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miércoles, 15 de abril de 2020

OLORES FUERTES




            Observé un largo tiempo, insegura por dejarla sola. Estaba bañada en sudor. Ardía de fiebre y deliraba. Cerca de nuestra casa había caído un rayo con la fuerte tormenta que arreciaba en el campo. A varias leguas a la redonda no se oía sino el ruido de los rayos y el brillo mañoso de las nubes que chocaban enojadas con la tierra.
            Tal vez, lejos de casa había otro tipo de guerra, una real, con bombas y obuses, minas y bayonetas caladas. Pero acá en la estancia, la guerra la peleábamos con la salud de Elinor. Entré en la habitación y el fuerte perfume que despedía el extraño emplasto que le había colocado en el pecho la vieja “Palmita”, que nos ha criado desde que éramos pequeñas ya que mamá se dedica a ayudar a papá y al abuelo con la cría de animales; fue como un golpe rudo en mi pobre nariz. La lluvia parecía que deseaba desenterrar árboles y casas. El galpón cimbraba o roncaba, según la furia del viento. A lo lejos se podía ver el bosquecito de paltas y guayabas, que era arrancado de cuajo y volaba por el aire en remolino para estrellarse contra las paredes enormes de silo.
            Elinor jadeaba. Su pecho silbaba como el fuelle del viejo armonio de la iglesia anglicana del sur. Ni mamá ni el abuelo podrían regresar del pueblo donde estarían refugiados. Habían ido a depositar cierto dinero de la venta del trigo que gracias a Dios se pudo cosechar antes de esta tormenta.
            Se sintió un olor extraño que venía por los pocos espacios que quedaban libres entre los grandes ventanales que el viejo Isidro con su muchacho, el “Cabezón” habían tapado firmemente con placas de madera. Me acerqué a una hendija para espiar y vi que un rayo estaba quemando el enorme árbol de encina que adornaba la entrada de la casa. Ese era el olor. Un terror me asomó en la cara y la buena “Palmita” me dijo sin dificultad: ¡Mi niña ni que vieras a la “marimanta” justo aquí!
            No creo que un fantasma como la marimanta me asustaría tanto Palma, hay un incendio cerquita de casa. Espero que cese con la lluvia.
            El susto no nos lo va a quitar nada. Le tengo terror al fuego y ustedes lo saben, desde aquella vez que me acerqué tanto a la chimenea que se me prendió la falda de seda celeste. Elinor me miró con unos ojos abiertos que me produjo espanto. ¿Mi árbol preferido se está quemando? No te preocupes, le dije, tu frente está más caliente que tu árbol. Se quedó callada y mustia. Palma le puso paños fríos en las sienes y le mojó la ropa de cama. Eso le bajó el calor corporal. Sentimos el aldabón de la puerta e Isidro salió para abrir. El viento que entró llenó la casa de un olor fuerte a leña verde quemada.
            ¡Tranquilas dijo papá ya ha amainado la tormenta! El árbol se secará y pondremos uno nuevo, pero un poco más lejos de casa. ¡Por precaución! ¿Cómo está Elinor? Todos nos miramos… ella parada junto a Palma, se abanicaba tratando de sofocar el enorme calor que sentía. Mamá nos dijo: ¡Chicas esto, como la tormenta también pasará! Y abrazamos al abuelo que solo señalaba su botella de scotch y con seriedad comenzó a rellenar la vieja pipa con olor a chocolate.



