Mostrando las entradas con la etiqueta Graciela Elda Vespa- Beca. CUENTO. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Graciela Elda Vespa- Beca. CUENTO. Mostrar todas las entradas

miércoles, 20 de mayo de 2020

INFIEL



Apesta el olor a fritura en la galería. Los visillos dibujan filigranas sobre el corredor que lleva en damero a los fondos de la casa. Es vieja. Hace calor y hay humedad. Las chicharras clamorean sus atractivos sexuales buscando aparearse. Una modorra manifiesta se despliega en los dormitorios. Ventiladores perezosos desdoblan sus aspas gastadas, con zumbidos de insectos invisibles, sobre las sábanas de algodón que clarean las sombras. Hay perfume a clavo de olor, canela y vainilla, mezclado con otro hediondo. Puro sexo. Vómito y mierda.
Fantino yace semidesnudo bajo el sopor del vino y la cerveza. Ron y cachaza, noche tras noche, amancebado con las busconas de Puerto Las Palmas. Un vientecillo suave, mueve las cortinas de una puerta ventana, atrayendo aire con hedor a río que se entrevera con aromas interiores de la casa. Aire que espanta moscas y mosquitos que, en la oscuridad sacrifican, con su necesidad de sangre, la grosera piel del ajumado moreno.
            Temprano ha comenzado el ruido de los carros que llevan la pesca y los mariscos al mercado. Los gritos de los hombres que trabajan no lo despiertan de su interminable borrachera. Una gallina atrevida ingresa en la habitación en penumbra y picotea el piso donde hay restos mutilados de comida derrochada en la jarana. Nadie se atrevería, como el bicho, a acercarse. Seguramente, un zapatazo sería la respuesta. Sin embargo Nunila, escoba en mano, limpia el patio de tierra sacándole brillo al polvo cerca del catre. La cadera sazonada sostiene la enorme falda, de algodón blanco, que arriscada atesora su cuerpo mulatazo.
Las manos hábiles fabrican, para curiosos y extranjeros, metros y metros de puntillas en las sombras de la tarde, cuando espera el grito de Fantino que la llama. Odia esa voz. Odia al hombre. Odia el mundo y a las hembras que venden su cuerpo a esos machos y al infame gordo alcoholizado. Su marido. Está siempre tirado, pensando vivir sólo para copular noche tras noche, incluso contra la voluntad del cuerpo que apenas se resiste. Grotesco. Inmundo.
Nunila fue bella. Morena de ojos claros y larguísimo pelo ondulado con brillo de perlas negras. Creyó en él. Creyó que la sacaba del infierno donde vivió hasta los doce años. Del rancho, donde cada hombre era más y más bruto con el ron o la ginebra en su cuerpo infantil. Estaba allí, ahora, en la semi oscuridad de la vieja casa que guardaba un secreto. Antiguo caserón con estirpe de épocas pasadas, donde la riqueza relucía entre los marrulleros comerciantes que traían oro y plata de las minas del interior. También esmeraldas y putas.
Cada barco que atracaba era un escándalo en el puerto. Atiborrado de mujerzuelas y borrachos. Gritos y peleas, que acababan en las zanjas con sangre de algún infeliz nunca buscado por alguien.. Marginales. Para Puerto Las Palmas no había una ley y, si la había, nadie sabía cuál era.
Nunila en silencio sobrevivía al horror de todo ese horror. Callada, cocinaba plátanos fritos, marisco y pescado, arroz con cerdo y especies. Nunca le dio ni una moneda, el Fantino. Nunca. Sólo vivía de las manualidades. Pagaba a algunas rameras con los pocos billetes que conseguía de los extranjeros que en el mercado, se enamoraban de los encajes que elaboraba con habilidad de maga. Le daba dinero propio a las putas que tenían hijos criados por abuelas del campo.
 El áspero vino fiestero y el alcohol de caña, lo traía Amancio —socio de su marido— que en realidad era el dueño del burdel y de hembras robadas con engaño del interior empobrecido. La casa era de la suegra.
La morena era fiel. Era Nunila la “mujer” de Fantino. Salía, con el turbante entramado, que escondía el tesoro de pelo que usaba en una ceñida trenza. Ronroneaba cadencia la pollera suelta que le cubría hasta el tobillo. Descalza. Seria. No era igual a esas infelices que traían cada noche a la bullanga.
            A veces, se atrevía a los altos, por la escalera desvencijada y entraba en la gran alcoba de la señora Santina, la suegra muerta; y abría los cofres cubiertos de mantos de seda filipinos. Se ponía uno de aquellos trajes de seda que fueron la gloria de la madre de Fantino. Soltaba la cabellera. La sujetaba con peinetas de carey o nácar; y usaba los aretes de oro y zafiros que escondidos en un pequeño cajón de la cómoda, dormían en descanso de tiempo. Se transformaba en señora. En dama. Caminaba sobre la alfombra de Persia. Se daba aire con el abanico de plumas de ave del paraíso. El espejo le devolvía un fantasma. Gloriosa su belleza nativa. Majestuoso su porte de reina. El preferido era el verde agua, con encaje de Bruselas. Las enormes enaguas de lino aún conservaban la fortaleza del almidón. 
Nunila parecía una pintura arcaica de la colonia moribunda. El cuadro era de otro siglo. De otra vida. Después se desvestía, guardaba su secreto y volvía al traje de algodón blanco y al turbante. Nada sacaba para sí, su marido, si la atrapaba, le daría tantos palos como pelos tenía en la cabeza. La señora Santina su suegra, esa que ella cuidó hasta la muerte y que nunca la consideró esposa del hijo idealizado, no permitiría su travesura. ¡Si viera a Fantino! Borracho todo el día, encamándose cada noche con una, dos y hasta tres mestizas del puerto, cuando ella se encerraba en el dormitorio. Caería en otra apoplejía como la que sufrió cuando supo que, su finado Evaristo, tenía una manceba con nueve hijos por ahí, en las afueras del Puerto. Hijos que, por supuesto, hizo desaparecer sin recelo de la zona pagando a unos matones sin escrúpulos, antes de caer en esa inmovilidad que la desquició.
            Después, con el tiempo, la mulata tomó por costumbre pararse frente al cuadro de doña Santina para hablarle. Como le charlaba en el lecho, mientras le curaba las escaras evitando que se infectara. El calor era una molestia que irrumpía a destajo con toda clase de bichos, casi invisibles, que picaban y mordían la piel dejando heridas. ¡Insectos infernales!
 Otras veces, cuando le daba de comer, la madre se negaba a abrir la boca y algunas lágrimas corrían por su piel lechosa. Ella, con un pañuelo secaba una a una y le acariciaba la frente. Igual, nunca la quiso. Nunca devolvió un gesto, una palabra, nada. Nunila, bella mestiza, era hija incestuosa, tenía madre-hermana, negra y el padre blanco y borracho empedernido de ojos claros. Por eso alardeaba la mujer de los propios. Eran de cielo cambiante y, según se avecinaba una tormenta, mutaban en destellos tentadores en una mirada profunda. Un día en la feria, tropezó con un hombre que le dijo: ¡Hembra tienes ojos de mar tormentoso! ¡Sí que eres bella, serías mía si te atrapo! Huyó, dejando abandonada la cesta con la compra, sobre un mesón de madera en la calle.
Provocada por la seducción de las palabras escuchadas escapó. El hermoso extranjero trató de atraparla, corrió, pero lo evitó desapareciendo entre los callejones malolientes del puerto. Después, lloró su destino. Entre los paraísos en flor, lloró su suerte.
            Al regresar una mañana a la casona, un grupo ruidoso de gente; entre ellos dos vecinos que siempre la codiciaron, y Amancio la esperaban. Algo extraordinario había ocurrido. Fantino salió gritando por la calle. Cayó como partido por un rayo en las piedras mugrientas de la acera. Balbuceó algo. Una espuma blancuzca le burbujeaba entre los labios. ¡Nunila ayúdame! ¡Santina vino a buscarme! ¡Mamaaaaá! Luego, dando un revolcón en tierra, quedó sin conocimiento. Los ojos en blanco y uñas amoratadas como los labios. Fue lo último que se vio en él, antes de que se hundiera en la perplejidad de la muerte.
            Nunila con el señorío y silencio de siempre, redujo todo a un sepelio corto. Sin ruido y sin llanto equívoco. Pocos conocidos fueron para acompañarla. ¡Mejor!       
            Despachó con fiereza a prostitutas y al Amancio. Los parroquianos salían disparando cuando les tiraba con lo que tenía a mano. ¡Vuelvan a sus mujeres! Les incitaba. ¡Vuelvan a ser hombres de verdad!
            Una semana más tarde, limpió la casa. Pintó con cal cada habitación, lavó y cepilló ventana por ventana, mueble y piso, dejando que la luz de la vida regresara a la vivienda. Se transformó en la dama que soñó ser. Con la tela de los vestidos de doña Santina se hizo ropa a la moda de la época, se adornó el cabello con aquellas peinetas de la difunta y habilitó el salón, para que allí, se aprendiera a fabricar encaje. Pronto, las muchachas de otros barrios llegaron para aprender. El murmullo de las voces juveniles, le cambió el estilo a la zona.
            Un atardecer, estaba sentada Nunila en la galería, cuando vio que bajaba por la escalera misia Santina, resplandeciente con el traje de seda amarillo pálido, le tomó la mano y dejó en su palma una caja llena de joyas, que nunca supo, ni Fantino, que existían. Luego, le dio un beso en la frente y salió por la galería desapareciendo para siempre entre los jazmines.   

