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jueves, 17 de septiembre de 2026

TIEMPO PASADO

 

            Pasaba cerca de la verja y solía ver a un anciano sentado, solo y rodeado de dos perros. El hombre solía dormir a la sombra de un nogal, que le confidenciaba su historia de soledad. Solo el árbol y solo el hombre. No tenía tiempo para detenerme, mi trabajo exigía horas en la mesa del taller donde prepara el metal, perfilarlo, calentarlo y darle forma me llevaba días, horas y semanas dar forma a los encargos que me hacían de las embajadas.

            Mi hija Estefanía, me ayudaba con los curiosos y clientes que llegaban al estudio. Ella tiene ese don especial para tratar a los extranjeros y nativos, que escuchan con detenimiento la historia de nuestra platería. Mi padre la recibió de su padre, platero andaluz que se hizo famoso en esta región con sus famosas dagas fileteadas en oro sobre la plata.

            Mis dos hijos varones me evitan, quiero dejarles la herencia de platería pero ellos quieren ser independientes. Tal vez Octavio se anime y me siga. Cuando niño, yo me trepaba sobre una banqueta para ver cómo trabajaban mi padre y mi tío. Así aprendí. No me creo el mejor pero la gente me prefiere.

            Me encanta caminar desde casa al taller. Así, de alguna manera lo veo. Un día le pregunté al jardinero por el caballero, el anciano que dormita bajo el nogal. Muy comunicativo, me contó la historia del hombre. Se llama Evangelino Arenas Sulaigè. Fue un gran orador y profesor de filosofía en la universidad. Su cátedra era la más prestigiosa y venían estudiantes de muchos países y ciudades a escuchar sus cátedras. Había tenido muchos hijos, que se fueron alejando del país a medida que no encontraban apoyo para superar al padre en los claustros culturales. Su esposa, una dama, dijo el jardinero, sufría de una extraña enfermedad que la acompaña desde los cincuenta años. Yacía en su lecho casi todo el tiempo.

            Ya sabía de su soledad y tristeza. No me atrevía a acercarme para dialogar. Hasta que una mañana, en el otoño del setenta y nueve, me hizo una seña como para que me acercara. El jardinero me hizo ingresar y me alentó a charlar con él. Me presenté. Sabía de mí y de mi trabajo como platero. Me pidió que lo acompañara a su estudio.

            ¡Dios mío, qué biblioteca tenía el anciano! Yo me quedé boquiabierto. Abrió una vitrina y me mostró una bellísima pieza de plata que había hecho mi abuelo. La observé y aprecié las manos maravillosas y la calidad de la plata que usó. En mis manos, parecía un nido de extraña magia. Cuando se la pasé, me dijo: “Tómela, es suya” y sinceramente me quedé mudo, no tenía palabras. Si queda aquí, me dijo, seguro cuando muera, que no será muy lejos de hoy, la venderán por monedas… mis hijos están todos en otros países y sería raro que vengan a recuperar mis objetos queridos. Éste me lo dieron como premio por un estudio que hice sobre la filosofía en la época colonial en América hispánica, en el período de mil ochocientos veinte al mil ochocientos cincuenta.

            Luego de esa charla, me fui con esa maravilla entre mis ropas. Pensé: ¿Cómo ha cambiado todo?  En los tiempos antiguos se valoraba tanto el conocimiento, el trabajo intelectual y la cultura… hoy se van, todos se van. Vamos perdiendo lo mejor de nuestra sociedad. Los que quieren superarse, los que arriesgan su vida para ingresar en claustros que estuvieron a la misma altura de los mejores.

            Llegué al taller y encontré a mi querida Estefanía con unos viajeros de origen árabe que querían comprar mis obras de orfebrería. Se las llevarían como un tesoro a sus países lejanos. Me vieron que estaba llorando. No pude explicarles mi dolor. Se llevaban un pedacito de mi corazón y el alma de la platería de mi tierra. Ingresé en la zona más oscura del taller y allí me quedé arropando mi tristeza. Cuando se fueron luego de llevarse varias piezas, entre ellas las famosas rosas de plata y oro rosa y azul, entré a la mesa y en mi pequeña fragua, fui desarmando algunas obras que no se merecían irse de mi terruño. Entró Octavio y me vio tan apenado, que se sentó a mi lado y comenzó a transformar metal, salían láminas enrojecidas para al ponerlas en el agua y ácido, cambiaban de color como este tiempo de cambios en el mundo.

            Me miró y me dijo: ¿Padre, tanta es la diferencia en el tiempo con el actual? Me volví, saqué la caja que me regalara el caballero de la casa del nogal. Y luego de relatarle su historia, sacó una tarjeta y puso: Obra hecha por mi bisabuelo para el Doctor: Evangelino Arenas Sulaigè, filósofo y catedrático de la Universidad de Buenos Aires. NO SE VENDE.

 

EL VIAJE... DESPERTÓ AL HOMBRE

      Recién he podido cumplir mi anhelo de besarla. Sus labios tan fríos como mi dolor mortal, se entregaron sin poner resistencia. Murió hace unos minutos y llegó a cumplirse mi deseo. Aún vibra en mi cuerpo el ardor de la pasión escondida. Todos me miran petrificados...el médico y sus ayudantes ven como acaricio su cuerpo y lo beso. Beso hasta el más íntimo rincón de su cuerpo amado. Su alma no lo dudo ya es mía.

           

            El vehículo se desliza por el camino polvoriento, infierno de hoyos inescrupulosos que infectan la huella. Saltan los amortiguadores y protestan con desenfreno con cada pozo y yo miro con desesperación a mi  “padrino” que maniobra como si no quisiera evitar ninguno para aliviar los golpes de mis piernas y traste. Hace unos días me pidió prestado a mamá para que lo acompañe en este viaje de aventuras por la Patagonia. Yo siento que hará que viva una maravilla de vacaciones. Ella no estaba en mi mente. ¡Su secretaria! Tiene un culo y unas piernas que no me dejan mucho espacio en el asiento. Me ha empujado tantas veces que ya me siento del tamaño de un pez, largo y finito...la odio. Es difícil entender ¿cómo mi padrino tiene que acarrear con semejante estúpida? Permanentemente se limpia con un pañuelo la cara para sacarse el polvo que ya ha penetrado por todas las rendijas de la parte de atrás y por todos lados. Casi no la miro y ella me espía de reojo para hacerle morisquetas a Lucio, que así le llaman a mi padrino. Él me invita a pasar un rato a la parte trasera y ella se pone jocosa y me hace unas burlas que me dan más aversión. En realidad tengo un hambre terrible, mamá nos preparó empanadas y tortillas y el perfume de las papas calientes y aceitosas, me hacer hipar el diente. Al detenernos bajo un árbol de perfil extraño, torcido y retorcido por los vientos del sur, siento que mis pobres huesos de trece años, que pronto voy a cumplir, necesitan urgente moverse. Salto con euforia y corro tras unos “michay” secos que se desparraman por la arenosa planicie por donde discurre el camino. ¿Me pregunto si el suelo en la luna será como acá? Salgo a estirarme y la muy torpe se agacha y me pregunta si voy a ir a mear... ¡Qué meterete! Soy grande y no le tengo que decir a ella. Además es una desvergonzada. Decir eso delante de su jefe. Ella me dice que mire para el oeste que va a expansionarse y se pierde entre los matorrales. Yo la espío y le alcanzo a ver como se baja los calzones y su culo rosado se agazapa en el falso retrete que ha encontrado. ¡Mamá...si que tiene desvergüenza...! Lucio se hace el distraído pero yo lo descubro mirándola por el espejuelo del automóvil y él se pone desconcertado y ríe con una risa muy estúpida. Los hombres, dice el tío Albino, deben mirar a las hembras, es cosa de machos y es normal. Y yo no me arrepiento de mirar, para lo que hay que ver últimamente en mi barrio y en la escuela. Siento que me mira perturbado pero a mí no me hace un respingo. Ahora se sienta atrás junto a mí y después de lavarse con agua de un bidón, las manos, me pasa pedazos de emparedados de jamón serrano y tortillas que me como en un santiamén, llena la barriga me entrego a mi juego favorito, jugar con “dado mágico”, y comienzo a pensar en los monstruos que vamos a cazar con Lucio y ella. ¡Tiene un nombre tan feo...Alana! ¿A quién se le ocurre llamarse Alana? Pero así le dice mi padrino con voz de...galán de cine. Ella trata de no demostrar nada pero yo le noto que pierde el seso por él. Pero él tiene su mujer y sus cuatro hijos en Pueblo de los Álamos, y según entiendo son una familia "modelo" dice mamá cuando se pelea con papá. Él ni la mira...o eso creo. El traqueteo del coche entre los hoyos del camino me ha dado ganas de echarme una siesta de esas que suelo tomar en casa de mis abuelos en Río de las Águilas, debajo de los cerezos y durazneros atrapando abejorros y cigarras, para el insectario de biología. Un sueño blando y profundo me hace despegarme de la realidad. Sueño sin pudor con los tiempos de juegos en la vega de Antonio, en el solar de los abuelos, los padres de mi madre. Allí juntábamos lombrices y moscas y nos íbamos a pescar al arroyo de Los Toritos, bandadas de cotorras y teros nos alertaban de cualquier peligro. También soñé con ellos, mis primos del campo, con quienes componíamos un corrillo de ruidosos y alegres muchachos, con los que viví momentos de ensueño. Me despierta un terrible golpe que hizo que atronara la carrocería del coche. Me enderecé y vi, que habíamos quedado semi volcados sobre la parte derecha del mismo. Un terrible pozo rompió el eje y Lucio se agarraba la cabeza...Miré hacia todos lados y no se veía ni un solo ser vivo. Habíamos aventajado a varios camiones en el medio día, pero yo que dormía, no sabía si en el tiempo de mi sueño habíamos cruzado a alguien más.  Escuché varias palabrotas no reproducibles, en boca del padrino. Luego un silencio pesado me urgió a descender y tratar de hacer algo. Era casi el crepúsculo y un paño de añil serpenteaba por los matorrales. Un choique cruzó corriendo y detrás una bandada de polluelos, los charitos, lo siguieron. Ya estábamos en la desértica Patagonia, donde no vive casi nadie y sólo de vez en cuando aparecen camiones del ejército y algún que otro transporte con fardos de lana. La desolación de Alana me perturbó, lloraba y su cuerpo se sacudía rítmicamente. Mi padrino vino a ayudarla a salir de esa incómoda ubicación, para ello se tuvo que tomar del cuello de él y así saltar hasta el camino. Yo sentí una curiosa sorpresa ver como se demoraba en brazos del `patrón´, pensé en la pobre mujer que se había quedado cuidando los niños. Luego, me ofrecí para ir en busca de ayuda...pero no me permitieron diciendo que aún era chico y el padrino partió caminando por esa abrumadora ruta Nº 40, hacia lo desconocido. Sólo llevaba una cantimplora con agua y yo me imaginé muriendo de sed en ese desierto terroso y dañino. Ella, ya no lloraba y se sentó junto a un quetrihué algo carcomido por ratones y viento, que solitario llenaba de serena seguridad entre las dunas ariscas a quien pedía un refugio. Cuando alzó la mirada me sonrió y me hizo una caricia negociadora. Yo bajé la guardia, tengo que reconocer mi miedo a lo desconocido, me acerqué y juntos comenzamos a comer la comida algo agria que nos esperaba entre los bártulos, como le decía papá, que traía Lucio y de las valijas con la mercadería que como segundo motivo lo movían. El verdadero trabajo que lo aventuraba por esa inmensidad desolada, era instalar en un pueblito del sur la oficina de correos, ya que él era quien daba el visto bueno al lugar y a los hombres o mujeres que se harían cargo de la estafeta postal de nueva creación. El ferrocarril se encargaba de mover la correspondencia una vez que estaba todo listo y él aprovechaba a llevar muestrarios de joyas, telas, ropa y un sin fin de chucherías con lo que agregaba buen dinero a su sueldo.

