lunes, 7 de octubre de 2019

LA COPA DEL TERROR




            Cuando Emelda se comunicó con sus compañeras de secundario, logró concretar y con dificultad, el encuentro de  doce compañeras, prometido por años.
            Llegaron a un acuerdo, se reunirían en un antiguo hotel  de las sierras, que estaba equidistante para todas. Alejado del ruido que envuelve las grandes ciudades era ideal.
            Ese viernes llegaría Iris en el tren de las 20; Rosalba en automóvil con Griselda, Renata y Jacinta. Luego arribaría Elvira en autobús con Rita, Susana y Nora. Juanita y Liliana llegarían en otro tren desde el norte.
            Se ubicaron en tres habitaciones contiguas, en el pabellón del que fuera un claustro de religiosas que recibían a jóvenes enfermas de “tisis” y problemas mentales.
            Con el tiempo lo vendieron y quedó en manos que renovaron todo. Primorosas, puestas a punto y hermosas, cada habitación se transformó en un bello refugio de comodidad y confort.
            Las ya mujeres, se fueron acomodando de a dos en dos por cada pieza. Una gran sorpresa inesperada cuando llegó el tren, no sólo con Iris, sino la increíble Mirka…, nombre de fantasía que ya había adoptado una de ellas transformada en una excelente médium, tarotista y astróloga; cuya profesión que oportunamente elaboró con estudios en el país y en el extranjero, profundizando con inteligencia los entrañables laberintos de dicha tarea. Era famosa en la radio, revistas de moda y televisión. Sólo sus compañeras sabían su nombre, que ella odiaba: Olga Serafina. Con ella se había juntado el número 13.
            Bien… todas hablaban a la vez, querían saber unas de otras la vida y sus misterios, sin darse tregua. Nadie oía nada. Llegó la hora de la cena. Ingresaron en un enorme comedor con mesas coquetas y alegres, llenas de flores y manteles coloridos. La cena exquisita se regó con buen vino y champagne.
            De regreso y agotadas, la jornada había sido larga, se bañaron y se durmieron. Algunas siguieron charlando hasta la madrugada. Nadie quería quedarse fuera de las historias  y entre risas y lágrimas se iban poniendo al día con sus vidas y aventuras. Otras recordaron las épocas de juventud temprana con las picardías propias de la adolescencia.
            Al otro día usaron la piscina y luego de almorzar hicieron una caminata por los alrededores. Cayó la noche y haciendo un apretado círculo se quedaron en la habitación 27. Con la puerta abierta por donde ingresaba una brisa fresca y la luna llena iluminaba el cuarto. También los rostros de las muchachas.
            De repente, Mirka, sonriendo astuta, propuso un juego con una copa de cristal que extrajo de una bolsa de terciopelo rojo con flores doradas que bordadas parecían auténticas. Entre risas y algunos temores aceptaron. Elvira con papel blanco hizo las letras del alfabeto y los números del 0 al 9. Comenzó el juego y las preguntas llovían. Reían y se enojaban, protestando cuando no les gustaba lo que se armaba en ese baile irrespetuoso de la magia.
            De pronto la copa se movió sola. Marcando un nombre de mujer: María Eloisa Janenshon Deiras y un número 19. Ingresó solapado el silencio feroz y las religiosas, tomaron su rosario o medallas de santos protestando. Se quejaron… -¡Vieron estas son brujerías! ¡Son peligrosas! ¡Yo no me quiero adherir a estas cosas! ¡Yo menos y ya me voy a dormir! Más en la pared se dibujó la imagen gelatinosa y transparente de una muchacha con ropa de antaño. La puerta se cerró de un golpe de aire y la dama, como era lógico desapareció en el acto.
            Mal dormidas al despertar, fueron para hablar con la conserje en el vestíbulo del hotel y preguntaron: -¿Acá vivió la señora María Eloisa…de la habitación 27? – Y la gerente se puso nerviosa y pálida. –Eso es algo extraño, pero no imposible… digo, ver a Eloisa. Esa joven falleció en 1889 en lo que fuera su noche de bodas. Un joven, su prometido no llegó nunca ya que el tren en que viajaba descarriló a varios kilómetros de acá. Ella se iba a casar en esa capilla que ya casi no se ve por lo crecidos que están los árboles. Dicen, los que la conocieron, que falleció de un ataque al corazón. Pero hay una historia de lugareños que en realidad se suicidó. Seguro que les pidió que rezaran misas por ella ¿Verdad? 
            -Sí, ahora comprendo, dijo Mirka, que eso trataba de decir y hablábamos tanto que no la oímos.
            -Vayan, hoy a las 11, hay misa en la capilla, un anciano sacerdote aparece siempre que ella pide misas. Él puede cumplir con su ruego, lo hace desde años.
            Todas regresaron en silencio, llegaron al templo en horario y allí, estaba el anciano monje. Se aprestó y comenzó con las rogativas y la ceremonia. Nombró a María Eloisa, aunque ellas no se lo pidieron. ¿Cómo sabía?
            Dos días después, lo que duró la reunión, el clima fue diferente. Regresaron a sus hogares con la promesa de regresar pronto. Esa fue la última vez que Emelda las logró reunir.

