lunes, 8 de junio de 2026

GOLEADA INEFICAZ

 

            Cuando llegó el “Chicho Rotello” a la concentración, estaba ebrio. “En pedo” a decir de los muchachos. Se armó un lío del diablo. Vinieron el aguatero y el masajista, que son tipos de peso pesado, y como a una bolsa de arena lo depositaron en la camilla del vestuario, junto al gimnasio quedaron los otros jugadores despotricando. El masajista llamó con urgencia al director técnico y al médico. La sentencia fue: “Borrachera y consumo excesivo de calmantes”.

            Algunos compañeros se burlaron y otros, amigos, se quedaron perplejos cuando el “doc.” dijo: Tiene un tumor en el glúteo izquierdo, que interesa los abductores con distensión “izquiotibial” que le impiden moverse, tiene terribles dolores. Habrá que operarlo con carácter de “urgete”.

            El equipo se quedaba sin un extraordinario mediocampista, pero así no podía seguir. El Chicho hacía meses que llegaba tarde, muchas veces borracho y con un carácter de mierda.

            Esa semana lo asediaron los medios gráficos, la radio, la tele, incluso pagaron fortunas en la Villa para poder entrar. Tenían que “ponerse” con un peaje a los “barras” de la Villa para ingresar y salir vivos, con las cámaras y efectos personales sin problemas. Son cosas del laburo. La madre del Chicho los recibió en la casa, hermosa,  que le construyó con el último pase el jugador. Ella siempre apoyada, la madre, claro, por los doce hermanos del as.

            Pagaron 350.000 dólares para que jugara en el club, y a él le dieron el 20% para su vejez. Buen hijo, le hizo hacer una casa de película a la madre. Con tres baños, cocina en isla, ocho dormitorios, sala de juego y hasta un micro cine para disfrutar los partidos en un T.V. de tamaño hotel cinco estrellas, que ahora solía disfrutar en los campeonatos de 1ª. La madre recibió a los medios y con pocas palabras dijo todo lo que podía decir. Nada, en realidad sólo balbuceó una explicación breve de miedo a los médicos, a los hinchas, a los “barras bravas” que cuando se enojan le llenan la casa de “bosta” y pintura con graffitis asquerosos. Ella no ocultó su amor por el Chicho y los otros hijos. Los doce eran más chicos que el enfermo, pero iban todos a la escuela, estaban vacunados y tenían bicicletas, que por supuesto había pagado el mediocampista.

            Llegó el día de la operación. El “Pelado” Soria y el “Panza” Vargas, donaron sangre. La tele en la puerta del nosocomio, esperaba la oportunidad en que los doctores dieran un reporte de lo sucedido. Después de seis horas, apareció un médico con cara seria y se despachó con una perorata con términos, que nadie entendió. Al final un ayudante joven, dijo: “Al señor Francisco Rotello se le extrajo un “DIU” de la nalga izquierda, los tejidos habían cubierto el aparato con una membrana que impedía que se absorbiera. Ahora está descansando, cuando despierte de la anestesia dará una conferencia de prensa. Investigamos cómo pudo llegar allí dicho elemento extraño. Gracias.”

            La madre del Chicho, llorando expresó: Ahora comprendo cómo me embaracé tantas veces…, nadie me dijo que había perdido el DIU. La mujer salió llorando perseguida por una decena de periodistas.

            ¿Cómo habrá hecho el Chicho para golear a los adversarios con ese aparato en el culo, me querés decir?... se escuchó preguntar a un camarógrafo mientras se alejaban.

UNA INFANCIA LEJANA.


 

Acompáñame           niño invisible

Acompáñame

Para seguir soñando  a pesar de la niñez

En cada tarde sombría       sola       me encontré

en un santuario sin Cristo

a pesar de eso    soñé

 

viajé por mares de espuma

volé por cielos poblados de grandes nubes plomizas

dancé en prados de trigos    amarillos y maduros

a pesar de eso      soñé

 

caminé por la regiones desérticas de la vida

un rostro siempre delante

un rostro y una sonrisa

era un amigo invisible  que me tenía cautiva

a pesar de eso soñé

 

el rocío      me regalaba     melodías y sonidos

en nochecitas sin luna           jugaba a las escondidas

oculta entre las estrellas

con todo eso                mi simple sueño soñé

 

con él   subí a los bajeles que navegaban en las terribles tormentas

blandía una cimitarra de chocolate y poemas

en un desierto de sábanas

y un jardín de caramelo

 

 

su rostro siempre cambiaba

sus palabras susurradas eran paz para mi guerra

sus ojos eran burbujas tornasoladas y bellas

su sonrisa era canela

y yo seguía soñando       de la tierra       despegados mis dos pies

 

se fue yendo despacito por la vereda del tiempo

¡oh!, yo lo dejé olvidado en el baúl del silencio

¡cuánto hizo por mi alma! ¿cómo me permití perderlo?

En las noches tormentosas  creo que vuelve y lo quiero

lo quiero junto a mi lecho

para ahuyentar muchos miedos...

PACA LA DE LA MULA

             Esto ocurrió en una aldea llamada “Ocho Soles” hace un tiempo. Me lo contó el abuelo Antonio cuando era una niña.

                        Tener mulas en el campo, niños, es un milagro del cielo. Y si son poco mañosas un regalo de Dios. Don Tiago Medina era dueño de tres mulas de alzada. Cargaban leña y trigo en alforjas de cuero por las laderas entre árboles y rocas. Su mujer, las había enjoyados con pompones de color y cascabeles que resonaban en el camino. Hasta un día en que “Rosita” se desbarrancó cayendo por un meandro hacia el abismo. Quedó estampada en el distante cañón descoyuntada, con el morral destruido y su mujer difunta. ¡Lástima de esposa buena! Diez años acompañándolo en la vida y venir a caer sin ton ni son por el barranco abajo. ¡Y sin la mula Rosita, la tan provechosa! Viudo con una hija. Pequeña y mimada por su madre, la Pilar se quedó sola para ayudarle en el campo, la casa y los animales con sólo nueve años. El padre la miraba con tristeza, pero le cargó el lomo como a las mulas.

                        Los días de feria en el pueblo, llenaba las alforjas y talegas con frutas y verduras y por las dudas, no dejaba que la Pilar cabalgase a lomo de mula. Podía perder a su única ayuda, la hija. Allá iban los animales agobiados al paso lento que le daba su dueño y a la pobre marcha que lograba la pequeña. Regresaban cansados y con la bolsa flaca, pero con la esperanza de un día mejor.

                        En una feria, el viudo, conoció a la Paca. De carácter fuerte y limpia como el agua del arroyo. Blancas sus pechugas y ojos oscuros. Algo tiene de mora, se dijo el hombre, pero palabra va, palabra viene, la invitó a la huerta. Cuando la Paca, vio lo que el hombre tenía, no miró a la niña, sólo la tierra, las mulas, los cerdos y gallinas.

                        Se casaron pronto, dos meses apenas después de la última vendimia. Vino con sus trajes, humildes y pulcros. Pucheros de hierro, sartenes de cobre y colchas tejidas por sus propias manos con lana de oveja que ella misma hilaba. Pilar fue su sombra. Su voz resonaba en las piedras: Niña friega el piso. Lava la vajilla. Corre al gallinero, coge una gallina, busca la más vieja, y mátala para el cocido. Tiende nuestro lecho. Límpiate esos vidrios. Nunca descansaba la pobre Pilarica. Era la huérfana y el padre en silencio ni la miraba. De noche llorando llamaba a la madre y nada. Nadie respondía.

                        En la primavera le nació una hermana. Gritona y blanca como su madrastra. Pilar la adoró desde el primer vagido. La bautizaron Rocío. Redobló el trabajo. Pero era feliz con la beba. Le enseñó a caminar, a jugar, a cantar y la mimó hasta hacer de ella su muñeca. Paca, nunca permitió que rocío realizara ninguna tarea; para eso estaba Pilar. Nunca supo fregar, cocinar, hilar, tejer ni siquiera se sabía bañar o peinar. Era una figura de cristal cuidada por todos.

                        Las niñas crecieron. Cuando Pilarica cumplió catorce años, vino el herrero del pueblo y pidió su mano para el hijo mayor. Así la joven partió casada con un muchacho trabajador y bueno. Honesto y muy enamorado en secreto de su mujercita.

                        A los años el dueño de una botica habló con Tiago, para casar a Rocío con su hijo menor. Eran muy jóvenes y el buen boticario sufría al ver que el muchacho era superficial y amigo del “codillo, mus y póker”. Se trataron y alocadamente Rocío se escapó con él al cumplir los trece años. Vivían en la planta alta de la botica con un cachorro y un pájaro charlatán y arisco.

                        Dos años después, Tiago viajando con sus mulas a la feria, tuvo un accidente. Murió la mula “Jonás” y él, quedó en cama con las piernas rotas que no curaban. No hubo médico ni charlatán que no intentara sanar sus dolencias. Un día de otoño, bajo una triste llovizna cerró su pecho al aire fresco del amanecer.  

