadro, un mamarracho que su madre había comprado a una pintora amiga y en el clavo colgó un frasco de suero.

Fue al baño, dejó correr el agua de la canilla un buen rato y cuando acabó de salir la herrumbrada se higienizó meticulosamente manos y brazos.

            Entró al dormitorio y preparando el brazo de Delfina le inyectó la aguja de suero en la vena. Preparó un fuerte antibiótico y lo introdujo en el suero. La auscultó y notó arritmias. Sacó una ampolla de digitalina y se la puso en la vena del otro brazo. Tenía dos presiones arteriales muy juntas y altísimas.

La mujer se estaba muriendo. Él tenía que sacarla o la “Organización” perdería una buena oportunidad de hacer un trabajo eficiente.

Se quedó con el estetoscopio puesto y el aparato de presión en la mano. Notó que lentamente hacía efecto la droga.

Cuando estaba acomodando la habitación sintió ruido en la escalera. Salió y cerró la puerta con llave.

-          ¡Señor, soy yo, Rosa!

-          Ah, me asustó… mire Rosa, necesito que me haga algunas cositas.

-          Yo vine antes de ayer a limpiar, pero acá no dura nada y usted no avisó…

-          Está bien, no quiero que se justifique ante mí, yo no soy su patrón.

-          Gracias, pero…

-          Rosa: ponga en funcionamiento la bomba, la heladera y limpie en la planta baja un poco. ¡Luego traiga esta lista de comestibles por favor!

Mientras sigue dándole ordenes, baja de tal modo la escalera, que la mujer retrocede en todo momento alejándose del lugar donde está la enferma. No debe saber que hay otra persona ahí. Le alcanza una pequeña y desprolija lista de comestibles, el muchacho advierte en el piso manchas pequeñas de sangre que ha perdido la enferma.

- Mire Rosa tengo mucha hambre, primero búsqueme leche y comestibles y después limpia. ¿Sí?

Y mientras le comenta eso la toma decididamente de un brazo y la lleva a la puerta. La pobre mujer tan asombrada y desorientada no atina a responder. Sube a su motocicleta y parte a cumplir con el pedido.

El hombre cierra y vuelve sobre sus pasos. Busca un trapo de la cochera y limpia las manchas con esmero. Cuando queda satisfecho, deja embolsada la basura con el trapo sucio y la esconde en la camioneta.

 Regresa al dormitorio, toma el pulso y la presión y nota alguna mejoría, ahora queda esperar. Luego…

Mira el cuerpo de Delfina y le asombra como ha adelgazado. Él la ha visto hace un año más o menos en la fiesta de unos amigos de su padre. ¡Allí lucía un precioso vestido negro de seda natural chino, con alhajas valiosísimas y un precioso peinado!

Ahora, pálida, deshidratada, con la cabeza rapada y delgadísima, le da lástima. Aquella era la mujer, que despertó la ira en su corazón entonces porque era rica, linda y hablaba en francés, en lugar de hablar castellano. ¡Le dio rabia, su seguridad junto a un hermoso hombre, que la miraba con adoración¡ En el fondo eran celos y frustración por su problema. Nació con labio leporino y paladar hendido. Le costaba hablar y los niños en la escuela le hacían toda clase de burlas. Sus padres lo llevaron a un importante instituto de Brasil para una operación cruenta y reparadora con el mejor estatista del mundo. Los curó bien.  Estudiaba medicina para ayudar a otros como él.

En cambio a esos llenos de lujos y sin problemas que nunca fueron sus amigos ni vecinos que se sentían titanes que se pagaran las cirugías. ¡Y él ese día anterior en la sala de la Villa, había visto morir a una chica de catorce años tuberculosa, veía morir desnutridos ancianos y niños por hambre y abandono! ¡Todo eso lo decidió a unirse a la “Organización”, él tenía que hacer justicia! Claro, que ahora se le presentaba la otra cara de la cuestión. Allí estaba la Delfina, y él, no había hablado nunca de los problemas de clase en gente así. Y de él dependía que se salvara según su amigo Florencio que amaba a la hermana de la cretina. Texas queda lejos hermano, pensó.

