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viernes, 25 de septiembre de 2020

LA ENVIDIA


                       Cuando llegó a la dirección que le diera Micaela, se recortó la figura escultural de Guillermina, que contra el enorme paredón del cementerio pareció un pájaro derrotado. Una lágrima de desencanto se desprendió de sus bellos ojos dejando un surco en el suave maquillaje sofisticado. Cerró los puños y con dolor comprendió el error, haber confiado.

Pecosa, de cabello castaño oscuro y ojos verdes, Guillermina era una nena de esas que en el barrio todos miraban. Tenía una sonrisa alegre y jugaba con destreza. Su padre tenía un negocio de comestibles. Su madre era una mujer simple. Adoraban a esa hija que había llegado casi cuando las esperanzas de amor se pierden.

                        Un día cruzó el farmacéutico y tomándola de la mano la invitó a jugar con su pequeña. Fue un encuentro feliz. Se hicieron inseparables. Micaela era hábil en el piano, con los patines, declamando y era muy hermosa. Juntas hacían las tareas escolares, aprendieron a jugar tenis, hacían gimnasia y disfrutaban de todo lo que el mundo de los adolescentes les llenaba la vida. Comenzaron a salir de compras y a bailar las matinés con los chicos de la escuela. Se enamoraban y dejaban de “amar” con el mismo ritmo de todas las muchachas de su edad.

                        El primer concierto de Micaela fue un éxito y su figura de niña frágil le atrajo un puñado de cargosos admiradores almibarados, que ella dependía con una chispa de superioridad. Guillermina la admiraba. Veía sus pequeñas manos jugar en el teclado y soñaba con tener la misma habilidad, pero no estaba dotada para la música. Se terminó su adolescencia con sólo dos diferencias: Guillermina había crecido y estaba altísima, su figura se destacaba por la perfección de sus medidas y Micaela quedó con su cuerpo casi infantil, sin curvas y de estatura normal. Los chicos del barrio le hacían toda clase de burlas pero ellas no hacían caso a los torpes compañeros. Las largas piernas torneadas, la cintura fina, los senos graciosos y la belleza atigrada de la primer muchacha era un suplicio inconfesado para la otra. Nada hacía parecer que Micaela sufriera. Pero la madre, que observaba, se preguntaba cuándo comenzarían los problemas.

                        Ingresar a la universidad les dio un respiro. Se trasladaron a la capital, alquilaron un pequeño departamento y cada una comenzó la carrera elegida. Micaela además continuó sus clases de piano en el conservatorio nacional con maestros de prestigio internacional. Mientras estudiaban no tenían tiempo para arreglarse, sí para sentirse acompañadas en ese mundo insólito de la gran ciudad. En sus ratos libres, Guillermina completaba sus clases de idiomas extranjeros e hizo un curso de modelo a sugerencia de otras compañeras de la facultad. Cada día estaba más hermosa.

                        Ambas recibieron su título con honores. Eran ganadoras en todo...pero, Micaela veía celosa, cómo su amiga atraía la mirada de los hombres que a ella le interesaban.

                        Regresaron esas vacaciones a su pueblo que las recibió con ardor y sorpresa. Eran un orgullo para todos. Así fue que el día que se llamó a un casting de animadoras para el canal de TV. de la pequeña ciudad, Micaela le dio a su amiga del alma, una dirección equivocada y ella apareció en el programa mostrando todas sus habilidades. Es lógico saber cómo murió esa amistad.