ALEJANDRA PISARNYK


ALEJAN

                                                         Lo que decimos no siempre se parece a nosotros.

            En esa noche
            Calmó la sed el arenal de su fuego
            que ardía al gélido latido de la espera.
            Con sus silentes bramidos y susurros
            Ella dijo en pocas palabras…muero
            recogió como estandarte mudo un papel,
            una calle solitaria entre piedras. Y gritó
            atropellando los murales con roja tinta.
            Sangre de aquella heroína dolorida y quieta.
            Una noche, apagó el cigarrillo.
            Cerró el cuaderno de lágrimas y poemas.
            Encendió una estrella y apagó una lámpara
            Se derrumbó en la silla y quedó muy quieta.
            Se había ido por el camino de la nada
            Donde su duende aun juega con tristes poesías.
            Alejandra durmió sobre su pena. Su luz
            quedó titilando entre los libros. Viva está ella.
            Dolorosa y mística, su desaliento duele apenas
            por una fracción de cielo sin estrellas.

SOLITARIA


SO                                            Estar acompañado, no es estar con otro; sino en otro.

                                            Cada ancla me atrapa en la oscuridad marina.
            Soy un insólito trampolín sin lecho límpido.
            Camino sin cesar por la ruta infinita de la orilla.
            Y un mar me expulsa con dolor de sus aguas ambarinas
            Mi lecho cubierto de guijarros es la vida agreste.
            La luna me observa escandalosa y verde.
            Mi barco se desliza en la arena hirviente
            arrastrando un cometa con hilos de perlas grises
            Color de lágrimas en el tiempo escondidas.
            Y, allí estoy yo, sola conmigo. Sin otro,
            sin amor, ni alegrías, ni sonrisas, sola.
            Adentro de una mar embravecida y misteriosa.
            Las anclas se clavan en mi vientre que envejece
            dejando en el horizonte señales luminosas.
            Estoy sola como siempre. Mi lecho helado se derrite.
            No cantan las aves en la madrugada, lloran.
            Aprendí a soñar, a ver correr los días y las horas.
            Nadie escucha mi voz, solitaria y simple.
            Estoy dentro de mí, como antes, como ahora 


EL EXAMEN


EL EXAM 
                     Esa mañana, tenía un examen extraordinario. Había estudiado horas sin mirar siquiera el reloj. Hasta Marcia me trajo en un plato unos emparedados que dejó en el escritorio. Los comí como autómata. Iba al corredor con las hojas de papel repitiendo las ideas. Usé un sistema nemotécnico con números y letras. Casi un escándalo. En teoría sabía que me jugaba el puesto y la beca. La señora que atendía en la biblioteca me había comentado la diferencia que hacían algunos profesores con los alumnos que se presentaban sin el vocabulario exacto. ¡AH, también con ropa formal! Ellos odiaban a esos personajes que pretendían ser “cancheros” y modernos, con ropas informales y descuidadas; por eso aturdí a Luisina, mi hermana pidiéndole su mejor traje. Ella es una exquisita para adaptar su atuendo a las circunstancias. Debo ducharme y prepararme. Mañana es el gran día.
                     Ingresé a la habitación y allí, calmada y apenas iluminada estaba Luisina.
                     En la cama gemela duerme mi hermana Luisina. Cuando abra los ojos, la estaré mirando y no le gustará. Se enojará, me acusará, si cree que estoy al acecho tratando de entrar donde no debo. A su mundo personal, su ropa. Creí que me dejaría su traje sobre el pie de mi cama y no, allí no hay nada.
                     Bajaré a pedirle a mamá que me ayude. Y, oh sorpresa, ella me está planchando un traje nuevo que compraron para mí. Unas lágrimas de ternura corrieron por mis mejillas. El amor de mi familia es el mejor regalo que me pudo dar la vida. mi madre, que está sola desde que nació Luisina, ya que papá se fue y no sabemos nada de él, ha hecho un esfuerzo enorme junto a mi hermana para darme ese mimo.
                     Abracé a mamá y cuando llegué a mi lecho, vi que ella, Luisina, me espiaba con el rabillo del ojo. Me eché sobre su cuerpo que temblaba de risa y la llené de besos y me hizo cosquillas. Seguro que mi examen será el mejor de mi vida.


