miércoles, 20 de mayo de 2026

CARTAGENA, CIUDAD DE LEYENDA


            Caminaba por las tranquilas calles de Cartagena. Había soñado toda la infancia y la juventud con este viaje que por fin pude concretar. Algo aquí atraía mi espíritu aventurero y  afiebrada imaginación. Sentía una fuerza  singular que me provocaba asombrosas sensaciones cuando soñaba con una ciudad extraña y se reiteraba constantemente ese sueño. Alguna de las cien pitonisas que visité en busca de respuestas, quiso ver una vida pasada en otro mundo. Yo me reía de esas extravagancias propias de mi generación. Nací en la década del 60 y entre hippies y rock, aparecieron los orientalistas con sus ideas nuevas. Pero: ¿Cartagena sería en realidad ese otro mundo? No, yo creo que todos mentían. Estas piedras del fuerte, de las viejas y restauradas viviendas de antaño, son tan sólo una maravilla antigua, digna, que debía disfrutar  en las vacaciones.

            Caminé y caminé durante todo mi primer día, compré un vestido de algodón blanco para exorcizar el calor húmedo que se me colaba por los poros. Entré en la calle  de Los Siete Infantes alrededor de la media tarde. El olor del musgo de las viejas piedras, de los paredones de las defensas erigidas contra los olvidados piratas, llenó mis sentidos de una embriaguez insólita. ¡Yo en Cartagena!

            Me sentía libre y nostálgica. Caía la tarde y todo se tornaba de ese tono anaranjado y dorado viejo como un cuadro antiguo, mezcla de los olores violentos del mar y de las flores que crecían en todos los balcones señoriales impregnaban aún más el ambiente haciéndolo más atractivo para mí.

            La calle por gastada y por la forma del terreno caracoleaba entre palmeras y jardines. En un recodo de la callejuela “Del Boticario”  y ya casi bajo una semidestruida casa de piedra sentí  la presencia. Era como encontrarme con la transferencia  efímera pero tangible de un ser del pasado. Me acerqué al portal de reja y "La vi” allí con sus ropas anacrónicas y sutiles. Era una joven de porte altivo. Mulata de rostro anguloso y ojos grandes, ágil, que balanceaba una farola con una luz imperceptible, a los ojos menos avisados.

Un cortejo brumoso la acompañaba. Temblé. Los adoquines húmedos, grises y penetrados de helechos salvajes formaban un cuadro que me atrapaban. No me podía mover. El sol había desaparecido y el dorado se había convertido en violeta y un mundo de rumorosas sombras me envolvía. Algo me invitaba a tratar de desentrañar ese raro suceso que me acontecía. Llegué a sentir por momentos el silbido de las balas de arcabuz y el olor de la pólvora que me llegaba desde el puerto mezclada a los viejos olores del miedo. Desde el “fuerte” sentí apagados gritos de dolor e ira. Me acerqué. Cuando toqué los vetustos hierros del portal una ráfaga helada desdibujó la escena. La esencia del pasado había desaparecido con sus bonanzas y desgracias. Me quedé un instante inmóvil y pensativa. Continué mi camino hacia el hotel. Allí me sorprendió el silencio  y la paz que reinaba. Estaba agitada y febril.

Apareció un joven encargado del hotel, me preguntó si el sismo que se había producido, hacía más o menos una hora, me había provocado algún problema. Yo impaciente respondí negando y casi corrí a mi habitación con profundo miedo, dado que continuaba el movimiento sísmico. Caían trozos de mampostería y crujían en derredor, muebles y enseres, como si estuviera por derrumbarse en escombros.

            En el ventanal  que daba al jardín poblado de palmeras y buganvillas coronadas de orquídeas perfumadas,  vi la imagen reflejada en el vitral y mi confusión fue verme, morena y vestida igual, igual a la joven del jardín que me sonreía señalando la playa.

            ¿Ahora me pregunto si así nacen o mueren las leyendas?

                                                          

 

EL BOBO DEL MARTILLO


 

La finca “Siete soles”, era tan grande que no se conocía un buen mapa de su tamaño. Los dueños, unos ricachones de Buenos Aires, venían sólo para la cosecha. Daban trabajo a muchos obreros, pero como todo extraño a la tierra, no se interesaban por la gente del lugar.