Quedó a huerta abandonada y gris. Sólo las urracas y los zorzales aparecían para desgranar las frutas que caían maduras sin que nadie las cosechara. La pena punzaba en la sala y la única mula que aún vivía rebuznaba de hambre y soledad en el pequeño potrero. Rocío no llegaba nunca hasta la casa de su madre y Pilar tenía mucho trabajo, como siempre junto a su herrero, quien tenía tareas multiplicadas por docena.

Paca, tuvo un sueño. Tiago la invitaba a enjaezar la mula, acopiar todo lo que tenía en la alacena y buscar a su hija para vivir con ella. Así fue que juntó los jamones, la panceta, los frijoles secos, orejones y pasas de uva, cargó todo en “Sol” y comenzó un descenso hacia el pueblo en encuentro de su amada Rocío.

Cuando iba llegando escuchó gritos y calló frente a ella por la ventana, un calderillo con sopa quemada. La puerta de la casa permanecía abierta y subió los escalones lentamente pisando camisas sucias, un corsé, el gato que dio un brinco y corrió buscando la salida y el perro flaco, que merodeaba por una olla de barro con algo que parecía comida, aunque estropeada y maloliente.

La muchacha yacía despeinada, con una bata sucia y rota, maldecía a su marido que borracho y desgarbado, permanecía tendido en un sillón despanzurrado. Los gritos de ira retumbaban entre las paredes de piedra como martillazos contra los tímpanos. Rocío se quedó muda. Ver ahí parada a su madre la dejó boquiabierta. Sólo atinó a preguntar por Sol, la mula. Está abajo, en la calle. El muchacho intentó pararse pero estaba tan ebrio que volvió sobre su cuerpo cayó rotundo en el piso. Impávida, acomodándose el cabello invitó a su madre a entrar. Trató de ayudar al marido y lo arrastró un poco hasta subirlo a la cama que parecía un nido de ratas.

La madre no supo que decir. Me quedaré con la hija que viva mejor…pero tendré mucho que trabajar aquí. Rocío vive mal. Yo no merezco terminar mis días así.  La mujercita, desesperada la invitó a tomar té. Lavó como pudo un pocillo y calentó agua con la poca leña que le quedaba. Su madre observaba la torpeza de las manos juveniles. Fue a buscar hasta una de las alforjas de Sol, la mula, y trajo pan, jamón serrano, nueces y huevos frescos. Charló un rato y se despidió prometiendo pronta visita. Si Tiago viera a su hija vuelve a morir de un susto, esta vez, claro. Mejor veré como vive Pilar, mi hijastra. ¡Ella tal vez no me quiera recibir, la hice trabajar tanto!  

Atravesó el pueblo. El herrero vivía en las afueras del otro lado del arroyo. La mula la llevó sin pausa ni prisa. Ya cerca de la casa, Paca vio un jardín lleno de rosas, margaritas y caléndulas. Junto al taller donde se oía el martillo y el silbido   del fuelle, vio un perro que gozoso dormía sobre una alfombrilla de hilos de algodón rústico. Los brazos fuertes y el rostro rubicundo del yerno se abrieron en una enorme sonrisa. ¡Sorprendido, llamó a Pilar, quien abrió la boca y comenzó a reír! Pase. Pase, dijo alegremente mientras se secaba las manos en su delantal. ¡Qué linda sorpresa! Sacó las riendas de “Sol” y la descargó para darle agua y sentarla bajo los árboles. ¿Dónde dejo la carga? Deja un jamón, pan y almendras, ya veré qué hago. Esto es una casa donde quiero vivir, pero no puedo quedarme si no me invitan.

Cuando ingresó a la cocina, todo brillaba. El olor a comida casera, la mesa con mantel impecable, los platos dispuestos al que Pilar agregó uno más con sus cubiertos y el vaso, le daba el sabor de hogar. Siéntese y descanse, debe estar muy fatigada. Buscó agua fresca del pozo y le sirvió mientras aligeraba sus pies en una palangana con hierbas y sal.

Pilar ¿has visto a tu hermana? La he visto, es más, voy una vez por semana y limpio, lavo su ropa y la de él, le dejo pucheros y quesos que hago yo acá… pero cada vez la veo peor.  ¡En qué me equivoqué? ¿En que nos equivocamos con tu padre? ¿Acaso fue en casarla con tan poca edad y con ese muchacho? Dime. Madre… no se.

Creo que en no enseñarle, en cuidarla tanto, en mimarla. La hemos perjudicado tanto que no se cómo hacer para socorrerla y eso que no tiene hijos. Si tuviera los seis que yo tengo… no sabría qué hacer. Acá tenemos trabajo, los niños estudian y juegan, salen por el campo y retozan. Yo hago lo mismo que hacía en casa con ustedes y no siento que es mucho. Es todo lo mismo.

Pilar, ¿puedes perdonarme? Fui mala contigo. No, me enseñó que la vida es difícil y ahora disfruto lo aprendido. Tal vez Rocío la necesite más que nadie. ¿Pero sabes lo que sufriré? He trajinado tanto y ya la mula es vieja, tu padre se ha ido y la huerta está lejos y no quiero regresar allá. ¿Qué crees que puedo hacer? Quedarse con nosotros y juntas veremos cómo ayudar a mi hermana.

Afuera las pájaros llamaban para que Pilar les diera de comer.  

           

PERDER LA INFANCIA NO ES PERDER LA VIDA


 

            ¿Quiere que le cuente? A veces miro a la nena y me sorprende. Es tan dulce su mirada, tan callada y buena, que me asusta. Cuando la traje al mundo tuve miedo. Mucho miedo. ¡Somos tan pobres! Pero apareció como una madejita rosada y chillona entre mis manos ásperas, por la dura tarea de fabricar ladrillos. El Ecelino, es un peruano que se vino escapando, como todo pobre del hambre, y quién sabe de qué escondrijo zorruno. Pero se apareó conmigo y es buen hombre. No sabe, como yo, leer. Nunca fuimos a la escuela, hasta ahora. La que supo ser mi vieja, me dejó apenas abrí los ojos con el hombre que dice ser mi padre. Ahora lo tengo en el rancho y lo cuido. Es tuberculoso y tiene un reuman, de esos que no tienen vuelta. Trabajó mucho, es cierto. Nunca supe yo lo que era jugar. Siempre a su lado trabajando y lavando la ropa y cocinando. Seis o siete años, tenía, cuando me dijo que me cortaba el pelo y me vestía de muchacho, para protegerme de los “golondrinas”. Y me crié así. Como hombre. Usé siempre ropa de chico y el pelo cortado. Me creí que era un varón hasta que un día me sangró la pierna. Y él, asustado, me llevó a la salita en el Algarrobal. Allí supe con sorpresa que era hembra. Y una dotora me empezó a conversar de mi apariencia, palabra que yo escuché por primera vez. Tuve vergüenza y me reculé más, todavía. No quise salir por meses. Hasta que mi padre empezó con las escupidas con sangre.

            Pasó un par de años y conocí al Ecelino. Era muy guapo. No tenía miedo al trabajo y me miraba. Enseguida se dio cuenta que era mujer. Él, me dijo un día si quería ser su esposa y que me ayudaría con plata y el trabajo que se me había duplicado, con esta enfermedad de mi papá. Y acepté. No sabía todo lo que era ser la mujer de un hombre. Mi papá algo quiso decirme, pero se le trabó la lengua y se quedó allí repitiendo la palabra “Pobre”, “Pobre Jubelina”. Jubelina es mi nombre. ¿Lo escuchó alguna vez? Nadie lo ha escuchado. Y así de golpe una noche después de tomar una sidra helada supe. ¡Eso era ser mujer! Tenía que obedecer a sus reclamos de hombre. Al principiar me dolía. Después me acostumbré. Eso sí, el Ecelino, nunca me pegó. Nunca faltó la comida y traía ropa y zapatillas para mí y mi papá, que cada día estaba peor, hasta que lo llevó al hospital y allí lo mejoraron.

            Y un día me puse gorda y me dijeron que tenía un hijo en la panza. Al tiempo nació la María Belén. ¡Era tan bonita! Como es ahora. Suave y dulce. Que no le hice caso al dolor. Yo he sufrido tantos dolores sin que estuviera entre mis brazos esa florcita llamada María Belén, que no me importó tener puntos entre las piernas. Pesó cuatro kilos. Era larga y regordeta. Ahora es tan bonita. Yo no le voy a cortar el pelo. El Ecelino, la cuida y dice, que a ella nadie la va a tocar. Y si alguien se atreve lo mata. ¡Yo creo que huyó de su país por algo así, eso creo! Acá se cuida mucho y le escapa a tomar y las fiestas de sus paisanos.