El sueño le comenzó a morder. Se alejó un poco de la cama y se tomó una anfetamina para combatir el sueño. ¡No debía dormirse ahora! Tampoco debía tomar demasiados  estimulantes.

Sintió ruidos. Bajó y cerró con llave la habitación. ¡Fue al gran salón y puso música bastante subido el tono! Sandro de América era el Long Play que encontró primero. Muerto de risa se acordó del verano con Susi, una putita que conoció en la playa.

En la cocina Rosa trajinaba. Le sirvió un desayuno abundante con medias lunas de manteca y dulce de leche casero. Huevos fritos con jamón. Hacía meses que no desayunaba tan bien. Así era en verano junto a sus padres. Comió con deseo y charló sobre el tiempo. Averiguó quienes estaban pasando una temporada en Cariló.

-          Nadie, casi, nadie, ya comenzaron las clases y la gente se fue.

-          Y ese casi ¿Quién es Rosa?

-          Ah, la pintora y el viejo de la “Mimosa”. ¡Ella tiene como treintitantos años y según dicen, él tiene como  sesenta y tantos! Dicen, que son amantes pero yo no les veo hacer cosas raras, usted sabe que…

-          ¡Bueno Rosa lo que haga la gente a mi no me importa! Dejemos en paz a los amantes.  Y no me gusta que me espíen a mi. Soy terrible con la gente que se fija en lo que yo hago. Me los como crudos, ja, ja, ja….

-          ¿Cuándo quiere que regrese a limpiar?

-          Yo le diría que en cuatro días, más o menos… ¡Cualquier necesidad la llamo! Tráigame mucha leche… tres litros diarios, déjela en la puerta, que yo la voy a entrar.

-          Yo puedo entrársela bien temprano y me parece que usted andaba enredado con la Susi. ¿Se acuerda? No sabe…la muy boluda, perdón, la tonta se suicidó. No se enoje, le hice un chisme. Me voy.

-          No, déjeme la llave. Suelo ponerme nervioso si siento ruidos cuando duermo a ver si es el fantasma de la Susi. ¡Pobre, qué le pasó?

-          Parece que se embarazó y la echaron de la casa donde trabajaba. No tenía familia. Tuvo miedo y la encontraron en el mar ahogada.

-          Pobre Susi. Yo tuve relaciones con ella pero me cuidé de no dejarla, bueno de no embarazarla. Para eso me faltan cinco materias y me recibo de médico.

-          ¡Está bien, tome… ya me voy!

La mujer sumamente disgustada, le entregó la llave y cuando va a salir algo la detiene. Mira hacia arriba y le pregunta.

-          ¿No quiere que le limpie la planta alta?

-          ¡No, solo iré allá a estudiar y dormir! ¡Yo me arreglo solo!

-          Bueno, adiós… - Y se va murmurando con desagrado. -¡Son todos iguales  capaz que el pendejo que estaba esperando la Susi era tuyo, hijo de puta!

Ya solo. Ordenó cuidadosamente toda la cocina y cerró bien puertas y ventanas. Corrió los cortinados, para que nadie observara sus movimientos. Subió y destrabó la puerta de la habitación. Cuando entró, Delfina dormía y su respiración acompasada habló  de su mejoría.

            Se quedó mirándola un rato en silencio. La música se había acallado y su sueño terrible le cerraba los ojos. Se tiró en la cama junto al cuerpo afiebrado de la muchacha y se quedó profundamente dormido!

 

 

                                               

SINDROME DE TRAICIÓN, CAPÍTULO 3

 

Y cuando no estén*¿Durante cuánto tiempo aún se oirá su voz en la casa desierta? ¿Cómo serán en el recuerdo las caras que ya no veremos más? “El tamaño de mi esperanza” Jorge Luis Borges

 

            Tenía dieciséis años y su padre le regaló a Tomita, la yegua más linda de la Feria Rural. Se había sacado un premio en la escuela y los padres se la dieron para alentarla. Desde muy chica amó a los caballos. Solía salir con sus hermanos Atilio y Gilberto, muy temprano a galopar, por Cuesta Blanca, A veces llegaban a los campos de Colonia Caroya. Toda la gente de la región, los conocía y saludaba cuando pasaban.

