Mostrando las entradas con la etiqueta Graciela Elda Vespa -Beca. Cuento corto. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Graciela Elda Vespa -Beca. Cuento corto. Mostrar todas las entradas

lunes, 13 de julio de 2020

EL PESCADOR




Una cárcel de espinas incrustadas en la memoria de un muchacho que tiene que pescar.
La tarde calurosa amenazada una noche plagada de estrella. Él, se sentó sobre la madera húmeda y caliente. Sacó una pipa y prendió un perfumado sabor de chocolate. Su tabaco amigo de la soledad. Miró tras sus pupilas nubladas  por la luna y suspiró cansado. Terminaba un día y el mar calmo no llenó el vientre hambreado de  su barca. Poca pesca. No había viento y el poco que rondaba su bote, no permitía que se alejaran de la costa donde seguro se apretujaban los peces.
Un olor penetrante de sal y pescado hería a los hombres silenciosos en sus bancas. El sol se escondía con esfuerzo tras la pequeña colina en occidente, dejando el cielo con un color de sangre seca. De muerte antigua. Un pescador comenzó a canturrear un triste sonido. Otro tomó un sonido de belleza inexplicable en esa rústica vida de sudor y fuerza.
El muchacho se acomodó. Cerró los ojos y dejo vagar la mente en los recuerdos. Laberintos de historias avidas que  regresaban como pájaros.
Recordó a su abuelo que le enseñó los juegos de la infancia, recordó la brava tormenta que se tragó con furia el barco de su padre.
Cerró los ojos y aspiró profundamente la sabrosa pipa. ¡Una mujer! Pensó en la muchacha de sus sueños. Era altiva la tonta, lo miraba de lejos como para que no se atreviera a buscarla. Pero siempre pasaba cerca del muelle con la pollera de color mostaza y flores rojas. Revoloteaba el cabello sobre su espalda como alas de gaviotas en danza de apareo.
Una nube comenzó a avanzar sobre el mar y se puso oscuro y sombrío. Sopló un viento enérgico que atormento el madero, tuvo que bajar las velas y remar brioso. El agua le mojaba el rostro. A lo lejos la vio con una lámpara encendida. Era ella que lo guiaba a la costa. Las olas lo tapaban. Siguió peleando. Ella lo estaba esperando, no podía fallarle.


lunes, 22 de junio de 2020

UN EXTRAÑO EN LA TIERRA




Llegó con el silencio y sigilo de los desconocidos. Pantalón de lona y alpargatas viejas. Un sombrero sudado y deforme como las manos en sarmientos resecos, artríticos y secos. La mirada gacha, agazapada en desuso de amistades y vecindad de hombres.
Tez morena y piel desgajada con el sol salitroso de las viñas. Sediento, se agachó sobre un grifo y bebió con ansias el líquido que fluía a borbotones. Un raro ruido partió de la garganta del hombre. Me pareció un desgarro de animal doliente.
Me tendió la mano y pronunció un saludo. Albano Sosa, para servirle. Me sequé las manos en el delantal, estaba amasando el pan, y le estiré mi mano, que como paloma blanca se perdió entre los cayos de la suya. Sombrero en el pecho con la otra, artrítica hasta el dolor de ser hachero y podador.
Busco trabajo, si lo tiene. Dijo en un masticado decir de castellano de poco uso. ¿Casa y comida como pago? ¡Ah, algo de tabaco para el vicio! Su cabello ralo, hirsuto y graso, se despeñó sobre los hombros y la espalda. Era un hijo de la tierra, nativo auténtico que arrastraba su indefectible pobreza y pena.
¡Eustaquio…! ¡Eustaquio, venga acá, lleve al hombre al cobertizo a ubicar sus petates en un catre! Ingresé en la casa, los fuegos crepitaban en el fogón donde pronto se cocinaría el pan y los pucheros. Cuando sonó el golpe del arado, que cuelga del peral del patio; aparecieron los obreros y se fueron entando en el tablón debajo del parral. Cada uno con su tristeza o alegría incrustada en el rostro o la mirada. Llegó el forastero.
Eustaquio baquiano, les dijo el nombre en un sustituto de presentación pueblera. Se sentó en una punta y alguien le acercó un plato y un tenedor, no había cuchillos a la vista. Un jarro de latón con agua. ¡El vino sólo en sábados de fiesta! ¡Hay que evitar peleas y refriegas!
Se bendijo la comida, costumbre de los campos de mi tierra. Y los platos rebosantes de carne y verduras con sabor a romero y laurel, despertó el hambre agazapada en los trabajadores de las viñas.  El pan caliente y sabroso, hecho recién por mis manos inquietas mejoró los rostros y alguno hizo un chiste y otro le contestó en su lengua. Después una canasta con frutas de la chacra. Y cada hombre se fue a descansar bajo un árbol del huerto o de la parte cercana a las acequias.
Albano, se levantó del banco y comenzó a recoger los restos de pan y pequeños trozos de carne adherida a los huesos. Los guardó en una pequeña bolsa y se fue a su catre. Se quedó dormido, sus ronquidos se escucharon desde mi dormitorio. Igual mi quedé dormida.
Un murmullo de hombres sorprendidos me despertó. Eustaquio hablaba con Albano. Había estado preso. Había encontrado a su mujer en su lecho con su compadre y el cuchillo voló. Una nube de sangre cubrió los cuerpos. Se presentó al comisario con la faca y fue para adentro. ¡Un gaucho no tiene quien lo defienda!
Me quedé perpleja. ¿Qué hago, lo sigo conchabando o lo echo? Lo hablé con mi vecino, Don Mauricio Ojeda. ¡Dele una oportunidad María! Así lo hice.
Han pasado diez años. Eustaquio nos dejó y lo llevamos al camposanto de Villa De La Cruz. Y es Albano el que lleva la chacra y los viñedos. Resultó hombre de pocas palabras pero fiel y sensato. Hoy  mi mano derecha.
    

