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lunes, 7 de septiembre de 2020

LA COFRADÍA DE LOS ANIMALES




La comadreja corrió por la orilla del arroyo Piráe y buscó al aguará guazú que se escondía del hombre para sobrevivir. No la veía por ningún lado hasta que se subió a una elevación del terreno. Avistó al oso hormiguero y le gritó la consigna. – ¡Reunión en el claro del monte ¡ - El sonido de su chillido se oyó en toda la zona. Emergieron cabezas de varios animales: el tatú carreta, el lobito de río, vizcachas de varios colores, algunos guasunchos o cervatillos, carpinchos curiosos y hasta una yacaniná ñata. Las aves volaron en todas direcciones para llevar el mensaje. El gato del monte necesitaba urgente una reunión en forma rápida. Los guacamayos ruidosos se elevaron en vuelos veloces entre los altos árboles de la selva. Todos tenían que venir nadie estaba excluido.
Así se reunieron para declarar que nadie tenía que salir de la selva para evitar al hombre. - Ellos, son malos y vienen a destruir nuestro mundo.- dijo el gato manchado, que veía como se estaba achicando la selva. –  Yo les aconsejo que merodeen sólo si no ven gente extraña, el hombre de la zona, sólo caza para comer. El otro, ese que viene de lejos, quema y tala los árboles y mata, por puro placer mata.- Y cada uno de ellos, salió a su madriguera para comentar con otros animales del bosque.
La noche cayó sobre la espesura y los ruidos de monos e insectos, atropellaban los matorrales con su sonido amigo. Todos cuidaban a todos, así se podría seguir viviendo en el bosque.

lunes, 31 de agosto de 2020

LA TERRIBLE TORPEZA DE QUERER


 

            Dentro del paisaje salvaje de mi espíritu habita una pequeña enamorada de la vida, una mujer llena de vida y añoranzas. En una época  conocí a quien marcó en mi alma una profunda marca, se llamaba Beba, era una muchacha frágil y rebosante de curiosidad, con un mundo rico y muchas ganas de compartir su magia. Era hija única y yo pasé casi a ser su hermana por cariño. Sana de alma y de talladura  juiciosa en sus ideas. Me enseñó a soñar despierta y caminar por rincones y parajes impensables. ¡Pero estaba cincelada con magnolias, con estrellas, con pétalos de rosas y jazmines! 
            Aprendí de Bebi a encaramarme en la luna, a correr por encima de las olas salobres y serenas de un mar imaginario, a caminar entre los nidos de las aves que migraban desde lejos sin que echaran vuelo, temerosas. ¿Cuánto pude aprender junto a ese espíritu lleno de delicadeza? Pura como una rosa blanca, sin mezquindades propias de la infancia, sí, dije infancia porque apenas tenía doce años. Gracias a ella hoy tengo mis ramas habitadas de rosas y de locas ideas peregrinas. Mi árbol azucarado de pétalos azules, inhóspito de malicia y lleno de sonrisas y de besos de amor que me quedaron en la trasnochada oscuridad del ayer adolescente descubriendo el afecto de un muchachito asustado en su revelación de hombre. ¡Casi torpe como una mariposa!

lunes, 10 de agosto de 2020

ERAN OTRAS ÉPOCAS


Como en la Villa había un arroyo no muy lejano, los muchachos se arremolinaban en sus aguas para refrescarse en las siestas. Siempre atentos a las turbulencias, no nadaban en las aguas más profundas. ¡Pero, pero una tarde llegó Délfor, con su bañador impecable, gafas de “Rayban” y su Siambreta reluciente! Los muchachos, que le tenían envidia, lo invitaron a nadar hacia un remanso. Luego se fue alejando con la suave corriente hasta un lugar muy hondo. No hacía pie. La corriente le arrancó la malla y quedó como Dios lo trajo al mundo. Abrazado a un tronco que boyaba, se quedó esperando que los otros lo auxiliaran. Ya anocheciendo, aterido de frío y miedo, logró llegar hasta la orilla. Los vecinos de la Villa Virtud, asombrados vieron acercarse al hijo del contador del banco desnudo y arrastrando su motito, porque le habían desinflado los neumáticos.

viernes, 26 de junio de 2020

LA NOSTALGIA




Las paredes de la sala están soñando una piadosa pintura que oculte la humedad y las grietas del tiempo. Los postigos caen como mechones de crines verdosos sobre los alfeizar de las ventanas. Sin embargo, se siente la tibieza de los fuegos que se entremezclan en el aire desde la cocina. Imelda, hace magia con las ollas y el cuchillo del abuelo. Saca exquisitos menús de la pequeña huerta y el gallinero. Algunas veces, los primos traen liebres o conejos silvestres que cazan en los campos del patrón. ¡Siempre a escondidas, puesto que él, ha prohibido que se cace en su finca! Todo es de su “señoría” y los muchachos como aventura se van en días de niebla o lluvia y hacen sus “fechorías”. Comer esas delicias es nuestro privilegio casi infantil.
Este otoño, nos propusimos recolectar setas y hongos, para lo que Diana y yo, salimos por los caminos a buscar en los pinares los tan codiciados por Imelda.
Esa mañana, cuando regresamos el patrón nos obligó a darle nuestra cosecha de setas. Yo, me quedé llorando. El viejo gruñón es maligno. Es tan avaro, que se le revientan los pantalones en los bolsillos por llevar monedas y billetes. No suelta nada, y a veces cuando anda husmeando por la zona, es sólo para ver si los muchachos están cazando o holgazaneando en los bosques de pinos juntando piñones.
Lamentablemente encontró a Bernabé con dos liebres colgando de su espalda. ¡Se armó de una fusta y lo puso de rodillas para golpearlo hasta sangrar! Y no pudimos hacer nada. Yo fui a buscar al boticario, que llegó y al verlo se estremeció. ¡Es un demonio, este hombre, dijo! Se lo llevó en grupas del caballo hasta la ciudad. Dejó una queja en el cuartel de policía. Pensó que podría ayudarlo. Fue peor. Lo arrebataron de la sala donde lo curaban y lo llevaron al cuartel. Yo supe por un vecino que nos avisó.  A la tarde me preparé. Le llevé una cesta con queso y pan que hizo Imelda. Y cuando lo vi casi muero de pena. Lo habían dejado en el cepo, colgaba con la cabeza abajo y le sangraban las manos. Le dejé a un guardia la comida. Me prometió que le daría. Lo dudo. Corrí calle abajo y regresé a la casa. Vengo de verle la piel, hecha jirones, con diez golpes, marcas de sus manos que acariciaron mi cuello, sin ningún sobresalto en cada una de mis siete palpitaciones del corazón desgarrado.
Imagino que así debe ser la vida en el futuro, sólo penas y resistencias.

miércoles, 13 de mayo de 2020

¿UNA TORTUGA?


