En Villa
En Villa
Apenas se apagó la lámpara salia el hombre. Detrás quedaba una semi forma de sombras casi fantasmales que se movían como sonámbulos. Se hizo un silencio, roto de pronto por el chirrido agónico del tren que se acercaba. A tras luz, la silueta del recién salido parecían espantajos deshilachados.
El callejón parecía despertar de grillos y ranas que apareaban la tarde en agonía.
Un chiquillo escuálido salió corriendo de la casa tras el hombre. Llamaba a gritos.
El hombre, sordo, continuaba su camino. Logró alcanzarlo. Se trepó a sus brazos apretó sus piernas alrededor de la cintura y lo rodeo de besos. La mujer parada a la distancia abrió los brazos en cruz. Su imagen quedó cincelada en bruma y carne. Él, lentamente regresó. El niño estaba tibio de sonrisas. La mujer contuvo una lágrima de fuego, sabia que al regresar él, su vida volvería a ser una carga de roca incandescente. Entró, prendió la lámpara. Estiro un mantel a cuadros y distribuyo tres platos sobre la mesa.
Como en
En Villa
Al Carloncho le “le sonaba “como un bombo en la cabeza, que tenia que
ser un creas en futbol. De chiquito se iba a la canchita del colegio de los
chicos grandes, se metía por una rotura que tenía el alambrado y practicaba
solo. No sabía que lo miraban desde adentro. Cundo llegaba a la casa todo transpirado
y sucio, su mamá al principio sacaba la chancleta y dale que dale en la cola.
Después bajo los brazos ¡Era de madera ese hijo! ¡Pero acertó que algún día podía
llegar a la primera!
A los doce años lo probaron en el club y asombrados, lo aceptaron. Cambió
su vida. La madre necesitó cambiar la comida y hacer una dieta especial. Toda
la familia estaba revolucionada, un día lo llevaron a la capital. ¡Lástima! ¡Tenía
apenas quince años y estaba en el banco en espera para remplazar a los
titulares!
Un día llegó. Sintió: ¡Cambia el 8
por el 11! ¡López el 8; desgarrado se retira del estadio en ambulancia! Vamos pibe,
demostrá que por tus venas hay sangre de crak. Gritaba el director técnico y la gente parecía hormigas a las que
le han revuelto el hormiguero.
El sol se escondió, una nube maligna agredió con una brutal tormenta. Diluviaba
y cayó granizo. Carloncho solo veía la pelota. Corrió, gambeteó, voló, hizo mil
piruetas y metió un gol, que le dio el triunfo al equipo. Nunca se va a olvidar
de ese comento. El griterío, los aplausos y el ruido de mil cornetas eso era la
fama, el abrazo de sus compañeros que lo revolcaban por el pasto mojado. De
repente el numero 5 del otro equipo se le tiró encima. Todo se oscureció. Una
negra noche sin luna se le metió en el cuerpo.
Dicen que ahora en una especie de silla mecánica, mira los partidos y
con la cabeza, que es lo único que mueve, dirige los partidos.
En club le hacen muchos homenajes. ¿Pero a él, de qué le sirven, si no
puede jugar nunca más?
Belarmina sirvió el té a las cinco
en punto como lo hacía desde que llegó a la casa. Era el aire inglés que la
señora Leyla y el señor Jamelson tenían como costumbre. Pero ellos eran unos
perfectos descendientes de italianos que llegaron hacía muchos tiempo en un
barco de inmigrantes.
Toda la casa era una copia de una
revista de decoración y habían pagado con mucho esfuerzo que se viera como la
típica vivienda de la calle londinense que soñaban.
La vajilla era de porcelana traída
en cajones desde la lejana isla, pieza por pieza, con sello y envuelta en papel
de seda con un raro escudo, que copiaron como propio.
Cortinas y tapices con marca de
fábrica de Birminghan y no faltaban libros preciosamente editados y cubiertos
en cuero verde con letras dorados en el idioma de la “Rubia Albion”. Ellos no
podían leerlos. No hablaban una sola palabra en inglés.
La joven mucama, sonreía afable
mientras ellos en silencio, contemplando el vivero imitado de la revista de
Harrods, con plantas traídas desde India y países que eran colonia de su
Majestad, al salir los escuchaba que hablaban en un dialecto italiano muy
difícil de entender. Se reía a carcajadas en la cocina mientras con la vajilla
de cobre, hacía mucho ruido así apagaba su risa.