martes, 9 de junio de 2020

LA NOSTALGIA




Las paredes de la sala están soñando una piadosa pintura que oculte la humedad y las grietas del tiempo. Los postigos caen como mechones de crines verdosos sobre los alfeizar de las ventanas. Sin embargo, se siente la tibieza de los fuegos que se entremezclan en el aire desde la cocina. Imelda, hace magia con las ollas y el cuchillo del abuelo. Saca exquisitos menús de la pequeña huerta y el gallinero. Algunas veces, los primos traen liebres o conejos silvestres que cazan en los campos del patrón. ¡Siempre a escondidas, puesto que él, ha prohibido que se cace en su finca! Todo es de su “señoría” y los muchachos como aventura se van en días de niebla o lluvia y hacen sus “fechorías”. Comer esas delicias es nuestro privilegio casi infantil.
Este otoño, nos propusimos recolectar setas y hongos, para lo que Diana y yo, salimos por los caminos a buscar en los pinares los tan codiciados por Imelda.
Esa mañana, cuando regresamos el patrón nos obligó a darle nuestra cosecha de setas. Yo, me quedé llorando. El viejo gruñón es maligno. Es tan avaro, que se le revientan los pantalones en los bolsillos por llevar monedas y billetes. No suelta nada, y a veces cuando anda husmeando por la zona, es sólo para ver si los muchachos están cazando o holgazaneando en los bosques de pinos juntando piñones.
Lamentablemente encontró a Bernabé con dos liebres colgando de su espalda. ¡Se armó de una fusta y lo puso de rodillas para golpearlo hasta sangrar! Y no pudimos hacer nada. Yo fui a buscar al boticario, que llegó y al verlo se estremeció. ¡Es un demonio, este hombre, dijo! Se lo llevó en grupas del caballo hasta la ciudad. Dejó una queja en el cuartel de policía. Pensó que podría ayudarlo. Fue peor. Lo arrebataron de la sala donde lo curaban y lo llevaron al cuartel. Yo supe por un vecino que nos avisó.  A la tarde me preparé. Le llevé una cesta con queso y pan que hizo Imelda. Y cuando lo vi casi muero de pena. Lo habían dejado en el cepo, colgaba con la cabeza abajo y le sangraban las manos. Le dejé a un guardia la comida. Me prometió que le daría. Lo dudo. Corrí calle abajo y regresé a la casa. Vengo de verle la piel, hecha jirones, con diez golpes, marcas de sus manos que acariciaron mi cuello, sin ningún sobresalto en cada una de mis siete palpitaciones del corazón desgarrado.
Imagino que así debe ser la vida en el futuro, sólo penas y resistencias.

miércoles, 27 de mayo de 2020

INTOLERANCIA




Escuchaba voces que hacían temblar el espíritu de los antepasados. No podía dormir. Temblaba. Recordaba las palabras sentenciosas y malvadas de los tíos, el fatídico día que supieron que mi madre no era católica.
¡Sentirás la ira de tus predecesores, de las ancianas matronas de la Villa Del Rosario, un lugar poblado por insignes devotas y pías mujeres!
Me reí en sus rostros que parecían de cera y vi en los ojos un refulgente color rojo iracundo. Salí de allí y busqué a Valeria, mi nana. Ella me abrazó y consoló mi terror.
Yo estaba sola en esa maldita casa. Mi madre se había visto obligada a viajar lejos por el odio que le apretaba la piel frente a esos ancianos melindrosos y astutos. Mi padre cuando partió a la ciudad trasladado a un nuevo trabajo de comercio exterior, quiso llevarnos pero ellos se opusieron tenazmente y allí quedé yo, con mi nana.
De noche no permitían que ella durmiera en las habitaciones superiores de la casa donde estaba mi alcoba, siempre se quedaba, sentada un largo rato, en la alfombra verde oscuro al pie de mi puerta. Esperaba que yo no llorara y al tiempo de puntillas descendía hasta una pequeña habitación junto a la cocina. Yo volvía a llorar tan pronto advertía que bajaba. Se escuchaba el ronquido de los tíos de papá como graznidos de cuervos. Me dormía de tanto temblar.
Pasó un tiempo y crecí, me estiré tanto que Valeria me llevó a la ciudad para comprar ropa y calzado que me permitiera mover con mayor libertad. Allí, supo que mamá trabajaba en una tienda cerca de la plaza y para allí fuimos. Mi madre me abrazó y no la quería soltar. Me sentó en su regazo y charló en un idioma que yo no conocía. Era del mismo pueblo de mi madre en Gales.

sábado, 9 de mayo de 2020

TE PIDO ME RESCATES LOS RECUERDOS




Estoy en el umbral de la vida. He perdido mi historia, no viene a mi memoria ni quién soy, ni qué hacía, ni si tenía sueños. Esto de ser una persona sin recuerdos, es muy malo.
Me muevo por el embaldosado de la casa como un duende. ¿Es nuestra casa? A veces veo caras y creo reconocer a alguien, para luego dejarla pasar por mi lado sin pestañar
Como si acá en el rellano de la escalera, se hamacara un silbido herrumbrado de cobre, un viejo saxofón, un chelo derribado. Siento ruidos y sonidos agradables o torpes, pero no reconozco la música que solía cantar junto al piano.
¿Yo era pianista? Repaso en mi mundo con ahínco pero no encuentro nada.
Hay una mujer que viene y me trae perfumes, cremas y alguna prenda; dice que me quiere y yo la miro, pero no se quién es. No me acuerdo. Me dice mami y se sonríe cuando le digo que no la conozco. ¡Es una linda mujer!
Ayer o antes o recién, me miré las manos. Parecían de otra persona. Uñas cortas, limpias y suaves. En esta casa no hay espejos. No se porqué. Tal vez para que no nos reconozcamos, para que seamos otras, o alguna que se fue y se perdió en la calle.
Hay un reloj de péndulo detenido a las cinco y veinte. Nunca se mueve. Es como si estuviéramos detenidas en el tiempo. Tampoco hay hombres, sólo mujeres viejas.
Cuando llegues a buscarme, a liberarme de este encierro, tráeme la memoria. Uno a uno los recuerdos que he perdido. ¡Ah, por favor, no te olvides de decirme mi nombre!