Llegue a París con la esperanza de recorrer esos espacios que no pude caminar en otro viaje  anterior.
              No era esa ciudad impecable de la primera vez y me sorprendí cuando caminando por Saint Honoré me crucé con tantos personajes exóticos. Ver a Marroquíes o árabes no era para mí novedad; pero la cantidad de turistas del lejano oriente me descolocó. Luego de hospedarme en una buhardilla detrás de Sacre Cour, busqué a la portera, vieja conocida de Madame Pregnon. Esta amable mujer con quien me carteaba desde la desaparición de Manuela, mi prima, quien buscando su vocación, logró una beca en artes plásticas. La venerable portera, se llamaba Marguerit, y era muy charlatana y amable. La rodeaban cinco gatos, dos canarios, un pequeño perro y una tortuga. Su vida transcurría cuidando a los habitantes del edificio, que no tenía más de tres pisos, sin elevador. Conocía la vida de cada uno, incluso la mía. Cuando le pedí ayuda para encontrar a Manuela me miró intrigada y sacando de un bolsillo de su delantal primorosamente almidonado, la pequeña tortuga me dijo, que una muchacha Argentina, se la había confiado hasta que regresara a París. Su destino era un viaje por Chad y Mauritania, y seguro no le permitirían viajar con el quelonio. Yo miré al pequeño animal y me acordé que Manuela siempre hablaba de ella. Le pedí que me la dejara mientras realizaba mi estadía en París, y así con la mascota en la mochila recorrí: Gibenny, La Provenza e innumerables museos que me enloquecían, una tarde mientras paseaba la Rive Gauche, la pequeña tortuga me dijo: -Detente, Luisa, ves ese cuadro… lo pintó Manuela hace dos años.- Yo no podía creer que me estaba hablando y menos que supiera que era una pintura de Manuela.- Mira, tu querida prima hizo igual que yo. Salió detrás del amor, pero creo que no le debe haber ido muy bien-.
Su voz se acusaba angustiada.- Búscala en la embajada de Mauritania.- dijo y metió su cabeza como es la costumbre de las tortugas.
Tomé un taxi y llegué a dicha embajada. Me obligaron a cubrirme los brazos y el pelo. Me recibió un hombre que con ironía me decía que no podía darme ningún dato. Insistí y quién logró la respuesta fue la mascota. Fue tan grande la sorpresa del burócrata, cuando ella habló que de inmediato buscó en la P.C. allí aparecía que Manuela estaba en Egipto y regresaría en breve. Pero esta vez no regresaría sola, se había casado con Germen su enamorado.
              La tortuga se encogió y muerta de felicidad me dijo… vamos, terminemos de ver París y regresemos a Bs As. Que en Pehuajó, allá me espera el mío y volvió a esconder la cabeza.

lunes, 4 de mayo de 2020

LAURENCIO




Laurencio quedó aterido en el áspero piso de la celda. Los ojos cubiertos por un trapo roñoso. El olor penetrante a gasoil, no impedía que lo marearan otros perfumes: orines antiguos y mierda. Su ropa era un guiñapo de fibras mezcladas con sangre y vómito. ¡Su vómito, producto de los golpes y el miedo!
Escuchó el deslizar de un cerrojo que carraspeaba de espanto. Entró un personaje anónimo. Hasta el momento no había hablado con nadie. Éste, habló.
-¿Laurencio Sottille? No podía pronunciar un sí. Su mandíbula temblaba y realizó un esfuerzo para asentir con la cabeza.
Apenas audible su voz, suplicó saber dónde y porqué estaba allí.
-tu padre tiene lo que nosotros queremos. Mucha guita.-
Sintió un frío letal apoyado en un trozo de piel helada. Tiritaba. La humedad oscura de la mazmorra, indicaba que sería su tumba.
-hemos pedido una cantidad justa por tu puta vida, pendejo.
Llorando en silencio y forcejeando con unas ligaduras de plástico que le oprimían las muñecas y los pies. Le había robado el “Rolex” y las zapatillas italianas. ¿Su padre… tan ocupado en los negocios lo ayudaría? Pensó en su madre. Estaría desesperada. Su nana también, su noviecita ayer les había mencionado a unos amigos que conoció en un “Boliche” de moda. ¿No habrá hablado demasiado?
El tipo salió. Se oyó una discusión y unos gritos. De pronto se abrió la puerta y una cachetada de “Chanel Nº 5, le revolvió el estómago. Logró, con dificultad y mucha pericia arrancarse lo que le impedía ver. Allí, parada estaba la secretaria de su padre. Comprendió que era la amante del viejo. Supo que ya no tenía chance de seguir vivo.





viernes, 24 de abril de 2020

XENIA


Xenia: ella era tan perseverante, que a pesar del peligro, se calzó las botas largas, una vez más.

                          Miró hacia la montaña y reconoció que la tormenta se avecinaba,  perturbada tomó su poncho mapuche, ese que la acompañaba desde que Horacio había partido la primera vez hacia la frontera. Negros nubarrones cargados de nieve pesaban en las laderas. Bajaban los grises sobre los riscos.
 Comió un buen trozo de pastel, un trago de cognac y se enfundó la mochila a modo de refuerzo, llena de jamón, queso de cabra y agua, para llevarle apoyo al hombre. Él, la esperaría en el viejo puente junto a los abrevaderos. Las llamas y las guanacas estaban en tiempo de parición y no podían dejarse solas. El comprador europeo, llegaría en verano para pasada la esquila, llevarse los vellones de mejor calidad a Milán.
 El año anterior, habían sacado un muy buen precio y las colecciones de moda en Italia, se regocijaban con la novedad de esa lana fina y natural americana. La tormenta, con sus ráfagas de viento helado, la tiraba sobre la agresiva senda. Siguió un trecho pero un tapiz de nieve se iba acumulando. El frío le impedía continuar. Decidió regresar a la cabaña. Horacio la estaría esperando ansioso. Era imprescindible que se abrigara. El calor de la chimenea era una fuerte tentación. Pero... debía volver a salir hacia ese destino previsto.
 Ella era tan perseverante, que a pesar del peligro, se calzó las botas largas, una vez más.
- “Esta vez lo haré sin mezclar las pasas con el alcohol”- dijo la cocinera mordiéndose el labio y miró por la ventana hacia el jazminero.
 Esta vez lo haré sin mezclar las pasas con el alcohol” – dijo la cocinera mordiéndose el labio y miró por la ventana hacia el jazminero. El día jueves anterior, había encontrado a Amiel debajo de los jazmineros del jardín bajo el efecto de una terrible borrachera. ¡Esa mujer, su ama, estaba pasando una terrible depresión! Cuando Javier se fue a  Punta del Este, ella se derrumbó. Cada mañana despertaba con terribles jaquecas por la bebida, que desparramada en la alfombra, denunciaba su impotencia.
 La vieja cocinera tomó la determinación de investigar con quién había viajado el hombre. Supo por Fermín, el chofer, que lo había llamado el gerente de la empresa desde allí, el Uruguay, por un encuentro con inversionistas chinos, que no querían ingresar al país. Así, ella, Amiel, pensó que él, había huido con alguna fémina. Hizo unas llamadas secretas al hotel donde se alojaba su muchacho (ella lo había criado desde pequeño) y luego de una charla bien clara, se comprometió a hacer lo que debía.
Cada día, Amiel, buscaba en cada rincón de la casona una botella sin encontrar nada. Su samaritana, estaba despierta a las necesidades de la joven mujer. No fue fácil impedir que bebiera. Era una adicta. El socio, Fermín, no malograba el esfuerzo. Unos días más y llegaría el amante esposo. Era cuestión de resistir.