sábado, 11 de abril de 2020

EXTRAÑO AMANTE




             Sentado en la oficina pasaba su día tan igual a todos los días desde que entró en la compañía. Su título, le abrió enormes puertas laborales, pero su carácter ceñudo y seco, no le permitía platicar con sus colegas. Él era el nuevo jefe de construcción. Lacónico y trabajador, estricto y serio hasta lo crispante.
            Desde chico fue el punto de burla de los compañeros de la escuela. Su padre, obrero en los ferrocarriles, tenía la manía de llevarlo hasta la puerta de la escuela tomado de la mono. Eso lo hacía el típico niño o joven que servía para molestar. Lo llevó a enfrascarse en los estudios y gracias a su abuela, que era medio despistada, aprendió de libros antiguos muchos temas y escritos valiosos que le permitieron superar a la mayoría de sus compañeros. Tanto que lo pasaron de grados a puestos superiores y salió de primaria con once años.
            Ingresó con un alto puntaje en la mejor escuela de educación media de su ciudad. Allí brilló y era un alumno cuyos profesores pedían para que colaborara cuando algún muchacho se quedaba atrás.
            Sus gafas gruesas le daban un aire adusto, parecía mayor a los años que tenía. Su timidez, egregia y total, le hacía balbucear cuando una alumna de su edad se acercaba para pedirle ayuda. Evitaba salir fuera de sus tareas normales: bibliotecas, charlas de profesores eméritos y a veces, con su abuela que insistía, iba al cine o al teatro. Nunca aceptó que le encantaba.
            La música era la que lo despojaba de su mutismo interior y se encerraba en la habitación para escuchar radio o siendo más grande un tocadiscos que compró a escondidas. La muerte de la abuela, lo transformó en un ser más cerrado. Cada vez hablaba menos y los padres, comenzaron a ignorarlo al no comprenderlo.
            Una mañana conoció a una alumna de literatura inglesa, que lo dejó perplejo. Su corazón latía cuando se cruzaba en los pasillos de la facultad. Era una joven muy bella. Simpática y siempre estaba rodeada por otras chicas y jóvenes con los que hablaban de arte. Él, desde lejos, la observaba dejando su imaginación volar.
            Estaba enamorado. Nunca podría acercarse a ella. Era su secreto más doloroso y hermoso.
            A través de su curiosidad innata, logró saber el número de teléfono de ella. Conoció su nombre: Mónica Raffo. Supo que tenía veinte años y que vivía en un presumido barrio de la zona más encantadora de la ciudad. Ella manejaba una motoneta y siempre vestía un Jean con blusas de colores claros. El cabello, larguísimo, le coronaba la espalda hasta más abajo de las nalgas. Muchas veces lo tenía enroscado en una especie de pirámide sobre la cabeza, atravesada por un lápiz de grafito.
            Nunca se acercó para hablarle y permanentemente evitaba pasar a su lado. Pero… un día de tormenta, tomó el teléfono y sin decir su nombre la llamó y hablaron un largo tiempo. Supo que le gustaba la música de jazz, hacer viajes cortos a lugares inhóspitos, amaba la literatura inglesa y a  Shakespeare, al que buscaba escuchar, asistiendo cuando daban una de sus obras en el teatro de la ciudad o ciudades vecinas. Cuando colgó, ella no sabía quién le había hablado, tan entusiasmada estaba de encontrar un joven que supiera tanto de sus gustos. No tuvo miedo.
            Ingenua, esperaba sus llamadas. Él, con su persistente orden, todos los jueves a las ocho en punto le hacía un llamado. Y hablaban como viejos conocidos. Nunca se habían visto… eso creía Mónica.  Pasaron los meses y él, le dijo que se iba para tomar un trabajo en otra ciudad y que le escribiría. Así lo hizo. Largas cartas donde hablaban de mil cosas. Ella un día le pidió una cita. Él, le dio un extenso motivo por lo cual no podía momentáneamente verla. Muchas veces estaban sentados en distintas filas y butacas del teatro, pero nunca se acercaba para que lo conociera. Ella, supo que había comenzado un romance inédito. Lo amaba. Su corazón esperaba con ansiedad sus llamados o cartas.
            Pasaron cinco años. El nombramiento como gerente socio de la empresa le aseguró un lugar en la sociedad en donde los que antes lo molestaban con sus burlas; hoy le debían obedecer en las obras. Para Mónica su amado se llamaba Alfredo. En realidad se llamaba Eudoro García. Y salía en los diarios con ese nombre, ella nunca podía suponer quién era en realidad ese misterioso enamorado que no había visto nunca.
            Una amiga le presentó a un abogado simpático y charlatán que pronto la encaró con flores y besos robados. Ella extrañaba a su ignoto amante. Y aceptó salir con Lisandro Aguirre, y Eudoro los vio y se desató en ira. Corrió hasta donde la pudo alcanzar.
            Llegó hasta la casa de Mónica que  regresó sin saber su destino. De frente con un cuchillo le clavó el corazón; surgiendo la sangre como un enorme crisantemo bermejo. Con el fuego que arrasó con furia, el cuerpo crepitó la sangre, laca tórrida en un crimen de pasión, venganza y odio. Ella cayó murmurando el nombre de su adorado Alfredo.