viernes, 24 de abril de 2020

EL INTRUSO




                     Había dejado de llover. Leandro entró al comedor y comprendió que había llegado demasiado tarde. Se oía  la cascada de los desagües desagotando agónicos el canal de la azotea sobre el pequeño patio interior. Estaba solo. Unas sombras se alargaban en los mosaicos mojados. Dejó el paraguas húmedo como pena, apoyado en la silla. Se quitó la bufanda y los guantes que hacían juego con el hilo de sangre que se diluía en el torrente hacia la pequeña rejilla de la terraza. Lo vio allí caído. Solo, quieto. La cabeza destrozada  contra las frías baldosas. ¿Por qué a él? ¿Por qué en su traga luz? ¿Por qué ese hombre que llenaba de sueños sus largas tardes grises de domingo?
                     Ahora que era  primavera, él le dejaba ese regalo entre sus plantas. Cortó una flor de una maseta. Se la puso en la mano y fue al teléfono. Marcó el número que él, un día le dejara. Se sentó y lloró. Quedó solo. La noche  cubría la ventana como cortina de pena.
                     Lo miró a los ojos, quería escrudiñar su alma... quería saber si aun su amante lo odiaba. Te extrañaba, pensó. Pero no esperaba que me hicieras algo así, tan desatinado. Todos se enterarán que éramos amantes. Se reirán de ambos, sin piedad.
¿Quién llenará mi alcoba con perfume de almizcle y romero en las siestas de verano?
Llegó la ambulancia y llamaron a la policía. No podía explicar lo sucedido. El cuerpo de Luciano masacrado. Los vecinos vinieron a mirar y se admiraban de lo limpio que estaba todo. Las plantas del traga luz perfumando el pasillo y los departamentos cercanos.
Leandro demostró que no había estado en casa. No había un arma ni huellas por ningún lugar. Nadie había escuchado gritos ni peleas. ¡Son tan discretos estos chicos! Raro, muy raro. La puerta no estaba rota ni las ventanas. Se llevaron a Luciano envuelto en una sábana blanca con el monograma que bordó la tía Felicitas. Parecía un duende.
La policía  rebuscaba algo… para inculparlo. Él, estaba anonadado. Les mostró cada rincón, cada resquicio, cada escondite de la casa. Nada. No encontraron nada.
Se fueron sospechando que había algo escondido.
Desde el altillo de la casa de al lado, una ráfaga mostró un rasguño de sangre en la pared. Se movió alguien en la ventana. Era un muchacho hermoso que lo miraba con odio. Leandro cerró la puerta y corrió la cortina. Supo que había sido él. El intruso. Mañana lo denunciaría.
Al amanecer salió rumbo a la calle y no vio el arma.

lunes, 20 de abril de 2020

EL PROFESOR DE ARPA




            Y sí, lo tuve entre mis brazos varias veces. Me dejó una sonrisa angelical como cualquier niño. Pero nunca imaginé su destino. La pequeña Raquel, era como una princesa para sus padres. Los mejores vestidos, las comidas más ricas, el amor con mayúscula. Siempre mostrando su forma de declamar poesías hermosas desde niña. En la escuela era ejemplo de respeto y calidez con sus maestros y compañeras de clase.
            Aprendió a tocar el arpa. ¡Ese fue el problema! Trajeron un maestro extranjero desde un país vecino. Era joven pero nunca preguntaron su origen ni su historia. Él, era un verdadero artista con el arpa. Y ella aprendió. Cuando cumplió trece años, ya era experta en el arte.
            El día que desapareció, los padres y la servidumbre se volvieron locos buscando e indagando por Raquel. ¡Nadie la había visto! Fueron a buscarla por los pueblos cercanos, nada. Se había volatilizado. Esa mañana llegó el profesor a dar su clase. Sorprendido, dijo esperar un rato por si regresaba. Y luego formal y compuesto, saludó y se fue. Antes pidió que le pagaran el mes completo.
            Al Tata Viejo le llamó la atención que pidiera dinero por adelantado. Pero con la ofuscación, no dijo nada. A Petronila le llamó mucho la atención que la niña, su niña, no le hubiera dicho nada. Ella pensaba que estaba enamorada de algún muchacho del pueblo que conoció en la plaza. ¡Pero nunca se imaginó la verdad! Raquelita era una chica tímida y callada, pero inteligente y formal.
            Pasaron los meses y una noche de tormenta, lloviendo a cántaros, sintieron un llanto en la puerta de la casa. Ágil, Petronila abrió con una lámpara encendida, la hoja del cancel y allí estaba. Raquel con un bebé, encinta. El cabello empapado y sucio de barro. Delgada hasta el delirio. Sollozaba. Se abalanzó a los brazos de su Tata y lloró y lloró hasta quedar dormida. Pasó un par de meses y nació el niño. Era un bebé sano y bello como su madre. Cabello oscuro como el del maestro de arpa.
            A Petronila no le pudo ocultar su verdad. Enamorada se había fugado con él. La hizo vivir en un lugar horrible. Pasó hambre y frío. Cuando se le terminó el dieron que le dieron, se fue. Ya era tarde, ella espera un hijo del maestro que recién descubrió que era casado con cinco hijos en otra ciudad lejana. Esa casa cálida y piadosa, la recibió con alegría y amor. Ella en su lecho amamantaba al niño que se prendía al pecho goloso y feliz. Desde la ventana de su habitación, miraba la luna en las largas noches de dolor y espera. Esperar un amor inexistente.
            Una noche bajó las escaleras y rompió el arpa en mil pedazos. Se abrazó al pequeño y corrió hacia el dintel de la ventana. Una mano fuerte la arrancó por la fuerza y la obligó a regresar a su cama. Y se quedó dormida. Soñó. Que una suave luz iluminaba en la noche cálida la cuna de su bebé que dormía plácidamente sin saber que su madre estaba desesperada. Soñó que él, volvía. Pero sacaba al niño de la cuna y lo tiraba como un bulto por la ventana. Soñó que se transformaba en un ángel y volaba.
            Raquel despertó y el bebé ahí estaba, retozando feliz en brazos amorosos de Petronila y su Tata.