            Bueno, ahora voy al grano. Se acuerda cuando me llamó la maestra de la nena, yo no podía leer lo que decía la nota. Me dio vergüenza y me fui a un centro comunal de la municipalidad y pregunté si alguien me podía enseñar a leer. Me miraron sorprendidos. Cuando me preguntaron la edad y se las dije, más sorpresas. Tengo treinta y tres años. ¿Usted, cuántos creía? No, no me enojo. Creía que tenía como cincuenta, es la vida que llevé. Bueno, le cuento mi secreto, principié la escuela. Para eso vine. Acá tiene la libreta. Como no tengo mamá, ¿me la puede firmar? No vayan a creer que nadie sabe que he estudiado y paso de grado. Para mí es importante. Es un respeto al maestro y al Ecelino, que trabaja más horas para que yo no deje. Ah, gracias por firmar; pero no llore. ¿Me felicita? ¡Que se siente feliz? Imagínese yo, que puedo leer las notas de la maestra de la nena. Señora directora, no le diga a nadie que yo recién ahora voy a la escuela. ¡Pero no me llore más! Me hace dar más pena.

miércoles, 3 de junio de 2026

"NO ME CONDUZCAS A TU INFIERNO ÍNTIMO..."


 

La ira le llenaba el alma de odio. Quería matar. Pensó en cien maneras de matar.

¿Qué había cambiado en su vida en ese breve momento? ¿Cómo pudo ocurrirle a él, que vivía presente para sus amores?  Estudió cada paso, cada movimiento, cada ángulo desde dónde podía matarlos. No podía dormir. Si el cansancio lo despojaba de su velar cada noche y cada día, soñaba con sangre.

Parecía un ebrio. Pero era por su ofuscación y su rencor. ¡Si él, los había amado tanto, los cuidó de noche y de día! Siempre había odiado a mentira, el engaño; pero no esperaba la traición de esa manera artera.

Una noche el sueño se adueñó de su cuerpo y se quedó dormido. Abrazado a la almohada, se sintió abrigado y el cansancio lo hizo entrar un estado casi hipnótico. Se vio caminando por la calle rodeada de álamos de color verde dorado, sus pies apenas sentían la grava de la senda. Sintió el aire que lo envolvía, un suave calor de un sol agónico que se reflejaba en la distancia. Aves que echaban vuelo en un cielo que lentamente se iba enrojeciendo. Sintió un suspiro cercano a su rostro. ¿Madre? No, no puede ser, si ella hace mucho tiempo que había abandonado la ciudad y luego la vida.

La brisa gratificó el suave murmullo que oía en su sueño reconfortante y mágico. Luego advirtió una figura a la distancia, caminaba descalza entre lirios de color violeta. Era ella. Sola. En silencio. Le hacía señas de acercarse a ese lugar paradisíaco. Se revolvió en el lecho. Sentía calor y transpiraba. Húmedo el cobertor, que lo ahogaba.

No podía despertarse. Estaba muy bien en ese clima ambiguo y mágico. ¡Condúceme a la cumbre en este sueño! Pensó. Se revolvió en su sueño, se aparecía y desaparecía ella. Con su lánguido vestido blanco de leve tela de algodón, el largo cabello negro revoloteaba con la brisa y sus ojos... sus ojos parecían dos brasas encendidas con el fuego de la pasión y la muerte.

Despertó. Estaba rodeado de llamas ardientes, todo se consumía por un fuego artero. ¿Cómo puedo escapar de este lugar? Y la vio. Estaba a cierta distancia apoyada en la camioneta. Su sonrisa parecía decirle... ¡Te he ganado!  Y con la mano alzada le mostraba una tabla en llamas... él, no podía gritar. Estaba atado a ese pequeño infierno que construyó pensando en matarla.

¡Cuando el amor muere, el precipicio se abre entre los corazones humanos! Y se desata el infierno que cada uno había construido contra el otro. 

El amor conduce a la cumbre de la felicidad o a la muerte. Cerró los ojos y se quedó dormido.

AQUELLA JOVEN DEL ABRIGO COLOR VIOLETA


 

            ¡Conocer por el periódico o el noticiero la muerte de una joven de no más de veintisiete años, en medio de un parque, con signos de haber sido duramente golpeada; no es ninguna novedad! Casi se puede decir que es algo corriente.  Atados al alcohol, pelean sin ton ni son.

Unos mueren en accidentes, otros con ingesta de vino o Fernet hasta caer en coma y casi todos entran perdidos por las drogas en las guardias médicas. Los pobres periodistas ya no saben qué agregar para darle un tono diferente y llamativo a la noticia. El locutor más asombroso, fue el que se secó una lágrima en público, diciendo que podía ser su hija. Le respondieron airados, cientos de personas, llenando el Facebook del canal, que eran padres o madres de hijas o hijos muertos, en forma semejante. Por lo que nunca más recurrió a tal artimaña para atraer a la audiencia.

            El tema de la mañana, me pegó un golpe bajo, cuando hicieron un paneo y vi el abrigo color violeta de la infeliz chica. Reconocí el que vendí la semana pasada en la pequeña boutique donde trabajo. Era de buena calidad y tenía un detalle, que inevitablemente, me hizo sentir como parte de la historia.

 Ni loca me presentaría a la policía a contar que, una simple empleada de “Madame Rouge”, sabía el nombre y domicilio de la víctima. ¿Y si la habían matado rufianes a sueldo de la mafia o algún oscuro asesino, de esos que matan en serie? Me iba a ver innecesariamente involucrada y capaz que, por hacerme callar, sería  la próxima víctima.

Cuando vi la foto me sorprendí. No era la mujer a la que le vendí el modelo. La otra era rubia con mechitas color cobre, ojos verdes y nariz súper operada, colágeno en los labios y pechos de cirugía. Altísima, los pies  y manos muy cuidadas. Y un tono de voz indescriptible. La mujer que vi en el periódico era morena, de rostro anguloso, ojos marrones y cabello oscuro.

Pensé que era imposible. Mi jefa jamás hubiera comprado dos abrigos iguales para vender y menos, a ese tipo de muchacha vulgar, que mostraban las fotografías. Guardé la hoja del diario en el bolso, cuando llegué esa mañana al negocio la dueña del local estaba allí. Me sorprendí. ¡Nunca llegaba tan temprano! Se veía ojerosa y muy nerviosa.

Me cambié. Calcé tacones como ella exige, me maquillé más y perfumé con loción Madame Rouge, que tiene mucha canela y vainilla, difícil para mi nariz. No es de mi gusto. Me quedan bien las frescas y cítricas. ¡Pero este trabajo es muy bueno y no lo quiero perder!

            Cuando me acerqué a su escritorio, la vi rodeada por dos hombres más o menos jóvenes. Uno era rudo y con un vozarrón que atravesaba el cerebro. El otro, un poco más joven. Gentil, delicado sin exageración y muy educado. Hablaban a media voz. Al acercarme más, me clavaron la vista. Sentí frío en la espalda y, como si fuera un mono enjaulado, quedé prisionera del momento.

             Me sentaron junto a ellos. El mayor comenzó a interrogarme. Miraba con ojos de metal hiriente derechito a mis pupilas. Que si  conocía a la víctima. Qué si tenía su filiación. Qué si la acompañaba alguien. Y mil interrogantes más. Expresé: “¡Sólo había vendido la prenda al contado, no recogió la factura, que tiré luego de unos días! ¡Que la mujer estaba muy apurada y ni se había probado el abrigo! ¡Ah, y estaba sola¡”. Eso dije. No era verdad.

            El miedo me impide imaginar por qué callé detalles. Le temo a los hombres y más aún si son de investigaciones. A esos les huyo. Sobreviví a uno —mi papá— que me hizo escapar del pueblo donde nací, de la familia y de todo lo que amaba.

            Sara, mi jefa, me observaba sorprendida e inquisitiva, ya que soy amable y graciosa, vivo haciendo chanzas. Estaba seria y en silencio. Sólo me levanté de la silla para atender a una clienta que viene muy seguido, lo que hice rápidamente. Ella, la jefa, escrutaba mi rostro y yo, indiferente, evitaba confrontar con aquellos hombres.

            Salieron del negocio dejándonos un papel con los teléfonos anotados por si recordábamos algo. Ni loca les llamaría. Imaginé ser perseguida por una horda de delincuentes capaces de asesinarme. Los que matan en serie como en el cine.

            Traté de evitar a la señora Sara, inútilmente. Se sentó con su consabida taza de café con un chorrito de gin, encendió su pipa — fuma en pipa— y comenzó a indagarme.

            Intenté no abrir la boca. Sabía muy poco de mi vida y odio andar por ahí contando mi dura existencia. Pero fue imposible. Hablé de un solo tirón. Me explayé. Exigí, eso sí, que me guardara el secreto.