miércoles, 15 de abril de 2020

LA SEÑORA DE TAL




            Llegó en verano, con altiva mirada. No saludó a ninguna de las personas de la cuadra. Vestía con  la última moda que mostraban los magacines y vidrieras de los escaparates más caros. Sus largas piernas perfectas, su cabellera hermosa, larga y de un dorado perfecto. Manos impecables y cuerpo escultural.
            La casa era muy bella, grande, iluminada y discreta. El personal llegaba temprano y se retiraba tarde. Tres automóviles diferentes esperaban en el garaje.
            Un cambio en la economía me dejó sin mi puesto en el banco y salí del apuro, cuando Ernesto me ofreció su taxi. ¡Sólo de noche! Claro, de día lo trabajaba él. Salí de 23 a 6 de la mañana. Difícil acostumbrarme a ese horario, pero Carmelita, mi esposa  trabajaba en una escuela y el salario era escaso.
            Ella, la vecina nueva jamás nos saludó y menos ahora que yo salía de noche con el taxi. Y un día, como por casualidad me mandan a un motel de lujo a buscar una pareja. El muchacho era joven y salió muy nervioso. Detrás, ¡Oh, sorpresa! Ella, nuestra vecina. Un sudor frío le recorrió la frente. Subió atrás y el hombre me pidió que la llevara a su casa, que el viajaba en unas horas. ¡Era el amante! Pero no mostré el más mínimo asombro. Me suplicó silencio. Yo le prometí discreción y secreto. Unas lágrimas le hicieron correr el rimel. Le pasé un pañuelo de papel y se secó las lágrimas.
            ¡Si mi marido sabe… me mata! Yo no la he visto, dije. La dejé en la puerta de su casa, luego de dar unas vueltas para que se tranquilizara. ¡Gracias!
            Ahora cuando sale me saluda afable. Y a mi esposa le dije que la traje del cine junto a unas amigas. ¡Cómo nadie se imagina, no quiero una muerte en mi conciencia!

MONÓLOGO INTERIOR


   Me siento como enjaulado. Hoy me he levantado tarde, como siempre, así nunca voy a llegar temprano a ningún lado. Viste minina, la vida es un ir y venir. Ayer la vi, estaba sentada en El Molino, con ese fulano, el pintorcito. Un segundón. Es cierto que yo con mi facultad nunca tenía tiempo para llevarla al teatro. Esta tarde tengo que ver los resultados de mi cultivo de bacterias. Ahora minina siento unas ganas locas de abrazarla, tocarle el hombro transportándole mi pereza a la espalda con mis manos húmedas por el calor de sus besos. Casi como si apretara una rosa recién cortada. Hablando de rosas, te acordás ese poema de Neruda, ese... a ver si recítalo, vos sabés a cual me refiero. Bueno sino te recordás no importa. Tal vez Buscaglia u Onetti. Sos una mimosa, gatita, igual que ella. Una gata. Me acuerdo cuando nos quedamos cocinando chuletas de cerdo con puré de manzanas. Me parece tener aun el sabor de sus besos con olor a hogar. En el hotel, te dije, ¿no? Hay una piba que se hace la artista, camina desde el amanecer vendiendo su sonrisa y yo, tonto como siempre, le compraría una semana de sonrisa para olvidarme de Ella. Ayer arreglé un poco acá pero soy un desastre, si estuviera ella, minina, comeríamos los salamines de mi tía leyendo a Cortazar y escucharíamos al Negro Lavié en Caño 14. O a Goyeneche...te acordás las noches en que me abrazaba en la cama porque tenía frío. La lectura era como la manta que nos cobijaba de la hambruna y de la soledad. Leer a Borges era una vestimenta para el desaliento y el frío. Sos tonta venir a refugiarte en mi cama. Sin el calor de su cuerpo es como un moretón en la espalda o el vientre. Su vientre era de seda y mostacillas. Me producía calor aun en los días de frío y la cobardía de no llegar a darle todo lo que se merecía. Me acuerdo de sus dedos metidos en su largo cabello castaño, parecían  colmillos finos de marfil. Su risa me penetraba la ingenuidad de creer que sería para siempre. No existe el para siempre. Salí de mi saco que tengo que salir para tomar el tren a La Lucila. Allá me espera Susana, no Susana del Piero no, eso es imposible. Susana una viejarda que me tiene preparado un buen asado de cerdo a la parrilla. Es una bióloga con la que estamos haciendo un trabajo. Quedate tranquila. Ya vuelvo. Me arreglaré, sin ella me arreglaré igual. Es difícil. Chau Gata, amiga.

jueves, 2 de abril de 2020

EL INTELECTUAL Y EL ARTISTA



¿Fue así? Lo veo con mis propios ojos. Es indescriptible. ¿Pero no era el que llegó con no sé cuántas maestrías, tanto que enseguida lo nombraron jefe de una ONG?
¡Sí, bueno, era él, pero se le cruzó esa porquería! ¿Qué podía hacer?, te preguntarás. ¡Nada!, te contesto. Hablaba como siete idiomas y era muy inteligente, pero ahora hay que verlo. Está tirado en plena calle, aún usa camisa de puño con botones de nácar, el traje es un trapo sucio, y le han robado los zapatos. ¡Parece mentira que un tipo así llegue a eso! Nadie hace nada. Te diré que al contrario, cuando comienza a retorcerse en el piso en donde está tirado, y a gritar, esgrimiendo una mano como para pelear, los transeúntes escapan. Se hacen a un lado, lo evitan. Y no te cuento las mujeres. Arrastran a los niños, distrayéndolos para que no vean ese cuadro. Incluso la policía se le acerca sólo para ver si no ha sufrido algún ataque. No lo tocan, ni se lo llevan, ni siquiera evitan que siga gritando como un energúmeno.
            Ayer, volví a pasar, vos sabés que trabajo en el museo casi a dos cuadras. Bueno, lo hago gracias a la beca que me dieron en el dos mil cuatro. Vociferaba que era hijo de un ministro y la gente lo miraba extrañada, pero dejó de babearse y me vio. Me dio la sensación de que sabía que era yo, se dio vuelta y se quedó en posición fetal. Tenía la espalda sucia y con sangre.
            ¿Creerás que está herido? No sé, pero me urge llamar a los padres y pedir que vengan a buscarlo. ¿Ellos sabrán que está así? Me duele el hecho de verlo y no poder hacer nada. Pensar que todo  empezó por una apuesta de quién era capaz de trabajar más horas sin dormir.
Alguien le acercó droga mezclada con vodka y él ganó. Ganó el juego. Cinco días sin dormir haciendo lo que hubiera hecho en varias semanas. Perdió. Perdió la vida. Se hizo adicto y alcohólico y ahora está loco. El cerebro debe estar vacío, licuado. No es un mendigo, es el producto de una sociedad enferma, desquiciada, sin horizonte.
Todos estaban enamorados de su alegría, inteligencia, su glamour. Le tengo pena, pero trató de matarme para que le diera unos euros para comprar droga y vino. El miedo me alejó y escapé de su manía y demencia. Tiene veintiocho años y parece de setenta, o más. Si lo vieran los padres así, creo morirían. O no, tal vez saben y no quieren acercarse como hacen los demás. Me incluyo. He visto que vienen de Notre Dame unos voluntarios. Les traen algo de comida y cuando llueve los tapan con plásticos. No me pidas que vaya a buscarlo y lo interne. No es mi tarea, ni siquiera siento pena. Tal vez sí. Pero nadie puede hacer nada.
¿Vos, te animás? Si me das una mano vamos y lo sacamos de allí y lo llevamos a un centro de rehabilitación, después de todo es tu pareja, vivió con vos hasta hace un año y medio. Te dio una buena vida, sin privaciones. Hasta te dejó el departamento y el auto. No querés saber nada. ¡Y bueno, cada uno cargará con su culpa! Me voy. Hasta otra vez que nos crucemos, cuando quieras, trabajo en el museo como ayudante de un restaurador italiano. Si preguntás por mi, me conocen por “El argentino”. La beca termina en dos años, estoy pensando en volver, pero acá estoy bien. Chau.

