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miércoles, 31 de julio de 2019

LA COLECCIONISTA



 Ayer cobré mi sueldo y ¡Oh, sorpresa!, me dieron un premio por asistencia y productividad No lo esperaba Salí de la oficina como quien espera un milagro o mejor dicho, como que recibí un milagro Caminé hasta la parada del colectivo y en la cola, me habló una mujer sobre lo caro que está el pan y la carne de ternera Yo apenas le contesté En verdad como poco y me sostengo con lo que gano Pago mis gastos fijos: luz, gas, teléfono y las tasas municipales Lo que me queda lo separo en dos, la mitad lo ahorro y el resto es para comer, comprarme alguna ropa y calzado También suelo ir al cine o al teatro Sola, no tengo amigas ni parientes Vivo en la casa que era de mis abuelos Está algo anticuada, pero para vivir como vivo está bien Tiene esas habitaciones de techos altos, el baño entre los dormitorios, la sala da a la calle pero no abro nunca la ventana para evitar que me vean y la cocina es pequeña como mis ganas de comer Aun tengo las cortinas que hizo la abuela y en el patio los helechos que ella cultivaba Hay una enredadera de glicina donde los pájaros hacen nidos y cada mañana me despiertan con su canto Los más lindos son los colibríes Hoy viajo en el colectivo especial, es más cómodo y seguro En la oficina me saludan sin verme, siempre igual, soy como esos estantes llenos de carpetas numeradas con los oficios y los expedientes de juicios que nunca se tramitan porque nadie los paga Me voy a ir a comprar un par de medias y zapatos cuando salga Volveré media hora después, nadie sabrá que no llego a casa en hora, sólo, María Laura, mi vecina que me espía porque no cree que no tenga a nadie
Me pongo el abrigo liviano por si refresca, siempre en el bolso que era de mamá, llevo el paraguas reducible y escondido en el corpiño, que también era de mamá, llevo veinte pesos por si me pasa algo ¿Qué me puede pasar? Yo qué sé, una caída con fractura, un asalto que están tan de moda o me atropellan… no sé Salgo y nadie me contesta el “hasta mañana” porque para mis compañeros no existo Subo al colectivo Me siento y miro por la ventana, en el común, parezco sardina enlatada Nunca me puedo sentar, me empujan y hasta me han cortado con navaja la cartera para robarme ¡Sorpresa se llevaron porque en la billetera solamente llevo plata de antes de Alfonsín!  No vale nada La rabia que les debe dar Yo me río y sigo en mi mundo El coche se ha detenido por una manifestación de piqueteros Desvían el camino varias cuadras Cuando quiero acordar estoy lejos de casa y el chofer nos pide que bajemos Ya vienen a buscarnos otro coche La calle es hermosa Está llena de vidrieras con cosas antiguas Me detengo a mirar ¡Una tacita de porcelana me llama la atención! Es hermosa Tiene un cartel con el precio: $20 Entro al negocio para mirarla mejor y el hombre me mira con dulzura ¿Le gusta? Sí, me hace acordar a mi abuela Jugaba conmigo a tomar el té en una tacita como esta Llévela, está regalada, es alemana de antes de la guerra Ya no quedarán muchas de estas Pienso en los veinte pesos que escondí en mi corpiño y me produce una sensación de amor ¡La llevo! ¡Saco de entre mi ropa el dinero y le extiendo el billete! Mire esta, me dice y me muestra otra de color verde esmeralda ¡Es preciosa, pero no tengo más dinero! Se la regalo