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viernes, 4 de septiembre de 2020

UN REGRESO INESPERADO




El automóvil se desplazó con urgencia sobre el pavimento caliente. Desde la butaca se veía hacia el frente un lago brillante que devenía en gris concreto, a pesar del sueño irreal que se proyectaba adelante. Era la temperatura sofocante del verano. Todo se transformó en un fantasma que jugueteaba en el páramo, con el sol que caía a plomo. ¿Así sería el desierto? Imaginó ser abandonado en el yermo más seco del mundo. En Atacama. Recordó un programa de National Geographic Channel, que había visto hacía un año en televisión. Algo extraordinario ocurrió en aquella época. Llovió. Llovió sobre el desierto, abundante agua, y el Atacama en pocas horas, como un milagro esperado, se cubrió de flores y plantas que emergieron rotundas de la tierra arisca. También habían salido a la superficie sapos, ranas y lagartijas, que rápidamente se aparearon para perpetuar las especies; insectos que llenaron las inusitadas corolas para polemizar los vegetales despiertos por el breve tiempo húmedo. Mucho polen y rocío se esparció por el aire. Toda clase de animalitos se dedicarían a multiplicarse; a transformar, en pocas horas, ese desierto inhóspito en un paisaje inusitado. Su mente dejó de vagar por aquel recuerdo inútil, ya que él, regresaba a un lugar habitado Cerró los ojos y pensó que así encontraría su pueblo. Dormitó. El calor se mitigó cuando Daniel, mientras manejaba, elevó el cristal de la ventanilla y comenzó a funcionar el aire acondicionado. El chofer murmuró un ininteligible insulto. Su afición al tabaco lo torturaba desde siempre y ese viaje era una más de las torturas que debía soportar.
Rogó que lloviera como en aquel programa de su recuerdo. Una densa lluvia calmaría el disgusto de su compañero y su ansiedad.
            Si cambiara ese paisaje espantoso, el viaje no sería lo que era. Algo penoso. Se secó el sudor con un pañuelo de papel. Quería arribar. En realidad no. Prefería no volver a su pueblo. Recordó cuando salió de Casas Viejas. Casi huyó. Era sofocante el recuerdo de esa pequeña aldea donde quien respiraba, debía hacerlo al ritmo de las otras 789 personas que lo habitaban. Se había apasionado con un amor prohibido. Una mujer que no podía responder a su pasión. Era casada. Nadie debía sospechar que era el único horizonte de su locura. No podía exponerla y exponerse al oprobio. Muerte social. Huyó en un tren de un ferrocarril que ya no existía. Así huyó.
            De regreso ahora, el corazón escapaba por las venas que palpitaban como potros salvajes. El llamado urgente de tía Lourdes, no le permitió excusas. Allí iba muerto de angustia. Lleno de ira.
            Había triunfado en la selva de la gran ciudad. Su música logró penetrar en un público inestable y cambiante. Vendiendo cientos de discos y teniendo muchos contratos firmados. No podía desprenderse de ellos.
            Observó a la vera del camino un caserón que no recordaba. No existía cuando vivió allí. Era un desperdicio una casa estilo francés, con unos jardines, que se destacaban entre el enrejado, parecido a los de Versalles. Era un objeto exótico, que distraía el entorno. Innecesario. No, no estaba cuando huyó de Casas Viejas. La curiosidad lo hizo despertar. Se ubicó en el asiento atento al paisaje. Nada nuevo hubo desde allí en adelante, pero el aguijón de la duda lo espoleó. Al fin arribaron. La casa estaba igual. Descascarada la fachada, la puerta crujiente como siempre, roto el llamador de bronce y el jardín recordaba épocas de humedad y cuidado.
            Tía Lourdes, con paso cansado, los recibió con gesto adusto.
            -Mira tu padre murió ayer y lo cremamos esta mañana. Relató detalles como si fuese el final de un partido de fútbol, sin emoción.
            -También murió Juvenal, ¿te acuerdas a quién me refiero? Fue un accidente inverosímil, que se vivió en este pueblo tan pequeño como una osadía del destino. Dejó dos familias rotas.
Se quedó en silencio, mitigado por alguna lágrima que se deslizó por la memoria de la anciana. También pensó en las vidas rotas, la del sobrino y la de la mujer.
            -La tuya y la de ella se descalabraron. Ahora vive en una maravillosa casa en las afueras. Dicen, que Juvenal, el difunto esposo, compró parte por parte, de la casa, en Francia. ¿No la vieron al pasar?
 Había soslayado el tema escabroso. Nombró a la única, como si todos conocían el pasado escondido.
- Ahora, dijo carraspeando, puedes ir a darle las condolencias Es la viuda más joven, hermosa, rica y codiciada de Casas Viejas. Corre antes que alguien se te adelante.
      Agitada, parloteó con Daniel un rato. Lourdes señalaba la calle por donde tuvo deseos de correr. Necesitaba que se quedara callada. Quiso gritar. Ese día o el anterior, su padre se había despedido de la vida. Como siempre sin dejar huella. Huyó como él, pero al otro mundo.
            Se instalaron con Daniel, amigo y chofer de confianza. Trataron de amoldarse a las rutinas de la tía solterona, que ya contaba setenta y ocho almanaques. Los siete gatos merodeaban por todos lados y tres perros, les ladraban ante el más mínimo movimiento, eran los únicos habitantes visibles de la casa.
            Se durmieron agotados. La noche fue una dolorosa danza de silencio que les dio un relámpago de paz. Al amanecer, con el bullicio de los pájaros, despertaron. Debía terminar con los trámites burocráticos. Era el único heredero y no podía dejar sola a su tía.        
             Salieron con la esperanza de acabar rápido y poder regresar a la capital. Atravesar las calles fue un suplicio. Le llegaban abrazos de dudosa condolencia, pedidos de autógrafos y amigos que no conocía, que le hacían mil invitaciones. Debía mostrarse triste y compungido. Hasta llegar a la oficina del municipio, la tortura se fue incrementando. Indudablemente era un personaje exitoso y todos querían tener contacto con él.
            Cuando ingresaron al pequeño recinto, el corazón le dio un salto. Allí con un jean y una remera negra escotada, estaba ella. El cabello suelto sobre la espalda cubría parte de su cintura. Estaba más delgada. La mujer se volvió para mirarlo y recorrió su piel, con la minuciosa libertad de una muchacha a la que le sobraba tiempo. Se acercó resuelta, y dándole un sonoro beso en la mejilla, se abrazó llorando sobre su pecho varonil. Nunca sabría si por Juvenal recién muerto, por la muerte de su padre o por el amor que habían vivido en secreto. Daniel, se evaporó. Los oficinistas salieron del lugar dejándolos solos.   Sin pudor Analía, le suplicó que la sacara del pueblo. Quería irse con él. Con asombro, Gastón, sintió que ya no la amaba y separándola de su pecho la contempló un instante y la alejó de sí, sin decir palabras.  Ella, llorando, salió y corrió por la calle perdiéndose a la mirada de los transeúntes. El, continuó llenando los papeles que se movían jugueteando sobre el escritorio con el aire de un viejo ventilador de techo que rezongaba desde temprano en la sala.