viernes, 10 de enero de 2020

DUERME UNICORNIO




                              Caminaba sola por la calle solitaria soñaba con su infancia y sus recuerdos. Armaba y desarmaba  guirnaldas amarillas con sus recuerdos. Cerró los ojos de impecable color tristeza. Entre su pecho y su pulso latía un suspiro de hojas secas y crujientes. Cada pisada quedaba sobre la tierra enjoyada en ocres, dorados y rojos su cuerpo se iba  transformando, transmutaba en un retroceder de tiempo incontenible. Su cabello gris se alargaba en una sinfonía de ondas castañas y sedosas mientras se alisaba las trenzas y los ojos perdían lentamente el color ceniciento que cobraban luz y vida. Volvió a ser niña. Pequeña Eunice con su vestido lacio, holgado, largo... y su perfume a jazmines desolados. Eunice  recobrando la sonrisa y la melodía de las rondas.
                                Tras los álamos robustos que rondaban entre hojas de amarillos y rojos, vio la figura frágil del hada del jardín de primavera. Tan sutil con su túnica de gasa y su corona de flores silvestres. Sonreía y la miraba con sus ojos de esmeralda.
                               La tomó del lazo de su delantal de organza y le colocó una coronita de flores multicolores que emergían de las manos... de la nada. Todo olía a perfume de jazmines, a frescias, a violetas y voló un pájaro de cristal, miles lo siguieron, perdiéndose en el humo gris, que con el viento se transformaba en plumas rojas. Eunice se reía, rodeó el tronco del roble y del abeto y allí, justo, justo allí enfrentó al unicornio de color azafrán y plata. Los ojos de gata, dorados la miraron un minuto, tan sólo un instante y recobró la risa. Era muy raro el unicornio. El que ella tenía cuando niña era de  porcelana. Se lo dio su abuela antes de embarcar e irse. No la vio más. Su hermoso unicornio era de terciopelo tibio. Suave y alegre en  una mirada triste. No hablaba. Los tomó a los dos... al hada del jardín y al unicornio y se sentó en la alfombra de plumas y hojarasca. La rodeó una tenue melodía de celestas y agua. Jugó acariciándolos y a las antiguas rondas infantiles. Ya cansada se detuvo en medio del jardín de la antigua casona y se durmió.  Se perdió en la noche de los sueños eternos donde estaba su abuela hacía tiempo.


sábado, 26 de octubre de 2019

LOS SECRETOS




 Con los duendes de la noche, con la luna y las estrellas en una palabra hablan con sus ángeles.
            Nadie le había contado el secreto, lo descubrió una noche de tormenta mientras buscaba y rebuscaba una foto de sus antepasados. Había subido al ático, por esa escalera tambaleante que apenas sostenía su pie firme. Había cumplido cincuenta años y en noches como esas se quedaba dormido y soñaba, repetitivamente con una imagen.
            Veía un hombre parado bajo la lluvia tratando de ingresar en una puerta que se negaba a abrirse. El agua chorreaba por el ala de un sombrero que se parecía al que usaba un párroco del pueblo de San Calixto, donde vivió con su abuela por uno o dos años, antes de trasladarse su familia a otro país.
            En un tiempo no muy lejano, ebrio, discutió con su madre y la llenó de reproches y terminó con un golpe en la cara que le dolió en el alma. El vino, el licor y el alcohol, lo habían superado. Ya había olvidado lo que significaba estar sobrio. Perdió el trabajo, la novia y hasta su madre esa noche lo echó. ¡Y llovía!
            En un hospital en el que fue en un estado lamentable, acompañado por una ser caritativo, consiguió dejar de beber. Tocó el infierno con su mente. “Delirium tremens” escuchó esa noche. Vio que volaban montañas como pájaros negros, vio manos sueltas que golpeaban a puertas inexistentes, escuchó campanas y relojes y chirridos de frenadas de automóviles y gritos… era su mente enferma por el efecto nefasto de la bebida.
            Cuando salió de allí, buscó a su madre, estaba internada con la mente ausente. El dolor la había golpeado más que la cachetada que le diera su mano de madre angustiada y sola. La vecina no pudo creer cuando lo vio tan sano. Era otro ser, humano, tranquilo y triste. Pero le entregó la llave de la casa y le suplicó que fuera a ver a quien tanto lo amaba. Y lo hizo, cada jueves, cada sábado y domingo, compraba unas flores y la visitaba. No lo reconoció, pero estaba serena. Quieta, miraba por un ventanal hacia la vereda como esperando a alguien.
            Consiguió un trabajo. Él, era un buen relojero. Inició una vida, como siempre había soñado su familia. ¡Pero las indomables noches volvían con esos sueños recurrentes. El hombre parado bajo el chubasco con una gabardina extraña y el sombrero de alas grandes.
            Esa noche, encontró entre mil trebejos y cosas viejas una caja de madera con cerradura metálica. No había llave. Descendió hasta la mesa de la cocina, donde la lámpara inyectaba una luz potente. Tenía que abrirla como fuera. Eso no lo amilanó, buscó un cuchillo y rompió el cierre. Saltó por el aire un trozo de bronce y madera. Entre los amarillentos papeles, fotografías poco claras y sobres con sellos de otros países, encontró un sobre lacrado. Se tomó todo el tiempo que sobraba esa noche. Una a una fue mirando con una lupa las fotos y de pronto vio una que le hizo dar un brinco en el corazón anhelante. ¡La imagen mostraba a un clérigo igual al de sus sueños! Trató de leer detrás de la copia. Imposible la vieja tinta borrosa y anémica se negaba a despejar su curiosidad creciente.
            Buscó el mate y calentó agua para cebarse unos “amargos”. Luego caminó cansino y se sentó a leer cada carta, cada papel y allí… encontró lo que habían escondido por años y años. Su origen. Lloró. Y comprendió todos los misterios. Era nieto de un sacerdote que había roto el celibato. Enamorado hasta los tuétanos de su abuela, se había escapado del convento. La raptó y se la llevó a un país lejano. Allí nació su madre. Y luego, arrepentido se perdió en un desierto de África. Lo encontraron muerto. Y su abuela escapó de Europa para esconder su terrible pecado. Esa noche los duendes se transformaron en ángeles y se perdonó. Porque la mochila de sus ancestros era muy pesada y sabiendo la verdad, sólo con amor, podía entender sus propias culpas.
            Se sentó en el pórtico mirando el cielo, que despejado de nubes bravías, comenzaba a mostrar la luna y las estrellas. Y se atrevió a hablar con los fantasmas y perdonó a sus abuelos y finalmente ingresó en la casa, apagó la luz y se acomodó en su lecho como un hombre nuevo. El pasado quedaba atrás con su carga de fuego.
               

