sábado, 20 de junio de 2026

GOLPE A GOLPE SE ACERCÓ LA MUERTE

 

            Despertó por el fuerte olor a desinfectante que le hizo llorisquear. Tenía frío y le dolía todo. Las manos atadas a un barral de la cama le impidieron moverse. Tiritaba. Lloró o creyó llorar, porque ya no tenía lágrimas.

            Se casó enamorada. Ella con veinte años y él con treinta y dos, eran la pareja preciosa. En verdad nunca su familia fue muy cariñosa y ese hombre la amaba. Después de llevarla a Cañadón de Abajo la cuidó tanto que no la dejaba salir de casa ni hablar con nadie. Le creció el cabello, tanto que caía en cascada sobre la espalda donde comenzaron a dibujarse rayas. El rebenque era de cuero crudo y cada vez que Amanda levantaba la vista o le hablaba antes que él lo permitiera, llegaba el golpe.

            Nació Rafael, a los meses nació Consuelo, perdió por una caída (provocada sin querer por Félix), pero era mujer no importaba. Al año nació Moisés, vino luego Isaías y Rosarito fue inevitable que naciera, a pesar de ser hembrita. Serviría para ayudar en la vejez y servir al padre.

            Un día vinieron los padres de Amanda y no la reconocieron. Ella estaba hinchada, con hematomas en la cara, los brazos y el cuello que cubría con un rebozo para que no se molestara Félix. ¡No le gusta verme llorar y ver mis moretones! ¡Es que tengo la mala costumbre de hacer corriendo las tareas, me caigo y me golpeo con los muebles! Félix me ama, me cuida tanto, no quiere que nadie se me acerque para evitar que me perjudiquen porque en el pueblo son muy… muy malos. Nos envidian. La hacienda, los animales, la casa, los niños.

El abuelo materno quiso acariciar a los niños que escaparon cubriéndose el rostro y el cuerpo. ¡Son torpes como yo! Se disculpó Amanda. Los padres prácticamente huyeron de ese infierno y buscaron a Don Nicanor Fuentes Amaya, el juez. Éste buscó la ley y no encontró un artículo que pudiera usar para echarlo al oscuro solar de los “mandingas y satanases”, como él.

            Una mañana que cumplía los seis meses de embarazo de mellizos, Félix llegó y la encontró dormida, la cocina estaba fría y la ropa sin lavar. Los niños escondidos bajo la cama sabían que se venía una hecatombe.

            La arrancó del lecho, la pateó y golpeó hasta que perdió el conocimiento y vomitó.  Irrumpieron y entraron  Zinaida y Francisco, sus vecinos y con ellos la policía. La llevaron al hospital. Él fue a dar excusas al señor Juez y ella, herida miró como sus hermoso mellizos flotaban en sendos frascos de vidrio junto a la cama de hospital. Al anochecer llegaron sus padres, recogieron lo que quedaba de Amanda y los niños partiendo al hogar en la ciudad.

            Llevaron los angelitos a un cementerio y los guardaron de los golpes de un hombre que “Amaba mucho a su mujer”.

A él nadie pudo hacerle nada porque la Ley no sabe que el Amor de esposo y padre puede transformarse en un infierno. Amanda ahora, con otro nombre  en una ciudad diferente y lejana, se esconde de una muerte segura.

 

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