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martes, 2 de junio de 2020

VUELVE LA LUNA DE INVIERNO




            Hoy he caído dos veces. En la calle y en la puerta del baño. Si les cuento, me retan. ¡A escuchar la retahíla y no estoy dispuesta! El silencio cómplice será quien me acune. Tengo marcas moradas en los codos y en el alma.
            Hoy me he mirado en el espejo y comprendí cuánto han pasado los años. Fui joven, eso lo aseguro. Hasta fui niña una vez y mi madre me acunaba. Ahora, esto que vivo es la vejez. Fea palabra. Soy vieja. Salgo del estado de dolor asombrada y me acurruco en el sillón del living. Busco álbumes con fotos. Los recorro con ansiedad y esmero. ¡Era tan linda de joven! Miro asustada mi boda. Esa nube de encaje blanco era el amor. Ese hombre bello de smoking era el amor. Ya no está. Se fue hace muchos años. El amor se fue primero. Generosa compañera la soledad que me abraza.
            La casa se descascara. No me importa. Yo también me descascaro como ella. Miro la foto cuando fuimos a Río. Mi cuerpo en las aguas cristalinas, tibias y somnolientas en los brazos de hombre. Hoy me he caído dos veces. Y sus manos ya no estaban para sostenerme. ¿Un bastón, madre, te dará la firmeza que precisas? Me horroriza. Es la muerte que se acerca con un bambú que se aferra a mi mano temblorosa.
            La vejez me espera y acecha con su humo gris de olvido. Es el invierno con su luz que envuelve las arrugas del alma y la tristeza.

miércoles, 13 de mayo de 2020

UN JUGUETE


Nadie supo como abrió los ojos:
              La casa estaba en penumbra. Una pequeña ventana con la persiana rota dejaba entrar un rayo de luz que inquieto iluminaba aquí y allá según la hora.
              Marcelina se escapaba a distintas hora para espiar por ese ojo de vidrio. Todo estaba sucio y abandonado.
              Su mamá, preocupada, la buscaba pues le habían comentado las vecinas que en la noche se oían voces. Hacía años que la casa estaba deshabitada. Por lo que temía que algún malviviente la hubiera usurpado. Nunca se veía a nadie.
              La niña, que había cumplido seis años soñaba con entrar y revisar cada rincón. ¡Había cadenas en cada puerta con su candado enmohecido, era imposible!
              Una mañana muy temprano la luz del sol iluminó un rincón que había permanecido oscuro. Allí Marcelina vio un muñeco de aspecto singular. Su piel de durazno apenas pintada y su pelo y barba de lana rojo le recordaba a un personaje de su cuento favorito. De inmediato quiso poseerlo. ¿Cómo entrar? Buscó a Rulo, su vecino. Su mamá le tenía prohibido jugar con él, porque era algo grosero y hacía cosas feas. Además se comía las uñas. Rulo se interesó de inmediato. Saltó la pequeña verja. Merodeó, tanteó, golpeó y rebuscó un lugar de fácil acceso. Nada. Tomo su mugrienta gorra, envolvió una piedra y la estrello en el vidrio.
              Por allí entraron ambos. Marcelina se hizo un tajo en la pierna. Le salía mucha sangre. Tomó el muñeco que ya en sus manos le pareció grotesco y desagradable y se desmayó.
              Cuando la mamá llegó y pudo entrar la alzó en brazos, intento Salir por algún lado y no pudo. Grito hasta sofocarse.
              Rulo avergonzado le contó a su abuelo, que llamo de inmediato a los bomberos. Al romper la puerta se sorprendieron con la imagen. Madre e hija ensangrentadas apretaban al muñeco que servía de tapón a la herida.
              Nadie supo como abrió los ojos la pequeña Marcelina para que no le quitaran su nuevo juguete.-


lunes, 20 de abril de 2020

LUJURIA




Corrió detrás gritando, no quería que se fuera su enamorado. Le había prometido una vida de ensueño, de novela. Se trepó a sus brazos apretó sus piernas alrededor de la cintura  y  lo  rodeo de besos. La mujer  parada a la distancia abrió los brazos en cruz. Su imagen quedó cincelada en bruma y carne. Él, lentamente regresó. La niña estaba tibia de sonrisas. La mujer contuvo  una lágrima de fuego, sabía que al regresar él, su vida volvería a ser una carga de roca incandescente. Antes había vivido algo semejante. Luego los golpes y la ira. La violación constante. Entró prendió la lámpara. Estiró un mantel a cuadros y distribuyo tres  platos sobre la mesa. Sabía que esa noche los brazos de la nieta estarían en los brazos sedientos de pasión del que fue su hombre. No podía impedirlo. Pensó en la cuchilla con la que había hecho un tajo en la batea y lo escondió. La Lorena, no iba a ser mancillada como ella. Les sirvió el puchero. Él, bebió en abundancia con los ojos puestos en la niña. La carne fresca, rosada y suave de Lorena era el lujo que había conquistado. Se la comía a besos. ¡Esa noche sería su regalo! No sabía que la mujer… tenía asegurado el fin de esa vida.