 

                                                          

 

 

 

  

jueves, 11 de julio de 2019

EL ADIÓS




Apenas se apagaba la lámpara salía el hombre para su fábrica en el bajo. La vida era cada día más difícil y había llegado el momento en que sus fuerzas flaqueaban. Había cumplido los sesenta años y desde muy chico lo hicieron trabajar. Era el huérfano que servía para cobrar un buen sueldo del estado.
Hasta que se escapó y alejado de los “padres sustitutos”, su pequeña vida cambió mucho. ¡No fue fácil!
Detrás quedaba una semiformas de sombras casi fantasmales que se movían como sonámbulos.  Se hizo un silencio roto de pronto por las ruidosas calles y los trenes que arrojaban humo y ruidos. Él, se había trepado a uno sin pensarlo. Se hizo un gran silencio roto de pronto por el chirrido agónico del tren que se acercaba en la vía contraria. Sintió una mano que le propinó un duró empujón. Cayó en las vías instantes después que pasó el convoy. A tras luz, la silueta del recién salido parecían espantajo deshilachado. Pero era él, que salvó su vida de milagro. Sucio, herido y gimoteando anduvo un trecho hasta el andén. Caminó vacilando. Entró a una calle. Otra y otra, hasta que se quedó quieto en la esquina de un pequeño pueblo. Luego de sentarse en el umbral de un caserón abandonado, se quedó dormido.
El callejón parecía despertar de grillos y ranas que apareaban la tarde en agonía.
Un chiquillo escuálido salió corriendo de la casa. Llamaba a gritos. Buscaba ayuda para alguien. Despertó de repente y trató de acercarse.
En una esquina enfrentó a una mujer que había sido atropellada. Caída sobre el frío empedrado, sangraba. Él, no podía dar más de sí. Llamó a un obrero que pasaba por allí. Pasó de largo.
El hombre, sordo, continuaba su camino. Logró alcanzarlo. ¡Ayúdeme! El hombre se acercó y entre los dos la levantaron y la sentaron. Estaba muy herida. El niño lloraba quedo. Acudió otra gente que la rodearon y buscaron el apoyo de un automovilista. Se los vio alejarse por las calles del pueblo.
Fue la inauguración a su nueva vida. creció en mil faenas y trabajos. Aprendió a leer y a escribir gracias a las buenas dotes propias y la bondad de una de sus patronas. Cuando cumplió veinte años se fue al ejército y allí terminó de aprender y ser hombre. Lo aconsejaron que fuera al puerto a trabajar y eso hizo. Allí trabajaba desde entonces. Todos los conocían y apreciaban por su honradez y cumplimiento en el laboreo duro de los barcos. Un día… caminó lentamente hasta el lugar donde solía juntarse con don Tulio, el único amigo que tenía. Sintió un dolor agudo en el pecho y al llegar a la puerta del negocio se desplomó. Corrió el compañero y él, le murmuró al oído un adiós de infinita dulzura.


