miércoles, 29 de mayo de 2019

CONTRABANDO DE ESCLAVOS




Los habían arrastrado de la zona donde ellos habitualmente cazaban o iban a pescar. Tenían sólo cerbatanas y arco y flecha. Los hombres unos palos que echaban fuego como leños hirvientes. Los ataron unos con otros y los llevaron a la orilla del mar para subirlos, a los azotes, a un enorme barco de madera y humo. Su mundo derrumbado. No hablaban las mismas lenguas y peor era no entender lo que decían los blancos de pelo rojo como el monstruo del que les había hablado el anciano de la tribu en la infancia.
Y el barco se deslizaba entre un mar negro, invadiendo entre una paz fría y quieta de los seres de su profundidad animal y ellos, ellos contemplando asombrados al gigante que trataba de hendir su dichosa paz. Así era la nueva barca y un tumulto de olas que arremetían contra el barco con furia y codicia los sacudía.
Los hombres se apretaban en las hamacas en la profundidad donde se escondía lo poco que quedaba de agua y comida. Nadie tenía fuerza para atropellar a los que con un látigo estallaban en sus espaldas dejando marcas rojas, ira y fuego. Las miradas como carbones crepitaban odio, pero los hierros a los que estaban amarrados les impedían alzarse. Los negreros comían y fumaban sus pipas de cerámica sin mirarlos siquiera. ¿Adónde llegarían y cuántos? Si se iban muriendo lentamente de hambre y frío, de sed y miedo.
Ômorobo sentía asco por estar mezclado con otro infeliz que lo miraba suplicando piedad. Él, era un rey en su comarca. Tenía esposas que lo cuidaban y muchos hijos. Los animales que poseía eran compartidos por su gente. Allí, en cambio, se arrebataban los mendrugos de una comida hecha con fécula de mandioca y agua y el agua olía a orines. Él, tenía los labios rotos por la sed, pero no bebía ese líquido ambarino. El que lo hacía comenzaba a vomitar y se deshacía por los cólicos internos. Al poco tiempo moría envuelto en excrementos. Los hombres de pies de cuero, los tiraban con fuerza al agua y desaparecían. Los sacaba, una vez cada tanto y podía respirar, robaba un poco de agua limpia de una bolsa de cuero que usaba el más viejo de los blancos. Por la ubicación de las estrellas se daba cuenta que iban hacia el oeste y el sur. Estaba flaco y débil. Pero el orgullo lo mantenía alerta. Quedaban pocos, menos de la mitad que iniciaron la travesía. Algunas noches de tormenta los soltaban de los aros de metal que los ataba a los postes.
Una semana más y negros nubarrones y un viento helado, comenzó a zarandear el barco de tal manera que no hubo manera de sostenerse. Bajaron y los soltaron. Pero el maderamen chirriaba con el brusco movimiento de las olas enormes que los sacudía. Un estruendo enorme destempló la noche y la quilla se partió en mil pedazos. Volaban fardos, hombres y maderos. Ômorobo se abrazó a un madero que le permitió flotar. Hábil nadador, logró soportar la tormenta y se quedó dormido, pensando que moriría en ese mar maldito. Despertó con un ruido de tambores y se vio rodeado por gente de raro aspecto. No eran los blancos malditos ni eran los hombres negros de su tierra. Eran diferentes, pero amables, lo ayudaron con agua y en hojas de palmera le dieron un trozo de carne que devoró. Luego, su estómago lo devolvió sin vergüenza.
Pasaron unos días. No entendía el idioma de esa gente. ¿Adónde estaba? Un hombre vestido con una ropa blanca, de larga barba trató de hablarle en varios idiomas que no entendía hasta que vio que una palabra se la había escuchado a su anciano abuelo. “No eres esclavo aquí”. Esa palabra… esclavo, le retumbó en la cabeza. Vio que la gente vivía como en su tierra, en grandes cabañas de palma y barro, con su hoguera al centro. Había niños que corrían y jugaban con el hombre de barba. Cuando pudo caminar bien, se acercó a la casa del hombre. Lo vio rodeado de otros que compartían una calabaza con una bebida que sorbían con una caña fina. Un perro se acercó y le lamió una herida, lo apartaron y se reían.
¡Esta gente es pacífica, pensó! Podré vivir con ellos hasta que regrese a mi tierra. Ômorobo, no sabía que había llegado a América, a un país cerca del río más largo de la tierra americana y que nunca más podría regresar al África.


lunes, 27 de mayo de 2019

UN NIÑO EN LA CALLE


Se te colaba de tu piel morena
entre los brazos flacos y mugrientos
la sonrisa del sol y la esperanza
transformada en maestra y en merienda
calientita la leche y la caricia del amor sin precio
escrito en pizarras de conciencia.