            El joven sigue su rumbo y se sorprende al comprender que ya ni siquiera él tiene solidaridad para con un compañero de colegio. Camina solitario y, a poco de andar, ve una ambulancia que retira el cadáver de otro adicto. ¿Cómo vivirá con su conciencia?   

LA PAREJA




                        Gregorio salió del departamento 3 de planta baja y fue a buscar un cable para arreglar el timbre. Encontró a Kiki en una posición extraña. No lo veía desde hacía algún tiempo. Pensó que había pasado más de un mes. Con los brazos afrentándose las piernas encogidas, sobre la alfombra algo gastada del palier. Miró el ascensor y se preguntó por qué no había subido al 7º A. Recordó que ayer su mujer le comentó que el casillero de correspondencia de Tai, el del séptimo, estaba repleto. Nunca lo veían pero era tan metódico que le llamaba la atención ese detalle. En ese momento apareció la doctora del 8º A, para pedir que le avisara al del 7º A que cerrara los ventanales. El golpeteo de noche no la dejaba dormir. Salió sin mirar siquiera al muchacho en el piso. Gregorio sorprendido no quiso interrogar mucho a Kiki sobre Tai. Eran pareja desde hacía varios meses y el joven entraba y salía a su antojo del edificio. Tenía llaves. Cuando quiso subir al ascensor, el pequeño travestido lo miró desolado. Tenía aun el rimel corrido, se había acomodado la larga cabellera con un elástico y su cara desfigurada por un tremendo golpe. Sintió piedad por ese ser casi fantasmal. Volvió sobre sus pies, se agachó y encaró al joven. ¿ Qué pasaba que no ingresaba en el departamento de su amigo? Si tenía temor, él, lo podía acompañar. Sabía la bondad del viejo bribón, eso se lo guardó para sí. El desventurado con sollozos le explicó que había intentado todo pero que no podía entrar; la llave estaba puesta por dentro y nadie respondía.  No tenía fuerza y además tenía un terrible miedo de encontrar a su amigo muerto o ¿quién sabe? Gregorio suspiró: ¡Por Dios, problemas en puerta! Llamó a la policía y esperó.
            Cuando llegó el inspector Fernández, sólo se fijó en Kiki a quien pidió su nombre, dirección, trabajo y un sin fin de datos. El infeliz sopillaba como un imbécil. Llegó Cárdenas y se sumó al grupo. Con rapidez  lograron ingresar en el vetusto departamento 7º, mas... ¡Oh sorpresa! El silencio, el orden y la sobria belleza de los ambientes dejaron a los dos hombres callados. Revisaron cada rincón sin encontrar nada. Ni un cuerpo, ni una nota, ni tan siquiera una pista que indicara lo sucedido con el dueño de casa. Cárdenas abrió los placares y comprobó, con la ayuda de Kiki, que toda la ropa y los enseres de higiene que usaba el “hombre” estaban en su lugar. El televisor encendido en blanco, el video detenido y sólo abierta la puerta ventana del salón. Los cortinados se movían suavemente con el aire que necesariamente entraba a esa altura del edificio.  Ese ruido era el que molestaba a la vecina. Pero allí no había nadie. Ni siquiera un vaso abandonado o un objeto fuera de lugar.
            Esa noche se quedaron merodeando por los cafetines gay de la zona. No sacaron ningún dato excepto invitaciones para tomar una copa de dos o tres personas. Al día siguiente casi se desmayan cuando vieron aparecer a Kiki, vestido como hombre. Era bien parecido y su infinita tristeza marcada en el rostro aniñado. Él, quería mucho a su padrino. Los hombres se miraron y comenzaron a desentrañar algunas historias.  La correspondencia acumulada les dio alguna pauta de los negocios del desaparecido.
Dueño de varios departamentos, casas y campos, tenía un ingreso superior a lo imaginado. Rastrearon sus datos y descubrieron que era descendiente de una familia muy importante de la ganadería y política de cierta provincia. El silencio rodeaba su vida. Siempre separado de aquellos, a los que podría importunar su condición y apetitos sexuales. Nadie sabía de él desde hacía tiempo y la mayoría de sus familiares trataron de desaparecer muy rápido de las oficinas policiales, antes de ser señalados como parientes. Nada se aclaraba y Kiki, ya instalado era observado en forma permanente por alguien de la oficina. El caso era desafortunado.
Una mañana, Gregorio necesitó limpiar el hueco del ascensor y descubrió un enorme cuchillo ensangrentado. La sangre estaba seca pero aun sus marcas mostraban la ferocidad del uso. Llamó a Fernández y éste tomó el objeto con los cuidados propios de su experiencia. Comenzó el trayecto a la deducción. ¿Quién pudo matar al desaparecido? ¿Había desaparecido y estaba fuera del país? La oficina se pobló de intrincados peritajes y fotos del padrino de Kiki. Los medios no hacían otra cosa que hablar del caso.
Apareció un abogado con papeles muy importantes. Había una fortuna en juego y la dudosa necesidad de abrir el testamento. ¿A quién había dejado semejante legado?
De repente comenzaron a aparecer parientes que hasta poco tiempo antes ni lo aceptaban como tal. El único que seguía llorando su desaparición era Kiki o mejor dicho Daniel Hernández. ¿Sería él, quién lo heredaría o tal vez fue quien lo mató?  
Nadie encontraba el cuerpo y sin cuerpo, no había un caso.