Alana me observó y comenzó a acicalarse, su blusa fue desabrochada y pude ver su corpiño blanco con puntillas...pero lo que me produjo una rara sensación entre mis piernas, fue la redondez y blancura de sus senos. Apenas pude mirar porque ella se cubrió rápidamente. Yo advertí que mi sexo estaba diferente; era la primera vez que la veía de ese modo. Mi rostro era una brasa ardiendo y creo que ella lo advirtió por eso se irguió y caminó por la orilla de los matorrales de colapiche y coirones, como buscando poner distancia y decoro. No supe que decir y me dediqué a limpiar el automóvil, levantando un polvaredal que la hizo estornudar hasta que me suplicó que dejara de hacerlo. Así vimos a la distancia un camión con sus luces exangües que se aproximaba por el camino. La bocina algo sorda y resfriada, nos advirtió que llegaba ayuda y en efecto con el vehículo trajeron un cable y nos arrastraron con seguridad entre los baches hacia un lugar desconocido.

            La casona estaba construida en un campo donde criaban ganado lanar y caballos de tiro. El hombre era un rústico labrador y su mujer una tímida campesina de origen extranjero, por su modo parco de monologar descifré inglesa o algo así, y apenas hablaban español. Muy arrebolada y alerta, la mujer de edad imprecisa, arregló una habitación para que pasáramos la noche. Yo me sentía feliz dormiría en una cama de verdad después de varios días. Lucas me tomó del hombro y me arrastró hacia la zona donde había quedado el auto, con particular fuerza. Allí me explicó que debía ser prudente y que no podía decir que Alana no era su mujer, que yo pasaba como hijo y que debía dormir en otro lado. Mi silencio sería muy bien retribuido y así nos ayudarían...creyendo que éramos una familia en problemas. Una gran furia me penetró por todo el cuerpo, transido de sorpresa y exaltación comenzó una sensación de malvada desesperación. Pero me quedé en un mutismo porfiado, y me acerqué a la mesa tendida para comer sin mirar siquiera a esa granuja que había encendido una extraña pasión en mi cuerpo adolescente. Con el pasar del tiempo comprendí que los celos me habían despertado instintos malsanos, pero propios de mi edad. Comimos y yo en silencio imaginé un millón de formas de venganza, mientras ellos dialogaban apenas. El cansancio y las ganas de estar juntos hacían que apuraran el alimento y la bebida. Cuando todo terminó me encaminaron a un rincón donde habían improvisado un catre y allí debí dormir esa ingrata noche. Me venció el sueño y entre el sopor pude escuchar las suave risa de Alana que no dudé, estaba en brazos de mi joven desenfrenado y sobón padrino. Esa noche crecí y comencé mi adultez. Esa noche supe lo que significaba la infidelidad y el dolor de lo inconfesable. ¡Casi me sentí incestuoso!

            Por la mañana muy temprano me despertaron las voces y el ruido de martillos y herramientas que reparaban el  eje y al mediar la mañana ya reparado el coche partimos. Ella apareció con un vestido de algodón floreado, su juventud realzada por un pañuelo en el cabello suelto hasta la cintura y sus mejillas sonrosadas y frescas con un toque de bienestar y dicha en el brillo de los ojos color miel. Mi impresión fue total, ya que parecía una chiquilina de casi mi edad. Un dolor me arredró y sentí ganas de salir a matar a mi padrino. Lo odié y subí al automóvil asumiendo que haría algo para desquitarme.

            Lucio me miraba por el rabillo del ojo y tarareaba una canción que me parecía fúnebre y para ofenderlo le endosé un enrevesado discurso sobre lo hórrido de su canto. Se reía y yo más enojado quise pegarle y esquivando mi puño me comenzó a decir que entre Alana y él sólo había mucha confianza y respeto... así que cuando llegáramos a Petriel, yo dormiría con él y ella en otra habitación sola y que nada había sucedido en aquella casa y que tenía horror a mi mala impresión. Nada me conformaba ya que yo había descubierto el sinsabor del deseo carnal mirando los senos dorados y mórbidos de la ahora frágil compañera de aventura. Pensé en la tortura que pudo haber significado para ella la engañosa muestra de un amor mentiroso e insensato, impuesto por su patrón por la fuerza. Ella seguro que había sido forzada y embaucada por Lucio, obligada por la necesidad de mantener un trabajo... Al atardecer cuando ya llegábamos a Petriel, ella juntó fuerza y me habló de su amor incondicional por mi padrino y sentí que seguramente no regresaría nunca a mi hogar. Antes moriría de amor.

            Petriel era un pueblito de pocas casas y gente sencilla. Su arquitectura me hacía acordar a Río de las Avispas. Casas chatas de una sola planta y con enormes patios sin árboles ya que el viento impedía su desarrollo. Algunas lengas torcidas, maitenes y teniús, asomaban entre los cercos de adobe de unas pocas viviendas. En la plaza estaba levantado un pequeño templete para una estatua que no llegó nunca de la capital y los muchachos del lugar se subían remedando a figuras imaginarias sobre su estructura de cemento y concreto. Eran muy divertidos y pronto me dediqué a acercarme a ese grupito de holgazanes para enfrascarme en charlas de "citadino" versus "pueblerinos", pero ellos eran chicos despiertos y sin vericuetos en su simplicidad que me dejaron sin argumentos para agrandarme frente al  grupo. Así también aprendí a ser más noble y consolidé amistades que aún guardo.

            Mi padrino buscó un sitio para instalar el correo y encontró una viuda seria y responsable como oficinista, le ayudaría un muchachito de casi veinte años y la inauguración se hizo con la presencia de todo el pueblo, incluyendo al cura párroco, la maestra y el policía...que hacía como doce años que no ponía preso a nadie. Así llegó el momento de regresar. Junto a nuestros "bagayos", amontonamos regalos que nos habían hecho. ¡Eran muy generosos!

            Regresamos y volví a sentir un fuego abrasador en mis muslos, sexo y corazón cada vez que Alana iba al baño entre los amancays o los topa-topa, y yo desvergonzadamente espiaba sus muslos rosados y pródigos de juventud. No quería que llegáramos nunca. Aceptaba sus chanzas, me hacía el pícaro y me daba de comer en la boca y le mordía los dedos suavemente... ¡Ella se reía sin comprender! Le tocaba tiernamente las piernas cuando se dormía y gozaba pensando que con el tiempo sería mía. Al fin terminó el viaje y yo regresé a mi casa donde conté algunas de nuestras aventuras, sólo yo sabía cuánto dolor me causaba conocer la verdadera conducta extraviada de mi padrino. Supe que Alana se había marchado a su pueblo en el litoral. Le pedí a Lucio su dirección y me la dio diciendo que no fuera chismoso...él nunca sabría el desesperado apasionamiento que en mí despertaba; la amaba. Escribí ciento de cartas. Nunca me contestó. Cuando ingresé a la facultad, recibí una tarjeta de ella. Estaba en la capital enferma y quería verme. Su mal era incurable.

