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martes, 23 de junio de 2026

UN TIEMPO PERDIDO

 

               Cae a plomo un sol interminable. Un sórdido infierno transforma el paraje desértico en un meandro ígneo. Se agiganta la figura de un ser fantasmagórico. ¡Será...! ¿Acaso un humano? ¿Tal vez un cíclope o un centauro inventado por los seres que intentan desaparecer del páramo elástico? Un derroche raro de la raza que habita desde los principios más ignotos el yermo. Paraíso nativo, allí despertando a la nueva creación. Una criatura se desdobla frenética como un extraño manto de seda. Ha sido concebida para desorientar incluso a los dioses. El reverberar del suelo difumina la figura.

                           Un silencio pérfido predispone al miedo. Se revuelve en la rústica cava pétrea un gelatinoso cuerpo deforme. La soledad atrapa incluso al observador inadvertido que fisgonea en la oscuridad de la fosa. Emerge lentamente el cuerpo fantasmal de una mujer. Su larga cabellera negra tiene mágicos fulgores estelares.  Puebla de formas bellas el lugar.                            Comienza una danza espectral sin música. La joven se contornea bajo el influjo de una rítmica melodía que nace entre las rocas de estalactitas de sales minerales. Una ninfa... de las cuevas ha vuelto a la vida. Se ha desplazado entre el vapor y yace, junto a un enorme cardón en el límite del desierto. ¡La piel aterciopelada de un tenue color ambarino de los nativos inventa un rito de amor!

                   La insatisfacción de mi virilidad adormecida me aprieta el lugar donde aun está el hueco de mi perdida costilla primigenia. Existo como un hombre perpetuo. ¡Entonces  miro la piel y escarbo en  búsqueda de reflejos de un espíritu, de un alma inmortal de esa mujer!  Me acerco y trato de tocar su rostro, anguloso y mórbido como fruta madura, donde unos profundos ojos negrísimos me insinúan una lucha de ancestros transgresores. Es astuta, lo sé. Mi mano se alarga.  Se desplaza la imagen en el intento. No existe. Se diluye como blasfemia en  la nada.  Tiemblo al repetir mi acción y trémulas mis manos atrapan sólo una red de sonidos brillantes, innecesarios, inventados en mi propia soledad. Entonces escapo y el calor del sol me hace regresar a una pequeña sombra. Estoy junto a un antiguo árbol que semeja una catedral de filigrana de madera perfumada. En él, anidan aves ruidosas. Rodeado de malezas y de espinas, mi cuerpo se desploma. Miro mi perfil, en el polvo del camino,  apenas dibujado entre los matorrales. He caído en una trampa. La sed y el hambre estrangulan mi cuerpo herido por la necia actitud de los "otros ".

                        Me estiro tratando de aferrarme a una fruta que pende de la rama de un  aguaribay. Me retracto. No es una fruta real, sólo existe en mi imaginación. Un keú grita con sonido  estridente y migra hacia el sur. ¿O es hacia el norte? Ya no importa el rumbo sino que oriente mi flaqueza hacia un territorio fértil. Una vega llena de frutales o  de maíz jugoso.                  Hurgo en mi repertorio  de vegetales ansiados. Un fruto de cardón, dulzón y tibio..., una patata de agua, humilde, que me devuelva la serenidad. Tal vez muera acá en medio del desierto, en medio del reflejo obsceno,  incendio estelar,  ojo de fuego. El  sol asesino.

                          ¡El Sol, dios generador de los padres atávicos! ¡Los atapamas, los tonocotés, los omaguacas, los capayanes...! Se está extinguiendo un hijo del desierto.  Nos estamos extinguiendo. Nuestra raza y leyendas. ¿Dónde están los dioses ancestrales... y dónde ese nuevo Dios de los cristianos?

                          Me voy perdiendo en una nube espesa. Ahí veo una " suy-i con puri " * y es la callosa mano atezada de mi madre. Esas manos que en el mortero de algarrobo molía diariamente el seco grano amarillo de la catedral celestial, verde espada que remonta la tierra agostada del secano en  aras rituales. La madre nutricia era, en la puna y el yermo de Sanagasta y Yacampis. ¡Pero el agua de las palmas se pierde entre los dedos en el polvo y se transforma en piedras! Comienzo a transitar por un laberinto de luces y de estrellas lejanas. No volveré a tocar a mi madre. Está muerta, igual que casi toda la tribu. Un extraño mal los atacó y no pudo el " brujo"  ahuyentar el maligno.

            Un tiempo infinito transcurre para que " Sima - Hoy-ri " ** vuelva a la realidad. La saeta de fuego ya palidece y comienza a tenderse como una sábana violeta el atardecer sobre las tolas y chañares, sobre los churquis y las queñoas. Las cigarras, los bumbules trepanadores y los millones de insectos ruidosos empiezan su ronda nocturna en busca de agua y frescor. Así se inicia su peregrinar hacia la quebrada. El frío avanza como un enemigo ansiado, sabe que con su camiseta de lana de vicuña, ahorrará calor del día solar. Sus "ursutas”,  son fuertes y aguantan hasta las espinas gruesas de algunos cactus y añaguas. Se yergue con dificultad y continúa.

                           - ¡Debo atravesar este páramo y buscar a los blancos! Los hombres buenos me ayudarán.- piensa.  Pero el cuerpo cada vez más pesado y las piernas más dolientes, impiden el esfuerzo.

                            De pronto un ruido estridente atraviesa el cerebro del hombre. Se despierta en otro espacio... fisgonea en busca de señales  claras. ¿Dónde estoy...?- se pregunta.  Tiene el cuerpo desnudo entre las sábanas enroscadas  sobre las piernas musculosas y ahora sabe que está en un lugar  conocido. ¡Este calor... intruso y grimoso!- masculla enojado.

                    Mira con desesperación el reloj electrónico y descubre que está muerto.- ¡ Tenía que ser hoy, justo hoy que tengo la entrevista con los periodistas de casi todos los medios!  Trata de desmadejar las colchas y  ropas para liberarse y corre a la ducha- . Se ha cortado nuevamente la corriente eléctrica. El pequeño pueblo es así. Las celosías esconden el verdadero clima de ese día. No hay ni un resquicio de frescor, no hay refrigeración, ni ventilador, por falta de mucha previsión y total desgano, reconoce rezongando. Se desenlaza, los músculos doloridos protestan y le estalla la cabeza. Se yergue, trata de llegar hasta la pequeña bañera. Abre el viejísimo grifo y una desinflada cinta de agua que agoniza, se desparrama hasta desaparecer. ¡Tampoco hay agua! Tiene ganas de gritar. Vuelve el sueño  en flashes alternados. Tendrá  que apurarse. Toma una toalla y la empapa con agua colonia y refriega el cuerpo sudado. El pelo está pegoteado y la piel, como si le hubieran untado  mermelada. Se restriega el cabello y el rostro. Tiene la barba crecida.  Parece que  miles de insectos lo hubiesen aguijoneado. ¡ Qué asco! Una camisa blanca... ¿ dónde está su camisa blanca? Busca entre la ropa desperdigada entre sus papeles y  fotografías.- ¡ Ah... gracias a Dios...!- Se calza un viejo pantalón de lona y la camisa que resplandece en la semipenumbra del cuartucho. Unas zapatillas serán la  solución a los pies que le  duelen...- ¿ Por qué me duelen tanto los pies?- piensa. Se mira y sus pies están llenos de pequeñas heridas y cortaduras.- ¡ No puede ser si yo no he ido a ningún lugar desde hace días!- Regresan las imágenes del sueño. Sobre una mesa hachuelada están los instrumentos musicales indígenas.  Algunas quenas y caramillos hechos en huesos de guanacos y llamas,  unos restos de alfarería nativa. Los descubrimientos transformarán su nombre y su prestigio... ¡ Qué maravilloso yacimiento arqueológico de la raza perdida! Sale del dormitorio y se siente extraño. Son tantos los reporteros que lo agobian. Los luces de cámaras y  videos con sus   impertinencias... Siente  deseos de huir. Se siente atrapado.

                           - ¿ Es verdad que ha encontrado una ciudad perdida de la región apatama?- le dispara como un dardo una joven hermosísima. Tiene la cabellera recogida y le caen hilillos de sudor por el cuello perdiéndose  en  unos  pechos opulentos. Se distrae.