Pequeña marioneta sin futuro
estás más pobre hoy,
que una nave perdida en el espacio  y   mañana,
tal vez ya no hay mañana
para los niños como vos        sin familia    ni país y sin bandera
que pueblan nuestra patria
esa patria soñada como fértil    edén de sabios    grande    fuerte

Palomita que corres sin cumplido
robando
la comida de otra gente
aquí tienes los brazos cariñosos
de una madre sin matriz  pero con nombre...
maestra en la ciudad, en el campo, en las orillas
hacedoras de amor y de constancia.


DEL LIBRO INÉDITO


Escucha...

el viejo laberinto nos observa.

Hay joyas en cada vidriera de nuestro paraíso.

Capitán de la nave con la proa deshilachada al viento;

toma mi mano ingrávida

voy a bosquejar cada arruga de los rostros

que el tiempo amigo ha dejado incrustado en el azogue

apoyaré mi cabeza blanca en tu pecho macilento

nido de estopa      esponja de perfume suave

madera  de sauce flexible donde penetran los miedos

que cosechamos unidos

de ser tan extraños        a los sueños.

Acúname  y que tus ojos opalescentes de tiempo

me deslicen por el sendero de la cumbre montañosa

dejaré en ella  la materia de mi ser 

de mujer y de poeta.

EL HOTEL





            Joaquín llegó al medio día, ayer, con el pedido. Yo asombrada le acepté. Pero reconozco que es mucho trabajo. Cada pieza con su forma diferente, por deseo de los hombres del refugio recién construido. ¡Es bonito!
           Es un complejo hotelero con cabañas de troncos. Sus ventanas de vidrio doble  la hacen cálida. Una enorme chimenea. Tiene el comedor, donde en la noche podrán jugar cartas, pool, fumar habanos y jugar ruleta.
             Me  dijo Joaquín que han contratado unos músicos, un malabarista y mago, de la capital.  Será un lugar hermoso. ¡Los muebles de madera de pino con ese perfume a bosque! Las colchas de colores robados a las flores del campo. Cada habitación un nido tibio con dos lámparas de Vitró, que le dan un conjuro hechizante a la luz que filtran. ¿Cómo no amarse en ese clima? Invita al romance, al diálogo tierno y amoroso.
              Bueno para eso en cada una de estas piezas pinto un corazón con flores. Pájaros y pinos.
            Cuando termine el trabajo, que es mucho y delicado, me han invitado a la inauguración. Harán un baile con gente de las ciudades vecinas y vendrán actores y actrices. Hasta creo que vendrá alguien de la televisión a filmar.
            Mi vajilla, es decir las bellas porcelanas que estoy pintando brillarán por su perfección y la ingeniosa creatividad. Joaquín ha visto la cristalería y dice que es maravillosa como la cubertería con monograma. Cuando vayamos a cenar me sentiré muy halagada.
            Será un placer comer el ciervo ahumado con aceitunas calabresas y pepinos agrios. Ni hablar de la ensalada de rúcula, alcaparras, ananá y jamón cocido. El té de manzana, perfumado y caliente, con tarta de canela y dulce de grosellas. Los postres son delicias inventadas por un chef especializado en Francia.
            Ciertamente tengo que apresurarme, pronto me llamarán nuevamente para decirme: ¿Ya están listas las cosas? Y yo tengo todo a la mitad.
              ¡Como me duele la espalda! Ya está saliendo el sol, se me han quedado los dedos duros de armar en porcelana los dibujos que me solicitaron en el Hotel. Pero han quedado bellísimos.
             ¡La cara que pondrán los dueños del hotel y los comensales!