            La encontré casi inconciente en una clínica de muy poca categoría de los suburbios. Se abrazó llorando y me pidió que trajera a su "amor". Con una furia inexpresada lo busqué y lo arrastré a su lecho. Él, indiferente, la trató sin mayores ternuras. Desmayada en su final me pidió que no la dejara sola y esperé su desenlace, con iracundo desconsuelo. Aún amaba a esa mujer que apenas me superaba en edad y que había desentrañado mis más intensos ardores juveniles. En el sombrío recinto donde espiró, pude cumplir el mayor de los anhelos...besar su boca deseada. Partí sollozando y supe que había vivido un amor extraordinario.

            Hoy que lucho con mis votos sacerdotales. De las manos del mismo Cardenal Primado tomé los Óleos Santos y profesé mi verdadera pasión por la vida. Ella, Alana, quedará en mi profundidad como la llave de amor con mis pequeñitos hermanos en el  pecado, los mismos que arden dentro de este cuerpo mío. Sólo conociendo el amor y viviendo una pasión arrasadora, como la que me consume el alma, puedo ser un hombre de Dios... íntegro.   

 

lunes, 14 de septiembre de 2026

COCO, EL CABULERO

 

El Coco desde chiquito se mostró “cabulero” o como decía la tía Pepa, le encantaban las cábalas. Hincha furioso de Boca, era Xeneise desde la médula. Cuando el padrino lo llevó por primera vez a la cancha, fue tal la emoción que se meó encima y eso que tenía siete años. Pero ese estadio era como el paraíso que le contaba su abuela Hermelinda, donde los ángeles juegan entre nubes. Allí jugaban otro tipo de ángeles, más duros y pateadores. En el segundo tiempo iba perdiendo Boca 2 a 0 con Atlanta. Y él, lloraba. El tío lo sacó de los pelos y le dijo que nunca lo volvería a traer.

Pasó el tiempo y con doce lo llevó a un partido de la final entre River y Boca. Camiseta, gorro y corneta azul amarilla. Y el “famoso calzoncillo” que le regaló el abuelo Pancho.

Casi, casi cuando faltaban tres minutos para que sonara el silbato, hicieron un gol los Xeneices. Y con un tiro libre el 10 metió un bombazo en el arco por izquierda. ¡Un milagro! Empate. Pero… dieron unos minutos por descuento del segundo tiempo y el “Pibe Arnoldo” cazó el “fóbal” y gambeteó entre las piernas rojiblancas y llegó con tiro de esquina y: ¡Gol! 3 a 2. un triunfo final.

Coco esta vez lloró de amor. Sí, lloró abrazado a un gordo que tenía al lado y que lloraba como él.

A partir de ese día tomó todas las precauciones: el calzoncillo, el gorrito, la camiseta y los zapatos fueron sus soportes para cada partido. Y por casualidad o por esas magias del fútbol, Boca llegó a primera varios años consecutivos.

La madre, doña Chola, tenía que escarbar en la mugre de la habitación del Coco para encontrar las prendas y lavarlas, cosa que para el muchacho era una causa de desgracias inevitables. Y así casi transparentes llegaron al final de un campeonato nacional y al mundial. ¡Ya no era Boca, era la Patria! Era su existencia. Era como su sangre que fluía por el pasto verde en color albiceleste. Un día cuando llegó del taller, encontró a su madre llorando en la puerta de la casita. Habían entrado unos tipos y “barrieron con todo”. ¡Nene se llevaron tus trapos, los de la cábala! Y tuvieron que llamar a la ambulancia, porque al Coco, le dio un infarto.

 

jueves, 10 de septiembre de 2026

BRASILIA, LA CIUDAD MÁS MODERNA

  

Cuando me invitaron a conocer Brasilia, alguien se rió. ¡Es una ciudad en medio de la nada, que no tiene nada más que el Congreso y los poderes políticos! Es mentira. Brasilia es hermosa, pensada no para este siglo, pensada para el futuro en un país, maravilloso que conozco bastante y que es enorme.

La Ciudad novísima de Brasil es una muestra de la creatividad de arquitectos muy adelantados en su estructura mental. ¡Es bellísima! Cuando Brasil tenía por capital a Río de Janeiro, estaba colmada y un presidente que, pienso era un gran estadista, Juscelino Kubitschek, tuvo la gran idea transformadora de llevar la capital a mitad del territorio en medio de la selva. Contrató a los mejores ingenieros, arquitectos, economistas y urbanistas de su país. ¡Así nació Brasilia!

Los arquitectos Oscar Niemeyer y Lucio Costa fueron los que la soñaron y la crearon con visión de futuro a dos mil años.

Cuando la pensaron le dieron forma de un avión gigante. En lo que es el fuselaje están los edificios nacionales más hermosos que receptan al congreso, a los ministerios y a la Catedral y Bautisterio que son una verdadera obra de arte. En las alas se han creado los edificios urbanos de viviendas para los habitantes.  

Acá paso a relatarles mi gran experiencia y anécdota. Junto a dos escritoras colombianas y una peruana, que es una magnífica poeta y médica, estábamos conociendo esa belleza que es la Catedral obra de Niemeyer (comunista y ateo) que deja la boca abierta por el fervor puesto en su creación, al salir a pleno sol y con muchísimo calor, encontramos unas vendedoras de manualidades en hilo que me recuerdan a los “bolillos españoles” y que son obras de arte manual. Nuestra querida Georgina resbala en un charco de agua y cae, con la mala suerte de quebrarse una muñeca  y la mano. ¡OH, qué hacer! Como en mi país solemos hablar un “portuñol”, es decir no es ni portugués ni español, me pidieron ayuda y partimos raudas a un hospital en un taxi. La chofer, mujer afectuosa, nos aconseja hacer cambio, porque no nos aceptarían dólares y nosotros “amamos el dólar” ya que cuando viajamos es la moneda que todos nos reciben. En Brasil son respetuosos de su dinero y economía y no lo aceptan, por lo que primero nos llevó a una casa de cambio y luego nos dejó en un hospital de urgencia. Hermilda me pedía que yo hablara…y pobres brasileños, apenas me entendían. Nos recibió una enfermera con cariño, le expliqué como pude que éramos cuatro escritoras de un encuentro que se desarrollaba en la universidad y que teníamos una enfermita. Hinchada la mano y antebrazo, dolorida pero estoica, Georgina (colombiana como Hermilda) esperó a un doctor. Llegó un simpático joven que nos llevó, por pasillos interminables, hasta un consultorio impecable y confortable. Allí nos dejó con un radiólogo que le hizo placas. Nos preguntaba el número de seguro social, y no entendía que no teníamos en Brasil, sólo en nuestros países. Le expresamos que podíamos pagar. ¡No, es un hospital público! Hubo que esperar que se pudiese ver la placa…Una Quebradura. Malita la caída. Bien, me mandaron a buscar al doctor que nos atendió primero. Yo recordé que usaba una casaca rosada; muy común en Brasil, que se utilicen colores vivos en cualquier ropa. En mi país, argentina, siempre se usa blanco, gris, negro o verde claro en los lugares de salud.

Me dediqué a recorrer todo el enorme hospital preguntando por: “El doctor de camisiña rosada”. Se reían y me señalaban una puerta u otro pasillo. ¡Al fin lo encuentro y le explico que ya teníamos el resultado y podía ponerle el yeso! Me acompañó y lo hizo con mucho cariño. Cuando quisimos pagar antes de salir del nosocomio, no nos aceptaron ni un real.

Ya en la calle descubrimos que era de noche. No teníamos ni idea en dónde estábamos. Caminé unos metros y con mi mejor “portuñol”, me dirigí a un señor que estaba detenido con un camión de bomberos. Le expliqué como pude y me llamó con su celular un taxi. Le dio los datos y partimos. Yo agotada y las otras amigas nerviosas.

Cuando llegamos al hotel, nos esperaban angustiados. Éramos las “perdidas” y sin noticias. Cuando les conté y dije ¡El doctor de camisiña rosa! Sentí una carcajada de mis colegas brasileñas… ¿Sabes a qué se le dice en Brasil “camisiña? ¡No! A los “condones”. Me quise morir… soy súper cuidadosa con mi lenguaje y mi educación. Entendí las risas socarronas con que me daban los datos en el hospital. Espero no lo molestaran con chanzas al médico que nos atendió.

Bueno, después de todo, cuando uno no habla bien un idioma, deberíamos cuidarnos o preguntar primero, pero fue un accidente.

Al día siguiente nos hicieron conocer la Iglesia de “Don Bosco” patrono de la ciudad. ¡Una maravilla y belleza estética! Yo pedí perdón por mi yerro del día anterior a un enorme Jesucristo que cuelga en medio de esa grandiosidad. Seguro que estoy perdonada.

