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jueves, 26 de marzo de 2026

OTRO DE FÚTBOL

 

¡Odio el fútbol! Pienso que por culpa de ese juego, los jóvenes de hoy se embrutecen. Cuando digo eso me quieren linchar. Lo entiendo. Se mueve tanto dinero alrededor de ese deporte.

Justo ahora que va a haber un Mundial, prendes la tele y ¡qué hay?: fútbol, los anuncios comerciales se la rebuscan y te meten el balón hasta para vender una galletita, los modistas del mundo crean ropa inspirados en el fútbol. Hay cocineros que preparan platos con color, forma y sabor a pelota de… fútbol. Ni te digo, Martina, que hasta he visto que los mejores grupos musicales se hacen matar para crear una pieza que represente a… los equipos de las ligas de cada país. Gente que se queja que no tiene ni un peso en el bolsillo, anda buscando dinero de países del continente europeo como rublos, euros, dólares, yenes y qué se yo qué, para poder ir a ver el…fútbol.

Nadie habla de otra cosa que de lo caro que salen los pasajes para el mundial, de qué van a comer, cómo será el clima en el fin del mundo donde se juegan los partidos y bueno… ni hablar de la venta infernal de banderas, camisetas y gorros con los colores de los países que participan.

¡Pienso, ¿están todos tan locos o idiotas que no piensan en trabajar, estudiar o disfrutar de otra cosa? ¡Pero no, veo que el raro soy yo! En la oficina me miran rarísimo. Creen que soy homo fóbico y en realidad soy “futbol fóbico”. Soy el “Rara Avis” de los mediocres que no aman el deporte popular. El resto son los normales. Hacen apuestas, se pelean, discuten, se creen que van a cambiar el mundo con el balón.

Yo les digo: “¿Che, cuando todo esto pase, se termina el hambre en el mundo, en África tendrán más agua en los pueblos alejados, lloverá en el Sahara cada diez minutos, no se quemarán más los bosques, se terminará el recalentamiento mundial? Y a que no sabés, me han llegado a tirar con una carpeta y no te puedo pronunciar las palabrotas que recibo. Me ha dicho sádico, estúpido y bueno de todo lo imaginable.

¡No, no me digás que te gusta el fútbol, que te vas al mundial! Perdóname  Martina pero acá termina lo nuestro, yo no me pienso casar con una mujer que deja su facultad para ver un mundial de fútbol… porque el día que tengas un hijo, capaz que se muere porque vos está pegada al partido entre “Las Toninas y Palmera Azul” de la concha de la lora. ¡Salí! Me ofende tanta estupidez. Pásame ese libro que me voy a poner a ver dónde carajo es este nuevo mundial.

lunes, 20 de octubre de 2025

LOS ACANTILADOS

 

La buaturé seguía por la angosta carretera de cornisa. Dentro viajaban los oficiales de la GESTAPO. Sus uniformes impecables, dominaban el espacio y las manos lechosas de los jóvenes militares, contrastaban con el rubor de sus mejillas. Eran casi niños. Ya habían muerto en batalla los viejos combatientes de muchas contiendas. Heber, había salido de sus últimas cátedras de física en su ciudad: Berlín. Su madre había llorado varios días y en las noches caminaba como un sonámbulo dentro de su habitación. Él, creía en las palabras del Führer y se entregó maravillado a su trabajo. Otto, era rústico y desconfiado. Miraba con resignación esa tarea que no le gustaba. Añoraba su granja, sus tropillas de caballos y yeguas, que largaba en los alrededores del río. Frank, era muy religioso. No hablaba y leía obstinado su Biblia.

El camino se fue estrechando y comenzaron las rocas multicolores y los precipicios, el chofer era un regordete anciano, que dejó su familia obligado. No quería entrar en esa vida. Su ropa era estrecha, le dolían los pies, con las botas viejas y muy usadas que le habían proporcionado. Además, fumaba unos extraños cigarros de un olor a muertos espantoso. Frank, le dio suavemente la orden que dejara de hacer eso. Fumar. Él, se le rió en la cara. Mire Niño, yo hago lo que quiero. Ya no tengo edad para disparates. No supieron cómo actuar, era falta de experiencia y no sabían lo osados e inescrupulosos que eran otros oficiales de la GESTAPO.