miércoles, 15 de abril de 2020

EL ÁNGEL NEGRO




            Estamos cruzando el río con una canoa frágil que compramos con nuestros ahorros. Es pequeña y pintada de colores vivos. El río se desliza suave como un reguero de miel o aceite entre un sin fin de plantas. Hay ruidos desconocidos por la costa. ¿Serán monos o aves? No tenemos idea de dónde provienen. No le tenemos miedo. La aventura nos ha superado. Primero la avioneta se descompuso en medio del tramo que nos llevaba al puerto, luego caminamos por una ruta contraria hacia donde queríamos ir, nuestro viaje de tres días está durando trece.
            Chalo dice que ese número no hay que nombrarlo, es mufa. Yo no creo en esas cosas. Rolando que es medio místico, nos alienta con unas oraciones que parlotea a toda hora. Me cansa, pero no le digo nada porque es bueno y ayuda en todo. Seguidamente al llegar al único puerto que encontramos había sólo una canoa. Ésta que se desliza como sobre miel caliente. Gracias a Dios no estamos solos, hemos visto algunos nativos caminar por la orilla. Nos miran con su boca desdentada y nos hacen señales que no entendemos.
            Giro y un sordo ruido surge entre las frondas. Es una imagen extraña. Lo que vemos es como un enorme ángel negro con un par de alas emplumadas que se abren sobre nuestra bonita canoa. Pareciera envolvernos con sus alas de grafito brillante y garras afiladas. Clava sus grandes ojos en mí. Me toma por el hombro y me sostiene sobre el río como un juguete sin forma. Lloro con desesperación. El número trece, pienso y con un llanto de cobarde, me lanzo a gritar y a golpear con mi mano ensangrentada al Ángel Negro. Los nativos vociferan y saltan de alegría. Ahora entendemos que ellos esperaban eso. Le grito a Rolando que rece por mí. Un dolor cálido me consume mientras mis alaridos se pierden para siempre. Ellos siguen navegando huyendo de ese monstruo alado que ya sació su hambre.


martes, 31 de marzo de 2020

EN LA CÁRCEL



La Katia llora, se enoja, blasfema. Se lo dijo mil veces a “Tuco”. Nunca la escuchó.
            La casilla estaba lejos, pero ella tenía un planchado en lo de doña Rosaura y el changueaba en la dársena del híper. ¿Por qué carajo se metió con el Chivo?
            “El hijo e’ puta ese está en la pesada del Tomba, ¿no te da la calabaza para pensar, a vos?
            ¡Vino la cachetada, que sonó como el acordeón apolillado del abuelo!
            Es un güevón el Chivo, ya se me cruzó dos veces y me hizo una seña de… otro golpe y me dejó muda.
            Ahora lo enganchó la “yuta” con merca robada. Asaltaron un camión que venía del puerto de Chile, cargado con teles digitales. No sabían que entre los plásticos había heroína. Los chapó la gendarmería y adentro.
            La Katy se lo había dicho. Es de mal agüero salir un martes trece. El Chivo y el Tuco se tocaron los güevos antes de salir. Para colmos se olvidó sobre la cama el 38 y lo jodieron mal.
            Cuando fue a verlo a Almafuerte, la silla estaba como a dos metros. Le quitaron todo lo que le llevaba. La revisaron de atrás para adelante. La hija e’ puta le abrió el culo y la revisó, negra de mierda. ¡Como si ella fuera una reina!
            Cuando abrieron la puerta y entró el Tuco, estaba hecho un trapo. Golpeado, como un chico ausente. No hablaba. Lloró. La Katy también lloró. ¿Sabes, le dije, ayer soltaron al cabrón del Chivo? Es puntero del partido y lo vino a buscar el “López” ¡Ese otro hijo de p…, no llorés, cagón! Mirá cuando salgas, todos dicen que sos un héroe y, que te van a dar buenos laburos, así dijo el López cuando vino a la villa a preguntarme si vos los habías votado. Yo les dije que si, que los dos y él (caradura) me prometió que salías en dos o tres días.
            Esperá no te vayas, esto te mandan la Jenifer lo hizo en el jardín, porque fue el día del padre. Y esto te manda el “Pelusa” es la foto del gol del domingo.
            Bueno, que mierda, ni siquiera me decís una palabra.
            ¡Ah, que sentís pena! ¿Soledad? ¿Y yo que tengo que esperar ahora, una manifestación? ¡Si sos un boludo! Chau Tuco, tómatela, nos vemos la próxima visita.

Vocabulario: sociolecto de las clases sin educación de mi país.
Changueaba: trabajo sin protección estatal, momentáneo, que surge de acuerdo a las                           necesidades. Se paga en “negro” y es esporádico.
Tomba: equipo de Fútbol de ligas menores.
Yuta: policía o gendarmería.
Chapó: encontró, descubrió, agarró, tomó prisionero.
Güevos: testículos; entre la gente común signo de buena suerte.
Almafuerte: penitenciaría recién construida en medio de las montañas, alejada 50                            kilómetros de la ciudad.
Cabrón: mala persona, soplón, ingrato.
Laburos: trabajos.
Villa: asentamiento inestable de gente sin techo.
Boludo: tonto, lelo, ignorante

sábado, 14 de marzo de 2020

GUERRERA




            La tarde como esquirla de fuego, acercaba el sopor a la gente del pueblo. En esa hora impenetrable de la siesta, un enardecido movimiento deslizaba en las sendas abiertas con las plantas callosas de las hembras sedientas. Llegaban desde el río. Con sus ropas mojadas que habían enroscado en la cintura desolladas por el agua fría.
            Lavanderas heroicas. Los canastos acompasaban el andar por la vereda como hormigas activas. Arriba, sus cabezas lustrosas de cabelleras motas. Entrar y desplomarse en las hamacas, era el sueño de todas. Palmerinda, Dilercy, Uma y Flora, se tiraron urgidas con palmetas de junco y quedaron dormidas.
            Los insectos trituraban la piel. Una nube escabrosa cubrió el patio y descargó un diluvio, lavando el cuerpo de las buenas mujeres. Que despertaron asombrando la noche. Un perfume de “feishoada” sacó un deseo culposo de sus cuerpos cansados. Hambre, avidez y sed. Acomodando las ganas caminaros al fuego de la ancha cocina.
            Basilina preciosa, cocinó para todas y llenó las gargantas y estómagos secos. La noche abrumaba húmedo en ruido de grillos y macacos. Un sonido rompió la paz de la casona. Era Afranio Mederiros. El hombre, brutal y peleador que venía a buscar a Dilercy. Sus ojos como ascuas miraban las curvas de la joven. Apetito de macho. Ella, salió callada. En las manos llevaba un rosario de penas. Y el corazón cargaba un cesto de coronas de espinas. Las mujeres apenas levantaron los ojos. Comieron en silencio.
            Había refrescado y del río se oía el crujir de la correntada que creció con la lluvia. ¡Mañana no podremos lavar! Y se persignaron con los dedos marchitos. ¡La Virgen De Aparecida, nos proteja! Mis hijos no tendrán para comer esta semana, dijo Uma. Flora la miró con tristeza. Yo te daré arroz y porotos…que me quedaron de la semana pasada. Todas la miraron con amor y dulzura.
            ¿Flora, qué sabes de tu hija? Regresó de su viaje, acaso, está en camino. Pero saben que no es cierto. Se fue con un mozo y la ciudad es tramposa.

