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jueves, 9 de febrero de 2023

VOLAR EN GLOBO POR CAPADOCIA


Turquía era un viaje que me había inspirado mi amiga antes de fallecer. ¡No dejes de conocer Turquía, me dijo, es un país de ensueño! Vendí mi auto y allá fui. No me arrepiento.

Estambul, tiene el sabor de la gran ciudad de miles de años e historia. La Mezquita Azul, que estaba en plena restauración, donde encontraban antiquísimas pinturas cristianas anteriores al apogeo Otomano, Santa Sofía que es ahora otra mezquita, y que tiene menos minaretes que la anterior nombrada. ¡Gloriosas!

La zona donde están los hoteles es muy cosmopolita; según nos explicaron, el país se estaba preparando de mil maneras para entrar en el Mercado Común Europeo, para lo cual había abierto su mente todo lo posible a la vida de Europa.

Conocimos el famoso “Mercado de las Especias”, donde se mezclaban tiendas de comestibles: arroz, pistachos, dátiles y mil sazones con joyerías donde el oro abarrotaba las vidrieras. Ropa, Carne de corderos que yacían colgados en ganchos, verduras de mil tipos y pescados de mar, todo en secciones interminables. Yo, que soy amiga de regalar quería comprar todo. No era caro y les encanta regatear. Hablaban muchos idiomas, pero me manejaba bien con el italiano. El único inconveniente eran los chóferes de taxis. A pesar de ser musulmanes, y que su ley sagrada les impide robar, nos hicieron trampa con los billetes de liras turcas. Hasta que me atreví con uno y amagué llamar a la policía. ¡Nunca más nos pasó! Deben haberse pasado la voz: ¡Hay tres argentinas que se avivaron!

Finalmente pasamos a la zona asiática de Turquía. ¡Una maravilla! Contratamos un guía que era erudito en historia, hablaba perfecto español y era muy simpático. Así, en autobús comenzamos a conocer ciudades y pueblos que están en los libros de historia y hasta en la literatura universal. Conocimos Izmir (Esmirna), Troya con un enorme Caballo de Madera que nos remonta a la Guerra de Troya (queda a varios kilómetros del mar), Éfeso (eso relato aparte) y llegamos a la capital, Ankara.

Éfeso es un lugar mágico. Tiene hasta los antiguos baños públicos donde mientras hacían sus menesteres, hacían negocios, tenían charlas políticas y sociales, armaban casamientos y debatían problemas familiares, todos sentaditos entre hombres y mujeres. El agua corría debajo de los asientos de mármol y ellos campantes como en el living de su hogar.

Fue en Éfeso donde conocí la “Casa de la Virgen María y san Juan el Evangelista” que fue encontrada por una Beata Alemana. Es una pequeñita construcción de piedra, con una entrada y una salida, sin mucho espacio. Han pintado una imagen de tipo Cristiano Ortodoxo en las piedras y hay un mínimo altar para orar. Hincada rezando, sentí un empujón y caí de lado al suelo de pedregullo. ¡No tengo explicación, nadie me empujó, lo juro! Afuera hay una enorme piscina de piedras y una pared desde donde mana agua para lavarse y beber, imagino que es súper bendita. Se pueden prender velas blancas en un sector u la gente prende telas de color o blancas en un muro junto a una súplica o un agradecimiento. Me faltaban manos para sacra fotos que atesoro con amor.

Yo no quería salir de ahí, pero había que seguir, en los viajes el tiempo es oro y como decía mi madre: “Hija son dólares”.

Llegamos a Capadocia. ¡Dios, que locura! Es una ciudad milenaria excavada en las piedras donde habitaban seres humanos desde no se sabe cuánto. Luego se llenó de cristianos. Estaban reducidos a esconderse para no ser muertos por los “gentiles”. Con hornos, bodegas, lagares, iglesias, dormitorios, pasadizos que se cerraban con enormes piedras redondas como ruedas de roca para que no ingresaran los extraños. Pero estaban comunicados en cientos de pasajes internos con salidas de aire y entrada de agua a cisternas. El viento ha tallado algunas columnas que rematan en conos que semejan sombreros de enanitos de cuentos. Y el cielo…poblado de globos aerostáticos de mil colores que muestran desde el cielo ese mundo de enigmas y secretos. Místicos espacios destinados a hacernos meditar en la vida actual.

