martes, 20 de octubre de 2026

EL INTRUSO


 

                     Había dejado de llover. Leandro entró al comedor y comprendió que había llegado demasiado tarde. Se oía  la cascada de los desagües desagotando agónicos el canal de la azotea sobre el pequeño patio interior. Estaba solo. Unas sombras se alargaban en los mosaicos mojados. Dejó el paraguas húmedo como pena, apoyado en la silla. Se quitó la bufanda y los guantes que hacían juego con el hilo de sangre que se diluía en el torrente hacia la pequeña rejilla de la terraza. Lo vio allí caído. Solo, quieto. La cabeza destrozada  contra las frías baldosas. ¿Por qué a él? ¿Por qué en su traga luz? ¿Por qué ese hombre que llenaba de sueños sus largas tardes grises de domingo?

                     Ahora que era  primavera, él le dejaba ese regalo entre sus plantas. Cortó una flor de una maseta. Se la puso en la mano y fue al teléfono. Marcó el número que él, un día le dejara. Se sentó y lloró. Quedó solo. La noche  cubría la ventana como cortina de pena.

                     Lo miró a los ojos, quería escrudiñar su alma... quería saber si aun su amante lo odiaba. Te extrañaba, pensó. Pero no esperaba que me hicieras algo así, tan desatinado. Todos se enterarán que éramos amantes. Se reirán de ambos, sin piedad.

¿Quién llenará mi alcoba con perfume de almizcle y romero en las siestas de verano?

Llegó la ambulancia y llamaron a la policía. No podía explicar lo sucedido. El cuerpo de Luciano masacrado. Los vecinos vinieron a mirar y se admiraban de lo limpio que estaba todo. Las plantas del traga luz perfumando el pasillo y los departamentos cercanos.

Leandro demostró que no había estado en casa. No había un arma ni huellas por ningún lugar. Nadie había escuchado gritos ni peleas. ¡Son tan discretos estos chicos! Raro, muy raro. La puerta no estaba rota ni las ventanas. Se llevaron a Luciano envuelto en una sábana blanca con el monograma que bordó la tía Felicitas. Parecía un duende.

La policía  rebuscaba algo… para inculparlo. Él, estaba anonadado. Les mostró cada rincón, cada resquicio, cada escondite de la casa. Nada. No encontraron nada.

Se fueron sospechando que había algo escondido.

Desde el altillo de la casa de al lado, una ráfaga mostró un rasguño de sangre en la pared. Se movió alguien en la ventana. Era un muchacho hermoso que lo miraba con odio. Leandro cerró la puerta y corrió la cortina. Supo que había sido él. El intruso. Mañana lo denunciaría.

Al amanecer salió rumbo a la calle y no vio el arma.

Él, siguió viviendo

 

¡He cometido la indiscreción de seguir viviendo! Jorge Luis Borges

 

Entró corriendo, deshilachando el aire cálido de la calle. Dentro de la casa un suave fresco envolvía el cuerpo de la abuela anciana. Estaba sola y sentada como una muñeca de seda y puntillas. Su cabello largo, suelto atado con una cinta azul, algo desvaído. Las manos, como dos alas de golondrinas heladas, se apoyaban sobre un almohadón de terciopelo rosa. Parecía una reina triste. ¿Cuántos años puede tener, se preguntó la nieta?

Se acercó y la besó levemente en la frente. Estaba tibia y suave entre las profundas heridas que llaman arrugas. Son señales de la vida. Señuelos para el ángel negro. Le preparó un té y se sentó a su lado. Abrió el libro de poemas y le leyó con calma el último que había dejado marcado con unas hojas de tilo. La abuela, cerró los ojos mientras discurrían los poemas. En su juventud era quien recitaba frente a una concurrencia eufórica. Antes, la gente amaba escuchar poesía. Había personas que leían por radio, en galerías de arte, en las plazas y en las noches de frío junto al fuego. Ahora se reirían de esa costumbre.

¡Pero la belleza no ha muerto! Murmuró con voz cascada, mi niña, lee ese, el de la página 27, el de Garrid. ¡Ese es muy bello!

Volvió a releer el mismo, ese que le pedía y luego la anciana sollozaba. Abuela te leo uno de Rubén Darío o de uno de Alfonsina… son más dulces. La mano apenas se cerró en su brazo. Tráeme un vaso con agua fresca, hija, por favor. Y tomó el libro para abrirlo en la página 27. Cuando la muchacha regresó, ella se había dormido.

Seguro soñaba o simplemente entraba en un pasillo de amables recuerdos de amores contrariados. Apena la tocó. Abrió los ojos de un verde claro como agua y sonriendo le dijo: Mi pecado es seguir viviendo. Él ya se fue hace muchos años y si viene, me encontrará muy avejentada. No quiero que me vea así. ¡Por favor, llévame a la cama!

La envolvió en una bata delgada de seda verde y se acurrucó entre las puntillas de antigua hechura. Seguro, esperando que él, entrara en cualquier momento y la besara.

 

LA PINTURA ES POESÍA MUDA; LA POESÍA PINTURA CIEGA: LEONARDO DA VINCI

 

Los trigales perfilan la curva del silencio.

Holgazanean las espigas solariegas en calma.

Buscan las aves el horizonte de las almas añil,

revierten la soledad del camino al cielo plata.

Vertiginosas las vocingleras cataratas cantan,

van valle abajo en su perfecto viaje en busca del oropel

que maltrata las piedras sobre el suelo fértil,

a los arroyuelos que pintan las aguas mansas.

Los sauces se contornean coqueteando ensueños

atrapando el arrebol de la ribera inquieta, en brava caída,

en perfecta sorpresa de melancolía blanca.

Nace en el horizonte un carmín de sueño solar,

un tamiz de osadía perdido en la montaña. Nieva.

El corazón palpita en verdes y celosos naranjas

del pinar yacente en la balaustrada umbrosa,

moviendo el mundo con ritmo de hojarasca sutil,

con ritmo de amapolas que mecen mariposas de oro,

con ritmo desmesurado de panderos viejos, ruidosos.

Un colibrí amenaza llevarse cada flor en el pico,

robar la dulzura de la miel del panal oculto,

buscando en las ramas del rosal y peonías rojas.

Y el trigal sigue inquieto meneando su belleza dorada

coqueteando con las cigarras y tumultuosas langostas.

A lo lejos nace la poesía con pinceles de crines.

Cabalgan los alazanes con probidad de duendes,

Traen entre sus lomos la magia de violines.

Traen al poeta ebrio de amor y gozo.

Traen joyas preciosas.

Traen palabras que brillan con los trigales.

 

OJO POR OJO

                                Vivo de una sonrisa, que usted no supo cuándo me donó. Renato Leduc

 

     No es lindo estar prisionera en un lugar húmedo y oscuro. Aun no se porqué estoy acá. No puedo dormir ni descansar con el ruido de las rejas que hacen otras prisioneras. Mi historia comenzó hace muchos años. Yo nací en un pueblo pequeño, de la zona costera, acostumbraba a esperar la pequeña barca de mi padre que con mis tíos y primos mayores salían muy de madrugada a pescar a la mar.

Es cierto que no siempre regresaban con buena carga. El pescado estaba raleando en ciertas partes y a veces la marea roja, impedía que se recogiera algunas especies. Otras, el agua revoltosa y rústica impedía alzar las redes.

Lindo era ver la llegada de varios botes, que llenos de presas se podían vender en la rada. Desde que una tormenta rompió el casco, papá, cambió el carácter. ¡Era duro como las rocas que acordonaban la playa!

Mi madre había muerto hacía como dos años y eso le endureció más el humor. Nunca lo ví llorar. Y nunca supe de una caricia o beso de mi padre. Fui creciendo como la hermana mayor y asistiendo a toda la familia en la faena diaria. ¡No me gustaba esperarlos con los guisos de arroz y pescado que sobraba de la venta diaria! El silencio nos enroscaba en la madrea húmeda del mesón donde las cazuelas se mezclaban con los trozos de pan que aprendí a hacer junto a mi tío Alfio.

Me gustaba ver en la noche, desde la ventana las luces de los botes que estaban desperdigados por el mar. Parecían luciérnagas en la oscuridad y cuando la luna llena se enamoraba del las aguas, competían con el lucimiento de luces.

¡Pero ahora estoy aquí, encerrada por lo que me pasó una noche de verano en el puerto! Yo había ido como siempre a esperar casi al amanecer el bote con mi familia y me senté en una enorme ancla que dejaron perdida los marineros antiguos.  Coménzó a soplar un viento fuerte y helado. De las sombras apareció un enorme pescador que me tomó por la cintura y arrancándome la ropa, me desgració. Parecía una guerra entre el mal y el bien. ¡Yo siempre llevo una cuchilla afilada en las bragas! Se la clavé en el corazón al maldito. Y cayó boqueando como pescado sin agua sobre el cemento frío de la rada. Me quedé allí, sentada esperando a mi padre. Cuando llegaron, el silencio me envolvió y me caí desmayada junto al desgraciado muerto.

