lunes, 3 de agosto de 2026

NO LA CONOCÍ

 

 

Era muy débil y singular su porte. Se llamaba Didacio. No puedo calcular su edad ni la poderosa familia de la que hablaba siempre. Era un muchacho enclenque y silencioso.

Lo vi parado junto a la fuente en la casa de piedra. El portal de cedro semi abierto con una descomunal aldaba de bronce con forma de animal imaginario. Adentro, la lúgubre incertidumbre, mostraba la ocasión de los pecados que se habían vivido en la historia de esa casona descomunal que se iba derrumbando con la gracia de los muertos.

Donde según dicen, había un traidor y desleal personaje que martirizó a la servidumbre, golpeaba a su “amada esposa” y violaba todas las reglas de la hospitalidad y galantería.

Su hijo, ese que ahora estaba parado en el umbral del tiempo, Didacio, fue lo único auténtico y feliz que sucedió alguna vez. ¡Supercherías! Nadie fue feliz, porque el chico nació débil y enfermo. Su ralo cabello le llegaba a los hombros. De un color ceniciento y ojos azules, miraba con arrobamiento la glorieta que se iba desmoronando bajo la potencia de la glicina y la hiedra.

Según decía su abuela, única persona amble y viva; allí se había encontrado con una joven que le prometió amor eterno. Desapareció un día y nunca regresó, no se sabía por dónde había llegado y por qué causa había huido. El viejo jardinero, muerto ya, dejó dicho que el padre la había correteado para enlazar su talle y besar paranoico su boca fresca. Ella, asqueada escapó. Didacio, loco de amor, se desplomaba en su dolor juvenil, sin aceptar los sucesos posteriores.

Una mañana su padre apareció en el comedor con una cuchilla clavada en la garganta. El charco de sangre había manchado hasta el borde la alfombra persa. Nadie lo lamentó. Fue enterrado en un oscuro rincón del parque, sin miramiento ni ceremonia.

La abuela no permitió que se llamara a la policía del condado. No fueran a creer que alguien de la familia o el personal, de antigua y laboriosa tarea, hubieran cometido el parricidio.

Didacio, se quedó en silencio desde entonces. No habló más ni evocó a la joven, ni a su difunta madre… sólo observaba los pájaros que revoloteaban en el jardín junto a la glorieta. Esperaba un milagro, que ella volviera. Lástima que yo no la conocí, hubiera hablado a favor del mozo. Un hombre fiel y amante de los que ya no quedan.

LA TIERRA PROMETIDA

 


 

Se mezcla el odio ancestral con la dulzura del zorzal

nada queda de la tierra.

Nada.

Magistral levedad.

Deseo de caminos.

Y un silbido de tacuaras móviles en la orilla del agua.

Islas azules

en el paso aguzado de la noche.

Filtro de amor,

atropello de herraduras,

fragua inquieta de suspiros,

golpe de suerte. Taba.

Rugidos de leones encrespados que esperan la presa.

 

TRAS LA VENTANA AZUL

 


Comenzó a pintar un cielo azul. Pero no había visto desde hacía mucho tiempo el cielo. El encierro. La locura. El silencio. Etelvina. ¿Está caso bajo el mismo techo? Siguió pintando. Un cuadro, otro y otros en colores de cielo, de libertad de augurios. Recordaba a lo lejos, cuando cerraba los ojos la casa de su abuelo. Era tan cálida y perfecta como la canción que escuchaba desde su lecho.

Escuchó los pasos de una persona que se acercaba por el largo pasillo de la clínica. ¿Qué le traía ahora? Un sueño. Una larga lista de pequeños recuerdos enmarcados por láminas doradas. Un libro. Esos que solía traerle Etelvina con ilustraciones de parques o de bosques en invierno.

Se bajó de la cama hasta quedar en el piso acolchado de espuma. O era sólo un sueño. ¡No importa! Viene como un pájaro de esperanza. Se detiene e ingresa. No es Etelvina. Entra un hombre de blanco. Y mira mi ventana azul, sin vidrios ni cerrajas. ¿Cuántas pintaste hoy, me dice? Lo miro sorprendida. No lo conozco y él, sabe que mis ventanas azules vuelan en los lienzos.

Me acerca un vaso con agua clara, transparente como su mirada curiosa que se posa en mis telas. ¿Qué bien pintas! Y ríe. Está por darme otra de esas pastillas que me da Etelvina y que yo guardo en mi almohada. Escondidas, por cierto. Cómo haría para pintar ventanas si tomara esas pequeñas cápsulas que me quitan el sueño y no puedo volar a través, de los vidrios azules, de mis ventanas al cielo.