           

martes, 10 de marzo de 2020

ENTREVISTA



                                                 "Es mejor poner el corazón a las palabras, que  poner las palabras sin poner el corazón”


            ¡Aunque usted no me crea, yo lo vi con mis propios ojos! Estaba en el café de “La Puerta Del Sol” en Madrid y pasó cerca de mí. Vestía un impermeable azul gastado, un chambergo de fieltro negro con una cinta roja y zapatos de cuero, sucios y feos. ¡No parecía el hombre que yo conocí en Buenos Aires!
            Cuando salió del sur, parecía que se llevaba el mundo debajo del abrigo. Era un “Fifí” de esos que en la calle Alvear se paseaban como galanes de cine de los cincuenta. Alto, si, más o menos un metro ochenta y tantos, el cabello engominado que brillaba con el sol y la humedad a él, no se le notaba. ¡Era un perfecto ganador! Pero no.
            Mientras se mezclaba con algunos fulanos de la Suprema Corte o con diputados y senadores, era un “capo”. Hasta que cambió el gobierno y salió huyendo como rata. ¡Pobre!  
            Yo supe por amigos comunes que primero intentó ir a México, pero no le fue bien. Sus charlas y conferencias no estaban acorde con los intereses de aquel maravilloso pueblo, luego fue a Francia… menos y como no domina el idioma fue peor.
            Recuerdo cuando en el “Cervantes” se anunciaban sus charlas literarias. Eran un gentío que se agolpaba en las puertas para conseguir el mejor lugar para verlo, admirarlo y escuchar su nueva idea de lo que proponía en sus novelas. Vendía miles de libros. No se si era tan buen escritor pero su presencia hacía el resto. Ahora es un tipo común.
            Pensar que ni siquiera me dirigía la palabra cuando iba con el micrófono y ahora, cuando pasó se dio vuelta y se acercó con cara de afligido y me preguntó si yo, era yo. Es decir el mismo periodista que antes no era recibido. Le contesté que sí, que era yo y que lo estaba buscando para hacerle una entrevista. Se le cambió la cara, resplandeció como allá en la gran ciudad. No era cierto, pero cuando uno pone el corazón puede ayudar a dar ánimo.
            Le hice un reportaje que fue muy exitoso y ahora ya lo vieras, es otro. Me alegro porque cuando uno está en la mala, que te tiren un salvavidas es muy valioso. Ahora me despido y te digo, si te lo llegás a encontrar, como al pasar decile:- Ché, Osvaldo, el “Gordo Fernández” de la tele te anda buscando para hacerte una entrevista.- ¡Total, si vuelve no nos va a dar ni cinco de importancia!

lunes, 17 de febrero de 2020

LA MAGIA

   La casa era de una belleza sin igual pero había sitios desocupados, pensaron en tomar algunos pensionistas. Así llegó un viejo soltero, cuya familia había caído en un bombardeo. Sin otro consuelo que sus cajas con libros y algún que otro objeto recuperado entre los escombros. Vivía con traducciones que hacía para un editor de la gran ciudad. Estricto en su higiene personal. Pagaba puntualmente su pensión y comida. De hábitos sanos no tenía ninguna queja. Luego apareció una señorita, profesora de letras, que mantuvo largas pláticas con las muchachas de la casa. Finalmente llegó un personaje diferente. Era “parapsicóloga” vidente y tarotista. De mirada pícara y voz chillona, cambió el aire serio de la casa. Salía todos los días a su “consulta” en la ciudad. Atendía una cantidad increíble de gente en un pequeño local, donde reinaba un caos de dioses hindúes, egipcios y cristianos. Con una túnica de seda colorida y un turbante con grandes aretes dorados, penetraba el mundo de los muertos como en la vida de los que habitaban los pueblos cercanos.  
                         