Le mostré la factura con el nombre de quien compró el “abrigo violeta”, su dirección y teléfono. Le aseguré que no era la misma persona. Esa que mostraba la tele. Quedó sorprendida y molesta. Conmigo no, sino que para ella había algo raro, como decía mi mamá: “Gato encerrado”.

Tomó el teléfono y marcó el número que había en la factura. Atendió una voz femenina, con el mismo timbre que yo le oyera en el probador, cuando vino a la boutique. Sara le pidió, si podía venir a la tienda porque había encontrado una falla en la prenda de ese modisto. “Le encargo que traiga la que le vendí”, aclaró. La mujer, muy ofuscada, dijo que se le había perdido. Que alguien se lo arrebató en el playón del supermercado y que no tenía tiempo, viajaba esa misma tarde a Miami. Cortó la comunicación. Eso molestó mucho, intrigó a la señora y se tentó de avisar a los investigadores.

Sucedió, igual, algo inesperado. A minutos de esa llamada, llegaron dos encapuchados. Armados hasta los dientes. Rompieron todo el negocio buscando lo que tenía escondido en el lugar menos accesible de la boutique. Ni pienso decir donde oculté el talonario con las facturas y datos de los clientes. Golpearon a Sara, a mí no porque sé escabullirme, no por cualquier cosa salí del pueblo.

Luego de romper todo, a uno de ellos se le deslizó algo, inadvertidamente levitó detrás del maniquí. Me moví como un gusano cubriéndolo con el cuerpo. La energía negativa de esos tipos me alteró mucho. Quedamos deshechas, pero vivas. ¡Era una advertencia, si hablábamos nos matarían! ¿Así son esos malvados?

Cuando pude erguirme, atrapé lo que se le cayó al tipo, vi que era una foto. Era la mujer rubia, la del abrigo violeta, pero estaba tal cual debe ser en realidad… ¡Un travestido en sus ropas de entre casa! Ahí pude comprender lo que había pasado por alto. Yo había atendido a un hombre y probablemente era quien mató a la mujer morena. ¿Sería mujer u otro travestido?

Mejor fue que, tanto Sara como yo, nos metiéramos la idea de ser justicieras, en un cajón de la boutique. Y a los policías no decirles un ápice. ¡Tal vez, ellos estuvieran involucrados! Rompí los papeles que había guardado,  uno por uno, y los tiré por el desagüe del baño.

            Me mudé a otra ciudad y la señora Sara se fue a vivir a Miami. A veces recibo una llamada suya para consolarme. Nos enterábamos por Internet de los pasos que seguían a los grupos activistas que trataban de imponer un límite a la muerte de travestis y gay en la gran ciudad. ¡Nada lograban!

Un día, en el metro, me enfrenté al personaje del abrigo violeta de la vieja historia. Me miró asombrado. Pretendió detenerme tomándome del brazo, aplicando una fuerza brutal en mi muñeca. Aún no recuerdo cómo logré zafar y desaparecí entre la multitud en la estación. Pero huí al oeste en busca de otra oportunidad. 

            Estoy cansada de evadirme de este grotesco infierno de violencia gratuita que me rodea. Mi infancia fue un mundo de mentiras y maldad que oculté. ¡Apariencias!. Mi juventud que recién comienza y a la que tengo derecho es el futuro. ¡Por eso me dispongo a otro cambio más! Quiero ser libre.


ÑATO CORVALÁN, EN LOS ESTEROS DEL IBERÁ

 

De gurí, a pelo montado en un tordillo, Ñato Corvalán atravesaba los guadáñales llevando ganado al seco. A veces, en el terraplén del ferrocarril, dejaba unos animalitos recién destetados para que no se le pudrieran las pezuñas. ¡El agua es necesaria, pero demasiada… mata!, solía decir el Moncho Regules.

            El Ñato no conoció lápiz, ni pizarrón. Sabía sumar y restar con el cordel de cuentas trenzadas, que usaba en la cintura junto al cuchillo que recibió de su tata. Moncho Regules, su padrino, había muerto en una riña entre isleños hacía tres años, más o menos. Ñato, no le hacía muy claro a eso del tiempo. Para él, había tres. La seca, la lluviosa y la cosecha.

Había conocido el pueblo, pero el ruido de los motores lo renegaban. Prefería el chillido de los matorrales donde se escondían los animalitos. Su tiempo era montado a pelo de caballo; y entre parición y traslado del ganado de una isla a otra del Iberá. Cada tanto veía a su madre. La Filomena Corvalán, famosa por la cantidad de hijos que trajo a los esteros. Buena para amasar chipá y carnear cuanto bicho comestible se le cruzaba. Sus hijos, de los que se iba desprendiendo cuando se valían por sus propios medios, eran fuertes y sanos. A pura teta los alimentaba, hasta que se preñaba nuevamente. Tuvo como veintitrés y sólo dos murieron de chiquitos.

El mocoso, volvía de vez en cuando a la isla a verla, porque pensaba que ya envejecía.

Desdentada, le costaba comer y estaba descarnada. Flaca y arrugada. Con sentimientos raros se volvió a su laboreo, por eso, la última ocasión, le llevó una manta nueva y un par de alpargatas. Al Molina le llevó una damajuana de tinto. Le dolió sentir la tos seca y crispada del pecho de la Filomena. Sintió que pronto no la vería más. Descubrió un fuego destripador en las entrañas cuando la vio escupir sangre en la tierra del rancho.

—¡La vieja está mala, tísica! —dijo Molina, el nuevo compañero de la madre—. La llevé a la rastra a la sala del pueblo. No quería que la tocara un médico. Pero la mujer que la revisaba, la convenció y se dejó ver los costillares y el triperío. Le dio unas pastillas, pero ella se hace un té de yuyos y así no más anda”.

            Salió desolado. Miró al cielo y se tocó el corazón que golpeaba fuerte y desacompasado. Si se va la vieja, nos desparramamos todos. 

            Cuando se desvió del camino y subió a la canoa, se cruzó con los Quiroga de Itaibaté. Iban en una lancha con cuatro gringos a puro motor. Casi se da vuelta su canoita. Montarás el Ñato, se tocó el ala del sombrero y quedó mirando como se alejaban por el canal entre el laberinto de islotes con totorales y camalotes. Más adentro, hojas enormes de irupé, son los nidos cómodos de las ñacaninas y los curiyúes. “Entre esos senderos laguneros nos movemos los isleños. Esta es mi tierra. Esta es mi casa”, se dijo y siguió remando. Su corazón batía.

El cielo se desangró con una lluvia feroz y la barca se fue hundiendo, no le alcanzaban las manos para sacar el agua con el balde plástico que le servía para guardar la pesca. Logró llegar a la orilla. Ató la embarcación y, empapado, caminó al rancho. El techo de paja, estaba desgajado y caían chorros hasta sobre el catre. Puteó. ¡Maldito tiempo! Embarrado hasta las rodillas, consiguió tapar con nailon parte de los juncos del techo.

 Acomodó los cueros de carpincho y nutria que tenía para vender al Turco Mohamma en el almacén. Los cambiaba por yerba, tabaco, vino, caña y galletas, y alguna que otra chuchería que necesitaba para vivir. Los truenos y relámpagos iluminaban intermitentes el lodazal en que se transformó el rancho. Los monos chillaban y el griterío era signo de que esa noche dormiría poco y mal.

El cansancio lo arrinconó y así, en la humedad, se quedó adormecido. Se tapó con el viejo ponchillo que le regaló el paraguayo en la bailanta en Goya, cuando tropearon el ganado de Justiniano Cardoso, comisario de Caá Caatý. Soñó con su madre la noche entera.

            Despertó con el chillido de los monos, como todas las mañanas le robaron pan o galleta que comía con el mate cocido. El sol levantaba un vapor que ahogaba. Era bueno. El estero se alimentaba la lluvia y el sol que penetraban entre la maleza, hacía crecer pastura y bicherío. Se enjuagó la cara y puso la pava llena en el fogón.

Compuso el techo con alambre, paja y barro. Sacó algunos bártulos para que se secaran. Se sentó, armó un cigarro con una hoja de tabaco y miel; y cuando le acercó la brasa cerró los ojos para disfrutar el perfume dulce del veguero. Se habían alejado los carayaes por el malezal a buscar comida a otro troje. Sintió un motor. Rugía cada vez más cerca.

            Fue a espiar. Camino al cruce de los canales, se encontró con los gringos. Traían en un planchón paraguayo, unas máquinas enormes. Se acordó de los cuentos de “La Forestal” en el Chaco. Cuando dejaron el paisaje sin árboles de quebracho unos rubios extraños. Plantaron unos yuyos y la tierra no sirvió más. Miró con desconfianza.

Lo saludaron con demasiado respeto. No era lógico que respetaran a un tape como él. Se tocó el ala del sombrero y los miró desafiante. Se tanteó el machete que llevaba cruzado en la cintura.

A los gringos se les borró la sonrisa y observaron para otro lado. Detrás venían los Quiroga con su canoa.