viernes, 9 de noviembre de 2018

HUYENDO




            Buscó desesperada un teléfono público en el barrio. Miraba por tras su hombro esperando que él, la vendría a buscar y la arrastraría a la casa. Nadie caminaba a esa hora por allí, pero se sentía perseguida, observada y esperaba otro castigo.
            Se casó enamorada y como joven sin experiencia, ciega a los pequeños tic que le había mostrado él. No hables con las vecinas. No quiero ver a tu familia cerca. Esas taradas de amigotas que tenés ni que se acerquen.
            Se casó con el vestido blanco de su madre que lloraba intuyendo cómo era ese hombre. La llevó a vivir en una casa de campo. Solitaria y a los nueve meses tuvo el primer niño. No permitió que la atendiera un médico y su familia sólo la pudo ver una vez. Al año tuvo a la niña. Todo era igual o peor. Un día que la encontró hablando con la hermana, le arrancó el teléfono y le dio un golpe que la derribó. Desde ese día arreciaban los golpes, los puntapiés y los insultos. Luego venía con flores y chocolates. Pedía perdón llorando y ella, incrédula aceptaba que él, era así.
            Llegó el tercer hijo y él le dijo basta, ahora no tendrás más chicos. Y usó cuanto método conocía para evitar un nuevo embarazo. Pero, seguían los porrazos y peleas sin fin. Los chicos crecieron viendo a su madre con los ojos morados, hinchada la cara o un hueso entablillado.
            Cuando tuvieron edad, él, los llevaba a la escuela del pueblo. Los dejaba y los retiraba, las maestras no entendían cómo nunca aparecía la madre. Limpios, bien arreglados y educados, no había nada reprochable.
            Ella exploró cómo podía ir al pueblo cuando él, no estaba. Logró caminar atravesando un pastizal y llegar a una placita. Allí vio que había un almacén, una estación de venta de gasolina y una tienda. Observó cuidadosamente para ver si había una cabina de teléfono. La vio de lejos. Corrió y llegó a tiempo para que no se diera cuenta que había salido.
            Esperó pacientemente el día. Armó en una mochila un pequeño bulto con los documentos de los chicos y los suyos. Algo de ropa. Poca para que no se notara que faltaban prendas. Cocinó huevos frescos de gallina y los guardó envueltos en una pequeña toalla húmeda. Esperó hasta cierta hora y salió corriendo por el pastizal hasta la estación de gasolina y pudo hablar por teléfono con su padre: “Papá por favor vení a las once en punto a buscarme a la puerta de la iglesia del pueblo; es de vida o muerte” y colgó. Corrió hasta la casa. A las diez de la mañana salió rumbo a la iglesia del pueblo, siempre caminando rápido. Vio el coche de su padre parado en la esquina. Buscó a los chicos, que asombradas las docentes, le entregaron de inmediato cuando ella les suplicó: “No le digan nada al padre por ahora” y como las maestras vieron los moretones se dieron cuenta que era una mujer maltratada. Además la niña había contado llorando a su maestra cómo le pegaba el papá a su mamá. Salió corriendo, subió al coche y raudos escaparon del lugar.
            Al día siguiente llegó la policía buscando a su familia el esposo. Ella con sus padres ya habían pasado por el juzgado, demostrando frente a un médico judicial, el maltrato.
            Ahora la dulce madre con sus niños viven a cientos de kilómetros de ese hombre que no supo amar a su esposa e hijos.