            Al regalarle la yegua, convenció a la abuela Rosalba, para que le cosiera un traje de montar. La abuela le hizo traer de Bs. As., un conjunto de Brecht y cazadora de pana roja. Las botas de charol negro y el sombrero de topé azabache. La camisa que le dio era de cuando ella montaba.¡De linón blanco llena de valenciana!.

            Le regaló, también, la pequeña fusta con empuñadura de plata, que le diera su padre, antes de fallecer. ¡Ambas parecían tener la misma edad! Tanta era la alegría que compartían. Salía temprano a pasear a Tamita por la sierra, llevaba el cabello rubio, casi blanco, suelto y al viento, parecía una princesa de cuentos de Disney. Una tarde, que galopaba, ya de regreso, cuando quiso cruzar el Río Ascochinga, la yegua se negó y Delfina, pensó que su amiga tenía algo en la pata. Se apeó del animal y se agachó para revisarla.

            Cuando quiso acordar la yegua coceó y le golpeó la espalda. La joven cayó al suelo muy dolorida, igual trató de calmar a Tamita que inquieta bufaba y pateaba sustentándose en las patas traseras. 

            Entre los árboles aparecieron dos jinetes. Ambos se apresuraron y saltando de los animales corrieron a ayudarla. Mientras uno la tomaba entre los brazos para levantarla. ¡El otro tomó a la yegua y la calmó!

            Con las lágrimas Delfina, vio los  ojos y la sonrisa de su salvador, no pudo creer lo que le sucedía. Su corazón empezó a latir con fuerza. Allí mismo quedo profundamente enamorada de ese desconocido.

            Recordar ahora ese dulce momento la llena de pena y alegría. Gabriel, ¿Cómo estaría sufriendo?

             El joven la alzó en sus fuertes brazos y la montó en Rayo su Overo Negro. Montó junto a ella, la acomodó lo mejor que pudo y esperando a que su amigo montara también, y recogiera a Tamita, salieron de allí al galope.

            Llegaron pronto a una casa de los alrededores y con toda ternura, se apeó, la tomó en brazos nuevamente, entró en la casa y la depositó en un sillón de cuero oscuro. Mientras Eugenio Torres, su amigo, revisaba la yegua, y le daba agua; Gabriel se dedicó a socorrer a la joven. El pelo de Delfina parecía una mantilla dorada sobre el oscuro sillón. Él se quedó mirándola y le dijo:

            - No sé quién sos, ni se nada tuyo. Pero me casaré contigo.

            - Me llamo Delfina… tengo dieciséis años y me duele mucho la espalda. Tamita me pateó!

            - Vení, mostrame que te miro. La ayudó a quitarse la chaqueta y le levantó la camisa. Allí había quedado una fea herida de unos siete centímetros en forma de media luna. ¡Belarmina, andate a Cuesta Blanca y trae al médico! Es urgente. ¿Cómo se llaman tus padres? Avísales de paso a los padres, cuando regresen, le dijo urgido a la cocinera de la casona.

            - ¡Se llama Gilberto Cuenca Izaguirre y somos de la casa grande de Cuesta Blanca! ¡Ah, como me duele!

            - ¡Quedate quieta, muchachita linda! ¿Cómo es tu nombre? Con todo este lío me olvidé de preguntarte, ves qué poco caballero soy!

            - Me llamo Delfina. ¡Tengo miedo!

            - Ya se te pasará, mientras llega el médico te daré un poco de vino, eso te hará bien.

            - Nunca tomo vino, según papá aún no forma parte de mi educación.

            - Yo tomo de vez en cuando. Los cadetes lo tenemos prohibido. Pero haremos una excepción. Y brindaremos por haberte encontrado y porque sos hermosa.

            - ¿A qué instituto vas?

