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martes, 18 de agosto de 2020

EN LA CALLE



Mordisqueó hipando un trozo de pizza helada y mugrienta que encontró en un cesto. Le supo a asco nausea, color verdoso. ¡Otra vez la calle! ¡El horror y el miedo! Sollozó en silencio recordando los cartones viejos, los papeles de diario y el frío. Al " Nuria "...lo habían encontrado muerto en un oscuro zaguán de un cuchitril abandonado. ¡Tenía tres cuchilladas y estaba atado con un alambre...había mucha sangre y su protector- madre, allí había quedado como lo que era un pobre tipo de la calle. Era hermoso...o mejor dicho era bella con su faldita de seda roja y las medias de malla y los tacos altos y ese cabello rubio, casi platinado, que le caía sobre la espalda. Era su padre- amigo. La recogió de un baño de la estación Retiro, una noche de tormenta cuando tenía aproximadamente siete...ocho años. Ella se había refugiado allí y escondida la vio entrar con su pelo suelto y sus ojos grandes de color oscuro. Después supo que era un chico. Mucho después que le enseñó a usar el baño, a comer con plato y cubiertos y tantas otras cosas lindas. Un día le compró una muñeca. Otro le compró unos libros y un cuaderno y un lápiz y empezó con las letras. Con los deditos supo sumar y restar por la Nuria-Gustavo, que le traía comida y le daba la leche tibiecita en las mañanas frías.
                        Se escondió como pudo en un recodo de una galería. Si la encontraba la cana...o algún tipo de "esos", seguro que no tendría escapatoria para tantas cosas que había visto cuando huyó de su madre.¡Pobre loca! ¿Dónde estaría esa infeliz que le pegaba tanto? Volvió a llorar por su suerte. Por su amiga-hermano muerto, lloró y, se tendió entre unos papeles.
                        Al comenzar el trajinar de la calle se irguió y comenzó a frotarse con las manos llenas de "smog", como le enseñó el Turquito cuando pequeña, para que no se dieran cuenta que era hembra. Se acomodó mal la ropa y comenzó una larga caminata por las calles frías e indiferentes al dolor de una niña...de la calle. ¿ Por qué a ella ? Vio pasar chicos con guardapolvos y uniformes. Ella era una "mal parida"..., una lágrima larga comenzó a deslizarse por su mejilla sucia. Llegó otra noche y se metió en el hueco entre dos edificios en construcción. Allí sintió los gritos de otros desamparados que se llevaban "Ellos" o los "Otros", todos de temer. Comenzó a deambular hacia Retiro. Entró en el baño y encontró un rato de alivio. La sacó una mujer que se sentía dueña. Casi escapó corriendo. Terror, dolor, frío, hambre. Otra vez la calle. Se acurrucó en un pórtico y casi en la mano se encontró sin darse cuenta con la solución al problema. Un trozo de vidrio afilado y brillante. Se abrió una a una las venas de arriba abajo por sus lánguidos brazos de chica quinceañera. Pasó el " Jésica " contorneándose en sus altos tacones y vio el cuerpo herido y comenzó a chillidos pidiendo ayuda. Llegó una ambulancia y cuando la llevaban notó que aparecía tras el vidrio, la cara de Nuria, de Karla, de Yesenia, que sonrientes le daban su vestido de quince: de seda y encaje rosa, sus zapatos de tacos y tomándole las manos comenzaron a danzar un vals.

DEL LIBRO :"AQUÍ Y ALLÁ CUENTOS SIN SOBRESALTOS"

EL CASO DEL AMOR DE UNA MADRE

            Yo le pido por favor que tome un poco de agua. Si no bebe se va a deshidratar. Ahora le abro las cortinas gruesas y va a entrar el sol. Igual que cuando yo era chiquita. Se acuerda que usted me decía: -¡ Mirá que hermoso día! Yo me estiraba para mirar mejor. Recuerda esa vez que se fue por dos días a bailar con Ismael y se olvidó de dejarme agua y comida. ¡Yo tenía cinco o seis años! Cuando me cansé de esperarla y el hambre me agotó el llanto, me dormí un día y medio. Yo no le voy a hacer eso. Antes de irme le doy agua y comida.
 ¡ Ah, ahora me doy cuenta! No está cómoda. Ya la voy a sentar un poquito y le voy a aflojar las vendas. Recuerde. Una vez se fue, yo tendría como siete u ocho años, se fue a una fiesta y se olvidó de aflojarme y cuando vino yo tenía las manos medio moradas. Fue esa vez que el señor Patrik, su nuevo amigo me trajo de regalo una radio. Usted nunca dejó que él me viera, pero como supo que yo existía, me la dejó a mí. Así  aprendí a hablar mejor y sabía todo lo que sé de la vida. Es linda la radio, lástima que se rompió. ¡Bueno, en realidad la golpeó un día que se enojó porque me enfermé y no se pudo ir a bailar! Ese día se asustó. Creo. Me sacó la chata, me bañó y trajo a un hombre que me viera. Él le dijo que la fiebre era muy mala y que me tenía que llevar al hospital con urgencia. ¿Se acuerda cómo se enojó con usted? Cuando se fue, no me llevó, pero me daba de comer en la boca y me dejó libre. ¿También quién se puede escapar con parálisis infantil? Yo supe lo que tenía por la radio. Constantemente hablaron de que había polio en todo el país. Desde entonces la radio se quedó muda. Igual que usted ahora, igual que yo antes.
             ¡ Pero mire si será caprichosa! ¿ Cuántos días hace que le puse ese plato de comida ! Los gusanitos son pura proteína...me decía cuando yo no le comía el guiso que me dejaba...¿ Y ahora usted no quiere probarlo ? No me diga que no le he cocinado bien. Recuerde que me pegó con su zapato azul de taco fino y me dejó este ojo así chiquitito, porque pasé como cinco días sin probarle una sopa de cangrejos. ¡Claro... los gusanitos caminaban entre los trozos de papa. ¡ Esos ojos que abre! ¿ A ver, qué me quiere decir? Seguro que tiene miedo que me vaya y la deje solita. ¡ Ah, ya sé que quiere! No le puedo sacar la chata, porque si me ensucia las sábanas voy a tener que trabajar mucho. Eso sí aprendí de usted, no hay que trabajar tanto, mejor es divertirse. Yo no voy a bailar porque no puedo con estas piernas desiguales. Vio, me quedaron como ocho centímetros más corta una de otra. Me cuesta andar. Me arrastro. Por eso tardo tantos días en volver cuando salgo. Si me hubiera llevado al hospital, tal vez ahora caminaría un poco mejor. ¡Pero yo la comprendo tenía que ir a sus clases de baile en las confiterías del barrio! Le abro un poquito la ventana. Hace bastante frío, pero cuando regrese no habrá olor a podrido como ahora. Espéreme tranquila que voy al mercado y vuelvo. ¡Tal vez, tal vez llegue esta nochecita! No la voy a besar. Siempre me explicó que la gente fuerte e inteligente no necesita besos ni mimos. ¡ Lástima que me cueste tanto bajar las escaleras, pero si salgo rápido, cuando llegue esta noche, seguro que la voy a desatar!
            Carmiña, sale arrastransdo su cuerpo deforme. La calle es su refugio. Camina. Camina. Todo el día camina.
 Luego, en cualquier lugar de la ciudad se queda quieta. Descansa en un rincón sombreado, fatigada de caminar sin claro rumbo. Habla con quien la quiere escuchar. Sonríe a la nada. Carga infinidad de bolsas con objetos que encuentra y le agradan. Limpia y bien vestida nadie puede sospechar su verdadero drama. Nadie tampoco podría calcularle la edad.
             Le cuento señor. ¡ Soy tan sensible que creo que esta noche la voy a desatar! ¡Pobre mamá, ella ahora vive igualito que yo cuando era chiquita. Pensar que permanecí veintitrés años atada en la cama. Sin conocer a nadie, sin ir a la plaza, ni a la escuela, enferma, con llagas y la chata debajo de mis nalgas. Hasta ese día que entró...ese señor vestido de policía, llorando me desató. Me llevó escalera abajo en el viejo edificio y después yo no me acuerdo que pasó...disculpe. ¡Ahora tengo que apurarme, mamá me espera en casa!
El hombre que está en el banco de la plaza la mira sorprendido. Nunca escuchó una historia parecida. Piensa en su familia que adora y que cuidó toda la vida. Ahora que está jubilado, trae a sus nietos a jugar. Mira como la pobre Carmiña sale arrastrando mil años de penas. Ella, sonríe amable y se pierde en la calle hablando consigo misma. Los pasos retumban como tambores de cuartel sobre los adoquines. La luna se refleja en su cabellera blanca. La mujer habla y habla con sus fantasmas.