Usted se ve muy triste y yo ya estoy por cerrar definitivamente el negocio Mi mujer, después de cincuenta y cuatro años de casados falleció el mes pasado Un cáncer, sabe, sufrió mucho Se parecía mucho a usted ¡No le puedo aceptar! Yo soy una mujer decente ¿Y para qué quiero otra tacita? Soy sola Y yo, carraspea, tengo poco tiempo para seguir a mi esposa Todavía tiene un tiempo largo para vivir ¿Cómo se llama? Matilde Ferrari ¿Cuántos años tiene? Cuarenta y seis Vio que tiene muchos años para disfrutar de mi regalo Llévela, pensaré en las buenas manos en donde está ¡Gracias! Salgo con las dos porcelanas envueltas en papel de seda y es casi de noche Tomaré un taxi, aunque es caro pero ayer me pagaron horas extras y el premio, me lo merezco El chofer me mira sorprendido cuando le doy la dirección, es lejos de acá, ¿está segura? Sí lléveme tengo en otro lugar oculto plata para pagarle La casa está oscura y parece triste, un mausoleo, pero entrego el billete y me bajo Entro y prendo varias luces, estoy muy loca. Me despojo del abrigo y me saco los zapatos Uso las zapatillas de papá y me dejo caer en el sillón para desatar el envoltorio con las tacitas ¡Son hermosas! Las ubico sobre el mueble de roble del comedor de los abuelos Allí están todas las cosas de ellos y de mis padres, hasta los regalos de casamiento de 1960 y están sin uso porque ellos no recibían a nadie Apenas miro con detenimiento el mueble y veo varios pocillos de porcelana china y japonesa Hay como siete diferentes ¡Son tan lindos! Acomodo las nuevas de manera de verlas y me gusta, me siento alegre, canto y bailo sola abrazada a mí misma Parezco loca Me voy a dormir, mañana tengo que ir temprano a trabajar Llueve y en las glicinas los nidos se mojan Las sábanas están heladas y húmedas, voy a ventilar abriendo las ventanas pero no los postigos Tengo miedo que entre alguien Sueño con tacitas de porcelana de mil colores Me despierto y desayuno mirándolas en el mueble Iré a buscar otras por ahí cuando salga del trabajo Le pregunto a mi compañera de escritorio si conoce algún lugar donde vendan pocillos antiguos Me mira extrañada Sí, en calle Leónidas Paredes y Pringles. Ahí hay una compra venta que tiene de todo y es barato Yo ahorraré en la comida: el lunes arroz blanco, el martes fideos con aceite, el miércoles polenta con margarina, el jueves garbanzos con perejil, el viernes… zapallo hervido, el sábado sopa de cebolla y el domingo menudos de pollo hervidos con sal y tomate No gastaré ni en carne, ni en pescado, ni en pollo, ni en fruta Me gusta la fruta y es necesaria, comeré media naranja por día Así podré comprar más pocillos de porcelana No me cortaré más el cabello con el peluquero de papá, me lo cortaré yo o me lo dejaré largo Usaré menos luz, menos gas y nada de chucherías ¡Quedan tan lindas en todos los muebles, la mesa, el piso, el tocador! Tengo trecientas cincuenta tacitas de porcelana: inglesas, japonesas, chinas, alemanas, españolas, húngaras, rusas ¡Perdí la cuenta! Bajé de peso, tengo tos y me caigo seguido, los huesos están frágiles, pero en lugar de ir a los médicos, me compro pocillos de porcelana ¡Siento frío y me duele el pecho! Mamá, papá, abuelos… ¿Cuándo llegaron? Miren qué linda colección de tacitas de porcelana que tengo. Siento mucho frío, me siento volar en el aire, me estoy muriendo ¿verdad?    