Mi padre tomó el cuchillo y se lo clavó en los ojos y le cortó el pene y los testículos. ¡No tuvo que hacerte eso! Dijo. Y ahora estamos ambos en la cárcel. Pero el está lejos y ya no puede pescar y yo no puedo cocinar para los pescadores. ¡Dicen que extrañan mis guisos! Yo los extraño a ellos y a los botes y las luces a lo lejos en la mar.

El tío Alfio viene y me trae comida fresca de su pesca, me acaricia y me besa la frente y su sonrisa me ayuda a seguir soñando con una vida normal. Siempre me dice: - Francisca, ya pasarán los tiempos y regresarás a casa y te podrás casar y tener tu familia.

Pero yo no le creo. Acá es muy dura la vida y hay muchas venganzas y odio a los carceleros que me dicen palabras muy feas y otras mujeres que han hecho peores faenas que yo. ¡Cuánto extraño a mi papá! Cuando cumpla los veinte, seguro que seré vieja y nadie me va a ayudar.

EL TIRANO

  

Cuando vio el vehículo por el camino de piedras, se estremeció. Él había caminado de una posta a otra con botas de cuero hechas por su madre. Los pies doloridos y sangrantes. Una nube de polvo lo cubrió y sintió que las piernas ya no le respondían. Se tiró a un costado de la senda cerca del camino. El sol abrasador caía a pleno sobre las rústicas piedras que fueron en la antigüedad vivienda de campesinos pobres. El motor y el vapor tremolaban en la distancia bajo un manto de tierra y pequeños guijarros que servían de sostén a la tierra. Sintió el murmullo de un arroyo cercano. Descansó unos minutos y se dispuso a acercarse al agua y beber.

Caminó un corto trecho y se detuvo. Allí se encontró con un cuerpo desgarrado por las alimañas del lugar. Era un cuerpo humano. Sólo se podía distinguir algunos de sus miembros. Salió disparando. Corrió y sólo se oía el jadeo de su garganta seca.

Llegó a avistar las primeras casas de una población pequeña. Vio la puerta abierta de una casa. Se detuvo con la mano en el pecho que parecía una máquina infernal. Era tan pobre que nunca había visto una vivienda tan prolija y cuidada. Salió una mujer añosa con una herramienta. Amenazante y mal gestada lo increpó. ¡Vete de aquí, forastero, nadie necesita de otro pillo y ladronzuelo; bastante tenemos con el jefe!

El joven apenas podía responder a sus intimidaciones. ¡Madre, no soy pillo ni ladrón, sólo busco al boticario para darle una solución a mi abuela...! Ella está con calenturas y mucha tos desde hace días y le cuesta respirar. ¿Me puede ayudar diciéndome dónde está la botica? Vivimos en Águila Escondida, al este. Eso me dijo la abuela cuando me mandó a buscar ayuda. La vieja cambió de actitud, se desprendió del azadón que le mostrara para amedrentarlo y lo miró de arriba a abajo. Ven, acércate. ¿Cómo te llamas? Gabino, madre, y estoy muy asustado. Por el camino ví un monstruo como de acero y madera que echaba humo y sus ruedas, como de carro, se deslizaban con apuro por la senda. Yo me dejé caer. Me dio sed y al oír el murmullo del agua, fui hacia el arroyo y allí... allí, había un cuerpo muy comido por los lobos o perros o no sé si el demonio lo había destrozado. Pero salí echando pedregullo con mis pies porque el terror me empujaba. ¿Por qué nadie buscó esa persona, si no está tan lejos de aquí?

¡Ay, muchachito estúpido, no sabes nada! El dueño del condado es quien maneja esas vidas. Un error y quedarás igual. Mejor vete. Acá no se puede hablar del dueño. Es el propietario de todo y de todos: campos, casas, animales y de los que vivimos aquí, en Tierra Alta. ¡El Don, no te lo voy a nombrar, te puede meter en la cárcel por el solo hecho de ser desconocido! Ese aparato que viste pasar por el camino es un coche o carro, que él ha traído de una ciudad muy grande y lejana. Se llama automóvil. Y es el único en las tierras de acá al mar. Vete.

¿Y cómo voy a llevar la medicina a mi abuela si no voy a la botica? No me voy a ir así, con las manos en los bolsillos. Traigo unas monedas que me dio la abuela, puedo pagar. ¡No las muestres, acá nadie puede tener dinero, todo es de don Livio! El muy tirano. (Dijo en un murmullo la anciana) te acompañaré, pero te prohíbo hablar una sola palabra. Puedo ser yo la que termine como ese que encontraste en el arroyo.

Gabino, la siguió diligente y sobrio. En silencio caminaron por las calles más desiertas que nunca viera. Nadie andaba por las callejuelas que encaraba la matrona. Él, sacaba de entre sus prendas, las pocas monedas que traía, cuando una mano áspera y nudosa lo atrapó. Era un gigante de fiera mirada. Lo escrutaba con insidia. Se dirigió a la vieja. ¿Y éste, quién es? ¿Por qué tiene dinero?

La vieja temblando masculló... es mi ahijado de Águila Escondida; viene a la botica por un remedio para su abuela. No es de esta zona y ya se vuelve a su campo. El tipejo, lo soltó dándole un golpe en la cabeza como una palmada fuerte. Que se vaya. ¡Acá no queremos indiscretos que anden hablando mentiras por ahí! Sí, compra la medicina y parte corriendo para curar las fiebres de su abuela, mi comadre. Mintió como la mejor, la anciana. El miedo a don Livio es el freno a cualquier descuido. La botica era oscura y lúgubre. Un viejecito de abdomen abultado, gafas de vidrios gruesos y bastón, salió tras una cortina ruinosa que fuera en algún tiempo color violeta. Habló dos palabras con la anciana. Gabino supo que se llamaba Joaquina y era pariente del herbolario. Le entregó un brebaje y el niño sacó dos monedas, que recibió apurado y escondió súbitamente en un enorme frasco con polvos medicinales. El Patrón, don Livio no debía saber que había recibido dinero. Se lo quitaría al instante uno de sus capataces.

Gabino agradeció, besó la mano de ambos y salió corriendo por una senda oscura, para dejar lejos los ojos de cualquier persona. A la distancia vio pasar el móvil dejando un asqueroso olor a excremento, un humo ácido y penetrante que invadió el follaje del atajo. Por allí, los ancianos caerían por su culpa en manos del tirano.

Ya era noche adelantada cuando Gabino llegó a su casona. Entregó la medicina y relató a su familia la aventura que le tocó vivir. ¡Gracias al Altísimo, no había en Águila Escondida un Tirano!

 

LA CABAÑA DEL TOTORAL


 

            Se avecina una tormenta. El cielo se refleja sobre los montes como enormes patas de arañas grises. Traen hielo. El viento atrapa los ruidos majestuosos de las piedras que se desprenden de la arenosa tierra reseca. Desde el verano pasado no llueve en la región y muchos de los vecinos han huido a la ciudad en busca de trabajo. "Changas" que apenas llenan la olla y se han quedado las mujeres solas con los críos y el pequeño puñado de cabras y chivos que merodean por las matas resecas y espinudas.

Revelino, cansado se acerca al tanque de agua que le trajo el compadre desde el puesto El Laurel. Agua llena de polvo que acarrea el viento al sobar los terrones resecos. Le da de beber a los animalitos sedientos como él, como cada algarrobo o penca que asoma con fiereza a la superficie del secano.

Una bandada de pájaros se aleja hacia la zona detrás de las peñas. Dejarán los nidos sin huevos o con pichones pequeños. Se viene la correntada apenas desguase el cielo. Arrastrando piedras, troncos quebrados y todo lo que encuentre en el camino. La "Gringa" se asoma envuelta en el delantal para cubrirse los ojos y grita...¡Dentre que se lo va a llevar el hielo! Cierra la puerta justo cuando comienzan a caer los trozos de granizo. El perro, se lame las patas debajo del fogón donde han apagado la lumbre para evitar un incendio. ¡Sos macho, Tato! Le hace una seña al perro. Viste Gringa, el Tato, ya siente la tormenta. ¡Los chivos estaban nerviosos, pero entraron todos bajo el tinglado que reparamos en agosto! Pasame un mate. Y sentate a descansar que mañana vamos a tener flor de trabajo.