lunes, 23 de marzo de 2020

LA NIÑA




Dolores nació después de una búsqueda incesante de sus padres algo ancianos. El día que su madre supo que tenía un embarazo fue tal su alegría que se fue a la casa de su vecina para contarle a viva voz que estaba encinta. La otra mujer nada discreta se dedicó a anunciarlo por todo el barrio.
El tiempo esperado llegó y grande fue la ilusión de ese matrimonio. Una hermosa niña, había llegado a llenar la casa de risas, llantos y gritos. Mimada en extremo, fue la muñeca del barrio, todas las conocidas llegaron con juguetes, ropita hecha con primor y mil atenciones. ¡Todos querían ver a la pequeña!
Creció con los cuidados propios de un milagro hecho niño. Nada le faltaba, los mejores platillos de comida, jugos de frutas exprimidos a mano, y dulces caseros. No era ni linda ni fea, era una chica común, pero sus padres la veían perfecta.
Su cabello tenía tonalidades rojizas, pero era algo ralo y sin mucho brillo; por lo que una amiga dijo: con manzanilla se pondrá hermoso y le lavaban con te de manzanilla, luego otra dijo que había que darle mucha zanahoria para que tornara su piel de color ambarino y la llenaron de caroteno…la pobre niña era un caballito de circo, siempre con cintas de colores. Que roja contra la envidia, que blanca para la pureza y verde para la alegría; en fin fue creciendo entre gente mayor y juegos de adultos hasta el día que entró a la escuela.
Los chicos se reían y le preguntaban porqué vivía con sus abuelos. Ella regresaba llorando y sus padres enojados fueron a quejarse a sus maestros quienes no le supieron dar muchas explicaciones.
Una mañana despertó con un grito de su madre. El papá había amanecido frío. ¡Un infarto! Y el duelo. La vistieron de negro. Los chicos se reían. Ella lloraba, pero siguió vestida de luto mucho tiempo. Así fue creciendo. La cabellera de su madre era nieve sin luz y los ojos parecían haber muerto, sin vida y ya no se escuchaban las cancioncillas que parloteaba mientras correteaba en la cocina. Todo era silencio.
 Un dolor se incrustó en su espalda. La madre enloqueció de pena. Hablaba sola y la llevaba de un médico a otro sin tener nada en concreto sobre su mal. Dolores pasó por toda clase de remedios. Un día la madre la esperó con un cuentón profundo que le trajo un vecino. Allí habían preparado un “Sinapismo”, remedio antiguo y maloliente con hierbas y varios elementos naturales.
Allí la introdujeron y la dejaron al calor terrible del agua extraña. Dolores cambió desde ese día. Ya no lloraba, pero el dolor cesó. Al tiempo su madre enfermó y también partió a acompañar al padre. La muchacha, siempre de luto, caminaba solitaria por la calle ofreciendo a la gente hacer un remedio que según dijo su historia, a ella la curó. Entonces a otros podía curar o consolarlos.

viernes, 6 de marzo de 2020

EL HERMANO




“Sobre el vidrio de la ventana cada mañana aparecían las huellas grasientas  de unos dedos. La hermana del muerto, mirándolo allí, en la cuneta dijo: - No tuviste, hermano, ni tan siquiera una limpia muerte- y se secó el sudor con el delantal de la cocina, que hacía tiempo usaba.
Eloisa caminó unos pasos en el callejón ahora poblado de curiosos. Esa noche, el “Pardo Ortega” lo vino a buscar para ir al boliche. Fue. Lástima de destino, porque el Lucho era un tipo simple, callado y trabajador. Muy sombrío, si, por ser analfabeto. Pero un hombre bueno. Todos por ahí lo querían.
La muchacha, que lo crió desde chico, sabía que era incapaz d pelear a cuchillo, como decían los mirones.
Esa mañana ella miró la ventana y no había huellas de dedos grasientos en el vidrio. ¿Quién era ese fantasma infernal que se había evaporado entre los olivos?
Vino el Oliverio y le puso en la mano un fajo de billetes. No los necesitaba. Ella y su hermano eran cosechadores y concientes de que no tenían que tirar la vida en chucherías. Pero el hombre insistió tanto que guardó en el bolsillo del delantal el fajo. Cuando pudiera se lo regresaría.
La gente de bien y de palabra no se queda con dinero ajeno. Para eso vendía unos cerdos o una vaca.
Lloró. Sola en el mundo ahora, buscaría la forma de irse a la ciudad y emplearse de mucama en cualquier casa que encontrara. Luego vendería la finca del abuelo gringo. Y entonces, conoció al inspector que vino a cargarle la culpa de lo de su hermano. Le fue creciendo una rabia enorme. El Lucho no se merecía que pensaran que ellos eran malos.
El tipo la miró con lascivia, pero astuta como buena campesina, le dio la espalda. Llamó al Oliverio y le pidió que presenciara el interrogatorio. El hombre preguntaba si tenían deudas de juegos o de trampas con las ventas de los olivares. Muda, miró de frente a los ojos oscuros y morunos del inspector. Afrenta a mi hermano difunto y a mí, le dijo. Somos gente de bien.
Pasaron los días y otra vez aparecieron los dedos grasientos en la ventana de la cocina. ¿Un fantasma o un ánima?
La madrina del Lucho vino con una noticia: ¡Sabés Eloisa, que el Lucho tiene un hijo? Ayer lo conocí en la parada del micro que va para Paredita. Es de la Mireya, la gorda pintada que se metió en el catre a tu difunto hermano. Para mí que fue ella.
No, yo lo sabría. El Lucho no me escondía nada.

martes, 22 de octubre de 2019

LOS VIEJOS.