martes, 22 de octubre de 2019

EL JUEZ…



                        Un susurro penetró en el cerrado círculo. Un cubículo negro. Sombras y ventanas ciegas. Ella, con su cabellera enrulada, sus ojos fuertemente maquillados y labios rojos, ingresó sin dejar duda de su condición de letrada. Juez. La negra toga envolvió la figura. Sus títulos académicos la respaldaban. Diestra en la palabra y el discurso, áspera y arriesgada en la refutación. Muchas miradas la despellejaron viva. No quedó un solo trozo de su cuerpo que no fuera deseado por la lujuria, envidia u odio, de quienes se apretujaban para escuchar el juicio. Allí convergían los sentimientos simiescos de una generación de tinterillos abrazados a los códigos. Quemados por ansias de  poder. En un sitio casi invisible, estaba parado un chico. Un reo lo miraba con lascivia. Varias miradas saltaban en una rayuela inescrupulosa de uno al otro. Sabían que el defensor trataría de demostrar que el niño había sobrepasado todos los límites, llevando al pobre e inocente “inculpado” a invitarlo a su cubil para entretenerse con juegos innombrables. El muchacho sabía que un afilado cuchillo le incrustaba el filo sobre la garganta mientras las manos torpes lo desgarraban.  Parecía muerto cuando lo dejó en la playa. Así lo encontraron sus amigos. Los periódicos mencionaron que era el hijo de nadie. Vivía en la calle, en puentes o atrios de conventos. Que merodeaba el mercado en busca de comida.
                        La juez observó el rostro del reo y vio en él, una luz cetrina. Abigarrada. Burlona. Vio el desprecio a su condición de mujer y erudita. Miró al joven. Vio a un animal atrapado por la vida. Aterrado. Sin futuro ni esperanza. Comprendió el papel que le regalaba el destino y sentenció a muerte. ¡Muerte al malvado! La cámara de gas, dijo sin elevar la voz. ¡Muerte al lujurioso! Aunque sabe que nada devolverá al muchacho lo perdido. Y corren los periodistas como liebres, nadie esperaba semejante sentencia. Se desploma el inculpado. Llora el adolescente.
                        Como juez, esgrime una presencia valiente y camina sin inmutarse hacia la salida. Su cuerpo es ahora más fuerte y seguro. Indiscutiblemente la vida ha ganado una batalla. Y también la muerte, la zorruna está allí babeándose por el triunfo que ha obtenido.