Al llegar a la orilla de mar, pero sobre una carretera que bordeaba cerros y viejas montañas, el auto se detuvo. ¡Debemos bajarnos señores! Los neumáticos no resisten el peso.

Otto, sacó su luguer y puso punto final al chofer. El viejo despatarrado, quedó sobre un costado. Heber se alejó, estaba fuera de si. Nunca pensó que ese muchacho, haría algo tan desopilante. ¿Mataste a un servidor de la causa? No obtuvo respuesta. Sólo escuchó la voz de Frank diciendo: Ahora el coche rodará con menos peso.

Esa locura lo sobrepasó. Heber comenzó a discutir sin pensar la reacción de sus compañeros. En el camino, entre los vientos fuertes y el movimiento de los pinos, se oyó un balazo. El cuerpo inerte de Heber, cayó por el acantilado y quedó extendido en la orilla del mar. Las olas cubrirían su cuerpo y con lo que ocurría en la zona, pensarían que había sido algún enemigo del régimen.

El coche siguió su derrotero, ellos tenían que ir a cumplir con la consigna final. Matar al Führer.

sábado, 9 de noviembre de 2024

EL NIÑO QUE NO CREÍA EN DIOS

 


                        NARRACIÓN INDIA MUY ANTIGUA, ANÓNIMA. ADAPTACIÓN.

 

            Babany era un niño listo. Su padre un buen guerrero que estaba en campaña en la frontera. Su dulce madre trataba de educarlo con el amor al Dios y había sido bautizado como sikh  en un hermoso Amrit en el templo. Y respetando a sus ancestros.

            El niño sólo veía que sus compañeros de  escuela eran muy afortunados y tenían todo lo que querían. Él, sólo poseía: el kesha (pelo largo y recogido); Kangha (peine); Kara (pulsera de acero); Kachha (pantalones cortos) y Kirpan (espada pequeña casi sin filo).

            El aprendía todos los himnos sagrados y los recitaba pero con desgano y siempre protestando para su interior. El quería un automóvil o moto ruidosa y que se entremezclara por las calles alborotadas de la ciudad, una radio para escuchar música bien estrepitosa y juguetes que veía en las ferias.

            La madre preocupada le pidió más dinero al padre, pero éste no tenía sino lo justo para mantener la familia bien sin grandes derroches. Entonces la sufrida mujer le dijo: Mira hijo mío debes hacer algunos sacrificios y Dios te dará lo que quieres.

            El muchacho comenzó a ir todos los días, después de la escuela, al templo. Ayudó a limpiar las escalinatas, el alcantarillado que llevaba el agua a la fuente, las persianas de  mármol y mil cosas hizo para que ese dios lo ayudase. Pero como no creía en Él, siempre protestaba. Un día muy enojado pensó: ¡Voy a molestarlo, lo haré ver que soy malo, él, verá que puedo ser rudo y malvado…y allí pasó lo inesperado.

            Mientras pasaba un candelabro con fuego por la imagen del dios, éste le habló: Babany…tu ira me demuestra que ya crees que Yo Soy y ahora sí, quiero que sepas que siendo reconocido puedo darte aquello que tu corazón infantil anhela. Pero recuerda que no son las cosas materiales las que te harán feliz, sino que cuando medites al amanecer en mi nombre y en Mí, cuando te explayes en el Señor noche y día, así no padecerás penas y desgracias, porque sólo Yo Soy el que Soy. Cuando regreses a un gurudwara (templo) se prudente y recita las palabras sagradas. Come con placer el “karah parshad” (alimento de mantequilla, sémola y azúcar). Ve y dile a tu madre que crees en Mí.