                                                           

viernes, 14 de agosto de 2020

EL INTRUSO




                     Había dejado de llover. Leandro entró al comedor y comprendió que había llegado demasiado tarde. Se oía  la cascada de los desagües desagotando agónicos el canal de la azotea sobre el pequeño patio interior. Estaba solo. Unas sombras se alargaban en los mosaicos mojados. Dejó el paraguas húmedo como pena, apoyado en la silla. Se quitó la bufanda y los guantes que hacían juego con el hilo de sangre que se diluía en el torrente hacia la pequeña rejilla de la terraza. Lo vio allí caído. Solo, quieto. La cabeza destrozada  contra las frías baldosas. ¿Por qué a él? ¿Por qué en su traga luz? ¿Por qué ese hombre que llenaba de sueños sus largas tardes grises de domingo?
                     Ahora que era  primavera, él le dejaba ese regalo entre sus plantas. Cortó una flor de una maseta. Se la puso en la mano y fue al teléfono. Marcó el número que él, un día le dejara. Se sentó y lloró. Quedó solo. La noche  cubría la ventana como cortina de pena.
                     Lo miró a los ojos, quería escrudiñar su alma... quería saber si aun su amante lo odiaba. Te extrañaba, pensó. Pero no esperaba que me hicieras algo así, tan desatinado. Todos se enterarán que éramos amantes. Se reirán de ambos, sin piedad.
¿Quién llenará mi alcoba con perfume de almizcle y romero en las siestas de verano?
Llegó la ambulancia y llamaron a la policía. No podía explicar lo sucedido. El cuerpo de Luciano masacrado. Los vecinos vinieron a mirar y se admiraban de lo limpio que estaba todo. Las plantas del traga luz perfumando el pasillo y los departamentos cercanos.
Leandro demostró que no había estado en casa. No había un arma ni huellas por ningún lugar. Nadie había escuchado gritos ni peleas. ¡Son tan discretos estos chicos! Raro, muy raro. La puerta no estaba rota ni las ventanas. Se llevaron a Luciano envuelto en una sábana blanca con el monograma que bordó la tía Felicitas. Parecía un duende.
La policía  rebuscaba algo… para inculparlo. Él, estaba anonadado. Les mostró cada rincón, cada resquicio, cada escondite de la casa. Nada. No encontraron nada.
Se fueron sospechando que había algo escondido.
Desde el altillo de la casa de al lado, una ráfaga mostró un rasguño de sangre en la pared. Se movió alguien en la ventana. Era un muchacho hermoso que lo miraba con odio. Leandro cerró la puerta y corrió la cortina. Supo que había sido él. El intruso. Mañana lo denunciaría.
Al amanecer salió rumbo a la calle y no vio el arma.

martes, 11 de agosto de 2020

DEL LIBRO "TIEMPO DE LIBERTAD"


ÁNGEL (Cuento costumbrista)

El  Nicéforo Soto ,era  un hombre de campo .¿Cómo describir al hachero, mitad salvaje, mitad nido, mitad pájaro...?
Se sentó sudoroso con el hacha en la mano y apoyó la frente afiebrada por el esfuerzo..., se sentó en el tronco, recién derribado, de quebracho y salió de su pecho un rugido  de  milenario dolor , él sabía , que cada árbol que caía ,se moría un poquito su selva.
¿Cómo describir al Nicéforo Soto? Su piel oscura por el sol, el polvo y el rigor de ese clima  formoseño...Su pelo renegrido, cortado ¨a como podía` con su vieja tijera desafilada. Sus ojos...millones de estrellas  se reflejan  en la oscura pupila...a veces  tienen el dolor de la muerte, otras recelo otras veces la vida alegre de quien  no conoce maldades, ni propias, ni ajenas.
Sólo odiaba a  las víboras y al la infinidad  de insectos, que torturaban  su piel desnuda y sudada, al atardecer.
Las manos del Nicéforo tenían  miles de años, estaban talladas en laja pura y tan viva, que sangraban.
Se quedó medio dormido, allí nomás y soñó cuando era chico y la “madrina", la Cunda, le hablaba  de su madre. No la conoció, según la vieja, ella había tenido al Nicéforo, del "Pombero" y después murió del mal  parto de mellizos, en el campo.
     -¡Cómo una perra, aullaba de dolor; pero hasta acá no llega naides, m´hijo y se fue apagando  solita entre aullidos de dolor ,que cada vez eran más  suaves! Yo la tiré en un hoyo, allá, que cavé como pude y la tapé con pilas de piedras...igualito que hacen los indios de por acá.

_"Ansí, no la comía el  bicherío".- dijo -¿Entedís, no?_-con lágrimas en los ojos
Despertó la noche, con millares de sonidos de  insectos...miró el hombre ,la luna y caminó despacito hacia  el rancho. Prendió  un candil que daba una suave luz  amarillenta y titilante y comió un trozo duro de "galleta" y mate cocido. Rezó como le enseñó la Cunda y pidió  por su madre. Se tiró en el catre y se quedó dormido. El calor era agobiante, pero su cansancio era  inmenso.


José María Lezica  Martos, nació  en una paqueta  clínica  privada, en  La Recoleta, por cesárea. Su mamá era hija de una familia de  la más nombradas en gacetillas sociales. Se había educado en un conocido colegio "inglés", Luego  estudió en Francia  arte.
Su padre, luego de egresar en el "La Salle", estudió derecho y luego en Londres, donde  obtuvo el master en derecho "Internacional" y el doctorado como "constitucionalista".
La casa  de José María...   era demasiado bella, en ella no faltaba nada. Se  hablaba el inglés como lengua materna. Tenían servidores  educados, silenciosos y discretos
José María era muy rubio, su piel blanca era su problema para  practicar deportes, ya que al más pequeño contacto con el sol, se ponía de un furibundo color salmón rabioso.  ¡Cómo sufría con el frío! Todos los problemas del  clima lo inmovilizaban.
Su infancia transcurrió entre mimos, viajes y estudió, en la tradicional escuela de su padre...Allí conoció, por suerte, a un viejísimo coronel, precursor y partícipe de la campaña al desierto, que fue amigo personal de Roca, y...un enamorado de la patria..., ¡Tan anciano y sencillo como las historias que compartía, con los muchachos del colegio. Y llegó el momento, en que decidió hablar con sus padres, había  dispuesto.
-Papá...mamá, he decidido ingresar al  Colegio Militar de la Nación....-La frente del prominente constitucionalista se perló de sudor frío, cambió de color, su  piel  pasó del blanco verdoso al rojo púrpura, se desfiguró  el rostro. La  madre quedó pálida y temblorosa, pero educada para no demostrar emociones fuertes, sólo clavó su largas uñas, en las palmas de las manos. Se produjo un silencio profundo en el gran comedor victoriano.
-Hijo mío...hemos soñado tanto con tu futuro.-
-Madre, yo quiero ser...quiero defender mis ideales, mi patria, conocer a mi gente..., mi tierra...


