Mostrando las entradas con la etiqueta Graciela Elda Vespa- Beca . CUENTO CORTO. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Graciela Elda Vespa- Beca . CUENTO CORTO. Mostrar todas las entradas

martes, 31 de marzo de 2020

LAILA




Hoy está sentada frente a la ventana. Leila Alkelaibe no sabe que es Leila Alkelaibe. Mira tras los vidrios ¡Cuánto han florecido las glicinas! Las mira bajo la opaca visión del glaucoma. El lila es suave y opalescente. El perfume inunda la estancia. Todo es nacarado desde hace un tiempo. Su edad ha comenzado a desdibujar el tiempo y los relojes ya no sirven. Suenan las campanas. Ella no las oye. Regresa, cada vez que se despierta, a su lejana memoria.
Ahora tiene quince años y usa por primera vez tacones altos. Un vestido de gasa de seda blanca, flores en el cabello cobrizo que cae lloviendo en su espalda.
Y baila, baila el vals en brazos de jóvenes que sonríen y tratan de rodear su cintura. Ella los aparta con delicadeza. Busca al amor que tiembla en su corazón. Esa ensoñación de la edad temprana. Se ha dormido. Leila se ha alojado en el ayer. Hoy no existe en su mente. Y es su cumpleaños. No lo recuerda. Despierta y está allí parada con tan solo cinco años en el sótano de la casa de sus abuelos. La penitencia es por haber roto el jarrón chino antiguo. Leila llora. Se orina. Llama a su madre y nadie le contesta.
Una luz muy brillante le muestra el camino hacia el mañana.
Leila el día de su cumpleaños noventa y tres no se despierta. El reloj de pared se detiene con las últimas doce campanadas.


viernes, 6 de marzo de 2020

LA IRA




Dejó la escuela con una pila de amonestaciones. ¡Nadie le iba a decir a ella qué tenía que hacer! Estaba cansada que se burlaran de su aspecto. ¡Sí, era mestiza y como descendiente de africanos era obesa! Su cabeza daba para más, pero no podía con la rabia que le producía ver a esas estúpidas muchachas riéndose de sus nalgas. En su país de origen las mujeres eran así, de enormes nalgas donde se acumulaba desde la antigüedad la grasa para poder superar las hambrunas. ¿Qué sabían de eso estas cabezas huecas? Su abuela le contaba que debía caminar kilómetros para poder buscar agua o llevar sus cabras a pastar. Y ni hablar de las épocas de sequía en que viajaban por el barro seco y quebradizo de los ríos sin una gota de agua. Muchos morían en el intento de llagar a un pozo.  
Cuando se rieron la primera vez, lloró. Luego comenzó a ser hiriente con el idioma de sus abuelos y finalmente golpeaba a quienes osaran reírse de ella.
Lo último fue cuando el profesor de gimnasia se burló porque ella no podía hacer ciertos movimientos y sus grandes piernas rodaban por el suelo brillante de la pista de básquet. Y lo peor fue que vio una seña obscena y le propinó una trompada con tanta furia, que le rompió la mandíbula a la preciosa “Reina de la Primavera”, de la escuela.
Sabía que en su casa se armaría una guerra. La madre la correría con una escoba y la abuela la ayudaría a esconderse.
Siempre la abuela, en las noches frías le contaba las historias que vivió en su África lejana. De cómo las tribus se mataban entre sí, de cómo raptaban a las niñas y las vendían a los hombres blancos que las llevaban a los burdeles. De ella aprendió las canciones de dolor e ira, de amor y ensueño. De ella aprendió a cocinar y a preparar el lecho para abrigar a los pequeños.
Cuando vinieron a este continente, sólo traían la tristeza y la pena por sus árboles viejos que habían abrazado antes de partir. Pero sabían que de quedarse allí los matarían los vendedores de diamantes o de oro. La abuela también le enseñó a odiar.
Llegó a la casa y encontró a sus hermanos sentados en la escalerilla de la entrada. Algo pasaba adentro. Ingresó de puntillas y escuchó la canción de pena de su madre a los muertos. La vio. Estaba cubierta con una de las únicas telas hechas en la aldea a mano por las mujeres de entonces. Corrió y abrazó a la mujer que quieta y fría parecía de cera. Carbón apagado y silencioso.
Un grito, un alarido salió de su garganta áspera y doliente. La ira la llevó a tomar una botella y reventarla en el suelo junto al lecho donde dormía la abuela. Se echó a los pies y lloró dos días hasta que la llevaron a un campo santo. Ella no creía en un Dios bondadoso. Ella era un fuego encendido dispuesto a todo. ¡Y salió su rabia! Caminó hasta la escuela y le prendió fuego. Bailó una danza antigua mientras veía las altas llamas que quemaban el edificio donde había sufrido tanto.
Esa noche la buscó un auto policial. La encerraron en una celda donde cantó hasta la madrugada en el idioma de sus ancestros. Después de un corto juicio, la dejaron salir porque aun no había cumplido los trece años y la Juez comprendió el sufrimiento de la niña. 


           

martes, 3 de diciembre de 2019

EL PESCADOR DE QUIMERAS




            La tarde calurosa amenazaba una noche plagada de estrellas. El viejo, se sentó sobre la madera húmeda y caliente. Sacó una antigua pipa. Miró tras sus pupilas nubladas por el tiempo y suspiró cansado. Terminaba un día y el mar calmo, esquivo, no llenó el vientre hambreado de su barco. Poca pesca. Nada, casi nada. No había viento y eso no permitía que se alejaran de la costa mar adentro.
            Un olor penetrante a sal y pescado, entre podrido y fresco, hería las narices a los hombres silenciosos. El sol se escondía con esfuerzo tras la pequeña colina en occidente. Un pescador comenzó a canturrear un sonido triste. Otro, tomó un pequeño instrumento rústico y comenzó a elevar un sonido de belleza inexplicable. Con ritmo a nativa sangre negra  caribeña.     
El caballero que había pedido acompañarlos ese día era un tal Hemingway, escritor que tomaba ron y masticaba tabaco, mientras limpiaba displicente sus anteojos de armazón de oro. Parecía, por su ropa desprolija y gastada, uno más de entre los obreros de la pesca. Pero ese no era un hombre común. El viejo lo supo desde el instante que subió a cubierta con su rostro avejentado y crítico.
            El bote se jactaba de ser como un delfín de madera y metal color herrumbre. Su panza hinchada supo regresar a puerto lleno de peces. De haber luchado con los más fieros tiburones del caribe.  El viejo achicando los ojillos desplazó una sombra tenaz por el cuerpo encorvado del poeta. Nutrió su expectativa con un sonido agudo. Desde no muy lejos aparecieron las aletas ahusadas de los asesinos blancos. El viejo se paró y tomó un arpón, señalándole al hombre en desafiante orden, que imitara sus movimientos. Sobre el agua de color sangre amarillenta, con certero golpe atravesó el cuerpo efímero del pez bravío. No pudo el extranjero imitar su juego. Tiró enojado el arma y se sentó perturbado en los maderos. Soñó con ser un héroe. Ya, el sol, parecía un dromedario agonizante. A lo lejos las luces de la Isla reflejaban una vida desplegando miserias. Comenzó el regreso. Atracaron en el precario puerto y casi sin palabras se despidieron. Una borrachera de ron abrazó la noche. En la mente de un enorme creador nacía una obra gigante.

sábado, 26 de octubre de 2019

NIDOS VACÍOS



Para sacudir los nidos desocupados y darle lugar a los jóvenes pájaros para que aniden en primavera.