viernes, 27 de septiembre de 2019

DIÁSPORA




            Isaac Alkyn bajó del camión que lo arrancó de su sastrería en Dessau. Le pesaba en el brazo la estrella de paño amarillo que le cosió Vielka, su mujer. ¿Adónde lo llevarán ahora? La carretera helada se alarga y es cada vez más dura.
            Sobre las tablas, todos llevaban gestos de angustia y miedo. Isaac de horror. Le duele el cuerpo hasta los tuétanos y un sentimiento atávico lo hace pensar en sus ancestros. Ellos allá en la primera diáspora, Moisés de Egipto cuarenta años y luego huyendo de la árida Israel y ahora en esta nueva huída obligatoria, sólo el rostro de un viejo Kaiser, que alcanzó a esconder entre su ropa, pueden comprar la libertad.
            La libertad que se le ha negado a toda su estirpe. Por eso no quiso tener hijos. Por eso no quiso salir de ese pequeño pueblo donde se sentía seguro.
            A su lado un gitano le muestra unas monedas de oro, tiene la esperanza de conseguir sobornar a los soldados. Isaac recuerda la caja con alhajas que le dio a Vielka antes de que lo arrancaran del negocio donde vivían. Tal vez si él las conservara podría llegar más allá de los campamentos de trabajo donde había unos extraños hornos en ese lugar llamado “Bergen Belsen”.
            Su mujer conseguiría salir del otro camión ya que iban niños y ancianos. El vetusto transporte se dirigió hacia el otro pueblo en donde decían se trabajaba y comía mejor. Lástima que a él, no le darían esa ducha de la que comentaban algunos paisanos. Igual, cerró los ojos y se puso a cantar los Salmos de la Torá. Pronto todo el grupo lo seguía en su canto. Se detuvo el camión y un soldado les ordenó silencio. Molestaban a la gente amable que vivía por ahí. Entonces comenzó a rezar. El gitano se reía, yo no rezo, le dijo, porque estos alemanes me han prometido un paraíso.
            Isaac Alkyn pensó que después de todo al lugar que los llevaran sería el precio que pagarían por no haber vivido nunca en la tierra de sus mayores. El motor se detuvo, los hicieron bajar, ponerse en fila y uno por uno fue cayendo en tierra con una bala en la frente. Habían conseguido la libertad y el paraíso en ese pueblo llamado “Bergen Belsen”


miércoles, 28 de agosto de 2019

ESCLAVITUD




                        No se trata de ser esclava en una hacienda, no. Tú, muchacha eres esclava en plena ciudad. Cada día te sales del lecho de tu enamorado con más golpes y más dolor que una almohada de plumas. ¿Dónde queda tu espíritu amable de muchacha que salió de la universidad con honores?
                        Si te vieran tus abuelas. Ellas no leyeron como tú, tantos libros, pero eran reinas en sus hogares. Amadas por sus hombres, por sus hijos y hasta por las mozas que ayudaban en las cocinas y en los patios donde regaban las plantas y barrían el polvo con escobas de palma.
                        ¿Qué has logrado con tener un trabajo tan estricto de horarios y de sombras? Siempre cubriendo tus moretones que amarillean con los días. Tus brazos cubiertos por hermosas sedas para ocultar el látigo de un hombre que te aporrea.
                        ¿Dónde está el amor? Tu estima de mujer ha quedado en el cartel del escritorio donde una máquina robot, te ayuda a no perder la calma y lo que sabes.
                        Lo esperas primorosa, limpia como un ángel y con una mesa de príncipe consorte. Su comida favorita, candelas que iluminan su sonrisa crispada y fúnebre. ¿Eso es amor? Si él te quisiera, besaría tus manos y tu cabello que como lluvia de estrellas negras cae sobre la espalda llena de magullones.
                        Cuando no regresa, suspiras con alegría y te quedas como un gato enrollada en la butaca mirando desde la gran ventana la ciudad iluminada. Allí, caminan mujeres como tú, que sí tienen amor. Él, sabes que te miente. Tiene otra mujer. Tal vez un zagal que le adorna las sienes. Y tú, lo esperas preocupada porque en la calle hay peligros.
                        Ahora llueve y estás sola. Una voz en el celular te dicta un nombre, te muestra una escena donde arde el infierno de su alma de impostor. ¿Te enojas? ¿No lo crees? Caminas por el piso tibio con pasos rápidos y nerviosos. Das vueltas y vueltas. Lloras. Miras el celular y ves la palabra “Esclava”.
                        Te veo que caminas hacia la cómoda, no a la cocina. ¿Qué tienes en la mano? ¿Está bien afilado?
                        Ahí sientes el ascensor y la llave en la puerta. Corres. Haz abierto una flor en la camisa blanca. Es de color bermellón como tu ira. Él, cae y tú, ríes. Silencio.

