jueves, 9 de abril de 2020

HISTORIA DE UN OLIVO




            Un día de pronto sentí una luz potente que atravesaba mi débil cuerpo. La tierra a mi rededor era fértil y húmeda. Algo extraño fue ver muchos como yo, en distancias cercanas. Supe por el comentarios de unas plantas de alcaparras que ese calor venía de una estrella llamada sol y que en ciertos momentos desaparecía y hacía frío y una nube dejaba su rocío en nuestro cuerpo, por entonces pequeño. Crecí y me fortifiqué. Di frutos que me arrancaban felices unos hombres rudos y musculosos que hablaban un extraño idioma. Con el tiempo aprendí a escucharlos y los entendía. Supe que vivíamos en una isla rodeados un mar azul brillante.
            Pasaron años, esos hombres se fueron yendo y mi cuerpo cada vez era más fuerte y me sacaban más frutos, aceitunas que a veces eran verdes o las dejaban madurar y eran negras. Ellas arrugadas como algunas partes de mi cuerpo. ¡Me cuidaban mucho!
            Pasaron muchos años. Y fueron sacando compañeros míos para hacer caminos y casas de piedra y cal, tan blanca que cegaba. Había otros seres diferentes. Yo seguía con una vida rutinaria, envejeciendo solo.
            Cerca de mi espacio, una mañana, en un extraño espacio con baranda de mármol la vi. Ella.
            Una mujer tan hermosa como las estrellas en las noches de calma. Vestía una hermosa ropa de tela suave y de color vino, ese que bebían los hombres en cántaros cuando me sacaban los frutos. Su larga cabellera parecía el ondular de las aguas del mar, pero eran de color oscuro y brillaban como el cielo nocturno con tormenta.
Me miró un breve instante y la vi como me sonreía. ¿Era un afortunado! Yo olivo viejo atrayendo la sonrisa de una bella mujer humana.
            Todos los días esperaba que saliera y me mirara. Yo hubiera querido tener voz y movimiento en mis ramas para abrazarla y decirle cuánto la amaba. ¡Qué inútil sueño el mío! Un día bajó hasta donde yo me mecía con el aire marino que en ráfagas sublimes me quise mostrar. Ella se acercó a mi tronco y me rodeó con sus brazos. Tomó un fruto y lo llevó a sus labios y saboreó mi jugo, mi entraña de oliva. Me volví loco de amor.
            Pasó un corto tiempo y una mañana que estaba cerca de mí, comenzó el mundo de mis raíces a moverse con furia. ¡Terremoto! Y caían las viviendas y se desplazaban los enormes trozos de la isla hacia el mar, donde comenzó a bullir un fuego enorme. Un volcán emergía del fondo marino. Era un caos. El agua hervía y la tierra se desplomaba por doquier y yo la vi, vino corriendo y se aferró a mi cuerpo. Su cabellera se enroscó en mis ramas y yo apreté mis raíces a lo que quedaba de suelo, gracias a mis años, tenía muy lejos mis raíces y pude sostenerme. ¡Y ella conmigo! Mi amada Briseida se confundió con el verde de mis hojas y pude salvarla. Cuando la tierra dejó de arrastrase hacia el loco mar y el fuego se calmó y el agua lentamente quedó fría, ella, mi adorada se sentó en mis ramas más fuertes y se quedó dormida.
            La isla había quedado desolada y pequeña. Ella, Briseida y yo, el olivo viejo que atrapaba entre sus ramas retorcidas a la más hermosa de las mujeres. Una barca de pescadores la sacaron de mi lado y a mi, me dejaron solo. ¡Solo, pero con el recuerdo triste de mi amor perdido! ¿Dónde estará ahora Briseida? ¿Se acordará de mi? Seguiré mi sueño de olivo centenario hasta un nuevo terremoto me arrastre al mar como una boya y me pierda en el olvido.

