jueves, 6 de febrero de 2020

GRITOS



No salen de mi boca palabras de amor, sólo de ira
de destierro de sueños, soledades y dudas
No puedo hablar de amor si soy cautiva de un celo singular
en comarcas  de silencio y odio.
No puedo hablar de amor.
Por eso…
envidio las tormentas que en su furia
construyen descontrol y matorrales que huyen a la nada.
Añoro en mi orfandad,
el rugido esparcido en humedales, la arena que marea
en silicios de oro y álamos que gimen como bestias heridas.
No puedo hablar de amor. Tampoco quiero
soñar con lo que nunca podrá ser ni ha sido
y en momentos de paz en el crepúsculo, pensaré que mañana
el sol será igual desde el principio y la luna intangible
allá en el infinito. No quiero que mi boca pronuncie la palabra
que amor no ha existido ni vendrá a mi cielo.
¡Amor!
En mi lecho de muerte estará tan lejano, como en mi cuna

Y YO




Y yo camino descalza sobre la hierba, como sonámbula en una perenne caminata entre los tréboles húmedos.
Y dejo mis pisadas como huellas de sangre en los pétalos del amanecer cuajados de rocío, como lágrimas de espuma y rayos de sol.
Y dejo mis manos quietas acariciándote en una despedida, tras el cristal de tu mirada de ayer.
Y te extraño como al agua del manantial donde abrevan las grullas en su viaje al horizonte.
Y te anuncio mis destellos de arco iris en medio de la noche oscura donde no hay sino ojos azules que nos espían.
Y recuerdo que me esforcé en recolectar el néctar de cada nardo que floreció en la nieve.
Pero: ¿Tú, me recuerdas en los sueños de invierno y de verano? O sólo escucharás las sirenas entre las olas del mar bravo.
Y yo seguiré el camino entre las gradas del odeón para que veas a las musas alentándome a escribir un verso.
Y yo seré fiel al silencio de las gaitas y del arpa antigua que duerme entre las nubes doradas. Seré yo misma, sin afeites ni togas, sólo descalza caminando entre los pétalos húmedos del tedio.



ENSOÑACIÓN




Desde la sombra, un pájaro de terciopelo salta
un minuto en la cascada de luces.
Es un ave que se detiene en el tiempo
para besar una gota de rocío.
Lame con sus pies de seda la  alfombra de sonrisas.
Toca el cuerpo tembloroso de una luciérnaga
que tiembla detrás de la luz, se pierde
es su mágica mariposa de espuma.
Una pompa de color de arco iris se estrella en su pecho
de ámbar  y amapola.
Se detiene y en sus brazos  de tibia escarcha
se apoya el pétalo misterioso de plumón de cisne.
Un silencio de rumorosos violines atrapa sus piernas puntiagudas.
Solloza el timbal y una comparsa de nubes se abalanza
hasta el centro mismo de la vida.
Queda ondeando un retazo de ternura con perfume a sueño.
Son los Ángeles que se desplazan en la lluvia de pétalos plateados.
La aurora boreal. Un llamado al amor y a la ternura.
Queda quieta, detenida la mañana.
Un sol celeste asoma su sonrisa cómplice
en la superficie dorada de un lago rumoroso de caricias.
Desde la sombra un pájaro, tan sólo uno, y un fauno  genial
que desplaza con picardía la boca de miel y lirios blancos
para que el  colibrí libe besos de pequeñas llamaradas.
Sueño el llamado de las hadas entre el follaje tembloroso
donde anida el ave. Paraíso perdido y encontrado.
Edén donde se esfuma el pecado. Cae una gota de lluvia
sobre el nácar de una rosa. Y allí la luz brota.
Fuente mística de fuego y vino venturoso.
Allí el beso de amor, abrazo interminable de la vida
Comienza a caminar la vereda del hombre.