Me quedé con enorme deseo de viajar en esos globos. No pude hacerlo y me sentí mucho tiempo enojada conmigo misma por no atreverme. Verdaderamente una pena.

El regreso a Estambul, nos trajo a la ciudad pujante, llena de excelentes artesanos en cuero, las famosas alfombras y exquisitos platos de comida.

El palacio de los Emires Otomanos, son inmensos. Cientos de aposentos y cocinas y cuadras para animales. Lo más llamativo es el museo con las joyas de los emires. El trono de oro con incrustaciones de piedras preciosas, adornos para la cabeza recamados en oro y plata con esmeraldas de tamaños descomunales, sí, enormes. La daga del Sultan Suleiman El Magnífico, tiene tres esmeraldas y como cien diamantes, que debe pesar diez kilos. Sus anillos, prendedores y gargantillas son espectaculares. No me permitieron sacar fotografías. ¡Era lógico! Justo en uno de sus patios se desarrollaba una ceremonia oficial de militares turcos, todos vestidos de terciopelo rojo. La banda tocaba una música muy bella.

Luego fuimos a un monumento al Padre de la Patria del siglo pasado que hizo de Turquía un país  moderno. Mustafá Kemal Atartürk

Regresaría si pudiera.

 

sábado, 16 de abril de 2022

SÍNDROME DE TRAICIÓN, expliacción.

 

Si me preguntan: ¿Por qué escribí esta novela? Digo: Generalmente se espera que las mujeres usemos la literatura para embellecer con palabras bonitas, con dulzura y liviandad los temas; aunque últimamente se usan hasta textos semi pornográficos para vender. Pero yo no me adhiero a lo superficial, voy al oscuro hueco de la verdad, esa que en general se esconde. Ocultar la verdad es una forma de aliviar la conciencia. No es lo mío. Tengo la conciencia clara, no sé si tan pura porque de alguna manera todos los argentinos y latinos en la década de los 60 y 70, fuimos partícipes directos o indirectos de lo sucedido en nuestras tierras. ¡Qué duro, ¿no?!

El silencio no ha mejorado en nada la realidad. Todo sigue igual o peor. Los ricos son más ricos y los pobres más pobres. Con la contraparte que ha ingresado una cultura de las adicciones: al juego, al alcohol, a las drogas, el maltrato, el femicidio, a las armas y a la tecnología. Los chicos nacen y ya les compran aparatos electrónicos para que jueguen y no molesten. Chicos autistas, no por enfermedad sino por incapacidad de comunicarse con los sentimientos y la familia o amigos. Ya no se juega con muñecas ni autitos, se juega con electrojuegos. Me declaro enamorada de la palabra. La oralidad y la escritura debe ser el sustento de un mundo mejor. ¡Por eso para no perder la “Memoria” he escrito esta novela!

Es mi grito de justicia para que Nunca Más se vuelva a ver el mundo bajo la mirada de las armas. Es inútil, la guerra no resuelve sino las cuentas en bancos de ciertos sectores que no trabajan para alimentar, vestir y educar a los pueblos. Es más, ha llegado un punto que la guerrilla urbana o rural, se unió a los Cárteles de las drogas, para financiarse. ¡Un horror! Muerte para los humanos sin distinción de edad, género o ideales.

En la oscura noche de la década del setenta, corrieron ríos de sangre en Latinoamérica.

Una miríada de jóvenes “idealistas”, creyeron poder cambiar el mundo y traer justicia a las masas de campesinos, obreros y humildes. Es duro decirlo pero fracasaron.

