martes, 14 de julio de 2026

MATERNIDAD IMPOSIBLE DE UNA MUJER

 

 

            Apoyó la frente en la ventana.  El frío recorrió la espalda y el cuerpo. Estaba muy cansada y quería recordar, tan sólo recordar esos largos días de otoño o mejor de principio de invierno, cuando caminaba por los parques y la lluvia corría por la espalda y mojaba el rostro, las manos y piernas, y al fin llegaba al departamento totalmente empapada. Miró por los vidrios y no se veía mucho.

            La lluvia  azotaba cada vez más y chorreaba por los cristales. Era muy lindo ver la ciudad desde esa abertura que abría el mundo interminable en belleza, pero ahora solamente se entreveían algunas luces de autos que escapaban por la avenida como cucarachas.

            Retornó lentamente a la sala, se sentó y con el control remoto, reactivó el sonido de la música que había cesado en el viejo tocadiscos. Nuevamente se sintió feliz de estar viva y de escuchar a Vivaldi.  Con un café en la mano, le pareció que tenía todo lo que se puede pedir de la vida. El sonido del timbre la perturbó pero no se asustó, estaba acostumbrada a recibir gente a cualquier hora. Lentamente se irguió y fue hasta el portero eléctrico, mas el sonido era de la puerta del departamento. ¿Quien podía ser a esa hora?

            La voz tranquilizadora de Rodrigo la hizo abrir rápidamente. Allí estaba él mojado hasta los huesos y chorreante. Parecía un fugitivo que esperaba ayuda. No necesitó invitación. Pasó. Esa era la casa. Ella le trajo unas toallas secas del baño y sin mediar palabras comenzó a secarle el suave cabello largo y rojizo. Él se sacaba lentamente la camisa, el jeen y las medias. Las zapatillas ya las había tirado en el pasillo de la entrada. Estaba helado. Le trajo un enorme suéter de lana y unas pantuflas de color rosado con pompones. Él se reía como niño, en realidad es un niño. Sus veinte años hablaban de una enorme juventud, pero no de inmadurez. Es muy maduro para  enfrentar la vida.

            Le dio un café caliente y cuando ya lo vio con un color humano comenzó a mimarlo, a jugar. Él apoyó la cabeza en el regazo y se dejó querer, mimar y soñó.

            Ese día ella cumplía como dos mil años. Así los sentía. Los  compañeros de la oficina la sacaron casi a la rastra del trabajo y la llevaron a una cantina donde comenzaron a pedir pollo y mariscos y ensaladas y salsas con pastas .Ella quería quedarse sola en la casa y olvidarse que estaba viva. Comenzó a llover igual que ahora.         Le hacían chanzas para que se divirtiera. La adoraban. Esa mujer era muy especial. Entre todos le dieron un ramo con tres docenas de rosas, porque no quería cosas materiales y las flores son las sonrisas del cielo en tiempos de dolor.

            En el piano alguien interpretaba a "Chopin". Magnífico. El humo de los cigarrillos no le permitía ver  a quien tan bien ejecutaba esos preludios.  El murmullo de la gente cesó cuando comenzó a escucharse  él " Estudio Revolucionario", se notaba que ese hombre amaba como ella a Chopin. Se enderezó y alzó su cuerpo intentando mirarlo. Vio tan sólo un largo cabello de extraño tono cobrizo, que con la luz parecía cobre bruñido.

            Se paró y fue acercándose, pensó encontrar a un viejo músico  trasnochado, algo alcoholizado y gastado por la mala vida nocturna. En su lugar se enfrentó a un muchachito que apenas tendría quince años y que por su ropa y sus modales era un chico de la calle. Unos enormes ojos color dorado se desprendieron del teclado para mirarla y dedicarle una intensa sonrisa. Muda observó como de un sólo trago tomaba una cerveza cuya espuma caía de la comisura de los labios y secaba con la manga de un sucio suéter de un color infernal. Se volvió a mirarla y de pronto comenzó a tocar  "La Patética". Era una de sus melodías favoritas. Desde ese momento fue su protectora aunque él no lo supiera. Ella no lo dijo pero él dejó de ejecutar el piano y se acercó con su mano extendida. Lo tomó de la mano y se lo llevó. Nunca había estudiado música pero vivía con y de ese don especial. Si escuchaba una melodía la podía repetir en cualquier instrumento.

            Vivió con ella, pero se iba del departamento cuando quería. Siempre regresaba, especialmente  en invierno o cuando llovía. No tenía familia y no hablaba  de su historia.

            Se durmió en su regazo, con el consuelo del amor que ella siempre le prodigaba en silencio. Nunca preguntaba pero estaba allí.

            Cuando despertó había salido el sol. Ella ...ella estaba fría .Estaba muerta . Sus  ochenta y siete años le habían jugado una trampa. Lloró sobre las dulces manos secas y nudosas. Cerró la puerta del departamento y partió.

            Él  la amaba, nunca había amado tanto a una mujer. Sabía que era ridículo y que ella nunca sabría ya, que la amaba como hijo, como niño, como aman los hombres que conocen el dolor del amor imposible de una madre ausente, a pesar de los veinte años y de una anciana que nunca pudo ser mamá.

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