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viernes, 21 de julio de 2023

EL VIOLINISTA

 

            Ingresó por el portal de cristal y no podía ver su rostro. El sol desde atrás le esbozaba un contorno enorme. Oscuro y manifiesto su cuerpo de anciano corpulento. Así conocí a Aaron Goldman. Se desparramó en la silla del café con un chirrido de madera y niebla. Su pipa humeaba y no se sacó el sombrero como es la costumbre en el “”Florencia”, antiguo y promiscuo bar del barrio.

            Por atrás se escuchaba el ataque feroz a las bolas de billar y el murmullo de los parroquianos que taladraban las mesillas con sus dedos añosos. Todos tomaban una bebida caliente. Vino áspero, dulce y con canela, costumbre de otros tiempos que no pierden. La ropa desteñida, pantalones gastados y sucios, sacos con brillo que gritaban épocas de gloria. Aaron con su enorme barba blanca y los bigotes amarillos por el tabaco rubio de la pipa siempre encendida, parecía el patriarca de la Biblia. Me impresionaron las manos. Luego supe que había sido un gran músico en su país y que al subir al “Tren de la Muerte” sólo llevaba su violín. Se lo quitaron, pero eso, igual le salvó la vida. Sí, tenía que ser un músico de primera para tocar en el “campo”.

            Me miró y sus ojos celestes taladraron mi cuerpo, yo una mujer ingenua de veinticuatro años, no tenía idea de su historia. Quedó sólo él, de una enorme familia. Cuando subió al tren, me dijo cuando habló conmigo, besó a su madre y a su hermana, sabiendo que iba para no regresar. Pero lo salvó la música. Era flaco, hambriento y estúpido, me dijo; lloraba de noche porque tenía miedo. Un día el “capo” me señaló de entre los de la orquestita y me llevó a la oficina. Temblaba. Me comunicó que mi mamá había muerto de tuberculosis y mi hermana de tifus. ¿Sabes qué me preguntó? Si mi hermana era música como yo. ¡Claro dije, era pianista y ya tocaba en la orquesta de mi ciudad…! Qué pena, yo no la pude salvar, ella no llevaba el piano entre sus pertenencias y se rió a carcajadas. ¡Y no pude llorar! Luego vomité. Ahora ya estoy viejo. No recuerdo la cara de ese hombre… y tampoco la de mi mamá ni la de mi hermana.

            ¿Don Aaron cuándo tocará para nosotros? Qué inocente. Cuando regresó del “campo” en un tren ruso y llegó a un refugio, le hicieron trabajar con piedras y escombros hasta que sus dedos se deformaron. Nunca más pudo ni quiso tocar el violín. Su bella música que lo salvó de la muerte era un recuerdo doloroso en la memoria de su alma. Sin embargo cambia su rostro y se dulcifica cuando escucha que el “Gringuito Remo” tocar una pieza en su violín ordinario y rústico. Y el bar se llena del fantasma de aquel tiempo de los Campos de Riga.

 

 

 

jueves, 5 de enero de 2023

LA LARGA HISTORIA DE LA FAMILIA NATUBA, ESCLAVOS QUE LLEGARON A AMÉRICA HACE TANTO TIEMPO QUE SE PERDIÓ EN LAS CRÓNICAS ESCRITAS.


 

1-

            Ya está lista. La lavé. La peiné. La envolví en su manta de paño con los colores que dispuso el anciano Isai Natuba. Eso fue hace como cien años. Nadie lo conoció. Ahora, todos piensan que nunca existió. Pero todos nos movemos al ritmo, que desde su fantasmagoría, él, imprime en nuestras vidas. Ya la pueden exponer para el canto y las ceremonias. Ella es

            Amarinda Bella, la mujer mejor cuidada en la ciudad, después de la primera dama, que vive en una casa alejada de su pueblo. Acaba de morir, sin embargo, una extraordinaria mujer. Mi abuela. Amarinda Natuba.

 Hablar de la legítima esposa del “Señor” Don Felisardo Lastenes Gómez Romero, eterno presidente de la República es imposible. Nadie la ve desde hace muchísimo tiempo. Es como un fantasma de tanto no ser vista, es como si sólo por nombrarla tuviera existencia real. En verdad de la dama nadie sabe nada. Nadie conoce el nombre de la señora presidente. Sólo anda por ahí una foto que según dicen es de mil novecientos treinta y tres. ¿Quién sabe? Tal vez sea cierto y existe. Ella era una hermosa actriz de cine en Paravará. Pero nadie habla de eso. El pueblo se calla. Yo también. Esa otra es la “Desconocida”. Ésta, mi abuela, era la novia visible del caballero. Pero todos miraban hacia el costado cuando el “jefe” la sacaba a pasear con su largo cabello negro cayéndole sobre los claros senos opulentos y sudorosos. En el auto rojo que brillaba al sol o a la luz de la luna llena, sobresalían los ojos de la mujer más codiciada de la región.

            La mortaja la hizo la señorita Libia. Le acerqué el antiguo dibujo trazado con mano ágil de Isai Natuba, que amarillea en el aparador de caoba y palisandro. Lo trajo en uno de sus viajes, según contaba Amarinda. Costó encontrar esos colores brillantes, la textura en los paños y telas. Lograr, en pocas horas, bordados con todos los signos que están escritos en un idioma que ninguno de esta enorme familia entiende. Debe ser algún lenguaje esotérico. Isai Natuba era negro y su sangre, dicen, era más fuerte que la de un buey. La señorita Libia, sabe muchas cosas, pero sólo bordó cuidando en cada puntada, no distorsionar el mensaje. Si llegaba completo, ellos, los ancestros recibirán sin ninguna duda a la querida y bella Amarinda. Los espíritus son como los ángeles, se conocen entre ellos. Nosotros apenas vislumbramos a quien está frente a nosotros. Ellos en el otro espacio, el de los muertos, se miran y saben hasta el nombre y de dónde viene ese difunto. Por eso hay que ponérselo todo. Hasta los zarcillos de piedras de coral azul que usaba en el día que el caballero la robó. La sábana que guardaba con su sangre. Las trenzas que le cortó esa madrugada y los calzones de lienzo, amarillentos, por los años transcurridos. Además de la mortaja que bordó la señorita Libia, todo debe ser ubicado junto a ella.

            Ya llegaron varios llorones. Traen flores de jazmines y jacarandá. Van formando corolas entre cruzadas. Por todos los rincones hay jofainas con agua clara bendecida por el “viejo barbudo” vestido de blanco que nos mira con extrañeza. Y nosotros a él. Pero cada uno en lo suyo. Él con su Dios y nosotros con nuestros mandatos familiares. No hay discusión.

            Un mestizo acaba de entrar con una enorme corona en forma de corazón, hecha con diamelas, en nombre del dictador. Toda la gente, espantada, se hace humo. Yo y el “viejo barbudo”, nos quedamos aquí, quietos, mudos. Agradezco con dos palabras o una, tal vez, el miedo no me deja recordar. El anciano, comienza a echar agua bendita y a ahumar con incienso a la muerta. Amarinda, se hubiera levantado para tirar por el alcantarillado esa blonda del dictador. Pero no puede. Yo no me atrevo y el monje tampoco. Ya fue preso muchas veces por hablar de las cosas malas que sabe del dictador. Lo apalearon. Casi lo matan, si no fuera por el mestizaje de los barrios pobres, ya estaría como muchos perdido en la selva.

            Suena la campana de ingreso a la hora del estado de “sitio” como dicen. Ya nadie puede andar por la calle, aunque sea un festejo de mortal en camino al infierno o al paraíso. Ahora nos quedaremos solas. Amarinda y yo, su nieta.

 

2-

            Este barco apesta y  la oscuridad me impide ver a los que han atado a mi cadena y a pesar de ello, distingo a los que por las diferentes lenguas hablan  Se quejan y pienso que si una vez al día nos dan agua en un balde de madera con olor y sabor a podrido me alcanza o cuando me tiran pan enmohecido me da nausea otras, a veces, me  sabe a cuzcuz a miel y a mango y otras es hiel y sangre y miedo y estos infelices les debe parecer pescado o manjares diferente a los nuestros Ellos parecen chinos o birmanos aunque nunca los he visto con luz y no puedo comunicarme El olor a mierda nos igualó enseguida porque no nos sacan a cagar afuera como se debe hacer con un hombre, soy un sometido que capturaron cerca del río Hago mi suciedad acá debajo de mis pies y tengo rabia Al principio olía a jengibre y ajo A madera y grasa y ahora el olor es el mismo a orín y mierda No me muevo para no tener desgarros en los tobillos donde tengo las argollas de hierro y las cadenas Los palos en que me ataron me hacen sufrir porque apenas entré me golpearon brutalmente. Caí replegado sobre mi vientre Herido Soy un hombre jefe y tengo mando allá en mi tierra Sólo abrieron un poco cuando entró un grupo de chinos o coreanos  pero no sé porque fue después de navegar un largo tiempo entre marejadas enormes y bravías

