viernes, 4 de septiembre de 2020

DE CASUALIDAD EN BRUJAS, BÉLGICA




Estando en París en mi último viaje, me invitaron Carolina y Tony a ir a Bélgica a conocer Brujas, esa antiquísima ciudad medieval. ¿Yo saltaba dentro de mí de estupor y alegría! Imaginaba que sería un viaje largo y que nos tendríamos que quedar en un hotel a pasar la noche. ¡En mi país, todo queda lejos y hay que andar muchas carreteras para llegar a las ciudades!
En el trayecto, me hicieron descender del coche en un enorme cartel, BÉLGICA, rezaba. ¡Ya estábamos en otro país! Ni aduana, ni pasaporte, ni policía…estábamos en un territorio del Mercado Común europeo!
Acá para cruzar la frontera con Chile a unos cien kilómetros de mi ciudad, hay que hacer dos aduanas y esperar a veces ocho, a diez horas. No lo podía creer. Entusiasmada me faltaban ojos para ver los campos cultivados y las viviendas a orillas de la carretera. De pronto una flecha roja dejó su estela junto a nosotros: el tren bala que como saeta atravesó el terreno. Imaginaba mi país que de norte a sur tiene cuatro mil kilómetros y de este a oeste mil doscientos y no tenemos ferrocarril, ni de los de antes… ¡Qué triste diferencia!
Llegamos a Brujas. Un sueño hecho realidad. De mis lecturas y estudios, fui avizorando las preciosas joyas arquitectónicas que cruzan la ciudad. La plaza tan de ciudades viejas, con esos colores ocres y rojizos que me llenaban de amor. Almorzamos en un parador redecorado con antiguas piezas de arte y objetos artesanales bellísimos.
Como veía en los ventanales pequeñas obritas de encaje que cubrían los vidrios, pregunté por qué no había cortinas en lugar de esos bellos objetos. ¡En épocas muy distantes en el tiempo, cuando se hablaba de las “Brujas”, para demostrar que en las viviendas no había ni se hacía hechicería, tenían la obligación de tener toda la vida a la vista del público! Creo que por eso se llamará Brujas esa ciudad.
En un edificio algo escondido, en plena plaza principal, vi que ingresaba mucha gente y entraba por una puerta estrecha y salía por otra que daba a otra calle atrás. Pregunté qué era ese lugar. ¡Una iglesia Católica! Allá fui. Cuando me acerqué vi a un sacerdote que tenía en sus manos una ampolla de cristal que la gente miraba y seguía de largo, Yo me incliné y al mirar vi en latín “Sangre de Cristo”. ¡Dios, mi corazón pegó un salto! ¿Será cierto? En Europa todo puede ser. Me hinqué y me santigüé y el cura, me miró extrañado, me la acercó la ampolleta y vi una masa mínima de coágulos de sangre; le pasó un paño impecable y me la dio a besar. Yo con fervor, la besé y él, descartó el paño y la limpió con otro nuevo. Me entregó un libro que tenía la historia de la ampolleta y estaba en varios idiomas. No sabré nunca si es realmente Sangre de Cristo, pero me produjo una gran emoción ya que ha habido tantos milagros en ese lugar que creo que Sí, lo es.
Luego al salir subimos a un bote de remo que nos llevó por los canales que atraviesan Brujas. Comenzó a llover, los patos y gansos que nos rodeaban pedían migas de pan que la gente les daba, y era muy bello ver a las pequeñas crías acompañar a la pata o la gansa por el rumbo de la barca.
Alrededor de las siete de la tarde cuando la lluvia cesó regresamos a Francia y a París, que era un hervidero de autos que retornaban del fin de semana. Ellos salen de la ciudad buscando sol y buen clima en el sur. Ya que París tiene casi todo el año el cielo gris y poco sol.
¡Por supuesto no pude dejar de traer esos preciosos encajes para mis ventanas! Aunque estoy segura que en mi tierra no existe la Inquisición y no hay brujas. ¿O sí?
El viejo dicho de mi tierra es: Brujas…que las hay, las hay, pero no usan escobas…ahora usan Internet, Televisión y You Tube. Los aquelarres son en los “boliches” donde bailan con la ruidosa música metálica.


