¡No es fácil regresar con los músculos distendidos y la mente dispersa, a la edad de la risa!
El auto se desplazaba con urgencia sobre el pavimento caliente. Desde la butaca se veía hacia adelante un lago brillante que devenía en gris por el concreto que reverberaba con el sol. Era un sueño irreal. Era calor. Todo se transforma en fantasma con esa luz insidiosa que se incrustaba sobre la ruta.
¿Así debería ser en el desierto?
Lorena, imaginó ser abandonada en el más seco desierto del mundo. Atacama, Sahara, Gobbi...recordó haber visto un programa de Nacional Geografic Channel, hacía como un año atrás antes de estos sucesos. Algo extraordinario había ocurrido ese año... había llovido en el desierto de Atacama y en pocas horas un milagro ocurrió... florecieron miles de plantas y flores, aparecieron pequeños insectos y batracios. Todos se apareaban con urgencia. La especie debía subsistir y para perpetuar la vida.
De pronto el radio del coche comenzó con una música ensordecedora, Javier, había encendido el stereo y sonaba un grupo de rock metálico pesado de esos que hacían estremecer a Lorena. ¡Apaga eso! Sentenció o te pido que me dejes acá en medio de la nada. El sonido se adecuó al pedido de la muchacha. Cerró, Javier los ojos unos segundos y el ruido fue diferente, había reventado un neumático. ¡Es este puto calor!
Lorena elevó el vidrio de su ventanilla y encendió el aire acondicionado. Murmuró un insulto ininteligible. Su deseo de fumar le estaba haciendo una mala jugada. Cuando Javier descendió para reparar el neumático, ella se acomodó y sacó un cigarrillo. Sabía que no debía hacerlo. ¡Si vuelves a fumar tus pulmones colapsarán! Le dijo el médico. Pero olvidó por unos minutos esa reflexión y dio dos pitadas.
¡Tu afición al tabaco me tiene torturado desde que salimos de casa! Si vuelvo a verte fumando te dejo tirada aquí. El hermano sufría con esa adicción de Lorena. Miró al cielo. Quiera Dios que llueva porque no aguanto este calor sofocante. Una densa lluvia calmaría la ansiedad y el disgusto de su copiloto. Tal vez cambiaría el paisaje. ¡Esto es un espanto! Y todo por llegar a la hacienda de su abuela que había hecho un llamado para reunir a la familia. Se secó el sudor con un pañuelo de lino que quedó sucio con el polvo y el aceite del neumático. Quería llegar pronto. En realidad no quería volver a la vieja casa de Etelvina, la madre de su padre. Era tan estricta y excéntrica que escaparía apenas pudiera a la hostería del pueblo. Casas Viejas, era prácticamente todo el Valle y los alrededores. Una vez de muy chico huyó y se perdió entre los maizales y algarrobos.
Arreglada la cubierta, subió y salió apurando la marcha. El pueblo tenía 786 habitantes y la mayoría trabajaba en los campos de la abuela. Otra vez, cuando regresó de la mili, se enamoró perdidamente de una mujer mayor que él y se armó enorme lío. Era casada. Fue como una muerte social para la fulana y para él, lo corrieron con escopetas cargadas varios kilómetros.
Al fin llegaron a la tranquera. Lorena se bajó y la abrió para poder ingresar. A lo lejos, entre los árboles estaba la vieja casa. Los techos de tejas rojas parecían manzanas arrugadas y viejas. Las paredes recién encaladas, eran brillantes y ahora, con el sol más lejos, tornaban rosadas y naranja, según desde donde se vieran.
Salió a la enorme puerta verde la anciana. Su ropa de color azul profundo, la iluminaba y su cabello largo, caía sobre el pecho y la espalda en cascadas grises. Los esperaba. El amor que sentía por ellos, era indescriptible. Cuando cortaron el motor y descendieron bajó apresurada a abrazarlos. ¡Mis amores, llegaron!
Los abrazos y apretones agobiaron a los nietos. Cuando ingresaron a la casona, todo brillaba. ¿Era el sol o la imaginación de ellos?
Dejaron las mochilas y bultos sobre una banqueta que tenía las huellas del tiempo. Todos hablaban a la vez. Se entremezclaban las palabras con risas y miradas suspicaces. La abuela los empujó suavemente hacia el antiguo comedor. Allí sobre la enorme mesa de madera lustrada, había acomodados toda la vajilla de su juventud. En el centro había colocado un gran búcaro con flores del jardín que llenaba de perfume de nardos y rosas amarillas. En la cabecera... estaba el abuelo. Ceniciento y seco. Él, había cerrado sus ojos hacía como siete años. Ella todos los días, almorzaba en la mesa y le hablaba como si estuviera aun vivo.
Lorena cayó desmayada y sólo Javier tuvo la fortaleza, de tapar con un lienzo limpio el cuerpo del abuelo. Todavía se están resolviendo las tareas para sacar a la abuela de su hogar y dejar al abuelo que duerma en paz.
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