El cultivo y el pago estaba en manos de Cárdenas, comisario y buen vecino. Hombre fuerte de la zona. Lamentablemente arreciaran los incendios y tormentas de granizo, pero él, siempre estaba al pie ayudando.

Un día, después de un incendio en la estancia grande, Cárdenas estaba proveyendo de palas a los obreros que se acercaron a cooperar. Ahí fue, cuando vio a Eulogio pasar con una carretilla hacia el galpón de la herrería. Le llamó la atención el bulto que tapaba con una lona sucia. Alguien lo distrajo con un pedido para el sofoque. Se dedicó a entregar picos a los hombres del pueblo cercano. Ellos querían evitar que el fuego los alcanzara. Los aviones hidrantes iban y venían desde el río al campo en llamas soltando agua del río desde la panza del avión.  

            Los patrones, avisados por telégrafo, estaban de parabienes cuando supieron que se había extinguido el foco del  norte, el más valioso en almendros y nogales.

Pasado dos días, entre los árboles quemados, encontraron una calavera. Otra más. Esta vez tenía el cráneo roto de un martillazo. Cárdenas llamó al jefe y le comentó que había observado a Eulogio pasar con un extraño bulto, pero una carcajada lo dejó un instante paralizado. El muchacho, disminuido mental, traía una de aquellas desfiguradas famosas cabezas de barro. Las hacía desde niño. Malformadas pero reconocibles como  títeres grotescos. Eulogio no era capaz de matar una mosca, dijeron a coro. Con una mirada estúpida la dejó en el umbral de la comisaría. Reía a carcajadas. La baba del muchacho, que ya tenía como cuarenta años; mojaba esa cabezota malformada con la que él infeliz los distraía.

            Cárdenas trató de sacarla del medio en el momento mismo en que el bobo, con un martillo la empezó a romper. La herramienta estaba muy sucia. Tenía pelos y sangre. Mucho barro y el mango algo quemado. También observó que los brazos del lelo, tenía una seria quemadura y en la ropa tenía agujeros hechos por el fuego.

El principal Hernández, el ayudante, preguntó: “¿Con qué te haz hecho eso?” El muchachote contestaba sin palabras y sólo reía y reía sin dar mayor precisión. Nada sacarían de él. Cárdenas lo tomó con algo de brusquedad y lo obligó a entrar en la comisaría. Eulogio, se tiró al piso y se puso a llorar con temor. Se orinó y se secaba los mocos con la parte de su manga donde tenía la quemadura. Tiznó su rostro ya sucio. Luego de arrastrarse y gimotear un rato, Hernández lo tranquilizó. Le dio  un vaso de cola y un resto de sánguche que había en la mesa. Trató de indagar pormenores. No logró nada.

Llegaron desde la zona este con la noticia de que se había iniciado un nuevo incendio. Era intencional. Era imposible impedir que se apagara en forma rápida. Ambos policías despidieron al enfermo con la seguridad, ahora, de que él nada tenía que ver en el asunto. Salió como disparado.

            En ese tercer fuego también encontraron un cráneo roto a martillazos. Quemado. Pero por algunas piezas metálicas de la ropa, supieron que era un peón del campo donde vivía el idiota. El padre del muchacho era uno de los que más había ayudado en la terrible tarea de apagar el fuego. Arribaron a la casa y el viejo corrió. Detrás, el muchacho, cuando vio llegar la autoridad salió despavorido e infeliz como quien se lo lleva una tormenta. Se internó en el monte. Llegaron en ayuda más personas buscándolo. El rastrillaje dio resultado. Allí estaba el viejo desquiciado martillando la cabezota ensangrentada del pobre imbécil. Comprendieron con dolor que él había tratado de decirles eso. Todos pensaban que ese juego que Eulogio tenía desde niño de armar cabezas de barro y romperlas con un martillo, había sido sólo un juego, pero en realidad el pobre “tonto” tan sólo imitaba lo que su padre hacía en cada asesinato.