jueves, 14 de marzo de 2019

LA VENTISCA




            Desde la ventana miraba el barco que cada semana partía rumbo al horizonte. No podía caminar. La polio le había dejado dos hermosas piernas inútiles que servían sólo para que soñara con algún día viajar. Buscaba en la biblioteca libros sobre las rutas de las naves que la llevarían a países lejanos y llenos de aventuras.
            En la noche su nana, la arropaba con un atuendo que ella dibujó y que le hicieron para que surcara los mares en sueños.
            Paloma, era una chica despierta e inteligente, pasaba horas leyendo sobre los viajes de  famosos hombres que con sus velas o a fuerza de carbón, habían conquistado el mundo.
            Una noche de tormenta, surcaba el cielo una centella iluminando un barco que se bamboleaba con esmero entre enormes olas y viento. Estaba tan alterada, que se acercó tanto a la ventana que parecía pender del filo de la abertura. Su nana, se aproximó y espiando sus movimientos, descubrió que Paloma se había erguido sobre sus dos pies y se sostenía con fuerza hasta casi dar un paso.
            Estalló un rayo que lo iluminó todo. Entró por la parte superior de la misma por donde la niña salió volando como un ave hacia el mar. La ventisca la elevaba y ella con gritos de alegría volaba sin tener conciencia que el mar estaba esperándola para abrazarla entre sus aguas saldas y turbulentas.
            Dicen que nunca regresó. Pero ya es una leyenda.

lunes, 18 de junio de 2018

MUY MACHO PERO…




            Miró el trapo lleno de sangre que tenía en las manos y de un tirón le quería quitar el policía. Dio un salto hacia atrás y se alejó. Vomitó. ¡Nunca había pensado que le pasaría eso a él, el mejor maquinista del ferrocarril del sur de la provincia de Buenos Aires!
            Nació para ver pasar los trenes, su casa temblaba con el pasó de cada vagón, fuera de pasajeros o de carga. Amaba el olor del humo y de los aceites que derramaban las locomotoras. Iba pasando el tiempo y le suplicó a su madre que lo dejara ir  a la escuela Técnica de “Ferroviarios”. Estudió y salió con una medalla. No era muy inteligente, pero si tenía la testarudez de un toro. Orgullosos con su título se presentó en la oficina en Paternal donde le harían unas pruebas. Salió bien pero los acomodados le ganaron de mano.
            Se “conchabó” como aprendiz de un viejo polaco que armaba camiones y grúas, para el ejército. Aprendió de ese viejo agrio que escupía cada vez que hablaba en un idioma trágico de su tierra, un sin fin de estrategias con los metales. Sabía de todo y atento memorizó mucho de lo que el anciano sabía.
             Siempre puteaba por la guerra y se dormía sentado en un sillón desvencijado que según él, era traído de Polonia. Tenía más tierra y mugre que todo el vertedero de basura.
            El hombre escuchaba una música linda, pero extraña para el muchacho que amaba el tango. Igual, un día encontró en la mesa de la cocina una carta que lo llamaba del Ferrocarril Central para comenzar como maquinista.
            Un sueño cumplido. ¡No fue fácil! Tenía a un montón de tipos envidiosos y vagos que le hacían la vida imposible. Nunca los delató, hubiera sido peor. Había una pequeña mafia apadrinada por punteros políticos y del sindicato.
            Cumplió a rajatabla con su tarea, hasta lo premiaron dándole la locomotora más nueva y la más bella. La limpiaba como a una estatua de mármol o de acero. Brillaba cuando rauda pasaba por la ruta. Siempre atento a los cambios de luces, si veía un color naranja, aminoraba caso a diez kilómetros para evitar cualquier accidente. Si era roja, frenaba y los rieles y las ruedas chirriaban como una sinfonía de terror. Era verde volaba como los pájaros libres de la pampa.
            Ese día fue un horror. Bajadas las barreras y terminado de subir todo el público, comenzó a poner la máquina a andar, llevaba a los obreros y mucamas de media provincia, en la próxima barrera baja, una joven mujer corrió y se tiro bajo “su” tren. El grito y escándalo fue feroz. La gente gritaba y se tiraban para tratar de ayudar. Unos varitas y policías echaron a todos. A él, lo tomaron de atrás para quitarle el trapo que arrancó del cuerpo de la joven mujer. ¡No! Se deshizo de las duras manos que lo sostenían y le pusieron unas esposas de acero. No dejó el trapo sangrante. Lo arrastraron hasta un celular que irradiaba luces azules y rojas como la cabeza que rodó a sus pies, de la pobre mujer. Sacaron el cuerpo y lo llevaron fuera de su vista. Lloró. Lloró mucho, nunca pensó que le podía pasar algo así. Para eso no estaba preparado. Cuando abrió entre sus manos ese trapo sangrante, comprendió que era un delantal de cocina. Metió la mano en el bolsillo y encontró un sobre, arrugado y sucio. Lo abrió y había una hoja que con letra temblorosa decía: “Marcos, no soporto más tus golpes, tus insultos y tus llegadas borracho todos los días. Estoy embarazada y seguro que no quiero que mi hijo sea como vos” adiós y que Dios te perdone.
            Ese día Roberto González, dejó de ser maquinista de ferrocarril. El “polaco” y su madre fueron los únicos que lo fueron a ver en la cárcel de Caseros, hasta que demostraron que era un suicidio.