                            - ¿ Acaso podrá explicar con su hallazgo el principio de la civilización incaica?- pregunta con una risita estúpida  otro reportero.  ¡ Es verdaderamente insufrible la algarabía! Nadie presta atención; sólo están allí para tener algo para cobrarle a los periódicos importantes. Los medios pagan muy bien una noticia de temas científicos que pocos leen realmente.

                           - Perdón aún no puedo darles muchas respuestas concretas. He descubierto, sí, un importante pueblo precolombino en el desierto de... ( lo interrumpen para poder sacar fotos con mejores imágenes).- ¡ Señores gracias por venir... pero les prometo un detallado informe muy pronto! ¡ Tal vez nunca!.-  vuelve a considerar. Están desilusionados, lo miran con cierto desprecio. Los periodistas salen murmurando algunos improperios, pero no los escucha. En realidad no le importa. Intenta regresar a la habitación. Hace un poco tiempo que retornó la electricidad y ya hay agua en los escuálidos grifos; pero alguien lo detiene. La mujer que le  hacía preguntas en el salón lo ha seguido por el  pasillo. La mira. Su cuerpo y rostro lo  dejan  perplejo. Es casual pero una ilusoria imagen del sueño lo  golpea. ¿ La mujer es una  quimera o  un  fantasma?

                            - Mañana acometeré una empresa difícil, si le interesa el tema de mis descubrimientos puede venir. No será sencillo y tiene millones de inconvenientes. ¡Es su decisión, salimos con mis ayudantes a las cuatro de la mañana! ¡ Adiós!- dice y la deja sin hablar.

                            Cierra la puerta y pone una barrera infranqueable a un ser seráfico. Se retrotrae  a los apuntes y al grabador con la música de los viejos habitantes que aún conservan instrumentos y cánticos rituales. Está  ingresando en ese ámbito ambiguo entre la realidad y lo ficticio. Se siente  un “nexo” entre lo actual y lo perdido.

                            El desierto entrega un frío impensable. Son las horas tiernas del amanecer. Una bandada de parinas chicas, con sus patas de rojo fuego, corta con sus chillidos el cielo de un denso color índigo. A lo lejos, sólo al extremo del desierto se va formando una arista convexa de color naranja que resplandece y lentamente rebasa el horizonte entre los cardones, los algarrobos y los churquis. Han florecido algunos cactus atrapando a los dragomanes alados, los pequeños murciélagos ciegos. Ellos repartirán entre sus pelos, los genes, para que no se pierdan sus plantas " origen". Un perfume a flores atrapa la sensibilidad de los observadores. Junto al científico, casi tocándolo siente el brazo firme y la mano dominante de la invitada. La había olvidado. Sobria en trastos y silenciosa se mueve. Sube al jeep y se sienta esperando al grupo que levanta los aparatos de investigación. La extraña mujer, se acurruca para no incomodar y él, la espía con el rabillo del ojo. Despierta la alterada formalidad del científico.  Nada cambia la organización, pero algo lo impulsa a compartir con ella ese premio fantástico.

                            El otro vehículo, ya pronto y repleto, comienza una lenta marcha por la huella. El sol se está transformando en un semicírculo de fuego que destella vapores dorados y plateados. La helada petrifica las hojas carnosas de añaguas, están convertidas en esculturas de hielo vegetal. Ya se han muerto. El aire gélido hace que el aliento parezca humo. No hablan y maneja sin mirar a esa compañera de aventura. ¡Inesperada e infrecuente!

                           Avizoran una planicie entre lomas de cordones montañosos de poca altura. Siguen buscando la salina y el desfiladero que los llevará al lugar escondido por muchos siglos. Unos matamicos andinos revolotean sobre nuestras cabezas, deseándonos como a presas esperadas. El grupo de estudiantes y ayudantes ha quedado levemente rezagado. Cruza un zorro con un chinchillón entre sus fauces y corre a su madriguera. Observa el rostro de la mujer; ésta, llora por la pequeña presa. - ¡Es el necesario precio que se cobra la vida, para su subsistencia!- le expresa sorprendido el muchacho. Se tranquiliza la mujer. Están ingresando en ese espacio tutelar de los ancestros apatamas. Dejan el móvil y tomando unos bártulos la obliga a participar activamente del trabajo. El sol ya está sobre sus cabezas.

                            Los ayudantes comienzan a repartirse los cuadros para extraer la arena y piedras de los artefactos. El científico, penetra por la región  intransitable del matorral. Camina con sumo cuidado para no despertar los adormecidos elementos de valor del pucará. Advertido penetra en una gruta de roca indemne con petroglifos y pinturas rupestres. Detrás   siente que se deslizan pies humanos. Se vuelve y como en un "negativo" fotográfico se transluce una apariencia corpórea. No reconoce el contorno ni la forma ilusoria. Un sopor le sobreviene. Siente el ronroneo y rodar de unas finas piedrecillas que alfombran el suelo. Hay un sensible rumor de agua y el goteo de insignificantes cascadas en los desniveles de las largas galerías. Con su lámpara trata de iluminar hacia la izquierda y una figura de belleza sin igual resplandece a su vista. Parece una máscara de cristales y oro. Es tan antigua como la milenaria visión de sus fantasías. ¿Acaso son realmente palpables o están impresas en su yo imaginario y no existen?

                            Llama a gritos y sólo le contesta la voz apagada de su inadvertida escolta. No conoce  su nombre. La mira enfrentándola y le pregunta con la mirada inquieta -¿Si ha escuchado algo?-  Sonríe la periodista y le señala una cripta. Su voz, alentadora, suena transparente y lúcida. - ¡Llámeme Quillén, ese es mi nombre! - contesta con atractivo mohín  femenino. Él sigue alumbrando con una linterna las paredes gradualmente artesonadas con símbolos pretéritos. Una suave llovizna los envuelve. Se acercan los cuerpos, se cruza un gélido aire azufrado.

                            Las manos de la pareja, tiemblan y cae la lámpara en una grieta. Han quedado a oscuras. Tiemblan y el hombre toma entre los brazos el cuerpo trémulo de la ninfa anhelada en  su claro deseo carnal. Acaricia el rostro y besa  la boca atrevida. El cabello le cae en una catarata de seda entre las manos. Detrás de esos cuerpos se oye un murmullo lejano que atrapa  la atención del hombre.

                            -¿De dónde proviene?- Trata de reponerse y captura con dificultad la luz caída. - Debemos continuar... allá hay un peculiar espaldón de minerales raros.- la urge hacia un camino cuyo trecho recto los obliga a saltar un río subterráneo y un barandal de estalactitas húmedas.

                            - ¡Ilumíname ese sector, Quillén... por favor! Mira... ahí hay una espectral forma casi humana. - quería obligarla a participar. Justo a esa mujer a quién nunca pensó que compartiría el hecho más importante de su carrera.  -¡Nunca lo consideró! – se dice. ¡Observa, es una momia y está casi intacta..!. - lo sorprenden sus palabras y siente una urgente invitación de la muchacha que está excitada y febril.

                             - ¡Magnífica! ¡Es perfecta..., me maravilla su belleza! Además, mira tiene todo el ajuar intacto. Observa las sandalias de hechura arcaica... y su camiseta de lana de vicuña roja y su manta de alpaca y las plumas de colores desvaídos por la humedad y el tiempo... - señala conmovido.

                              - Tiene un collar de piedras azules y rosadas... ¿será "rodocrocita" y "lapislázuli” o “turquesas?” ¡Mira su largo cabello trenzado con agujas de hueso. Usa brazaletes  con láminas de oro y extraños dibujos!-  le comenta sin mirarla- ¿ Crees que pudo ser una princesa apatama?

                               - Tal vez debemos regresar y buscar ayuda para transportarla. Ven volvamos. La insta con apuro.

                               - ¿Sabes volver acaso por esos pasajes misteriosos? - Quillén ríe con carcajadas agudas. Mira al hombre consternado que tiene frente a sí y su rostro de piel suave y tersa se va convirtiendo en una mueca donde la boca se desdibuja y sólo se ven los dientes apretados en el hueco de su calavera. Su traje se deteriora rápidamente y va transformándose en un atuendo apatano de confección muy primitiva. Ya no tiene ojos y en las cuencas oscuras brillan como dos esferas de azabache pulido, de antracita combustible e ígnea. Y son esos ojos los que lo petrifican. El horror queda como una máscara calcárea en la fisonomía del hombre.