            No es fácil, en verdad, no es fácil. La mujer camina con dificultad entre los cuidados muebles antiguos y  cada paso que da le parece que hace un esfuerzo inusitado. Los recuerdos vienen y van. A veces le parece que está cerca de la vida, otras que la sombra se acerca para buscarla. Ella es orgullosa y no va a deponer su resistencia. No será una partida anticipada. Se sabe hermosa. Claro ya no quiere verse en el espejo. Allí, está la verdadera y su amado compañero la sigue como si tras ella estuviera el premio mayor. Todavía él tiene la mente fresca. Ella se pierde por momentos. Tengo que ir a la escuela, dice algunas mañanas. Pero luego de un rato de silencio recuerda que hace muchos años que está jubilada. ¿Querido cuándo vienen los chicos del colegio?. Pero sabe que ya son universitarios, que están lejos. Alberto, es médico y vive en Canadá con su familia. Laurita, es farmacéutica y tiene una farmacia en la Patagonia  junto a su marido. Ernesto falleció en un viaje por la ruta a Mar del Plata, con su hijo de catorce años. Su nuera y sus dos nietas están viviendo en España. No vendrán. El país no les da oportunidades. Catalina ya cumplió setenta y tres años. Está sufriendo, dicen los médicos, una enfermedad cada día más común. Anzhaimer.
            El amor que ha unido a esta pareja, le obliga a recluirse en su casa a la espera de un remedio o de un cambio. ¡Es tan difícil! Es una enfermedad que produce un deterioro de las neuronas del cerebro. Los amigos no reciben respuesta a sus llamados, ni los vecinos, que ven preocupados como se van deteriorando ambos. Odilia, la amiga más fiel, busca comunicarse con los hijos, pero ninguno puede hacerse cargo.
            Una tarde, Catalina, ve caído en el baño a un señor. Es ese hombre que nunca la deja sola. Ella se acerca y lo toca. Está muy frío. Se queda horas junto a él. Pero no se mueve. Asustada, abre la puerta de calle y sale caminando por la acera desierta. Un muchacho, se sorprende al ver a esa dama en camisón caminando sola y la detiene un momento. Ella lo mira y le sonríe. Él, cree que la mujer sabe a dónde va. Sigue su camino. Ella, continúa por la vereda hasta llegar a una esquina donde pasan muchos automóviles. Cruza sin mirar. Un camión frena, pero no puede impedir golpearla. El chofer desesperado, la levanta y la lleva hasta una sala de auxilio. Nadie sabe quien es esa dama en dificultad.
            En el noticiero de la tarde ponen una foto de la señora. Nadie la reconoce. Es una vieja herida. Una mujer que tal vez, ha sido abandonada por sus hijos. ¿Lo ha sido? Luego por los golpes recibidos ella se duerme en un dulce sueño.
            Una semana después, el mal olor despierta sospecha en los vecinos. Llega una patrulla y abren. Él, está allí, muerto. Buscan a la dama. Un joven oficial, recuerda a la mujer del accidente viendo la foto de Catalina en la mesilla. Buscan a los hijos y ahora sí, tienen tiempo para asistir a su despedida. Cuando regresan a la casa, un silencio doloroso los envuelve. ¿ Qué nos ha sucedido? Hemos permitido que mamá  y papá se murieran, sin asistirlos. La Muerte, parada junto a la vieja foto familiar ríe a carcajadas. Otra vez atrapó a una vieja y a un anciano abandonados porque el siglo XXI es el enemigo del Amor. Ni siquiera la Señora de las Sombras llora por esa pareja que terminó su vida con amor humano.

                                   En recuerdo de Hering  y su amada esposa Teté.


LILA              
“Cae lentamente al estanque, donde los nenúfares le hacen bromas a las libélulas que copulan para continuar con la vida” Anónimo.

        La pequeña Lila va dejando esa edad, cuando no se ha vivido sino una niñez tranquila y festiva. Al cumplir los once años, su amada Edelmira, madre del corazón, comenzó a tener esa tos pertinaz y dolorosa, que la derrochaba sobre blancas sábanas y almohadones orlados de puntillas. Comía poco y dormía mucho. Su piel se transformó en un frágil alabastro suave, a veces ambarino, a veces por las fiebres y calenturas de un encendido color encarnado. Una fina pedrería de sudor, refrescaba su arrebol. Cual rocío matutino cada prenda que cubría su escuálido cuerpo humedecido, el satén y las sabanillas. El ralo cabello otrora dorado, era una mata selvática que desparramaba sombría, desdibujada y pajiza.
        Lila la veía como se iba deshaciendo día a día. Casi como una hoja transparente de seda, o de esas que se colocan entre las hojas de los libros y semejan un encaje ocre, simulando ser hoja, simulando ser un tul de finísima estructura. La amaba. Espiaba cada momento sus convulsiones que comenzaron a ser cada minuto más cercanas y terminaban con unas gotas de sangre. Los ojos hundidos y condecorados por medialunas violáceas.
        Su padre, Alcides Morelos, la había traído cuando Lila apenas daba unos pequeños pasos para caminar, y ella, le dio la mano y el amor de una madre inexistente. Nació del amor de ellos, un muchachito de cabello negro, ojos oscuros y rebelde. Creció jovial y dislocado. Reía y rompía cada regla, cada voto, cada reflexión que quisieron inculcarle, en la casa era infrecuente verlo sentado a la mesa, dormir a las horas apropiadas y en la escuela duró tan poco que apenas aprendió algunas letras y números del ábaco.
        Siempre el padre observaba a ese muchacho díscolo y mal aprendido, con desconfianza. Y sí, un día se escapó llevándose una jaca brava. Tenía apenas doce años. Lo trajo un juez, con un moretón en la mejilla y un brazo fracturado. Sin caballo y sin zapatos. El padre, pagó la deuda de los destrozos que había hecho en el pueblo y lo encerró una semana en la alcoba. Lila le llevaba en escondidas algunas confituras y limonada fresca.
        Salió más tranquilo, pero… lleno de ganas de vengarse. Edelmira murió. Su esposo, lloró sobre el cuerpo triste y el corazón vacío. Lila lloró a su lado y juntos la llevaron bajo el jacarandá que ella amaba.
        Cuando el muchacho cumplió quince años, su padre fue a buscar un cargamento del puerto y se quedó dos meses, esperando el barco. Cuando regresó encontró a Lila con el rostro sombrío. Callada y triste. Creyó que extrañaba a Edelmira. Pronto supo que la muchacha estaba embarazada. Su hermano, la empujó por la escalera y el niño murió sin nacer.
        Pasó un tiempo en que el padre trató de saber quién era el padre de aquel vástago. La niña callaba. Cada momento más taciturna y esquiva. Su hermanastro la miraba con dureza y presagio de golpizas. Ella cumplió quince años y el muchacho catorce. Lila le rogó a su padre que la dejara marchar de la casa a un convento. No era posible que la aceptaran si sabían del embarazo y pérdida. Se transformó en un fantasma en vida. Cada noche, encerrada en su alcoba, espiaba por una hendija cuando su hermano pasaba rondando por los pasillos como gato silenciero.
        El padre necesitó marchar nuevamente al puerto y cuando regresó, ella nuevamente estaba encinta. La duda ya no era duda, claramente era el muchacho el causante de ese destrato. Golpeada y arrastrando su pudor adormecido, llegó a término. Nació una hermosa niña. El muchacho, en la noche, la tomó cuando Lila dormía y la llevó al río y allí la arrojó sin el menor dolor.
        Los gritos despertaron la casa. ¿Dónde está la niña? ¿Adónde y quién me la ha quitado? La risa descontrolada del muchacho dejó a todos boquiabiertos. Un malvado demonio vengativo. Un truhán. Un asesino.
        Con quince años había sido capaz de abusar de su hermanastra y matar su hijo. El padre tomó la escopeta y sin pensarlo mucho, lo corrió por el campo y lo acribilló cayendo, este, sobre el trigo dorado que ya maduro, quedaba mojado por la sangre de quien fuera de su propia sangre.
        Dicen los lugareños que al día siguiente Lila flotaba en el estanque junto a las libélulas y flores de pétalos blancos.   