sábado, 7 de abril de 2018

LA VENGANZA




            Nació en un día siniestro. Su madre había tratado de abortarlo muchas veces, pero la vida fue más fuerte y nació. Se crió en la calle, comiendo de vez en cuando y nunca fue a la escuela. No conoció otro amor que el de un perro flaco que la madre, drogadicta, pateaba si se le cruzaba. Eran sacrificados juntos. Mendigaba y las monedas que conseguía se las daba al muchacho que le traía la merca a la mujer.
            Creció hostil y de mirar cómo eran otros chicos, se esforzó por ser fuerte y ágil. Un día encontró a la madre boqueando con espuma en la boca y una jeringa colgando de la única vena que se podía ver en su cuerpo. Murió con terribles espasmos. Él, huyó. La policía seguro creería que la había drogado su propio hijo.
            Vivió en las calles, comió de los tachos y se acomodó a raterear en los centros urbanos. Un día conoció al “Roka” un muchacho como él, pero con más astucia y viveza. Le enseñó a romper las rejas, las puertas, a robar de los autos lo que pudiera. Roka, conocía a todos los que vendían o compraban “merca”.
            Cumplió los dieciocho años y lo llamaron al ejército. Allí supo que se llamaba Julián Ardino. El apellido de la difunta madre. Nunca supo el del padre. Allí pretendieron corregirlo. Le arreglaron la dentadura, le enseñaron a leer y escribir un poco y cosas que no le interesaban. Rebelde no quería obedecer. Sin embargo cuando lo mandaron a la cocina, conoció a un tipo que le enseñó a cocinar algo y lo trataba tan bien que se encariñó. Un día encontraron dormido a Leonardo con tremenda borrachera. Fue a dar al calabozo.
            Cuando salió de la “colimba”, trató de entrar en un hotel para trabajar en la cocina. No duró mucho. Se robaba los elementos y los vendía para tener dinero para comprarse cigarrillos, ropa y hasta una bicicleta. Lo descubrió un mozo y él, le clavó el cuchillo de trinchar carne y lo encerraron en la cárcel. Entre rejas se cambió el nombre. A todos les decía que se llamaba Leonardo, aunque los guardias sabían su prontuario, lo trataron de forma cuidadosa. Le temían. Era traicionero. Estudió cocina en la penitenciaría. Era un hombre de pocas palabras. Sólo Roka, lo solía visitar. Era de rencor largo y memoria grande. Odio. Tenía odio por todo y a todos.
            Con la muerte repentina de varios presos y dos guardias, se descubrió el motivo del deceso. Arsénico. Julián “Leonardo” Ardino, tenía celosamente escondido un frasquito con arsénico, en un hueco de la celda.
            Murió un día siniestro, los truenos y los relámpagos cubrieron los gritos de la cámara de gas.