EL VIEJO MAGO DEL BOSQUE



      Camino por el sendero que se ha formado entre los enormes cedros. La mística montaña emborracha con su luz de nieve colorida de extraños matices solanos. Allá está el tronco caído por la inflable tormenta de la noche. De mi boca sale un cálido vapor. Mi aliento tibio. Vida que me parece arrebatada a cada paso por mis penas viejas. El perfume de la tierra húmeda y los silencios del bosque. Los pájaros que asustados huyen sin rumbo para regresar pronto a sus nidos. ¡Si me conocen! Ellos saben dónde encuentran alimento en el invierno.
      Cabizbaja, trepo por una zona áspera del pequeño bosque. De repente se presenta ante mí un anciano. De rostro acuñando mil años de historia y sufrimiento. Mirada bondadosa.
Manos como cepas de vides prontas a la cosecha.
      Su presencia inesperada me deja perpleja. No sé quién es, no lo conozco y sin embargo...parece que hiciera mil años que nos conocemos. Me detengo y me siento en una roca. No me gusta. Está fría. Me busco un tronco muerto. Allí sí, me quedo quieta.
      - Hay cosas que no tienen la audacia de irse para siempre.-
      - ¡De tantos modos muere el hombre...! y yo acá solo encuentro en el silencio que los que se fueron están más cerca mío.
      - Es verdad, mi querida, mi pequeña... El sueño es la memoria del olvido. Pero recuerda que soñar a veces ayuda a completar esa parte escondida de nuestras penas.
      -A veces uno se siente sin nada, con las manos vacías. Yo tengo las manos apretadas y quietas. No tengo ni lágrimas, ni vuelo, ni sueños.
      - Entonces apenas somos unos condenados a plazo fijo. Según tú no hay esperanzas. ¡No lo creo! Te prestaré mis alas para que eches a volar y encuentres un país donde refugiarte, el mundo de los sueños.
      - Pero... si me alejo de este lugar, estaré aún más sola. Y tú me quieres obligar a regresar a un mundo inhóspito sin el amor de ellos... mis muertos. Tengo la simple eternidad que guarda el polvo. Allí en la simiente estará la flor que en cada primavera surgirá en mi río de agua dulce. Déjame mi pena.
      -La pena debe ser como la imagen que, lejanamente, como un caballo se hunde en el mar. Un mar que deje  ingresar la esperanza al centro mismo de la vida.
      - Ahora siento una pequeña luz en mi desierto lleno de escombros grises. La luz se muere en la esclavitud de una lámpara de un tenue color ámbar. El color de los ojos de mí los que amo... Una lámpara de luz celestial, cósmica, misteriosa.
      - Te repito eres tan frágil como la cola inestable de un cometa. Pero...no olvides que cada pequeño instante...refleja las rocas eternas del principio de la vida. Ausentes las piedras duermen su fatiga de siglos. Guarda tu lámpara encendida.
      - ¡No te alejes en la lluvia de pétalos de pasión encendida que te rodea! Eres un rayo inexplicable. Voy a enterrar los silencios. Los trocaré por caracolas y auroras plenas de libélulas iridiscentes. ¡No te vayas!
      - El tiempo apremia. Mi tiempo se termina, soy la nada. Adiós.
      - ¡Por Dios regresa... mi corazón te extraña ya aún viéndote en el trasluz glorioso de mi bosque!... ¿Te alejas? Vuelve.
      ...Y seguí allí desarmando mi nuevo crepúsculo. Mis silencios y mis tristezas. Dejo volar mis penas como pájaros que migran al oriente. Abro grande los ojos. Comienzo a caminar hacia la cabaña tibia. Me sentaré en el portal a esperar la noche. Abro las manos para que escapen los suspiros. Respiro profundamente el aire puro y vuelvo. La lámpara está encendida...alguien me espera. No estoy sola.

viernes, 14 de agosto de 2020

EL FAMOSO ACTOR




                                 ¡Sano está, Betsy, aún vivo, aunque con permanente tratamiento psicológico! Luego el regreso al infierno. Ella se fue al campo con los chicos; le solía llegar con estrellitas de televisión, modelos y hasta campeones internacionales. Le traía como siempre dinero a caudales y joyas...en fin los autos eran modernos y ágiles.
                                  Partía, dejando la  rara sensación de un tornado, donde los rayos de sol atravesados de oro...y fulgor marcaban de olor a perfumes francés que atrapaban el perfume nauseabundo al hashid o el opio. Hace unos  días la golpeó la noticia que vino a su tranquilidad como el volcán ardiente del horror.”El playboy, había matado con su Ferrari una familia de cinco personas”. La policía cuando llegó sorprendió al hombre con una despampanante travesti, totalmente dormidos por la dosis...
                                 ¡Ahora lloras y gimes como un animal acorralado entre el lujo, la lujuria y la caída, que será aún más dolorosa!
                                  “Recuerda que Dios no ha muerto”, como tu sueles decir a viva voz cuando en medio del glamour de tu fama, de los flashes, de fotógrafos y paparazzi, la lluvia  de billetes que trae y lleva el uso y tráfico de drogas, vociferas como llamando a los dioses...y al destino. Pensó.
                                   Cerró la puerta  del automóvil y se quedó llorando. ¡Al final lo habían condenado! No bastó todo lo que les habían pagado a los abogados penalistas. Un enjambre hambriento de flashes y micrófonos; seis cuervos los había rodeado como una gelatina ácida y pringosa. ¡Culpable! ¿El más notable de los medios para lograr la representación de los famosos? El, con su aplomo de modelo de pasarela, que atraía como luz a las, mariposas del yetset, esas muchachas (cada vez más jóvenes) que con cuerpo de vestales y caras de muñecas de porcelana, se abrazaban a su fama y su dinero. Ahora preso en la  cárcel... ¿Con los presos comunes? No lo soportará, pensó y se tocó los anillos de esmeraldas y brillantes que le habían regalado cuándo les nació la    primera  hija. Recordó a esa pequeña... había nacido discapacitada y a las pocas horas había muerto. El médico sentenció... “Es por el uso de cocaína, efedrina y heroína, que la bebé  nació sin cerebro...” Lloró mucho, pero adoraba a ese hombre que la  llenaba  de joyas, pieles, fiestas y viajes a lugares de ensueño. Es cierto pensó secándose unas lágrimas de plomo derretido que le caían heladas por la cara agrietada por la  angustia, muchas veces tuvo que huir de los golpes cuando él, estaba ido. Luego vino un descanso. Fue cuando lo denunciaron por primera vez, había violado a una menor y el no recordaba nada. El juez ordenó su internación. Vinieron algunos años hermosos. Nacieron los dos hijos sanos.
                                         El coche se deslizaba por la gran avenida. Iría a buscar al hombre con más poder del país, que sería quien los ayudaría en este momento. Sí, seguro que la recibiría como siempre en el salón azul-dorado. Seguro que tomaría el teléfono y con dos o tres palabras al juez, quedaría internado en una clínica por demás conocida; sí, seguro que los medios suavizarían la agria historia... con suerte y el dinero, siempre habían comprado tanta gente.
                                           Ya se acercaba el automóvil a la gran casa..., le llamó la atención el poco movimiento y el silencio. Paró el chofer y se les acercó un hombre de vigilancia. Lentamente bajó el vidrio de la ventanilla. El uniformado se acercó luego de hablar por radio.
                                           ¡Lo siento señora, el presidente, no la puede recibir... y ruega que no lo importune!
                                            ¡Arranque, vamos... miró hacia el cielo y vio un sol, anaranjado y rojo sangre! Y vio un sol, que se ocultaba ostentosamente entre las nubes... ¡Dios se ha despertado, pensó!
                                          ¡Ahora tendrá que ocurrir un milagro... cerró la ventanilla, también los ojos y comenzó a rezar!



miércoles, 29 de julio de 2020

EL CRACK




Al Carloncho le “le sonaba “como un bombo en la cabeza, que tenia que ser un creas en futbol. De chiquito se iba a la canchita del colegio de los chicos grandes, se metía por una rotura que tenía el alambrado y practicaba solo. No sabía que lo miraban desde adentro. Cundo llegaba a la casa todo transpirado y sucio, su mamá al principio sacaba la chancleta y dale que dale en la cola. Después bajo los brazos ¡Era de madera ese hijo! ¡Pero acertó que algún día podía llegar a la primera!
A los doce años lo probaron en el club y asombrados, lo aceptaron. Cambió su vida. La madre necesitó cambiar la comida y hacer una dieta especial. Toda la familia estaba revolucionada, un día lo llevaron a la capital. ¡Lástima! ¡Tenía apenas quince años y estaba en el banco en espera para remplazar a los titulares!
Un día llegó. Sintió: ¡Cambia el 8 por el 11! ¡López el 8; desgarrado se retira del estadio en ambulancia! Vamos pibe, demostrá que por tus venas hay sangre de crack. Gritaba el director técnico y la gente parecía hormigas a las que le han revuelto el hormiguero.
El sol se escondió, una nube maligna agredió con una brutal tormenta. Diluviaba y cayó granizo. Carloncho solo veía la pelota. Corrió, gambeteó, voló, hizo mil piruetas y metió un gol, que le dio el triunfo al equipo. Nunca se va a olvidar de ese comento. El griterío, los aplausos y el ruido de mil cornetas eso era la fama, el abrazo de sus compañeros que lo revolcaban por el pasto mojado. De repente el numero 5 del otro equipo se le tiró encima. Todo se oscureció. Una negra noche sin luna se le metió en el cuerpo.
Dicen que ahora en una especie de silla mecánica, mira los partidos y con la cabeza, que es lo único que mueve, dirige los partidos.
En club le hacen muchos homenajes. ¿Pero a él, de qué le sirven, si no puede jugar nunca más? 