Conversando con algunos ex guerrilleros, víctimas de los atentados terroristas, como el caso de una conversación personal que tuve con Clara Rojas, en Colombia y con E. R. Castro, una venda se cayó de mis ojos. El fracaso fue rotundo pero el dolor y las consecuencias, fueron desastrosas. Clara Rojas, estuvo atada a un árbol con cadenas y un enorme candado varios años en la selva colombiana; todas las guerrillera y hombres eran analfabetos o casi; E.R. Castro fue perseguida por el ejército regular y la guerrilla durante años, que vivió escondida en lugares increíbles como cementerios, hospitales y las calles de Argentina; pero nuestra guerrilla salió de las universidades y de la clase media y alta, pocos obreros y campesinos intervinieron. Ella murió en la más penosa pobreza material arrepentida de haber creído en “la ideal del Justicialismo y de los grupos armados que incluso mataron a Ruccci”.

No me quiero callar. Quiero contar como sufrieron y sufrimos esa época. Hoy algunos de esos ex guerrilleros viven en Países de América como México, o Europa (Suecia, España, Francia, Bélgica, ninguno se fue a Rusia, Corea del Norte, China Popular o Cuba) con las ganancias de las generosos dólares cobrados como indemnizaciones de los estados que quieren reivindicar sus errores: haber matado y desaparecido a muchos y haber quitado de en medio a otros. ¡Lo increíble es que hoy muchos de ellos son o han sido gobierno! Muy pocos se arrepintieron de las masacres hechas: pasaban por los cuarteles ametrallando soldados que cumplían el servicio militar, mataron con bombas familias y caían a veces inocentes como en el caso de la niña Lambruschini, robaron bancos para comprar armas, raptaron empresarios, torturaron y fueron torturados.

Todo fue un horroroso fracaso: en Mi Argentina hay más pobres, la educación está casi en lo más bajo del resto del mundo y ni hablar la corrupción de los políticos y sectores sindicales. De esto no le gusta hablar a nadie. Yo lo quiero decir a mi manera, con una novela. No creo que sea un placer para nadie hacer un “MEA CULPA”. Pero tampoco aceptar el cuento de los que quieren hacernos creer que eran sólo jóvenes idealistas. En todo eso hubo muchos intereses económicos y hoy se van desenredando.

Síndrome de traición tiene mucho de los relatos de los que la vivieron desde adentro y he puesto parte de mi amor por la palabra, mi imaginación y mi deseo de un ayornamiento de la verdad. Investigué mucho, leí mucho, hablé con toda clase de gentes: militantes, paramilitares y guerrilleros o subversivos. Han muerto ya los “represores”; Cuba está a los abrazos con los norteamericanos, Venezuela se está despoblando por su política y quedan muy pocos políticos que defienden a la guerrilla. Después del 11 de setiembre, el mundo quedó encadenado en la otra faz de la guerra sucia, la religiosa de un puñado de oscuros fanáticos. Y son los pueblos, los campesinos y los pobres de la Tierra los que siguen sin pan, sin remedios, sin agua, sin hogar y sin esperanza.

Me siento sola en esta patriada. Sé, que seré juzgada y criticada, pero no espero aplausos, espero mostrar un pedacito de una verdad que viví y vivimos los de mi generación. Los jóvenes hoy metidos en las tabletas, los jueguitos electrónicos y el alcohol o las drogas, ignoran lo sufrido en Latinoamérica. Las familias destruidas, las lágrimas derramadas y las duras historias de ambas veredas de esa patriada. En esta Guerra nadie Ganó, Todos perdimos y lo triste es que todavía no cerramos las heridas de lo pasado. ¡Creo que pasarán varias generaciones para que llegue un verdadero Perdón!

Abrazo a Todos mis queridos compatriotas y agradezco a Dios que me permite expresar esta historia.

Graciela Elda Vespa- Mendoza- República Argentina

viernes, 27 de agosto de 2021

ANÉCDOTAS DE VIAJES

 

CHILE

Mi cumpleaños es en el mes de febrero. Para festejarme, me invitaron a ir al norte de Chile una semana. Adoro la comida chilena y sus playas del norte, donde se puede ingresar un poco al mar, ya que no hay agua tan fría. El hotel muy bonito, con amables personas que nos atendían de maravilla. Además había un encuentro de escritores al que acudí feliz.

