“Avanzábamos en fila india, siguiendo la luz de las linternas del
guerrillero que iba a la cabeza. Me pareció oír la voz de mamá que me prohibía
andar entre los maizales descalza.”Diario de una secuestrada por las FARC.
El Petit Hotel es lujoso. El desayuno descomunal
tiene como broche de oro periódicos de todo el mundo. Andrea lee ansiosa los
titulares del “Mundo” de Madrid, de
Los diarios traen
noticias dramáticas de extremo oriente.
Hay atentados terroristas en Europa. Mueren los niños de hambre en Centro América
donde se producen enfrentamientos entre sectores de políticas contrarias.
Andrea, sentada en la
terraza de su departamento en el piso veinte, lee los periódicos de la mañana. Duilio
salió antes de las siete. No recuerda si se despidió de ella, era muy temprano.
Hoy tiene que ir a una misa en
Será en memoria de
O´Higgins. Ayer tuvo el alegre llamado telefónico de Marcelo. ¡Su hijo
enamorado! Tendrá que volver
a Buenos Aires. Tiene que conocer a esa chica. ¿Cómo se llama? Mariana… Se ve que está muy enamorado. Marcelo
querido, ojalá no deje sus estudios. Se va a poner el abrigo de nutria, hace frío y el sombrero italiano. Si no,
mejor el de zorro blanco, ese
hace juego con el sombrero. Faltan unas horas. En el Mercurio, no hay ninguna
noticia de Argentina. Según Dulio, las reuniones y acuerdos con cancillería
están paradas. Hay muchos problemas con
los límites en el sur del territorio.
Sale dispuesta a vestirse. Suena el
teléfono de su habitación. Atiende.
-
¡Hola!
Sí habla Andrea. ¿Quién? Ah, si, como
estás Florencia? Yo, preparándome para ir a la misa de
Cuelga y entra al baño. Cuando sale
está maquillada y peinada. Su pequeño calzón y las medias de malla fina se le adhieren
a la piel. Está muy delgada. Se mira al espejo. Aún es joven.
Se pone un vestido color verde. Un
collar de perlas. Aros haciendo juego. Los zapatos completan la figura. Se sabe
elegante. ¡Usa el perfume favorito! “First” de Van Cleff” Se pone el sombrero
de piel. Toma la cartera y abrigo. Sale. El chofer está a su disposición.
Cuenta con ello.
- Buenas noches.
Un empleado del hotel sale corriendo para decirle que tiene una llamada
en espera de Duilio. Se detiene y acude para escuchar con pena que esa noche y
otras al parecer no podrá venir a estar con ella. Se disculpa, pero hay
problemas muy graves con un grupo insurrecto en el sur de Santiago.
Cuando cuelga el teléfono, siente un dolor muy grande. Sabe que es el
principio de un fin inestimable. Es la primera noche en veinte años que él no
duerme con ella. Presiente con dolor que serán muchas las noches que pasará
sola en lo que se ha transformado en su hogar. Un coqueto departamento de
hotel. Sale del dormitorio. Apaga la luz. Casi es un símbolo.
Regresa al auto que atraviesa calles que hormiguean
de gente con pancartas y militares armados escoltando a ciertos automóviles.
Cuando se detienen en el teatro observa gran
cantidad de carabineros rodeando lo que hasta hace pocos días era un páramo
feliz.
El teatro bulle. Gente que ríe y espera la entrada
en escena del director de orquesta. Silencio. Se apagan las luces. Con
Florencia en un palco, observan ese mundo irreal de personas. Las hay jóvenes y
viejas, lindas y feas. Nativas y extranjeras. Aplausos.
Entra el “Maestro”. Ya están los
músicos en sus puestos. Entra un joven moreno saluda y se sienta al piano. Como
en un cuento de hadas todo se pone en movimiento. El éxtasis de la música la
eleva de este mundo. Sólo pasan por su mente recuerdos de la infancia.
