sábado, 20 de junio de 2026

LAUCHA

 

Camina. Camina y camina siempre camina. Es la forma de escapar. “Laucha” le dicen los pibes de la Villa, porque siempre logra “zafar” de la cana. No sabe bien cuántos años tiene, pero dice que es grande y que desde que nació consigue la “merca” para su vieja. Primero pedía en el andén a orilla de los trenes, luego vio cómo robaban unos pibes y comenzó con pequeños robos que alcanzaban apenas para un porro o una pastilla. Después arrebató carteras, celulares y cuanto bulto pensaba que podía cambiar por droga para su mamá.

Siempre se escapaba como una verdadera laucha y cuando llegaba a la puerta de la casilla, si la madre no lo dejaba entrar se iba al refugio junto al “Jeringa” que si estaba limpio lo protegía. Cuando estaba volado, ni lo conocía, pero siempre pudo evitar que lo manosearan los pungas y degenerados. A veces bajaba a la calle grande y miraba pasar los coches con gente hermosa. Una vez en un semáforo, vio al goleador del equipo puntero. ¡Qué aire de tipo canchero! ¡Era un ganador, se le notaba!

Laucha caminaba y caminaba todo el día. Un día pasó por una verdulería: “DON BEPPO” y un tipo gordo y de piel roja de tanto hacer fuerza, lo llamó. Se asustó pero le ofreció una manzana, que se comió después de limpiarla con la camiseta. Le habló con unas palabras medio “cocoliche”, no se le entendía bien. Salió corriendo, pensó que “Jeringa” un día que estaba sano, le contó de tipos que quería hacerle “cosas y manosear a los chicos” y el hombrote ese le dijo: Volvé cuando tengas hambre. Y detrás una vieja gorda le mostró una sonrisa hermosa.

Se animó y pasó dos días después. Le dieron banana y naranja, que sacaron del mejor cajón y allí lo vio. Era un pibe de quién sabe cuántos años atado a una silla de bebé, más grande, que babeaba y gesticulaba como medio loco. ¡Era el hijo! Laucha lo miró con asco. Los mocos se le salían y la vieja lo limpiaba como si fuera un tesoro de cartel. Eran de otro país seguro, porque no hablaban bien y el no le entendía lo que hablaba. Buscó en la Villa que Chicho le explicara. Estaba borracho y no le entendió. Buscó a la “Gata” y ella le dijo que seguro que era un chico tonto de nacimiento, que no era malo y que no tuviera miedo. Y no lo tuvo más.

La madre del Laucha un día desapareció de la casilla.  Primero no supo qué hacer, pero no le contó a nadie. ¡Por comida…, seguía sacando lo que podía de los tachos frente a los boliches, no se hacía problema por quedarse solo! Total su mamá vivía en la “catrera” volada o con algún tipo que le daba merca. Salía igual a caminar pero ya no necesitaba robar. Comenzó a ayudar al gordo de la verdulería y hasta lo hicieron bañar con agua caliente y le dieron ropa limpia.

Todos los días volvía a la Villa para que nadie lo mandara con las asistentes que vivían jodiendo. Él no quería ir a un asilo, prefería estar así. Seguía caminando horas cada día hasta llegar a DON  BEPPO.

En una de esas caminatas, en un basural junto a las vías vio una bolsa de plástico negro que estaba tirada y se movía. Seguro un pobre gato o perro. La gente tira a los bichos que no quiere criar, como a mí. Cuando la abrió descubrió un bebé. Le miró la “cosita” y era hembrita. ¿La puta qué hago? La llevo a Don Beppo. Y envolvió el bultito y salió corriendo. Cuando llegó, casi sin aire, la “mamma”, le recibió el paquete y casi se desmaya. “Ma cuesta è una bambina nata oggi” y salieron en la chata al hospital. Allí la recibieron unos tipos con ropa verde clara y guantes de goma. Los viejos lloraban y se abrazaban como si Laucha les hubiera regalado un ángel. La revisaron y la dejaron “en observación”. ¿Nombre? ¿Cómo querés que se llame? ¡Qué se yo! ¿Ti piace Miracolo? ¿Qué? Milagro. Bueno. ¿Y ahora me van a llevar preso? No, vos la salvaste de morir. ¡Sos un héroe! Y Laucha sonrió y bailó como nunca había reído y bailado. Él un héroe.

 

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