            Dormito cuando me sacudo con el traqueteo del barco y ya nadie solloza suplicando ayuda Yo tampoco nadie me escucha ni escucha a este puñado de muertos vivos y eso que hay mujeres Entiendo que debe haber hembras y niños por el llanto y los gimoteos Ayer sentimos que paraba el motor y que navegábamos en silencio porque debemos estar cerca de algún puerto o algún barco de bandera que debe haber avistado el nuestro Seguro es pirata como nos dijo el jefe Matamo Ombatu  que este navío debe estar con cuidando y nosotros también cuando uno sale de la aldea yo me alejé detrás de una cebra y me olvidé de lo que me dijo el jefe y mi padre cuando me iniciaron en la ceremonia de adulto y sentí el ruido de la caída de carpas y velas a las que ya estoy acostumbrándome y han  recuperado cuerdas y cadenas de amarre y se escuchan voces de otros hombres aunque lejanas y como bajo un trapo o el agua porque deben tener miedo que los ataque alguien como ellos atacaron en la orilla del río en la cacería en donde me encontraba con Ume Tomana tratando de emboscar una vieja presa para agregar al fogón en la aldea y ahora han abierto una de las puertas  y  entra un aire salobre y sano de mar limpio que me recuerda la vida en mi tierra y oigo gritos y también insultos en  idiomas que no entiendo como no entiendo qué hago acá todo lleno de gusanos y mierda pero siento palmas que golpean los infelices que ayudan al gran jefe del barco que entra con un hombre rubio alto y vestido con un trapo claro un látigo y trapos blancos que brillan como telas de araña en el frente de la panza y sobre la barriga magra y seca lleva una faja azul roja y blanca que se enrosca  y lleva apretado con sus dedos afilado llenos de sortijas de oro un pañuelo sobre la nariz ¡claro que  no puede respirar en ese ambiente de muerte y excrementos y sopesa  los músculos mustios de varios hombre y toca los senos y caderas de algunas mujeres y arranca tres niñas de los brazos de sus madres que gritan y yo sólo no puedo ni moverme para ayudarlas y reciben un latigazo en la cara después sale y oigo gritos en varios dialectos y he visto gente de mi raza de raza bantú de ojos pequeños y vientres abultados por parásitos y hambre y he visto mujeres semi desnudas atadas a hombres que casi ciegos les restriegan un miembro viril muerto para ver si aun respiran y uno que habla algo de bantú dice Macao y yo digo Pemba pero tengo la piel negra muy negra y él tiene la piel amarillenta casi verde como sus ojos aureolados de un salitre lagrimoso que me da miedo no será un fantasma pero es joven y pequeño de estatura pero bien fuerte se nota que ha sido  alimentado por su tribu y sus músculos han liberado empeño en las tareas aunque ahora ya las haya olvidado así escondido como estamos y no lo han visto y  por fin sale el blanco y cierran y en un par de interminables horas que han pasado el barco vuelve a navegar pero el aire se ha renovado un poco y han tirado agua hasta limpiar un tanto el sepulcro en el que viajamos a la nada.  

            Arrastrando las cadenas se acerca a mí y en su lenguaje gutural que no escuché nunca en mi aldea me trata de hacer comprender quien es ¿quiénes somos? ¿acaso aquí pertenecemos a alguien o algo? se ilumina una pequeña brecha en la madera y vislumbro la luna que brilla en la noche y sueño con la libertad y siento un estruendo y yo que soy un viejo pescador de mi isla sé que han chocado con arrecifes y es nuestra esperanza única  que esta madera podrida se desintegre y podamos salir para siempre de la tumba en la que estamos o tal vez vayamos a otra tumba la de la muerte pero a la libertad porque la muerte es otra clase de libertad.  

            Los golpes fuertes de madera astillada que oímos y los corales filosos han quebrado el casco podrido y en la brecha entra agua con espuma que duele en nuestras heridas y gritamos todos porque estamos atados y como no tenemos fuerzas y estamos tan doloridos tendremos una muerte segura pero se quiebra uno de los sostenes y nos deja medianamente sueltos y la chirona se agranda y me arrastra una ola junto a una pequeña mujer amarilla pero por influencia de los demonios que debe atraer su largo cabello negro se enreda en las astillas entonces me grita porque  debe sentir un gran dolor pero yo la tironeo y logro sacar mis piernas por el drenaje recién abierto y entro en un mundo oscuro y helado que  cubre mi cuerpo y mi mente se recalienta pensando en ese puñado de hombres y mujeres que arrastro con mis argollas y cadenas y siento apretada a mi piel que se abraza la hembra salvaje y que clava sus uñas afiladas en la piel de mi brazo que pierde sangre a borbotones entonces pienso en los peces que comen carne humana y no puedo detenerme por lo que nado mucho y me dejo llevar por el recuerdo de mis buenas pescas de ostras en Pemba y así es donde subo a la superficie y veo a los hombres que se dejan caer por todos lados desde el trinquete a la popa y desde el carajo hasta la cabina del jefe maldito y hay un amasijo de gente de todos los colores y sus gritos suenan a tambores de guerra porque es la Muerte que atrapa a  todos yo  apuesto que quieren huir de la Muerte por terror a los demonios.

            Mi compañera de miserias sigue como una anguila mi escape y el pequeño chino y una mujer de mi raza a la que está atado nos siguen y  dejan escapar de sus brazos un bebé y también huyen pero saben que el bebé flotará y lo matarán los arpones de los villanos que sobrevivan porque son brujos del infierno y hay que seguir nadando y alejarme hacia donde me lleve la corriente pero quiero separarme de los ladrones que han caído como cucarachas al agua y yo que estoy tan flaco pierdo una de la argollas de hierro que me sujetan a la cadena y me deshago de la otra y la mujer me estira sus pálidas manos plumosas y débiles para que la atrape del cabello y sigo sin espiar más porque no me detiene nadie y veo la luna que me  permite alejar y atrás de mí a otros que desgraciados aun no se han  sacado las grampas de hierro los miro como se hunden en la marejada igual sigo aunque la sal me quema yo sigo alejándome y se alejan cada vez más los que iban tras de mi cuerpo pienso que parecemos dos delfines fantasmas con linaje de estatuas de azabache y seda que huyen hacia una negra oscuridad pero agotado me dejo llevar por la corriente y cada tramo estoy más apartado de la maldad de los piratas y mi amiga la luna se va escondiendo entre los altos riscos y me invita a desentrañar una huída hacia sitios más seguros y yo siento el filo de los corales en mis piernas doloridas y hay un sinfín de peces que lamen mis heridas y picotean y succionan el líquido que sale de las entrañas de músculos y vísceras.

            Ahora tocamos con los pies la arena y hemos llegado al punto de la playa por eso corro y me sigue la extraña joven le escondo mi cuerpo entre las malezas pero se esconde junto a mí tiritando me avergüenza porque está desnuda y aterrada pienso como se siente sola y cuidadosamente nos alejamos internándonos en una extraña jungla de árboles sumergidos donde el griterío de los monos en la noche nos alienta a seguir hacia lo más profundo de los palmares que son parecidos a mi aldea pero nos caemos varias veces y estamos muy doloridos con los cuerpos heridos y muertos de frío por lo que cada pierna y brazo busca un breve descanso que creo no vamos a lograr si queremos escapar vivos por ahora de los malvados y veo en la penumbra una enorme gruta en la muralla de roca que nos enfrenta desde la playa y allí nos protegeremos por un tiempo breve no sea que cualquier rastro de sangre o marca de pisada pueda ser un enemigo que nos traiga al infierno de nuevo.

            Rendidos caemos sobre la arena seca y fría.

 

3-

            La Ñusta Kunty se acerca a la cabaña con una cesta repleta de frutos de mar y su contorneo atrae la mirada del negro. Una pollera de colores vistosos, su camiseta de fina lana de vicuña y sus trenzas, atadas por mil pompones de colores, atraviesan el mercado con aleteo de aretes y collares de conchillas brillantes. Isai Natuba sonríe con la blancura alborotada de sus dientes. La piel reluce al sol. Esa mujer que habla con los espíritus, es el sueño de Pemba. Ella, sabedora de sus encantos revolotea sus pollerones, frente a la mirada de los hombres y el odio de las mujeres. Fuma su cachimba con mezcla de tabaco y hojas de coca, la planta sagrada de los Incas. Callada la pequeña Ming Li, observa como siempre con una mirada de sometimiento. Sigue a su benefactor todo el tiempo. Callada cuida sus heridas y sus sueños. Ofrece su exiguo cuerpo al hombre, que desprecia con un corto manotazo en el trasero inexistente.

            Ñusta Kunty, la hechicera del pueblo, sabe que el moreno la codicia. Se lo dicen sus caracolas de colores iridiscentes  y sus runas. También las estrellas y el grito del pájaro burlador. Ella es la única que puede fraguar un amorío o deshacerlo con sus travesuras. Yuyos y animales que sirven para pócimas. Ungüentos con grasa de yacaré e iguanas, sirven para destrabar el sexo dormido de los hombres y mujeres. Curandera de almas y de cuerpos, Ñusta Kunty, desea abrazar el cuerpo fibroso del hombre silencioso que la sigue por el matorral y la espía cuando ingresa desnuda en la cascada del mítico manglar. Atrás, siempre la extravagante muchacha china. Muda, mira y observa el deseo contenido del liberto. A veces llora. Aprendió algunas palabras de ese extraño lenguaje de las mujeres kollas. Sabe que ese país, a dónde los llevó el naufragio y la huída, se llama Perú y tiene un mundo antiguo de historia infinita como su Macao lejano. Sabe pedir algunas frutas por su nombre. El chupe de pescado, el ña`Pancha picante y la olla de cocido cuzqueño. Tiene un miedo instintivo, que Isai Natuba la expulse de su lado. Duerme a los pies de la hamaca, en la estera que le ha dado el hombrote. Él, hace ceremonias religiosas en las noches de luna. Baila y canta con voz profunda y enajenada en algunas tardes de tinieblas. Son dos extraños que se unen para poder sobrevivir en esa jungla de desconocidos. ¿Enemigos? Quién sabe. Las piedras raras se hacen edificios perfectos. Hay templos de una religión de hombres vestidos de blanco, barbas grises y aliento a muerte. Llevan un símbolo trágico en sus cuellos flacos. Le dicen “curas” y los niños los persiguen jugando. Ellos no se dan vuelta a golpearlos, como hacen los chamanes. Los ignoran, como a ella. Sólo les dan unos pequeños palitos de azúcar cocido que reciben alegres y el griterío acorta la distancia que le ponen los grandes. Los ancianos los odian. Se les nota en el rostro crispado por los surcos de la piel reseca por el sol caliente.