            El pequeño regresó pensativo y alegre; y en su hogar estaba su padre que había regresado de la frontera y llegó con una hermosa moto color mostaza.

sábado, 18 de noviembre de 2023

EL MENSAJE

“Cuando quedará mi cálida luna acumulada en mi cintura poblada de fantasmas que blanquean al trasluz el bosque, allí donde pacen los unicornios y las gacelas. El cielo se transforma en un oscuro escondite de la sombra, de allí saldrá una nave de tránsito ligero. Viajará la niña, con su perro dormido entre los brazos”.

La carta se cayó entre los pies de la joven que sorprendida, miró tras la ventanilla del tren que volaba sobre la planicie.

No comprendía el mensaje, era como un lenguaje cifrado propio de la contienda. Comenzaba a nevar y la nana la cubrió con una manta de piel. Un fuerte olor a alcanfor penetró en sus pulmones. Sabía que estaba huyendo del infierno, pero no alcanzaba a desentrañar el recado. La hiriente mirada del acompañante le daba temor, era tan dura, tan inquisitiva que creyó imposible dormir.

Sin embargo el movimiento del vagón y el suave calor que le prodigó la manta, le dieron un insinuante sopor, quedó dormida, Y soñó. En la pradera se movía un caballo que galopaba con un andar  cadencioso y firme. Montado en él, un hombre con la capa azul que envolvía su rostro y apenas se mostraba un mechón de cabello renegrido. De repente el tren se detuvo en forma brusca y se despertó. Ingresaron dos soldados vestidos con capotes negros, impermeables, de rostro enrojecido por el frío. Pidieron los papeles y la nana, asustada entregó el suyo y rebuscando nerviosa el de Ludmila, se arrebató  frente a los jóvenes, que por inexpertos, sólo osaban gritar en un idioma incomprensible. La muchacha les pasó el papel, el mensaje. Ellos intentaron leer, pero en su ignorancia, amagaron pedirle a la nana que les leyera.

La mujer abriendo los ojos y respirando profundamente dijo:

 “La niña Ludmila Trensky, es llevada a un monasterio cercano a Moscú, para ser ingresada como enferma mental. Se ruega no molestarla, es muy delicada de salud y su familia, está muy preocupada por su destino” la firma es ilegible, dijo.  Ustedes saben que los médicos y los generales tienen escrituras muy complejas. ¿Verdad?

Los inexpertos soldados, aceptaron la respuesta de la acompañante. No tenían órdenes y no se animaron a persistir. Descendieron del carromato y siguieron junto al tren hasta que éste se perdió entre el humo y la niebla.

Ludmila, cerró los ojos y comenzó a reír. Su risa engrosó el humor del vagón, otros rieron sin saber por qué.

¿Por qué les mentiste? Si ni tú, ni yo entendimos el mensaje. Me parece que ellos no saben ni siquiera las letras… sus ojos parecían los de un cordero enfermo.

¡Ay, Ludmila, si no les inventaba eso, te llevarían y quién sabe qué maldades te harían! Te salvé la vida y honra.

El caballero que  estaba frente a ambas, se atusó los bigotes y sacó una petaca del capote, y por primera vez sonrió. Bebió un largo trago de vodka y

Dijo: ¡Realmente la felicito! Supo engañarlos como corresponde, pero a mí, no. Y parándose, tomó a las dos de los hombros y empujándolas las sacó de la cabina. La manta quedó en el suelo y el mensaje cayó junto a la puerta. Era un extraño correo con notas de máximo valor militar, pero el viento lo sacó por el pasillo y se fue volando por el aire fuera del tren, perdiéndose en la nieve.