                          El sol cae en rayos de fuego sobre el rostro del hombre que desesperadamente busca incorporarse en el desierto apatano. Sus pies heridos y sangrantes parecen de lava. Sólo se escucha el griterío de pájaros carroñeros que esperan una presa. ¿Acaso todo ha sido un espejismo? ¿Su imaginación pudo crear tártaro semejante? A lo lejos un murmullo atrae su debilitada conciencia.

                          Es un grupo de gente que se acerca. Trata de atraerlos con gritos, pero nadie acude, nadie responde. Todo ha sucedido en su afiebrada mente o ya forma parte del mundo espectral de los nativos desaparecidos. Una joven aldeana aborigen se acerca y lo mira. Sus ojos son de azabache pulido y sus trenzas están apretadas con lanas de colores. Canta. Un susurro de erkes, flautas y cajas, en un dulce yaraví, invade el páramo. Le acerca rústica la mano de piel curtida y lo ayuda a erguirse. Un misachico frailero, apretado de flores de papel de colores, con un "Santo de palo”, vestido en paño de vicuña morado, se enfrentan al mustio cuerpo deforme del científico. ¡De pronto, en el erial...un pájaro de alas descomunales echa a volar hacia el disco de fuego, padre de los "Incas" y de todos sus descendientes; tribus que se han ido diezmando en la pobreza y el tiempo.

                             Un ave inexistente en los libros de los sabios.

Lengua Apatama:

* Suy-i con puri: mano con agua.

** Sima - Hoy- ri: Hombre de la tierra.

 

domingo, 17 de mayo de 2026

VACACIONES EN LA MONTAÑA

 


 

                        Ni siquiera se sentó a la mesa. Tenía la cara arrebatada de ira. Otra vez ha vuelto a dejarnos solas. ¡Es tan poco sociable! Al final mejor si no hubiera venido, nosotros nos arreglaríamos igual...como siempre. María Eugenia se fue quedando dormida. El ruido lejano de la gente que bailaba en el plató del hotel, le servía de somnífero. ¿Qué estaría haciendo su madre? Llorando... ¡¿otra vez?! 

                        Me siento abrasada por un sol tórrido, rojo, envolvente. Junto a mí está el hombre más hermoso que pudiera soñar. ¿Es Luis Miguel? Debo estar soñando. Mejor que despierte porque será peor si no logro besarlo. ¡Es tan divino! Es un potro. ¡Hay déjame dormir, te digo, no voy a levantarme para estar con vos! Me cuesta abrir los ojos. ¿Qué que Juanjo? ¿Qué..., OH, no me digas? ¿Papá? ¿Y qué hizo mamá? Bueno ya me levanto y bajo. Esperame con un desayuno de esos. No puede ser...papá se encontró con "alguien", regresó anoche con más de una copa y durmió totalmente vestido. Mamá cuando se despertó ¿qué habrá pensado...? Ya, me pongo los lentes de contacto, me pinto un poco los ojos y bajo urgente. Tengo que saber todo.

                        El ascensor repleto. Bajaré por la escalera. ¿Qué lío, qué pasa en el hotel? No...Nada menos ni nada más que todo el staff de " El Rayo". ¡Qué minas, qué minos! Allá está Juanjo.

                        - Hola...dejame espacio. Sí, ya vi que llegaron esos, pero me interesa más lo de papá. Contame. -  se desvía su mirada entre todas las golosinas de la mesa. - ¡Qué cosas ricas, voy a engordar como un cerdo...no me voy a poder poner el Jean nuevo!

                        - Sos retonta. Mirá parece que papá ayer se encontró con una `doctorcita´de la facultad...él dice que le sirve café, siempre, cuando están de exámenes. Mamá, la conoce bien, pero sólo se traga la mufa. La cuestión que cuando papá la invitó a tomar una copa en el bar...no tonta; a mamá, ella estaba cansada, vos sabés acá con el frío le duele la pierna, se acostó, pensando que papá lo haría. ¡No, se quedó hasta las cuatro tomando tragos y hablando!-

                        - ¡Huanca no te distraigas y contame...esa que está allí es una de las modelos top del Rayo...¡Qué lolas tiene! Y la cola. Deben ser puro plástico. ¡Dale! Mirá quiero saber qué hizo de malo el viejo, de todos modos, mamá no le da ni bolas.

                        - Ahí viene mi entrenador me voy. Después te cuento. Nada importante debe haber pasado. Allí viene la vieja.

                        María Eugenia mira distraídamente a su alrededor. El caos reina en el comedor del hotel y piensa...

                        - Si me hubiera ido con Dolores y Caro a Disney, no me embolaría tanto. Acá todo es un plomo. Seguro que ahora mamá me va a retar por algo.

                        ¡Hola, buen días, si se puede decir buen día con todo este lío! Te pusiste ese pantalón todo desplanchado y sin hacerle el ruedo? Te he dicho mil veces...

                        - Má, no me hinchés. Ayer por el pelo, hoy por el pantalón ¿mañana por qué me vas a retar ? Acordate que este es mi viaje de los quince. Podría haber ido al viaje con las chicas, pero no, yo quise estar con ustedes. ¿Para qué? Si me vas a molestar todo el tiempo. ¿Qué pasó anoche con papá?

                        - Mirá esa chica ¿no es la del Rayo? Prácticamente está desnuda y debe tener tu edad. Yo no me explico cómo las madres le dejan hacer lo que quieren. ¡Hija mía tendría que ser!

                        - Sí, sería idiota como yo. No ves que ellas son más libres. Nadie las jode.

                        - Allí viene tu padre. Te he dicho que no hables así, parecés una chiruza. Hacele lugar para que desayune. Me gusta ese modelo de peinado. El de esa señora que está sentada allí. ¿Cómo me quedaría ese corte?

                        - Buen día...menos mal que salió el sol. Desayunemos que me quiero ir a jugar al pool en el subsuelo. ¿Qué hicieron anoche? Yo me encontré con gente de allá, de mi trabajo. ¡Qué rico dulce, me hace acordar al que hacía tu mamá! Mirá llegó un grupo de japoneses...sacarán millones de fotos. Bueno me despido hasta el medio día.

                        - Mami me voy a tomar sol en el solarium de Piscis. Me puse la bikini que me regaló Rolo. La tengo debajo del enterito. Chau.

                        - Cuidate, no tomés demasiado sol. Ponete un protector. Acordate que acá el sol es más fuerte que en el mar. Nos encontramos para comer. Yo estaré esperando en el salón de lectura traje algunos expedientes para resolver. ¡Siempre me dejan sola! Seguro que les da vergüenza mi aspecto de `discapacitada´. Siempre sola.

                        - Pobre mamá no le damos bola...pero es tan pesada. Tendría que haberme ido con las girls sería más divertido que estar acá. ¡Qué tipo super...debe ser gay! Ese que me mira está bueno pero no me animo, es difícil que me mire con ese lomo. Hola, sí estoy sola ¿Y vos? Me llamo María Eugenia. Soy de Pilar. Sí de Buenos Aires. ¿De dónde? Sos de acá...qué aburrido.

                                   Se puso los lentes y no habló más.

lunes, 11 de mayo de 2026

CAMINANDO EN ITALIA

 

Soy nieta de italianos, inmigrantes que llegaron a Mendoza, Argentina esperando hacer la “América”. De algún modo lo hicieron, salir de la pobreza que dejan las guerras, ya es un premio en la vida. El sueño de todos nosotros, los descendientes de italianos, y creo de los hijos de todos los inmigrantes, es conocer el país de sus mayores.

Por suerte hablo bastante bien el idioma italiano y me ha servido siempre en los viajes. Llegar a Roma es como cumplir un rito fantástico. Recorrer los famosos monumentos antiguos, ir al Vaticano y entrar a sus inmensas salas, Capilla Sixtina, biblioteca y la Nave Central donde en hornacinas hay reliquias de santos y personajes históricos, es imprescindible.