viernes, 27 de septiembre de 2019

LA ABUELA


                                                                             ¡He cometido la indiscreción de seguir viviendo! Jorge Luis Borges

Entró corriendo, deshilachando el aire cálido de la calle. Dentro de la casa un suave fresco envolvía el cuerpo de la abuela anciana. Estaba sola y sentada como una muñeca de seda y puntillas. Su cabello largo, suelto atado con una cinta azul, algo desvaído. Las manos, como dos alas de golondrinas heladas, se apoyaban sobre un almohadón de terciopelo rosa. Parecía una reina triste. ¿Cuántos años puede tener, se preguntó la nieta?
Se acercó y la besó levemente en la frente. Estaba tibia y suave entre las profundas heridas que llaman arrugas. Son señales de la vida. Señuelos para el ángel negro. Le preparó un té y se sentó a su lado. Abrió el libro de poemas y le leyó con calma el último que había dejado marcado con unas hojas de tilo. La abuela, cerró los ojos mientras discurrían los poemas. En su juventud era quien recitaba frente a una concurrencia eufórica. Antes, la gente amaba escuchar poesía. Había personas que leían por radio, en galerías de arte, en las plazas y en las noches de frío junto al fuego. Ahora se reirían de esa costumbre.
¡Pero la belleza no ha muerto! Murmuró con voz cascada, mi niña, lee ese, el de la página 27, el de Garrid. ¡Ese es muy bello!
Volvió a releer el mismo, ese que le pedía y luego la anciana sollozaba. Abuela te leo uno de Rubén Darío o de uno de Alfonsina… son más dulces. La mano apenas se cerró en su brazo. Tráeme un vaso con agua fresca, hija, por favor. Y tomó el libro para abrirlo en la página 27. Cuando la muchacha regresó, ella se había dormido.
Seguro soñaba o simplemente entraba en un pasillo de amables recuerdos de amores contrariados. Apena la tocó. Abrió los ojos de un verde claro como agua y sonriendo le dijo: Mi pecado es seguir viviendo. Él ya se fue hace muchos años y si viene, me encontrará muy avejentada. No quiero que me vea así. ¡Por favor, llévame a la cama!
La envolvió en una bata delgada de seda verde y se acurrucó entre las puntillas de antigua hechura. Seguro, esperando que él, entrara en cualquier momento y la besara.


martes, 24 de septiembre de 2019

EL EUNUCO



            El disipado eunuco se ufanaba por merecer una mirada bondadosa de la diosa.
“Minouca” era una semidiosa de un Olimpo creado en un siglo disparatado. No había en los anales nada concreto sobre esa semidiosa, excepto que apareció su hermosa estatua de mármol en los baños y hubo quien inventara su historia. No le creían sus compañeros que en los baños de la isla, había una fuente en la que podía entrar con su gruesa barriga deforme y salir luego de los festines de la “mujer” con su vientre plano y sin esa espantosa blancura que se aferraba a su piel como araña cristalina.
             Manatiel había sido vendido a una caravana, a unos traficantes de humanos en el desierto. Otros eunucos se reían a pesar de sus dolorosas vidas, rotas y deformadas por la práctica innoble de los esclavistas.
            Había unos de piel tan oscura como la noche sin luna, otros de ralo pelo rojo y ojos glaucos, estaban los que tenían cabellos blancos como la nieve y ojos rojos como sangre; todos movían las manos de dedos regordetes como brazos del pulpo del Mediterráneo.
            La única posibilidad de regresar a la vida anterior, era la muerte.
            Tal vez, al renacer, serían hombres enteros. Lo despertaba, las campanillas y cencerros que sus amos le ajustaban en los tobillos al venderlos.
Su vida con suerte, era ser juguete de unas jóvenes en algún harem. Le temía a los amos que eran crueles y lascivos. En su infancia, recordaba, había conocido el amor de los brazos de su madre. Su vida se transformó en un territorio de dolor y furia.
            Cuando, siendo casi niño, le arrancaron los testículos, fue una muerte interior y se juró no volver a vivir, a soñar o a reír. Pero con el tiempo su cuerpo se fue ablandando y su ánimo desestructurando.
            Un maestro le enseñó a respirar, a armonizarse con la naturaleza. Conoció nuevos dioses, nuevos semidioses y a otros eunucos, que como él, no tenían voz en el concierto humano.
            Le cambiaron el nombre. Ahora se llamaba Plotino y le dejaron en claro que no tenía derechos. Era un esclavo.
            Salió el raro vapor que envolvía todo el baño, y la vio. La diosa Minouca había cambiado. Su dulce sonrisa lo abrazó y se fue quedando dormido en el sopor que le despertó un sabor agridulce. Soñó por primera vez desde aquel día. Voló como un águila blanca sobre valles y montañas, sobre el mar que calmo transformaba suave la costa bravía.
            Regresó a ser niño. Y unas alas que crecieron en su cuerpo; de plumas doradas fueron tornando color rubí, luego morado y finalmente negro.
            Cuando, abrió los ojos, la que fuera de mármol, se había transformado en “mujer”, bella y apetitosa. Lo besaba en todo el cuerpo que por efecto de la sensualidad se había transmutado en hombre. No quiso volver a la vida.

viernes, 20 de septiembre de 2019

LA CALLE



 El silencio como dos pequeños animales guió a la luna..
           

