domingo, 19 de mayo de 2019

Y FUE UN VERGEL




Una línea divide oriente de occidente
El camino es una larga serpentina de cuerpos
que dilatan su paso por la vereda del un camino
que se consuela con gorjeos de pájaros y manos tendidas

Ya no queda un pasaje al interior del color y la alegría.
Una pena agiganta el deseo de reír con el sombrero nuevo.

Vuelan los sonidos de viejas canciones populares,
Quejas de viandantes sedientos enarbolando esperanzas
Recibiendo el agua como lluvia mágica del hermano-amigo.
Recibiendo una “arepa” con guiño de “compadre” en fiesta.

Ya dejaste tu casa y tu lacerado corazón en la tierra del amor.
Ya no volverás a ver las frondas con vestigios de flores.
Una enorme pena te desgarra el alma al dejar un “guachimán” allí
junto al vacío, al campo sin sembrar, al bar donde bebías,
en ese rincón donde diste el primer beso, nació tu enamorada,
tu amigo y hermano de la vida. ¿Dónde  tu Maracaibo no llora?


jueves, 16 de mayo de 2019

EL TIEMPO




Hay un tiempo sacrílego de luna desgajada,
vierte sudor de fuego de lágrima azul.
Es tiempo de solsticio, de naufragio silencioso,
inmolado en simetría de una vida malograda.
Muere en el mar,
agazapado en la tiniebla,
el horizonte sumiso y desgarrado,
me detiene allí,
donde limita el olvido y desperdicia la sed.

Hay otro tiempo sin tiniebla
aurora liberada en un sótano blanco
y el lienzo es espuma quieta,
juego infinito de boca y ojos confundidos.
Labio ardiente,
entre los labios de manzana,
abrazo de tentación mojada en beso
ícono desnudo en alabastro,
iluminado por el sol.
La pupila es de incienso y oro.
Nuevo milagro de los dioses.

DEL LIBRO DE POESÍA INÉDITO


NO TENGO ADONDE HUIR

¿Dónde quedó mi árbol de hojas perfumadas?
Un arpa de nácar arrancando el eco de bosque mañanero
se perdió en mi montaña.
esa que hoy es jaula de barrotes de acero. Barrotes de besos.
En su vientre de piedra se cobijan mis sueños,
se desgranan latidos.
Mi lago de guijarros son el áspero soporte
de la piel de mis entrañas tan heridas.
Sonríen pasajeros los labios de madera
Aprietan mis senos. Alguien, sólo alguien.
Mis manos sangrantes se mueven lentamente buscando
una caricia. Pero
llega un frío de abandono con su largo capote helado y
el fuego huye con sus ojos milenarios
hasta la cumbre errante de la vieja montaña.
Está amaneciendo, hoy...
No tengo huída.