miércoles, 2 de septiembre de 2020

CUENTO SUPER CORTO


LEYENDAS ANTIGUAS

El Centauro observó como Noé hacía el Arca. Averiguó la causa de tanta prisa. Corrió en busca de sus amigos y los Unicornios. No los podía reunir junto a la orilla del bosque. Cuando llegaron en tropilla el Arca estaba muy lejos y el agua seguía azotando la tierra. Nunca lograron subir a la nave. Ahora ambos han quedado en la memoria de los personajes de Leyenda.

ABELITO, UN CHICO SUREÑO




    Hablar de don Emeterio Sosa, es hablar de un criancero malagüino, que posee una gran majada de chivos y de cabras lecheras, de una significativa recua de mulas y burros y de una tropilla de caballos criollos que hacen las delicias de los lugareños. Además tiene una linda familia con catorce hijos e hijas, cinco nietos y seis chicos arrimados, que siendo ahijados, viven con él. Es una fiesta verlos sentados a la mesa comiendo el pan recién horneado por doña Rosa y las hijas, el asado de chivito crujiente y los higos de tuna.
         Abelito es su hijo regalón. Alegre y chistoso siempre ayuda en las tareas de pastoreo, y en otros menesteres propios del campo. Un día llegó a la hacienda una camioneta desconocida. Era el hijo de Rufino González, que siempre traía en un viejo carro, tirado por dos caballos, toda clase de cosas. Era un bazar ambulante, y, tienda, ferretería, farmacia y librería. El hijo llegó modernizado. Traía radio a transistores, bicicletas y pantalones de denín. Tal fue la algarabía que don Emeterio le dio permiso a su querido Abel, para que diera la vuelta con Emanuel González por todos los campos que aún no visitaba.
         Así fue que cada mes buscaba a su ayudante en el campoy partían entre valle y valle, cruzando ríos secos y huellas con el muchachito, que resultó ser un experimentado guía. Luego le regalaba un par de zapatillas, un libro o un juguete, como premio. Ni hablar de los emparedados de jamón y queso, con sabor a diferente, que comían a orillas del río.
         Llegó el otoño y el frío desalentaba el viaje, pero las necesidades de los puesteros eran muchas y Emanuel sabía que no podía abandonarlos. Junto al chico, viajaron entre las ráfagas arrachadas del viento cuando comenzaron las primeras nevadas. Todo había amanecido blanco y se perdía la huella y el camino. Andando con dificultad siguieron el viaje para llegar al campo de don Aniceto Lencina.
         Se perdieron. El ruido del viento los asustaba mucho. Abel tenía apenas ocho años y Emanuel veintidós, no eran muy experimentados en verdad. El miedo creció como la capa de nieve que cada vez hacía más difícil mover la camioneta...¿ qué hacer? Abel se colocó el poncho de vicuña que le tejió al telar la abuela Ramona, se puso un gorro grueso y guantes; y con esfuerzo abrió la puerta del vehículo, bajó al helado suelo y le dijo a su asustado amigo...- Espérame acá, no te muevas yo vendré con ayuda._ Y comenzó a caminar por la nieve. Parecía perdido pero no abandonó  su tarea.
         Cuando había caminado varias horas sintió ladridos. Tuvo más miedo, podía ser una jauría de perros salvajes hambrientos. Sin embargo pronto se acercaron a él y vio que con sus colas heladas le mostraban un camino. Los siguió, no sin antes pedirle a la Virgen de la Carrodilla que no le sucediera nada malo. Al poco tiempo de andar, y ya muy fatigado, en medio de la nieve vio el humo que salía desde una casa de puestero. Llegó casi sin fuerzas, pero con alegría descubrió que los rústicos perros les habían salvado la vida. ¡ Ah, los bondadosos criollos fueron con mulas a rescatar a Emanuel que había quedado en la nieve allá lejos! Pasaron unos días increíbles en esa humilde casa que los recibió con mucha hospitalidad. ¡ Así es el criollo mendocino: generoso y sacrificado!          
                                               Mendoza--10--3--98. Graciela Elda Vespa para Tintero.