DETRÁS DE LA VIDA




Detrás de nuestra luna, inmaculada que ilumina la alcoba,

duerme la nostalgia del día de los besos entre cielos e infiernos.

Detrás del solsticio de verano, serena y triunfal, estará la peonía

buscando los colores del refugio incierto, vagabunda  en la noche.

Detrás, el alivio producido en la carne perfumada de lluvia,

quedará la herida profunda del silencio. Haremos un santuario.

Allí, detrás de la hendija que dejó en la conciencia un suspiro,

una brecha de hielo, una copiosa fuente de vino añejo y ámbar.

Allí, en la orilla de nuestro ayer alegre, sobre el perfil del muro

donde cayó la vigilia, amaneció el verano plagado de frutales.

Allí, donde dejamos las manos trenzadas entre algas y arenas movedizas

cambiando la tristeza, trocando la música estridente por otra melodía.

Ahora es tiempo de recuerdos. Es tiempo de despertar con el alma

cubierta de jirones de risas y lágrimas errantes en la madrugada.

Detrás estarán las reliquias con motes y renombres de un amor olvidado,

en cofre de esmeralda y sellos apretados con insignia de fuego.

Detrás está la sombra. Los manteles bordados y la antigua vajilla,

los cubiertos de plata con sueños de otro tiempo. Un pasado muerto.

Tú, con tu alter ego escondido en los pliegues de la frente y las manos.

Yo, con la tristeza a cuesta por la gente perdida en  viejos recovecos.

Ahora, la mañana que se abre entre brisas y helechos de silencio.

¿Qué nos espera ahora? La siesta que adormece en un lecho agrietado.

Una voz de palabras pesadas y un cuaderno cerrado con señas perdidas.

Sigamos caminando, la calle es larga y detrás hay una aurora esperando.



UN BOSQUE LLENO SUEÑOS.