      Los chicos de las granjas, juegan con lo que encuentran, dijo Eulalia. No te preocupes hermana. Encontrarán seguro mil curiosidades para entretenerse. Míralos, trepados en la vieja encina. Balanceándose en los sauces sobre las acequias. No te abrumes.
      El campanario de la vieja capilla llamaba al ángelus. Y Antonia dejó las ollas y pucheros para rezar. Su rostro pintado con harina desdibujaba las mejillas arreboladas por el calor del fogón. Sus manos regordetas y suaves de sobar el amasijo, eran como paletas de color rosado fuerte. Caía cabello cano entre sus mejillas. Los ojos enrojecidos de tanto llorar se esfumaban con el vapor del cocido.
      Mirna, Cecilia y Saulo, reían con la inocencia de los niños que no saben la causa del traslado a la granja. ¡Chicos vengan a rezar con la abuela! Llamó Eulalia. Parloteando se acercaron a la cocina y se acomodaron junto a la mesa donde la masa de los fideos se estaba refrescando para ser cortada en finos hilos con cuchillo. “Los fideos de la abuela eran un sueño”
      ¡Y el ángel del señor anunció a María…! Chicos no se pellizquen, no peleen…y ¡“Concibió por obra y gracia…! Dije silencio. ¿Pero abuela qué quiere decir concibió? Preguntaron a coro. Bueno vayan y sigan jugando.
      Salieron corriendo y gritando “Mancha”. Te toqué. Se perdieron entre los espalderos de uvas y el zanjón que no traía agua por falta de deshielo y lluvias.
      Pasó un rato y se escuchó el motor de un automóvil, era Daniel que regresaba con Sara y Delicia. Hemos dejado todo listo para la ceremonia de mañana. Ahora después de almorzar vamos a dormir un rato la siesta. Los niños que entren y descansen porque la tarde será larga, fue el deseo de Jorge. Pero no escuchaban el llamado desde la casa. Habían encontrado en los cerezos unos nidos de pájaros y como estaban vacíos, comenzaron a juntarlos para jugar.
      Sara se sacó la falda y las medias de seda que tenían varios hilos corridos. Se puso una bata y se tiró en la cama de su madre. Delicia se desató el cabello que tenía sostenido con hebillas y se sacó la faja. Un desparramo de piel de su vientre operado, la hizo suspirar. ¡Por fin puedo respirar tranquila! La gata se deslizó por entre sus piernas y se acomodó ronroneando en el hueco de su nuca. El almohadón con perfume a lavanda, abrazó un sueño largamente deseado por Delicia.
      Afuera, comenzó a bajar la luz, el sol se iba escapando por entre los álamos hacia la cordillera. Para la hora del te. Los chicos regresaron agotados con los brazos llenos de arañazos de las ramas y espinas de los molles. En el regazo debajo de sus prendas sucias y arrugadas, aparecieron los nidos vacíos de pájaros y huevos.
      Abuela: ¿Harán nuevos nidos en primavera? ¿Tendrán pichones los pájaros? Y el parloteo hizo un bache de espera para la jornada triste del otro día. Tenían que enterrar al abuelo.
       


miércoles, 31 de julio de 2019

LA YARARÁ




El rancho estaba casi destruido por la tormenta. Hacía una semana que el fuego había quemado todo el ñandubayzal. Un rayo traicionero, carcomió el pajonal y el bicherío se desbandó por la tierra. Luego vino la lluvia, que como torrente llenó la tierra roja en un guadal de sangre y cenizas.
Victorino Agüero se arremangó para evitar que sus animales escaparan del corral. Era su único bien. La tierra con su fruto que crecía como la misma vida y los animales, pocos, que había logrado tener.
Los monos chillaban entre los pocos árboles chamuscados que habían quedado en pie.
¡Es lo habitual en la tierra colorada! El trabajo de atrapar cerca de la orilla los sábalos y peces que se quedaban en el sedal, a veces se prendían bichos que daban asco por el tufo que producían al estar entreverados vivos y muertos.
Había amarrado bien la canoa, única forma de salir del bañado. Escampó y él, fue con mucho cuidado a ver su espinel. Trajo dos peces dorados, lindos animales. Coleteaban cuando los sacó del río, pero necesitaba comer y recuperarse de tantos días de sufrir frío y hambre. Sólo comió algo de galleta seca y enmohecida que le quedaba entre los bártulos que se habían salvado del fuego y de la tormenta. Apareció el perro medio torrado y flaco como la orilla de la tapera. El “Truco” fiel compañero siempre regresaba después de las desgracias que les mandaba ese cielo que podía ser gloria o tormento.
Se sentó en un tocón en la abertura del rancho, la vieja puerta se había volado con el viento. Prendió un cigarro forzudo y echó humo a su tristeza de campesino olvidado.
Cuando se dormitó, el Truco se echó a su lado expectante. Regresaban primero las aves, los guacamayos y las cotorras. Después se oía el grito de los simios que peleaban por un lugar en ese desquicio que había dejado el incendio. Pero olfateaba que cerca había una yarará. La bicha se enroscaba como una mentira alrededor de una estaca y se quedaba quieta, esperando dar el salto y engullir al perro o al hombre.
El animal, esperó paciente que se despertara su amo. Al abrir los ojos se vio de frente con la bicha que lo oteaba como presa. ¡No me vas a verduguear! ¡Carajo! Se irguió y con destreza le tiró un palo, la yarará se escapó entre los yuyales que parecían crecer a ritmo enloquecido después de la lluvia.
Victorino conoce la costumbre de los animales. Prendió una tea y se fue derechito al gallinero y allí no sólo la vio a la entrometida, sino que se encontró una boa que se movía contorneándose con uno de sus corderos en las tripas. ¡Hija y puta! Le dio con la azada en medio del lomo y saltó con fuerza sobre su cuerpo nervioso y opulento. La yarará se enroscó y se prendió de la boa que cortada en dos seguía envolviendo al cordero. Ya estaba muerto y la sangre mojaba el cuerpo de la ladrona.
Con el fuego, le zampó una buena quemazón a los bichos. Se retorcieron sobre sus huesos como enredaderas de verano. Los cubrió con latas de kerosene y les prendió fuego. El olor volvió loco a los monos que aullaban de terror. Truco arrastró  a su amo que parecía enloquecido, lo garroneó para que se alejara.
Entró en el rancho, rebuscó entre el catre para ver si no había otro animal inesperado, pero se hubiera dado cuenta el perro y ladraría. Se recostó y junto a él, su amigo. Soñó con la casa de su madre, allá en la villa. Soñó con una vida mejor, pero sabía que al despertar sólo lo esperaría otra vez su triste vida. Allí, se escondía de los controles de la policía, después que atravesó con el facón al Emeterio Maidana en una bailanta de Oberá. No sabía que una yarará se deslizaba debajo de la cumbrera del rancho para vengar la muerte de su casal. Su perro agotado estaba dormido.