La vida fue muy dura allá, en  el instituto, lejos de las comodidades, el amor  de sus padres, y con un modelo de vida ajeno a él. A veces traía a un compañero a su casa, los fines de semana  que luego no volvía más, al ver  tanto lujo .
¡Cada vez se sentía más solo, más aislado y comprendía que conocía muy poco del mundo real! Llegó a sentirse indignado consigo mismo.
Estaba tan consternado. ¡Yo que vivo en un mundo irreal! Tengo que hacer algo por mí. Habló con su abuelo, que era un hombre de bien; con monseñor  De Michelli, que lo consoló pero que no lo pudo ayudar; con su mejor amigo  Alfredo  Castillo Oviedo pero no le sirvió mucho la charla, él buscaba algo  más, a sí mismo.


Se  despertó al alba. Había niebla y apenas se escuchaba el sonido familiar de los animales del monte. Se lavó con  agua fría en su vieja palangana enlozada, la tierra del patio recibió el agua sucia, como  un baño inesperado. Los perros salpicados, salieron gruñendo hacia el gallinero.
Se vistió como siempre, con su arruinado  pantalón y una camiseta de un dudoso color gris amarronado. Las alpargatas duras, embarradas y con varios agujero...señalaban con alegría los dedos rústicos de los pies.
Salió murmurando para buscar su hacha y al dar l a vuelta  detrás de "la casa"  tropezó  con el   Rogelio Maidana, el policía del pueblo. Se  quedó  quieto y medio asustado, como un animal acosado. El nunca recibía a nadie.
-Che, Nicéforo, te llegó la papeleta del "servicio militar", tenés que  ir a   la ciudad.   -Yo no se leer...-Bueno yo te la leo... "El ciudadano  Soto Nicéforo, debe presentarse  el día  12 de febrero  del corriente año, a las 07.00 hs. , en el Regimiento....de Formosa.
-¡Dios lo bendiga ,Don Rogelio.,pero soy tan bruto; salgo tan poco del monte, que no se que tengo que hacer!
 _-¡Bueno, andate  a lo del Alí Salomón, que él te enseñe, te va a dar todo lo que tenés que hacer y algunos consejos y advertencias
-¿Cuánto falta para todo eso?- dijo  sobresaltado.
-Hoy es..5 de febrero...faltan pocos días, tenés  que apurarte, faltan siete días, para ser justos, tendrás que acomodar todo; a los bichos...;a tu "Cunda" ; por el patrón ...le hablo yo, quedate tranquilo.
-¡Don Rufino se va a poner contento...! ¿No cree  Don Rogelio?


Alí Salomón, le vendió unas bombachas nuevas, alpargatas, camisa, sombrero aludo, ya vería él después como se lo cobraría al patrón del muchacho. En una bolsita de plástico, le puso los papeles que le dio la Cunda a Don Alí, llorando, y le prendió un mechón de pelo renegrido de la madre junto a una medalla de la  Virgen de Itatí y una foto amarillenta de la difunta.
Así llegó a la ruta y esperó, que alguien lo llevara. Casi a la hora pasó una chata cargada de bultos de algodón y hojas de tabaco. -Subí ,muchacho, que te
acerco al pueblo.-
Saltó ágil, entre asustado y contento. En el cruce  de la ruta se bajó y dio las gracias. Allí se encontró con otros jóvenes que llevaban el mismo rumbo. Caminaron bajo el sol del mediodía, con calor, pero ellos son como yuyos, rocas, arena o la misma tierra colorada.
Silenciosos, se acercaron a los portones del regimiento, que les parecieron enormes.


Le llegó el destino..., era su primer destino. Formosa; allá cerca de la frontera, muchos de los subtenientes, por lo bajo se reían, otros  que lo apreciaban lo miraron con verdadera piedad. ¿Qué hará  el pituco, ahora, entre los tapes? -¿Te  imaginás...cuando vea a los indios en pelotas y famélicos? -decían otros.
Salió a ensillar su potro..."Refugio", un pura sangre que le regaló el tío Atilio, cuando le entregaron la medalla por el mejor promedio de Colegio Militar  y salió a cabalgar por los campos. Azuzó tanto al bruto, que de la  piel brillante comenzó a aparecer espuma blanca.
De pronto, de frente vio a una joven que caminaba con una yegua , que se había mancado. Con mucha dificultad el animal avanzaba y la muchachita lloraba con desconsuelo mientras acariciaba  a la bestia. La miró. Era menuda , pero tenía  rasgos de fortaleza en su andar, no tenía ni  una pizca de maquillaje, su carita salpicada de pecas  y con lágrimas, hacía resaltar su cabello color miel, que llevaba atado en  una simple  trenza  en la espalda.
¡Le decía cosas tan hermosas a su  amiga manca, que paró su carrera y se apeó.-¿Cómo pasó?-  pensó para sí; ¿Cómo no la había visto antes? ; ¿Quién sería y cómo se llamaba?..._ ¿  Puedo ayudarla?
 Surgieron un sin fin de preguntas y muchísimas respuestas. Era la mujer que el había soñado siempre.

Me  llamo Emilce y estudio medicina; se mancó  por mi culpa soy algo torpe para el galope ; vine con mi prima Dolores, que una antigua socia del club y tiene muchos caballos.
Sí, él los conocía a todos  pero no podía dejar de mirarla. Se quedó  prendado de la simpleza y serenidad de Emilce. ¡Esa noche soñó con ella  y supo que era  la esposa para el.