BÚSCAME



Te abordaré en la calle de mi mundo pequeño.
En la fuente tranquila.
En el lecho de polen y pétalos de seda.
Agregaré el néctar de mi tristeza casi, casi dormida.
Seré como un pájaro con aroma de pino y suave madreselva.
Llegaré a acunarte con voces de violines,  de arpas, de celestas.
Desgrana mi fruto, mi fragancia y mis sueños.
Encuéntrame allí dentro... adentro de un poema.
Tal vez en otra esfera acomodaré los sueños al chispazo de la vida.
Recitaré un poema de Neruda o de la dulce Olga Orozco,
y sonarán campanas en ritmo de violines. 
En un arrebato de oropeles brillaré en la oscura sombra del olvido
o cantarán los coros la canción libertaria de "Va pensiero"
y una nube de ángeles apresten los clarines para que surja 
ese grito distante de las palabras bellas, de las rimas 
otorgando el descanso al caminante 
al que pasa indiferente junto a mí
en la calle de mi mundo pequeño.


DE SÍNDROME DE TRAICIÓN, CAP.2


Apenas empezamos a pagar la peor                                                    condena que pueda infligírsele a un ser humano: no saber cuándo tendrá fin su pena.”No hay silencio que no termine” Ingrid Betancourt.


            La calle no parece muy transitada, pero no nota esos detalles, está apurada. Un coche blanco viene detrás del suyo con las luces altas encendidas encandilándola, y trata de sobrepasarla. Se corre. El auto se aproxima y con una brusca maniobra se le cruza. Del auto ve que bajan cuatros soldados - ¿Qué extraño un grupo tan uniformado en un coche blanco? Mejor me quedo quieta o no, Mauricio me dijo que arremetiera y choque y ¿si me matan o me roban el auto…? Me detengo, si, me detengo. Fatal decisión.
Se da cuenta que tienen puestas unas capuchas negras. Ágil, casi sin pensarlo, se saca el anillo de la abuela y lo esconde en el lugar secreto que tiene pactado con Mauricio. El instinto le dice que es una emboscada. La tienen rodeada. Mira atrás por el espejo y ve que desde un pequeño coche le apuntan con una ametralladora.
Feroz, un hombre vestido de soldado, encapuchado, le indica que salga del coche. Toma su cartera y baja. Le ponen una capucha y le inmovilizan las manos con alambre. Le arrancan su bolso y siente risas y palabras obscenas. Roberto Carlos sigue cantando “Un millón de amigos”, una canción de “amistad y paz” El auto ha quedado abandonado en medio de la calle desierta. La empujan y la tiran en el piso del auto que la trató de atropellar. Con voces guturales le indican que no se mueva. Le arrebatan la chaqueta y con ella le cubren aún más la cabeza ahogando cualquier sonido que pueda hacer. Una vos que cree es de hombre le indica que van a cambiar de vehículo. Una mano ruda la tironea y la arrastra, la meten en una camioneta donde deduce estaba la otra gente.
            En la cabina de atrás de un vehículo que ella no ve y trata de presentir la dejan como un fardo inservible. Los ojos vendados y las manos atadas. De un puntapié la corren. Se hace un raspón en una pierna con un objeto cortante. Le duele. Interiormente se putea, soy una pendeja estupida.
Las voces se pierden tras el ruido de una puerta que se cierra. Cree que son unos cuatro guerrilleros. Tal vez son más. Sí, ya que venían otros en el auto pequeño. Tiene tanto miedo, que no puede controlarse y se mea. Llora desconsoladamente. Piensa en Mauricio y en los chicos. ¡Pobre María Clara, que susto tendrá! ¿Por qué le tocó a ella que nunca se mete con nadie?
La camioneta, se mueve a mucha velocidad. Golpea contra los laterales del habitáculo. Pasan un paso a nivel, eso le parece por los tumbos y saltos que dan.. El traqueteo la confunde y la golpea. ¡Nadie notará que la llevan allí, ya se habrán encargado ellos, de que así sea! Piensa en su hermoso trajecito blanco y llora con más calma. Tal vez la maten, ¿de qué le servirá su ropa blanca si la matan? Se siente ridícula y tonta. Preocuparse por la vestimenta cuando tiene sobre sí un grupo de revolucionarios sanguinarios.
¿Cuánto tiempo pasa, no sabe! Así, aterrada, con las manos doliéndole, la cara tapada y ese fuerte raspón que le duele en la pierna, ha perdido la dimensión del tiempo. Hace un calor insoportable. La camioneta se detiene, luego de hacer una brusca maniobra hacia la izquierda. Delfina se golpea nuevamente  y peor pues su cabeza rebota contra cosas metálicas con bordes afilados.
            Alguien se ha bajado y habla con voz queda y altanera. No alcanza a entender. Vuelven a marchar por un camino muy desprolijo de tierra y pedregullo. Hay una agitación en el movimiento del vehículo que le perfora el alma. Parece la huella, como cuando llueve en el campo, allá en “Cuesta Blanca”. Luego de andar un rato se detiene. Abren  la puerta y una voz de mujer la llama por su nombre.
- ¡Delfina, bajá hija de puta, hemos llegado!
     -  ¡Che, Mara, cállate!
     -  ¡Yo con esta conchuda infeliz no me callo!
           -  Mara es una orden del jefe. Ordenó que no le hablaran. Cuidemos las palabras.
 La empujan y obligan a bajar. Camina entre dos personas. No sabe si son hombres o mujeres. ¡Una de ellas se ríe y a media voz comenta…!
- Mirá,  lo único que le faltó fue cagarse! ¿De dónde sacó sangre en la ropa esta infeliz?
- ¡El camarada capitán ordenó que no le hablen! Te dije. Hagan silencio.
La meten por una pequeña puerta. Tropieza con un reborde y una mano impide que se caiga. Siente ruidos extraños a metal y madera. La llevan hasta un lugar y le explica una voz gutural plagiada de un personaje de la radio, que debe caminar en una escalera. Adelante nota que ha descendido alguien, comienza a bajar lentamente. Detrás alguien viene. Le pisa una mano. Ella pega un pequeño grito.