            - Al colegio Militar de La Nación. Curso el último año. Ahora estoy de vacaciones. Si Dios quiere en diciembre seré subteniente.

            - ¡Oh, parece mentira…, nunca pensé que fueras cadete! ¡Tienes el cabello largo! Mi abuelo llegó a general y murió al año.

            - Lástima, me hubiera gustado conocerlo…y sabés, en vacaciones me doy el lujo de no cortarme el pelo. Es mi pequeña rebeldía juvenil de rockero.

            - ¿Sabés que me está doliendo mucho la espalda…?

            - Yo te voy a curar ese dolor… Gabriel, se agacha y con todo desenfado le da un beso largo y cálido… Abrí los ojos con asombro. Era mi primer  beso. Totalmente sorprendida traté de moverme para salir de ese abrazo y el dolor me paralizaba. Justo a tiempo llegó el Dr. Godoy con Belarmina. El me guiñó un ojo y sonrió.

           - ¡Será nuestro secreto, Delfina, me gustás mucho!

           - Ahora recordar todo eso la llena de alegría y dolor. Sabe que desde ese día, se prendó de Gabriel y que lo quiere. Lentamente se va quedando dormida. El silencio es total. ¡La soledad le aterra!

            Hizo un paseo imaginario por la casa de la abuela Rosalba. La sala con los muebles antiguos, oscuros con olor a viejo. Los cortinados ya gastados pero bien planchados y con perfume a lavanda. Recordó el penetrante aroma cuando hacían dulce de leche o cayote en la paila de cobre. ¿Dónde fue que la compró el tío Serapio? En Francia o en Marruecos? Ese viejo pícaro que nunca se casó, debe haber dejado más deudas de juego y almas femeninas con lágrimas que Enrique Octavo.

            Recordó la fiesta de presentación en el club. Tenía diecisiete años. Mamá me hizo el vestido más lindo que pude tener. Era de color turquesa, con una falda ancha y cuando bailaba el rock, parecía una corola de flor abierta.

            Sus primas estaban todas locas con Billy Caffaro y Neil Sedaka. Elvys Presley era lo máximo y había comenzado un grupo inglés que hacía furor, Los Beatles. ¡Los bailes terminaban a las doce, pero algunas veces, las dejaban media hora más y así podían bailar algunos lentos. Los Panchos, Sinatra y Manzanero…Un llanto suave acompañó el recuerdo.

            La imagen de Martín Saurralde, Ricardo Sottello y Luisito Fernández, le secó las lágrimas. Una sonrisa ocupó el recuerdo. Las chicas. Eran otro tema. Cotita Solari era su compinche, Luli Sarratea su vecina de banco, pero estaba esa chica Reina López, compañera de aula que la seguía como sombra y ella siempre la ayudaba porque su mamá era muy ocupada y no podía darle los pequeños caprichos que tenía.

            Le dio el vestido lila de seda con las chatitas blancas para el baile. Le regaló su chaqueta de encaje que cosió la abu Rosalba. Hasta vino a dormir a su casa para que los otros compañeros no supieran dónde vivía. Su mamá, una mujer laboriosa, era la ayudante de unos vecinos y estaba cama adentro con tarea completa. Reina tenía vergüenza. Renegaba de su destino y no escuchaba razones de las monjitas, que la querían y la habían becado.

            Volvió Delfina a la realidad. Se acomodó y recitó algunas poesías de Pablo Neruda y Alfonsina Storni. Amaba la poesía. Papá no me dejó ir a declamación, pero igual aprendí de memoria tantos poemas como oraciones de catecismo. Comenzó a rezar el rosario y el Ángelus, para pasar mejor todo este tiempo. No sé si es mejor traer los recuerdos o dormirlos.

 

                                                          

martes, 17 de febrero de 2026

EN LA VIEJA CASONA DE SAN COSTANZO


 

            Había una marcada oposición entre Yolanda y el padre. Ambos sentían aversión por la sociedad, pero mientras el hombre amaba el dinero, la fama y el poder; Yolanda sólo quería ingresar a un convento como Carmelita Descalza. Escapar a su realidad. Del horror.