Un día alguien tocó la aldaba de
forma de león en la enorme puerta verde. Ella, abrió y encontró parado allí,
con su bigote afilado a un caballero que le expresó ser el sirviente de Lord
Mc. Girsong y que traía una nota para sus señores. Belarmina la recibió y le
preguntó si esperaba respuesta a lo que el joven le dijo muy tieso que sí.
Entró y se la entregó a su patrón.
Pálido como cuerno de elefante, el pobre hombre se quedó mudo sin poder decir
una sola palabra. La buena señora tomó la nota y temblando trató de leer.
Estaba escrita en una preciosa letra con tinta color violeta en perfecto
inglés. Ambos abochornados le alargaron la nota y le dieron las gracias y le
pidieron que le dijera al hombre que tenían otra invitación ese mismo día.
Agradecidos le mandaban una planta
de rosas “Princesa de Gales”. Cuando Belarmina
regresó su patrona lloraba en la cama con sonoros sollozos y él, el
señor sólo atinó a pedirle: ¡Belarmina, por favor, sírvame un Té! ¡El color era
rojo por la sangre que manaba de sus muñecas!
Nació en medio de una feroz tormenta. Y su vida fue tormentosa. El cuerpo de contextura débil, no le impidió sabotear la inclemencia de la niñez. Peleó por el espacio que le ofrecía la familia que le tocó. La perdió siendo un purrete. Siempre perdió.
Sus noches a destajo de hambre. Su tímida tristeza y la enconada necesidad de salud, lo acercó al límite. Con astucia sorprendente corrigió la insoportable carencia de sostén material. Jugó tan sólo con objetos descartados, en soledad de amigos, creó uno imaginario con el que compartió lágrimas y risa.
Un día creció como para comprender su realidad e inició una batalla desproporcionada contra la vida. Desmesura y destreza lo acercaron a defender el área donde logró pararse. Ese día le descubrieron la habilidad para la música. Era un barítono de primera. Dotado de una exquisitez incomprensible.
Una mano interesada lo catapultó por caminos nuevos. Aprendió letras y sonidos que desarrollaron un repertorio inagotable. Cada audición era una fiesta. La radio le abrió el espacio más ambicioso que se pudiera pensarse. Fama y algo de dinero.
Mis manos vuelven a sangrar y me
duelen. Mis labios cuarteados por el frío tiemblan y el aire huele a azufre.
Las cenizas vuelan por todos los rincones. Algunas encendidas aun, y de una
manera lenta, parecen como luciérnagas enceguecidas en la noche que corre para
cubrirnos el miedo.
El cielo está tan rojo que parece
hermoso. Es como esos cuadros que solíamos admirar en París cuando fuimos al
museo de Orsay. Las nubes se van poniendo negras y un pudor eléctrico nos hace
unirnos cuerpo a cuerpo en el suelo áspero que ha quedado depredado con las
granadas que echaron los “Otros”. Hay
restos de casas en llamas, vuelan de ventanales rotos unas cortinas que parecen
los velos de las novias en los templos.
Fulvio y Darío, se han animado. Se
han parado y van a ir caminando por la vieja calle por donde vehículos
volteados y rotos parecen monstruos fatigados. Regresan pálidos y aturdidos.
¡Hay cadáveres por todos lados! Corre la sangre por las orillas de las veredas.
Todo está destruido. Se sienten los sollozos de algunas personas que como
nosotros se refugiaron en los subtes. Hasta los perros han caído en tierra.
Darío vio un gato subido a una ventana que chicoteaba con el viento.
¡Todo esto por una libertad que
desconocemos! Si al nacer nos pusieron un chip y ya saben donde encontrarnos.
León, Dafne y Rita, aunque se
oculten bajo ese montón de escombros las van a encontrar. Los Otros son los
Jefes y nosotros ya vinimos con
Mejor no sentamos y comencemos a
orar como nos enseñaron los venerados ancianos. Pronto llegarán y seremos como
ellos quieren, esclavos para trabajar para sus necesidades primarias.
¡Triste destino! Antes la gente no tenía el chip y era
verdaderamente libre. Eso me contaron mis ancestros.
¡Allí vienen por nosotros! Adiós
amigos míos.
Dejó la escuela con una pila de amonestaciones. ¡Nadie le iba a decir a ella qué tenía que hacer! Estaba cansada que se burlaran de su aspecto. ¡Sí, era mestiza y como descendiente de africanos era obesa! Su cabeza daba para más, pero no podía con la rabia que le producía ver a esas estúpidas muchachas riéndose de sus nalgas. En su país de origen las mujeres eran así, de enormes nalgas donde se acumulaba desde la antigüedad la grasa para poder superar las hambrunas. ¿Qué sabían de eso estas cabezas huecas? Su abuela le contaba que debía caminar kilómetros para poder buscar agua o llevar sus cabras a pastar. Y ni hablar de las épocas de sequía en que viajaban por el barro seco y quebradizo de los ríos sin una gota de agua. Muchos morían en el intento de llagar a un pozo.