SIN TI




Acababa de dejar el pequeño rectángulo de cielo que se proyectaba en la infame habitación. Cerró los ojos doloridos y enrojecidos de mirar hacia el infinito. La soledad le  había clavado una cruz de agujas imantadas en las pupilas. Ya no esperaba ver nada nuevo allí y desde allí. Mordió un minuto los pequeños tubos de plástico transparente que proveían de aire y alimentos. Cerró la  mente  aislándose de esa realidad...y comenzó a soñar.
Una mañana tan fresca y soleada. El caminando por la orilla del gran lago. El sol marcando sombras tardías entre los árboles y el aire envolviendo su cuerpo con olores fuertes...menta, toronjil, romero... pasto recién segado  y una necesidad urgente de tirarse en ese prado. Las nubes tratando de desterrar el brillo, y la belleza, las nubes en guerra permanente con el espíritu fugitivo de las sombras y las luz. recostado axial, ver aparecer a Nazarena con su cabello al viento transitando descalza sobre el fértil espacio acuático y vegetal de un piélago verdoso, y helechos y frondas de tornasolados iridiscentes.... amarillos, ocres, verdes y azules increíbles de esa orilla escurridiza. Cerró la boca. ¡No quiero respirar, no tendré en mi interior herido por la pasión, el perfil de tus muslos y tu rostro o tus manos como alas de abubillas revoloteando o sosteniéndose suspendidas entre las largas ramas de los sauces! No, no quiero respirar porque penetra en mi conciencia el perfume salvaje azaharino y jacinudos de tu piel morena de muchacha cerril y montaraz. Hembra de tiempos inhóspitos de mi país de ensueño.
El silencio me devuelve el golpeteo de mi corazón herido.¿Estoy dormido y sueño? Acaso el tiempo me prende a la voraz lentitud de los relojes. ¿Has regresado para incorporarme a las letanías de tu legión de fantasmas y espíritus ligeros? Ya no veo. Estoy ciego y deslumbrado. El mirar eternamente en el rectángulo de mi habitación me ha dejado alucinado. Perdí tu Venus y tu plasticidad en una algarabía de estampidos y ruidos. Allá en la carretera hacia la ciudad de mi destierro. Queda y ha quedado. sin nada ni nadie que venga a abrazar mi cuerpo muerto, mi conciencia viva que vibra y desespera por tus besos y caricias calientes y tiernas. hace un tiempo infinito que mi mente te llama y no puedes escucharme, por que estoy aquí en esta aciaga celda del averno. ¿Acaso puede escuchar el silencio? ¿Y tú recordarás a quien rodeó tu cuerpo en  un instante de pasión amorosa para crearte ese mundo mágico de un hijo. Duermo y sueño contigo . Me despierto espiando tu sombra y no llegas a buscarme. Estoy volviendo a abrir los ojos de febril e impúdica exaltación, algo acuoso se mueve en mi interior como una gelatina flamígera, me quema aun más que la visión desde el ángulo del espectáculo donde mi vista se pierde.¡Amor regreso... amor vuelvo a ti... espérame en tu regazo mítico y festivo...amor...amor mío!
          -Doctor Villafañe, el paciente de terapia está fibrilando. Casi sin voz  la enfermera trata de regresar al hombre -¡Por Dios ...hagan entrar a la muchacha.... aunque esté en ese estado... tal vez ella logre que sobreviva.


ALQUILER



Cinthya Mac Rowells después de la operación supo que nunca quedaría embarazada. ¡Cosas del destino! Su fortuna era voluminosa en bancos de su país y del extranjero, pero supo también que para Patric, su prometido era imprescindible tener un descendiente y si era varón mejor. ¿Qué podía decirle, la verdad? La abandonaría por esa fila enorme de muchachas casaderas de Danbury.
Tomó la determinación de mentir. Escandalosamente y tenaz aparentó estar embarazada para que Patric le pusiera el codiciado anillo en el anular y la llevara al altar.
Estaba hermosa y el hombre se obnubiló viendo a la graciosa mujer que esperaba su hijo. El padre O’Cannohill quiso intervenir pero fue imposible acercarse a los Clark, todos eufóricos con el acontecimiento.
En el viaje de bodas, Cinthya sorprendió a su joven esposo con descomposturas y teatralizó hasta el día que se indispuso y una hemorragia poco convincente quiso delatarla. Ella lloró la pérdida “imaginaria” del bebé. Regresaron a Danbury y comenzó la extraña vida de la pareja.
Una mañana la joven esposa sacó su BMW y se metió en una barriada oscura. Paró en el 9014 de la calle Nolan y descendió directamente a una casucha humilde donde la esperaban. Allí contrató el vientre de una inmigrante ilegal, que no salía a la calle por miedo a los inspectores de Aduana que deportan a cada indocumentado que encuentran. Era una joven blanca, de origen latino pero con ascendencia europea. Ojos grises como los de Patric y cabello castaño claro como el suyo. Pagó cinco mil dólares por adelantado, al nacer el niño, pagaría diez mil más y todos los gastos de medicinas, vitaminas y hospital, que debería ser privado para poder quedarse con el niño.
Dos días después trajo en un condón herméticamente cerrado la semilla de Patric. Pasó un par de meses y el embarazo estaba plenamente monitoreado. Eran tres bebés, dos varones y una niña. Mientras tanto Cinthya, aparentaba estar nuevamente encinta. Pero disimular tres era demasiado. Con absoluta frialdad le ordenó a la mujer que abortara.
Ésta se negó y amenazó con hablar a la familia Clark. Cerca de la fecha de parto, en medio de un gigantesco lío, tuvo que decirle a Patric la verdad. Él en silencio, la siguió hasta la casa de la sustituta, y de dos balazos mató frente a la mujer a una Cinthya, que no supo nunca el por qué. Cuando llegaron los policías, Patric con la futura madre de sus hijos, habían desaparecido.