 

martes, 21 de febrero de 2023

LA IRA

 

Dejó la escuela con una pila de amonestaciones. ¡Nadie le iba a decir a ella qué tenía que hacer! Estaba cansada que se burlaran de su aspecto. ¡Sí, era mestiza y como descendiente de africanos era obesa! Su cabeza daba para más, pero no podía con la rabia que le producía ver a esas estúpidas muchachas riéndose de sus nalgas. En su país de origen las mujeres eran así, de enormes nalgas donde se acumulaba desde la antigüedad la grasa para poder superar las hambrunas. ¿Qué sabían de eso estas cabezas huecas? Su abuela le contaba que debía caminar kilómetros para poder buscar agua o llevar sus cabras a pastar. Y ni hablar de las épocas de sequía en que viajaban por el barro seco y quebradizo de los ríos sin una gota de agua. Muchos morían en el intento de llagar a un pozo.  

Cuando se rieron la primera vez, lloró. Luego comenzó a ser hiriente con el idioma de sus abuelos y finalmente golpeaba a quienes osaran reírse de ella.

Lo último fue cuando el profesor de gimnasia se burló porque ella no podía hacer ciertos movimientos y sus grandes piernas rodaban por el suelo brillante de la pista de básquet. Y lo peor fue que vio una seña obscena y le propinó una trompada con tanta furia, que le rompió la mandíbula a la preciosa “Reina de la Primavera”, de la escuela.

Sabía que en su casa se armaría una guerra. La madre la correría con una escoba y la abuela la ayudaría a esconderse.

Siempre la abuela, en las noches frías le contaba las historias que vivió en su África lejana. De cómo las tribus se mataban entre sí, de cómo raptaban a las niñas y las vendían a los hombres blancos que las llevaban a los burdeles. De ella aprendió las canciones de dolor e ira, de amor y ensueño. De ella aprendió a cocinar y a preparar el lecho para abrigar a los pequeños.

Cuando vinieron a este continente, sólo traían la tristeza y la pena por sus árboles viejos que habían abrazado antes de partir. Pero sabían que de quedarse allí los matarían los vendedores de diamantes o de oro. La abuela también le enseñó a odiar.

Llegó a la casa y encontró a sus hermanos sentados en la escalerilla de la entrada. Algo pasaba adentro. Ingresó de puntillas y escuchó la canción de pena de su madre a los muertos. La vio. Estaba cubierta con una de las únicas telas hechas en la aldea a mano por las mujeres de entonces. Corrió y abrazó a la mujer que quieta y fría parecía de cera. Carbón apagado y silencioso.

Un grito, un alarido salió de su garganta áspera y doliente. La ira la llevó a tomar una botella y reventarla en el suelo junto al lecho donde dormía la abuela. Se echó a los pies y lloró dos días hasta que la llevaron a un campo santo. Ella no creía en un Dios bondadoso. Ella era un fuego encendido dispuesto a todo. ¡Y salió su rabia! Caminó hasta la escuela y le prendió fuego. Bailó una danza antigua mientras veía las altas llamas que quemaban el edificio donde había sufrido tanto.

Esa noche la buscó un auto policial. La encerraron en una celda donde cantó hasta la madrugada en el idioma de sus ancestros. Después de un corto juicio, la dejaron salir porque aun no había cumplido los trece años y la Juez comprendió el sufrimiento de la niña. 

 

 

           

 

 

 

 

lunes, 29 de noviembre de 2021

EL ÁNGEL NEGRO

  

            Estamos cruzando el río con una canoa frágil que compramos con nuestros ahorros. Es pequeña y pintada de colores vivos. El río se desliza suave como un reguero de miel o aceite entre un sin fin de plantas. Hay ruidos desconocidos por la costa. ¿Serán monos o aves? No tenemos idea de dónde provienen. No le tenemos miedo. La aventura nos ha superado. Primero la avioneta se descompuso en medio del tramo que nos llevaba al puerto, luego caminamos por una ruta contraria hacia donde queríamos ir, nuestro viaje de tres días está durando trece.

            Chalo dice que ese número no hay que nombrarlo, es mufa. Yo no creo en esas cosas. Rolando que es medio místico, nos alienta con unas oraciones que parlotea a toda hora. Me cansa, pero no le digo nada porque es bueno y ayuda en todo. Seguidamente al llegar al único puerto que encontramos había sólo una canoa. Ésta que se desliza como sobre miel caliente. Gracias a Dios no estamos solos, hemos visto algunos nativos caminar por la orilla. Nos miran con su boca desdentada y nos hacen señales que no entendemos.