                        Me duelen las manos. También la espalda. Hace una larga semana que trabajo sin descanso para cumplirle. Quiero pero no puedo. Sí, quiero completar todo el pedido que recibió Joaquín de esa gente. Es una nueva casa de comida, hotel, casino y albergue. Es nueva y única. La construyeron en la ladera Este. Es muy linda. Está construida en una zona hermosa de la región. La más bella. Tiene un sabor salvaje. Esa tierra húmeda, la fina llovizna de unas nubes que como velo de novia se deposita o se apoya en las largas columnas de pinos, arrayanes y piceas. Es un regalo fortuito que regala el amanecer de los días de otoño. El sol está cansado de moverse por el bosque como novio enamorado de los duendes del pinar. ¡El olor a resina y polen! Las cabañas son hermosas, las comenzaron a construir en primavera, el mismo día de nuestro encuentro. Yo iba con mi bicicleta por el sendero buscando setas frescas. ¡Nos encantan “revueltas con cebolla finamente picada en juliana, huevos y queso parmesano, con una pizca de sal y pimienta, una cucharada de salsa inglesa y vino jerez”! Bien, como decía, me movía por esos rincones que conozco desde pequeña, esos que recorría con el abuelo Marco, y él, me iba regalando cuentos, recetas y recuerdos. Bueno, iba por allí y nos encontramos. Parecía un astronauta recién aterrizado de un planeta lejano. Era como de otra galaxia. Fresco, alegre y vivo. Sí, como mi bosque de cuento. Me gustó, así rápidamente, con su sencilla forma de pedirme la receta de los hongos. Aparte, desconfiado, creyó que eran venenosos. Yo le gusté, seguro, porque me comenzó a contar su vida.  Parecía como si me conociera de toda la vida. Me senté en un tronco caído, junto a un árbol lleno de pájaros. La madera podrida en parte, albergaba un sin fin de pequeños seres vivos como su vital risa contagiosa. Su mirada clara se movía, deslizándose por mi rostro, que sudoroso y sucio, aparentaba no haberlo lavado en meses. Los pinos, piceas, abetos y abedules, eran el marco perfecto a ese encuentro informal y romántico.
                        Casi me olvidé para qué había venido al bosque. Si él, no mira el reloj y da un salto, seguimos hablando en el crepúsculo que le había puesto una mortaja violeta a los rayos rojizos del sol. Joaquín se despidió, me ayudó a trepar a mi bicicleta y partí. Cuando llegué a casa me encontré en la penumbra más cerrada, corrí con la mitad de hongos acostumbrado. Llegué a la cabaña y caí sólida en el banco rústico de mi pequeña cocina. Pensé cómo haría una cena sin la cantidad de setas frecuentes y decidí hacerlas en la receta del abuelo:”con miga de pan mojada en leche, salsa blanca o bechamel, perejil y ajíes rojos y verdes. Así armé un budín que mezclado con dos huevos y nuez moscada”, alcanzó para los cuatro. Papá quedó feliz, cuando le conté que había conocido a Joaquín, el muchacho del bosque, pues lo trató en el pueblo y conversó mucho. Le pareció muy simpático y además era alfarero. Papá dice siempre que hay oficios santos: carpintero, alfarero, boticario y labrador. No quiere a los carteros, tal vez porque un cartero siempre le trajo las noticias tristes. Mamá en cambio es más desconfiada. Casi no habló. Mi casa es la típica casa de campo con olor a fogón caliente, levadura, ajo y vino. El abuelo nos enseñó a hacer el pan. Él guardaba un trocito de masa para levar y se levantaba a la madrugada para hornear. Cuando estaba todo listo se acostaba y al comenzar el día con un enorme tazón de leche tibia recién ordeñada de Chichí, la vaca, comíamos una rebanada de pan caliente con manteca que mamá batía a mano en un bol y dulce de grosellas que hago todos los años. ¡Qué rico era desayunar así, con el amor del abuelo! Hoy lo recuerdo y se me hace un nudo acá, justo aquí en la garganta. Bien sucedió que a los dos días sentí el ruido de un motor por el camino de casa. Era Joaquín que me invitaba a trabajar con él. La camioneta destartalada y muy ruidosa se escuchaba de lejos. Atrás traía un horno para cocer cerámica y un sin fin de moldes de yeso y herramientas. Me entusiasmó su seguridad. Sus ganas. El dueño del complejo hotelero le había encargado toda la vajilla especial con sabor, color y forma de nuestro rincón lejano. Me intrigó su exaltación y sus sueños. Era muy creativo. El perfume ácido de la arcilla me entraba a los pulmones como una saeta inesperada. Acepté. Yo nunca había hecho alfarería. Pero como amo cocinar imaginé que era como hacer un pastel de berenjenas. Ese que me enseñó el abuelo. “Se pelan cinco berenjenas medianas y se hierven con sal. En una sartén se re fritan en aceite de oliva con dos dientes de ajo; los dos tomates picados en daditos, dos cebollas en juliana, dos pimientos y un puñado de hongos recién cosechados que se filetean. Se pisan con un tenedor las berenjenas ya blandas y se agrega el  menjunje, con pan rallado, una tasa de queso rayado, dos huevos y mucho perejil. Se hornea veinte minutos y ¡paf!: un pastel para re-chuparse los dedos. Si las berenjenas son algo amargas se le agrega a la pasta una cucharadita de azúcar”. Así era hacer todos esos recipientes de arcilla. Con un gran amor y buen gusto. Yo le agrego además los gnomos del bosque pintados y hasta los muérdagos y ardillas. Cada pequeño plato, escudilla, taza, fuente, tiene un pedacito de mi bosque. Es su espíritu ingenuo y personal, el que creó la chispa de este mundo mágico que hemos hecho juntos. Creo que me he enamorado de Joaquín y él de mí. Estoy cansada pero tengo que hornear todas las piezas en bizcocho de arcilla. Las pintaremos juntos y cuando amanezca y cuando inauguren la casa de la colina, cada persona se asomará un instante a nuestro mundo.
                        Realmente me falta esa chispa para encenderle a cada jarra una señal con el fuego de la creación aderezándole un pequeño trozo de monte perfumado de bellotas y musgo. Debo recuperarme. Joaquín duerme junto al horno un rato esperando el pequeño milagro de amor cotidiano. Mis manos lloran arcilla y falta una buena parte de los platos y adornos para terminar la tarea. Anoche, antes de quedarse dormido, Joaquín me dijo que estaremos juntos para toda la vida y me dio el anillo de boda de su madre. El amor ha llegado a mi vida en forma inesperada. Estoy conciente que es extraña la forma de nuestra relación pero espero. Mañana será un festival de sueños cumplidos. Toda la vajilla terminada, la inauguración de la posada de la montaña y el anuncio de mi boda.