Revelino está asombrado por el ruido ensordecedor que disparó la granizada. Sólo tienen unos pocos mates para calmar la angustia. Sienten un golpe fuerte sobre la pared de barro que da al sur. ¡Caen troncos como si fueran plumas, vieja! La mujer hila lana de ovejas que tuvieron que sacrificar por falta de lluvia. El huso baila entre sus manos hábiles. Luego, cuando estén tranquilos encontrará el momento para tejer los ponchillos que usará el Revelino cuando cruce a Chile por la alta montaña, arriando ganado de contrabando.

La avalancha desciende por las partes viscerales de la zona de los Totorales. ¡Qué gracioso, vieja, antes, debe haber estado lleno de agua por acá y crecerían las totoras como ahora las piedras! Lentamente cesa el ruido. Cae solamente lluvia y la tan esperada vertiente se llenará nuevamente del oro que el Tata Dios le manda a los pobres crianceros del campo. El ruido infernal hace tambalear el caserón de barro y caña. Revelino y la Gringa se abrazan y esperan. Llega una noche muy negra. Los ruidos van cesando. Abrazados quedan dormidos en la oscuridad.

Al despertar, cuando abren la puerta, el lodo lleno de enormes piedras cubre parte del frente. Han salvado la vida, los animales andan sueltos por el lugar, todos dispersos. Una enorme tarea les espera. La Gringa, se arremanga y comienza a arrear a los chivos y cabras. Tato, ladra con gruñidos y gran fuerza. Unas víboras están enganchadas en el algarrobo. ¡Son de las malas y venenosas! Pero ellas también han querido sobrevivir al desastre. Revelino las arranca con una pica y las deja colgadas en un alero que medio mustio, se bambolea y ahora más con el peso de la bichas.

Cuando se acerca al pozo, ve que de un costado está brotando un agua cristalina como las estrellas. ¡Por fin tendrán agua fresca y podrán plantar maíz y hortalizas! Pero antes, se hincan ambos y levantando los brazos, dan gracias al cielo por el agua, que es vida.

jueves, 15 de octubre de 2026

RESCATE INESPERADO


                        Se siente el rumor del tren que se acerca. En los recovecos entre los andenes, una muchacha sostiene un chelo, que canta entre sus piernas una melodía antigua. Está sentada sobre un cajón de frutas y parece que casi no se asienta. Me invade la tristeza de esa música y parte el tren sin mí. El coche se aleja con el brillo de las luces que me sacude un rostro, en el vagón de cola, la figura inverosímil de Leonardo. Imposible. Militante de la más acérrima izquierda... es un desaparecido allá por los setenta. La música me envuelve y me entrego al disparate del tráfago que encierra esa fosa iluminada. Olas humanas atraviesan en cada llegada y partida de vagones grises. La cabeza se arremolina cuando pienso. Siento o mejor dicho presiento que un misterio va a golpearme. Abandono la estación con pesar, esa mujer es una gran intérprete de Bach. El suelo tiembla por el peso del coche colmado de oficinistas. Dejé en el estuche de la concertista mis últimas monedas. ¿ Qué voy a comer ahora? En “Catedral”, voy a bajar, combinaré hasta seguir a “Virrey” y estaré cerca de la casa de Marité. ¡ Mujer especial, que apuntaló anónimamente, a cada uno, en esos aciagos días, sin pedir nada! Salí a la calle, aun había chorros de sol entre la arboleda castigada. La vida me sigue sonriendo a pesar de la carga de recuerdos. Camino mirando al rostro a cada transeúnte como si fueran fantasmas de aquel tiempo de sombras. Utopías que no desheredó de la juventud sin culpa. Admiro las viejas casas de barrio con zaguanes llenos de amor prohibidos antaño, sus verjas y ligustrines bien recortados por manos artesanas. ¡Qué vida provinciana se respira aun a pocas cuadras de Callao y Corrientes, donde piqueteros, desocupados y mendigos asolan con gritos y consignas copiadas de otras épocas... y ya casi no son escuchadas como mecánica para sobrevivir!

                        Miro el reloj. Son casi las diecinueve, como entonces. Fue como a las diecinueve treinta, que llegaron. Eran muchos, ¡tantos! , prefiero no recordar.  Me hierve el hígado. Sí, ya son casi las y veinte y Marité debe estar prendiendo los hornos donde tomarán dureza las maravillosas alfarerías que la han hecho famosa en el mundo. Me parece verla... grácil, su figura de larguísimo cabello rubio con rasgos nórdicos con su mirada azul enamorando las raicillas de nuestros ancestros nativos, artesanando metales con las viejas técnicas y los vidrios fundidos al calor rústico de sus hornos. Neófitos y entendidos del mundo se pelean las diferentes piezas antes y después de premios y menciones, en el mundo casi imposible de encontrarse en el mercado. No llegan a salir de sus manos y ya tienen dueño. Sus hornos... su casa fue un refugio. Ahora está sola, suele llamarme. Tomamos mate o té, a veces café, lo que hay, y hablamos largamente de todos y todo. Frente a la puerta alargo los nudillos y golpeo. Nada. Un llamador improvisado armado en un cordel con piezas rotas de cerámica y metal, dan un sonido espasmódico. Tras las persianas, sale su voz que aun conserva una dicción extraña. Y jocosamente dice que no se atrevan a interrumpir la inspiración de una artista... luego un silencio y de mi garganta sale un sordo ¡Soy yo, Gabriel! ¡Abrime!. La gruesa puerta se abre y la oscuridad del corredor me apaña. Tomo el camino equivocado y tropiezo con una enorme escultura que se bambolea con mi torpeza y a la que abrazo fuerte. Su risa contagiosa cascabelea en mi conciencia. Mi visión se aclara y la veo recortada en el final del pasillo. Allí parada con el cabello suelto con sus canas inclinando su edad a la madurez, su túnica guajira, me asume y transporta. Siento un golpe de sangre en las sienes, me dice que aun la amo, es mi ángel perdido. Me sobrepongo. Vengo por lo que creí ver en el vagón de cola.

                        Marité ... , yo no sé si me estoy volviendo loco. Acabo de ver a Leonardo en el subte. Se acerca y me abraza con ternura. No soporto más el aroma de arcilla y jazmines que me envuelve. La beso con pasión. Devuelve una a una mis caricias. Se ha creado un silencio con estallidos de trombón. ¡ Leonardo ha regresado! El muy traidor nos ha estafado con una muerte inexistente.  La voz de Marité ha recobrado el tono de siempre, parece que nunca la hubiera amado. Ya dio una conferencia de prensa en Ezeiza. ¡Era agente de la C.I.A. y el muy cretino vendió a mucha gente de ambas filas! No fue nunca nuestro amigo.

                        Suena un ajustado Frank Sinatra y la abrazo, desvistiendo su cuerpo aun joven. Responde a mi contacto. Subimos a su alcoba. Nos amamos con la intensidad del desconsuelo. Sus vidrios en el horno serán descartados... no importa, la vida es así. Abajo suena el cordel con insistencia. Ella impide que me yerga y seguimos acariciándonos las arrugas que el alma delimita en nuestro cuerpo. Miro el reloj. Me esperan. Me visto con desgano. Cuando llego a la puerta veo un sobre amarillo, arrugado y sucio. Lo abrimos. Hay dos fotos, una es Marité y la otra soy yo, las fotos  tienen más de veinte años. Caen papeles con datos de nuestras actividades. ¡ Tal vez, tal vez... Leonardo nos salvó la vida!

HUÍDA

 

¿Dónde quedó mi árbol de hojas perfumadas?

Un arpa de nácar arrancando el eco de bosque mañanero

se perdió en mi montaña.

esa que hoy es jaula de barrotes de acero. Barrotes de besos.

En su vientre de piedra se cobijan mis sueños,

se desgranan latidos.

Mi lago de guijarros son el áspero soporte

de la piel de mis entrañas tan heridas.

Sonríen pasajeros los labios de madera

Aprietan mis senos. Alguien, sólo alguien.

Mis manos sangrantes se mueven lentamente buscando

una caricia. Pero

llega un frío de abandono con su largo capote helado y

el fuego huye con sus ojos milenarios

hasta la cumbre errante de la vieja montaña.

Está amaneciendo, hoy...

No tengo huída.

CALOR DEL ALMA

 

 

Ese fuego que alimenta la sonrisa

 

Se eleva desde el fondo de su alma

 

Regalando a la vida tanta calma

 

Como a otros le devuelve el tener prisa.

 

 

No hay calor más  fuerte que electriza

 

La mirada de un amante que no alcanza

 

A tener en el pecho una esperanza

 

Y los brazos y manos plenas de caricias.