¡Un sargento gordo, moreno, rústico y prepotente, los hizo entrar a todos juntos al cuartel, casi no respiraban de miedo y de estupor! Muchos de esos hombres nunca habían salido del   monte. Les pidió  por lista los papeles; algunos casi no entendían  que los llamaban a ellos, huraños unos, taciturnos otros, iban entregando sus papeles. Muchos eran analfabetos, otros apenas sabían leer y escribir. Todos estaban muy asustados.
Los juntaron como tropilla en un galpón y allí,  desnudos, los hicieron poner en fila. Estaban tan avergonzados, que se tapaban como podían. Nicéforo, estaba enojado.
De repente entró un grupo de hombres con ropa de fagina y otros de blanco, eran los médicos y veterinarios; los otros eran "los milicos", dijo uno que sabía más .Nicéforo se quedó mudo de estupor! Entre ésos ...vio a un "ángel"...!Se acordó  cuando la Cunda le había dicho...-M¨hijo, los ángeles son todititos rubios y casi transparentes, tienen la piel muy blanca casi transparentes como el aire...y tienen unas alas grandes ...y los ojos son como el cielo...!
-¿Cunda, entonces los tapes, los indios, no pueden ser ángeles? pregunté yo preocupado.
-No. Sos tonto vos, son muy negros y feos como  la tierra   y ellos vienen del cielo. Esa noche lloré, pero él no lo supo nunca.
Le temblaron las piernas cuando se acercaron a él.
-¿Vos, che, cómo te llamás?
-Kirí Uruá, che rú bichá.- contestó el tape.
-¿Hablás español? preguntó  José María.
-Es un indio toba, un chico del monte, jefe, dijo un joven  flaquito que se acercó, seguro que no habla castellano, mi subteniente.-
José María y el médico, lo miraron a los ojos, la tristeza en la mirada, les recordó la "patria postergada"....y callaron.
-Hacelo sentar allí, le indicaron al cabo, y continuaron con su tarea.
-¡Usted...¿nos entiende, cómo se llama?
-Nicéforo Soto, mi ...patrón, para servir a la patria- dijo con voz alegre  el hachero.
-Bien, levantá los brazos, no tengás vergüenza...; le  miraron los ojos , la lengua, el vientre, con un aparato le escucharon el corazón, y sus partes más íntimas.
_Este muchacho está sano...y el subteniente se alegró, porque  el Nicéforo dijo_¡Qué bueno, voy a servir a mi patria!
-Vio doctor, igualito que en Buenos Aires, acá  hay argentinos de ley...
-¿Vos, cómo te llamas, y  acá, qué te pasó?
_Ramón Ledesma.....señor....
Lo volvió a mirar, sorprendido porque el cuerpo estaba lleno de cicatrices rugosas, “queloides” y muy mal tratadas. -¿Te agarró un tren?-
-No, ñor, hace como tres años, en el reñidero  del Benito Luna tomamos unas "guaripolas", tragos, digo, demás y un tape me hirió el gallo de riña y nos trenzamos. Yo pelé  mi cuchillo, pero el otro me apuró.
-¡Pero tenés como...17 puntazos...a ver; si, o más!
-Mi  amá,  me llevó, me lavó como pudo y me cosió, igualito a un colchón, después me echó caña y por mucho tiempo  me tuvo quieto....¡Pucha que me aburría!
-Venga mi subteniente, mire acá, si el profesor de  cirugía viera esto. ¡Pensar que estudié tanto! ¡Pero éste tuvo suerte! Sí, che, una suerte bárbara-
-¡Naides creyó que la mama me salvaría...en el pueblo dicen que fue "San La Muerte" que no quería tenerme todavía!
José María no podía creer lo que veía, a cada rato, le parecía, que su vida  y esto, era un sueño y que recién despertaba a la verdadera  argentina.
Sus ojos de azul cielo, se cruzaron con los del  Nicéforo, que lo miraba de una forma extraña...-¿Soldado qué le sucede?
- ¡Yo lo miro y lo miro...pero no le veo, nada...digo!   
-¿Nada...qué espera ver?
-Las alas.-
-¿Qué   alas? Soldado-
Allí el Nicéforo, le contó, que la Cunda, le había enseñado que los ángeles eran rubios...y todo eso. La carcajada fue general, menos José María, que no se pudo reír. Se acercó al rústico muchacho, y en un gesto nuevo para él, simplemente lo abrazó...
-Ves, tocá, no tengo alas....soy igualito a vos, un hombre y probablemente sos mucho mejor  que yo. En  su corazón sintió, al abrazarlo, que "ese ser" marcaría la historia de su vida.


El casamiento fue hermoso. El Santísimo Sacramento, lleno de flores, el coro y la pequeña orquesta cantando el "Aleluya" de Haendel. Toda la sociedad porteña había  llegado a la boda. En el casco de la estancia de su " tatita " hicieron una fiesta memorable; Emilce estaba hermosa con el traje de encaje antiguo de la abuela, parecía una princesa de cuento.  Se había graduado y con su título de médica, ya podía seguirlo  a la frontera. Allá  en el monte, ella sería la mano sabia que él necesitaba. Había tantas enfermedades endémicas, tanto dolor e ignorancia.                   
Cada mañana se sentían más unidos; eran tan nobles estos muchachos, que el regimiento era un ejemplo, los errores que aparecían eran por desconocimiento, nunca por maldad. Todos amaban su tierra.
Emilce aplicaba todo lo que sabía, con los soldaditos y con una miríada de mujeres y niños inmensamente pobres que la esperaban en la puerta de la humilde casita del  barrio militar.

Nicéforo, soñó tener al lado a su madrina y mostrarle como lo querían. También soñó con tener una "guainita", claro, nunca tan hermosa como Ña Emilce, soñó con verse rodeado de guricitos ruidosos que le llenaran la casa de risas, pero se acordó que era muy pobre y que los tapes entierran muchos niños. Dejó de soñar, ya  Dios se encargaría de todo.


- Algo anda mal...en tres días no han bajado los tapes de la misión, "dotora"-  dijo el hachero con aire preocupado.- Ni han pasado las hermanas del " Testigo Jehova" en las bicicletas y una tenía "la muela de la justicia" muy mala.
-Muela del juicio, Nicéforo, pero tenés razón, sos observador. ¿Qué  puede pasar? - Emilce se quedó pensativa, mientras recibía de su "ayudante voluntario" un mate amargo...
- ¡Yo le ripito, algo anda mal y fiero, ahí viene mi teniente! ¿Vamos a ver, él, qué dice?
- Buenas...¿qué solitario está esto...,qué pasa?
- No sabemos, algo se está oliendo él, que es de acá . 


El jeep, viejo y destartalado avanzó con dificultad entre el barro de la huella en el monte. Había vuelto a llover toda la noche y el calor pegaba con furia sobre las vetustas latas. Un vapor fétido y con irrespirable sabor, penetraba en los pulmones de los tres viajeros. De pronto en una curva, el  Nicéforo vio algo que le heló la sangre. En ese rumoroso silencio de la selva, un perro degollado, hinchado  y lleno de insectos, le dio el alerta.
- Esto es muy malo...¡naides hace algo ansí, por acá...ñor "devuélvase " rápido!
Fue muy tarde, un raro estampido resonó en ese momento y con un golpe instantáneo y mortal, hizo que José María cayera  fatalmente herido, sobre el volante del vehículo, aguda  la bocina comenzó a sonar con la pesada carga  ,del cuerpo que la  apretaba; y un chorro de sangre  ,salió por la frente manchando  todo,  cuando el soldado, trató de moverse, otro disparo perforó la delicada nuca de Emilce y destrozó su cuello. Cayó sobre el cuerpo del esposo muerto. El verde oliva y el blanco delantal eran un mar rubicundo, vivo, aterrador! ¡Cuando  el  Nicéforo, quiso cubrir con su cuerpo a sus amigos, una ráfaga de metralla le atravesó el cuerpo!
Su mirada vidriosa se perdía lentamente e una bruma rojiza...fue tan rápido...Una  sucesión de imágenes se iban presentando..."Cunda", el rancho..., su madre..., quería respirar aire, necesitaba aire. Cada bocanada era un chorro de fuego que entraba y  un chorro de sangre  nativa  que salía...Sintió voces extrañas a lo lejos, ya más cerca vio que arrastraban su cuerpo por los pies, que lo tiraban sobre algo blanco, blando, tibio y rojo;  muy rojo. ¡Supo que se estaba muriendo... sostuvo las manos  blancas de Emilce y de José María, que  ya inertes, permanecían sobre la tierra húmeda de la selva formoseña. Sintió lejos, muy lejos, una voz que gritaba.-¡Saquen la droga, rápido ,y váyanse!-
¡Todo estaba  acabado...sus cuerpos apilados serían como los de los "tobas" y de los misioneros, destruidos por el bicherío.
¡Subían lentamente sobre las matas verdes de la selva...allá abajo el trajín de los contrabandistas de drogas continuaba! ¡Veían sus pobres cuerpos mutilados!
Ellos subían y subían hacia esa inmensa luz brillante...- ¡Mire Emilce...mire  mi teniente...me están creciendo unas enormes  alas blancas, son nuevas, los  tapes
también podemos ser ángeles! ¡Si será bruta mi Cunda...!  Ella no sabe, que los indios,  podemos ...también  irnos al cielo...!