                                                             

EN LAS VÍSPERAS.




            Desde el balcón del nuevo edificio que habitamos, la esquina es un imán que me invita a buscar en la memoria historias genuinas de fantasmas. La casa ocupa un rectángulo auspicioso de la manzana. Es de neto corte andaluz y sus ventanas enrejadas, parecen guardar recuerdos vívidos de otras épocas.
            Cuando cae el sol de la tarde, y las sombras comienzan a abrazar las tejas musleras, empieza a rondar en el pequeño espacio de jardín, que se ve desde mi ventanal, un leve movimiento impreciso. Nunca, repito, nunca he visto entrar o salir a nadie por la puerta. Ni se ha asomado un rostro a los ventanales, cuyas celosías parecen encubrir presencias etéreas. 
            Cuando llegué al barrio me inquietó no encontrar a ningún vecino que supiera algo de esa maravillosa casa. Ni siquiera gente que habita desde hace mucho tiempo aquí.
            Mi curiosidad manifiesta, me hace enfocar mi vista a cada rato, a la casa. Dejo mi computadora brillando en la soledad del escritorio y mi mente vuela hacia esos cuartos cerrados que parecen decir “ven”.
            Ayer, justo al caer la tarde, vi abierta una de las persianas y un visillo de encaje, se movió sutil tras el cristal con bisel. Enloquecí de curiosidad. No me alcanzó el tiempo para tomar las llaves y correr al ascensor para ir a la calle y acercarme. El portero me sonrió y salí tan apresurada que lo dejé con un murmullo en los labios. No pude resistirme y crucé. La casa había cobrado un pequeño resquicio de vida. Pasé varias veces por la ventana pero no pude ver nada. Debo haber parecido sospechosa para quien transitara por el barrio, fue sólo por eso que subí a mi departamento y me acomodé para observar.
            Hoy han abierto varias ventanas y parece que están haciendo una suerte de limpieza general, ya que en el jardín se ven sábanas tendidas y muebles. Cuando me asomé por centésima vez, pude observar a una anciana que estaba parada frente a la ventana, esa, que abrieron la primera vez.
            Era la víspera del equinoccio de primavera y muchas personas caminaban rumbo a un museo cercano donde se exponían obras del conocido pintor Alonzo , pero luego de las diecisiete horas, no se desplazaba casi nadie por ahí. Todo estaba tan solitario, que mi corazón comenzó a palpitar enérgicamente al ver salir a la anciana con una muchacha de alrededor de dieciocho años, ambas vestidas de forma extraña, fuera de toda moda lógica para los años que vivimos. Cerré por un momento los ojos y pensé que la obsesión me hacía ver cosas inexistentes. Así me encontró Joaquín cuando llegó. Le relaté lo sucedido y me sermoneó diciendo que estoy delirando. Que con los cursos de metafísica voy a volverme loca. En fin me señaló que la casa estaba tan cerrada como siempre. Que nadie vivía desde hacía más de treinta años y que estaban por demolerla para construir un edificio de pisos. Yo casi muero de disgusto. ¡ Qué horror! Es tan hermosa la casa... que me parece una herejía deshacerla.
           