lunes, 23 de marzo de 2020

ASÍ ERA ESE HOMBRE, MI PAPÁ


Alto, sobrio, de manos inmensamente grandes. Papá era un tipazo. Increíble. Cuando hablaba, una catarata sabia de mil sabidurías. Repito un tipazo.
Soñaba con cambiar al mundo. Ingresaba en el mundo de la política lleno de bríos para caer como un rayo sobre la realidad que sus quimeras rechazaban. Demasiado soñador. El mundo era otra cosa, una maraña fétida de negocios nada claros. Gente que se movía como los actores griegos, con dos máscaras. Una adelante con una sonrisa astuta y otra en la nuca con la mirada llena de codicia, lascivia y soberbias. Él no tenía máscara, era como las figuras de mármol cinceladas por Cellenni en el bautisterio de Florencia. De mármol no, de la más tierna materia biológica cárnica. Diría que todo él, era un enorme corazón.
Incrédulo para la maldad y maleficencia. Así llegaba agobiado por los caminos retorcidos de una sociedad, que infame, vivía a costilla de su ingenuidad. No parecía tener cincuenta años. Sus canas incipientes sólo servían para que le creyeran que los había cumplido.
Un día aciago, nos reunió en la cocina, y meticulosamente nos previno de su muerte. ¡Moriría en poco tiempo! Por supuesto la incredulidad nos cubrió con su manto de concreto. Pesaba mucho su relato. La vida se escurría de su pecho que dilatado, había afinado como papel de barrilete las paredes de su corazón. Nada podíamos hacer contra ese mal, porfiado.
La crisis se apoderó de nuestra casa, que sobria, acusaba sueños. Sus tres princesas, no estaban listas para iniciar la aventura de la vida, No teníamos las alas abiertas para comenzar el vuelo.
Pasaron días, semanas, meses. Un día cayó en un sopor sombrío. Nata mitigaba el dolor del cuerpo, su mente comenzaba en el delirio a crear fantasmas abisales. Una noche, cálida noche de Enero, le pidió a mi primo que lo ayudara a erguirse. Salió del lecho como un espectro del que fuera. Se acercó lentamente a la ventana. Observó el cielo, con sus estrellas manifiesto de luces lejanas y nos dijo: ¡Cuiden al abuelo! ¡ y comenzó a hablar con una llave…! ¿Una llave? Tal vez con el gran portero que le abriría las puertas de algún paraíso imaginario o real.
Hoy lo recuerdo, con su oratoria regia, su movimiento pausado, sus gafas… tal vez viva en el sur del paraíso, o en la cara escondida de una estrella mirando concretados sus sueños. Algunos, claro, porque él, querría que nuestra vida fuera más placida, ¡Pero cuánto disfrutaría de mis nietos! De ver a mis hijos, con esa paternidad amorosa del mayor con sus pequeños, con la alegría eufórica del “nene” y las réplicas críticas de la nuestra flamante esposa, abogada, cocinando como si fuera la abuela.
Papá era un hombre culto e ingenuo que se alejó demasiado pronto de nuestro lado. Lo extrañamos.

viernes, 6 de marzo de 2020

LA DIOSA SE ENCOLERIZA Y ME ENTREGA A LOS SACERDOTES Me demoro limpiando la peluca de mi señora. Ella descansa en el lecho de juncos. Un sacerdote – médico viene a traer en un alfanje un ungüento de almizcle y leche de búfala para el dolor de su cara. Yo me inclino, tengo miedo que la diosa Anubis me deje sin habla. Soy una esclava que encontró mi ama en el soco de Menfis. Allí, pequeñita como era me habían abandonado en una cesta de papiros. Ella me trajo río arriba por el Nilo sagrado y me enseñó todo lo que sé. El Señor magnánimo, el gran Ra, me está adornando el cabello con sus colores de oro. Mi señora dice que algún dios o un sacerdote tendrá que hacer algo conmigo. Soy diferente. Al nacer tenía alas en mi espalda y fueron creciendo tal que ahora debo volar en lugar de caminar. Por las tardes cuando el gran señor Amon Ra, se extingue en el desierto vago por las altas columnas de los templos bajo la atenta mirada de los sacerdotes que me odian. No quieren una mujer con alas. Yo toco poco a mi señora. Ella dice que cuando paso mis manos ásperas por sus carnes azuladas propia de los nubios, siente que el aire se enrarece. Yo soy una esclava servicial. Con sólo mirar al desierto levanto una nube de arena y enseguida aparecen ibis en largas colas de cocodrilos voladores. Llegan a la orilla del río y se quedan ofrendando lotos y rosas a mi ama. La diosa Hathor, siempre se las arregla para que yo no pueda acercarme a los hombres. Ella es muy celosa y los brujos del templo la incitan contra mí. En el templete del dios Osiris, he hecho miles de ofrendas. Incluso he viajado hasta la orilla del mar para llevar ofrendas. Cuando pasaba en la tarde volando, los camellos salían trotando y se perdían tras los altos médanos. Las caravanas se quedaban desorganizadas y los mercaderes aterrados miraban mis alas y caían postrados ante mi presencia, pero yo los tranquilizaba sacando con mis manos agua de unas piedras y dejando un nuevo pozo con agua para ellos. Entonces no comprendo por qué el sacerdote- médico me quiere encerrar en una pequeña pirámide para que se cure mi señora. Si ella me deja, le saco esa muela que tiene enferma y seguro que se cura y su cara vuelve a ser la más bella de todo Tebas y por qué no, de todo Egipto. El aire de la tumba se está enrareciendo. Mis alas se están desplumando. Caen una a una las hermosas plumas color celeste plateado que las cubren. Cuando abran dentro de varios siglos este lugar, no comprenderán qué clase de gente enterró viva a una mujer alada.



           
            Me demoro limpiando la peluca de mi señora. Ella descansa en el lecho de juncos. Un sacerdote – médico viene a traer en un alfanje un ungüento de almizcle y leche de búfala para el dolor de su cara. Yo me inclino, tengo miedo que la diosa Anubis me deje sin habla. Soy una esclava que encontró mi ama en el soco de Menfis. Allí, pequeñita como era me habían abandonado en una cesta de papiros. Ella me trajo río arriba por el Nilo sagrado y me enseñó todo lo que sé.
            El Señor magnánimo, el gran Ra, me está adornando el cabello con sus colores de oro. Mi señora dice que algún dios o un sacerdote tendrá que hacer algo conmigo. Soy diferente. Al nacer tenía alas en mi espalda y fueron creciendo tal que ahora debo volar en lugar de caminar. Por las tardes cuando el gran señor Amon Ra, se extingue en el desierto vago por las altas columnas de los templos bajo la atenta mirada de los sacerdotes que me odian. No quieren una mujer con alas. Yo toco poco a mi señora. Ella dice que cuando paso mis manos ásperas por sus carnes azuladas propia de los nubios, siente que el aire se enrarece. Yo soy una esclava servicial. Con sólo mirar al desierto levanto una nube de arena y enseguida aparecen ibis en largas colas de cocodrilos voladores. Llegan a la orilla del río y se quedan ofrendando lotos y rosas a mi ama. La diosa Hathor,  siempre se las arregla para que yo no pueda acercarme a los hombres. Ella es muy celosa y los brujos del templo la incitan contra mí. En el templete del dios Osiris, he hecho miles de ofrendas. Incluso he viajado hasta la orilla del mar para llevar ofrendas. Cuando pasaba en la tarde volando, los camellos salían trotando y se perdían tras los altos médanos. Las caravanas se quedaban desorganizadas y los mercaderes aterrados miraban mis alas y caían postrados ante mi presencia, pero yo los tranquilizaba sacando con mis manos agua de unas piedras y dejando un nuevo pozo con agua para ellos. Entonces no comprendo por qué  el sacerdote- médico me quiere encerrar en una pequeña pirámide para que se cure mi señora. Si ella me deja, le saco esa muela que tiene enferma y seguro que se cura y su cara vuelve a ser la más bella de todo Tebas y por qué no, de todo Egipto.
            El aire de la tumba se está enrareciendo. Mis alas se están desplumando. Caen una a una las hermosas plumas color celeste plateado que las cubren. Cuando abran dentro de varios siglos este lugar, no comprenderán qué clase de gente enterró viva a una mujer alada.