            Las discusiones cotidianas penetraban como púas en cada acto que acontecía. Un bocado era ácido, un bocado era veneno. Cada gota de líquido que se bebía en la comida cotidiana era un trago amargo. Lágrimas se mezclaban con el vino y con la leche.

            Yolanda, obligada a tomar por esposo a un pomposo joven de la casa lejana, sólo lograba agregar una fortuna al apellido de su padre. Apellido pálido de honor y credibilidad familiar. Ella, sollozaba en los rincones del helado caserón. Llegado el tiempo de la boda, su nodriza rebuscando en los arcones, que aportó la madre de la joven mujer, encontró tres cosas singulares: el traje de bodas, un cuaderno de notas y una caja azul con cerradura hecha por orfebre y sin la llave maestra para abrirlo. Todo oculto en los desvanes del alto, bajo la mansarda del ala norte. Los tules, encajes y sedas de un amarillento cobrizo, parecían hacerse eco del desprecio a los sentimientos que representaban a los ojos de los hombres. Allí sólo importaban las propiedades aportadas a la joven novia., que pasarían a poder del padre.  La pequeña figura de Yolanda enfundada en ese vestido era un sueño inédito en la memoria del padre. Un respingo malicioso en su mirada fue la respuesta a la apariencia fantasmal de su hija.

            La ceremonia fue modesta, junto a los criados, que ya ancianos llorisqueaban viendo a “su” niña así, fueron los inapreciables testigos de la infamia, como siempre. Los familiares del novio, eran una extraña manifestación de mal gusto y torpeza social. ¡Nuevos ricos! Gente que había logrado fortunas con las plantaciones de café, algodón y tabaco en América. Esclavistas, que arrastraban a pobres africanos de sus costas a trabajar como animales en las tierras extrañas. Nada más lejano que los sueños de Yolanda. Cuando vio al muchacho que sería su marido, le tranquilizó la mirada limpia en unos ojos negros sin escondrijos. Él, aportaba dinero, ella un apellido conocido para los bancos de Londres y América del Norte, donde enormes cultivos llenaban de oro las arcas de los avaros.

            Hicieron un trato amable. Su vida transcurriría como si fueran hermanos hasta conocerse. Todo oculto a sus progenitores. Compraron una propiedad cercana a la casa paterna de Yolanda. Estanislao, cumplía ampliamente con la palabra de dejarla hacer tareas caseras y llevar alivio a los desposeídos de la zona, a pesar que era mal visto por los padres de ambos. Así se fueron haciendo amigos. Compartían largas pláticas y ensoñaciones frente a la chimenea o a los viejos robles en las noches cálidas de verano. Pasó un tiempo en que se descubrieron y se amaron como todos esperaban. Nació un pequeño que llamaron Godofredo y luego una niña que llamaron Célica. Transcurrió un tiempo y la muerte traspiró cerca de ambas familia entre los mayores que creyeron se habían cumplido todos sus anhelos. Era un tiempo de espera para la pareja.

            Así, ya dueños de sus deseos, viajaron hacia las plantaciones de América y descubrieron que la crueldad del hombre es mayor a lo imaginable. Hambre, golpes y enfermedad abrazaba a los trabajadores, muchos de los cuales habían muerto por el maltrato y los sacrificios físicos y mentales. Una guerra se avecinaba. Estanislao y Yolanda decidieron darle la “libertad” a su gente, pero no era fácil para aquellos la subsistencia y casi todos se quedaron. La hacienda crecía de otro modo. Habían cobrado muchos enemigos que no tardaron en crear verdaderos caos en las plantaciones. Quemaron la cosecha y mataron a los infelices.