VOLAR EN GLOBO POR CAPADOCIA

 

 

Turquía era un viaje que me había inspirado mi amiga antes de fallecer. ¡No dejes de conocer Turquía, me dijo, es un país de ensueño! Vendí mi auto y allá fui. No me arrepiento.

Estambul, tiene el sabor de la gran ciudad de miles de años e historia. La Mezquita Azul, que estaba en plena restauración, donde encontraban antiquísimas pinturas cristianas anteriores al apogeo Otomano, Santa Sofía que es ahora otra mezquita, y que tiene menos minaretes que la anterior nombrada. ¡Gloriosas!

La zona donde están los hoteles es muy cosmopolita; según nos explicaron, el país se estaba preparando de mil maneras para entrar en el Mercado Común Europeo, para lo cual había abierto su mente todo lo posible a la vida de Europa.

Conocimos el famoso “Mercado de las Especias”, donde se mezclaban tiendas de comestibles: arroz, pistachos, dátiles y mil sazones con joyerías donde el oro abarrotaba las vidrieras. Ropa, Carne de corderos que yacían colgados en ganchos, verduras de mil tipos y pescados de mar, todo en secciones interminables. Yo, que soy amiga de regalar quería comprar todo. No era caro y les encanta regatear. Hablaban muchos idiomas, pero me manejaba bien con el italiano. El único inconveniente eran los chóferes de taxis. A pesar de ser musulmanes, y que su ley sagrada les impide robar, nos hicieron trampa con los billetes de liras turcas. Hasta que me atreví con uno y amagué llamar a la policía. ¡Nunca más nos pasó! Deben haberse pasado la voz: ¡Hay tres argentinas que se avivaron!

Finalmente pasamos a la zona asiática de Turquía. ¡Una maravilla! Contratamos un guía que era erudito en historia, hablaba perfecto español y era muy simpático. Así, en autobús comenzamos a conocer ciudades y pueblos que están en los libros de historia y hasta en la literatura universal. Conocimos Izmir (Esmirna), Troya con un enorme Caballo de Madera que nos remonta a la Guerra de Troya (queda a varios kilómetros del mar), Éfeso (eso relato aparte) y llegamos a la capital, Ankara.

Éfeso es un lugar mágico. Tiene hasta los antiguos baños públicos donde mientras hacían sus menesteres, hacían negocios, tenían charlas políticas y sociales, armaban casamientos y debatían problemas familiares, todos sentaditos entre hombres y mujeres. El agua corría debajo de los asientos de mármol y ellos campantes como en el living de su hogar.

Fue en Éfeso donde conocí la “Casa de la Virgen María y san Juan el Evangelista” que fue encontrada por una Beata Alemana. Es una pequeñita construcción de piedra, con una entrada y una salida, sin mucho espacio. Han pintado una imagen de tipo Cristiano Ortodoxo en las piedras y hay un mínimo altar para orar. Hincada rezando, sentí un empujón y caí de lado al suelo de pedregullo. ¡No tengo explicación, nadie me empujó, lo juro! Afuera hay una enorme piscina de piedras y una pared desde donde mana agua para lavarse y beber, imagino que es súper bendita. Se pueden prender velas blancas en un sector y la gente prende telas de color o blancas en un muro junto a una súplica o un agradecimiento. Me faltaban manos para sacra fotos que atesoro con amor.

Yo no quería salir de ahí, pero había que seguir, en los viajes el tiempo es oro y como decía mi madre: “Hija son dólares”.

Llegamos a Capadocia. ¡Dios, que locura! Es una ciudad milenaria excavada en las piedras donde habitaban seres humanos desde no se sabe cuánto. Luego se llenó de cristianos. Estaban reducidos a esconderse para no ser muertos por los “gentiles”. Con hornos, bodegas, lagares, iglesias, dormitorios, pasadizos que se cerraban con enormes piedras redondas como ruedas de roca para que no ingresaran los extraños. Pero estaban comunicados en cientos de pasajes internos con salidas de aire y entrada de agua a cisternas. El viento ha tallado algunas columnas que rematan en conos que semejan sombreros de enanitos de cuentos. Y el cielo…poblado de globos aerostáticos de mil colores que muestran desde el cielo ese mundo de enigmas y secretos. Místicos espacios destinados a hacernos meditar en la vida actual.

Me quedé con enorme deseo de viajar en esos globos. No pude hacerlo y me sentí mucho tiempo enojada conmigo misma por no atreverme. Verdaderamente una pena.

El regreso a Estambul, nos trajo a la ciudad pujante, llena de excelentes artesanos en cuero, las famosas alfombras y exquisitos platos de comida.

El palacio de los Emires Otomanos, son inmensos. Cientos de aposentos y cocinas y cuadras para animales. Lo más llamativo es el museo con las joyas de los emires. El trono de oro con incrustaciones de piedras preciosas, adornos para la cabeza recamados en oro y plata con esmeraldas de tamaños descomunales, sí, enormes. La daga del Sultan Suleiman El Magnífico, tiene tres esmeraldas y como cien diamantes, que debe pesar diez kilos. Sus anillos, prendedores y gargantillas son espectaculares. No me permitieron sacar fotografías. ¡Era lógico! Justo en uno de sus patios se desarrollaba una ceremonia oficial de militares turcos, todos vestidos de terciopelo rojo. La banda tocaba una música muy bella.

Luego fuimos a un monumento al Padre de la Patria del siglo pasado que hizo de Turquía un país  moderno. Mustafá Kemal Atartürk

Regresaría si pudiera.

EN EL NILO, EGIPTO

 


La llegada a Egipto fue tormentosa. El avión tenía una falla en el tren de aterrizaje y dio decenas de vueltas sobre el desierto para gastar el combustible. La gente en general, no entendía qué pasaba y desgraciadamente por razones obvias yo me daba cuenta (mi marido pertenece a la aviación) y era interesante ver el desierto. Supe luego que Sahara en árabe quiere decir desierto, que gracioso, decimos desierto de Sahara y es repetir lo mismo.

Bueno, luego de aterrizar nos dicen que a las tres de la mañana nos pasaban a buscar al hotel para subir al paquebote que nos llevaría río arriba por el Nilo. Yo, me quedé pasmada, ya que odio levantarme temprano. Pregunté por qué a esa hora y el guía me miro con un gesto sarcástico… ¡Por el calor! Y, sí, cuando estábamos en el vaporcito, a eso de las diez, hacían 43 grados… allí comprendí lo que era el calor.

Los hombres usan ropa blanca de algodón y turbante del mismo color, sandalias y las pobres mujeres, todas de negro con guantes y cubiertas hasta los tobillos y las muñecas, sólo se les ve los ojos y las manos.

La cabina era buena, pequeña, pero bien organizada. Con una cama amplia pero separada por las sábanas (famosas por su calidad) para que cada persona no tocara el cuerpo del compañero o compañera de viaje. Un hermoso balcón desde donde me podía sentar a observar a las mujeres lavando en el río Nilo en las orillas, rodeadas de chiquillos ruidosos y alegres que chapaleaban en el agua que corría hacia el mar Mediterráneo. A la hora de almorzar, ya había subido el termómetro a los 50 grados. Sólo el aire que movía el río hacía sentir un cierto alivio.

Una cosa que me maravilló ver al amanecer la salida del sol. Era un disco rojo que por la arena que es sempiterna en esa tierra, se veía velada como cubierta por una suave mantilla opalescente.  A esa hora era un látigo de fuego. El famoso Amón Ra de los antiguos era un castigo para nuestros cuerpos acostumbrados al clima del sur de América.

Mi amiga, quien había aceptado hacer el viaje junto a mí, compañera de colegio y de la vida, salía de un divorcio doloroso, dejando a sus dos hijas esperanzadas en un futuro mejor para su madre. Yo, siempre había soñado ir a Egipto, para lo que había leído cuanto libro y texto hablara de la antigua civilización de los faraones. Debo reconocer que me llevé una gran decepción. ¡Nada era como lo pintaban los libros!

Mi familia, esperaba que pudiera encontrar esa magia de las cosas del pasado. No fue así. El barco atravesó el Nilo desde cerca del Cairo, hasta la frontera con Sudán. En la ruta fuimos conociendo los monumentos que están diseminados a las orillas. Todos mal cuidados, sucios, llenos de gente que se agolpaba en ellos sin permitir ver los extraordinarios trabajos de piedras con jeroglíficos que se desgranan con la arena de los vientos y que nuestro guía, un hombre que hablaba trece idiomas y nos cobraba muchos euros por día, no nos explicaba por ser devoto musulmán. Según nos decía, era pecado para él, entrar a los viejos templos con dioses paganos. Conclusión que salimos del viaje con muy pocas experiencias arqueológicas admiradas. ¡Un raro espécimen que corría para poder orar según escuchaba el sonido en los altavoces de mezquitas que pueblan todo el territorio!

En el vapor, nos habían ubicado en una pequeñísima mesa detrás de dos columnas y éramos las últimas en ser servidas. ¡Nos llamó la atención! ¿Qué pasaba? Éramos dos mujeres solas y dudaban de nuestra sexualidad. Joder, tuvimos que quejarnos. Al llegar al Cairo, en un hotel maravilloso, con piscinas y músicos haciendo arte internacional, nos teníamos que ubicar separadas de los árabes.