Su padre, culto y fino, contándoles historias de
viajes. Su madre, verdadera amante de la música. Recuerdos mezclados con esa
sinfonía de Beethoven. La niñez, la juventud. Recuerda el día, en que Duilio le
dijo que la amaba. Su noche de bodas. Los besos. La enorme soledad tras ser
elegido diplomático en Chile. Aplausos.
Ha terminado la primera parte.
Salen con Florencia al hall de descanso, donde
camareros sirven bebidas y pequeños bocados de caviar y centolla. Los famosos
vinos chilenos corren en las copas de cristal. Cree que los argentinos son
mejores pero no opina. Es de mal gusto.
En
el pasillo siente que una mano la toma por el hombro tímidamente.
Se vuelve y se
enfrenta con el “Hombre”.
- “Buenas
noches”- Su escaso español es rudimentario. Ríe con fuerza. Él está más feliz,
que nadie de decir esas palabras.
- Buenas
noches, señor. ¡Y señala a su amiga que observa a ese hermoso hombre rubio!
- My friend Florence Padilla
Herrera. El señor Edgar Juvar
Leylakson… es americano, de Texas; y no habla español. Además tiene un apellido
complicado, querida, perdóname.
- No te aflijas. Buenas noches, good, good!
- Mi, aprende español, señora. Poco, chico.
- Bueno; está mejor así. Andrea, nota que él, la ha tomado del brazo tratando de
sacarla hacia el gran salón dorado para hablar. Lo sigue. Se para frente a ella
y se queda mirándola. Pasea su mirada con pulcritud y atención. Luego hace un
gesto de aceptación y gusto. Ese piropo mudo la pone nerviosa. Se da cuenta que
ese hombre la inquieta. Piensa en Duilio y su mirada se cuaja de lágrimas que
escasamente pudo controlar hasta ahora. El hombre la ve y no entiende nada.
- Andrea no… ¿qué pasa a usted? Yo tengo que
advertirle que esta noche tendremos una bomba. Mi tener noticias de un político
de acá que está escondido.
- Nada. Nada. Perdón. Se da vuelta y trata de
alejarse. Florencia inquieta, no comprende.
En puro inglés le explica al hombre que Andrea, hace
poco ha perdido un hijo de dieciséis años en un accidente y que aún no puede
escapar a ese dolor de madre.
Él se acerca. Toma su mano blanca y la besa con profunda emoción. Casi
con reverencia, la mira y le dice:
- Amiga… mi sentir, acá, pena mucho pero es que
tener que irnos rápido. Bomba estallar en cualquier reloj, digo momento.
- Gracias. No nos iremos por una estúpida e
imaginaria bomba. Además está lleno de militares.
Suena el llamador del salón y
ruidosamente, presta la gente entra en la platea y balcones. El sigue con su
mano fina, entre las suyas hermosas y
fuertes. No quiere soltarla. Quisiera darle fuerza. Su seguridad y quitarle ese
dolor que tiene en el alma. Sacarla del peligro.
Ni Andrea ni Florencia, ni todos los que esperan con devoción la música
saben que en el estuche del violín del “Comandante Músico” está armado un
explosivo plástico que destrozará no sólo el teatro, sino una o dos manzanas
alrededor de la sala de concierto.
Comienza el primer movimiento del Mesías de Haendel y un sonido sordo
alerta a los guardias del teatro, pero no tienen tiempo de avisar al público.
Comienzan la luz a parpadear en la sala igual a las advertencias frente a un
sismo de los frecuentes en el país.
Ella recupera su mano. Tiembla. Se separa con un gesto serio.
- Buenas noches señor Edgar. Gracias. No piensa en
el aviso que le dieron.
- Buenas noches, señoras. Yo me retiro. Si ustedes
no me creen no las veré más. Quisiera ir con ellas pero sabe que no puede. Él
no está libre del control de la gente de su embajada. Además, ella es una mujer
casada y las convenciones dicen que debe respetarla.
La segunda parte de concierto los sorprende, tratando de encontrarse y descubrirse
entre el gentío.