lunes, 10 de septiembre de 2018

1- EL MILAGRO




                            “Recuerda la hora más oscura es la que precede a la aurora” Shakti Gawain
                                                                                                       
            Hilarión Domínguez era hijo de un maquinista de ferrocarril. Aquél, que ya no pasa más por las vías remotas del terruño. Su padre, Don Gervasio, pertenecía orgulloso a la “Fraternidad”, sindicato fuerte en los cuarenta. Él, heredó la tarea y era un apasionado de los rieles. Conocía cada locomotora como a su conciencia. Despertaba a las tres de la madrugada para acicalarse y luego de tomar unos mates silenciosos, preparaba una caja metálica con lo que podía llegar a necesitar. Su viaje era a un pueblo del secano “puntano” para dejar agua potable, leña y alguna mercadería que le encargaban algunos paisanos.
            Iba en el día y regresaba siempre a la hora exacta. Así era el ferrocarril en esa bendita época. Cuando pasaba por la antigua “Corocortas”, salían a saludarlo con las “chupallas” los pocos habitantes que andaban por ahí. Llegaba a esa hora incierta entre la noche y la madrugada, sin luna o con luna, siempre parecía un lugar oscuro. Él, no tenía temor, dos días de descanso y otro viaje, siempre igual. Rutinario pero hermoso. A veces veía correr las liebres por las vías calientes y aceitadas por el gasoil o el alquitrán del vagón de YPF. Otras, un zorro con hembra y crías, tal vez un “choique” y cientos de animalitos que pasaba bajo su mirada atenta. Su atención al trabajo era real. No podía darse el lujo de perder un convoy ni un tanque…, luego pegaba la vista la frente para reconocer algún paisano que le hacía señas con el pañuelo para saludarlo o gritarle un encargo.
            Fue un día nublado y que denunciaba lluvia, raro en esa época y lugar, pero a lo lejos, vio un punto negro entre las vías. Negro, muy negro. De cuarenta kilómetros por hora que era su movimiento fue bajando por las dudas a treinta, a veinte… pero allí se agrandaba la manchita. Tocó el silbato de loa máquina. Retuvo la mano en el freno, pero el aceite y alquitrán no le dejaban parar el tren. Vio u7nos jornaleros que agitaban sombreros y mujeres apostadas en las hileras de alambres de los campos que se agarraban la cabeza.
            Hilarión pensó que había un “choco” dormido ahí, entre sus rieles. No, no alcanzaba a distinguir qué era eso. Su ayudante tomó el manijón de la máquina, del freno. Hilarión sudaba y miró al cielo, pidiendo a Dios y la Santita de los Caminos que lo ayudaran. Descendió del estribo y se quedó helado. Un niño ennegrecido por el alquitrán, el aceite y la tierra reptaba entre las vías. Seguro el tren le pasaría por encima.
            ¡Ruego a Dios nuestro Señor que salga y se aleje…! y vio con sorpresa que el niño se prendía del hongo metálico del cambio de riel y salía. Los lugareños estaban estáticos. A él, se le escapó un insulto.
¿Cómo puede ser que naides se atrevió a cruzar y sacarlo, tuvo que ser “Tata Dios” el que me hiciera el milagro?
            Vio una madre deshecha en llanto. Y un padre que alejaba cabizbajo; pero ahí supo que Dios lo había escuchado. Hizo una promesa… colocó en ese lugar una Cruz Blanca con una estatuilla del Sagrado Corazón y cuando pasaba le tocaba el silbato como saludo.
            Todavía cuando pasan los paisanos le saludan al crucifijo con respeto.


martes, 30 de enero de 2018

UN ABANICO DE ENCAJE NEGRO CON PERFUME A VIOLETAS.

Todo negro...mi vestido de tafetán, mis guantes, mi sombrero de plumas y cintas...el velo que cubre mi frente y los ojos hinchados por el llanto. Todo negro...hasta mi corazón. El abanico de viuda y sus tristes destellos en mis manos tristes.
      Entro al salón. Me detengo y respiro profundamente. Paso al escritorio y me veo reflejada en el gran vidrio de la biblioteca. Yo, allí, erguida, sostenida apenas por el "polizón" y el "corset" ; aunque estoy quebrada en millones de fragmentos. Erguida a pesar del dolor.
       Sí, mi amado José Carlos ha muerto. Ya no veré su fino bigote que con delicados movimientos atusaba para esconder la sonrisa cómplice. Sus lentes de oro y vidrios pequeños, que encubrían su mirada apasionada. Su deseo.
      ¡ Cuánto amo a ese hombre que se ha escapado de mis apasionados brazos ! Miro mis botines también tan negros como el perfil oscuro de la muerte. Tal vez ellos ocultan mi temor  y desolación, en mi paso firme. Camino hacia el escritorio de caoba. Abro el cajón del frente...y allí está la pequeña pistola. Fría mensajera de metal y nácar. La tomo lentamente...me siento el enorme sillón de terciopelo rojo...la acerco a mi frente y dudo. La pongo con mis manos trémulas junto a mi boca sedienta de sus besos y su aliento . ¡ Disparo y un chorro de sangre brota como una cascada sobre las cartas de él, que sueñan en la tapa del mueble frente a mí ! Silencio.