- ¡Cállate, o…!
- ¡Silencio compañera!
Oye los diálogos breves e histéricos. Pelean entre ellos y se nota la adrenalina que los desbarata.
- Te vas a delatar y nos ponés a todos en peligro.
- No me importa yo hago lo que se me antoja y mas con esta puta de mierda.
- no te dije que sos una infeliz capaz de entorpecer la tarea. Callate es una orden y basta.
Llegan a un espacio fresco, con olor a cemento recién hecho y con pintura ordinaria. Parece el edificio de Lina, su vecina, cuando le ayudaron a mudarse. Alguien la toma del brazo y la sienta en el piso con extrema dureza. Le ponen la cartera vacía en la falda. Siente que se van alejando entre risas contenidas y palabrerío sin ton ni son para Delfina. Un suave y monótono ruido, semejante al motor de la heladera es lo único que escucha. Así se queda, dolorida y muerta de terror. Llora con sollozos cortos.
¡Siente, que ya no verá a sus hijos, ni a Mauricio! Pasa un tiempo largo. Se calma un poco. Cambia de posición las piernas que tiene adormecidas. ¡Quiere hacer otra vez pis y no sabe qué hacer! Sigue el silencio… Nadie viene. Comienza a pensar que si la dejan allí sola para siempre, se morirá de hambre. ¡Nadie sabrá nunca más de ella!
Tanto estudiar francés, inglés, ¡el maldito piano! ¿De qué le sirve ahora? Vuelve a llorar. Se calma. ¡Ya María Clara se habrá comunicado con Mauricio! Los chicos preguntarán por ella y no sabrán qué decirles. Siente un dolor terrible en su pierna herida. Tiene sed y hambre.
¡Desde las ocho que no come nada! ¿Qué hora será ya? No sabe, le arrancaron la alianza, el reloj, la cadena con la medalla de la Virgen de la Merced y las pulseras de los aniversarios. ¡Suerte que escondió el otro anillo!
            Oye un ruido metálico y alguien entra. Le desatan las manos, pero siente que un arma está apoyada en su espalda. Le quitan la capucha y  queda  ciega por un instante. Luego se da cuenta que hay dos personas junto a ella con pasamontañas negros.
               Mira el lugar donde pasó esas horas. Es una pequeña habitación de unos tres metros por tres. Tiene una escalera marinera que da a una claraboya de madera. Además hay una pequeña puerta metálica. Se para. Observa y ve que tiene toda la pollera con sangre. Sabe que no es su menstruación. Es la herida de la pierna. Su presencia es patética. Tiene un taco roto. El cabello rubio despeinado. Tiene la cara sucia de llanto y tierra con pelusas, briznas de pasto y hojas. Trata de limpiársela con la chaqueta blanca. El más alto de los hombres, le muestra una lata de aceite “Cocinero” llena de agua en un rincón.                      Indecisa los mira.
No le hablan. Se acerca y se lava. Mete la cabeza entera y bebe. El pelo chorrea y salpica. Se seca con un pedazo de toalla vieja, que le alcanza el más menudo de los hombres. No, parece ser mujer. Aunque tiene debajo del burdo uniforme formas de mujer tiene una actitud agresiva. Trata de serenarse.
 - Por favor ¿qué sucederá conmigo? ¿Por qué estoy acá y porqué no me hablan?
 - Cállese. Se le hará un juicio pronto, más rápido de lo que se imagina, susurra la guerrillera.
 - Yo no sé nada de lo que mi esposo hace. Se han equivocado conmigo.
            - Callate, acá nadie se equivoca nunca.