Son de color rosado. Me las pone en la mano. Son distintas a las que guardo. Prueba, me dice, estás te harán soñar con pájaros y flores!  Y las tomo. Y de pronto despierto en el silencio y salgo volando por las ventanas de vidrios azules de mi cuarto. Vuelo, vuelo por el aire que me envuelve el cabello que tiene color tiza y ha crecido en los años que me quedé en mi habitación de la clínica donde me dejó mi amado, cuando conoció a su "princesa" de pelo colorado y ojos de esmeralda. ¡Está loca! Cuiden de ella. Y partió al olvido. Y yo me quedé sin él, y sin mi vida. Ahora vuelo hacia el infinito, el sol me acaricia el rostro. Soy libre.

Tal vez, volveré por las ventana de vidrios azules para esperara que regrese por mí. Y vuelva a casa.

DESPEDIDA

 


                               A MI ESPOSO QUE VOLÓ AL MUNDO DE LA SOLEDAD EN ABRIL...

 

Me quiero despojar de la armadura de virtudes, del sol que me quema la piel dejando huellas, de esa soledad perturbadora y me deja desnuda de pie ante el silencio.  Quiero volver como la máscara de teatral mentira, ni reír ni llorar ni gentileza efímera. Saber que hay una voz en cada lengua y repetir que la muerte espera detrás de la ventana. Sola y quieta. Mudando la voz en un grito que no se escuche.  Que me pierda entre los postizos sonrojos del silencio y llore. Como puedo soportar tu no presencia...  muerte gentil...amiga, olvido...

JEANNE CELINE


La joven mujer dejaba su rostro al frío aire de las calles de París.  Algunos transeúntes se volvían a mirarla. Era de una extraña belleza demodé. El paso de los transeúntes daba una nueva sensación de caos en esa vieja ciudad. Se había roto la rutina de indiferencia. Ella había salido de la casa taller dónde trabajaba. Oliver le había pedido que se reencontraran en Isla de la "Citè", para lo que debía cruzar varios barrios y un puente sobre el Sena. Él, le quería dar una noticia, que según su pensamiento, les daría un futuro mejor.

Saldrían de los barrios invadidos por refugiados de media África y Oriente. Estarían, dijo, cerca de los trabajos. ¡Poco poseían! Habían salido de la campiña con la ilusión de tener una vida más fácil. Pero París no es un lugar amable para vivir.

Jeanne Celine, cosía los bordes de los pañuelos para famosas casas de moda. Tenía los dedos rojos de apretar la aguja y sostener la seda que bailaba al menor movimiento.

Llegó, cuando las campanas de Saint Efrén, invitaban a la misa de medio día. Los botines de suelas gastadas resbalaban en las calles medievales. Se detuvo en la "Petit Mesón Jeanpierre" restaurante pequeño y manejado por una anciana cocinera que atendía solo ocho mesas para cuatro comensales... El perfume a especias y a ognion penetraban las viejas paredes. La madame la hizo sentar en un rincón y le dejó un crujiente pan recién horneado. Perfumado con aceite de oliva español. Le susurró, ya llega el guapo garzon...

Se abrió la puerta haciendo sonar una campanilla de cobre lustrada como sangre. Él, se quitó la boina y el pelo le cayó sobre los hombros como una cascada rojiza. Sonreía. Se acercó y le dio un sonoro beso en la frente."¡Bon your ma petite! "

¿Quieres comer el menú de siempre? Ya tenían la escudilla con sopa de cebolla caliente y una copa de vino de la " Champagne" un vino aromático, rojo oscuro y sabor frutado. ¡Bon apetit! Y antes de decir estás bien o te cuento... Comenzaron a saborear el exquisito brebaje. El pan resultó insuficiente y madame trajo unas rodajas más. La muchacha esperaba el plato principal. Él, la miro y pregunto: ¿Me seguirías a otra región o ciudad dónde me han ofertado un trabajo donde podré demostrar mi capacidad? Lo miró asustada. Déjame pensarlo. ¿Es lejos? Apenas sesenta kilómetros de París. Pero tendremos un departamento con más espacio... Ella, lo miró y apenas murmuró una frase.¿Y yo en qué voy a trabajar?

La anciana trajo la marmita de cobre con las codornices a la salsa negra, con trufas y cebollas caramelizadas. Es mi plato favorito, dijo Jeanne Celine. Hincó el tenedor en una avecilla y la roció con la salsa aromática y silvestre. Magra la carne que se deshacías en el paladar.¡Déjame pensarlo! Te daré mi respuesta cuando hable con mi actual jefe y el dueño de la boutique. Un silencio se introdujo entre los amantes. Ahora, no tengo ganas de decidir algo así.