lunes, 6 de enero de 2020

TERRIBLE TORMENTA




            Artemio…Artemio, llamó la abuela Laurencia a los gritos. Mire que viene la tormenta. Hay que llevar los animales al corral, las gallinas al reparo y tapar las plantas que están más expuestas.
            Desde lejos, si mirábamos el horizonte al sur, se veía una línea negra como de muerte. Era el granizo. Comenzó a soplar un aire fresco que se hizo viento helado. ¡Es la piedra, Artemio! Perderemos todo y las manos endurecidas por el trabajo y la tierra, se apretaban en la falda bajo el delantal de la abuela.
            El “Kalu” olfateó el aire y se echó debajo de la mesa de la cocina. Su cola parecía un abanico de pelo ralo en el piso de tierra y ladrillos viejos. El abuelo, me dio la orden de traer del galpón unas maderas que tenía apoyada sobre la pared y como pude con mis catorce años, las traje y se apuró a martillarlas en las ventanas que de viejas se astillaban. Luego salió con mi abuela y una pala, la llenó de ceniza del horno de barro y se fueron luchando contra la tormenta hacia el sur de la finca y allí entre los dos, hicieron una cruz en la tierra dura y de rodillas comenzaron a decir frases religiosas a un santito y a Jesús.
            Yo, los seguí, sin que me vieran, el viento me tiraba al suelo. Ellos apenas podían, con sus pesados años, llegar hasta el lugar donde hicieron el “conjuro religioso”. Cuando la abuela me vio, enojada me hizo seña y me hincó junto a ellos y me hizo rezar lo que me enseñó el “padre cura” en Catecismo. Y como por arte de magia o por la intervención de Dios, la terrible tormenta se fue alejando hacia el lugar en que la pala con cenizas señalaba más a la montaña donde no hay viñedos ni huertos.
            Supe después que aparte de ceniza, la abuela Laurencia había puesto sal gruesa en el lugar y cuando cumplí los veinte, antes de ir a servir a la Patria, me enseñó cómo se debía desviar la tormenta. Ahora cuando veo los nubarrones, hago un pequeño surco en el jardín de mi casa con ceniza y sal por si hay gente que no conoce cómo se alejan
las borrasca.

viernes, 29 de noviembre de 2019

BUTTERFLY



            Fueron diecisiete días optimistas. Según los inspectores la encontrarían. Su pueblo pequeño es como el de las películas. Tranquilo, se conocen todos. “Tiene diez años, pronto cumple once y es la abanderada de la escuela. La buscamos mucho, en algunas  horas aparecerá en la casa de alguna amiga.”
         ¿Quién quiere hacerle daño a una nena que ayuda en catequesis, es coqueta pero sana y muy querida? “Sólo es una equivocación”, dice la madre desesperada y la tía: “Un chiste de mal gusto de alguna amiga”. Todo el pueblo la busca. También la policía, que preocupada indaga, recorre con caballos y perros cada rincón y…nada.
         El día dieciocho un transportista pincha un neumático y detiene el camión junto al puente a cuatro kilómetros de la “Ciudad”. Huele feo y vomita cuando encuentra “eso”.
         Está atada, violada y cortado en varias partes su cuerpecito infantil. Nunca  será mujer. Otra Mariposa derribada.

martes, 26 de noviembre de 2019

LA EVASIÓN




                        La calle es una serpiente rielante, se desplaza por entre las paredes que ahogan. Los balcones envueltos de verdes enredaderas sonríen al paso. Cae una hoja de magnolia agostada sobre las piedras. Un insecto alborota el sopor cansino de la siesta. Tras una celosía desgastada por el uso se escucha un grito. Un súbito silencio, detiene el tiempo para acomodarse el sonido trasgresor. Se entromete una música bulliciosa de escaso valor. Zigzaguea entre los cortinados desflecados de un ventanal. Trae un respiro al rancio calor que envuelve las fachadas. Se silencia.
                        Un nuevo voceo altera la paz. Chasquea un madero que se rompe y atraviesa el empedrado caliente en la calle. Se ha quebrado un encañado que esconde a una muchacha sudorosa. La húmeda piel morena resbala entre las astillas que la golpean. Emerge ágil, descalza, con la cabellera revuelta. Sale por la puerta azul de la vivienda. Corre. La calle la recibe alborozada. Protectora, la estrecha vía de escape, la oculta de los insultos furiosos de la mujer que grita y amaga con un látigo silbando en el aire. Quiere castigar a la canalla. Ésta se pierde en el círculo abierto que dibujan las piedras. Reverberan  los adoquines con lágrimas ardientes. Todo vuelve a quedar quieto. Un silencio opresivo amordaza la canícula. La puerta azul, se entreabre y un rostro rubicundo fisgonea a derecha e izquierda. Un rebenque de cuero se mueve como lengua  bífida de una anaconda mortal entre las rústicas maderas secas del portal. Busca un muslo mórbido para afrentar, pero sólo encuentra ausencia. Surca el vapor la calle desierta. No muy lejos una puerta roja se abre para engullir a la evadida. Una buganvilla primorosa oculta cuerpos abrazados. El ventilador perezoso refresca el alma y dibuja la dicha. La calle se ríe con su imperturbable soledad de tiempo. Logró huir.
                        En la noche la luna cómplice de besos y caricias lujuriosas eleva la dicha a los evadidos en urgencia de cópula. Una sombra atraviesa el pasaje al placer y ciñe a los amantes. Y un silencio escabroso de alimañas los envuelve en un sudario de piel adherente, sudorosa, complaciente, elevándolos a los confines selenita. Son dos pequeños animales que se enajenan a la frescura plateada de la noche. Un amor prohibido exalta la vida en himno de gozo y alegría.



martes, 29 de octubre de 2019

EL PESCADOR




Una cárcel de espinas incrustadas en la memoria de un muchacho que tiene que pescar.
La tarde calurosa amenazada una noche plagada de estrella. Él, se sentó sobre la madera húmeda y caliente. Sacó una pipa y prendió un perfumado sabor de chocolate. Su tabaco amigo de la soledad. Miró tras sus pupilas nubladas  por la luna y suspiró cansado. Terminaba un día y el mar calmo no llenó el vientre hambreado de  su barca. Poca pesca. No había viento y el poco que rondaba su bote, no permitía que se alejaran de la costa donde seguro se apretujaban los peces.
Un olor penetrante de sal y pescado hería a los hombres silenciosos en sus bancas. El sol se escondía con esfuerzo tras la pequeña colina en occidente, dejando el cielo con un color de sangre seca. De muerte antigua. Un pescador comenzó a canturrear un triste sonido. Otro tomó un sonido de belleza inexplicable en esa rústica vida de sudor y fuerza.
El muchacho se acomodó. Cerró los ojos y dejo vagar la mente en los recuerdos. Laberintos de historias avidas que  regresaban como pájaros.
Recordó a su abuelo que le enseñó los juegos de la infancia, recordó la brava tormenta que se tragó con furia el barco de su padre.
Cerró los ojos y aspiró profundamente la sabrosa pipa. ¡Una mujer! Pensó en la muchacha de sus sueños. Era altiva la tonta, lo miraba de lejos como para que no se atreviera a buscarla. Pero siempre pasaba cerca del muelle con la pollera de color mostaza y flores rojas. Revoloteaba el cabello sobre su espalda como alas de gaviotas en danza de apareo.
Una nube comenzó a avanzar sobre el mar y se puso oscuro y sombrío. Sopló un viento enérgico que atormento el madero, tuvo que bajar las velas y remar brioso. El agua le mojaba el rostro. A lo lejos la vio con una lámpara encendida. Era ella que lo guiaba a la costa. Las olas lo tapaban. Siguió peleando. Ella lo estaba esperando, no podía fallarle.