miércoles, 27 de mayo de 2020

LA PRESENCIA




            Desde la calle la casa se ve como cualquier casa. Eso sí, algo descuidada. Sucia tal vez, en comparación a como lucía hace… 50 años. Llegué con cinco años y me fui a vivir lejos con veintidós. Pasé momentos felices y tristes. Era mi casa. Ese rincón increíble donde acunaba sueños. Mis padres la levantaron con esmero y pasión. Era señorial como si allí habitaran seres con cierta noble ubicación social. Era otra época.       Le decíamos “la casa blanca” por su fachada tapizada de mármol “travertino” y puertas níveas. Un día comenzaron nuestras penas. Ya no había esa abundancia de mercado y heladeras llenas. Papá estaba muy enfermo. Después de varios contratiempos se fue por ese túnel dichoso que ven los agraciados. Él, era todo luz. Luchamos mucho para mantener el bienestar, pero fue en vano. Pronto la casa nos desplazó con su injusta grandiosidad. Salimos de allí y al cerrar sus puertas, dejamos infinito manojo de recuerdos. La vida continuó.
            Lejos, viviendo lejos, casi no pensaba en los buenos tiempos de la casa. Algunas noches, soñaba con sus habitaciones. Generalmente con el patio, las rosas blancas y los jazmines. Los nuevos dueños le hicieron algunos cambios. Pocos en realidad. Perduraba en el tiempo a pesar de los años que describían su carrera perenne hacia el final de la vida útil.
            Regresé después de muchos años. Un día, inopinadamente me paré frente a la ancha puerta de entrada. -¿Necesita algo, señora?- me dijo el intruso. -¡Sabe viví una vida en esta casa… y a veces la sueño!- ¿Quiere verla?- ¿Si me deja?- dígame algo que me haga saber que usted dice la verdad, que vivió acá.- ¡La escalera tiene veintiún escalones y en el baño, de azulejos negros hay una repisa de cristal negro, bien grueso, junto al espejo!- Pase. Pase. Es indudable que usted vivió aquí.
            La recorrí con alegría y pena. Esa había sido mi casa. Jugué entre los canteros a las visitas, subí escaleras siendo reina, bailé “El lago de los Cisnes” en el amplio comedor. Entonces era una niña. Era una soñadora de estos cuentos que burbujean en mi cabeza. El hombre me observaba. Y una lágrima corría indiscreta por mis ajadas mejillas. Respetuoso hacía un silencio, que abarcaba mi sentimiento.
            Cuando llegué, en la planta alta, a lo que fuera mi dormitorio, una joven mujer, se acercó y con tono ligero me preguntó: -¿Usted vivió acá? - ¡Sí!- le dije ¿Por?- el hombre la miró duramente y carraspeó. -¡Por la presencia! - ¿A qué se refiere, niña?- A una presencia que habita la casa.- ¿Una presencia? – Sí, la hemos visto todos, es como un ser de otro mundo, que entra y sale por las paredes, camina, se esconde dentro de los placares…, ¡pero no molesta!- ¿Dice que hay un fantasma? – Algo parecido. No sabemos si es hombre o mujer…- Algunas veces no se deja ver por cierto tiempo, luego regresa y se desliza sobre el piso como si fuera hecha de alas de mariposa o de pétalos de flores…, bueno la voy a asustar.- ¡No, acá viví cosas hermosas y tengo recuerdos que atraviesan mi memoria como eso, como si me visitaran entes celestiales! – Señora, no le haga caso. Lo que dice es cierto, pero no tenemos pruebas para demostrar los hechos.-
            Quise salir de allí, algo avergonzada, casi, creo, escapé. Ambos me saludaban desde la puerta con sus manos en alto y me dije: ¿Y si las presencias son ellos? ¿Y si en realidad estuve con unos fantasmas que me han hecho creer que son seres vivos? Un mar de dudas me obligaron a mirar con mayor detenimiento la casa. Y noté que las ventanas estaban cerradas y había mucho polvo en la vereda y en los diferentes espacios que daban a la calle. No había luces encendidas. Me propuse volver de día. Cuando volteé antes de cruzar la calle, descubrí que tenía un cartel que decía: “Se Vende desocupada”.

miércoles, 13 de mayo de 2020

VICTORIA


Lo amenazó el ruido sordo de la calle. Ahora podía sentir que alguien trepaba por la escalera de hierro y madera, con pasos atrevidos. Se arropó en el sillón y cerró los ojos y apretó los brazos alrededor del retrato. Victoria, siempre Victoria con esa sonrisa forzada. Su larga cabellera enrulada que caía sobre el pecho adormecido. Era una mujer inexpresiva. Un misterio. Nada sabía yo de su pasado, ni del presente. A veces venía. Buscaba tener sexo conmigo y luego, sin despedirse salía sola para regresar cualquier día a cualquier hora.
Pensé que era ella. Un golpe en la puerta lo inquietó. No era ella. Se acercó a la puerta y observó por la estrecha mirilla. Un rostro de hombre ausente, le dejó perplejo. No esperaba a nadie. Pregunto quién era y le respondió una voz agradable. Abrió. Allí frente a él, estaba un personaje lleno de fortaleza. De aspecto maduro. Su rostro suave pero varonil, enmarcado por un cabello canoso sin estridencia; ojos de un brillo celeste verdoso, muy expresivos, le sonrieron.
Al ingresar al salón, vio de inmediato el retrato de Victoria, sobre el tapizado gastado del sofá, con una mirada que desplazó sobre el resto de la habitación vio el fagot, junto a una pila de partituras. Era un ave muerta que había dejado de sonar hacía un tiempo.
Gastón tomó un botellón con cognac, sirvió dos vasos de vidrio común. El líquido de un brilló en la penumbra. Quiero hablar de Victoria, dijo. Ayer se fue de casa definitivamente nos dejó. ¿Sabe si vendrá por acá? Y me clavó una mirada acusadora.
Creo, que se fue con una beca a Viena, dije. Tomé un sorbo del cognac y le hice una seña invitándolo a sentarse. Pero él, no aceptó. Fue la primera vez que vi a un hombre llorar como niño. Salió sin decir nada y se perdió por la escalera hacia la calle. El ruido debe haber tapado el ruido de las bocinas y el golpe que lo dejó en el pavimento tendido.




sábado, 11 de abril de 2020

SOBREVIVIENTES




Escuchaba voces que hacían temblar el espíritu de los antepasados. No podía dormir. Temblaba. Recordaba las palabras sentenciosas y malvadas de los tíos, el fatídico día que supieron que mi madre no era católica.
“Sentirás la ira de Dios”. “Tu piel será la de un asno enflaquecido”. “El fuego del infierno quemará tus huesos”. Y una retahíla de sentencias absurdas que vociferaban sin tener ni idea que mi madre había venido de un “Campo de exterminio en Dachau”.
Ella sobrevivió de la masacre, sufrió hambre y frío. La violaron, la golpearon, la deshumanizaron hasta que llegaron las tropas rusas y sufrió nuevamente toda clase de horrores.
A mi padre lo conoció escapando por un campo entre bosques quemados que rebrotaban humildes de sus cenizas. Él, la encontró exhausta en un pajonal. Herida, hambrienta y harapienta. La llevó en vilo. No pesaba nada o casi nada. Tenía diecisiete años. Había vivido mil.
Mi abuela Úrsula la recibió y la curó como pudo. Ella también había pasado hambre, frío y escondida superó las permanentes represalias de los combatientes que buscaban algo. “Algo que no sabían qué podía ser”. Tal vez comida, tal vez hombres, tal vez una mujer para violar. Ahí, no quedaba nada.
Mi padre había regresado con tantas heridas como pocos dientes que le quedaban. Su otrora cabello rubio, era un mechón grisáceo que caía sobre las mejillas rubicundas por el hielo de la campiña. La ayudó a creer en las personas. La ayudó a volver a sonreír. La ayudó a ser humana.
Un día se dieron cuenta que estaban enamorados y mi abuela ofició de sacerdote o no sé qué y los casó. Pero ella, la abuela murió de tuberculosis y ellos decidieron irse a vivir a otro mundo. Un lugar donde olvidaran los horrores.
Yo nací en el viaje en un barco viejo y herrumbrado que transportaba emigrantes que más parecían fantasmas que personas.
Llegaron a este país llenos de ilusión. Un día, como si el cielo fuera un refugio de locos, aparecieron hermanos de mi padre que habían venido antes de la guerra. Eran extraños. Como una cofradía. Él, los recibió con temor. Claro que un poco de pudor tuvo por su esposa y por mí. Éramos el resultado de la refriega de países en pugna.
Un tío de mi padre se oponía a mi madre porque según él, no era una persona de fiar al haberse salvado del campo. Su mujer, una persona pequeña en tamaño, pero brava como perro sabueso hasta nos olía, para sentir si usábamos algún veneno o cosa parecida.
Para mamá y para mí, que iba creciendo como podía, estaban todos medio locos. No tenía hijos y yo era su experimento educativo.
Mamá los toleró un tiempo y un día desapareció. ¿Adónde se fue? Nadie lo supo nunca. Yo tampoco y mi pobre padre buscándola, me dejó entre ese puñado de dementes que creían que tenían que llenarme de Dios.
Así, conocí a Emilia, mi profesora de música. Ella con paciencia me fue explicando muchas cosas y pude aprender a ejecutar el piano. Gané una beca que me llevó a Milán.
Un día caminando por una calle me pareció ver a mi madre. Atrás venía mi padre y en sus brazos traían a un pequeño rubio de ojos grandes. Los llamé. Se detuvieron aterrorizados. Yo les hablé para hacerles comprender que no era su enemiga. Me abrazaron y ahora vivimos juntos y viajo a dar conciertos por los más bellos países de esta tierra.  