Como la mañana se presenta nublada y sin posibilidad de clima cálido, y la primavera ha permitido, que las hojas de los árboles comiencen recién a poblar los árboles de las calles, la luz rosada , atraviesa todo, desde el palacio que hay a dos cuadras, siempre iluminado y lleno de visitas protocolares de una familia riquísima, hasta los pequeños hogares de clase media, que son alquilados por jóvenes estudiantes; siento que alguien desde la casa me perturba. Está extraña la calle. Mi “casa” sigue allí llamándome, como si en ella habitara un ser legendario.
            Me arropo y bajo. La ventana está abierta y atrevida, golpeo con el antiguo llamador de bronce. El ruido metálico, tiene un eco de singular sorpresa para mí. Un rato de silencio me hace temblar. ¡ Estoy loca, pienso, pero escucho pasos tras la puerta y una cabeza señorial asoma! La enorme sonrisa que me espera me deja perpleja. Es la dama.
            Me invita a pasar. Me da mucha vergüenza, pero mi impudor puede más que mi sentido común y entro. Una sala luminosa, por la enorme lámpara de caireles de cristal con lamparillas que brillan, me señala un sillón de terciopelo azul con adornos plateados. ¡Todo es muy bello! Ella, la señora, es esbelta, su cabellera blanca rodea su cabeza con un peinado de fin de siglo XIX, su traje es una especie de túnica de suave cachemir color negro. Usa un bastón de ébano y plata. Llama a voces y baja por la escalera de mármol, una joven bellísima. La muchacha que viera salir con ella. También viste con una túnica. Es color verde esmeralda y refleja sus ojos verdes, como un lago encantado.
            Me presento y les hablo de mí. Ellas atentas a mi voz, parecen beber cada palabra con avidez. Les cuento de mis novelas, de cómo llegué hasta allí y cuánto me ha costado tomar la decisión de llegar a ellas. Ambas ríen. Parecen dos niñas felices. La anciana se llama Ifigenia y la joven Bernarda. Son abuela y nieta. No hablan mucho, pero la muchacha, pronto alcanza unas tazas de té. La bella porcelana transparente parece cantar con el tibio brebaje. No soy muy adicta al té, pero ese me supo a manjar. Un dulce manjar acompañó la bebida. Unas masitas de canela y cierto sabor picante que me dejó pensando en pedir la receta. Luego desistí. Nunca tengo tiempo ni me gusta cocinar. Igual dejaron la inquietud saldada cuando me aseguraron que ellas harían otras para que Joaquín las probara. Así luego de charlar sobre la historia del barrio y mostrarme fotos antiguas y algunos adornos con jugosas narraciones de familia, salí prometiendo volver. Ellas muy felices con mi atrevimiento. Cruzo la calle dejando atrás a mis nuevas amigas y cuando ingreso al palier, el portero me comenta con desagrado en el rostro: “- ¡Mañana será un día infernal, comienzan una obra de demolición enfrente ¡.”- No le pongo mucha atención, y subo hasta mi piso para preparar mi entrega a la editorial, ya que los tiempos han corrido demasiado a prisa y necesitan unas correcciones a mi nuevo libro. Me duermo muy tarde, ni escucho cuando Joaquín regresa del estudio.
            Es la mañana, muy temprano aun, siento un murmullo en el palier de nuestro piso, acudo a ver quién es y me encuentro a Bernarda buscando casi en penumbra mi puerta. En sus pálidas manos, trae dos tacitas de porcelana, de las que yo ayer celebré con tanta admiración. Además una canastilla de cristal, con masitas de canela, tibias aun. Las cubre con una fina servilleta de linón con encajes preciosos. Luego de una breve charla, se disculpa y sale apresurando el paso por las escaleras, cosa que me sorprende. Vuelvo mi atención a mi trabajo y comienzo a escuchar fuertes ruidos que provienen de la calle. Me asomo y la sorpresa me deja paralizada; una enorme máquina ha comenzado a demoler “la Casa”, sólo dejan la fachada en pie y por la lujosa puerta veo salir a Ifigenia y Bernarda, tomadas del brazo, sin cargar ningún bolso, ni maleta, ni objeto; caminan por la vereda rumbo a la avenida que rodea el palacete vecino, pero a medida que se alejan sus figuras se diluyen como si una ráfaga de viento las transformara en nube. No las veo, Dios, si  acabo de recibir su regalo, no puedo comprender. Me acerco a la mesa donde quedaron las tacitas de té, y huelo el perfume de canela que llena mi corazón de ternura.
 Las flores de Jacarandá caen como una lluvia protectora por la vereda y entre ellas quedan dos huellas de pequeños pies que de pronto cesan.
           