LA ABUELA




            Había llegado siendo muy joven de Europa. Sus padres escapando de la pobreza, desearon vivir en un país que les diera mucho trabajo y paz. Ella con sus doce años, apenas pudo, quiso ir a la escuela. Aprendió rápido el idioma y las costumbres. Ayudaba a sus padres a comunicarse con los vecinos y con la gente. A veces iban al hospital y ella les traducía lo que sentían a los doctores. Siempre de niña recibía un caramelo o una galletita de los que intermediaban. Se llamaba Leonilla y sonaba raro en este país.
            Creció y su papá en un accidente quedó herido y ella con su mamá salieron a vender puerta por puerta dulces que hacían en la cocina a leña. Con eso pasaron un año, bien. El papá las dejó para ir a Dios. Leonilla supo con dolor que su mamá ahora era todo lo que le quedaba. Ya tenía catorce años y un vecino vino para hablar con la mamita. Quería que su hijo, Nicanor, herrero de profesión, se casara con la muchacha. Ante un futuro incierto la madre dio el sí.
            Una mañana salió Leonilla vestida con su mejor ropa para casarse. Eran muy pocos los que estaban en la boda: su madre, el padre y madre de Nicanor, dos vecinas, el ferretero, el almacenero y un juez de Paz. Nicanor tenía veinticuatro años, era alto y delgado, apenas una pequeña barba le cubría el rostro. Pero tenía una mirada bondadosa.
            Vivieron con su mamá, hasta que ella también se casó con un peluquero que la llevó a otra ciudad. Así comenzó una vida muy laboriosa para Leonilla. Cuidaba la casa y hacía dulces para vender como lo había hecho con su mamá. Juntaban monedas y billetes para poder poner un pequeño negocio. Compraron un terreno y… justo cuando lo estaban por ocupar con una casita pequeña, nació Juancito, un bebé regordete y juguetón. Había que seguir trabajando para poder construir. Ella, aprendió a hacer pan, tortitas y masitas. Las vendía muy bien. Juntó algo de dinero y Nicanor agrandó la herrería, trabajar y disfrutar del sol y de los parques cercanos. Levantaron dos habitaciones, un baño y una cocina. Nació Franca, una hermosa niña de ojos oscuros y cabello rubio, al año, nacieron mellizos. Niceto y Oscar como se llamaba el abuelo.
            Un día estaba haciendo un trabajo en el taller un loco entró y empujó tan mal a Nicanor que cayó a la fragua y se quemó. No pudieron salvarlo. Leonilla estaba esperando otro hermanito de sus niños. Nació Lorena.
            Pasaron unos meses en que el dinero comenzó a escasear y Leonilla tuvo que trabajar en una casa de familia para poder ayudar a sus hijos que crecían y siempre tenían hambre y algunos caprichos, que ella no podía dar.
            La vida fue algo difícil, pero estudiaban y ayudaban a repartir dulces y pan que hacía la madre. Juan era muy estudioso pero Oscar daba trabajo, era perezoso y malhumorado, se peleaba muchísimo con los hermanos. Siempre quería tener la razón.
            La mamá en la noche lloraba hasta que se dormía. Las nenas perezosas también no ayudaban con las tareas de la casa. Leonilla ya tenía canas y estaba triste. Sus Juan y Niceto eran su apoyo. Un día Franca se escapó con el hijo de un vecino, regresó esperando un bebé. Leonilla los recibió con los brazos abiertos. Pero eran tres bocas más para dar de comer. Juan y Niceto ya terminaban la escuela secundaria y buscaron empleo. Así con mucho esfuerzo pudieron salir adelante. Lorena estudiaba piano y danza y daba clases a chicos en varios lugares.
            La vida fue pasando, al final los muchachos se casaron y se fueron yendo y Leonilla se quedó sola. ¡Era la Abuela! Siempre dispuesta a cuidar de los nietos, llevarlos al doctor o al colegio, cosiendo, cocinando y tejiendo para la familia. Heroica. Bondadosa y llena de Amor por su familia. Cuando cumplió sesenta años la familia quiso hacerle una fiesta. Ella no sabía, era una gran sorpresa. Como la nieta mayor trabajaba en la radio, vinieron unos amigos y le hicieron un reportaje. Lloró de vergüenza y alegría. Ahora la Abuela es el ejemplo de la pequeña comunidad. ¡Una verdadera Heroína!
            El cartel que le colgaron en la calle decía: “A la abuela más buena de la tierra” y un vecino les pintó a la Abu con una capa y una corona dorada y allí está todavía, para que el que pase sepa que ahí, vive una “Súper Abuela”.
           

PARTE DEL 2º CAPÍTULO DE MI ÚLTIMA NOVELA: SINDROME DE TRAICIÓN


                                                               

            La calle no está transitada, pero no nota esos detalles, está muy apurada.
            Un coche blanco viene detrás con las luces altas encendidas encandilándola, y trata de sobrepasarla. Se corre. El auto se aproxima y con una brusca maniobra se le cruza. Del auto ve que bajan cuatros soldados ¿Qué extraño, un grupo tan uniformado en un coche blanco?
Se da cuenta que tienen puestas unas capuchas negras. Ágil, casi sin pensarlo, se saca el anillo de la abuela y lo esconde en el lugar secreto que tiene con Gabriel. El instinto le dice que es una emboscada. La tienen rodeada. Mira atrás por el espejo y ve que desde un pequeño auto le apuntan con una ametralladora.
Feroz un hombre vestido de soldado, encapuchado, le indica que salga del coche. Hablan con voces guturales, artificiales y con gestos ásperos y señas dan órdenes entre sí y a ella. Toma su cartera y desciende. Le ponen una capucha y le inmovilizan las manos. Le arrancan su bolso y siente risas y palabras obscenas. Roberto Carlos sigue cantando una canción de “Un millón de amigos”
 El Peugeot ha quedado abandonado en medio de la calle desierta. La empujan y tiran en el piso del vehículo que la trató de atropellar. Con voz distorsionada le indican que no se mueva. Le arrebatan la chaqueta y con ella le cubren más la cabeza. Una vos que cree es de hombre le indica que van a cambiar de vehículo. Una mano ruda la tironea y a la rastra la meten en una camioneta.
            En la cabina trasera de un vehículo que ella no ve y trata de presentir la dejan como un fardo inservible. Los ojos vendados y las manos atadas con un elemento como cable o algo parecido, ella no lo ve y de un puntapié la corren. Un metal le produce una herida en una pierna, es un objeto cortante. Le duele. Grita de dolor, pero no la escuchan bajo las telas que la cubren.
Las voces se pierden tras el ruido de una puerta, que se cierra. Cree que son unos cuatro terroristas. Tal vez son más. Sí, ya que venían otros en el auto pequeño. Tiene tanto miedo, que no puede controlarse y se orina. Interiormente se insulta, soy una pendeja estúpida. Gabriel me previno y yo creí que no me iba a tocar, por ser yo. ¡Idiota, necia!