            Una noche, frente a una descarga de proyectiles que atravesaban el plantío, Estanislao salió con su arma a defender a su gente y recibió una descarga de trabuco, muriendo en el acto. Huyeron los misteriosos homicidas. Yolanda lejos de amedrentarse, luego de enterrar a su querido amigo, continuó con la vida. Célica, ya adolescente ayudaba a su madre, que rápidamente envejeció por la pena. Una noche discutieron por la necesidad de Yolanda de dar amor a los desposeídos. Célica no comprendía a su madre. Las palabras hirientes dejaron débil a la mujer. –¡ Tú y tu manía de regalar el esfuerzo de mi padre… nadie en plena guerra te da nada, ya no queda alimento en las alacenas y el campo está arrasado. Eres injusta con nosotros, eres indiferente y egoísta. Tu sola esperas ser reconocida como si fueras un ángel, pero eres pérfida y malgastas nuestro futuro…!-  gritó Célica en la cena. Yolanda se llevó la mano al pecho y cayó desgarrada de dolor sobre el plato de comida. Su cabello gris, mimó el trozó de pastel que comía. Godofredo corrió y transportó a la madre al lecho. Allí suplicó a su ayudante le trajera la caja azul. De entre su corpiño extrajo una pequeña llave. Se la entregó a los hijos.

            Célica y su hermano buscaron auxilio en un médico, que llegó presuroso, pero tarde. Pasaron las ceremonias y los días. Luego, en un descanso abrieron la famosa caja azul. Allí junto al cuaderno donde explicaba el horror de la vida que había vivido su abuela, estaba la verdadera historia de Yolanda. Juntos lloraron. Abrazados los hermanos comprendieron… y se prometieron vivir de acuerdo a ese sueño de sus padres.

-          ¡ Godofredo,  después de haber abierto la caja azul, pude perdonarlo todo!.”- nadie que soportara tanta humillación y horror en su vida pudo ser tan buena. – ¡Mira acá está el extraño aparato con que el abuelo torturaba a la abuela y a mamá!.- muestra Godofredo. Un momento de doloroso silencio se produce entre ambos. El horror se marca en sus rostros. Afuera se agitan las flores de magnolia que tanto amaban sus padres, impregnando de perfume el salón.

VALERIA

 


            Su edad era esa intermedia entre niña y mujer. Su carita aun desdibujada solía resplandecer con un maquillaje fuerte que borraba sus bellos rasgos. Llegaba al colegio en el coche de la mano de un chofer que la había visto nacer y para quien era como su niña. Había sobornado a su modista con besos y promesas para que acortara la falda del uniforme y sus largas piernas juveniles, brillaban con las medias que le trajo su papá de París.

            Alegre, chispeante y siempre risueña, sus compañeros la miraban con un cierto desdén. Las chiquilinas, aburridas por su eterno bienestar, la envidiaban ya que sentían muy vacías sus vidas. Tenía apenas trece años y en primavera cumpliría sus catorce, para lo cual, sus padres habían programado un crucero por el caribe.

            De reojos la miraban los muchachos de los años superiores y más, cuando se conoció que su abuela materna, le había heredado un campo con un “castillo” cuyas partes principales viajaron desde Italia, Francia y otros varios países de Europa, en las bodegas de enormes vapores. Con ellos edificaron un suntuoso caserón que era el mejor proyecto del arquitecto irlandés de moda en los años veinte. La estancia poseía como diez mil hectáreas y sus haras eran famosas en Inglaterra por la calidad de caballos que allí se criaban. Así, era Valeria, la muchacha que lideraba el minúsculo grupo de elegidas por los hados.

 

            En la oscuridad del callejón donde encontraron refugio, tras una puerta semioculta por una hiedra, apareció el cuerpo desmadejado y sangrante de una despeinada matrona  sudorosa. Transportaba los despojos envueltos en sábanas sanguinolentas. Desde las ventanillas entrecerradas de un viejo automóvil unas manos temblorosas recogieron los desperdicios y desaparecieron. Arrastrando el cuerpo exánime de una mujer, un soberbio muchacho, se alejaba apresurado por el callejón. El cabello rubio, alborotado, encubría el rostro juvenil. Apenas podía cargar a la que allí desparramaba una estela de sangre que fluía despacio por sus piernas. Las manos cenicientas desenlazaban temblorosas sus ropas sucias.