martes, 18 de febrero de 2020

LORI




Cuando nació tan blanca como una espuma, los padres se sorprendieron. Era de clase obrera y lo normal entre ellos era la piel morena. El cabello le creció oscuro y tenía ojos color café y largas pestañas que sombreaban su rostro. Inteligente y orgullosa de ser tan mimada por sus padres y abuelos. Tuvo una hermana que no la emparejaba.
La bautizaron Lorena, como cristiana por costumbre, ya que no era una familia devota. La hermana, morena y de cabello oscuro, siempre fue su sombra. La llamaron Candela. Hicieron una buena escuela pública y al terminar el ciclo primario, a Lori, la mandaron a estudiar “Corte y confección” con Madame Ginette. A Candy la mandaron a estudiar en una academia donde aprendió a hacer sombreros.
Cuando Lori tenía quince años, en la academia sufrió un pequeño accidente con una máquina y el director la llevó, junto a su mamá a un centro de salud. Allí no solo había médicos de edad sino que había estudiantes de los últimos años de medicina que hacían pasantías. Lori lo conoció allí. Él, tendría unos veinticuatro años. Era lato, de piel cetrina, muy educado y sonriente. Lo llamaban Doc. José. Ella se hechizó, él, la vio y se propuso tratar de verla nuevamente, fuera de ese lugar.
Aprovechó que tenía todos los datos y fue así que cada vez que la jovencita salía de la academia, él, estaba por casualidad cerca y la encontraba. Ella feliz. 
Al final de año, él se presentó en la casa con un ramo de rosas y como se usaba en ese tiempo, pidió permiso al padre para visitar a Lori como “futuro esposo”. El padre incrédulo lo miró sorprendido y le pregunto el apellido. ¡Y Oh, sorpresa, era un raro nombre extranjero!
¡Lori, no te puedes casar con ese muchacho, es de otra religión! Dijo la madre instada por el padre. ¡Mami, si nosotros no somos muy religiosos! Pero es Judío…y su gente no te aceptará. ¡Ay, mamá, eso es lo de menos, si según José, vamos a ir a vivir en la capital, donde él, tiene previsto hacer el doctorado.  
Tanto lloró y se esforzó que terminaron por aceptarlo. Y en una ceremonia sencilla se casaron; él, con su papá y un hermano presentes y ella con sus padres y Candela. Fue una boda civil. Nada de religión en el medio.
Se fueron a la capital, ella puso un pequeño taller y cosía vestidos de novia y de fiesta. Era muy buscada, porque su prolijidad y buen gusto. Al final él, logró el doctorado y fue un buen cardiólogo.
Con el trabajo de ella y el estudio de él, un día ella comenzó a notar que algo raro le pasaba. Estaba embarazada y venía un niño, fruto del amor. Nació una bella niña a la que llamaron Ruth. Era tan blanca como su madre y de ojos oscuros como los del padre. Al año siguiente nació otra niña, le pusieron de nombre Raquel. Eran bellas nena , alegres y risueñas. La madre de José por primera vez vino del pueblo a conocer las niñas. Y se enamoró de ese pequeño mundo de pañales y papillas. Esther se quedaba largas temporadas en el departamento. Cuando llegaba José, ya tenía la comida lista, las niñas bañadas y Lori, parecía un maniquí del taller. ¡No existía!
Pasaron unos años, en que se fue enfriando el trato entre los esposo. Lori, sola y callada; José cada día llegaba más tarde, cansado y con mal humor. Lori no sabía como alegrarlo y volver a tener su atención. Las niñas comenzaron a asistir a la escuela. El abuelo pagaba una escuela cara de la colectividad. Lori, les trató me enseñar algo sobre su fe, pero las niñas ya habían aprendido todo lo que se refería a la religión paterna.
Comenzaron las discusiones. Se echaron culpas y reproches. Luego, cada vez, se sentían más distantes, sólo los unía el amor de las hijas.
Una tarde de invierno, el no vino a dormir. No había avisado y lo llamaron del sanatorio para tratar a un enfermo. Lori lo sospechaba…él, tenía una amante. Y por eso no venía como antes ala casa con la alegría y sorpresas a las que las tenía acostumbradas. Lloró toda la noche. Cuando él, regresó, el planteo fue claro. O ella o yo. Él, suspiró y prometió que su amor era ella, “su Lori”.
Dos meses después él, tenía un congreso en Uruguay y la invitó a ir con él. Ella se preparó dos bellos vestidos y dos trajes muy femeninos, estaba espléndida. Los colegas de José se asombraron cuando la conocieron, ellos sabían que el colega tenía una amante y les sorprendió ver una Lori tan linda y educada. Su charla amena hizo que pronto varias esposas y colegas se acercaran más a su amistad. La mujer se sintió muy feliz, había reconquistado a su amado José.
Una mañana llamaron por teléfono desde un edificio del centro. Buscaban al doctor…su amiga y paciente del sexto había amanecido muerta. Una sobre dosis de fármacos.¡La amante se había suicidado! José estaba destruido, lloró y se hizo cargo de los temas ceremoniales y policiales del caso. Lori, no le perdonó el engaño. Pero el juró que la había dejado y que eso causó ese hecho macabro.
La vida continuó. Las niñas se hicieron mujeres y estudiaron carreras independientes, era la época de la liberación femenina. Una quiso hacerse de la religión de la madre por el estupor que le acusó saber que su padre había sido tan infiel. La otra dejó toda religión. Y no perdonaban al papá.
Los años los unió, pero con la legítima desconfianza por parte de Lori. Él, se dedicó a hacer dinero. Su profesión le permitía, gracias al prestigio que tenía para cobrar altas facturas a los enfermos pudientes. Ruth, se fue a trabajar a Medellín y allí conoció a un ingeniero y se casó. Quedándose a vivir en Colombia. Lori viajaba cada seis meses, pero se sentía extraña en ese bello país amable y ruidoso. Raquel se quedó cerca de sus padres, conoció a un analista de sistemas y se fue a vivir con él. Tuvo cuatro hijos dos varones y dos mujeres. Siempre apoyando a los padres, ayudando a su madre.
Un día José se descompuso y el dijo a su esposa que tenía poca vida. El corazón estaba fallando. Lo sabía. Antes de morir le pidió perdón y quiso reconciliarse aceptando ser bautizado como cristiano. Lori, lo perdonó, esta vez desde su corazón.
Pasaron los años y un día Lori ya no entendió quien era esa mujer que todos los días venía a darle de comer y la vestía, era Raquel. La madre tenía Anzhaimer. ¡Gracias a Dios estaba en un mundo de olvido; porque Ruth, le había quitado todo el dinero que le había dejado José a Lori y a Raquel. Por lo que tuvo que internarla en un geriátrico público y ella salir a trabajar de mucama de un hotel del barrio más caro. Y Raquel ya no lloró, sólo se ocupó de su madre hasta que dio el último suspiro. Nunca más supo de su hermana y su familia. Sus hijos nunca supieron del bienestar que su madre vivió mientras vivía su padre; el doctor José, su abuelo famoso.