            Ñusta Kunty, le regala a la muchacha, un pendiente con un pájaro cincelado en plata. Es un poderoso talismán para que se enferme y se muera. Ming Li, sin saber, lo acepta y le hace una guirnalda de flores blancas perfumadas para devolver la atención, como las que le ofrendaba a sus dioses lejanos. La hechicera se enoja por eso, un momento tal vez, y luego, decide hacer un amarre poderoso para el Moreno. Se lo entrega a la mujer para que lo coloque en el lecho del hombre. La mujercita, le pone el ritual bajo la estera al africano, ignorando que es un amuleto de amor. Pero éste, se despierta sudoroso y afiebrado. La bruja no es tan poderosa como cree. Los dioses de él, lo protegen aún, de mordidas de serpientes y arañas ponzoñosas. ¡Y de mujeres malvadas! En lugar de prenderse al malsano abrazo de la Ñusta, se amarra al cuerpo frágil de Ming Li y en insensato extravío la toma para saciar su sed de hembra.

            Inmutable, se despierta junto al cuerpo moreno que elude palabras. Pasa el tiempo y su instinto le dice que hay un niño en su vientre. Le acerca la mano al pequeño bulto que se mueve y crece. Isai Natuba, sorprendido sale corriendo hacia el mar y libra su cuerpo al agua que lo seduce con el frío, de ese océano helado, en el que han llegado después del naufragio. Ahí llama a sus dioses ancestrales. Llora. ¿Qué clase de ser vendrá de ese vientre pequeño de piel casi verde? Una mezcla hechizada de ave y humano.

            Ming Li, busca una india que se llama Charuma para que rompa cualquier embrujo. Esa extravagante curandera, le hace encontrar el camino y le entrega poderosos amuletos entre los que hay un manto tejido con maestría de artesana y dibujos que atraparían a la Muerte y la llevaría a un espacio de paz y regreso a sus ancestros en la aldea, a la que cada uno pertenece en caso de mala parición. Además evitaría cualquier enfermedad del “Mal de ojos” y otras dañosas artes de Brujería. Rituales antiguos y profusos del anciano sacerdote Inca le dan cierta seguridad. Sin embargo cuando llega el tiempo de parir, algo se interpone con su naturaleza e Isai Natuba busca ayuda en el hospital que tienen los blancos. El “cura” les brinda todo con delicadeza conquistando al padre novato. Nace un pequeño niño de tez chocolate y ojos rasgados. Un exótico bebé que atrae la mirada de todos. Lo llama Josué. Un nombre raro como el mismo niño. Al rato, nace una niña. Su piel de color amarillo claro sostiene unos enormes ojos negros. Se llamará Amarinda, dice el padre, con machismo incrustado en la sangre.

            Así crecen los niños, felices. Ñusta Kunty, les hace un sortilegio con mal de ojos y maldiciones; y como no se atreven a contar y temen tanto su influencia, deciden por esa causa, escapar hacia un país vecino. No es la primera vez que salvan sus vidas de la maldad de los demonios ajenos. El “cura” blanco los ayuda a cruzar la frontera y llegan a Bolivia. Allí, un sacerdote Jesuita, le enseña a Isai Natuba, un sin fin de remedios para curar el cuerpo y lo instruye en medicina nativa. El anciano, solicita que lo acompañe a su nuevo destino, un país donde según dicen los blancos, sobra el pan y la miel, como dice la Biblia. Parten nuevamente como eternos fugitivos. Ming Li, Josué y Amarinda, lo siguen entre cerros y montañas heladas, valles calurosos y ríos bravíos, el antiguo pescador africano vuelve a buscar la libertad. Ahora es un hábil boticario y médico lego.

            Pasa algunos años curando enfermos, asistiendo partos y ayudando a criar niños, Isai Natuba comienza a sentir que las fuerzas no le acompañan. Ming Li, busca en sus viejas recetas ayuda, pero no encuentra antídoto a los maleficios de los viejos brujos kollas. ¿Son tan poderosos? El anciano cura la sermonea, pero pueden más los terrores y la ignorancia. Además los calendarios han surtido efectos suculentos en sus cuerpos.

            Antes de dormirse a la luz de la luna, Isai canta a sus dioses atávicos y dibuja en un paño blanco una suerte de rituales extraños. Ming Li los guarda con cuidadoso esmero. Un día ella también se dormirá en los brazos de Josué, que se transforma en sacerdote cristiano; y es él, quien la envuelve en mantas que recibió en su peregrinar por las tierras atávicas de Perú.  Luego, parte para África. Viaja a Pemba.

            Amarinda Natuba, es la que hereda el mandato lejano de Macao y Pemba, sus ancestros. La mujer más linda. Médica y farmacéutica anciana,  que cura el cuerpo y el alma de su gente desde hace tantos años. La que transmitió su sangre y sus rituales mágicos a hijos y nietos. Ahora ya lejos transita el camino hacia el silencio. El pueblo la llora y gime por perder su madre ancestral.

La amada del dictador, amante esquiva de todo un pueblo. Mi abuela, hoy está dormida en la sala.  

           

viernes, 23 de diciembre de 2022

LA BERLINA

 

No desciendas. No ensucies tu botita en el lodo del camino. Ha cesado la nieve y ya no llueve. El perfume del bosque envuelve totalmente el aire. Resopla el “Lunarejo” que trota y cerca lo sigue un perro como la sombra de un amado que ha perdido el rumbo.

Desde el claro se ve la vieja hacienda, la casa desmantelada por el tiempo. Todos huyeron el día que llegaron los “mandingas” con su afilada pica y espada bañada en la sangre de los pobres campesinos.

No te vuelvas. El regreso será duro. Ya no queda nada. No hay fuego, ni fogón y graznan los pájaros de plumas negras tinta en sangre. Quemaron las cortinas y muebles de madera para calentarse en las frías noches invernales. Ves, muchacha, allí las cruces son como naipes en desfile de ejércitos dormidos.

La volanta aun sirve para el regreso. No debe importarte el espejo que buscas ni la fútil belleza del retrato. Si miras en lo alto, allí donde jugabas con tu hermano Virkus, hay un ligero movimiento humano. Tal vez encuentres a Luana, tu nana. El dogo ladra con insistencia feroz. Te bajas y echas a correr en el camino helado. Caes una y cien veces, pero sigues ansiosa hasta la inexistente puerta de la casa. Retumban tus llamados. Gritan las aves que vuelan hacia el bosque y de la dañada escalera un Yerko irreconocible viene a tus brazos. Herido por los necios, hambriento y solo. Es un espectro de lo que fue un muchacho hermoso, alegre y risueño. Te toma de la mano y te invita a que lo sigas. En la elevada mansarda habita. El aire que respira es pútrido e indigno. Ese es tu hermano amado, por él dejaste tu mundo, tu bella vida. El amor.

La volanta espera escapen juntos. Virkus se despide. Se queda entre las ruinas. Debe cuidar la casa, sus fantasmas y el famoso retrato que sajado mil veces cubre la pared del salón. Allí, está la pintura de la familia entera. Tu madre, tu padre con su levita y los cinco hermanos con “Salvaje” el perro que junto a Luana protegía a los niños.

El sol resplandece y Frisha comprende que era sólo una fantasía de su alma expectante. Todo está muerto. ¿Y ella?

sábado, 16 de abril de 2022

MORIR VIVIENDO

 

                        El ojo hinchado y un desgarro en el labio. El pelo ralo y quemado. Un calor sofocante y la humedad evaporando el agua fétida  a la orilla del camino. O mejor dicho lo que fue un camino y ahora es un raro esbozo de terraplén y escombros, entre cuerpos mutilados y aves carroñeras que arrancan restos de vísceras y piel. El vestido arrebatado a tirones, apenas cubre un pequeño seno insipiente a la adolescente mujer de doce años. Majola, se arrastra con un arma colgada de lo que aun le queda de brazo. El machete troncó su antebrazo a la altura del codo. Un esparadrapo mugriento intenta esconder la mutilación. Negro de moscas, succionando la sangre apenas coagulada de la herida, el pobre envoltorio del muñón, se infecta sin tener futuro. Camina. La fiebre la hace ver visiones. Entre las matas el movimiento de seres invisibles a los ojos heridos, le inyectan algo de vida. No está sola como cree. ¡Otra vez no, por Satanás!