—¿Qué hay, compadre? ¿Quiénes son éstos y a qué vienen a los esteros del Iberá?

Silencio. Carraspera y trago de saliva agria, le contestaron:

—Mirá vos, chamigo. Que han comprado parte del campo. Que están alambrando. Que harán terraplenes para plantar arroz. Van a poner otro ferrocarril para transportar vacunos y rollizos al puerto de Buenos Aires. Vuelve el progreso —y un sinfín de chácharas que ya no escuchó.

Se alejó, internándose en el matorral. “Ya es viernes y dejó de llover, gracias a la Virgen de Itatí. Mejora el tiempo y por las dudas buscaré cazar un carpincho para traerle”, se dijo.¡Dejate de matar bichos vos, que así está quedando el estero, no seas maula…!”, escuchó distante.

 De la estación del ferrocarril de carga en el pueblo sale una chata medio destartalada con unos tambores pesados. Don Justiniano Cardoso se los ha entregado para que ponga los latones de este lado del terraplén. De lo demás se encarga él y la gente de Caá Caatý.

            La explosión se oye desde varias leguas. El agua sigue su curso arrastrando mucha tierra del resguardo de los extranjeros. Ñato Corvalán ahora puede seguir navegando con su canoa sin que nada se lo impida y menos los gringos que se roban todo.


EL BERRETÍN DEL “GALLO” LEIVA EN EL REÑIDERO

 

            Diga, Don —dice el Enano, mirándose en el espejo de agua de los charcos en la calle—. Diga la verdad, anímese de una vez.

          Su rostro surcado por una antigua cicatriz de facón malevo, le regala una expresión oscura. Oscura como el alma. No atina a quitarse el chambergo para evitar la mirada aviesa de las minas. Son curiosas las mujeres y él les tiene ojeriza. ¡Claro, si siempre se tenía que subir al tablao del cabaret o a la barra del bar donde se deslizaban las copas de Fernet, de vino tinto o de grapa, para mirar y que lo vieran! Nació normal. Nunca creció más del metro. 

Su padrastro le gritaba palabrotas cuando era apenas un gurrumín de seis o siete años. Lo hubiera matado, al infeliz, si hubiera alcanzado el tamaño suficiente. “¡Ya va a crecer!”, decía la madre. “Crecer. ¿Cuándo, cómo? ¡Destino de hijo “chimbo”!, masculló el padrastro. Nadie creyó en el futuro. Tampoco quiso irse con un circo de mala muerte que pasó por Avellaneda, justo, justo cuando cumplió quince años. “Si se une a la tropa, le damos casa en un carromato, sueldo, comida y la ropa para que ayude al Minguito, el payaso”. No quiso. No podía aceptar ser un idiota jugando a ser el hazmerreír de todos. Después sucedió eso.

 

            “¡Dele, si el Jefe sabe, tal vez haya otra oportunidad! Si vos hablás, digo, Disculpe Don, tal vez si habla la cosa se aclare y el Jefe acepte. Nunca vienen mal los morlacos de una nueva riña. La cana está untada por su mano generosa”. La voz aflautada llena de risa el ancho rostro hostil. Es burlesco. De mentón pronunciado y robusto como todo él. Piernas tan cortas y gruesas, que se bambolea al caminar.

            Con saltitos de gorrión herido sobre los adoquines húmedos es el modo de atraer la mirada del hombre. Leiva duda. Ese Enano sin nombre no es tipo de fiar. No le gusta su modo. Es un truhán. Algo le huele mal.

Duda y desconfía. Los ojos se achican para poder observar cada gesto, cada pequeña señal imperceptible para otros, pero no para él, acostumbrado a tratar con esos rufianes. Todos perros de cuenta con prontuario. Hábiles y abusivos. Eso son, mafiosos de pacotilla. Él conoce a otra gente maleva, pero malevos de verdad. Tipos que arrastran su historia de burdel y garito. De traficante y contrabando entre las dos orillas del Plata. Río lleno de fabulosas historias.

Río que desliza la sangre de tanto fulano vendido al fangal de la ciudad. ¡Tan bello! Ese río que algunas veces atravesó hacia Montevideo, para apaciguar memorias.

Leiva conoce el lugar exacto donde está enterrado el tal Rearte, junto a los gallos de riña. No se imaginan el sitio.

            ¡Cante, Don! Diga que el dueño del reñidero está donde está y tal vez nos perdonen la vida”. La cintura, apretada de sudor oloroso a miedo, le ofrece un retortijón de tripas. “¡Vamos, usted sabe!”.

           Recordó...

La llovizna comenzó a torturar los cortos huesos del alfeñique. El vapor que se levantó de las piedras envolvió a los hombres apretujados. Una luz agazapada desdibujó los cuerpos que se avecinaron bajo el alero del galpón del Jefe. Un olor a pluma mojada y el griterío de los bichos comenzó a trepar por las paredes del sucucho. Los gallos de riña han llegado de Montevideo en jaulas prolijamente custodiadas. Ese galpón fue un frigorífico inglés, ahora es un aguantadero del patrón. Ya se armó el círculo con los ponchos de obreros que vienen a jugarse la quincena en la pelea.

El tufo a tabaco negro, a sudor, hediondo a macho y a mugre; mitiga el olor del plumerío húmedo de los animales. Están con los picos adornados con metal o atados con ligaduras de cuero. La cabeza tapada, para que ciegos, ataquen sin piedad. El batifondo impone un tiempo de espera. Un injurioso tiempo negro.

            El Enano ingresa al reñidero. Lo hace como si fuera un gigante, un rey, un triunfador. Ha logrado el consentimiento del Jefe para manejar la riña. Un tipazo, el Don. Dueño de medio Montevideo. Eso se murmura aunque no está comprobado. El empresario aceptó el entrevero por diez mil pesos fuertes.

            En medio del rugir de los hombres se produce una señal conocida. Causa un silencio feroz, y la pequeña figura empinada en el elevado taburete de madera reluciente, les habla:

       —¡Hoy pueden apostar, la suerte está echada. Don Leiva, pone diez mil pesos fuertes a sus gallos de Uruguay!   

      Desciende y atrapa billetes en sus robustas manos regordetas. La cicatriz brilla con la tenue luz que proporciona un farolito sobre el círculo vital.

        Entra un tal Rearte, custodiado por un puñado de holgazanes violentos. Viene derechito hacia el Enano, pero una mano lo detiene. Don Leiva, le muestra su cintura, donde brilla el facón. Señalando al mequetrefe le indica que allí hay mucha guita. Igual pone mucha mosca contra las aves del otro. La puja es a muerte.

      Comienzan a soltar los animales, que ebrios de odio, se tiran picotazos a los ojos. Empieza, la arena del reñidero, a cubrirse con sangre negruzca. Entre los espolonazos, que en cada salto se dan los pequeños demonios plumados y el sordo sonido de las gargantas ebrias de codicia escondida, no advierten que una atroz tormenta comienza a azotar los techos metálicos con un silbido confuso.

   La noche avanza en un tráfico de risotadas y dinero que pasa de mano en mano. Van cayendo los más débiles. Los gallitos menos famosos. Plumas. La negra nevisca azulada queda danzando una melancolía agónica. Desde las pequeñas gargantas de las aves que boquean en la tierra ya no sale sonido alguno. Heridas, muy heridas, agonizan. Va ganando Rearte. Sin escrúpulo llegan otras. Son rivales de colores tornasol. De pronto, se abre la puerta y se dibuja a contra luz, la figura del Jefe. A su espalda, la lluvia cubre las pisadas.

            Corto y ancho. Con los ojos pequeños rodeados de bolsas rojizas y magulladas por el alcohol. Los labios son finas cuerdas apretadas, la nariz afilada cae sobre los breves bigotes con un gancho agudo y húmedo, que gotea sin vergüenza. Grasoso, su pelo desmechado, es un penacho abundante y dislocado, semejante a plumas, elevado hacia atrás por el unto de Glostora. Es una cresta negra y aguda que desconcierta a quien osa mirarlo de frente.

 Tiene las manos de dedos agarrotados y articulaciones artríticas. Están enfundadas en cabritilla negra. Son armas letales. Se saca parsimoniosamente los guantes. Las uñas largas, cubiertas por cápsulas de oro, refulgen con la tenue luz.

Detrás una feligresía mafiosa, a la que impone fuerza con la simple presencia, retrocede. De un salto, el Enano, baja del alto taburete. Servil, se acerca al Jefe y le muestra el chambergo donde ha estirado cada billete de la apuesta. Ni mira. El Jefe no pierde el tiempo en pequeñeces. Camina con la displicencia propia de los poderosos.

            Hace un ademán y sacan de sus jaulas los mejores. Los campeones.