Cuando se rieron la primera vez, lloró. Luego comenzó a ser hiriente con el idioma de sus abuelos y finalmente golpeaba a quienes osaran reírse de ella.
Lo último fue cuando el profesor de gimnasia se burló
porque ella no podía hacer ciertos movimientos y sus grandes piernas rodaban por
el suelo brillante de la pista de básquet. Y lo peor fue que vio una seña obscena
y le propinó una trompada con tanta furia, que le rompió la mandíbula a la
preciosa “Reina de
Sabía que en su casa se armaría una guerra. La madre la correría con una escoba y la abuela la ayudaría a esconderse.
Siempre la abuela, en las noches frías le contaba las historias que vivió en su África lejana. De cómo las tribus se mataban entre sí, de cómo raptaban a las niñas y las vendían a los hombres blancos que las llevaban a los burdeles. De ella aprendió las canciones de dolor e ira, de amor y ensueño. De ella aprendió a cocinar y a preparar el lecho para abrigar a los pequeños.
Cuando vinieron a este continente, sólo traían la tristeza y la pena por sus árboles viejos que habían abrazado antes de partir. Pero sabían que de quedarse allí los matarían los vendedores de diamantes o de oro. La abuela también le enseñó a odiar.
Llegó a la casa y encontró a sus hermanos sentados en la escalerilla de la entrada. Algo pasaba adentro. Ingresó de puntillas y escuchó la canción de pena de su madre a los muertos. La vio. Estaba cubierta con una de las únicas telas hechas en la aldea a mano por las mujeres de entonces. Corrió y abrazó a la mujer que quieta y fría parecía de cera. Carbón apagado y silencioso.
Un grito, un alarido salió de su garganta áspera y doliente. La ira la llevó a tomar una botella y reventarla en el suelo junto al lecho donde dormía la abuela. Se echó a los pies y lloró dos días hasta que la llevaron a un campo santo. Ella no creía en un Dios bondadoso. Ella era un fuego encendido dispuesto a todo. ¡Y salió su rabia! Caminó hasta la escuela y le prendió fuego. Bailó una danza antigua mientras veía las altas llamas que quemaban el edificio donde había sufrido tanto.
Esa noche la buscó un auto policial. La encerraron en una
celda donde cantó hasta la madrugada en el idioma de sus ancestros. Después de
un corto juicio, la dejaron salir porque aun no había cumplido los trece años y
Che, Gino ¿te cambiaste el auto? Si no tenías ni para fasos cómo ahora tenés ese Honda súper sport plateado y de todos los que te conocemos nadie supo que te ganaste el Quini o la lotería, ahora venís a decir que te llegó una herencia de tus viejos, salí si con tu viejo no hablás desde los ochenta y con tu vieja desde que llegaste de Catanzaro. Pero mirá qué pedazo de coche y también el Cholo me contó que vas a arreglar la casa, que le vas a agrandar el estar y no se cuántas cosas más. ¡Murió tu vieja? Perdoname no sabía...y bueno si de algo sirve vaya el pésame.
Así se quedó el Gino solo en el bar de San Pedrito y comenzó el recuerdo.
La vida en su pueblo era un infierno. El dueño de la vida y des todos, de cada uno estaba en manos de Don Peppo ese viejo avaro y maligno que se aprovechaba del trabajo de los labradores y de cada muchacha hermosa del pueblo. Él, Gino, un día se enamoró. Sus diecisiete años eran el desmayo frente a ese rostro perfecto de madonna de Donata. Su virgen perfecta de ojos amarillos y cabello negro que caía hasta la cintura cuando se sacaba la pañoleta negra, lo miraba de reojo cuando cruzaba el pueblo rumbo al paesetto donde trabajaba en la granja de su tío. Don Peppo lo descubrió y sacó a la chica y la llevó del pueblo. Luigi le contó que estaba en un burdel y que cantaba medio desnuda en un cafetín de mala muerte. Era del viejo.
Se vino a
Aprendió a vivir como acá, sin hacer mucho y cobrando más que lo que hacía. ¡Lo echaron! Viajó a una ciudad y se empleó con unos “tanos” en una panadería en la ciudad. Aprendió el oficio y le gustó.