                        Un punto lejano, entre el polvo, le trae un feo recuerdo y fortalece el terror que anida en su pequeño cuerpo. Son ellos. Los insurgentes. Un ser tan andrajoso como ella, aparece entre la maleza del costado de la huella y la atrae hacia un hueco de barro maloliente. ¡Otra vez no!  Suplica con los restos de brazo que aun puede elevar hasta el rostro de ese ser arrinconado como ella. Se acerca un jeep con soldados del Frente Revolucionario. El repiqueteo de metralla, golpea la tierra y sube una nubecilla de polvo para cubrir su dolor. El olor a muerte cubre cada trozo de cañaveral. Cierra el ojo que aun tiene abierto. No quiere ver el rostro que la mira. Una mujer de la tribu leonesa, la cubre con lo que tiene de cuerpo. La cabellera gris, esconde una enorme herida en la cabeza. A su lado un niño muerto cubierto con moscas y alimañas que corroen su desnudez.

                        Una seña de silencio, cubre la boca desdentada para que no las descubran. Un orín tibio se cuela por sus piernas. Tiene sangre en los pies de cuando los soldados la sorprendieron en las ruinas de lo que fue una iglesia evangélica en Sierra Leona. Uno, tres, siete… no sabe cuántos la ataron y la penetraron. Eran animales feroces entre sus frágiles piernas. Los golpes que le dieron la dejaron desmallada y casi muerta. ¡Estás viva aun, Majola!  Huyó en cuanto despertó. La pesadilla fue querer arreglar la ropa y ver que ya no tenía manos. Ni brazos. Pero colgada de su hombro la metralleta arrastraba el polvo junto a su fantasmal figura. Sangre. Mucha sangre perdida. Arrancó un trozo de algo que encontró entre las ruinas y buscó humanos que la ayudaran. Encontró un puesto del gobierno. Le dieron agua y le vendaron los brazos. Se acercó un liberiano y le ofreció un diamante por sexo. Le escupió la cara y recibió otra golpiza. Esa noche escapó.

                        Ahora estaba allí, junto a esa madre. Extraña y sola. El graznido de los  buitres anuncia su festín de hartazgo. Ya no siente hambre. Apenas puede mover su lengua dentro de la rota  boca seca. La mujer que no habla su lengua, le hace señas que la siga por la senda que serpentea un curso ligero de agua. Deja al niño para que la muerte haga su obra. Hay tantos igual a él, que ya no se puede contar con la mano. Sólo le quita un mínimo cordón que lleva alrededor del cuello con una bolsa de tela embarrada y mugrienta. Sigue a la mujer. Camina, ésta, tanteando con una vara que alguna vez fue el mango de un paraguas. Resbala la niña, y cae. Hay un resto humano cubierto de pequeños gusanos. Generosos comen, dejando limpia la tierra. Sólo huesos. Al caer, su rostro, encuentra un ojo blando, acuoso aun fresco, que fue de un muchacho o una niña. Un grito se sofoca en su garganta reseca. Entre los pocos despojos, hay un brazalete de oro y un envoltorio que toma con calma. Esconde entre sus hilachas el hallazgo. Con eso comprará algo. Tal vez comida, tal vez agua… tal vez una hermosa muñeca que viera hace tiempo en su aldea. La llevaba una niña blanca en los brazos. Ella, iba con su madre y sus cinco hermanos. Todos muertos por los machetazos de los combatientes. Mira el cielo. Lloverá, piensa, hay un raro color en el aire. La mujer voltea la cabeza y se la queda mirando. Señala adelante. ¡Fuego! Majola, señala las nubes y las primeras gotas caen dadivosas sobre su piel reseca. De pronto llueve como hace tiempo no lo ven en la zona. Una verdadera cortina de agua lava las heridas, la sed agazapada en el cuerpo maltrecho de ambas. Sonriendo por primera vez, ve los ojos de la mujer que la arrastra a la deriva. Es ciega. Con algo punzante le quemaron las pupilas y ella, se abrazó a la vida igual. El frente Revolucionario Popular visitó la aldea y aquellos que vieron los robos y las muertes, fueron cegados como ella.  El espeso humo envuelve la zona y pasan dos patrullas sin verlas. ¡Salvadas nuevamente! ¿Ésto es la guerra? ¿Ésta la salvación para nosotros los africanos en Liberia o Sierra Leona? No tiene respuestas. Es sólo una niña de doce años.

                        Mientras la mujer se lava con el agua que corre sonriente en la cuneta, ella escarba en el bulto que encontró atrás, en el cadáver y se asusta mucho. ¡Diamantes con sangre! Cada uno y todos esos malditos vidrios que buscan los blancos, los hermanos  negros…arrastran la sangre de los aldeanos de ese territorio. Los deja caer uno a uno en el barro y camina tras la dama ciega.

                        Demasiada muerte. Demasiada sangre y desdicha. Por un puñado de esas feas piedras. Recuerda a su padre, ebrio, buscando en el lecho del río. Recuerda a su madre, golpeada para arrebatarle una de esas. Recuerda la vida en su aldea. Ella más pequeña, ayudando a sus hermanos a zarandear la arena, el agua y el barro. Igual a este barro con olor a excrementos y muerte. Ahora es una muerta viva, que camina. 

viernes, 14 de enero de 2022

LA NOSTALGIA

 

Las paredes de la sala están soñando una piadosa pintura que oculte la humedad y las grietas del tiempo. Los postigos caen como mechones de crines verdosos sobre los alfeizar de las ventanas. Sin embargo, se siente la tibieza de los fuegos que se entremezclan en el aire desde la cocina. Imelda, hace magia con las ollas y el cuchillo del abuelo. Saca exquisitos menús de la pequeña huerta y el gallinero. Algunas veces, los primos traen liebres o conejos silvestres que cazan en los campos del patrón. ¡Siempre a escondidas, puesto que él, ha prohibido que se cace en su finca! Todo es de su “señoría” y los muchachos como aventura se van en días de niebla o lluvia y hacen sus “fechorías”. Comer esas delicias es nuestro privilegio casi infantil.

Este otoño, nos propusimos recolectar setas y hongos, para lo que Diana y yo, salimos por los caminos a buscar en los pinares los tan codiciados por Imelda.

Esa mañana, cuando regresamos el patrón nos obligó a darle nuestra cosecha de setas. Yo, me quedé llorando. El viejo gruñón es maligno. Es tan avaro, que se le revientan los pantalones en los bolsillos por llevar monedas y billetes. No suelta nada, y a veces cuando anda husmeando por la zona, es sólo para ver si los muchachos están cazando o holgazaneando en los bosques de pinos juntando piñones.

Lamentablemente encontró a Bernabé con dos liebres colgando de su espalda. ¡Se armó de una fusta y lo puso de rodillas para golpearlo hasta sangrar! Y no pudimos hacer nada. Yo fui a buscar al boticario, que llegó y al verlo se estremeció. ¡Es un demonio, este hombre, dijo! Se lo llevó en grupas del caballo hasta la ciudad. Dejó una queja en el cuartel de policía. Pensó que podría ayudarlo. Fue peor. Lo arrebataron de la sala donde lo curaban y lo llevaron al cuartel. Yo supe por un vecino que nos avisó.  A la tarde me preparé. Le llevé una cesta con queso y pan que hizo Imelda. Y cuando lo vi casi muero de pena. Lo habían dejado en el cepo, colgaba con la cabeza abajo y le sangraban las manos. Le dejé a un guardia la comida. Me prometió que le daría. Lo dudo. Corrí calle abajo y regresé a la casa. Vengo de verle la piel, hecha jirones, con diez golpes, marcas de sus manos que acariciaron mi cuello, sin ningún sobresalto en cada una de mis siete palpitaciones del corazón desgarrado.

Imagino que así debe ser la vida en el futuro, sólo penas y resistencias.

lunes, 10 de enero de 2022

MENSAJE SECRETO

 

 La organización envió a varios agentes de inteligencia a Kioto, nadie sabía bien quiénes serían los que nos recibirían. Viajamos en avión, ya que los miles de kilómetros que nos separaba desde Costa Vieza, impedía que llegáramos en otro medio. El viaje fue realmente mortífero. Una fuerza superior nos mantuvo alerta y allí abrimos los sobres con las órdenes que emanaban del “Jefe”. Teníamos allí la orden de fisgonear a un tal Kevin Khi, alias H’shy, un chino-americano, que aparentaba ser un oscuro comerciante en estatuas de mármol hechas en serie. Era un experto en karate, actor secundario en varias películas de ambientación china, y  sus oscuros ojos infundían misterio.

                                   Todo caminaba bien, hasta que en el hotel donde nos hospedábamos comenzó un fuego, que se descubrió luego, con la investigación, había sido encendido por alguien, usando combustible, y que hacía entrar oleajes de humo mortal entre todos los hombres. Nos asfixiábamos. Mäntel, el lúcido investigador que había viajado con nosotros, organizó una fiesta para tratar de descubrir a quien quería deshacerse del grupo. Era evidente que el mestizo no estaba involucrado porque lo teníamos muy controlado.

                                  Contrataron a un grupo de geishas y prepararon un menú extraordinario. Las muchachas con sus kimonos y sus rostros de exquisita belleza trastornó a dos de nuestros hombres, que cautivados, no advirtieron que entre el sushy había una trampa mortal. En pocas horas tuvieron una muerte dolorosa pero en la autopsia, no encontraron nada extraño. La enorme maldad de quienes estaban involucrados era evidente. Comenzó una búsqueda obscena, nada quedaba fuera de los ojos de los agentes. Mäntel, tenía fe que pronto sabríamos de qué se trataba esa venganza. Una organización de traficantes de obras de arte antigua, estaba detrás de todo eso, pero ninguno supuso que Kevin Khi, era un agente secreto de China, que buscaba a los involucrados. Apareció ahogado entre el oleaje pútrido de la laguna Biwa y con un mensaje en la boca escrito en un antiguo trozo de seda de la dinastía Tokugawa.