viernes, 27 de septiembre de 2019

LILA


             “Cae lentamente al estanque, donde los nenúfares le hacen bromas a las libélulas que copulan para continuar con la vida” Anónimo.
         La pequeña Lila va dejando esa edad, cuando no se ha vivido sino una niñez tranquila y festiva. Al cumplir los once años, su amada Edelmira, madre del corazón, comenzó a tener esa tos pertinaz y dolorosa, que la derrochaba sobre blancas sábanas y almohadones orlados de puntillas. Comía poco y dormía mucho. Su piel se transformó en un frágil alabastro suave, a veces ambarino, a veces por las fiebres y calenturas de un encendido color encarnado. Una fina pedrería de sudor, refrescaba su arrebol. Cual rocío matutino cada prenda que cubría su escuálido cuerpo humedecido, el satén y las sabanillas. El ralo cabello otrora dorado, era una mata selvática que desparramaba sombría, desdibujada y pajiza.
        Lila la veía como se iba deshaciendo día a día. Casi como una hoja transparente de seda, o de esas que se colocan entre las hojas de los libros y semejan un encaje ocre, simulando ser hoja, simulando ser un tul de finísima estructura. La amaba. Espiaba cada momento sus convulsiones que comenzaron a ser cada minuto más cercanas y terminaban con unas gotas de sangre. Los ojos hundidos y condecorados por medialunas violáceas.        Su padre, Alcides Morelos, la había traído cuando Lila apenas daba unos pequeños pasos para caminar, y ella, le dio la mano y el amor de una madre inexistente. Nació del amor de ellos, un muchachito de cabello negro, ojos oscuros y rebelde. Creció jovial y dislocado. Reía y rompía cada regla, cada voto, cada reflexión que quisieron inculcarle, en la casa era infrecuente verlo sentado a la mesa, dormir a las horas apropiadas y en la escuela duró tan poco que apenas aprendió algunas letras y números del ábaco.        Siempre el padre observaba a ese muchacho díscolo y mal aprendido, con desconfianza. Y sí, un día se escapó llevándose una jaca brava. Tenía apenas doce años. Lo trajo un juez, con un moretón en la mejilla y un brazo fracturado. Sin caballo y sin zapatos. El padre, pagó la deuda de los destrozos que había hecho en el pueblo y lo encerró una semana en la alcoba. Lila le llevaba en escondidas algunas confituras y limonada fresca.        Salió más tranquilo, pero… lleno de ganas de vengarse. Edelmira murió. Su esposo, lloró sobre el cuerpo triste y el corazón vacío. Lila lloró a su lado y juntos la llevaron bajo el jacarandá que ella amaba.        Cuando el muchacho cumplió quince años, su padre fue a buscar un cargamento del puerto y se quedó dos meses, esperando el barco. Cuando regresó encontró a Lila con el rostro sombrío. Callada y triste. Creyó que extrañaba a Edelmira. Pronto supo que la muchacha estaba embarazada. Su hermano, la empujó por la escalera y el niño murió sin nacer.        Pasó un tiempo en que el padre trató de saber quién era el padre de aquel vástago. La niña callaba. Cada momento más taciturna y esquiva. Su hermanastro la miraba con dureza y presagio de golpizas. Ella cumplió quince años y el muchacho catorce. Lila le rogó a su padre que la dejara marchar de la casa a un convento. No era posible que la aceptaran si sabían del embarazo y pérdida. Se transformó en un fantasma en vida. Cada noche, encerrada en su alcoba, espiaba por una hendija cuando su hermano pasaba rondando por los pasillos como gato silenciero.        El padre necesitó marchar nuevamente al puerto y cuando regresó, ella nuevamente estaba encinta. La duda ya no era duda, claramente era el muchacho el causante de ese destrato. Golpeada y arrastrando su pudor adormecido, llegó a término. Nació una hermosa niña. El muchacho, en la noche, la tomó cuando Lila dormía y la llevó al río y allí la arrojó sin el menor dolor.        Los gritos despertaron la casa. ¿Dónde está la niña? ¿Adónde y quién me la ha quitado? La risa descontrolada del muchacho dejó a todos boquiabiertos. Un malvado demonio vengativo. Un truhán. Un asesino.        Con quince años había sido capaz de abusar de su hermanastra y matar su hijo. El padre tomó la escopeta y sin pensarlo mucho, lo corrió por el campo y lo acribilló cayendo, este, sobre el trigo dorado que ya maduro, quedaba mojado por la sangre de quien fuera de su propia sangre.        Dicen los lugareños que al día siguiente Lila flotaba en el estanque junto a las libélulas y flores de pétalos blancos.   