lunes, 3 de diciembre de 2018

- EL PODER




            ¡Tener dinero te dará poder! Ese era el lema de su familia. Habían trabajado como mulas en los tiempos lejanos, hasta que la suerte los tocó. La abuela Herminia, se ganó la lotería y con eso comenzaron las artimañas para conseguir mucho, mucho dinero.
Se mudaron a un barrio muy “paquete” y se agregaron apellidos que parecían plaquetas de brillantes en la frente.
            Compraron un caserón y llamaron a un decorador que era famoso entre los famosos. ¡Para eso estaban las revistas de chimentos! Vino con un ejército de ayudantes y dejó la casa como la de unos verdaderos magnates.
            Les llovían las invitaciones a cenas, bailes e incluso los instaron a hacerse socios de un club exclusivo. Ropa nueva, calzado a la moda, peluquerías caras y cambio de colegios. ¡Los públicos, son para los pobres! No importaba si aprendían o no, los hijos, pero se hacían de amistades de ilustres.
            Así pasaron un par de años, con ciertos negocios que les dieron más dinero, consiguieron aparecer en los espacios más prometedores del poder. Un grupo de vecinos le propuso a don Silverio para que se presentara como concejal. Y aceptó, así fue votado en una lista y comenzó su carrera como político.
            De puerta en puerta, de barrio en barrio, abrazando ancianos y niños, besuqueando mujeres que lo miraban asombradas porque les besaba la mano, fue siendo popular.
            Mientras tanto conseguía más renta y más dinero que solicitaba para la “Campaña” para poder llegar al poder.
            Ya no manejaba el auto, que había cambiado por uno de última generación, el compadre que recogía los sobres era su chofer.
            Le habían preparado una oficina con banderas y carteles de un partido nuevo que prometía mil falsedades. ¡Total cuando se llega, nadie se acuerda lo prometido!
            Y un fatídico día, salió ganando en elecciones y llegó a gobernador. El despilfarro de los que lo rodeaban era incalculable. Pero él, tenía poder. Se enemistó con gente preocupada por la felicidad del pueblo. Puso cargas económicas infernales y cerró negocios que se adherían a sus propuestas.
            Un día, desde una moto, pasaron unos tipos envueltos en cuero negro y metieron dos tiros por la ventanilla. ¡Adiós poder! La muerte fue acallada. Nadie investigó seriamente y hasta hoy se habla de don  Silverio el que quiso tener el mundo entre las manos y lo perdió todo en un momento.
           

martes, 31 de julio de 2018

EL LETRADO




            Alejandro había pasado por la universidad sin pena ni gloria. Un alumno del montón que había conseguido el título de Licenciado en Leyes por astuto y persistente.
            Era bastante parco, miedoso y tartamudeaba cuando se ponía nervioso. No quiero contar cuando estaba frente a una mesa de exámenes, con tres o cuatro profesores de esos que te miran como si el que tienen adelante es una cucaracha. ¡Y hay que  pisarla! Pero sin embargo lo logró. Con sus miedos y prejuicios cumplió secretamente el anhelo de Bettiana, su eterna enamorada que creyó que con el famoso diploma se venía el casamiento. Se equivocó. Alejandro envalentonado, se marchó a un pueblo del interior para ser el “doctor en Leyes” y hacer política.
            Había comprado un auto usado y alquiló una casita donde colgó un cartel que anunciaba su condición de Abogado especialista en toda clase de temas. Llovieron pequeños productores que el banco regional quería rematar, algunos vendedores que pasaban por ahí y dejaban hijos producto de adulterio y que les obligaban las mujeres a pagar su cuota de alimentos y problemas de arrendatarios y dueños que se entreveraban en deudas eternas para cobrar. Todo dependía de si había buenas cosechas o si la siembra era escasa o mala. Ni hablar de los campos anegados y los vientres de los animales nulos.
            De vez en cuando recibía una carta de Bettiana que le reclamaba la promesa hecha el día que se recibieron en el secundario: “Lo primero que hago si me recibo es casarme con vos y llevarte a Europa de luna de miel”. Ni loco la traía a ese pueblo de morondanga. Y llevarla a viajar. ¿Con qué? Si la mitad de los trabajos que hacía se lo pagaban con un cordero o con un cheque que no lograba cobrar por meses. ¡Comer comía bien, ya que por ser un “ilustre” en el pueblo, lo invitaban a todos los acontecimientos del lugar: casamientos, bautismos y fiestas familiares! Se hizo amigo del médico, otro zopenco como él, que no daba a basto con la clientela.
            Y un día ocurrió. Vino al estudio una mujer que rompía las paredes… era casada y quería el divorcio. Allí, en el mismo sillón de cuero verde, se puso a llorar mientras mostraba unas piernas dignas de una modelo. Rubia, (teñida) con labios gruesos y con mohines de niña que lo dejaron patas para arriba. Unas “gomas” que marcaban hoyuelos en la blusa y la pollera corta que al sentarse, mostraba el muslo gozoso. Cayó rendido a sus pies, prometiéndole que en un corto tiempo era divorciada. Ella le aclaró que no tenía como pagarle y él, generoso, le dijo: Querida ya veremos, dejemos eso para más adelante. Y así fue ella se divorció y pagó. En el modesto hotel del pueblo le pagó con unos amores inolvidables.
            Ella, se quedó con un campo de trece mil hectáreas y de pronto Alejandro, abogado, dejó el estudio y se dedicó a trabajar el campo. Dicen que Bettiana sigue esperando. Y él es un rico hacendado con miles de pesos en el banco. ¡Ah, el zopenco, hizo algo parecido, se casó con la prima de la mujer y tiene otro campo lindero en el que cría ganado Holando-Argentino que exporta al exterior.
            ¡Hay que tener cuidado con los letrados!
           

