lunes, 21 de septiembre de 2026

¿QUIÉN LO MATÓ?

 


                              Cómo será mi amanecer sin aves acurrucadas en la frente de mis sábanas de hielo.

            Despertó alterada por las sirenas que ahuyentaban a los pájaros del jardín. Las cortinas se movían con las bruscas ráfagas de viento. Amanecía. Un vapor reflejaba en los faroles del parque luces azules que titilaban desde fuera de las rejas del caserón.

            Regina se movió en las perezosas sábanas como un felino, intentó salir del sopor que tenía tras una noche complicada. Recordó los sucesos del día anterior y un escalofrío le recorrió el cuerpo. ¡Aún creyó oír los gritos de Damián! Es verdad que habían bebido mucho alcohol, que Jenaro estaba fuera de sí, pero no recordaba qué había ocurrido después de la pelea. Ella, se había descalzados sus tacones y subió a la alcoba, se desnudó, y sin sacarse le maquillaje, se derribó en el lecho entre las sábanas de su lecho. Quedó dormida de inmediato. ¡Demasiado champagne y vino!

            Las sirenas seguían desterrando el silencio que solía envolver la casona. Se puso de pie, tambaleante y se vio en el enorme espejo de su placard. ¡Estaba irreconocible! Su cabello suelto y despeinado, sus ojos rodeados por el negro tinte del Kohol, el carmín de los labios derramado por los labios deformando su boca. ¿Cómo iba a bajar hasta la sala para ver dónde había quedado Damián? Entró en el baño y abrió la ducha, la calida lluvia le cayó como un bálsamo sobre la cabeza que resoplaba en un dolor arrogante. Era la famosa resaca. Salió de la ducha y después de secarse la piel se vistió con una bata liviana. Descendió la escalera con pereza, la cabeza estaba rota por el alcohol que aun parecía merodear en su sangre.

            Dos hombres de uniforme gesticulaban en el enorme bitreaux de la puerta de entrada. Apuró el paso y a pesar del mareo, se acercó a la entrada. Un enorme resbalón

La desparramó en el piso. Con esfuerzo se levantó y abrió. Su cuerpo estaba lleno de un líquido rojo oscuro, pegajoso y maloliente. ¡Sangre!

            Ingresaron ambos uniformados. La ayudaron a ponerse de pie, estable y despistada con su mirada miope a los sucesos que vendrían.

            Sintió el estallido de uno de los vidrios de la zona exterior de la casa. Recordó que esa noche habían departido horas entre trago y trago, con la música a decibeles altísimos, con los amigos de Damián y Jenaro. Recordó como envuelta en una nube a Lucila y a otros que bailaban y reían. ¿Qué pasó? Preguntó sin aun ver la sangre con la que se había manchado.

            ¿Señora... un muerto en su hall... le parece que no ha pasado nada? Se miró en uno de los espejos de la sala y vio su breve bata llena de sangre. Cayó como un rayo sobre el frío mármol. Estaba desmayada.

            Cuando despertó la sostenía una joven uniformada. Soy la subjefe de la policía local. Mi nombre es Mirna Castillo, y estoy aquí para que se aclare la muerte del occiso.

¡Déme su nombre completo y su estado... edad y qué hacía mientras ocurría este terrible asesinato!

            Soy Regina Rivamar Altunez, esposa de Damían Araujo Acevedo... tengo cuarenta y un años y vivo acá con mi esposo.

            La mujer la miró con desagrado. Aun tiene el olor a la bebida que ingirió en la fiesta y no sabe que su esposo o lo que sea, si lo es, está muerto, desangrado en el piso de su hall. Tiene la vena aorta cercenada y hay parte de su sangre en todo el pavimento hasta la puerta y salida de la casa. Esta mañana el diarero avisó a la comisaría que había sangre. Por eso hace más de una hora y media que tratamos que alguien saliera a atendernos... pero... usted despertó con dificultad señora. ¿Qué se ha consumido, lo veremos con científica? Un joven con gafas enormes, ingresó por la derecha, detrás venían unas figuras envueltas en overoles blancos y máscaras sacando fotos a todo y a cada milímetro del lugar.

            Regina no entendía aun el horror que la envolvía, para ella era la primera vez que se aventuraba en semejante desastre. No se dio cuenta que estaba en bata y llena de sangre hasta que se tocó el rostro y sintió el perfume metálico de la sangre. ¡Por Dios, de quién es esta sangre! ¿Estoy herida?

            La subjefe la miró de soslayo. ¿Está mintiendo o realmente no sabe lo que le está pasando y ha pasado? ¿Bueno, dígame sin mentir qué pasó acá en la noche de ayer... desde qué hora se ha realizado el sarao? Y déme los nombres de los asistentes.

            Regina intentó recordar. La fiesta había comenzado a la medianoche, muchos llegaron después de la una, porque venían del concierto de un grupo de música que amaban. ¡Qué buen concierto era lo que comentaban los conocidos!

            Se paró, tambaleó un poquito, pero fue despacio caminando hasta la pequeña mesa del hall, allí estaba la lista que habían confeccionado con Damián y Jenaro. La tomó con precaución y se la entregó a la mujer. Estos son los invitados pero creo que vinieron dos o tres amiguitas de algún invitado solitario, bueno no tan solitario si lo vemos así. Sonrió para su adentro. Esa rubia delgada con senos grandes no era de las más esperadas por Regina, y ese tipo de gafas oscuras, camisa abierta hasta casi el ombligo no era amigo de Damián...