Ni soñar usar bañador y entrar en el agua, a pesar del calor. Por ser mujeres nos estaba prohibido. Entre los recuerdos que queríamos comprarnos, eran réplicas algunos cartuchos o imágenes de joyas de la época antigua, de plata u oro con turquesas o lapislázuli o coral; nos llevaron a una joyería. En ese lugar vi una de las únicas mujeres, que le habían permitido trabajar su familia. Usaba una “chilaba y velo color rosado”; no lo podíamos creer. Hablaba un buen italiano, por lo que pudimos saber que había estudiado y sabía leer y escribir. Ella nos comentó, que el ochenta por ciento de las mujeres son analfabetas y sólo aprenden el Corán de memoria. Y los hombres aprenden si son de cierta clase social. La policía en su mayoría es analfabeta. El tránsito en el Cairo era un caos, no hay semáforos y a veces convergen por el mismo carril de frente en dirección opuesta, tal que se atascan los vehículos.

Cuando regresamos a la capital, siempre veíamos enormes fotos de su presidente, Mubarak, quien al poco tiempo fue depuesto por una revuelta de religiosos. Y llegó el sueño mío de toda la vida entrar al Museo Nacional. El guía corriendo nos acercó a la sala donde está el famoso “Faraón Tu Tan Kamon”. Una experiencia increíble. Su máscara es una maravilla. El sarcófago de oro es algo inexplicable. ¿Cómo pudieron, hace más de cinco mil años, trabajar esa obra de orfebrería tan preciosa? Vimos algunas joyas y trajes, un carruaje y de pronto…nuestro guía llegó corriendo y nos sacó del lugar. Nos llevó a ver la estatua del único faraón que era monoteísta, cuya figura es muy diferente a otras y nos alejó del museo. Mi enojo aun persiste. Siempre me gusta estar horas en los museos que visito y allí no nos dejaron, por ser de otra religión y ser mujeres.

Entonces, le sugerimos, que queríamos ir a la Biblioteca de Alejandría que es un monumento hecho por las Naciones Unidas y es Patrimonio de la Humanidad. Queda a trecientos y tantos kilómetros de El Cairo, y allí tuvimos otra experiencia hermosa. Contratado el automóvil, el chofer nos puso en la zona trasera cubiertas las ventanillas con cortinas negras. No veíamos nada a los costados. Una música que aturdía y no nos hablaban, ni el chofer ni el guía al que le habíamos pagado una pequeña fortuna. Mi amiga con el calor, comenzó a descomponerse y le debimos obligar, luego de una discusión que fue de antología, que sacara las cortinas y pusiera el aire acondicionado. Lo hizo luego de amenazarnos con el infierno, siguió la ruta con la música enloquecida y la velocidad de una carrera de fórmula uno. Creíamos que moriríamos en el intento. Pero a Dios gracias llegamos ilesas a la Biblioteca que es una maravilla. ¡OH, sorpresa, allí vimos algunas muchachas que estaban estudiando!

El día que salimos de Egipto rumbo a Roma, sentí que mi corazón estaba roto. Ni vagar por las pirámides, ni ver los magníficos estantes de la biblioteca, ni el agua limpia del Nilo en su zona cerca de Sudán, me devolvían el sueño de conocer el Egipto soñado.

Después de esa experiencia, ya en mi ciudad, escuchando los noticiosos de Televisión supe que habían derribado el gobierno y se instalaba una corriente islámica de mayor ideología y que el pueblo estaba muy feliz. Hablaban algunos opinólogos que había mucha corrupción. ¡Pero en qué lugar del mundo no la hay! Desgraciadamente, ese magnífico pueblo vive de antiguos esplendores, que no cuidan y la ignorancia los hace sumir en una pobreza enorme. ¡Cómo lo siento! Pensar que fueron tan importantes en la historia del hombre y cuna de grandes matemáticos y de ignotos arquitectos e ingenieros.

Ver en las rutas familias andando en asnos, con parvas de heno y la mujer envuelta en sus ropas negras con cincuenta grados de calor y los niños detrás, desnutridos y descalzos… mejor miro los programas de History Chanel y conozco lo que no pude ver en la tierra de los faraones.

EL VIAJE EN TREN

 

Antes de los noventa, en mi tierra había trenes. El enorme territorio de mi país los necesita. Pero un iluminado los vendió, los desguazaron y hoy sólo se puede atravesar la patria con autobuses o camiones, autos y aviones.

Mi último viaje por tren fue de antología. Tenía que cruzar en forma horizontal los mil cien kilómetros que me separaban de mi madre. Pensé en buscar el vagón más confortable en primera clase. Los había visto en otros países y las butacas eran de terciopelo, con asientos individuales y servicio de camareros y camareras.

Me acerqué con tiempo antes de viajar, a la estación y en la oficina donde vendían los tickets. Un robusto empleado, moreno y peinado con gomina, bigotes enormes y mirada miope, me atendió muy serio.

Necesito un boleto de ida y vuelta a Mendoza, en primera clase. Me miró en forma suspicaz. No tengo. Dijo con una sonrisa irónica. ¿Viene con alguna recomendación del gremio? No. ¿Qué gremio? ¡Del sindicato de Ferroviarios! No, soy docente, maestra de grado y necesito ir a ver a mi madre. Estamos en vacaciones de invierno y por eso…

¡No señorita, no, si no trae un papel del sindicato ya no tengo lugar! Le vendo uno común, para dos pasajeros sentados. Es lo mismo.

Acepté. No podía dejar de viajar. Tenía necesidad de ver a mi familia en Mendoza y mi esposo, cuidaría una semana la casa y los chicos. Pagué lo estipulado. Un cuarto de mi sueldo de maestra.

Hice una pequeña maleta y mi cartera, como todas las de mujer, llevaba de todo. El dinero por las dudas en una pequeña bolsa que se apretaba en mi corpiño. Llegó la hora y mi esposo me llevó al terraplén desde donde partía en tren. Al pasar por el vagón de lujo, observamos que estaba vacío. Nadie lo había utilizado. Seguimos hasta el que me correspondía. Un joven guardia, con un uniforme arrugado, algo sucio y una sonrisa divertida, me tomó el ticket y lo perforó diciéndome que subiera rápido, que los asientos mejores ya estaban ocupados. Un beso ligero de los niños y de mi esposo, con un sinfín de consejos, me subí rápidamente al coche.

Los asientos estaban puestos de frente, de cuatro personas que se mirarían todo el viaje. Eran de “cuerina” marrón, casi todos rotos, rajados y desprolijos. El suelo sucio con barro y algún que otro trozo de papel.

Me acomodé en el único que quedaba libre al lado de la ventanilla a medio bajar. Ya que no abren, es por seguridad. Una familia de inmigrantes bolivianos, eran como doce o trece se paró cuando entró el guarda y se tuvieron que ir a otro vagón de más atrás. Me quedé sola. Un señor anciano estaba sentado en el primer asiento y dormía. Pasó el inspector y me pidió el boleto que mostré con una sonrisa. Me pidió algo de dinero y me dijo que me fuera al medio del coche, señalándome el único asiento sano. Le pasé un billete y me cambié. Estaba más cómoda, el vidrio limpio y la ventanuca cerrada.

Ya habíamos alcanzado un ritmo de velocidad regular, y el tren bailaba sobre los rieles  con una armonía aceptable. Al atravesar algunos barrios el tren bajaba el movimiento. Hasta que en una estación llena de soldados, se detuvo. (Poco tiempo después se derogó el Servicio Militar Obligatorio por ley) subieron ruidosos muchachos veinteañero. Con risotadas y palabrotas. Iban a cargo de un suboficial joven que vino rápido y se sentó junto a mí.

Se presentó amablemente y se disculpó por la tropa. Volvían a vacacionar con sus familias. El humor mío y el de ellos por momentos fue un horror. Me miraban como a una rareza humana. ¡Yo, leyendo un libro de poesía! Uno amagó encender un cigarrillo y el joven jefe le ordenó que mirara y acatara los carteles de: “Prohibido Fumar”.

Media hora más tarde, el convoy se detuvo en un descampado. Allí, para mi horrorosa sorpresa, ascendieron un grupo de prostitutas cargadas de garrafas de vino y botellas de variado tipo de alcohol. Ruidosas, desprejuiciadas y mal habladas, cuando me vieron se quedaron mudas. ¡Me dijeron bruja, maldita! y, ¡Ándate de aquí! Yo les quitaba el trabajo. Los soldados se reían a mandíbulas batientes y el joven que acompañaba a los jóvenes no podía ser escuchado por los gritos y risotadas de todos.

Me acurruqué en mi rincón, siempre con mi libro de poesía de poetas contemporáneos; pero reconozco que no me podía concentrar. El olor de los cuerpos enervados por el vino y la euforia, la mugre y el traqueteo del tren me hizo descomponer. El joven jefe, me pidió que lo acompañara al buffet, antes de cruzar al otro vagón, se volvió y algo dijo, que todos aceptaron con un grito de júbilo. Yo, temblaba. ¿Qué experiencia!

En el vagón comedor, me dieron la mejor mesa. Se debe haber corrido por todo el personal mi situación. Yo tendría unos cuarenta y ocho años y parecía una señora de un cuadro de Fader o de Victorica. Me faltaba el camafeo y el “yabot” para ser de otro siglo.

