Benita cerró el libro y lo dejó en la mesilla de luz. Apagó la lámpara y se fue quedando dormida en el sillón verde, viejo y raído. Una suave luz ingresaba por el ventanal opaco por el polvo y la grasitud del fuego que se iba apagando en la chimenea.
Una campanada sonó en la silenciosa noche que cubría la habitación de la casa. Era la señal. A esa hora se desperezaban los muros y comenzaba el chismorreo de las paredes con las puertas y ventanas.
¿Cómo amaneció hoy Benita? ¿Sigue con su dolor de espalda y los ojos opacos por las cataratas? O acaso hay que esperar una semana a que se le ocurra a la sobrina de la ciudad venir a ver a su tía anciana.
Yo, desde aquí veo pasar a los vecinos que tratan de ver si hay movimiento, pero está todo tan sucio que poco pueden escudriñar. Sólo Lola, la que trae el pan y la leche suele entrar a la sala y preguntar si Benita necesita algo. Soy una ventana y podría estar más libre... pero estoy vieja y sucia. ¿Qué ve la pared de la cocina?
¡Ni me hables de esa! Sólo se vive quejando que la viejita, ya no cocina y que tiene frío y le duelen las vigas. Como si a nosotros no nos doliera la vida. Cuando Benita se casó con el mozo de Martín del Valle, esta casa era... una preciosura.
Yo me acuerdo, que me cerraban las celosías, para abrazarse y besarse hasta caer en el lecho. ¡Era glorioso husmear, entonces! Él, le hacía soñar con islas lejanas donde las aguas azules, jugueteaban con la arena y palmeras. O comenzaba a cantarle un bolero con esa voz de barítono que nos daba ganas de ser el fonógrafo para que quedara grabada la voz. ¡Lástima que se cayó el día que Benita tuvo el ataque, se quiso sostener del mantel de la mesa y cayeron juntos!
¡Recuerdo esa tarde! Qué pena. Todo desparramado, la corneta del aparato, se rompió en varios trozos y el bracito que sostenía la púa en el disco se quebró. Y la pobre mujer desparramada en el piso con las piernas rotas.
Ventana, te recuerdas como llorábamos cuando la veíamos arrastrarse y pedía auxilio... y llegó Lola y llamó a la ambulancia y a la muchacha que tardó bastante en llegar.
¿Muro, cómo están las paredes del baño? Yo no entiendo cómo hace Benita para usar ese lavabo tan antiguo. Y ni hablar de la bañera. Antes con el mozo, se bañaban todas las noches y reían echándose espuma y era risa va, risa viene. ¡Cuánto se amaban esos dos. ¡Y qué hermosas charlas tenían, nosotros hemos disfrutado de esa época de gloria! Y ahora... estas noches sólo nos queda hablar de penas y nostalgias.
¡Cuántos secretos escondemos! ¿Te acuerda ventana, el día que entró esa mujer, la de cabellera roja como el fuego? Qué triste estaba nuestra mujer. Comprendió o intuyó lo que nosotros ya sabíamos... que él, la traicionaba.
Yo recuerdo que el día que le clavó el cuchillo de la cocina al mozo, él, murió desangrado, y el alma de ella, murió de tristeza. Bueno...ya está amaneciendo. Mejor volvemos a nuestra vida a compartir la lucha de nuestra amada dueña. Benita no nos escucha, sino sería menos solitaria y nosotros podríamos alegrarla con chismes y parloteos. Escuchen... alguien viene entrando. Tal vez... sea Lola o la muchacha de la ciudad. Hay que dormir hasta que suene el reloj en la oscuridad de la noche. Hasta pronto... hasta la madrugada.
Y mientras las paredes callaban Benita iba despertando de un sueño hermoso. Él, con su camisa abierta, el pecho tostado por el sol la llamaba para cantarle un bolero y besarla hasta que quedara exhausta. Él, que la había amado y que murió en sus brazos con un enorme cuchillo en el corazón.
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