Ni siquiera Haendel, con su hermosa música, puede sacarlos de esa
desesperada y desconcertante búsqueda. Al fin, él la encuentra. El palco de
ella es ése. La observa plácidamente. La nota distraída. ¡Andrea! Saborea el
nombre. Casi besa cada letra del nombre prohibido. Esta mujer lo tiene loco.
Extasiado. Nunca le pasó…
De pronto ingresa un grupo de oficiales armados y dan la orden de
desalojar el teatro.
La gente sale rápida y atropelladamente. Corre hacia el estacionamiento.
El chofer que está atento la ayuda a subir y escapan por la avenida. De pronto
un tremendo estallido conmueve el gran predio del teatro. La explosión es verdadera
y muchos han quedado atrapados en el fuego.
Los recuerdos se agolpan en su memoria. Retirado en
un portal cerca del lugar su mente vaga por el ayer.
Así fue aquella primavera, tenía veinte años. Lo
mataron los fríos de ese invierno en Texas. Su amada América. Los latigazos
finales de la guerra de Vietnam le retumbaban en los oídos. Casi lo matan en
una emboscada en el camino de Vietcong.
Él se salvó por tener una herida en el brazo
derecho, que era el que le permitía tirar. Fue desplazado a los meses de
arrastrarse bajo la lluvia en el lodo. Prefiere no recordar. De nada sirve.
Andrea desconoce todo sobre ese galante amigo que
acaba de perturbar su vida.
¿Lo encontrará? Está,
del otro lado de la ciudad. ¿La mirará si la ve? ¡Su cara arde, tiene una
confusa vergüenza! ¿Qué le pasa? Siente placer. ¡En esa mirada, descubrió que
le importa a alguien! Siente vergüenza, es una mujer casada. Es madre. Marcelo,
está de novio. Podría ser abuela. Sin embargo levanta la cabeza y desafiando su
vergüenza sueña despierta.
¡Florencia la observó, siguió la dirección de la mirada de su amiga y dio
un respingo! Vio, que había una corriente amorosa entre esas dos miradas. Ríe,
por dentro. Tal vez es testigo de algo especial y hermoso. El secreto
descubierto, la llena de excitación.
Mientras sigue pensando en el texano, Andrea, siente una abrumadora
desdicha. ¿Por qué le sucede eso a ella? Es como si un imán gigante le obligara
a pensar en ese hombre. Su vieja soledad está presente.
Le recorre lentamente la imagen en el interior, quiere dibujar su
memoria.
Él debe aprender rápido esa lengua de pájaros. Si aprendió japonés,
vietnamita y chino en otras misiones. ¿Cómo no va a aprender ahora?
Seguramente pronto conquistará el amor de esa mujer bella, madura y
triste. ¡Gracias a Dios la salvó del atentado!
- Señor Duilio Pedriel Echagüe, de la embajada de
España, necesitan hablarle. Lo esperan
unas personas.
- Haga pasar ahora mismo a esa gente.
- Buenos días. Pasen y pónganse cómodos.
- Venimos con graves problemas y esperamos que usted nos ayude.
- Adelante, escucho. Tocando un pequeño botón llama
y aparece un joven, a quien pide le traiga café, para ese grupo de hombres y
mujeres.
- Quiero que ustedes me confíen, ¿qué sucede?
- Señor Predriel, somos un grupo de turistas
españoles que al salir de Ezeiza, teníamos nuestra documentación completa y en
regla. El avión de Iberia que nos trajo hasta acá, hizo un vuelo normal. Pero
al llegar a territorio chileno, descubrimos que no teníamos más nuestros
documentos. Esto es realmente un problema grave. Estamos ilegalmente en Chile.
Salimos legalmente desde España y desde Argentina…
- Me dejan perplejo. Ustedes han sido víctimas de
un grupo de delincuentes internacionales. O bien sus documentos han
desaparecido por arte de algún traficante… Pueden
ser terroristas. En fin, déjenme los nombres, es decir, todos los datos posibles. Yo voy a solicitar a
mi gente que comience a investigar. De cualquier modo, hay que avisar a Madrid,
Buenos Aires, Interpol, no sé. Ya veremos, habrá que asesorarse. El derecho
internacional, debe contemplar este caso.