jueves, 13 de febrero de 2020

UN ÓLEO ANTIGUO




Hermenegildo Gueraldez Paxoa bajó por el río en el “Homero”, por pedido de la familia Romero Santos. La nao era un falucho desvencijado. Ruidoso y pobre. Cuando arribó al muelle del Rosario, lo esperaba una volanta. El cochero, hombre de pocas palabras, tomó su bolso y sus petates. Chasqueando el látigo partió hacia la estancia. Tras unas horas de silencio, roto por el jolgorio de las aves, vio la arboleda y los techos. La casa era grande. Lo esperaba la gobernanta con un mensaje de sus patrones. Regresarían en dos días de Asunción.
La cena opípara, le fue servida en la habitación. Pronto se despeñó la noche y el sueño entró como un fugitivo en su espíritu. Se durmió.
Tras la corta espera, arribó la familia. El padre comerciante en ganado era próspero y alegre. Doña Saturnina, la esposa, en el rictus, mostraba ser quien llevaba las riendas y el coraje. Cinco muchachos y tres niñas, revoloteaban entre la algarabía de perros cazadores. Su tarea, dijo la señora, será retratar a mi esposo y a las niñas.
Comenzó con Don Augusto. Cada sesión fue descubriendo el carácter bondadoso y suave, que transformó su óleo lentamente. Siempre dibujaba en escorzos duros rostros de caballeros enérgicos. Pasaban a la historia como rígidos y sobrios.
                Con ese hombre fue imposible. Sus ojos destilaban amparo. Una luz de ternura penetraba su piel y sus pupilas. Ni hablar cuando entraba Clementina, la hija menor. Una cofradía de sol inundaba la cara. Don Augusto, escribía en sus ratos de ocio. ¡Un poeta! Saturnina, despreciaba su verba y rezongaba. Igual, las niñas se encargaban de escuchar las largas odas que recitaba con voz engolada el padre. Los muchachos, se dormían, jugaban a las cartas y peleaban sobre quién seguiría manejando la estancia.
Hermenegildo comenzó a participar de las comidas de las noches junto a la chimenea y, de largas caminatas, invitado por Don Augusto. Supo así, cómo había concebido la compraventa de animales traídos desde Holanda y mestizados. De carne noble, se salaba en el puesto junto al muelle del río. Salía en barcos hacia Europa, teniendo varios compradores y destinos inciertos para él. Su esposa, llevaba los libros y recibía a los banqueros que traían libras esterlinas y otras monedas que cambiaba por oro.
El retrato estuvo listo y cuando lo pudieron ver, un suspiro amoroso, salió de cada boca. ¡Ese era el padre, el mejor hombre, el muy amado por sus hijos! Sobre la pared del salón, quedó enmarcado en oro y plata. Una luz especial, iluminó la pintura.
Le tocó primero a Guillermina, que con sus dieciséis años, ya era una mujer para los padres. No aceptaban aún su crecimiento. De cabellos oscuros y ojos celestes, tenía asegurado una boda excelente. Era fuerte. Lectora incansable de obras clásicas y poco amante de labores manuales. La retrató sentada frente a la ventana, con un libro en el regazo. Luego le tocó a Josefina. Chiquilla por demás callada y triste. De cabello cobrizo, ojos pardos y tez pálida, insinuaba su semblante que dejaría el mundo en cualquier recodo del camino. Con la Biblia en la mano y un gato a sus pies, dejó claro que había entrado en un desfiladero de silencio. El cuadro, tal vez, fue el mejor logrado. Luces y sombras que declamaban abandono del mundano vivir.
Clementina fue la última y la que creó un círculo de fiesta. Era una niña, adolescente tierna. Trece años. Su melena castaña, alborotada y libre, escapaba en rulos por la nuca y la frente. Mirada gris con chispas que le brotaban de la profunda alegría de ser amada. Su padre no podía evitar el solaz de su presencia. Rica en imaginación y charlatana, corregía las odas y poemas, que él, repetía sin tregua. Su imagen, cambiante como ella, le costó al pintor mayor dedicación que con el trabajo de las otras hermanas. Se movía constante, cambiaba el peinado, su ropa difería. Nunca quieta. Casi fue un bosquejo. Pero Hermenegildo Gueraldez Paxoa se enamoró perdidamente de esa niña. Sus veinticuatro años y su pobreza no le daban chance para pedir la mano.
Igual habló con Don Augusto que, con sorpresa, llamó a su mujer. Ésta, casi desmayada, se sentó en el sillón del escritorio, tartamudeó un sinfín de palabras huecas. Que es la más pequeña. Que no sabe nada de la vida. Que esperamos algo diferente para ella. Es nuestra compañía. Regresó solo y sin siquiera una promesa. El falucho que lo repatrió, vibraba como su triste corazón. La madera podrida y el olor nauseabundo del río, le mordió el alma y se prometió volver con poder, dinero y oro. Clementina sería suya.
Al llegar a su tierra, pintó un óleo hermoso, perfecto. Lo llevó a la casa del gobernador, a quien pidió una suma interesante. Las libras tintinearon contentas en su bolsa. Comenzó una carrera contra el reloj. Pero nunca llegaba a la suma pretendida para tan ansiado viaje. Pasó un año, dos y el tiempo fue trocando su esperanza en miedo. ¿Lo esperaría?
 Su vuelta fue en un velero nuevo. Cuando llegó a la casona, encontró un revuelo de lamento y tristeza. ¿Será Clementina? No. Doña Saturnina dejaba su lecho para partir al camposanto. Guillermina, exhibía un embarazo avanzado, junto a un joven atildado y flaco. Josefina, con hábitos de Carmelita Descalza, rezaba rosario tras rosario; seca y siempre gris. Mientras su amada, sostenía al anciano y sus brazos serenos, contagiaban seguridad y ternura.
Los ojos recobraron vida al mirar a Hermenegildo. Sonrió a pesar de la pena. El luto congenió con el tiempo de recomponer la casa. El viudo sorprendido por la muerte impensada, se aprestó a mudar de jefe. Clementina se hizo cargo de todo.
Llegó la boda de su hija predilecta, sin mayor inconveniente para él, que ya envejecido, aceptó a Hermenegildo con cariño. Pronto llegaron niños que llenaron la casa de risas y juegos infantiles. El padre pintó bellos cuadros de cada uno, llenando las paredes con alegres caritas.
Los hermanos emigraron a estudiar a países lejanos, donde formaron su familia. Sólo alguna esquela de vez en cuando los hacía presente. Algún daguerrotipo, luego fotos. Pero nunca volvieron.
Una mañana, cuando Clementina se acercó a besar a su padre, notó que acechaba la dama de sombras. Descorrió las cortinas. Abrió la ventana para que entrara aire y sol. Sintió el leve suspiro final. Cerró los ojos amados del anciano. Partió éste, junto a su adorada esposa hacia el espacio de la verdad y duda.
Para tenerlo cerca, colocó el retrato de Don Augusto, que pintara su esposo, en el comedor. Notó al momento que de los labios de la pintura partía una miríada de mariposas. Volaron con la brisa, igual que aquellos viejos poemas recitados.
¡Por lo menos eso nos han relatado de generación en generación! Y debe ser verdad porque siempre hay que abrir las ventanas para que salgan al jardín decena de mariposas.  

          

            

martes, 11 de febrero de 2020

LA PRESENCIA.




            Desde la calle la casa se ve como cualquier casa. Eso sí, algo descuidada. Sucia tal vez, en comparación a como lucía hace… 50 años. Llegué con cinco años y me fui a vivir lejos con veintidós. Pasé momentos felices y tristes. Era mi casa. Ese rincón increíble donde acunaba sueños. Mis padres la levantaron con esmero y pasión. Era señorial como si allí habitaran seres con cierta noble ubicación social. Era otra época.       Le decíamos “la casa blanca” por su fachada tapizada de mármol “travertino” y puertas níveas. Un día comenzaron nuestras penas. Ya no había esa abundancia de mercado y heladeras llenas. Papá estaba muy enfermo. Después de varios contratiempos se fue por ese túnel dichoso que ven los agraciados. Él, era todo luz. Luchamos mucho para mantener el bienestar, pero fue en vano. Pronto la casa nos desplazó con su injusta grandiosidad. Salimos de allí y al cerrar sus puertas, dejamos infinito manojo de recuerdos. La vida continuó.
            Lejos, viviendo lejos, casi no pensaba en los buenos tiempos de la casa. Algunas noches, soñaba con sus habitaciones. Generalmente con el patio, las rosas blancas y los jazmines. Los nuevos dueños le hicieron algunos cambios. Pocos en realidad. Perduraba en el tiempo a pesar de los años que describían su carrera perenne hacia el final de la vida útil.
            Regresé después de muchos años. Un día, inopinadamente me paré frente a la ancha puerta de entrada. -¿Necesita algo, señora?- me dijo el intruso. -¡Sabe viví una vida en esta casa… y a veces la sueño!- ¿Quiere verla?- ¿Si me deja?- dígame algo que me haga saber que usted dice la verdad, que vivió acá.- ¡La escalera tiene veintiún escalones y en el baño, de azulejos negros hay una repisa de cristal negro, bien grueso, junto al espejo!- Pase. Pase. Es indudable que usted vivió aquí.
            La recorrí con alegría y pena. Esa había sido mi casa. Jugué entre los canteros a las visitas, subí escaleras siendo reina, bailé “El lago de los Cisnes” en el amplio comedor. Entonces era una niña. Era una soñadora de estos cuentos que burbujean en mi cabeza. El hombre me observaba. Y una lágrima corría indiscreta por mis ajadas mejillas. Respetuoso hacía un silencio, que abarcaba mi sentimiento.
            Cuando llegué, en la planta alta, a lo que fuera mi dormitorio, una joven mujer, se acercó y con tono ligero me preguntó: -¿Usted vivió acá? - ¡Sí!- le dije ¿Por?- el hombre la miró duramente y carraspeó. -¡Por la presencia! - ¿A qué se refiere, niña?- A una presencia que habita la casa.- ¿Una presencia? – Sí, la hemos visto todos, es como un ser de otro mundo, que entra y sale por las paredes, camina, se esconde dentro de los placares…, ¡pero no molesta!- ¿Dice que hay un fantasma? – Algo parecido. No sabemos si es hombre o mujer…- Algunas veces no se deja ver por cierto tiempo, luego regresa y se desliza sobre el piso como si fuera hecha de alas de mariposa o de pétalos de flores…, bueno la voy a asustar.- ¡No, acá viví cosas hermosas y tengo recuerdos que atraviesan mi memoria como eso, como si me visitaran entes celestiales! – Señora, no le haga caso. Lo que dice es cierto, pero no tenemos pruebas para demostrar los hechos.-
            Quise salir de allí, algo avergonzada, casi, creo, escapé. Ambos me saludaban desde la puerta con sus manos en alto y me dije: ¿Y si las presencias son ellos? ¿Y si en realidad estuve con unos fantasmas que me han hecho creer que son seres vivos? Un mar de dudas me obligaron a mirar con mayor detenimiento la casa. Y noté que las ventanas estaban cerradas y había mucho polvo en la vereda y en los diferentes espacios que daban a la calle. No había luces encendidas. Me propuse volver de día. Cuando volteé antes de cruzar la calle, descubrí que tenía un cartel que decía: “Se Vende desocupada”.