Traté de beber un café. El vehículo se bamboleaba de derecha a izquierda en el trecho rápido que arremetía el ferrocarril. El mozo, cuya chaqueta parecía un mapa antiguo de la Hispania, me trajo en un platillo de porcelana un pocillo de tamaño mediano de cerámica con un jugo parecido a algo llamado “café”, en otro platillo, azúcar morena y dos pequeños sobres de diferentes marcas de edulcorantes dietéticos. La cucharita era de plástico la rechacé y apareció una de metal, algo torcida y cascada. La taza con plato y todo, se movilizaba de una punta de la mesa a la otra, perdiendo el líquido oscuro en su vaivén. ¡Era una danza espectacular! Saqué el pocillo del plato, con una mano lo sujeté mientras con la otra traté de agregar el azúcar. Ésta cayó en derredor de lo que quedaba del pseudo café. Traté de revolverlo, todo con una mano, la otra aferrada al recipiente para que no cayera al suelo. ¡El empleado me miraba con risueños aleteos de párpados! Parecía un pajarito emboscado. Logré beber el resto. Y vino corriendo a sacarme la vajilla. Me tendió la mano. Quería una propina. ¡Muy de argentinos! Le dejé unas monedas. (Aún tenían valor.) Luego me quedé, por consejo del suboficial, un buen rato mirando por el ventanuco, los campos llenos de plantas de girasol, trigo y un sin fin de trabajo de nuestros queridos campesinos.

El sol se iba recostando en el horizonte y ya habían prendido algunas lámparas en el comedor. ¿Quiere comer algo? ¿Qué se puede comer? Solo una omelet, me dijo haciendo una seña que era lo mejor. ¡Bueno tráela! Le di otra propina junto con exorbitante cuenta de mi gasto. ¡Si hubiera comido caviar con champagne en el Ritz, no me cobraban tanto! No era su culpa.

Tenía que regresar. Sigilosamente el mozo salió y trajo al muchacho que iba repartiendo soldados por los paraderos del tren en pueblos ignotos. Me dijo: “Señora la voy a escoltar al servicio”, lo miré asombrada. Yo, le sostendré su bolso. No se haga problema, acá tiene mi nombre y mi situación de servicio. ¡Era un amigo entrañable para mí, en ese momento y lugar! ¡El baño, era un asco! Sucio, maloliente y sin agua limpia en el lavabo. Me higienicé como pude, oriné casi de pié y salí con mis manos mojadas en ese agua amarronada que salía de los grifos rotos. ¡Pobre país el mío!

Me ovillé en mi rincón. Muchas rameras se habían ido y soldados también. Quedaban algunos dormidos que roncaban por causa del alcohol y el movimiento acompasado de vaivén del ferrocarril. El muchacho, que se llamaba Alejandro Gómez, se sentó bien despierto a mi lado. Me hizo colocar el bolso bajo mi cuerpo y me pidió que durmiera tranquila. ¡Quedan trecientos setenta kilómetros! Duerma, señora por favor. Yo la cuidaré.

Soñé mucho. Cada vez que el tren se detenía en medio de la nada el vagón se iba achicando. Volvía a ese sueño distorsionado entre la realidad y mis esperanzas. Me desperté cuando sonó un largo silbato. Estábamos en Mendoza. Miré a mi lado y ya no estaba mi escolta preciosa. El joven suboficial. El inspector, se acercó para auxiliarme con mis bártulos, que eran bien pocos. Y supe, que en el coche de primera sólo viajaban los que pagaban suculentas “coimas” o eran del sindicato de trenes.

Ahora el ferrocarril corre sólo en ciertos lugares del territorio. Pero se perdió por el mal uso y manejo de políticos y empleados.

Yo siempre quedé agradecida del muchacho que me escoltó y cuidó. Era un ejército que ha perdido sus mejores tiempos; el de los valores y educación patriótica, donde se valoraba a los seres humanos, donde se respetaba a las señoras, hombres mayores y a los niños.

Cuando he viajado en trenes de Europa o Asia, reconozco que extraño esa cinta infinita que conectaba mi país de norte a su y de Este a Oeste.

martes, 23 de junio de 2026

UN TIEMPO PERDIDO

 

               Cae a plomo un sol interminable. Un sórdido infierno transforma el paraje desértico en un meandro ígneo. Se agiganta la figura de un ser fantasmagórico. ¡Será...! ¿Acaso un humano? ¿Tal vez un cíclope o un centauro inventado por los seres que intentan desaparecer del páramo elástico? Un derroche raro de la raza que habita desde los principios más ignotos el yermo. Paraíso nativo, allí despertando a la nueva creación. Una criatura se desdobla frenética como un extraño manto de seda. Ha sido concebida para desorientar incluso a los dioses. El reverberar del suelo difumina la figura.

                           Un silencio pérfido predispone al miedo. Se revuelve en la rústica cava pétrea un gelatinoso cuerpo deforme. La soledad atrapa incluso al observador inadvertido que fisgonea en la oscuridad de la fosa. Emerge lentamente el cuerpo fantasmal de una mujer. Su larga cabellera negra tiene mágicos fulgores estelares.  Puebla de formas bellas el lugar.                            Comienza una danza espectral sin música. La joven se contornea bajo el influjo de una rítmica melodía que nace entre las rocas de estalactitas de sales minerales. Una ninfa... de las cuevas ha vuelto a la vida. Se ha desplazado entre el vapor y yace, junto a un enorme cardón en el límite del desierto. ¡La piel aterciopelada de un tenue color ambarino de los nativos inventa un rito de amor!

                   La insatisfacción de mi virilidad adormecida me aprieta el lugar donde aun está el hueco de mi perdida costilla primigenia. Existo como un hombre perpetuo. ¡Entonces  miro la piel y escarbo en  búsqueda de reflejos de un espíritu, de un alma inmortal de esa mujer!  Me acerco y trato de tocar su rostro, anguloso y mórbido como fruta madura, donde unos profundos ojos negrísimos me insinúan una lucha de ancestros transgresores. Es astuta, lo sé. Mi mano se alarga.  Se desplaza la imagen en el intento. No existe. Se diluye como blasfemia en  la nada.  Tiemblo al repetir mi acción y trémulas mis manos atrapan sólo una red de sonidos brillantes, innecesarios, inventados en mi propia soledad. Entonces escapo y el calor del sol me hace regresar a una pequeña sombra. Estoy junto a un antiguo árbol que semeja una catedral de filigrana de madera perfumada. En él, anidan aves ruidosas. Rodeado de malezas y de espinas, mi cuerpo se desploma. Miro mi perfil, en el polvo del camino,  apenas dibujado entre los matorrales. He caído en una trampa. La sed y el hambre estrangulan mi cuerpo herido por la necia actitud de los "otros ".

                        Me estiro tratando de aferrarme a una fruta que pende de la rama de un  aguaribay. Me retracto. No es una fruta real, sólo existe en mi imaginación. Un keú grita con sonido  estridente y migra hacia el sur. ¿O es hacia el norte? Ya no importa el rumbo sino que oriente mi flaqueza hacia un territorio fértil. Una vega llena de frutales o  de maíz jugoso.                  Hurgo en mi repertorio  de vegetales ansiados. Un fruto de cardón, dulzón y tibio..., una patata de agua, humilde, que me devuelva la serenidad. Tal vez muera acá en medio del desierto, en medio del reflejo obsceno,  incendio estelar,  ojo de fuego. El  sol asesino.

                          ¡El Sol, dios generador de los padres atávicos! ¡Los atapamas, los tonocotés, los omaguacas, los capayanes...! Se está extinguiendo un hijo del desierto.  Nos estamos extinguiendo. Nuestra raza y leyendas. ¿Dónde están los dioses ancestrales... y dónde ese nuevo Dios de los cristianos?

                          Me voy perdiendo en una nube espesa. Ahí veo una " suy-i con puri " * y es la callosa mano atezada de mi madre. Esas manos que en el mortero de algarrobo molía diariamente el seco grano amarillo de la catedral celestial, verde espada que remonta la tierra agostada del secano en  aras rituales. La madre nutricia era, en la puna y el yermo de Sanagasta y Yacampis. ¡Pero el agua de las palmas se pierde entre los dedos en el polvo y se transforma en piedras! Comienzo a transitar por un laberinto de luces y de estrellas lejanas. No volveré a tocar a mi madre. Está muerta, igual que casi toda la tribu. Un extraño mal los atacó y no pudo el " brujo"  ahuyentar el maligno.

            Un tiempo infinito transcurre para que " Sima - Hoy-ri " ** vuelva a la realidad. La saeta de fuego ya palidece y comienza a tenderse como una sábana violeta el atardecer sobre las tolas y chañares, sobre los churquis y las queñoas. Las cigarras, los bumbules trepanadores y los millones de insectos ruidosos empiezan su ronda nocturna en busca de agua y frescor. Así se inicia su peregrinar hacia la quebrada. El frío avanza como un enemigo ansiado, sabe que con su camiseta de lana de vicuña, ahorrará calor del día solar. Sus "ursutas”,  son fuertes y aguantan hasta las espinas gruesas de algunos cactus y añaguas. Se yergue con dificultad y continúa.

                           - ¡Debo atravesar este páramo y buscar a los blancos! Los hombres buenos me ayudarán.- piensa.  Pero el cuerpo cada vez más pesado y las piernas más dolientes, impiden el esfuerzo.