lunes, 5 de marzo de 2018

UNA MUJER, AMOROSA


Apoyó la frente en la ventana. Un frío le recorrió la espalda y todo el cuerpo. Estaba muy cansada y quería recordar, tan sólo recordar esos largos días de casi otoño o mejor de principio de invierno, cuando caminaba por los parques y la lluvia  le corría por la espalda y le mojaba todo...rostro, manos, piernas, en fin llegaba al departamento totalmente empapada. Miró por los ventanales y casi no se veía nada. La lluvia cada vez más fuerte chorreaba por los vidrios. Era  muy lindo ver la ciudad desde esa ventana, pero ahora solamente se veían algunas luces de autos que escapaban por la avenida como cucarachas con la luz.
Se volvió lentamente, se sentó y con el control remoto ,reactivó el sonido de la música que había cesado. Nuevamente se sintió feliz de estar viva y de escuchar a Vivaldi. Con un café en la mano, le pareció que tenía todo lo que se puede pedir de la vida. El sonido del timbre la perturbó pero no se asustó, estaba acostumbrada a recibir gente a cualquier hora. Lentamente se irguió y fue hasta el portero eléctrico, pero el sonido era de su puerta.¿Quién podía ser a esa hora?
La voz tranquilizadora de Rodrigo la hizo abrir rápidamente. Allí estaba él, mojado hasta los huesos y chorreante, parecía un fugitivo que esperaba ayuda. No necesitó invitación. Pasó. Esa era su casa. Ella le trajo unas toallas secas del baño y sin mediar palabras comenzó a secarle el suave cabello largo y rojizo. Él se sacaba lentamente la camisa , el jeen y las medias. Las zapatillas ya las había tirado en el pasillo de la entrada. Estaba helado. Le trajo un enorme suéter de lana  y unas pantuflas de color rosado con pompones. Él  se reía como un niño, en realidad casi era un niño. Sus veinte años hablaban de una enorme juventud, pero no de inmadurez. Él era muy maduro para  enfrentar la vida. Le dio un café caliente y cuando ya lo vio con un color humano comenzó a acariciarlo. Él apoyó la cabeza en su regazo y se dejó querer , mimar y soñó.
Ese día ella cumplía como dos mil años. Así los sentía. Los compañeros de la oficina la sacaron casi a la rastra del trabajo y la llevaron a una cantina donde comenzaron a pedir pollo y mariscos y ensaladas y salsas con pastas .Ella quería quedarse sola en la casa y olvidarse que estaba viva. Comenzó a llover, igual que ahora, todos le hacían chanzas para que se divirtiera. La adoraban. Esa mujer era muy especial. Entre todos le dieron un ramo con tres docenas de rosas, porque ella no quería cosas materiales y las flores son las sonrisas del cielo en tiempos de dolor.
En el piano había alguien que  interpretaba un "Chopin" magnífico. El humo de los cigarrillos no le permitían ver  a quien tan bien ejecutaba esos preludios. El murmullo de la gente cesó cuando comenzó a 
escucharse  él " Estudio Revolucionario" , se notaba que ese hombre amaba como ella a Chopin. Se enderezó y alzó su cuerpo intentando verlo. Vio tan sólo un largo cabello de extraño tono cobrizo, que con la luz parecía cobre bruñido. Se paró y se fue acercando, pensó encontrar a un viejo músico  trasnochado, algo alcoholizado y gastado por la mala vida nocturna. En su lugar se enfrentó a un muchachito que apenas tendría quince años y que por su ropa y sus modales era una chico de la calle. Unos enormes ojos color dorado se desprendieron del teclado para mirarla y dedicarle una intensa sonrisa. Muda observó como de un solo trago se tomaba una cerveza cuya espuma caía de la comisura de los labios y se secaba con la manga de un sucio suéter de un color infernal. La volvió a mirar y de pronto comenzó a tocar  "La Patética". Era una de sus melodías favoritas. Desde ese momento fue su protectora aunque él no lo supiera. Ella no dijo nada pero él chico dejó de tocar el piano y se acercó con su mano extendida y ella lo tomó de la mano y se lo llevó. Él nunca había estudiado música pero vivía de ese don especial .Cuando escuchaba una melodía la podía repetir en cualquier instrumento.

Vivió con ella , pero se iba cuando quería .Siempre regresaba, especialmente  en invierno o cuando llovía. Se durmió en su regazo, con el consuelo del amor de ella que siempre lo esperaba con silencios. Nunca preguntaba, pero estaba allí. Cuando despertó había salido el sol. Ella ...ella estaba fría .Ella estaba muerta . Sus casi ochenta y siete años le habían hecho una trampa .Él lloró sobre esas dulces manos. Cerró la puerta del departamento y partió.
Él  la amaba, nunca había amado tanto a una mujer. Sabía que era ridículo y que ella nunca sabría ya, que  él ,la amaba no como protegido ,como niño, sino como aman los hombres que saben el dolor del amor  imposible, entre un joven de veinte años y una anciana.



                                                               


viernes, 9 de febrero de 2018

LEYENDA MENDOCINA

 EL HIJO DE LA VEJEZ.

                               

Los viejos habían subido hasta el corazón mismo del cerro. El frío dejaba azuladas y secas sus manos apenas cubiertas por piel de mará. Los golpeaba el viento. Pero el sacerdote - brujo, les había exigido eso. Ya Mismiya cumpliría ese verano treinta años. Ya era casi imposible tener un hijo. Los dioses se lo negaban y las ofrendas año tras año eran más difíciles. Caminaron en círculo alrededor de un nido abandonado de cóndor. El gran Padre de las Montañas. Luego derramaron aloja y chicha. Armaron altares de piedra que adornaron con hojas de coca y churqui. Acomodaron entre las piedras una ofrenda con la imagen de un niño con vestidos hechos con lana de alpaca. ¡Su pariente había viajado catorce jornadas hacia el norte buscando la lana tan codiciada por los dioses ¡  
            Cantaron a voz en cuello los cánticos antiguos. Lloraron sobre el nido y dejaron sus trenzas en él. Pasaron cada día y cada noche con la esperanza de regresar y concebir al hijo.
                        El retorno fue duro. La rocas afiladas rompían el cuero de sus ojotas. Sus pies sangraban e iban marcando un pequeño camino entre los pajonales. Eran Huarpes. Su grupo estaba muy separado de los grandes centros habitados por la gente Mapuche y Arauca. Tenían su pequeña tierra trabajada en terrazas con maíz y papas. Un corral con diez guanacos servían para trasquilar lana y tener leche. La carne era muy valiosa y la charqueaban para los largos inviernos del Cuyun. Llegaron a su casa de piedra y paja. El techo había volado y debieron `acoyararse´,  entre unos algarrobos hasta la mañana siguiente.  Kiskpe trajo de los cerros unas marás que se apretaban en una talega de fibras vegetales. Las ubicó en una hoya de piedra para que no escaparan. Tendrían comida por un tiempo. La primavera llegó y Mismiya supo que los dioses se habían apiadado de ellos. Estaba embarazada. La vida fue un canto de cajas y yaravíes. De música interior y amor.
                        El pequeño Mijotenok llegó en otoño. Era un niño moreno con cabello fuerte y ojos oscuros como la noche. Lloró como sus padres a pulmón. Pero sus progenitores lloraban de felicidad. Él lloraba para comer, para llamar la atención y para todo. En la pequeña casa nadie podía dormir. Cada día uno de sus papás debía dedicarse sólo a cuidarlo. El temor que los demonios entraran y se los arrebatara era increíble. Los vecinos reían al ver su desesperación ante el menor signo de dolor. Así fue creciendo...caprichoso, egoísta y remolón. Nadie sospechaba que tendría un extraño destino.