viernes, 24 de mayo de 2019

HAN LLEGADO



             Las “ursutas” tejen huellas fatigadas en la holladura. Un silbido desaguado escapa por la mandíbula desdentada del pequeño hombre que corre hacia su aldea. Su mente está nublada por la falta de oxígeno. No alcanza con su “cuyico”, agrega hojas de coca a las que se maceran en su boca. Un hilito verdoso escapa por sus labios agitados. Ásperas, sus manos, tratan de guardar en la “guayaca” el papel que recogió en el mercado. Ya está a la vista del caserío. Los adobes fuertes resisten el frío y el calor de la puna. Sangran sus pies cinabrios. Su piel y su rancho son iguales. Fuertes y toscos como la tierra que los “gringos” quieren quitarles.
            Kispe Mamaní, ha visto a lo lejos ya, la columna de humo. Los rumores de las máquinas que fueron a espiar los iniciados, cada amanecer los ruidos son más furibundos. Se acerca a la casa del Bacilio Condorí. El anciano, tenido por jefe, lo espera con su ceguera prudente junto a la pirca que separa cada casa habitación. Una turbamulta de perros hambrientos y ladradores, lo secundan. En la mano un cigarrillo de tabaco fibroso armado con miel, hace su intento de transmitir una fingida serenidad que escapa de sus humores de jauría arisca. Ni una mujer está por ahí, todas han bajado a los mercados para diligenciar sus tejidos y arropes de tuna, los quesos de cabra y el patay sabroso. No son buenos los tiempos. Un asesor del gobierno vino, hace como seis meses a convencerlos que las nuevas tierras que ofrece el gobierno son mejores que éstas. Pero ellos, hace muchos siglos que habitan esa zona austera del altiplano. Sus antepasados aimará y coya, cazaron y plantaron en la aridez de los valles y los huincas, los fueron corriendo hacia el alto. ¡ Otra vez no! Nadie quiere moverse, pero el humo es cada vez más denso y pasan por la carretera, vieja huella inca, un arrastre de camiones y grúas, con gringos rudos que hablan difícil. Ni Kispe ni Bacilio les entienden. Vinieron a comprar gallinas y ponchos de vicuña. Nada se llevaron. Las mujeres escondieron todo y se fueron cabreados como bribones greñudos.
            Kispe se sienta en la costra noble del terreno que sostiene a Bacilio Condorí. –Han llegado.- y en sus ojos abatidos una luz de odio destella empeños.
-                     ¿Qué manda, Bacilio? Lo que encomiende haremos.- y un distintivo de sugerente actividad clausura cualquier diálogo de paz.
-                     ¿Cuántos son? ¿Quién los acompaña? ¿Hay gendarmes o la polecía? Diga, hombre- satura el humo del cigarro casero la voz carcomida por la vida.
-          Son muchos y armados como el mesmo diablo. – y se seca el sudor que ultraja las carcomidas grietas de la piel oscura. –Los gringos son como cuarenta y tienen rifles.
-          Entonces no se hace nada, como siempre nos sacarán en caravana de cadáveres hasta el camposanto de los crestianos. No dejaremos que ganen con sus mañas. Un coya más o menos al gobernio no le hace. Haiga que contemplar como talan para hacer papeles. Mesmo como para plantar los granos. Nuestros padres incas llorarán su selva y nojotros que ni de letras ni de papeles conocemos, poco a poco nos enquedamos sin selva.
-          Bacilio y si se va con los señores del pueblo y les pide... , tal vez se apiaden, la selva también es dellos. La Pacha Mama, ahorita debe estar muy cabriada. –el silencio montaraz se aproxima a los hombres.
-          Ajá, tal vez. – las hilachas de luz cobijan los cuerpos mientras el humo penetra con su ardiente olor agrio los pulmones.
Los resplandores rojianaranjados derraman fatídicos las alas sobre la tierra. Arden los antiguos bosques de quebracho y van desbastando la otrora fauna y flora del noroeste puneño. ¿Allí sembrarán los gringos? Sólo muerte, sólo muerte.
Kispe Mamaní, pertrecha su mula para bajar al poblado. Una amontonamiento de viejos papeles envueltos en tela hilada en fina trama de vicuña, es el tesoro que guarda entre su saco de industria China. Se lo compró la Doralisa en el mercado. Allí estará el maistro para que lo acompañe. El es el que escribe lo que los hombres piensan en papeles con figuritas de colores que adornan las palabras. Con desenvoltura el maistro le habla a los jefes del gobierno. ¡Tal vez logre que lo escuchen!
Muy  a la hora de los insolentes colores del alba, cuando apenas se mueven las aves pregonando a Inti, sale con su carguero. Fluye por el risco cerca del río que de grana va tiñendo el agua. -“Si su Merced quiere dilatar al gringo que manda a quemar el bosque, si su Merced se apiada de los animales que se están cremando, si su Merced tiene misericordia con el pueblo coya... otros niños, más tiempo en el tiempo, lograrán ser grandes”- divaga en la quietud  del amanecer. El humo ha cambiado el color y es agrio y sombrío. Crepita en el silencio de los matorrales. El Kispe Mamaní recibe un balazo en la espalda. No cae, se arrastra. La mula se detiene y rebuzna. Aprieta los papeles que esconde entre su carne herida y sangrante. Sale de entre la maleza un sucio operario, lo sube al mular y le pega un chasquido con chicote de cuero trenzado. Corre el animal, herido su costado, llevando la fúnebre carga.
                        Casi al mediodía, en la plaza se arremolinan los hombres junto al animal que ha acercado su carga. En el atrio de la gobernación, el maestro extrae del cuerpo frío los papeles. Escrito con tinta muy negra, rubrica su Merced: -“Estos hombres libres son dueños de todo el valle”- Manchados de sangre están los sellos que tienen más de cuatrocientos años.
                        De un camión sale un hombre extraño cargando unas armas muy fieras. La gente retrocede y esconde, el miedo les inmoviliza y la pobreza es invariable.