 

 

Es por eso que yo creo que el amor nos eterniza

 

Y nos llena la vida de templanza

 

Para lograr que se llegue a la vejez amiga

 

 

Con el rumor de un fuego dulce y  alabanzas

 

Para que la noche oscura no desdiga

 

Que no se puede vivir sin calor dulce en el alma.

VESTIDA DE LUTO

  

DÉJAME BESAR UNA VEZ MÁS, TU DESTINO DORADO.

 

 

            Los ladridos se oían a la distancia. ¡Claro con cinco mastines que aullaban, era imposible no escucharles! Un automóvil salió raudamente por el enorme portón de rejas, que se cerró automáticamente tras él. Nadie puede decir quién lo manejaba. El sol desdibujaba en los cristales la figura del chofer.

            Pasado unos momentos, ni largos ni cortos, una patrulla llegó y trató de ingresar sin poder hacerlo. El sargento descendió y saltó por encima de los viejos hierros enmohecidos. Caminó despacio por el breve trecho del ingreso a la casona y con un arma en mano, fue dejando sus huellas en la grava. Los perros le saltaron con sus musculosas fauces, y sacando uno de los bastones del hall los dejó quietos y acobardados.

            El charco de sangre había invadido uno de los pisos más bellos que había visto el sargento Tulio Aberro. Un cuerpo yacía allí. Aun se podía oler el perfume ferroso de la sangre. Sacó el radio y pidió asistentes. ¡Esto es verdaderamente un asesinato! ¿Quién querría matarse en el día de los enamorados? ¡Bueno, motivos he escuchado por miles!

Los mastines se habían echado en un rincón y jadeaban. El sol despeñaba sus fulgores sobre los cristales de los anchos ventanales. No tocó nada porque el lugar estaba repleto de objetos rotos y el desorden implicaba una enorme riña.

            Escuchó el motor de la camioneta de la comisaría, distante, los rasguños de los neumáticos de la ambulancia y el motor grave de una camioneta donde venían los de investigaciones. Los perros se volvieron con furia contra los que fueron ingresando. Pero al mostrarles el bastón con las patas casi arrastrándose, volvieron a su rincón.

            Habían pasado dos horas. La sangre ya no era de color rojo brillante, se estaba coloreando bermellón oscuro. Y el jefe con guantes de látex, comenzó a revisar al occiso

            Era un masculino de alrededor de cuarenta años, de contextura fuerte, y tenía un gran golpe en el cráneo. Su ropa era simple, vestido como si estuviera por hacer algún tipo de trabajo artesanal. El poco cabello que tenía sangre, era de color entre cano y rubio. En la mano brillaba una sortija de oro y en la muñeca un reloj valioso.

            ¡No ha sido una tentativa de robo! Esto es un asesinato hecho con mucha ira. Por favor Aberro, ayúdeme a darlo vuelta para ver si tiene otras marcas o heridas. El sargento con esfuerzo lo volteó. De frente le pareció conocido. ¡Creyó haberlo visto por la zona hacía unos días!

            La especialista en dactiloscopia y ADN, tomó con sumo cuidado pequeños rastros del cuerpo y de algunos de los tristes objetos dispersos en el lugar. Un jardinero entró desorientado y los perros los rodearon sin agredirlo. Casi cae desmayado, cuando vio a su patrón en ese lugar y con el cráneo destrozado.

            Mi patrón es un buen hombre. Mi nombre es Gabino Estrada y trabajo hace siete años en esta casa. ¿Qué ha pasado? ¡Mi querido señor Octavio, quién pudo ser tan cruel?

            ¡Lo lamento, pero usted tendrá que acompañarnos! Y se acercó al joven que con sus ropas de trabajo iba dejando un rastro de tierra por el piso. Aseguró a los animales en un canil y luego siguió al sargento. Sus guantes de trabajo estaban sucios de barro y con un fuerte olor a desinfectante que había desparramado en los árboles y plantas. ¡Todo era muy confuso! En el vehículo de la policía, acercó su tarjeta de identidad a los que lo habían detenido. Por momentos sintió más dolor y pena que miedo, pero su cabeza daba vueltas pensando ¿Quién podía haber hecho ese desastre en la casa y con su patrón?

            Una larga charla con varios oficiales y lo despidieron, dándole la orden de no salir del predio ni de la zona. ¿Adónde iba a ir él? Su casa estaba en un espacio detrás de la leñera de la casona.

            Pronto hubo periodistas alrededor de la verja y él, tenía que contestar miles de preguntas que no conocía. Hasta había llegado un camión de un canal de televisión. Todos especulaban con esa muerte. Pero nadie sabía nada. Luego que intervino la gente de criminalística el juez de turno ordenó que fuera llevado al monumental mausoleo de los antepasados del hombre.

            La búsqueda de familiares fue imposible. No había pistas en la región y los documentos que se encontraron no señalaban descendientes. Los amigos y vecinos, lamentaban haber perdido a un buen hombre y excelente profesional. ¡Como arquitecto, era el mejor!

            El día de la ceremonia a la que concurrieron muchos conocidos y curiosos, vieron llegar un auto negro cuyos vidrios estaban oscurecidos y de donde bajó una figura de belleza única, vestida de luto, con gafas negras y una rosa roja en la mano, se acercó al lugar, dejó la flor y se retiró rápidamente. Tulio Aberro, le clavó los ojos y dio la orden, que la siguieran. Ella astuta, desapareció entre las calles arboladas del cementerio, pero... Gabino Estrada descubrió que era la mujer que hacía la limpieza y que por primera vez se presentaba como una dama de luto.

            Descubrieron que había hecho traspasar los bienes del dueño de la mansión y de los bancos a su nombre, pero tras de sí, había una historia de muchos hechos donde se la vio de luto en otros lugares del país. ¿Era una Viuda Negra?

LA COCINERA

 

            La pobreza amansó a los críos de la casona campesina. Eran once entre mujercitas y varones. Con ropas remendadas, zapatos rotos y usados que heredaban de los mayores se iban transformando en mozos que trabajaban a destajo en los campos vecinos y en la chacra, las mujeres mantenían vegetales y algunas aves y conejos para la olla. Siempre los fuegos encendidos para esas bocas hambrientas.

            Cuando Catalina, la mayor cumplió los doce años, su madre enfermó. El padre la llevó en la volanta al pueblo y un médico la revisó. Le diagnosticó la enfermedad que asolaba las casas humildes: tuberculosis. No había remedio. Duró unos meses y una mañana de domingo, las campanas del campo santo, sonaron a desgracia.

            Catalina, se transformó en la madre sustituta con doce años. Una noche de tormenta bajo el rugido de truenos y relámpagos, vio entrar a su padre, con terrible olor a ron, y la tomó por la fuerza. Ahora la hizo mujer con prepotencia de macho. Luego salió golpeando la puerta, blasfemando y al día siguiente lo encontraron en el cobertizo colgado de una viga del techo.

            La joven niña, llamó a un vecino para pedir ayuda. Éste la miró con extraña sagacidad y le hizo algunas preguntas sospechosas que ella evitó. Su hermana pequeña dos días después cumplió dos años y se acercaba a ella buscando el pecho materno. A los días vino un alguacil de la ciudad con el vecino a indagar sobre los sucesos  pero, Catalina, superó el interrogatorio. Su corazón destrozado, se aferraba al amor de sus muchachos.

            De vez en cuando venía una vecina para enseñarle alguna receta de cocina. Aprendió mucho de ella. Esta buena mujer al verla la primera vez, se sorprendió. ¡Catalina estaba embarazada!

            Nunca puso atención a su preñez, pero llegado el tiempo, la hizo llamar para que le ayudara a dar a luz, ella ya sabía como cuidar un recién nacido. Sus hermanos fueron sus maestros. Le puso como nombre Dulce, era una niña rubicunda, silenciosa que esperaba los pechos núbiles de su madre hermana. ¡Le llamaba la atención a Catalina, que tenía ojos rasgados y siempre la lengüita afuera de la boca, como si le sobrara! No sabía que su hija era especial. Una situación normal de ser hija de su propio padre.

            Fue pasando el tiempo y ya sus hermanos habían crecido y trabajaban la chacra y se asentaban por chacras cercanas para traer un salario que entregaban a su hermana y que ésta, diligente repartía justiciera entre todos. Dulce, la pequeña, tardó en caminar y hablaba y reía sin aprender demasiado, pero todos la amaban.

            Por pudor, Catalina nunca se confió a nadie, excepto a la amiga de su madre que le enseñó a cocinar como profesional. Por lo que un día, vino un caballero de la ciudad y la contrató para que trabajara en su bodegón. Allí, llegaba con una bicicleta que compraron con los ahorros los muchachos y bien temprano preparaba verduras, picaba carne de pollo, conejo y vacunos dándole a cada cliente el gusto en cada plato que preparaba. Se había corrido la voz. Venían de lugares un tanto lejanos y el lugar se hizo popular.