sábado, 31 de agosto de 2019

DISCORDIA




            Las esperaron sin ganas. Era motivo de esconder cobardía entre varios habitantes de la casa. Esa que había sido permanente refugio de toda la familia. Yemina era la más linda, luego estaba Abril y llegó el “machito”, discutieron el nombre. Era muy importante que se le pusiera un nombre pomposo y llamativo. Le nombraron Geraldo. Y fue un solo mimo.
            Las muchachas crecieron a la sombra del hermano y nadie se preocupó por ellas. Hasta que un día llegó un pariente de Europa. Era un joven hermoso y vivaz. Embrujó a todos con su risa y sus charlas de historias extraordinarias. Yemina y Abril, se enamoraron al instante de verlo reír.
            Una mañana la tía al desarmar el lecho, vio la “marca” del pecado. Espiaba a las mozas. No dijo nada hasta que tras mirar y escudriñar descubrió que la primogénita esperaba un niño. No podía ser de otro que del primo amoroso y solícito.
            Pasaron varias semanas. Una mañana me llamó una vecina y me contó una extraña historia. Yemina había muerto en un quirófano. Le habían hecho no sé que estudio en sus entrañas.
            Una negra carroza con caballos enjaezados con penachos de plumas blancas, moños de tul de ilusión albos entre flores de nácar y perlas artificiales, la llevaron al campo-santo. Nadie lloraba excepto sus pocas amigas. El silencio cortaba el sonido de los cascos de los nobles brutos. Murió como nació, dijeron. Hoy al transcurrir los años, discurro que a Yemina la mató un aborto clandestino. Lo organizaron en familia, para tapar el miedo, la cobardía de decir que ese muchacho al que albergaron en la casa, era un farsante que aprovechó la inocencia de la niña. Abril había desaparecido. Luego contaron que entró en un convento del Carmelo, vaya uno a saber qué le hicieron.
            Tremenda discordia debe haber habido en la casona, porque después de ese día, uno a uno se fueron alejando todos los que vivían en la casa grande. El que dicen que se quedó sin pena fue Geraldo, el mimado de todos los que tramaron esa terrible matanza.
            Han pasado varios años y cuando paso por la zona, recuerdo la belleza y dulzura de esas muchachas y un enorme pena me deja perpleja ante la ignorancia y la desidia.


DE CUENTOS DE FÚTBOL


Entró la supervisora a la escuela con dos o tres docentes que la acompañaban. Parecía una reina con su séquito. Pasó derechito a la dirección. Se sentó en el escritorio principal y desplegó papeles.
Yo la miraba sorprendida y con cierto temor. No siempre vienen a felicitarte por haber solucionado la vida de un niño maltratado o una cloaca colapsada, no, vienen a pelearte porque un padre o una madre se queja por una nota que según ellos, los niños no merecen, o vienen a recriminarte porque creen que se ha “Discriminado a un alumno que llegó drogado o alcoholizado” y vos tuviste que llamar a un médico del centro de salud. Pero esta vez, no, vino con órdenes de la superioridad: “Los niños tienen que tener un Televisor en cada aula o en el salón de uso múltiple para ver el Mundial”. ¡”Chupate esa mandarina, pens锡 ¿De dónde saco un televisor para cada aula y el único que hay lo trajo Colón cuando llegó a la Antillas?
La orden viene de arriba y hay que cumplirla.- dijo con aire autoritario. Y yo no supe si reírme o llorar. –Señora no tengo un buen televisor. – y esperé una respuesta que me dijera que bueno, que el gobierno me daría uno o varios; pero no. Arréglese como usted sabe, para eso está nombrada como directora titular.
Se levantó manoteó los papeles, su cartera y salió con las mujeres que la habían acompañado. Me quedé entre lívida y furiosa. Tenía ganas de ahorcar a alguien y di gracias a los consejos de mi abuela que decía: “Frente a un dilema, calma, piensa, cuenta hasta diez y luego actúa”. ¿Qué podía hacer? Si traía el de casa, mi familia me ejecutaba en medio del living. ¡Comprar uno! ¿Con qué si nadie paga la cooperadora? Hacer una rifa… ¿Otra vez señora una rifa? Si nadie compra y tenemos que terminar comprando nosotras que apenas llegamos a fin de mes. Me quedé allí, quieta y muda.
Cuando entró el celador, con una taza de café, y me vio tan alterada, me preguntó qué pasaba. Me puse a llorar. Él, hombre grande y con mucha experiencia, se acercó y me dejó que me calmara; luego me inquirió: ¿Señora qué le pasa?
-Necesito un televisor nuevo o varios por orden de la superioridad y ¿de dónde saco el dinero? – seguí secando lágrimas incontenibles que caían por mi cara.
- Mire mi experiencia dice que si usted les dice grado por grado a los chicos para qué quiere la plata, le llueven billetes. No se olvide que está en un país futbolero. Acá se da la vida por un partido y si es un mundial… cualquier cosa. ¡Se arrancan un riñón, una mano, venden a la abuela…!
Le hice caso. Primero fui aula por aula, después cayeron los padres y al final llegó un camión de una empresa conocida con siete, sí, siete televisores nuevos y todas las aulas vieron el Mundial. ¿Alguien me puede explicar cómo puede ser tan penoso un país, que sólo tiene billetes para el fútbol?