viernes, 7 de agosto de 2020

LA MISTERIOSA DESAPARICIÓN




            Alfredo exitoso coleccionista de monedas antiguas, había logrado que lo invitaran a una subasta excepcional en la capital. Viajó en un tren que parecía un carromato diluviano. ¡Este país debería renovar el sistema ferroviario! Pensó hasta quedar dormido por bamboleo de vagón.
            En el asiento frente al suyo, viajaba un joven muy acicalado y al su lado una mujer de mediana edad, que aparentaba ser su madre. Despertó cuando sintió el sofoco producido por los vecinos, que creyendo que no despertaría copulaban con descaro y para sorpresa, haciendo verdaderas acrobacias para no salir de sus puestos. Cerró los ojos y los espió con discreción. ¡Qué creaturas más raras! Indudablemente no eran madre e hijo, sino una simple ramera que atrapó a un joven inexperto; bueno no tanto.
            Cuando hizo amagos de despertar se sentaron como dos desconocidos sin dar indicios de lo que había ocurrido minutos antes. Más, le ofreció, la mujer un bizcocho de anís, que según expresó había horneado esa mañana antes de partir. Alfredo declinó en convite y agradeció cortés, pero mirando fijamente al muchacho que con una sonrisa socarrona la miraba de soslayo.
            El tren se detuvo en Rincón Lejano y la mujer saludó amable y descendió como si fuera una cándida señora de hogar. El vecino sacó un libro de leyes y se dispuso a estudiar. No miraba a Alfredo. Quien observó la ropa manchada del muchacho en cierta zona del pantalón, lo que le hizo reír para su interior. Pasó un tren del lado contrario que lo distrajo. El estudiante, se paró y salió del vagón rumbo al sanitario. Miró el libro y leyó el título: Ética profesional del abogado. Se le escapó una risotada.
            Cuando ya llegaban a la capital, el joven sacó de la parrilla superior a su asiento una valija mediana y una mochila tipo militar llena de libros. Lo saludó y escapó hacia el andén. Saltó y desapareció.
            En la subasta Alfredo comprendió que había una dificultad terrible para evitar caer en manos de timadores. Los “Palos blancos” trataban de aumentar los precios de las piezas en forma astral. Alfredo, sólo pujaría por una moneda de plata del siglo XVII; que faltaba a su colección. Las había más antiguas, de oro y de cobre; de materiales y lugares raros, pero él, sólo coleccionaba de la región de los Pirineos, ya que de allí, habían salido sus antepasados.
            Cuando llegó el entretiempo para comer, salieron muchos personajes que se notaba de lejos, que eran contratados por la empresa de subasta. Los verdaderos coleccionistas, se agruparon en un conocido bodegón cercano para hablar sobre sus “Joyitas”. ¡Qué disfrute! Estaba un anciano francés que coleccionaba antiguas monedas romanas; un árabe que buscaba de la época de un Rey Persa, un español, gozoso de su enorme colección de monedas de la antigua región ibérica del siglo de Oro. Comieron cada cual a su placer y bebieron juntos un buen vino tinto Cabernet Sauvignon, que abonaron en conjunto. Regresaron a la sala de subasta y ¡OH, sorpresa! Había un coche policial que les impedía ingresar.
            Ansiosos por conocer la causa, un agente les explicó que habían encontrado al caballero que marcaba el martillo con un cuchillo clavado en la espalda; que faltaban las piezas del siglo XII de Oro y que alguien al pasar había visto salir a un joven muy acicalado con un libro de Derecho bajo el brazo.
            Alfredo, recordó a su compañero del tren. Y abrió grande los ojos cuando vio subir a un taxi a la mujer que le ofreció el bizcocho de anís en el vagón. Se tocó el bolsillo de la chaqueta y descubrió que cuando se había quedado dormido le habían sacado una tarjeta donde estaba la invitación a la subasta.
            ¿Qué podía hacer? Si le decía a la policía podían dudar de su inocencia. Y si callaba se sentía cómplice. Finalmente, los hicieron ingresar y les tomaron a todos las huellas dactilares y una fotografía, luego les avisarían. Él, se acercó a la vitrina y vio que faltaba la moneda por la que él, iba a subastar. Una arruga en el entrecejo y un guante sobre una silla, lo impulsó a mirar tras la vitrina y la vio caída en el piso, junto a la pata de la mesilla del cobrador. ¡Estaba manchada de sangre! Si la tocaba, seguro dirían que él fue. Llamó al inspector y le mostró su encuentro. Los muy malvados le habían querido tender una trampa.
            Su instinto y el no ser avaro lo salvó de un verdadero desastre. Saludó a todos los coleccionistas y partió rumbo a su pueblo. Ya habría tiempo para conseguir otra moneda igual.   

lunes, 3 de agosto de 2020

EL COMPADRITO




            Nació como según se dice: en cuna de oro. Su padre estanciero, su madre con apellidos para hacer un legajo real. Un bebé de portada de revista de moda. Sexto hijo de una pareja despareja y sombría, pero que aparentaba felicidad. Los tres primeros eran unas niñas que no tenían el glamour que se esperaba de esa gente. Los dos varones que vinieron después, mellizos, eran morenos, de ojos negros y tan diferentes al padre que se murmuró que no eran del patrón, sino del chofer. Tenían una berlina que los llevaba a la iglesia o a la ciudad. Siempre acompañados por la nana, una matrona rubicunda y alegre que le cantaba canciones en francés.
            Lo bautizaron Luciano Rigoberto Cosme, por abuelos y parientes muy queridos. Y aprendió a caminar pronto, más ligero que sus hermanos. Ágil y picaresco siempre haciendo travesuras que eran ocultadas por el resto de los hermanos. Una tarde de tormenta un rayo cayó cerca del camino, el caballo se descalabró y cayeron en un barranco. Dos de sus hermanas: Federica y Leticia quedaron en estado de coma. No hubo terapia que ayudara a las niñas y con el dolor incrustado en el corazón de la familia las dejaron en el camposanto de Laguna Larga. A tres kilómetros de la casa familiar.
            Pasó el tiempo y los muchachos fueron internados en un colegio LaSalle y Amancia la hermana de ocho años, fue a las Clarisas. Quedó él, el niño más mimado de la familia. Con el Jardinero, aprendió a cazar, a pescar y a galopar por los campos de trigo y cebada de la estancia. También don Antenor, le enseñó a capar y marcar el ganado. Para el muchacho todo era un deporte.
            Creció hablando un francés pasable, porque la nana insistió en enseñarle su lengua nativa. Su madre le hablaba en inglés y el padre, como buen hijo de castellanos, le obligaba a usar el español a la perfección.
            Nadie habló de llevarlo a la ciudad a un colegio para su formación y sólo aprendió con esmero de la enorme biblioteca de sus padres. Era muy inteligente y curioso. El día que su padre compró un Ford, estalló en gritos de alegría y ya nadie pudo impedir que trepara al vehículo y aprendiera a manejarlo. Volaba por los caminos polvorientos. Desarmaba parte por parte el automóvil y lo armaba como a un simple rompecabezas. ¡Es un genio! Se decían en la casa. Pero salía con el asiento lleno de armas y volvía con animales sangrando, colgados de los hierros del coche.
            La cocinera se molestaba porque debía limpiar y despostar los bichos. Luego cocinarlos con recetas que le daba la nana. La madre lo llamaba Rigoberto, por una discusión que había tenido con su abuelo de quien el muchacho había recibido el nombre de Luciano.
            Cuando pasó el tiempo, ya mozo, su figura era la de una estampa de buen artista plástico. Alto, bien formado, de ojos claros como su padre y siempre tostada la piel por el sol que recibía entre los campos de girasol y maíz. A veces iba a buscar a sus hermanos y los veía pálidos y descontentos, llenos de remilgos por la exigida escuela y sus maestros. Pero él, sólo pensaba en grandes aventuras.
            Su padre le regaló un campo y él, supo hacerlo trabajar y acrecentar sus bienes. No sería abogado como uno de los hermanos, Rufino, ni cura como Alcides pero su vida sería recordada por siempre. Él, sería un héroe.
            Aprendió a volar unos armatostes de metal, lona encerada y madera. El motor echaba humos como horno de pobre y el ruido era del mismo infierno del Dante. Voló solo y acompañado por su amigo Waldemar. Pasaron del globo al aeroplano como pájaros sedientos. Eran jóvenes y arriesgados. Llegó a Francia y París lo recibió con su bohemia y pasión. Amó a varias mujeres, probó todo. Hasta un día que le llegó un telegrama diciendo que su padre y su madre habían muerto y se lo necesitaba en América. Laguna Larga era su lugar y su mundo pequeño pero asombroso. ¡Y regresó! Ya tenía cuarenta años. De sus hermanos poco sabía. Su hermana se había casado con truhán que le robó hasta la memoria. Tenía siete hijos y deudas hasta en la cocina. Cuando la vio, casi cae desmayado. Delgada y pálida, su cutis otrora arrebolado era color ceniza verdosa, sus manos que parecían ángeles en el teclado del piano estaban llenas de cayos y ampollas. ¡Un horror!
            Resolvió la vida de Amancia, que cambió. La de sus hijos también. Pero, ella le hizo comprender que tenía que formar una familia. Buscó entre las muchachas casaderas a la más inteligente y de buen humor, no quería un limón agrio a su lado. La encontró en Virginia Del carril y Orregio. Una dama, que hablaba francés, inglés y pintaba como había visto a grandes artistas en París.
            Siguió cazando pero junto a su amigo Waldemar, atravesaban la sabana africana o asiática buscando piezas de alto valor entre los hombres acostumbrados a ese deporte. Mientras ellos viajaban, Virginia y Amancia, manejaban los campos y disfrutaban en reuniones con personas pensantes. Hasta que vino una revolución y quedaron dentro de un pequeño círculo que se ocultaba para tratar de reponer la Justicia y el orden.
            Les confiscaron las haciendas y los vehículos. Se salvó el avión porque Luciano Rigoberto lo había llevado a África. No pudo regresar por dos largos años. Su país ya restablecido el parlamento, le había devuelto sus bienes. Cuando regresaban una tormenta los atrapó en pleno mar, debieron aterrizar en una pequeña isla y allí, esperar un tiempo de bonanza. Al aterrizar en Laguna Larga comprendió la verdad, se acercaba un hombre bello, tan hermoso como fuera él, a sus años y supo que había envejecido.
            Un abrazo enorme los unió y una promesa selló sus corazones. No venía un héroe, venía un hombre maduro que ya perfilaba los setenta años. Virginia, con la cabellera gris, le entregó dos cartas. Una de su hermano abogado que exigía la herencia que le correspondía y una de su hermano que ya era obispo, que pedía entregara su parte a los pobres de África. Y así, el muchacho arrogante y veleidoso se arrebujó en un sillón junto a su perro y su esposa, para pasar el resto de su vida como un hombre común típico de un tiempo lejano.