            Sus lentejas, con chorizos, costillitas menudas de puerco, verduras y sabor exquisito era un plato de día sábado. El arroz con pollo trozado y verduras olorosas, el de jueves y los ravioles rellenos de requesón y nueces con salsa de tomates maduros y albahaca en días domingos, era la predilección de los comensales.

            Un día necesitó traer a Dulce consigo, los niños, no tan niños ya, trabajaban en la cosecha de maíz y las muchachas en la chacra de espárragos. Por lo que la pequeña merodeaba entre las mesas del comedor. Entró un caballero trajeado con un enorme reloj de oro que atravesaba su barriga con una cadena gruesa. Se sentó, atusó sus bigotes y tomando la servilleta, la colocó sobre su pecho. Dulce se acercó y le dio una manito. Él, se asombró de ver a la niña. Llamó al dueño y le indagó si era su hija. ¡No!, dijo es de la cocinera. Llámela.

            Catalina se arremangó, enrolló el delantal sobre su delgado vientre y se acercó. Era la primera vez, que entraba al sitio donde se servían sus delicias. Rubicunda y asustada, se avecinó a la mesa. Allí, se quedó parada, muda y cabizbaja. ¿Qué necesita el señor? Soy el médico del Valle Angosto, y me sorprendió tu hermosa hija. ¿Cuándo la engendraste? ¿Qué edad tenías? ¿Quién y dónde está el padre? Una mirada de terror apretó también la garganta de la muchacha.

MIEDO O SILENCIO ELEGIDO

 

Un silencio pérfido predispone al miedo. Se revuelve en la rústica cava pétrea un gelatinoso cuerpo deforme. La soledad atrapa incluso al observador inadvertido que fisgonea en la oscuridad de la fosa. Emerge lentamente el cuerpo fantasmal de una mujer. Su larga cabellera negra tiene mágicos fulgores estelares.  Puebla de formas bellas el lugar.  Comienza una danza espectral sin música. La joven se contornea bajo el influjo de una  rítmica melodía que nace entre las rocas de estalactitas de sales minerales. Una ninfa... de las cuevas ha vuelto a la vida. Se ha desplazado entre el vapor y yace, junto a un enorme cardón en el límite del desierto. ¡La piel aterciopelada de un tenue color ambarino de los nativos inventa un rito de amor!

                   La insatisfacción de mi virilidad adormecida me aprieta el lugar donde aun está el hueco de mi perdida costilla primigenia. Existo como un hombre perpetuo. ¡Entonces  miro la piel y escarbo en  búsqueda de reflejos de un espíritu, de un alma inmortal de esa mujer!  Me acerco y trato de tocar su rostro, anguloso y mórbido como fruta madura, donde unos profundos ojos negrísimos me insinúan una lucha de ancestros transgresores. Es astuta, lo sé. Mi mano se alarga.  Se desplaza la imagen en el intento. No existe. Se diluye como blasfemia en  la nada.  Tiemblo al repetir mi acción y trémulas mis manos atrapan sólo una red de sonidos brillantes, innecesarios, inventados en mi propia soledad. Entonces escapo y el calor del sol me hace regresar a una pequeña sombra. Estoy junto a un antiguo árbol que semeja una catedral de filigrana de madera perfumada. En él, anidan aves ruidosas. Rodeado de malezas y de espinas, mi cuerpo se desploma. Miro mi perfil, en el polvo del camino,  apenas dibujado entre los matorrales. He caído en una trampa. La sed y el hambre estrangulan mi cuerpo herido por la necia actitud de los "otros".

                        Me estiro tratando de aferrarme a una fruta que pende de la rama de un  aguaribay. Me retracto. No es una fruta real, sólo existe en mi imaginación. Un keú grita con sonido  estridente y migra hacia el sur. ¿O es hacia el norte? Ya no importa el rumbo sino que oriente mi flaqueza hacia un territorio fértil. Una vega llena de frutales o  de maíz jugoso.                  Hurgo en mi repertorio  de vegetales ansiados. Un fruto de cardón, dulzón y tibio..., una patata de agua, humilde, que me devuelva la serenidad. Tal vez muera acá en medio del desierto, en medio del reflejo obsceno,  incendio estelar,  ojo de fuego. El  sol asesino.

                          ¡El Sol, dios generador de los padres atávicos! ¡Los atapamas, los tonocotés, los omaguacas, los capayanes...! Se está extinguiendo un hijo del desierto.  Nos estamos extinguiendo. Nuestra raza y leyendas. ¿Dónde están los dioses ancestrales... y dónde ese nuevo Dios de los cristianos?

                          Me voy perdiendo en una nube espesa. Ahí veo una " suy-i con puri " * y es la callosa mano atezada de mi madre. Esas manos que en el mortero de algarrobo molía diariamente el seco grano amarillo de la catedral celestial, verde espada que remonta la tierra agostada del secano en  aras rituales. La madre nutricia era, en la puna y el yermo de Sanagasta y Yacampis. ¡Pero el agua de las palmas se pierde entre los dedos en el polvo y se transforma en piedras! Comienzo a transitar por un laberinto de luces y de estrellas lejanas. No volveré a tocar a mi madre. Está muerta, igual que casi toda la tribu. Un extraño mal los atacó y no pudo el " brujo"  ahuyentar el maligno.

            Un tiempo infinito transcurre para que " Sima - Hoy-ri " ** vuelva a la realidad. La saeta de fuego ya palidece y comienza a tenderse como una sábana violeta el atardecer sobre las tolas y chañares, sobre los churquis y las queñoas. Las cigarras, los bumbules trepanadores y los millones de insectos ruidosos empiezan su ronda nocturna en busca de agua y frescor. Así se inicia su peregrinar hacia la quebrada. El frío avanza como un enemigo ansiado, sabe que con su camiseta de lana de vicuña, ahorrará calor del día solar. Sus "ursutas”,  son fuertes y aguantan hasta las espinas gruesas de algunos cactus y añaguas. Se yergue con dificultad y continú

            ¡Debo atravesar este páramo y buscar a los blancos! Los hombres buenos me ayudarán.- piensa.  Pero el cuerpo cada vez más pesado y las piernas más dolientes, impiden el esfuerzo.

            De pronto un ruido estridente atraviesa el cerebro del hombre. Se despierta en otro espacio... fisgonea en busca de señales  claras. ¿Dónde estoy...?- se pregunta.  Tiene el cuerpo desnudo entre las sábanas enroscadas  sobre las piernas musculosas y ahora sabe que está en un lugar  conocido. ¡Este calor... intruso y grimoso!- masculla enojado.

                    Mira con desesperación el reloj electrónico y descubre que está muerto.- ¡Tenía que ser hoy, justo hoy que tengo la entrevista con los periodistas de casi todos los medios!  Trata de desmadejar las colchas y  ropas para liberarse y corre a la ducha- . Se ha cortado nuevamente la corriente eléctrica. El pequeño pueblo es así. Las celosías esconden el verdadero clima de ese día. No hay ni un resquicio de frescor, no hay refrigeración, ni ventilador, por falta de mucha previsión y total desgano, reconoce rezongando. Se desenlaza, los músculos doloridos protestan y le estalla la cabeza. Se yergue, trata de llegar hasta la pequeña bañera. Abre el viejísimo grifo y una desinflada cinta de agua que agoniza, se desparrama hasta desaparecer. ¡Tampoco hay agua! Tiene ganas de gritar. Vuelve el sueño  en flashes alternados. Tendrá  que apurarse. Toma una toalla y la empapa con agua colonia y refriega el cuerpo sudado. El pelo está pegoteado y la piel, como si le hubiesen untado  mermelada. Se restriega el cabello y el rostro. Tiene la barba crecida.  Parece que  miles de insectos lo hubiesen aguijoneado. ¡Qué asco! Una camisa blanca... ¿dónde está mi camisa blanca? Busca entre la ropa desperdigada entre sus papeles y  fotografías.- ¡Ah... gracias a Dios...!- Se calza un viejo pantalón de lona y la camisa que resplandece en la semipenumbra del cuartucho. Unas zapatillas serán la  solución a los pies que le  duelen...- ¿Por qué me duelen tanto los pies?- piensa. Se mira y sus pies están llenos de pequeñas heridas y cortes.- ¡No puede ser si yo no he ido a ningún lugar desde hace días!- Regresan las imágenes del sueño. Sobre una mesa hachuelada están los instrumentos musicales indígenas.  Algunas quenas y caramillos hechos en huesos de guanacos y llamas,  unos restos de alfarería nativa. Los descubrimientos transformarán su nombre y su prestigio... ¡Qué maravilloso yacimiento arqueológico de la raza perdida! Sale del dormitorio y se siente extraño. Son tantos los reporteros que lo agobian. Los luces de cámaras y  videos con sus   impertinencias... Siente  deseos de huir. Se siente atrapado.