HISTORIA DE UNA MUJER




¡La mesa está servida! Me enteré esta mañana de algo importante. Sí, si, te escucho. Me pueden interrumpir, por supuesto. ¡Ah, es que vino Martín esta noche! No sabía que había vuelto. ¿Cómo le fue en el viaje, ganó el torneo? Me imagino lo felices que estarán sus padres. Y vos, claro. No, servite tranquilo viejo, hay más. Hoy hice un puchero grande y guardé una parte en el congelador para después. También cociné estofado para varios días y amasé fideos y lasaña de carne y verdura. ¿Te gusta el pastel de papas? Ya dejé para por lo menos un mes y medio en el freezer. No, no lloro. Y bueno, si estoy llorando un poco… por todo lo que ustedes han logrado en estos años, y vos viejo, tu ascenso en la fábrica y Jorgelina en la facultad que le falta tan sólo la tesina.
Lloro por todo lo que Leopoldo ha ganado en estos años en la empresa y que yo no he podido ni siquiera ir a conocer Mar del Plata, ni pude ir a ver el ballet o salir a bailar a un “boliche” y porque nunca terminé besando a un hombre como Delon o Bratt Pitt o La Port, lloro por las joyas que miré mil veces en las vidrieras y no pude comprar, o en los viajes que soñé hacer a oriente o a Europa. Lloro, sí, ¿y qué? ¿Acaso no tengo derecho a llorar por el futuro? Ya lloré mucho en el pasado. ¡Por favor no atiendas el timbre que suena! Debe ser el tintorero que trae el vestido azul que mandé a limpiar, ese que te gustaba tanto cuando nos pusimos de novios. Pronto, seguro lo voy a usar.
¡Gracias por darme tu pañuelo! ¡OH, está roto, traeme el costurero Jorgelina, así lo remiendo! ¿Este es el pañuelo de tu papá? Está gastado. Sí, yo también más que gastada estoy rota. Hoy me llamaron del laboratorio y me dijo la secretaria que… me estoy muriendo, la biopsia dice: “Cáncer terminal” en el útero,  con metástasis en hígado. Por eso he hecho las cosas para ustedes. Viejo, por favor, pasame la sal. ¡Gracias!

viernes, 21 de junio de 2019

NO QUERÍA VOLVER




   Apenas se apagó la lámpara salía el hombre. Detrás quedaba una semi-forma de sombras casi fantasmales que se movían como sonámbulos. Se hizo un silencio, roto de pronto por el chirrido agónico del tren que se acercaba. A tras luz, la silueta del recién salido parecían espantajos deshilachados.
   El callejón parecía despertar de grillos y ranas que apareaban la tarde en agonía.
   Un chiquillo escuálido salió corriendo de la casa tras el hombre. Llamaba a gritos.
El hombre, sordo, continuaba su camino. Logró alcanzarlo. Se trepó a sus brazos apretó sus piernas alrededor de la cintura  y  lo  rodeo de besos. La mujer  parada a la distancia abrió los brazos en cruz. Su imagen quedó cincelada en bruma y carne. Él, lentamente regresó. El niño estaba tibio de sonrisas. La mujer contuvo  una lágrima de fuego, sabia que al regresar él, su vida volvería a ser una carga de roca incandescente. Entró, prendió la lámpara. Estiró un mantel a cuadros y distribuyó tres  platos sobre la mesa.


lunes, 27 de mayo de 2019

EL HOTEL





            Joaquín llegó al medio día, ayer, con el pedido. Yo asombrada le acepté. Pero reconozco que es mucho trabajo. Cada pieza con su forma diferente, por deseo de los hombres del refugio recién construido. ¡Es bonito!
           Es un complejo hotelero con cabañas de troncos. Sus ventanas de vidrio doble  la hacen cálida. Una enorme chimenea. Tiene el comedor, donde en la noche podrán jugar cartas, pool, fumar habanos y jugar ruleta.
             Me  dijo Joaquín que han contratado unos músicos, un malabarista y mago, de la capital.  Será un lugar hermoso. ¡Los muebles de madera de pino con ese perfume a bosque! Las colchas de colores robados a las flores del campo. Cada habitación un nido tibio con dos lámparas de Vitró, que le dan un conjuro hechizante a la luz que filtran. ¿Cómo no amarse en ese clima? Invita al romance, al diálogo tierno y amoroso.
              Bueno para eso en cada una de estas piezas pinto un corazón con flores. Pájaros y pinos.
            Cuando termine el trabajo, que es mucho y delicado, me han invitado a la inauguración. Harán un baile con gente de las ciudades vecinas y vendrán actores y actrices. Hasta creo que vendrá alguien de la televisión a filmar.
            Mi vajilla, es decir las bellas porcelanas que estoy pintando brillarán por su perfección y la ingeniosa creatividad. Joaquín ha visto la cristalería y dice que es maravillosa como la cubertería con monograma. Cuando vayamos a cenar me sentiré muy halagada.
            Será un placer comer el ciervo ahumado con aceitunas calabresas y pepinos agrios. Ni hablar de la ensalada de rúcula, alcaparras, ananá y jamón cocido. El té de manzana, perfumado y caliente, con tarta de canela y dulce de grosellas. Los postres son delicias inventadas por un chef especializado en Francia.
            Ciertamente tengo que apresurarme, pronto me llamarán nuevamente para decirme: ¿Ya están listas las cosas? Y yo tengo todo a la mitad.
              ¡Como me duele la espalda! Ya está saliendo el sol, se me han quedado los dedos duros de armar en porcelana los dibujos que me solicitaron en el Hotel. Pero han quedado bellísimos.
             ¡La cara que pondrán los dueños del hotel y los comensales!





