jueves, 2 de julio de 2026

Y LLEGÓ AL JUZGADO

 

            En Mayo nació Adela, tierna bebé de dos kilogramos y con un hermoso cabello oscuro. Comenzaba el frío de otoño en las afueras de Valle de Los Cóndores. Los caminos se llenaron de hojas de álamo que crujían como el corazón de Marga.

            Terminada la cosecha se tenían que ir y el patrón les pedía todos los días la casa, que si bien era de adobe y techo de caña, era un refugio para el Juan y su pequeño hijo. Había cumplido dos años en octubre pasado y caminaba y ya no necesitaba pañales como Adela. Terminada la melesca, no quedaba nada por qué quedarse.

            El Juan, para colmos lo prepoteó al patrón y siendo hombre duro, los echó como a perros sarnosos. Llegaron a la casa de la madre de Marga y les puso mala cara, claro ya tenían los problemas de todos, muchos chicos y poca plata. Su padre estaba haciendo una obra en Chile y regresaría en verano. Para colmos un sismo movió algunas paredes y se cayó medio techo de chapa. El Juan arregló  como pudo, pero sin habilidad quedó muy flojo y con el viento se movía y silbaba.

            Un día fueron a buscar trabajo y volvieron con menos de lo que llevaron, les habían robado la mochila en el micro. La madre gritó y los echó. ¡No quiero que vengan a traerme más deudas y problemas!

            La Marga salió caminando con lo poco que le quedaba de ropa del nene y de ella; Juan llevaba un bulto con sus herramientas y el bebé que lloraba. ¡De hambre, Juan, lloran de hambre los chicos! ¿Y vos que te creís que io no tengo? Yo no tengo la culpa. Io tampoco Marga, no necesitábamos otro crío. Lo tirabas como hacen las perras y listo. Se dice aborto, Juan, pero es un hijo. ¿Y qué? ¡Matarías un hijo, guacho de mierda? Si no me queda otra…

            Llegó la noche y se cobijaron en la puerta de una iglesia entre las columnas y la entrada. Se dieron calor con sus cuerpos flacos. Gracias a Dios la Marga podía darles teta. De adentro escucharon las voces y6 salió un  cura viejo, les ofreció comida y un cuartito atrás por esa noche.

            ¡La gente es muy mala, dirán que yo hago cosas malas, por eso no los puedo tener mucho tiempo! ¿Cómo se llaman los niños? ¿Están acristianados? Bueno mañana en la mañana los acristianamos y hablaré con amigos para darles cobijo. Buenas noches padre. ¡Buenas noches hijos!

            Pasaron unos días y nada, así es la gente, habla mucho pero no se conmueve. ¡Todo el contorno al Valle está muy pobre, buscaremos en la ciudad! Y apareció Don Eugenio Rojas, dueño de una aceitera que le dio trabajo al Juan y un techo, por sólo unos meses, los del invierno. Así pasó el frío y un día Don Rojas se acercó a la Marga y le hizo una propuesta. Deshonesta y sucia. Ella se quiso morir. Salieron como toros picaneados en el brete. ¿Adónde ir?

            Caminaron dos días por las fincas vecinas. Nada, no conseguían nada. El Juan hacía pozos, cortaba leña, podaba o regaba por unas monedas. Se cobijaban bajo una enramada que hicieron en un terreno inculto.

            El cura los buscaba y ellos se escondían, porque el Juan escuchó en el almacén que el viejo Rojas los había denunciado  por robo. Ellos no se habían llevado nada. Pero tenían tanto miedo que trataron de juntar para irse de la zona.

            Un día desesperada Marga se fue a la capilla y allí encontró al anciano y habló, le contó todo lo que había pasado. El sacerdote  triste le dio unos pesos y le dio un papel con una dirección en la ciudad más cercana.

            Allá fueron. Caminaron tres horas y un camionero los acercó un largo trecho. Luego buscaron la dirección del papel. Marga sabía leer, Juan era analfabeto.

            Los recibió una mujer mayor. Observó a la muchacha y al marido. ¡Lástima que tienen dos críos, no entran en la piecita del fondo! Y trabajo no tengo. Bueno algunas cosas puedo darles por ahora. Se quedaron. Apretados en un hogar tan chico que casi no podían moverse. ¡Ellos acostumbrados al campo, a los viñedos y a los olivares! Pero es duro decir que no hay muchas almas dispuestas a amparar a extraños.