                                                                      

 

VOLAR, VOLAR

 

Me llamó desde la ventana con voz aflautada. Yo corría con los patines regalo de cumpleaños. Hacían ruido y era desagradable como si un abejorro rascara un vidrio con sus patas delanteras. Él era un personaje cómico. Se vestía con ropas de mujer pero su cuerpo deforme de obrero rústico y sus bigotes negros predisponían a la burla. Me detuve en seco. Me acerqué, le puse atención. Me reí. Desde su ventana echó un balde de agua fría sobre mi cabeza. Salí llorando para buscar a mi mamá para que me defendiera. Salió mi abuelo para hacerlo y al acercarse a la ventana comenzó a elevarlo con fuerza. En realidad se elevaba sobre sus pies. Tomó un envión y se encaramó al ventanal. Allí comenzó una lucha desigual. El travesti lo abrazaba besándolo con sus labios untados de labial rojo que le iba dejando marcas que mi abuelo a manotazos iba desprendiendo. El rouge se transformaba en pequeñas mariposas. De su cara caían sobre el césped. Su rostro , su calva, sus hombros estaban cubiertos de besos rojos. Se caían sobre la calle, la vereda y los árboles y salían volando alejándose del barrio. Unos grititos histéricos atrapaban los insultos de mi abuelo mientras intentaba en vano golpear al golfo. Mi madre a su vez quería matar las mariposas que se caían en su pelo suelto pero se transformaban en arácnidos al caer. El jardín estaba transformado totalmente en un nido de arañas, escorpiones y ciempiés. Seguía haciendo ruido con mis patines, esta vez caminaba sobre un breve trecho y donde pasaba salían cintas de metal de colores...con música de arpa con sonido de agua. Mamá se subió al pequeño río que se había formado y que se agrandaba y era seguida por los arácnidos que se alejaban con ella. El abuelo dejó de pelear y salió volando con una enorme capa de alas de mariposas rojas. Caminó sobre el agua y cantaba , cantaba en el idioma de los besos. Mamá se fue convirtiendo en una sirena y siguió río abajo. Yo seguí patinando para que no se fueran a quedar sin agua. El travesti sacó una mandolina y con su bonete de princesa puesto en su cabellera de papel plateado, cantó una balada. De su boca seguían saliendo besos rojos que se convertían en mariposas. Si paro de patinar ¿qué pasará?

 

                                                                      

PIEDRAS Y CÁNTAROS PARTIDOS

 


 

Lo nombró por su nombre, lo condenó a la vida.

 

Sólo esperó con desdicha que cumpliera su destino.

 

Lo negó tres veces. Tres veces le preguntó su nombre.

 

¿Me amas Sefas? Te amo, tú lo sabes.

 

No te está permitido olvidar quién eres.

 

Desparramarán tu sangre en cántaros partidos.

 

Y las piedras serán de alabastro y pórfido ígneo.

 

Lo nombró por su nombre, como se nombra a un amigo.

 

Lo negó tres veces y aun, está arrepentido.

 

Muerte de cruz acepta, en manos de su enemigo.

 

Igual, irá calle abajo, con el madero encendido.

 

Su sangre será derramada como el agua de la vida.