                           - ¿Es verdad que ha encontrado una ciudad perdida de la región apatama?- le dispara como un dardo una joven hermosísima. Tiene la cabellera recogida y le caen hilillos de sudor por el cuello perdiéndose  en  unos  pechos opulentos. Se distrae.

                            - ¿Acaso podrá explicar con su hallazgo el principio de la civilización incaica?- pregunta con una risita estúpida  otro reportero.  ¡Es verdaderamente insufrible la algarabía! Nadie presta atención; sólo están allí para tener algo para cobrarle a los periódicos importantes. Los medios pagan muy bien una noticia de temas científicos que pocos leen realmente.

                           - Perdón aún no puedo darles muchas respuestas concretas. He descubierto, sí, un importante pueblo precolombino en el desierto de... ( lo interrumpen para poder sacar fotos con mejores imágenes).- ¡ Señores gracias por venir... pero les prometo un detallado informe muy pronto! ¡Tal vez nunca!-  vuelve a considerar. Están desilusionados, lo miran con cierto desprecio. Los periodistas salen murmurando algunos improperios, pero no los escucha. En realidad no le importa. Intenta regresar a la habitación. Hace un poco tiempo que retornó la electricidad y ya hay agua en los escuálidos grifos; pero alguien lo detiene. La mujer que le  hacía preguntas en el salón lo ha seguido por el  pasillo. La mira. Su cuerpo y rostro lo  dejan  perplejo. Es casual pero una ilusoria imagen del sueño lo  golpea. ¿La mujer es una  quimera o  un  fantasma?

                            - Mañana acometeré una empresa difícil, si le interesa el tema de mis descubrimientos puede venir. No será sencillo y tiene millones de inconvenientes. ¡Es su decisión, salimos con mis ayudantes a las cuatro de la mañana! ¡Adiós!- dice y la deja sin hablar.

EL HOMBRE DE MARRÓN

  

Creo que corría el año cincuenta y seis o cincuenta y siete, yo era una niña de alrededor siete u ocho años. En casa se respiraban unos aromas extraños, con silencios sospechosos y miradas sutiles. Mis hermanos y yo, parecíamos extraterrestres. Nadie nos decía qué sucedía.

Mis padres escuchaban encerrados una radio y luego se sentaban y rezaban juntos. ¡Algo estaba pasando, pero los pequeños no participábamos de los hechos!

Mi casa era un tanto grande, con varios dormitorios y el comedor separado del estar. Nuestra zona escolar tenía un espacio para cada uno según el estudio que transitara y así, ninguno se tenía que tropezar con el hermano. Así mamá y papá controlaban nuestras tareas y para que no discutiéramos por algún elemento escolar que se perdía. Pero en esos días el clima familiar era muy misterioso.

Se dio licencia a la secretaria de papá y a la ayuda de mamá en los quehaceres domésticos. ¡No era la época en que había vacaciones! Igual, nos arreglamos bastante bien porque todos en casa colaborábamos cunado no había personal de ayuda. Yo, por ser mujer debía ayudar el doble que mis hermanos. ¡Gracias a Dios hoy no es así y los varones tienen que compartir las tareas por igual, ya que la mujer trabaja fuera de la casa de la misma manera que los hombres! A veces tenemos más exigencias que ellos.

Una tarde, papá la llamó a mamá y le pidió que nos arreglara que venía una persona a cenar y probablemente (después nos enteramos) se quedaría unos días a vivir entre nosotros.

Nos hicieron bañar y lavar el cabello. Mis hermanos perezosos trataban de evitar esa rutina diaria y dejaban a veces un par de días sin la necesaria higiene impuesta por mis padres. Me pusieron un vestido que usaba los domingos para ir a misa y luego a la casa de mis abuelos a almorzar. Cosa que me extrañó. Igualmente mis hermanos usaron ropas domingueras. Mamá había cocinado unos pollos al horno con guarnición de verduras y una entrada de tomates rellenos, sopa de zapallo y de postre un flan de dulce de leche. ¿En día de semana? Era bien extraño y mis hermanos estaban felices… de cualquier manera, algo misterioso sucedía.

A la hora de la cena, papá salió del escritorio acompañado. Lo invitó a ingresar al comedor principal. Y allí parado conocí a un hombre pequeño de tamaño vestido con un traje marrón, un poncho de vicuña color canela y zapatos lustrados de cuero negro. Usaba un sombrero de fieltro marrón tipo chambergo, que se sacó y sostuvo en las manos nerviosamente hasta que todos nosotros lo saludamos. Su piel cetrina y una incipiente calvicie, me hizo recordar una foto que había visto hacía unas semanas en el periódico, que religiosamente leía mi papá y que nosotros hacíamos fila para recortar los temas útiles para la escuela.

¡Yo lo había visto antes! Y sí, era un sufrido político enemistado con el gobierno de turno al que luego supe, habían torturado un grupo de “malvados” en un galpón olvidado de la capital de mi país. De grande supe que parte de la tortura había sido tan cruel, que cercenaros sus testículos entre otras salvajadas que le propinaron. Papá que era muy cristiano lo había protegido a pesar de que podían descubrirlo y tomarse una violenta venganza con él, pero papá y mamá, con caridad lo escondieron unos días hasta que pudiera salir a Chile por el paso cordillerano. Por razones obvias no voy a decir su nombre.

Era muy callado, su garganta estaba muy lastimada y vi sus manos arrugadas y con serias cicatrices. Luego mamá nos dijo que se las habían quemado. Habló de algo llamado “picana eléctrica” que dolorosamente después supe que era muy usada por mafiosos y hampones. Y a veces por policías inescrupulosos. ¡Dios los perdone!

Cuando cierro los ojos me parece ver a ese hombrecito de triste mirada, pelo ralo y manos tortuosas, mirando con cierto desafío a las sombras. ¡Cuánto habrá sufrido! Hoy ya mayor, pienso que la presencia en mi casa fue un ejemplo de mi familia por defender la justicia. El amor a los desposeídos y perseguidos injustamente.

Suelo soñar con su figura, allí parado junto a un bello cuadro laqueado que había hecho en su tierna juventud mi madre. Sombrero que seguramente usaba de escusa para no mostrar el temblor del miedo, del horror y la tristeza.

martes, 13 de octubre de 2026

HUÉRFANO

 

                 Amancio Urtubia, había nacido entre los surcos de la viña. Su piel solo tenía el dolor del sudor agrio del sol siestero. Se crió guacho y pobre....

Un día lo encontró a Zahir Músase, un vendedor de fantasías, chucherías, pócimas, y mil objetos llamativos. Se aquerenció en su caserón grisáceo, maloliente y sucio. Fregó paredes, pisos y un fogón tiznado, limpió vidrios y puertas. Amancio había quedado afuera. Zahir sólo impuso eso. Amancio en una piecita en la parte de atrás...y la letrina cerca. Nunca a la escuela, pero sí a trabajar la chacra con sus añitos, a estrenar coraje de agua helada en invierno; en esa palangana podía higienizarse; a bañarse en el tanque de cemento. La finca vecina del Tito, en los días calientes de enero y febrero eran su refugio.

                  Trabajo de sobra siempre. Aprendió a podar, a aporcar y entendió bien a hacer los injertos de toda clase de plantas. Los vecinos lo buscaban para que los hiciera en los durazneros, perales, ciruelos y las señoras en los rosales....todos le daban algo. Un pantalón casi nuevo, unas zapatillas o una chaqueta de lana. Sólo, muy solito se fue haciendo grande. Una tarde, casi a la oración, don Zahir lo llamó asustado...Vení Amancio...la Dorotea....no se ve bien. La pobre está muy débil. He llamado la ambulancia que no llega nunca y se escuchó la sirena. Entró un médico acompañado de un enfermero y don Zahir, lo acercó a una pieza del rancho de al lado.

                 La mujer tiritaba, la fiebre se había comido sus fuerzas. El chico entró por primera vez en esa habitación que en penumbra atrapaban el rostro cetrino de una mujer que aparentaba ciento de años. Las manos artríticas se aferraban a una foto pequeñita que de puro tocarla estaba desdibujada.

                  Amancio, la Dorotea es tu madre. Las palabras estallaron como trompadas dadas por un boxeador en su alma. ¿Cómo, cómo pudo esconderme esa verdad? Miró al viejo y de no ser por los dolorosos silbidos que salían entrecortados de los labios secos de la enferma, le hubiera dado un golpe tan fuerte como su cuerpo esmirriado le permitía. Helado, seco, mudo. Así se quedó el ya casi hombre. Amancio.

