martes, 14 de julio de 2026

EL SECRETO

 

            Estaba parada con mi cofia de encaje y el delantal de lino almidonado, blanco todo como el mármol de la estatua que preside la estancia desde donde el viejo mira con un extraño aparato las estrellas por la noche.  Siempre está insomne. Siempre me mira con ojos agudos. Su enorme sillón de terciopelo azul algo gastado en donde hunde el maltrecho cuerpo afilado, es como una madriguera. Apenas me muevo sus amoratadas manos artríticas se aferran a mi pollera o al delantal. Es imposible liberarme. Deseo un resquicio para huir.

            Sí, estaba parada en ese momento en que entró la vieja ama con su orinal impecable, separó la tapa y lo colocó en el cajón bajo el sillón. Yo no quería ni mirar ni respirar. El hombre sonreía mirando mi cara roja por el pudor y el asco. Oí caer la orína cantarina en la porcelana llena de flores de lis pintadas a mano. El olor ácido penetró en mis pulmones. Luego el olor que me inundó hasta el cerebro me indicó que “monsieur” había descargado sus flacas tripas.

            La mujer, su ama, llamó al ayudante de cábina, un antiguo empleado. El hombre vino arrastrando una pierna dura por la inflamación, tomó al amo y lo higienizó. La guerra había hecho estragos en los soldados mocetones de la región. Cientos que no murieron llegaron lisiados y alterados.  Yo salí aprovechando la oportunidad. Saqué los excrementos y los dejé junto a la puerta de la habitación.

             Huí hacia el jardín. Era la hora del crepúsculo  en que la casa parece más solitaria aun. Un grito agónico atravesó la casa del amo. Corrí al instante, sabía que me reclamaba. Allí estaba mi señor. Su boca desdentada sonreía a la nada. Sus ojillos con esa perpetua chispa de picardía me buscaban en la puerta. Me asomé. Tendió sus brazos sarmentosos, donde la piel flácida caía como cortinado viejo, para tocarme y atraer mi cuerpo para tocar mis piernas bajo las enaguas.

            Ya no soportaba su continua búsqueda entre mis polleras. Me quería tocar. Me deseaba como se desea un bocadillo frágil y sabroso. Me ponía enagua tras enagua, un calzón largo y grueso; medias de algodón altas que sujetaba con cintas que apretaba tanto que casi cortaban el flujo de mi sangre. De ese modo le impedía llegar a mis nalgas.

            ¡Creo que si hubiera podido me hubiera tocado hasta el fondo tibio de mi sexo! Me acerqué. No tanto como para que me perdiera sus dedos afilados en los oscuros secretos de mujer. Tenía sólo catorce años y el miedo me paralizaba. Su risita aguda era un tormento. Lo odiaba y le temía. Necesitaba el empleo que me daba, era indispensable. Mi madre sola con siete hijos, mi padre muerto en la guerra y mi abuela ciega, dependían del dinero que les mandaba.

¡Te prometo... sí, te prometo una fortuna si te sacas toda la ropa frente a mí...! – dijo ese día. Me negué. Llamó al ama de llaves y le ordenó una pluma y papel.

Se reía en su extravío. Luego estuvo un rato escribiendo. Yo no sé leer. Mi infancia fue dura. Las calles fueron mi escuela, los mercados donde mendigué hasta que mamá logró que entrara a la casona. Siempre trabajé. Ahora que tenía ese empleo, me sentía glorificada.

Me llamó y pretendió que leyera. Le dije que no podía. Se encolerizó. Estrelló el frasco de tinta en el pavimento manchando la alfombra. Luego leyó con voz entrecortada: - Yo, Gastón de Yournette, maese corregidor del municipio de Saint Pierre Sur- Mer, lego a...

- ¿Cómo te llamas...ma petite...?- me preguntó titubeando. Yo creía que él conocía mi nombre. Me sorprendí tanto que le respondí. - Mi nombre monsieur es Clementine Reinal, creo que ese es el apellido de mi madre.- le expresé con temor.

Me envió a buscar otro frasco con tinta. Siguió escribiendo el billete. Se agotó en el trabajo. Resoplaba y jadeaba. Su viejísimo corazón estaba medio muerto. El esfuerzo lo hizo desmayar unos instantes. Luego intentó leer...” Lego a Clementine Reinal, la suma de 20.000 monedas de oro.... Pero después de tachar, volvió a leer. ¡No!, dijo corrigiéndose-; mejor 50.000 monedas de oro, si cumple con mi pedido. En el año de 1814, y puso su sello con el lacre que chisporroteó en la lamparilla.”   

 -  ¿Y qué desea pedir u ordenar, además, su señoría?- pregunté desconfiada.

             - Que te quedes desnuda frente a mí hasta el final...hasta el momento de mi muerte, que está muy cerca.- dijo mirándome con astucia.

Me pareció un viejo zorro herido frente a su presa. El ralo pelo blanco se desplomaba sobre los hombros de su paletó de cachemira negro y le prestaba un aspecto de brujo, mago o demonio. En las escaleras de la galería Norte hay unos cuadros que han pintado hace siglos y se parecen al viejo astuto. No respondí de inmediato. Me dediqué a ablandar sus cojines y almohadas de plumas mientras por mi mente febril cruzaban

Ingresó a la alcoba a las 19,45 horas en punto, como todos los días, el médico. Apenas me miró. Revisó a su señoría. Lo auscultó ceremonioso. Los pulmones silbaban cada vez que el aire nuevo invadía los oscuros recovecos, me dijo el galeno. Sufría más a cada instante. Le miró los orines que guardaran en un frasco de cristal. Se quedó pensativo.