sábado, 25 de enero de 2020

LORI




Cuando nació tan blanca como una espuma, los padres se sorprendieron. Era de clase obrera y lo normal entre ellos era la piel morena. El cabello le creció oscuro y tenía ojos color café y largas pestañas que sombreaban su rostro. Inteligente y orgullosa de ser tan mimada por sus padres y abuelos. Tuvo una hermana que no la emparejaba.
La bautizaron Lorena, como cristiana por costumbre, ya que no era una familia devota. La hermana, morena y de cabello oscuro, siempre fue su sombra. La llamaron Candela. Hicieron una buena escuela pública y al terminar el ciclo primario, a Lori, la mandaron a estudiar “Corte y confección” con Madame Ginette. A Candy la mandaron a estudiar en una academia donde aprendió a hacer sombreros.
Cuando Lori tenía quince años, en la academia sufrió un pequeño accidente con una máquina y el director la llevó, junto a su mamá a un centro de salud. Allí no solo había médicos de edad sino que había estudiantes de los últimos años de medicina que hacían pasantías. Lori lo conoció allí. Él, tendría unos veinticuatro años. Era lato, de piel cetrina, muy educado y sonriente. Lo llamaban Doc. José. Ella se hechizó, él, la vio y se propuso tratar de verla nuevamente, fuera de ese lugar.
Aprovechó que tenía todos los datos y fue así que cada vez que la jovencita salía de la academia, él, estaba por casualidad cerca y la encontraba. Ella feliz. 
Al final de año, él se presentó en la casa con un ramo de rosas y como se usaba en ese tiempo, pidió permiso al padre para visitar a Lori como “futuro esposo”. El padre incrédulo lo miró sorprendido y le pregunto el apellido. ¡Y Oh, sorpresa, era un raro nombre extranjero!
¡Lori, no te puedes casar con ese muchacho, es de otra religión! Dijo la madre instada por el padre. ¡Mami, si nosotros no somos muy religiosos! Pero es Judío…y su gente no te aceptará. ¡Ay, mamá, eso es lo de menos, si según José, vamos a ir a vivir en la capital, donde él, tiene previsto hacer el doctorado.  
Tanto lloró y se esforzó que terminaron por aceptarlo. Y en una ceremonia sencilla se casaron; él, con su papá y un hermano presentes y ella con sus padres y Candela. Fue una boda civil. Nada de religión en el medio.
Se fueron a la capital, ella puso un pequeño taller y cosía vestidos de novia y de fiesta. Era muy buscada, porque su prolijidad y buen gusto. Al final él, logró el doctorado y fue un buen cardiólogo.
Con el trabajo de ella y el estudio de él, un día ella comenzó a notar que algo raro le pasaba. Estaba embarazada y venía un niño, fruto del amor. Nació una bella niña a la que llamaron Ruth. Era tan blanca como su madre y de ojos oscuros como los del padre. Al año siguiente nació otra niña, le pusieron de nombre Raquel. Eran bellas nena , alegres y risueñas. La madre de José por primera vez vino del pueblo a conocer las niñas. Y se enamoró de ese pequeño mundo de pañales y papillas. Esther se quedaba largas temporadas en el departamento. Cuando llegaba José, ya tenía la comida lista, las niñas bañadas y Lori, parecía un maniquí del taller. ¡No existía!
Pasaron unos años, en que se fue enfriando el trato entre los esposo. Lori, sola y callada; José cada día llegaba más tarde, cansado y con mal humor. Lori no sabía como alegrarlo y volver a tener su atención. Las niñas comenzaron a asistir a la escuela. El abuelo pagaba una escuela cara de la colectividad. Lori, les trató me enseñar algo sobre su fe, pero las niñas ya habían aprendido todo lo que se refería a la religión paterna.
Comenzaron las discusiones. Se echaron culpas y reproches. Luego, cada vez, se sentían más distantes, sólo los unía el amor de las hijas.
Una tarde de invierno, el no vino a dormir. No había avisado y lo llamaron del sanatorio para tratar a un enfermo. Lori lo sospechaba…él, tenía una amante. Y por eso no venía como antes ala casa con la alegría y sorpresas a las que las tenía acostumbradas. Lloró toda la noche. Cuando él, regresó, el planteo fue claro. O ella o yo. Él, suspiró y prometió que su amor era ella, “su Lori”.
Dos meses después él, tenía un congreso en Uruguay y la invitó a ir con él. Ella se preparó dos bellos vestidos y dos trajes muy femeninos, estaba espléndida. Los colegas de José se asombraron cuando la conocieron, ellos sabían que el colega tenía una amante y les sorprendió ver una Lori tan linda y educada. Su charla amena hizo que pronto varias esposas y colegas se acercaran más a su amistad. La mujer se sintió muy feliz, había reconquistado a su amado José.
Una mañana llamaron por teléfono desde un edificio del centro. Buscaban al doctor…su amiga y paciente del sexto había amanecido muerta. Una sobre dosis de fármacos.¡La amante se había suicidado! José estaba destruido, lloró y se hizo cargo de los temas ceremoniales y policiales del caso. Lori, no le perdonó el engaño. Pero el juró que la había dejado y que eso causó ese hecho macabro.
La vida continuó. Las niñas se hicieron mujeres y estudiaron carreras independientes, era la época de la liberación femenina. Una quiso hacerse de la religión de la madre por el estupor que le acusó saber que su padre había sido tan infiel. La otra dejó toda religión. Y no perdonaban al papá.
Los años los unió, pero con la legítima desconfianza por parte de Lori. Él, se dedicó a hacer dinero. Su profesión le permitía, gracias al prestigio que tenía para cobrar altas facturas a los enfermos pudientes. Ruth, se fue a trabajar a Medellín y allí conoció a un ingeniero y se casó. Quedándose a vivir en Colombia. Lori viajaba cada seis meses, pero se sentía extraña en ese bello país amable y ruidoso. Raquel se quedó cerca de sus padres, conoció a un analista de sistemas y se fue a vivir con él. Tuvo cuatro hijos dos varones y dos mujeres. Siempre apoyando a los padres, ayudando a su madre.
Un día José se descompuso y el dijo a su esposa que tenía poca vida. El corazón estaba fallando. Lo sabía. Antes de morir le pidió perdón y quiso reconciliarse aceptando ser bautizado como cristiano. Lori, lo perdonó, esta vez desde su corazón.
Pasaron los años y un día Lori ya no entendió quien era esa mujer que todos los días venía a darle de comer y la vestía, era Raquel. La madre tenía Anzhaimer. ¡Gracias a Dios estaba en un mundo de olvido; porque Ruth, le había quitado todo el dinero que le había dejado José a Lori y a Raquel. Por lo que tuvo que internarla en un geriátrico público y ella salir a trabajar de mucama de un hotel del barrio más caro. Y Raquel ya no lloró, sólo se ocupó de su madre hasta que dio el último suspiro. Nunca más supo de su hermana y su familia. Sus hijos nunca supieron del bienestar que su madre vivió mientras vivía su padre; el doctor José, su abuelo famoso.