                        Las estrellas de su nacimiento estaban marcadas en un cuero de chinchillón, que Kiskpe, su adorador incondicional, había trabajado con sus muelas hasta dejar finito como un ala de mariposa. Pero ninguno advirtió tampoco que el día que había sido concebido la diosa Luna había tapado al dios Sol. Inti, la madre Tierra seguro pudo evitar ese maleficio, pero los dioses necesitan cumplir sus mandatos superiores.
 ¡ Así, con ese futuro siguió creciendo !
                        Pasaron varios años. Mijotenok, era travieso y hasta malicioso. Gustaba de mortificar animales y personas. Los niños evitaban jugar con él. Sus padres sentían que era por la belleza de su hijo. No entendían que el muchacho hacía cosas perversas. El amor les impedía aceptar el consejo de los ancianos. Ellos advertían la mala intención de los juegos y tareas del jovencito. Un día que su madre no le hizo una comida de su gusto tomó un palo y le golpeó la espalda. La mujer lloró pero se inculpó frente al padre. Éste callado miró con pena pero no se animó a castigar al hijo. Nunca quiso ayudar en la tarea de plantar y cosechar. Tampoco quería servir a su padre en labores de pesca o caza; ni en la recolección de semilla de algarroba, ni de miel.
                        Salía a vagabundear solitario rompiendo nidos y madrigueras. Matando pájaros o pequeñas bestias. Disfrutaba ver desangrada a las ranas y lagartijas.
                        Los padres, ya ancianos, veían que su Mijotenok era un ser despreciable a los ojos de la tribu. Nadie lo quería y todos lo evitaban. Arreciaban los palos con la fragilidad del padre y la madre, que ya no servían como antes al hombre. Astuto y maligno, los dejaba pasar frío, sed y hambre. Así, primero partió Mismiya, una tarde de frío invierno. Como pudo Kiskpe la llevó envuelta en la mejor manta de pelo de llama que aún tenía. La cubrió de piedras como era su costumbre y al regresar encontró su casa abandonada y revuelta. Mijotenok había sacado lo poco de valor que tenían y se había marchado. Muy pronto los dioses se acordaron de Kiskpe. Un grupito de vecinos lo envolvió y lo dejó junto a su buena compañera. Un paño de dolor y silencio envolvió al grupo. Nadie preguntó por el hijo.
                        En verano regresó Mijotenok, y encontró la casa vacía y desprovista. Comenzó a golpear a los hombres y mujeres que se cruzaban silenciosos por su camino. Borracho, la chicha lo había convertido en un demonio. Gritaba y maldecía. Nadie respondía a su grosería. Así entre borrachera y borrachera, su cuerpo débil, comenzó a sufrir alucinaciones. Veía a sus padres por todos lados. Corría por las veredas de los cerros vociferando. Trataba de alejar las visiones. Solo, estaba muy solo. Una mañana de primavera cayó en un precipicio a la vista de algunos hombres del caserío. De su cuerpo yerto salió como despegándose de entre sus brazos una enorme ave negra.
Así nació en estas tierras el "jote", ave de rapiña que sólo come carroña.

                        

martes, 30 de enero de 2018

UNA SELVA LLENA DE SECRETOS

El paso imperceptible de su pie transformaba levemente la selva. En la espesura verde, nada estaba inmóvil, excepto su cuerpo frágil. Tenía que llegar pronto. Un príncipe esperaba sus adornos divinos. Ella era la mensajera que transportaba el collar y la diadema recién terminada por los sacerdotes. El templo casi despoblado estaba en medio de la enmarañada fronda húmeda. La larga fila de servidores llevaban a su "dios humano" sobre los hombros. El joven tenía que cumplir con el rito sagrado. Ella era la servidora. Hacía tres lunas que después de su primer sangrado la había separado el Chamán para su consagración definitiva. Su largo cabello se enredaba en las ramas bajas de los ficus gigantes. Arrancaba su manojo de pelo y continuaba ágil por la tierra mojada. El perfume de hongos y musgo le advertía la presencia de alguna alimaña escondida. Se detuvo un instante a contemplar una magnífica cascada que desgajaba una miríada de gotas de agua. Estaba espejada en ese arco iris húmedo. Las rocas eran negras entintadas de vetas rojas y esmeraldas. ¡Ya se acercaba al final del recorrido! Su cuerpo desnudo, sólo cubierto por pequeñas plumas blancas que tenía adherida con la sabia de los ficus y otras plantas, le daba un aspecto de ave. Su mórbida piel morena y fresca, parecía cubierta de cristal. Una fina película de aceites vegetales le rociaban de pequeñísimas gotas de sudor. Su olor se mezclaba con el de las plantas. Qhlextal caminó rápido. Recordó las palabras del anciano Yuxtlok... - ¡Pequeña hay en el valle, al pie de las cascadas unos extraños seres-demonios, de piel clara como la espuma y pelo rojo o amarillo como el sol del mediodía...! Los porteadores de sal, cuentan terribles historias de ellos. Matan con lanzas de fuego a quien no le entrega sus petos y sus tiaras. Sólo buscan el metal de los dioses. No respetan al enemigo cortándole la lengua y luego la cabeza para los dioses... Debes llevar sin ser vista por ellos, los adornos reales. Tú eres la elegida.- Así repetía la fugaz orden la niña. Su rey estaría en breve, listo para cubrir su bello cuerpo con oro y en la almadía del "dios sol", ingresar al lago donde se ofrendaba con doncellas, guerreros y una interminable carga de objetos rituales del metal de los dioses, representando la vida.
            Sus pies parecían alas. Su cabeza era una gran águila, intentando rodear la zona abierta del terreno. Sintió frío. Un sudor acre le devolvió la sensación de estar viva. ¡No era un sueño!
            El olor de una hoguera la hizo detener. Se escondió en la espesa vegetación. Subió a una rama alta de un " canjerana" gigante y comenzó a mirar detenidamente a su alrededor. Avistó cerca de unas caobas y palmeras  un grupo de animales brillantes, que gesticulaban y proferían ruidos desagradables. Parecían hombres. Llevaban unos ornamentos de piel y terribles bestias de cuatro patas. Se deslizó sin hacer ningún ruido. Sus pies parecían alas de mariposa. No hizo ningún sonido que atrajera la atención de las alimañas barbadas. ¡Esos deben ser los demonios de las regiones del volcán!
            Siguió su camino serpenteando el río. Evitó la zona peligrosa. El sol, ese dios amigo, se elevaba entre los helechos enormes. Las orquídeas y bromelias abrían sus magníficas flores para seducir a los insectos y aves que las polinizarían. El mundo continuaba en su rueda infinita.
            De pronto un olor agrio le advirtió una presencia. Se detuvo conteniendo la respiración. Ella había sido entrenada para no hacer ruido. Una bandada de aníes volaron hacia la laguna sagrada, haciendo del cielo un arco iris azulado. Su grito la sobrecogió. Sintió miedo. ¡Terror en realidad, cuando advirtió a ese extraño, casi a sus pies! Estaba echado, agonizaba por la mordedura de una serpiente "saltadora". Su color verde esmeralda la había hecho invisible al demonio de ojos plateados. Se paralizó. Los ojos estrábicos por el veneno la observaban, ya ciegos. La erizada mano morada le tomó el tobillo. Susurraba algo. Ella quedó petrificada. Rápida la serpiente se deslizó por el cuerpo inerte y comenzó a subir por su costado palpitante. Sobre su piel morena, la sierpe, parecía un vástago vegetal  boquí frutada. Una lágrima se deslizó por su rostro. Ya no alcanzaría a cumplir su misión.
            Un sol débil se agazapaba entre las frondas. ¡Ya no llegaría! Su muerte estaba anunciada en la vieja tradición Tarona- Quimbaya. Cerró los ojos y apretó el cuerpo de la "verde amiga" que clavó sus dientes ávidos en sus carnes juveniles. La rápida ponzoña penetró en su cuerpo y se afirmó en  un árbol viejo. Su tronco le dio reparo y suspiró. Moría en el silencio ruidoso de la selva. Junto a sí, el extranjero pálido, seguía aferrado a su pie.