domingo, 19 de noviembre de 2017

DE CUENTOS MUY CORTOS

3----LA DESIDIA

                        El maestro llegó en su moto justo en el minuto en que se desplomaba la última pared que quedaba en pie. Venía para ver qué sucedía con la pequeña Rocío que no asistía a las clases desde...hacía como un mes y medio. Su asombro lo dejó entre extasiado y desesperado. No podía comprender cómo se puede destruir una casa como esa. Recordaba cuando el era niño y pasaba por ahí. Estaba construida con buen material y diseñada por arquitecto e ingeniero. Tenía todo lo que una familia de clase media trabajadora podía necesitar. La buena señora Adelaida, la dueña, había plantando toda clase de vegetales, árboles que yacían como esqueletos afiebrados en el secano ahora. Vio por primera vez a Chacho, el hijo, ese muchacho mimado que nunca logró hacer nada. Chacho estaba allí parado sin moverse. Las manos en su enorme cadera flaca. Huesos y piel era lo que quedaba del hombre que criaran Adelaida y Floreal, el padre. Una mujer, la madre y esposa del padre de sus hijos, contemplaba las ruinas con mirada de idiota. Los niños, nueve, lloraban. Sucios como siempre, desvalidos y ansiosos, se le acercaron buscando una respuesta. ¿ Qué podía hacer él?
                        Llegaron los bomberos, tarde, porque en realidad ya no eran necesarios. La casa se había comenzado a morir cuando los viejos murieron. Chacho era incapaz de mover una mano para trabajar. Todos los días tenía el pretexto locuaz para no salir a trabajar. Esa palabra era tabú. Él no había nacido para “romperse el lomo”. La lluvias, los vientos, el descuido...hicieron el resto. Como un cáncer la casa se fue destruyendo. Nada quedaba de la que fuera la mejor casa del barrio. Quedaba el grupo familiar como los miles de desamparados que viven en las calles. Pero en el caso de Chacho y su mujer, por no querer aceptar la dignidad del trabajo.
                        

miércoles, 8 de marzo de 2017

UN AMOR DE LOCURA

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                                                        HACIA FIERROS HASTA SUS MÚSCULOS PARECÍAN BRONCE O PIEDRA. SABIA QUE ERA SUPER “MACHO”, UN METRO OCHENTA Y SEIS, CON SU CUERPO BIEN FORMADO. ROSTRO ARMÓNICO, CABELLO OSCURO, OJOS VERDES... ESTABA SEGURO DE SI.LO HUBIERAN INVITADO   PARA SER MODELO LOGRARÍA SER FAMOSO,  PERO EL ERA MUY HOMBRE PARA ESE TIPO DE COSAS. SUS COMPAÑEROS DE OFICINA  LE HACÍAN TODO TIPO DE INVITACIONES. INCLUSO LAS CASADAS.¡QUE MINAS LOCAS !  ÉL ERA EL QUE CONQUISTABA.
                                                        UN DÍA QUE CAMBIO DE HORARIO EN EL GIMNASIO, CONOCIÓ A  REGINA, UNA MUJER POCO AGRACIADA PERO DE UN ESPÍRITU MARAVILLOSO Y PASÓ LO INUSITADO… SE ENAMORÓ. ELLA ERA SOLITARIA, INTELIGENTE Y ALEGRE.
                                                                     LA VIDA COMENZÓ A SER UN PRIVILEGIO,VIAJES, CENAS EN LUGARES MÁGICOS…PERO UN DÍA PASÓ LO INESPERADO. APARECIÓ EL EX MARIDO DE REGINA QUE SACÓ UN ARMA Y DESRAJÓ UN BALAZO EN EL ROSTRO BELLÍSIMO DEL MUCHACHO.
                                                                    ELLA LO AMÓ HASTA HACER QUE EL HOMBRE SE tranSFORMARA  EN UN HIJO, EL AMOR ESTRECHÓ HASTA AHOGAR LA ESPERANZA.
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miércoles, 15 de febrero de 2017