            En la noche, parecían dos cadáveres palpitantes. Aterrados. Estaban aterrados. Imposible hablarse o compartir el dolor que cada uno tenía en su interior. Valeria, apenas podía sobornar la muerte que rondaba entre sus piernas. Su hermano, loco de terror, sollozaba por tener que enfrentarse solo a la abominable aniquilación que había compartido. Sintió deseos de soltar a Valeria y correr. No pudo. Ella confió desde el miserable momento en que supo con estupor qué le estaba sucediendo en su frágil cuerpo adolescente. Estaba sola, tan sola que sólo pensó en su hermano. Él, que siempre había sido su máximo enemigo, ahora era el único apoyo y sostén. Si su padre regresaba de Estambul y conocía lo que había sucedido, seguro, la internarían en algún colegio de Suiza o Austria, adonde no tuviera con quien hablar ni compartir nada.

            Su madre, estaba estrenando un nuevo marido y viajaba por las islas del Pacífico. Nunca entendería.

            Con sumo esfuerzo, logró colocarla sobre el asiento trasero. Envuelta en una manta dejó a su hermana. Deliraba. El dolor la hacía delirar. Subió al volante y manejó sin mayor apuro, para evitar encontrarse con la policía, hasta la casa de su chofer. Cuando llegó, hizo un guiño  con las luces y el viejo amigo salió a recibirlo. El espanto se reflejó en sus ojos. Un rugido abrió la garganta del hombre. Llamó a su mujer, quien al ver a  Valeria, se santiguó y sostuvo que tendrían que llevarla a una clínica. Estaba muy mal.

            Ya con la seguridad de años como padre sustituto, llegaron a la clínica del sur de la ciudad. Un médico de guardia, sostuvo con desesperación el cuerpo exánime de la joven que se desangraba. Como un rayo, colocó una bolsa de sangre. Sin preguntar ingresó a la muchacha al quirófano y junto a otros galenos, comenzaron la difícil tarea de salvar a Valeria. En el máximo secreto, hicieron todos los trámites, para que no se supiera quién era esa pequeña moribunda. La mirada áspera de los médicos, sellaron con su mutismo lo que había sucedido. Una joven sicóloga la despertó, pasado el trance de mayor peligro. ¿Qué había hecho para que, siendo tan adinerada cayera en semejantes manos asesinas?

            Su cuerpo estaba tan frágil, su salud tan al límite, que apenas podía abrir los labios para responder. Una historia de horror, que pudo ser su última historia, había convertido su alegre existencia juvenil en un verdadero abismo. Habló sin pausas. Su voz apenas audible parecía un mantra.

           

            Cuando llegó de Estambul, su padre, se sorprendió al ver la palidez del rostro de Valeria. Su risa muerta en los labios sellados. Sus ojos orlados de una espesa niebla oscura. Un mutismo insoportable la convirtió en una anciana de quince años. Nada parecía interesarle. Todo lo intentó, desde regalarle un auto deportivo de famosa marca, hasta invitarla a viajar en un crucero por las Antillas.  No hubo ninguna señal de volver a tener a su niña adorada. No volvió a sentirla parlotear por horas por el celular con sus amigas. Pedía que contestaran que estaba ausente cuando alguna amiga le llamaba. No salía. No jugaba más al tenis ni al golf. Una pequeña renguera hizo que el padre notara un cambio en el cuerpo. La llamó y la interrogó. Un grito de dolor hizo que su querido progenitor, diera un salto y abrazándola, le suplicó que le hablara sobre lo que le sucedía. Valeria sólo pudo llorar. No logró decir la verdad de su amargura. El tiempo pasó. Hubo otros viajes de su padre, y otros maridos para su madre.

 

             

ANIMAL O HUMANO?

 

"Nunca vimos en los animales de la casa, orgullo mayor que el que sintió nuestra gata, cuando le dimos para amamantar a una tigresita recién nacida"

                  Horacio Quiroga.