sábado, 11 de mayo de 2019

LUCIÉRNAGAS




De niña me adornaba el cabello con el vientre luminoso de luciérnagas vivas.
Entonces regresaba a un mundo de azogue repetido, donde tú no existías.
Dormía buscando el origen de mis sueños de niña, pero entonces era apenas semilla.
Allí donde soñaba un rostro me iniciaba en un juego milenario, la vida y la esperanza.
¡Un amor que rondaba mi pecho y mi memoria, la palma de mi mano... el revés de tu lengua
Y entonces emergía la dulce melodía de un mar de olas espumosas de mis senos rosados
Mi vientre prometía la luz y la agonía, un placer de palomas  una voz de luciérnagas azules y un caminote flores.
Entonces regresando al mundo de relojes, de almanaques sombríos sin retoque de cielo.
¡Hoy he visto una de ellas transformada en estrella con remiendos, en harapos de luciérnaga viva! No encontré la ternura, sino el discordante sonido de la pena.
¡Es cierto! ya la niña dejó el puerto alegre con barco de papel. Vive con las redes atrapando gaviotas, acarreando milagros, buscando pareceres de sueños y luces.
De niña me adornaba el cabello con flores, corría por la hierba, jugaba como el viento juega con las colinas. Ahora ya despierta, poseo la intangible sonrisa de los dioses...
                                                           Te poseo.





EL HERMANO




“Sobre el vidrio de la ventana cada mañana aparecían las huellas grasientas  de unos dedos. La hermana del muerto, mirándolo allí, en la cuneta dijo: - No tuviste, hermano, ni tan siquiera una limpia muerte- y se secó el sudor con el delantal de la cocina, que hacía tiempo usaba.
Eloisa caminó unos pasos en el callejón ahora poblado de curiosos. Esa noche, el “Pardo Ortega” lo vino a buscar para ir al boliche. Fue. Lástima de destino, porque el Lucho era un tipo simple, callado y trabajador. Muy sombrío, si, por ser analfabeto. Pero un hombre bueno. Todos por ahí lo querían.
La muchacha, que lo crió desde chico, sabía que era incapaz d pelear a cuchillo, como decían los mirones.
Esa mañana ella miró la ventana y no había huellas de dedos grasientos en el vidrio. ¿Quién era ese fantasma infernal que se había evaporado entre los olivos?
Vino el Oliverio y le puso en la mano un fajo de billetes. No los necesitaba. Ella y su hermano eran cosechadores y concientes de que no tenían que tirar la vida en chucherías. Pero el hombre insistió tanto que guardó en el bolsillo del delantal el fajo. Cuando pudiera se lo regresaría.
La gente de bien y de palabra no se queda con dinero ajeno. Para eso vendía unos cerdos o una vaca.
Lloró. Sola en el mundo ahora, buscaría la forma de irse a la ciudad y emplearse de mucama en cualquier casa que encontrara. Luego vendería la finca del abuelo gringo. Y entonces, conoció al inspector que vino a cargarle la culpa de lo de su hermano. Le fue creciendo una rabia enorme. El Lucho no se merecía que pensaran que ellos eran malos.
El tipo la miró con lascivia, pero astuta como buena campesina, le dio la espalda. Llamó al Oliverio y le pidió que presenciara el interrogatorio. El hombre preguntaba si tenían deudas de juegos o de trampas con las ventas de los olivares. Muda, miró de frente a los ojos oscuros y morunos del inspector. Afrenta a mi hermano difunto y a mí, le dijo. Somos gente de bien.
Pasaron los días y otra vez aparecieron los dedos grasientos en la ventana de la cocina. ¿Un fantasma o un ánima?
La madrina del Lucho vino con una noticia: ¡Sabés Eloisa, que el Lucho tiene un hijo? Ayer lo conocí en la parada del micro que va para Paredita. Es de la Mireya, la gorda pintada que se metió en el catre a tu difunto hermano. Para mí que fue ella.
No, yo lo sabría. El Lucho no me escondía nada.

sábado, 30 de marzo de 2019

UN RÍO SANGRIENTO



            Desde las orillas fangosas, se adelantaba un grupo de animales buscando beber agua. Detrás un hombrecillo de enormes manos arrastraba una pequeña barcaza.
Somnolienta, una perra seguía dentro de la crujiente madera al dueño del rebaño. A lo lejos se veía el humo oscuro  y denso de la chimenea del tren que atravesaba ese páramo. Tal vez en ese enorme trozo de hierro estaba impresa la libertad para el pequeño campesino. Había soñado con subir al techo de un vagón y huir a la gran ciudad, pero recordó lo que le pasara a su hermano. Lo habían llevado al ejército en un ferrocarril igual a ese y después vino envuelto en la bandera verde y roja, con una sola guirnalda de flores que olían a podrido.
            Él prefería quedarse, aunque cada vez era más difícil salir con los animales a pastorear. El río, decían las ancianas era el camino más seguro para no morir, pero cuando no llovía estaba muerto.  
            Tenía llagas en los pies, llagas en las manos y llagas en el alma. Su dios, no se acordaba de su gente, estaba muerto o dormido. Un cocodrilo trató de matar uno de los animales que bebía, lo espantó con el viejo rifle de su padre. Recogió al aventurero y lo metió en la barca. Esa noche lo despellejaría y comerían carne fresca, sin tener que matar sus animales.
            Sintió el rugido de la vieja locomotora que venía del sur, un grupo de aves salió escapando con el bufido del hierro herrumbrado del tren. Arrimó la barcaza a la orilla y arrió con  mucho esfuerzo la madera vieja con el perro y el ladrón que había caído bajo el balazo certero del rifle. Silbó. Los pocos vacunos se juntaron y treparon la orilla del cenagoso río y comenzaron a seguirlo.
            De pronto algo llamó la atención del campesino. El río estaba teñido de color bermejo. Se acercó y comprobó que unos cuerpos de hombres y mujeres iban río abajo, hinchados y malolientes, los cocodrilos se arremolinaban y daban dentelladas a cada cual. Teñida de sangre las aguas iban río abajo. A lo lejos sintió el estallido de un metal mortífero. El tren que acababa  de pasar había estallado en mil trozos a lo lejos. Vendrían tiempos difíciles. Había estallado una guerra.
                                               

martes, 12 de febrero de 2019

KALIPÁTERA, UNA MUJER EN EL ODEÓN.