Siempre solemos ir a Santiago y a Viña del Mar, que queda en la Quinta Región, pero allí las playas son pequeñas y el agua muy fría. De todos modos, me gusta subir  a Valparaíso y andar por las calles del puerto y llegarme a la casa del poeta Pablo Neruda, La Chascona. Allí hay objetos que usaba en vida y como buen escritor, coleccionista de objetos varios.

El olor de las Caletas con los pescadores que venden los frutos de mar recién recogidos, el perfume de los mariscos que fríen en simpáticas pailas de cobre, los rumores del mar y gritos de la gente, me fascina.

Siempre usando las famosas “liebres”, pequeños autobuses que atraviesan toda la costa, te permite recorrer ese paisaje típico de los puertos. ¡Pero nosotros estábamos en el norte, en una ciudad llamada “La Serena”. Allí caminábamos con mi hermana, por la orilla del mar, observando los diversos pájaros: pelícanos, albatros y ciertas palomas. En las playas no hay tumbonas, ni parasoles como en otras playas que conozco, la arena, es gris o marrón oscura a raíz de los frecuentes sismos que ha sufrido el territorio chileno.

Sin embargo, el mar es muy amable, poco salino y el aire fresco mengua el calor del sol del medio día. El desayuno era excelente con las variadas frutas que hay de primerísima calidad en Chile; que exportan por todo el mundo, cosa que he comprobado en otros viajes. Cenábamos en el hotel, generalmente las ricas paltas rellenas con camarones frescos y perfumados a mar… ¡Una delicia para el paladar!  Luego chupe de “jaiva” o albacora a la plancha, con abundantes verduras asadas. Y frutas varias de postre. Así, entre ricas comidas, paseos y playa pasaron siete días. ¡Mañana nos volvemos a Argentina, déme  la cuenta, por favor, le dije al conserje! Don Rosmando sonrió y se lamentó. ¡Lástima que ya las damas nos dejan! Muy amable su comentario, como siempre.

Esa noche nos hicieron una cena especial: entrada ”Jardín de mariscos”, segundo plato unas empanadas de salmón, seguimos con “machas a la parmesana” y finamente un flan de “chirimoya” que nos dejó fascinadas, rociado todo con un buen vino chileno blanco bien helado. Nos regalaron una pequeña paila de cobre con la banderita azul, rojo y blanca del país, como recuerdo y atención del hotel y nos retiramos a terminar de armar nuestro breve equipaje. Yo atesorando unos libros de autores chilenos.

Luego de revisar cajones y estantes, miramos un rato televisión y nos dispusimos a dormir. Nuestro avión salía hacia Mendoza, a las trece, por lo que debíamos estar en el aeropuerto a las diez.

Ya dormíamos profundamente cuando un sismo muy fuerte me despertó. Todo crujía y se movía con mucha fuerza. Acostumbrada a los sismos en mi tierra, ese me hizo asustar, ya que era muy, muy fuerte. Me asomé a la ventana y el agua en la piscina se elevaba hasta casi medio metro de la orilla y regresaba a su lugar con chasquidos insólitos. Mi hermana dormía bajo la medicina que toma por su salud, pero despertó y a mi pedido comenzamos rezar. Invocamos

Al rato escuché voces en los pasillos del hotel. Me asomé. No había luz eléctrica, como es lógico. En casos así es aconsejable cortar electricidad y gas, para evitar incendios. Pero medio dormida, les pedí un poco de “silencio” porque nos teníamos que levantar temprano para ir al aeropuerto. Me pidieron disculpas. Yo me acosté y me dormí como si no hubiera pasado nada. ¡Deben haber pensado que estaba loca o drogada!