                            De pronto un ruido estridente atraviesa el cerebro del hombre. Se despierta en otro espacio... fisgonea en busca de señales  claras. ¿Dónde estoy...?- se pregunta.  Tiene el cuerpo desnudo entre las sábanas enroscadas  sobre las piernas musculosas y ahora sabe que está en un lugar  conocido. ¡Este calor... intruso y grimoso!- masculla enojado.

                    Mira con desesperación el reloj electrónico y descubre que está muerto.- ¡ Tenía que ser hoy, justo hoy que tengo la entrevista con los periodistas de casi todos los medios!  Trata de desmadejar las colchas y  ropas para liberarse y corre a la ducha- . Se ha cortado nuevamente la corriente eléctrica. El pequeño pueblo es así. Las celosías esconden el verdadero clima de ese día. No hay ni un resquicio de frescor, no hay refrigeración, ni ventilador, por falta de mucha previsión y total desgano, reconoce rezongando. Se desenlaza, los músculos doloridos protestan y le estalla la cabeza. Se yergue, trata de llegar hasta la pequeña bañera. Abre el viejísimo grifo y una desinflada cinta de agua que agoniza, se desparrama hasta desaparecer. ¡Tampoco hay agua! Tiene ganas de gritar. Vuelve el sueño  en flashes alternados. Tendrá  que apurarse. Toma una toalla y la empapa con agua colonia y refriega el cuerpo sudado. El pelo está pegoteado y la piel, como si le hubieran untado  mermelada. Se restriega el cabello y el rostro. Tiene la barba crecida.  Parece que  miles de insectos lo hubiesen aguijoneado. ¡ Qué asco! Una camisa blanca... ¿ dónde está su camisa blanca? Busca entre la ropa desperdigada entre sus papeles y  fotografías.- ¡ Ah... gracias a Dios...!- Se calza un viejo pantalón de lona y la camisa que resplandece en la semipenumbra del cuartucho. Unas zapatillas serán la  solución a los pies que le  duelen...- ¿ Por qué me duelen tanto los pies?- piensa. Se mira y sus pies están llenos de pequeñas heridas y cortaduras.- ¡ No puede ser si yo no he ido a ningún lugar desde hace días!- Regresan las imágenes del sueño. Sobre una mesa hachuelada están los instrumentos musicales indígenas.  Algunas quenas y caramillos hechos en huesos de guanacos y llamas,  unos restos de alfarería nativa. Los descubrimientos transformarán su nombre y su prestigio... ¡ Qué maravilloso yacimiento arqueológico de la raza perdida! Sale del dormitorio y se siente extraño. Son tantos los reporteros que lo agobian. Los luces de cámaras y  videos con sus   impertinencias... Siente  deseos de huir. Se siente atrapado.

                           - ¿ Es verdad que ha encontrado una ciudad perdida de la región apatama?- le dispara como un dardo una joven hermosísima. Tiene la cabellera recogida y le caen hilillos de sudor por el cuello perdiéndose  en  unos  pechos opulentos. Se distrae.

                            - ¿ Acaso podrá explicar con su hallazgo el principio de la civilización incaica?- pregunta con una risita estúpida  otro reportero.  ¡ Es verdaderamente insufrible la algarabía! Nadie presta atención; sólo están allí para tener algo para cobrarle a los periódicos importantes. Los medios pagan muy bien una noticia de temas científicos que pocos leen realmente.

                           - Perdón aún no puedo darles muchas respuestas concretas. He descubierto, sí, un importante pueblo precolombino en el desierto de... ( lo interrumpen para poder sacar fotos con mejores imágenes).- ¡ Señores gracias por venir... pero les prometo un detallado informe muy pronto! ¡ Tal vez nunca!.-  vuelve a considerar. Están desilusionados, lo miran con cierto desprecio. Los periodistas salen murmurando algunos improperios, pero no los escucha. En realidad no le importa. Intenta regresar a la habitación. Hace un poco tiempo que retornó la electricidad y ya hay agua en los escuálidos grifos; pero alguien lo detiene. La mujer que le  hacía preguntas en el salón lo ha seguido por el  pasillo. La mira. Su cuerpo y rostro lo  dejan  perplejo. Es casual pero una ilusoria imagen del sueño lo  golpea. ¿ La mujer es una  quimera o  un  fantasma?

                            - Mañana acometeré una empresa difícil, si le interesa el tema de mis descubrimientos puede venir. No será sencillo y tiene millones de inconvenientes. ¡Es su decisión, salimos con mis ayudantes a las cuatro de la mañana! ¡ Adiós!- dice y la deja sin hablar.

                            Cierra la puerta y pone una barrera infranqueable a un ser seráfico. Se retrotrae  a los apuntes y al grabador con la música de los viejos habitantes que aún conservan instrumentos y cánticos rituales. Está  ingresando en ese ámbito ambiguo entre la realidad y lo ficticio. Se siente  un “nexo” entre lo actual y lo perdido.

                            El desierto entrega un frío impensable. Son las horas tiernas del amanecer. Una bandada de parinas chicas, con sus patas de rojo fuego, corta con sus chillidos el cielo de un denso color índigo. A lo lejos, sólo al extremo del desierto se va formando una arista convexa de color naranja que resplandece y lentamente rebasa el horizonte entre los cardones, los algarrobos y los churquis. Han florecido algunos cactus atrapando a los dragomanes alados, los pequeños murciélagos ciegos. Ellos repartirán entre sus pelos, los genes, para que no se pierdan sus plantas " origen". Un perfume a flores atrapa la sensibilidad de los observadores. Junto al científico, casi tocándolo siente el brazo firme y la mano dominante de la invitada. La había olvidado. Sobria en trastos y silenciosa se mueve. Sube al jeep y se sienta esperando al grupo que levanta los aparatos de investigación. La extraña mujer, se acurruca para no incomodar y él, la espía con el rabillo del ojo. Despierta la alterada formalidad del científico.  Nada cambia la organización, pero algo lo impulsa a compartir con ella ese premio fantástico.

                            El otro vehículo, ya pronto y repleto, comienza una lenta marcha por la huella. El sol se está transformando en un semicírculo de fuego que destella vapores dorados y plateados. La helada petrifica las hojas carnosas de añaguas, están convertidas en esculturas de hielo vegetal. Ya se han muerto. El aire gélido hace que el aliento parezca humo. No hablan y maneja sin mirar a esa compañera de aventura. ¡Inesperada e infrecuente!

                           Avizoran una planicie entre lomas de cordones montañosos de poca altura. Siguen buscando la salina y el desfiladero que los llevará al lugar escondido por muchos siglos. Unos matamicos andinos revolotean sobre nuestras cabezas, deseándonos como a presas esperadas. El grupo de estudiantes y ayudantes ha quedado levemente rezagado. Cruza un zorro con un chinchillón entre sus fauces y corre a su madriguera. Observa el rostro de la mujer; ésta, llora por la pequeña presa. - ¡Es el necesario precio que se cobra la vida, para su subsistencia!- le expresa sorprendido el muchacho. Se tranquiliza la mujer. Están ingresando en ese espacio tutelar de los ancestros apatamas. Dejan el móvil y tomando unos bártulos la obliga a participar activamente del trabajo. El sol ya está sobre sus cabezas.

                            Los ayudantes comienzan a repartirse los cuadros para extraer la arena y piedras de los artefactos. El científico, penetra por la región  intransitable del matorral. Camina con sumo cuidado para no despertar los adormecidos elementos de valor del pucará. Advertido penetra en una gruta de roca indemne con petroglifos y pinturas rupestres. Detrás   siente que se deslizan pies humanos. Se vuelve y como en un "negativo" fotográfico se transluce una apariencia corpórea. No reconoce el contorno ni la forma ilusoria. Un sopor le sobreviene. Siente el ronroneo y rodar de unas finas piedrecillas que alfombran el suelo. Hay un sensible rumor de agua y el goteo de insignificantes cascadas en los desniveles de las largas galerías. Con su lámpara trata de iluminar hacia la izquierda y una figura de belleza sin igual resplandece a su vista. Parece una máscara de cristales y oro. Es tan antigua como la milenaria visión de sus fantasías. ¿Acaso son realmente palpables o están impresas en su yo imaginario y no existen?

                            Llama a gritos y sólo le contesta la voz apagada de su inadvertida escolta. No conoce  su nombre. La mira enfrentándola y le pregunta con la mirada inquieta -¿Si ha escuchado algo?-  Sonríe la periodista y le señala una cripta. Su voz, alentadora, suena transparente y lúcida. - ¡Llámeme Quillén, ese es mi nombre! - contesta con atractivo mohín  femenino. Él sigue alumbrando con una linterna las paredes gradualmente artesonadas con símbolos pretéritos. Una suave llovizna los envuelve. Se acercan los cuerpos, se cruza un gélido aire azufrado.

                            Las manos de la pareja, tiemblan y cae la lámpara en una grieta. Han quedado a oscuras. Tiemblan y el hombre toma entre los brazos el cuerpo trémulo de la ninfa anhelada en  su claro deseo carnal. Acaricia el rostro y besa  la boca atrevida. El cabello le cae en una catarata de seda entre las manos. Detrás de esos cuerpos se oye un murmullo lejano que atrapa  la atención del hombre.