martes, 7 de enero de 2020

EL EUNUCO



            El disipado eunuco se ufanaba por merecer una mirada bondadosa de la diosa.
“Minouca” era una semidiosa de un Olimpo creado en un siglo disparatado. No había en los anales nada concreto sobre esa semidiosa, excepto que apareció su hermosa estatua de mármol en los baños y hubo quien inventara su historia. No le creían sus compañeros que en los baños de la isla, había una fuente en la que podía entrar con su gruesa barriga deforme y salir luego de los festines de la “mujer” con su vientre plano y sin esa espantosa blancura que se aferraba a su piel como araña cristalina.
             Manatiel había sido vendido a una caravana, a unos traficantes de humanos en el desierto. Otros eunucos se reían a pesar de sus dolorosas vidas, rotas y deformadas por la práctica innoble de los esclavistas.
            Había unos de piel tan oscura como la noche sin luna, otros de ralo pelo rojo y ojos glaucos, estaban los que tenían cabellos blancos como la nieve y ojos rojos como sangre; todos movían las manos de dedos regordetes como brazos del pulpo del Mediterráneo.
            La única posibilidad de regresar a la vida anterior, era la muerte.
            Tal vez, al renacer, serían hombres enteros. Lo despertaba, las campanillas y cencerros que sus amos le ajustaban en los tobillos al venderlos.
Su vida con suerte, era ser juguete de unas jóvenes en algún harem. Le temía a los amos que eran crueles y lascivos. En su infancia, recordaba, había conocido el amor de los brazos de su madre. Su vida se transformó en un territorio de dolor y furia.
            Cuando, siendo casi niño, le arrancaron los testículos, fue una muerte interior y se juró no volver a vivir, a soñar o a reír. Pero con el tiempo su cuerpo se fue ablandando y su ánimo desestructurando.
            Un maestro le enseñó a respirar, a armonizarse con la naturaleza. Conoció nuevos dioses, nuevos semidioses y a otros eunucos, que como él, no tenían voz en el concierto humano.
            Le cambiaron el nombre. Ahora se llamaba Plotino y le dejaron en claro que no tenía derechos. Era un esclavo.
            Salió el raro vapor que envolvía todo el baño, y la vio. La diosa Minouca había cambiado. Su dulce sonrisa lo abrazó y se fue quedando dormido en el sopor que le despertó un sabor agridulce. Soñó por primera vez desde aquel día. Voló como un águila blanca sobre valles y montañas, sobre el mar que calmo transformaba suave la costa bravía.
            Regresó a ser niño. Y unas alas que crecieron en su cuerpo; de plumas doradas fueron tornando color rubí, luego morado y finalmente negro.
            Cuando, abrió los ojos, la que fuera de mármol, se había transformado en “mujer”, bella y apetitosa. Lo besaba en todo el cuerpo que por efecto de la sensualidad se había transmutado en hombre. No quiso volver a la vida.

jueves, 26 de diciembre de 2019

UN CUENTO DE AMOR...¿VENGANZA?


LA CASA DE “ PEDEMONTE”.

                        Nos sorprendió el telegrama que llegó con tres días de atraso. Es normal, pensamos, así anda el correo. Atenea, se acercó llorando (ella hay que reconocer amaba mucho a los tíos de Pedemonte) y nos mostró la foto que siempre tenía en la cómoda. Así es ella. Como la única soltera sin hijos, se aquerencia con familiares viejos y llenos de achaques, a los que visita y habla por teléfono cada semana. Nosotros le ofrecimos llevarla en la camioneta y nos pidió dos días.
-   ¡ Total, no llegaría para el ceremonial! – dijo mientras comenzaba el trajinar del viaje. Su estricto vestido negro, medias y moño negro, le daban la apariencia de un precioso murciélago pequeño. Era un puñado de huesitos y carne magra.
                        Partimos el jueves 23 de agosto, con un temporal de aire gélido, que más parecía Julio. La camioneta rebozaba bultos, ya que Atenea, juntaba todo el año cosas para la gente de “Pedemonte”. Eran verdaderamente cadenciados. Ropa, zapatillas, frazadas, ollas y cualquier cacharro, iba a parar al dormitorio que servía de almacén.
                        La estancia “Pedemonte” quedaba junto al río El Refugio, bajo el Cerro “El Volcán”. Cuatrocientas hectáreas de una tierra árida pero en la que se podía criar animales. A veces vacas otras,  oveja y chivos. Los tíos, nunca se atrevieron a echar a los aposentados por respeto a las tradiciones. La gente ruda, agradecida cuidaba todo como si fuera de ellos. El tío, les pagaba con ganado y lana. También podían tener guanaco y llamas. La lana es muy buscada y ganaban buen dinero con todo eso. Llegamos tras cinco días, atravesando medio país. Cansados y mustios. Atenea, estaba triste y alegre. Vería a sus queridos montañeses. Los chicos, que nacían año a año, la tenían por madrina. Ella era su referente y guía.
                        La casa desierta parecía un museo en refacción. Daba escalofrío atravesar esas enormes habitaciones y pasillos con el eco de las pisadas en el pavimento helado. Don Aquino, encendió leña en todas las chimeneas y caldeó el estar y los dormitorios. Trajo una paleta de guanaco y en un caldero de hierro, hizo un cosido con verduras de la casa. Una vez que comimos y nos quedamos a charlar, llegó Lorenza. Era quien cuidaba a los tíos. Relató sus últimos momentos con la serena sensación del deber cumplido.
                        Nos dormimos tranquilos y satisfechos, sabiendo que nos esperaba un largo trajín: ordenar la casa. Atenea, como siempre, se despertó al alba y preparó un desayuno digno de sus manos mágicas. Luego nos organizamos. Leonardo revisaría todos los libros de ingreso y egreso del escritorio del Tío. Yo, me dedicaría al dormitorio principal y Atenea al salón de estar y costura. Así comenzó la gran aventura. Abrir el enorme ropero fue un acto sublime. El gran espejo de luna, reflejaba el brillo que hubo en un tiempo lejano en esa casa. Encontré vestidos de seda con encajes a bolillo, de terciopelo con pasamanería francesa y camisones, negligé y ropa íntima de una exquisitez incomparable. De un pequeño cajón cayeron unas viejas cartas. El papel amarillento, aun conservaba el perfume a violetas que usaba la tía. Las dejé. Me llamaban. Me negué. Me gritaban… léeme. Caí rendida a los pies de la cama. Con las cartas comenzó un viaje por un mundo increíble. Temblando abrí la que me pareció más vieja:
                                                                                  París, 3 de febrero de 1926.
            Mi amada Mafalda:
                                               La nieve cae sobre los Campos Eliseos. Tengo frío y hambre, pero no por este clima extremo sino por tu ausencia. ¿Cuántos días hace que no te puedo abrazar? ¿Cuántos que tu boca no deja su sabor a durazno maduro en la mía?   He alquilado un altillo en Saint Ferrier y Gotard, es una callecita encantadora, llena de gente amable que vende verduras y pastelería. La “patrona” controla a todos los habitantes de esa inmensa casa. Los hay de Grecia, de Äfrica del norte, donde la France tiene sus colonias, de Japón y China… es como estar en el mundo entero. Algunos apenas hablan el idioma. Otros, como yo, que lo aprendí de pequeño, ayudamos a entenderse a los otros. Ya acudí a la Academia. ¿Creerás que hay muchos “ indianos” como nos dicen acá, aprendiendo de los grandes pintores? ¿Sabes que te amo? Extraño las noches bajo la luna en el río.¡Tu pequeños pechos rosados en mis manos…tu vientre sobre mi cuerpo rústico…! Mafalda, deja tu familia y ven a mí.
                                               Te espera tu amado Paolo.
P .D :/  escríbeme pronto porque voy a enloquecer. Recuerda que eres mi más cálido recuerdo en el frío del hemisferio norte.
¡Viva la France! Paolo

            La sorpresa me dejó perpleja. La tía Mafalda era una mujer seca, arisca, sin amigos. Nunca tenía una sonrisa. Manejaba la casa como un cosaco. El simpático y alegre era el tío Costanzo. No entendía cómo esa mujer malhumorada había despertado un amor tan cálido. ¿Quién sería el tal Paolo? Nunca oí de él y menos supe que la tía tuviera correspondencia con un artista. De inmediato, tomé un sobre con letra apretada pero delicada. Imaginé que era del joven estudiante. El perfume a tabaco y cuero, me recordó el olor que despedía el abuelo de mamá. Temblando leí:

                                                                       Buenos Aires, 17 de abril de 1926.
Mi adorado Paolo:
                                   ¡Por fin carta tuya! Ya desmayaba por saber si aun recordabas mi nombre. Acá comienzan a caer las hojas de los árboles de Palermo. Yo le pido al chofer me lleve al museo de arte, para así estar de alguna manera junto a ti. ¿Sabes cuánto te extraña mi corazón? ¿Y mi cuerpo? Si supiera mamita que eres mi refugio elemental y tierno, no haría el baile para festejar mi ingreso en sociedad. Me han llevado a un salón donde traen los vestidos de París y yo acaricio las sedas, pensando que son tus manos la que me acarician. El “Círculo social” será el centro de la gran fiesta. Ese día serán presentadas otras muchachas. Entre ellas está Dionosia H., Rebeca Y. Juanita R. y por supuesto yo. Me voy a sentir como ene. Escaparate de un gran “tiovivo”. Horrible y trágico.  Los jóvenes caballeros que asistirán, todos de encumbrados apellidos y jugosas herencias, apostarán a qué estúpida muchacha elegirán para bailar y sopesar si vale la pena casarse con ella o no. Yo, tendré el carnet lleno. Pero mi corazón y mi cuerpo… siempre será totalmente tuyo. Te amo. Mafalda.
P.D. : recuerda enviarme las cartas a casa de Georgina, ¡Nunca a mi casa!. Si mamá se entera que llegan cartas tuyas, me encerrarán en el convento de las Carmelitas Descalzas de Córdoba. Papá te mataría y después a mí. Te amo, Mafalda.