                                                          


lunes, 2 de marzo de 2020

LA LOCURA DE AMARTE ES COMO



            Nunca he montado te digo. Mi cuerpo no está preparado para cabalgar. Soy frágil y torpe por eso te pido, te ruego no me obligues a subir sobre ese enorme animal que me aterra. Mira como resopla por sus enormes narices húmedas. Me mira con los ojillos protuberantes y me siento espiada y perseguida como una ninfa helénica del Olimpo. Sus patas y sus hijares parecen de terciopelo lustroso y el sudor se penetra en la brisa como para darle un perfume de campo a todo. Odio ese olor de caballos y de pasto. Yo nací para tirarme en una hamaca cerca del mar. En una playa de corales y aguas transparentes. Deseo tener mi cuerpo libre de ropas ajustadas y de botas que me aprieten los tobillos. Amo el aire limpio a orillas del océano. Con brisa perfumada a sal y yodo, a algas y a peces de colores y moluscos y a estrellas en el cielo del agua tranquila de la costa. También puedo sentirme a gusto en los acantilados donde el ruido ensordecedor de las olas golpeando las rocas inmortales van tragándose poco a poco la playa. Es música para mis oídos el murmullo del mar en noche de luna llena y tranquila. Es una marcha triunfal el bramido de las marejadas en medio de estruendosas tormentas cuando parece que Neptuno, pelea con Vulcano en el infierno. Por todo esto te suplico aléjame de esta tortura que es el caballo que monto desde hace como una hora. Tengo mis piernas adormecidas, mi cola destrozada y ganas de vomitar por el olor a guano. Yo creo que te amo pero esto es demasiado. ¡No, no chasquees el rebenque, yo no sé trotar y me voy al carajo en este bicho que odio!
                                               Me gusta todo lo que está sazonado con un grano de locura, pero esto es demasiado. ¡Bájenme de aquí que me estoy volviendo loca!


lunes, 24 de febrero de 2020

UN PROBLEMA DE CONCIENCIA




En una de esas tarde de otoño, Antonia, quiso sacar las cartas de truco de la gaveta del secreter. Junto a ellas, en el cajón del viejo estaba el revolver sobre unos guantes azules.
Abrió la boca y los ojos sorprendida. Tomó coraje, lo sacó, y apuntando al piso, temblorosa, casi corriendo, encaró al tío.
-¡Fuiste vos, hijo de puta…! ¡Fuiste vos!- gritó al borde del desmayo.
Con parsimonia calculada el hombre dejó la lectura y la miró. Severo, por sobre los anteojos la observó iracundo.
-¡Qué mal mijita, qué mal! Tan viva que parecés. Tan viva y no te pusiste los guantes.
Ella petrificada sostuvo el revolver con todo el peso del mundo.
-¡Sí, no me puse los guantes, tío! Pero ayer compré veneno para roedores en un barrio alejado de casa. Tu desayuno, tu almuerzo y ese té que de tu hermosa taza de porcelana bebes ahora, me servirán para explicar tu deseo de suicidarte al morir tu amada hermana y la Yaya.
-Estás loca.- dijo el hombre aterrado.
-Mira ya te está haciendo efecto, lo veo en tu color ambarino, en la espuma que sale de tu boca y toca tu bigote…
El hombre se llevó la mano al pecho, un sordo ronquido lo despidió de la vida.
Antonia guardó el arma, nunca le había dado veneno. La conciencia sucia del tío y un corazón débil por la vida disipada y el miedo se cobró venganza.

UNA ENTRAÑABLE HERENCIA




            Javiera caminó en círculos cuando recibió la carta. Enroscó el cabello una y mil veces recordando las viejas historias que Igor, su anciano abuelo relataba.
            La luz se fue despidiendo en arco iris tras la arboleda. Tomó la decisión e iría a investigar a Castelli, el pueblo donde llegaron desde Gómel; Bielorusia, sus antepasados.
            Armó la mochila con lo mínimo indispensable y una pequeña fiambrera con dos sándwich y frutas. El equipo de mate siempre en el automóvil. Sólo cargó agua en el termo. Durmió unas horas y comenzó el viaje, una verdadera aventura.
            Arribó a la plaza frente a la municipalidad y la iglesia. Desorientada dio algunas vueltas por el pequeño pueblo. Se detuvo frente a una esquina, allí vio el cartel: “Museo y archivo regional de Castelli” ¿estará la clave a mis preguntas?      La anciana que de espaldas escribía en un enorme libro parecía la imagen sacada de un afiche de 1930. Cuando se volvió y enfrentó a Javiera, se le cayó un libro de las manos temblorosas.  Se caló con insólita energía las lentes y le dijo:- ¿Natalia Èsenín? ¿Tú aquí? ¡Si en 1945 en el accidente de Cruz Negra…! ¡Igor Selfchovensky sobrevivió, y se fue a…! ¿A dónde? No recuerdo.
            Hola soy Javiera, la nieta de Natalia e Igor. Conozco algunas historias, sólo necesito un certificado de arribo y defunción de ellos para viajara Gómel a Bielorusia.
            Espera muchacha, eres idéntica a tu abuela, murmuró la mujer mientras se alejaba por el pasillo. -Lo encontré, acá está.-  allí está la fotocopiadora y tengo todos los sellos del juzgado de Paz. Yo soy la esposa del Juez.
            Con los papeles listos en pocas horas Javiera partiría a recibir una enorme herencia de sus abuelos en el lejano país. Lo que nunca esperó lo supo al llegar.
            La antigua casona estaba muy derruida, por la guerra, pero dentro estaba una hermosa imagen de la otrora riqueza de la familia. Los muros húmedos desprendían un olor desagradable a grasa animal quemada. El piso cubierto por paja y tierra, mostraba el deterioro de años de descuido. Salió por una puerta desvencijada y caminó por las piedras de una calle muy antigua, con el típico centro perfilado para que desembocara el agua servida y la lluvia. Llegó a una posada y allí tomó una precaria habitación.
            Cuando descendió al comedor, del que un apetitoso olor a comida casera la atraía, encontró a varios parroquianos que la miraron con asombro. Ella no hablaba el idioma y no entendía lo que hablaban. Se acercó una mujer, cubierta por un delantal de rústica tela blanca. ¿Natalia? – No, soy Javiera, la nieta. La mujer buscó desesperada ayuda para comunicarse en ese idioma desconocido. Un anciano salió y regresó al rato con un sacerdote que hablaba algo de español.
            -Ha revolucionado el pueblo. Todos quieren saber de donde viene y si es hija de Natalia Èsenín y de Igor Selfchovensky. Se fueron antes de la guerra, abandonando todos sus bienes y familia. Huyeron dejando a los padres y la casa en manos de los soldados, que los mataron y robaron todo.- dijo mirando a los comensales. Que ávidos esperaban saber.
            -Vengo desde América, de un pueblo de Buenos Aires que se llama Castelli. Soy la nieta de Natalia e Igor y he recibido esta carta. ¿Me puede ayudar? – el abuelo le prohibió a mi madre aprender el ruso y yo hablo poco inglés. -¿Usted cómo conoce mi idioma?- sonrió Javiera.
            - Viví unos años en España. Pero hace tiempo y cuando uno, no practica un idioma se va olvidando y perdiendo.
            -Es verdad, pero ¿qué dice ahí?- miró alrededor y continuó- traje papeles que certifican que soy quien soy.
            - No sería necesario, es idéntica a su abuela dicen todos acá, una verdadera aparición. Pero venga mañana al templo y el acompaño a la comandancia. Hasta mañana entonces.
            -Hasta mañana y gracias, ¿A qué hora? – dijo casi sin ser escuchada por las preguntas que le hacían al hombre.
            - ¡Venga a las nueve!