UNA TARDE DE DOMINGO


                        Sentí la voz inconfundible de Coquita pidiendo que fuera esa tarde a tomar el té. Tenemos tanto trabajo de la cofradía del Santísimo Sagrario para dejar listo. Cortó como siempre la conversación, ella siempre apurada, tiene muy controlado el teléfono. No le alcanza la pensión de su difunto marido. Además no tiene tiempo. Entre las compras, las plantas... tiene como cien macetas con helechos y orquídeas, siete canarios, dos gatos y un ovejero que con artritis, se arrastra tras su caminar apurado. Alimenta animales abandonados, algunos harapientos y mendigas locas que duermen en los portales. Todo el barrio la conoce y la adoran. Los vecinos cuentan con ella cuando viajan. Ella es el alma de la cofradía. Me dispuse a salir. Temprano porque cada día tengo más temor a salir. La oscuridad me aterra, pasan cosas increíbles en la calle. Además me tiene loca el reuma en las rodillas. Me pondré los ruleros porque con la humedad el pelo ralo, no me sienta. Cuando me miro al espejo siento tanta pena...me tengo que cortar el cabello y teñirme porque me veo muy vieja. ¡ Pero con lo que cobro cada vez me alcanza menos! ¡Gracias a Dios, Tinchi, el peluquero que me atiende desde que vine a Palermo viejo, me aguanta! Es muy bueno. Palermo...pensar que tuve que dejar la casa. Cómo extraño la casa de Haedo. Sus patios con glicinas y mosaicos de colores armando alfombras. Alargaba los días y las noches con su cálido entorno. Cuánto luchamos para tener esa casa teníamos un baúl de ilusiones. Ahora el “pañuelito” en que vivo, que compraron los chicos, es como una pileta de la Recoleta. Me ahogo, pero ¡pobres! Tenían que comprarse casa en Pilar. Tienen otras obligaciones. Yo entiendo, la vida moderna es así, complicada.

                                   Felicitas, coqueta como siempre toma el cincuenta y siete que la lleva a Olivos, tarda casi una hora, pero aprovecha para mirar las vidrieras de Santa Fe y pasa por Cabildo...recuerdos, recuerdos se van prendiendo de sus ojos soñadores. Disfruta mirando a la extraña gente de esta época. Ha pasado los setenta y ocho. Y viaja con una bolsa enorme de añoranzas. Siente nostalgia de los chicos, los ve tan poco...Jorge con sus corridas de la clínica al hospital y a la facultad. ¿Cuánto hace que se casó? Luego el divorcio y tres matrimonios más. ¡Qué hizo mal! Pero no fue su culpa murmura mirando el rostro desencajado de los que viajan junto a ella. La casa de Jorge es un loquero, con hijos propios y ajenos que entran y salen. Felicitas ya no sabe bien cuáles son sus nietos de sangre. Para lo que sirve. Si no vienen nunca. A veces suele venir Victoria, la nieta mayor, fue la que más conoció desde niña. Ahora está por irse del país a estudiar una carrera de marketing. Ya no la verá más. De Loli, sí que tuvo mala suerte. Se enamoró mal de un tipo sin escrúpulos. Cierto que ahora no se dan sobrenombres. Dolores, su Dolores. Pobre para qué le puso ese nombre fue como darle una consigna de infelicidad. Pasan calles, gente y pensamientos.

                                   Chofer...en la parada de Rosales.¿ Me puedo bajar por acá? Gracias. Esta calle de adoquines me tortura los pies y la cadera.

                                  

                        Coquita la espera, no se ha arreglado para recibirla como otras veces. Recibe el paquetito de masitas de la confitería de la esquina. No te hubieras molestado. No es nada. Cómo están tu cadera y las rodillas. Bien algo dolorida. Sentate y ya traigo el té. Gracias. No mires el desorden, pero últimamente no tengo ganas de trabajar, estoy como...Como que trabajaste demasiado ya, Coquita. Y sin la obligación de atender a los hijos ni al marido. Ah, ya sabemos es lo mismo, yo... Bueno de ese ni hablar...bien muerto esté y que no resucite. Me extraña que hablés así de tu difunto esposo Coquita. Me hizo sufrir hasta el cansancio, lo que se dice un crápula. ¡Nunca te escuché hablar así del doctor! Claro, siempre me quedé callada, por los chicos. Pero nunca te hizo pasar necesidades...y a los chicos les dio flor de carreras. La voz de Coquita se pierde tras los cortinados que separan el salón de la zona interior de la casa. ¡Flor de sin vergüenza fue mi marido! Imaginate que se jugó todo lo que me dejó mi padre. No te puedo creer eso del doctor, parecía tan serio y correcto. La mirada dura de Coquita se apoya en la fotografía del “doctor” que sonríe desde el piano. Felicitas piensa en sus propios hijos que la han dejado sin un cobre... al final todo el mundo es igual.