LA CALLE

                        La calle es una serpiente rielante que se desplaza por entre las paredes que la ahogan. Los balcones envueltos de verdes enredaderas flagelantes sonríen al paso. Cae una hoja de magnolia agostada sobre las piedras calcinadas. Un insecto alborota el sopor cansino de la siesta. Tras una celosía desgastada por el uso se escucha un grito. Hay un súbito silencio, una detención del tiempo para acomodarse al sonido trasgresor. Se entromete una música de escaso valor que zigzaguea entre los cortinados desflecados de un ventanal. Trae un respiro al rancio calor que envuelve las fachadas.
                        Un nuevo voceo altera la paz. El chasquido de un madero que se rompe atraviesa el empedrado caliente de la calle. Se ha quebrado un encañado que esconde a una muchacha sudorosa. Su piel morena húmeda resbala entre las astillas que la golpean. Emerge ágil, descalza con la cabellera revuelta desde la puerta azul de una de las viviendas. Corre. La calle la recibe alborozada. Protectora, la estrecha vía de escape, la oculta urgente de los gritos furiosos de la mujer que insulta. Se pierde en el círculo abierto que dibujan las piedras. Reverberan  los adoquines como lágrimas calientes. Se vuelve a quedar todo quieto. Un silencio opresivo amordaza la siesta. La puerta azul, se entreabre y un rostro rubicundo fisgonea a derecha e izquierda. Un látigo de cuero se mueve como la lengua  bífida de una serpiente venenosa entre las rústicas maderas secas del portal. Busca un muslo mórbido para afrentar, pero sólo responde la ausencia. Surca el vapor la calle desierta. No muy lejos una puerta verde se abrió para engullir a la evadida. Una enredadera primorosa oculta cuerpos abrazados. El ventilador perezoso refresca el alma desdibujando la desdicha. La calle se ríe con su imperturbable soledad de tiempo.
                        En la noche la luna cómplice de besos y caricias lujuriosas eleva la dicha a los evadidos con urgencia de cópula. Una sombra atraviesa el pasaje al placer y ciñe a los amantes. Y un silencio enriscado como a dos alimañas los envuelve en un sudario de piel adherente, elevándolos a los confines selenita. Son dos pequeños animales que se enajenan a la frescura plateada de la noche.

lunes, 26 de agosto de 2019

INVIERNO EN LA MONTAÑA



             Miró hacia la montaña y reconoció que la tormenta se avecinaba,  perturbada tomó su poncho mapuche, ese que la acompañaba desde que Horacio había partido la primera vez hacia la frontera. Negros nubarrones cargados de nieve pesaban en las laderas. Bajaban los grises sobre los riscos.
             Comió un buen trozo de pastel, un trago de “chicha” y se enfundó la mochila a modo de refuerzo, llena de jamón, queso de cabra y agua, para llevarle apoyo al hombre. Él, la esperaría en el viejo puente junto a los abrevaderos. Las llamas y las guanacas estaban en tiempo de parición y no podían dejarlas solas. El comprador europeo, llegaría en verano para pasada la esquila, llevarse los vellones de mejor calidad a Milán.
            El año anterior, habían sacado un muy buen precio y las colecciones de moda en Italia, se regocijaban con la novedad de esa lana fina y natural americana. La tormenta, con sus ráfagas de viento helado, la tiraba sobre la agresiva senda. Siguió un trecho pero un tapiz de nieve se iba acumulando. El frío le impedía continuar. Decidió regresar a la cabaña. Horacio la estaría esperando ansioso. Era imprescindible que se abrigara. El calor de la chimenea era una fuerte tentación. Pero... debía volver a salir hacia ese destino previsto.
            Ella era tan perseverante, que a pesar del peligro, se calzó las botas largas, una vez más. Seguro que en el refugio, aunque lejos, su hombre otearía el paisaje en la espera. Nunca lo dejaría solo allí. En la nieve las huellas le advirtieron la presencia de un puma, pero siguió hasta que avistó el humo de la chimenea. Los perros ladraban con regocijo, el corazón le golpeaba el pecho como un tambor de carnaval.
            Pero cuando llegó alrededor de la cabaña, no encontró a Horacio. Tendría que esperar. ¡Adónde estaría el hombre?  El aullido de un lobo la despertó, se había quedado dormida y ahí de pie Horacio la contemplaba con la pipa en la mano, que entinta en sangre le advirtió que había tenido una pelea con la fiera. Pasarían otro invierno más.


miércoles, 31 de julio de 2019

RAMÓN GARRIDO




            El despertar después de una tormenta no es grato. El hombre encogido por el chubasco, sacó una mano por una ventana que piadosa había quedado entera. No llovía. Había un sin fin de charcos y árboles caídos sobre la tierra empapada. El techo roto en ciertos lugares, parecían la garganta gigante de un ofidio. Vio enroscada una yarará en una de las cabreadas del techo. El gato, se había asilado en un rincón lejos del animal que glotón la miraba haciéndose la distraída.
            Sobre el fogón una suave luz, mitigaba la soledad. El carbón no se había mojado y un manotón de aire avivó el fuego. Puso un cacharro para calentar agua. El mate. ¿Dónde diablos quedó el mate? Sacó un viejo trabuco y le dio un tiro a la bicha. Que cayó como plomo sobre el piso de tierra. Más tarde se ocuparía.
            Salió despacio al patio o lo que él, llamaba patio. Un trozo de tierra sin las plantas que trepaban y se deslizaban como lagartijas por doquier. Ese era su rincón. A lo lejos se escuchaban algunos truenos. Era el despertar del cielo a una nueva tormenta quién sabe donde. Pensó en su canoa. ¿Se la habría llevado el río! El espinel que colgaba de un árbol, estaría aun a la orilla cambiante de ese bravo torrente marrón rojizo de agua que bajaba del norte.
            Caminó chapaleando en el cieno. La bombacha húmeda salpicada de barro le anunciaba el desastre. Sin embargo allí dada vuelta en boya estaba su canoa. Unos guacamayos ruidosos se espantaron de los árboles que estaban junto a esa parte del río. Todo era nuevo. Otra yarará se escabulló entre los enormes pastizales
            Peces muertos colgaban del espinel. Anclada la mirada en la bravura de la corriente le pareció que había un “alguien que lo veía”. ¡El mismito demonio, debe ser! Y corrió hacia el rancho. El agua ya estaba hirviendo. Encontró el mate y la bombilla entre varios trebejos. Sacó un poco de yerba y cebó con unos granos de azúcar de caña de campo. Sacó una galleta, que parecía masa muerta por el agua y el frío. Armó un cigarro con la fina hoja de tabaco y miel. Encendió con un tizón y chupó con rabia.
            ¡Mierda de tormenta que se lleva la vida toda de las orillas! Sintió un rumor de cañas rotas y ramas en la parte de afuera del rancho. Espió con temor. Un chancho salvaje merodeaba. Atrás vio el brillo de las pupilas de un jaguar. Gritaron los monos que se hamacaban en la arboleda. Sacó el facón y el machete. Pero llegó tarde. Ganó el jaguar. Entre las frondas dejó el rastro de sangre caliente del puerco.
            Regresó a la tapera, eso dejó el temporal. Una tapera. Trabajó todo el día. Dejó listo cada hueco que había dejado el chubasco. Comió un poco de carne asada a la llama y se tiró en el camastro. El gato se acurrucó en su cuerpo y se quedó dormido.
            Ramón Garrido, despertó acalambrado. Otro amanecer de furia. Esta vez humana. Entró un varón con el rostro contraído de ira. Quiso pelear con él, no pudo. Cayó sobre el piso de tierra con una herida fiera en la espalda, provocada por una zarpa de bestia. Lo subió como pudo a su espalda y lo llevó a la canoa. La dio vuelta y echó el cuerpo. Salió río abajo en busca de ayuda. Cuando llegó al pequeño puerto de la aldea cercana, lo auxilió un compadre.
            Lo dejó ahí. Regresó a la casa en medio de la selva. Él, no podía abandonar su tierra. Era su heredad y su vida. Ramón Garrido era un hombre de palabra. El mundo de los pueblerinos no le iba a quitar el sueño.