Sus pequeñas cabecitas cubiertas con un ínfimo capuchón de terciopelo rojo. Parados en tierra, con sus garras aguzadas, espolones cubiertos con regatones de plata que brillan en tiniebla y humo, que lo envuelve todo, se agitan. Apenas le arrancan sus mascarillas de terciopelo, ya despabilados, se enfrentan. Un extraño cloqueo furioso y una pirueta sincrónica de dos gallitos quiebran la infortunada tranquilidad, cuando las uñas de metal abren el cuello desplumado de los animales. Una masa sanguinolenta cae revuelta en la arena.

¡Ha perdido los mejores ejemplares! Y la plata. El Jefe saca su cuchillo y, sin más, lo clava en la frente de Rearte. La punta y el filo continúan su camino destrozando el cerebro. Cae de rodillas, apenas sostenido por uno de sus secuaces. En una suave oleada de sangre se desliza el cuerpo flácido. De inmediato, cada hombre sale en completa mudez.

El Jefe toma tranquilamente los billetes, lamiendo su mirada burlona, a los atónitos jugadores oponentes. Se acomoda el chambergo. Sale pausado y se sube en el automóvil que lo espera. Desaparece por donde vino.

Huyendo de lo que allí se avecina, los obreros, cautelosos, escapan por entre las aberturas de las paredes. La noche tormentosa envuelve a cada uno con una bruma en capa de bondad. Se obliga silencio a los testigos. Nadie vio nada.

           

Apenas despunta el día el galpón está limpio. Nada muestra lo sucedido. El sol calienta las chapas y adentro de la zahúrda, se vende parte de la cosecha de patatas que, en varios carros, ha entrado desde las cuatro de la mañana. Se han desembarazado de gallos y despojos. Un auto policial da una vuelta por los alrededores sin mayor convulsión. Es seguro, los mandaderos de Rearte han hablado.

 Acá no pasa nada. La calle transitada como siempre. El tranvía, indiferente, hace sonar su timbre avisando a los chiquilines que se tiran delante de la parrilla para susto de los transeúntes. Las mujeres compran magros pucheros. Los muchachos siguen con juegos de la vagancia. Nadie vigila los movimientos por un pacto gregario. Todo es terror al Jefe. A sus secuaces.

            El Enano, ahora vestido de paisano, se ha acodado en la puerta y observa astuto a cada tipo que camina por allí. El paisaje es de una bella estampa familiar.

           

            Llega un furgón de la comisaría del oeste. No es la gente sobornada por su patrón. Son de otro cuartel. Apremian. Obligan a mostrar las papeletas. Dar nombres y domicilios. Preguntan por Leiva y por el Jefe. Hablan de Rearte y de sus importantes contactos con los diputados. Revisan palmo a palmo cada rincón del cuchitril, sin encontrar nada. Nada. Ni sombra de sangre. Ni olor a gallo, ni a humanos avinagrados por la ira.

            De pronto aparecen dos coches negros con cuatro fulanos bien trajeados, zapatos de charol lustroso, sombrero de fino tope. Descienden y caminan ansiosos por el lugar. Uno se para junto al Enano, que indiferente, secunda a los carreros. Disimula su miedo. Anota ágil, cada pila de bolsa que descargan.

Los diputados esgrimen sus fueros opulentos. Son los que dominan el otro lado de la ciudad. Parecen sabuesos. Con pasos felinos atraviesan tratando de tropezar con algún indicio de Rearte. El suceso es una trampa mortal. Nada. Nadie. Todo está en su lugar. Inocente, un gato se lava la pelambre negra sobre el taburete del Enano. Se acercan con suavidad deslizando al chaparro un sobre. Queda en la mano reducida. Hacen un gesto y salen. No se vuelven a mirar.

            Cuando logra sobreponerse a la sorpresa, abre la nota. Encuentra mucho dinero. ¡Nunca volverá a ver tanto en su vida! En silencio guarda bajo el poncho el unto. Pero conoce bien al Jefe. Ni soñar la traición. Hombre muerto seré. Pero siempre hay un pero y se pone a imaginar. Deja pasar los días. Le manda un mensaje a Don Leiva. Quiere hablar con él.

            Al principio el Gallo Leiva se resiste. Tiene miedo. Es buen consejero el terror. Pero se afloja lentamente. Sueña con rehacer su puñado de gallitos bravíos. Hay mucha guita de por medio. Hay poder.

            El berretín de don Leiva son los gallos de riña y le hicieron una mala jugada. Perdió a sus mejores emplumados de pelea con los uruguayitos. Aprieta el facón a la espalda, se cubre con una gabardina enorme. Se sube al tranvía que va para el oeste.

            Cuando pasa por Valentín Alsina, desde la ventanilla, ve pasar un cortejo fúnebre y se toca los güevos como le enseñó su abuela.  ¡”Trae suerte muchacho. ¡Aleja la mufa!”. Pero un frío letal le atraviesa la espalda.

 Nunca traicionó a nadie y es muy macho para eso, pero tiene entre ceja y ceja, la mala racha de esa noche. Agranda el odio. Los gallos. Sus adorados gallitos. Y ese hijo de mil putas que le hizo esa cabronada. Tiene que hacer algo y él lo va a hacer.

            Suena la campanilla y se detiene el bondi, dejándole el espacio mínimo para descender en la avenida donde viven los bacanes. Camina apurado las dos calles que lo separan de la casona del Diputado. La magnífica mansión es enorme. Tiene rejas españolas. Un parque parecido al de un rey. Dos hombres custodian una enorme puerta con herraje dorado. Igual, detrás de esos ventanales no ve a nadie. Se esconde y observa. Algo le comienza a subir por las piernas como una hiedra venenosa, el miedo helado, se enrosca en sus pantorrillas. Sube y sube. El corazón está por estallar. Ve el auto negro. Él conoce bien el nuevo Mercury negro. Está apoyado en el brillo espejado un chofer.

 De pronto, lo inexplicable. Él conoce bien al Rengo Millán. Es cómplice del Jefe. Pero es a quien ve salir, restregándose las manos, junto al Enano” que corre tras de él asustado y arisco. Suben rápido al espléndido automóvil que se aleja.

 Luego, aparece un furgón con el escudo de la gobernación. Descienden dos hombres vestidos con traje oscuro. Parecen empleados de funeraria. Se toca otra vez. Abren la portezuela de atrás y sacan siete jaulas con gallos de riña. El Gallo Leiva comprende.  No va a caer en la trampa. Su berretín se va desdibujando en un frío que lo ahoga.

            Sale el diputado sin siquiera amagar pararse; sus hombres de confianza miran hacia todos lados. Lo cuidan. No le teme a nadie. ¡Así son los negocios!

Leiva se achica tras el gran plátano que se descascara como él.  Se cubre bien con el piloto y camina rápido desandando la calle que atraviesa urgido por el terror. Se aleja. En otra avenida paralela, que le parece eterna, sube casi sin aliento a un taxi. No se detiene. ¡Cuánto más lejos mejor! “¡Al puerto, a la Boca!”. Allí están sus amigos.

Llega y se baja sin aliento. Corre por la dársena empedrada. El Cholo Quisque lo ve tan desalentado que sin preguntar siquiera, pone en marcha el motor de su lanchón herrumbrado y apunta la proa a Montevideo. El agua negra del Río de la Plata, lo esconde con un vapor sediento de misterio. Allá en la otra orilla estará un tiempo tranquilo. ¿Tranquilo? Tal vez en la otra orilla logre estar por un tiempo sin el pesar que lo ahoga.

Una ráfaga helada le vuela el chambergo. El rostro ceniciento está deformado y en silencio. Flota un minuto el sombrero en los remolinos del río y se pierde en la bravura del agua.

Puta con el enano de mierda. ¡Cholo, traeme un vino tinto para no pensar!

Bebe en silencio.

 

           

 

 

lunes, 1 de junio de 2026

CENIZAS EN LA NIEVE

 

El frío calaba los huesos, así decía mi padre cuando nos hablaba del abuelo. Él, había recopilado todos papeles y fotografías de esa época nefasta. Le decía "seide", que es igual a decirle abuelo. Pero siempre en su memoria había un dejo de amargura y hasta te diría odio. Pero la tía Rebeca, lo tranquilizaba. ¿Te acordás de la tía Rebeca? Era un "papagayo" la pobre. Su voz aflautada y su permanente inmiscuirse en la vida de la familia. Pero las había pasado todas, la vieja. ¡Dos guerras infames!

Papá, se dedicó a reconstruir ese tiempo, a buscar a los que pudieran quedar vivos en el mundo con el apellido del abuelo. Encontró unos en Hungría, pero eran lejanísimos. Vivían en un pueblito lejos de Budapest y se dedicaban a las pieles. Eran de esos peleteros que todavía trabajaban con pieles de verdad: zorro, marmota, visón y hasta de oso. Ahora estarían presos por esto de la ecología y los derechos de los animales.