            - Dejala, que hable, ésta es una tilinga, llena de plata y nada en la cabeza.
             - La “Señora” puede acostarse. Aquí tiene una manta no es de armiño pero la calentará igual. Aunque nunca como los soldaditos con que se debe encamar.
            - ¿No puedo ir al baño? Yo no me acuesto con ningún soldado, sépalo. Los guerrilleros se ríen.
             - No tarada,  acá no hay baño. Allí en ese rincón tendrás tu baño.
             Delfina mira y ve, un cajón de los de embalar fruta con aserrín. Piensa en la gata de su hija Sol. Ella será igual. Sin querer sonríe. Seré gata por un tiempo.
  - Sabemos que no comés desde temprano. Pero ahora no tenemos nada. Después te traerán algo, será algún manjar del Molino. ¡Ja, ja, ja!                        
 - El relevo vendrá a las siete de la mañana. Tendrás que aguantar. Vamos que el “Capitán Toyo” espera.
  - No le hablés tanto, carajo te lo he dicho mil veces.
             Delfina mira como trepan y salen por la pequeña puerta. La cierran con llave y la dejan sola. Mira todo en detalle. Hay una especie de ventilador para extraer el aire. Allí está el ruido que escuchaba, aquel como motor de heladera. Las paredes están recién hechas. El ladrillo y el cemento aún húmedos. Una bombilla de luz, encerrada entre alambres, ilumina débilmente la habitación. El suelo es de cemento y sólo hay una vieja silla. Allí está la manta color rojo y negro a cuadros que pudo ser de un avión de línea. -Roban de todo estos maldito. Así dejan la imagen del país en el extranjero,- piensa. Tiene deshilada la orilla y algunos agujeros, un trapo hilachento que tuvo mejor historia. La cartera. La abre. Allí están alguno de sus tesoros: peine, lápiz de labio, maquillaje. Un pañuelo pequeño y uno de Mauricio. Los anteojos. La agenda y lapicera se la quitaron. La foto de los chicos y de Mauricio la han borroneado con labial.
 El rosario de nácar roto en mil partes, un pequeño costurero para emergencias sin agujas, las sacaron también. Una lima de uñas destrozada, una tijerita quebrada en partes. Un tapón higiénico con barro, una bombacha que estaba limpia la han ensuciado con mierda. (Según María Clara, ella estaba chiflada porque siempre llevaba una bombacha limpia en la cartera) Un cepillo de dientes que le regalaron en “Hilton” hotel de Brasil el otro verano. Un cortaplumas multiuso que compró en Suiza desapareció en los bolsillos de alguno de ellos. Horquillas y ligas para el pelo, dejaron dos.
Un “Rasti” de recuerdo para llorar ausencias. Aspirinetas y aspirinas sueltas, que sucias, ella limpia con esmero por si las necesita. Las llaves de casa y del auto no están y han dejado tres figuritas del álbum de “Anteojito”  que colecciona Luisito, esas que le quitó en misa el domingo pasado para que no se distrajera. Un caramelo de menta. Se saca la bombacha sucia y se va al cajón. Orina y se lava como puede. Se seca y no se pone bombacha limpia, tendrá que esperar que se sequen las otras que enjuagó.