                 El médico expresó que debían internarla, que estaba muy delicada y que iría a terapia. El hospital, estaba a unos dos kilómetros y la metieron en una camilla y salieron echando humo por el camino hacia el nosocomio. Zahir, estaba perplejo. Amancio furioso. Allá se enfrascó en conocer ese espacio frío de las salas donde se esperaba una palabra de los médicos. Se arrebujó en un banco duro y solitario, don Zahir se fue a la finca y lo dejó solo. Al amanecer se acercó una joven que con discreta dulzura le dijo que su madre había muerto. Todavía vibra en las paredes del lugar el grito de dolor de Amancio, un chico que nació entre los surcos de las viñas y apenas pudo besar las manos ajadas de su madre. 

 

EL BARCO DE CUATRO RUEDAS


 

Hacia varios años que Miguel Ángel conducía, a modo de barco, aquel viejo trasto, ahora con ruedas. Desde que el barrio se había transformado en un aquelarre de ruidos, gases de vehículos y negocios y a él, lo habían echado del trabajo no tuvo otro modo de ganarse la vida.

Había regresado con su traje gris, gastado y deslucido, por la calle empapada. Llegó y olió el puchero. Ella lo abrazó consternada y en silencio se fue al tocador, sacó una cajita de polvo “Coty”, gastado y de su interior un rollito de billetes apretados. Los puso en la mano pálida y sudada. Junto a eso un recorte del diario: Vendo antiguo navío trasformado en barco de feria. ¡Soberbio, pasean los niños y los grandes como si fuera de alta mar! Se le corrieron unas lágrimas.

Él, el mejor tenedor de libros como monigote, lo compró y se convirtió en el mejor “Capitán de barco a ruedas Good Year” de Bs. As. Los días feriados y domingos subían familias enteras. La campana era el llamado para que los chicos que gritaban felices se sintieran navegando entre islas imaginarias y puertos llenos de piratas.

Algunas veces, los niños, aumentaban su gastritis. Esa maldita gastritis que lo atormentaba. Un día subió una mujer anciana con una pequeña niña que tenía unas “Nakhon” aparatos de metal en sus piernitas flacas. Fue la polio vio, ella hace dos años camina apenas. Le pareció un ángel y les devolvió las monedas. La nena tenía una enorme sonrisa. Con su gorra de marinero puesta, saludaba a la gente que miraba la ruidosa caravana. Casi todos los feriados y domingos, Marisa, y su abuela estaban en la esquina, él no les cobraba, claro. Le traían caramelos, una factura. Siempre con lluvia o sol, estaban allí a la espera de su barco. Pasó el invierno varios días, que no aparecieron, preocupado por el faltazo, llamó a voces al diariero con temor y preguntó por la nena. No las espere más. A la abuela la atropelló el tranvía. A Marisa la internaron en un centro de Córdoba para enfermos discapacitados. Y otra vez lloró.

 

 

 

UN SEGUNDO SALÉM

  

Sabía que mi pueblo era parecido a todos los pueblos. Nunca imaginé que era un segundo Salém. Lo supe una mañana. Apareció por el pueblo un predicador con un carromato. Era un vehículo antiguo, muy cuidado. Su color era llamativo. Con flores decoradas en los lados. Un altavoz, llamaba con tono meloso la atención de los pocos transeúntes y algunos habitantes que se asomaban o paraban en los portales o en las barandillas de los negocios, que miraban atónitos y curiosos.

Mi padre salió de su oficina donde agobiantes cables telegráficos le iban diciendo los precios del maíz en la Bolsa de Comercio, hora tras hora. Sus papeles cayeron del escritorio cuando con las largas piernas golpeó el frente del cajón donde apoyaba un negro cuaderno de cuentas manuscritas.

Yo salí corriendo por la vereda de mi calle, junto a otros chiquilines, para seguir al carromato. Llenos de polvo y curiosidad, caminábamos haciendo una suerte de murga para remedar los apocalípticos mensajes que voceaba el hombre. Papá llamó ahuecando las manos como una bocina manual a cada uno de los que festejábamos al predicador.

A pesar del ruido, su voz me sobresaltó y regresé junto a él. Me zamarreó y colocó su enorme mano en el hombro para que yo me alejara. Pronto se fue perdiendo el sonido y la comparsa que seguía con su jolgorio.

La mirada adusta de mi padre sorprendió a los pocos vecinos que pasaban por allí. Me dio la orden para que fuera a buscar al tío Zacarías al molino. ¡Corre me dijo, trae a tu tío que lo necesito con urgencia! Salí de prisa, haciendo gala de mis piernas juveniles. En el molino, divisé a Zacarías que rodeado de una nube blanca, probaba el nivel de refinado de la harina. Le di el mensaje y sacudiéndose la ropa, salió al trote junto a mí.

Llegamos a la oficina y papá me echó. Literalmente me dejó con la nariz pegada a la puerta con vidrios. Me dolió. Por verme afuera y por lo que me produjo el golpe. Algo verdaderamente importante debía pasar.

Hablaban como un par de amigos o de enemigos, se llegaron a tomar de los hombros, casi se trompearon... era muy extraño. Salió Zacarías, sofocado y con cara de pocos amigos. ¡A mí, me tenía que pasar algo así! Dijo entre dientes. Caminó derecho al molino. Yo regresé a casa y le relaté todo a mamá que se quedó pensando. Luego apagó el fuego, retiró las ollas de las hornallas y se cambió de ropa. Salió con el sombrero ladeado por el apuro. Los zapatos de taco que le hacían doler, eran ahora como de goma. Caminó al límite de la ciudad a una pequeña casa donde golpeó de nudillos. Apareció una joven muchacha que yo había visto algunas veces en el mercado los feriados. Hablaron un rato largo. Yo espiaba desde una esquina. ¡Me comía la curiosidad! Solo escuché bien cuando le dijo... ¡Ha vuelto y vino con un carromato diferente! ¡Cuidado! Y salió apurada en dirección a nuestra casa. ¿Qué pasaba? ¿Quién era ese que había vuelto?

Como soy terriblemente curioso, escuché cada diálogo que se refería al carromato y al hombre. Me enteré que hacía muchos años, como diez, que había llegado otro carromato como ese, más disparatado, alegre y simpático. Pero supe que enamoró a una niña muy joven (creo que es la que mamá visitó) y se la llevó, dejándola embarazada y sola en el extremo del país y que el tío Zacarías tuvo que ir a buscarla, porque era su hijastra. Después de eso de la pena se enfermó Catalina su esposa y madre de la susodicha. Murió y él, quedó a cargo de la muchacha.

El pueblo era un aquelarre de dimes y diretes, como dice mi abuela, Un asco de habladurías y si hubiera un inquisidor; como dice el cura, la hubieran quemado en la plaza del pueblo. ¡Las viejas arpías son unas brujas! Eso pienso yo, cuando salen a las puertas de sus casas a pelearnos porque jugamos a la pelota en la vereda o corremos en bicicleta por la calle con gritos y risas.

La pobre muchacha, perdió a su bebé. La hicieron sufrir tanto que ya no salió más de su pequeña casa de las afueras. No tenía amigas y sólo iba al templo cuando sabía que no asistiría mucha gente.

La abuela me contó la historia de las Brujas de Salém que las quemaron vivas por una mentira y acá, aunque fue verdad, la chica no era mala y no lo es ahora, casi digo yo, es medio un ángel solitario.

El comisario del pueblo se apersonó al carromato y le exigió que se fuera, no le dio ni horas para salir de mi caserío. Y yo vi que la muchacha, se escondía detrás de las persianas para espiar al hombre que pasó cerca de su casa. Yo me pregunto... ¿Ella aun lo ama? pero mejor me cuido, si hago cualquier cosa que no le guste a las poblanas... capaz que me tenga que ir del pueblo.

CON LA CABEZA LLENA DE PÁJAROS

 


CON LA CABEZA LLENA DE PÁJAROS


Graciela Elda Vespa

Argentina

 

    -¡Man…! ¡Man…! ¿Niña Cuándo vas a escuchar y hacer lo que se te pide?

    -¿Qué, qué me dijiste?

    -¿Siempre en el extra mundo! Pareces una abombada.

¡Manu, tienes pajaritos en la cabeza!

            Manu nació en primavera, con el color de las hojas amarillo verdoso de los primeros brotes; calmo, limpio y suave de la brisa que desdibuja el frío y alienta con hálito   tibio el aire del campo. Manu, pequeñita y frágil. Fue la única mujer entre ocho varones. Mis padres, campesinos analfabetos y tranquilos, la recibieron confundidos.  Una fémina entre tanto hombre…, toscos, bravucones, intensos y arrebatados. ¡No sabíamos cómo tratar a la niña!