A la mañana siguiente nos levantamos y llegamos al desayunador, donde una trémula asistente nos miró con extrañeza. ¿Anoche no sintieron el Terremoto? ¡Sí, claro tembló, dijimos a coro! ¡No, señora, ha sido un terremoto grado 9,8 destruyó la Quinta Región!

Nos sirvió un desayuno magro, disculpándose porque no tenía ni gas, ni electricidad.

Cuando salimos con nuestras valijas, y quisimos llamar un taxi, don Rosmando nos dijo que creía que estaba cerrado el aeropuerto. Igual, con la esmerada atención llamó por su celular un taxi. Éste llegó al hotel y nos miraba como a dos extraterrestres. ¿Las damas no tienen miedo?

Ingenuas… yo le contesté, estamos acostumbradas a los sismos. ¡Pero esto ha sido grado 10 en ciertas zonas! Era el 27 de febrero. Por favor, llévenos al aeródromo. Y el buen hombre nos subió a su vehículo y nos llevó. Las calles rotas, casas con trozos caídos y grandes grietas, postes de luz en tierra… allí advertimos que había sido devastador. El aeropuerto Cerrado. La pista rota. No se podía salir por ahí.

El caballero, no puedo decir otra cosa, nos llevó a la terminal de ómnibus y consiguió dos pasajes en un bus de tipo doméstico, no como para atravesar la cordillera. Era el último par de tiketes que había. Subimos rezando para poder regresar a Mendoza, Argentina. Mi celular…muerto. No conseguíamos comunicarnos con la familia. En todos los lugares los teléfonos y medios de comunicación desactivados por razones de seguridad. Antes de subir preguntamos si podíamos hablar con un carabinero (policía de Chile, muy profesional) No, dama están todos desplegados por el terremoto en las zonas de mayor desastre. Me hice la Señal de la Cruz, ¿Cómo pude ser tan idiota? No tenía forma de avisar que estábamos bien, vivas y en viaje.

El autobús, era de cuarta. Pero nos llevó trepando por encima de los escombros, en algunos lugares se detenía y un tractor lo hacía pasar por enormes puentes de metal, que el ejército había desplegado. Las cuentas de mi rosario, brillaban y sacaban chispas. ¡Por fin supe lo que había pasado y sentí, no miedo, horror! Descubrí que era una soberbia tonta.

Cuando llegamos a la madrugada a “Libertadores” la frontera con nuestra patria, los comentarios eran de los muertos y de la catástrofe que dejábamos atrás. Ya en territorio argentino, sonó mi celular. Cuando lo atendí era mi nuera que lloraba. ¿Están vivas? Sí, y ya en tierra de nuestra patria. Tranquilos. Llegaremos a la terminal de buses alrededor del medio día. Hicimos aduana y nos miraban coma extraterrestres. Creo que no abrieron las valijas y bolsos por la sorpresa de ese cachivache que nos traía de Chile. Yo ahora lo veo como el mejor de los autobuses que usé en mi vida.

Cuando estacionó el coche en la terminal, toda la familia parecía ver a unos fantasmas. ¡Qué ignorante puede ser uno! Y tan soberbia que no se da cuenta que la naturaleza puede jugarnos una apuesta con la muerte. Cuando mostraban los noticiosos los lugares de Chile, yo comencé a llorar. Puentes carreteros derrumbados, casas que habían caído al mar desde las costas, autos arrojados en grietas enormes… ¡Dios, Gracias por ese taxista y ese valiente chofer que nos trajo!

Pero, ahora medito siempre, que somos una pequeña gota de agua en un océano que puede ser calmo o borrascoso. Que debemos estar preparados para sobreponernos a cosas similares, pero que yo, especialmente, debo ser más serena en mis actos y respetar con prudencia a mis congéneres. ¡Jamás debí creer que lo superaba todo! Gracias a esa buena gente chilena que nos ayudó sin pedir nada cuando tal vez ellos habían sufrido pérdidas importantes. Chile es muy bello, y seguí yendo cuando pude, sin dejar de estar alerta a los sismos.