            El ruido de las bocinas aplacaba el sonido de las voces dentro del museo. La joven guía suplicaba con amables gestos un silencio necesario para hacerse oír. De frente a una enorme vitrina, la bulliciosa concurrencia se quedó sosegada. ¡Un suspiro general recorrió las gargantas secas!
            - Acá está el nuevo descubrimiento del conocido Alan Ochoa Harvey, el antropólogo. Él, los descubrió en la zona de Santa Marta, en una región algo escondida por un terremoto antiguo. Este grupo es de la época Chibcha- Muisca, aproximadamente. Lo sorprendente es que las momias encontradas, son de un español y de una indígena. De acuerdo al carbono 14, son muy antiguas. Murieron en un suceso incomprensible. Juntos se conservaron intactos, gracias a las cenizas volcánicas de una erupción del volcán Vallepudar, hoy dormido. Si observan el cuerpo de la joven, una serpiente se ha clavado en su pequeño seno izquierdo. Allí donde se encuentra la gran esmeralda "Quimbaya". En la espalda se encontró un fardo entretejido de Yuca con los ornamentos más importantes en oro que nos han llegado. Los aros y el collar tienen dioses zoomorfos. Si observan el penacho sobre el casquete de oro, muestra plumas de quetzal y aves del Paraíso, con adornos en madreperla. El español, era un empobrecido hidalgo, que llegó hasta aquí, sin saber que quedaría como muestra de la invasión bárbara a unas magníficas civilizaciones amerindias.
            Los " flash " de un sinnúmero de cámaras fotográficas inundó un instante el cálido sitio. Un sonido agudo producido por un joven estudiante colombiano, interrumpió el desprejuicio de los turistas. Aquí parece que los carteles con " Prohibido sacar fotos" no son impedimento para el cúmulo de curiosos.

            ¡Grande fue la sorpresa de algunos turistas al revelar las fotografías y ver que las momias tenían el aspecto de "seres" vivos! Y que tras el vidrio que las contenía una luz de intenso color azul-verdoso desdibujaba el rictus de dolor de ambos personajes.


jueves, 14 de diciembre de 2017

NO PERSIGAS SOMBRAS... ME DIJO

Juan Nicolás Durán es un escritor poco conocido en la capital. Ha escrito muchos cuentos y poemas, pero nunca se atrevió a mostrar su trabajo. ¡No se tiene mucha fe!
            Tiene un corazón sensible y mucha imaginación; a veces es un peligro para la realidad de este mundo tan ingrato en el que la diversidad se ve muy transgredida y agredida. Pero sus amigos, que los tiene y son muy buenos, le ayudan a repartir en la plaza o en la escuela sus poemas o cuentos impresos en la computadora de la escuela.
            Este año que llegan a fin de ciclo, se irán a estudiar a otra provincia y se disgregarán porque algunos se van becados a otros países o a trabajar. Otros, los menos, seguirán en la facultad en la misma provincia en la que viven.
            Juan Nicolás, tiene a una cohorte de compañeras que lo siguen. Todas suspiran por él, claro, es “el poeta” y un halo de romanticismo  las deslumbra.
            Cuando el profesor de literatura leyó algunos poemas y cuentos, sonrió. Es malísimo, se dijo, pero puede llegar con esfuerzo a ser un poeta. Tiene madera para tallar. Y si lo ayudo tal vez lo logre.
            Lo primero que hizo fue llamarlo y decirle dos cosas: Juan Nicolás Durán… le aconsejo que lea mucho. En especial poesía de todos los clásicos y luego comience con los poetas “buenos” modernos, contemporáneos y también escriba sobre cosas que conoce. Hay que respetar al lector. Aunque sean pocos, ellos detectan enseguida el que miente o es un ignorante. ¿Sabe por qué? Si lo leen es porque leyeron antes a otros; el que nunca lee, no lo va a leer aunque usted le pida de rodillas… así es la vida.
            Y el muchacho se propuso crecer. Y creció. Las bibliotecarias de la zona cuando lo veían sonreían y le traían el alto de libros y sabían que ese día saldrían tarde del trabajo. Conoció a muchos clásicos: españoles, franceses, italianos y hasta rusos. Comenzó a distinguir a los poetas por su estilo y su vocabulario. Se propuso ser un gran poeta. ¡Y lo logró! Pero… como en toda historia real, encontró varias piedras en el camino.
            Los críticos no le hacían gran favor. Los editores eran sabuesos que sólo deseaban ganar con la venta de los libros, ellos no hacen concesiones.  Lo comenzaron a premiar dentro y fuera del país. Eso atrapó celos y envidia de otros que se creían mejores. Hablaban con desprecio de su trabajo, pero el apoyo de unos amigos lo ayudó a superar ese triste sentimiento: la Envidia.

            Conoció en una presentación de su cuarto libro a una muchacha espléndida. Culta y buena. Ciega, gran lectora en sistema Braile. Ella lo acompañó un trecho en su carrera pero su noviazgo se vio interrumpido por una beca que Juan ganó.
            Pasó un tiempo y fue declarado el mejor poeta del momento. La fama le llegó de la mano de un profesor de Harbar que luego de leer su mágico crecimiento le dijo: ¡Mi querido muchacho… le aconsejo que no persiga sombras, dedique el tiempo a seguir creando intuitivo pero novedoso. Me gusta su palabra y su silencio. Tiene mucho talento aprovéchelo!
            Al año siguiente fue un premio Internacional y propuesto para el Cervantes. Su nombre estaba en todos los medios, mas él, no se subió al podio de la soberbia. Su gran valor fue seguir soñando con las palabras y los sentimientos.
            