                                   Una noche que fuimos invitados por un simpático secretario del presidente de Taganaka, la empresa de comercio del señor Öntuwe, supusimos que sería un beneplácito para esos malos momentos que vivíamos. El teatro kabuki, estaba repleto de serios caballeros nativos. Sólo nosotros estábamos allí, extranjeros en toda nuestra ignorancia de dicha tradición. La representación, magnífica por el esplendor de trajes y decorados, cubrió el mensaje. En la escena onnagata desenmascararon a uno de los hombres y le sucedió una máscara de extranjero. Siete sables samurai, traspasaron al actor y se produjo la escena mie. Ahí advirtió Mäntel un mensaje secreto de muerte. Lívidos, salimos del teatro y subiendo a un taxi, partimos directamente al aeropuerto. Dejamos que Öntuwe, quien nos había hecho la deferente invitación se comunicara con nuestro jefe. Él, sabría descifrar el secreto.

 

jueves, 6 de enero de 2022

¡MATA A TU PATRÓN, ADELAIDA!

 

            El país era un caos, los automóviles pasaban como balas por las calles y se oían balas en la noche. Es una asonada. No, es una revolución. No lo crean es una reivindicación social. Es la nueva política que viene.

            Y hasta el hartazgo en los medios radiales se oían a politólogos hablar. Los diarios ardían. El mundo estaba patas para arriba, señor. Yo había entrado a trabajar en esa casa como ayudante de un pediatra muy amable. Su mujer era una excelente ama de casa y tenía muchos niños; cinco para ser exacta.

            Nunca me faltaron al respeto, me hicieron sentir despreciada o me obligaron a hacer tareas superiores a mis posibilidades. Fíjese, señor, que me daban a elegir la presa de pollo o el mejor bife de la fuente. Me hacían servir primero a mí y luego doña Raquel, le servía a mi patrón y a los chicos. Al final ella se quedaba con lo que quedaba, generalmente lo más pequeño o lo que sobraba. ¡Nunca la oí renegar del trabajo que le daba coser la ropa de toda la familia! Muchas mañanas yo me levantaba y saliendo de mi habitación veía que ella no se había acostado terminando una camisa o una prenda para los niños.

            Mire señor, me pagaban antes que terminara el mes y siempre me daban algo más como una especie de propina o premio por alguna tarea especial que hubiera hecho: limpiar los bronces, cambiar cortinas y almidonarlas, hasta si servía un café sin que me lo pidieran como idea mía para que se sentara un rato el doctor a charlar con la esposa.

            La casa era grande, pero no demasiado. Era una casa como para varias personas, pero no brillaba el lujo o algún despropósito. Muchas veces él, el patrón atendía a un niño y no cobraba si veía que era gente de trabajo y pobre. ¡Hasta les daba los remedios, esas muestras gratis que le dan los laboratorios!

            Yo, lo digo sin vergüenza, me enamoré de esa familia. Eran buenos, muy religiosos y vivían como cualquier obrero, sólo que tenían escuela. ¡Si yo hubiera podido ir a estudiar no me hubiera sucedido todo aquello!

            Una noche sonó el timbre y fui a abrir la puerta, pensando en un niño enfermo que llegaba sin aviso. ¡No, era mi ex marido! Él, es un alto personaje en los sindicatos de madereros. Manda como “patrón de estancia”, así decía él, que se jactaba de ser mejor que los estancieros. Nunca conocí a uno. Vino y me sacó casi a la rastra. Entre después de darle un buen empujón y le avisé a uno de los chicos, el mayor, el Pipi, que salía un momento con un pariente. Que le avisara a su mamá. Salí y en la esquina había una chata con dos tipos armados hasta los dientes. Me metieron de “prepo” en la chata y salieron echando chispas. Llegamos al parque y allí me dieron un ultimátum…”Tenés que matar a tus patrones y a los pendejos”

            Se imaginan como temblaba. Yo sabía que son de los de la pesada del sindicato. No me la iban a perdonar. Temblaba como una lámina de metal, me castañeteaban los dientes y las rodillas bailaban una contra la otra. ¡Qué julepe! En una bolsa entré el arma con seis balas en la misma y otra caja más. Porque eran siete, sí, siete con el Pipi y la Clarita. Sole tenía tres años y Luchi cinco. El bebé no caminaba todavía pero ni se lo sentía de tan bueno.

            Esa noche no pude dormir, fui como seis veces al baño, tenía vómitos y colitis. ¡No es para menos! Yo, Adelaida Gauna tenía que matar a esa gente hermosa por orden de un atado de locos gremialistas. En la mañana la señora me preguntó ¿Cómo le fue anoche con su pariente? Y le tuve que mentir. Vino a avisarme que me tengo que ir señora. Mi abuela en San Juan está moribunda y no hay quien la cuide y pensaron que yo soy la mejor nieta para cuidarla, así que esta tarde cuando termine las tareas me voy.

            ¡Qué pena Adelaida! La queremos tanto, pero está bien usted se merece cuidar a su familia.

            Me temblaba el cuerpo. Hice todo lo que pude para no mostrar mi miedo y mi vergüenza. Me pagaron con un premio por mi trabajo y salí corriendo. Me subí en la Terminal De Micros el primer coche rumbo a Buenos Aires, ya que allá es tan grande que no me iba a encontrar. Por lo menos en un largo tiempo, plata tenía, ahorraba algo de mi sueldo todos los meses y más lo que me habían dado al salir.

            Viví escondida en un pueblito del sur de Buenos Aires cinco años. Trabajé de vendedora ambulante, vendí helados, cociné en una fonda, hasta cargué bolsas en una feria de verduras. Un día hubo una revolución y sacaron a los palos a muchos, especialmente a algunos políticos mafiosos. Yo escuchaba las radios de noche en la pensión. ¡Ah, me mudé cuatro veces a distintos pueblos y nunca di mi nombre ni mi documento! Les decía que me lo habían quitado en un trabajo unos patrones malos.

            Supe porque me atreví a llamar a una comadre, que mi ex marido estaba preso; había matado a unos mayoristas de madera. Y volví. Dejé pasar quince años… y fui a buscar al doctor y a su familia. ¡Los encontré! Estaban muy felices de verme. Cuando les conté mi historia, me abrazaron y me pidieron que almorzara con ellos.

            El Pipi, me contó de usted, que es su profe del secundario y que escribe historias verdaderas, por eso me atreví a relatarle mi verdadera vida. ¡Pensar que me querían obligar a matar a toda la familia de mis patrones, por no estar metidos en los chanchullos del gobierno! Adelaida Gauna, nunca hubiera hecho algo tan horroroso.

miércoles, 1 de diciembre de 2021

LA MANIFESTACIÓN

 

Demetrio, un hombre silencioso y taciturno caminó por la vereda que separaba el ferrocarril de la amplia avenida de los fresnos. Iba meditando la arenga que le dieran en la fábrica esos “mequetrefes” que se creían los dueños de la vedad. ¡Y la verdad era que cada día las cosas estaban peor! Si cerraban la fábrica, todo se iba al “carajo”. ¿Con qué pagaría el alquiler del departamento a don Salime? Y la patrona, su insoportable mujer, le tiraría hasta las cacerolas por la cabeza si se quedaba sin trabajo.

Su mirada angustiada se perdía en las sombras que amortajaban el atardecer. Pasó el tren de las veintidós y colmado como siempre de obreros cansados que volvían de las fábricas a los ranchos y casuchas de las villas.

Apretó el paso porque últimamente solían aparecer merodeadores y robar a los que como él, se atrevían a caminar por las zonas moribundas de los alrededores del campo de golf del club del municipio. Pasó una ambulancia con su furor de sirena y luces rojas. Se santiguó como le enseñó su abuela, por si acaso iba un desahuciado. Pensó en su hija. Era lo que lo sostenía en la vida. Se casó obligado con la Rafaela. La había conocido en un baile de carnaval en el galpón de empaque de la fábrica de muebles. Esa también cerró. Acorralado por un embarazo inesperado, el padre de la Rafaela lo forzó y no le quedó otra que pasar por buen muchacho y tratar de ser un mejor esposo.

Lo único bueno, que la mujer en ese tiempo era lindota, con buen porte, grandes tetas y ojos de color celeste. La vida dura y el trabajo le dieron ese matiz de oscuridad y fue desplazando bellezas por acritud y desdén. Al nacer la Gladys la vida se hizo un poco mejor, más alegre. La chiquilla era alegre y parlanchina. Inteligente y lo adoraba. ¡Por ella siguió junto a la madre!

Trabajaba diez horas por día y sin descanso, hasta los días feriados para no compartir con la familia de la Rafaela. De vez en cuando aceptaba un asado o unas pastas algún domingo. Infaltable en el cumpleaños de la nena.

Pasó una camioneta con un altoparlante arengando a la huelga. “Mañana todos a la explanada del municipio”, y también se santiguó. Les tenía miedo a esos punteros del “Jefe Reinoso” que para él, era un mafioso.

Llegó a la casucha, el ruido del herrumbrado portón, alertaba a Rafaela que entraba. La mesa estaba con su mantel de hule floreado y tres platos, los cubiertos que fueron regalo de su madrina y vasos con soda. Un perfume a bifes y sopa le ingresó inesperado por los recuerdos de su madre. ¡Ese era el olor de familia que guardaba en su memoria!