            Creció como educada por manos ásperas pero deliciosas. ¡Nunca un grito, una palabrota, un enojo! Cuidada como copa de alabastro, era un pequeño cristal que se podía quebrar con el más leve movimiento.

            Entonces adiós a los chicos alborotados, peleadores y groseros.  Ya no peleábamos y sólo afuera de casa o en la escuela y fuera de su mirada que escapaba hacia el cielo, siguiendo el rumbo de los pájaros. Nunca cerca de su mirada melancólica, según decía madre, podíamos asustarla.

            Cuando comenzó a caminar, todos detrás de ella para evitar que se fuera de bruces al piso, parecíamos una larga fila de hormigas…todos atrás. No se puede raspar o algo que se marque en su piel de azucena. Su piel de seda pálida brillaba por un color de damasco que maduraba lentamente. El cabello largo y ondulado bajaba sobre sus hombros con suaves rulos y caían por la espalda y la serena frente amplia. Piel con brillo de fiesta permanente; pestañas largas sombreando las mejillas siempre rociadas por alguna pícara lágrima que se escapaba de sus ojos grises. ¡Nunca supimos por qué! 

           La bautizaron con el nombre de Manuela. Y fue una fiesta inolvidable. Todos hablan en la feria sobre ese día. Sobre los ricos dulces caseros y pasteles que hizo mi madre y la madrina.
           Así fue creciendo. Subía a un árbol, en cuya horquita papá le había fabricado una especie de nido y allí se quedaba como soñando, horas, canturreando.

           Cuando la llamaban a comer o a dormir no contestaba. Según mamá y alguno de nosotros, tenía pajaritos en la cabeza.
           Un día, cuando cumplió doce años le dijo a mi hermano Alfredo que en su cabeza había un piar insistente de aves. Se moría de risa y curiosidad. Mas, luego, comenzaron  a salir de entre su cabellera los picos y cabecitas de pájaros de diferente tamaño y color.

           ¡Y sí, tenía cientos de pájaros en la cabeza! Como si de eso fuera poco, ya no bajaba del árbol.

           Allí se quedó y ahora vuelan a su alrededor los pájaros más bellos del campo y de la aldea.

            ¡Manu, realmente tiene pájaros en la cabeza!

MIS PATINES

 

Me llamó con una voz desagradable. Yo corría con mis patines recién estrenados. Los Reyes Magos habían cumplido este año. Saqué tan buenas notas, que porto la bandera nacional. ¡Tal vez por eso me los dejaron! Es cierto el regalo hacía ruido y molestaba, era un ruido agudo como de un abejorro. El vecino era un personaje cómico, o yo lo veía así. De día vestía como cualquiera de mis vecinos y mis tíos; pero de noche se vestía con ropas de mujer multicolores y una enorme peluca rubia que caía en cascada sobre su cuerpo que a decir verdad no era hermoso. ÉL era obrero, rústico, trabajaba en la construcción y tenía unas enormes manos callosas. ¡Pobre se predisponía a la burla de los "pendejos" que lo esperaban agazapados en las esquinas para decirle groserías!

Me miró mal y me pidió que me fuera, que el ruido lo molestaba. Me detuve en seco.  Me acerqué y le puse atención. Me echó un balde con agua fría. Salí llorando para buscar a mi madre. Salió el abuelo para defenderme y al acercarse a la ventana comenzó a elevarse sobre sus pies. ¡Insólito! Tomó, un envión y se encaramó al ventanal. Allí comenzó una lucha desigual. El vecino, lo abrazaba y besaba con los labios untados de rouge rojo que dejaba marcas y que mi abuelo a manotazos iba desprendiendo con su camisa blanca. Las marcas parecían pequeñas mariposas rojas que se desprendían y alejaban por todo el barrio.

Unos gritos histéricos atrapaban los insultos de mi abuelo mientras intentaba en vano golpear al tipo. Mi madre, intentaba a su vez matar las mariposas que caían en el césped del jardín y se transformaban en arañas, rojas, gordas y peludas. Yo seguía haciendo movimientos rítmicos con mis patines y desde allí, de las ruedas salían cintas de color gris, azul y blanco con una música suave y dulce.

Mamá comenzó a desprenderse de las arañas y algunos alacranes negros y cien pies que caían por el lecho de la acequia cuyas aguas se transformaron en un arco iris.

El abuelo terminó su lucha. Volvió cubierto de una enorme capa de alas de mariposas rojas. Caminaba y cantaba. Yo me fui con los patines por la calle central, llevando de la mano a mamá que se había puesto un traje de sirena.

Nadie me creyó lo que relaté en la plaza del pueblo. Decían que estábamos dementes o alcoholizadas. ¡Pero juro, seriamente que lo que pasó es verdad! por eso no ando en patines en mi vereda nunca más.

 

HISTORIA DE UN OLIVO

 

            Un día de pronto sentí una luz potente que atravesaba mi débil cuerpo. La tierra a mi rededor era fértil y húmeda. Algo extraño fue ver muchos como yo, en distancias cercanas. Supe por el comentarios de unas plantas de alcaparras que ese calor venía de una estrella llamada sol y que en ciertos momentos desaparecía y hacía frío y una nube dejaba su rocío en nuestro cuerpo, por entonces pequeño. Crecí y me fortifiqué. Di frutos que me arrancaban felices unos hombres rudos y musculosos que hablaban un extraño idioma. Con el tiempo aprendí a escucharlos y los entendía. Supe que vivíamos en una isla rodeados un mar azul brillante.

            Pasaron años, esos hombres se fueron yendo y mi cuerpo cada vez era más fuerte y me sacaban más frutos, aceitunas que a veces eran verdes o las dejaban madurar y eran negras. Ellas arrugadas como algunas partes de mi cuerpo. ¡Me cuidaban mucho!

            Pasaron muchos años. Y fueron sacando compañeros míos para hacer caminos y casas de piedra y cal, tan blanca que cegaba. Había otros seres diferentes. Yo seguía con una vida rutinaria, envejeciendo solo.

            Cerca de mi espacio, una mañana, en un extraño espacio con baranda de mármol la vi. Ella.

            Una mujer tan hermosa como las estrellas en las noches de calma. Vestía una hermosa ropa de tela suave y de color vino, ese que bebían los hombres en cántaros cuando me sacaban los frutos. Su larga cabellera parecía el ondular de las aguas del mar, pero eran de color oscuro y brillaban como el cielo nocturno con tormenta.

Me miró un breve instante y la vi como me sonreía. ¿Era un afortunado! Yo olivo viejo atrayendo la sonrisa de una bella mujer humana.

            Todos los días esperaba que saliera y me mirara. Yo hubiera querido tener voz y movimiento en mis ramas para abrazarla y decirle cuánto la amaba. ¡Qué inútil sueño el mío! Un día bajó hasta donde yo me mecía con el aire marino que en ráfagas sublimes me quise mostrar. Ella se acercó a mi tronco y me rodeó con sus brazos. Tomó un fruto y lo llevó a sus labios y saboreó mi jugo, mi entraña de oliva. Me volví loco de amor.

            Pasó un corto tiempo y una mañana que estaba cerca de mí, comenzó el mundo de mis raíces a moverse con furia. ¡Terremoto! Y caían las viviendas y se desplazaban los enormes trozos de la isla hacia el mar, donde comenzó a bullir un fuego enorme. Un volcán emergía del fondo marino. Era un caos. El agua hervía y la tierra se desplomaba por doquier y yo la vi, vino corriendo y se aferró a mi cuerpo. Su cabellera se enroscó en mis ramas y yo apreté mis raíces a lo que quedaba de suelo, gracias a mis años, tenía muy lejos mis raíces y pude sostenerme. ¡Y ella conmigo! Mi amada Briseida se confundió con el verde de mis hojas y pude salvarla. Cuando la tierra dejó de arrastrase hacia el loco mar y el fuego se calmó y el agua lentamente quedó fría, ella, mi adorada se sentó en mis ramas más fuertes y se quedó dormida.

            La isla había quedado desolada y pequeña. Ella, Briseida y yo, el olivo viejo que atrapaba entre sus ramas retorcidas a la más hermosa de las mujeres. Una barca de pescadores la sacaron de mi lado y a mi, me dejaron solo. ¡Solo, pero con el recuerdo triste de mi amor perdido! ¿Dónde estará ahora Briseida? ¿Se acordará de mi? Seguiré mi sueño de olivo centenario hasta un nuevo terremoto me arrastre al mar como una boya y me pierda en el olvido.