miércoles, 24 de abril de 2019

DAYANY, UNA MUJER




Su cuerpo no se recostaría sino en la memoria de aquella semana loca en que la conoció en la calle de Estambul. Él, sacaba unas fotos para el diario y ella lo atropelló con su torpeza de veinteañera en fuga. Se había escapado de su grupo. La mayoría adultos que sólo querían comprar rarezas en los mercadillos de Baharat.
La tomó de la muñeca y la sacudió furioso. Había cambiado el sol y ya no se iluminaba la lujuriosa Torre Gálata, pétrea, misteriosa y lejana. Dejando de brillar como lo que era una joya del siglo quince. Sus fotos ya no servirían para el reportaje.
            Ella se desprendió horrorizada y le dio una cachetada en plena mejilla, dejándole una pequeña y sangrante herida en la piel, que goteaba abundante. Un anillo de piedras había hecho su tarea.
            La muchacha, asustada, porque se había juntado un grupo de gente a observar sin saber bien qué hacer, le besó la lesión y lamió la sangre. La gente se reía o daba señales de asco. Sergio, la alejó unos centímetros y la miró atentamente. Dayany comenzó a reírse a carcajadas y él, la tapó con su boca la boca en un beso apasionado y sensual, acallando la risa. Los curiosos se dispersaron pensando que era una discusión de amantes.
            Luego, la invitó a subir a la confitería de la Torre Gálata y subieron a mirar el mar que rodea Estambul. Ella lo abrazó y a horcajadas se subió al murete. Unas mujeres veladas la miraron molestas y un hombre en su idioma inentendible la retó. Sergio la tomó de la cintura y la hizo sentar con dignidad. Bebieron una copa de arac y luego charlaron hasta que los meseros les suplicaron que se fueran. Tras ese loco encuentro, Dayany dejó a su grupo de viaje y se fue al hotel a vivir una aventura increíble con él.
            Comenzaron un diálogo apasionado cargado de extraños ritos, impuestos por ella, para ese raro amor.
            Una mañana al despertar, Sergio descubrió que ella había sacado su mochila y había desaparecido. Sólo encontró una nota con un número de teléfono de Argentina. Que ni siquiera pudo saber si era de la muchacha. Después de completar su tarea prevista por el periódico para agregar al reportaje que le tenía que hacer al escritor Orhan Pamuk, ganador del premio Nobel. Regresó a Buenos Aires y dejó pasar unas semanas para tentar encontrarla en el número de teléfono que le dejó.
            En el primer intento sólo respondió un mensaje grabado. Dejó transcurrir un tiempo y reintentó. Su voz alegre lo recibió como si hiciera unas horas que no se veían.
            La invitó a cenar a “La Casa de los Abuelos” en San Isidro. Al promediar las veintitrés llegó con un vestido largo y transparente de seda color fuego, descalza y con el cabello rapado. Los ojos de color almendra maquillados en un estilo excitante. ¡Nunca la había imaginado así! Era una diosa india provocando la lujuria. Lo besó. Estimulando su deseo. Pero, ¡Oh sorpresa, tras ella llegó una mujer algo mayor, vestida con ropa sobria y se presentó como Shima, la amante de Dayany!
            El hombre se desplomó en la silla, pero con todo su mundo vivido, sólo le sugirió que eligieran el menú de su preferencia. Comieron bocadillos de brócoli con salsa de mostaza, cazuela húngara y kiwis con helado de chocolate. El champagne lo eligió Shima. Sólo el rosé, de Chandon. Sergio sugirió una copita de arac, para  despertar ciertos recuerdos en Dayany, pero lo rechazaron. Pidieron jugo de tomate con ají Chile.
            Luego charlaron hora y más, saboreando un té de rosas y jazmines. Fumaron y ambas lo invitaron a su departamento en un rincón escondido de la enorme ciudad. La noche se fue haciendo día y el sueño los refugió en la gran alfombra del estar donde se fueron durmiendo con música de Nana Mouskouri. Cerca del amanecer las manos ágiles de Dayany despertaron los instintos de Sergio y se acoplaron con el fuego de otrora.        El sol pegaba cachetadas húmedas sobre los edificios cuando Sergio salió de allí. Exhausto, febril e impotente a la reacción de las mujeres. Llegó al diario desparramándose en su sillón y comenzó a escribir un reporte para la edición de cultura del domingo. Se quedó dormido sobre la computadora. Sus colegas lo dejaron, nadie se atrevió a preguntar qué le había pasado.
Cuando llamó nuevamente el contestador repetía la vieja grabación conocida. Nunca atendió nadie.     

jueves, 14 de marzo de 2019

UN PROBLEMA DE CONCIENCIA



En una de esas tarde de otoño, Antonia, quiso sacar las cartas de truco de la gaveta del secreter. Junto a ellas, en el cajón del viejo estaba el revolver sobre unos guantes azules.
Abrió la boca y los ojos sorprendida. Tomó coraje, lo sacó, y apuntando al piso, temblorosa, casi corriendo, encaró al tío.
-¡Fuiste vos, hijo de puta…! ¡Fuiste vos!- gritó al borde del desmayo.
Con parcimonia calculada el hombre dejó la lectura y la miró. Severo, por sobre los anteojos la observó iracundo.
-¡Qué mal mijita, qué mal! Tan viva que parecés. Tan viva y no te pusiste los guantes.
Ella petrificada sostuvo el revolver con todo el peso del mundo.
-¡Sí, no me puse los guantes, tío! Pero ayer compré veneno para roedores en un barrio alejado de casa. Tu desayuno, tu almuerzo y ese té que de tu hermosa taza de porcelana bebes ahora, me servirán para explicar tu deseo de suicidarte al morir tu amada hermana y la Yaya.
-Estás loca.- dijo el hombre aterrado.
-Mira ya te está haciendo efecto, lo veo en tu color ambarino, en la espuma que sale de tu boca y toca tu bigote…
El hombre se llevó la mano al pecho, un sordo ronquido lo despidió de la vida.
Antonia guardó el arma, nunca le había dado veneno. La conciencia sucia del tío y un corazón débil por la vida disipada y el miedo se cobró venganza.

martes, 24 de julio de 2018

TERREMOTO.