El señor de Yournette observaba alternativamente el rostro del doctor y el mío. Me miraba con avidez y a él otro viejo pomposo, con desinterés. El papel que escribiera sobresalía del bolsillo del viejo. Lo acariciaba con impudor. Yo imaginaba cómo sería mi vida con todo ese dinero... Sonreí. Él sorprendió mi sonrisa y supo íntimamente que yo había aceptado.

            -¿Cómo está su señoría? ¿Acaso tendremos que preparar la casa de verano para que no sufra el frío húmedo de la región?- inquirió el ama que entraba en ese momento con una escudilla de caldo humeante. El médico nos miró con dolor y muy molesto por la insolencia de ella, repuso:- La casa de verano...creo que este año quedará cerrada. No es prudente mover a su señoría en este momento.- Continuó escribiendo una nota para el boticario.

            -¿Cuánto tiempo viviré? – exclamó mi amo. - ¿Llegaré a mañana? – dijo sin inmutarse y su mirada me penetró y persiguió por la habitación en semipenumbra. Encendí otra lámpara. Esperé. La mirada del ama de llaves se paseaba de un rostro al otro, con sorpresa. El anciano doctor se sentó junto a monsieur algo confuso y tomándole la mano dijo:- Mi amigo, la cuerda del reloj se está terminando...puede usted disponer..., bueno yo llamaría a un sacerdote, si así lo prefiere...- y quedó silencioso esperando una respuesta o reacción que no llegó. Luego de estrechar al anciano salió taciturno sin volverse.

El viejo me apresó la pollera y me dio el papel. - ¡Guárdalo! Será todo tuyo si cumples con mi último deseo... como ves me muero y quiero hacerlo mirando un bello cuerpo joven junto al mío. Llamó a su ayudante. Se hizo trasladar al lecho. Se acomodó y apoyó su cabeza cenicienta en los cojines que yo acomodara minutos antes.

- ¡Que vengan todos!- ordenó con cierta urgencia. Llegaron uno a uno los servidores. A cada cual le fue entregando joyas, papeles valiosos, dinero y objetos personales. Él nunca había tenido hijos y su mujer había muerto hacía muchísimos años.-“¡Ahora salgan todos!  ¡Me quedaré solamente con Clementine. Cuando ella los llame ya podrán disponer de mí.  Y recuerden no quiero sotanas por aquí. Yo igual estaré en la “Gloire ”!

            Los hombres y mujeres salieron silenciosos y tristes. Apenas murmuraban entre ellos.

            Ya a solas en aquella habitación silenciosa; yo, comencé a desprender los cordones de mi corsé. Luego fueron cayendo una a una mis enaguas como cáscara de fruta madura. Cuando mis muslos,  mi pubis virginal y mis senos quedaron frente a él, comenzó a sonreír con una extraña alegría. Me quedé quieta. Sentía que mi piel frágil se encrespaba, un escalofrío imperceptible me ponía sonrosados los pezones erectos.  Seguramente mi rostro tornaba del rojo vivo al blanco. Sentía vergüenza y en lo más profundo el placer de saberme dueña de una pequeña fortuna.

            El anciano gesticulaba apenas. Murmuraba palabras inconexas. Trataba de acariciarme y yo me alejaba con pequeños pasos. Reía y se babeaba. Sus manos se estiraban tratando de poseer lo que tanto había deseado en ese tiempo. No pudo. Pronto se durmió. Hablaba entre dormido con mi figura que se helaba a pesar de la leña crepitante. Yo también soñaba. A mi mente venían imágenes, sensaciones y deseos de un futuro lleno de bellos coches tirados por dos caballos, ropa con volantes de encaje y plumas en los sombreros.

 

Nunca despertó. Pasó una semana. Aparecieron como cinco parientes que se acomodaron en la gran casa. Cada uno pretendía ser el dueño de todas las tierras, casas de alquiler y haciendas que poseía el hombre.

 Cuando indiqué que tenía que cobrar su donación; se rieron hasta el delirio. Yo me quedé callada. Salí de la casa con la idea de buscar a un licenciado en leyes que me ayudase. Que hubiera permanecido desnuda frente al viejo, era un secreto que sólo conocía el ama y el ayudante del señor. Los servidores eran mi único testimonio. Los intrusos no sabían por qué yo pretendía cobrar el dinero. Con ese hecho clandestino, callado por seguridad, yo tenía algo más, que a veces ocultaba en el zapato viejo y otras en el bolsillo de aquella chaqueta poblada de agujeros que me dieran del amo. Era el pasaporte a mi futuro. Con ello tendría una vida digna de ser vivida. Me reivindicaría de los múltiples sufrimientos. Compraría una casa de campo y un carruaje para mi triste madre, podría tener esas alhajas de oro y granate que vi en un escaparate de la ciudad hacía tiempo, vestidos de seda y encajes para mis tres hermanas y una dote para casarlas, lograría tener hasta a un puñado de sirvientes. Sería factible mezclarme con gente distinta a la que acostumbro a frecuentar.

  Llegué con un abogado y mi papel a la vieja casa. Nadie creía que eso fuera legítimo. No querían darme mi parte. Yo, en forma silenciosa y firme seguí peleando. Mandaron mis papeles a la capital. El técnico grafólogo cobró demasiado, pero probó ante el juez, que el papel era un legado auténtico y nunca sabrán que el hijo que engendré es nieto de monsieur, ya que su ayudante de alcoba, es el hijo. Él, es mi amante.

                                                

                   Monsieur : señor

Ma petit : mi pequeña

Gloire : gloria

 

 

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