                            -¿De dónde proviene?- Trata de reponerse y captura con dificultad la luz caída. - Debemos continuar... allá hay un peculiar espaldón de minerales raros.- la urge hacia un camino cuyo trecho recto los obliga a saltar un río subterráneo y un barandal de estalactitas húmedas.

                            - ¡Ilumíname ese sector, Quillén... por favor! Mira... ahí hay una espectral forma casi humana. - quería obligarla a participar. Justo a esa mujer a quién nunca pensó que compartiría el hecho más importante de su carrera.  -¡Nunca lo consideró! – se dice. ¡Observa, es una momia y está casi intacta..!. - lo sorprenden sus palabras y siente una urgente invitación de la muchacha que está excitada y febril.

                             - ¡Magnífica! ¡Es perfecta..., me maravilla su belleza! Además, mira tiene todo el ajuar intacto. Observa las sandalias de hechura arcaica... y su camiseta de lana de vicuña roja y su manta de alpaca y las plumas de colores desvaídos por la humedad y el tiempo... - señala conmovido.

                              - Tiene un collar de piedras azules y rosadas... ¿será "rodocrocita" y "lapislázuli” o “turquesas?” ¡Mira su largo cabello trenzado con agujas de hueso. Usa brazaletes  con láminas de oro y extraños dibujos!-  le comenta sin mirarla- ¿ Crees que pudo ser una princesa apatama?

                               - Tal vez debemos regresar y buscar ayuda para transportarla. Ven volvamos. La insta con apuro.

                               - ¿Sabes volver acaso por esos pasajes misteriosos? - Quillén ríe con carcajadas agudas. Mira al hombre consternado que tiene frente a sí y su rostro de piel suave y tersa se va convirtiendo en una mueca donde la boca se desdibuja y sólo se ven los dientes apretados en el hueco de su calavera. Su traje se deteriora rápidamente y va transformándose en un atuendo apatano de confección muy primitiva. Ya no tiene ojos y en las cuencas oscuras brillan como dos esferas de azabache pulido, de antracita combustible e ígnea. Y son esos ojos los que lo petrifican. El horror queda como una máscara calcárea en la fisonomía del hombre.

                          El sol cae en rayos de fuego sobre el rostro del hombre que desesperadamente busca incorporarse en el desierto apatano. Sus pies heridos y sangrantes parecen de lava. Sólo se escucha el griterío de pájaros carroñeros que esperan una presa. ¿Acaso todo ha sido un espejismo? ¿Su imaginación pudo crear tártaro semejante? A lo lejos un murmullo atrae su debilitada conciencia.

                          Es un grupo de gente que se acerca. Trata de atraerlos con gritos, pero nadie acude, nadie responde. Todo ha sucedido en su afiebrada mente o ya forma parte del mundo espectral de los nativos desaparecidos. Una joven aldeana aborigen se acerca y lo mira. Sus ojos son de azabache pulido y sus trenzas están apretadas con lanas de colores. Canta. Un susurro de erkes, flautas y cajas, en un dulce yaraví, invade el páramo. Le acerca rústica la mano de piel curtida y lo ayuda a erguirse. Un misachico frailero, apretado de flores de papel de colores, con un "Santo de palo”, vestido en paño de vicuña morado, se enfrentan al mustio cuerpo deforme del científico. ¡De pronto, en el erial...un pájaro de alas descomunales echa a volar hacia el disco de fuego, padre de los "Incas" y de todos sus descendientes; tribus que se han ido diezmando en la pobreza y el tiempo.

                             Un ave inexistente en los libros de los sabios.

Lengua Apatama:

* Suy-i con puri: mano con agua.

** Sima - Hoy- ri: Hombre de la tierra.

 

domingo, 17 de mayo de 2026

VACACIONES EN LA MONTAÑA

 


 

                        Ni siquiera se sentó a la mesa. Tenía la cara arrebatada de ira. Otra vez ha vuelto a dejarnos solas. ¡Es tan poco sociable! Al final mejor si no hubiera venido, nosotros nos arreglaríamos igual...como siempre. María Eugenia se fue quedando dormida. El ruido lejano de la gente que bailaba en el plató del hotel, le servía de somnífero. ¿Qué estaría haciendo su madre? Llorando... ¡¿otra vez?! 

                        Me siento abrasada por un sol tórrido, rojo, envolvente. Junto a mí está el hombre más hermoso que pudiera soñar. ¿Es Luis Miguel? Debo estar soñando. Mejor que despierte porque será peor si no logro besarlo. ¡Es tan divino! Es un potro. ¡Hay déjame dormir, te digo, no voy a levantarme para estar con vos! Me cuesta abrir los ojos. ¿Qué que Juanjo? ¿Qué..., OH, no me digas? ¿Papá? ¿Y qué hizo mamá? Bueno ya me levanto y bajo. Esperame con un desayuno de esos. No puede ser...papá se encontró con "alguien", regresó anoche con más de una copa y durmió totalmente vestido. Mamá cuando se despertó ¿qué habrá pensado...? Ya, me pongo los lentes de contacto, me pinto un poco los ojos y bajo urgente. Tengo que saber todo.

                        El ascensor repleto. Bajaré por la escalera. ¿Qué lío, qué pasa en el hotel? No...Nada menos ni nada más que todo el staff de " El Rayo". ¡Qué minas, qué minos! Allá está Juanjo.

                        - Hola...dejame espacio. Sí, ya vi que llegaron esos, pero me interesa más lo de papá. Contame. -  se desvía su mirada entre todas las golosinas de la mesa. - ¡Qué cosas ricas, voy a engordar como un cerdo...no me voy a poder poner el Jean nuevo!

                        - Sos retonta. Mirá parece que papá ayer se encontró con una `doctorcita´de la facultad...él dice que le sirve café, siempre, cuando están de exámenes. Mamá, la conoce bien, pero sólo se traga la mufa. La cuestión que cuando papá la invitó a tomar una copa en el bar...no tonta; a mamá, ella estaba cansada, vos sabés acá con el frío le duele la pierna, se acostó, pensando que papá lo haría. ¡No, se quedó hasta las cuatro tomando tragos y hablando!-

                        - ¡Huanca no te distraigas y contame...esa que está allí es una de las modelos top del Rayo...¡Qué lolas tiene! Y la cola. Deben ser puro plástico. ¡Dale! Mirá quiero saber qué hizo de malo el viejo, de todos modos, mamá no le da ni bolas.

                        - Ahí viene mi entrenador me voy. Después te cuento. Nada importante debe haber pasado. Allí viene la vieja.

                        María Eugenia mira distraídamente a su alrededor. El caos reina en el comedor del hotel y piensa...

                        - Si me hubiera ido con Dolores y Caro a Disney, no me embolaría tanto. Acá todo es un plomo. Seguro que ahora mamá me va a retar por algo.

                        ¡Hola, buen días, si se puede decir buen día con todo este lío! Te pusiste ese pantalón todo desplanchado y sin hacerle el ruedo? Te he dicho mil veces...

                        - Má, no me hinchés. Ayer por el pelo, hoy por el pantalón ¿mañana por qué me vas a retar ? Acordate que este es mi viaje de los quince. Podría haber ido al viaje con las chicas, pero no, yo quise estar con ustedes. ¿Para qué? Si me vas a molestar todo el tiempo. ¿Qué pasó anoche con papá?

                        - Mirá esa chica ¿no es la del Rayo? Prácticamente está desnuda y debe tener tu edad. Yo no me explico cómo las madres le dejan hacer lo que quieren. ¡Hija mía tendría que ser!

                        - Sí, sería idiota como yo. No ves que ellas son más libres. Nadie las jode.

                        - Allí viene tu padre. Te he dicho que no hables así, parecés una chiruza. Hacele lugar para que desayune. Me gusta ese modelo de peinado. El de esa señora que está sentada allí. ¿Cómo me quedaría ese corte?

                        - Buen día...menos mal que salió el sol. Desayunemos que me quiero ir a jugar al pool en el subsuelo. ¿Qué hicieron anoche? Yo me encontré con gente de allá, de mi trabajo. ¡Qué rico dulce, me hace acordar al que hacía tu mamá! Mirá llegó un grupo de japoneses...sacarán millones de fotos. Bueno me despido hasta el medio día.

                        - Mami me voy a tomar sol en el solarium de Piscis. Me puse la bikini que me regaló Rolo. La tengo debajo del enterito. Chau.

                        - Cuidate, no tomés demasiado sol. Ponete un protector. Acordate que acá el sol es más fuerte que en el mar. Nos encontramos para comer. Yo estaré esperando en el salón de lectura traje algunos expedientes para resolver. ¡Siempre me dejan sola! Seguro que les da vergüenza mi aspecto de `discapacitada´. Siempre sola.

                        - Pobre mamá no le damos bola...pero es tan pesada. Tendría que haberme ido con las girls sería más divertido que estar acá. ¡Qué tipo super...debe ser gay! Ese que me mira está bueno pero no me animo, es difícil que me mire con ese lomo. Hola, sí estoy sola ¿Y vos? Me llamo María Eugenia. Soy de Pilar. Sí de Buenos Aires. ¿De dónde? Sos de acá...qué aburrido.

                                   Se puso los lentes y no habló más.