            La casa era casi un sueño.Y nada ni nadie puede decir que no fue fruto del esfuerzo demencial de los viejos. Juntos levantaron las paredes sobre unas vigas de hierro y concreto tan sólido como el amor  y la fidelidad que sentían uno por el otro. Tal vez carecía de belleza y de detalles de terminación que después fueron agregando Yecenia y Lisandro, mis hermanos que estudiaron arquitectura e ingenería respectivamente. Yo la recuerdo a mamá con sus delantales hechos con antiguas enaguas de algodón amasando pan frente a un rústico fogón, o a papá arreglando su bicicleta para ir al centro a comprar algún elemento para la quinta.
            Un día llegó el progreso, el tan esperado y mentado progreso. En el club o en el banco no se hablaba de otra cosa por tiempo y tiempo y cuando supimos lo que significaba casi le da una ataque tanto a mi viejo como a mi viejita. Se obligó a todos a cerrar las medianeras, matar y comer todas las gallinas, patos y pavos que hacían más económica la vida de la gente sencilla de nuestro distrito. Ni hablar de los que aún tenían chanchos. Esos que se juntaba toda la familia en el mes de julio para hacer chorizos que metían en botijones con aceite de oliva y a colgar jamones bien sasonados en los altos techos de la cocina o un galponcito interno. Allí se le ofrecía un poco al médico de cabecera, al dentista del abuelo y al farmaceútico que a veces fiaba algún remedio o venía en la noche para poner una inyección .¡ Eso se acavó y para siempre ! .Fue un terrible momento pero uno se acostumbra casi a todo. Los que se fueron muriendo y los hijos vendieron para hacer unos barrios sin personalidad, donde vivía tanto gente decente como malandras ( a decir del tío Oscar) , esos no vivieron nuestro dolor...
            Fue una mañana muy temprano que desperté sorprendida por un rumor extraño que realmente no sabía desde donde provenía. "Geniol" el loro se avalanzó volando desde la jaula y quedó con sus alas abiertas y apoyadas sobre el patio casi en el medio del cantero de violetas. El perro, Cristobal, se pegaba al suelo y aullaba con sonidos lastimeros . Un silencio con rumores sorprendentes se produjo y comencé a ver que la tierra , el suelo,se ondulaba como una proceción de orugas hambrientas que frenéticamente se alejaban en oleadas una tras otras, eran también un tintinéo acústico de vidrios que caían por todos lados con estrépitos de fuegos artificiales, era una silla que se golpeaba y otra y otra, y miré un cielo oscuro de polvo y miedo. ¡Tiembla !. No, ésto es más fuerte, esto es terremoto y vi caer un trozo del techo sobre el mesón del comedor. Y...corrí hacia la habitación y me aferré con pasión al antigüo retrato de los viejos, ese, ovalado que tiene el vidrio bombé y que mamá adoraba. Cuando intentaba regresar a la seguridad del patio algo estalló junto a mi y ya no recuerdo...Cuando desperté no quedaba casi nada. La casa había quedado destruida. La casa de los viejos amasada con pasión y fuerza entre las manos callosas de mamá y los brazos fuertes de papá. El amor. Los recuerdos. La familia.       
                        Hoy tenemos una coqueta casa y lo que preside la sala es lo único que pude salvar, el cuadro que mis hijos quieren hacer desaparecer por vergüenza . No obstante todos mis hermanos se mueren  por poseer el único objeto que se salvó y que representa la unión de un grupo de gente laboriosa y honesta. Nuestra familia.

                                                                                   


domingo, 1 de julio de 2018

BRUNELA Y ALDEMIRA


Brunela despertó con el canto de un pájaro mañanero. Yo la miré y la vi distinta. ¡Qué pena, me dije! Lenta, más lenta que otros días. Se sacó el camisón con seria dificultad y se puso un vestido suelto de color amarillo con volantes de encaje ocre.         Caminó hasta el espejo. Cuando se asomó a mirarse creí que me podía ver ya, pero no era tiempo aun.
            Bajó despacio los cuatro escalones hacia el amplio patio lleno de helechos y orquídeas florecidas. Quiso cepillarse el pelo, pero logró solamente hacer el frente de su larga cabellera canosa. Sus manos temblorosas, tomaron una taza de té que, helado seguía en la mesilla junto a la hamaca de sogas grises. Lo había dejado la noche anterior Luisina.
            Esa mañana la vi más pálida que nunca. Calzaba unas chinelas de flores rojas y se ató como pudo el pelo con una pañoleta roja. Suspiraba y su pecho, parecía una flauta medio rota y cansada.
            ¡Brunela era hermosa! El rubor de sus mejillas atraían las miradas en el mercado y en misa. Hoy parecía marchita. Recordé, al escuchar las campanas que el oficio de las once ya estaba perdido. Pero ella no amagaba terminar de vestirse para salir a la calle.
            Tomó un sorbo de té. ¡Está asqueroso! Dijo sin titubear y buscó mi presencia. No me vio. Aun no es tiempo, dije para mi alegría. Se tapó la cara con un chal de fino algodón blanco y un largo suspiro acompañó sus manos que regresaron tiesas a su regazo limpio.
            ¡Estoy vieja, mi negra! Murmuró entre rabiosa y triste. Yo la miré con amor. ¡Siempre la quise! Es como mi madre, creo, si la hubiera tenido. ¿Sería tan buena y cariñosa como Brunela? Lo dudo. Esclava y negra. Yo mestiza. Se tomó el té y comió un trozo de bizcocho que duro y verdoso le sentaba como un manjar de reina. No miró la hormiga que engulló sin verla.
            De pronto me buscó entre las orquídeas y me llamó a los gritos. ¡Aldemira! Allldeemmiirraa. Entonces me vio. Y sonrió. Comprendió que yo que soy un fantasma no la abandoné jamás. Ahora participamos ambas de nuestra experiencia de condición sobrenatural. Ahora somos dos fantasmas en la casa dormida.