martes, 1 de octubre de 2019

BRINDO





Brindo por la palabra que embriaga mis sentidos
Las que arrebatan mis sombras y las llevan al espacio
Brindo por los poemas que como fuego me encienden
Un fuego que juega limpio entre las manos hambrientas
Esas poetas que viajan al extremo, al paraíso esperado
Fuerza de diálogos vivos atravesando la vida
Reto a la magia del viento desparramando belleza
Brindo por ojos lejanos, por labios que dicen poemas
Por pasos de duendes que engarzan, melodías azules
Cascabeles celestiales, arpegios que crepitan en las calles.
Brindo por los que sueñan, los que trafican palabras,
Los que construyen montañas con versos y mariposas.
Por toda la poesía que vuela entre nubes blancas. Brindo.



UN PADRE Y SU PERRO FIEL



  
                                                                      La estupidez Humana sobra...: los únicos estúpidos son los hombres.


Plantó la ligustrina junto a la pared y el perro comenzó a ladrar como enloquecido. Este “Trueno” está loco. Ladra como si una tormenta estuviera por dejar caer rayos y centellas. Esa mañana había salido a correr con él, y estaba tranquilo. Llegaron y se tiró de un zambullón a la pileta, salió se sacudió el agua mojándolo y refrescando el sudor que corría por su cuerpo. Lo envidió por un rato. Ingresó a la casa y abrió la heladera. No había casi nada. Un limón dos huevos, unas rodajas de fiambre viejas y la botella de agua. La bebió con gusto. Se metió a la ducha y el líquido se desparramó en disfrute por su cuerpo. Silbó la canción de la radio que esa mañana había escuchado.
Voy a salir a hacer compras. Se vistió con un Jean y una camiseta de “Boca” y unas zapatillas cómodas, las otras las dejó en el fregadero. Cuando venga la “paraguaya” las lavará.
Estaba divorciado hacía como veinte años y vivía solo con su perro. Tomó un chango y se fue por la vereda hacia el sur. El supermercado estaba medio vacío, cosa agradable por demás. Buscó unas costeletas en la góndola de la carne, unas morcillas y un par de costillas. Luego pasó por los lácteos. Sacó queso gruyere, yogurt y leche descremada. Olvidó la manteca. Compró huevos y algunas ensaladas de esas que ya vienen preparadas. No se acordaba si tenía aceite de oliva y buscó entre las marcas que había la de precio accesible. Compró pan árabe y unas galletas. ¡Ya tenía para toda la semana!
Salió luego de pagar y cruzó hasta el kiosco de don Julián. Eligió dos revistas y un periódico. Se fue silbando un tango de Contursi. Llegó a la casa, justo cuando sonaba el teléfono fijo. ¡No lo atiendo! Seguramente son esos pesados que hacen encuestas. Pero volvieron a insistir y Trueno ladró de nuevo como a la mañana.
¡Hola! Sí, soy yo, ¿quién me habla? ¿Quién? Se sostuvo fuerte de la mesa. Se sentó y pálido escuchó la voz de su interlocutor. ¡Sos vos, Azucena? Hace más de veinte años que no sé nada de tu vida. Yo, estoy bien. ¿Qué pasa? ¿Qué? No puede ser. Nunca me dijiste que estabas embarazada. Tenemos una hija y lo ignoraba. ¡Sos una maldita! Y ahora me lo decís, ahora que ya tiene veinte años. Bueno te espero.
Cortó la conversación. Fue a la cocina y se sirvió un whisky.
Sintió el motor de un coche en la puerta, Trueno, ladraba enardecido. Lo metió en una habitación, no fuera que mordiera a la fulana. Su ex. Sonó el timbre y abrió. La encontró bastante bien, pero desencajada. Los ojos rojos como muestra de haber llorado mucho.
La invitó a sentarse y a tomar agua con limón. Ella como atragantada bebió de un trago.
Se llama Griselda. ¡Tienes que ayudarme! Hace una semana que se fue enojada conmigo del departamento y la vi subir a la camioneta de ese tipo que le pega. Yo no quería que siguiera con él, pero está como alienada. La policía no la encuentra y ya han hecho toda clase de búsquedas en los lugares que frecuentaba. ¿Entre tus contactos no conocerás a alguien que nos ayude?
Me senté lentamente y la miré. Me podés mostrar una foto. Es igualita a vos cuando nos conocimos. ¡Linda! ¡Hermosa! Ella se largó a llorar. Yo temblaba. ¿Qué le pudo haber hecho ese maldito?
No sé, te juro, que de no ser por algo muy serio, no te hubiera llamado. Ese hombre es un malvado. Le suele pegar y ella regresa a casa con moretones en la cara y en la espalda. Tiene un niño de dos años, que ahora está con mi hermana.
Me quedé en silencio. Soy un estúpido, nunca me llamaste para que te ayudara con la niña, con su educación, con su vida…
Trueno, se soltó de la correa y salió corriendo al patio. Ladraba desespera do junto a la ligustrina que había puesto esta mañana. ¡Algo le pasa! Trueno nunca es así, ni te ha mirado. ¡Es tan celoso!
Llamemos al…veterinario. No a la policía, algo raro pasa. ¡Vos como siempre muda!
A los minutos un coche de la policía se detuvo cerca del garaje. Descendieron cuatro agentes federales.
Trueno salió como flecha de la puerta hasta la pared medianera. Ladrando con ferocidad. Buscaron milímetro a milímetro por todos lados. Salieron rodeando la pared  y allí en la tierra recién removida, se plantó el perro. Señalando el lugar. Allí atada y cianótica yacía la pobre muchacha. El estúpido compañero, la mató y se la dejó cerca al padre para causarle un terrible horror.