                       Bueno, Coquita, y tu hijo Carlos, cómo está después de la denuncia que le hizo el otros diputado...¿Qué? No te oigo bien, sabés que cada día escucho menos .Son cosas de la edad. Las sonrisas oculta de las dos mujeres que esconden sus desdichas son misericordiosas con quienes aman. Te hacés la sorda cuando te conviene...la tacita inglesa de porcelana tiembla miserable entre los dedos torcidos de Felicitas. Coquita ha derramado parte de su té en la alfombra. Ambas se quieren y se conocen. Ambas han sufrido y sufren la soledad y la vejez. Con respecto a la Cofradía, ¿qué te parece una cena en lo de Chola en Pilar?  Y la charlas despliega intrascendencias por la tarde del domingo. A las siete en punto Felicitas regresa con más peso en su mochila de re

UNOS VEINTE MINUTOS DESPUÉS LO VIMOS LLEGAR POR EL TERRAPLÉN, Y ERA MÁS ALTO DE LO QUE PENSÁBAMOS Y TODO DE GRIS........

 


            No puedo ahora recordar todos los detalles. Sus ojos color verde o ¿eran azules?, bueno parecía mayor. Holanda dijo que tendría unos veinte años. Yo me reí, no podía ser. Le pregunté su nombre y me dijo- ¡ Me llamo Eleazar Ariel y tú? – ¡Con ese nombre! No podía ser más interesante. Me enredé en palabras, Holanda dijo que su nombre también no era común y se echaron a reír a carcajadas. Me sentí afuera del grupo. Sin saberlo, odié a mi prima. Me hubiera gustado estar a solas con él y poder decirle que tengo nombre de flores, de primavera, de nostalgia. Me miró un instante y comentó que le gustaba mucho cuando representábamos las estatuas. Siempre soñé con esa que veíamos en el parque Lezama o en la fuente de Lola Mora en la costanera, cuando mamá nos llevaba a danza. ¡ La pobre Leticia se perdía eso, pero tenía los conciertos de los domingos! Que nunca nos llevaban porque el que la venía a buscar era su padrino, el viejo coronel Segovia, con su nueva esposa. La otra se había ido con su asistente,(eso lo escuché tras la puerta de mamá hablando con la tía. Nosotros no debíamos saber esas cosas, pero yo me escondía detrás del sillón grande del living a escuchar cuando venían las amigas a jugar canasta uruguaya) y un día, el coronel apareció con una mujer linda, joven y alegre. Mamá se enojó, no supo disimular, pero creo que ella las conquistó enseguida cuando les dijo que eran re jóvenes y que le dieran la receta para estar tan delgadas.

            Volviendo a Eleazar Ariel, preguntó por nuestra prima, y nos miramos cómplices con Holanda. Mejor no le dábamos la carta. Así tal vez, nos invitaba  a nosotras a ir al cine o al club. Esa semana estrenaban una con Zulli Moreno y el cine Odeón estaría repleto de compañeras del colegio. Imagino la cara de algunas cuando nos vieran llegar con nuestro amigo. ¡ La envidia les teñiría hasta el pelo! Me molestó cuando me señaló las manos y dijo-¡ Te comés las uñas, una chica tan lista y comiéndose las uñas! – el rubor me dejó la garganta seca, de inmediato juré a San Calixto, el santo de mi tío, que no volvería a morderme las uñas. Pero sacó una sonrisa tan hermosa de sus labios que me desdibujó la bronca. Holanda mostró sus uñitas pulidas y nacaradas, y yo quise suicidarme. Rápidamente cambió de tema. Recordó cuando Leticia hizo el Temor. Seguro que parecía que estaba aterrorizada. ¡Cómo le hubiera gustado verla y hablar con ella! Holanda sacudió su larga cabellera negra y fingiendo dolor le explicó que no la vería porque tenía un padre horrible, perverso, casi un ogro, que no la dejaba salir en cualquier momento. Ariel Eleazar, se rió a gritos. Si él nos veía desde el tren y siempre estábamos jugando las tres. Entonces lo miré con tristeza y le confesé que ella estaba prometida en casamiento desde  chica con un comerciante amigo. ¿Un gitano, -preguntó molesto,- son gitanos? No, dijimos a coro, pero es una vieja deuda de nuestro tío. Se hacía tarde, por la puerta blanca ya se habían asomado dos o tres veces las tías. Comenzamos a dar algunas explicaciones nuevas. Hasta que Holanda vociferó...-¡ Olvídala...es una enferma de tisis!- no puede salir con nadie, excepto con nosotras. ( Nos acordamos de la Dama de las Camelias). Y él, saludó, bajando la cabeza y se despidió. Igual nos dijo que volvería y yo, ingenua no le creí. Ahora que han pasado diez años y veo a Holanda del brazo de su Eleazar Ariel, me abruman las preguntas, ¿ Cómo hizo para volver a verlo? La buena de Leticia le perdonó la  traición, él, era para ella.