NIEVE DOLOROSA




Dos teléfonos sonaban marcando una melodía poliforme sin ritmo ni sentido. Sonaron de día, de mañana, de tarde, al oscurecer y a la madrugada. Nadie respondió.
Afuera comenzó a nevar. Se hizo silencio al tercer día. Un silencio que desparramó su desgarro con tenacidad de gelatina caliente. No, era una mezcla de aceite y grasa de cerdo hirviente la soledad silente.
La nieve tapó la calle, la casa, la vida. Tapó el silencio que cercó la sala. Nadie entraba ni salía de la vivienda. Pasó el frío y comenzó a derretirse el hielo transformando en barro sucio y resbaladizo.
El hedor y la aparición de moscas de diversas especies lanzó un llamado de atención al único vecino que habitaba en la cercanía. A golpes derribó la puerta el sargento Andrés Regules y el bombero Hilario Cruz, entró tapándose la boca y la nariz. Sobre un colchón viejo, yacía un cadáver apenas reconocible por el estado de descomposición. Entre sus fémures negruzcos, aún en su bolsa y demoledoramente indefenso hallaron un nonato.
Ingresó un joven como enajenado gritando: ¡Daniela, amor mío! Cayó de rodillas sobre la sangre seca y lloró.
Repite y repite que la nieve lo detuvo en una ciudad en el sur, desde donde no pudo regresar a tiempo y que su mujer no atendió nunca los teléfonos. Creyó que había regresado a su país natal.La investigación continúa, algo no conforma al sargento Regules. Tal vez el entomólogo pueda darle una pista, ya que junto a la puerta habían huellas de pisadas que tenían las marcas de un calzado que no se usaba en esa región y que casualmente era igual al del doliente esposo.

PESCANDO SUEÑOS





ILUMINAR EN UNA NOCHE CÁLIDA, LA CUNA DE UN BEBÉ  QUE DUERME PLACIDAMENTE.