lunes, 27 de noviembre de 2017

EL JUEZ Y LA MUERTE

Un susurro penetró en el cerrado círculo. Un cubículo negro. Sombras y ventanas ciegas. Ella, con su cabellera enrulada, sus ojos fuertemente maquillados y labios rojos, ingresó sin dejar duda de su condición de letrada. Juez. La negra toga envolvió la figura. Sus títulos académicos la respaldaban. Diestra en la palabra y el discurso, áspera y arriesgada en la refutación. Muchas miradas la despellejaron viva. No quedó un solo trozo de su cuerpo que no fuera deseado por la lujuria, envidia u odio, de quienes se apretujaban para escuchar el juicio. Allí convergían los sentimientos simiescos de una generación de tinterillos abrazados a los códigos. Quemados por ansias de  poder. En un sitio casi invisible, estaba parado un chico. Un reo lo miraba con lascivia. Varias miradas saltaban en una rayuela inescrupulosa de uno al otro. Sabían que el defensor trataría de demostrar que el niño había sobrepasado todos los límites, llevando al pobre e inocente “inculpado” a invitarlo a su cubil para entretenerse con juegos innombrables. El muchacho sabía que un afilado cuchillo le incrustaba el filo sobre la garganta mientras las manos torpes lo desgarraban.  Parecía muerto cuando lo dejó en la playa. Así lo encontraron sus amigos. Los periódicos mencionaron que era el hijo de nadie. Vivía en la calle, en puentes o atrios de conventos. Que merodeaba el mercado en busca de comida.
                        La juez observó el rostro del reo y vio en él, una luz cetrina. Abigarrada. Burlona. Vio el desprecio a su condición de mujer y erudita. Miró al joven. Vio a un animal atrapado por la vida. Aterrado. Sin futuro ni esperanza. Comprendió el papel que le regalaba el destino y sentenció a muerte. ¡Muerte al malvado! La cámara de gas, dijo sin elevar la voz. ¡Muerte al lujurioso! Aunque sabe que nada devolverá al muchacho lo perdido. Y corren los periodistas como liebres, nadie esperaba semejante sentencia. Se desploma el inculpado. Llora el adolescente.

                        Como juez, esgrime una presencia valiente y camina sin inmutarse hacia la salida. Su cuerpo es ahora más fuerte y seguro. Indiscutiblemente la vida ha ganado una batalla. Y también la muerte, la zorruna está allí babeándose por el triunfo que ha obtenido.

miércoles, 2 de agosto de 2017

DE TRENES Y OTROS CUENTOS

KAMIKASE
                            
                                                     “El tiempo se pierde en la arena sin dejar huellas del dolor                                                                                                        de ser maltratada  como mujer” la autora.

            Cerró el último cuaderno. Desde muy joven escribía un diario donde dejaba las huellas de penas y sonrisas. Con la tijerilla afilada de cortar los hilos de bordar abrió sencillamente sus venas azulosas. Las manos flacas y angustiadas borbotearon en rojo desparramo suave y melancólico su vida. Puso su pulgar como sello bermejo al final de la postrera despedida. Grisela.
            Quedó sentada repasando el tiempo. Tiempo desde la infancia inconciente de desdichas que galopaban arremetiendo el futuro sin descaro. Se vio niña acunando muñecas con rostros de porcelana apenas coloreadas. Se vio adolescente con la cabellera al viento conjugando candor con sueños imposibles. Se vio mujer amedrentada por un enamorado que la despojó de su dignidad haciéndole sentirse Nada.
            Soñó un bondadoso pasado de embarazos con niños que abrazó con ternura creyendo recuperar su perdida felicidad y todo fue inútil, falló en su tarea de algún modo.
            Envejeció sin tregua. Su perfil de seducción se fue desfigurando en una mueca doliente y huyó a su interior con brío. Caracol de dura coraza de piedra y cemento que adquirió con miedo y adormeció su alma. Huyó en un tren imaginario. Recorrió millas de silencio y traspasó vías de rumores que mitigaron su corazón en sangre viva y de sus llagas exangües; el humo de la máquina de la locomotora, sombreó para disimular sus ojos exaltado de lágrimas, oscureciendo las marcas de ojeras cárdenas. Un tren inexistente que la llevó en el tiempo y calmó heridas.
            Ahora, tenía que esperar. Su cuerpo iba lentamente perdiendo el suave tono de la piel para quedar como el alba de las rosas blancas que movía la brisa en la pared sombría. Las otrora manos hacedoras de estrellas y milagros caían sobre su flanco dándose el respiro de un ronroneo de burbujas de color bermejo.
            El sol se iba escondiendo. El silencio de siempre siguió siendo silencio. La tristeza de siempre se apuró a besarla en la boca seca y sedienta de ternura. Nadie la rescataría de su adiós. Era un “kamikase” de la historia de su vida. Nació siendo mal acontecida y siguió perpetuando su desdicha como mujer maltratada sin consuelo.
            Cayó la tijerilla reflejando la luz de una estrella que asomaba en la ventana. Cayó el cuaderno con su huella y quedó esperando el tren que, imaginariamente, la llevaría al mundo de los vivos. Ese mundo en que creyó encontraría un amor verdadero y bello.
            En el silencio de la muerte… se oyó el silbido de un tren que se acercaba en un chirriar de hierros y misterio.                                                                      