           

domingo, 17 de mayo de 2026

LA MUJER DE VESTIDO DE SEDA


 

             Ludovica está triste. Tiene un dolor revoloteando en su pecho. Vino llena de sueños a la gran ciudad y allí, se encontró con una vida de soledad y frustraciones. ¡Nada era igual a lo que le mostraban en la radio, cuando escuchaba las novelas de Migré! Sin un vestido bonito, con el cabello oscuro y zapatos de tacón gastado, nadie la dejaba entrar a los salones bailables ni al biógrafo. Había que pagar en todos lados. Algunas veces, un anciano de la calle Corrales en la ventanilla del cine, le daba un papel y la dejaba entrar, claro que después le tocaba un poco las nalgas, pero ella se hacía la sonsa y volvía con algún estreno.

            En la pensión, limpiaba los baños y ayudaba en la cocina. Le daban de comer y una cama que cuando se tendía hacía más ruido que un furgón lleno de hierros viejos. Allí vivían varias muchachas, y hombres. Eran obreros y chicas que se hacían las “bataclanas” y apenas podían juntar unas monedas para entintarse el pelo y comprar alguna chuchería que resaltara sus figuras. Los muchachos, comían como lobos, con el estómago abierto como hoyo de curtiembre. Nada alcanzaba, ni la sopa, ni el pan, ni los guisos que hacía la patrona. Las chicas comían menos para no perder lo único que tenían, los cuerpos de ninfas pobres.

            Ludovica se propuso cambiar. Un día se paró en la puerta de un gran hotel y esperó algo… o a alguien que la viera. ¡Y la vio un hombre que había bajado de un auto negro! Le sonrió y la invitó a comer con él, en el hotel. ¡Ese día se descompuso de tanta cosa rica que comió!

            Él, le dijo que la esperaba en la radio “La Mundial” a las 8 horas. Y ella fue con su mejor vestido (el único) y una de las chicas le prestó un labial y la peinó con un hermoso rizo en el costado y le puso un “Kohol” en las pestañas. ¡Estaba hermosa!

            El hombre entró y casi arrastrándola, la hizo sentar frente a un aparato que supo, después era un micrófono. Canta. ¿Cómo, si yo no soy cantante? Ayer cuando te esperaba en el pasillo del hotel, te oí cantar y lo haces bien. Canta igual que ayer. ¡Y cantó! Y pronto llamaron a la radio preguntando su nombre y que cantara otras canciones.

            Le hicieron aprender varios boleros y canciones amorosas y ella, hizo todo lo que le obligaron hacer. Cuando pasó el mes, le dieron un sobre con mucho dinero. ¿Era famosa! Había triunfado.

            Salió de la radio y caminó despacito por la calle Matriz y en un local entró y se compró un vestido de seda rojo fuego, unos zapatos de tacón de charol negro y un bolso de piel brillante. Luego, caminó hasta el tranvía y cuando llegó a la pensión, las muchachas y los hombres la aplaudieron. ¡Ludivica, canta ese bolero tan romántico! Cantó y las lágrimas le hicieron correr el “kohol” por las tersas mejillas de muchacha pobre.

            Dicen que con el tiempo, hasta viajó a otros países cantando, vendió discos y hasta filmó una película. Pero, también dicen, que el hombre que la hizo triunfar, una noche, borracho, le dio un balazo en el pecho y de su vestido de seda rojo floreció un margaritón negro de sangre joven. Ludovica es una leyenda entre las muchachas que sueñan con ser “La voz” en la ciu