             

DE UN LIBRO INÉDITO


Caí, a los pies  
 lentamente
sin palabras que encierren una queja de niño derrotado
la espera
la soledad
que nos carcome     pequeño niño de manos abiertas a la nada
manos ardientes
lágrimas
desasosiego.
Caí, a los pies el duende de tu infancia
sin alas. Boca cerrada. Muda.
Hay una sombra hostil que corrompe, corrompiendo
tu nombre, tus palabras de amor
tu mirada asustada,
tus manos torpes de caricias.
Pobre con toda pobreza por pertrecho.
Casi    niños adultos muertos, antes, ahora
todo es posible
entonces
un pedazo de ala rota caerá
a los pies de mi árbol de la vida
sin zapatos...ni tiempo.
Mañana, tal vez mañana vendrán
los ángeles  a jugar con nosotros
nuevamente volverán los sueños de la infancia
con los cuentos populares
dejaremos de ser niños derrotados.


LA MUCHACHA DE OTOÑO



¿Quién te trajo a mí? Me pregunté hoy caminando por la calle  trajinada de gente Cuando asomaste por la inmensa ventana de mi vida como la máscara  angelical de un torbellino; llamaste a mi corazón y un aleteo febril de estrellas ingresó a mi mundo de doméstica tranquilidad.
 Conocí cada una de tus inquietudes de muchacha llena de voracidad por tragarse el mundo, la vida y conocer el país de las palabras. Caminaste como un ciervo en sus praderas. Comiste hasta la última gota de néctar de las flores, los frutos fueron los que llenaron el brocal de tus palabras. Cada vez  que nos sentamos a practicar quedó una sombra de estrellas entre las frases que bailaban su danza esperanzada.
Algo sucedió y se cayó una gota de sol. Un reflejo de luna. Una mirada se prendió de la
telaraña del otoño... y se quedaron colgadas las palabras entre las ramas como fantasmas guerreros.
Ahora envejece el silencio de tanto escuchar las palabras... eco de suspiros por tu huída reciente.
Tu duende juega con mi insomnio cada noche cuando te repienso amiga. Un rosal con tu nombre sonríe en octubre. Y el otoño será un recuerdo imborrable en mi vida.
Te amé y me amaste. Ya no estás y tu huída dejó mi corazón maltrecho. Eras un hálito de verano en mi vejez. Adiós. Te duermo en mi memoria.

jueves, 2 de abril de 2020

JARILLA


La jarilla derrama flores
de amarillos soles quietos.
Entre las setas y los hongos que afloran entre los cielos
el agua pura del cielo, regala viñas de ensueño.

No habrá trigo con luna llena cuando mires el viento

el árbol que se aquieta en la frontera de invierno

llenará de verde y flores, al llegar la primavera.

Hoy los rosales perfuman la memoria de febrero

Y un pedacito de estrella caerá sobre mi cuerpo.

Ven, no reniegues tanto. Las jarillas florecieron

Igual que el año pasado cuando te fuiste sin besos.

Tu estampa se vuelve lluvia cuando miro mi silencio.

Tu piel se nutre de frutos cuando sueño con tenerte

Entre los brazos cansados de sostener el aire quieto.

La jarilla derrama flores de amarillos soles quietos.