El día refleja un sueño de oro sobre la arena en el Odeón donde el pueblo, de hombres rudos y fervorosos, aclama al héroe. El cielo despliega rubores dorados para embellecer la faena.
El joven atleta más brillante, y amado por los dioses, muestra el trofeo que le ha entregado el Cónsul. Una diadema de hojas de olivo, con orfebrería manual en oro, enrosca su frente de perfil helénico. Ha ganado cada uno de los juegos y su figura muestra músculos iguales al dios Mercurio. Serpentea cada sitio de la explanada con los brazos en alto.
 La multitud lo victorea y nombra con fervor. Es el hijo de un dios, seguramente, que viene para desafiar a sus enemigos. Ganó y su madre, que preparó al atleta, tiene prohibido entrar al espacio. Por ser mujer, no puede ver a su bien amado Euleo.
Kalipátera busca ingresar de alguna manera para abrazar al joven. Imposible. Será asesinada de inmediato por la ley de Leyes de Grecia y del Olimpo. Tiene que engañar a los hombres que merodean entre las altas columnas de mármol del Coliseo.
Piensa cómo burlar a esos necios, que no comprenden lo que es ser madre de un semi dios. ¡Se disfrazará de hombre! Corre hacia su lar y regresa diferente. Se envuelve en una manta más larga y gruesa que la que usan las damas de su rango. Cubre su cabello con una malla de algodón del Nilo y desmaquilla su rostro. El polvo y el carmín ya han desaparecido y ha despojado de su cara cualquier rastro de feminidad para dar paso a un sombrío aspecto de anciano.
Pero los dioses saben y ven todo. No se puede enfadarlos.  Por eso, un verdadero problema surge al ingresar, su túnica enredada, se desprende y descubre el sinuoso cuerpo. Ha caído en desgracia ante los Prohombres del Coliseo. Rompió con las Leyes que legitiman a sus poderosos señores. Los hombres braman y comienzan a lanzarle piedras.
Llora Kalipátera y se desgarra por su falta de honor. Euleo se acerca y rápido abraza a su madre, resguardando a la mujer que adora. El gentío hosco y malhumorado, lentamente se tranquiliza y comienza a murmurar el nombre del héroe.  
            El Rey observa desde su trono e inclina la augusta cabeza coronada de laureles de oro. Ese gesto les perdona la vida porque Kalipátera es la esposa y progenitora de los dos héroes más grandes de todos los tiempos, en la Grecia donde un atleta es tan valioso como un dios.
El Rey levanta su copa de vino, se la dedica al joven y a su madre. Es un brindis para asegurar que desde ese instante una mujer puede ingresar a la arena. Bebe y apura el licor de los dioses.
Zeus duerme y Palas Athenea sonríe. Kalipátera, ¿estará protegida por la diosa?






martes, 20 de noviembre de 2018

LA IRA


                   

Dejó la escuela con una pila de amonestaciones. ¡Nadie le iba a decir a ella qué tenía que hacer! Estaba cansada que se burlaran de su aspecto. ¡Sí, era mestiza y como descendiente de africanos era obesa! Su cabeza daba para más, pero no podía con la rabia que le producía ver a esas estúpidas muchachas riéndose de sus nalgas. En su país de origen las mujeres eran así, de enormes nalgas donde se acumulaba desde la antigüedad la grasa para poder superar las hambrunas. ¿Qué sabían de eso estas cabezas huecas? Su abuela le contaba que debía caminar kilómetros para poder buscar agua o llevar sus cabras a pastar. Y ni hablar de las épocas de sequía en que viajaban por el barro seco y quebradizo de los ríos sin una gota de agua. Muchos morían en el intento de llagar a un pozo.  
Cuando se rieron la primera vez, lloró. Luego comenzó a ser hiriente con el idioma de sus abuelos y finalmente golpeaba a quienes osaran reírse de ella.
Lo último fue cuando el profesor de gimnasia se burló porque ella no podía hacer ciertos movimientos y sus grandes piernas rodaban por el suelo brillante de la pista de básquet. Y lo peor fue que vio una seña obscena y le propinó una trompada con tanta furia, que le rompió la mandíbula a la preciosa “Reina de la Primavera”, de la escuela.
Sabía que en su casa se armaría una guerra. La madre la correría con una escoba y la abuela la ayudaría a esconderse.
Siempre la abuela, en las noches frías le contaba las historias que vivió en su África lejana. De cómo las tribus se mataban entre sí, de cómo raptaban a las niñas y las vendían a los hombres blancos que las llevaban a los burdeles. De ella aprendió las canciones de dolor e ira, de amor y ensueño. De ella aprendió a cocinar y a preparar el lecho para abrigar a los pequeños.
Cuando vinieron a este continente, sólo traían la tristeza y la pena por sus árboles viejos que habían abrazado antes de partir. Pero sabían que de quedarse allí los matarían los vendedores de diamantes o de oro. La abuela también le enseñó a odiar.
Llegó a la casa y encontró a sus hermanos sentados en la escalerilla de la entrada. Algo pasaba adentro. Ingresó de puntillas y escuchó la canción de pena de su madre a los muertos. La vio. Estaba cubierta con una de las únicas telas hechas en la aldea a mano por las mujeres de entonces. Corrió y abrazó a la mujer que quieta y fría parecía de cera. Carbón apagado y silencioso.
Un grito, un alarido salió de su garganta áspera y doliente. La ira la llevó a tomar una botella y reventarla en el suelo junto al lecho donde dormía la abuela. Se echó a los pies y lloró dos días hasta que la llevaron a un campo santo. Ella no creía en un Dios bondadoso. Ella era un fuego encendido dispuesto a todo. ¡Y salió su rabia! Caminó hasta la escuela y le prendió fuego. Bailó una danza antigua mientras veía las altas llamas que quemaban el edificio donde había sufrido tanto.
Esa noche la buscó un auto policial. La encerraron en una celda donde cantó hasta la madrugada en el idioma de sus ancestros. Después de un corto juicio, la dejaron salir porque aun no había cumplido los trece años y la Juez comprendió el sufrimiento de la niña. 