- Señor Pedriel Echagüe, mientras tanto, ¿podemos
salir de esta embajada? De lo contrario, iremos todos presos.
- Pero la embajada es chica, ustedes son seis
personas. Acá será imposible atenderlos y darles comodidades.
- Para colmo, no somos matrimonios. Vinimos como investigadores además de hacer un poco de
turismo.
Dios, sí que se crea un problema. Buscaremos la
forma. Hablaré inmediatamente con el Señor Ministro de Relaciones Exteriores,
el General a cargo. Él lo hará con nuestra embajada.
Sale de su despacho, y siente que las cosas lo tienen rebalsado.
Quisiera irse y dejar ese grupo de gente y no volver a verlos. Además el tema
de los Gendarmes que se pelearon en plena cordillera con los carabineros complican
las tratativas. El embajador de España está en su tierra y ha quedado un
empleado de segunda categoría a despacho.
El tipo ese que se pasó con una lancha de pesca en aguas territoriales.
El tema del contrabando de cocaína, lo está esperando. ¡No doy más! Basta quiero
salir corriendo. Quiero descansar unos días.
Piensa en Andrea, que siempre sola, le dice con sus ojos tristes que
espera atenciones y compañía. ¿Qué puede hacer él solo! Y la imbécil de la gobernante
que es un títere de su secretario. Que parece que sin el marido vivo no sabe tomar
determinaciones. Tendría que irrumpir un gobierno militar fuerte como el de
Chile. ¡Le largan todo a él! Y ahora esto es el colmo.
Llama
al despacho del jefe. Responde la bonita secretaria.
- ¡La señora presidente no está! Se fue a Mar del
Plata. Vuelve el jueves, después del medio día! Dejó esto para usted, dice que
hable con su secretario si necesita algo urgente. “Lopecito” tiene toda la
autoridad que necesita.
- ¡Señorita Maribel, tengo tantos problemas y él,
no está nunca!
“Venga, Duilio, siéntese un minuto, descanse. Le serviré
un refresco y buscaremos juntos las soluciones” era la respuesta. Un whisky y
hablar de los perritos, de Madrid y del horóscopo. Yo hace ocho años que estoy
aquí y puedo ayudarlo un tanto. Tranquilo, Duilio. Se volverá Loco”
- Gracias Maribel, en este momento sueño con irme a
una isla desierta. ¿No me acompañaría?
- Calma, calma. Yo lo ayudaré. Don Duilio, pero
despacio.
Duilio se distiende, se tranquiliza y le explica el problema que tiene.
Ella se dedica a buscar una respuesta oportuna, se pone a su lado, se inclina y
le dice:
- Amigo mío, todo tiene solución. Juntos vamos a
encontrarla. En mi opinión, dado, que ya a habido varias denuncias de robo de
documentos en este mismo tiempo y con igual sistema, yo he pensado que hay
alguien está en la tripulación de los aviones, o bien viaja regularmente,
espera que la gente se duerma en el avión y luego de estudiarlos, los despoja.
Podría robar otras cosas. Pero este personaje solo roba pasaportes y
documentos. Luego deben ser vendidos. Mis años, no en vano cumplí cuarenta y
ocho y veinte en esta embajada, me da la corazonada.
- A altísimos precios… ¿cómo, no lo pensé antes? Sí
está muy claro. La gente los modifica… para eso hay excelentes falsificadores y
entran clandestinamente a otros países. Sí, pueden ser contrabandistas.
- ¡No, Duilio, para mi son terroristas!
- Quiere decir que pasan impunemente por territorio
Argentino. Eso es terrible. Maribel ¿Qué
hacemos?
- ¡Avise ya, al servicio de Inteligencia, de este modo
ellos encontrarán la forma de terminar con el problema!
- ¡Hay que llamar a Buenos Aires…!
- No Duilio, vaya personalmente. El caso es grave.
Yo le daré datos del jefe del servicio de nuestra confianza, el Coronel
Bermúdez y Mayor Canardi, además hay gente muy bien infiltrada que ni usted se
imagina, está de nuestra parte. Después de todos los detalles. A las 14,30 sale
un avión de Aerolíneas Argentinas. Avisaré le guarden un lugar.