Después de un tiempo se volvió
a la capital, puso una panadería y contrató unos “tanitos” y entre harina y
huevos hizo hacer fideos, pasta de todo tipo y mandó dinero a su mamma. Gino,
conoció a Bianca y se la llevó a vivir con él. Al año ya tenía un niño,
hermoso, rubio y de ojos grandes y mirada dulce. ¡Esto es
Un mañana muy de madrugada se incendió la panadería y como no tenía seguro, se quedó en la calle. Sin un peso en el bolsillo. Pero no dijo nada. Él, tenía mucha ambición y saldría adelante. Bianca trabajó a destajo. Compraron una pensión y alquilaron por piezas
Pero había guerra, allá en Europa y la gente no tenía plata. Por lo que no había mucho para repartir.
Hasta ese día que llegó un telegrama desde Italia. La mamma había muerto. Y con su vuelo al paraíso dejó un montón de liras que Gino esperaba para volver a ser el “capitán de su barco”, la panadería más completa de Buenos Aires.
El maestro llegó en su moto justo en el minuto en que se desplomaba la última pared que quedaba en pie. Venía para ver qué sucedía con la pequeña Rocío que no asistía a las clases desde...hacía como un mes y medio. Su asombro lo dejó entre extasiado y desesperado. No podía comprender cómo se puede destruir una casa como esa. Recordaba cuando el era niño y pasaba por ahí. Estaba construida con buen material y diseñada por arquitecto e ingeniero. Tenía todo lo que una familia de clase media trabajadora podía necesitar. La buena señora Adelaida, la dueña, había plantando toda clase de vegetales, árboles que yacían como esqueletos afiebrados en el secano ahora. Vio por primera vez a Chacho, el hijo, ese muchacho mimado que nunca logró hacer nada. Chacho estaba allí parado sin moverse. Las manos en su enorme cadera flaca. Huesos y piel era lo que quedaba del hombre que criaran Adelaida y Floreal, el padre. Una mujer, la madre y esposa del padre de sus hijos, contemplaba las ruinas con mirada de idiota. Los niños, nueve, lloraban. Sucios como siempre, desvalidos y ansiosos, se le acercaron buscando una respuesta. ¿Qué podía hacer él?
Llegaron los bomberos, tarde, porque en realidad ya no eran necesarios. La casa se había comenzado a morir cuando los viejos murieron. Chacho era incapaz de mover una mano para trabajar. Todos los días tenía el pretexto locuaz para no salir a trabajar. Esa palabra era tabú. Él no había nacido para “romperse el lomo”. Las lluvias, los vientos, el descuido...hicieron el resto. Como un cáncer la casa se fue destruyendo. Nada quedaba de la que fuera la mejor casa del barrio. Quedaba el grupo familiar como los miles de desamparados que viven en las calles. Pero en el caso de Chacho y su mujer, por no querer aceptar la dignidad del trabajo. Habían quedado desnudos de un techo, un hogar.
El abandono y la pereza los había ganado. Ahora el gobierno se haría cargo de los niños que desnutridos parecían espantapájaros sonrientes y bobos. Nunca pisaron la escuela. Era un esfuerzo que el padre y la madre no podían o no sabían enfrentar.
El maestro llamó a salud mental ¡Ya es tarde le dijeron! Pero rocío, era una niña inteligente y podría superar. El juez aceptó la tenencia al docente y dicen que fue la que con el tiempo reconstruyó la casa.
El Paradero de
La tía Elodia, era la mejor modista
de la región. Todas las muchachas soñaban que les preparara el vestido de
novia. También los del civil y las madrinas y amigas hacían cola para encontrar
la mejor tela, el mejor modelo… las revistas de moda eran sagradas.
Una niña de
El día que se iba a probar el traje,
cuando Belinda, la joven que se casaba el día siguiente, tocó a la puerta.
Nadie acudió. Golpeó y golpeó. Llamó a gritos. Nadie la escuchaba. Asustada, atrajo
a unas vecinas, que pasaron el zaguán y ¡Oh! Sorpresa… Elodia había caído
fulminada sobre la máquina de coser. El traje sin terminar y la novia sin
vestido.
El Paradero de
Quiso tatuarse la pisada que quedó grabada en los lienzos del lecho. No pudo. El sudor le corría por la
piel e iba borrando la tinta. Su mano apretaba la aguja de oro con la que
sostenía su túnica y servía, mojándola, en un jugo de limón con carbón en
polvo, para herir meticuloso la piel del pecho. Ella había huido de entre sus
brazos. Volvió a mirar la puerta por donde ella había desaparecido. La quiso
abrir. No pudo.