Se sacó la boina y la campera, dejó su bolsa de herramientas en el lugar donde estaba señalado su “lugar”, elegido por Gladys. El resto era para la máquina de coser y el escritorio donde se apilaban los libros y carpetas de la nena. Ya tenía dieciocho y era una futura médica.

Se lavó y acicaló. Más tarde, antes de  dormir se daba un baño. Todos los benditos días eran iguales. Se sentó a la mesa. Gladys se acercó y lo besó en la frente, le acarició la espalda que le dolía con los años. Casi en silencio comieron. Demetrio les narró lo que dijo el matoncito que los arengó en la fábrica. Y Rafaela asustada le pidió que no fuera.

¡Pueden haber disturbios, lo escuché en la radio! Papá tiene que ir, tienen que protestar, mamá, sino son como corderos que van al matadero. ¡Asistí papá! Y llegó la hora de dormir.

El despertador sonó a las cuatro, dejar el lecho, cada día era más difícil para Demetrio, pero esa mañana tenía que apurarse y llegar a tiempo al playón frente a la fábrica, allí, esperarían los del sindicato. Salió besando la frente de Gladys y de su mujer, gesto inútil para él, pero que hacía como un robot desde el día que ella lo maltrató por primera vez.

Salió apurado y sin la bolsa de herramientas, se puso otro gorro diferente al que usaba siempre y una campera vieja de su suegro…caminó apurado y se subió al Bondi. Luego de apretujarse con un montón de obreros, se acurrucó en el pasillo junto a la puerta de salida. Al llegar a un cuadra de la fábrica, comenzó a ver el alboroto. Caminó derecho a la vereda de enfrente, alguien le puso una pancarta en la mano. Era lago pesada, pero él la podía…no sabía qué tenía impreso. Comenzó la caminata hacia la municipalidad. La policía los esperaba con armas largas y gases lacrimógenos. Demetrio comenzó a marearse. La querer alejarse, una mano de hierro lo atajó y con una puteada lo regresaron a la manifestación. Comenzaron de atrás a tirar piedras y algunos objetos duros. La policía contestó con gases y avanzó. Demetrio se cayó y lo empujaron, lo pisotearon entre los de atrás y los de adelante.

Rafaela y Gladys, lo buscan. Demetrio nunca regresó.   

lunes, 20 de septiembre de 2021

JARDÍN DE ANTAÑO


De repente cuando iba a buscar las clemátides y los rosales trepadores, sintió una discusión. Rodeó la terraza y se encontró con Abril, la joven hija de los dueños de casa. Estaba arrasando con el trabajo realizado. Por egoísmo o franqueza no les iba a permitir ese mamarracho.

                - Yo soy una artista. No soporto este jardín convencional. Quiero algo creativo...

     .- ¡Usted, oiga, se nota que es una vieja histérica...¿de dónde sacó el mal gusto?

                 - En primer lugar...”niñita” sepa decir buenos días. Yo no acostumbro hablar con gente mal educada. Respete el trabajo de los demás.

                  - Mal educada es usted. Vieja estúpida. Mis padres no le pagan para que haga   idioteces y cursilerías. La muchacha  aplastaba los macizos con los pies descalzos.

                          Juan y Carlos, - que era un chico especial-, callados, trataban de salvar algo de la furiosa muchacha.

                   - Realmente, señorita Abril, perdone - dijo el viejo jardinero,- Su mamá ya le indicó a la Sra. Victoria lo que quiere.

                  - Vos callate. Yo quiero que hagan un jardín que vimos con mamá en una película ayer.

                 - ¿Y cómo puedo saber qué te gusta?- Preguntó Victoria con buen humor, a pesar de sentirse... maltratada por una niña insoportable y soberbia. Se la malcriada dio media vuelta y se fue dejando a todos atónitos.

 

La llamada en el celular despertó un gran disgusto. Victoria tenía que levantarse temprano a pesar del resfrío que le había atrapado su buen humor. Se vistió rápido, Montó en la bicicleta y salió hacia la gran casa. A mitad de camino pasó por el vivero y dejó la  nota para que llevaran una camioneta con plantas. Especificó qué quería y luego de hacer uno de sus “graffiti” humorísticos partió. Por la ruta se cruzó con algunos conocidos que la saludaron. Cuando llegó al portón pensó que gente de influencia vivía como en torreones o prisiones. Ella amaba la libertad. Abrió el chofer con un aparato electrónico. Ingresó apurada. Comenzó a despegar con los dos ayudantes, las enredaderas avejentadas del frente de la casa. Arrancaron “plantines” marchitos, macizos helados, rosales secos. Don Juan y Carlitos, ya tenían una porción de la tierra saturada con abono natural. Llegó la gente con las plantas elegidas en el vivero. Con las nuevas plantas. Victoria dispuso poner la estatua que había permanecido semioculta junto a la escalera de mármol. La rodeó de violas azules y naranjas. La miosotis y las caléndulas formaron un bello cuadro morisco. El jardín quedó como un paraíso.

                                   

jueves, 2 de septiembre de 2021

UNOS PANES SOBRE LA MESA

 

FULBIO

Si caminaba un trecho más, encontraría la cornisa de piedras que rodeaba el límite del redil. Sus pies doloridos y mal equipados arrastraban con pena su menester como labriego. La casa grande parecía dormir a esa hora. Los perros no se acercaron para torearlo por pereza y decencia. No hacía frío, pero un vientecillo áspero tremolaba en la fértil parcela de trigo que comenzaba a dorarse en su madurez.

Seguido por su caballo, llegó al pesebre perfumado a pasto fresco. Lo dejó envuelto en una manta decolorada de lana rústica. Cerca de la puerta se lavó con agua fresca de la fuente que manaba descontrolada hacia la vega. Su brazo sostenía el rifle y del hombro colgaban dos liebres que cazara para la cena. Ingresó en la cocina. El perfume a romero y cebollas invadió su alegría. Hogar. Él, era un simple labriego asalariado pero sentía pertenecer.

Nació allí, en la casa, como un duende inevitable de los dueños; se paseó por las habitaciones siendo niño, pero llegando a la adolescencia ya fue ubicado en la zona de servicio. Amaba a esa gente. Eran su familia. El dueño, un astuto comerciante, postrado en una silla de ruedas por efecto de la guerra. La señora, una dama dulce y misteriosa que caminaba como un pajarillo sobre las alfombras, siempre lista para sus hijos que llegaban como gazapos a la mesa, hambrientos y ruidosos.

Nunca le pegaron, ni lo maltrataron. Tal vez, porque era muy parecido al mayor de los niños de la casa. Su madre, era la doncella de la señora. La cuidaba y parecían amigas.

Un día uno de los muchachos se burló de su madre y el señor, encolerizado le dio un azote con la fusta del caballo que montaba cuando recorría el campo. El chico lloró a mandíbula loca, sus gritos se escuchaban desde el gallinero donde Fulbio, se escondió. No quería ser la causa de los golpes. ¡Pero su mamá se metió en la cocina y lloró mucho! No entendía el motivo.

Al día siguiente tuvo que llevar la comida a la habitación del muchacho y este le gritó que lo odiaba. ¿Por qué sería? El chico le descargó su enojo contándole que su padre era el mismo que el de él. ¿Cómo? Sí, mi padre es tu padre, pero tú, eres hijo de la doncella y no de mamá. Salió corriendo. Se escondió en el establo. Lo vino a buscar la cocinera. Debía irse al monasterio por una orden del señor. Eso fue lo que hizo. Partió.

Al tiempo, lo fueron a buscar, tenía que trabajar en el campo. Ya los muchachos habían crecido y no había quien cuidara de la vega. Aró, sembró y cuidó a cada animal de la casa. Ya tenía como veinte años. No le permitieron ser cura, como le proponían en la abadía sus maestros. Manso, volvió y siguió siendo el labrador de la tierra.

Su madre, ya anciana, le explicó, que su futuro era mantener el bienestar de la familia. Eso la incluía a ella. Supo que cada año, sembraría, cosecharía para tener granos, porque tenía que transformar el trigo en pan para los habitantes de la casa. Su casa. Su familia y su vida.

 

miércoles, 25 de agosto de 2021

INMIGRANTES

 

Barbarita fue al final la que sobrevivió y pudo contar todos los sucesos ocurridos.

            La familia había llegado por allá, por la década de 1890 al país, como todo inmigrante con más hambre que bolsas, con más esperanzas que certezas, con más miedo que seguridad. Primero quedaron en el Hotel de Inmigrantes con otros extranjeros que hablaban mil lenguas diferentes. Los ojos grandes mirando las ropas raras de algunos vecinos en las largas mesas que los cobijaban, donde no faltaba un plato de comida caliente, pan crocante y tibio y alguna fruta. ¡Ellos hacía mucho que no comían tanto! Menos frutas y carne. La gente, allá en la aldea, hablaba mucho que en este país había carne por todos lados y que el pan sobraba. Ellos, lo verían cuando salieran de allí. Los llamaban por un número que le habían prendido en la ropa cuando bajaron del barco. Después de pedirle los papeles que traían, un hombre calvo que hablaba su dialecto, les explicó que quedarían en cuarentena para evitar contagio de cualquier enfermedad y después tenían asegurado un viaje por tren hasta un pueblo del interior.

            Los embargó un poco de temor, por lo del idioma. No conocían esta lengua que los empleados murmuraban rápido y se movían con tanta agilidad de un salón a otro. Ludovico aceptó sin poner resistencia, Ivana lo miró con rabia, a ella le habían dicho que se quedara en la capital porque era una ciudad grande donde podían tener más comodidades y más trabajo. Como hembra, no podía opinar ni oponerse a lo que el marido le imponía.