            Giro y un sordo ruido surge entre las frondas. Es una imagen extraña. Lo que vemos es como un enorme ángel negro con un par de alas emplumadas que se abren sobre nuestra bonita canoa. Pareciera envolvernos con sus alas de grafito brillante y garras afiladas. Clava sus grandes ojos en mí. Me toma por el hombro y me sostiene sobre el río como un juguete sin forma. Lloro con desesperación. El número trece, pienso y con un llanto de cobarde, me lanzo a gritar y a golpear con mi mano ensangrentada al Ángel Negro. Los nativos vociferan y saltan de alegría. Ahora entendemos que ellos esperaban eso. Le grito a Rolando que rece por mí. Un dolor cálido me consume mientras mis alaridos se pierden para siempre. Ellos siguen navegando huyendo de ese monstruo alado que ya sació su hambre.

 

SALTÓ AL BALCÓN


 

            Mi viejo era un héroe. Viajaba siempre al interior con la chata llena de mercadería que vendía en el campo. Con lluvia y con sol, con viento y con calma el iba por caminos internos, no por las rutas. Las rutas las usan los comerciantes grandes, los que llevan muestras. Él, no, el vendía ollas, juguetes, ropa de campo, zapatos, alpargatas, cuchillos y mil cosas que conseguía en los galpones de la aduana o en garajes escondidos de los grandes comercios.

            Dormía en la camioneta o tal vez en algún cuchitril, de esos que hay por los caminos con luces de colores y flechas que dicen “Hotel” y son de cuarta. Mi madre lo adoraba. Y nosotros, los cinco hermanos también.

            La Lidia, aprendía piano, con doña Tiburcia y cuando sentía que llegaba rezongando la chata, se sentaba en el piano y tocaba y tocaba y mi padre la miraba y lloraba. De alegría lloraba. Yo coleccionaba “El Gráfico” y él, se sentaba en un sillón destartalado en el porche y los leía y acariciaba mi cabeza. ¿Sabés como me acuerdo de mi viejo? Si me parece hoy que lo estoy viendo con la foto de Labruna y a Di Steffano a quienes admiraba tanto. Mi hermana Célica se escondía debajo de la mesa que mamá tapaba con una carpeta que tejía con hilo fino y una aguja finita, y espiaba los libros de mi hermana que iba a la escuela Normal para ser maestra. Tal vez hubiera sido mejor que nunca creciéramos.

            Un día mi papá llegó fuera de hora. Mi hermana Carlota no había ido a misa con nosotros y mamá. Él, como no tenía llave saltó por el balcón a la pieza de arriba y el mundo se vino en catarata hacia el “carajo”. El Aurelio Marín, nuestro vecino, casado con la Antonia, estaba desnudo en la cama con mi hermana.

            Papá no dijo nada, sacó una pistola que llevaba siempre por las dudas y le pegó un tiro. Tan pero tan mal que en vez de darle al “tipo” mató a la Carlota. Ya no va a ser maestra.

            Vino la policía y se lo llevó a papá y al Aurelio. ¡Pobre mi papá, nunca supo que la puerta estaba sin llave; porque de la vergüenza se colgó en la reja de la celda en la comisaría! 

 

jueves, 27 de mayo de 2021

VESTIDO DE NOVIA

 

La tía Elodia, era la mejor modista de la región. Todas las muchachas soñaban que les preparara el vestido de novia. También los del civil y las madrinas y amigas hacían cola para encontrar la mejor tela, el mejor modelo… las revistas de moda eran sagradas.

Una niña de la Estancia “Laguna del Lagarto”, llegaba desde la capital para casarse. Indagó y fue a para a la casa de Elodia. Allí, miró con detenimiento cada foto y tela. Pero hizo traer de la ciudad puntillas, seda y encajes. Todo iba de maravilla. Elodia cortó, hilvanó y armó el traje, que en el maniquí, parecía una novia más.