Lo que pasa, Wanda, es que los tiempos cambian. Sin embargo en Europa, sigue haciendo frío, muchísimo frío. Se congelan los caminos, las calles, las veredas. Todo, hasta los ríos y lagos. Acá los inviernos son tan suaves que parecen veranitos frescos. Por eso papá, se acordaba de la cantinela del "seide". ¡Allá, hijo, se nos enfriaban hasta los sesos! El campo se transformaba en una enorme planicie de hielo. Allí, contaba que patinaban. Hasta el fatídico día que llegaron los nazis. ¡Se los llevaron a todos! Él, tenía apenas seis años. Y lo separaron de sus hermanos y de su madre. Al padre lo habían llevado a trabajar. A él, lo marcaron con un número en el brazo. Lo mostraba para que nadie se olvidara que había estado en un campo.

Recordaba que una semana después de unos bombardeos, el cielo se cubrió de cenizas y la nieve parecía moteada por diferentes colores. ¡El frío le calaba los huesos! El hambre los dejaba exhaustos y ya no se quejaban para que les dieran una ración de sopa de patatas y un pequeño pan. ¡Se peleaban! A veces hasta recibían palizas de los cuidadores que eran judíos como ellos, como nosotros.

Ves Wanda, porqué te digo que no podés renegar de tu vida. Acá, cuando la Cruz Roja los trajo, encontraron mucha ayuda. Pudieron crecer con natural simpleza. Vos, muchacha no conoces de hambre, ni del dolor de las armas, ni de ver que se llevan a tu familia. Y hasta eres amiga de una chica cristiana, sin problemas. Nadie te discrimina. Pudimos estudiar, casarnos, tener un negocio próspero. ¡Sí, es pequeño, pero de allí comieron todos!

El más afortunado fue el tío Marcos, el esposo de Rebeca, ese hasta pudo ir a Israel a conocer la patria de nuestros ancestros. Allá, se encontró con las raíces, con la historia y volvió cambiado. Le contaba a todos los vecinos maravillas. Por eso Wanda, dejá de llorar y hacé las paces con la vida. Y ese número que tenía tatuado el "seide" y que vos te acabás de tatuar sea para alegría, no para tristeza.

Allí vienen tus amigos, andá y disfrutá de este país que recogió a tu bisabuelo y a tantos que como él, pudieron sobrevivir a la muerte. Mirá qué linda estás con ese vestido de fiesta, parecés una actriz de cine... sí, ya sé que soy un anticuado, pero sabés, me siento orgulloso de la familia que tengo.

TANGUERO

 

 

Como hombre ató las burbujas de nieve

para amarrarla con lianas de rosas a su amor.

Dijo el poeta, en la sonata nocturna de aquel tango.

Pero llegó la noche y los envolvió el ensueño

Dio media vuelta, él, y las piernas, atraparon la luz

Bailaron la milonga con trazas de malevos.

Ella apenas movía sus lujosas caderas

El tocaba la espalda con magia de poseso.

Los violines lloraban su sueño de bohemia

El acordeón gemía su tristeza de piedra.

La soledad cantaba junto a la mujer morena

Y entre las manos mustias un cigarrillo murió.

 

 

 

LA COCINERA

 

Los cascos de los caballos sonaban en las piedras del camino levantando chispas. Restallaba el látigo del cochero en el aire haciendo eco a los truenos. Luces inoportunas iluminaban al birlocho que brillaba fantasmal entre los árboles.

Ambrosio, apuraba al cochero. Quería llegar antes que se descargara la tromba. Las bestias sudadas resbalaban en el pedregal. Un eco repetía la angustia del corazón de ese rústico que no quería comprender lo sucedido.

A lo lejos, el viento montaba una sinfonía mística con las campanas de la vieja iglesia de los franciscanos. Allí esperaba encontrar a Milagros, la negra que había huido de la casa vieja.

Su patrón, echaba chispas de furia. Su cocinera había escapado el día antes de la boda de su hijo. Todo quedó patas arriba. El menú, tan detalladamente pensado dormía en cestos y mesones de madera. Las cocinas sin fuego y el aire que penetraba por el portal abierto hacia la carbonera.

Cada trecho más cerca, parecía que alejaba más el convento donde se creía se había refugiado Milagros. Allí, la habían criado hasta los seis años, los monjes, cuando la encontraron en el torno abandonada. Luego la entregaron en la casa del señor Faustino. Y la habían criado con su esposa como una más de la gran hacienda. Milagros aprendió a cocinar de la mejor, una vieja que tenía manos de ángel con las cazuelas y sartenes.

Ambrosio, después de un breve respiro, pidió al cochero que siguiera el camino de tierra, lleno ahora de cieno. Se veía mucho mejor la fachada del convento.

Al llegar al atrio y detener los animales, bajó de un salto y golpeó con bravura la rústica puerta que impedía el ingreso. Se abrió un pequeñísimo ventanal, y una voz serosa inquirió por semejante disparate.

Las campanas sonaban apretadas al ritmo de la tormenta. ¿Milagros, la pequeña, la cocinera está refugiada aquí? Mi amo la necesita y le dará lo que quiera con tal que regrese. Esta semana es importantísima en la casa. La boda de su hijo es el próximo domingo y…

¡Acá no está, por Cristo el Nazareno y san Francisco! Búscala en otra parte, este es un lugar sagrado y estas no son horas de interrumpir la paz de los monjes.

Ambrosio intentó seguir hablando, pero la ventanuca se cerró en silencio y los truenos volvieron a enseñorearse en el lugar.

De un salto subió al birlocho y nuevamente salieron a paso ingente por el camino. A lo lejos, vieron unas luces. Fogatas que algún campesino había encendido para calentarse. Se acercaron. Desde el pescante interrogaron a los pobres labriegos que no tenían nada.

Acá no hemos visto a nadie, solo el hambre y la tormenta. Pero si llega a la cantina, tal vez, la muy fastidiosa, ande burlando por ahí a algún parroquiano. Les tiró una moneda y siguió hacia ese puerto.

Por el camino, entre los robles y olmos, siguieron buscando. Llegaron a la cantina. Una nube de alcohol y tabaco los envolvió al entrar. Ambrosio dejó su capote y se dirigió al mesero. ¿Ha visto a una joven morena, se llama Milagros y es la cocinera de la casa grande? Acá no ingresa una buena muchacha desde hace… mil años. Le sirvió una ginebra que bebió de un trago. Puso una moneda sobre la madera oscura y lo miró a los ojos. Sepa, compañero que se le pagará bien cualquier dato. El mesero se volvió hacia una puerta que estaba entre abierta. ¡Julián, viste a una tal Milagro? No jefe. Ni idea. ¿Lo juras?

El juramento sobre una Biblia mustia, lo hizo salir rápido. Vamos de regreso a casa, nadie la ha visto. Por el camino vieron una figura iluminada apenas por los refucilos. ¡Es ella! No Ambrosio, esa es muy pequeña. De cerca, advirtieron que era una mujer a la que le habían cortado la cabeza y le colgaba de un lazo sobre el pecho. ¡Diantres! Paremos. Yo no me detengo. ¡Un alma en pena, Ambrosio, un alma en pena!

Siguieron al trote rápido y al volverse, había desaparecido la imagen. Llegaron a la casa y encontraron el cuerpo de Milagros que se había desplomado desde un campanil en la zona alta del tejado. ¿Qué hiciste muchacha? Cuando la sacaron del fango, entre sus ropas de cocinar a diario, encontraron el retrato del hijo del patrón.

Cuando el padre comenzó a indagar supo la verdad. Su amado hijo iba a ser padre del niño que la cocinera, esa que todos amaban, y el, despreciaba por ser una simple muchacha de servicio, tendría de sus amoríos mentirosos.

Ambrosio y el cochero, no quieren andar los días de tormenta por los caminos por temor a  encontrarse con la mujer sin cabeza o Milagros, transformada en fantasma.   

EL ESPÍA

 

Nunca pensó que lo que había comenzado como un chiste, una gansada de estudiantes, iniciados en el mundo de la universidad, se iba a transformar en un verdadero trabajo. Era inexplicable. Cuando llegó al claustro, entre los oscuros pasillos, las salas desiertas con ecos fantasmales, ventanales de vidrieras multicolores por donde apenas se filtraba un rayo de luz; lo habían dejado boquiabierta.

Julián, apretaba un portafolio de cuero que expandía un olor a piel antigua, maltratada. Olor a viejo. Había recibido la cartera de su abuelo Amilcar, quien a su vez, siempre relataba historias repetidas una y otra vez, de cuando en plenos bombardeos, encontró ese magnífico portapliegos lleno de mapas y cartas de un alto personaje del país. Nunca supo si eran verdaderas, las historias o inventadas.