            La habían casado antes de salir del pueblo. A Ludovico lo había visto dos veces en la feria del domingo. No era cristiano y ella sí, por lo que no hubo ninguna ceremonia religiosa. Ella sentía que no estaba casada. Que ese muchacho alto, moreno, de ojos oscuros y mirada profunda que se clavaba en su piel rosada y suave era un extraño.

            Tenía manos fuertes y mucha energía, levantaba los baúles de ambos como si fueran cojines de plumas. Él, la miraba y sonreía. No la tocó en todo el viaje, porque ella se acurrucó en un pequeño espacio en esa bodega atestada de gente sudorosa y gritona. Descompuesta con el vaivén del barco y el miedo. Ludovico la abrazaba por los hombros en la noche, porque había notado que algunos hombres que viajaban solos la miraban mucho y mal.

            Fue un respiro llegar al puerto y salir de esas barracas inmundas. Él, feliz de alejarse de su país. Ya se hablaba de guerra y estaba cansado de la prepotencia de los dueños del lugar. Aprovechaban a los jóvenes fuertes para darles los trabajos más duros y apenas les soltaban unas monedas. ¡Estas tierras eran de promisión! Los alojaron en una habitación pequeña, limpia, con un lecho con colchón y lienzos que olían a sol. Tenían cerca un baño que usaban todos pero que les explicaron debían dejar tan impecables como lo habían encontrado. Ivana se esmeró en dejarlo brillante siempre que lo usaron.

            Pasaron los días y la muchacha se transformó en mujer. Él, con experiencia, la tomó sin que ella se resistiera. El padre le había dicho que no hiciera problema y la madre con un llanto solitario, le dijo al oído lo que le pasaría. ¡Y pasó! Supo que la vida deparaba a las mujeres un trabajo extra: dejar su cuerpo en manos de ellos y satisfacer a su hombre cuando éste lo reclamara.

            Un día los buscó el hombre que hablaba su idioma y los condujo hasta un espacio abierto, donde había otros “paisanos”, dijo que crearían una aldea nueva en una región cercana a un río grande y fecundo. No muy lejos de esa capital. El gobierno ya les había repartido unos papeles con los metros que tendría su parcela de terreno y cargaron unos grandes bultos con herramientas y utensilios de variedad inimaginable.

            Algunos hablaban su lengua y otros trataban con palabras parecidas de comunicarse. La mayoría eran familias, algunas con niños y otras con parientes mayores o jóvenes. Todos con la gran esperanza y el sueño de ser feliz.

            Los subieron a un tren y tras horas de traqueteo, pasando por eternos campos sin sembrar, llegaron a una estación despoblada y allí los hicieron bajar. Unos viajaron en carretas, otros en sulkys y otros, los que sabían montaron a caballos. Fueron varias horas andando hacia el norte. Llegaron a un lugar con enormes árboles de una especie que nunca había visto. Altos pastizales y ruidosas aves que revoloteaban por ahí. 

            Ivana encontró el cartel con sus nombres. Allí estaba la tierra. No había ni casa ni corral ni animales. Llamó a Ludovico y éste corrió asombrado a su lado. ¿Adónde dormirían ahora? Tenía sus cofres, bultos, herramientas y utensilios. Pero no había nada.

            Es noche durmieron debajo de un carro que les habían dejado. Apenas pegaron los ojos, el ruido de las aves y macacos los aturdía y aterrorizaba. A la mañana siguiente

Vieron un hombre que traía dos vacunos, una jaula con gallinas y pollos, dos caballos de tiro y conejos. A Ivana le regaló un cachorro de perro. Saludó con la fusta en el ala del sombrero y siguió cabalgando y se perdió entre los enormes algarrobos.

            Con esfuerzo y ganas, pronto levantaron una habitación con los troncos  de los árboles y techaron con maderas que hachueló dejando pequeños orificios en las paredes para tener aire y luz. La mujer se acostumbró a trabajar mucho. Era fuerte y no lo sabía. Ludovico, la miraba con asombro. Se enamoró de su cuerpo y más de su alma. En el atardecer la veía sentada en una especie de silla que le había hecho leyendo un libro. El silencio y su rostro, lo llenaba de paz. No sabía leer y ella enfrascada ni lo miraba.  Un día se atrevió a preguntarle qué hacía y ella asombrada le dijo: Leo la Biblia.

            ¿Qué es eso? Le preguntó. Todo. La sabiduría de la vida y de la muerte.

Pasaron los años, un par de niños llenó la vida y agrandó la casa. Lo rústico fue dejando paso a una casa de material, ladrillos cocidos y tejas, maderas lustradas y ventanas con vidrio. Ludovico, trabajó como todo inmigrante con esfuerzo y acrecentó el bienestar económico de la familia. Compró más tierras y quedó como anécdota las noches en que durmieron bajo el carro. La esperanza afloraba en cada siembra y en cada cosecha. Los muchachos, dos varones que eran idénticos al padre crecieron conociendo cada árbol, cada animal, cada semilla con su tiempo de laboreo. Y con su madre aprendieron a leer y a escribir y supieron de la fe de sus ancestros. Ludovico enfermó, las fiebres provenían de la miríada de insectos de las orillas del río.

            Pasó su fortaleza en un lecho de dolor y ardores. Cerca del amanecer de un mes de julio, llamó a Ivana y le rogó le hablara de ese Dios que ella tanto amaba y se fue quedando dormido entre sus brazos. Se quedó sola con el dolor de haber perdido a un hombre bueno que nunca le hizo faltar sueños.

            El nuevo siglo trajo muchos cambios. El ferrocarril, avanzaba entre los campos de trigo y maíz. Era una enorme boa de humo y chirridos que espantaba a los animales, pero que traía consigo otros métodos de trabajo, herramientas y máquinas para cosechar que los muchachos aprendieron a usar muy pronto.

            Un día desde el lejano país de su padre llegó un puñado de parientes que reformaron la simple vida de Ivana y de sus hijos. Llegaron Maira y Ludovica unas primas, una anciana que era la tía mayor de su difunto marido. Un joven que escapaba de la pérfida guerra entre países vecinos a la tierra y que transformó la seria existencia del grupo.

            El muchacho se llamaba Alfred y con su violín serenaba el espíritu de los amigos y vecinos. Pronto construyó una fábrica de cerveza y en su vetusto corralón, que compró con unas monedas de oro, único bien que poseía, recibía a todos los habitantes de los terrenos de tres o cuatro kilómetros a alrededor de su caserón.

            Ivana ya envejecía y suplicó a sus hijos que formaran una familia. Así Conrado buscó una alemanita siete años más joven y la desposó. Rigoberto se casó con una ucraniana tímida que poso sabía hablar pero muy trabajadora y dotada de una voz angelical. En el templo solía despertar el espíritu a los ancianos adormecidos por la lucha y la nostalgia.

            Cuando llegaron las noticias de la guerra ambos creyeron que tenían que ir a pelear. Ivana se opuso fieramente. Ustedes, mis hijos no van a ir a luchar por un país que no supo darle a tu padre un hogar y a mí un futuro como el que hemos construido acá. Y se quedaron. Y vieron como los que se fueron, volvieron mal. Unos enfermos, otros dementes y muchos no regresaron.

            Ivana dejó que sus hijos vivieran cerca pero independientes. Una mañana no despertó. Sus ojos azules quedaron clavados en el techo y entre sus manos el libro desgastado por la lectura de años y años. Su Biblia.

            Alfred, casi como un hijo más, le cerró los párpados y la acicaló para que los hijos no la vieran así, dormida. Ese día, conoció a una muchacha venida de Hungría, pequeña y bonita. Y al poco tiempo se casó. Ella era delicada pero fuerte. Tuvo varios hijos y lo ayudó con el negocio que fue prosperando. La cerveza, era un atractivo para la mayoría de la gente y comenzó un negocio de exportación, al que incluyó a sus parientes. La empresa era tan importante que Maira y Ludovica comenzaron a viajar por el país para completar las ventas. Una catarata de beneficios los aunó. Cada una se casó y formó su familia. Pero… la vida no fue tan generosa. Ellas no sabían que otra guerra los ahogaría en pérdidas y gastos. Perdieron todo.

            Sus sueños se desmoronaban con un banco que se llevaba sus ganancias, sus animales y sus campos. Había que comenzar de cero.

            La tierra es genial, siempre te presta auxilio, decían los hermanos. Y empezaron con trigo, maíz y tabaco.

domingo, 27 de junio de 2021

ESTELA

 

            Mi familia solía tener ayudantes de hogar en épocas que las mujeres tenían niños pequeños y el dueño de casa podía darle ese mimo a su esposa.

            Fueron varias las que pasaron por mi casa pero dos me quedaron muy presentes en la memoria por lo implicadas que estuvieron en nuestra historia familiar. De pequeña vino a servir una muchacha muy bonita de nombre Estela. Era muy blanca de tez, piel sonrosada, cabellos claros y largos, que armaba en trenzas y rodeaba su cabeza como una corona. Limpia y callada, serena y útil, siempre bien dispuesta a ayudarnos en todo, incluso en los juegos y tareas escolares de los primeros años.

            El viernes salía muy bonita vestida con un solero de color celeste y zapatillas blancas. Iba a la casa de sus padres donde vivían sus hermanos. Creo que quedaba hacia  el este de la provincia. Hasta cierto tiempo había trabajado la tierra, pero sus padres la hicieron salir de esa casa por algún motivo importante y que mucho después supimos el porqué. Pasaron muchos meses y hasta le festejamos el cumpleaños con una torta que hizo mi hermana mayor. Entró en los veinte años con una alegría y sorpresa enorme.