El día que se iba a probar el traje, cuando Belinda, la joven que se casaba el día siguiente, tocó a la puerta. Nadie acudió. Golpeó y golpeó. Llamó a gritos. Nadie la escuchaba. Asustada, atrajo a unas vecinas, que pasaron el zaguán y ¡Oh! Sorpresa… Elodia había caído fulminada sobre la máquina de coser. El traje sin terminar y la novia sin vestido.

 

miércoles, 19 de mayo de 2021

LA PISADA


Quiso tatuarse la pisada que quedó grabada en los lienzos  del lecho. No pudo. El sudor le corría por la piel e iba borrando la tinta. Su mano apretaba la aguja de oro con la que sostenía su túnica y servía, mojándola, en un jugo de limón con carbón en polvo, para herir meticuloso la piel del pecho. Ella había huido de entre sus brazos. Volvió a mirar la puerta por donde ella había desaparecido. La quiso abrir. No pudo.

Olfateó el fuerte olor a humo y cenizas. El volcán bramaba y desparramaba su lava sobre las viviendas, las villas y los mercados. Corría un río de fuego por las calles. Todo fue tapándose y en silencio quedó en el tiempo.

Pasaron siglos hasta que los arqueólogos pudieron llegar hasta ese hogar de la villa antigua. Antaño, era un espacio intocable. Cuando con nuevas tecnologías absorbieron todas las cenizas y escombros, en el mármol de una habitación encontraron el cuerpo de un hombre, hecho piedra, con las manos atrapando un alfiler de oro y una extraña pisada marcada sobre la loza de la que fuera un lecho de amantes olvidados. 

domingo, 28 de marzo de 2021

GUERRERA

             La tarde como esquirla de fuego, acercaba el sopor a la gente del pueblo. En esa hora impenetrable de la siesta, un enardecido movimiento deslizaba en las sendas abiertas con las plantas callosas de las hembras sedientas. Llegaban desde el río. Con sus ropas mojadas que habían enroscado en la cintura desolladas por el agua fría.

            Lavanderas heroicas. Los canastos acompasaban el andar por la vereda como hormigas activas. Arriba, sus cabezas lustrosas de cabelleras motas. Entrar y desplomarse en las hamacas, era el sueño de todas. Palmerinda, Dilercy, Uma y Flora, se tiraron urgidas con palmetas de junco y quedaron dormidas.

            Los insectos trituraban la piel. Una nube escabrosa cubrió el patio y descargó un diluvio, lavando el cuerpo de las buenas mujeres. Que despertaron asombrando la noche. Un perfume de “feishoada” sacó un deseo culposo de sus cuerpos cansados. Hambre, avidez y sed. Acomodando las ganas caminaros al fuego de la ancha cocina.

            Basilina preciosa, cocinó para todas y llenó las gargantas y estómagos secos. La noche abrumaba húmedo en ruido de grillos y macacos. Un sonido rompió la paz de la casona. Era Afranio Mederiros. El hombre, brutal y peleador que venía a buscar a Dilercy. Sus ojos como ascuas miraban las curvas de la joven. Apetito de macho. Ella, salió callada. En las manos llevaba un rosario de penas. Y el corazón cargaba un cesto de coronas de espinas. Las mujeres apenas levantaron los ojos. Comieron en silencio.

            Había refrescado y del río se oía el crujir de la correntada que creció con la lluvia. ¡Mañana no podremos lavar! Y se persignaron con los dedos marchitos. ¡La Virgen De Aparecida, nos proteja! Mis hijos no tendrán para comer esta semana, dijo Uma. Flora la miró con tristeza. Yo te daré arroz y porotos…que me quedaron de la semana pasada. Todas la miraron con amor y dulzura.

            ¿Flora, qué sabes de tu hija? Regresó de su viaje, acaso, está en camino. Pero saben que no es cierto. Se fue con un mozo y la ciudad es tramposa.