El hotel estaba cerca de la terminal y por allí pasaba gente de todo el mundo. Comer “pasta” es volver a la casa de los abuelos. El perfume de las “Trattorías” es una invitación al deleite. El olor del aceite de oliva, es ingresar en la niñez. Ver las botellas de vino “Chianti” o el “lemoncello” después del postre…los profiteroles con azúcar o chocolate… un placer. ¡OH, bella Italia! La sangre que corre por mis venas es desde siempre con olores primitivos a pan con ajo y aceite, con canzonetas a viva voz, con óperas en discos de pasta con la voz de Caruso o de La Callas.

Después de pasar varios días caminando y subiendo y bajando escalones en los restos del  imperio romano, nos sorprendió una huelga general. ¡Si hay algo inesperado y terrible para un turista es una huelga! No había taxis, ni autobuses, ni trenes, ni metro. Nada. Calles solitarias, con negocios cerrados, museos y catedrales acerrojadas. ¿Qué podíamos hacer? Pasear por donde se pudiera cerca del hotel. Y caminamos. Mi madre y yo como entusiastas exploradoras. Y como turistas nos perdimos. En una esquina detengo a un joven apuesto y simpático y le pregunto por dónde llegar a la Terminal de autobuses, que estaba cerca de nuestro hotel. Me señala la tarjeta que llevaba en la mano con el nombre del hotel. ¡Me comienza a explicar con señas de sordo! Yo no he estudiado el idioma de señas… y soy docente, pero de chicos oyentes. No sabía si reírme o llorar. Justo le vengo a preguntar a un sordo mudo. Le dí las gracias como pude y seguimos andando. Hasta que encontré un policía, que me quería acompañar. ¡No gracias! Ya entendí.

En el hotel, había llegado un grupo de viajeros de Pakistán. Ruidosos y alegres, pero que no entendí muy bien los pocos mozos de servicio, no los querían atender. ¡He visto tantas cosas extrañas en mis viajes! El pianista llegó agotado con su motoneta. Se sentó al piano y me pidió si lo acompañaba con alguna canción. El ruido era fantástico. Nosotros tratábamos de hacer música y los pakistaníes hablaban muy fuerte tratando de tapar lo que nosotros hacíamos. Vino el gerente y puso silencio a todos.

Al día siguiente nos vinieron a buscar para trasladarnos al norte de Italia. A Florencia. Nos hicieron viajar en un tren que se dirigía a Alemania. Nunca se detuvo. En la terminal de Florencia, disminuyó su velocidad y nos tuvimos que bajar en movimiento tirándonos las valijas los otros turistas que seguían para el norte. Yo capturaba los preciosos equipajes como si me dedicara a hacer un deporte de riesgo. Desde adentro me aplaudían y mi madre, muerta de risa, acomodaba lo que iba cayendo.

Llegamos al más bello de los lugares de Italia. Allí, conseguimos un taxi que ahora pienso no era oficial, el hombre que manejaba apenas hablaba italiano y debe haber aprovechado la huelga para sacar un poco de dinero extra. ¡Gracias a Dios, no nos estafó!

En Florencia nos acomodamos en un pequeño albergue, casa antigua reciclada. Estaba muy bien ubicada. Descansamos hasta el día siguiente y comenzamos a caminar las calles por donde caminó el Duque Sforza, los Medici y esos héroes de películas históricas que hemos visto hasta el cansancio.

Se había levantado la huelga y conseguimos conocer bien la “Señoría” los palacios, que me parecían pequeños en relación con otros que vi en otros países. Guardo un precioso recuerdo del paso por Florencia, como todos los viajeros, toqué el cerdito de la plaza, que dice que hace regresar a ese hermoso e indescriptible lugar.

¡Nunca pierdo la esperanza de volver a ver el David trabajado en mármol por el único: Miguel Ángel Buonarroti! 

 

 

UN EXTRAÑO ESPECTÁCULO EN PARÍS

 

Mi primer viaje a Francia fue hace muchos años. Era pleno invierno y nevaba. Eso nos dificultaba movernos pero no nos impidió, a mi madre y a mí, conocer las joyas históricas de París y sus alrededores: Versalles entre otras. En esa época se usaba el franco francés y era bastante accesible a nuestro poder adquisitivo. Pasear por Paris es una sorpresa permanente. En cada esquina o rincón se encuentra algún referente histórico. Cada reja pintada en negro y con adornos dorados, nos hacía pensar en la riqueza de los reyes de los siglos antes de la Revolución Francesa, donde se destruyó mucho, hoy reconstruido; y en el espíritu de superación de un pueblo orgulloso que no responde si no se habla su idioma.

Al museo del Louvre, nos dimos el lujo de ir cuatro días seguidos. Lo vimos todo, nos cansamos todo. Era por momentos sentirse transportada al mundo de la belleza universal. Nunca voy a olvidarme la impresión que me causó ver la “Victoria de Samotracia” en lo alto al ingresar. Pero cada cuadro, cada escultura, cada obra de arte, habla de la gran creación del hombre y de lo poco que apreciamos los dones que Dios le ha dado al ser humano.

Hay cuadros famosísimos. La “Gioconda” en donde se agolpa la gente sin mirar las otras bellísimas obras que la rodean. Hay cuadros tan grandes que nos sentábamos en frente para ver detalles. Tintoretto, El Greco, Giotto, Miguel Ángel Buonarroti, Españolletto, Donatello y pintores ingleses, holandeses, rusos y obras de países de Asia y Oriente. ¡Un lujo poder apreciar tanta belleza!

Versalles es una obra propia de un tiempo perdido. Enorme, lleno de espejos y muebles restaurados. La habitación de la reina María Antonieta, la Mártir, restaurada con la ayuda de muchos generosos potentados. Incluso recuperaron la colcha en un bazar en África, según nos dijo un guía; un japonés hizo copiar las arañas de cristal de un cuadro hecho en tinta encontrado en un subsuelo del castillo y las donó al gobierno de Francia.

Todos los jardines cubiertos de nieve y las bellas fuentes congeladas con sus aguas quietas. ¡Una pena!

Recorrimos los puentes del Sena, Nuestra Señora de París cuyo interior estaba tan oscuro y frío que yo, que era muy joven, entonces, aproveché y subí hasta los techos y pude ver desde ese paño de plomo y piedras, todo el París desde arriba. Son como trescientos escalones, que se van angostando a medida que uno trepa. ¡Valió la pena!

Imposible subir a la Torre Eiffel, las colas interminables con el frío, nos acobardó. Comimos los famosos quesos de regiones de toda Francia, visitamos los cafés de Campos Eliseo y visitamos la Isla de la Ciudad. Allí vivimos un momento exquisito. Ingresamos en un pequeño restaurante en el cual, una bella anciana nos preparó un plato especial: codornices a la salsa negra…, rociadas por un vino de campiña y pan recién horneado por sus manos. ¡Gracias mi Dios por ese almuerzo, no lo olvidaré jamás!

Cuando veinte años después regresé a París, mi corazón se rompió un poco. Ya estaba ingresado al Mercado Común Europeo y lleno de inmigrantes de todo el mundo.

Los teléfonos públicos rotos, los cristales de las vidrieras escritas con “graffiti” con ácido, en el metro, los asientos otrora de terciopelo rojo, rajados con navajas o sucios, gente tirada en la calle drogada, niños descalzos tocando el acordeón que mendigaban y orinaban o defecaban en cualquier lugar. ¡Ese era otro París, no el que yo había visto!

A mi acompañante, en una esquina donde esperábamos el autobús turístico la asaltaron y le robaron la billetera, yo me salvé por suerte, pero la tuve que ayudar, había perdido su documento y tarjetas.

Era verano y las bellas flores de los canteros, ya no servían sólo para hermosear sino como baños públicos y eso que París tiene unos preciosos y muy típicos. El problema, pienso, es que esos inmigrantes no los saben usar. Y hay que pagar una pequeña cantidad de monedas de Euros.

Lo que no puedo borrar de mi alma fue un espectáculo que sufrí en plena calle cerca de una Catedral: en una entrada del metro, una mujer de unos cuarenta años, caída, parecía muerta; estaba bien vestida y no parecía menesterosa, pero junto a ella una enorme jeringa con droga, que había hecho estrago en su cuerpo. Yo sorprendida y acongojada dije: “Llamemos a un policía, puede estar muerta” y a mi alrededor se rieron, ella movió la mano para decir…”Estoy viva”. ¿Estar en esa forma es estar viva? ¡Pobre ser humano, que bajo cayó!