 Llora desconsoladamente. Piensa en el marido y en los chicos. ¡Pobre María Clara, que susto tendrá! ¿Por qué le tocó a ella que nunca se mete con nadie?
La camioneta, se mueve a mucha velocidad. Golpea contra los laterales del habitáculo. Pasan un paso a nivel. ¡Nadie notará que la llevan allí, ya se habrán encargado ellos, de que así sea! Piensa en su hermoso trajecito blanco y llora con más calma. Tal vez la maten, ¿de qué le servirá si la matan? Se siente ridícula y tonta. Preocuparse por la ropa cuando tiene sobre si un grupo de revolucionarios sanguinarios. De repente un trueno la distrae. Llueve torrencialmente y el agua, seguro borrará las huellas de ese viaje al infierno.
¿Cuánto tiempo pasa, no sabe! Así, aterrada, con las manos doliéndole, la cara tapada y ese fuerte raspón que le duele en la pierna, ha perdido la dimensión del tiempo. Hace un calor insoportable. La camioneta se detiene, luego de hacer una brusca maniobra hacia la izquierda. Delfina se golpea nuevamente  y peor. Cae sobre otro cuerpo. Pero está frío en inmóvil.   ¡Un muerto! Dios protégeme de esto, piensa y ora
            Alguien se ha bajado y habla con voz queda y altanera. No alcanza a entender. Vuelven a marchar por un camino muy desprolijo de tierra y pedregullo. Parece la huella, como cuando llueve en el campo, allá en “Cuesta Blanca”. Luego de andar un rato se detiene. Abren  la puerta y una voz de mujer la llama por su nombre.
            Ha dejado de llover. Y la humedad le cubre el cuerpo de una mezcla de sudor y miedo.
            . ¡Delfina, bajá perra, has llegado!
            - ¡Eh, Mara, cállate!
     - ¡Yo con esta infeliz no me callo!
           -  Mara es una orden del jefe. Ordenó que no le hablen.
             La empujan y obligan a salir del vehículo. Camina entre dos personas. No sabe si son hombres o mujeres. Una de ella se ríe y a media voz comenta…¡Mirá, lo único que le faltó fue defecar! ¿De dónde sacó sangre, esta infeliz?
- ¡El capitán ordenó que no hablen!
La meten por una pequeña puerta. Tropieza con un reborde y una mano impide que se caiga. Siente ruidos extraños a metal y madera. La llevan hasta un lugar y explican que debe bajar una escalera. Adelante nota que ha bajado alguien, comienza a descender lentamente. Detrás alguien viene. Le pisa una mano. Ella pega un pequeño grito.

NUEVA VIDA





En ese laberinto profundo
Donde ha ingresado la bruma,
La incertidumbre y la duda;
Una mano empuja hacia el abismo.
Allí vive el silencio y la impudicia.
La muerte espera.
Impávida. Insolente. Sollozante.
Al fin del recorrido hay una flama.
Si corres, si huyes o te detienes,
El humo envolverá tu corazón herido,
Marchito, angustiado.
Por eso… vuela, corrige el rumbo.
Arrebata el hilo de Ariadna;
Encontrarás la hendija abierta
Esa que te llevará a vivir en paz.
Necesaria, apetecida.
Una nueva vida.


ADIÓS




Llegando a una cima de la vida, arrastro
una enorme red, con ternura  elaborada
- sacrificio de horas de  almanaques-
van prendida en ella como anzuelos
herrumbradas  penas, añoranzas mohosas
algunos agujeros provocando risa
tal vez color de sol o extraña maravilla
o aquella flor marchita, un cuchillo de azúcar
un cesto grande de infinita soledad
que atropella con besos la frente despejada
un ovillo de lana que juega con el gato
mi larga caminata matinal en la vereda
una señal de augures y marionetas de papel
barcos de hechos con láminas doradas
abanicos de lágrimas y risas. Peces y mariposas.
Estoy despidiendo el día en plena mañana.
Me voy, con los brazos llenos de peonías.