jueves, 17 de septiembre de 2026

DESPERTAR

 

                                                               Cubrir un sillón antiguo antes de partir para un largo viaje al viejo mundo.

 

            Parece mentira, me dijo Camilo, estás envejeciendo. Siempre sentada frente a la pantalla del televisor mirando tragedias ajenas. Tus sueños adónde han quedado, en los antiguos libros de costura y bordado de tu abuela; si antes, cuando tenías veinte años regañabas a toda la familia por no salir a ninguna parte. ¿Dónde están tus sueños? Despierta Aldana.

            Cuando me jubilé me prometí no repetir la historia de mi madre y mis tías. Y, ¡OH, sorpresa! Es lo que hago. Sacar a pasear a Tirso, con su pata descalabrada que encontré en la plaza. Regar las plantas y cortar las flores secas, remover la tierra de los canteros. A veces hacer unos alfajores, cuando viene Camilo.

            Antes, soñaba, es cierto. De joven fui a bailar al club con mis amigas del barrio. Todas se han mudado a barrios alejados; cerrados por cada lado para evitar extraños. Todo queda lejos a contramano, y yo vendí el auto. Ya no manejo. Tampoco aporreo el piano. Me duelen las manos y la espalda. Es más cómodo el sillón del comedor junto a la estufa y mirar novelas o alguna película de cuando éramos jóvenes, las de ahora no me gustan. Son muy zafadas.

            Los domingos a misa, luego a prepara la mesa para que venga Camilo con su novia nueva. ¡Siempre las cambia! Cuando uno se acostumbra a Nancy, llega con Delia. Ahora es Yésica. Las trae y yo las miro y no digo nada para evitar que digan que soy la bruja. Todas las madres de varones somos malvadas para las mujeres de los hijos, aunque nunca hablemos, igual no nos quieren.

            El lunes cambio de ropa de cama. Ya no se consigue almidón. Don Fernando, el almacenero me dijo que lo han prohibido por que lo mezclan con drogas. ¡Qué pena! Tengo las sábanas de mi ajuar, de lino. Las bordamos con mamá y la tía Clelia. Unas a mano, como me habían enseñado en la escuela y otras con la Singer.

            Martes voy al cementerio, poco en los últimos tiempos. Me deja triste ver tan solo a los muertos. ¡No va nadie! Se han robado las placas de bronce y los adornos lindos. ¡Una vergüenza!

            Los miércoles salgo al centro. A veces doy la vuelta completa de 59 y me bajo por alguna vidriera que me atrae.  

            Este jueves me fui a San Telmo y me encontré de frente con Silverio, mi noviecito de los quince. Casi me desmayo cuando lo veo. Calvo, panzón y medio ciego. Él se paró en seco. ¿Aldana sos vos? Y sí, soy yo con treinta años más. Bueno cuarenta.

Me invitó a tomar un café. Al principio me dio escozor. Luego acepté. Hace tanto que Marcos se fue a vivir con otra, en un país del norte, que ya no me acuerdo ni cómo era su cara. Me habló de su vida, de su triste viudez, de los hijos lejos y de la soledad.

            ¡Bah, yo si sabré lo que es estar sola! Cuando Marcos se fue conseguí superarlo con trabajo y corría de uno a otro para parar la olla. Camilo era pequeño, tenía cinco años. La rubia que lo atrajo era flaca y pechugona, yo era morocha y con el embarazo quedé redonda como un globo. Pasaron pocos meses y quedé más delgada que ella. Me arreglé para no darle el gusto a las lenguas de víboras de las vecinas. Y le di estudio a Camilo, es ingeniero.

