Las estepas se cubren de mantillones verdes.
Los glaciares se caen en chorrillos y lágrimas.
Las arenas persiguen su espacio como duendes.
La cordillera olvida su de altar de cordillera,
y nieva sin orgullo de estrellas.
Sólo se eleva
cálida en agua turbulenta que arrastra su mineral
dormido en las entrañas, aparentando el miedo
que arrastran sus heridas de oro y plata vieja.
Y los pinares crepitan con fuegos infernales
En atolones mueren los brillantes corales.
Y tú, Amazonía, salvaje y peregrina,
tú, pulmón que duermes como doncella herida,
despierta del letargo y violéntate a la muerte,
arrebata con lluvias con intriga de fauna.
Revoluciona el aire con rayos y centellas
que entre tus gritos de madre, alaridos de sangre,
haz nacer un millón de estrellas cual cristales.
Las islas de polución, atrapan a frágiles delfines
que buscan entre aguas profundas inaugurar la vida.
Los témpanos aislados flotan sobre los mares
y los osos blancos se ven tan desolados, dime
Madre Tierra, te buscan en el cosmos y aquí, ahora
estás abandonada con chimeneas que hacen que el aire aúlle
en colores de angustia anaranjados, ocres y en luto negro.
Qué hemos, los humanos, hecho con los acantilados
y ensenadas fértiles de ballenas ruidosas o sutiles.
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