Ese no es el mundo que yo quiero, ese no es el París que viví en los ochenta. Hay otro Mundo y otro París.

UN TERREMOTO EN CHILE


Mi cumpleaños es en el mes de febrero. Para festejarme, me invitaron a ir al norte de Chile una semana. Adoro la comida chilena y sus playas del norte, donde se puede ingresar un poco al mar, ya que no hay agua tan fría. El hotel muy bonito, con amables personas que nos atendían de maravilla.

Siempre solemos ir a Santiago y a Viña del Mar, que queda en la Quinta Región, pero allí las playas son pequeñas y el agua muy fría. De todos modos, me gusta subir  a Valparaíso y andar por las calles del puerto y llegarme a la casa del poeta Pablo Neruda, La Chascona. Allí hay objetos que usaba en vida y como buen escritor, coleccionista de objetos varios.

El olor de las Caletas con los pescadores que venden los frutos de mar recién recogidos, el perfume de los mariscos que fríen en simpáticas pailas de cobre, los rumores del mar y gritos de la gente, me fascina.

Siempre usando las famosas “liebres” pequeños autobuses que atraviesan toda la costa, te permite recorrer ese paisaje típico de los puertos. ¡Pero nosotros estábamos en el norte, en una ciudad llamada “La Serena”. Allí caminábamos con mi hermana, por la orilla del mar, observando los diversos pájaros: pelícanos, albatros y ciertas palomas. En las playas no hay tumbonas, ni parasoles como en otras playas que conozco, la arena, es gris o marrón oscura a raíz de los frecuentes sismos que ha sufrido el territorio chileno.

Sin embargo, el mar es muy amable, poco salino y el aire fresco mengua el calor del sol del medio día. El desayuno era excelente con las variadas frutas que hay de primerísima calidad en Chile; que exportan por todo el mundo, cosa que he comprobado en otros viajes. Cenábamos en el hotel, generalmente las ricas paltas rellenas con camarones frescos y perfumados a mar… ¡Una delicia para el paladar!  Luego chupe de “jaiva” o albacora a la plancha, con abundantes verduras asadas. Y frutas varias de postre. Así, entre ricas comidas, paseos y playa pasaron siete días. ¡Mañana nos volvemos a Argentina, déme  la cuenta, por favor, le dije al conserje! Don Rosmando sonrió y se lamentó. ¡Lástima que ya las damas nos dejan! Muy amable su comentario, como siempre.

Esa noche nos hicieron una cena especial: entrada ”Jardín de mariscos”, segundo plato unas empanadas de salmón, seguimos con “machas a la parmesana” y finamente un flan de “chirimoya” que nos dejó fascinadas, rociado todo con un buen vino chileno blanco bien helado. Nos regalaron una pequeña paila de cobre con la banderita azul, roja y blanca del país y nos retiramos a terminar de armar nuestro breve equipaje.

Luego de revisar cajones y estantes, miramos un rato televisión y nos dispusimos a dormir. Nuestro avión salía hacia Mendoza, a las trece, por lo que debíamos estar en el aeropuerto a las diez.

Ya dormíamos profundamente cuando un sismo muy fuerte me despertó. Todo crujía y se movía con mucha fuerza. Acostumbrada a los sismos en mi tierra, ese me hizo asustar, ya que era muy, muy fuerte. Me asomé a la ventana y el agua en la piscina se elevaba hasta casi medio metro de la orilla y regresaba a su lugar con chasquidos insólitos. Mi hermana dormía bajo la medicina que toma por su salud, pero despertó y a mi pedido comenzamos rezar. Invocamos a cuanto santo y Vírgen conocemos. Fue mermando. Nosotros sabemos que suele haber “réplicas”; es decir se suceden temblores más suaves en cortos tiempos, como un acomodamiento de las capas tectónicas. ¡Era muy fuerte!

Al rato escuché voces en los pasillos del hotel. Me asomé. No había luz eléctrica, como es lógico. En casos así es aconsejable cortar electricidad y gas, para evitar incendios. Pero medio dormida, les pedí un poco de “silencio” porque nos teníamos que levantar temprano para ir al aeropuerto. Me pidieron disculpas. Yo me acosté y me dormí como si no hubiera pasado nada. ¡Deben haber pensado que estaba loca o drogada!

A la mañana siguiente nos levantamos y llegamos al desayunador, donde una trémula asistente nos miró con extrañeza. ¿Anoche no sintieron el Terremoto? ¡Sí, claro tembló, dijimos a coro! ¡No, señora, ha sido un terremoto grado 9,8 destruyó la Quinta Región!

Nos sirvió un desayuno magro, disculpándose porque no tenía ni gas, ni electricidad.

Cuando salimos con nuestras valijas, y quisimos llamar un taxi, don Rosmando nos dijo que creía que estaba cerrado el aeropuerto. Igual, con la esmerada atención llamó por su celular un taxi. Éste llegó al hotel y nos miraba como a dos extraterrestres. ¿Las damas no tienen miedo?

Ingenuas… yo le contesté, estamos acostumbradas a los sismos. ¡Pero esto ha sido grado 10 en ciertas zonas! Era el 27 de febrero. Por favor, llévenos al aeródromo. Y el buen hombre nos subió a su vehículo y nos llevó. Las calles rotas, casas con trozos caídos y grandes grietas, postes de luz en tierra… allí advertimos que había sido devastador. El aeropuerto Cerrado. La pista rota. No se podía salir por ahí.

El caballero, no puedo decir otra cosa, nos llevó a la terminal de ómnibus y consiguió dos pasajes en un bus de tipo doméstico, no como para atravesar la cordillera. Era el último par de tiketes que había. Subimos rezando para poder regresar a Mendoza, Argentina. Mi celular…muerto. No conseguíamos comunicarnos con la familia. En todos los lugares los teléfonos y medios de comunicación desactivados por razones de seguridad. Antes de subir preguntamos si podíamos hablar con un carabinero (policía de Chile, muy profesional) No, dama están todos desplegados por el terremoto en las zonas de mayor desastre. Me hice la Señal de la Cruz, ¿Cómo pude ser tan idiota? No tenía forma de avisar que estábamos bien, vivas y en viaje.

El autobús, era de cuarta. Pero nos llevó trepando por encima de los escombros, en algunos lugares se detenía y un tractor lo hacía pasar por enormes puentes de metal, que el ejército había desplegado. Las cuentas de mi rosario, brillaban y sacaban chispas. ¡Por fin supe lo que había pasado y sentí, no miedo, horror!

Cuando llegamos a la madrugada a “Libertadores” la frontera con nuestra patria, los comentarios eran de los muertos y de la catástrofe que dejábamos atrás. Ya en territorio argentino, sonó mi celular. Cuando lo atendí era mi nuera que lloraba. ¿Están vivas? Sí, y ya en tierra de nuestra patria. Tranquilos. Llegaremos a la terminal de buses alrededor del medio día. Hicimos aduana y nos miraban coma extraterrestres. Creo que no abrieron las valijas y bolsos por la sorpresa de ese cachivache que nos traía de Chile. Yo ahora lo veo como el mejor de los autobuses que usé en mi vida.

Cuando estacionó el coche en la terminal, toda la familia parecía ver a unos fantasmas. ¡Qué ignorante puede ser uno! Y tan soberbia que no se da cuenta que la naturaleza puede jugarnos una apuesta con la muerte. Cuando mostraban los noticiosos los lugares de Chile, yo comencé a llorar. Puentes carreteros derrumbados, casas que habían caído al mar desde las costas, autos arrojados en grietas enormes… ¡Dios, Gracias por ese taxista y ese valiente chofer que nos trajo!

Pero, ahora medito siempre, que somos una pequeña gota de agua en un océano que puede ser calmo o borrascoso. Que debemos estar preparados para sobreponernos a cosas similares, pero que yo, especialmente, debo ser más serena en mis actos y respetar con prudencia a mis congéneres. ¡Jamás debí creer que lo superaba todo! Gracias a esa buena gente chilena que nos ayudó sin pedir nada cuando tal vez ellos habían sufrido pérdidas importantes. Chile es muy bello, y seguí yendo cuando pude, sin dejar de estar alerta a los sismos.

