Pasaba cerca de la verja y solía ver a un anciano sentado, solo y rodeado de dos perros. El hombre solía dormir a la sombra de un nogal, que le confidenciaba su historia de soledad. Solo el árbol y solo el hombre. No tenía tiempo para detenerme, mi trabajo exigía horas en la mesa del taller donde prepara el metal, perfilarlo, calentarlo y darle forma me llevaba días, horas y semanas dar forma a los encargos que me hacían de las embajadas.
Mi hija Estefanía, me ayudaba con los curiosos y clientes que llegaban al estudio. Ella tiene ese don especial para tratar a los extranjeros y nativos, que escuchan con detenimiento la historia de nuestra platería. Mi padre la recibió de su padre, platero andaluz que se hizo famoso en esta región con sus famosas dagas fileteadas en oro sobre la plata.
Mis dos hijos varones me evitan, quiero dejarles la herencia de platería pero ellos quieren ser independientes. Tal vez Octavio se anime y me siga. Cuando niño, yo me trepaba sobre una banqueta para ver cómo trabajaban mi padre y mi tío. Así aprendí. No me creo el mejor pero la gente me prefiere.
Me encanta caminar desde casa al taller. Así, de alguna manera lo veo. Un día le pregunté al jardinero por el caballero, el anciano que dormita bajo el nogal. Muy comunicativo, me contó la historia del hombre. Se llama Evangelino Arenas Sulaigè. Fue un gran orador y profesor de filosofía en la universidad. Su cátedra era la más prestigiosa y venían estudiantes de muchos países y ciudades a escuchar sus cátedras. Había tenido muchos hijos, que se fueron alejando del país a medida que no encontraban apoyo para superar al padre en los claustros culturales. Su esposa, una dama, dijo el jardinero, sufría de una extraña enfermedad que la acompaña desde los cincuenta años. Yacía en su lecho casi todo el tiempo.
Ya sabía de su soledad y tristeza. No me atrevía a acercarme para dialogar. Hasta que una mañana, en el otoño del setenta y nueve, me hizo una seña como para que me acercara. El jardinero me hizo ingresar y me alentó a charlar con él. Me presenté. Sabía de mí y de mi trabajo como platero. Me pidió que lo acompañara a su estudio.
¡Dios mío, qué biblioteca tenía el anciano! Yo me quedé boquiabierto. Abrió una vitrina y me mostró una bellísima pieza de plata que había hecho mi abuelo. La observé y aprecié las manos maravillosas y la calidad de la plata que usó. En mis manos, parecía un nido de extraña magia. Cuando se la pasé, me dijo: “Tómela, es suya” y sinceramente me quedé mudo, no tenía palabras. Si queda aquí, me dijo, seguro cuando muera, que no será muy lejos de hoy, la venderán por monedas… mis hijos están todos en otros países y sería raro que vengan a recuperar mis objetos queridos. Éste me lo dieron como premio por un estudio que hice sobre la filosofía en la época colonial en América hispánica, en el período de mil ochocientos veinte al mil ochocientos cincuenta.
Luego de esa charla, me fui con esa maravilla entre mis ropas. Pensé: ¿Cómo ha cambiado todo? En los tiempos antiguos se valoraba tanto el conocimiento, el trabajo intelectual y la cultura… hoy se van, todos se van. Vamos perdiendo lo mejor de nuestra sociedad. Los que quieren superarse, los que arriesgan su vida para ingresar en claustros que estuvieron a la misma altura de los mejores.
Llegué al taller y encontré a mi querida Estefanía con unos viajeros de origen árabe que querían comprar mis obras de orfebrería. Se las llevarían como un tesoro a sus países lejanos. Me vieron que estaba llorando. No pude explicarles mi dolor. Se llevaban un pedacito de mi corazón y el alma de la platería de mi tierra. Ingresé en la zona más oscura del taller y allí me quedé arropando mi tristeza. Cuando se fueron luego de llevarse varias piezas, entre ellas las famosas rosas de plata y oro rosa y azul, entré a la mesa y en mi pequeña fragua, fui desarmando algunas obras que no se merecían irse de mi terruño. Entró Octavio y me vio tan apenado, que se sentó a mi lado y comenzó a transformar metal, salían láminas enrojecidas para al ponerlas en el agua y ácido, cambiaban de color como este tiempo de cambios en el mundo.
Me miró y
me dijo: ¿Padre, tanta es la diferencia en el tiempo con el actual? Me volví,
saqué la caja que me regalara el caballero de la casa del nogal. Y luego de
relatarle su historia, sacó una tarjeta y puso: Obra hecha por mi bisabuelo
para el Doctor: Evangelino Arenas Sulaigè, filósofo y catedrático de
No hay comentarios.:
Publicar un comentario