            Mamá le decía que saliera con sus hermanos los fines de semana e hiciera una vida normal para una muchacha de su edad. Se quedaba callada y huía de la cocina o del estar sin contestar.

            Mamá, un día compró un producto de limpieza sin saber que era tóxico. Lo usó papá en su oficina para desinfectar las zonas donde había muchos mosquitos y aparecían algunos insectos indeseables, mamá lo usó en baños y cocina para el mismo menester. Estela lo uso para limpiar otros rincones o lugares donde solían aparecer cucarachas y arañas, ya que mi hermana le tenía terror a dichos arácnidos.

            Después de un fin de semana, cuando Estela regresó, la vimos que había llorado mucho. Tenía los ojos hinchados y la nariz amoratada. Un moretón en una mejilla y otro en un brazo. Mi madre le preguntó qué le había ocurrido. No dijo nada. Se metió en su habitación y luego de un para de horas salió sin hacer comentarios, cantando una canción muy bonita que se escuchaba en la radio. Todo quedó flotando en el aire.

            Una tarde, vino uno de los hermanos de Estela a buscarla. Cara de pocos amigos tenía el joven, pero Estela salió y pidió permiso para volver más tarde. Mamá se lo dio y se fue sacándose la ropa que usaba en casa y poniéndose una pollera negra y una blusa color roja. Regresó muy tarde. Mamá se sorprendió al verla entrar; traía rota la blusa y el pelo enmarañado como si hubiera participado de una riña callejera. No dijo nada, saludó dando las buenas noches y se encerró en su habitación.

            Al día siguiente cuando la llamaba mamá para desayunar, no respondía, preocupada, le pidió a mi hermana que tenía quince años que se acercara a su habitación y le preguntara si se sentía enferma. Cuando Beatriz golpeó la puerta, sintió un ronquido extraño y abrió…Estela estaba caída en el piso con un espasmo de dolor y había vomitado algo blancuzco. Corriendo y a los gritos, llamó a papá. Él, vino con urgencia y notó que junto a la joven había un vaso con un líquido blanco. Atrás de la cama estaba el envase del producto de limpieza que usaban para los insectos y descubrió que  era venenoso. Salió corriendo, llamó por teléfono a la ambulancia y a la policía. En pocos minutos mi casa era un loquero. Policías y profesionales de la asistencia pública dándole leche, vomitivos y una vez en la camilla la llevaron al hospital. Mamá se vistió como pudo y la acompañó como si fuera una de nosotros, su hija.

            Papá tuvo que quedar con los policías que no paraban de hacer preguntas y revisar toda la casa. ¡Era un desastre! Había que avisarle a la familia. Pero se encargaría el comisario. ¡Estela se había tratado de matar en nuestra casa!

            Todas las mañanas mamá acudía al hospital donde Estela agonizaba. Llorábamos todos en casa. ¡Era tan linda y buena! La policía comenzó a indagar y sus padres evitaban hablar. ¡Algo turbio había en esa casa! Uno de los hermanos, después de varios días se quebró y habló. El mayor era un rufián, maltrataba a la madre y a sus hermanos y a Estela la había tratado de hacer ingresar en el circuito de la prostitución. Al ser tan linda él, su hermano, se quedaba con todo el dinero que recogía de varias muchachas que tenía medio como esclavas y pretendía hacer lo mismo con Estela. Como ella no quería le daba enormes palizas y golpes.

            ¡Una mañana mamá volvió llorando. ¡Estela había fallecido! Su estómago no pudo ser curado del tóxico y con su deseo de morir, no había aceptado que la curaran.

            Nunca voy a olvidar a Estela, siempre miro el cielo en las noches y digo que ella debe vivir en alguno de esos hermosos planetas del firmamento.

jueves, 10 de junio de 2021

VACACIONES EN LA MONTAÑA.

 

                        Ni siquiera se sentó a la mesa. Tenía la cara arrebatada de ira. Otra vez ha vuelto a dejarnos solas. ¡Es tan poco sociable! Al final mejor si no hubiera venido, nosotros nos arreglaríamos igual...como siempre. María Eugenia se fue quedando dormida. El ruido lejano de la gente que bailaba en el plató del hotel, le servía de somnífero. ¿Qué estaría haciendo su madre? Llorando... ¡¿otra vez?! 

                        Me siento abrasada por un sol tórrido, rojo, envolvente. Junto a mí está el hombre más hermoso que pudiera soñar. ¿Es Luis Miguel? Debo estar soñando. Mejor que despierte porque será peor si no logro besarlo. ¡Es tan divino! Es un potro. ¡Hay déjame dormir, te digo, no voy a levantarme para estar con vos! Me cuesta abrir los ojos. ¿Qué que Juanjo? ¿Qué..., OH, no me digas? ¿Papá? ¿Y qué hizo mamá? Bueno ya me levanto y bajo. Esperame con un desayuno de esos. No puede ser...papá se encontró con "alguien", regresó anoche con más de una copa y durmió totalmente vestido. Mamá cuando se despertó ¿qué habrá pensado...? Ya, me pongo los lentes de contacto, me pinto un poco los ojos y bajo urgente. Tengo que saber todo.

                        El ascensor repleto. Bajaré por la escalera. ¿Qué lío, qué pasa en el hotel? No...Nada menos ni nada más que todo el staff de " El Rayo". ¡Qué minas, qué minos! Allá está Juanjo.

                        - Hola...dejame espacio. Sí, ya vi que llegaron esos, pero me interesa más lo de papá. Contame. -  se desvía su mirada entre todas las golosinas de la mesa. - ¡Qué cosas ricas, voy a engordar como un cerdo...no me voy a poder poner el Jean nuevo!

                        - Sos retonta. Mirá parece que papá ayer se encontró con una `doctorcita´de la facultad...él dice que le sirve café, siempre, cuando están de exámenes. Mamá, la conoce bien, pero sólo se traga la mufa. La cuestión que cuando papá la invitó a tomar una copa en el bar...no tonta; a mamá, ella estaba cansada, vos sabés acá con el frío le duele la pierna, se acostó, pensando que papá lo haría. ¡No, se quedó hasta las cuatro tomando tragos y hablando!-

                        - ¡Huanca no te distraigas y contame...esa que está allí es una de las modelos top del Rayo...¡Qué lolas tiene! Y la cola. Deben ser puro plástico. ¡Dale! Mirá quiero saber qué hizo de malo el viejo, de todos modos, mamá no le da ni bolas.

                        - Ahí viene mi entrenador me voy. Después te cuento. Nada importante debe haber pasado. Allí viene la vieja.

                        María Eugenia mira distraídamente a su alrededor. El caos reina en el comedor del hotel y piensa...

                        - Si me hubiera ido con Dolores y Caro a Disney, no me embolaría tanto. Acá todo es un plomo. Seguro que ahora mamá me va a retar por algo.

                        ¡Hola, buen días, si se puede decir buen día con todo este lío! Te pusiste ese pantalón todo desplanchado y sin hacerle el ruedo? Te he dicho mil veces...

                        - Má, no me hinchés. Ayer por el pelo, hoy por el pantalón ¿mañana por qué me vas a retar ? Acordate que este es mi viaje de los quince. Podría haber ido al viaje con las chicas, pero no, yo quise estar con ustedes. ¿Para qué? Si me vas a molestar todo el tiempo. ¿Qué pasó anoche con papá?

                        - Mirá esa chica ¿no es la del Rayo? Prácticamente está desnuda y debe tener tu edad. Yo no me explico cómo las madres le dejan hacer lo que quieren. ¡Hija mía tendría que ser!

                        - Sí, sería idiota como yo. No ves que ellas son más libres. Nadie las jode.

                        - Allí viene tu padre. Te he dicho que no hables así, parecés una chiruza. Hacele lugar para que desayune. Me gusta ese modelo de peinado. El de esa señora que está sentada allí. ¿Cómo me quedaría ese corte?

                        - Buen día...menos mal que salió el sol. Desayunemos que me quiero ir a jugar al pool en el subsuelo. ¿Qué hicieron anoche? Yo me encontré con gente de allá, de mi trabajo. ¡Qué rico dulce, me hace acordar al que hacía tu mamá! Mirá llegó un grupo de japoneses...sacarán millones de fotos. Bueno me despido hasta el medio día.

                        - Mami me voy a tomar sol en el solarium de Piscis. Me puse la bikini que me regaló Rolo. La tengo debajo del enterito. Chau.

                        - Cuidate, no tomés demasiado sol. Ponete un protector. Acordate que acá el sol es más fuerte que en el mar. Nos encontramos para comer. Yo estaré esperando en el salón de lectura traje algunos expedientes para resolver. ¡Siempre me dejan sola! Seguro que les da vergüenza mi aspecto de `discapacitada´. Siempre sola.

                        - Pobre mamá no le damos bola...pero es tan pesada. Tendría que haberme ido con las girls sería más divertido que estar acá. ¡Qué tipo super...debe ser gay! Ese que me mira está bueno pero no me animo, es difícil que me mire con ese lomo. Hola, sí estoy sola ¿Y vos? Me llamo María Eugenia. Soy de Pilar. Sí de Buenos Aires. ¿De dónde? Sos de acá...qué aburrido.

                                   Se puso los lentes y no habló más.