            Se despertó con los sonidos de cacharros de la cocina y los gritos de la calle. Se acicaló y sacando de la mochila la ropa partió hacia el lugar donde se alzaba un campanario que sobresalía del resto de las casas. Allí encontró al hombre de Dios que la esperaba con un libro antiguo.
            El prefecto la recibió con mucha curiosidad y religioso por medio y después de entregar los papeles que acreditaban su nombre y procedencia, éste, se acercó le tendió la mano y en un cordial saludo que ella intuyó era alegre, le entregó un montón de papeles en una carpeta.
            Casi se desmaya cuando le explicaron que era dueña de medio pueblo, que habían guardado un cofre con valiosas joyas y en especial, que un anciano había escondido por años cien monedas de oro. ¡Ella ahora era rica!
            Le dio al monje diez monedas y le pidió que buscara gente para dejar como habitantes de la casa y la tierra. El anciano prefecto, le aseguró, a través del clérigo, que habían cuidado de todo el patrimonio, incluso a costa de la vida de algunos habitantes del lugar.
            La acompañaron a recorrer las tierras, con añosos árboles y animales, que rescataron después de los bombardeos. ¡En fin ¡ Javiera cuando regresó, sintió que la vida había sido muy generosa con ella. De alguna manera debía devolver ese favor.
            ¡Regresaría para ayudar a todos los que le cuidaron las cosas de sus abuelos!

jueves, 13 de febrero de 2020

EL TRAPECISTA




            Anatol se escapó de su dacha una siesta de verano. Corrió por la vereda empedrada hasta la calle donde viera una enorme carpa desplegada en el descampado que dejara la guerra. Allí del mil colores una enorme construcción, para él, maravillosa, se abría a la curiosidad de la gente. Se escondió entre unos carromatos y esperó.
            Al atardecer, comenzó a llegar gente que se detenía en una casilla donde un pintoresco payaso abría una boca grande y por ahí, pasaban un papel y la gente dejaba un rublo.
            Se deslizó por debajo de una tela rústica y pesada. Entró como un invasor. Desprevenidos sus padres que regresaban del campo no advirtieron su ausencia. Comieron sopa de col, como todos los días e imaginaron que Anatol, andaría vagando por el campo buscando nidos y huevos. Él, estaba dentro del circo.
            Cada cosa que sucedía allí, lo dejaba extasiado. Abría los ojos y la boca sin emitir sonidos, escondido debajo de un banco de madera. Allí quedó quieto. Un atronador tambor llamó a silencio al escaso público. Una luz se elevó al centro de la carpa; ahí suspendido como un ave estaba un joven de figura atlética haciendo piruetas y movimientos elásticos que lo hacían volar por los aires.
            Anatol, vio que debajo había una red, pero no le puso mucha atención, ya que quería ver las volteretas y formas que creaba el muchacho. ¡Eso haré yo cuando crezca! Y soñó.

            Pasaron diez años y Anatol se fue. La gran ciudad lo recibió como recibe a los inocentes. Se lo tragó. Tenía apenas quince años y muchos sueños. Buscó trabajo en una fábrica y comenzó a indagar dónde había una escuela de trapecistas. Y en ese momento encontró una que estaba en un centro comunal del partido. Se inscribió y al comienzo fue duro el entrenamiento, pero más tenaz que hábil, logró llamar la atención de un profesor que lo tomó bajo su mano.
            Luchó para ser el mejor. Así llegó pasando de etapa en etapa hasta llegar a ser el mejor trapecista del instituto. Él, no sabía de política ni de poder, sólo de sacrificio y esmero.
            Una mañana lo visitó el comisario del partido y le propuso representar a su país en una olimpiada en Alemania. Pero el soñaba con ir al circo. No tuvo alternativa y por primera vez, viajó en avión, representó con excelencia la bandera de su país. Ganó una medalla de oro. Lo llenaron de honores cuando regresó a su país. Cuando un periodista le preguntó cuál era su sueño, él, dijo ser trapecista del circo. ¡Entonces, lo llevaron como el soñaba y realizó unas largas temporadas de país en país, de pueblo en pueblo.          Un día llegó a su pueblo. Buscó a sus padres…ya no vivían ahí. Cuando estaba en lo alto del trapecio; vio a su madre y a su padre que lo miraban asombrados sin reconocer a su hijo perdido. Se distrajo y cayó. ¡Gracias a Dios había una red debajo que contuvo su cuerpo! El grito fue enorme. Su madre lo había reconocido y corrió a abrazarlo entre los hilos de soga que sostuvieron su cuerpo. Un beso infinito lo envolvió y lágrimas de ternura cubrieron el cuerpo del trapecista más afamado del país. Anatol, no quiso seguir en el circo porque sus padres ya estaban muy ancianos y lo necesitaban.