 

           

miércoles, 10 de marzo de 2021

ELLA

 

Era la mujer más bella que había conocido. Se sentía un espía cada mañana cuando ella salía a correr con el equipo de gimnasia color coral o verde manzana. La seguía a una distancia prudencial. No podía hacerse ver, era un hombre público que reclamaban en la televisión y los periódicos. Sin querer bajó de peso y comenzó a verse más tostado por el sol, más atlético y fuerte. Ella nunca miraba a los que sentía que sus ojos se posaban en su cálida belleza. El rostro era una pintura renacentista. Nadie sabía su secreto. Estaba comprometida con un hombre que en silla de ruedas manejaba su existencia como un verdadero dictador. Un día salió con unos enormes lentes de sol que cubrían su rostro. Otro con una mascarilla de cremas que tapaban su mejilla. Hasta que un día, él, vio que la sacaban en ambulancia de la enorme casa. Se acercó al portero y éste tratando de no dar mucha información le dijo: “La señora Emilia… se cayó por la escalera y tiene quebrada varias costillas. Ahora hay que esperar.”

Cerró la puerta y un alarido salió de la garganta del hombre. Ambos gritaron al unísono. El portero y él. Pero arriba desde la balaustrada las carcajadas taparon uno de los gritos.

De repente se escuchó una silla de ruedas que caía escaleras abajo con un golpe mortal.

 

EL VIEJO

 

Entró en forma clandestina en la casa. Un arrebato de silencio lo envolvía. Franco caminó tratando de no pisar las maderas rotas del piso. El viejo seguro que dormía. A esa hora, Nemesia sin duda le servía una sopa fuerte de huesos y verduras y sentado en el sillón se dormía hasta la madrugada, en que entraba un rayo de luz por la ventana. Todo revuelto y sucio. El olor a moho penetraba la nariz del más sencillo. Abrió el ropero donde el anciano guardaba la pistola. Envuelta en un paño apolillado estaba como un pájaro muerto. Salió tal como entrara. Parecía un fantasma.

Esa mañana, encontraron al viejo dormido, muerto y con una sonrisa dibujada en el rostro desdentado. Nunca se enteró que Franco había ido a marcar con una anémona roja, la frente de su amante en el motel.

PAMELA

 

La Dulce Pamela, era la chica más linda de la Villa y todos los “moscardones” la seguían. Ella no les dirigía ni una mirada. Sólo, sonreía a Délfor, el hijo del contador del banco, que era según las tías y su madre: “El candidato”. Un día, cuando el padre de Pamela abrió el periódico matutino y leyó el aviso, casi se infarta. Aviso e invitación: “El próximo sábado, con misa de tarde, se realizará la boda de la señorita Dulce Pamela Paiva con el joven Lindor Robledo” luego se servirá un lunch en el club social de Villa la Virtud.

El grito se escuchó desde la cocina. Dulce al leer semejante barbaridad, se largó a llorar y se desmayó. ¡Era una mentira! Como un rayo los padres fueron a la escuela, a la Catedral y al diario a indagar por ese mensaje. Era un chiste de sus compañeros que se burlaban de Dulce y del pobre Lindor, joven de muy cortas luces e inteligencia, pobre como las ratas y tímido como el chajá. La historia, todavía se relata. Dulce se fue del pueblo y no regresó jamás.

lunes, 18 de enero de 2021

LA SEÑORA DE TAL

             Llegó en verano, con altiva mirada. No saludó a ninguna de las personas de la cuadra. Vestía con  la última moda que mostraban los magacines y vidrieras de los escaparates más caros. Sus largas piernas perfectas, su cabellera hermosa, larga y de un dorado perfecto. Manos impecables y cuerpo escultural.

            La casa era muy bella, grande, iluminada y discreta. El personal llegaba temprano y se retiraba tarde. Tres automóviles diferentes esperaban en el garaje.