                         En la República Argentina, Bolivia, Brasil, Perú, Ecuador se queman diariamente ciento de bosques para plantar soja y otros cereales. Los viejos habitantes de la zona cercados por la codicia van entregando en silencio sus tierras milenarias. Queman los leños sin piedad, siendo necesarios para los poblanos. Ni siquiera se usa para fabricar papel. Desde los aviones se pueden observar los grandes círculos de fuego que avanzan y el humo contaminante. La capa de Ozono, es cada día más débil.
             VOCABULARIO:
Ursutas: ojotas de cuero trenzado, calzado típico de los aimará y coyas de Noroeste de América del Sur.
Cuyico: hojas de planta de “Coca” que mastican permanentemente para soportar el Hambre y las alturas en la misma zona.
Guayaca: bolsa o monedero hecho con fibras vegetales, que usan los nativos, para guardar objetos.
Patay: torta que se hace con las semillas del algarrobo, árbol de América. Dulce y muy nutritiva.
Huincas: palabra “mapuche” que se usa para nombrar al hombre blanco.
Mesmo, gobernio, haiga, nojotros, enquedamos, dellos, cabriadas, maistro,: son  el sociolecto de los nativos que no hablan bien castellano-español.
Pacha Mama: madre Tierra. Venerada por los indígenas desde los principios de la historia.
Inti: Dios Sol de los Incas y Aimará.
Puneño: habitante de la Puna de Atacama.
Pirca. Paredes de piedras armadas con exactitud, para separar los corrales, las casas y para evitar que los guanacos, vicuñas y alpacas, como luego vacunos y equinos, se dispersaran por las laderas de la montaña.


JARILLA EN FLOR

La jarilla derrama flores

de amarillos soles quietos.

Entre las setas y los hongos que afloran entre los cielos

el agua pura del cielo, regala viñas de ensueño.

No habrá trigo con luna llena cuando mires el viento

el árbol que se aquieta en la frontera de invierno

llenará de verde y flores, al llegar la primavera.

Hoy los rosales perfuman la memoria de febrero

Y un pedacito de estrella caerá sobre mi cuerpo.

Ven, no reniegues tanto. Las jarillas florecieron

Igual que el año pasado cuando te fuiste sin besos.

Tu estampa se vuelve lluvia cuando miro mi silencio.

Tu piel se nutre de frutos cuando sueño con tenerte

Entre los brazos cansados de sostener el aire quieto.

La jarilla derrama flores de amarillos soles quietos.

NO QUERÍA VOLVER




   Apenas se apagó la lámpara salía el hombre. Detrás quedaba una semi-forma de sombras casi fantasmales que se movían como sonámbulos. Se hizo un silencio, roto de pronto por el chirrido agónico del tren que se  acercaba. A tras luz, la silueta del recién salido parecían espantajos deshilachados.
   El callejón parecía despertar de grillos y ranas que apareaban la tarde en agonía.
   Un chiquillo escuálido salió corriendo de la casa tras el hombre. Llamaba a gritos.
El hombre, sordo, continuaba su camino. Logró alcanzarlo. Se trepó a sus brazos apretó sus piernas alrededor de la cintura  y  lo  rodeo de besos. La mujer  parada a la distancia abrió los brazos en cruz. Su imagen quedó cincelada en bruma y carne. Él, lentamente regresó. El niño estaba tibio de sonrisas. La mujer contuvo  una lágrima de fuego, sabia que al regresar él, su vida volvería a ser una carga de roca incandescente. Entró, prendió la lámpara. Estiro un mantel a cuadros y distribuyo tres  platos sobre la mesa.