lunes, 25 de septiembre de 2017

DE TRENES, HOMBRES Y OTROS DICHOS

TRABAJANDO EN LAS VÍAS

El punto rojo del cigarrillo se destacaba en la oscuridad. El vapor que salía de la locomotora parecía un fantasma socorriendo a los vivos. Sólo un muerto, puede dar esa sensación de humareda vaporosa y frágil.
Los chirridos de las ruedas sobre los rieles aquejaban los oídos, a pesar de ya haber perdido casi toda la capacidad de escuchar de los hombres de ese rincón de los trenes.
Con tanto humo seguían fumando para apaciguar la soledad. El miedo de perder un miembro cuando se movía un vagón o se caía una de las pesadas ruedas o ejes del tren que arreglaban. No se podían distraer. Para evitar la muerte o quedar como el Ramón Oviedo, en una silla que le fabricaron los compañeros en los talleres.
El olor del cigarro los concentraba en su mundo. Los trenes.
Deoclesio se limpió con estopa la grasa y sacudió el pantalón con tanta fuerza que sin darse cuenta dejó manchas de sangre en su trasero. Tenía agrietadas las palmas por el duro esfuerzo. No sentía dolor. Era como una queja de su cuerpo eso de andar dejando huellas rojas en la ropa. Un día alguien al pasar le comentó que parecían flores las manchas. ¡Qué coraje! Flores… esos pedacitos de piel que se iban quedando dormidos en los rieles o en las herramientas.
Un sacudón lo sacó del embrujo, en el mismo instante comprendió que se había distraído y pudo ser “finado”. Y, ¿qué le pasaría a la Aurelia si el se marchaba como el vapor del tren? ¡Nada! O tal vez un poco más de miseria. Ya estamos acostumbrados.
El Florencio le pegó un grito, que apenas sobresalió del chasquido de los fuelles del viejo mamotreto que estaban reparando.
-¡Deoclesio, pase una pinza y la “francesa” que dejó en el banco del taller!- y se escabulló entre los maderos de la factoría haciendo un mutis con los alborotados sonidos que ya le atormentaban. Tomó las herramientas y miró con ganas la puerta de salida. Le faltaba como una hora para que sonara el silbato de final de trabajo.
- Acá tiene, masculló no la pierda como la semana pasada que después hay que pagarla.
El movimiento de los fierros les contagió una breve euforia. ¡Eran los mejores! Sacaban trenes de esas chatarras destruidas por el herrumbre y el carbón.
El agudo sonido de la sirena los reconfortó. Dejaron la máquina y guardaron las piezas y útiles para no tener que pagar de su magro salario. Pero Deoclesio no vio la maniobra de su compañero que escondía una de los instrumentos de más valor.
Al llegar a su casita, pequeña pero cuidada con esmero por su mujer, dejó su ropa de trabajo y dándose un baño, se acomodó en el sillón que desvencijado se adaptaba a su cuerpo. Tomó unos mates y escuchó unos tangos en la radio. Luego llegaron los hijos del centro donde trabajaban y cenaron; después, se fueron a terminar el colegio en la escuela parroquial. ¡Si no tienen un título, serán siempre como su padre, un obrero que gana poco y “labura” mucho!
Se quedó dormido en el sillón. Lo despertó una sirena aguda, no era la de la fábrica. Incendio en el conventillo de la vereda del sur. Salió para ver si podía ayudar, no le permitieron acercarse. Clavó la vista en el fuego y supo que el tren a vapor iba a desaparecer. Como no lo había pensado antes. ¿Qué trabajo haría él, si se terminaba el ferrocarril a carbón? Miró la alta columna de humo negro y suspiró. ¡Dios no permitas que se cierre el taller!
Pasaron unos años y sus hijos con su título a cuestas y con la clausura de los trenes a vapor, lo jubilaron. Ya no tenía que pelear con la grasa, ni el carbón ni el hollín, ahora podía conocer otra zona de su ciudad, ir con su “vieja” al cine de barrio y sentarse a tomar un café en el Bar Los Nombres del Amor” que estaba enfrente de la estación de trenes eléctricos. Descubrió que su compañero había robado tantas herramientas que se había organizado un taller de reparación de autos y de puro “macho” le colgó en la puerta una noche, un cartel que decía:¡Ladrón…! Y se armó un gran revuelo y él, lo disfrutó cuando llegó en un auto de la policía esposado. ¡”Chorro”! Tuvimos que pagar con nuestro sueldo las cosas que te “afanaste”. Y se fue riendo porque el Florencio lloraba cuando se lo llevaron a la comisaría.

Al final él, era el héroe de esa historia, se acomodó la medalla de oro, que le dieron por los cuarenta años al servicio de los ferrocarriles y que tenía su nombre: Deoclesio Martínez.

lunes, 10 de octubre de 2016

1° parte CUENTO

VATICINIO

            La depositaron frente al portón del Instituto de Menores. Era menuda y tranquila. Esperó a que alguien se acercara sin hacer demasiado ruido. La encontró el portero, hombre rústico que conocía a cada niño del hogar. Llamó a la regente, que se acercó mirando con sorpresa a la pequeña. Ésta, no quiso que la tocara y trató de quedarse allí. Pero fue imposible. Don Lelio la tomó como quien alza un paquete grande y la llevó al interior del orfanato. Parada sobre el escritorio parecía una figurita de greda cocida.
La mujer la estudió.  Observó detenidamente su rostro, su ropa de buena calidad, sus zapatos y el cabello limpio y bien cuidado. Descubrió, bajo el saco de lana tejido, una papeleta arrugada con la palabra: “Lunática”. Ambos rieron porque una cosa así, tan chiquita, era imposible tratar de “loca”.
Unas breves preguntas y la señora supo que se llamaba “Anunciada”; que tenía tres años, ya que mostró tres deditos. Estaba callada. No contestó nada más. La llevaron con una asistente. Renata, la joven auxiliar, le puso ropa adecuada. Continuó en silencio. Después de varias semanas, tan pronto cantaba o reía como lloraba sin motivo o gritaba en la oscuridad.
Se quedaba en un rincón lejos de las otras niñas, ya que la mayoría eran deficientes o con síndromes extraños. ¡“Generalmente abandonan por esa causa a las niñas!”, solía decir la directora. Pero ella era hermosa, sana y había sido alimentada. ¡Era muy extraño.¿Qué había sucedido con sus padres?
Cuando Anunciada se acostumbró al lugar, se acercaba a las pequeñas si le parecía que estaban en peligro o hacían algo que les podía producir un problema. Tanto Renata como don Lelio, observaron que desde su llegada, las huéspedes no habían sufrido accidentes tan comunes a esa edad y en ese lugar.
Un día, la asistente entró al dormitorio y la observó acunando a una nena afiebrada. La consolaba. Le sonreía y su mano blanca y chiquita, acariciaba su frente calmándole el dolor. La sorpresa fue grande. La asistente comentó con la directora y todo el personal y comenzó a mirarla de otra forma. Era una niña singular.
Pasaron dos años. Nadie quería que se alejara, pero no podía quedarse. Por orden superior, tanto tiempo en el instituto era imposible. Con dolor debieron desprenderse de ese ángel llamado Anunciada.



La entregaron a una familia sustituta como era de suponer. Así es la Ley
            En la casa adoptiva, estaba más silenciosa. Tenía miedo. Al cumplir los siete, la madre del corazón, la descubrió mirando unas fotos viejas y Anunciada le fue diciendo el nombre de cada uno de los que aparecían en ellas. Nunca, la mujer, había nombrado a ninguno. La niña “insólita” conocía si vivía o estaba muerto, si visitaba la casa o hacía años que no se veía con su actual parentela. Cada vaticinio que expresaba, sucedía fatal e inefablemente.
Nada resultaba claro. Cada augurio se concretaba siendo inexplicable para el entorno. Ella no llegaba a comprender “eso” que le sucedía. Se distraía con los ruidos; urgiendo a las sombras a irrumpir en el vacío. Veía señales a su paso. De día y de noche. Siempre la tentaban con sutiles engaños. Bajaba la vista siguiendo al instinto de no consentir la trampa propuesta. Absorta, delicada y cautivada con las visiones continuó creciendo

lunes, 22 de agosto de 2016

NIEVA EN LA DACHA- parte 1


NIEVA EN LA DACHA

La nieve caía lenta y pregonaba un día levemente más benigno. Dejó de nevar y el sol se abrió solapado entre las nubes grises. Brillaba el suelo con un albo tan extremo que no podía mirar hacia el huerto. Una rama se desgajó con el peso de la nieve y cayó creando un caos ruidoso y móvil. Una malla de blancura hermosa voló por su derredor. Luego, comenzaron a caer trozos de nevazón tal que se fue acumulando alrededor de ciertos lugares.

Svetlana caminó sobre la breve alfombra y observó el camino. No podía ver el recodo por donde tenía que aparecer el caballo de Igor. Hacía una semana que salió a buscar a Natasha en la estación del norte.

Se sentó y siguió tejiendo. Cesó el ruido de caída de nieve. El viento se convirtió en una brisa apenas y breve calentaron los rayos solares. Pasó un tiempo huidizo y el samovar se enfriaba cuando sintió los cascabeles del noble “Tizón” por la huella del camino. Su sonido familiar trajo un grato cambio. Con Igor había seguridad y confianza ante los imprevistos.