jueves, 4 de julio de 2019

DE CUENTOS SÚPER CORTOS


La Dulce Pamela, era la chica más linda de la Villa y todos los “moscardones” la seguían. Ella no les dirigía ni una mirada. Sólo, sonreía a Délfor, el hijo del contador del banco, que era según las tías y su madre: “El candidato”. Un día, cuando el padre de Pamela abrió el periódico matutino y leyó el aviso, casi se infarta. Aviso e invitación: “El próximo sábado, con misa de tarde, se realizará la boda de la señorita Dulce Pamela Paiva con el joven Lindor Robledo” luego se servirá un lunch en el club social de Villa la Virtud.
El grito se escuchó desde la cocina. Dulce al leer semejante barbaridad, se largó a llorar y se desmayó. ¡Era una mentira! Como un rayo los padres fueron a la escuela, a la Catedral y al diario a indagar por ese mensaje. Era un chiste de sus compañeros que se burlaban de Dulce y del pobre Lindor, joven de muy cortas luces e inteligencia, pobre como las ratas y tímido como el chajá. La historia, todavía se relata. Dulce se fue del pueblo y no regresó jamás.


DE CUENTOS SÚPER CORTOS


Quería escribir el cuento más corto, tan corto…que sólo tenía el nudo. Apretó, apretó el cuello de su amada mujer con ese nudo, tanto, que juntos lograron crear el final.

sábado, 29 de junio de 2019

EL POETA




            Quedé parado en éxtasis  frente al incansable aplauso de un puñado de personas que me miraban embelesadas. Era yo, no otro el que estaba recibiendo una admiración incomprensible para mi confusión. Un hombre desmelenado y profuso me abrazaba con lágrimas delirantes. Yo, mudo, me dejaba tocar sin hacer nada. Una mujer  arrebatada de admiración, ponía entre mis dedos rígidos y transpirados un cheque. Otro joven barbado y sospechoso, de mirada gelatinosa, mostraba al público una cantidad inapropiada de libros. Mis libros, mis novelas, los cuentos... y eso que desde mi más tierna infancia tuve esa obsesión...
            Entre los primeros asientos, un niño pequeño, no tanto en realidad, me hacía burla sacándome la lengua, luego bizqueó y eructó ruidosamente. Supe que era la respuesta. Era yo, el niño, cuando buscaba afanoso el revés de las palabras. El sentido inverso del pensamiento y de las ideas. Toda mi existencia dando vuelta el mundo, lo invertí y derramé dentro del contexto de lo “normal”. ¿ Por qué si era versátil, frente a la realidad, debía aceptar  lo que me daban los diccionarios inventado por sesudos idiotas?
            Ha creado usted, como todo genio, la novela más singular desde la oscura noche del medioevo..., le expresaba un erudito. Sólo un sabio ilustrado en clásicos y sabios, puede disolver los convencionalismos, decía aquella experta en lenguas muertas.
            Mi risa, sorprendió a todos y cada uno. Me reía y ellos se reían. Mi gran creación era la psicosis del revés, de lo invertido, de lo enredado. Ni el analista pudo ayudarme con la fobia por la manera de mi obsesión heroica contra lo establecido. El único diagnóstico que pudieron darme: Usted es psicótico. Y viendo al niño, recordé a la maestra que me obligaba a escribir largas tareas contradiciendo la manera única de escribir el nombre. Deseé tener la fortaleza de ese niño, que ahora me hacía más y más burla desde el techo, desde la ventana, desde las nubes. Y soñé con matar a  mamá y a los profesores y los médicos.  Yo, Sacul  Zerép  Oteuc, trato distraído de acomodar las letras impresas en la portada.  El revés de una vida, por Lucas Pérez Cueto. ¡ Pero no puedo, me distraen los aplausos de los admiradores de mi exitosa obra literaria!

LA PISADA



Quiso tatuarse la pisada que quedó grabada en los lienzos  del lecho. No pudo. El sudor le corría por la piel e iba borrando la tinta. Su mano apretaba la aguja de oro con la que sostenía su túnica y servía, mojándola, en un jugo de limón con carbón en polvo, para herir meticuloso la piel del pecho. Ella había huido de entre sus brazos. Volvió a mirar la puerta por donde ella había desaparecido. La quiso abrir. No pudo.
Olfateó el fuerte olor a humo y cenizas. El volcán bramaba y desparramaba su lava sobre las viviendas, las villas y los mercados. Corría un río de fuego por las calles. Todo fue tapándose y en silencio quedó en el tiempo.
Pasaron siglos hasta que los arqueólogos pudieron llegar hasta ese hogar de la villa antigua. Antaño, era un espacio intocable. Cuando con nuevas tecnologías absorbieron todas las cenizas y escombros, en el mármol de una habitación encontraron el cuerpo de un hombre, hecho piedra, con las manos atrapando un alfiler de oro y una extraña pisada marcada sobre la loza de la que fuera un lecho de amantes olvidados.