jueves, 23 de julio de 2026

DESIDIA


 

                        El maestro llegó en moto justo en el minuto en que se desplomaba la última pared que quedaba en pie. Venía para ver qué sucedía con la pequeña Rocío que no asistía a las clases desde...hacía como un mes y medio. Su asombro lo dejó entre asombro y desesperación. No podía comprender cómo se puede destruir una casa como esa.

             Recordaba cuando el era niño y pasaba por ahí. Estaba construida con buen material y diseñada por un arquitecto e ingeniero. Tenía todo lo que una familia de clase media trabajadora podía necesitar. La buena señora Adelaida, la dueña, había plantando toda clase de vegetales, árboles que yacían como esqueletos afiebrados en el secano ahora. El abandono mostraba callos en los troncos y paja árida en lo que fuera el bello jardín de rosas y gladiolos.

            Vio por primera vez a Chacho, el hijo, ese muchacho mimado que nunca logró hacer nada como lo recordaba, pero ahora era un escardillo filoso y herrumbrado por la quietud e indiferencia. Chacho estaba allí parado sin moverse. Las manos en su enorme cadera flaca con la vista perdida en los vehículos que atravesaban indiferente la calle. Huesos y piel era lo que quedaba del hombre que criaran Adelaida y Floreal, el padre.

            Una mujer desmadejada y triste con un vientre abultado por el embarazo, madre y esposa de Chacho, padre de sus hijos contemplaba las ruinas con mirada endurecida. Los niños, nueve, lloraban apretando su terror a la ropa agotada de su mamá. Sucios como siempre, desvalidos y ansiosos, se le acercaron buscando una respuesta. Ojos de hambre y desdicha la rodeaban.  

            ¿Qué podía hacer él como maestro de los pequeños? Pensó en hacer una colecta, llamar a los vecinos que indiferentes y encrespados se acercaban a través del polvo que envolvía el derrumbe. Salían apresurados antes de obtener ni el mínimo apoyo o respuesta a su saludo.

            ¡Llegaron los bomberos! Tarde, porque en realidad ya no eran necesarios. La casa se había comenzado a morir cuando los viejos sucumbieron.

            Chacho era incapaz de mover una mano para trabajar. Todos los días tenía el pretexto locuaz para no salir a trabajar. Esa palabra era tabú. Él no había nacido para “romperse el lomo”. Las lluvias, los vientos y el descuido hicieron el resto. Como un cáncer la casa se fue destruyendo. Nada quedaba de la que fuera la mejor casa del barrio. Quedaba el grupo familiar como los miles de desamparados que viven en las calles. Pero en el caso de Chacho y su mujer, por no querer aceptar la dignidad del trabajo.

            El maestro pensó si a caso no sería mejor que ese bebé que vendría al mundo no era mejor que no naciera. Pensó en las miles de familias que quieren tener una criatura y no les llega. Pensó en los tratamientos largos, caros y dolorosos que muchas parejas atraviesan estoicos para tener una prole y amarla como había sido amado ese cretino. Puso la moto en marcha y salió sin despedirse.         

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