lunes, 20 de julio de 2020

AMANCIO...PADRE POR AMOR



                                               Amancio Urtubia había nacido junto a los surcos de la viña. Su piel salobre tenía el color del sudor agrio del sol siestero. Fue engendrado a deshora y por un macho bravucón y curdado que desapareció ahí mismo. La Amalia lo parió como pudo, sola y triste, casi como a un malquerido y expulsado por una brujería hecha atrás de su conciencia india. Vino el tiempo de criarlo y lo hizo sin caricias ni besos, simplemente lo crió. Un día de esos, ella, encontró al Zahir Mussaza, un vendedor de fantasías, chucherías, pócimas y mil objetos llamativos que vendía por las fincas. Se aquerenció en su caserón grisáceo, maloliente y sucio. Fregó paredes, pisos y un fogón tiznado como el mismo infierno. Limpió vidrios y puertas y le dio al hombre, un lugar de macho y alegrías. Zahir la aquerenció como premio a sus desvelos. Amancio había quedado afuera. Zahir sólo impuso "eso"...Amancio en un cuchitril en la parte de atrás...y cerca de la letrina. Nunca a la escuela, es cierto, pero sí a trabajar la chacra y con sus añitos frescos a estrenar coraje de agua helada en invierno; en esa palangana donde podía higienizarse, rompiendo primero una capa de hielo. A bañarse en el tanque de cemento en la finca de don Tito, en esos días calientes de enero y febrero.
            Trabajo le sobró siempre. Aprendió a podar, a aporcar y hacer bien toda clase de injertos. Los vecinos lo buscaban, a pesar de sus años, para que los hiciera en durazneros, perales, ciruelos...y las mujeres en los rosales...todos le daban algo, menos plata que recibía el padrastro. Siempre vistió ropa usada y gastada, que su madre remendaba. Alegre y obediente, nunca se quejó y su madre se fue haciendo más suave. Él, sólo, se fue haciendo grande. Ya tenía trece años. Una tarde de invierno, a la oración, don Zahir lo llamó a voces, asustado y nervioso...-¡Amancio, vení muchacho...tu madre...no se ve bien,... la pobre! De pronto una bocanada de sangre y un grito. Los ojos se quedaron quietos y así se murió, sin ayuda de un médico que llegó tarde. Cáncer, - dijo – Lo tenía hace rato ella ¿Cómo hizo para pasarlo parada? ¡Debe haber sufrido dolores muy crueles! Silencio.
            - Amancio quédate cuidando todo...no podés dejar la casa. - fue la orden del padrastro.
            -¡Don Zahir...no le parece que el chico tiene que despedir a su madre!- opinan los meteretes de las fincas aledañas.
            - No puede dejar la casa...y punto. Tiene que hacer mil cosas que no esperan. - el hombre sale ofuscado y casi tropieza con el niño viejo. No pudo acompañarla.
            Las cosas siguen su tiempo de reloj sin cuerda, la primavera regresa y los árboles frutales le regalan sus primicias. Este año la cosecha va a ser un espectáculo, muy buena... Amancio comienza su nueva tarea... ser ama de casa. Cocina, friega, plancha, y más le falta tiempo a su poco tiempo. Zahir le ordena que entre..."Dormí en la cama de tu vieja", sus cosas son tuyas ahora. Busca de su pocilga unos pequeños tesoros. En una cajita de lata tiene unas figuritas nuevas, unas piedras que encontró en el lecho del zanjón y parecen objetos preciosos, una cucharita labrada en plata que encontró en la calle el día que fue a la iglesia por primera vez. Como no sabe leer tiene un libro sin abrir y apenas lo toca para no desparramarlo! Entra en la casa y penetra en ese santuario donde dormía su madre. Un terror quieto lo abruma. Es de noche y se tira sobre la cama. Siente el perfume a romero del cabello de la desposeída, tiene miedo. En la oscuridad cree ver los ojos negros y brillantes la difunta. Por primera vez la llora. Así acepta la suerte de infelicidad y penas que le ha tocado.
            Grande ya, es tan bueno que todos lo quieren. Zahir ya está viejo. No sale todos los días con su carretela llena de trastos milagreros. Le pesan los años y siente que ya no puede. El chico lo ayuda y por primera vez, se avergüenza del mal trato. Sale un día a la ciudad. Nada le dice al Amancio, como siempre. Cuando regresa le explica que si él muere, en un cajón de su ropero hay una llave, con algo que será para él. No se la da, pero en eso queda todo. Pasa el tiempo. Una mañana temprano Amancio siente un golpe extraño, fuerte, corre a ver. ¿Qué sucede? Encuentra al viejo caído, con medio cuerpo en la cama y el resto en el piso. Sale corriendo a llamar a Don Tito...alguien que escucha los gritos llama a una ambulancia. Cuando llega está muy mal y lo trasladan al hospital. Don Tito se va con Zahir y a la tardecita regresa buscando los papeles del hombre. El viejo ha muerto. 
            ¡De nuevo solo en ese caserón que él ve un poco amigo y otro poco como enemigo! Camina y retumban sus pasos por la casa vacía. Tiene mucho miedo y se duerme vestido como quien puede ser echado del lugar. Don Tito viene a buscarlo y lo lleva al cementerio...ve como una a una echan cucharadas de tierra sobre un humilde cajón de madera. Todos lo abrazan y algunos le ofrecen ayuda. ¿Ayuda para qué? Si él siempre se arregló solito...y comienza a andar su territorio de descubrimientos.
            Llega a la casa y toma todo lo que queda del viejo, hace un atado y lo lleva a su antigua habitación. De pronto recuerda el tema de la llave. Obediente la busca y comienza a desandar habitaciones. Frente al ropero tiembla, retrocede, siente vergüenza y terror del difunto. Pero sabiendo que tiene la orden aquella vez, abre el cajón y da un paso atrás sorprendido, un montón de fajos de billetes atados con piolines le sonríen. También papeles envueltos en plástico arrugado. ¡No sabe leer...tendrá que pedirle a don Tito ayuda! Esa noche no puede dormirse rápido, pero el cansancio lo arremete. Se duerme y sueña. Éstos lo llevan a su más tierna infancia, a su dolor de desamor y desamado. Sueña el frío de sus noches y de las miradas indiferentes de su triste madre y de Zahir. Un escalofrío le recorre el alma y su cuerpo quieto y se despierta. Gracias a Dios está solo.
            Pasan unos días y una mañana llega un hombre joven con otro no tanto, en un coche nuevo. Lo buscan a él...y allí se presentan  abogados de una firma antigua. Vienen a decirle que el viejo padrastro le ha dejado una pequeña fortuna en bonos y oro. ¡Sonríe y su perfil de niño...tiene diecisiete años impresiona a los profesionales! Está lleno de sorpresa. ¿A él, don Zahir le ha dejado algo?
            - No poco, no algo...te ha dejado mucho. Tres fincas, doce casas de alquiler, joyas y papeles que cotizan en la Bolsa. ¡No puede ser, no entiende nada, si apenas le hablaba, si nunca lo quiso!
            - Señor yo no sé leer. Nunca fui a la escuela y ¿qué voy a hacer si de acá no he salido nunca? No he ido nunca a la ciudad...nunca jamás.
            Los hombres lo miran curiosos y opinan: “Es mejor ellos le ayudan y que le manejan todo...” Mas el muchacho recuerda palabras del padrastro. ¡Nunca confíes en nadie y menos si es estudiado y de la ciudad! ¡Los señoritos son todos unos sinvergüenzas no hay que creerle! Les dice que hablará con su tío Tito y que ya hablará con ellos. Los abogados se van refunfuñando. Él, sueña despierto. Don Tito, Don Cosme y Don Nerio lo ayudan, le enseñan a firmar y le leen los papeles y aprende de a poco... ¡es tan joven! Al tiempo ya sabe manejar las cuentas y muy bien las fincas.
             Ya tiene veinte años, y es un patrón generoso. En medio de las hileras un tractor sacrifica a una muchacha cosechadora, que queda destrozada tras los enormes neumáticos. Policías y jueces van y vienen. Pero nadie observa que a la orilla del cuadro hay un bebé llorando. Nadie lo alza ni lo lleva. Tampoco es reclamado y así le llega el Pedro, por olvido e indiferencia, también burocracia. Al tiempo le llega la Rosa de mano de la Romina, hija del contratista de La Pedrera, viudo y alcohólico, es madre-niña, que enamorada de un joven se va y la deja..." Por sólo unas horitas... usted es tan bueno". Nunca regresa. Rosa es  miedo e ignorancia. Después llega el Julio (indiferencia paterna) y la Claudia con soledad y pena que le recuerda a su madre.
            Y así se le llena la casa de niños que nadie quiere. Sólo él siente amor, los manda a la escuela. Un día llega el primer título de técnico electricista, el Pedro; después una maestra, la Rosita y una dentista y un aviador, la Claudia y el Julio y pasa el tiempo y vienen los casamientos y fiestas de bautismo. Y el Amancio solitario, que no tuvo casi madre, nunca conoció a su padre, sufrió mucho a su padrastro...hoy rodeado del amor de esos "hijos" que son su familia vive en un cielo de estrellas. Es abuelo.
            En un otoño de cosecha...a las once de la noche cierra los ojos a un sueño de tiempo inmemorial...Amancio Urtubia ha muerto. Ha dejado una familia enorme...él que no conoció mujer en su lecho, para criar a los chicos...de la calle. Amancio Urtubia recorre la ruta de amor más grande...la que lo lleva  a Dios.