                                                         

miércoles, 31 de mayo de 2017

ANA FRANK


            DESDE EL AIRE… ANA

            Se elevó sobre Amsterdan y voló por calles y canales. De pronto recordó una en especial, donde su padre tenía la casa. Curioseó. Todo estaba diferente. Siguió volando.
            Luego se acercó a la antigua escuela donde con Lies y Nanette jugaban y leían novelas de misterio. No reconoció ni la fachada ni el resto del edificio. ¡Bueno, es normal, después de tanto tiempo! Pero encontró la fábrica y el edificio donde pasó dos años escondida. Recordó al Doctor Dussell y Miep con su pequeño envoltorio con comida para ellos. ¡Las palabras cruzadas que borró en una tarde para que el viejo cascarrabias se calmara! Tener que dormir en ese lugar junto al ronquido y ella, niña pudorosa, aceptar en silencio esos momentos! Siguió volando.
            Está bonita Holanda en estos días, pensó. A la distancia vio dos manos que saludaban. Le pareció que dos ancianas movían con dificultad los brazos para llamar su atención. ¡Sí, son Lies y Nanette Blitz… que viejas están! ¿Cómo no encuentro a Peter? ¿Se habrá muerto? Ya no tengo ganas de volar.

            Es tiempo que regrese. Estoy, dicen, en Bergen-Belsen, pero en verdad estoy en el corazón de cada niña perseguida en el mundo. Qué suerte yo nunca seré vieja. Soy Ana Frank, y tendré siempre quince años.

lunes, 24 de abril de 2017

CUENTO SUPER CORTO

La pequeña Lorena estaba apoyada en la balaustrada del  jardín con su blanco rostro cerúleo con su leucemia que avanzaba como una artera asaltante de alegrías y esperanzas juveniles. Descalza sobre el prado, junto a la fuente que con su cascada  atrevida de frescura y los trinos gozosos de aves que se acercaban a sus pálidas manos donde reposaban semillas milagrosas de fiesta en primavera, se apoyó y observó su cabello, en realidad el reflejo de su cabeza calva le devolvió su realidad. ¡Había perdido su preciosa cabellera color rojiza y de suaves hondas! La quimioterapia  se adueña de las más profundas posesiones celulares y...mata. Yo la miraba desde mi escritorio y me deshacía en lágrimas y dolor pero apenas elevó su mirada, yo sonriendo escondí mi amargura y la llamé para que regresara y jugáramos una partida de ajedrez.
            Ese invierno fue cruel por lo frío y ladrón. Ella partió y aunque acepto la terrible prueba...