 

viernes, 24 de abril de 2026

LAGO HERMOSO

 

Al fin, todos la habían visto menos ella. Era la casa más antigua de Lago Hermoso. Tenía un parque de más de mil metros, que según decían fue hecho por un famoso paisajista inglés a principios del siglo veinte. Los mármoles eran italianos y la herrería española. Un estanque formado el arroyo que atravesaba un sector del jardín, estaba lleno de aves acuáticas y plantas con flores. Leticia caminó sorprendida por el alto pasadizo de árboles gigantes. Cada rincón de la casa le atraía por su color a tiempo desgastado. El musgo había marcado cada piedra, cada estatua, cada columna con una pátina inusual. Luego, entre el alto matorral, se sorprendió y gritó. Nadie le había hablado de ese extraño personaje que encontró frente a sí. El hombre, era un ser verdaderamente feo, desagradable. Por su rostro una enorme cicatriz atravesaba su mejilla izquierda y su párpado casi oculto tras una larga melena rojiza mostraba la falta de un ojo. Su paso casi imperceptible la había dejado paralizada. De los labios desdentados apenas salió un agudo chistido y con sus manos agudas mostró un mastín que ferozmente le hacía frente. Leticia, cerró los ojos y dio media vuelta para regresar a la casa. Un dedo afilado y mugriento se lo impidió. Su camisa entre esas manos horrorosas, parecía un mantillón de fiesta. Se detuvo y observó la figura. Apenas gesticulaba. ¿Era eso una sonrisa? Soltó el hombre a Leticia y le dio un ramillete de violetas y juncos en señal de amistad. Ella sonrió levemente. Ya sin tanto temor le preguntó quién era. El infeliz, comprobó, no podía hablar.

                        Él partió sin antes hacerle una inusitada reverencia. El dogo salió tras el hombre sin siquiera gruñir. Se perdió tras una alta pared de piedra cubierta de enredaderas y zarzamora. Un griterío de pájaros y aves silvestres cubrieron el paso sobre los adoquines que tapizaban parte del camino. Al divisar la fachada de la casa suspiró. En la balaustrada vio la figura varonil de Ezequiel que esperaba que los ayudantes terminaran de acomodar los muebles. El camión que los había traído ya estaba casi vacío. La tarde se imponía con sus cálidos colores morados y sus ruidos. Verlo le tradujo el miedo en alegría. Se acercó casi corriendo en el último tramo. Las risas claras de Romina y Tatiana le ampararon la nostalgia de ese cambio de hogar. La pobreza había terminado y por fin la vida recobraba el orden natural. Recuperar la casa era el principio.

                        Todos, esa noche se sentaron a comer sabiendo que nunca volverían a ser los mismos después de tanto sufrimiento. Que ya no regresarían ni el primo Jeremías ni Mario. Ellos serían una presencia en el recuerdo. La charla igual se hizo amena. Había mucho por hacer y decir sobre esa casa y Leticia contó el inesperado encuentro en el bosquecito de castaños.

                        Ezequiel quedó perplejo. No conocía ni tenía noticias que por los alrededores vivieran hombre alguno; lo que lo llevó a tomar medidas de precaución con respecto a puertas y ventanales exteriores. No obstante nunca supieron que en forma permanente fueron observados por aquel desconocido.

                        Transcurrido algunas semanas nadie volvió a hablar de ese episodio. Romina continuó su rutina con el piano. Su Chopin y Schubert mejoraban día a día. Tatiana iba y venía de la ciudad con sus telas adamascadas y terciopelos con los que fabricaba capas y ropa para damas que comenzaban a hacer vida social. Leticia consiguió que un posadero de la ciudad le comprara todos sus pasteles y dulces. Así la casa era una permanente fábrica casera. Había que recuperar lo perdido en la “quiebra” del abuelo. Ezequiel tenía el deber de trabajar los campos y hacer rendir los establos.

                        De vez en cuando aparecían hombres pidiendo trabajo o acilo y ellos le proveían de algún apoyo pensando en sus parientes en “paro”. Una tarde de invierno cuando ya estaban junto a la chimenea, Ezequiel sintió ruidos en la leñera. Tomó su rifle y salió. Allí se enfrentó con un personaje atroz. Éste, al verlo, se quedó sorprendido. Lo encontró con unos leños entre sus brazos. El hombre parecía un mendigo. Tal vez era un forastero hambriento, pensó, y recordó que Leticia le había hablado de un encuentro semejante. Interrogó, pues, al hombre y éste tratando de zafarse, dejó caer la madera e intentó salir. No se lo permitió. Cuando quiso prenderlo del brazo para introducirlo en los cobertizos, el viejo mastín atacó. Salvó la mano gracias a la gruesa capa de fieltro. El menesteroso, tomó al animal con fuerza y evitó un accidente. Agradecido, Ezequiel lo invitó a pasar y el hombre entró por su voluntad a la cocina. La sorpresa de Tatiana y Romina no se hizo esperar. Cada una soltó una palabra de desagrado. El pobre infeliz se acurrucó junto al hogar, se despojó de un viejo abrigo sucio y calentó sus manos contrahechas en el calor. Al entrar allí la cocinera se persignó. Miró al muchacho y les comenzó a relatar su historia. Ese mozo, no tenía aun treinta años, había sido hijo del patrón con una muchacha de servicio. Lo había abandonado de pequeño. El muchacho, siempre se dedicó a cuidar animales y un funesto día cayó un rayo en su cabaña. Se produjo un incendio,  lo atrapó una viga, lo encontraron medio muerto. Se había quemado la cara y roto la mandíbula, perdió parte de la lengua..., en fin un desgraciado accidente. La mujer le proporcionó un cubo con agua caliente, se bañó  y Ezequiel le dio ropa de Jeremías que habían quedado en el desván. Así descubrieron un muchacho joven, fuerte y con un enorme potencial para las innumerables tareas de la casa. A la mañana siguiente el muchacho había desaparecido.

                        ¿Cómo harían para recuperar su confianza? Tal vez con el tiempo aceptara a todos en la casa y regresara.

 

 

lunes, 20 de abril de 2026

CERCA DEL CIELO

 

En Los Hornillos, se hablaba del cierre de la única bodega de la zona. ¿En qué trabajaría la gente simple con sus familias pobres? ¿Qué ha sucedido con sus dueños?

Eran buenas personas venidas de un país lejano donde se trabajaba mucho y se hablaba poco. No sabían el idioma del país y apenas podían darle órdenes a los obreros y ayudantes. Pero siempre generosos y justos en el pago en las cosechas y laboreo de las tierras. Esa tarde se avecinaba un suave viento del norte que calentaba la zona. El invierno había sido crudo y poca gente había venido de vacaciones a las playas aledañas.

En la colina, como gran atracción se veía el edificio de la bodega y la casa de sus dueños. De una arquitectura italianizante, mezcla de otras ideas de los constructores, se alejaba de una construcción maravillosa. Era bastante sólida, pero de aspecto desordenado. Igual, la bodega era una atracción para los que buscaban curiosidades y dicha bodega, sí, que las tenía. Sus exquisitos vinos.

El joven Lucas, curioso y despistado, comenzó su fajina diaria encomendada por el concejal de la municipalidad. Limpiar los alrededores de las playas y zonas de turistas. Sacar cuanto trebejo descartaran los viajeros y cuidar la limpieza de asientos y veredines.

Caminó por la playa hacia el sur. El sol estaba presente y la suave brisa, le despejaba el largo cabello que cubría desenfadado el rostro. Fue juntando algunas botellas, papeles y hasta pequeños guijarros que no entendía porqué la gente dejaba debajo de los sillones de descanso. Su bolsa ya estaba casi llena. Se sentó y bebió agua de una cantimplora que le entregaban en la muni. Así le decían en Los Hornillos al municipio. Las olas estaban alteradas, se sentían un pequeño fluir de agua salada en el rostro, pero eso era una alegría para Lucas. Pasó Aníbal por la vereda y le hizo una mueca. ¡Lo sufro, pensó el muchacho, es un idiota! Regresó con su bicicleta y le propuso hacer una suerte de carrera por la zona. ¡Ni pienso, tengo mucha tarea por hacer! Vete, yo seguiré con mi trabajo. Aníbal, malhumorado salió como un ave despedida por la playa.