            Discutían todos los días, peleaban por cualquier cosa y él, le echaba en cara no haber abortado a la Adelita. Ya tenía ocho meses… y pedía comida. Entonces Doña Juana le dijo como al pasar que la dieran en adopción. ¿Qué es eso? Y Darla en el juzgado para que la gente con plata que no puede tener hijos sean los padres nuevos…

            Marga llora toda la noche, todo el día y le pregunta si es capaz de hacer eso y el Juan le responde: ¡Sí, así será más fácil! Salió dando un portazo.

            Ella busca en la plaza en cada edificio grande la palabra juzgado. Se detiene en los escalones y regresa a la casa. ¿Quién quiere quitarme mi hija y si me sacan el nene?

            Cuando regresa el hombre, viene encopado. ¿No diste la pendeja? No hijo de puta, no. No, es nuestra hija. Andate borracho, mal nacido. Y espera un cambio que no llega.

            Entonces un día se levanta, con mucha ceremonia baña a Adela. Le pone el mejor vestido y la peina bien bonita. Sale con su otro hijo en brazos lleva a ambos. Llega la juzgado. Sube las escaleras como si fuera la entrada al infierno y entra a una sala donde un grupo de personas hablan, ríen o lloran, como ella.

-          ¿Señora, en que puedo servirla?

-          Vengo a dejarle mi hija. La entrego porque no puedo tenerla.

-          ¡Perdón, me está diciendo que la beba es…!

-          Para alguien que pueda y le de lo que yo no puedo. Un techo, educación, la vista bien. ¡Amor le sobra y pienso que también la querrán como la quiero yo!

-          ¿Está segura? Mire que es para siempre nunca sabrá dónde está y no sabrá quién la tiene. ¿Lo pensó bien?

-          ¡Tanto, que ya no tengo fuerzas! ¡Si me quitan al nene me voy. Los dos no puedo ni quiero darlos!   

-          No, claro, ya llamo al juez, siéntese por favor.

-          Gracias. Quieto hijo. Le doy por última vez la teta.

-          Señora pase, por favor.

-          ¿Nombre suyo? ¿Documento y residencia? Bueno, no me mire así, soy simplemente empleado en el juzgado, no soy nada suyo. Nos soy un ángel de la guarda.

-          Mi hija se llama Adela y yo Margarita Vergara, mi marido se llama Juan Sosa. Y el nene…

-          ¿El padre está de acuerdo que entregue la niña?

-          El me manda, no consigue casa y trabajo con dos chicos, nadie acepta una familia grande. Nadie nos quiere.

-          ¿Nombre y edad del padre? ¿Dirección?

-          La calle. Juan Sosa, analfabeto, obrero de changas sin oficio. Tiene veintitrés años.

-          ¿Usted lee y escribe?

-          Llegué a sexto grado en Los Portillos Viejos. Tengo dieciocho años. Vivo en la calle.

-          Bueno, acá viene el Juez.

-          Buenos días, señora, ¿esta es la niña?

-          Si. Adela mi hija de ocho meses, bueno pronto cumple los nueve y ya está bautizada por un cura.

-          ¿Está segura de lo que va a hacer?

-          No tengo otra cosa. Si me quitan al nene me los llevo a los dos. ¡Son mis bebés y los amo!

-          Se nota que están bien alimentados y sanos. ¿Está segura? ¿Entiende lo que va a suceder?

-          No puedo llorar más. No tengo adónde ir, con uno me dan techo y con dos… nada.

            -   Secretario reciba  los datos de la niña. Disculpe… me retiro. El juez sale   llorando disimuladamente.  ¡Pensar que mi mujer nunca pudo darme un hijo! Y entra en otra sala donde dos vecinos pelean por el agua de un canal que comparten.

Afuera el sol comienza a entibiar las calles y brotan los árboles porque comienza la primavera en el Valle de Los Cóndores. Todo volverá a ser igual. Regresarán los cosechadores y se llenarán las casas de bullicio y risas.

Marga y Juan ya no son los mismos y ella lo ha echado del catre.

 

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