Se da cuenta que deberá beber el agua que usó para higienizarse. ¡Soy estúpida y loca! ¡Delfina sos testaruda le decía su abuela! Recuerda cuando jugaban en el campo a lavar a lo india y con habilidad enjuagaban la bombacha en el río de Cuesta Blanca. Las extiende entre las salientes del cemento de la pared. Se limpia la  herida y se tira al piso sobre la manta. Se saca las hebillas y se peina con los dedos el largo cabello rubio. Lo heredó de su abuela Rosalba. Hace una trenza y se ata en la punta con una de esas bandas elásticas que siempre lleva en la cartera. Guarda todo y se recuesta. Luego de rezar en la “Misericordia Divina” se queda dormida y sueña.
            Cuando se despierta alguien está abriendo la puerta de hierro. Entra un muchacho diferente a los otros. Tiene un pantalón de jean azul, una camisa celeste y un suéter azul y blanco, de muy buena calidad; calza mocasines finos.¡Está limpio y usa una suave colonia inglesa…!
            La capucha negra que lleva puesta le impide ver si es joven. Pero cuando le ve las manos, se da cuenta que no es tan joven. Son manos fuertes, pero bien cuidadas y limpias. Trae un jarro de loza de café con leche y un tibio pan crujiente. Se lo entrega y le habla.
           - Buenos días. Tome
           - Buenos días, gracias. Tengo mucha hambre.
            -  Lo sé.
           - ¿Qué sucederá conmigo?  
            - Coma y serénese. Yo no puedo hablarle.
            - Le ruego que me diga algo, soy madre de cuatro niños pequeños. ¡Los mellizos apenas tienen dos años! ¡Le suplico, dígame algo!
           - No puedo decirle nada. Lo siento. No piense en los chicos… ¡Trate de pensar…en nada… nada!
- ¿Usted, podría pensar en nada, sabiendo que cuatro niños lo esperan? Sol tiene apenas seis años, Luis cumplió cuatro el mes pasado y los mellizos aún no dejan los pañales! Yo me puedo volver loca.
- Cálmese. Con llorar no cambiará los planes. Acá imagine, todo está cuidadosamente meditado.  El jefe, la eligió a usted y seguirá punto por punto el plan propuesto.
- Entonces usted conoce mi futuro.
           - Yo no se nada. Hago mi parte y no pregunto.
            - Por lo menos tiene la caridad de hablarme, gracias.
            El hombre toma el jarro, que le entrega Delfina y se acerca al agua del rincón que está sucia. Mira la cara de la mujer que observa con asco el olor y color del agua. Debe hacer varios días que no se cambia por agua limpia y teme que se enferme la joven prisionera, cosa que exasperaría al comandante “Ramón”. Saca la lata y se la lleva en silencio. Luego regresa y le deja agua limpia.
            - No tengo que hacerlo, pero, no puede tomar el agua sucia. Mire: Cuide el agua. Si viene otro a remplazarme, pueden pasar días sin que se la cambien.
            - Dígame una sola cosa… ¿Quiénes son ustedes?
- ¿Todavía no entendió, quiénes la tienen? Creí que usted era una mujer inteligente!
- Quise decirle: de ¿qué grupo guerrillero son?
- ¡Ya lo va a descubrir, no puedo hablarle! - Vuelve a salir. Esta vez el silencio es total. Comienza a ordenar su manta y la pequeña habitación. Camina: son ocho pasos, tres, ocho y tres.  Saca el rosario que arregló con esmero y mientras reza, camina. Siente que le duele la pierna lastimada. Se mira, y nota la herida roja y caliente. Se está infectando. Sigue caminando y reza. “Rosa Mística” ¡Ora pro nobis! “Mater Inmaculata” ¡Ora pro nobis! “Mater Dei” ¡Ora pro nobis!