            Un cambio en la economía me dejó sin mi puesto en el banco y salí del apuro, cuando Ernesto me ofreció su taxi. ¡Sólo de noche! Claro, de día lo trabajaba él. Salí de 23 a 6 de la mañana. Difícil acostumbrarme a ese horario, pero Carmelita, mi esposa  trabajaba en una escuela y el salario era escaso.

            Ella, la vecina nueva jamás nos saludó y menos ahora que yo salía de noche con el taxi. Y un día, como por casualidad me mandan a un motel de lujo a buscar una pareja. El muchacho era joven y salió muy nervioso. Detrás, ¡Oh, sorpresa! Ella, nuestra vecina. Un sudor frío le recorrió la frente. Subió atrás y el hombre me pidió que la llevara a su casa, que el viajaba en unas horas. ¡Era el amante! Pero no mostré el más mínimo asombro. Me suplicó silencio. Yo le prometí discreción y secreto. Unas lágrimas le hicieron correr el rimel. Le pasé un pañuelo de papel y se secó las lágrimas.

            ¡Si mi marido sabe… me mata! Yo no la he visto, dije. La dejé en la puerta de su casa, luego de dar unas vueltas para que se tranquilizara. ¡Gracias!

            Ahora cuando sale me saluda afable. Y a mi esposa le dije que la traje del cine junto a unas amigas. ¡Cómo nadie se imagina ella es como es!

martes, 22 de diciembre de 2020

VUELVE LA LUNA EN INVIERNO

VUELVE LA LUNA DE INVIERNO.

 

            Hoy he caído dos veces. En la calle y en la puerta del baño. Si les cuento, me retan. ¡A escuchar la retahíla y no estoy dispuesta! El silencio cómplice será quien me acune. Tengo marcas moradas en los codos y en el alma.

            Hoy me he mirado en el espejo y comprendí cuánto han pasado los años. Fui joven, eso lo aseguro. Hasta fui niña una vez y mi madre me acunaba. Ahora, esto que vivo es la vejez. Fea palabra. Soy vieja. Salgo del estado de dolor asombrada y me acurruco en el sillón del living. Busco álbumes con fotos. Los recorro con ansiedad y esmero. ¡Era tan linda de joven! Miro asustada mi boda. Esa nube de encaje blanco era el amor. Ese hombre bello de smoking era el amor. Ya no está. Se fue hace muchos años. El amor se fue primero. Generosa compañera la soledad que me abraza.

            La casa se descascara. No me importa. Yo también me descascaro como ella. Miro la foto cuando fuimos a Río. Mi cuerpo en las aguas cristalinas, tibias y somnolientas en los brazos de hombre. Hoy me he caído dos veces. Y sus manos ya no estaban para sostenerme. ¿Un bastón, madre, te dará la firmeza que precisas? Me horroriza. Es la muerte que se acerca con un bambú que se aferra a mi mano temblorosa.

            La vejez me espera y acecha con su humo gris de olvido. Es el invierno con su luz que envuelve las arrugas del alma y la tristeza.


martes, 13 de octubre de 2020

UN TIEMPO A DESTIEMPO

 

Sentado en el umbral junto a la puerta esperó. Tenía sed y nada de hambre. Pasaba el tiempo y el sol se movía a un ritmo normal, pero él, no sentía su paso. Siguió esperándola. Dormitaba unos instantes. Cuando ya el manto violeta de la tarde lo envolvió, vio la figura inconfundible de Irenette. Su amor.

Algo extraño motivó su curiosidad. Ella caminaba con mucha lentitud. Se acercaba a él, que intentaba levantarse, pararse era mejor para mostrar su cuerpo de hombre.

-¿Irinette, no te acuerdas de mí?- ¿Perdón señor, usted quién es?

- Nelson… sorprendido repitió, Nelson. Soy yo.

-No Nelson murió hace treinta años. ¡Usted es un impostor!

¿Cómo conocería tu nombre, tu casa…!

-Váyase Usted no es mi amado Nelson. El hombre, cabizbajo se acercó a la blanca cabeza y sobre los labios arrugados y tristes, la besó. Desapareció en la esquina en la brumosa noche sin dejar huella.