- Sí y avísele a mi mujer. Iré a buscar ropa, un
pequeño neceser, pijama.
- Así me gusta Don Duilio. Usted debe demostrar que
es un hombre inteligente y hábil.
- Maribel…, Gracias. ¿Qué haría yo sin su ayuda?
Ella sabe que le ha dado un dato importante. Se anotará él los triunfos.
Pero a ella le gusta ese hombre. Lo quiere para ella. Sólo el tiempo y su
inteligencia le permitirán atraerlo. Ella es joven y bonita. No pierde nada. Su
vida, ya está destrozada. Cuando se casó, enamorada y feliz, no sabía que junto
a ella había un sicópata golpeador, que disimulaba su problema para poder
heredar una fortuna de la madre.
La boda fue preciosa, llena de gente que creyó en su eterna felicidad. El
vestido blanco, de un modisto famoso, parecía
de cuentos de hadas. La iglesia llena de flores. El coro, cantando el “Aleluya”
de Haendel. Los invitados. En esa época era una idiota. Creyó que él era fino y
delicado. Que por discreción no la besaba. Era tan dulce. Después, la besaría,
después, la llenaría de éxtasis.
Llegó el después. En el hotel, donde fueron luego de la interminable
fiesta, la acompañaba un joven tan fino y delicado como el monstruo que
escondía. Entraron juntos a la cámara la empujó con fuerza, se golpeó y la
levantó con un puñetazo. Ella creyó que era una manera graciosa que tenía para
jugar por culpa del alcohol ingerido en la fiesta. No.
Cuando él la hizo sentar en la punta de la cama y le habló con esa dura,
suave y dolorosa calma ella pensó que se moría. Fue un golpe tremendo. No
lloró, ni gritó. No dijo nada. Agachó la cabeza. Llovieron de entrada las
obligaciones impuestas por la fuerza brutal. Todo tiene que ser así con
exquisita prolijidad.
Él trató de consolarla. Debía esperar un tiempo. Acostumbrarse a su
forma de ver la vida. ¡Violenta!
¡Era hermosa y encontró un hombre que la adoraba! Pidió de mil formas
perdón por ese engaño. Debía hacer la voluntad del sicópata furioso por
momentos y cariñoso en otros. Pero la muerte al alma, que ella no merecía,
quedó incrustada en un permanente dolor en el pecho y ganó una psoriasis que se
curaba en verano con el agua de termas y el mar.
No lloró, ni gritó. Pero ¿como iba a llevarle a su familia ese terrible
fracaso? Esa vergüenza. Le pidió un favor. Silencio y disimulo. Un tiempo de apariencias.
Él, cínico, aceptó. Estaba seguro que la dominaría. Era una mujer
inteligente, fuerte, madura. Sólo ella sabía hasta qué punto estaba muerta por
dentro. Si pudiera matarlo, pero la vida parece que se prende con ansias,
cuando la gente sufre y no se atreve a buscar la salida.
Sí, ella conoce la vergüenza, de ser rechazada y golpeada hasta romperle
huesos. Aguantó con mentiras en las salas médicas frente a profesionales que no
creían en caídas y accidentes caseros. Pasó casi un año, aceptó que seguiría
viviendo en ese departamento que les regalaron para la boda. Era tragicómico,
cenaban juntos y ella se iba sola a su cama cuando podía escapar a sus
exigencias o a sus rechazos. Miraba televisión, leía. El a veces la buscaba y jugaba
a ser esposo con un amor infantil enfermizo. Loco. Hipócrita.
Pero se fue acostumbrando poco a poco. Ahora ya no la molestaba. Era tan
prolijo, detallista como una buena muchacha criada en colegios de señoritas. A
veces charlaba como un amigo fiel y
cariñoso. Otras, la invitaba al cine o al teatro. Luego por cualquier motivo
arreciaban los tormentos. Llegó el día que le negó dinero para comer y
vestirse. La dejaba encerrada y arrancaba los cables del teléfono. Estaba sola.