                                   "Desde aquel día, no he movido las piezas del tablero", es como si ella a través del tiempo siguiera jugando conmigo. Tal vez ella es un espíritu libre que juega entre las sombras y yo no la pueda ver.

lunes, 5 de septiembre de 2016

CUENTO 1° PARTE

UN MINUTO QUE CAMBIÓ MI VIDA

            Un viento helado atravesaba el barrio. El tiempo de vacaciones arrebataba a los pocos transeúntes las ganas de andar. Todos se hubieran querido quedar en su casa y descansar, pero siempre hay gente ocupada. Clarisa se vistió con poca dedicación ya que entre el frío y el viento, no sólo se arropaba, más bien se disfrazaba. Era extremadamente friolenta. Cómoda, le decía su mamá cuando aun vivía con sus padres. Pero ella que ya no era una joven adolescente, hacía caso omiso a su presión. La mujer quería verla vestida como las jóvenes de las telenovelas.
            Buscó una bolsa de la alacena y sacando la llave de una pequeña percha que servía para no las perdiera, cosa que le ocurría seguido, salió. Un ráfaga helada la traspasó. Haciendo un esfuerzo para no volver, se alejó hacia el supermercado. Allí la temperatura era agradable. La joven que la atendía siempre en la panadería, le sonrió y con voz cómplice le dijo:- Aquí, Clarisa, están sucediendo cosas raras. Fíjate, que esta mañana oí al señor Charles gritar en un idioma que nadie comprendió.- y se ocultó tras el mostrador haciendo un ademán de silencio.
            El hombre, dueño desde hacía sólo un año más o menos, se acercaba con el rostro adusto. Sus ojos orlados por negras ojeras, parecían pintadas por un artista del oriente. Masculló un saludo para Clarisa, que siempre le hablaba amable y se alejó por entre las góndolas. Desapareció tras una pequeña habitación en la cual vivía.
            Clarisa, se proveyó de facturas y pan roseta. Luego fue hasta los lácteos y buscó leche sin colesterol para su abuela que vendría el próximo lunes, queso magro y manteca. Siguió por el café, sacó unas cajas de té y un paquete de yerba mate, ya que esa tarde venía su prima Isabel a copiar unos temas de la computadora. Era una adicta al mate, Isabel, y en su casa no, sólo de vez en cuando su papá bebía en "saquitos" o si lo cebaban bien tomaba tres o cuatro mates. Por eso ella no bebía esa infusión. Luego, cuando iba a pagar, observó que el señor Charles se acercaba distraído. Cuando de repente, vio por la vidriera que un automóvil oscuro se detenía y de él, descendían cuanto hombres envueltos en gabardinas negras. Se puso muy pálido y trató de esconderse, pero era tarde. Los extraños personajes lo habían visto y apuraban el paso. Entraron y allí mismo esgrimiendo un arma cada uno, le hablaron en un raro idioma que Clarisa, nunca había escuchado. Fue un minuto en que todo cambió.
            Ella trató de interponerse haciendo que no comprendía, como para ayudar al señor Charles. Éste, le dio un fuerte empujón que la hizo caer. Eso evitó que un proyectil, le atravesara el pecho o la cabeza. El tiroteo fue corto, cortísimo. La poca gente que compraba,  gritaba y corría asustada. Los repositores y las cajeras estaban sudando en el suelo. Nadie pronunciaba una palabra, cuando los hombres salieron, ascendieron al coche y huyeron por la calle Los Patos, doblando por Río Azul. Clarisa, se acercó a Charles que murmuraba en un idioma extranjero. Asido a sus manos le suplicó en un tosco castellano entrecortado, que llamara a un número que su mano temblorosa le tendía. Un hilo de sangre le corría por el brazo, y su pecho se iba coloreando lentamente. Una vez que todos se tranquilizaron, tomó el papel que le daba el herido y marcó un número. En el mismo extraño idioma, le hablaron. Ella en un perfecto inglés escolar, le explicó como pudo lo sucedido. La persona que estaba del otro lado dio un rugido de dolor y en inglés le pidió que no llamara a la policía. ¡ Algo extraño estaba pasando!