                Por la ventana ingresaba una suave brisa marina. A lo lejos, se oía el estrépito de las olas que trepanaban el silencio de la noche. Lucila, apagó el candil, se agachó a besar la frente de los niños y abrió la puerta para salir de la alcoba. Una casa pobre de pobres pescadores. Un enorme amor de familia en espera de cambios. A lo lejos las barcazas desfilaban hacia el mar. Toda la esperanza del día, puesto en esa marcha por la ruta desdibujada de la costa.
            Se acercó a la chimenea y agregó unos pocos leños para atizar el fuego que adormilado se desprendía del calor con avaricia. En un caldero un olor de ajos y cebollas con pescados daban el humor de hogar al recinto. Se acodó en la hamaca con el costurero, tomó el pantalón de brin y enhebró la aguja con hilo encerado. Tenía que ponerle un parche en ambas asentaderas, gastadas por sentarse sobre las maderas del bote, la sal y el agua que todo lo consume.
            Tomó un trago de ponche, comió un trozo de pan de centeno y siguió dale que te dale peleándole a la tela. Pensó en Bartolomeo, que sin fatiga echaba las redes todos los días al atardecer en las aguas heladas de la bahía. Recordó el día que lo conoció. Era verano y lo vio acodado en la baranda del muelle con la mirada perdida en el azul del mar  que se apareaba con sus ojos azules. Antes tenía el pelo largo y anaranjado, como su hijo y su madre. Ahora le quedaban algunos mechones canos que se volaban con el viento bravío de la marejada.
            Pensó en los besos que le daba, y un pequeño remolino se le apretó en el vientre. Sintió el roce de sus manos ásperas por las faenas y trabajos de arrear velas y trinquetes. Despertó el bebé, que había dormido en la paz de la tarde, descubrió al pequeño y lo atrajo a su pecho, manantial de leche. Retozó el niño y alegró la madre su día de labores, terminó de mecerlo y lo dejó en la cuna que labrara su anciano padre cuando llegó la niña, la primera.
            Un relámpago iluminó el cielo a la distancia. Supo que regresaría pronto el bote al muelle. Dispuso en la mesa un mantel a cuadros rojo y blanco, que comprara en la feria hacía como unos cuatro años atrás. Puso dos tazones y una jarra con vino tinto. El pan brilló con el rojo del hogar y la cuchara resbaló sobre el acuadrillado gastado. Esperó. Otro trueno y un relámpago. Ya llega, pensó y tomó la imagen de santa Bárbara para prenderle un candil.
            Serena siguió cosiendo. El ruido de los afanes de Bartolomeo la distrajo. Abrió la puerta y una luz hizo que desatendiera lo que tenía entre las manos y la sonrisa ufana de su esposo la despertó del silencio. “He pescado mucho esta noche, tendremos que ahumar bastante. El mar estaba raro, como esperando los botes y las redes parecían a punto de reventar”. Bajó las cestas con variedad de peces. Algunos cangrejos y pulpos que colgó con alambres en la campana de argamasa del fogón.
            Lucila buscó la sal y el pimentón. Sacó el cuchillo afilado y comenzó a desescamar y limpiar desesmallando las patas artríticas de los cangrejos. Restos de valvas de mariscos entre los peces y fracciones de hilos de redes rotas que enredaban las aletas y branquias de los animales. Comenzó a cantar. Ya no tendrían que salir por algunos días al océano. Por la ventana se iluminaba el bebé con la luz engañadora de los refucilos y la carita sonrosada, plácida y feliz del niño, llenó el ambiente de insospechado jolgorio.
            Bartolomeo, se bañó en la tina que con agua tibia le preparó Lucila, se vistió con su ropa de cama y prendió la pipa que con perfume de chocolate envolvió la estancia.     Esa noche notable había marcado un momento de auténtico provecho. Ella, le llenó el tazón con la caliente comida jugosa y se sirvió un vaso de vino. El la tomó por la cintura y la besó largamente. Su día memorable estaba completo. De pronto se abrió la puerta y apareció la niña  que volaba de fiebre. Tenía las mejillas rojas por la calentura. Corrió Lucila con una hila mojada en agua helada y se la colocó en la frente. Bartolomeo la alzó y depositó en el lecho. Húmedas de sudor, sus mantas se arremolinaban sobre la almohada.
            Corrió el padre, se puso una gabardina y salió en busca del médico. Cuando este llegó, el perfume de espliego y menta, lo tranquilizó. ¡Esta es una mujer que sabe, pensó! Es una amigdalitis, pasará pronto, les dijo. De las curtidas manos cayeron las monedas que habían atesorado. El galeno les puso unas medicinas en un sobre e indicó cómo debían usarlas. Los regañó. ¡Demasiado calor en este ambiente!
            Lucila se durmió sentada al costado de la cama de la niña. Al despertar estaba peor. Respiraba con gran dificultad. Volvió el doctor y aconsejó llevarla al hospital. Allí, descubrieron que tenía tifus. A los dos días dejó de respirar. Lucila lloraba amargamente. Bartolomeo tratando de ser fuerte abrazaba al bebé con suma ternura.
            Esa noche, llovía a torrentes sobre las calles solitarias y en la casa de los pescadores, un murmullo de ángeles revoloteaban cerca de la ventana por donde las luces caprichosas del cielo iluminaban el dolor hecho padres.