La señora Rosales vino a quejarse. El pequeño travieso, que todos los domingos se vestía de monaguillo; le había jalado las trenzas a su pequeña Eloisa. No tenía respuesta. Su madre lo castigaría por la hazaña que los chiquillos de la pandilla, le obligaron cumplir para poder ingresar en ella. El barrio era un nidal de pequeños granujas. Su querida tía Sofía, trató de evitar que lo castigaran. Esa tarde no cenaría en la mesa con toda la familia, solo en la cocina y sin postre. ¡Había pastel de papas con un rico picadillo que adoraba y puré! La tía le pasó en escondidas un sánguche. Salió escapando. Luego, ya sereno esperó que Don Albino, el cura lo hiciera ingresar. El cura lo esperaba para que lo acompañara a repartir el cuerpo de Jesús, entre los enfermos de la comunidad. ¡Justo a él! La barriga le gritaba goles por el hambre. ¡Un solo emparedado!
Después de la vuelta por las casas donde se detenía el prete, al atardecer salió como salía siempre, pero caminando despacio, sin mirar hacia ningún lado. Los chicos lo miraban con cara de pocos amigos, le gritaron "pollerudo", "Chupa cirios" y sintió que su corazón se abría y que comenzaba a sangrar de bronca. Recordó que en la sacristía había un san Esteban atravesado por flechas y creyó que él, quería tener un arco y flechas y atravesar a todos esos inútiles que lo molestaban.
Cuando regresó a su casa, vio cuánto tenía juntado en monedas y billetes. En el celular, buscó un lugar donde vendieran ballestas y flechas. No era muy lejos. Si se tomaba el trolebús, lo dejaba a dos cuadras. Se acostó pensando como podía hacer... primero iba a ir al club a practicar. Él, los iba a madrugar. Cuando manejara el arma, flor de susto les daría. ¡Nunca más se iban a reír de él!
El viernes a la tarde, había un partido de fútbol en la cancha de Juveniles. Envolvió su ballesta y las flechas en la mochila. Sobresalía alguna punta, pero se podía disimular. Llegó traspirando. Le temblaba un poco el cuerpo, pero la rabia se detuvo en su corazón cuando le detuvo el padre de Tito, para preguntarle que llevaba. ¡Una banderita! Mintió y sintió vergüenza.
Cuando se acomodó en la zona apartada, atrás, a la sombra de un sol que se iba escondiendo... vio a don Albino, entre los que esperaban el partido. ¡Qué bronca, no era el momento! El cura le hizo seña que se acercara. Se levantó lentamente, pero lo vio al "Chalo" que le hacía una seña que él conocía muy bien: ¡PUTO! Y la sangre se le subió a la cabeza, sacó la ballesta y acomodó la flecha.
Un silbido agudo salió de la sombra y Chalo cayó como un rayo en la tormenta. La flecha estaba justo en el hombro... desplomado y con sangre la gente corrió. Tenía miles de ojos puestos en él. Se sentó y esperó. Don Albino y un policía estaban a su lado.
Por ser menor, le dieron cinco años en suspenso, y debía hacer acción social para reparar el daño. ¡Nadie se atrevió a burlarse del monaguillo! Don Albino lo ayudó a hacer la acción social y lo llevó lejos a la casa de cierto pariente para que no le quedara una mancha de sangre en su vida.
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