miércoles, 31 de diciembre de 2025

CENIZAS EN LA NIEVE

 

El frío calaba los huesos, así decía mi padre cuando nos hablaba del abuelo. Él, había recopilado todos papeles y fotografías de esa época nefasta. Le decía "seide", que es igual a decirle abuelo. Pero siempre en su memoria había un dejo de amargura y hasta te diría odio. Pero la tía Rebeca, lo tranquilizaba. ¿Te acordás de la tía Rebeca? Era un "papagayo" la pobre. Su voz aflautada y su permanente inmiscuirse en la vida de la familia. Pero las había pasado todas, la vieja. ¡Dos guerras infames!

Papá, se dedicó a reconstruir ese tiempo, a buscar a los que pudieran quedar vivos en el mundo con el apellido del abuelo. Encontró unos en Hungría, pero eran lejanísimos. Vivían en un pueblito lejos de Budapest y se dedicaban a las pieles. Eran de esos peleteros que todavía trabajaban con pieles de verdad: zorro, marmota, visón y hasta de oso. Ahora estarían presos por esto de la ecología y los derechos de los animales.

Lo que pasa, Wanda, es que los tiempos cambian. Sin embargo en Europa, sigue haciendo frío, muchísimo frío. Se congelan los caminos, las calles, las veredas. Todo, hasta los ríos y lagos. Acá los inviernos son tan suaves que parecen veranitos frescos. Por eso papá, se acordaba de la cantinela del "seide". ¡Allá, hijo, se nos enfriaban hasta los sesos! El campo se transformaba en una enorme planicie de hielo. Allí, contaba que patinaban. Hasta el fatídico día que llegaron los nazis. ¡Se los llevaron a todos! Él, tenía apenas seis años. Y lo separaron de sus hermanos y de su madre. Al padre lo habían llevado a trabajar. A él, lo marcaron con un número en el brazo. Lo mostraba para que nadie se olvidara que había estado en un campo.

Recordaba que una semana después de unos bombardeos, el cielo se cubrió de cenizas y la nieve parecía moteada por diferentes colores. ¡El frío le calaba los huesos! El hambre los dejaba exhaustos y ya no se quejaban para que les dieran una ración de sopa de patatas y un pequeño pan. ¡Se peleaban! A veces hasta recibían palizas de los cuidadores que eran judíos como ellos, como nosotros.

Ves Wanda, porqué te digo que no podés renegar de tu vida. Acá, cuando la Cruz Roja los trajo, encontraron mucha ayuda. Pudieron crecer con natural simpleza. Vos, muchacha no conoces de hambre, ni del dolor de las armas, ni de ver que se llevan a tu familia. Y hasta eres amiga de una chica cristiana, sin problemas. Nadie te discrimina. Pudimos estudiar, casarnos, tener un negocio próspero. ¡Sí, es pequeño, pero de allí comieron todos!

El más afortunado fue el tío Marcos, el esposo de Rebeca, ese hasta pudo ir a Israel a conocer la patria de nuestros ancestros. Allá, se encontró con las raíces, con la historia y volvió cambiado. Le contaba a todos los vecinos maravillas. Por eso Wanda, dejá de llorar y hacé las paces con la vida. Y ese número que tenía tatuado el "seide" y que vos te acabás de tatuar sea para alegría, no para tristeza.

Allí vienen tus amigos, andá y disfrutá de este país que recogió a tu bisabuelo y a tantos que como él, pudieron sobrevivir a la muerte. Mirá qué linda estás con ese vestido de fiesta, parecés una actriz de cine... sí, ya sé que soy un anticuado, pero sabés, me siento orgulloso de la familia que tengo.

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