            La uniformada junto a una policía de blanco la tomó fuertemente del brazo y la llevó junto al cuerpo... ¡Era Damián! Se quedó rota, perdida en ese horroroso cuerpo deformado que ella amaba. ¡No, no es mi esposo! Es otro, no puede ser. Yo subí y me acosté y recuerdo los gritos de una pelea, pero siempre el alcohol lleva a pelear a los improvisados. Nuestros amigos no están acostumbrados a discutir y gritar.

            Cubrieron el cadáver con una cubierta de plástico blanca y tomaron sangre del cuerpo de Regina, también le hicieron un dosaje de alcohol en sangre y de drogas. ¡Sargento Núñez, acompañe a la señora a cambiarse, para ir a la comisaría! La mujer la tomó fuertemente del brazo izquierdo y subieron a la habitación. Allí Regina se vistió rápidamente y se calzó unas sandalias blancas con flores azules, se puso un vestido azul prusia y se tomó el largo cabello con una traba de carey. ¡Espere me pondré mi reloj y mis anillos! Unas joyas muy valiosas, observó la muchacha, no ha habido robo, por lo menos no acá. Le diré este detalle a la jefe. Descendieron y esposada la ingresaron en la zona trasera del auto policial.

 

            En la sala donde fue introducida, había una mesa de metal. Le sacaron las esposas y comenzó un largo y macabro diálogo. Ella contestaba de acuerdo a lo que recordaba. Pasó un breve tiempo y vio por el cristal derecho que llevaban esposado a Jenaro. Ahí cayo en la cuenta que Damián, su amado Damián había muerto esa noche.

            ¿Quién lo había matado, sólo Dios lo podría en ese momento saber? O no. Después del largo interrogatorio, ya Regina, sentía nauseas. Comenzó a llorar aunque se había propuesto estar serena. Hizo un esfuerzo y recordó los gritos. ¿Eran voces de hombre o de mujer? ¿La pelea era por... dinero o por otra cosa? El hombre que la interrogaba salió y le trajo una bebida cola. Ella la deglutió con afán. Tenía una sed terrible. Aclaró la garganta y le preguntó: ¿Dígame, a qué hora fue destruida mi vida? Yo amaba a mi esposo. Y ese hombre que acaba de pasar era su mejor amigo, casi podría decir su hermano del alma.

            No podían decirle. No podían descartar nada ni a nadie. El hombre muerto era un conocido personaje del empresariado local. Muy apreciado por la mayoría de la gente. Vio pasar a dos vecinos de su vivienda que cara desacomodada, intentaban zafar de semejante y brutal hecho delictivo. Una camioneta arrastraba el auto por el cemento que rodeaba el edificio policial. ¡También buscaban allí! Pensó Regina.

            Las horas pasaban. Desfilaron varios de los invitados de aquella fiesta. Todos cariacontecidos, trataban de demostrar su inocencia. Volaban los móviles con mensajes de los que por causas personales no estaban en sus domicilios. La ciudad ya estaba atenta al acontecimiento. Pronto comenzaron a llegar móviles de los canales y radios locales. El asedio era insoportable para todos.

            El Inspector y sus ayudantes decidieron sacar a la mujer y al otro hombre, Jenaro, del edificio.

            Cuando llegaron a la casona... fue una sorpresa encontrar todo desparramado, cosas de valor artísticas rotas, abiertos cajones y placares, alacenas desvastadas y baños revueltos. Se habían llevado botellas, copa, bolsas de basura..., ya no estaba Damián sobre esa enorme mancha de sangre que había tornado rojo muerte, negra y maloliente.

            Faltaban muchas cosas. Entre ellas los cuchillos, tijeras y todo instrumento cortante que habían hallado. Cuando entró María la empleada que hacía veinte años trabajaba en la casa, se abrazó a la patrona y lloró con desconsuelo. ¡No puede tocar nada! Le dijo un agente. Y ella cayó en la cuenta que podía ser investigada, lo que le preocupó por la conducta de su hijo que andaba en cosas raras con algunos inmigrantes.

            Comenzó la etapa de recordar los hechos por décima u doceava vez. ¡Era voz de mujer! Sí, era una voz cargada de odio y descaro. Palabras oscuras y que Damián nunca había expresado frente a Regina. Desde la bruma de su mente recordó un nombre: Gina...o Gianna. Era muy extraño no saber quién era esa mujer.

            Pasados los días, organizada la casa, luego de la despedida de Damián en el cementerio Parque Del Silencio; regresó la jefe Mirna Castillo con unas fotos y varios objetos. Una delicada observación, le permitió a la joven viuda, ya sobria y doliente, reconocer a la mujer que había acompañado esa noche al hombre de camisa abierta.

            Creemos que ésta puede ser la persona que mató a su esposo. Y ha desaparecido de la ciudad. ¿Tiene idea quién es? ¿Dónde puede estar? Cerró los ojos y recordó... esa mujer la había seguido unos días antes por el centro comercial, por la calle del gimnasio y de la peluquería. Asintió. Esta mujer no es amiga nuestra, y no vino con un amigo de Damián. De repente ingresó al salón Jenaro. Venía esposado. Y custodiado.

            La sorpresa fue mayúscula. Todo era una arreglo con ciertos personajes de la corporación que estaba en quiebra. Su esposo ha muerto por manos de estos mal vivientes. Todavía se escucha el ruido de la bofetada que Regina le dio a Jenaro en el rostro... ¡Maldito estúpido, mataste al que te podía sacar de la miseria!

            Detrás de él apareció una mujer... la que discutió con Damián y cumplió con el astuto plan que habían preparado para esa fatídica noche. ¡Era la amante de Jenaro!

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