Ella me invitaba a crear un mundo lleno de magia.
Su cabello dorado brilló con
las luces del gran espejo. En él, se reflejaba la esperanza de un mañana
hermoso.
Se había contentado con un
poco de amor de un hombre algo gris y triste. Ella era pura alegría y
sorpresas. Esa noche estaba de fiesta iba a encontrarse con su amado. Y se
había hermoseado para que la recibiera como a una princesa o una modelo. Se
miraba en un espejo que le devolvía una figura hermosa. Estaba muy delgada,
pero bella.
Tal vez él, la estaba
esperando con el deseo normal, allá lejos. Siempre soñando con una vida juntos.
Creando un hogar hermoso. Tener ese futuro que cada joven añora.
Cuando miro hacia atrás, me
reconozco en la edad de la esperanza. Ella era y es esperanza pura. Pero cada
día para mí, creaba un día mágico. Llenaba mi cabeza de poemas de amor, de
cuentos y novelas que inventaba como racimos de uvas brillantes, doradas y
dulces. Con ella aprendía a memorizar la poesía de tantos poetas: españoles, nicaragüenses,
chilenos y de mi país. Se paraba en un banquillo y recitaba. Y así aprendí a
ser poeta. Comencé a leer con ansiedad de la mano blanca y fina de Alba y de un
puñado de amigas que se apretaban para jugar con sus sueños y locuras
juveniles.
Él, era una sombra de color ocre. Apenas
hablaba y sonreía con mirada asustada por tanta vida y distancia que había
entre sus dos ideas de amor. Ella apasionada, el triste y silencioso. No sabía
enfrentar la vida y tanta fuerza.
Tal vez, era una locura
inapropiada para esa época en que la mujer debía esconder insinuaciones y
promesas. Y yo, aprendí a ensoñar como vivir en la luna que se encerraba en el
agua de una charca en la tarde de lluvia. O correr descalza con el pelo al
viento bajo sol que abrumaba en piel de niña.
Pero una noche, fue. Se
quedó dormida. Estaba tan quieta y fría como un bosque en invierno, con nieve
que revoloteaba sobre las ramas inmóviles de un jardín perdido en el tiempo.
¿Quién le enseñó ese camino
y esa forma tan injusta de yacer allí, como una blanca estrella derribada en la
estepa? ¿Quién la empujó por las frías calles de la ciudad perdida? ¿Quién...
permitió que partiera sin regreso?
Alba mía, pasa el tiempo y
te espero.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario