La joven mujer dejaba su rostro al frío aire de las calles de París. Algunos transeúntes se volvían a mirarla. Era de una extraña belleza demodé. El paso de los transeúntes daba una nueva sensación de caos en esa vieja ciudad. Se había roto la rutina de indiferencia. Ella había salido de la casa taller dónde trabajaba. Oliver le había pedido que se reencontraran en Isla de la "Citè", para lo que debía cruzar varios barrios y un puente sobre el Sena. Él, le quería dar una noticia, que según su pensamiento, les daría un futuro mejor.
Saldrían de los barrios invadidos por refugiados de media África y Oriente. Estarían, dijo, cerca de los trabajos. ¡Poco poseían! Habían salido de la campiña con la ilusión de tener una vida más fácil. Pero París no es un lugar amable para vivir.
Jeanne Celine, cosía los bordes de los pañuelos para famosas casas de moda. Tenía los dedos rojos de apretar la aguja y sostener la seda que bailaba al menor movimiento.
Llegó, cuando las campanas de Saint Efrén, invitaban a la misa de medio día. Los botines de suelas gastadas resbalaban en las calles medievales. Se detuvo en la "Petit Mesón Jeanpierre" restaurante pequeño y manejado por una anciana cocinera que atendía solo ocho mesas para cuatro comensales... El perfume a especias y a ognion penetraban las viejas paredes. La madame la hizo sentar en un rincón y le dejó un crujiente pan recién horneado. Perfumado con aceite de oliva español. Le susurró, ya llega el guapo garzon...
Se abrió la puerta haciendo sonar una campanilla de cobre lustrada como sangre. Él, se quitó la boina y el pelo le cayó sobre los hombros como una cascada rojiza. Sonreía. Se acercó y le dio un sonoro beso en la frente."¡Bon your ma petite! "
¿Quieres comer el menú de siempre? Ya tenían la escudilla con sopa de cebolla caliente y una copa de vino de la " Champagne" un vino aromático, rojo oscuro y sabor frutado. ¡Bon apetit! Y antes de decir estás bien o te cuento... Comenzaron a saborear el exquisito brebaje. El pan resultó insuficiente y madame trajo unas rodajas más. La muchacha esperaba el plato principal. Él, la miro y pregunto: ¿Me seguirías a otra región o ciudad dónde me han ofertado un trabajo donde podré demostrar mi capacidad? Lo miró asustada. Déjame pensarlo. ¿Es lejos? Apenas sesenta kilómetros de París. Pero tendremos un departamento con más espacio... Ella, lo miró y apenas murmuró una frase.¿Y yo en qué voy a trabajar?
La anciana trajo la marmita de cobre con las codornices a la salsa negra, con trufas y cebollas caramelizadas. Es mi plato favorito, dijo Jeanne Celine. Hincó el tenedor en una avecilla y la roció con la salsa aromática y silvestre. Magra la carne que se deshacías en el paladar.¡Déjame pensarlo! Te daré mi respuesta cuando hable con mi actual jefe y el dueño de la boutique. Un silencio se introdujo entre los amantes. Ahora, no tengo ganas de decidir algo así.
Oliver estaba seguro que su mujer lo seguiría. Tomaron un café, pagaron y salieron bajo la nevisca de la gris París. Los pocos transeúntes apurados sólo vieron una pareja tomados de la mano que huían del frío. ¡Tal vez pensó alguno que eran otra pareja de enamorados que soñaban con el una vida mejor!
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