La luna se dejaba desplomar sobre la ruta. El brillo era de una lujuria misteriosa y dejaba pasar una bruma que se deslizaba como serpiente salvaje el camino.
Bajo la ventanilla del Mercedes y dio unas fuerte aspiración al cigarrillo. Se le alborotó el pelo con el aire húmedo. La noche avanzaba y tenía que llegar a la casona. ¡Recordó la conversación previa la cita! Recordaba cómo guardaba la misma ternura que había tenido en las conversaciones de la noche de vino y besos. Conversaciones nocturnas y atrayentes. Rememoró la piel húmeda y el cabello suelto cayendo sobre los senos suaves de Lorena.
Miró si tenía combustible suficiente y comprobó que Tania le había usado el auto esa semana. Tenía poca gasolina y mucho deseo de alejarse. Buscó en su memoria, un lugar dónde podría resolver el problema... un lugar donde llenar su tanque. Recordó una villa cercana y giró en la carretera. Lo cegó la luz de otro vehículo que venía detrás y comenzó a derrapar y hacer maniobras para evitar el choque. Cuando pudo detenerse, se dio cuenta que estaba aferrado al volante y le sangraban las manos. Sus uñas que no había cortado hacía unos días, o semanas, se le hincaron en las palmas. Miedo, terror y después esa sensación indefinida de " he salvado el pellejo de suerte".
Sudaba. Rechinaba los dientes. Temblaba. La muerte era un enemigo inesperado. Ella lo esperaba en el restaurante como habían dispuesto por el móvil. Cuando recobró la calma, puso el coche en camino. Siguió hasta el pequeño poblado e ingresó en una estación de servicio. Le dio fuego a otro cigarrillo. Sintió la boca seca y áspera. Pero miró el reloj y comprendió que no podía demorarse o ella se molestaría.
Marcó el número y esperó. No le atendió. Esperó unos segundos. Entonces escuchó la voz de su enamorada. ¿Dónde estás? Y le explicó brevemente que estaba en un pueblito cercano llenando el tanque de combustible. Que eligiera una mesa, que llegaría pronto. Ella asintió y terminó la comunicación. Entre las luces de neón apareció la figura delgada y tambaleante de un muchacho, casi un niño. ¿Me podría acercar a la ciudad vecina? Dijo sin vergüenza. Sube. Y partió cuidando su billetera que estaba. Junto al móvil en la guantera abierta. El chico lo espiaba con el rabillo de los ojos.
¿Cómo te llamas? Ramón. Soy el hijo del relojero de la ciudad y vine a comprar algunas cervezas para mi abuelo. ¡Ah, entonces las dejaste en el...! No, encontré sangre en el piso y salí corriendo. Cuando llegue a casa llamaré a mi padrino que es policía.
A lo lejos ya se veían las luces de la ciudad. Déjeme por acá, yo sigo por ese camino de tierra, aquella es mi casa. Descendió agradecido. ¡Oscar quedó más agradecido que el muchacho! No quería tener nada que ver con sangre y problemas policiales ajenos.
Llegó al restaurante y dejó en el coche su maletín debajo del asiento. Escondió las llaves del coche y entró buscando con mirada inquisitiva las mesas. Allá la vio. Era ella y estaba hermosa. Disculpa Lorena, casi me mato para ir a buscar combustible. Se acomodó en una silla mullida y suave. El camarero, se acercó y le entregó el menú. ¿Qué bebida tomarán? Trae un buen espumante francés, hoy he nacido de nuevo...
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