            Clarisa, trató de deshacerse del compromiso, pero el señor Charles se había aferrado a su pantalón y así no se podía mover. Llegó una ambulancia. Alguien desde un celular la había llamado. Los para-médicos y el médico sacaron al hombre urgentemente del negocio y con el ruidoso movimiento de luces y alarma, hicieron que se aglomerara el gentío. El médico, distrayendo a la gente le habló. Creyó que Clarisa era pariente o empleada del moribundo. Debe acompañarnos al hospital. Y la empujó hacia la ambulancia. Los empleados trataron de salvar el error pero fue inútil, ella ya estaba junto al camillero.

lunes, 22 de agosto de 2016

NIEVA EN LA DACHA- parte 2


La casa perdió la pujanza de los brazos del muchacho que con treinta años había logrado formar un hogar. Svetlana sabía lo que era perder al hombre, ella despidió a su esposo cuando fue a la guerra y nunca volvió. Una breve nota que trajo el comisario le anotició su muerte en combate.

Ambas mujeres no bajaron los brazos y lucharon para seguir adelante. Natasha, había quedado embarazada y así nació la pequeña Anusha. Nunca conoció a su padre, pero la vieja le hizo conocer a ese hijo que se llevó la nieve.

Yerko creció con las habilidades de un bravo campesino. Hachaba los enormes troncos, agregaba alimento a las vacas y ovejas y aprendió a montar. La vida no era fácil, pero con parquedad y alegría vendiendo lana y leche, quesos y mantas que tejían al telar las mujeres salieron adelante.

-          ¿Yerko, quieres comer un pan recién horneado y tocino?- le invitaba la anciana cada mañana antes que saliera a realizar las duras tareas de la dacha.

-          ¡Ni loco como eso, si no le agregas unos buenos huevos revueltos!- y reían porque la abuela guiñaba a la madre sabiendo que ya estaban en el plato.

-          ¿Y yo?- Nada para mí, claro el señor de la casa es el mimado de las dos.

-          Vamos que perderás esa cintura de abeja reina y no te casarás jamás, decían riendo a coro los tres.

-          No me interesa. Además con quién creen que viviendo acá me voy a casar.

-          Ya te llevaremos a la ciudad, o a la aldea. Allí conocerás a un hermoso “príncipe” que te abrazará y pedirá tu mano- se burlaba Yerko.

-          Me conformo con un campesino que sea como tú. Trabajador y bueno.

-          ¡Ja , ja, ja, qué crees que hay dos como tu hermano? – y así pasaban las semanas.

Llegó el invierno y Natasha salió en busca de un médico para Svetlana, que tenía una tos copiosa y dura. Cuando regresó la anciana deliraba y costaba hacerle comer o beber. Lucharon contra el frío y la edad. Sólo la esperanza de ver a los nietos formando una familia, logró sacar adelante a la abuela.

Pasaron cuatro años y ya al límite, Svetlana cerró su corazón para acompañar al viejo soldado. Yerko y Anusha, lloraron copiosamente, Natasha de la mano de su suegra, despidió a Igor para siempre. Juntos cuidarían de la pequeña familia. En el templo, donde se despedía a la abuela, Anusha conoció a un vecino que le trastornó el corazón y supo que la anciana se lo había mandado para que fuera su compañero.

Yerko, se quedó un tiempo con la madre. Cuando lo buscaron para ir a la guerra, Natasha, lo escondió en el bosque. No quiso repetir la historia de la suegra. Ahora, después de las nevadas, lo envió a la aldea, a la feria para que buscara una campesina que quisiera casarse con él. ¿Y vaya si la encontró! Una robusta y exuberante muchacha que lo amó hasta que fueron ancianos.