           


viernes, 19 de octubre de 2018

VIAJERO




Cabalgaba con  el brío de su fuerte espíritu atravesando la verde pradera. El sol golpeteaba su rostro y pequeñas briznas de pasto se hincaban en su piel como ínfimos alfileres vegetales. Ingresó al bosque que frente a él, lo invitaba a apurar el galope. Evitaba las ramas que sobresalían de los árboles y brezos, algunas pegaban en su frente cuando no podía evitar su roce. El gozo le hacía cerrar los ojos y minimizar el calor y el sudor le corría por la piel. Siguió apretando las riendas y gritando de puro placer, logró ver a la distancia el antiguo castillo abandonado, luego saltaron la valla y entraron en el campo prohibido de los añejos monjes cartujos. Aún se olía el penetrante olor del humo cuando fue incendiado por las hordas de vagabundos contrarios  a los clérigos. A la distancia escuchaba el ruido de las caballerías de los señores que defendían al rey. Atravesó un pueblo y la gente le gritó toda clase de insultos al romper sus toldos en el mercado, desparramar los animales expuestos para la venta y molestar a los parroquianos que bebían sus jarras de “ale” y manoteaban sus menguadas pitanzas domingueras. ¡Qué enorme placer! Sentía el aire sobre su cuerpo como el alegre murmullo de un aleteo de aves en vuelo.
-¡Vamos Jonathan, tenemos que continuar con nuestro trabajo!- La voz despertó su furia.
Las fuertes manos y brazos de su ayo, lo levantaron del antiguo caballo de madera y lo sentó en la silla de ruedas para alejarlo hacia el ventanal de la biblioteca.
Se esfumó el sueño y la alegría. Tomó otro de los libros de un estante y comenzó a leer mientras una impertinente profusión de lágrimas, empapaban su ropa.
El viejo caballo de madera, sintió un profundo dolor en el corazón. Él, soñaba junto al muchacho con una vida de verdad y esperaba ansioso cada viernes por la mañana que viniera el amigo a prestarle los sueños de mágicas historias de caballería. Se apagaron las luces y el silencio ocupó el salón. Jonathan, sabía cómo palpitaba el corazón del animal porque como el suyo, era idéntico.





lunes, 17 de septiembre de 2018

DESDE AQUEL DÍA, NO HE MOVIDO LAS PIEZAS EN EL TABLERO



                        La pequeña Lorena estaba apoyada en la balaustrada del  jardín con su blanco rostro cerúleo con su leucemia que avanzaba como una artera asaltante de alegrías y esperanzas juveniles. Descalza sobre el prado, junto a la fuente que con su cascada  atrevida de frescura y los trinos gozosos de aves que se acercaban a sus pálidas manos donde reposaban semillas milagrosas de fiesta en primavera, se apoyó y observó su cabello, en realidad el reflejo de su cabeza calva le devolvió a la realidad. ¡Había perdido su preciosa cabellera color rojiza y de suaves hondas! La quimioterapia  se adueña de las más profundas posesiones celulares y...mata. Yo la miraba desde mi escritorio y me deshacía en lágrimas y dolor pero apenas elevó su mirada, yo sonriendo escondí mi amargura y la llamé para que regresara y jugáramos una partida de ajedrez.
            Ese invierno fue cruel por lo frío y ladrón. Ella partió y aunque acepto la terrible prueba...
                                   "Desde aquel día, no he movido las piezas del tablero", es como si ella a través del tiempo siguiera jugando conmigo. Tal vez ella es un espíritu libre que juega entre las sombras y yo no la pueda ver.

sábado, 1 de septiembre de 2018

FERNANDO EN SU VIAJE DE VACACIONES



            Mi padrastro me contó que nunca ha podido viajar en vacaciones. Conoció a un compañero en la quema, y él, que es “su amigo”, en un descampado descubrió un auto viejo. Está destartalado, pero todavía sirve. Puede usarse a pesar de lo roto que está. El “Mono Coria”, su compadre, es mecánico. Un desocupado más de la Fiat, dijo que lo ayudará y lo arreglarán. Los repuestos los van encontrando en la quema.
 ¡Hay cada cosa en la cava!  Yo encontré juguetes casi nuevos y mi abuela, una máquina de coser, a la que le faltaba sólo una parte. Después localizaron en la calle Azcuénaga el pedazo que faltaba y se la arreglaron. Mi abuela cose y gana plata para poder comer algo de carne. ¡Bueno sigo con la historia del coche! Así es que su compañero, lo invitó a conocer el Tigre y allá fuimos en la chata de Coria. “¡Debe ser igualito a vivir un viaje de vacaciones!”, dijo mi padrastro.
                        El auto estaba lleno. Llevábamos en una canasta: milanesas, huevos duros y bananas. Don Pancho trajo Coca Cola y una damajuana de vino de San Juan, que le regaló un vecino. ¡Una fiesta! La abuela me había arreglado un pantalón y una malla. Mi mamá se hizo un vestido con una cortina que hallé en plaza Francia.
El viaje fue muy divertido. ¡Tanto que no me voy a olvidar jamás lo que vi! El río estaba algo revuelto, según dijo don Pancho, el amigo del Turco, mi padrastro, porque hay inundaciones en el Paraná alto. Por eso hay que tener mucho cuidado. Está prohibido nadar a orillas del Río de la Plata. Está contaminado, parece.
           Me imagino lo lejos que queda el lugar. Nos cruzamos con toda clase de pájaros. En la quema he visto muchos pajarracos, pero estos eran muy bonitos. No había perros, y los que divisamos por el camino, eran de esos caros que llevan las señoras por La Recoleta. ¡Allí me regalan cosas buenas!
         ¡Me encantó ir en auto! El aire te golpea despacito la cara y el cuerpo. Los árboles pasan corriendo a tu lado y no alcanzamos a agarrarlos.
         Creo que debe ser relindo ir de vacaciones más lejos. Me encantaría conocer Mar del Plata. Dicen que el mar es más grande que el río y que no termina y que las olas te llevan y traen arrastrándote, revolcándote, por la arena.  Lo vi en la tele, en la Mirta y en Susana, la tele de don Pancho. Nosotros teníamos una y se la robaron una noche que fuimos a ver fútbol. Boca y Vélez. Ganó Vélez. ¡Qué cagada!    
         Dios quiera que don Pancho nos lleve algún día a mi abuela y a mí al mar. Por ahora vamos de vacaciones al Tigre y nos bañaremos en el río. ¡Me encanta tanto como jugar al fútbol!  

Inspirado en el cuadro “Juanito laguna de vacaciones” del pintor argentino Antonio Berni.