La anciana acercó dos tazas de té caliente y revolvió el brasero bajo la mesa. Puso pequeños carboncillos en el samovar y agregó agua fresca para hacer más de ese delicioso té que trajera Natasha en su viaje anterior. Al ingresar en la casa un aire helado convirtió el ambiente en una escasa bendición. Luego se entibió y sacándose las capas y gorros, guantes y mantas, hablaron sobre el viaje y el trayecto, las novedades la ciudad y aconteceres de algunos vecinos y amigos.

Igor aseguró que la joven esposa esperaba un hijo. Que llegaría en verano y que estaba orgulloso de la fortaleza de la muchacha para afrontar ese viaje con el gélido invierno.

La figura de Natasha se deformaba con la presteza en que se derretía la nieve y aparecían los narcisos y comenzaban a verdecer los árboles.

Una madrugada de febrero nació Yerko. Era un bebé robusto que berreaba a todo pulmón para alegría de la abuela y padres. El cabello cubría todo con un estallido color rojizo y los ojos parecían las aguas calmas del lago, azul oscuro. Brillantes y profundos cuando se posaban en algo o alguien. Se alimentaba con desenvoltura y pasión. Era sano.

Fue creciendo con el amor de la abuela que disfrutaba de cuidarlo y enseñarle a vivir. Las historias fluían de su memoria hacia los ancestros y la mágica perspectiva de viejos cuentos de  su tierra.

La primera navidad fue extraña, el frío impidió a Igor salir en busca de alimentos para aliviar el clima gélido. La nieve tapaba ventanas y puertas, que enorme esfuerzo apaleaba cada mañana junto a su mujer. En un cobertizo “tizón” junto a las ovejas y a dos vacas, se entregaban un aliento vigoroso y vital. Poca pitanza quedaba y así Igor tentó ir a la aldea cercana a buscar  lo que escaseaba. Pasaban las horas y no regresó. Dos días después llegó Ivan, un aldeano con el hombre enfermo. La fiebre devoraba su natural fortaleza. Nada se pudo hacer en ese lugar lejano y duro.

martes, 16 de agosto de 2016

LA TRIGUEÑA


LA TRIGUEÑA.

 

            El matorral cerca la vieja pedrera. Los ficus gigantes ahogan la antigua arcada de ingreso. Esa había sido la otrora mansión de Don Evencio Rojas y Trisón. Aún pueden verse los azulejos portugueses, que traían en los barcos como lastre, y que se usaban para decorar fachadas y banquetas de los portales sombreados. El silencio es sólo roto por el grito de los guacamayos azules. El aire enrarecido por el moho y el olor acre de los postigotes pudriéndose por las tormentas caribeñas, invaden el asolado jardín. Tormentas. Más que tormentas, arrecian lluvias bravías. El cielo se desploma digiriendo la tierra. La casa abandonada. Muerta. Recorta algunas imágenes de anticuados angelotes de piedra carcomidos.

            Dicen, porque lo dicen todos por aquí, que Don Evencio, murió loco de amor por la “Trigueña”. Tenía quince o catorce años la muchacha. Era desdeñosa y altiva. Pobre, muy pobre, eso sí, pero muy astuta. La madre quiso entregársela al “Pirata” pero ella huyó hacia la jungla cerrada. Dicen, porque dicen todos por aquí, que se desgarró el cielo furioso y que salía fuego de los árboles resinosos de sabia amarga. Un fuego helado por el viento grimoso que aullaba la interceptó. Y regresó no más, la “muchacha” descalza y chamuscada. Parecía herida por bestias infernales. Y él, la encontró. La trajo entre los pálidos brazos con pelambre anaranjada. La dejó sola en el sillón de seda y durmió dos días seguidos. Al despertar, dicen, que ella le sonrió y el hombre la cubrió de oro. De monedas de oro. Seducida por el brillo aceptó por un tiempo la lisonja y los regalos. Un día ya no estaba. Se escapó a la hacienda de Tiago Sampayo, el hijo de Don Girolando Sampayo. Dueño de diez mil acres de plantíos de café y algodón, al Norte. Y dueño también de cincuenta y siete esclavos fuertes de África Central. La enamorada, se escondió en el malecón entre las mandingas, que afrontaron castigos de látigo en sanguinarias manos de capataces  feroces.

            Dicen, puedo asegurar, que dicen, que Don Evencio la buscó con desesperada angustia. Indagó. Investigó. Pagó a delatores hasta encontrarla. Ella no quiso volver. Tiago Sampayo la había amancebado. Embarazada, la echó a la calle. Tiago era casado con Petronila Soares Da Silva, dueña de medio país. Con ella tenía once hijos blancos como ellos. La “Trigueña” desapareció de la zona. Y no hubo Dios ni demonio que la encontrara. Se había vuelto niebla, humo, en las tinieblas de la selva.

            Dicen y digo, que cuando ayer me mandó mi dueña a buscar un manojo de frutas maduras del huerto abandonado de la casa derruida…la vi. Era ella misma, pero detenida en el tiempo con un niño rubio mamando su pecho moreno. Mi grito hizo huir a los pájaros y guacamayos azules en una algarabía retumbona. Estaba descalza y con su traje verde claro hecho jirones. El cabello suelto y desparramado sobre su cuerpo flaco. No sé, si por mi grito o por mi terror cuando abrí los ojos ya no estaba. Corrí. Volé, mejor dicho, por el sendero abierto hasta llegar a la cocina de mi dueña. Pálida, dicen, que llegué. No podía hablar. Justina, me echó un trago de aguardiente en la boca. Así pude contarles. Todos se miraban, me miraban asombrados. La señora envió a Bernabé, el mulato, a dar una vuelta por el lugar donde la vi. Regresó tartamudeando y con terror, le suplicó que no lo mandara de nuevo al sitio. La había visto. La “Trigueña” y atrás al difunto Evencio Rojas y Trisón. ¿Fantasmas? No regresaré más al lugar aunque me castigue el ama.

            ¡Ah!, y… dicen que en el mercado del pueblo le llaman, a la casona abandonada, la casa del “Ahorcado”; porque así murió el loco. Don Evencio, loco de amor. ¿Y la Trigueña? Nadie sabe. Pero yo la ví. El mulato Bernardo también. Aún tiene quince o catorce años. Y dicen que vivieron antes de la guerra con los franceses, allá por 1700.

jueves, 11 de agosto de 2016

CUENTO EN DOS TIEMPOS


ENCUENTRO EN PARÍS

 

Conocí a Erasto Van Heink en el departamento de Jean Dorien. Esa noche la Rue de Mortinot estaba tranquila a pesar de ser un día de fiesta. Varios escritores, algunos pintores y artistas de teatro se juntaron para beber champagne y comer bocadillos de paté y quesos. Supe que Erasto ama los bocaditos y el queso francés. Yo también.

Mi memoria me llevó a recordar a este hombre en la época de su juventud, cuando actuaba en la ópera en Milán, Frankfurt y por supuesto París.

Era un verdadero exótico y su pertinaz silencio, lo convertía en un personaje misterioso. Vestía ropas fuera de moda, que su sastre sacaba de antiguos figurines y patrones del siglo XLIII y XIX. Era calvo por tanto maquillaje que usó durante su época dorada en el teatro, pero usaba pelucas y sombreros que acentuaban su peculiaridad.