El mozalbete, siguió con su tarea. Ya había avanzado varios metros, cuando entre la arena, vio un brillo singular. ¿Qué habrán tirado allí? Caminó derecho hasta donde deslumbraba un pequeño pero interesante objeto. Escarbó la arenisca y salió a la luz un anillo hermoso, cuya piedra parecía una lenteja de mil colores. Él, nunca había visto algo así. Lo limpió de arena y se lo guardó en un bolsillo envuelto en un pañuelo de aspecto dudoso. Con eso el limpiaba sus manos y rostro sudados y sucios.

Regresó sobre sus pasos. ¿Qué haré con el anillo? Se lo muestro al jefe y me lo quita diciendo que es de tal o cual. Si le digo a mi padrastro, me lo quita y se lo juega en el bar de Zair. Se lo mostraré a mi vieja. Ella si, sabe de estas cosas.

Llegó a su pequeña vivienda y encontró a su madre lavando en un fuentón como si estuviera dejando pedacitos de pulmón. Jadeaba. ¡Madre, mire lo que me encontré en la playa! ¿Qué es esto? No sé, pero luego que termine iremos a la casa de la bodega, seguro doña Sara sabrá decirme de qué se trata.  Esperó mientras descolgaba un botellón de limonada por su garganta. Ya fresco y cambiada de ropa su madre, salieron rumbo al alto donde se mostraba airosa la casa de los dueños de la bodega.   

Llegaron con unas fuertes ráfagas que hacían volar el delantal de la buena mujer y el cabello de Lucas. Golpearon y al rato, abrió una anciana. ¿Qué necesita? Ver a doña Sara. ¿Para? Eso déjemelo a mí, yo hablaré sólo con ella. Está descansando. ¡No importa, usted la llama y yo le digo por lo que vengo! La anticuada aya, dejó entre abierta la puerta y ambos intentaron descubrir los adornos y muebles de la casa más rica del pueblo. Así, curioseando los encontró la señora. Adela, ¿qué la trae por acá? Perdone señora, pero mi hijo ha encontrado en la playa un anillo y queremos saber si es de algún valor. Sacó Lucas la alhaja y se la mostró. La mujer pegó un respiro y se sostuvo en el marco de la puerta. ¡Vaya anillo que encontraste muchacho! Debe ser el brillante más grande que ví en mi vida. ¡Y he visto muchos, antes en mi país!

Vengan, entren. Llamaré a mi esposo. Salió la dama por un pasillo y abrió la puerta de un escritorio, donde estaba el hombre de la casa. Demetrio venga por favor. Tengo algo que mostrarle. Frente a Lucas y su madre, el robusto caballero se acercó y abrió la mano para ver el objeto que brillaba en las del chico.

¡Dios mío, dijo y se apoyó en el respaldo de un sillón! Tartamudeaba, se secaba el rostro con un pañuelo de lino, se desprendió el cuello de la camisa y terminó sentándose en la punta de una silla. ¡Es un anillo que... bueno, tiene mucho valor! La señora Sara, lo miró sorprendida. ¿Cómo sabes tú el valor de la joya? Es que, es que... no podía hablar; las palabras se le enredaban en la garganta. Creo que lo ví en la vidriera del joyero del pueblo vecino. Tendré que ir hasta allá para preguntar de quién puede ser.

Todos lo miraban asombrados ya que siempre el bodeguero era tranquilo y muy callado. ¡Iré contigo y con Adela! No, imposible. ¿Porqué te ofuscas tanto Demetrio? El hombre se descompuso y hubo que llamar a la servidumbre para que ayudaran a llevarlo a su dormitorio. Lucas los siguió pero no entendía qué le había pasado.

¡Mañana, bien temprano venga Adela, cuando él descanse, iremos a Maximiliano Bustos, el otro pueblo y así el joyero nos dirá! Un ayudante los acompañó hasta el vestíbulo y salieron sin antes dejarle el anillo en custodia a la señora de la casa.

Cuando llegó al dormitorio, don Demetrio lloraba. ¡Qué te pasa hombre? Nada, mañana lo sabrás, déjame dormir. Salió la mujer asombrada. Nunca había visto tan afectado a su marido. Al rato, sintió que hablaba por teléfono con alguien, un susurro que apenas se oía. Carolina, mi amor... apareció el anillo que te di en nuestro aniversario. Lo encontró un muchacho en la playa. ¿Cómo lo perdiste? ¿Cómo? ¿Lo tiraste a propósito? Y yo que estoy en gran apuro con la bodega... Sara entró y le dio tremenda bofetada en pleno rostro. ¿Conque tienes una amante? El teléfono cayó y se sintió la voz de una mujer del otro lado: ¿Crees que me importa tu estúpida bodega? Yo, amo a tu hijo y él, quiere casarse conmigo. Es joven y soltero y tú, eres un anciano.

Sara se sentó y enfrentando a su marido le dijo: ¡Creo que tendremos que hablar con nuestro hijo! Esa canalla te ha sacado dinero y se lo sacará a él si no le dices la verdad. Mañana, lejos de ir al joyero, le irás a dar un dinero a Adela y a Lucas y luego a buscar a nuestro muchacho, que anda con una zorra.

Demetrio, se quedó callado. El hombre desvastado, hundió su rostro en la almohada y sollozando se acurrucó sobre sí mismo. Adiós a su tranquila y bella vida. Sara nunca lo perdonaría y sabía que su hijo tampoco. Al día siguiente sacó el auto, fue a la vivienda de Adela y le dejó un fajo de dinero. Luego salió a toda carrera por el camino y se despeñó en los acantilados lejos de la playa. Nunca estaría cerca del cielo, su pecado se lo impediría.  

lunes, 13 de abril de 2026

SÍMDROME DE TRAICIÓN (Capitulo 17)

 

“Entonces también ellos pelearon por lo nuestro, o lo de ellos, que en este caso viene a ser lo mismo. Lucio, la razón y la justicia están de nuestro lado, si hasta el gringo afincado en estas tierras es capaz de dar la vida por defenderla.” Mano a Mano con el Restaurador y otras yerbas acerca de Caseros. Luis Alberto Vespa. 1997

 

            El atentado en Chile fue un éxito. Un hombre muerto por la causa no es pérdida, es ganancia para la Revolución Proletaria. Muríó el Camarada Músico, gran violinista y un enorme revolucionario, dejando su estrella en la frente de un grupo de aristócratas ladrones.

El Comandante Toyo está inquieto, se comunica con clave verde para saber cómo sigue el paquete.

 

            Delfina abre los ojos y por primera vez en un tiempo impreciso ve luz natural. El sol entra por una rendija de la ventana y ella trata de incorporarse. No tiene fuerza y una esposa metálica en el tobillo la ata a una parte metálica de la cama. Es una antigua cama de bronce muy bella. Observa detenidamente la habitación. Es amplia, sobria, con una cómoda donde hay un sin fin de frascos y remedios. El suero cuelga de un clavo en la pared, donde antes sin duda hubo un cuadro, ya que ha quedado una marca amarillenta en la pintura que pudo ser celeste pálido cuando la pintaron.

            Por primera vez en ¿cuánto tiempo? siente hambre. Sus mejillas se humedecen con lágrimas que suman tibieza a la que siente con esa manta que la envuelve. Escucha la estridencia de “Los Iracundos” en un Long Play que rueda fuera de la estancia. ¿Adónde la han llevado? Las cárceles del pueblo donde estuvo no tienen nada que ver con este tipo de lugar. Su mente desvaría. Cree estar en su casa. Soñó todo lo que ha vivido o le ocurre realmente. Su mente afiebrada pasa de la realidad a la ensoñación o al delirio.

            Sus hijos. ¿Qué hacen sus hijos? Tiene que preparar a Sol para participar en la escuela. Es una pastorcita en la fiesta. El dolor se está escapando de sus heridas. Gabriel debe estar por regresar del cuartel. Le encantan los Iracundos y si van a bailar este sábado, invitará a María Clara con ese chico que conoció en Texas. ¿Pero no hay nadie que venga a darme un beso? Mañana voy a ir a la peluquería, se toca la cabeza y descubre que no tiene el largo cabello que tanto cuida. ¿Qué me está pasando?