      Un ruido cercano me despierta. Estoy sola. Hace unas horas me he quedado dormida en el viejo escritorio de mi abuelo. Mi amor ha muerto ayer y extraño su pasión. Su cuerpo. Su compañía. Sus besos... Miro hacia el jardín y observo el auto negro que brilla con el sol que trata de ocultarse entre los árboles. Mi vestido blanco de seda está empapado de lágrimas tibias. Observo el recinto...es el mismo de mi sueño.
                Sobre mi regazo...un abanico "negro" de viuda, me deja el mudo regalo de mi bisabuela. Ella estuvo allí... hace muchos años. En el gran espejo veo una figura tenue que se desdibuja en las sombras. Ha dejado un fuerte perfume de violetas

domingo, 19 de noviembre de 2017

INSPIRADO EN UN RELATO DE INDIA

¿QUÉ ROSTRO TIENE DIOS, PARA TI?

                               DE UN RELATO ANTIGUO DE LA INDIA, ADAPTACIÓN. ANÓNIMO.

El palacio resplandecía con la puesta del sol. En las aguas tranquilas del estanque saltaban alegres las ranas y los pequeños peces. El perfume de las flores alegraban la tarde, que calurosa, se iba apagando en dorados calientes. Detrás los cortinados de lino fino, humedecidos para atraer el fresco del sur, un rumor de tamboriles y flautas, acompañaban la charla de los hombres. En un rincón el escribiente, sabio maestro de árabe y sánscrito esperaba que su “señor” le hablara. Él, copiaba en un libro los diálogos de jugoso contenido de aquellos mercaderes y aristócratas llegados de lejanos lugares.
Comenzó una discusión sesuda y alterada. ¿Por qué los gentiles adoraban a imágenes humanas de dioses? ¿Por qué esos hombres llegados de occidente traían un Hombre Crucificado al que rendían honor y devoción? ¡Dios no tienen rostro y nadie lo ha visto jamás! Entonces ¿cómo pueden poner imágenes con formas humanas o de animales?
La discusión subía de uno en uno la voz. Unos protestaban, otros buscaban un cierto “supuesto” que le pusiera mesura a las palabras de los más sorprendidos o enojados.
Llamó el “señor” al escriba y conociendo su erudición le pidió una opinión.
Éste, llamó a un servidor que se apuró a secundarlo: - Trae el retrato pintado del padre de nuestro Amo.- dijo. Así corrió el joven y lo puso frente a todos, en especial al amo. – Escúpelo. Le ordenó.- un grito de horror atravesó la terraza. Los músicos dejaron de sonar sus instrumentos. El mundo se detuvo.
-¡No, nunca haría eso!- y salió corriendo para entrar en las zonas alejadas. ¡Hazlo tú, que eres su sobrino!- y este muchacho espantado se echó atrás. El maestro tomó el cuadro y con una copa de agua, mojó el cuadro. El dibujo comenzó a nublarse. Mojó más y se fue derritiendo el rostro del anciano Rey hasta casi borrarse. Y preguntó a la concurrencia:- ¿Dónde está el Rey? ¿Dónde su cuerpo y su Alma sagrada?
Todos lo miraron y en silencio murmuraron… ya no está allí. Se ha borrado.
¡Claro, este cuadro es sólo una imagen inventada con pintura, no es el Rey, su padre, Gran Señor! Así son las imágenes que han traído los Gentiles, puro espejismo. Nadie puede conocer a Dios, pueden pensarlo, sentirlo, amarlo, obedecerlo y hasta agraviarlo. ¡Pero el verdadero Dios está en cada corazón del hombre! Por eso es que no deben preocuparse por las figuras de cualquier dios que se les muestre, el Verdadero, el Único Dios está en nosotros y sólo se conoce en nuestras acciones.

Una vez que terminó de hablar se retiró a su rincón y el silencio envolvió el grupo que meditaba las sabias palabras del consejero. Una joven esclava ingresó con una fuente de dulces y cada uno en silencio tomó uno y saboreando la miel y el dátil, trató de eludir la verdad de lo expresado. Cada uno pensaba en sus acciones… inconfesables, otros en sus deseos sorprendentes y lujuria. Pocos fueron los que sonrieron recordando momentos felices de amor verdadero a su Dios interior.