Se sentó junto a mí. No me saludó ni me miró. Tomó su copa y acarició el lujo del cristal con una mirada extraña. Yo supe por comentarios que siendo joven tenía la costumbre de romper la copa en que bebía después de acabar la bebida. Locuras de excéntricos.

La tertulia comenzó con charlas y reflexiones sobre la guerra silenciosa de oriente y occidente. Jean, se mostró molesto cuando se elevó el fervor de la discusión y le pidió a Maggi Perigault que leyera sus últimos poemas. Una verdadera fiesta para el oído. Buen gusto, perfecto idioma y justa cualidad en su obra la hace una magnífica poeta.

Erasto Van Heink se movió de su asiento para sacar el violín y comenzó a jugar con una suave melodía de Paganini. Era una cortina perfecta para la poeta. Cuando me tocó leer, escuchó en silencio y luego criticó ferozmente mi trabajo. Le discutí algunas falacias que expresó, pero no quedó ninguna duda del desprecio que sentía por la gente joven. Luego de solicitarle que mejorar mi poesía, lo insté a una interpretación de los poemas de Maggy. Todos esperaban la opinión pero no quiso darla. Enmudeció. Observé que le molestaba como fraternizaban Jean con Félix Ruiz y Roco Petrelli.

Se notaba que sentía celos. Como homosexual había tenido amoríos con Jean y ahora éste vivía con el español, periodista y crítico literario, en Le Monde. También coqueteaba con un poeta italiano que apenas hablaba francés y eso lo volvió más arisco. La envidia y los celos lo hirieron, no pudo hablar sino con acritud de todos los escritos líricos de hombres y mujeres presentes. Ante la insistencia de Jean tomó el violín y comenzó a ejecutar una obra poco conocida de Nicoló Pagannini. ¡Una maravilla! A pesar de que sus manos artríticas ya no pueden realizar las otrora proezas y filigranas con el instrumento, un valioso violín del siglo XIV o XV, nos deleitó. Todos enmudecimos, escuchamos fascinados ese prodigio que envolvía el ambiente. Luego al terminar con el arco rompió la copa de champagne y Jean dejó escapar un quejido de espanto. Eran de un valor incalculable, pero él, sabía que la costumbre no la había perdido con los años. Cada concierto y presentación era una copa menos en el lugar donde cenaba o brindaba.

También un sonido gutural de su ajada garganta rompió el mutismo en que quedamos porque sintió que perdía mucho a su ex compañero. Maggy se disculpó y se fue a buscar un coche que la llevara a La Ville Du Partenon donde vivía al llegar a Francia. Algunos, nerviosos comenzaron a reír nerviosos y otros vieron que lloraba y se corría el maquillaje blancuzco que cubría sus arrugas y manchas de vejez  del rostro.

Allí recordé cuando papá, que entonces era embajador de mi patria, nos llevó una noche de verano a la ópera y lo vimos. ¡Ese hoy patético anciano! Era un “Divo”. Vestía una túnica muy estrafalaria de terciopelo rojo, bordada en hilos de oro y plata, llevaba una alta peluca blanca de forma medioeval con dos puntas, el rostro de blanco mortal y ojos negros muy vampirezcos y las manos de uñas larguísimas y tan blancas como las de un muerto. Era parte del Carnaval de Venecia. Era el violinista inmortal por vampirismo.

Ese día gravé la imagen de un hombre fuerte y magnífico, célebre y apasionado, pero ahora sus dedos artríticos, garras doloridas apenas pueden con su violín. Me dio mucha tristeza ver que viejo, solo y enfermo no podía con sus obsesiones y miedos.

Se perdió en la noche con su antiguo coche por las negras piedras de París. Espero no saber nunca más de él.

 

 

miércoles, 27 de julio de 2016

SUEÑOS


EL HOMBRE SOÑABA QUE SOÑABA.

 

                        Y entonces caminaba el hombre sobre las plateadas crestas de las olas, semejante a un delfín sombreado sobre una selva virgen azulada. Caminaba arrastrando una enorme red de hilos giratorios donde atrapaba mariposas. Saltó un guijarro de granate desde la mano que sostenía un grito metálico, agitando la espuma fracturada de estrellas. Apareció una nave con el ancla elevada, esgrimiendo enganchado el cuerpo pálido de la mujer sirena. Voz de océano inventando en un desierto de extraña ingeniería, las voces, los corifeos estáticos que enhebran cánticos de amor pagano que se oían en las marejadas. Él, seguía caminando, sordo su oído a los clamores de la profundidad del mar donde habita la pasión cautiva. Soñó con tentar al demonio, para que le entregara el cuerpo casto de la mujer sirena que ondulaba la cola en el agua profunda entre las rocas. Vio una luz penetrando en su pupila. Dejó que llegara hasta la boca el rayo y salió de sus labios un pez de color ámbar como un haz de escamas nacaradas. Surcaron el silencio los sonidos sibilantes de delfín dormido. Abrazaron los senos fríos de la mujer sirena. Quería despertar. La luna se desplazaba sobre el vientre asexuado por la culpa ancestral de los orígenes latentes. Quería despertar porque estaba soñando que soñaba un tortuoso, agotador y desvariado sueño de espera, de quimeras vacías. Sus cuencas también vacías miraban el espacio desprovisto de planetas. Quería despertar de ese sueño que atrapaba su cuerpo contra el rústico suelo. Volcán árido. Gris estepa sin cielo. Desierto promiscuo de ternura. Comprendió que no despertaría aun...no bebería los besos de pasión...no había nacido y en el nido tibio de su placenta revivió otras vidas anteriores. Esperaría el duro alumbramiento, saldría al abrazo de esa vagina fenomenal de su madre parturienta. Pero sabía que apenas diera el primer vagido, olvidaría ese mundo maravilloso de otro tiempo.

 

 

martes, 28 de junio de 2016

PÁGINA EN BLANCO

PÁGINA EN BLANCO

Abrí la ventana y apoyé la frente en el frío cristal de una de sus  hojas, de esa vista del departamento se veía casi todo "Libertador". Mi experiencia me decía que nuevamente había tenido la visión....Cerré los ojos y volví a revivir esa imagen.¡Yo con un extraño traje antiguo junto a un atril donde un incunable de papel artesanal mostraba en una de sus páginas abierta, escrita con letra exótica y manuscrita en rebuscados términos, la sentencia de "muerte" de una mujer de nombre Joaquina Rebeca Loirentt y que morirá a la madrugada del día del Señor de 1357 y del tiempo del nacimiento del muy amado Nuestro Rey Don José Antonio del Sagrado Corazón de Jesús, que la ha sentenciado por no aceptar casarse con su primo el Caballero Don Carlos Juan, Hijo ilegítimo del hermano de su padre y la ejecución será para su consuelo con hacha o espada, en manos del verdugo!

Hasta siento el olor de la tinta y del mohoso pegamento que une el cuero del viejísimo libro. ¡El calor del fuego que crepita en una chimenea de piedra, que es la que le da un suave color amarillento- rojizo al ocre papel donde una rúbrica y un sello real dan como aceptada la sentencia¡

Ni el aire fresco que viene del río hasta la avenida con sus ruidos infernales por la muchedumbre y los miles de autos que la atraviesan; borran la imagen de esa extraña página que me produce una entrañable angustia, en realidad está en blanco, pero... ¡Tal vez sea yo en otra vida!