La gente dejo de hacer preguntas. Su Familia dejó de interrogarle para
cuándo tendría un hijo. Les dijo que era estéril. Les mintió tantas veces, que
ya sus mentiras fueron verdades. ¿Donde estaba el límite de la locura? Ella lo
conocía, cada noche, cada día, estaba más loca. Obligada por la necesidad entró
a trabajar en la embajada y comenzó a vivir en un clima diferente.
Allí los hombres eran aparentemente normales. La buscaban. Al principio
tuvo escrúpulos. Después perdió la vergüenza. Al tiempo descubrió a colaboradores
agradables entre los compañeros, no le pareció nada sorprendente saber que
muchos tenían esposa e hijos pero insinuaban salir con ella.
La primera vez que un buen hombre se la llevó a un hotel, le pareció un
paraíso. Ella era sana, normal. Le pidió ver su cuerpo desnudo, él… nunca se
imaginó que necesitaba tanto sentirse así. Por primera vez lloró, frente a ese
torso dorado de un hombre que al ver sus cicatrices, sus cardenales y heridas
se horrorizó. Se escandalizó y le besó las marcas. Disfrutó cada instante como
si fuera el último. Lo besó sin vergüenza. Era un delirio.
El amante no entendió cómo esa
hermosa, muchacha, casada hacía un tiempo, aún era virgen. Virgen, santa, pura…
Allí dejó su himen y allí dejó su pena. A partir de ese día, cambió su aspecto.
Se peinaba de otro modo, se maquilló diferente. Usó ropa más sexy.
Sus amigos la vieron cambiada. Su marido la llamó y le preguntó si era
feliz ahora y le dio una golpiza que estuvo una semana en cama. No lo podía
creer. ¡Que cínico y desfachatado! Le ofreció seguir viviendo juntos como hasta
ahora. Ella le dijo que no, que no podía más. Lo odiaba. Él le volvió a pedir
perdón. La denuncia la puso el Instituto de Salud donde había ingresado muchas
veces; al marido lo excluyeron del hogar con prohibición de acercarse a
doscientos metros de la ex esposa. Desapareció del país, huyó al extranjero con
la fortuna de su madre que había dejado internada en un Hospital para enfermos
mentales.
Ella se fue a Chile, no quería ver más a ese maldito imbécil que le
arruinó la vida. Había comenzado a vivir.
La venganza ahora era conquistar a Duilio. Le importaba poco que fuera
casado. Lo quería para ella. Sería su desquite.
- Papá, ¿Cuándo llegaste a Buenos Aires? ¿Vino mamá
también? ¿Por qué no la trajiste?
- No pude Marcelo, mañana vuelvo a Chile. Vení, que
te doy un beso. ¡Me parece mentira poder estar con vos! ¿Cómo te llevás con tu
abuela?
- Bárbaro es tan buena y cariñosa. La quiero tanto.
Hablamos mucho. Tengo poco tiempo para escuchar sus viejas historias. Pero la
amo. Me espera y me acompaña. ¿Y Verónica? ¡Y Florencia?
- Mamá… bueno, está acostumbrándose de a poco a la
nueva vida. Ella está menos triste. He notado en su mirada, una nueva chispa de
alegría. Pequeñita… claro. La veo poco. ¡Tengo tanto, trabajo! Verónica es un
torbellino. Tiene un grupo de chicos amigos con
los que sale a bailar, los veo
porque son hijos de otros diplomáticos, o bien vecinos. Pero casi no tengo
tiempo de hablar con ella.
- Eso es malo papá. ¿Te acordás de Armando? Acaso
si él viviera, mamá no estaría tan apenada. ¡Por favor Marcelo, no toques ese
tema! Yo no puedo superar ese dolor.
- Papá, quiero contarte algo…
- ¿Cuándo rendís? ¿Tenés algún problema?
- No papá. Estoy enamorado. La chica es buena. Una
piba divina. Quiero contarte mis sueños.
- Marcelo, cuidate, sos muy joven. Te falta tanto
para recibirte. ¿Qué hace ella?