            Me contó que era gerente de un banco conocido. Que tenía una casa en Pilar y se ofreció a llevarme a casa en un auto espectacular. De esos que se roban para venderlos en Paraguay o en la frontera con Uruguay. Me llevó hasta casa. Lo invité a pasar. Se quedó asombrado del cuidado de cada detalle que pongo en cada cosa. Tomamos un licor que hago con cáscaras de mandarina (receta de mi tía Clelia), le encantó y yo me ponía nerviosa. ¡No estoy acostumbrada a atender a otro hombre si no es Camilo o mi ex suegro, que suele venir para las fiestas! Charlamos mucho. Le encanta ir al cine y a comer a “La Farola” de San Isidro. Yo no fui nunca. Siempre cocino en casa, aparte de ser más barato, uno sabe lo que come. Pero bueno está solo.

            Me pidió el número de teléfono. Lo miré de soslayo. ¿Este me va a llamar? No, no creo. Se fue casi de noche. Y yo me fui derechito a sacar el álbum de las fotos de egreso. Y allí estaba él, joven, por supuesto guapo y me miraba. Mi vestido era lindo y yo tenía buen cuerpo. El pelo me caía por la espalda hasta la cintura y ese día estrené zapatos con taco aguja… ¡Qué época! Me serví una copa más de “mandarichelo” y me puse a pensar en mi vida y después de muchos años lloré de nuevo.

            A la semana siguiente cuando abro la puerta, era jueves, el teléfono sonaba a terror. Tirso ladraba, el gato se había subido a la heladera y estaba hecho una bolita de pelos. Alcé el tubo y era él. Me invitaba al cine y a cenar el viernes. Titubeé un poco, pero me dije: Aldana, te merecés algo diferente. Y dije que sí.

            Corrí al placard y rebusqué en mi ropa. Todo antiguo y oscuro, bien de vieja. Me miré al espejo y tenía dos dedos de canas sin teñir. Salí corriendo al peluquero del barrio que se asombró cuando me vio llegar. Claro casi un año sin ir a hacerme nada. Vino la manicura y me arregló las manos. Salí cambiada. Le llamé a Camilo. Le conté y festejó: ¡Por fin vieja querida! Me alegro, dijo muy suelto de cuerpo. Yo creía que me iba a reprochar y me sale con eso.

            Me planché un vestido. No. Me planché una pollera y una blusa con vuelos que no usaba hacía tiempo. En el espejo me miraba y era yo Aldana de nuevo.

             Llegó a las siete en punto, el auto hasta tenía perfume. Fuimos a ver una película con Nicolás Cage y una chiquilina que de los nervios no supe el nombre. La había visto en la televisión como tres veces, pero en el cine es diferente. Luego fuimos a cenar a un lugar muy paquete. No lo conocía por supuesto. Apenas me pasaba la comida. Estaba como cuando en la fiesta de egresados me sacó a bailar.

            De regreso y luego que supe entretelones de su vida y la de sus hijos, me plantó un beso y me dejó más aturdida aun. ¡Te veo la semana próxima! Y partió sacando chispas a los neumáticos. Y así fue por varios meses. Cada vez venía más seguido. Adelgazó. Se hizo poner lentes de contacto, como que rejuveneció diez años. Y yo me comencé a cuidar un poco más, claro.

            Un día vino con un ramo de rosas blancas, preciosas. Me dijo… si quería ir de viaje con él a Europa, pasaríamos por Madrid, París, Berlín y Atenas. Yo que nunca salí más lejos que La Plata a lo de mi prima Susana. Casi me caigo de espaldas, ya tenía comprado los billetes de avión en primera clase, hoteles de cuatro y cinco estrellas y paseos por varios pueblos con historias… ¿Cómo le decía No? Y me volvió a besar como si fuera de veinte años. Y temblé como si yo tuviera quince.

            Camilo vino con Astrid, su nueva novia. Me vio que estaba cubriendo los sillones con las sábanas de mamá y sobre mi lecho una valija con ropa nueva que me compré. Y me abrazó y me dio vueltas y vueltas en el aire. ¡Por fin mamá! Por favor vuelve a ser feliz. Y ahora ya en el avión que nos lleva Madrid, pienso en los años que perdí sentada mirando novelas en la televisión y visitando el cementerio.       

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