lunes, 5 de diciembre de 2016

VIEJO MANUEL



            En la oscuridad brilló el cerillo con luz roja hasta perderse en sombras de humo azul. Estaba apretado contra el muro de piedra, como cobijándose de un chubasco inexistente. Envuelto en la noche sólo se oye el rumor de algún paso lejano en los corredores solitarios.
            Ya no era Manuel el que miraba interrogando las sombras, era otro. Encendió otro cerillo y paneó alrededor con admiración y sorpresa. No había nadie. Otras veces había guardias que lo jaqueaban con sus batas blancas y ojos cetrinos. Ahora buscaba a Violeta que seguro no estaba tuberculosa y viviría para cantar o a Lucía para evocar la escena de locura o Julieta cantando en el balcón para él. ¡No puedo! Han pasado las doce y el carillón del parque no ha sonado como todos los días.
            La luz titila en su mano temblorosa. Se agazapa escondiéndose de sus perseguidores. Tiene puesta la capa de la obra que interpretó hace muchos años. “Hamlet”. Se desliza por el pasillo y abre una puerta con protesta de metal. Ingresa y la mirada perdida desplaza una visión fantasmal por la habitación. En un lecho duerme un hombre tapado con un hilachento cobertor blanco que desentona con el gris que los envuelve. Manuel se acerca, le tiembla el pulso cuando toca la frente húmeda del yacente, éste se mueve y alarga una mano vendada buscando algo. “Tartufo” acá tienes tu pan. Tal vez el alimento que no te han traído hoy, te creen moribundo. Te han olvidado en la espera. El viejo le entrega un bollo que escondió entre sus ropas y sale casi como un alma en pena.
            El hospicio es frío y oscuro. Todos son forasteros de tiempo, que están allí por designio del destino, no es una penitenciaría pero lo parece. La soledad envuelve a cada interno. Forzados a ser nada por un descuido de su familias están esperando la libertad final. ¿Todos son desperdicios humanos? No poseen nada y eso atrae la soledad y la desidia del mundo indiferente.
            Acorralados, detenidos en una nada de estratégica espera; buscan la escapada última. Son simples cosas, son los “viejos” que van declinando en el espacio y el pasar de los calendarios y relojes.
            Dulce muerte que llega siempre a tiempo en primavera. Es paradójico pero mueren siempre en primavera. Manuel, otrora gran tenor, canta cuando puede y escondido en un armario tras la puerta de un salón, para que no le den esas medicinas que él escupe cuando sale la matrona de las llaves, a su encuentro. Es el cancerbero de la honorable sede de gerontes olvidados. Siempre de blanco inmaculado el uniforme, sin arrugas y afeites que la transformen en humano. Su nombre es Dorotea, pero nadie la llama así. Señora Tremon a secas. El médico del Estado viene dos veces por semana y sólo asiste a los que presentan dolencias fatales. Moribundos silentes. Revisa apenas a los a que están exánimes. Deja junto al camastro, con una cinta con goma sobre la cabecera, un papel con el nombre de algún calmante u otro remedio que nunca llegará a tiempo. No los toca, no los ausculta, no los ve. Sólo se detiene en los que ya son un despojo. Tiene que correr a otro nosocomio y tiene 60 turnos dados por otra enfermera inhóspita.
            En la mañana del jueves quince de diciembre Manuel despierta con un suave cosquilleo en la espalda. Tiene una pequeña saliente en los omóplatos. Pasan los días y cuando canta “Trovatore” o “Cosí fan Tutte” le crece y al pasar varias semanas, la señora Tremon trae al doctor, está preocupada. Ha visto que en la espalda del viejo Manuel hay pequeñas plumas de color ambarino, que pasan a ser un objeto indeseable en la institución. ¡Son un hermoso par de alas, dice el doctor sin pestañear! Si bien no es común, en los viejos artistas soñadores puede suceder que le crezcan alas.

            Los corredores se han iluminado y ya no hace tanto frío. Es verano. Manuel emprende un primer vuelo por el patio. Luego ensancha el horizonte y desaparece como Ícaro volando hacia el sol, cantando, siempre cantando una ópera de su repertorio.