ESE GRAN ODIO



            La conocí a los quince años. Y ya la odiaba. A ésa, la que me trajo al mundo. A él, mi padre, a ese animal alcohólico y maloliente, nací odiándolo. No se asuste, comprenda, fui un niño anónimo hasta los trece años, ahí supe que tenía nombre. No era el Turco o el Demonio… algunos decían que era El padre del demonio. Y tenía siete años. ¿Ahora me entiende?
            Una mueca de dolor se agigantó, mientras refirió ese tramo de su vida. Omar, se apoyó en los codos, como buscando amparo a tanta pena. El rostro contraído y una mueca irónica, parecía la máscara del hombre intentando esconder los sentimientos. Ahora, como un rescatado de la muerte, vive haciendo tareas solidarias. “Tal vez, tal vez su verdadera madre trató de salvarlo de otro infierno peor al que vivió de niño. ¿Quién sabe?”, le dije. Se produjo un silencio, interrumpido por la intervención del teléfono que distrajo ese instante tan duro.
            Cuando me mostraron a mi vieja, sentí que tenía enfrente a un monstruo. ¡Era tan desagradable que no permití que me tocara! Su rostro era la imagen del vicio. ¿Alcohólica? Es probable. Dicen que vivía entre botellas. Vaya a saber, cuentan cada cosa por ahí. Fue prostituta y de las peores. Me abandonó apenas nací y pasé por cuanto instituto de huérfanos existió. Algunas veces recibí cariño. Otras, las más, golpes, desprecio y maltrato.
 Estoy acostumbrado a golpear, a insultar y me sorprende cuando las personas son atentas y respetuosas conmigo. Por eso soy golpeador. Sin embargo mi mujer me entiende; ella vivió lo mismo. Hablamos el mismo idioma. Nuestro idioma es la violencia. Pero… usted, entenderá que luego, con los años aprendí cómo y con quién puedo ser así.
            A los diecinueve años, me hicieron convivir con un matrimonio de ancianos de origen italiano, que me demostraron que se podía vivir de otra manera. Para mí, son mis únicos y verdaderos padres. Él, Marcos, me enseñó lo que un padre le debe y puede enseñar a un hijo. Ella, María es mi madre del corazón. Los respeto y quisiera sostenerlos hasta el fin de sus vidas. ¡Bueno, Marcos, ya murió! En 1995.
           Ahora yo cuido a la vieja. La mamá que me regaló el destino. La única que me dio amor. A la otra no la vi más. Me han dicho que murió. Estará tranquila disfrutando su juego sucio con Lucifer. ¡Sé que el engendro satánico que me procreó vive! Para mí, sólo si  muere podré ver el camino que empedrará hacia el infierno. ¡Tal vez, yo le seguiré por esa ruta! ¡Ja, ja…! Ni allí, creo, nos van a recibir.
            Mi actitud, fue sacarlo del tema. Omar me miró con un matiz tragicómico. Sabía que su testimonio era muy fuerte y que de alguna manera, me hacía sufrir. Lo invité con un café y comprendí que  necesita compartir su memoria.
           ¡Hace mucho que dejé el alcohol, bebo vino sólo en navidad y año nuevo! ¿Qué tal?
           No perdonó a sus progenitores. Escudriña la vida arañando relatos que den lugar en su corazón para un pequeño respiro. Volteó la narración para transitar mi vida privada. ¡Claro, nada que ver con la suya! Tuve una vida, casi diría, tan quieta, aburrida y falta de interés, que no serviría para ninguna novela interesante. Pero, para él, era importante. Hacía su duelo personal y aforaba sus desgracias.
            Déjeme decirle… tengo algunos buenos recuerdos de ciertos maestros. Fui un error en la inteligencia, no aprendía nada. ¡Pero algunos de ellos decían que era inteligente! El odio no me dejaba concentrar. Sólo quería demostrar que podía con mi horror. Hasta que una docente afirmó —ya tenía catorce años— que podía cursar sin estar presente. No entendí qué quería decir. Me enojé mucho. Una noche entré a la escuela y la llené de mierda, rompí todo y quemé papeles.  Me metieron un año en un reformatorio. Igual, hice dos años en uno y por fin egresé. Ahora soy un laburante. ¡Por eso estoy aquí! Tengo que reivindicarme.
            Más cómoda, me dispuse a darle la lista que me pedía para hacer reparaciones en la escuela. Y se alistó con una hermosa sonrisa a realizar un apoyo a la institución en la que trabajo.
            Omar, es un gran ejemplo para mí. Es su caso el que me invita a mostrar a otros que el abandono, la falta de compromiso y la violencia familiar, que hoy se adueñan de la sociedad, únicamente traen más violencia y odio.
            Le di la mano y me propuse seguir con mis tareas. Tranquila, pensé esa mañana en el futuro de quienes me rodean, sin dudar en contar esta historia. Segura de que, quizá, sea útil para quien que la lea.

jueves, 16 de agosto de 2018

RAMÓN GARRIDO




            El despertar después de una tormenta no es grato. El hombre encogido por el chubasco, sacó una mano por una ventana que piadosa había quedado entera. No llovía. Había un sin fin de charcos y árboles caídos sobre la tierra empapada. El techo roto en ciertos lugares, parecían la garganta gigante de un ofidio. Vio enroscada una yarará en una de las cabreadas del techo. El gato, se había asilado en un rincón lejos del animal que glotón la miraba haciéndose la distraída.
            Sobre el fogón una suave luz, mitigaba la soledad. El carbón no se había mojado y un manotón de aire avivó el fuego. Puso un cacharro para calentar agua. El mate. ¿Dónde diablos quedó el mate? Sacó un viejo trabuco y le dio un tiro a la bicha. Que cayó como plomo sobre el piso de tierra. Más tarde se ocuparía.
            Salió despacio al patio o lo que él, llamaba patio. Un trozo de tierra sin las plantas que trepaban y se deslizaban como lagartijas por doquier. Ese era su rincón. A lo lejos se escuchaban algunos truenos. Era el despertar del cielo a una nueva tormenta quién sabe donde. Pensó en su canoa. ¿Se la habría llevado el río. El espinel que colgaba de un árbol, estaría aun a la orilla cambiante de ese bravo torrente marrón rojizo de agua que bajaba del norte.
            Caminó chapaleando en el cieno. La bombacha húmeda salpicada de barro le anunciaba el desastre. Sin embargo allí dada vuelta en boya estaba su canoa. Unos guacamayos ruidosos se espantaron de los árboles que estaban junto a esa parte del río. Todo era nuevo. Otra yarará se escabulló entre los enormes pastizales
            Peces muertos colgaban del espinel. Anclada la mirada en la bravura de la corriente le pareció que había un “alguien que lo veía”. ¡El mismito demonio, debe ser! Y corrió hacia el rancho. El agua ya estaba hirviendo. Encontró el mate y la bombilla entre varios trebejos. Sacó un poco de yerba y cebó con unos granos de azucar de miel de campo. Sacó una galleta, que parecía masa muerta por el agua y el frío. Armó un cigarro con la fina hoja de tabaco y miel. Encendió con un tizón y chupó con rabia.
            ¡Mierda de tormenta que se lleva la vida toda de las orillas! Sintió un rumor de cañas rotas y ramas en la parte de afuera del rancho. Espió con temor. Un chancho salvaje merodeaba. Atrás vio el brillo de las pupilas de un jaguar. Gritaron los monos que se hamacaban en la arboleda. Sacó el facón y el machete. Pero llegó tarde. Ganó el jaguar. Entre las frondas dejó el rastro de sangre caliente del puerco.
            Regresó a la tapera, eso dejó el temporal. Una tapera. Trabajó todo el día. Dejó listo cada hueco que había dejado el chubasco. Comió un poco de carne asada a la llama y se tiró en el camastro. El gato se acurrucó en su cuerpo y se quedó dormido.
            Ramón Garrido, despertó acalambrado. Otro amanecer de furia. Esta vez humana. Entró un varón con el rostro contraído de ira. Quiso pelear con él, no pudo. Cayó sobre el piso de tierra con una herida fiera en la espalda, provocada por una zarpa de bestia. Lo subió como pudo a su espalda y lo llevó a la canoa. La dio vuelta y echó el cuerpo. Salió río abajo en busca de ayuda. Cuando llegó al pequeño puerto de la aldea cercana, lo auxilió un compadre.
            Lo dejó ahí. Regresó a la casa en medio de la selva. Él, no podía abandonar su tierra. Era su heredad y su vida. Ramón Garrido era un hombre de palabra. El mundo de los pueblerinos no le iba a quitar el sueño.

