Entró por el pasillo con un caminar pausado, afirmando los pies a cada paso. Vestía un traje oscuro de esos que usan los jóvenes para las fiestas importantes. Nada inesperado en un espacio del hospital más importante de la ciudad. Camisa blanca impecable. Llevaba algo entre sus manos. No se veía desde donde yo esperaba mi turno para que el cardiólogo me hiciera un estudio.
La enfermera le sugirió que se ubicara en la fila. Él, se molestó. Usó un extraño movimiento de hombros y sacudió la larga cabellera que abrazaba sus espaldas. No habló, pero era muy notorio el disgusto. Parecía urgido a ser atendido. Pero al solicitarle el turno que debía presentar dijo con una voz soterrada que no tenía turno pero que necesitaba hablar con un médico. Un cardiólogo, claro.
Le pidieron que esperar y dio un golpe con el pie izquierdo sobre las baldosas que retumbó en el silencio de la tarde. La enfermera le señaló un cuadro donde una dulce dama señalaba sus labios con el clásico dedo pidiendo silencio. ¡Antigua pero imperativa! Él, se quedó allí parado, sosteniendo entre sus manos "algo", delicadamente envuelto en papel cristal de color rojo. Llamaron a dos pacientes antes de mí, yo decidí esperar con paciencia y le sugerí a la joven auxiliar que podía ceder mi lugar, mi turno. En realidad era una forma bastante cobarde de alargar el estudio. Y ella sonriente aceptó dada la ira que mostraba el muchacho. Salió un paciente y lo hizo pasar al consultorio, donde mi cardiólogo esperaba su ingreso expectante.
¡Lo hice yo solo! Tome, acá lo tiene. De sus manos salió el exquisito paquetito. Cuando el facultativo lo abrió, el grito se oyó hasta el salón central de nosocomio. Un palpitante corazón lleno de sangre yacía inerte en una cajita de cristal. ¡Ella, me dejó de amar, ya no lo necesita! Y cuando llegaron los guardias, tomó asiento tranquilo en el hall y estiró ambas manos para que le pusieran las esposas. Luego salió caminando con seguridad y me saludó agradecido por que yo le cedí el turno.
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