- Estudia medicina, igual que yo, en serio, es muy inteligente,
cariñosa y hasta sabe cocinar. Es como mamá, una mujer diferente.
- Bueno, creo que mujeres como tu madre hay pocas. ¡Es
un privilegio tener una mujer así! Quiero conocerla.
- Está bien a la tarde la llevaré a Ezeiza. Y allí
la conocerás. Papá, me voy a la facultad. ¿Almorzamos juntos?
- No, a la hora del almuerzo estaré con el jefe de
- Hasta luego. Suerte.
Su padre no sabe que es escribiente en la
oficina de Bermúdez y Canardi. ¡Es mejor!
Sale casi corriendo. Tengo que llegar a horario. Tiene muy poco tiempo,
la clase comenzará enseguida. ¡Cuando llega el profesor lo mira con desdén!
Mariana, lo ve llegar y suspira. Sabe que algo ha pasado. Él se acerca y
por debajo de la pileta le toca la pierna donde yace un cadáver abierto para
estudiar. Ella da un paso atrás. El se disculpa en voz muy baja. El profesor
continúa la clase contrariado. No le gusta la gente impuntual.
Un grupo de estudiantes irrumpe en la clase y comienza a arengar a los jóvenes.
“Compañeros, el odio como factor
de lucha, el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las
limitaciones naturales del ser humano y los convierte en eficaz, violenta
selectiva y fría máquina de matar. (Señala al cadáver) Nuestros soldados tienen
que ser así: Un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal, como
son los tilingos profesores oligarcas y dictadores del pueblo. Sigamos hasta el
triunfo total. Revolución o muerte.”
El doctor Menéndez, los ha dejado hablar y los mira con pena. Sabe que
en poco tiempo serán derribados por las armas de una sociedad no tan utópica
como la que ellos declaman. Tiene años de estar tras la cátedra. Ve como
algunos alumnos aplauden y otros, contrariados, se hacen a un lado. Los
revolucionarios salen y él termina la clase.
Y cuando acaba, Marcelo, toma a Mariana y la lleva al coche. Tiene que
contarle que su padre está en Buenos. Aires. Pero cuando la ve junto a él, no
puede y estalla en su pecho la pasión. La abraza con toda su fuerza y la besa.
Ella protesta un poco, pero le devuelve sus besos. Son su lujo.
- Papá está en Buenos Aires. Pero se va esta noche.
Quiere verte. Yo le hablé mucho de ti.
- Me dará mucho gusto hablar con él, pero será
bastante embarazoso. Por supuesto que iré a cambiarme, aunque pierda la clase
de clínica.
- Ni se te ocurra. ¡Sos tan hermosa; así!
- No querido, quiero que tu padre vea que no soy
vulgar. ¡Además me comparará con tu linda madre y saldré perdiendo!
- ¡Tonta, así estás lindísima!
- Tengo
una idea, iré a comprarme ropa para salir a una despedida de soltera. Si me
acompañas, elegiremos juntos. Vamos por Cabildo.
- No tengo otra idea, en vez de hacer compras, amémonos
y yo tengo menos idea de comprar ropa de mujer que; ¡será una nueva
experiencia, para mí!
- ¡Te enseñaré como ayudarme a elegir! Será lindo y
divertido.
Tomados del brazo, caminan por Cabildo. Entra en algunos “negocios”,
ella, ve prendas alegres, juveniles, novedosas. Se prueba. Él con paciencia la
espera. Cuando algo le gusta se lo dice. Ríen juntos cuando algo no es para su
tipo.
Compra un vestido de color turquesa
oscuro. Como chaleco peludo de seda y además compra un sacón azul marino de
“boucleé” moderno. El conjunto es alegre. Le queda lindo. Él tiene la bolsa con
su ropa usada y ella se peina. La deja un minuto. Recuerda que su padre le dio
dinero esa mañana y le compra una preciosa cadena dorada. ¡Le quedará muy bien!
Se acerca y se la pone. Salen tomados de la mano. Están felices por ahora.
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