martes, 31 de julio de 2018

EL VIAJE DETENIDO EN EL TIEMPO




            Estamos solos. Nada responde a nuestro llamado de auxilio. Quietos en la serena ensenada de la isla que nos prometiera tantos éxtasis. El transparente cielo  permanentemente de color turquesa. Es irreal como todo lo que nos sucede. Un reloj marca perfecto las veinte horas. El sol se escabulló tras la costa. Un perfil apenas perceptible e inalcanzable. Somos unos ciegos habitantes fantasmales en la niebla del mar quieto. Se recorta nuestra barca como una gaviota nívea en el celeste inmenso. Silencio. Soledad. Una azotaina rítmica golpetea a estribor ya o tan pronto a babor. La madera cruje y se resiste al latido rumoroso de cada movimiento agónico del agua. Nos acechan las gaviotas para tomar su parte. El calor agobiante nos permite alucinar. Sombras desflecadas a lo lejos. Siento con horror que ya nadie me habla. Ni siquiera el hombre que abrazaba mi cuerpo amalgamando su piel ardiente a mi piel apasionada. Ya no se mueve ni alza su dorado cuerpo húmedo amurallando mi cintura apetecible de besos. Sigue el reloj marcando las veinte horas, disimulando el movimiento del territorio irrefutable de la tierra. ¿Existe  un lugar en el planeta donde sea realidad la vida?
            Mi cuerpo distante del insondable rectángulo del lecho. Me levanto casi de un salto y me aproximo al timón que brilla despojado de manos conductoras. Veo un pie descansando entre las tablas del compartimiento de máquinas. Me agazapo y casi me deslizo por la breve escalera que me acerca al cuerpo. Casi caigo como una carga inesperada sobre el desordenado despojo inanimado. Siento náuseas nuevamente y me mareo. Veo tres, cuatro, ¡no!;  un cuerpo caído... trato de estar cerca y tocarlo. Está febril. Inerte. Mojo con mi camisa en un cubo que contiene agua de mar, le aplico en la cabeza que babea. Los ojos dan vueltas, como las gaviotas en el cielo, mostrando líneas rojas. Trato de pensar. Una imagen se acerca y se aleja en mi mente ardiente.
            Es una mesa meticulosa, limpia y ceremonial. Mantel a cuadros azul y blanco , cubiertos de plata, copas brillantes de cristal, flores en ramillete. Un hombre se acerca con una fuente de belleza indescriptible. Colores: salmón, verde, amarillo, naranja, perfumes exquisitos, sabor a mar en la langosta aliñada. El champaña que burbujea entre las sonrisas excitadas de mi enamorado. Yo estoy sobre el mantel y me deslizo por el suelo con el vientre aguijoneado por un dolor agudo.
De repente comprendo. ¡Estoy envenenada! ¡La muerte acecha! El reloj marca las veinte. Silencio. Soledad. Debo llegar a la cabina y pedir auxilio. Una mano me impide el movimiento. El cuerpo hercúleo de mi amado me obstaculiza salir de ese lugar sofocante. Sonríe. Me mira alucinado. Me acaricia la garganta con vaivenes suaves de un cuchillo con movimientos sensuales. En mi obnubilación veo que goza y se excita. Ríe. Las ruidosas carcajadas alejan los pájaros gritones que acechan en los palos de la vela mayor. El calor me asfixia. Quiero gritar, no puedo. El terror me paraliza. Miro el reloj, está muerto. Yo también.
                                                                                                                     
                                                                                 

sábado, 28 de julio de 2018

SEÑOR JUEZ




¡No me arrepiento de haber denunciado al “Gordo Tobar”! Él, se apareció en mi casa con una borrachera de esas que apenas pueden caminar, gritando que yo le debía algo. ¿Qué? Nunca supe. En la mano aparte de una botella de grapa, llevaba un cuchillo grande como para degollar cerdos, que es su trabajo. Nos asustamos muchísimo con mi compadre y en un momento se echó sobre la “chata” y comenzó a vociferar que le habíamos robado la mujer. ¿Quién querría a esa flaca escarbadientes que parecía un alambre sin forma? Pero él, dale con los gritos y en medio de la trifulca, se vino el “Guatón Fernández” tan serio como un policía que es y nos comenzó a amenazar que estábamos rompiendo con la serenidad y la paz del lugar y que nos llevaba a la comisaría para impedir un derrame de sangre.
Nosotros ni siquiera habíamos bebido una sidra y eso que había ganado el “Tomba”. Y nos llevó a la rastra. Mi mujer lloraba y los chicos, tengo cinco hijos, se aferraban a mis pantalones que casi quedo en “pelo” de los tirones. Y bueno, cuando pude traté de zafar y le pegué, es cierto, una trompada al “Guatón” y allí mismo me esposó y me dejó encerrado. Al compadre no le hizo nada y lo dejó ir.
¡Pero Señor Juez, yo qué culpa tengo que el Señor Tobar se “encurdelara” y me viniera a querer exigir cosas sin sentido! Ayúdeme, sáqueme de aquí. ¿Mañana si no me presento en la fábrica me echan y de qué voy a vivir yo y mi familia?
La muy sonsa de mi mujer dice que mejor me quede acá, que no sirvo para nada, que me dejo manejar por cualquiera y encima se quiere ir a la casa de mi suegra.
Bueno, no se si eso no sería mejor, unos días sin gritos de los mocosos, sin las peleas de ella y sin verle la cara a mi cuñado que trabaja en el mismo lugar que yo. ¡Ese es un zopenco! Señor Juez, déjeme unos días y así descanso de todo este lío.