Entre los papeles que traía, estaban sus investigaciones sobre la vida de Heber Zacarías, el famoso investigador de la policía de Repusa Viñeau. Pensó que en esa inmensa biblioteca, encontraría mucha información. Lamentablemente, no fue así. En principio no le dieron en préstamo, las llaves de la zona oeste donde bajo estricto control, se apiñaban cartas y carpetas con historias verídicas que hablaban de la vida y costumbres de personajes que llevó a la gran revolución y dejó el país en una guerra. Según algunos medios, había cobrado como cinco millones de vida. Julián, no lo creía, de ser así, repoblar el país hubiera llevado muchos quinquenios, ya que los más castigados fueron los hombres y las más infelices, hambreadas y sojuzgadas, fueron las mujeres.

Una mujer de alrededor cincuenta años, manejaba los estantes y abría o cerraba los anaqueles cubiertos de vidrios, herméticos. Era una muralla humana que miraba por sobre sus gafas de gran miope, y escrutaba el alma de los lectores, indagando sus verdaderas intenciones. "Nadie se va a apoderar de la intimidad de los hombres". Nadie, se podía meter a fisgonear en esa historia tan cruel que marchitó una generación. Julián comprendió que tenía que ganarle a esa "bruja", así, comenzó a buscar mil formas de caracterizarse para lograr copiar los mapas y papeles de esa zona de la biblioteca.

Comenzó por buscar una academia de teatro, en donde le enseñaron trucos para desfigurar su tan sólida presencia. Cambió hasta el modo de caminar, hablar con acento de regiones campesinas, se vistió de mil maneras para despistarla. Pero la mujer astuta siempre lo descubría. Se animó y la comenzó a conquistar con trucos viejos, los que usaba su abuelo. El difunto era un genio. Un día logró que le abriera el codiciado estuche donde como soldaditos de plomo, estaban los libros y carpetas que apetecía.

Sacó varios carpetones que desbordaban papeles amarillentos. Leyó con desesperación para no perderse una sola línea. Buscó y rebuscó. Allí estaba la clave de las traiciones de esos héroes de barro que en la facultad, elevaban a lugares inesperados. Eran verdaderos bochornos.

Encontró fechas, juntó encuentros que servirían para demostrar que habían sacado buenas tajadas en oro y billetes de alta denominación y que nadie se había imaginado. Dos o tres nombres que parecían fantasmas de leyenda. Devolvió las carpetas y dejó entrever que no había encontrado nada sustancioso.

Salió con la cabeza llena de preguntas. Qué sería de esos seres nefastos… dónde los encontraría. El momento llegó. Una antigua guía de teléfono que encontró en la biblioteca del abuelo, sirvió para conocer direcciones, lugares y países. Consiguió un período de "descanso" en la facultad. Y Partió como un detective a rebuscar los personajes. Llegó a El Cairo, allí encontró que el famoso doctor en archivos del museo había desaparecido con una importante cantidad de objetos antiguos. Mister Brunswich, era un buscado ladrón. Eso lo animó a seguir una pista insegura y como era desconfiado, poco preguntó a quienes generosamente querían asesorarlo. El último lugar donde se lo había visto era en unas zonas desérticas al sur de Egipto. Consiguió un jeep y contrató un beduino como chofer. Llegó a las ruinas. No estaba y nadie lo había visto. Un despistado arqueólogo soltó… "Creo que viajó a Berlín".

Su regreso fue azaroso y tomó el primer avión a Berlín. Le llamó la atención que su chofer, el beduino, viajaba en el mismo vuelo. Lo seguían. Apenas bajo del aeroplano, compró un billete para Omán. Un distractor. Buscó un coche y se alejó por un barrio nuevo, después de la unión de ambas alemanias, había cambiado la fisonomía de la gran ciudad. Se entremezcló con turistas y entró en el museo de Berlín. Le llamó la atención un cartel, muy pequeño que llevaba un apellido parecido a otro de los viejos "héroes" de su investigación. Sir. Steve Tremblay, con mucho sigilo entró en esa pequeña oficina. Un hombrecillo calvo, con enormes lentes de carey, lo miró asombrado. Salga usted de aquí, nadie me puede interrumpir. Estoy muy ocupado. Julián le insinuó el nombre de los otros "fantasmas" cuya traición habían complicado los acuerdos del final de la guerra. Estalló en un rapto de ira. Sacó una vieja Luger y lo amenazó. Julián supo que allí estaba la clave de su investigación. Un guardia lo sacó casi a golpes. Cuando llegó a un hotel donde quería hospedarse, se dio cuenta que lo habían seguido y que no tenía su equipaje. Solo y sin dinero, bajó y tomó el primer taxi que encontró. Lo llevó al aeropuerto. Allí usó sus documentos verdaderos. Al subir a la aeronave, se dio cuenta que su chofer, viajaba en el mismo avión. Apenas descendió en el aeropuerto, compró un billete con destino a Turín. Era un distractor, porque siguió rumbo a su país. Allí, al entrar a su hogar, pequeño departamento en un centro estudiantil, se acomodó para dormir.

El sonido del celular lo despertó. Una voz le daba una cita en el departamento de investigación de historia del gobierno de Gran Bretaña. El jueves a las diez mil… colgaron. Si nunca había dado el número de su teléfono a nadie. Tomó el pequeño artefacto, lo destruyó y se deshizo de el, igualmente con los apuntes escritos, los quemó en el hornillo de la mini cocina. Comió algo y se tiró vestido cuan largo y cansado había llegado. Despertó con una jaqueca horrible. El minúsculo departamento estudiantil, era un desastre. Todo revuelto y algunos muebles y objetos rotos. Lo habían dormido con alguna droga o gas. Él, se agradeció haber esquivado ese caudal de temas investigados.

Ahora estaría alerta, él, era un espía espiado. Algo muy importante debía suceder para que se tomaran tanto trabajo en buscar sus notas. Debía cambiar de habitáculo, de presencia y esconder sus investigaciones de terceros. Ahora era un verdadero "espía".

ROGELIA

 

            Nació. Vivió en un barrio de las afueras, del pequeño pueblo. Lo criaron sus abuelos. Su madre se fue con un camionero. Su abuelo era zapatero y su abuela lavaba ropa en las casas donde la necesitaban. A la hija la habían llamado Grisel, por el tango que siempre escuchaba el padre en la radio. Hasta que se rompió una válvula y se quedó muda, la radio, claro. Entonces a voz en cuello cantaba el abuelo en el tallercito. Rogelia, su madre no había cumplido los quince cuando el Gregorio, se la llevó en el camión. Amaba el tango y le puso al hijo Carlos por Gardel y Hugo por Del Carril. Ella apenas había cumplido dieciséis. Pero una noche apareció con el niño y lo dejó al cuidado de los padres. Se fue. 

            Cuando cumplió los seis años el pequeño, de la mano lo llevaron a la escuela. Ropa limpia y cabello azulado por la gomina. Se usaba sólo, en las noches de milonga, pero ese día se la pusieron. En un hermoso portafolio cosido por el anciano, un cuaderno de hojas rayadas y un lápiz que le habían puesto un piolín con la goma de borrar. ¡Para que no la pierdas!

            Entró asustado. Otros chicos lo miraron altaneros. Él, era... un sin padres. Pero la maestra lo llamó por su nombre: Carlos Hugo Gardez... y los chicos se rieron. ¡Igualito a Gardel, dijo una niña de trenzas rubias!

            ¡Nada de chistes con sus compañeros! La maestra amorosa, no quería que sus alumnos sufrieran. La mañana pasó como todas las mañanas de colegio, entre risas, peleas y juegos. Al salir estaba la abuela, bellamente vestida y perfumada. Lo tomó de la mano y escuchó que silbaba el padre de un compañero, entonaba el tango: "Grisel". La anciana se volvió y lo miró asombrada. Era el camionero que se había llevado a su muchacha. ¿Dónde estaba Rogelia? ¿Qué había sido de su niña? El hombre salió de escapada por la acera contraria. No se atrevió a saludar ni a mirar al hijo.

            No lo volvieron a ver. Al compañero de Carlitos tampoco. ¿Había escapado como un cobarde? Pasó el año, el verano cayó como una manta bochornosa y húmeda, que atrajo insectos insoportables. El anciano, lo llevó al remanso del río a refrescarse. Vio un grupo de pescadores que se disputaban un pez aparentemente grande. Enganchado a un anzuelo, sacaron un cuerpo carcomido por las palometas. ¡Salieron corriendo! Dejando el bulto sobre la orilla. Llegaron el comisario y ayudantes. El viejo, se llevó al niño y regresó curioso. Algo le había llamado la atención. Una parte de la ropa que envolvía a esos restos, le parecieron conocidos.

            Al día siguiente, llegó el alguacil a la casa de los Gardez. Venía a hacerle preguntas que los ancianos apenas podían responder. ¿Ese bulto inhumano, era Rogelia?

            La noticia se desparramó como serpientes entre los matorrales. La hija y madre, estaba muerta. ¿Quién la mató? ¿Cómo fue? ¡Ahora comenzaba la increíble investigación!