miércoles, 27 de mayo de 2020

CARTAS



            La nevisca golpeteaba el vidrio de la ventana. Un vapor fantasmal enredaba la habitación que se calentaba apenas con la leña que crepitaba en la chimenea. Ese invierno asomaba como un mago helado, traía escalofrío a la región de los lagos. Desde un tiempo atrás, no había pájaros en el jardín. Un solo pájaro había anidado en primavera entre las enredaderas y se quedó como hijo irredento del verano.
            Uma, como Terpsícore, danzaba en el rectángulo tibio de la alfombra turca. La música la tenía atrapada con el embrujo nutricio de la dulce melodía. Canturreaba en cada arabesco y descalza, parecía una garza desplumada, sólo cubierta por el camisón de franela blanca y el cabello cayendo como cascada de fuego sobre su espalda.
            El gato se lamía la mano, cuando metía en el platillo de la taza de té que ya frío, descansaba en la mesilla. El jarrón desprendía lentamente pétalos de unas rosas que agonizaban desde el domingo antes de pascuas. Uma, un rato lloraba, un rato reía, un rato cantaba. Enajenada del resto de la familia. Estaba esperando. Su corazón palpitaba con un fuego inocente y tibio por el recuerdo de su enamorado.
            De la escalera una sombra amable le hizo trizas el hechizo. Su padre, con silenciosos pasos, se acercó a ver qué hacía su quinceañera. Carraspera y tos forzada. El gato saltó y se acercó al amo, sobando su pelaje gris plata en las piernas del hombre.
            Uma, hija, cuánto tiempo has pasado bailando. Deja ya esas tonterías y vete a vestir que baja tu madre a desayunar y no le gusta verte vestida o mejor dicho, desvestida como estás.
            Ambos subieron a sus dormitorios y regresaron con ropas de calle. El padre con traje de franela gris oscuro, Uma con un vestido de lanilla verde oscuro con vivos rojos, en la mano su capa de tela escocesa verde, roja y amarillo, como sus ancestros usaban en la vieja escocia.
            En la mesa, ya descansaban las tasas y el té humeante, panecillos de jengibre y tostadas con huevos, jalea de manzanas y miel. Llegó su madre y su hermano Willy. Se sentaron con cariño y comenzaron la ceremonia matinal conversando de novedades simples y graciosas.
            Había cesado de nevar y el viejo automóvil rezongaba para entrar en movimiento. Cada uno a sus tareas habituales: Uma al colegio, Willy al instituto y su padre al banco. La madre quedaba hasta entrada la mañana y luego salía a hacer compras o visitar algún pariente enfermo. Otras veces se la veía por la iglesia ayudando a empaquetar ropa para los menos dotados por la suerte.
            Al regresar a la casa, el olor a carne asada al horno, a papas campesinas y sopa, llenaba los pulmones de alegría y suspiros al estómago. Cada uno se cambiaba con ropas ligeras y corrían a sentarse a la mesa. Clarisa, la cocinera y mucama, había preparado un postre riquísimo y todos la festejaron sin pudor.
            El gato aprovechó a ronronear sobándose entre las piernas de Willy y Uma alternativamente. Charlaban todos juntos entre sí, en un momento, entró Clarisa con un sobre que había llegado esa mañana. ¡Una carta! Era muy raro ya que nadie esperaba correo. El sello era de un país extraño a todos. Marruecos. ¿A quién conocían en ese lejano país? Despertó la curiosidad de la familia. Mas, debían finalizar el almuerzo, según sus costumbres para sentarse en el escritorio y ver dicha carta.
            Willy, pensó que era para él, de un ex compañero de su instituto que había partido hacía cierto tiempo y no había dejado dirección. La madre pensó en una prima lejana y andariega que recordaba le gustaban esas aventuras. El padre, pensó en un compañero del ejército y Uma, no imaginó quién podía mandar una carta de tan lejos.
            ¡Y venía a su nombre! Y cuando llegó el momento de abrir el sobre, cuatro cabezas se agruparon sobre el papel. El gato saltó y se acomodó en su regazo. Era el primero en oler ese sobre escrito con letra apretada y nerviosa.
            La carta decía así: “Querida Uma, el día de tu cumpleaños, mi primo Geremy, me llevó sin invitación a tu casa. Cuando te ví, quedé sombrado Portu belleza, tu frescura y tu alegría. Estoy lejos, lo sé, pero necesito decirte que quiero ser tu amigo y saber mucho más de tu vida, tus sueños y todo lo que guarda el corazón. En este hermoso país, me siento un naufrago en una isla desierta. Las costumbres acá son tan diferentes a las nuestras, que hay días que tomaría el primer avión y regresaría a mi antigua casa. Mis padres la vendieron y me han traído aquí, por trabajo. Yo sigo estudiando y aprendo el árabe, pero es tan difícil, que creo que nunca lograré hablarlo de corrido. Uma, no te enojes con mi primo, él, me dio tu dirección de correo y espero no rechaces mi petición: ¡Sé mi amiga! Con esperanza, Ronaldo Pell.