martes, 11 de febrero de 2020

AL VEZ EL DESTINO QUISO



            Mi avión había aterrizado sobre la pista helada. Los flaps se desperezaban en la fría mañana cuando anunciaron que el vuelo no continuaría hasta el día siguiente. Problemas de tránsito aéreo.
            Protestas, quejas y hasta llanto en algunos pasajeros ansiosos. Frankfurt era mi destino y el de muchos otros. Pero allí nos quedábamos por una noche. Apenas entramos a la manga, unos jóvenes exquisitos nos entregaban los “tikets” de comida y hotel, para esa etapa impensada. El transporte estaba allí regulando motores para que no se congelara  el gas oil. -22º a esa hora impedía hablar.
            -¡Qué clima asqueroso tiene París! – despotricó un yanqui. Lo miré indiferente. Con el efecto invernadero, en todas las regiones del planeta hay problemas climáticos, pensé. Seguí mi camino hasta llegar al bus que nos esperaba. Un africano al volante sonreía más por el frío que por alegría. ¿Pensará en su tierra natal con 50º sobre un desierto inhóspito? Con sólo mi mochila por equipaje, me acodé en la barandilla observando a los que me rodeaban  e imaginé la vida de cada uno como distracción. Odio la soledad de los viajes de trabajo.
            Luego de atravesar la zona del aeropuerto y dejar atrás los suburbios, el bus subió a la autopista. La bruma me impedía visualizar París.
            Nos detuvimos en un hotel de segunda categoría. Parecía pasable. Me alojé en una habitación pequeña. Ya solo, atiné a mirar por la ventana. Un extraño paisaje se inmiscuyó en mi vista. Desde la pequeña ventana se podía observar un túnel, en una autopista secundaria.
            La velocidad de los vehículos le infundía vida. Parecía un carrusel de luces que iban y venían como el tiovivo de un parque de diversiones. Me detuve a ver los enormes tensores de acero que sostenían las columnas y parte del puente de ingreso.
            Dejé de mirar para acomodar mi pequeño equipaje. Sentí un chirrido. Un grito. Un estruendo. Desde el pequeño recuadro pude ver humo. Como médico que soy, salté y corrí escaleras abajo. Atravesé la recepción del hotel y quedé frente a una verdadera lujuria de autos con sus cláxones y luces que  se detenían frente al derrame de petróleo de un vehículo, que volcado comenzaba a incendiarse.
            Frente a mí un cuerpo cobijado en sangre tibia sollozaba. Con pudor me identifiqué. Un policía me permitió acercar a regañadientes. De rodillas tomé el pulso de la joven cuya belleza había escapado con la misma velocidad del estruendoso destino. La oscuridad de su fatalidad me dejó más helado que el aire helado que me atenazaba el rostro. Yo temblaba. Frío. Hacía mucho frío. Me mordí los labios cuando limpiándole el rostro reconocí a la hermosa modelo Aleida Irazú. Actriz famosa por su belleza y talento. Yacía ahí, moribunda. Me tomó el rostro con sus manitas finamente manicurazas. Tenía varias uñas rotas y el carmín competía con la sangre. Acercó mis labios a los de ella y dándome un besó inesperado cerró los ojos. Así penetró en la distancia y oscuridad del túnel.
            Una suave nevisca deslizó su pena sobre ese pequeño espacio de París. Eran apenas las 18,30 horas. En mi lejano país del tercer mundo, tan sólo se hablaría de ella y la tragedia. Sobre las piedras un palomo arrulló a una palomita blanca acurrucada junto al bolso de piel violeta de la muchacha

UN SUEÑO CUMPLIDO



 
            Me llevaron a un pueblito de la costa. Era un verdadero paraíso. El océano con sus azules y verdes, transformaban la costa en una verdadera belleza inolvidable.
            Soñé que estaba parada junto a las vibrantes olas del mar que azotaban las rocas junto a la playa. Pensé en cuántas veces había querido ver ese mismo paisaje en mis ensoñaciones. Pero ese era un pequeño momento antes de dar mi exposición sobre literatura.
            Así me dejé llevar hasta un salón hermoso, con butacones de terciopelo azulado, lámparas llenas de lágrimas de cristal que brillaban con la luz. Allí me presentó un caballero al que poco comprendí por hablar en un idioma del lugar, luego una hermosa joven, de ojos negros y cabellera bellísima, tradujo al hombre.
            Frente a mí se apiñaban un grupo de estudiantes de letras.
            No me amilané, me dije: para eso estás aquí, para eso viajaste tanto… pero me temblaban las piernas. ¡Era muy estremecedor!
Fueron aminorando la brillantez de las luces y quedé envuelta en una suave azul- celeste que me permitió hablar con desenvoltura. Al finalizar mi exposición, la joven comenzó a traducir y yo me puse a observar los rostros inteligentes de los participantes.
            Luego comenzaron a preguntarme con curiosidad. ¿De dónde viene? ¿Desde cuando escribe así? ¿Por qué? Y un sin fin de consultas que me hicieron sentir algo nerviosa. Pero yo sabía que al salir de allí, pediría ir a caminar a la orilla del mar y mi corazón volvería una y otra vez a gozar tanta belleza.
            Me dieron un sabroso té de hierbas dulzonas y suaves. Unas ricas confituras de miel con almendras y nueces. Luego de un aplauso cerrado y unánime me acompañaron al hall central donde una joven mostraba sus hermosas pinturas marinas. Todos hablaban con amabilidad y cuidando no hacer demasiado ruido. Por sobre la charla se oía el chasquido de las bravas olas en las rocas en la orilla del mar. Le pedí a Aziza me acompañara a caminar un rato por ese pasaje entre burgambillas y gaviotas y se me cumplió el sueño de pasear en el mismo paraíso en la tierra.
            Hoy quiero escribir poemas a esas aguas de colores cambiantes con la luz y las sombras de las nubes y el sol que entretejían un tapiz de belleza.



sábado, 18 de enero de 2020

CON LA CABEZA LLENA DE PÁJAROS




            -¡Man…! ¡Man…! ¿Niña Cuándo vas a escuchar y hacer lo que se te pide?
            -¿Qué, qué me dijiste?
            -¿Siempre en el extra mundo! Pareces una abombada. ¡Manu, tienes pajaritos en la cabeza!

            Manu nació en primavera, con el color de las hojas amarillo verdoso de los primeros brotes; calmo, limpio y suave de la brisa que desdibuja el frío y alienta con hálito   tibio el aire del campo. Manu, pequeñita y frágil. Fue la única mujer entre ocho varones. Mis padres, campesinos analfabetos y tranquilos, la recibieron confundidos.
            Una fémina entre tanto hombre…, toscos, bravucones, intensos y arrebatados. ¡No sabíamos cómo tratar a la niña!
            Creció como educada por manos ásperas pero deliciosas. ¡Nunca un grito, una palabrota, un enojo! Cuidada como copa de alabastro, era un pequeño cristal que se podía quebrar con el más leve movimiento.
            Entonces adiós a los chicos alborotados, peleadores y groseros.  Ya no peleábamos y sólo afuera de casa o en la escuela y fuera de su mirada que escapaba hacia el cielo, siguiendo el rumbo de los pájaros. Nunca cerca de su mirada melancólica, según decía madre, podíamos asustarla.
            Cuando comenzó a caminar, todos detrás de ella para evitar que se fuera de bruces al piso, parecíamos una larga fila de hormigas…todos atrás. No se puede raspar o algo que se marque en su piel de azucena. Su piel de seda pálida brillaba por un color de damasco que maduraba lentamente. El cabello largo y ondulado bajaba sobre sus hombros con suaves rulos y caían por la espalda y la serena frente amplia. Piel con brillo de fiesta permanente; pestañas largas sombreando las mejillas siempre rociadas por alguna pícara lágrima que se escapaba de sus ojos grises. ¡Nunca supimos por qué! 
            La bautizaron con el nombre de Manuela. Y fue una fiesta inolvidable. Todos hablan en la feria sobre ese día. Sobre los ricos dulces caseros y pasteles que hizo mi madre y la madrina.
            Así fue creciendo. Subía a un árbol, en cuya horqueta papá le había fabricado una especie de nido y allí se quedaba como soñando, horas, canturreando.
            Cuando la llamaban a comer o a dormir no contestaba. Según mamá y alguno de nosotros, tenía pajaritos en la cabeza.
            Un día, cuando cumplió doce años le dijo a mi hermano Alfredo que en su cabeza había un piar insistente de aves. Se moría de risa y curiosidad. Mas, luego, comenzaron  a salir de entre su cabellera los picos y cabecitas de pájaros de diferente tamaño y color.
            ¡Y sí, tenía cientos de pájaros en la cabeza! Como si de eso fuera poco, ya no bajaba del árbol.
            Allí se quedó y ahora vuelan a su alrededor los pájaros más bellos del campo y de la aldea.
            ¡Manu, realmente tiene pájaros en la cabeza!