"Pobre con toda pobreza. Niño muerto antes, ahora
y entonces. Un pedazo de ala rota a los pies sin zapatos, sin tiempo" A.
A.
La última gota de agua se había caído en la garganta reseca del niño. Una mano azulosa, árida y yerma, acarició el cuerpo frágil de Dositeo. Era una caravana desflecada de paisanos que huía de la calamidad y la sequía. El poco trozo de tierra quedaba atrás con los quiebres de lo que fuera una vez la zona poblada de verde y frutos, ahora estaba asolada y seca. Los más débiles iban quedando por el camino abierto en el polvo blanquecino de lo que fue la laguna y el reservorio de agua de "Columbo"; una lejana aldea en medio de un país olvidado de los Hombres que habitaban las grandes ciudades remotas. Para los que decidieron irse, quedaba todo lejos. No había ni caminos, ni ferrocarril ni vía de escape, que no fuera caminar.
Los pies casi desnudos de los hombres y mujeres, se iban llenando de heridas sangrantes. Agrietada la piel, los labios y el estómago seco, despedía un olor acre que atraía a las alimañas e insectos. Miríadas de insectos los seguían con usura de humedad que brotaba de las frentes y espaldas cargadas de pequeños bultos. Llevaban casi nada. En realidad, no tenían nada. Lumba, el más fuerte los alentaba a seguir siguiendo la puesta de sol. Buscaba con desesperación una nube que le indicara que en alguna parte llovería, antes que todos murieran de sed y cansancio.
Vieron, a lo lejos entre el reverbero del polvo, el movimiento de gente en el mismo camino. Se detuvieron. Los guardianes de los plantíos de los extranjeros, siempre usaban armas para diezmar a los que huían. Escondidos en un hueco del camino, avistaron un vehículo que se movía con ruido de metales rotos. El silencio era su única defensa.
¡Cállate Dositeo, si te sienten te matarán como a una rata! pero los pulmones resecos desfloraban silbidos inusuales. El miedo lo alteraba todo. Pasó de largo sin verlos. Esperaron un largo tiempo, para ellos, un corto tiempo para los que seguían por las onduladas dunas que había dejado la sequía.
Cuando salió la luna, se despertó el bicherío que vuela y viaja en la oscuridad del antiguo hábitat donde se podía vivir con pobreza, pero con la seguridad de un plato de mandioca o cereales, una fruta húmeda y jugosa, un ave gallinácea que proporcionaba huevos y carne en la aldea. Envueltos en trapos oscuros, como duende vivos, caminaron trotando casi, un buen trecho.
Lumba olisqueó agua, por algún lugar se deslizaba un hilo de líquido fresco y necesario. Depositó al niño sobre la tierra, a esa hora helada. Tomó un odre, unas cantimploras y desandó un trecho buscando oír el exquisito rumor del agua. Cuando logró su ansiedad encontrar la vertiente, una enorme luz lo sacó de su lugar. Un balazo le atravesó el pecho y cayó en tierra con un abrazo de sangre oscura y pegajosa.
Lumba muerto, el grupo fue arrebatado a la libertad posible. El único que quedó en la tierra sin ser visto, fue Dositeo. Esperó un largo tiempo, se quedó dormido. Al despertar, una mujer enjuta y seca, lo tocó. Pensó... Un niño muerto. Pero no, Dositeo abrió los ojos y recibió una sonrisa desdentada que le dio sorbos de agua fresca. Y tomándolo de la mano, lo fue llevando hasta un vehículo donde aparentemente, iban unas señoras extrañas, vestidas con ropas muy diferentes a las que él, alguna vez viera.
El cariño que le daban le extrañaba. Nunca había recibido de nadie ese tipo de atención. La camioneta tenía una especie de bandera con signos desconocidos para él. Llegaron hasta un camino que no tenía tierra. Luego, tomó por una calle más angosta y se detuvo en un alto caserón de material. Tan blanco como la ropa que usaban esas mujeres que le hablaban en un lenguaje desconocido para él. Lo ayudaron a caminar hasta unos breves escalones y entró al habitáculo fresco y tranquilo donde había muchos niños como él.
Las hermanas de la caridad, con sus hábitos blancos con listones celestes, lo llevaron a una ducha. Había agua, que salía por una regadera del techo. Luego le dieron ropa limpia. Calzado de su talla y un pequeño sombrero. Dositeo, buscó a la buena mujer que lo encontró, pero esta ya se había ido a buscar más refugiados.
¿Lumba? ¿Dónde quedaron sus amigos? Nadie se atrevió a decirle que sus amigos habían muerto en manos de los Guardias del Comando de su Tierra. Pasaron algunos días, los niños comenzaron a jugar y a charlar como si fuesen conocidos de siempre. Tras unas semanas, fueron directamente a un puerto, los subieron a un barco y partieron rumbo a un país lejano. Una vida que nunca imaginaron se abría para ellos.
Muchos Dositeos, habían quedado yertos, bajo las balas ignominiosas de un país que estaba en guerra, hambruna y sequía.
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