                        ¡Claro que para mí fue realmente necesario tomar esa decisión! Como mayor en tamaño y jerarquía tuve que tomar la organización de la casa. Los sucesos eran imprevistos. El incendio nos había dejado todo desbaratado. No quedaba ni corrales, ni abrevaderos, ni siquiera un refugio decente para nadie. Los troncos chamuscados y malolientes de los grandes eucaliptos parecían gigantes agonizando. Yo también tenía miedo. Supe desde el principio que todo era difícil. Seguro...si yo hubiera podido huir, tendría resuelto mis problemas de comida, agua y libertad absoluta. ¿Pero qué hubiera sido del resto? Cada uno miraba desconcertado hacia un lugar distante. Por doquier llamas o brasas ardiendo. Hacía como seis o siete meses que no llovía en la zona. Los vecinos se fueron yendo hacia otros lugares. El río traía un hilo de agua barrosa, y yo fui buscando por dónde podíamos salir del círculo hirviente. Ayudé a los más pequeños primero, luego a las embarazadas, luego a las hembras sin distinción de edad y linaje. Allí todos éramos iguales. El campo era un horror. Nada quedaba verde.  Nada en pie que nos alentara a encontrar ayuda. Pero firme seguí guiándome por mi naturaleza noble. Para algo uno nace con inteligencia y distinción. Nunca demostré dudas, ni miedo. Encontré algunos animales heridos o abandonados. Traté de auxiliarlos dentro de nuestras limitaciones. Me siguieron algún yeguarizo chamuscado, pero fuerte para la tarea que nos esperaba.

            Así pasamos varios días. Una tarde comenzó a soplar una leve brisa del sur. Esperanza de agua...me dijo uno de mis nuevos compañeros de viaje. Miré hacia el horizonte y vi el reflejo de la tormenta que se avecinaba. Nubes de color blanco con bordes grises, casi negro, merodeaba los pastizales socarrados. El ruido asustó unas vacas mañosas. Pero todos esperamos esperanzados el agua. La tormenta fue feroz. Caían rayos por donde quiera imaginar. El grito de animales salvajes nos ponían los pelos de punta...sólo eso nos faltaba. Pumas, gatos de las rocas, zorros y jaguares que trataban de acercarse a nosotros. ¡Claro éramos carnes frescas para su hambre silvestre! Mi responsabilidad era salvarlos a todos. Subí una pequeña cima, sobre la llanura y observé un grupo de animales peleando sobre una tigra herida. Arrojé unas piedras de una patada y cayeron cerca de los carroñeros. Era tarde. La tigresa había muerto. Una cría pequeña estaba debajo de su cuerpo destrozado. Los merodeadores daban vueltas cada vez más cerca. Pero como pude tomé a la pequeña y la llevé hasta nuestro grupo. Allí estaban todos sorprendidos. Me respetan tanto que nadie opinó. Otro más para compartir el agua y la comida. Me acerqué a Perlita, nuestra gata que traía sus dos crías con ella. ¡Son increíbles madres las gatas! De inmediato tomó a la recién parida entre sus maternales patas. La limpió con esmero con su lengua áspera y delicada el cuerpo amarillento y húmedo. Algunos animales de la casa se acercaban a ver cómo era ese nuevo huésped del grupo...que sorpresa les daba ver a Perlita amamántala con tanto amor. ¡Qué orgullo sentíamos todos! Comenzó a llover, diría que diluviaba. Eso era lo que esperábamos para que todo volviera  a la normalidad. Pasado el tiempo, y viendo que ya era prudente, regresamos por el camino andado hacia la estancia. No fue bonito ver como quedó la casa, pero al vernos, mi dueño, se abrazó a mi testuz y lloró largamente. Nada le quedaba del campo, pero yo su "Tordillo" le había salvado a todo los animales  del incendio. Hoy le cuento a mis nietos, en el corral nuevo, cada vez que me rodean y preguntan:

 - Abuelo...contanos cuando la Perla crió a la tigra, esa que después quiso comerse al amo.- ¡Y yo les cuento, es cosa de animales jóvenes, que le voy a hacer!