CUENTO CORTO

LOS REMOLINOS.

            Los remolinos de tierra caliente envolvieron el cuerpo frágil. Nora se sentó junto al pozo. Lloró un corto tiempo y pequeños hilitos de barro rayaron la piel rosada. Gritón ladró. La mirada de la niña recorrió a su alrededor. Parecía que la rodeaba un desenfreno de abalorios. Rió de pronto como hacía años que no se reía. Sola en la inmensa soledad de la tierra. Carlos ya no estaba. Desinflado como un muñeco de hule, colgaba el estrafalario ropaje que usara para bajar al pozo. ¿Ya no volvería más?
            Entonces se sacó las sandalias y caminó entre las viñas recogiendo uvas maduras de un raro tinte morado. Las apretó entre los dedos y le sorbió el jugo caliente y dulce que se desparramaba por entre los dedos. Se enjugó las lágrimas y hablando al parral le contó que nunca más le pegarían con el rebenque, que ahora podía jugar con el perro y que su madre regresaría al caserón para volver a amasar el pan de cada día. El viejo astuto, yacería entre los ladrillos del pozo y difícilmente podría llegar hasta el brocal para hacerles daño. Miró por entre los viñedos y vio el carro que dejaba a su hermana y a su madre cuando volvían de cosechar.

            Corrió y les dijo que Carlos, el malvado, había caído al pozo de agua y ella no pudo ayudarlo a salir. La madre y la hermana la abrazaron y caminaron lentamente hasta la puerta abierta de la cocina para comer. El sol se ocultó tras las montañas y el silencio se derramó por la finca. Los grillos, sólo los grillos hicieron su eterna melodía de nostalgia amorosa. Durmieron por fin en paz. 

domingo, 30 de octubre de 2016

RELATO CORTO


INVIERNO EN LA MONTAÑA

             Miró hacia la montaña y reconoció que la tormenta se avecinaba,  perturbada tomó su poncho mapuche, ese que la acompañaba desde que Horacio había partido la primera vez hacia la frontera. Negros nubarrones cargados de nieve pesaban en las laderas. Bajaban los grises sobre los riscos.

             Comió un buen trozo de pastel, un trago de “chicha” y se enfundó la mochila a modo de refuerzo, llena de jamón, queso de cabra y agua, para llevarle apoyo al hombre. Él, la esperaría en el viejo puente junto a los abrevaderos. Las llamas y las guanacas estaban en tiempo de parición y no podían dejarlas solas. El comprador europeo, llegaría en verano para pasada la esquila, llevarse los vellones de mejor calidad a Milán.

            El año anterior, habían sacado un muy buen precio y las colecciones de moda en Italia, se regocijaban con la novedad de esa lana fina y natural americana. La tormenta, con sus ráfagas de viento helado, la tiraba sobre la agresiva senda. Siguió un trecho pero un tapiz de nieve se iba acumulando. El frío le impedía continuar. Decidió regresar a la cabaña. Horacio la estaría esperando ansioso. Era imprescindible que se abrigara. El calor de la chimenea era una fuerte tentación. Pero... debía volver a salir hacia ese destino previsto.

            Ella era tan perseverante, que a pesar del peligro, se calzó las botas largas, una vez más. Seguro que en el refugio, aunque lejos, su hombre otearía el paisaje en la espera. Nunca lo dejaría solo allí. En la nieve las huellas le advirtieron la presencia de un puma, pero siguió hasta que avistó el humo de la chimenea. Los perros ladraban con regocijo, el corazón le golpeaba el pecho como un tambor de carnaval.

            Pero cuando llegó alrededor de la cabaña, no encontró a Horacio. Tendría que esperar. ¡Adónde estaría el hombre?  El aullido de un lobo la despertó, se había quedado dormida y ahí de pie Horacio la contemplaba con la pipa en la mano, que entinta en sangre le advirtió que había tenido una pelea con la fiera. Pasarían otro invierno más.