             El llamado a almorzar de Atenea, me sacó del embrujo de lo que estaba leyendo. Me propuse no decir nada y sólo contar las bellas prendas que venderíamos en San Telmo, al regreso. Se paga muy bien ese tipo de prendas y como están impecables serán furor. La charla se diluyó en los negocios del Tío y así pude esconder mi descubrimiento. El tío Costanzo era muy ordenado y tenía todo anotado. Su letra menuda y firme, que aun escribía con una pluma cucharita, había guiado a Leonardo por los vericuetos de la fortuna amasada por los tíos y que sería la herencia nuestra. Leo, estaba eufórico. Aunque aun no encontraba el testamento, estaba seguro que cada uno de nosotros no deberíamos trabajar más hasta la vejez. Tras descansar un rato bajo la galería cubierta disfrutando un café y la maravillosa vista panorámica de las serranías, nos alejamos, cada uno hacia su tarea. Yo deliraba por volver al atado de cartas. Desgajé la cinta verde malva y me volví a sentar en la alfombra. Allí tomé la carta…
                                                           París, 19 de noviembre de 1928.
Querida Mafalda:
                        Tus reiteradas cartas, que llegan con un atraso mayúsculo, me han incitado a contestarte pronto, ya que cada día tengo menos tiempo para perder. La academia, es un hervidero de gente que pulula tratando de obtener de los maestro más y más atención. Ya he pintados varios cuadros y un “marchand” de Rive Goche, me ofreció comprar a nombre de un coleccionista anónimo. El maestro Roubart, me felicitó e instó a que siga dentro de esta escuela llamada expresionista. Hay un loco, pintor de España. Que se llama Picasso, que hace cosas parecidas a las mías y hace furor. Yo también te extraño. Acá me he encontrado con varios argentinos. Algunos viene a gastar fortunas de sus padres y abuelos y otros a tratar de estudiar. Hemos reunido un pequeño grupo y nos juntamos a beber, fumar y probar algunas sustancias que traen de oriente. Es maravilloso lo que puedo pintar bajo el efecto de eso. Me ha permitido sacar mi yo interior. Hay una joven argentina, que te conoce y no hace sino alabarte cada vez que nos juntamos. Es muy simpática y te manad besos. Se llama Juanita. Es amiga tuya, dice, que las presentaron en sociedad en la misma fiesta.
                        Bueno preciosa, sigue esperándome. Te amo. Paolo.
P.D.: recuerda que me debes una fotografía tuya, para que pinte. Recuerdo todos los amigos que dejé allí. Te quiero Paolo.

Atenea, se acercó silenciosa por el pasillo y asomándose indagó el porqué de mi silencio. Yo no pude evitar mostrarle las cartas. Ella sonriendo me dijo: -“ yo conozco toda la verdad”- y con una risita nerviosa regresó corriendo a la sala donde estaba trabajando. Yo la quise seguir, pero de una de las cartas, cayó una fotografía amarillenta con el rostro afilado y simpático de un hombre joven. De cabellos largos, cejas delicadas y labios gruesos, miraba hacia el horizonte en una postura un tanto estereotipada. Detrás había un paisaje artificial con cortinas de paño. Su traje, era muy desestructurado para la época. : 1930. La tía Mafalda era tan susceptible y trágica, nunca se sacó el luto por la muerte de su madre. Esto suponía yo. Pero…

                                               Buenos Aires,  24 de diciembre de 1930.
Mi amado Paolo.
                        Han pasado casi 18 meses, que no tengo noticias tuyas. Ayer en el Hipódromo en Palermo, nos encontramos con Juanjo Andaerrechea, que hacía correr una yegua que importó de Arabia, y me dijo que te vio en París. Habló mucho de ti. Que estabas muy delgado, que pintabas cosas muy extrañas y que te las sacaban de las manos los coleccionistas. No me quiso decir con quién vivías, pero estoy sospechando que una mujer cubre mi lugar. No puede ser que ya me han devuelto más de veinte cartas desde tu vieja dirección. Él, Juanjo, me trajo la nueva y esta carta va a tener el privilegio de llegar a tus manos. Dime con sinceridad qué debo esperar. Yo te sigo amando.
                                               Tu olvidada Mafalda.
P.D. : Me contó Juanjo, que el cuadro que pintaste con mi fotografía está en una galería muy importante de París y que te han ofrecido fortunas para comprarlo y que te niegas. ¿ Dime por qué? Si aun me amas vale, sino véndelo y disfruta de la vida. Mafalda.   

Con una curiosidad increíble, me volqué a buscar las otras cartas. Luego de revisar cartas y tarjetas de amigos y viajeros conocidos de Mafalda, encontré la tan ansiada carta de respuesta de Paolo. Y lágrimas inesperadas se fueron deslizando por mi mejilla.
                                              
                                               París, 5 de febrero de 1931.
Mi querida Mafalda.
                                   Quiero ser sincero. Mi amor por ti se ha transformado y si bien sigues estando en mi corazón, son tantas las leguas que nos separan y la vida aquí es tan diferente que te ruego me comprendas. He triunfado en Europa y París me tiene como a un niño mimado. No regresaré a ese país de ignorantes, que se reiría de mi trabajo, como se rió de las obras de Picasso, cuando éste trató de hacer una muestra en Buenos Aires. La sociedad porteña es muy mediocre y sólo venera a los cautos que pintan de acuerdo a lo que los abultados vientres de ganaderos y terratenientes pueden poner en sus salas.
                                   Tienes derecho a hacer tu vida. Recuerda cuánto te estima mi primo Costanzo quien me pregunta siempre cuando  pasa por París , por ti. Él, está cerca de ti y no lo ves. Sería un excelente marido y padre de los hijos que nunca tendremos. De alguna manera correrá mi sangre en la de tus hijos. Sólo te ruego que bautices a uno con mi nombre. Será el heredero de mi amor que se fue diluyendo a la distancia. París, me atrapó en todo. En mis largas caminatas por Montparnasse y la campiña, rememoro los paseos de tu brazo y pienso que he perdido mucho. También he ganado mucho en mi inspiración y mis obras. Tu retrato está en la galería de expresionistas de París, finalmente lo vendí con mucho dolor, pero puedo volverte a pintar mil veces, como hace un amigo mío. Su nombre es Salvador Dalí y vive en España. Pinta a su amada Gala una y otra vez y siempre es más hermosa, como imagino estarás tú.
                                   Es difícil decir adiós a un amor como el nuestro, pero nadase rompe, sólo quedará en suspenso hasta que algún día nos volvamos a ver. Recuerda mi primo Costanzo te ama secretamente y yo estaré jubiloso si tú accedes a casarte con él.
                                   Nunca me olvides y yo nunca dejaré de pronunciar tu nombre sin saborear tus besos de otrora.
                                   Afectuosamente Paolo.
P. D. : te envío una foto para que veas qué viejo y feo soy. Hasta la próxima primavera que vendrá Costanzo a visitarme a París. Seguro de Luna de Miel, contigo. Paolo.

                        Las letras estaban borroneadas por las lágrimas y mirando la fecha, descubrí que la Tía Mafalda desde el año treinta usó luto. Por su ropa y la moda, hasta en la foto de su boda el vestido era negro, cosa que escandalizó a medio país. La sociedad no podía entender a esa chica que entraba a la iglesia catedral con un traje de novia totalmente negro. Yo comprendí el porqué.
                        Cuando nos juntamos a cenar, Atenea, nos relató el resto de la historia. La tía se casó con el primo de Paolo, pero éste al comprender que ella había “amado” a otro hombre antes, nunca la tocó, no durmieron nunca juntos, por eso no tuvieron hijos. Y así él, logró vengarse de la “vergüenza” que significaba haber caído en la trampa social de su familia que trató de tapar el deshonor de Mafalda. Yo, dijo, soy la hija ilegítima que tuvo mamá y que escondieron. Jamás Paolo supo que era mi padre. Ahora, comamos y bebamos por el amor más triste y frustrado de la familia.