UNA MUCHACHA DEL MUNDO



            Se quedó quieta, la Carmen, abrazada a la cruz de su existencia. Sola. Triste. Sin una lágrima. Sin sonrisas. Exiliada de su tierra y de su océano increíble. Y allí en el confín de su vida...una luz de esperanza. Una luz, sí, un sueño; la vida que empuja hacia adelante.
            La Carmen. La hija despreciada. La única morena entre un puñado de siete hijos rubios. Ojos color miel entre los cielos azules de los ojos de sus otros hermanos. Hijos todos aceptados y queridos. Por su "padre" que la expulsó de la teta y de los brazos amorosos de su madre. Sin leche y sin el amor agreste de la que parió sin imaginar siquiera que ese pequeño ser iba a ser morenito. ¡Desconocida por su padre...ignorante de leyes ancestrales, de la ciencia ! Se fue criando a retazos de amor con su abuela entre los malecones de su Valparaiso de horizontes inciertos. Y el amor a escondidas, a hurtadillas de su madre. La Carmen, joven de piel blanca y sonrisa agorera de otros tiempos de sueños. Carmen que se enamora siendo apenas una niña y se preña de estrellas. Y él, el "gallo" que la dejó solita abrazada a un sol que quemaba en su cuerpo. ¡Y fue como un arco iris en tan terrible tormenta ! Esa, la Iris...como una flor de pétalos frágiles y perfumados, la pequeña. La amó como se quiere en la tristeza de ser madre soltera. La amó como hubiera querido que la amaran a ella. 
            El trabajo y la escuela , escaso ambos en su pequeña suerte, marcaron que la Carmen se aferrara a la vida. A los pocos años perdió su flor chiquita y unas lágrimas agrias y un dolor innombrable le dejó un soplo en sus pulmones que en un asma perpetuo...le adormece las noches. La niña se le ha ido y le ha quedado el asma. Trabajo y agonía por su Iris perdida. El mar la envuelve con sus viejas tormentas y perpetuos atardeceres con soles imposibles de tanta, tanta belleza.
            Al tiempo sabe que el hombre que la había enamorado era casado y con hijos. Ya no sueña. Sola otra vez, sin amor, despreciada. ¡ La Carmen !
            Pasa el tiempo y se atreve, atraviesa la inmensa cordillera. Se va con unos "ché" a trabajar por un tiempo, pero el tiempo la engaña y se va quedando...quedando hasta ser casi de esa nueva tierra.¿ Extraña ? ¡Claro que extraña ! El mar, la madre, a la abuela, a esas chicas sencillas, más que amigas, compañeras. En la hija no piensa. Es una llaga abierta que no deja nunca de sangrar en su corazón de madre. ¿Soltera? ¿ La acompaño ? Escucha la voz extraña que le habla desde el portal de un negocio donde ha ido a comprar para su señora...no mira. Ella quiere quedarse sola. Pasa un año...y está muy triste. Conoce a una compañera que trabaja en la casa vecina. ¡ Soy boliviana, paceña, vivo desde hace varios años y no creo que regrese a mi país ! La muchacha es alegre, vivaracha, simpática...por fin conoce una amiga. Sale los sábados y domingos con ella. Así conoce al hermano. Boliviano cien por ciento. ¡Machista, laborioso, callado...! La conversa y se casa con un hombre que apenas conoce.