            El ruido de un motor que se acalla la retrotrae a su estado hipnótico. Debe cuidarse del enemigo. Hay una guerrillera que la odia mucho, no sabe por qué.

            La llave destraba la puerta con un sonido herrumbroso. La humedad y la sal, hacen estrago en las casas junto al mar. Ingresa un hombre. No está encapuchado. Ella finge dormir. El joven le toma el pulso y la presión. Agrega una ampolla al suero y sale. Cuando está llegando a la salida del dormitorio, ella gime y llama a Gabriel. Él no se vuelve, se coloca rápidamente un pasa montaña y se acerca. Observa que está despierta. Entonces sin hablarle, le ofrece agua. Delfina bebe y se incorpora. Eso es lo que el joven esperaba para saber que ya se tienen que ir de la casa de Cariló.

            Una vez cerrada con llave la puerta, se detiene y llama a un teléfono y habla en clave. Viajará esa noche para devolver el paquete.

            Luego el encapuchado le sirve una sopa y comida sencilla para no destrabar la mejoría. Es urgente que regrese a la ciudad.

            En la noche la viste y envuelve cuidadosamente con una manta de viaje y la lleva atada en la cajuela. Cerca de La Plata, la saca y la pone en el asiento de atrás. La lleva sedada. Si lo detiene un Grupo de Tarea, dirá que está dormida y vuelven de un fin de semana de amor en la costa. Su tipo de vestimenta y todo él, se mimetiza con los chicos bien de la sociedad porteña. No tiene documentos falsos y toda su vida está limpia. Por donde se lo investigue, es el candidato perfecto para la Clave Verde de la organización.

            En efecto, lo detiene un oficial de la Federal, le pide los papeles y miran con una linterna a Delfina que duerme plácida en el asiento trasero. Lo dejan ir. Nunca podrían reconocerla, antes era rubia, ahora teñida, pelo cortísimo y tan delgada; es otra persona diferente. Ni su familia la podría conocer.

            Le han indicado otra cueva. En medio de un barrio en Tigre. Una casita de madera, con pequeño jardín, árboles frutales, hamaca en la parte trasera. Nada llama la atención a los ojos comunes de los vecinos. Incluso allí vive una familia con abuelos y perros.

            Detiene la camioneta y saca a la mujer ingresándola a una cochera de chapa. Abajo, en un sótano, está el refugio de la guerrilla. No sólo estará ella, sino que hay tres más.

            Pronto Delfina los conocería y comprendería cuán difícil es escapar de sus captores.

            Cuando despierta del calmante, está recostada en una especie de camilla de cemento, atada de pies y manos. Cerca, en una jaula metálica hay un hombre de barba y bigotes canos. Es de gran tamaño y se debe doblar sobre sí mismo para entrar en lo que parece ser una celda. Delgado y con ojos afiebrados. Tiene hambre. Le duele el cuerpo por la postura infame en que se ve obligado a permanecer.  Canta una tonada francesa. Ella, que habla francés le contesta en su idioma. Él, comienza a llorar como niño. Ella le pide que recen juntos. - Soy ateo, no creo en Dios, pero usted rece yo trataré de imitarla, tal vez salga de acá, si salimos, creyendo en ese Dios del que tanto me han hablado mis abuelos. -

            A través de un débil muro escucha la voz afónica de otro hombre. Me llamo Gustavo Sosa y soy policía. Ayer me llevaron a otra cueva y me han golpeado tanto que creo tengo una costilla fisurada. ¿Ustedes quiénes son?

            Ella duda. El francés también, pero la necesidad de comunicarse con otro ser humano les hace pronunciar sus nombres: -“Mi nombre es Gerard Gaubiert, soy dueño de un astillero en Doc Sud, me sacaron de casa en octubre y no he salido sino cuando me golpean o me llevan a otra cárcel del pueblo en otra zona. Nací en París y hace tres años vine a este país, buscando a una hermana monja que ha desaparecido.” *a

            - Mi nombre es Delfina Cuenca de Dacosta, soy esposa de un oficial del Ejército y no se cuánto tiempo he estado encerrada. Creo que en el verano, después de un acto en el Comado en Jefe del Ejército me llevaron. He estado muy enferma, pero un guerrillero me curó. Mi mente no es muy clara. Tengo cuatro niños pequeños. Ya quiero que esto se termine, prefiero morir a pasar lo que estamos viviendo. Lo dice de un tirón porque sabe que es la única oportunidad de hablar con gente de su misma condición.

            El ruido metálico de una puerta al abrirse los hace acurrucarse. Entran dos revolucionarios. El grito que da uno de ellos retumba en la guarida. ¡Silencio! Ustedes están listos para una fotografía que se mostrará al pueblo. Deben permanecer callados o les daremos una lección como al cabrón de Sosa, que quiso hacerse el machito con la Comandante Mara.

- ¿Usted es Delfina Cuenca? De gracias a su dios, que está viva. Un camarada de Texas, le salvó la vida. Estaría congelada. ¿Acaso son tan ignorantes y soberbios que no entienden que son Mierda, que no valen Nada?

- ¡El franchute buscando a una camarada nuestra desaparecida e indagando cosas que no le atañen! Su hermana está muerta por las tropas enemigas de la revolución. Pídale a los Ángeles de Misericordia de la Marina que se la devuelvan. Nosotros se lo vamos a agradecer. Además, usted es igual a todos los traidores imperialistas; vienen a hacer negocio a costillas del proletariado. Puede hacerle compañía a su preciosa hermanita. Además no dudo que la yegua era una lesbiana con traje de monja.

Delfina suspira apenas. Cómo quisiera volver a estar dopada. Este tiempo de locura es demasiado para su corazón. Ya no puede llorar.

La visten de nuevo con ropas militares, rústicas y malolientes. Pero nada es peor que el tener que mostrarse desnuda frente a guerrilleros y compañeros de sala. Aunque los separa una reja, su pudor le impide mostrarse así. Piensa en su hija Sol, en María Clara y en su madre. ¡Dios misericordioso, apura este dolor! Comienza a rezar el rosario en francés y recibe una cachetada que le rompe un diente y parte del labio superior. Sangra, otra vez sangra. Jesús pasó por cosas peores, dice en voz alta. Recibe un puntapié en la ingle y cae desmayada.

La llamada que recibe Florencio, el hijastro de Edgar Juvar Leylakson, en Tennesse, donde está haciendo un post grado, lo llenan de alegría, podrá darle algún dato a María Clara sobre Delfina. Del otro aparato se lo prohíben. Debe venir al país si quiere hacer algún tipo de contacto. Recibe un cable en clave. Saca las claves y con cuidado descifra lo que quiere saber. Se tiene que proteger, pues su padre está en un lugar muy importante y lo pueden matar.

 

            Mara regresa esa mañana a su trabajo satisfecha. Cuando llega se encuentra con unos marinos acompañados de extranjeros que están buscando al francés. Muy desorientados, los franceses, piden por la vida de las ciudadanas y ciudadanos galos, pero el Coronel Bernárdez y el Mayor Canardi, no tienen sino vagas ideas del paradero de esas monjas. No tienen noticias del recoveco en el que están metidos. Trampas mortales de su  propia tarea.

            Reina López saca a relucir ciertas notas que llegaron al escritorio de sus jefes y mira con sorna a los marinos. Éstos se escudan en palabras armadas y prometen moverse para recuperar a los extraviados. Todo es una tremenda mentira, piensan, pero ninguno se muestra tal cual es. Unos por creerse capaces de hacer justicia y los otros, por hipócritas.

            La llamada de Dacosta, permite distender la reunión. Mara o Reina, se hace a un lado. Llega Marcelo Pedriel con la noticia que se ha encontrado el cadáver de un obrero en el astillero de Doc Sud, lugar donde fue capturado el francés. Mira a la secretaria de reojo y siente que ha dado en el blanco, ella sabe qué sucedió allí.

            Gracias a Dios su padre ha regresado a Chile hace un rato y él, recuerda que debe esconder su verdad y seguir trabajando en la oscuridad.

 

*a : Nombre irreal que hace referencia a las monjas francesas desaparecidas y a un alto ejecutivo torturado por la guerrilla y muerto en el país.