EL VIEJO CAFÉ DE QUILMES




                               Es mejor poner el corazón, sin encontrar palabras, que encontrarlas...sin que el corazón participe.

Pablo se quedó sentado en la misma silla del mismo café de siempre. Su corazón estaba quieto. Un rumor envolvía el lugar, los parroquianos lo miraban con displicencia. ¿Todos sabían? O a él le parecía que cada uno de esos hombres y mujeres conocían los profundos horrores por los que había pasado. Lucrecia. Pensó en la lejana imagen de esa mujer que pasó por su vida con el fuego incontrolable de la pasión prohibida. ¿Adónde  estaría hoy? Será una mujer anodina, gris y amargada como está Tatiana, llena d rencor y encerrada por los miedos a la vida.
Tal vez, si la viera pasar cerca no la reconocería. Recordó el color de su piel, el perfume de lavanda de su ropa interior, las uñas esmaltadas color ciruela, sus tacones. La había amado. En la oficina disimulaban su frenesí amatorio. El jefe los observaba y con sus pequeños lentes de fisgón, parecía un búho nocturno al acecho. La codiciaba. Pero era mía, entonces era mía.
Un maldito día lo trasladaron a otra sucursal. A los pocos días la fue a buscar y la vio del brazo del jefe. Salió en un coche nuevo, brillante como el zorro blanco que envolvía su cuello. ¡Se vendió! La rabia le hizo cometer aquella locura. Lo pagó bien. Siete años adentro entre rejas. Después, lo natural. Buscar un trabajo digno en otra parte.
Se fue de la zona y se conchavó en un almacén enorme de los suburbios. Allí conoció a Tatiana. Era tímida y callada. Una fémina sin instrucción ni clase, pero le tenía la covacha y la ropa bien. Le dio tres hijos, rubios como ella, insulsos como ella y necios como él.
Ahora, que ella estaba al borde de la muerte, con una enfermedad sin cura, se daba cuenta que nunca la quiso, pero la respetaba. La cuidaba. Y los muchachos, que habían partido de la casa, ya tenían su vida lejos y mejor que la de ellos.
Terminó el cigarrillo y el café. Dejó dos billetes junto al azucarero. Cerró el periódico y lo dejó junto a otros en un revistero. Tomó el sombrero y se lo caló hasta las cejas. Luego apretando la gabardina miró a los comensales y se fue derechito a la calle. Bajaron, todos, la mirada. ¡Ahí, estaba su foto! En la portada a todo color.
“Una vez más, el “Chacal” de Quilmes, degolló a su mujer”. La pobre, estaba desahuciada por la ciencia y él, haciendo gala de su experiencia, le cortó la garganta.
Caminó calle arriba, llegó al distrito 66 y se entregó. Pablo Rinocenti, se había condolido de su mujer enferma y del sufrimiento que padecía. No tenía dinero para pagar sus drogas y solo, no tuvo el corazón para dejarla seguir padeciendo…total, ya conocía la oscuridad de la celda cuando mató al fulano que le arrebató a su amor.