Oliver estaba seguro que su mujer lo seguiría. Tomaron un café, pagaron y salieron bajo la nevisca de la gris París. Los pocos transeúntes apurados sólo vieron una pareja tomados de la mano que huían del frío. ¡Tal vez pensó alguno que eran otra pareja de enamorados que soñaban con el una vida mejor!

SI LAS PAREDES DE MI CASA HABLARAN

 

Benita cerró el libro y lo dejó en la mesilla de luz. Apagó la lámpara y se fue quedando dormida en el sillón verde, viejo y raído. Una suave luz ingresaba por el ventanal opaco por el polvo y la grasitud del fuego que se iba apagando en la chimenea.

Una campanada sonó en la silenciosa noche que cubría la habitación de la casa. Era la señal. A esa hora se desperezaban los muros y comenzaba el chismorreo de las paredes con las puertas y ventanas.

¿Cómo amaneció hoy Benita? ¿Sigue con su dolor de espalda y los ojos opacos por las cataratas? O acaso hay que esperar una semana a que se le ocurra a la sobrina de la ciudad venir a ver a su tía anciana.

Yo, desde aquí veo pasar a los vecinos que tratan de ver si hay movimiento, pero está todo tan sucio que poco pueden escudriñar. Sólo Lola, la que trae el pan y la leche suele entrar a la sala y preguntar si Benita necesita algo. Soy una ventana y podría estar más libre... pero estoy vieja y sucia. ¿Qué ve la pared de la cocina?

¡Ni me hables de esa! Sólo se vive quejando que la viejita, ya no cocina y que tiene frío y le duelen las vigas. Como si a nosotros no nos doliera la vida. Cuando Benita se casó con el mozo de Martín del Valle, esta casa era... una preciosura.

Yo me acuerdo, que me cerraban las celosías, para abrazarse y besarse hasta caer en el lecho. ¡Era glorioso husmear, entonces! Él, le hacía soñar con islas lejanas donde las aguas azules, jugueteaban con la arena y palmeras. O comenzaba a cantarle un bolero con esa voz de barítono que nos daba ganas de ser el fonógrafo para que quedara grabada la voz. ¡Lástima que se cayó el día que Benita tuvo el ataque, se quiso sostener del mantel de la mesa y cayeron juntos!

¡Recuerdo esa tarde! Qué pena. Todo desparramado, la corneta del aparato, se rompió en varios trozos y el bracito que sostenía la púa en el disco se quebró. Y la pobre mujer desparramada en el piso con las piernas rotas.

Ventana, te recuerdas como llorábamos cuando la veíamos arrastrarse y pedía auxilio... y llegó Lola y llamó a la ambulancia y a la muchacha que tardó bastante en llegar.

¿Muro, cómo están las paredes del baño? Yo no entiendo cómo hace Benita para usar ese lavabo tan antiguo. Y ni hablar de la bañera. Antes con el mozo, se bañaban todas las noches y reían echándose espuma y era risa va, risa viene. ¡Cuánto se amaban esos dos. ¡Y qué hermosas charlas tenían, nosotros hemos disfrutado de esa época de gloria! Y ahora... estas noches sólo nos queda hablar de penas y nostalgias.

¡Cuántos secretos escondemos! ¿Te acuerda ventana, el día que entró esa mujer, la de cabellera roja como el fuego? Qué triste estaba nuestra mujer. Comprendió o intuyó lo que nosotros ya sabíamos... que él, la traicionaba.

Yo recuerdo que el día que le clavó el cuchillo de la cocina al mozo, él, murió desangrado, y el alma de ella, murió de tristeza. Bueno...ya está amaneciendo. Mejor volvemos a nuestra vida a compartir la lucha de nuestra amada dueña. Benita no nos escucha, sino sería menos solitaria y nosotros podríamos alegrarla con chismes y parloteos. Escuchen... alguien viene entrando. Tal vez... sea Lola o la muchacha de la ciudad. Hay que dormir hasta que suene el reloj en la oscuridad de la noche. Hasta pronto... hasta la madrugada.

Y mientras las paredes callaban Benita iba despertando de un sueño hermoso. Él, con su camisa abierta, el pecho tostado por el sol la llamaba para cantarle un bolero y besarla hasta que quedara exhausta. Él, que la había amado y que murió en sus brazos con un enorme cuchillo en el corazón.