            Comienza una vida nueva. Tiene, uno tras otro, siete hijos. Cinco machitos, dos hembras... ¡ Él trabaja en construcción, ella en casas como doméstica ! Le entregan una casita pequeña en un barrios en las afueras. Barrio de bravos y pícaros. Sufren pero van creciendo en ese mundo difícil para los inmigrantes pobres, sin estudios, sin ayuda de sus familias que también tienen muchísimos problemas. Él ya comenzó a beber fuerte. Le grita, le pega..., la Carmen llora cuando él, ebrio la echa con los niños a la calle a empellones y la insulta. Cruz y cruces va juntando esa niña morena. ¿ Por qué Señor me ha tocado una vida tan dura?
            Y viene la primer estocada del destino...le matan a un hijo...para robarle una campera, las zapatillas, la quincena. Era el hijo que tenía la posibilidad de jugar en un equipo de primera. ¡ Buen jugador...un virtuoso con los botines y el cuero ! Llanto que la deja hinchada. El asma la deja casi muerta. La internan y le piden que se cuide. Su corazón hechos trizas, por dolor y por una disritmia que aparece en el electro.
            Se le embaraza la nena, y se va con su preñez y eso le agranda la tristeza. Nace una nieta...y el sol comienza a asomarse en su sonrisa sin dientes. La Carmen tiene apenas cuarenta años. Y cien por los días sufridos.  Él, sigue con la bebida y los maltratos. ¡ Ahora le toca al Beto! Balas, patadas y gritos. Casi muerte nuevamente. Se salvó de milagros y perdió la hijita y la compañera que se enamoró de otro. Ella sigue con más fuerza. Luego es el Diego, el que tiene problemas. Las juntas. Y abogados, jueces, policía, asistentes sociales...que vienen en su rescate. Lo rescatan y lo salvan. El Diego es un buen muchacho. De vuelta a la vida buena. Trabajo, respeto, suerte. Pero eso no le dura mucho a la chilenita. Se le escapa la otra nena. Los nietitos ya son siete. Luces de bengala en su cielo sin estrellas. Las cruces de la Carmen se acumulan en su pecho. Trabaja la buena hembra, trata de salvar a los más chicos, los enseña y los protege. Cuidado con los ejemplos del hombre que tienes en tu hogar y a tu cuidado.
            Así le llega una cruz más pesada... El Beto le cae preso. No sabe qué hacer la pobre...llora y se desespera. ¡ Carmen !  La Carmen se detiene abrazada a las cruces de su existencia. ¡ Esperando que amanezca en la noche de su vida, que una luz de esperanza se le encienda en la mañana... y pueda algún día conocer esa palabra tan esquiva... "felicidad", " alegría", " risas" y una vida tranquila. 
                                              

ASÍ ME QUIERES...ASÍ TE QUIERO





Así te quiero madre...
marcando un atalaya en el desierto,
como una fortaleza en medio de la marejada,
como un abanico de cometas en la noche quieta,
como un campo de amapolas entre los trigales.
Así me quieres madre
en medio de las calles transitadas,
en medio de tormentas y mareas,
en medio del dolor y de la risa...fuerte, madre.
Así me quieres.
Me tienes en tus sueños de milagros,
me tienes en tu boca de azucena,
me tienes en tu pecho de plumones tibios.
Así te quiero madre...
como una estrella brillando en el fosco manto de la noche,
como un camino de pétalos de flores,
como una rosa mojada de rocío.
Así te quiero madre...
adentro de mi cálido recuerdo,
adentro de la voz de los cantos infantiles,
adentro de mi corazón que gime.
marcando la senda en medio de la selva,
marcando en el fuego las palabras de amor que me enseñaste.
Por eso hoy te marco en mi memoria,
en versos de infinita belleza y bonomía.
Así es madre...
Así.
Sólo así madre.