            Todos quedaron en silencio. La miraban como a un aparecido en medio de una noche de tormenta. Ella sorprendida, los miró y dijo: Seré su amiga, yo reconozco que cuando lo conocí me pareció el muchacho más apuesto que pude conocer.
            Willy, se enojó. ¿Quién se cree este idiota, que mi hermana es una tonta? Lo voy a matar a Geremy, el muy…muy y ya a punto de decir un insulto, el padre dijo: Bueno está tan lejos, ¿qué puede pasar? La madre se quedó mirando asombrada a su marido, siempre tan osco y desconfiado. Fue un “ haz lo que quieras” y salió de la sala sin apuro.
            Cuando Uma desapareció, encontraron cientos de cartas y descubrieron que se había ido con su amor a Marruecos. Ronaldo Pell, se la había robado.

lunes, 4 de mayo de 2020

EL VIEJO CAFÉ DE QUILMES


   

                               Es mejor poner el corazón, sin encontrar palabras, que encontrarlas...sin que el corazón participe.

Pablo se quedó sentado en la misma silla del mismo café de siempre. Su corazón estaba quieto. Un rumor envolvía el lugar, los parroquianos lo miraban con displicencia. ¿Todos sabían? O a él le parecía que cada uno de esos hombres y mujeres conocían los profundos horrores por los que había pasado. Lucrecia. Pensó en la lejana imagen de esa mujer que pasó por su vida con el fuego incontrolable de la pasión prohibida. ¿Adónde  estaría hoy? Será una mujer anodina, gris y amargada como está Tatiana, llena d rencor y encerrada por los miedos a la vida.
Tal vez, si la viera pasar cerca no la reconocería. Recordó el color de su piel, el perfume de lavanda de su ropa interior, las uñas esmaltadas color ciruela, sus tacones. La había amado. En la oficina disimulaban su frenesí amatorio. El jefe los observaba y con sus pequeños lentes de fisgón, parecía un búho nocturno al acecho. La codiciaba. Pero era mía, entonces era mía.
Un maldito día lo trasladaron a otra sucursal. A los pocos días la fue a buscar y la vio del brazo del jefe. Salió en un coche nuevo, brillante como el zorro blanco que envolvía su cuello. ¡Se vendió! La rabia le hizo cometer aquella locura. Lo pagó bien. Siete años adentro entre rejas. Después, lo natural. Buscar un trabajo digno en otra parte.
Se fue de la zona y se conchavó en un almacén enorme de los suburbios. Allí conoció a Tatiana. Era tímida y callada. Una fémina sin instrucción ni clase, pero le tenía la covacha y la ropa bien. Le dio tres hijos, rubios como ella, insulsos como ella y necios como él.
Ahora, que ella estaba al borde de la muerte, con una enfermedad sin cura, se daba cuenta que nunca la quiso, pero la respetaba. La cuidaba. Y los muchachos, que habían partido de la casa, ya tenían su vida lejos y mejor que la de ellos.
Terminó el cigarrillo y el café. Dejó dos billetes junto al azucarero. Cerró el periódico y lo dejó junto a otros en un revistero. Tomó el sombrero y se lo caló hasta las cejas. Luego apretando la gabardina miró a los comensales y se fue derechito a la calle. Bajaron, todos, la mirada. ¡Ahí, estaba su foto! En la portada a todo color.
“Una vez más, el “Chacal” de Quilmes, degolló a su mujer”. La pobre, estaba desahuciada por la ciencia y él, haciendo gala de su experiencia, le cortó la garganta.
Caminó calle arriba, llegó al distrito 66 y se entregó. Pablo Rinocenti, se había condolido de su mujer enferma y del sufrimiento que padecía. No tenía dinero para pagar sus drogas y solo, no tuvo el corazón para dejarla seguir padeciendo…total, ya conocía la oscuridad de la celda cuando mató al fulano que le arrebató a su amor. 

lunes, 27 de abril de 2020

ABANDONADO


Yo te lo digo sin dudarlo, ese es el final que se espera de un pendejo como el Pedro. La madre… loca. ¿No sé porqué las psiquiatras tienen hijos así? ¿Son todos chiflados o se hacen? Míralo. Allí, junto al ventanal que da al patio. Y es lindo el guacho. Tal vez por ser blanco, rubio y con ojos claros, todavía no lo encierran en el COSE. Pobre. Es una víctima como tantos otros que viven desperdiciando inteligencia. Rodando de sala de psicólogo a salita de psiquiatra. Es violento. ¿y la boca? Ni en la cárcel escuché semejante lenguaje. ¡Pobre Pedro! Lo traje medio engañado y se acostó en el frío de baldosas rojas. Parece un ángel dormido. Pero ojo, enseguida se la agarra con cualquiera que pase, es osado. Sabe karate. ¡Para colmos sabe karate! Le tengo algo de miedo. Fíjate como tiemblan sus parpados  inquietos
Ayer vino la madre. Hable mucho con ella. Llora y se disculpa. “la culpa la tiene el padre” dice y yo creo que es de ambos. ¡Por eso los ataques de furia!
La ultima que hizo recién… se cortó un pedacito del dedo meñique y se lo metió en la boca al Agustín Pereda. Digo…, los gritos todavía retumban en los pasillos. Yo ¿Qué querés que te diga? ¿Será esquizofrénico? La Susana, le hizo todos los test que se le pudieron hacer… tiene un C.I de 185… es un genio. Lo miro y se me desdobla el alma. Tiene 9 años. Habla cinco idiomas. ¡Ah! ¡Se come los excrementos para enojar a la  madre! ¡Estoy desorientado! ¿Vos que haces con un pendejo así? Yo me pregunto ¿Qué hago? Ayúdame, Carlos, decime que hago ¡Mirá! Se mueve. Parece una mariposa saliendo de la crisálida. ¿Me podrías decir que hago? ¡Pobre Pedro! Me siento un imbécil. Inútil. Nada. ¡Eh, Pedro! Vení… ¡sentémonos y hablemos! ¿Querés comer un sándwich? Dale, vení, no me mires así, ¿Te duele el dedo? Vení. Te quiero.