Olfateó el fuerte olor a humo y cenizas. El volcán bramaba y
desparramaba su lava sobre las viviendas, las villas y los mercados. Corría un
río de fuego por las calles. Todo fue tapándose y en silencio quedó en el
tiempo.
Pasaron siglos hasta que los
arqueólogos pudieron llegar hasta ese hogar de la villa antigua. Antaño, era un
espacio intocable. Cuando con nuevas tecnologías absorbieron todas las cenizas
y escombros, en el mármol de una habitación encontraron el cuerpo de un hombre,
hecho piedra, con las manos atrapando un alfiler de oro y una extraña pisada
marcada sobre la loza de la que fuera un lecho de amantes olvidados.
Nació en medio de una feroz tormenta. Y su vida fue tormentosa. El cuerpo de contextura débil, no le impidió sabotear la inclemencia de la niñez. Peleó por el espacio que le ofrecía la familia que le tocó. La perdió siendo un purrete. Siempre perdió.
Sus noches a destajo de hambre. Su tímida tristeza y la enconada necesidad de salud, lo acercó al límite. Con astucia sorprendente corrigió la insoportable carencia de sostén material. Jugó tan sólo con objetos descartados, en soledad de amigos, creó uno imaginario con el que compartió lágrimas y risa.
Un día creció como para comprender su realidad e inició una batalla desproporcionada contra la vida. Desmesura y destreza lo acercaron a defender el área donde logró pararse. Ese día le descubrieron la habilidad para la música. Era un barítono de primera. Dotado de una exquisitez incomprensible.
Una mano interesada lo catapultó por caminos nuevos. Aprendió letras y sonidos que desarrollaron un repertorio inagotable. Cada audición era una fiesta. La radio le abrió el espacio más ambicioso que se pudiera pensarse. Fama y algo de dinero.
El ángel suspiró y un millón de luciérnagas escapaban de sus labios de pulpa de damascos. Se miró reflejado en el charco plateado de la fuente. Ya no era un niño. Se deslizó por el césped y era como una mariposa de escarcha engarzada en hilos de rocío planetario. En el tiempo infinito de los ángeles había transcurrido en un instante y se volvió a mirar. El perfil de su cuerpo parecía la costa de un río sereno de los llanos en flor. No pudo esconder el plumón rebelde de su ala izquierda, esa que tremolaba cuando veía a la ninfa de mármol de la fuente. Volvió a suspirar y salieron volando pétalos de flores de colores amarillos pálidos y fuertes. Se había enamorado.
Estoy harto de escucharte los insultos por eso
me voy, dije enojado. Tu manera de expresar la ira es inaceptable. Miro a mi
alrededor y sólo escucho frases hirientes e inoportunas. Parece que un demonio
ha penetrado tu corazón. Sigue así y perderás a todos tus seres queridos, nadie
te respetará y serás el hazme reír de tus compañeros. El profesor de gimnasia
seguía hablando sin dejarme decir, que me habían robado todo el equipo de
fútbol que le costó dos sueldos a mi abuelo. Era muy injusto. Los chicos se
reían y cuchicheaban dándose codazos.
Yo tenía ganas de llorar, pero si me veían así,
sería peor. Elpidio me hizo un guiño, él sabía dónde lo habían escondido. Yo
encima me enfurecí más y me le fui. Le dejé un ojo morado. Entonces de las palabras
a las sanciones, me echaron del club.
Cuando salía del gimnasio, sobre el cesto de
los desperdicios de la cantina, encontré mi equipo y un cartel que decía:
“Feliz día del Inocente” Tus amigos de la 5ª y detrás todos aplaudían a rabiar.
Nada es
imposible, le dicen los médicos y encuentra un nuevo sentido a su vida. Estudia
medicina y se especializa en neurocirugía. Investiga junto a otros compañeros
las lesiones que tuvo su hermano en el cerebro. Su nombre es tenido entre los
más capaces e inteligentes galenos. Por ser taiwanesa no saben que es mujer y
la nombran permanentemente como “el médico”. No desea regresar, pero un llamado
de su padre la obliga. Es el hijo mayor, el que debiera hacerse cargo de los
padres, pero enfermo, no puede. Y debe asumir su condición de sostén de la
familia. Un golpe de mala suerte en
Pasan dos
años y recibe una invitación de un colega argentino. Habla con su hermano y
toma la decisión de emigrar. Un nuevo y venturoso cambio le espera en aquellas
lejanas tierras.